Las inquietudes de Shanti Andía: 092

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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro cuarto Pío Baroja


Después de aguardar cerca de un mes, no pudimos embarcar más que quince o veinte negros, otras tantas negras y unos cuantos chiquillos. Era una miseria. El capitán estaba desesperado, la tripulación se revolvía furiosa; el único indiferente era el nuevo piloto, a quien no importaba sin duda la ganancia gran cosa.

Con un cargamento tan ligero subimos hacia el norte con los alisios, teniendo que echar varias veces algunos negros al mar para regalo de los tiburones, y, al pasar cerca de la isla de la Ascensión, estuvimos a pique de ser cazados por un crucero inglés.

Los viajes de El Dragón tomaban un nuevo aspecto. Según algunos marineros, el doctor Cornelius había echado la maldición al barco.

Llegamos al Brasil, dejamos la carroña que llevábamos y volvimos al África. Los mercados estaban vacíos. Ni mandingos, ni congoleses, ni uolofs, ni bantúes, ni lucumíes se encontraban por ninguna parte.

Sin duda, el comercio de negros atravesaba una crisis, y al capitán le ordenaron que fuera a Batavia a recibir nuevas órdenes.

El capitán renegaba; se trataba de un viaje larguísimo y sin resultado pecuniario alguno. Tardamos cuatro meses en llegar al estrecho de la Sonda. Lo atravesamos y llegamos a Batavia.

Entonces, no sé si ahora pasará lo mismo, la gente se moría en aquellos parajes como chinches.

Nosotros tuvimos en la tripulación varias defunciones por fiebres.

El capitán y el doctor Cornelius conferenciaron con los representantes de la compañía, y por la noche se nos anunció que zarpábamos para China. Teníamos que recoger trabajadores coolíes chinos, cerca de la colonia portuguesa de Macao, y conducirlos a América. Silva el portugués era el encargado de llevar a cabo estas negociaciones.

Llegamos a las aguas de China. Hacía un calor bestial; todos teníamos que andar casi desnudos. Nos acercamos a tierra. Se veía una costa pantanosa verde, y la desembocadura de un río a lo lejos. El capitán, el doctor Cornelius y Silva Coelho fueron a tierra. Luego supimos que íbamos a llevar a América trescientos chinos, más cincuenta barriles de opio. El opio valía entonces una enormidad. Cada libra se pagaba cuatro y cinco libras esterlinas.

El capitán quería desquitarse a toda costa. Había calculado la cantidad de agua necesaria para el viaje; pero estos cálculos en barcos de vela, como usted sabe, no tienen mucho valor.

El Pacífico es muy grande, el viaje largo; éramos demasiada gente y el agua nos había de perder.

Por la noche comenzó el embarque de los chinos. Venían en unas canoas de dos velas de esteras que allí llaman tancales; se acercaban al barco e iban subiendo por la escala, entrando por el portalón y desapareciendo por la escotilla de la bodega.

La ballenera nuestra fue y vino varias veces. Por la noche entraban los trescientos chinos en el barco.

-¿Cuándo salimos? -preguntó Ugarte.

-En seguida: cuando haya viento -contestó el capitán.

El piloto mandó la maniobra. Salió el bote para levar ancla, el cabrestante comenzó a chirriar para levantarla, las velas se tendieron en los palos y unos momentos después zarpábamos con viento fresco.

Al pasar a la altura de cabo Engaño recogimos al antiguo piloto Ugarte, que había salido en un junco a nuestro paso. Ugarte, por lo que dijo, había vivido en Filipinas y estaba aburrido de aquello y quería marcharse a América.

Tristán, el antiguo, se encontraba muy cambiado; tenía una cicatriz reciente, roja aún, en la cara, que le cogía desde la ceja de un lado hasta la comisura de la boca del otro, cortándole el labio superior. Nuestro antiguo piloto bebía el brandy como si fuera agua.

Algún motivo de enemistad debía existir entre los dos Tristanes, porque el de la cicatriz, como le llamábamos al antiguo piloto, parecía buscar las ocasiones para herir y molestar a su sustituto.


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