Las inquietudes de Shanti Andía: 094
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| Las inquietudes de Shanti Andía - Libro cuarto | Pío Baroja |
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Los marineros y chinos no se preocuparon al principio de nosotros; pusieron las bombas y estuvieron bebiendo hasta hartarse.
Pasado el primer momento de pánico, nos aprestamos a defendernos. Como he dicho, la sobrecámará de la toldilla tenía una trampa que daba a la cámara del capitán; por ella bajamos nosotros y cerramos la puerta de nuestra cámara, donde solíamos dormir los vascos. Quedamos incomunicados. En seguida el piloto nos mandó encender la linterna de la santabárbara, bajamos al pañol de las armas y de la pólvora y tomamos cada uno nuestro rifle y cartuchos en abundancia.
Hecho esto, volvimos debajo de la toldilla porque hacía más fresco y además porque podíamos desde allí ver algo de lo que pasaba en cubierta. Nuestro anhelo y nuestro temor eran tan grandes que casi no sentíamos la sed.
Pasamos las primeras horas de la noche alerta. En el camarote del capitán había botellas de cerveza, que era bebida que él solía tomar alguna vez. El piloto nos hizo beber a los cuatro vascos y al timonel un poco de líquido. Franz Nissen, indiferente a todo, con una brújula pequeña en la mano, seguía en la rueda del timón.
A eso de la medianoche sonaron dos golpes fortísimos en la puerta.
-¿Quién va? -dijo el piloto.
-Yo -contestó Silva el portugués.
-¿Qué queréis?
-Han matado al capitán. ¡Rendíos! No se os hará nada.
-Entregaos vosotros antes -contestó Tristán.
En ese momento alguien metió el cañón de la pistola por un ventanillo que tenía la puerta y disparó un tiro adentro. Yo apagué el farol y quedamos a oscuras.
-Si os entregáis ahora, no os haremos nada -volvió a decir el portugués.
-Estáis borrachos -replicó el piloto-; mañana hablaremos.
-¡Ea, muchachos! -gritó el portugués-. Echad la puerta abajo. Traed un martillo.
Alguien fue por el martillo.
-¡Eh, vosotros! -volvió a gritar Tristán-; os advierto que estamos armados, que somos dueños de la santabárbara y que hay tres toneles de pólvora. No os atacamos porque no queremos hacer una matanza inútil, pero tened en cuenta que podemos hacer saltar el barco.
La amenaza hizo su efecto. Silva mandó a uno de los suyos a que viera si nuestra cámara estaba cerrada, y cuando el otro volvió diciendo que lo estaba murmuró:
-Estos bárbaros son capaces de todo.
Desde el ventanillo de la puerta oímos durante toda la noche los cantos de los marineros y la algarabía de los chinos.
Nos sustituimos para hacer la guardia; aunque nadie pudo dormir, estuvimos tendidos, descansando.