Libertad de imprenta (DCB)

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Nota: En esta transcripción se ha mantenido la ortografía original.


LIBERTAD DE IMPRENTA.


Según el reglamento aprobado y publicado por el Congreso nacional, santa y buena. De ésta (dice el lexicógrafo) no hablamos en este diccionario, como ni de nada que en cien leguas toque al Congreso.» -(¡Quemadas sean tus palabras, candongo!) -«Libertad, pues, de imprenta (añade) en el sentido que la toman los filósofos, es la facultad de criticar y censurar seria o burlescamente los ritos, prácticas, creencias, establecimientos y ministros de la religión, y la conducta de los reyes y de sus ministros que ya no existen.»

Triste y limitada idea tiene el diccionarista de la libertad de la imprenta (aunque sea en el sentido que la toman los filósofos), si imagina que no es mas de esa facultad, y muy siniestra, si cree que esta libertad es una licencia. En el medio está la virtud.

De cuantas disputas académicas han puesto á ruda prueba los pulmones y las prensas, ninguna ha sido entre nosotros mas batallona que la de la libertad de la imprenta. Increíble parecerá, visto á la luz de la razón serena, que en un pueblo culto donde se combate por la libertad, se haya puesto en problema si la de la imprenta puede ponerse en el artículo de los cosas lícitas. Si allá en el Mogol, nos dijesen las gacetas que había dos partidos que se batallaban tenazmente sobre si á los Tártaros se les había de conceder o no libertad de lengua, o bien la facultad de hablar; y añadiesen que, por superior decreto, ya varias veces, y aun aun estaban una nonada de quedar impedidos del uso de la lengua, ¿como los pondríamos de bárbaros y estólidos? Pues no andamos nosotros mucho mas avisados en poner en cuestión la libertad de la imprenta. Esto en otros términos es disputarnos el don de la palabra, es casi negarnos el uso de la razón, desaprovechando los dones y potencias de que el Criador nos ha dotado.

Esta disputa, pues, tan ruidosa es una pura logomaquia en que a mi ver se confunde el hecho con el derecho. El punto no está en si tenemos o no el de expresar con tipos nuestros pensamientos, que es lo que suena la cuestión por no estar bien establecida, sino en usarlo dentro de aquellos límites.

Quos ultra eltraque nequit consistere rectum.


No es decible cuanto influyen las palabras sobre la realidad de las cosas. Si la discusión de la que se llama libertad DE LA IMPRENTA se hubiera anunciado sencillamente con el título. Del USO DE LA IMPRENTA, ¡que de tiempo, papel y palabras nos ahorraríamos!

¿Que es, bien considerada, esa quisicosa que tanto ruido mete? La libertad de la imprenta ¿es mas que la facultad de decir por impreso lo que las leyes nos permiten decir por escrito o de palabra? Este es un derecho imprescriptible: así como a cualquier ciudadano le está concedido el uso de la palabra, debe estarle igualmente el uso de la imprenta, para que todos contribuyan á la pública ilustración y urbano pasatiempo, ya sembrando verdades, ya extirpando errores, celebrando virtudes, y vituperando vicios. Por fortuna la España no es teatro de solos vicios y errores; las virtudes triunfan, y las verdades que se saben, o que hay que aprender, son mas sin comparación que los errores que olvidar: de consiguiente la libertad de la imprenta presta más a la didáctica y honesta delectación, que á la corrección y censura. Pero hay personas de tan mala guisa, que no aciertan a tomar la rosa sino por donde espina, dándola a oler por el rabo.

A este tenor cierta gente de caperuza, y el diccionarista entre ellos calado de gorra, toman la libertad de la imprenta por el lado que mas los punza, y por donde olfatean que puede oler a chamusquina. ¡La censura, la censura! esta es la espina que tienen clavada en su corazón.

Picado así nuestro autor, pondera con retórico artificio la que los filósofos siente que creen lícita censura de los abusos en creencias, prácticas, establecimientos piadosos, etc. etc.: con lo cual me empeña en una cuestión en que no entro con mucho gusto; pero yo soy hombre que ni las busco ni las excuso. Dejando, pues, aparte por ahora todas esas cosas de Dios que tocan al negocio del alma, vamos al alma del negocio que son sus ministro.

En la expresión irónica de que la libertad de la imprenta es la facultad de censurarlos en burlas o en veras, parece que el pío vocabulista significa cierta reprobación de toda censura contra los siervos del Señor. Acaso ¿imagina que el hábito clerical los pone a cubierto de la pública censura? Pues engañase en cuanto hombre: porque mientras ellos lo sean, mas: ínterin los eclesiásticos tengan carácter y pretensiones de ciudadanos; habrán de sufrir mal de su grado la censura, como cualquiera hijo de vecino. Esta es carga concejil que nos alcanza a todos, porque todos pecamos: así pues, en cuanto los clérigos no sean impecables, querersenos dar por incensurables, no lo tengo por el mas discreto empeño. En otros términos: mientras pequen, serán medidos con la misma vara que se nos varea a nosotros los pecadores. Si quieren ser intachables, háganse santos; y si quieren parecer santos, séanlo.

Pues si del derecho de censura en orden a los ministros de la religóon (que tanto la necesitan), pasamos al hecho y derecho de la de corruptelas en las cosas sagradas, ¿quien me negará que entre nosotros las hay que claman por la mas pronta reforma? Y habiéndolas, ¿por que no se ha de levantar contra ellas la vara censoria? Fuera prestigios: donde quiera que hay abusos, hay lugar á la censura: quien se escandalice de esta sentencia está mas animado de un celo farisaíco que del amor sincero de Dios y del próximo. Los abusos en este punto pueden y deben sindicarse tanto mas cuanto que son mas transcendentales que otros ningunos: corruptio optími pessima. Que la crítica sea en tono grave o festivo, no importa mucho: fiscalícense en el seguro de que á la religión no se la toca en nada. La religión no son los errores, las prácticas absurdas, ni los bárbaros y atroces establecimientos que se la han allegado: cuando todo esto se censura, la religión queda intacta, por mas acre que sea la censura. Al oro con liga se le aplica el agua-fuerte: la liga se deshace, y el oro queda siempre puro e intacto.

Pero admírese la religiosidad española. A pesar de que nuestros escritores están bien persuadidos del derecho que les asiste en esta parte, se han abstenido cuidadosa y discretamente de ejercerlo. ¿Donde están, pues, esos escritos de filósofos abusivos de la libertad en cosas de religión? En Dios y en mi ánima yo uno solo puedo jurar que he leído el Diccionario razonado manual a cuyo autor no tengo que acusarme del juicio temerario de tenerle por filósofo. Téngole empero por uno de los escritores mas perjudiciales, porque, a pretexto de manifestar errores de filósofos, estampa y propala las especies mas absurdas y perniciosas, sin ponerlas el suficiente antídoto o contraveneno dejando a los lectores en tal confusión que no es fácil atinar si la mente del autor ha sido antes predicar virtudes y verdades, que dogmatizar errores y vicios. Sobre todo no siempre aparece airosa en su palma la causa de nuestra santa insurrección.

Este modo indirecto de enseñar desenseñando (que llamaba el maestro Ximenes-Paton ), tanto como nocivo es antiguo en España: en los púlpitos se ha abusado de el con el notable daño de las almas. El conocimiento de las flaquezas humanas adquirido en el confesionario, y la ignorancia ú olvido reprensible de lo que es decoro, ha puesto a algunos oradores evangélicos en el disparador de ofender mas de una vez a la decencia y buenas costumbres, enseñando el arte de pecar en son de predicación. Igual cargo puede hacerse a los escritores de mística. Entre las cosas incitativas y picantes, v. gr. que yo he tropezado con el discurso de mis lecturas sagradas y profanas, apenas me acuerdo de cosa mas torpe que un capítulo del Padre Calatayud sobre los varios modos de pecar contra.... aquel mandamiento en que todos pecamos, porque el que no cae resbala.

Un celo entusiástico ha extraviado tan lastimosamente a nuestros moralistas, que no parece sino que se echaban a peregrinar por el mundo para averiguar que nuevos vicios o errores nacían, y dárnoslos luego a conocer en el púlpito: llegando la indiscreción al extremo risible de que la primera vez que se predicaba contra ellos, solían ser tan desconocidos en España, que ni aun nombre tenia la lengua castellana para significarlos, ni se habían oído siquiera los de sus autores. La primera vez que se oyó decir Rousseau. quizá seria en boca de un predicador. Voltaire comenzó a ser en los templos el espantajo de las almas timoratas, antes acaso de saberse que especie de avejaruco fuese. ¿Que quiere decir en castellano espíritu-fuerte? Aún en el día, me atrevo a asegurar que para la mayor parte de mis lectores no significa mas que aguardiente refinado.

Por el mismo tenor que en España se nos han introducido las malas ó disonantes opiniones y usanzas de otros reinos contrapredicándolas, se predica en las aldeas contra las que solo y aun apenas son conocidas en las ciudades. ¡Esos libertinos, esos filósofos, esos descomulgados libros! suelen declamar nuestros cuaresmeros vespertinos en aldeorrios donde, sino es el fiel de fechos, todos los vecinos ponen la señal de la por no saber firmar; y donde no hay mas libros que el breviario del cura, el catecismo, algún Belarmino, u el David perseguido y alivio de lastimados. ¡Esas pelonas, esas pelonas! donde toda es gente de pelo en trenza, sitio es alguna monja dispersa, el cura, el predicador, y el motilón que le lleva el cristo. ¡Esas modas, esas malditas modas!.... y suele estar predicando el fraile en un desierto, en un lugar donde se viste hoy como se vestía en tiempo de Maricastaña, o (lo que es peor) en algún villorio, donde las hidalgas están aguardando para hacerse sus galas, a que el P. predique las modas de este año.

Este mismo estilo contraproducentes, digámoslo así, es el que usa en sus prédicas contra la razón el anónimo autor del Diccionario razonado; a quien, aunque no sé quien es, ni me corre prisa el saberlo, desde luego lo crismo por autor coronado; cuando menos apostaría a que, si no es de misa, es algo aficionado a tocar la campanilla.

(¿ALTO! -Aquí justamente llegaba la impresión de esta mi crítica burlesca del Diccionario, cuando me le han presentado reimpreso en 8.º, insinuándome que es hijo de la iglesia, engendrado a escote; cuyo padrazgo se le achaca principalmente al procesado autor del Apéndice a la gaceta de Cádiz. -Valga por lo que valga, doy de paso esta noticia chismógrafo-bibliográfica; y continuo, Dios mediante.)

Habiendo hablado del venerable brazo eclesiático con aquella antelación que entre nosotros ya es un adagio («la iglesia por delante»), no quisiera alzar mano de este artículo, sin decir dos palabras del brazo seglar. La libertad de la imprenta en orden a este, dice nuestro presunto autor que según los filósofos es la facultad de censurar seria o burlescamente la conducta de los reyes, y (aquí duerme el gato) la de los ministros que ya no existen. -Con buena paz sea dicho del vocabulero, la libertad de imprenta hasta ahora, ó no ha sido filosófica, o ha sido todo lo contrario; pues contra quien se han escrito censuras, no solamente serio-jocosas, sino acres y acérrimas, no es contra los ministros difuntos, sino contra los que viven y beben: vivo está sino el de la Cuerra, y vivo creo que está el Robespierre, que no me dejarán mentir. Estoy tan lejos de aprobar la forma y manera como están escritas ciertas y ciertas censuras antiministriles, como, de creer que el diccionarista seudo-racional (si es el apendicero) no merecía días ha estar escribiendo en la mar: o, si me es permitido hablar sin tropos ni figuras remando en galeras. Pero estamos en unos tiempos en que no se da a todos lo que merecen. -¡Oh tempora!