Las inquietudes de Shanti Andía: 044
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| Las inquietudes de Shanti Andía - Libro segundo | Pío Baroja |
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-Y todo esto, ¿para qué? ¿Para vivir como un miserable conejo y recitar unos cuantos chistes estúpidos?
Realmente era poca cosa.
Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no sé por qué me decidí a dejar la diligencia de San Fernando y a quedarme en Cádiz.
Había en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No me sentía alegre, sino agresivo, con ganas de hacer una brutalidad cualquiera.
Entré en una tienda de montañés, pedí pescado frito y vino blanco. Comí y bebí en abundancia. Estos colmados andaluces resumen el carácter de la región: son pequeños, pintorescos y complicados.
Salí del colmado, fui a un café de la calle Ancha, tomé unas copas de licor y me marché de allí dispuesto a todo.
Era ya de noche; mis botas metían un ruido tremendo por las calles desiertas.
Me pareció que quizá no había bebido bastante para ser todo lo insolente y procaz que quería, y me senté en la mesa de una taberna, en la acera, en una calle en donde hay tal profusión de colmados y peluquerías que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre el plato de pescado frito y la tenacilla para rizarse el pelo.
A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero ladeado y una flor roja en el ojal.
Se levantó de su silla y se acercó a mí sonriendo. Yo le miré de mala manera, y como estaba iracundo, le pregunté:
-¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted?
Él sonrió estúpidamente.
-¿Marino? -me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.
-Sí, marino -le contesté yo-. ¿Y qué?
-Yo también marino -añadió él-. ¿Usted español?
-Sí, español.
-Yo holandés. Los dos marinos..., los dos borrachos. Buenas amistades.
Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mi mesa. Bebimos juntos. El holandés era capitán de la corbeta Vertrowen. Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos caídos y lacios como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella taberna llamaba la atención. Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía derecho para hacer algún disparate. Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasará lo mismo, había la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles, los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la dé Columela, la de Aranda, la de San Francisco y no recuerdo si alguna más. Este paseo nocturno tenía algo de procesión.
El capitán de la Vertrowen y yo nos echamos por aquellas calles; había por todas partes olor a aceite frito y humo de castañas asadas. En los bancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba; algunos obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.