Las once mil vergas (Versión para imprimir)

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Autor: Guillaume Apollinaire

Capítulo I 001
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Bucarest es una bella ciudad donde parece que vienen a mezclarse Oriente y Occidente. Si solamente tenemos en cuenta la situación geográfica estamos aún en Europa, pero estamos ya en Asia si nos referimos a ciertas costumbres del país, a los turcos, a los servios y a las otras razas macedonias, pintorescos especímenes de las cuales se distinguen en todas las calles. Sin embargo es un país latino: los soldados romanos que colonizaron el país tenían, sin duda, el pensamiento constantemente puesto en Roma, entonces capital del mundo y árbitro de la elegancia. Esta nostalgia occidental se ha transmitido a sus descendientes: los rumanos piensan insistentemente en una ciudad donde el lujo es natural, donde la vida es alegre. Pero Roma ha perdido su esplendor, la reina de las ciudades ha cedido su corona a París, ¡y qué hay de extraordinario entonces en que, por un fenómeno atávico, el pensamiento de los rumanos esté puesto sin cesar en París, que ha reemplazado tan adecuadamente a Roma a la cabeza del Universo!

Lo mismo que los otros rumanos, el hermoso príncipe Vibescu soñaba en París, la Ciudad-Luz, donde las mujeres, bellas todas ellas, son también de muslo fácil. Cuando estaba aún en el colegio de Bucarest, le bastaba pensar en una parisina, en la parisina, para conseguir una erección y verse obligado a masturbarse lenta y beatíficamente. Más tarde, había descargado en muchos coños y culos de deliciosas rumanas. Pero, lo sabía perfectamente, le hacía falta una parisina.


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Mony Vibescu era de una familia muy rica. Su bisabuelo había sido hospodar, que en Francia equivale al título de subprefecto. Pero esta dignidad se había transmitido nominativamente a la familia, y tanto el abuelo como el padre de Mony habían ostentado el título de hospodar. Del mismo modo Mony Vibescu tuvo que llevar ese título en honor de su abuelo.

Pero él había leído suficientes novelas francesas como para saber mofarse de los subprefectos:

“Veamos –decía-– ¿no es ridículo irse llamar subprefecto porque tu abuelo lo ha sido? ¡Es simplemente grotesco!”. Y para ser menos grotesco había reemplazado el título de hospodar-subprefecto por el de príncipe.

“Este –exclamaba– es un título que puede transmitirse por herencia. Hospodar, es una función administrativa, pero es justo que los que se han distinguido en la administración tengan el derecho de llevar un título. En el fondo, soy un antepasado.

Mis hijos y mis nietos sabrán agradecérmelo”.

El príncipe Vibescu estaba muy relacionado con el vicecónsul de Servia: Bandi Fornoski que, según se decía en la ciudad, enculaba de muy buena gana al encantador Mony.

Un día el príncipe se vistió correctamente y se dirigió hacia el viceconsulado de Servia. En la calle, todos le miraban, y las mujeres lo hacían de hito en hito pensando: “ ¡Qué aspecto parisino tiene!”.

En efecto, el príncipe Vibescu andaba come se cree en Bucarest que andan los parisinos, es decir con pasos cortos y apresurados y removiendo el culo. ¡Es encantador! Y en Bucarest cuando un hombre anda así no hay mujer que se le resista, aunque sea la esposa del primer ministro.


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Al llegar ante la puerta del viceconsulado de Servia, Mony orinó copiosamente contra la fachada, luego llamó. Un albanés vestido con unas enagüillas blancas vino a abrirle. Rápidamente el príncipe Vibescu subió al primer piso. El vicecónsul Bandi Fornoski estaba completamente desnudo en su salón. Acostado en un mullido sofá, lucía una firme erección; cerca de él estaba Mira, una morena montenegrina que le hacía cosquillas en los testículos. Estaba igualmente desnuda y, como permanecía inclinada, su posición hacía sobresalir un hermoso culo, rollizo, moreno y velludo. Entre las dos nalgas se alargaba el surco bien marcado con sus pelos obscuros y se vislumbraba el orificio prohibido redondo como una pastilla.

Debajo, los dos muslos, vigorosos y largos, se estiraban, y como su posición forzaba a Mira a separarlos quedaba visible el coño, grueso, espeso, bien cortado y sombreado por una espesa guedeja completamente negra. Ella no se interrumpió cuando entró Mony. En otro rincón, encima de un canapé, dos precio­sas muchachas de gran culo se acariciaban lanzando suaves “¡ah!” de voluptuosidad. Mony se desembarazó rápidamente de sus ropas, luego el pene completamente erecto al aire, se abalanzó sobre las dos bacantes intentando separarlas. Pero sus manos resbalaban sobre los cuerpos húmedos y tersos que se escurrían como serpientes. Entonces, viendo que babeaban de voluptuosidad, y furioso al no poder compartirla, se puso a golpear con toda la ma­no el gran culo blanco que se encontraba a su alcance.

Como esto parecía excitar considerablemente a la propietaria de ese gran culo, se puso a pegar con todas sus fuerzas, tan fuerte que venciendo el dolor a la voluptuosidad, la bella muchacha a la que había vuelto rosa el precioso culo blanco, se incorporó encolerizada diciendo:


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–Puerco, príncipe de los enculados, no nos molestes, no queremos tu abultado miembro. Ve a dar tu azúcar de cebada a Mira. Déjanos amarnos. ¿No es eso, Zulmé?

–¡Sí! Tone –respondió la otra muchacha. El príncipe blandió su enorme miembro gritando:

–¡Cómo, cochinas, todavía y siempre pasándoos la mano por entre las piernas!

Luego agarrando a una de ellas, quiso besarle la boca. Era Tone, una bella morena cuyo cuerpo completamente blanco tenía, en los mejores lugares, unos preciosos lunares, que realzaban su blancura; su rostro era blanco también y un lunar en la mejilla izquierda hacía muy picante el semblante de esta graciosa muchacha.

Su busto estaba adornado con dos soberbios pechos duros como el mármol, cercados de azul, coronados por unas fresas rosa suave, el de la derecha coquetamente manchado por un lunar colocado allí como una mosca, una mosca asesina.

Mony Vibescu al agarrarla había pasado las manos bajo su voluminoso culo que parecía un hermoso melón que hubiera crecido al sol de medianoche, tan blanco y prieto era. Cada una de sus nalgas parecía haber sido tallada en un bloque de Carrara sin defecto alguno y los muslos que descendían debajo de ellas eran perfectamente redondos como las columnas de un templo griego. ¡Pero qué diferencia! Los muslos estaban tibios y las nalgas, frías, lo que es un síntoma de buena salud. La azotaina las había vuelto un poco rosadas, de tal modo que de esas nalgas se podría decir que estaban hechas de nata mezclada con frambuesas. Esta visión excitaba hasta el límite de la lujuria al pobre Vibescu. Su boca chupaba alternativamente los firmes pechos de Tone, o bien posándose sobre el cuello o sobre el hombro dejaba marca de sus chupadas. Sus manos sostenían firmemente ese prieto y opulento culo como si fuera una sandía dura y pulposa. Palpaba esas nalgas reales y había insinuado el índice en el agujero del culo que era de una estrechez que embriagaba. Su grueso miembro que crecía cada vez más iba a abrir brecha en un encantador coño coralino coronado por un toisón de un negro reluciente.


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Ella le gritaba en rumano: “ ¡No, no me la meterás!” y al mismo tiempo pataleaba con sus preciosos muslos redondos y rollizos. El grueso miembro de Mony había tocado ya el húmedo reducto de Tone con su cabeza roja e inflamada. Ella pudo soltarse aún, pero al hacer este movimiento dejó escapar una ventosidad, no una ventosidad vulgar, sino una ventosidad de un sonido cristalino que le provocó una risa violenta y nerviosa. Su resistencia disminuyó, sus muslos se abrieron y el voluminoso aparato de Mony ya había escondido su cabeza en el reducto cuando Zulmé, la amiga de Tone y su colaboradora de masturbación, se apoderó bruscamente de los testítulos de Mony y, estrujándolos en su manecita, le causó tal dolor que el miembro humeante volvió a salir de su domicilio con gran contrariedad de Tone que ya empezaba a menear su gran culo debajo de su esbelta cintura.

Zulmé era una rubia cuya espesa cabellera le caía hasta los talones. Era más bajita que Tone, pero en cuanto a esbeltez y a gracia no le cedía en nada. Sus ojos eran negros y ojerosos.

Cuando soltó los testículos del príncipe, éste se arrojó sobre ella diciendo: “Bueno, tú vas a pagar por Tone”.

Luego, atrapando de una dentellada un precioso pecho, comenzó a chuparle la punta. Zulmé se retorcía. Para burlarse de Mony meneaba y ondulaba su vientre al final del cual bailaba una deliciosa barba rubia muy rizada. Al mismo tiempo ponía en alto un bonito coño que partía una bella y abultada mota.

Entre los labios de ese coño rosado bullía un clítoris bastante largo que demostraba sus costumbres tribádicas. El miembro del príncipe trataba de penetrar en vano en ese reducto. Al fin, asió las nalgas con fuerza e iba a penetrar cuando Tone, enojada por haber sido privada de la descarga del soberbio miembro, se puso a cosquillear con una pluma de pavo real los talones del joven.


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Él se echó a reír, empezó a retorcerse. La pluma de pavo real le hacía cosquillas continuamente; de los talones había subido a los muslos, al ano, al miembro, que se desinfló rápidamente. Las dos pícaras, Tone y Zulmé, encantadas de su farsa, rieron un buen rato; luego, sofocadas y arreboladas, continuaron sus caricias besándose y lamiéndose ante el corrido y estupefacto príncipe.

Sus culos se alzaban cadenciosamente, sus pelos se mezclaban, sus dientes golpeaban los unos contra los otros, los satenes de sus pechos firmes y palpitantes se restregaban mutuamente. Al fin, retorcidas y gimiendo de voluptuosidad, se regaron mutuamente, mientras el príncipe sentía que volvía a empezarle una erección.

Pero viendo a la una y a la otra tan fatigadas por su mutua masturbación, se volvió hacia Mira, que continuaba manipulando el miembro del vicecónsul. Vibescu se aproximó suavemente y haciendo pasar su bello miembro entre las gruesas nalgas de Mira, se insinuó en el coño húmedo y entreabierto de la preciosa muchacha que, sólo sentir que la penetraba la cabeza del nudo dio una culada que hizo que el aparato la penetrara completamente. Luego continuó sus desordenados movimientos, mientras que el príncipe le hacía titilar el clítoris con una mano y con la otra le cosquilleaba los pechos. Su movimiento de vaivén en el apretadísimo coño parecía causar un vivo placer a Mira, que lo demostraba con gritos de voluptuosidad. El vientre de Vibescu iba a dar contra el culo de Mira y el frescor del culo de Mira causaba al príncipe una sensación tan agradable como la causada a la muchacha por el calor de su vientre. Pronto los movimientos se hicieron más vivos, más bruscos; el príncipe se apretaba contra Mira que jadeaba apretando las nalgas. El príncipe la mordió en el hombro y la estrechó contra sí. Ella gritaba:


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–¡Ah! es bueno... Quédate aquí... Más fuerte... Más fuerte... Ten, ten, tómalo todo. Dámelo, tu esperma... Dámelo todo... Ten... Ten...

Y en una descarga común se derrumbaron y quedaron anonadados por un momento. Tone y Éulmé abrazadas en el canapé les miraban riendo. El vicecónsul de Serbia había encendido un delgado cigarrillo de tabaco oriental. Cuando Mony se hubo levantado, le dijo:

–Ahora, querido príncipe, es mi turno; esperaba tu llegada y precisamente por eso me he hecho manipular el miembro por Mira, pero te he reservado el goce. ¡Ven, mi corazón, mi enculado querido, ven, que te la meta!

Vibescu le contempló un momento, luego, escupiendo sobre el miembro que le presentaba el vicecónsul, pronunció estas palabras:

–Ya estoy harto de tus enculadas, toda la ciudad habla de ello.

Pero el vicecónsul se había levantado, en plena erección, y había cogido un revólver. Apuntó a Mony que, temblando, le tendió las posaderas balbuceando:

–Bandi, mi querido Bandi, sabes que te amo, encúlame, encúlame.


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Bandi, sonriendo, hizo penetrar su miembro en el elástico orificio que se encontraba entre las dos nalgas del príncipe. Introducido allí, y mientras las tres mujeres le miraban, se agitó como un poseído blasfemando:

–¡Por el nombre de Dios! Estoy gozando, aprieta el culo, preciosidad, aprieta, estoy gozando. Aprieta tus bellas nalgas.

Y la mirada salvaje, las manos crispadas sobre los hombros delicados, descargó. Enseguida Mony se lavó, se volvió a vestir y marchó diciendo que volvería después de comer. Pero al llegar a su casa, escribió esta carta:

Mi querido Bandi:
Ya estoy harto de tus enculadas, ya estoy harto de las mujeres de Bucarest, ya estoy harto de gastar aquí mi fortuna con la que sería tan feliz en París. Antes de dos horas me habré marchado. Espero divertirme enormemente allí y te digo adiós.
Mony, Príncipe Vibescu, Hospadar hereditario.

El príncipe cerró la carta, escribiendo otra a su notario en la que le pedía que liquidara sus bienes y le enviara el total a París en el momento en que supiera su dirección.

Mony tomó todo el dinero en metálico que poseía, 50.000 francos, y se dirigió a la estación. Echó sus dos cartas al buzón y tomó el Orient Express hacia París.


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Capítulo II 009
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–Señorita, no he hecho más que veros por primera vez y, loco de amor, he sentido mis órganos genitales dirigirse hacia vuestra belleza soberana y me he enardecido como si hubiera bebido un vaso de raki.

–¿Dónde? ¿Dónde?

–Pongo mi fortuna y mi amor a vuestros pies. Si os tuviera en una cama, os probaría mi pasión veinte veces seguidas. ¡Que las once mil vírgenes o incluso que once mil vergas me castiguen si miento!

–¡Y cómo!

–Mis sentimientos no son falaces. No hablo así a todas las mujeres. No soy un calavera.

–¡Tu hermana!

Esta conversación se producía en el boulevard Malesherbes, una mañana soleada. El mes de mayo hacía renacer la naturaleza y los gorriones parisinos piaban al amor en los árboles reverdecidos.

Galantemente, el príncipe Mony sostenía esta conversación con una bonita y esbelta muchacha que, vestida con elegancia, bajaba hacia la Madeleine. Andaba tan deprisa que tenía dificultades para seguirla. De golpe ella se giró bruscamente y se desternilló de risa:

–Acabaréis pronto; ahora no tengo tiempo. Voy a la calle Duphot a ver a una amiga, pero si estáis dispuesto a mantener a dos mujeres desesperadas por el lujo y por el amor, si en definitiva sois un hombre, por la fortuna y el poder copulativo, venid conmigo.


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El enderezó su bello talle exclamando:

–Soy un príncipe rumano, hospodar hereditario.

–Y yo –dijo ella– soy Culculine d'Ancóne, tengo diecinueve años, ya he vaciado los testículos de diez hombres excepcionales en las relaciones amorosas, y la bolsa de quince millonarios.

Y charlando alegremente de diversas cosas fútiles o turbadoras, el príncipe y Culculine llegaron a la calle Duphot. Subieron en ascensor hasta el primer piso.

–El príncipe Mony Vibescu... mi amiga Alexine Mangetout.

Culculine hizo muy formalmente la presentación en un lujoso gabinete decorado con obscenas estampas japonesas.

Las dos amigas se besaron intercambiándose las lenguas. Las dos eran altas, pero sin exageración.

Culculine era morena, con ojos grises relucientes de picardía, y un lunar peloso adornaba la parte inferior de su mejilla izquierda. Su tez era mate, su sangre afluía bajo la piel, sus mejillas y su frente se arrugaban fácilmente testimoniando sus preocupaciones de dinero y de amor.

Alexine era rubia, de ese color tirando a ceniza como no se ve más que en París. La clara coloración de su tez parecía transparente. Esta bella muchacha semejaba en su encantador deshabillé rosa, tan delicada y traviesa como una picara marquesa del siglo antepasado.


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Trabaron pronto amistad y Alexine que tuvo un amante rumano fue a buscar su fotografía a su dormitorio. El príncipe y Culculine la siguieron. Los dos se precipitaron sobre ella y, riendo, la desnudaron. Su peinador cayó, dejándola en una camisa de batista que dejaba ver un cuerpo encantador, regordete, lleno de hoyuelos en los mejores lugares.

Mony y Culculine la derribaron sobre la cama y sacaron a la luz sus bellos pechos rosados, grandes y duros, a los que Mony chupó las puntas. Culculine se inclinó y, levantando la camisa, descubrió dos muslos redondos y grandes que se reunían bajo un gato rubio ceniciento como los cabellos. Alexine, lanzando grititos de voluptuosidad, puso sobre la cama sus piececitos dejando escapar unas chancletas que hicieron un ruido sordo al caer al suelo. Las piernas muy separadas, levantaba el culo bajo el lameteo de su amiga crispando sus manos alrededor del cuello de Mony.

El resultado no tardó en producirse, sus muslos se apretaron, su pataleo se hizo más vivo, descargó diciendo:

–Puercos, me excitáis, tenéis que satisfacerme.

–¡Ha prometido hacerlo veinte veces! –dijo Culculine, y se desnudó.

El príncipe hizo lo mismo. Quedaron desnudos al mismo tiempo, y mientras que Alexine, como desmayada, estaba tendida en la cama, pudieron admirar recíprocamente sus cuerpos. El voluminoso culo de Culculine se balanceaba deliciosamente debajo de su talle exquisito y los grandes testículos de Mony se hinchaban debajo de un enorme miembro del que Culculine se apoderó.


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–Méteselo –dijo–, después me lo harás a mí.

El príncipe aproximó su miembro al coño entreabierto de Alexine que se estremeció ante esta proximidad:

–¡Me matas! –gritó.

Pero el miembro penetró hasta los testículos y volvió a salir para volver a entrar como un pistón. Culculine se metió en la cama y puso su gato negro encima de la boca de Alexine, mientras que Mony le lamía la puerta falsa. Alexine movía el culo como una endemoniada; puso un dedo en el agujero del culo de Mony, cuya erección aumentó bajo esta caricia. El puso sus manos debajo de las nalgas de Alexine que se crispaban con una fuerza increíble, apretando en el inflamado coño al enorme miembro que apenas podía menearse allí dentro.

Pronto la agitación de los tres personajes fue extrema, su respiración se hizo jadeante. Alexine descargó tres veces, luego fue el turno de Culculine que desmontó inmediatamente para ir a mordisquear los testículos de Mony. Alexine se puso a gritar como una condenada y se retorció como una serpiente cuando Mony le soltó dentro del vientre su semen rumano. Culculine le arrancó inmediatamente del orificio y su boca fue a tomar el lugar del miembro para beber, a lengüetadas, el esperma que se derramaba en grandes borbotones. Alexine, entretanto, había tomado en la boca el miembro de Mony, que limpió cuidadosamente provocándole una nueva erección.

Un instante después, el príncipe se precipitó sobre Culculine, pero su miembro permaneció en el umbral, cosquilleando el clítoris. Tenía en su boca uno de los pechos de la muchacha. Alexine acariciaba los dos.


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–Métemelo –gritaba Culculine– no puedo más.

Pero el miembro permanecía fuera. Descargó dos veces y parecía desesperada, cuando el miembro penetró brutalmente hasta la matriz. Entonces, loca de excitación y voluptuosidad, mordió a Mony en la oreja, tan fuerte que le quedó un pedazo en la boca. Lo tragó gritando con todas sus fuerzas y sacudiendo magis-tralmente el culo. Esta herida, de la que la sangre manaba a chorros, pareció excitar a Mony, pues empezó a menearse más rápidamente y no abandonó el coño de Culculine hasta haber descargado tres veces, mientras que ella misma lo hacía diez.

Cuando él desenfundó, los dos se dieron cuenta con asombro que Alexine había desaparecido. Volvió pronto con productos farmacéuticos destinados a cuidar a Mony y un enorme látigo del conductor de un coche de alquiler.

–Lo he comprado por cincuenta francos –exclamó– al cochero 3.269 de la Urbana, y va a servirnos para poner en forma de nuevo al rumano. Déjame curarle la oreja, Culculine mía, y hagamos un 69 para excitarnos.

Mientras que detenía la salida de la sangre, Mony asistió a este regocijante espectáculo: perfectamente acopladas, Culculine y Alexine, se acometían con ardor. El macizo culo de Alexine, blanco y regordete, se contoneaba sobre el rostro de Culculine; las lenguas, largas como miembros de niño, iban a buen ritmo, la saliva y el semen se mezclaban, los mojados pelos se adherían entre sí y suspiros que partirían el alma, si no fueran suspiros de voluptuosidad, se elevaban de la cama que crujía y chirriaba bajo el agradable peso de las preciosas muchachas.


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–¡Ven a encularme! –gritó Alexine.

Pero Mony perdía tanta sangre que ya no tenía ganas de hacerlo. Alexine se levantó y, cogiendo el látigo del cochero del vehículo 3.269, por el soberbio mango completamente nuevo, lo blandió y azotó la espalda, las nalgas de Mony que, bajo este nuevo dolor olvidó su sangrante oreja y empezó a dar alaridos. Pero Alexine, desnuda y semejante a una bacante en pleno delirio, golpeaba sin parar.

–¡Ven a azotarme tú también! –le gritaba ella a Culculine, cuyos ojos resplandecían y que acudió a azotar con todas sus fuerzas el gran culo agitado de Alexine. Culculine también se excitó pronto.

–¡Azótame, Mony! –suplicó.

Y éste, que se acostumbraba al castigo, aunque su cuerpo estuviera sangrante, se puso a azotar las bellas nalgas morenas que se abrían y cerraban cadenciosamente. Cuando le comenzó la erección de nuevo, la sangre caía, no sólo de la oreja, sino también de cada marca dejada por el cruel flagelo.

Entonces Alexine se volvió y presentó sus bellas nalgas enrojecidas al enorme miembro que penetró en la roseta, mientras que la empalada chillaba agitando el culo y los pechos. Pero Culculine los separó riendo. Las dos mujeres reemprendieron su mutua masturbación, mientras que Mony, completamente ensangrentado e instalado hasta la guardia en el culo de Alexine, se agitaba con un vigor que hacía gozar enormemente a su pareja. Sus testículos ondeaban como las campanas de Nótre-Dame y llegaban a embestir la nariz de Culculine. En un momento dado el culo de Alexine se estrechó con gran fuerza en torno a la base del glande de Mony que ya no pudo moverse. Así es como descargó con grandes chorros mamados por el ano ávido de Alexine Mangetout.


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Entretanto, en la calle la muchedumbre se apiñaba en torno del coche 3.269 cuyo cochero no tenía látigo.

Un sargento municipal le preguntó qué había hecho de él:

–Lo he vendido a una dama de la calle Du-phot.

–Id a recuperarlo u os pongo una multa.

–Ahora voy –dijo el auriga, un normando de fuerza poco común, y, después de haberse informado con la portera, llamó al primer piso.

Alexine fue desnuda a abrirle; el cochero quedó deslumhrado y, como ella se escapaba hacia el dormitorio, la persiguió, la agarró y le introdujo con habilidad y a la manera de los perros, un miembro de respetable talla. Descargó pronto gritando: “ ¡Truenos de Brest, burdel de Dios, cochina puta! “.

Alexine, dándole culadas, descargó al mismo tiempo que él, mientras que Mony y Culculine se partían de risa. El cochero, creyendo que se burlaban de él, montó en terrible cólera.

–¡Ah!, ¡putas, chulo, carroña, basura, os burláis de mí! Mi látigo, ¿dónde está mi látigo?

Y viéndolo, se apoderó de él para golpear con todas sus fuerzas a Mony, Alexine y Culculine, cuyos cuerpos desnudos brincaban bajo los cintarazos que les dejaban marcas sangrantes. Luego tuvo una nueva erección y, saltando sobre Mony, empezó a encularlo.


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La puerta de entrada había quedado abierta y el municipal, que, viendo que el cochero no volvía, había subido, entró en este instante en el dormitorio; no tardó en sacar su miembro reglamentario. Lo introdujo con habilidad en el culo de Culculine que cloqueaba como una gallina y se estremecía con el frío contacto de los botones del uniforme.

Alexine, desocupada, cogió la porra blanca que se balanceaba en la vaina que colgaba de la cintura del sargento municipal. Se la introdujo en el coño y rápidamente las cinco personas empezaron a gozar tremendamente, mientras que la sangre de las heridas chorreaba sobre las alfombras, las sábanas, los muebles y mientras en la calle se llevaban al depósito el abandonado coche 3.269 cuyo caballo se pedió durante todo el camino que quedó perfumado de manera nauseabunda.


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Capítulo III 017
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Algunos días después de la sesión, que el cochero del vehículo 3.269 y el agente de policía habían acabado de manera tan singular, el príncipe Vibescu apenas se había repuesto de sus emociones. Las marcas de la flagelación habían cicatrizado y él estaba desmayadamente tendido en un sofá de una habitación del Grand-Hótel. Para excitarse leía la sección de sucesos del Journal. Le apasionaba una historia. El crimen era espantoso. El lavaplatos de un restaurante había hecho asar el culo de un joven pinche, luego, aún caliente y sangrante, lo había enculado y comido los trozos asados que se desprendían del trasero del efebo. Los vecinos habían acudido a los gritos del Vatel y habían detenido al sádico lavaplatos. La historia estaba contada con todos los detalles y el príncipe la saboreaba masturbándose lentamente el miembro que se había sacado.

En ese momento, llamaron. Una criada complaciente, fresca y muy bonita con su cofia y su delantal, entró con el permiso del príncipe. Sostenía una carta y enrojeció viendo el aspecto descompuesto de Mony que se volvió a poner los pantalones:

–No se vaya, bella y rubia señorita, tengo que decirle unas palabras.

Al mismo tiempo, cerró la puerta y, agarrando a la preciosa Mariette por la cintura, la besó vorazmente en la boca. Al principio ella se defendió, apretando fuertemente los labios, pero pronto, bajo el abrazo, comenzó a abandonarse, luego su boca se abrió. La lengua del príncipe penetró en ella, siendo mordida inmediatamente por Mariette cuya hábil lengua empezó a cosquillear la punta de la de Mony.


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Con una mano, el joven le rodeaba la cintura; con la otra le levantaba las faldas. No llevaba bragas. Su mano se colocó rápidamente entre dos muslos redondos y grandes que nadie le hubiera supuesto, pues era alta y delgada. Tenía un coño muy peludo. Estaba muy enardecida, y la mano estuvo muy pronto en el interior de una húmeda grieta, mientras que Mariette se abandonaba avanzando el vientre. Su mano se paseaba por encima de la bragueta de Mony que al fin consiguió desabrochar.

Extrajo el soberbio florete que al entrar sólo había podido entrever. Se masturbaban mutua y suavemente; él le pellizcaba el clítoris; ella, apretando su pulgar sobre el orificio del pene. El le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros, mientras ella se desabrochaba para hacer surgir dos soberbios pechos erectos que él se puso a chupar alternativamente, haciendo penetrar su ardiente miembro en el coño. Inmediatamente ella se echó a gritar:

–¡Qué bueno, qué bueno... qué bien lo haces!

En aquel momento ella dio unas desordenadas culadas, luego él la sintió descargar diciendo:

–Toma... qué gusto... toma... tómalo todo.

Inmediatamente después, le agarró bruscamente el miembro diciendo:

–Por aquí ya hay bastante.



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Lo sacó del coño y se lo introdujo en otro agujero completamente redondo situado un poco más abajo, como un ojo de cíclope entre dos globos carnosos, blancos y vigorosos. El miembro, lubrificado por los licores femeninos, penetró fácilmente y, tras haber vivamente culeado, el príncipe soltó todo su esperma en el culo de la preciosa camarera. Enseguida sacó su miembro que hizo: “floc”, como cuando se descorcha una botella y sobre la punta aún quedaba algo de semen mezclado con un poco de mierda.

En este momento, en el corredor sonó una llamada y Mariette dijo: “Debo ir a ver”. Y se largó después de besar a Mony que le puso dos luises en la mano. Cuándo hubo salido, él se lavó la cola, luego abrió la carta que contenía esto:

“Mi hermoso rumano:

“¿Qué es de ti? Debes haberte repuesto de tus fatigas. Pero recuerda lo que me dijiste: Si no hago el amor veinte veces seguidas, que once mil vergas me castiguen. No lo hiciste veinte veces, peor para ti.”

“El otro día fuiste recibido en el picadero de Alexine, en la calle Duphot. Ahora que te conocemos, puedes venir a mi casa. No puedes ir a casa de Alexine. No puede recibirme ni siquiera a mí. Por eso tiene un picadero. Su senador es demasiado celoso. A mí me da lo mismo; mi amante es explorador, debe estar a punto de enfilar perlas con las negras de Costa de Marfil. Puedes venir a mi casa, el 214 de la calle de Prony. Te esperamos a las cuatro.”

Culculine d'Ancóne.”


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Las once mil vergas none


Tan pronto leyó esta carta, el príncipe miró la hora. Eran las once de la mañana. Llamó para hacer subir al masajista que le masajeó y le enculó limpiamente. Esta sesión le vivificó. Tomó un baño y se sentía fresco y dispuesto al llamar al peluquero que le peinó y le enculó artísticamente. El pedicuro-manicura subió inmediatamente. Le hizo las uñas y le enculó vigorosamente. El príncipe, entonces, se sintió completamente a gusto. Bajó a los bulevares, desayunó copiosamente, luego tomó un fiacre que le condujo a la calle de Prony. Era un hotelito, habitado exclusivamente por Culculine. Una vieja sirvienta le franqueó la entrada. La habitación estaba amueblada con un gusto exquisito.

Enseguida le hicieron entrar en un dormitorio cuya cama, muy baja y de cobre, era enorme. El entarimado estaba cubierto con pieles de animales que ahogaban el ruido de las pisadas. El príncipe se desvistió rápidamente y quedó completamente desnudo cuando entraron Alexine y Culculine enfundadas en unos maravillosos deshabillés. Se echaron a reír y lo besaron. El empezó por sentarse, luego colocó a cada una de las muchachas encima de una de sus piernas, pero lo hizo levantándoles la falda, de manera que ellas permanecían decentemente vestidas y él sentía sus culos desnudos sobre los muslos. Luego empezó a masturbar a cada una con una mano, mientras ellas le cosquilleaban el miembro. Cuando sintió que estaban completamente excitadas les dijo:

–Ahora vamos a dar clase.

Las hizo sentar en una silla enfrente suyo y, después de reflexionar un instante, les dijo:

–Señoritas, acabo de notar que no llevan bragas. Deberían avergonzarse. Corran a ponerse una.


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Cuando volvieron, comenzó la clase.

–Señorita Alexine Mangetout, ¿cómo se llama el rey de Italia?

–Si crees que me importa, ¡no tengo ni idea! –dijo Alexine.

–Tiéndase en la cama –gritó el profesor.

La hizo colocar de rodillas y de espaldas sobre la cama, le hizo levantar las faldas y abrir la raja de los calzones de los que emergieron los globos radiantes de blancura de las nalgas. Entonces empezó a golpearlas con la palma de la mano; pronto el trasero empezó a enrojecer. Esto excitaba a Alexine que hacía muy buen culo, pero enseguida el mismo príncipe no pudo contenerse. Pasando sus manos alrededor del busto de la joven, le agarró los pechos por debajo del peinador, luego haciendo descender una mano, le acarició el clítoris y notó lo mojado que tenía el coño.

Las manos de ella no permanecían inactivas; habían agarrado el miembro del príncipe conduciéndolo por el angosto sendero de Sodoma. Alexine se inclinaba para que su culo sobresaliera mejor y para facilitar la entrada a la verga de Mony.


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El glande estuvo dentro muy pronto, el resto le siguió y los testículos iban a pegar contra la base de las nalgas de la joven. Culculine, que se aburría, también se echó sobre la cama y lamió el coño de Alexine que, festejada por los dos lados, gozaba hasta llorar. Su cuerpo sacudido por la voluptuosidad se retorcía como si estuviera sufriendo atrozmente. Estertores voluptuosos se escapaban de su garganta. El enorme instrumento le llenaba el culo y yendo hacia delante y hacia atrás, chocaba contra la membrana que lo separaba de la lengua de Culculine que recogía el líquido provocado por este pasatiempo. El vientre de Mony embestía el culo de Alexine. Luego el príncipe culeó más deprisa.

Empezó a morder el cuello de Alexine. El miembro se hinchó. Alexine no pudo soportar tanta felicidad; se dejó caer sobre la cara de Culculine que no cesó en sus lámeteos, mientras que el príncipe la seguía en su caída, la verga introducida en su culo. Unas arremetidas más, luego Mony soltó su semen. Ella permaneció tendida en la cama mientras Mony iba a lavarse y Culculine se levantaba para orinar. Ella tomó un cubo, se sentó a horcajadas en él, las piernas muy separadas, se levantó la falda y orinó copiosamente, luego, para quitarse las ultimas gotas que habían quedado entre los pelos, soltó un pedo pequeño, tierno y discreto que excitó considerablemente a Mony.

–¡Cágate en mis manos, cágate en mis manos! –exclamaba.


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Ella sonrió; él se colocó detrás de ella, que bajaba un poco el culo y empezaba a hacer esfuerzos. Llevaba unos diminutos calzones de batista transparente a través de los cuales se entreveían sus bellos y vigorosos muslos. Unas medias negras le llegaban hasta por encima de la rodilla y moldeaban dos maravillosas pantorrillas de silueta incomparable, ni demasiado gruesas ni demasiado delgadas. En esta posición el culo resaltaba, admirablemente encuadrado por la abertura de los calzones. Mony observaba atentamente las dos morenas y rosadas nalgas, vellosas, regadas por una sangre generosa. Advertía la extremidad de la espina dorsal, algo salida y, debajo, el comienzo de la raya del culo.

Primero ancha, luego estrechándose y haciéndose más profunda a medida que aumentaba el espesor de las nalgas; se llegaba así hasta el orificio obscuro y redondo, completamente arrugado. Los primeros esfuerzos de la joven consiguieron dilatar el agujero del culo y hacer salir un poco de la piel lisa y rosada que se encuentra en su interior y que parece un labio remangado.

–¡Caga ya! –gritaba Mony.

Enseguida apareció una puntita de mierda, picuda e insignificante, que mostró la cabeza y se retiró inmediatamente a su caverna. Seguidamente reapareció, seguida lenta y majestuosamente por el resto del salchichón que constituía uno de los más bellos cagajones que un intestino haya producido jamás.


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La mierda salía untuosa e ininterrumpidamente, hilada con cuidado como un cable de navio. Oscilaba graciosamente entre las bellas nalgas que se separaban cada vez más. Pronto se balanceó más briosamente. El culo se dilató aún más, se agitó un poco y la mierda cayó, caliente y humeante toda ella, en las manos de Mony que se tendían para recibirla. Entonces él grito: “ ¡No te muevas! “, y, agachándose, le lamió cuidadosamente el orificio del culo, amasando el cagajón con sus manos. Luego lo aplastó con voluptuosidad y se embadurnó todo el cuerpo con él. Culculine se desvestía para imitar a Alexine que se había desnudado y mostraba a Mony su voluminoso y transparente culo de rubia: “ ¡Cágame encima! “, gritó Mony a Alexine arrojándose al suelo. Ella se acuclilló encima, pero no del todo. El podía gozar del espectáculo que ofrecía su ano. Los primeros esfuerzos consiguieron hacer salir un poco del semen que Mony había depositado allí; luego salió la mierda, amarilla y blanda, que cayó en varias veces y, como ella reía y se meneaba, la mierda se desparramaba por todo el cuerpo de Mony que pronto tuvo el vientre adornado con muchas de estas fragantes babosas.

Al mismo tiempo Alexine había orinado y el chorro, muy caliente, al caer sobre el miembro de Mony, había despertado sus instintos animales. Poco a poco el pendolón se iba irguiendo, hinchándose hasta que, alcanzado su volumen normal, el glande se atirantó, colorado como una enorme ciruela, ante los ojos de la joven que, acercándose, se agachó cada vez más, haciendo penetrar la verga en erección por entre los bordes peludos del coño ampliamente abierto. Mony gozaba con el espectáculo. El culo de Alexine, al descender, mostraba cada vez más a las claras su apetitosa rotundidad. Sus escalofriantes redondeces imponían y la separación de las nalgas se acusaba cada vez más. Cuando el culo hubo descendido completamente, cuando el miembro fue totalmente engullido, el culo se levantó de nuevo y comenzó un bonito movimiento de vaivén que modificaba su volumen en proporciones notables, y era un espectáculo delicioso. Mony, lleno de mierda, gozaba profundamente: al cabo de poco tiempo sintió como se apretaba la vagina y Alexine dijo con voz estrangulada:


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–¡Puerco, ya viene... estoy gozando!

Y dejó escapar su chorro. Pero Culculine, que había asistido a esta operación y parecía acalorada, la extrajo brutalmente del palo y, abalanzándose sobre Mony sin preocuparse de la mierda que la ensució también, se introdujo la cola en el coño exhalando un suspiro de satisfacción. Comenzó a dar terribles culadas mientras decía: “ ¡Han!” a cada arremetida. Pero Alexine, despechada por haber sido desposeída de su bien, abrió un cajón y sacó de él unos zorros hechos con tiras de cuero. Comenzó a azotar el culo de Culculine cuyos saltos se hicieron aún más apasionados. Alexine, excitada por el espectáculo, golpeaba dura y vigorosamente. Los golpes llovían sobre el soberbio trasero. Mony, ladeando ligeramente la cabeza, veía, en un espejo que tenía enfrente, subir y bajar el gran culo de Culculine. Al subir las nalgas se entreabrían y la roseta aparecía por un breve instante para desaparecer al bajar cuando las bellas nalgas mofletudas se estrechaban de nuevo. Debajo, los labios peludos y distendidos del coño devoraban la enorme verga que, al subir, se veía mojada y salía Casi totalmente. En un momento los golpes de Alexine habían enrojecido completamente el pobre culo que ahora se estremecía de voluptuosidad. Pronto un golpe dejó una marca sangrienta. Las dos, la que golpeaba y la azotada, estaban frenéticas como bacantes y parecían gozar con idéntica intensidad. El mismo Mony empezó a compartir su furor y sus uñas surcaron la espalda satinada de Culculine. Alexine, para golpear cómodamente a Culculine, se arrodilló junto al grupo. Su mofletudo culazo, sacudiéndose a cada golpe que daba, quedó a dos dedos de la boca de Mony.


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Su lengua no tardó en introducirse allí dentro, luego animado por un furor voluptuoso, empezó a morder la nalga derecha. La joven lanzó un grito de dolor. Los dientes habían penetrado en su carne y la sangre roja y fresca vino a aliviar el gaznate reseco de Mony. La bebió a lengüetadas, apreciando su sabor de hierro ligeramente salado. En este momento los saltos de Culculine eran ya completamente incontrolados. Sus ojos estaban en blanco. Su boca, manchada por la mierda acumulada sobre el cuerpo de Mony. Lanzó un gemido y descargó al mismo tiempo que Mony. Alexine cayó sobre ellos, agonizante y rechinando los dientes, y Mony que colocó la boca en su coño no tuvo que dar más que dos o tres lengüetazos para obtener una descarga. Luego, tras algunos sobresaltos, los nervios se relajaron y el trío se tendió sobre la mierda, la sangre y el semen. Se durmieron sin darse cuenta y se despertaron cuando las doce campanadas de medianoche sonaron en el reloj de péndulo de la habitación.

–No nos movamos, he oído ruido –dijo Culculine–, y no es mi criada, está acostumbrada a no preocuparse por mí. Debe estar acostada.

Un sudor frío bañaba las frentes de Mony y de las jóvenes. Sus cabellos se pusieron de punta y los escalofríos recorrían sus cuerpos desnudos y merdosos.

–¡Hay alguien! –añadió Alexine.

–¡Hay alguien! –confirmó Mony.


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En este mismo momento se abrió la puerta y la poca luz que llegaba desde la nocturna calle permitió vislumbrar dos sombras humanas envueltas en abrigos con el cuello alzado y cubiertos con sombreros hongo.

Bruscamente, el primero de ellos hizo centellear una linterna que llevaba en la mano. El resplandor iluminó la habitación, pero en el primer momento los asaltantes no advirtieron el grupo tendido en el suelo.

–¡Esto huele muy mal! –dijo el primero.

–Entremos de todos modos, ¡debe haber guita en los cajones! –replicó el segundo.

Entonces, Culculine, que se había arrastrado hasta el interruptor de la luz, iluminó bruscamente la habitación.

Los asaltantes quedaron boquiabiertos ante las desnudeces:

–¡Mierda! –dijo el primero–, a fe de Cornaboeux, tenéis buen gusto.

Era un coloso moreno cuyas manos eran extraordinariamente velludas. Su barba enmarañada le hacía aún más feo de lo que era.

–Qué coña –dijo el segundo–, a mí me va la mierda, trae buena suerte.

Era un bribón macilento y tuerto que mascaba una apagada colilla.

–Tienes razón, Chalupa –dijo Comaboeux–, ahora mismo acabo de pisarla y para primera felicidad creo que voy a ensartar a la señorita. Pero primero pensemos en el joven.


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Y abalanzándose sobre el aterrorizado Mony, los asaltantes le amordazaron y le ataron brazos y piernas. Luego volviéndose hacia las dos trémulas mujeres, algo divertidas no obstante, Chalupa dijo:

–Y vosotras, muñecas, intentad ser amables; si no se lo diré a Prosper.

Llevaba un bastoncillo en la mano y se lo dio a Culculine ordenándole golpear a Mony con todas sus fuerzas. Luego colocándose a su espalda, sacó un pene delgado como un meñique, pero muy largo. Chalupa comenzó palmeándole las nalgas al tiempo que decía:

–¡Bien!, mi grueso carigordo, vas a tocar la flauta, me gusta la tierra amarilla.

Sobaba y palpaba ese culazo suave y, pasando una mano por delante, manoseaba el clítoris, luego bruscamente introdujo el delgado y largo pene. Culculine empezó a menear el culo mientras golpeaba a Mony que, al no poder gritar ni defenderse, se convulsionaba como un gusano a cada bastonazo, que le dejaba una marca roja que pronto se volvía violácea. Luego, a medida que la enculada avanzaba, Culculine, excitada, golpeaba más fuerte gritando:

–Puerco, toma, por tu sucia basura... Chalupa, éntrame tu palillo hasta el fondo.

El cuerpo de Mony quedó ensangrentado en un momento.


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Mientras tanto, Cornaboeux había agarrado a Alexine y la había tirado encima de la cama. Comenzó por mordisquearle los pechos que empezaron a endurecerse. Luego descendió hasta el coño y lo cubrió completamente con su boca, mientras tironeaba los preciosos pelos rubios y rizados de la mota. Se incorporó y sacó su miembro enorme, pero corto, con la cabeza violeta. Volteando a Alexine, empezó a golpear su culazo rosado; de vez en cuando pasaba la mano por el surco del culo. Luego se puso a la joven debajo del brazo izquierdo de manera que el coño quedara al alcance de su mano derecha. Con la izquierda la agarraba por la barba del coño... lo que le hacía daño. Ella se echó a llorar y sus gemidos aumentaron cuando Cornaboeux empezó a pegarle en las posaderas con todas sus fuerzas. Sus gruesos muslos rosados se estremecían y el culo temblaba cada vez que se abatía sobre él la enorme manaza del salteador. Con sus manecitas libres empezó a arañar la cara barbuda. Le estiraba los pelos del rostro igual que él le estiraba los mechones del coño:

–¡Esto funciona! –dijo Cornaboeux, y le dio la vuelta.


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En este preciso instante, ella se dio cuenta del espectáculo formado por Chalupa enculando a Culculine que golpeaba a Mony, completamente ensangrentado, y esto la excitó. La enorme verga de Cornaboeux chocaba contra su trasero, pero erraba el golpe, pegando a derecha y a izquierda o bien algo más arriba o algo más abajo, luego cuando encontró el agujero, colocó sus manos sobre las caderas tersas y redondeadas de Alexine y la atrajo hacia sí con todas sus fuerzas. El dolor que le causó ese enorme miembro que le desgarraba el culo la hubiera hecho aullar de dolor si no hubiera estado tan excitada por todo lo que acababa de pasar. Inmediatamente de haber entrado el miembro en el culo, Cornaboeux volvió a sacarlo, luego volteando a Alexine encima de la cama le hundió su instrumento en el vientre. El útil entró a duras penas a causa de su enormidad, pero desde que estuvo dentro, Alexine cruzó las piernas en torno a las caderas del asaltante y lo mantuvo tan apretado contra sí que si él hubiera querido escaparse no hubiera podido. Las culadas se encarnizaron. Cornaboeux le chupaba los pechos y su barba le raspaba, excitándola; ella introdujo una mano dentro de los pantalones e introdujo un dedo en el ojo del culo del asaltante. Enseguida empezaron a morderse como bestias salvajes, pegando culadas. Descargaron frenéticamente. Pero el miembro de Cornaboeux, constreñido en la vagina de Alexine, se endureció de nuevo. Alexine cerró los ojos para saborerar mejor este segundo abrazo. Descargó catorce veces mientras Cornaboeux lo hacía tres. Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que su coño y su culo estaban ensangrentados. Habían sido heridos por la enorme verga de Cornaboeux. Vio a Mony convulsionándose en el suelo.

Su cuerpo no era más que una llaga.


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Culculine, por mandato del tuerto Chalupa, le chupaba la cola, arrodillada ante él:

–¡Vamos, de pie, golfa!–gritó Cornaboeux.

Alexine obedeció y él le pegó una patada en el culo que la hizo caer sobre Mony. Cornaboeux la ató de brazos y piernas y la amordazó sin tener en cuenta sus súplicas y, tomando el bastoncillo, empezó a rayarle a golpes su bonito cuerpo falsamente enjuto. El culo se estremecía a cada bastonazo, luego fue la espalda, el vientre, los muslos, los senos, quienes recibieron la paliza. Pataleando y debatiéndose, Alexine dio con el miembro de Mony que se erguía como el de un cadáver. Se acopló por casualidad al coño de la joven y se metió en él.

Cornaboeux redobló sus golpes que cayeron indistintamente sobre Mony y sobre Alexine que gozaban de una manera atroz. Al poco rato la bonita piel rosada de la rubia joven ya no era visible bajo los latigazos y la sangre que chorreaba. Mony se había desmayado, ella lo hizo un instante después. Cornaboeux, cuyo brazo empezaba a cansarse, se volvió hacia Culculine que intentaba que Chalupa descargara en su boca. Pero el tuerto no podía hacerlo.

Cornaboeux ordenó a la bella morena que separara los muslos. Tuvo grandes dificultades para ensartarla a la manera de los perros. Ella sufría mucho pero estoicamente, sin soltar la verga de Chalupa que continuaba chupando. Cuando Cornaboeux tomó posesión del coño de Culculine, le hizo levantar el brazo derecho y le mordisqueó el pelo de los sobacos donde tenía unos mechones muy tupidos. Cuando llegó el goce, fue tan intenso que Culculine se desvaneció mordiendo violentamente la verga de Chalupa. El lanzó un terrible grito de dolor, pero el glande ya estaba separado del cuerpo. Cornaboeux, que acababa de descargar, sacó bruscamente su machete del coño de Culculine que, desvanecida, cayó al suelo. Chalupa, desmayado, perdía toda su sangre. –Pobre Chalupa –dijo Cornaboeux–, estás jodido, es mejor morir deprisa.


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Y sacando un cuchillo, asestó un golpe mortal a Chalupa sacudiendo las últimas gotas de semen que colgaban de su miembro sobre el cuerpo de Culculine. Chalupa murió sin decir ni “uf”.

Cornaboeux se volvió a poner los pantalones con todo cuidado, vació todo el dinero de los cajones y de los vestidos; también se llevó los relojes, las joyas. Luego miró a Culculine que yacía, desvanecida, en tierra.

–He de vengar a Chalupa –pensó.

Y sacando de nuevo su cuchillo, asestó un terrible golpe entre las dos nalgas de Culculine que continuó desmayada. Cornaboeux dejó el cuchillo en el culo. En los relojes sonaron las tres de la madrugada. Entonces se marchó como había entrado, dejando cuatro cuerpos tendidos en el suelo de la habitación llena de sangre, de semen y de un desorden sin nombre.

Ya en la calle, se dirigió alegremente hacia Ménilmontant cantando: Un culo debe oler a culo. Y no como agua de Colonia... y también:

Luz de gas Luz de gas Alumbra, alumbra, a mi pimpollo.


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Capítulo IV  033
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El escándalo fue enorme. Los periódicos hablaron de este asunto durante ocho días. Culculine, Alexine y el príncipe Vibescu tuvieron que guardar cama durante dos meses. Convaleciente, Mony entró una tarde en un bar, cerca de la estación de Montparnasse. Allí se bebe petróleo, que es una bebida deliciosa para los paladares hastiados de los otros licores.

Mientras degustaba el infame matarratas, el príncipe miraba de hito en hito a los consumidores. Uno de ellos, un coloso barbudo, iba vestido de mozo de la Halle y su inmenso sombrero polvoriento le daba el aspecto de un semidiós de leyenda dispuesto a acometer un trabajo heroico.

El príncipe creyó reconocer el simpático rostro del asaltante Cornaboeux. De improviso, le oyó pedir un petróleo con voz atronadora. Era la voz de Cornaboeux. Mony se levantó y se dirigió hacia él con la mano tendida:

–Hola, Cornaboeux, ¿está en los Halles, ahora?

–Yo –dijo, sorprendido–, ¿de qué me conoce usted?

–Le vi a usted en el 114 de la calle Prony –dijo Mony con tono desenfadado.

–No era yo –respondió muy asustado Cornaboeux–, yo no le conozco a usted, soy mozo de carga en los Halles desde hace tres años y bastante conocido allí. ¡Déjeme tranquilo!


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–Basta de tonterías –replicó Mony–. Cornaboeux, eres mío. Puedo entregarte a la policía.

Pero me gustas y si quieres venir conmigo serás mi ayuda de cámara, me seguirás por todas partes. Te asociaré a mis placeres. Me ayudarás y me defenderás si ello es preciso. Además, si me eres completamente fiel, te haré rico. Contesta enseguida.

–Es usted un hombre de pelo en pecho y sabe hablar. Chóquela, soy su hombre.

Unos días después, Cornaboeux, ascendido al grado de ayuda de cámara, cerraba las maletas. El príncipe Mony era llamado con toda urgencia a Bucarest. Su íntimo amigo, el vicecónsul de Servia, acababa de morir, dejándole todos sus bienes, que eran considerables. Se trataba de minas de estaño, muy productivas desde hacía algunos años, pero que era necesario vigilar de muy cerca so pena de ver bajar inmediatamente su rendimiento. El príncipe Mony, como hemos visto, no amaba el dinero por él mismo; deseaba el máximo de riquezas posibles, pero tan sólo por los placeres que únicamente el oro puede procurar. Tenía continuamente en la boca esta máxima, pronunciada por uno de sus antepasados:

“Todo se vende; todo se compra; basta con ponerle precio”.

El príncipe Mony y Cornaboeux habían ocupado sus plazas en el Orient-Express; la trepidación del tren no tardó mucho en producir sus efectos. Mony entró en erección como un cosaco y lanzó miradas inflamadas sobre Cornaboeux. Fuera, el paisaje admirable del Este, de Francia, desplegaba ante la vista sus bellezas limpias y tranquilas. El compartimento estaba casi vacío; un vejestorio, espléndidamente vestido, gimoteaba mientras babeaba sobre el “Fígaro” que intentaba leer.


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Mony, que estaba envuelto en un amplio raglán, se apoderó de la mano de Cornaboeux y, haciéndola pasar por la abertura que hay en el bolsillo de esta cómoda vestimenta, la llevó hasta su bragueta.

El colosal ayuda de cámara comprendió el deseo de su amo. Su manaza era velluda, pero regordeta y más suave, de lo que nadie habría sospechado. Los dedos de Cornaboeux desabrocharon delicadamente los pantalones del príncipe. Agarraron la verga delirante que justificaba en todos sus aspectos el famoso díptico de Alphonse Aliáis:

La trepidación excitante de los trenes

Nos introduce deseos en la médula de los ríñones.

Pero un empleado de la Compagnie des Wagons-Lits entró y anunció que era hora de comer y que numerosos viajeros se hallaban ya en el vagón-restaurante.

–Excelente idea –dijo Mony–. ¡Cornaboeux, vamos a comer primero!

La mano del antiguo descargador salió de la abertura del raglán. Los dos se dirigieron hacia el comedor. La verga del príncipe permanecía erecta, y como no se había abrochado los pantalones, una protuberancia se destacaba en la superficie de su vestimenta. La comida empezó sin tropiezos, arrullada por el ruido de chatarra del tren y por los tintineos variados de la vajilla, de la cubertería y de la cristalería, turbada a veces por el salto brusco de un tapón de Apollinaris.


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En una mesa, en el extremo opuesto a la de Mony, se encontraban dos mujeres rubias y bonitas. Cornaboeux, que las tenía enfrente, las señaló a Mony. El príncipe se volvió, y reconoció en una de ellas, vestida más modestamente que la otra, a Mariette, la exquisita criada del Grand-Hotel. Se levantó inmediatamente y se dirigió hacia las damas. Saludó a Mariette y se dirigió a la otra joven que era bonita y acicalada. Sus cabellos decolorados con agua oxigenada le daban un aspecto moderno que encantó a Mony:

–Señora –le dijo–, le ruego que me disculpe. Me presento yo mismo, en vista de la dificultad de encontrar en este tren relaciones que nos sean comunes. Soy el príncipe Mony Vibescu, hospodar hereditario. Esta señorita, es decir, Mariette, que, sin duda, ha dejado el servicio del Grand-Hótel por el suyo, me dejó contraer hacia ella una deuda de gratitud de la que quiero liberarme hoy mismo. Quiero casarla con mi ayuda de cámara y dotarlos con cincuenta mil francos a cada uno.

–No veo ningún inconveniente para ello –dijo la dama–, pero he aquí algo que no tiene aspecto de estar mal constituido. ¿A quién la destina usted?

La verga de Mony había encontrado una salida y mostraba su rubicunda cabeza entre dos botones, en la parte anterior del cuerpo del príncipe que enrojeció mientras hacía desaparecer el aparato. La dama se echó a reír.

–Afortunadamente se halla usted colocado de tal modo que nadie le ha visto... hubiera sido bonito...

Pero conteste, ¿para quién es este temible instrumento?

–Permítame –dijo Mony galantemente– ofrecérselo como homenaje a su soberana belleza.


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–Veremos –dijo la dama– mientras esperamos y ya que usted se ha presentado, voy a presentarme yo también... Estelle Romange...

–¿La gran actriz del Frangaisi –preguntó Mony.

La dama asintió con la cabeza.

Mony, loco de alegría, exclamó:

–Estelle, hubiera debido reconocerla. Soy un apasionado admirador suyo desde hace mucho tiempo. ¿No habré pasado tardes enteras en el Théátre Franjáis, admirándola en sus papeles de enamorada? Y para calmar mi excitación, al no poder masturbarme en público, me hurgaba la nariz con los dedos, sacaba un moco consistente y me lo comía. ¡Estaba tan bueno! ¡Estaba tan bueno!

–Mariette, ve a comer con tu prometido –dijo Estelle–. Príncipe, coma conmigo. Sentados el uno frente al otro, el príncipe y la actriz se miraron amorosamente: –¿Dónde va usted?

–le pidió Mony. –A Viena, para actuar ante el Emperador. –¿Y el decreto de Moscú? –El decreto de Moscú me importa un pimiento; voy a enviar mi dimisión a Claretie... Me están marginando... Me hacen representar embolados... me rehusan el papel de Eoraká en la nueva obra de nuestro Mounet-Sully... Me voy... Nadie ahogará mi talento.

–Recíteme algo... unos versos –le pidió Mony.


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Las once mil vergas none


Mientras cambiaban los platos, ella le recitó L'Invitation au Voy age. Mientras se desarrollaba el admirable poema en el que Baudelaire ha puesto un poco de su tristeza amorosa, de su nostalgia apasionada, Mony sintió que los piececitos de la actriz subían a lo largo de sus piernas: bajo el raglán alcanzaron el miembro de Mony que pendía tristemente fuera de la bragueta. Allí, los pies se pararon y, tomando delicadamente el miembro entre ellos, comenzaron un movimiento de vaivén bastante curioso. Súbitamente endurecido, el miembro del joven se dejó acariciar por los delicados zapatos de Estelle Romange. Pronto, empezó a gozar e improvisó este soneto, que recitó a la actriz cuyo trabajo pedestre no cesó hasta el último verso:


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Epitalamio 039
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Las once mil vergas none


Tus manos introducirán mi bello miembro asnil

En el sagrado burdel abierto entre tus muslos

Y quiero confesarlo, a pesar de Avinain,

¡Qué me importa tu amor con tal que alcances gozo!

Mi boca a tus pechos blancos como petits suisses

Hará el abyecto honor de chupadas sin veneno

De mi verga masculina en tu coño femenino

El esperma caerá como el oro en los moldes

¡Oh, mi tierna puta! tus nalgas han vencido

De todos los frutos pulposos el sabroso misterio,

La humilde rotundidad sin sexo de la tierra,

La luna, cada mes, tan orgulloso de su culo

Y de tus ojos surge aunque les veles

Esta obscura claridad que de las estrellas cae.


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Las once mil vergas none


Y como el miembro había llegado al límite de la excitación, Estelle bajó los pies diciendo:

–Mi príncipe, no lo hagamos escupir en el vagón-restaurante; ¿qué pensarían de nosotros?... Déjeme agradecerle el homenaje rendido a Corneille en la punta de su soneto. Aunque esté a punto de abandonar la Comedie Frangaise, todo lo que afecta a la Casa forma parte constantemente de mis preocupaciones.

–Pero –dijo Mony–, después de actuar ante Francisco-José, ¿qué piensa hacer?

–Mi sueño –dijo Estelle– es llegar a ser estrella de café-concierto.

–¡Tenga cuidado! –replicó Mony–. El obscuro señor Claretie que cae de las estrellas le pondrá un juicio detrás de otro.

–No pienses en ello, Mony, hazme unos cuantos versos más antes de ir a la piltra.

–Bueno –dijo Mony, e improvisó estos deliciosos sonetos mitológicos.


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HERCULES Y ONFALA  041
Pág. 041 de 121
Las once mil vergas none


El culo De Onfala Vencido Sucumbe

–” ¿Sientes

Mi falo

Punzante?

–”¡Qué macho!...

El perro ¡Me mata!...

¿Qué sueño?...

–...¿Aguantas?.”

Hércules

Le encula


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PIRAMO Y TISBE 042
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Las once mil vergas none


La señora

Tisbe

Se pasma:

“¡Bebé!”

Píramo

Inclinado

La ataca

“¡Hebé!”

La bella

Dice:

“¡Sí!, Luego ella

Goza,

Igual que

Su hombre.


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–¡Exquisito! ¡Delicioso! ¡Admirable! Mony, eres un poeta archidivino, ven a joderme al coche-cama, tengo el ánimo follador.

Mony pagó las cuentas. Mariette y Cornaboeux se miraban lánguidamente. En el pasillo Mony deslizó cincuenta francos al empleado de la Compagnie des Wagons-Lits que permitió que las dos parejas se introdujeran en la misma cabina:

–Usted se arreglará con la aduana –dijo el príncipe al hombre de la gorra–, no tenemos nada que declarar. Antes de pasar la frontera, dos minutos antes por ejemplo, llame a nuestra puerta.

Una vez en la cabina, se desnudaron los cuatro. Mariette fue la primera en quedar desnuda. Mony no la había visto nunca así, pero reconoció sus grandes muslos redondeados y el bosque de pelos que sombreban su rechoncho coño. Sus pechos estaban tan duros y tiesos como los miembros de Mony y de Cornaboeux.

–Cornaboeux –dijo Mony–, encúlame, y mientras me limpiaré esta linda muchacha.

Estelle se desvestía más lentamente y cuando quedó desnuda, Mony se había introducido a la manera de los perros en el coño de Mariette, que, mientras empezaba a gozar, agitaba su grueso trasero y lo hacía restallar contra el vientre de Mony. Cornaboeux había introducido su corta y gruesa nuez en el dilatado ano de Mony que berreaba:

–¡Puerco ferrocarril! No vamos a poder mantener el equilibrio.


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Mariette cloqueaba como una gallina y vacilaba como un tordo en las viñas. Mony había pasado los brazos a su alrededor y le aplastaba los pechos. Admiró la belleza de Estelle cuya tiesa cabellera revelaba la mano de un hábil peluquero. Era la mujer moderna en toda la acepción de la palabra: ondulados cabellos aguantados por peinetas de concha cuyo color combinaba perfectamente con la sabia decoloración de la cabellera. Su cuerpo era de una encantadora belleza. Su culo era vigoroso y provocativamente respingón. Su rostro maquillado con habilidad le daba el aspecto picante de una prostituta de lujo. Sus pechos eran un poco caídos, pero esto le sentaba muy bien; eran pequeños, menudos y en forma de pera. Al manosearlos, se notaban suaves y sedosos, tenían el tacto de las ubres de una cabra lechera y, cuando se giraba, brincaban como un pañuelo de batista arrugado como una bola al que se hiciera saltar en la palma de la mano.

En la mota, no tenía más que un pequeño mechón de pelos sedosos. Se echó encima de la litera y, haciendo una cabriola, colocó sus largos y vigorosos muslos alrededor del cuello de Mariette que, al tener el gato de su señora ante la boca, empezó a sorberlo con glotonería, hundiendo la nariz entre las nalgas, en el ojo del culo. Estelle ya había introducido su lengua en el coño de la doncella y chupaba a la vez el interior de un coño inflamado y la enorme verga de Mony que se meneaba ardorosamente en sú interior. Cornaboeux gozaba beatíficamente de este espectáculo. Su gruesa verga que ardía en el peludo culo del príncipe, iba y venía lentamente. Dejó escapar dos o tres buenos pedos que apestaron la atmósfera aumentando los goces del príncipe y de las dos mujeres. De golpe, Estelle empezó a gemir aterradoramente; su culo comenzó a bailar ante la nariz de Mariette cuyos cloqueos y culadas se hicieron más fuertes. Estelle lanzaba sus piernas enfundadas en seda negra y calzadas con zapatos de talón Luix XV a derecha y a izquierda. Agitándose de este modo, dio un golpe terrible a la nariz de Cornaboeux que quedó aturdido y empezó a sangrar copiosamente. “¡Puta!” aulló Cornaboeux y, para vengarse, pellizcó violentamente el culo de Mony. Este, enfurecido, pegó un terrible mordisco en el hombro de Mariette que descargó berreando. Bajó el efecto del dolor, plantó sus dientes en el coño de su señora que apretó histéricamente los muslos alrededor de su cuello.


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–¡Me ahogo! –articuló Mariette con dificultad.

Pero nadie la escuchó. El abrazo de los muslos se hizo más fuerte. El rostro de Mariette se tornó morado, su boca llena de espuma permanecía pegada al coño de la actriz.

Mony, aullando, descargaba en un coño inerte. Cornaboeux, los ojos fuera de sus órbitas, lanzaba su semen en el culo de Mony exclamando con voz exangüe:

–¡Si no quedas encinta, no eres hombre!

Los cuatro personajes se habían derrumbado. Tendida en la litera, Estelle rechinaba los dientes y pegaba puñetazos en todas direcciones mientras pataleaba furiosamente. Cornaboeux meaba por la portezuela. Mony trataba de retirar su verga del coño de Mariette. Pero no había manera. El cuerpo de la doncella estaba completamente inmóvil.

–Déjame salir –le decía Mony, y la acariciaba, luego la pellizcó en los muslos, la mordió, pero no hubo nada que hacer.

–¡Ven a separarle los muslos, se ha desmayado! –dijo Mony a Cornaboeux.

Con grandes dificultades Mony consiguió sacar su miembro del coño que se había estrechado terriblemente. Enseguida trataron de hacer volver en sí a Mariette, pero no hubo nada que hacer.

–¡Mierda!, ¡ha estirado la pata!–dijo Cornaboeux.


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Y era cierto, Mariette había muerto estrangulada por las piernas de su señora, estaba muerta, irremediablemente muerta.

–¡Estamos frescos! –dijo Mony.

–Esta marrana es la causa de todo –opinó Cornaboeux señalando a Estelle que comenzaba a calmarse.

Y tomando un cepillo del neceser de viaje de Estelle, empezó a golpearla violentamente. Las cerdas del cepillo la pinchaban a cada golpe. Este castigo parecía excitarla extraordinariamente.

En este momento, llamaron a la puerta.

–Es la señal convenida –dijo Mony–, dentro de unos instantes pasaremos la frontera. Es preciso, lo he jurado, dar un golpe, medio en Francia, medio en Alemania. Agarra a la muerta. Mony, con la verga tiesa, se arrojó sobre Estelle que, con los muslos separados, le recibió en su coño ardiente gritando:

–¡Métemela hasta el fondo, toma!... ¡toma!...

Las sacudidas de su culo tenían algo de demoníaco, su boca dejaba resbalar una baba que¿ mezclándose con los afeites, goteaba infecta sobre el mentón y sobre el pecho; Mony le metió la lengua en la boca y le hundió el mango del cepillo en el ojo del culo. Bajo el efecto de esta nueva voluptuosisad, ella mordió tan violentamente la lengua de Mony que él tuvo que pellizcarla hasta hacerla sangrar para conseguir que la soltara.


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Entretanto, Cornaboeux había dado vuelta el cadáver de Mariette cuya cara amoratada era horrorosa. Le separó los muslos e hizo entrar dificultosamente su enorme miembro en la abertura sodómica. Entonces dio rienda suelta a su ferocidad natural. Sus manos arrancaron mechón a mechón los rubios cabellos de la muerta. Sus dientes desgarraron la espalda de una blancura polar y la sangre roja que brotó, tenía el aspecto de estar expuesta sobre nieve. Un instante antes del goce, introdujo su mano en la vulva aún tibia y haciendo entrar completamente su brazo en ella, empezó a tirar de las tripas de la desgraciada doncella. En el momento del goce, ya había sacado dos metros de entrañas y se había rodeado la cintura con ellos como quien se coloca un salvavidas.

Descargó vomitando su comida tanto por las trepidaciones del tren como por las emociones que había experimentado. Mony acababa de descargar y contemplaba con estupefacción a su ayuda de cámara que hipaba repulsivamente mientras vomitaba sobre el cadáver destrozado. Los intestinos y la sangre se mezclaban con los vómitos, entre los cabellos ensangrentados.

–Puerco infame –exclamó el príncipe–, la violación de esta joven muerta con la que debías casarte según mi promesa, pesará duramente sobre ti en el valle de Josafat. Si no te quisiera tanto, te mataría como a un perro.

Cornaboeux se levantó, ensangrentado, expulsando las últimas boqueadas de su vómito. Señaló a Estelle cuyos ojos dilatados contemplaban con horror el inmundo espectáculo:

–¡Ella tiene la culpa de todo! –manifestó.


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–No seas cruel –dijo Mony– te ha dado ocasión para satisfacer tus gustos de necrófilo. Y como pasaban sobre un puente, el príncipe se asomó a la portezuela para contemplar el romántico panorama del Rhin que desplegaba sus esplendores verdosos y se extendía en largos meandros hasta el horizonte. Eran las cuatro de la mañana, algunas vacas pacían en los prados, unos niños bailaban bajo los tilos germánicos. Una música de pífanos, monótona y fúnebre, anunciaba la presencia de un regimiento prusiano y la melopea se mezclaba tristemente al ruido de chatarra del puente y al sordo acompañamiento del tren en marcha. Unos pueblos felices animaban las orillas dominadas por los burgos centenarios y las viñas renanas exponían hasta el infinito su mosaico regular y precioso.

Cuando Mony se giró, vio al siniestro Cornaboeux sentado sobre el rostro de Estelle. Su culo de coloso cubría la cara de la actriz. Se había cagado y la mierda hedionda y blanduzca caía por todos lados.

Asía un enorme cuchillo y araba con él en el vientre palpitante. El cuerpo de la actriz tenía breves sobresaltos.

–Espera –dijo Mony– permanece sentado.

Y, acostándose sobre la moribunda, hizo entrar su erecto miembro en el coño expirante. Gozó así de los últimos espasmos de la asesinada, cuyos postreros dolores debieron ser horribles, y empapó sus brazos con la sangre cálida que brotaba del vientre. Cuando hubo descargado, la actriz ya no se movía. Estaba rígida y sus ojos trastornados estaban llenos de mierda.


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–Ahora –dijo Cornaboeux– tenemos que salir por piernas.

Se limpiaron y se vistieron. Eran las seis de la mañana. Saltaron por la portezuela y valientemente se acostaron sobre los estribos del tren lanzado a toda velocidad. Luego, a una señal de Comaboeux, se dejaron caer suavemente sobre el balasto de la vía. Se levantaron algo aturdidos, pero sin ningún daño, y saludaron con un estudiado gesto al tren que ya se empequeñecía al alejarse.

–¡Ya era hora! –dijo Mony.

Alcanzaron el pueblo más cercano, reposaron dos días en él, luego volvieron a tomar el tren para Bucarest.

El doble asesinato en el Orient-Express alimentó los periódicos durante seis meses. No encontraron a los asesinos y el crimen fue cargado en la cuenta de Jack el Destripador, que tiene unas espaldas muy anchas.

En Bucarest, Mony recogió la herencia del vicecónsul de Servia. Sus relaciones con la colonia servia le hicieron recibir, una tarde, una invitación para pasar la velada en casa de Natacha Kolowitch, la esposa del coronel encarcelado por su hostilidad a la dinastía de los Obrenovitch.

Mony y Cornaboeux llegaron hacia las ocho de la tarde. La bella Natacha estaba en un salón tapizado en negro, iluminado con velas amarillentas y adornado con tibias y calaveras:


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–Príncipe Vibescu –dijo la dama–, vais a asistir a una sesión secreta del comité antidinástico de Servia. Esta noche se votará, no me cabe la menor duda, la muerte del infame Alejandro y de Draga Machine, su puta esposa; se trata de restablecer al rey Pedro Karageorgevitch en el trono de sus antepasados. Si reveláis lo que veréis y oiréis, una mano invisible os matará, estéis donde estéis. Mony y Cornaboeux se inclinaron. Los conjurados llegaron de uno en uno. André Bar, el periodista parisino, era el alma del complot. Llegó, fúnebre, envuelto en una capa española.

Hicieron entrar a una extraña pareja: un muchachito de diez años vestido de gala, el sombrero bajo el brazo, acompañado por una niña encantadora que no tendría más de ocho años; estaba vestida de novia; su traje de satén blanco estaba adornado con ramilletes de flores de naranjo.


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El pope les dio un sermón y les casó haciéndoles intercambiar los anillos. Enseguida, les exhortaron a fornicar. El muchachito sacó una colita parecida a un dedo meñique y la recién casada, arremangando su emperifollada falda, mostró sus pequeños muslos blancos en lo alto de los cuales miraba con la boca abierta una pequeña abertura imberne y rosada como el interior del pico abierto de un grajo que acaba de nacer. Un silencio religioso planeaba sobre la asamblea. El muchachito se esforzó para penetrar a la niña. Como no podía conseguirlo, le quitaron los pantalones y, para excitarlo, Mony le dio una graciosa azotaina, mientras que Natacha, con la punta de la lengua, le cosquilleaba su pequeño glande y sus cojoncillos. El muchachito comenzó la erección y así pudo desvirgar a la niña. Cuando hubieron cruzado sus espadas durante diez minutos, les separaron, y Cornaboeux agarrando al muchachito le desfondó el ano por medio de su potente machete. Mony no pudo aguantar sus ganas de joder a la niña. La cogió, la sentó a horcajadas encima de sus muslos y le hundió su viviente bastón en la minúscula vagina. Los dos niños lanzaban gritos aterradores y la sangre chorreaba alrededor de los miembros de Mony y de Cornaboeux.

Inmediatamente, colocaron a la niña sobre Natacha y el pope que acababa de terminar la misa le levantó las faldas y empezó a azotar su blanco y encantador culito. Natacha se levantó entonces, y montando a André Bar sentado en un sillón, se penetró con el enorme miembro del conjurado. Comenzaron un brioso San Jorge, como dicen los ingleses.


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El muchachito, arrodillado ante Cornaboeux, le chupaba el dardo mientras lloraba a lágrima viva. Mony enculaba a la niña que se debatía como un conejo que van a degollar. El resto de los conjurados se enculaban con terribles ademanes. Natacha se levantó enseguida y, girándose, tendió su culo a todos los conjurados que se acercaron a fornicarla por riguroso turno. En este momento, hicieron entrar a una nodriza con cara de madona y cuyas enormes ubres estaban llenas hasta reventar de una leche generosa. La hicieron ponerse a cuatro patas y el pope empezó a ordeñarla como a una vaca, en los vasos sagrados. Mony enculaba a la nodriza cuyo culo de una resplandeciente blancura estaba tan tenso que parecía a punto de reventar. Hicieron mear a la niña hasta llenar el cáliz. Entonces los conjurados comulgaron bajo las especies de leche y de orines.

Luego, agarrando las tibias, juraron dar muerte a Alejandro Obrenovitch y a Draga Machine, su esposa.

La velada se acabó de una manera infame. Hicieron subir a varias viejas, la más joven de las cuales tenía setenta y cuatro años, y los conjurados las jodieron de todas las formas posibles. Mony y Cornaboeux se retiraron hastiados hacia las tres de la mañana. Una vez en casa, el príncipe se desnudó y tendió su bello culo al cruel Cornaboeux que le enculó ocho veces seguidas sin desencular. Daban un nombre a estas sesiones cotidianas: su disfrute penetrante.

Durante algún tiempo, Mony llevó esta vida monótona en Bucarest. El rey de Servia y su mujer fueron asesinados en Belgrado. Este crimen pertenece a la historia y ya ha sido juzgado de diversas maneras. La guerra entre el Japón y Rusia estalló inmediatamente.


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Una mañana, el príncipe Mony Vibescu, completamente desnudo y bello como el Apolo de Belvedere, hacía un 69 con Cornaboeux. Los dos chupaban golosamente sus respectivos jarabes y sopesaban con voluptuosidad unos discos que no tenían nada que ver con los de fonógrafo. Descargaron simultáneamente y el príncipe tenía la boca llena de semen cuando un ayuda de cámara inglés y muy correcto entró, tendiéndole una carta en una bandeja roja.”

La carta anunciaba al príncipe Vibescu que había sido nombrado teniente en Rusia, a título de extranjero, en el ejército del general Kuropatkin.

El príncipe y Cornaboeux manifestaron su entusiasmo con recíprocas enculadas. Se equiparon inmediatamente y se dirigieron a San Petersburgo antes de reunirse con su cuerpo de ejército.

–La guerra me va –declaró Cornaboeux– y los culos de los japoneses deben ser muy sabrosos.

–Los coños de las japonesas son realmente deliciosos –añadió el príncipe retorciéndose el bigote.


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Capítulo V  054
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—Su Excelencia el general Kokodryoff no puede recibir a nadie en este momento. Está mojando bastoncitos en su huevo pasado por agua.

—Pero —contestó Mony al portero—, soy su ayudante de campo. Vosotros, petropolitanos, sois ridículos con vuestras continuas sospechas... ¡Mira mi uniforme! Si me han llamado a San Petersburgo, supongo que no será para hacerme sufrir los exabruptos de los porteros.

—¡Muéstreme sus papeles! —dijo el cerbero, un tártaro colosal.

—¡Helos aquí! —espetó secamente el príncipe, poniendo su revólver bajo la nariz del aterrorizado portero, que se inclinó para dejar pasar al oficial. Mony subió rápidamente (haciendo sonar sus espuelas) al primer piso del palacio del general príncipe Kokodryoff con el que debía partir hacia Extremo Oriente. Todo estaba desierto y Mony, que no había visto a su general más que la víspera en el palacio del Zar, estaba asombrado ante este recibimiento. Sin embargo el general le había citado y era la hora exacta que él mismo había fijado. Mony abrió una puerta y penetró en un gran salón desierto y obscuro que atravesó murmurando:

—A fe mía, tanto peor, el vino está servido, hay que beberlo. Continuemos nuestras investigaciones.


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Abrió una nueva puerta que se volvió a cerrar sola tras él. Se encontró en una habitación más obscura todavía que la precedente. Una suave voz de mujer dijo en francés:

–Fedor, ¿eres tú?

–¡Sí, mi amor, soy yo! –dijo en voz baja, pero resueltamente, Mony, cuyo corazón latía tan deprisa que parecía iba a estallar.

Avanzó rápidamente hacia el lado de donde venía la voz y encontró una cama. Una mujer completamente vestida estaba acostada encima. Abrazó apasionadamente a Mony proyectándole su lengua en la boca.

Este respondía a sus caricias. Le levantó las faldas. Ella separó los muslos. Sus piernas estaban desnudas y un delicioso perfume de verbena emanaba de su piel satinada, mezclado con los efluvios del odor di femina. Su coño, en el que Mony asentaba la mano, estaba húmedo. Ella murmuraba:

–Forniquemos... Ya no puedo más... Granuja, hacía ocho días que no venías.

Pero Mony, en vez de contestar, había sacado su amenazadora verga y, totalmente a punto, se metió en la cama e hizo entrar su rudo machete en la peluda raja de la desconocida que inmediatamente agitó las nalgas diciendo:


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—Entra mucho... Me haces gozar...

Al mismo tiempo ella llevó su mano a la base del miembro que la festejaba y empezó a palpar esas dos bolitas que le sirven de adorno y que se llaman testículos (no —como se cree comúnmente— porque sirvan de testigos a la consumación del acto amoroso, sino más bien porque son las pequeñas testas que encierran la materia cervical que brota de la méntula o pequeña inteligencia, del mismo modo que la testa contiene el cerebro que es la sede de todas las funciones mentales). La mano de la desconocida sobaba cuidadosamente los testículos de Mony. De repente, lanzó un grito, y de una culada, desalojó a su fornicador:

–Me estáis engañando, señor, mi amante tiene tres.

Ella saltó de la cama, giró un conmutador y se hizo la luz. La habitación estaba sencillamente amueblada: una cama, sillas, una mesa, un tocador, una estufa. En la mesa había algunas fotografías y una de ellas representaba a un oficial de aspecto brutal, vestido con el uniforme del regimiento de Preobrajenski. La desconocida era alta. Sus bellos cabellos castaños estaban algo desordenados. Su abierto corpiño mostraba un pecho abundante, formado por unos senos blancos con venas azuladas que descansaban delicadamente en un nido de encajes. Sus enaguas estaban castamente bajadas. De pie, el rostro expresando cólera y estupefacción, estaba plantada ante Mony que permanecía sentado en la cama, la verga al aire y las manos cruzadas sobre la empuñadura de su sable:


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–Señor –dijo la joven– vuestra insolencia es digna del país que servís. Un francés no habría tenido nunca la grosería de aprovecharse como vos de una circunstancia tan imprevista como ésta. Salid, os lo ordeno.

–Señora o señorita –contestó Mony– soy un príncipe rumano, un nuevo oficial del Estado mayor del príncipe Kokodryoff. Recién llegado a San Petersburgo, ignoro las costumbres de esta ciudad y, no habiendo podido entrar aquí, aunque tuviera cita con mi jefe, más que amenazando al portero con mi revólver, hubiese creído obrar tontamente si no hubiera satisfecho a una mujer que parecía tener necesidad de sentir un miembro en su vagina.

–Al menos –dijo la desconocida contemplando el miembro viril que batía todas las marcas–, habríais tenido que avisar que no erais Fedor, y ahora marchaos.

–¡Ay! –exclamó Mony–, sin embargo vos sois parisina, no debierais ser tan mojigata... ¡Ah! quien me devolverá a Alexine Mange-tout y a Culculine d'Ancóne.

–¡Culculine d'Ancóne! –exclamó la joven–. ¿Conocéis a Culculine? Soy su hermana, Héléne Verdier; Verdier es su verdadero nombre también, y soy institutriz de la hija del general. Tengo un amante, Fedor. Es oficial. Tiene tres testículos.

En este momento se oyó un gran rumor en la calle. Héléne fue a ver. Mony miró por detrás suyo. El regimiento de Preobrajenski desfilaba. La banda tocaba una antigua música sobre la que los soldados cantaban tristemente:


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¡Ah! ¡que se joda tu madre!

Pobre labriego, marcha a la guerra,

Tu mujer se hará joder

Por los toros de tu establo.

Tú, te harás acariciar la verga

Por las moscas siberianas

Pero no les des tu miembro

El viernes es día de vigilia

Y ese día no les des azúcar.

Está hecho con huesos de muerto.

Jodamos, hermanos labriegos, jodamos

La yegua del oficial.

Su coño no es tan ancho

Como los de las hijas de los tártaros

¡Ah! ¡que se joda tu madre!


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De golpe cesó la música, Héléne lanzó un grito. Un oficial giró la cabeza. Mony, que acababa de ver su fotografía, reconoció a Fedor que saludó con su sable gritando:

–Adiós, Héléne, marcho a la guerra... Ya no nos volveremos a ver. Héléne se volvió pálida como una muerta y cayó desvanecida en los brazos de Mony que la transportó a la cama.

El le quitó primero su corsé y los senos se irguieron. Eran dos soberbios pechos con las puntas rosadas. Los chupó un poco, luego desabrochó la falda y se la quitó igual que las enaguas y el corpiño. Héléne quedó en camisa. Mony, muy excitado, levantó la blanca tela que escondía los incomparables tesoros de dos piernas sin defecto alguno. Las medias llegaban hasta la mitad de los muslos que eran redondos, como torres de marfil. En la base del vientre se ocultaba la gruta misteriosa en un bosque sagrado, salvaje como los otoños. El vellocino era espeso y los apretados labios del coño no dejaban vislumbrar más que una raya parecida a una muesca mnemónica como las que hay en los mojones que sirven de calendarios a los incas. Mony respetó el desmayo de Héléne. Le quitó las medidas y empezó a lamerle todo el cuerpo con la lengua. Sus pies eran bonitos, regordetes como los pies de un bebé. La lengua del príncipe empezó por los dedos del pie derecho. Limpió concienzudamente la uña del dedo gordo, luego la pasó entre las junturas.

Se detuvo mucho rato en el dedo pequeño que era lindo, lindo. Notó que el pie derecho tenía gusto de frambuesa. La lengua lechosa se perdió a continuación entre los pliegues del pie izquierdo al que Mony encontró un sabor que recordaba al del jamón de Maguncia.


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En este momento Héléne abrió los ojos y se movió. Mony detuvo sus ejercicios linguales y miró a la preciosa muchacha alta y regordeta que se desesperezaba. Su boca abierta por los bostezos mostró una lengua rosada entre los pequeños y marfileños dientes. Inmediatamente ella sonrió.


HELENE –Príncipe, ¿en qué estado me habéis dejado?
MONY –¡Héléne! Os he puesto cómoda para vuestro propio bien. He sido un buen samaritano para vos. Una buena acción no se malgasta nunca y he encontrado una exquisita recompensa en la contemplación de vuestros encantos. Sois exquisita y Fedor es un bribón con suerte.
HELENE! –¡No le veré nunca más, ay! Los japoneses le matarán.
MONY –Me gustaría reemplazarle, pero por desgracia, yo no tengo tres testículos.
HELENE –No hables así, Mony, tú no tienes tres, es verdad, pero lo que tú tienes está tan bien como lo suyo.
MONY –¿Es verdad eso, marranita? Espera que deshaga mi cinturón... Ya está. Muéstrame tu culo... qué grande es, qué redondo y mofletudo... Parece un ángel a punto de soplar... ¡Mira! he de darte una azotaina en honor de tu hermana Culculine... clic, clac, pan, pan...
HELENE –¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Me calientas, estoy completamente mojada.


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MONY –Qué pelos tan gruesos tienes... clic, clac; es absolutamente imprescindible que haga enrojecer tu gran rostro posterior.

Mira, no está enfadado, cuando te meneas un poco, se diría que se divierte.

HELENE – Acércate que te desabroche, muéstrame ese mamoncillo que quiere calentarse en el seno de su mamá. ¡Qué bonito es! Tiene una cabecita encarnada y ningún pelo. No faltaba más, tiene pelos abajo en la raíz y son duros y negros. Qué bello es este huérfano... métemelo, anda! Mony, quiero sobarlo, chuparlo, hacerlo descargar...
MONY –Espera que te haga un poco de hoja de rosa...
HELENE – ¡Ah! Es bueno, siento tu lengua en la raya de mi culo... Entra y escudriña los pliegues de mi roseta. ¿No plancha demasiado mi pobre higo, verdad, Mony? ¡Toma! Te hago buen culo. ¡Ah! Has colocado tu cara entre mis nalgas. Toma, un pedo... Te pido perdón, ¡no he podido aguantarme!... ¡Ah! tus bigotes me pican y además babeas... puerco... babeas. Dame tu gruesa verga, que la chupe... tengo sed...
MONY – ¡Ah, Héléne, qué hábil es tu lengua! Si enseñas la ortografía tan bien como afilas lápices, debes ser una institutriz despampanante... ¡Oh! me picoteas el agujero del glande con la lengua... Ahora, la siento en la base del glande... limpias el pliegue con tu lengua cálida. ¡Ah, felatriz sin par!, ¡mamas incomparablemente! ... No chupes tan fuerte. Te metes el glande todo entero en tu boquita. Me haces daño... ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Me haces cosquillas en todo el miembro... ¡Ah! ¡Ah! No me chafes los testículos... Tus dientes son puntiagudos... Eso es, vuelve a coger la cabeza del nudo, es allí donde hay que trabajar... ¿Te gusta mucho el glande?... marranita... ¡Ah! ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... des... cargo... puerca... se lo ha tragado todo... Anda, dame tu gran coño, que te masturbaré mientras vuelve a endurecerse mi verga.


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HELENE –Más deprisa... Mueve tu lengua sobre mi botón... ¿Sientes como aumenta de tamaño mi clítoris?... di... hazme las tijeras... Eso es... Hunde bien el pulgar en el coño y el índice en el culo. ¡Ah! ¡Es bueno!... ¡Es bueno!... ¡Toma! ¿Oyes mi vientre que ruge de placer?... Eso es, tu mano izquierda sobre mi teta izquierda... Aprieta la fresa... Estoy gozando... ¡Toma!... ¿sientes mis culadas, mis caderazos?... ¡puerco! es bueno... ven a joderme. Rápido, dame tu verga que la chupe para ponerla dura otra vez, pongámonos en 69, tú encima mío...

Está bien dura, marrano, no has tardado mucho, ensártame... Espera, se han enganchado unos pelos... Chúpame las tetas... así, ¡es bueno!... Entra hasta el fondo... aquí, quédate así, no te vayas... Te aprieto... Aprieto las nalgas... Estoy bien... Me muero... Mony... a mi hermana ¿la has hecho gozar tanto?... empuja... me llega hasta el fondo del alma... me hace gozar como si estuviera muriéndome... no puedo más... querido Mony... vamos juntos. ¡Ah! no puedo más, lo suelto todo... descargo...

Mony y Héléne descargaron al mismo tiempo. Inmediatamente él le limpió el coño con la lengua y ella hizo lo mismo con su miembro.

Mientras él se abrochaba y Héléne se vestía, oyeron unos gritos de dolor lanzados por una mujer.

–No es nada –dijo Héléne– están dando una azotaina a Nadeja; es la doncella de Wanda, mi alumna, la hija del general.

–Déjame ver esta escena –dijo Mony.


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Héléne, vestida a medias, condujo a Mony a una habitación obscura y sin muebles, en la que una falsa ventana interior vidriada daba a una de las habitaciones de la muchacha. Wanda, la hija del general, era una persona bastante bonita de unos diecisiete años. Blandía una nagaika y azotaba con todas sus fuerzas a una hermosísima muchacha rubia, arrodillada a cuatro patas ante ella y con las faldas arremangadas. Era Nadeja. Su culo era maravilloso, enorme, regordete. Se contoneaba debajo de un talle inverosímilmente delgado. Cada golpe de nagaika la hacía saltar y el culo parecía hincharse. Lo tenía rayado en forma de cruz de San Andrés por las marcas que dejaba la terrible nagaika.

–Señora, no lo haré más –gritaba la azotada, y su culo al alzarse mostraba un coño muy abierto, sombreado por un bosque de pelos rubios como la estopa.

–Ahora vete –gritó Wanda, pegando un puntapié en el coño de Nadeja, que huyó dando alaridos.

Luego la muchacha fue a abrir un pequeño camarín de donde salió una niña de trece o catorce años, delgada y morena, de aspecto vicioso.

–Es Ida, la hija del dragomán de la embajada de Austria-Hungría –murmuró Héléne al oído de Mony–; fornica con Wanda.

En efecto, la niña arrojó a Wanda sobre la cama, le levantó las faldas y sacó a la luz una selva de pelos, selva virgen aún, de donde emergió un clítoris largo como el meñique, que ella empezó a chupar frenéticamente.


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–Chupa fuerte, Ida mía –dijo Wanda amorosamente–, estoy muy excitada y tú debes estarlo también. No hay nada tan excitante como azotar un culo grande como el de Nadeja. Ahora ya no chupes más... voy a joderte.

La niña, con las faldas levantadas, se colocó cerca de la mayor. Las piernas gordezuelas de ésta contrastaban singularmente con los muslos delgados, morenos y vigorosos de aquélla.

–Es curioso –dijo Wanda– que te haya desvirgado con mi clítoris y que yo misma sea virgen aún.

Pero el acto había empezado. Wanda abrazaba furiosamente a su amiguita. Ella acarició un momento su coñito casi imberbe aún. Ida decía:

–Mi pequeña Wanda, mi maridito, cuántos pelos tienes, ¡jódeme! Pronto el clítoris entró en la raja de Ida y el bello culo redondo de Wanda se agitó furiosamente.


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Mony, a quien este espectáculo ponía fuera de sí, pasó una mano por debajo de las faldas de Héléne y la masturbó hábilmente. Ella le devolvió el cumplido agarrando con toda la mano su enorme cola y lentamente, mientras las dos sáficas se abrazaban desenfrenadamente, manipulaba la enorme cola del oficial. Descabezado, el miembro humeaba. Mony estiraba los corvejones y pellizcaba nerviosamente el botoncito de Héléne. De golpe, Wanda, encarnada y desmelenada, se levantó de encima de su amiguita que, cogiendo una vela de candelabro, acabó la obra comenzada por el desarrollado clítoris de la hija del general. Wanda fue hasta la puerta, llamó a Nadeja que volvió asustada. La preciosa rubia, por orden de su señora desabrochó su corpino y sacó sus grandes pechos, luego se levantó las faldas y tendió su culo. El clítoris erecto de Wanda penetró fácilmente entre las nalgas satinadas y entró y salió como un hombre. La pequeña Ida, cuyo pecho ahora desnudo era encantador pero plano, se acercó para continuar el juego con su vela, sentada entre las piernas de Nadeja, cuyo coño chupó hábilmente. Mony descargó en este mismo momento bajo la presión ejercida por los dedos de Héléne y el semen fue a chocar contra el cristal que les separaba de las bacantes. Tuvieron miedo de que se dieran cuenta de su presencia y se fueron.

Pasaron abrazados por un pasillo: –¿Qué significa –pidió Mony– esta frase que me ha dicho el portero: “El general está mojando bastoncitos en su huevo pasado por agua”?

–Mira –respondió Héléne, y por una puerta entreabierta que dejaba ver el interior del despacho del general, Mony vio a su jefe de pie enculando a un encantador muchachito. Sus rizados cabellos castaños le caían sobre los hombros. Sus ojos azules y angelicales contenían la inocencia de los efebos que los dioses hacen morir jóvenes porque les aman. Su bello culo blanco y duro parecía no aceptar más que con pudor el regalo viril que le hacía el general qué se parecía bastante a Sócrates.


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–El general –dijo Héléne– educa él mismo a su hijo que tiene doce años. La metáfora del portero era poco explícita pues, más que alimentarse a sí mismo, el general ha encontrado conveniente este método para alimentar y adornar el espíritu de su vástago macho. Le inculca desde los fundamentos una ciencia que me parece bastante sólida, y el joven príncipe podrá sin vergüenza, más tarde, hacer un buen papel en los consejos del Imperio.

–El incesto –dijo Mony– hace milagros.

El general parecía estar en el colmo de la felicidad, y hacía rodar como un loco sus ojos blancos estriados de rojo.

–Serge –exclamaba con voz entrecortada– ¿sientes el instrumento que, no satisfecho con haberte engendrado, ha asumido igualmente la tarea de hacer de ti un joven perfecto? Acuérdate, Sodoma es un símbolo de la civilización. La homosexualidad hubiera convertido a los hombres en seres parecidos a los dioses y todas las desgracias vienen de este deseo que los diferentes sexos pretenden tener el uno del otro. Hoy no hay más que un medio para salvar a la desgraciada y santa Rusia, y es que, filópedos, los hombres profesen definitivamente el amor socrático, mientras las mujeres irán al peñasco de Leucade a tomar lecciones de safismo.

Lanzando un estertor voluptuoso, descargó en el encantador culo de su hijo.


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Capítulo VI  067
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El sitio de Port-Arthur había empezado, Mony y su ordenanza Cornaboeux estaban encerrados allí con las tropas del bravo Stoessel.

Mientras los japoneses intentaban forzar el recinto fortificado con alambradas, los defensores de la plaza se consolaban de los cañonazos que amenazaban con matarlos a cada momento, frecuentando asiduamente los cafés-cantantes y los burdeles que habían permanecido abiertos.

Esa noche Mony había cenado copiosamente en compañía de Cornaboeux y de varios periodistas. Habían comido un excelente filete de caballo, pescados del puerto y piña en conserva; todo ello regado con un excelente vino de Champagne.

A decir verdad, el postre había sido interrumpido por la inopinada llegada de un obús que estalló, destruyendo una parte del restaurante y matando a varios de los convidados. Mony estaba muy contento de esta aventura; con gran sangre fría había encendido su cigarro con el mantel que estaba ardiendo. Ahora se iba aun café-concierto con Cornaboeux.

–Este condenado general Kikodryoff –dijo por el camino–, es un notable estratega sin duda; adivinó el sitio de Port-Arthur y seguramente me ha hecho enviar aquí para vengarse de que yo haya descubierto sus relaciones incestuosas con su hijo. Igual que Ovidio, estoy expiando el crimen de mis ojos, pero no escribiré ni Las Tristes ni Las Pónticas. Prefiero gozar el tiempo que me queda por vivir.


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Varias balas de cañón pasaron silbando por encima de su cabeza; dieron un salto para evitar a una mujer que yacía partida en dos por un obús y así llegaron ante Las Delicias del Padrecito.

Era el cafetucho chic de Port-Arthur. Entraron. La sala estaba llena de humo. Una cantante alemana, pelirroja, y de carnes desbordantes, cantaba con marcado acento berlinés, aplaudida frenéticamente por aquellos espectadores que entendían alemán. Enseguida cuatro girls inglesas, unas sisters cualesquiera, salieron a bailar unos pasos de giga, mezclada con algo de cake-walky de machicha. Eran unas muchachas muy lindas. Levantaban hasta muy arriba sus crujientes faldas para enseñar unos calzones adornados con cintitas, pero afortunadamente los calzones estaban cortados y en ocasiones dejaban ver sus grandes muslos encuadrados por la batista de las enaguas, o los pelos que atenuaban la blancura de su vientre. Cuando levantaban la pierna, sus coños musgosos se entreabrían. Cantaban:

My cosey córner girl

y fueron más aplaudidas que la ridicula fraulein que las había precedido.

Algunos oficiales rusos, probablemente demasiado pobres para pagarse una mujer, se masturbaban concienzudamente contemplando, con los ojos dilatados, este espectáculo paradisíaco en el sentido mahometano del término.

De vez en cuando, un potente chorro de semen brotaba de uno de esos miembros para ir a aplastarse sobre un uniforme vecino o incluso sobre una barba. Después de las girls, la orquesta atacó una bulliciosa marcha y el número sensacional se presentó en escena. Estaba formado por una española y un español. Sus trajes toreros causaron una viva impresión entre los espectadores que entonaron un Boje Tsaria Krany de circunstancias.


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La española era una soberbia muchacha convenientemente descoyuntada. Unos ojos de azabache brillaban en su pálido rostro de óvalo perfecto. Sus caderas parecían hechas con torno y las lentejuelas de su traje deslumbraban.

El torero, esbelto y robusto, meneaba unas ancas cuya masculinidad debía tener algunas ventajas, sin duda.

Esta interesante pareja, antes que nada, lanzó a la sala un par de besos que causaron furor. Lo hicieron con la mano derecha, mientras que la izquierda descansaba en las arqueadas caderas. Luego, bailaron lascivamente al estilo de su país. Inmediatamente la española se levantó las faldas hasta el ombligo y las sujetó de manera que quedara descubierta hasta el surco umbilical. Sus largas piernas estaban enfundadas en medias de seda roja que llegaban hasta tres cuartos de los muslos. Allí, estaban sujetas al corsé por unas ligas doradas a las que venían a anudarse las sedas que aguantaban un antifaz de terciopelo negro colocado sobre las nalgas de manera que enmascaraba el ojo del culo. El coño estaba tapado por un vellocino negro azulado que se estremecía.

El torero, sin dejar de cantar, sacó su miembro muy largo y muy tieso. Bailaron así, sacando el vientre, pareciendo buscarse y escaparse. El vientre de la joven se ondulaba como un mar que súbitamente se hubiera vuelto consistente; la espuma mediterránea se condensó así para formar el vientre de Afrodita.

De golpe, y como por encanto, el miembro y el coño de estos histriones se juntaron y se hubiera dicho que iban a copular lisa y llanamente en escena.


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Nada de eso.

Con su miembro completamente enhiesto, el torero levantó a la joven que plegó las piernas y quedó en el aire sin tocar tierra. El se paseó un momento. Luego, cuando los mozos del teatro hubieron tendido un alambre tres metros por encima de los espectadores, subió allí arriba, y, obsceno funámbulo, paseó así a su amante por encima de los apretujados espectadores, a través del patio de butacas. Reculó enseguida hasta el escenario. Los espectadores aplaudieron estrepitosamente y admiraron plenamente los encantos de la española cuyo culo enmascarado parecía sonreír, pues estaba lleno de hoyuelos.

Entonces fue el turno de la mujer. El torero plegó las rodillas y, sólidamente ensartado en el coño de su compañera, fue paseado así sobre la rígida cuerda.

Esta fantasía funambulesca había excitado a Mony.

–Vayamos al burdel –dijo a Cornaboeux.

Los Samurais Alegres, tal era el agradable nombre del lupanar de moda durante el sitio de Port-Arthur.

Estaba regentado por dos hombres, dos antiguos poetas simbolistas que, habiéndose casado por amor, en París, habían venido a ocultar su felicidad al Extremo Oriente. Ejercían el lucrativo oficio de gerentes de burdel y vivían bien. Se vestían de mujer y se decían ternezas sin haber renunciado a sus bigotes y a sus nombres masculinos.


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Uno era Adolphe Terré. Era el más viejo. El más joven tuvo su momento de celebridad en París. ¿Quién ha olvidado el abrigo gris perla y el cuello de armiño de Tristan de Vinaigre?

–Queremos mujeres –dijo Mony en francés a la cajera que no era otro que Adolphe Terré.

Este comenzó uno de sus poemas:


Una tarde que entre Versailles y Fontainebleau
Perseguía a una ninfa en los bosques susurrantes
Mi miembro se endureció de repente para la ocasión calva
Que pasaba enjuta y erguida, diabólicamente idílica.
La ensarté tres, luego me emborraché veinte días.
Agarré unas purgaciones pero los dioses protegían.
Al poeta. Las glicinas han reemplazado a mis pelos
Y Virgilio cagó sobre mí, este dístico versallés...

–Basta, basta –dijo Cornaboeux– ¡mujeres, redios!

–¡Aquí viene la sub-madama! –dijo respetuosamente Adolphe.

La sub-madama, es decir el rubio Tristan de Vinaigre, se adelantó graciosamente y, poniendo sus ojos azules en Mony, pronunció con voz cantarina este poema histórico:


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Mi miembro ha enrojecido con una alegría encarnada
En la flor de mi vida
Y mis testículos se han bamboleado como frutos pesados

Un soirqu'entre Versailles et Fontainebleau
Je suivais une nymphe ilans les forèts bruissantes.
Man vit banda soudain pour l'ocassion chauve
Qui passait maigre et droite diaboliquement idyllique.
Je l'enfilai trois, puis me saoulai vingt jours,
J'eus une chaudepisse mais les dieux protégeaient
Le poète. Les glycines ont remplacé mes poils
Et Virgile chía sur moi, ce distique versaillais...

Que buscan la canasta.
El vellocino suntuoso donde se hunde mi verga
Se acuesta muy espeso,
Del culo a la ingle y de la ingle al ombligo (en
fin, de todos lados) Respetando mis frágiles nalgas,

Inmóviles y crispadas cuando tengo que cagar
Sobre la mesa demasiado alta y el papel helado
Los cálidos cagajones de mis pensamientos.


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–En fin –dijo Mony– ¿esto es un burdel o un asilo?

–¡Todas las damas al salón! –gritó Tristan y, al mismo tiempo, dio una toalla a Cornaboeux añadiendo:

–Una toalla para dos, señores... Comprendan... es época de sitio.

Adolphe percibió los 360 rublos que costaban las relaciones con las prostitutas en Port-Arthur. Los dos amigos entraron en el salón. Allí les esperaba un espectáculo incomparable.

Las putas, vestidas con peinadores grosella, carmesí, azulino o burdeos, jugaban al bridge mientras fumaban cigarrillos rubios.

En este momento, se oyó un estrépito aterrador: un obús, agujereando el techo, cayó pesadamente en el suelo, donde se hundió como un bólido, justo en el círculo formado por las jugadoras de bridge. Afortunadamente, el obús no estalló. Todas las mujeres cayeron de espaldas gritando. Sus piernas quedaron en alto y mostraron el as de pique a los ojos concupiscentes de los dos militares. Fue una admirable exposición de culos de todas las nacionalidades, pues este burdel modelo poseía prostitutas de todas las razas. El culo en forma de pera de la frisona contrastaba con los culos regordetes de las parisinas, las nalgas maravillosas de las inglesas, los traseros cuadrados de las escandinavas y los culos caídos de las catalanas. Una negra mostró una masa atormentada que se parecía más a un cráter volcánico que a unas ancas femeninas. Una vez en pie, ella proclamó que sus adversarias habían perdido la baza, tan deprisa se acostumbra uno a los horrores dé la guerra.


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–Me llevo a la negra –dijo Cornaboeux mientras que esta reina de Saba, levantándose y oyéndose nombrar, saludaba a su Salomón con estas amenas palabras:

–¿Quie'es pinchar mi g'an patata, señor gene'al?

Cornaboeux la besó delicadamente. Pero Mony no estaba satisfecho de esta exhibición internacional:

–¿Dónde están las japonesas? –pidió.

–Son cincuenta rublos más –declaró la sub-madama retorciendo sus fuertes bigotes–, comprenda, ¡es el enemigo!

Mony pagó e hicieron entrar a una veintena de muchachas japonesas vestidas con su traje nacional.

El príncipe escogió una que era encantadora y la sub-madama hizo entrar a las dos parejas en un reservado acondicionado para un objetivo fornicador.

La negra que se llamaba Cornélie y la japonesita, que respondía al delicado nombre de Kilyemu, es decir: cáliz de flor de níspero japonés, se desnudaron cantando la una en sabir tripolitano, la otra en un dialecto japonés.

Mony y Cornaboeux se desnudaron.

El príncipe dejó, en un rincón, a su ayuda de cámara y a la negra, y no se ocupó más que de Kilyemu, cuya belleza infantil y grave a la vez le encantaba.


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La besó tiernamente y, de vez en cuando, durante esta bella noche de amor, se oía el ruido del bombardeo y los obuses estallaban con suavidad. Se hubiera dicho que un príncipe oriental ofrecía un castillo de fuegos artificiales en honor de alguna princesa georgiana y virgen.

Kilyemu era pequeña pero muy bien hecha, su cuerpo era amarillo como un melocotón, sus senos pequeños y puntiagudos eran duros como pelotas de tenis. Los pelos de su coño estaban unidos en un manojo áspero y negro, se diría que era un pincel mojado.

Ella se echó de espaldas y, llevando sus muslos sobre su vientre, las rodillas plegadas, abrió sus piernas como un libro.

Esta postura imposible para una europea asombró a Mony.

Aparecieron pronto sus encantos. Su miembro se hundió por completo, hasta los testículos, en un coño elástico que, amplio primero, se estrechó inmediatamente de forma sorprendente.

Esta muchachita que apenas parecía nubil sabía hacer el cascanueces. Mony se dio cuenta plenamente cuando después de los últimos espasmos voluptuosos, descargó en una vagina que se había estrechado terriblemente y que le mamaba el miembro hasta la última gota...

–Cuéntame tu historia –dijo Mony a Kilyemu mientras que en el rincón se oían los jadeos cínicos de Cornaboeux y de la negra.

Kilyemu se sentó:


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–Soy –dijo– hija de un intérprete de sammisen, que es una especie de guitarra, la toca en el teatro. Mi padre hacía el coro e, interpretando temas tristes, recitaba historias líricas y cadenciosas en un palco enrejado del proscenio.

Mi madre, la bella Pesca de Julio representaba los principales papeles de esas largas obras a las que es tan aficionada la dramaturgia nipona.

Me acuerdo que representaban Los Cuarenta y siete Roonines, La Bella Siguenaï o bien Taiko.

Nuestra compañía iba de ciudad en ciudad, y esta naturaleza admirable donde he crecido aparece siempre en mi memoria en los momentos de abandono amoroso.

Me subía a los matsus, esas coniferas gigantes; iba a ver bañarse en los ríos a los bellos samurais desnudos, cuya enorme méntula no tenía ninguna significación para mí, en esa época, y reía con las bonitas y alegres criadas que venían a secarlos.

¡Oh! ¡Hacer el amor en mi país siempre florido! ¡Amar a un fornido luchador bajo los rosados cerezos y descender besándose de las colinas!

Un marinero de permiso, de la compañía Nippon Josen Kaïsha, que era mi primo, un día me arrebató la virginidad.

Mi padre y mi madre representaban El Gran Ladrón y la sala estaba repleta. Mi primo me llevó a pasear. Yo tenía trece años. El había viajado por Europa y me contaba las maravillas de un universo que yo ignoraba. Me condujo hasta un jardín desierto lleno de lirios, de camelias rojo obscuro, de lises amarillos y de lotos parecidos a mi lengua, tan bellamente rosados. Allí, me besó y me preguntó si había hecho el amor, le dije que no. Entonces, deshizo mi kimono y me acarició los pechos. Esto me dio risa, pero me puse muy seria cuando puso en mi mano un miembro duro, grande y largo.


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¿Qué quieres hacer con él? le pregunté. Sin responderme, me acostó, me desnudó las piernas e, introduciéndome su lengua en la boca, penetró mi virginidad. Tuve fuerzas para lanzar un grito que debió turbar a las gramíneas y a los bellos crisantemos del gran jardín desierto, pero inmediatamente la voluptuosidad se despertó en mí.

Al poco tiempo me raptó un armero, era bello como el Daïbó de Kamakura, y es preciso hablar religiosamente de su verga que parecía de bronce dorado y que era inagotable. Todas las noches antes del amor me creía insaciable pero cuando había sentido quince veces como la cálida semilla se derramaba en mi vulva, debía ofrecerle mi cansada grupa para que él pudiera satisfacerse, o cuando estaba demasiado fatigada, tomaba su miembro con la boca y lo chupaba hasta que él me ordenaba parar. Se mató para obedecer las prescripciones del Bushido, y cumpliendo este acto caballeresco me dejó sola y desconsolada.

Un inglés de Yokohama me recogió. Olía a cadáver como todos los europeos, y durante largo tiempo no pude acostumbrarme a ese olor. Yo le suplicaba que me enculara para no ver delante de mí su cara bestial con patillas pelirrojas. Sin embargo, al fin, me acostumbré a él y, como estaba bajo mi dominio, le obligaba a lamerme la vulva hasta que su lengua, enrampada, ya no podía removerse.

Una amiga que yo había conocido en Tokio y que amaba hasta la locura venía a consolarme.

Era bonita como la primavera y parecía que dos abejas estaban continuamente posadas en la punta de sus senos. Nos satisfacíamos con un trozo de mármol amarillo tallado por los dos extremos en forma de miembro. Eramos insaciables y, la una en los brazos de la otra, desenfrenadas, encrespadas y aullando, nos agitábamos furiosamente como dos perros que quieren roer el mismo hueso.


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Un día el inglés se volvió loco; creía ser el Shogún y quería encular al Mikado.

Se lo llevaron y yo hice de puta en compañía de mi amiga hasta el día en que me enamoré de un alemán, alto, fuerte, imberbe, que tenía una enorme verga inagotable. Me pegaba y yo le besaba llorando. Al fin, baldada por los golpes, me hacía limosna de su miembro y yo gozaba como una posesa abrazándole con todas mis fuerzas.

Un día tomamos el barco, me llevó a Shangai y me vendió a una alcahueta. Luego se fue, mi bello Egon, sin volver la cabeza, dejándome desesperada, con las mujeres del burdel que se reían de mí. Me enseñaron bien el oficio, pero cuando tenga mucho dinero me iré, como una mujer honesta, por el mundo, para encontrar a mi Egon, sentir una vez más su miembro en mi vulva y morir pensando en los rosados árboles del Japón.

La japonesita, tiesa y seria, se marchó como una sombra, dejando a Mony reflexionar sobre la fragilidad de las pasiones humanas con los ojos llenos de lágrimas.

Entonces oyó un sonoro ronquido y, volviendo la cabeza, vio a la negra y a Cornaboeux dormidos castamente uno en los brazos del otro; pero los dos eran monstruosos. El culazo de Cornélie sobresalía, reflejando la luna cuya luz entraba por la abierta ventana. Mony sacó su sable de la funda y pinchó en ese enorme trozo de carne.

En la sala también se oían gritos. Cornaboeux y Mony salieron con la negra. La sala estaba llena de humo. Habían entrado varios oficiales rusos que, borrachos y groseros, profiriendo juramentos inmundos, se arrojaron sobre las inglesas del burdel quienes, asqueadas del- aspecto innoble de los militarotes, murmuraron unos bloody y unos damned a cual mejor.


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Cornaboeux y Mony contemplaron por un instante la violación de las prostitutas, luego salieron mintras se producía una enculada colectiva y desenfrenada, dejando desesperados a Adolphe Terré y Tristan de Vinaigre que trataban de restablecer el orden y se agitaban vanamente, enredados en sus femeninas faldas.

En ese preciso instante entró el general Stoessel y todo el mundo tuvo que rectificar su posición, incluso la negra.

Los japoneses acababan de dar el primer asalto a la ciudad asediada. Mony casi tuvo ganas de retroceder para ver lo que haría su jefe, pero se oían gritos salvajes hacia las fortificaciones.

Llegaron varios soldados conduciendo un prisionero. Era un joven alto, un alemán, que habían encontrado en el límite de las obras de defensa, despojando a los cadáveres. Gritaba en alemán:

–No soy un ladrón. Amo a los rusos, he cruzado valientemente las líneas japonesas, para ofrecerme como maricón, marica, enculado. Sin duda os faltan mujeres y no estaréis descontentos de tenerme con vosotros.

–¡A muerte! –gritaron los soldados–, ¡a muerte, es un espía, un salteador, un desvalijador de cadáveres!

Ningún oficial acompañaba a los soldados. Mony se adelantó y pidió explicaciones:

–Se equivoca –dijo al extranjero– tenemos mujeres en abundancia pero debe pagar su crimen. Será enculado, ya que lo pide, por los soldados que le han detenido, y será empalado inmediatamente después. Morirá igual que ha vivido y es la muerte más bella según testimonian los moralistas. ¿Su nombre?


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–Egon Muller –declaró temblando el hombre.

–Está bien –dijo Mony secamente–, viene de Yokohama y ha traficado vergonzosamente, como un auténtico alcahuete, con su amante, una japonesa llamada Kilyemu. Marica, espía, alcahuete y desvalijador de cadáveres, estáis completo. Que preparen el poste y vosotros, soldados, enculadlo... No tenéis una ocasión semejante cada día.

Desnudaron al bello Egon. Era un muchacho de una belleza admirable y sus senos estaban redondeados como los de un hermafrodita. A la vista de estos encantos, los soldados sacaron sus miembros concupiscentes.

Cornaboeux se conmovió, con los ojos arrasados en lágrimas, y pidió gracia para Egon a su señor, pero Mony se mantuvo inflexible y no permitió a su ordenanza más que hacerse chupar el miembro por el encantador efebo quien, el culo tenso, recibió a su vez, en su ano dilatado, las vergas radiantes de los soldados que, perfectos brutos, cantaban himnos religiosos felicitándose por su captura.

El espía, tras recibir la tercera descarga, comenzó a gozar furiosamente y agitaba su culo mientras chupaba el miembro de Cornaboeux, como si aún tuviera treinta años de vida por delante.

Mientras tanto habían alzado el poste metálico que debía servir de asiento al mamón. Cuando todos los soldados hubieron enculado al prisionero, Mony deslizó unas palabras en los oídos de Cornaboeux que aún estaba extasiado por la manera como acababan de sacarle punta a su lápiz.


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Cornaboeux fue hasta el burdel y volvió enseguida, acompañado por Kilyemu, la joven prostituta japonesa que preguntaba qué era lo que querían de ella.

De improviso vio a Egon al que acababan de clavar, amordazado, sobre el palo de hierro. Se contorsionaba y la pica le penetraba poco a poco en el ano. Por delante su verga se alzaba de tal forma que parecía estar a punto de romperse.

Mony señaló a Kilyemu a los soldados. La pobre mujercita miraba a su amante empalado con ojos donde se mezclaba el terror, el amor y la compasión en una suprema desolación. Los soldados la desnudaron y alzaron su pobre cuerpecito de pájaro sobre el del empalado.

Separaron las piernas de la desgraciada y el hinchado miembro que ella había deseado tanto la penetró una vez más.

La pobre, simple de espíritu, no entendía esta barbarie, pero el miembro que la colmaba la excitaba demasiado voluptuosamente. Se volvió como loca y se agitaba, haciendo descender poco a poco el cuerpo de su amante a lo largo del palo. El descargó mientras expiraba.

¡Era un extraño estandarte el que formaban ese hombre amordazado y esa mujer que se agitaba encima suyo, con la boca desencajada! ... La sangre obscura formaba un charco al pie del palo.

–Soldados, saludad a los que mueren –gritó Mony, y dirigiéndose a Kilyemu–: “He satisfecho tus deseos... ¡En este momento los cerezos florecen en el Japón, los amantes se pierden entre la nieve rosa de los pétalos que se deshojan!”.

Luego, apuntando su revólver, le voló la cabeza y los sesos de la pequeña cortesana saltaron al rostro del oficial, como si ella hubiera querido escupir a su verdugo.


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Capítulo VII  082
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Después de la ejecución sumaria del espía Egon Muller y de la prostituta japonesa Kilyemu, el príncipe Vibescu se había convertido en un personaje muy popular en Port-Arthur.

Un día, el general Stoessel le hizo llamar y le entregó un pliego diciendo:

–Príncipe Vibescu, aunque no seáis ruso, no por eso dejáis de ser uno de los mejores oficiales de la plaza... Esperamos la llegada de socorros, pero es preciso que el general Kuro-patkin se dé prisa... Si tarda mucho, tendremos que capitular... Esos perros japoneses acechan y un día su fanatismo acabará con nuestra resistencia. Debéis atravesar las líneas japonesas y entregar este despacho al generalísimo.

Prepararon un globo. Durante ocho días, Mony y Cornaboeux se entrenaron en el manejo del aeróstato que fue hinchado una bella mañana.

Los dos pasajeros subieron a la barquilla, pronunciaron el tradicional: “ ¡Soltadlo!” y pronto, habiendo alcanzado la región de las nubes, ya no divisaron la tierra más que como algo muy pequeño, y el campo de batalla se divisaba netamente con los ejércitos, las escuadras en el mar, y una cerilla que rascaban para encender su cigarrillo dejaba un reguero más luminoso que los obuses de los cañones gigantes de los que se servían los beligerantes.

Una fuerte brisa impulsó al globo en la dirección de los ejércitos rusos y, en varios días, aterrizaron y fueron recibidos por un fornido oficial que les dio la bienvenida. Era Fedor, el hombre con tres testículos, el antiguo amante de Héléne Verdier, la hermana de Culculine d'Ancóne.


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–Teniente –le dijo el príncipe Vibescu al saltar de la barquilla–, sois muy amable y la recepción que nos hacéis nos consuela de muchas fatigas. Dejadme pediros perdón por haberos puesto cuernos en San Petersburgo con vuestra amante Héléne, la institutriz francesa de la hija del general Kokodryoff.

–Habéis hecho bien –contestó Fedor–, figuraos que aquí he encontrado a su hermana Culculine; es una estupenda muchacha que hace de cantinera en un bar de señoritas que frecuentan nuestros oficiales. Abandonó París para conseguir una fuerte suma en Extremo Oriente. Aquí gana mucho dinero, pues los oficiales jaranean como corresponde a personas a las que queda poco tiempo de vida, y su amiga Alexine Mangetout está con ella.

–¿Cómo? –exclamó Mony–. ¡Culculine y Alexine están aquí!... Conducidme deprisa ante el general Kuropatkin, debo cumplir mi misión ante todo... Inmediatamente después me llevaréis a la cantina...

El general Kuropatkin recibió amablemente a Mony en su palacio. Era un vagón bastante bien acondicionado.

El generalísimo leyó el mensaje, luego dijo:

“Haremos todo lo posible para liberar Port-Arthur. Mientras tanto, Príncipe Vibescu, os nombro caballero de San Jorge...”

Una media hora después, el recién condecorado se hallaba en la cantina El Cosaco Dormido en compañía de Fedor y de Cornaboeux. Dos mujeres se apresuraron a atenderles. Eran Culculine y Alexine, completamente encantadoras. Estaban vestidas de soldado ruso y llevaban un delantal de encajes delante de sus anchos pantalones aprisionados en las botas; sus culos y sus pechos sobresalían agradablemente y abombaban el uniforme. Una gorrita colocada de través sobre su cabellera completaba lo que este ridículo atavío militar tenía de excitante. Tenían el aspecto de menudas comparsas de opereta.


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“ ¡Mira, Mony!”, exclamó Culculine. El príncipe besó a las dos mujeres y les preguntó por sus aventuras.

–Ahí va –dijo Culculine– pero tú también nos contarás lo que te ha sucedido.

Después de la noche fatal en que los asaltantes nos dejaron medio muertos junto al cadáver de uno de ellos al que yo había cortado el miembro con mis dientes en un instante de goce loco, me desperté rodeada de médicos. Me habían encontrado con un cuchillo plantado en mis nalgas. Alexine fue cuidada en su casa y no tuvimos ninguna noticia tuya. Pero nos enteramos, cuando pudimos salir, que habías vuelto a Servia. El suceso había causado un enorme escándalo, a su retorno mi explorador me dejó y el senador de Alexine no quiso mantenerla más.

Nuestra estrella empezaba a declinar en París. Estalló la guerra entre Rusia y Japón. El chulo de mis amigas organizaba una expedición de mujeres para servir en las cantinas bur-deles que acompañan al ejército ruso; nos contrataron y aquí nos tienes.

A continuación Mony contó lo que le había sucedido, omitiendo lo que había pasado en el Orient-Express. Presentó a Cornaboeux a las dos mujeres sentadas, pero sin decir que era el desvalijador que había plantado su cuchillo en las nalgas de Culculine.

Todos estos relatos ocasionaron un gran consumo de bebidas; la sala se había llenado de oficiales con gorra que cantaban a voz en grito mientras acariciaban a las camareras.

–Salgamos –dijo Mony.

Culculine y Alexine les siguieron y los cinco militares salieron de los atrincheramientos y se dirigieron hacia la tienda de Fedor.


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La noche había caído, estrellada. Mony tuvo un antojo al pasar ante el vagón del generalísimo: hizo quitar el pantalón a Alexine, cuyas grandes nalgas parecían estar incómodas en él y, mientras los otros continuaban su camino, manoseó el soberbio culo, semejante a un pálido rostro bajo la pálida luna, luego sacando su verga bravia, la frotó un instante en la raya del culo, picoteando a veces el orificio, luego al oír un seco toque de corneta acompañado de redobles de tambor, se decidió de golpe. El miembro descendió entre las nalgas frescas y se introdujo en un valle que conducía al coño. Las manos del joven, por delante, revolvían el vellocino y excitaban el clítoris. Fue y vino, labrando con la reja de su arado el surco de Alexine, que gozaba removiendo su culo lunar al que la luna allá arriba parecía sonreír mientras lo admiraba. De golpe empezaron las llamadas monótonas de los centinelas; sus gritos se repetían a través de la noche. Alexine y Mony gozaban silenciosamente y cuando eyacularon, casi al mismo tiempo y suspirando profundamente, un obús desgarró el aire y fue a matar a varios soldados que dormían en una trinchera. Murieron quejándose como niños que llaman a su madre. Mony y Alexine, rápidamente compuestos, corrieron a la tienda de Fedor.

Allí, encontraron a Cornaboeux desbraguetado, arrodillado ante Culculine que, sin pantalones, le mostraba el culo. El decía:

–No, no se nota nada; nadie diría que te han pegado una cuchillada ahí dentro.

Luego, levantándose, la enculó gritando frases rusas que había aprendido.


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Entonces Fedor se colocó ante ella y le introdujo su miembro en el coño. Se hubiera dicho que Culculine era un precioso muchacho al que estaban enculando mientras que él ensartaba su cola en una mujer. En efecto, estaba vestida de hombre y el miembro de Fedor parecía pertenecerle. Pero sus nalgas eran demasiado grandes para que esta idea pudiera subsistir por mucho tiempo. Del mismo modo, su talle delgado y la combadura de su pecho desmentían que fuera un muchacho. El trío se agitaba cadenciosamente y Alexine se acercó para juguetar con los tres testículos de Fedor.

En ese momento un soldado preguntó en voz alta, fuera de la tienda, por el príncipe Vibescu. Mony salió; el militar era un enviado del general Munin que requería a Mony inmediatamente.

Siguió el soldado, llegaron hasta un furgón al que Mony subió mientras el soldado anunciaba: “El príncipe Vibescu”.

El interior del furgón parecía un tocador, pero un tocador oriental. Allí reinaba un lujo descabellado y el general Munin, un coloso de cincuenta años, recibió a Mony con gran gentileza.

Le mostró, descuidadamente tendida en un sofá, una bella mujer de una veintena de años.

Era una circasiana, su mujer:


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–Príncipe Vibescu –dijo el general–, mi esposa, que hoy ha oído hablar de vuestra hazaña y quiere felicitaros. Por otra parte, está encinta de tres meses y un antojo de preñada la impulsa irresistiblemente a querer acostarse con vos. ¡Aquí está! Cumplid con vuestro deber. Yo me satisfaré de otra manera.

Sin replicar, Mony se desnudó y empezó a hacer lo mismo con la bella Haidyn que parecía hallarse en un estado de extraordinaria excitación. Mordía a Mony mientras éste la desnudaba. Estaba admirablemente bien hecha y su embarazo aún no se notaba. Sus senos moldeados por las Gracias se alzaban redondos como balas de cañón.

Su cuerpo era flexible, lleno y esbelto. Había una desproporción tan bella entre la rotundidad de su culo y la delgadez de su talle que Mony sintió alzarse su miembro como un abeto noruego.

Ella se lo cogió mientras él manoseaba los muslos que eran gruesos hacia lo alto y se adelgazaban hacia la rodilla.

Cuando quedó desnuda, él se subió encima y la ensartó relinchando como un semental mientras que ella cerraba los ojos, saboreando una felicidad infinita.

Mientras tanto, el general Munin había hecho entrar a un muchachito chino, muy lindo y atemorizado.

Sus ojos oblicuos vueltos hacia la pareja que hacía el amor no paraban de parpadear.

El general le desnudó y le chupó su colita que apenas alcanzaba el tamaño de una yuyuba.

A continuación lo giró y le dio una azotaina en su culito flaco y amarillo. Cogió su enorme sable y se lo colocó cerca.


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Luego enculó al muchachito, que debía conocer esta manera de civilizar Manchuria, pues meneaba su cuerpecito de esponja china de forma muy experimentada.

El general decía:

–Goza mucho, mi Haidyn, yo también estoy gozando.

Y su verga salía casi por entero del cuerpo del chinito para volver a entrar inmediatamente. Cuando llegó al límite de sus goces, tomó el sable y, con los dientes apretados, sin dejar de culear, le cortó la cabeza al chinito cuyos últimos espasmos le llevaron al paroxismo, mientras la sangre brotaba del cuello como el agua de una fuente.

Después de eso el general desenculó y se limpió la cola con su pañuelo. Luego limpió su sable y, agarrando la cabeza del pequeño decapitado, la enseñó a Mony y a Haidyn que ya habían cambiado de posición.

La circasiana cabalgaba con rabia sobre Mony. Sus pechos bailoteaban y su culo se alzaba frenéticamente. Las manos de Mony palpaban esas grandes y maravillosas nalgas.

–Mirad como sonríe amablemente el chinito –dijo el general.

La cabeza mostraba una horrible mueca, pero su aspecto redobló la rabia erótica de los dos fornicadores que culearon con muchísimo más ardor.

El general soltó la cabeza, luego, tomando a su mujer por las caderas, le introdujo su miembro en el culo. El goce de Mony aumentó. Las dos vergas, separadas apenas por un estrecho tabique, chocaban de frente aumentando los goces de la joven que mordía a Mony y se ondulaba como una víbora. La triple descarga tuvo lugar simultáneamente. El trío se separó y el general, tan pronto se puso en pie, blandió su sable gritando:


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–Ahora, príncipe Vibescu, debéis morir, ¡habéis visto demasiado!

Pero Mony le desarmó sin ninguna dificultad.

A continuación le ató de pies y manos y le acostó en un rincón del furgón, junto al cadáver del chinito. Luego, continuó hasta la mañana sus deleitosas fornicaciones con la generala. Cuando la dejó, estaba fatigada y dormida. El general también dormía, atado de pies y manos.

Mony fue a la tienda de Fedor: allí también se había copulado durante toda la noche. Alexine, Culculine, Fedor y Cornaboeux dormían desnudos y en confusión sobre-unos mantos. El semen se pegaba a los pelos de las mujeres y los miembros de los hombres pendían lamentablemente.

Mony les dejó dormir y empezó a errar por el campamento. Se esperaba un próximo combate con los japoneses. Los soldados se equipaban o comían. Los de caballería cuidaban a sus caballos. Un cosaco que tenía frío en las manos se las calentaba en el coño de su yegua. La bestia relinchaba dulcemente; de golpe, el cosaco, enardecido, subió a una silla colocada detrás de su bestia y sacando una enorme verga larga como un asta de lanza, la hizo penetrar con gran delicia en la vulva animal que segregaba un jugo caballar muy afrodisíaco, pues el bruto humano descargó tres veces con grandes movimientos de culo antes de desencoñar.

Un oficial que se dio cuenta de este acto bestial se aproximó al soldado con Mony. Le reprochó vivamente el haberse dejado arrastrar por la pasión:

–Amigo mío –le dijo–, la masturbación es una virtud militar.


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Todo buen soldado debe saber que en tiempo de guerra el onanismo es el único acto amoroso permitido. Masturbaos, pero no toquéis ni las mujeres ni las bestias.

Además, la masturbación es muy encomiable, pues permite a los hombres y a las mujeres acostumbrarse a su próxima y definitiva separación. Las costumbres, el espíritu, los vestidos y los gustos de los dos sexos se diferencian cada vez más. Ya sería hora de parar mientes en ello y me parece necesario, si se quiere sobresalir en la tierra, tener en cuenta esta ley natural que se impondrá pronto. El oficial se alejó, dejando que un pensativo Mony alcanzara la tienda de Fedor.

De golpe el príncipe percibió un extraño rumor, se hubiera dicho que un grupo de lloronas irlandesas se lamentaban por un muerto desconocido.

Al aproximarse el ruido se modificó, se hizo rítmico con golpes secos como si un director de orquesta loco golpeara con su batuta sobre su atril mientras la orquesta tocaba en sordina.

El príncipe corrió más deprisa y un extraño espectáculo se ofreció ante sus ojos. Un grupo de soldados al mando de un oficial azotaban, por turno, con largas baquetas flexibles, la espalda de unos condenados desnudos de cintura para arriba.

Mony, cuyo grado era superior al del que mandaba a los sayones, quiso tomar el mando. Trajeron a un nuevo culpable. Era un bello muchacho tártaro que casi no hablaba el ruso. El príncipe le hizo desnudar completamente, luego los soldados le fustigaron de tal manera que el frío de la mañana le azotaba al mismo tiempo que las vergas que le cruzaban todo el cuerpo.


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Permanecía impasible y esta calma irritó a Mony; dijo unas palabras al oído de Cornaboeux que trajo inmediatamente a una camarera del bar. Era una cantinera regordeta cuyas ancas y cuyo pecho rellenaban indecentemente el uniforme que la apretaba. Esta bella y gorda muchacha llegó, estorbada por su traje y marcando el paso de la oca.

–Está indecente, hija mía –le dijo Mony–; cuando se es una mujer como usted, una no se viste de hombre; cien vergajazos para enseñárselo.

La desgraciada temblaba con todos sus miembros, pero, a un gesto de Mony, los soldados le arrancaron la ropa.

Su desnudez contrastaba singularmente con la del tártaro.

El era muy alto, de rostro demacrado, con los ojos pequeños, astutos y tranquilos; sus miembros tenían esa delgadez que se le supone a Juan el Bautista, tras haber hecho un rato de langosta. Sus brazos, su pecho y sus piernas de halcón eran velludos; su pene circunciso iba tomando consistencia a causa de la fustigación y el glande estaba púrpura, del color de los vómitos de un borracho.

La cantinera, bello espécimen de alemana de Brunswick, era pesada de ancas; parecía una robusta yegua luxemburguesa soltada entre los sementales. Los cabellos rubio estopa la poetizaban bastante y las niñas renanas no debían ser de otra manera.

Unos pelos rubios muy claros le colgaban hasta la mitad de los muslos. Estas greñas cubrían completamente una mota muy abombada. Esta mujer respiraba una robusta salud y todos los soldados sintieron que sus miembros viriles se ponían por sí mismos en presenten-armas.

Mony pidió un knut, que le trajeron. Lo puso en la mano del tártaro.


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–Puerco caporal –le gritó– si quieres conservar entera la piel, no te preocupes de la de esta puta.

El tártaro, sin contestar, examinó como un experto el instrumento de tortura compuesto de tiras de cuero a las que habían enganchado limadura de hierro.

La mujer lloraba y pedía gracia en alemán. Su blanco y rosado cuerpo temblaba. Mony la obligó a arrodillarse, luego, de un puntapié, la forzó a levantar el culazo. El tártaro agitó primero el knut en el aire, luego, levantando el brazo hasta muy arriba, iba a golpear, cuando la desgraciada kellnerina, que temblaba con todos sus miembros, dejó escapar un sonoro pedo que hizo reír a todos los asistentes y el knut cayó. Mony, con una verga en la mano, le cruzó el rostro diciéndole:

–Idiota, te he dicho que golpees, y no que rías.

A continuación, le entregó la verga ordenándole que primero fustigara con ella a la alemana para irla acostumbrando. El tártaro empezó a golpear con regularidad. Su miembro colocado detrás del culazo de la víctima se había endurecido, pero, a pesar de su concupiscencia, su brazo caía rítmicamente, la verga era muy flexible, los golpes silbaban en el aire, luego caían secamente sobre la piel tensa que se iba rayando.

El tártaro era un artista y los golpes que daba se unían para formar un dibujo caligráfico.

En la base de la espalda, encima de las nalgas, la palabra puta apareció claramente al cabo de poco tiempo.


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Se aplaudió calurosamente mientras los gritos de la alemana se hacían cada vez más roncos. Su culo se agitaba por un instante a cada vergajazo, luego se levantaba; las apretadas nalgas se iban separando; entonces se vislumbraba el ojo del culo y debajo, el coño, abierto y húmedo.

Poco a poco, pareció acostumbrarse a los golpes. A cada chasqueo de la verga, la espalda se levantaba débilmente, el culo se entreabría y el coño bostezaba de satisfacción como si un goce imprevisto se apoderara de ella.

Pronto perdió el equilibrio, como sofocada por el goce, y Mony, en ese momento, detuvo la mano del tártaro.

Le devolvió el knut y el hombre, muy excitado, loco de deseo, empezó a azotar la espalda de la alemana con esta cruel arma. Cada golpe dejaba varias marcas sangrantes y profundas pues, en vez de levantar el knut después de haberlo abatido, el tártaro lo atraía hacia él de manera que las limaduras adheridas a las tiras arrastraban trozos de piel y de carne, que enseguida caían por todas partes, manchando con gotitas sangrientas los uniformes de la soldadesca.

La alemana ya no sentía el dolor, se ondulaba, se retorcía y silbaba de gozo. Su cara estaba encarnada, babeaba y, cuando Mony ordenó parar al tártaro, las marcas de la palabra puta habían desaparecido, pues la espalda no era más que una llaga.

El tártaro permaneció erguido, empuñando el ensangrentado knut; parecía pedir un gesto de aprobación, pero Mony le miró con aire despreciativo: “Habías empezado bien, pero has acabado mal. Esta obra es detestable. Has golpeado como un ignorante. Soldados, llevaros a esa mujer y traedme a una de sus compañeras a la tienda de ahí al lado: está vacía. Voy a tenérmelas con este miserable tártaro”.


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Despachó a los soldados, algunos de los cuales se llevaron a la alemana, y el príncipe entró en la tienda con su condenado.

Con todas sus fuerzas, empezó a azotarlo con las dos vergas. El tártaro, excitado por el espectáculo que acababa de presenciar y cuyo protagonista era él mismo, no retuvo demasiado tiempo el esperma que bullía en sus testículos. Bajo los golpes de Mony, su miembro se irguió y el semen que saltó fue a estrellarse contra la lona de la tienda.

En este momento, trajeron a otra mujer. Estaba en camisón pues la habían sorprendido en la cama. Su rostro expresaba estupefacción y un profundo terror. Era muda y su gaznate dejaba escapar unos sonidos inarticulados y roncos.

Era una bella muchacha, originaria de Suecia. Hija del jefe de la cantina, se había casado con un danés, socio de su padre. Había dado a luz cuatro meses antes y amamantaba ella misma a su hijo. Debía tener veinticuatro años. Sus senos repletos de leche –pues era una buena ama de cría– abombaban el camisón.

Sólo verla, Mony despidió a los soldados que la habían traído y le levantó el camisón. Los gruesos muslos de la sueca parecían fustes de columna y aguantaban un soberbio edificio; su pelo era dorado y estaba graciosamente rizado. Mony ordenó al tártaro que la azotara mientras él la masturbaba con la boca. Los golpes llovían sobre los brazos de la bella muda, pero abajo la boca del príncipe recogía el licor amoroso que destilaba ese coño boreal.

A continuación se tendió desnudo en la cama, después de haber quitado el camisón a la mujer que estaba enardecida. Ella se colocó encima suyo y el miembro entró profundamente entre los muslos de una deslumbrante blancura. Su culo macizo y firme se agitaba cadenciosamente. El príncipe tomó un seno en la boca y empezó a mamar una leche deliciosa.


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El tártaro no estaba inactivo, sino que, haciendo silbar la verga, aplicaba rudos golpes en el mapamundi de la muda, con lo que activaba sus goces. Golpeaba como un poseído, rayando ese culo sublime, marcando sin ningún respeto los bellos hombros blancos y carnosos, dejando surcos en la espalda. Mony, que ya había trabajado mucho, tardó en llegar al éxtasis y la muda, excitada por la verga, gozó una quincena de veces, mientras él lo hacía una vez.

Entonces, se levantó y, viendo la bella erección del tártaro, le ordenó que ensartara como los perros a la bella ama de cría que aún no parecía saciada, y él mismo, tomando el knut, ensangrentó la espalda del soldado, que gozaba lanzando gritos terribles.

El tártaro no abandonaba su puesto. Soportando estoicamente los golpes propinados por el terrible knut, laboraba sin descanso en el reducto amoroso donde se había alojado. Allí depositó por cinco veces su ardiente oferta. Luego quedó inmóvil encima de la mujer, agitada todavía por estremecimientos voluptuosos.

Pero el príncipe le insultó, había'encendido un cigarrillo y quemó en diversos lugares los hombros del tártaro. A continuación le colocó una cerilla encendida sobre los testículos y la quemadura tuvo el don de reanimar al infatigable miembro. El tártaro volvió a partir rumbo a una nueva descarga. Mony tomó el knut de nuevo y golpeó con todas sus fuerzas sobre los cuerpos unidos del tártaro y de la muda; la sangre manaba, los golpes llovían, haciendo clac. Mony blasfemaba en francés, en rumano y en ruso. El tártaro gozaba terriblemente, pero una sombra de odio hacia Mony pasó por sus ojos. Conocía el lenguaje de los mudos y, pasando su mano por delante del rostro de su compañera, le hizo unos signos que ella comprendió de maravilla.

Hacia el final de la cópula, Mony tuvo un nuevo capricho: aplicó su encendido cigarrillo sobre la punta del seno húmedo de la muda. Una gotita de leche que coronaba el estirado pezón, apagó el cigarrillo, pero la mujer lanzó un rugido de terror mientras descargaba.


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Hizo un signo al tártaro que desencoñó inmediatamente. Los dos se precipitaron sobre Mony y lo desarmaron. La mujer empuñó una verga y el tártaro, el knut. La mirada encendida por la ira, animados por la esperanza de vengarse, empezaron a azotar cruelmente al oficial que les había hecho sufrir. Fue inútil que Mony gritara y se debatiera, los golpes no perdonaron ningún rincón de su cuerpo. Sin embargo, el tártaro, temiendo que su venganza sobre un oficial tuviera consecuencias funestas, arrojó pronto su knut, contentándose, como la mujer, con una simple verga. Mony saltaba bajo la fustigación y la mujer se encarnizaba especialmente sobre el vientre, los testículos y el miembro del príncipe.

Mientras tanto, el danés, esposo de la muda, se había dado cuenta de su desaparición pues su hijita reclamaba el pecho de la madre. Tomó a la criatura en brazos y salió en busca de su mujer.

Un soldado le indicó la tienda donde estaba sin decirle lo que hacía allí. Loco de celos, el danés echó a correr, levantó la lona y penetró en la tienda. El espectáculo era poco común: su mujer, ensangrentada y desnuda, en compañía de un tártaro ensangrentado y desnudo, azotaba a un joven.

El knut estaba tirado en tierra; el danés dejó a su hija en el suelo, empuñó el knut y golpeó con todas sus fuerzas a su mujer y al tártaro, que cayeron al suelo aullando de dolor.

Bajo los golpes, el miembro de Mony se había enderezado, tenía una enorme erección, contemplando esta escena conyugal.

La niñita lloraba en el suelo. Mony se apoderó de ella y, desfajándola, besó su culito rosado y su rajita gordezuela y lisa, luego colocándola sobre su miembro y tapándole la boca con una mano, la violó; su verga desgarró las carnes infantiles. Mony no tardó en gozar. Descargaba cuando el padre y la madre, dándose cuenta demasiado tarde de este crimen, se abalanzaron encima suyo.


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La madre se apoderó de la niña. El tártaro se vistió deprisa y se eclipsó; pero el danés, con los ojos inyectados en sangre, levantó el knut. Iba a asestar un golpe mortal a la cabeza de Mony, cuando vio en tierra el uniforme de oficial. Su brazo descendió, pues sabía que un oficial ruso es sagrado, puede violar, robar, pero el mercachifle que ose ponerle una mano encima será colgado inmediatamente.

Mony comprendió todo lo que pasaba por la cabeza del danés. Se aprovechó de ello, se levantó y empuñó su revólver con rapidez. Con aire despreciativo ordenó al danés que se bajara los pantalones. Luego, apuntándole con el revólver, le ordenó que enculara a su hija. Las súplicas del danés fueron inútiles, tuvo que introducir su mezquino miembro en el tierno culo de la desmayada criatura.

Mientras tanto, Mony, armado con una verga y empuñando su revólver con la mano izquierda, hacía llover los golpes sobre la espalda de la muda, que sollozaba y se retorcía de dolor. La verga caía sobre una carne hinchada por los golpes precedentes, y el dolor que sufría la pobre mujer constituía un horrible espectáculo. Mony lo soportó con admirable valentía y su brazo se mantuvo firme hasta el momento en que el desgraciado padre hubo descargado en el culo de su hijita.

Entonces Mony se vistió, y ordenó a la danesa que hiciera lo mismo. Luego ayudó amablemente a la pareja a reanimar a la niña.

–Madre sin entrañas –dijo a la muda– su hija quiere mamar, ¿no lo ve?

El danés hizo señas a su mujer quien, castamente, desnudó su seno y dio de mamar a la criatura.


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–En cuanto a usted –dijo Mony al danés- tenga cuidado, ha violado a su hija delante de mí. Puedo perderle. Vaya en paz. De ahora en adelante su suerte depende de mi buena voluntad. Si es discreto, le protegeré, pero si cuenta lo que ha pasado aquí, será colgado.

El danés besó la mano del despierto oficial vertiendo lágrimas de agradecimiento y se llevó consigo rápidamente a su mujer y a su hija. Mony se dirigió hacia la tienda de Fedor.

Los durmientes se habían despertado y, después de lavarse, se vistieron.

Durante todo el día, se prepararon para la batalla, que comenzó hacia el atardecer. Mony, Cornaboeux y las dos mujeres se encerraron en la tienda de Fedor, que había ido a combatir en primera línea. Inmediatamente se oyeron los primeros cañonazos y los camilleros, transportando heridos, empezaron a llegar.

La tienda fue acondicionada como botiquín. Cornaboeux y las dos mujeres fueron utilizados para recoger a los moribundos. Mony se quedó solo con tres heridos rusos que deliraban.

Entonces llegó una dama de la Cruz Roja, vestida con un gracioso sobretodo de hilo crudo, y el brazal en el brazo derecho.

Era una hermosísima muchacha de la nobleza polaca. Tenía una voz tan dulce como la de los ángeles y, al oírla, los heridos volvían hacia ella sus ojos moribundos, creyendo ver a la Virgen.

Con su voz suave daba secamente órdenes a Mony. Este obedecía como un niño, asombrado de la energía de esta preciosa muchacha y del extraño fulgor que brotaba a veces de sus ojos verdes.


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De vez en cuando, su rostro seráfico se tornaba duro y una nube de vicios imperdonables parecía obscurecer su rostro. Se diría que la inocencia de esta mujer tenía intermitencias criminales. Mony la observó; se dio cuenta muy pronto de que sus dedos se entretenían más de lo necesario en las heridas.

Trajeron un herido cuya visión era horrible. Su cara estaba ensangrentada y su pecho abierto. La enfermera le curó con voluptuosidad. Había metido su mano derecha en el abierto agujero y parecía gozar del contacto con la carne palpitante.

De repente, la ávida mujer levantó los ojos y vio ante ella, al otro lado de la camilla, a Mony que la miraba sonriendo desdeñosamente.

Se ruborizó, pero él la tranquilizó:

–Calmaos, no temáis nada, comprendo mejor que nadie la voluptuosidad que debéis experimentar. Yo mismo tengo manos impuras. Gozad de estos heridos, pero no rehuséis mis besos.

En silencio ella bajó los ojos. Mony se colocó inmediatamente a su espalda. Le levantó las faldas y descubrió un culo maravilloso cuyas nalgas estaban tan apretadas que parecían haber jurado no separarse nunca.

Ella desgarraba febrilmente, y con una sonrisa angélica en los labios, la terrible herida del moribundo. Se inclinó para permitir que Mony gozara plenamente del espectáculo de su culo.


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El le introdujo entonces su dardo entre los labios satinados del coño, a la manera de los perros, y con la mano derecha, le acariciaba las nalgas, mientras que con la izquierda debajo de las enaguas, buscaba el clítoris. La enfermera gozaba silenciosamente, crispando sus manos en la herida del moribundo, que gemía horriblemente. Expiró en el momento en que Mony descargaba. La enfermera le desalojó inmediatamente y, bajando los pantalones al muerto cuyo miembro estaba duro como el hierro, se lo hundió en el coño, gozando siempre silenciosamente y con el rostro más angelical que nunca.

Mony golpeó entonces ese culazo que se meneaba y cuyos labios del coño vomitaban y engullían rápidamente la cadavérica columna. Su verga recuperó pronto su primitiva rigidez y, colocándose detrás de la enfermera que estaba gozando, la enculó como un poseso.

Seguidamente, arreglaron sus ropas. Trajeron a un bello joven cuyos brazos y piernas habían sido arrancadas por la metralla. Ese tronco humano poseía todavía un hermoso miembro cuya firmeza era ideal. La enfermera, inmediatamente que quedó sola con Mony, se sentó sobre la verga del tronco que agonizaba y, durante esta desmelenada cabalgada, chupó el miembro de Mony, que descargó rápidamente como un carmelita. El hombre-tronco no estaba muerto; sangraba copiosamente por los muñones de los cuatro miembros. La ávida mujer le mamó la verga y le hizo morir bajo la horrible caricia. El esperma que resultó de esta chupada, ella se lo confesó a Mony, estaba casi frío, y ella parecía tan excitada que Mony, que se sentía agotado, le rogó que se desabrochara. Le chupó los pechos, luego ella se arrodilló y trató de reanimar la verga principesca masturbándola entre sus senos.

–¡Desgraciada!–exclamó Mony–, mujer cruel a quien Dios ha encomendado la misión de rematar a los heridos, ¿quién eres tú? ¿quién eres tú?


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–Soy –dijo– la hija de Juan Morneski, el príncipe revolucionario que el infame Gurko envió a morir a Tobolsk.

Para vengarme y para vengar a Polonia, mi patria, remato a los soldados rusos. Quisiera matar a Kuropatkin y deseo el fin de los Romanoff.

Mi hermano, que es también mi amante, y que me desvirgó en Varsovia durante un pro-grom, por miedo de que mi virginidad no fuera presa de un cosaco, comparte los mismos sentimientos que yo. Ha extraviado el regimiento que manda y ha ido a ahogarlo al lago Baikal. Me había comunicado sus intenciones antes de su marcha.

Es así como nosotros, polacos, nos vengamos de la tiranía moscovita.

Estos afanes patrióticos han afectado mis sentidos, y mis pasiones más nobles se han doblegado ante las de la crueldad. Soy cruel, mira, como Temerlán, Atila e Iván el Terrible. Antes era tan piadosa como una santa. Hoy, Mesalina y Catalina a mi lado no serían más que tiernas ovejitas.

Mony no dejó de estremecerse al oír la declaración de esta puta exquisita. Quiso lamerle el culo en honor de Polonia a cualquier precio, y le contó cómo había participado indirectamente en la conspiración que costó la vida en Belgrado a Alejandro Obrenovitch.

Ella le escuchó con admiración.

–Ojalá pueda ver un día –exclamó– al Zar defenestrado.


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Mony, que era un oficial leal, protestó contra esta defenestración y manifestó su acatamiento a la legítima autocracia: “Os admiro –dijo a la polaca– pero si fuera el Zar, destruiría en bloque a todos los polacos. Esos borrachínes ineptos no paran de fabricar bombas y hacen inhabitable el planeta. Incluso en París, esos sádicos personajes, que aparecen tanto en la Audiencia como en la Salpétriére, turban la existencia de los pacíficos ciudadanos.

–Es cierto –dijo la polaca– que mis compatriotas son gente de pocas bromas, pero que les devuelvan su patria, que les dejen hablar su idioma, y Polonia volverá a ser el país del honor caballeresco, del lujo y de las mujeres bonitas.

–¡Tienes razón! –exclamó Mony y, echando a la enfermera encima de una camilla, la trabajó perezosamente y mientras copulaban, charlaban de temas galantes y remotos. Parecía un decamerón que estaba rodeado de apestados.

–Mujer encantadora –decía Mony– cambiemos nuestra fe con nuestras almas.

–Sí –decía ella– nos casaremos después de la guerra y llenaremos el mundo con el eco de nuestras crueldades.

–De acuerdo –dijo Mony– pero que sean crueldades legales.

–Quizás tengas razón –dijo la enfermera-no hay nada tan dulce como cumplir lo permitido.

En esto, entraron en trance, se estrecharon, se mordieron y gozaron profundamente.

En este momento, oyeron un gran griterío, el ejército ruso, derrotado, huía desordenadamente ante las tropas japonesas.

Se oían los gritos horribles de los heridos, el fragor de la artillería, el rodar siniestro de los furgones y las detonaciones de los fusiles.

La tienda fue bruscamente abierta y un grupo de japoneses la invadió. Mony y la enfermera apenas tuvieron tiempo de componer sus vestidos.

Un oficial japonés se adelantó hacia el príncipe Vibescu.

–¡Sois mi prisionero! –le dijo, pero, de un pistoletazo, Mony le dejó tieso, muerto; luego, ante los estupefactos japoneses, rompió su espada en las rodillas.

Entonces se adelantó otro oficial japonés, los soldados rodearon a Mony que aceptó su cautiverio y, cuando salió de la tienda en compañía del diminuto oficial nipón, vio a lo lejos, en la llanura, a los fugitivos rezagados que intentaban penosamente unirse al ejército ruso en retirada.


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Capítulo VIII  103
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Prisionero bajo palabra, Mony quedó libre para ir y venir dentro del campamento japonés. Buscó en vano a Cornaboeux. En sus idas y venidas observó que era vigilado por el oficial que le había hecho prisionero. Quiso hacerse amigo suyo y lo consiguió. Era un sintoísta bastante sibarita que le contaba cosas admirables sobre la mujer que había dejado en el Japón.

–Es risueña y encantadora –decía– y la adoro como adoro a Trinidad Ameno-Mino-Kanussi-No-Kami. Es fecunda como Issagui e Isanami, creadores de la tierra y generadores de los hombres, y bella como Amaterassu, hija de los dioses y del mismo sol. Esperándome, piensa en mí y hace vibrar las trece cuerdas de su kô-tô de madera de Polonia imperial o toca el siô de diecisiete tubos.

–Y vos –preguntó Mony–, ¿nunca habéis tenido ganas de fornicar desde que estáis en el frente?

–Yo –dijo el oficial– cuando el deseo me apremia, ¡me masturbo contempladno grabados obscenos! Y extendió ante Mony unos libritos llenos de grabados en madera de una obscenidad sorprendente. Uno de esos libros mostraba a las mujeres haciendo el amor con toda clase de animales: gatos, pájaros, tigres, perros, peces, e incluso pulpos repugnantes que enlazaban con sus tentáculos llenos de ventosas los cuerpos de histéricas japonesitas.

“Todos nuestros oficiales y todos nuestros soldados –dijo el oficial– tienen libros de este tipo. Pueden prescindir de las mujeres y masturbarse contemplando estos dibujos priápicos.” Mony iba a visitar a menudo a los heridos rusos. Allí encontraba a la enfermera polaca que le había dado clases de crueldad en la tienda de Fedor.


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Entre los heridos se encontraba un capitán originario de Arkangel. Su herida no era' de extrema gravedad y Mony charlaba a menudo con él, sentado en la cabecera de su cama.

Un día, el herido, que se llamaba Katache, tendió a Mony una carta rogándole que la leyera. La carta decía que la mujer de Katache le engañaba con un tratante en pieles.

–La adoro –dijo el capitán–, amo a esta mujer más que a mí mismo y sufro terriblemente al saberla de otro, pero soy feliz, horriblemente feliz.

–¿Cómo conciliáis estos dos sentimientos? –preguntó Mony–, son contradictorios.

–Se confunden en mí –dijo Katache– no concibo en absoluto la voluptuosidad sin el dolor.

–¿Sois masoquista, pues? –preguntó Mony, vivamente interesado.

–¡Si le llamáis así! –asintió el oficial–, el masoquismo, por otra parte, está plenamente de acuerdo con los principios de la religión cristiana. Mirad, ya que os interesáis por mí, voy a contaros mi vida.

–De acuerdo –dijo Mony con diligencia–, pero bebed antes esta limonada para refrescaros la garganta.

El capitán Katache empezó así:

–Nací en 1874 en Arkangel y, desde mi más tierna edad, experimentaba una alegría amarga cada vez que me castigaban. Todas las desgracias que se abatieron sobre nuestra familia desarrollaron esta facultad de gozar con los infortunios y la agudizaron.


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Esto seguramente procedía de un exceso de cariño. Asesinaron a mi padre y recuerdo que contando quince años en aquel momento, a causa de esa muerte experimenté mi primer éxtasis. La conmoción y el espanto me hicieron eyacular. Mi madre se volvió loca y, cuando iba a visitarla al asilo, me masturbaba mientras la oía contar extravagancias inmundas, pues creía haberse convertido en water, señor, y describía los imaginarios culos que defecaban en ella. El día que se figuró que estaba completamente llena, fue preciso encerrarla. Se volvió peligrosa y pedía a voces que vinieran los poceros para vaciarla. Yo la escuchaba con pesar. Ella me reconocía.

Hijo mío –decía– ya no quieres a tu madre, te vas a otros lavabos. Siéntate encima mío y caga a gusto.

¿Dónde se puede cagar mejor que en el seno de su madre ?

Además, hijo mío, no lo olvides, la hoya está llena. Ayer un comerciante de cerveza que vino a cagar en mí tenía cólico. Estoy desbordada, ya no puedo más. Es absolutamente imprescindible hacer venir a los poceros.

Creedlo, señor, estaba profundamente asqueado y también apenado, pues adoraba a mi madre, pero al mismo tiempo sentía un placer indecible al oír estas palabras inmundas. Sí, señor, gozaba y me masturbaba.

Me alistaron en el ejército y gracias a mis influencias pude permanecer en el norte. Frecuentaba a la familia de un pastor protestante establecido en Arkangel; era un inglés y tenía una hija tan maravillosa que mis descripciones no la mostrarían ni la mitad de lo bella que era en realidad. Un día estábamos bailando en una fiesta familiar y, después del vals, Florence colocó, como por azar, su mano entre mis muslos preguntándome:


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–¿La tiene dura?

Se dio cuenta de que yo estaba en un estado de erección terrible; pero sonrió diciéndome:

–Yo también estoy completamente mojada, pero no es en su honor. He gozado por Dyre.

Y se fue zalameramente hacia Dyre Kissird, que era un viajante noruego. Bromearon un instante, luego, como la orquesta había atacado una danza, partieron abrazados mirándose amorosamente. Yo sufría el martirio. Los celos me mordían el corazón. Y si Florénce era deseable, la deseé aún más cuando supe que ella no me amaba. Descargué viéndola bailar con mi rival. Me los imaginaba uno en brazos del otro y tuve que girarme para que nadie viera mis lágrimas.

Entonces, empujado por el demonio de la concupiscencia y de los celos, me juré que debía hacerla mi esposa. Es extraña, esta Florénce, habla cuatro lenguas: francés, alemán, ruso e inglés, pero en realidad, no conoce ninguna y la jerga que emplea tiene un sabor de salvajismo. Yo mismo hablo muy bien el francés y conozco a fondo la literatura francesa, especialmente a los poetas de finales del siglo XIX. Hacía versos que llamaba simbolistas para Florénce, que reflejaban simplemente mi tristeza.


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La anémona ha florecido en el nombre de Arkangel

Cuando los ángeles lloran por tener angeleces.

Y el nombre de Florénce ha suspirado concluir

Los juramentos vertiginosos en los peldaños de la escalera.

Voces blancas cantando en el nombre de Arkangel

Han modulado a menudo nanas a Florénce

Cuyas flores, de retorno, cubren con profunda ansiedad

Los techos y las paredes que rezuman con el deshielo.

¡Oh Florénce! ¡Oh Arkangel!

La una: bahía de laureles, pero la otra: hierba angélica

Las mujeres, por turno, se apoyan en los pretiles.

Y llenan los pozos negros con flores y reliquias

¡Dos reliquias de arcángel y de flores de Arkangel!


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La vida de cuartel en el norte de Rusia está llena de diversiones en época de paz. La caza y las obligaciones mundanas se reparten la vida del militar. La caza tenía muy pocos atractivos para mí y mis ocupaciones mundanas quedan resumidas en estas pocas palabras: conseguir a Florénce a quien amo y que no me ama. Fue una dura labor. Sufrí mil veces la muerte, pues Florénce me detestaba cada vez más, se burlaba de mí y flirteaba con cazadores de osos polares, con comerciantes escandinavos e, incluso, un día que una miserable compañía francesa de opereta llegó a nuestras lejanas brumas para hacer varias actuaciones, sorprendí a Florence, durante una aurora boreal, patinando cogida de la mano del tenor, un chivo repugnante, nacido en Carcassonne.

Pero yo era rico, señor, y mis solicitudes no dejaban indiferente al padre de Florence, con la que me casé por fin.

Partimos hacia Francia y, en el camino, ella no permitió que la besara siquiera. Llegamos a Niza en febrero, durante el carnaval.

Alquilamos una villa y, un día en que había guerra de flores, Florence me comunicó que había decidido perder su virginidad aquella misma noche. Creí que mi amor iba a ser recompensado. ¡Ay! empezaba mi calvario voluptuoso.

Florence añadió que no era yo el escogido para cumplir esa función.

“Es usted demasiado ridículo –dijo– y no sabría hacerlo. Quiero un francés, los franceses son galantes y expertos en el amor. Yo misma escogeré a mi ensanchador durante la fiesta.”

Habituado a la obediencia, incliné la cabeza. Fuimos a la batalla de flores. Un joven con acento nizardo o monegasco miró a Florence. Ella volvió la cabeza sonriendo. Yo sufría más de lo que se sufre en cualquiera de los círculos del infierno de Dante.


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Durante la batalla de flores, lo volvimos a ver. Estaba solo en un coche adornado con profusión de flores exóticas. Nosotros estábamos en un Victoria que le volvía loco a uno, pues Florence había querido que estuviera enteramente adornado con nardos.

Cuando el coche del joven cruzaba junto al nuestro, arrojaba flores a Florence que le miraba amorosamente mientras le arrojaba manojos de nardos.

Una vez, excitada, arrojó muy fuerte un ramillete cuyos tallos y flores, blandos y viscosos, dejaron una mancha sobre el traje de franela del guapo. Inmediatamente Florence se disculpó y, apeándose sin ceremonias, subió al coche del joven.

Era un joven nizardo enriquecido en el comercio de aceite de oliva que le había dejado su padre.

Próspero, éste era el nombre del joven, recibió a mi mujer sin ceremonias y, al final de la batalla, su coche tuvo el primer premio y el mío el segundo. La banda tocaba. Vi como mi mujer ondeaba la banderola ganada por mi rival, al que besaba en la boca.

Por la noche, ella exigió cenar conmigo y con Próspero, al que condujo a nuestra villa. La noche era exquisita y yo sufría.

Mi mujer nos hizo entrar a los dos en el dormitorio, yo triste hasta la muerte y Próspero muy asombrado y un poco molesto por su buena fortuna.

Ella me señaló un sillón diciendo:

–Va a asistir a una clase de voluptuosidad, trate de aprovechar.

Luego pidió a Próspero que la desnudara: él lo hizo con una cierta gracia.


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Florence era encantadora. Su carne firme, y más llena de lo que parecía, palpitaba bajo la mano del nizardo. El se desnudó también y su miembro estaba erecto. Me di cuenta con alegría que no era más grande que el mío. Era incluso más pequeño y delgado. Era en suma una auténtica verga de virgo. Los dos eran encantadores; ella, bien peinada, con los ojos chispeantes de deseo, rosada en su camisón de encajes.

Próspero le chupó los pechos, que destacaban como arrullado ras palomas y, pasando la mano bajo el camisón, la masturbó un poquito mientras ella se entretenía mamando el miembro que dejaba escapar de vez en cuando y que entonces iba a restallar contra el vientre del joven. Yo lloraba en mi sillón. De golpe, Próspero tomó a mi mujer en brazos y le levantó el camisón por detrás; su bonito culo regordete apareció lleno de hoyuelos.

Próspero le dio una azotaina mientras ella reía; sobre este trasero las rosas se mezclaron con los lises. Al poco ella se puso seria y dijo:

–Tómame.

El la llevó a la cama y oí el grito de dolor que lanzó mi mujer, cuando el himen desgarrado dejó paso libre al miembro de su vencedor.

Ya no me hacían el menor caso. Yo sollozaba, gozando de mi dolor a pesar de todo; sin poder aguantarme, saqué rápidamente mi miembro y me masturbé en su honor.

Ellos fornicaron una decena de veces. Luego mi mujer, como si se diera cuenta de mi presencia, me dijo:

–Ven a ver, mi querido marido, el buen trabajo que ha hecho Próspero.


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Me acerqué a la cama, el miembro al aire, y viendo que mi verga era más grande que la de Próspero, le despreció. Me másturbó diciendo:

–Próspero, su verga no vale nada, pues la de mi marido, que es un idiota, es más grande que la suya. Usted me ha engañado. Mi marido me vengará. André –ese era yo– azota a este hombre hasta que sangre.

Me arrojé sobre él y, empuñando un látigo para perros que estaba encima de la mesita de noche, le fustigué con toda la fuerza que me daban mis celos. Le azoté mucho rato. Yo era el más fuerte y al final mi mujer tuvo piedad de él. Le hizo vestirse y le despachó con un adiós definitivo.

Cuando se hubo marchado, creí que se habían acabado mis desgracias. ¡Ay! me dijo:

–André, déme su verga.

Me másturbó, pero no permitió que la tocara. Enseguida, llamó a su perro, un bello danés, que másturbó un instante. Cuando su miembro puntiagudo estuvo erecto, hizo montar al perro encima suyo, ordenándome que ayudara a la bestia cuya lengua colgaba y que jadeaba de voluptuosidad. Sufría tanto que me desmayé al eyacular. Cuando volví en mí, Florence me llamaba a gritos. El pene del perro, una vez dentro, ya no quería salir. Los dos, mi mujer y el animal, hacía media hora que se forzaban infructuosamente, sin conseguir desengancharse. Una nudosidad retenía el miembro de! danés dentro de la estrecha vagina de mi mujer. Utilicé agua fría y rápidamente les devolví la libertad. Desde ese día mi mujer perdió las ganas de hacer el amor con perros. Para recompensar mis servicios, me másturbó y luego me envió a acostar a mi habitación.


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El día siguiente por la noche, supliqué a mi mujer que me dejara cumplir mis deberes de esposo.

–Te adoro –le decía– nadie te ama como yo, soy tu esclavo. Haz lo que quieras de mí.

Estaba desnuda y deliciosa. Sus cabellos estaban extendidos sobre la cama, las fresas de sus senos me atraían y yo lloraba. Me sacó el miembro y lentamente, a pequeñas sacudidas, me masturbó. Luego llamó, y una doncella que había contratado en Niza acudió en camisón, pues ya se había acostado. Mi mujer me hizo sentar otra vez en el sillón, y asistí a los retozos de dos tríbadas que gozaron enfebrecidamente, resoplando, babeando. Se lamieron como gatitas, se masturbaron la una con el muslo de la otra, y yo veía el culo de la joven Ninette, grande y firme, alzarse encima de mi mujer cuyos ojos nadaban en voluptuosidad.

Quise acercarme a ellas, pero Florence y Ninette se burlaron de mí y me masturbaron, luego se hundieron de nuevo en sus voluptuosidades contra natura.

El día siguiente, mi mujer no llamó a Ninette, pero un oficial de cazadores alpinos vino a hacerme sufrir. Su miembro era enorme y negruzco. Era grosero, me insultaba y me golpeaba.

Cuando hubo fornicado con mi mujer, me ordenó acercarme a la cama y, cogiendo la correa del perro, me cruzó el rostro. ¡Ay! una risotada de mi mujer me volvió a producir esa áspera voluptuosidad que ya había experimentado en otras ocasiones.

Me dejé desnudar por el cruel soldado que tenía necesidad de azotar a alguien para excitarse.


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Cuando quedé desnudo, el alpino me insultó, me llamó: cornudo, cabrón, animal con cuernos y, alzando la correa, la abatió sobre mi trasero; los primeros golpes fueron crueles. Pero vi que mi mujer gozaba con mi sufrimiento, su placer se transmitió a mi persona. Yo mismo gozaba sufriendo.

Cada golpe caía sobre las nalgas como una voluptuosidad algo violenta. El primer escozor quedaba convertido inmediatamente en caricia exquisita y mi miembro se endurecía. Al poco rato los golpes me habían arrancado la piel, y la sangre que brotaba de mis nalgas me enardecía de una manera extraña. Aumentó mucho mis goces.

El dedo de mi mujer se agitaba en el musgo que adornaba su bonito coño. Con la otra mano, masturbaba a mi verdugo. Inesperadamente, los golpes se hicieron más rápidos y sentí que el momento de mi espasmo se aproximaba. Mi cerebro se entusiasmó; los mártires con que se honra la iglesia deben tener momentos como éste.

Me levanté, ensangrentado y con el miembro erecto, y me abalancé sobre mi mujer.

Ni ella ni su amante pudieron impedírmelo. Caí en los brazos de mi esposa y sólo tocar con mi miembro los pelos adorados de su coño, descargué lanzando horribles alaridos.

Pero inmediatamente el alpino me arrancó de mi puesto; mi mujer, encarnada por la rabia, dijo que era preciso castigarme.

Tomó unos alfileres y me los hundió en la carne, uno a uno, con voluptuosidad. Yo lanzaba unos gritos de dolor terribles. Cualquiera hubiera tenido piedad de mí. Pero mi indigna mujer se acostó en la roja cama y, con las piernas abiertas, estiró a su amante por su enorme verga de asno, luego, separando los pelos y los labios del coño, se hundió el miembro hasta los testículos, mientras que su amante le mordía los senos y yo rodaba por el suelo como un loco, clavándome aún más esas dolorosas agujas.


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Me desperté en brazos de la bella Ninette, que, inclinada sobre mí, me arrancaba los alfileres. Oí como mi mujer, en la habitación de al lado, gritaba y blasfemaba mientras gozaba en brazos del oficial. El dolor que me producían las agujas que me arrancaba Ninette y el que me causaban los goces de mi mujer me produjeron una erección atroz. Ninette, ya lo he dicho, estaba inclinada sobre mí, la agarré por la barba del coño y noté que la grieta estaba húmeda debajo de mi dedo.

Pero por desgracia la puerta se abrió en este momento y entró un horrible botcha, es decir, un peón de albañil piamontés.

Era el amante de Ninette, y se enfureció. Levantó las faldas a su querida y empezó a pegarle delante de mí. Luego desabrochó su cinturón de cuero y la azotó con él. Ella gritaba.

–No he hecho el amor con mi señor.

–Por eso –dijo el albañil, que la agarraba por los pelos del culo.

Ninette se defendía en vano. Su macizo culo moreno se estremecía bajo los golpes de la correa que silbaba y cortaba el aire como una serpiente que se abalanza sobre una presa. Al poco rato tuvo el trasero al rojo. Esos castigos debían gustarle, pues se giró y, agarrando a su amante por la bragueta, le bajó los pantalones y sacó una verga y unos testículos que debían pesar al menos tres kilos y medio en total.

El puerco la tenía tan dura como un cerdo. Se acostó sobre Ninette que cruzó sus piernas finas y vigorosas sobre la espalda del obrero. Vi como el enorme miembro entraba en un coño peludo que lo tragó como una pastilla y lo vomitó como un pistón. Tardaron mucho en llegar al espasmo y sus gritos se mezclaban con los de mi mujer.


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Cuando hubieron acabado, el botcha, que era pelirrojo, se levantó y, viendo que me mas-turbaba, me insultó y, volviendo a empuñar la correa, me fustigó por todas partes. La correa me hacía un daño terrible, pues ya estaba muy débil y no tenía suficientes fuerzas para sentir la voluptuosidad. La hebilla me entraba cruelmente en las carnes. Yo gritaba:

–¡Piedad!

Pero en este momento, mi mujer entró con su amante y, como un organillo tocaba un vals bajo nuestras ventanas, las dos parejas descompuestas empezaron a bailar encima de mi cuerpo, aplastándome los testículos, la nariz y haciéndome sangrar por todas partes.

Caí enfermo. Fui vengado pues el botcha cayó de un andamio partiéndose el cráneo y el oficial alpino, habiendo insultado a uno de sus compañeros, fue muerto en duelo por éste.

Una orden de Su Majestad me llamó para el servicio en Extremo Oriente y abandoné a mi mujer que sigue engañándome...

Así fue como Katache terminó su relato. Había inflamado a Mony y a la enfermera polaca, que había entrado hacia el final de la historia y la escuchaba, estremeciéndose de voluptuosidad contenida.

El príncipe y la enfermera se abalanzaron sobre el desgraciado herido, le destaparon y, agarrando las astas de las banderas rusas que habían sido capturadas en la última batalla y yacían desparramadas en el suelo, empezaron a golpear al desgraciado cuyo trasero se estremecía a cada golpe. Deliraba:

–¡Oh! mi querida Florence, ¿es tu mano divina la que me golpea? Me provocas una erección... Cada golpe me hace gozar... No te olvides de masturbarme... ¡Oh! es bueno. Golpeas demasiado fuerte en los hombros... ¡Oh! este golpe me ha hecho sangrar... Mi sangre se derrama para ti... mi esposa... mi tórtola... mi mosquita querida...


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La puta de la enfermera pegaba como nunca se ha pegado. El culo del desgraciado se alzaba, lívido y manchado de sangre pálida en varias zonas. El corazón de Mony se hizo un nudo, reconoció su crueldad, su furor se volvió contra la indigna enfermera. Le levantó las faldas y empezó a golpearla. Ella cayó al suelo, meneando sus ancas de puerca que un lunar hacía destacar aún más.

El golpeó con todas sus fuerzas, dejando brotar la sangre de la carne satinada.

Ella se giró, gritando como una poseída. Entonces el bastón de Mony se abatió sobre el vientre, haciendo un ruido sordo.

Tuvo una idea genial y, cogiendo del suelo el otro bastón, el que había soltado la enfermedad, empezó a tocar el tambor sobre el vientre desnudo de la polaca. Los ras seguían a los fias con rapidez vertiginosa y ni el pequeño Bara, de gloriosa memoria, redobló tan bien el toque de carga en el puente de Arcóle.

Al final, el vientre estalló; Mony seguía golpeando y, fuera de la enfermería, los soldados japoneses se reunían creyendo que tocaban generala. Las cornetas tocaron alerta en todo el campamento. Todos los regimientos estaban formados, y bien les fue, pues los rusos acababan de iniciar la ofensiva y avanzaban hacia el campamento japonés. Sin los redobles del príncipe Mony Vibescu, el campamento japonés habría caído. Esta fue además la victoria decisiva de los nipones. Debida a un rumano sádico.

De improviso, varios enfermeros trayendo heridos entraron en la sala. Vieron al príncipe apaleando el vientre abierto de la polaca Vieron al herido ensangrentado y desnudo sobre la cama.

Se abalanzaron sobre el príncipe, le ataron y se lo llevaron.

Un consejo de guerra le condenó a muerte por flagelación y nada pudo ablandar a los jueces japoneses. Una solicitud de gracia al Mikado no obtuvo ningún éxito.

El príncipe Vibescu tomó valientemente sus disposiciones y se preparó a morir como un verdadero hospodar hereditario de Rumania.


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Capítulo IX  117
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Llegó el día de la ejecución, el príncipe Vibescu se confesó, comulgó, hizo su testamento y escribió a sus padres. Poco después introdujeron a una niñita de doce años en su celda. Se sorprendió, pero viendo que les dejaban solos, empezó a sobarla.

Era encantadora y le contó en rumano que era de Bucarest y había sido capturada por los japoneses en la retaguardia del ejército ruso donde sus padres se dedicaban al comercio.

Le habían preguntado si quería ser desvirgada por un condenado a muerte rumano y ella había aceptado.

Mony le levantó las faldas y le chupó su coño regordete donde aún no había pelo, luego le dio una suave azotaina mientras ella le masturbaba. Luego puso la cabeza de su miembro entre las piernas infantiles de la pequeña rumana, pero no podía entrar. Ella le secundaba con todas sus fuerzas, pegando culadas y ofreciendo al príncipe para que los besara sus pechitos redondos como mandarinas. En un ataque de furor erótico él consiguió que su miembro penetrara por fin en la niñita, destrozando por fin esta virginidad, derramando sangre inocente.

Entonces Mony se levantó y, como no tenía nada que esperar de la justicia humana, estranguló a la niña tras hundirle los ojos, mientras ella lanzaba gritos espantosos. Los soldados japoneses entraron entonces y le hicieron salir. Un heraldo leyó la sentencia en el patio de la prisión, que era una antigua pagoda china de maravillosa arquitectura.


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La sentencia era breve: el condenado debía recibir un vergajazo por parte de cada hombre que componía el ejército japonés acampado en ese lugar. Este ejército constaba de once mil unidades.

Y mientras el heraldo leía, el príncipe rememoró su agitada vida. Las mujeres de Bucarest, el vice-cónsul de Servia, París, el asesinato en el coche-cama, la japonesita de Port-Arthur, todo esto se confundía en su memoria.

Un hecho se precisó. Se acordó del bulevar Malesherbes; Culculine con un vestido primaveral trotaba hacia la Madeleine y él, Mony, le decía:

–Si no hago el amor veinte veces seguidas, que las once mil vírgenes u once mil vergas me castiguen.

No había fornicado veinte veces seguidas, y había llegado el día en que once mil vergas iban a castigarle.

Había llegado hasta aquí en su sueño cuando los soldados le zarandearon y le condujeron ante sus verdugos.

Los once mil japoneses estaban alineados en dos filas, cara a cara. Cada hombre empuñaba una baqueta flexible. Desnudaron a Mony, luego tuvo que andar por ese cruel camino ribeteado de verdugos. Los primeros golpes solamente le hicieron estremecerse. Caían sobre una piel satinada y dejaban marcas rojo obscuro. Soportó estoicamente los mil primeros golpes, luego cayó bañado en sangre, con el miembro erecto.


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Entonces le colocaron encima de una camilla y el lúgubre desfile, marcado por los secos golpes de las baquetas que golpeaban sobre una carne hinchada y sangrante continuó. Al poco rato su miembro ya no pudo retener por más tiempo el chorro espermático y, levantándose varias veces, escupió su líquido blancuzco a la cara de los soldados que pegaron con más fuerza sobre este pingajo humano.

Al diezmilésimo golpe, Mony entregó su alma. El sol estaba radiante. Los trinos de los pájaros manchues hacían más alegre la rozagante mañana. La sentencia se ejecutó y los últimos soldados dieron su baquetazo sobre un pingajo informe, una especie de carne de salchicha donde ya no se distinguía nada, salvo el rostro que había sido cuidadosamente respetado y donde los ojos vidriosos completamente abiertos parecían contemplar la majestad divina en el más allá.

En ese momento un convoy de prisioneros rusos pasó cerca del lugar de la ejecución. Lo hicieron parar para impresionar a los moscovitas.

Pero resonó un grito seguido de otros dos. Tres prisioneros se lanzaron y, como no estaban atados, se precipitaron sobre el cuerpo del torturado que acababa de recibir el undécimo mil vergajazo. Se postraron de rodillas y besaron con devoción, llorando a lágrima viva, la cabeza ensangrentada de Mony.

Los soldados japoneses, estupefactos por un momento, se dieron cuenta inmediatamente de que si uno de los prisioneros era un hombre, un coloso incluso, los otros dos eran unas bellas mujeres disfrazadas de soldado. Eran, en efecto, Cornaboeux, Culculine y Alexine, que habían sido capturados tras el desastre del ejército ruso.


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Las once mil vergas none


Primero los japoneses respetaron su dolor, luego, atraídos por las dos mujeres, empezaron a sobarlas. Dejaron a Cornaboeux arrodillado junto al cadáver de su señor y les quitaron los pantalones a Culculine y a Alexine que se debatieron en vano.

Sus bellos culos blancos y bulliciosos de parisina aparecieron enseguida ante los ojos maravillados de los soldados. Estos empezaron a fustigar suavemente y sin rabia estos encantadores traseros que se meneaban como lunas borrachas y, cuando las bonitas muchachas intentaban levantarse, se vislumbraban debajo los pelos de sus gatos que contemplaban a la tropa con la boca abierta.

Los golpes cortaban el aire y, cayendo de lleno, pero no demasiado fuerte, marcaban por un instante los culos carnosos y firmes de las parisinas, pero inmediatamente se borraban las marcas para volver a aparecer en el lugar donde la verga acababa de golpear de nuevo.

Cuando estuvieron convenientemente excitadas, dos oficiales japoneses las condujeron a una tienda y, en ella, copularon una decena de veces como corresponde a hombres hambrientos por una larga abstinencia.

Estos oficiales japoneses eran caballeros de grandes familias. Habían hecho espionaje en Francia y conocían París. Culculine y Alexine no tuvieron grandes dificultades para hacerles prometer que les entregarían el cuerpo del principe Vibescu, que hicieron pasar por su primo, al tiempo que se presentaban como hermanas.

Entre los prisioneros había un periodista francés, corresponsal de un periódico de provincias. Antes de la guerra, era escultor, y no sin algún mérito, y se llamaba Genmolay. Culculine le buscó para rogarle que esculpiera un monumento digno de la memoria del príncipe Vibescu.


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El látigo era la única pasión de Genmolay. Sólo pidió a Culculine que se dejara azotar. Ella aceptó y se presentó, a la hora indicada, con Alexine y Cornaboeux. Las dos mujeres y los dos hombres se desnudaron. Alexine y Culculine se tendieron en la cama, cabeza abajo y con el culo al aire, y los dos robustos franceses, armados con vergas, empezaron a golpearlas de manera que la mayor parte de los golpes cayera sobre las rayas culeras o sobre los conos que, a causa de la posición, sobresalían admirablemente. Ellos golpeaban, excitándose mutuamente. Las dos mujeres sufrían el martirio, pero la idea de que sus sufrimientos procurarían una sepultura conveniente a Mony las sostuvo hasta el final de esta singular prueba.

Al poco rato Genmolay y Cornaboeux se sentaron y se hicieron chupar sus grandes miembros llenos de sustancia, mientras que con las vergas no paraban de azotar los trémulos traseros de las dos bonitas muchachas.

Al día siguiente, Genmolay puso manos a la obra. Pronto acabó un sorprendente monumento funerario. La estatua ecuestre del príncipe Mony lo coronaba.

En el pedestal, unos bajorrelieves representaban las gestas más sonadas del príncipe. Por un lado se le veía abandonando en globo el Port-Arthur sitiado, y por el otro, estaba representado como protector de las artes, que acababa de estudiar en París.

El viajero que recorre la campiña manchú, entre Mukden y Dalny, ve súbitamente, no lejos de un campo de batalla sembrado aún de osamentas, una monumental tumba de mármol blanco. Los chinos que trabajan por sus alrededores la respetan y la madre manchú, respondiendo a las preguntas de su hijo, le dijo:

–Es un caballero gigante que protegió a Manchuria contra los diablos occidentales y contra los del Oriente.

Pero, generalmente, el viajero se dirige más fácilmente al guardagujas del transmanchuriano. Este guardia es un japonés de ojos oblicuos, vestido como un empleado de Correos. El responde modestamente:

–Es un tambor-mayor nipón que decidió la victoria de Mukden.

Pero si, interesado por informarse exactamente, el viajero se acerca a la estatua, permanece pensativo largo rato tras haber leído estos versos grabados sobre el pedestal:

Aquí yace el príncipe Vibescu De las once mil vergas único amante Desvirgar once mil vírgenes Es preferible, ¡oh caminante!


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