Las inquietudes de Shanti Andía: 151

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Capítulo VIII - Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide 151
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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro séptimo Pío Baroja


Un día de otoño, al anochecer, se presentaron en Lúzaro, en la posada de Chiquierdi, dos extranjeros de aspecto sospechoso.

Bajaron de la diligencia, entraron en la cocina de la posada, y, mientras cenaban, preguntaron con gran interés por don Santiago Andía. La posadera les dijo que hacía mucho tiempo que yo no vivía en Lúzaro, sino en Izarte, y al saberlo se informaron de la distancia a que se hallaba nuestra aldea del pueblo.

A la mañana siguiente, el cartero, al traer el periódico, me dio estos datos, y me dijo que aquellos hombres me buscaban. Les esperé, un tanto intrigado, y poco antes del mediodía les vi acercarse a mi casa. Uno de ellos era alto, rojo, pesado; el otro, pequeño, de pelo negro y ojos vivos. Los contemplé por entre las cortinillas de mi cuarto. Al primer golpe de vista no me pareció gente de mala catadura.

Llamaron, y la criada les hizo pasar a mi cuarto.

El alto y grueso parecía un poco turbado; el otro, sonriendo con una sonrisa insinuante, me dijo en castellano, con acento andaluz.

-¿Podría usted escucharnos media hora?

-Sí, señor, con mucho gusto. Hagan el favor de sentarse.

-¡Gracias! -contestó el bajito, y añadió en inglés, dirigiéndose a su compañero-: Siéntese usted, Smiles.

Se sentaron los dos.

-¿No es usted español? -le pregunté al moreno.

-No, soy inglés. He nacido en Gibraltar. Soy un escorpión de roca, como nos llaman en Inglaterra a los del Peñón. Me llamo Small, Ricardo Small. Mi padre era inglés, mi madre gaditana; por eso hablo regularmente el español.

-Regularmente, no, muy bien; bastante mejor que yo.

-¡Muchas gracias! Le explicaré en las menos palabras posibles el asunto que nos trae aquí. Hasta hace unos meses vivía en Liverpool humildemente; estaba de empleado en un almacén e iba a casarme cuando conocí a un viejo irlandés, hermano de la madre de mi novia. Este irlandés se llamaba Patricio Allen.

-¡Patricio Allen! -exclamé yo-. ¡El que ha vivido tanto tiempo aquí!

-El mismo. Allen llegó a casa de su hermana y contó la historia del tesoro del capitán Zaldumbide; dijo cómo usted le había dado la indicación exacta del lugar, que estaba escrita en vasco en un devocionario.

Desde aquel día, la casa de mi novia se transformó; mi novia, sus hermanos, la familia entera no veía más que millones por todas partes. Me encargaron de buscar un socio capitalista que pusiera los medios necesarios para ir donde está el tesoro; y yo encontré al señor Smiles.

-¡Presente! -dijo el hombre alto y rojo, llevándose la mano a la cabeza y haciendo un saludo militar.

-Bueno, cállese usted -replicó el joven moreno-. Como decía, encontré al señor Smiles, que tenía un saloon bar en Liverpool. El señor Smiles traspasó su establecimiento, yo abandoné mi empleo, y, en compañía de Allen, los tres bien armados, fuimos a Las Palmas. Aquí alquilamos una goleta, con tripulación y todo, y nos dirigimos al río Nun. El patrón de la goleta tenía la orden de esperarnos durante una semana, cerca de la desembocadura del río, y, en caso de que no apareciéramos, volver durante seis meses en el período de luna llena. Abandonamos la goleta, y en un bote remontamos el río, hasta llegar frente a las ruinas de una fortaleza que se levantaba en un cerro. Dejamos el bote atado a un árbol de la orilla, y escondiéndonos entre las peñas con grandes precauciones, subimos el cerro, hasta llegar al castillo arruinado.


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