Las inquietudes de Shanti Andía: 153

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Las inquietudes de Shanti Andía - Libro séptimo Pío Baroja


Allen, tan pronto decía que sí como decía que no. Había llegado a dar más importancia al tesoro que a su vida.

-¿Quieres que te diga dónde está el tesoro, para quedarte con él y luego matarme? -solía decir por la noche-. No, hijo mío, no.

Nosotros, Smiles y yo, le decíamos que se entendiera con Ryp; yo, por mi parte, estaba deseando salir de allí, aunque fuera con las manos vacías. Allen no quería.

Un día nos dijo que sí, que estaba dispuesto a decir dónde estaba el tesoro. Llamó a Ryp y quedamos de acuerdo en ir todos a la orilla del río, escoltados por diez moros armados. Llegamos a la arruinada fortaleza, y Allen exigió que le dejaran solo. Estuvo un cuarto de hora, y después se encaminó hacia el río, y apoyándose en una piedra de la orilla, dijo: «Aquí está».

No acababa de decir esto cuando Van Stein le disparó un pistoletazo a boca de jarro y lo dejó muerto.

Smiles y yo echamos a correr, temiendo que siguieran con nosotros. Ryp, Van Stein y los moros se pusieron a cavar furiosamente, mientras nosotros nos alejábamos corriendo por la orilla del río. Llegamos rendidos cerca del mar, y nos encontramos en un arenal inmenso, formado por dunas que el viento levantaba y deshacía. Nos guarecimos los dos en una grieta de la arena y estuvimos así escondidos horas y horas, con el oído atento.

De pronto, en la calma de la noche, oímos voces. Eran Ryp y Van Stein.

-¿No se ve a nadie? -preguntaba Ryp.

-A nadie.

-Habrán atravesado el río, quizá.

-Y, después de todo, ¿qué nos importa por ellos? -dijo Van Stein.

-¿Qué nos importa? -replicó el otro-. A mí no me chocaría nada que el moreno sepa dónde está el tesoro. Smiles y yo oímos la conversación; al dejar de distinguirse las dos voces, Smiles me dijo:

-No han encontrado nada.

-Es indudable.

No supe si alegrarme o entristecerme; no habiendo encontrado el tesoro, nos buscarían con más ahínco.

Al hacerse de noche salimos de nuestro escondrijo, y, metiéndonos en la arena hasta la cintura, avanzamos por la playa. ¿Con qué objeto? No teníamos ninguno. De pronto, Smiles exclamó:

-¡Maldición! La luna llena. Nos van a descubrir.

Efectivamente, la luna salió, iluminando la playa con una fuerza tal que se veían todos los montículos y piedras.

Yo, en aquel momento, me acordé de que el patrón de la goleta alquilada en Canarias se había comprometido a acercarse a la desembocadura del río todos los meses en el plenilunio. Todavía estábamos en el quinto mes. Si había cumplido su palabra y la goleta estaba allá, podíamos darnos por salvados. Smiles y yo, saltando por encima de aquella arena movediza, llegamos a la desembocadura del río. Allá estaba la goleta; sin duda se disponía a partir.


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