Las mujeres de la independencia: 14

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Las mujeres de la independencia Vicente Grez



XIII


Candelaria Soto.[1]


 En un hermoso fundo de campo situado cerca de la ciudad de Concepcion, vivia en 1817 el anciano don Mauricio Soto, ciego i achacoso, casado con la señora doña Manuela Guzman. Al lado de ellos vivia su hija Candelaria, que a la edad apénas de diez i siete años formaba el orgullo i las delicias de sus padres.
 El gobernador español de la ciudad de Concepcion conoció a esta jóven notable por su hermosura i cuya gracia i discrecion era superior a su belleza, i se enamoró de ella.

 Hombre sin escrúpulos i de pasiones verdaderamente brutales, creyó alcanzar sus pretensiones dominando por el terror a esta desgraciada familia. A fin de realizar sus propósitos hizo llamar al señor Soto a la ciudad de Concepción; pero siéndole imposible cumplir con dicha órden por el estado de su salud, mandó a su esposa acompañada de su hija.

 Inmediatamente se presentaron al gobernador, quien haciendo la mas seductora cortesía a la bella jóven, reconvino a la madre sobre que su hacienda era asilo de patriotas, donde se reunian a tertulias.

 Contestó la señora Guzman que tal acusacion era falsa i aun casi imposible, estando la habitacion retirada de los caminos reales.

 Despues de varias otras observaciones el gobernador se dirijió a doña Candelaria, diciéndole:

 — ¿I vos tambien sois patriota? Hé aquí una lástima en una jóven tan bella (tomándole la mano).

 — Señor, dijo la jóven, habiendo mi madre justificado su conducta no creo que debo dar cuenta de mis ocultos pensamientos.

 — Señora, añadió el intendente, dirijiéndose a la madre de Candelaria, esta insurjente es tan linda como obstinada. Aquí no hai mas remedio, sino que la habeis de dejar dos meses en mi poder, i yo la convertiré; este es negocio que corre de mi cuenta.

 La señora ofendida e indignada por tanta infamia dirijió un insulto al gobernador, miéntras la joven le decia:

 — Yo os juro que solo con la muerte me arrancareis del lado de mi madre.

 — Está bien. Aguardad mis órdenes en vuestra casa.

 Esta escena convenció al gobernador que doña Candelaria era inaccesible a la seduccion, i que la juventud sostenida por la razon, es la edad de las virtudes. Pero aun faltaba otra gran prueba: esta era la del tribunal de infidencia, en que parecia imposible que una jóven de diez i siete años, pudiera luchar con el aparato i realidad de esas crueldades, a cuya vista temblaban los hombres mas valientes.

 Reunióse en su palacio este espectro de tiranía, i en el silencio de la noche i con todo el aparato del terror, hizo conducir de su casa a la magnánima jóven con su madre; i despues de dejarla considerar por un rato el horrible espectáculo de aquellas furias se hizo entrar a un letrado, confidente del gobernador, quien del modo mas grosero i aparentando que no veia a su víctima, le dijo:

 — Venga acá la traidora del rei i desertora de su bandera.

 — Soi una niña que nunca he salido del lado de mi madre, dijo ella, rara que me imputeis faltas que solo podrian cometer los que manejan los negocios políticos.

 — Servireis de escarmiento, contestó el juez, para que sepan los insurjentes que no hai sexo, edad o condicion que los exima de su delito. Idos i aguardad mis órdenes.

 En efecto, al dia siguiente una partida de caballeria al mando de un oficial se presentó en su casa. Era la hora de la comida i la familia se encontraba al rededor de la mesa.
 — Busco a doña Candelaria Soto, dijo el oficial entrando.

 — ¿A doña Candelaria o a su madre? respondió esta sobresaltada.

 — Imponeos de este pliego i cumplid sus órdenes.

 La angustiada madre tomó el pliego, leyólo i quedóse inmóvil.

 Contenia la órden de encerrar a la jóven en la fortaleza de Penco: un subterráneo profundo i pantanoso en el cual apénas se encerraba por quince dias a los mayores criminales.

 — Mi hija no irá sola a esa prision, dijo la madre, yo la acompañaré.

 — Tengo órden de conducirla sin otra compañía que la de mi tropa, respondió el oficial.

 — Pues yo sabré burlar tanta infamia, dijo Candelaria tomando de la mesa un cuchillo para darse la muerte.

 El oficial, a pesar de su dureza, sintió el predominio que tiene la inocencia i la hermosura en los momentos de su dolor; i manifestándose algo conmovido accedió a que la madre acompañara a la hija.
 Diez i siete dias vivieron sumerjidas en el terrible calabozo, hasta que el oficial i los soldados de la guarnicion no pudiendo resistir a la compasion que les causaba esa horrenda venganza las dejaron huir.


  1. Estractada de una de las cartas que el señor don Juan Egaña dirijia a su hija desde su destierro de Juan Fernandez.