Las mil y una noches:760

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Las mil y una noches - Tomo V
y cuando llego la 794ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 794ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Mientras estaba yo ocupado en aquel trabajo, creyendo verme desembarazado para siempre de mi mal destino con la anulación de las dos llaves nefastas, y en tanto que activaba el fuego para favorecer aquella destrucción, que no se hacía tan de prisa como yo quisiera, de pronto vi el palacio invadido por los guardias del califa, que se precipitaron sobre mí y me arrastraron entre las manos de su amo.

Y tu padre, el califa Theilún ¡oh mi señor! me dijo con severidad que estaba enterado de que yo poseía el secreto de la alquimia, y que era necesario que en el momento se lo revelara y le hiciera aprovecharse de él. Pero como yo sabía ¡ay! que el califa Theilún, opresor del pueblo, emplearía la ciencia contra la justicia y para el mal, me negué a hablar. Y en el límite de la cólera, el califa hizo que me cargaran de cadenas y me arrojaran al más negro de los calabozos. Y al mismo tiempo mandó saquear y destruir, de arriba a abajo, nuestro palacio, y se apoderó del cofrecillo de oro que contenía el manuscrito de piel de gacela y las escasas partículas de polvo rojo. Y encargó la custodia del cofrecillo a ese venerable jeique que la ha traído entre tus manos, ¡oh rey del tiempo! Y a diario me sometía a tortura, esperando así obtener de la debilidad de mi carne la revelación de mi secreto.

Pero Alah dióme la virtud de la paciencia. Y durante años y años he vivido de tal manera, aguardando de la muerte mi liberación. ¡Y ahora ¡oh mi señor! moriré consolado, ya que mi perseguidor fué a rendir cuenta a Alah de sus acciones, y yo pude hoy acercarme al más justo y al más grande de los reyes!"

Cuando el sultán Mohammed ben-Theilún hubo oído este relato del venerable Hassán Abdalah, se levantó de su trono y abrazó al anciano, exclamando: "¡Loores a Alah, que permite a su servidor reparar la injusticia y calmar los daños!" Y en el acto nombró a Hassán Abdalah gran visir, y le puso su propio manto real. Y le confió al cuidado de los médicos más expertos del reino, a fin de que contribuyesen a su curación. Y ordenó a los escribas más hábiles del palacio que escribieran cuidadosamente en letras de oro aquella historia extraordinaria y la conservaran en el archivo del reino.

Tras de lo cual, sin dudar ya de la virtud del Azufre rojo, el califa quiso experimentar su efecto sin tardanza. Y mandó echar y poner en fusión, en calderas enormes de barro cocido, mil quintales de plomo; y lo mezcló con las escasas partículas de Azufre rojo que quedaban en el fondo del cofrecillo, pronunciando las palabras mágicas que le dictó el venerable Hassán Abdalah. Y al punto convirtióse todo el plomo en el oro más puro.

Entonces, sin querer que todo aquel tesoro se gastara en cosas fútiles, el sultán resolvió emplearlo en una obra que resultase agradable al Altísimo. Y decidió la construcción de una mezquita que no tuviese igual en todos los países musulmanes. E hizo ir a los arquitectos más famosos de su imperio, y les ordenó que trazaran los planos de aquella mezquita con arreglo a sus indicaciones, sin pensar en las dificultades de la ejecución ni en las sumas de dinero que pudiera costar. Y al pie de la colina que dominaba la ciudad trazaron los arquitectos un cuadrilátero inmenso, cada uno de cuyos lados miraba a uno de los cuatro puntos cardinales del cielo. Y en cada ángulo dispusieron una torre de proporción admirable, cuya parte alta estaba adornada con una galería y coronada por una cúpula de oro. Y en cada fachada de la mezquita alzaron mil pilastras que soportaban arcos de una curvatura elegante y sólida, y allí establecieron una terraza cuya balaustrada era de oro maravillosamente cincelado. Y en el centro del edificio erigieron una cúpula inmensa, de construcción tan ligera y aérea, que parecía colocada entre el cielo y la tierra, sin punto de apoyo. Y la bóveda de la cúpula se recubrió de esmalte color azul y salpicado de estrellas de oro. Y el pavimento se formó con mármoles raros. Y el mosaico de los muros se hizo con jaspe, pórfido, ágatas, nácar opalino y gemas preciosas. Y los pilares y los arcos se cubrieron con versículos del Korán, entrelazados, esculpidos y pintados con colores puros. Y para que aquel maravilloso edificio estuviese al abrigo del fuego, no se empleó en su construcción madera alguna. Y en la erección de aquella mezquita se invirtieron siete años enteros y siete mil hombres y siete mil quintales de dinares de oro. Y se la llamó la Mezquita del sultán Mohammed ben-Theilún. Y todavía se la conoce con este nombre en nuestros días.

En cuanto al venerable Hassán Abdalah, no tardó en recobrar su salud y sus fuerzas, y vivió honrado y respetado hasta la edad de ciento veinte años, que fué el término marcado por su destino. ¡Pero Alah es más sabio! ¡El es el único viviente!

Y tras de contar así esta historia, Schehrazada se calló. Y dijo el rey Schahriar: "¡Ciertamente, nadie puede rehuir su destino! ¡Pero cómo me ha entristecido esta historia!, ¡oh Schehrazada!"

Y Schehrazada dijo: "Perdóneme el rey; pero por eso voy a contar en seguida la historia de LAS BABUCHAS INSERVIBLES, entresacada del DIVÁN DE LOS FÁCILES DONAIRES Y DE LA ALEGRE SABIDURÍA, del jeique Magid-Eddin Abu-Taher Mohammad. (¡Alah le cubra con su Misericordia y le tenga en Su Gracia!) ".

Y dijo Schehrazada:


EL DIVAN DE LOS FACILES DONAIRES Y DE LA ALEGRE SABIDURIA[editar]

Las Babuchas Inservibles



Cuentan que había en El Cairo un droguero llamado Abu-Cassem Et-Tamburi, que era muy célebre por su avaricia. Y he aquí que, aunque Alah le deparaba la riqueza y la prosperidad en sus negocios de venta y compra, vivía y vestía como el más pobre de los mendigos, y no llevaba encima más ropas que pingos y harapos; y estaba su turbante tan viejo y tan sucio, que ya no era posible distinguir su color; pero, de toda su indumentaria, lo que más pregonaba la sordidez del individuo eran sus babuchas, pues no solamente estaban claveteadas con enormes tachuelas y eran resistentes como máquina de guerra, con suelas más gordas que la cabeza del hipopótamo y recompuestas mil veces, sino que sus palas habían sido remendadas, durante veinte años que hacía que las babuchas eran babuchas, por los más hábiles zapateros remendones y zurradores de El Cairo, que agotaron su arte para unir los trozos dispersos de aquel calzado. Y a consecuencia de todo eso, las babuchas de Abu-Cassem pesaban tanto ya, que desde hacía mucho tiempo se habían hecho proverbiales en todo el Egipto; porque cuando se quería expresar la pesadez de algo, se las tomaba siempre como término comparativo.

Así, cuando un invitado prolongaba demasiado su visita en casa de su huésped, se decía de él: "¡Tiene la sangre como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un maestro de escuela, de la especie de los maestros de escuela afligidos de pedantería, quería alardear de ingenio, se decía de él: "¡Alejado sea el Maligno! ¡Tiene el ingenio tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando un mandadero estaba abrumado por el peso de su carga, suspiraba, diciendo: "¡Alah maldiga al propietario de esta carga! ¡Pesa tanto como las babuchas de Abu-Cassem!" Y cuando en algún harén una matrona vieja, de la especie maldita de las viejas gruñonas, quería impedir que se divirtieran entre sí las jóvenes esposas de su amo, se decía:

"¡Haga Alah que se quede tuerta la calamitosa! ¡Es tan pesada como las babuchas de Abu-Cassem!". Y cuando un manjar demasiado indigesto obstruía los intestinos y producía una tempestad dentro del vientre, se decía: "¡Líbreme Alah! ¡Este manjar maldito es tan pesado como las babuchas de Abu-Cassem!" Y así sucesivamente en cuantas circunstancias la pesadez hacía sentir su peso.

Un día en que Abu-Cassem había hecho un negocio de compra y venta más ventajoso todavía que de costumbre, estaba de muy buen humor. Así es que, en vez de dar un festín grande o pequeño, como es uso entre los mercaderes a quienes Alah favorece con un éxito de mercado, le pareció más conveniente ir a tomar un baño en el hammam, en donde no tenía idea de haber puesto los pies nunca. Y tras de cerrar su tienda, se dirigió al hammam, cargándose las babuchas a la espalda en vez de ponérselas; porque lo hacía así desde mucho tiempo atrás para no destrozarlas. Y llegado que fué al hammam, dejó en el umbral sus babuchas con todos los pares de calzado que allí estaban puestos en fila, como es costumbre.

Y entró a tomar su baño.

Y he aquí que Abu-Cassem tenía tanta grasa infiltrada en la piel que a los frotadores y masajistas les costó un trabajo extremado llenar su cometido; y no lo consiguieron más que al fin de la jornada, cuando ya se habían marchado todos los bañistas. Y por fin pudo salir del hammam Abu-Cassem, y buscó sus babuchas; pero ya no estaban allí, y en lugar de ellas había un hermoso par de pantuflas de cuero amarillo limón. Y Abu-Cassem se dijo: "Sin duda Alah me las envía, sabiendo que desde hace tiempo estoy pensando en comprarlas parecidas. ¡0 acaso sean de alguien que las ha cambiado por las mías sin darse cuenta!". Y lleno de alegría por verse exento del disgusto de tener que comprar otras, las cogió y se marchó.

Pero las pantuflas de cuero amarillo limón pertenecían al kadí, que aún se hallaba en el hammam. Y en cuanto a las babuchas de Abu-Cassem, al ver el hombre encargado de la custodia del calzado que aquel horror olía y apestaba la entrada del hammam, se apresuró a recogerlas y a esconderlas en un rincón. Luego, como había transcurrido la jornada y la hora de su guardia había pasado, se marchó, sin acordarse de volver a ponerlas en su sitio.

Así es que, cuando concluyó de bañarse el kadí, los servidores del hammam, que se desvivían por servirle, buscaron en vano sus pantuflas; y acabaron por encontrar en un rincón las fabulosas babuchas que al punto reconocieron como las de Abu-Cassem. Y lanzándose en su persecución, y cuando le atraparon, le llevaron al hammam con el cuerpo del delito al hombro. Y tras de coger lo que le pertenecía, el kadí hizo que devolvieran al otro sus babuchas, y a pesar de sus protestas, le envió a la cárcel. Y para no morirse en la cárcel, Abu-Cassem no tuvo más remedio, bien a pesar suyo, que mostrarse generoso en propinas con los guardias y oficiales de la policía; pues, como era sabido que estaba tan relleno de dinero como podrido de avaricia, no le costó poco recobrar su libertad.

Y de tal suerte pudo salir de la prisión Abu-Cassem; pero en extremo afligido y despechado, y atribuyendo a sus babuchas su desdicha, corrió a tirarlas al Nilo para desembarazarse de ellas.

Y he aquí que algunos días después, al retirar unos pescadores su red, que pesaba más que de costumbre, encontraron en ellas las babuchas, reconociéndolas al punto como las de Abu-Cassem. Y observaron, llenos de furor, que las tachuelas con que estaban claveteadas habían estropeado las mallas de la red. Y corrieron a la tienda de Abu-Cassem y arrojaron con violencia las babuchas dentro de ella, maldiciendo a su propietario. Y como las babuchas habían sido arrojadas con ímpetu, dieron en los frascos de agua de rosas y otras aguas que había en las anaquelerías, y los derribaron, rompiéndolos en mil pedazos.

Al ver aquello, el dolor de Abu-Cassem llegó a su límite extremo, y exclamó él: "¡Ah! ¡babuchas malditas, hijas de mi trasero, no me causáis más que estragos!". Y las cogió y se fué a su jardín y se puso a cavar un agujero para enterrarlas allí. Pero un vecino suyo, que estaba resentido con él, aprovechó la ocasión para vengarse, y corrió en seguida a advertir al walí que Abu-Cassem se hallaba desenterrando un tesoro en su jardín. Y como el walí tenía conocimiento de la riqueza y la avaricia del droguero, no dudó de la realidad de aquella noticia, y al punto envió a los guardias para que se apoderaran de Abu-Cassem y le llevaran a su presencia. Y por más que el desgraciado Abu-Cassem juró que no se había encontrado ningún tesoro, sino que solamente había querido enterrar sus babuchas, el walí no se avino a creer cosa tan extraña y tan contraria a la avaricia legendaria del acusado, y como, fuese por lo que fuese, contaba éste con dinero, obligó al afligido Abu-Cassem a desembolsar una importante suma para obtener su libertad.

Y libre ya, después de aquella formalidad dolorosa, Abu-Cassem...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



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