Los nueve libros de la Historia: Libro VII

De Wikisource, la biblioteca libre.




[editar] Libro VII. Polimnia.

I. Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra los atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes, acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras, caballos, provisiones y barcas de transporte. En la prevención de estos preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra había de ser contra los griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos, los egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra los persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a entrambas naciones.

II. Estando ya Darío para partir a las expediciones de Egipto y Atenas, originóse entre sus hijos una gran contienda sobre quién había de ser nombrado sucesor o príncipe jurado del Imperio, fundándose en una ley de los persas que ordena que antes de salir el rey a campaña nombre al príncipe que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de subir al trono tres hijos en la hija de Gobrias, su primera esposa, y después de coronado tuvo cuatro más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El mayor de los tres primeros era Artobazanes, y el mayor de los cuatro últimos era Jerjes: no siendo hijos de la misma madre, tenían los dos pretensiones a la corona. Fundaba las suyas Artobazanes en el derecho de primogenitura recibido entre todas las naciones, que daba el imperio al que primero había nacido: Jerjes, por su parte, alegaba ser hijo de Atosa y nieto de Ciro, que habla sido el autor de la libertad e imperio de los persas.

III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por aquel tiempo Demarato, hijo de Ariston, quien depuesto del trono de Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse con Jerjes, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya éste soberano y teniendo el mando sobre los persas, mientras que al nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular; que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valióse Jerjes de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío de la justicia de lo que decía, declaróle por sucesor al imperio; bien es verdad, en mí concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera recaído la corona en las sienes de Jerjes, siendo Atosa la que todo lo podía en el estado.

IV. Nombrado ya Jerjes sucesor del imperio persiano, sólo pensaba Darío en la guerra; pero quiso la fortuna que un año después de la sublevación del Egipto, haciendo sus preparativos, le cogiese la muerte, habiendo reinado 36 años, sin que tuviese la satisfacción de vengarse ni de los egipcios rebeldes, ni de los atenienses enemigos.

V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerjes, quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía con él entre todos los persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del mismo Jerjes por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos términos: —«Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente venganza a los atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros dominios.» Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa era una bellísima región, poblada de todo género de árboles frutales, sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro conquistador ni dueño que el rey.

VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de nuevas empresas, ya por la ambición que tenía de llegar a ser virrey de la Grecia. Y en efecto, con el tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerjes a entrar en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes que sirvieron mucha para aquella resolución del persa. Uno de ellos fue el que algunos embajadores de Tesalia, venidos de parte de los Alévadas, convidaban al rey a que viniera contra la Grecia, ofreciéndose de su parte a ayudarle y servirle con todo celo y prontitud, lo que podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los Pisistrátidas venidos a Susa no sólo confirmaban con mucho empeño las razones de los Alévadas, sino que aún añadían algo más de suyo, por tener consigo al célebre ateniense Onomácrito, que era adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa habían ellos hecho las paces. Había sido antes Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, a causa de que Laso Hermionense le había sorprendido en el acto de ingerir entre los oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que se presentaba a la vista del monarca, delante de quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba varios oráculos, y si en alguno veía algo que pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba éste en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, diciendo ser preciso que el Helesponto llevase un puente hecho por un varón persa, y de un modo semejante iba declarando la expedición.

VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisístrato aconsejando, se ganaban al monarca. Persuadido ya Jerjes a la guerra contra Grecia, al segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio por virrey a Aquemenes, hijo de aquél y hermano suyo; y éste es aquel Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún tiempo después por Inario, hijo de Psamético, natural de la Libia.

VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando Jerjes estaba ya para mover el ejército contra Atenas, juntó una asamblea extraordinaria de los grandes de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de hablar él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya todos ellos, díjoles así Jerjes: —«Magnates de la Persia, no penséis que intente ahora introducir nuevos usos entre vosotros; sigo únicamente los ya introducidos; pues según oigo a los avanzados en edad, jamás, desde que el imperio de los medos vino a nuestras manos, habiendo Ciro despojado de él a Astiages, hemos tenido hasta aquí un día de sosiego. No parece sino que Dios así lo ordena echando la bendición a las empresas a que nos aplicamos con empeño y desvelo. No juzgo del caso referiros ahora ni las hazañas de Ciro, ni las de Cambises, ni las que hizo mi propio padre Darío, ni el fruto de ellas en las naciones que conquistaron. De mí puedo decir que, desde que subí al trono, todo mi desvelo ha sido no quedarme atrás a los que en él me precedieran con tanto honor del imperio; antes bien, adquirir a los persas un poder nada inferior al que ellos te alcanzaron. Y fijando la atención en lo presente, hallo que por una parte hemos añadido lustre a la corona conquistando una provincia ni menor ni inferior a las demás, sino mucho más fértil y rica, y por otra hemos vengado las injurias con una entera satisfacción de la majestad violada. En atención, pues, a esto, he tenido a bien convocaros para daros parte de mis designios actuales. Mi ánimo es, después de construir un puente sobre el Helesponto, conducir mis ejércitos por la Europa contra la Grecia, resuelto a vengar en los atenienses las injurias que tienen hechas a los persas y a nuestro padre. Testigos de vista sois vosotros, cómo Darío iba en derechura al frente de sus tropas contra esos hombres insolentes, si bien tuvo el dolor de morir antes de poder vengarse de sus agravios. Mas yo no dejaré las armas de la mano, si primero no veo tomada y entregada al fuego la ciudad de Atenas, que tuvo la osadía de anticipar sus hostilidades, las más inicuas, contra mi padre y contra mí. Bien sabéis que ellos, conducidos antes por Aristágoras el Milesio, aquel esclavo nuestro, llegaron hasta Sardes y pegaron fuego a los bosques sagrados y a los templos; y nadie ignora cómo nos recibieron al desembarcar en sus costas, cuando Datis y Artafernes iban al frente del ejército. Este es el motivo que me precisa a ir contra ellos con mis tropas: y además de esto, cuando me detengo en pensarlo, hallo sumas ventajas en su conquista, tales en realidad que si logramos sujetarles a ellos y a sus vecinos que habitan el país de Pélope el frigio, no serán ya otros los confines del imperio persiano que los que dividen en la región del aire el firmamento del suelo. Desde aquel punto no verá el mismo sol otro imperio confinante con el nuestro, porque yo al frente de mis persas, y en compañía vuestra, corriendo vencedor por toda la Europa, de todos los estados de ella haré uno sólo, y este mío; pues a lo que tengo entendido, una ves rotas y allanadas las provincias que llevo dichas, no queda ya estado, ni ciudad, ni gente alguna capaz de venir a las manos en campo abierto con nuestras tropas. Así lograremos, en fin, poner bajo nuestro dominio, tanto a los que nos tienen ofendidos, como a los que ningún agravio nos han ocasionado. Yo me prometo de vosotros que en la ejecución de estos mis designios haréis que me dé por bien servido, y que en el tiempo que aplazaré para la concurrencia y reseña del ejército, os esmerareis todos en la puntualidad cumpliendo con vuestro deber. Lo que añado es, que honraré con dones y premios, los más preciosos y honoríficos del estado, al que se presente de vosotros con la gente mejor ordenada y apercibida. Esto es lo que tengo resuelto que se haga; mas para que nadie diga que me gobierno por mis dictámenes particulares, os doy licencia de deliberar sobre la empresa, diciendo su parecer cualquiera de vosotros que quisiere decirlo.» Con esto dio fin a su discurso.

IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra: —«Señor, dice, vos sois el mejor persa, no digo de cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos habrá jamás en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese vuestro discurso en que campean por una parte la elocuencia y la verdad, y por otra triunfan el honor y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos con indiferencia que esos jonios europeos, gente vil y baja, se burlen de nosotros. Insufrible cosa fuera en verdad que los que hicimos con las armas vasallos nuestros a los sacas, a los indios, a los etíopes, a los asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no porque nos hubiesen ofendido en cosa alguna, sino por querer nosotros extender el imperio, dejásemos sin venganza a los griegos que han sido los primeros en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué número de tropas pueden juntar? ¿Qué abundancia de dinero recoger? Bien sabemos su modo de combatir; bien sabemos cuán poco ninguno es su valor. Hijos suyos son esos que llevamos vencidos; esos que viven en nuestros dominios; esos, digo, que se llaman jonios, eolios y dorios. Yo mismo hice ya la prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre conduje contra esos hombres un ejército; lo cierto es que internándome hasta la Macedonia y faltándome ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie se me presentó en campo de batalla. Oigo decir de los griegos, que son en la guerra la gente del mundo más falta de consejo, así por la impericia, como por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros, salen a campaña, y para darse la batalla escogen la llanura más hermosa y despejada que pueden encontrar, de donde no salen sin gran pérdida los mismos vencedores, pues de los vencidos no es menester que hable yo palabra, siendo sabido que quedan aniquilados. ¿Cuánto mejor les fuera, hablando todos la misma lengua, componer sus diferencias por medio de heraldos y mensajeros y venir antes a cualquier convención, que no dar la batalla? Y en caso de llegar a declararse la guerra por precisión, les convendría ver por dónde unos y otros estarían más a cubierto de los tiros del enemigo y acometer por aquel lado. Repito que por este pésimo modo de guerrear, no hubo pueblo alguno griego, cuando penetré hasta la Macedonia, que se atreviese a entrar conmigo en batalla. Y contra vos, señor, ¿quién habrá de ellos que armado os salga al encuentro, cuando os vean venir con todas las fuerzas del Asia por tierra y con todas las naves por agua? No, señor; no ha de llegar a tanto, si no me engaño, el atrevimiento de los griegos. Pero demos que me engañe en mi opinión, y que faltos ellos de juicio y llenos de su loca presunción no rehusen la batalla: peleen en mal hora, y aprendan en su ruina que no hay sobre la tierra tropa mejor que la persiana. Menester es hacer prueba de todo, si todo queremos conseguirlo. Las conveniencias no entran por sí mismas en casa de los mortales: premio suelen ser de los que todo lo experimentan.» Calló Mardonio, habiendo adulado y hablado así al paladar de Jerjes.

X. Callaban después los demás persas, sin que nadie osase proferir un sentimiento contrario al parecer propuesto, cuando Artabano, hijo de Histaspes y tío paterno de Jerjes, fiado en este vínculo tan estrecho, habló en los siguientes términos: —«Señor, en una consulta en que no se propongan dictámenes varios y aun entre sí opuestos, no queda al arbitrio medio de elegir el mejor, sino que es preciso seguir el único que se dio; sólo queda lugar a la elección cuando son diversos los pareceres. Sucede en esto lo que en el oro: si una pieza se mira de por sí, no acertamos a decir si es oro puro; pero si la miramos al lado de otra del mismo metal, decidimos luego cuál es el más fino. Bien presente tengo lo que dije a Darío, vuestro padre y hermano mío, que no convenía hacer la guerra a los escitas, hombres que no tienen morada fija ni ciudad edificada. Mi buen hermano, muy confiado en que iba a domar a los escitas nómadas, no siguió mi consejo; y lo que sacó de la jornada fue volver atrás, después de perdida mucha y buena tropa de la que llevaba. Vos, señor, vais a emprender ahora la guerra contra unos hombres que en valor son muy otros que los escitas, y que por mar y por tierra se dice no tener otros que les igualen. Debo deciros, a fuerza de quien soy, lo que puede temerse de su bravura. Decís que, construido un puente sobre el Helesponto, queréis conducir el ejército por la Europa hacia la Grecia; pero reflexionad, señor, que pues los griegos tienen fama de valientes, pudiera suceder fuésemos por ellos derrotados, o bien por mar, o bien por tierra, o bien por entrambas partes. No lo digo de ligero, que bien nos lo da a conocer la experiencia; pues que solos los atenienses derrotaron un ejército tan numeroso como el que, conducido por Datis y Artafernes entró en el Ática. Peligra, pues, que no tengamos éxito ni por tierra ni por mar. Y ¿cuál no sería nuestra fatalidad, señor, si acometiéndonos, con sus galeras y victoriosos en una batalla naval se fuesen al Helesponto y allí nos cortasen el puente? Este peligro, ni yo lo imagino sin razón, ni lo finjo en mi fantasía, sino que este es el caso en que por poco no nos vimos perdidos cuando vuestro padre, hecho un puente sobre el Bósforo tracio y otro sobre el Danubio, pasó el ejército contra los escitas. Entonces fue cuando ellos no perdonaron diligencia alguna, empeñándose con los jonios, a cuya custodia se había confiado el puente del Danubio, para que se nos cortase el paso con deshacerlo. Y en efecto, si Histieo, señor de Mileto, siguiera el parecer de los otros, o no se opusiera a todos con el suyo, allí se acabara el imperio de los persas. Y ¿quién no se horroriza sólo de oírque la salud de toda la monarquía llegó a depender de la voluntad y arbitrio de un hombre sólo? No queráis, pues, ahora, ya que no os fuerza a ello necesidad alguna, poner en consulta si será del caso arriesgarnos a un peligro tan grande como este. Mejor haréis en seguir mi parecer, que es el de despachar ahora, sin tomar ningún acuerdo, este congreso; y después, cuando a vos os pareciere, echando bien, la cuenta a vuestras solas, podéis mandarnos aquello que mejor os cuadre. No hallo cosa más recomendable que una resolución bien deliberada, la cual, aun cuando experimente alguna contrariedad no por eso deja de ser sana y buena igualmente; síguese tan sólo que pudo más la fortuna que la razón. Pero si ayuda la fortuna al que tomó una resolución imprudente, lo que logra éste es dar con un buen hallazgo, sin que deje por ello de ser verdad que fue mala su resolución. ¿No echáis de ver, por otra parte, cómo fulmina Dios contra los brutos descomunales a quienes no deja ensoberbecer, y de los pequeños no pasa cuidado? ¿No echáis de ver tampoco, cómo lanza sus rayos contra las grandes fábricas y elevados árboles? Ello es que suele y se complace Dios en abatir lo encumbrado; y a este modo suele quedar deshecho un grande ejército por otro pequeño, siempre que ofendido Dios y mirándolo da mal ojo, le infunde miedo o truena sobre su cabeza; accidentes todos que vienen a dar con él miserablemente en el suelo. No permite Dios que nadie se encumbre en su competencia: él sólo es grande de suyo; él sólo quiere parecerlo. Vuelvo al punto y repito que una consulta precipitada lleva consigo el desacierto, del cual suelen nacer grandes males, y que al revés un consejo cuerdo y maduro contiene mil provechos, los cuales por más que desde luego no salten a los ojos, los toca después uno con las manos a su tiempo. Este es, señor, en resolución mi consejo. Pero tú, Mardonio mío, buen hijo de Gobrias, créeme y déjate ya de desatinar contra los griegos; que no merecen que los trates con tanto desprecio. Tú con esas calumnias y patrañas incitas al rey a la expedición, y todo tu empeño, a lo que parece, está en que se verifique. Esto no va bien; ningún medio más indigno que el de la calumnia en que dos son los injuriadores y uno el injuriado: injuriador es el que la trama, porque acusa al que no está presente; injuriador asimismo el que te da crédito antes de tenerla bien averiguada. El acusado en ausencia, ese es el injuriado, así por el que le delata reo, como por el que le cree convicto sobre la fe del enemigo. ¿Para qué más razones? Hagamos aquí una propuesta, si tan indispensable sé nos pinta la guerra contra esos hombres. Pidamos al rey que se quiera quedar en palacio entre los persas. Escoge tú las tropas persianas que quieras, y con un ejército cuan grande le escojas, haz la expedición que pretendes. Aquí están mis hijos, ofrece tú los tuyos, y hagamos la siguiente apuesta: si fuere el que pretendes el éxito de la jornada, convengo en que mates a mis hijos y a mí después de ellos; pero si fuere el que yo pronostico, oblígate tú a que los tuyos pasen por lo mismo, y con ellos tú también si vuelves vivo de la expedición. Si no quisieres aceptar el partido y de todas maneras salieres con tu pretensión de conducir las tropas contra la Grecia, desde ahora para entonces digo que alguno de los que por acá quedaren oirá contar de ti, oh Mardonio, que después de una gran derrota de los persas nacida de tu ambición, has sido arrastrado y comido de los perros y aves de rapiña, o en algún campo de los atenienses, o cuando no, de los lacedemonios, si no es que antes de llegar allá te salga la muerte al camino, para que aprendas por el hecho contra qué hombres aconsejas al rey que haga la guerra.»

XI. Irritado allí Jerjes y lleno de cólera: —«Artabano, le responde, válgate el ser hermano de mi padre; este respeto hará que no lleves tu merecido por ese tu parecer necio e injurioso; si bien desde ahora te hago la gracia ignominiosa de que por cobarde y fementido no me sigas en la jornada que voy a emprender yo contra la Grecia, antes te quedes acá de asiento en compañía de las mujeres, que yo sin la tuya daré fin a la empresa que llevo dicha. Renegara yo de mí mismo y me corriera de ser quien soy, hijo de Darío y descendiente de mis abuelos Histaspes, Arsamenes, Armnes, Telspis y Aquemenes, si no pudiera vengarme a ellos y a mí de los atenienses; y tanto más por ver bien claro que si los dejamos en paz nosotros los persas, no dejarán ellos vivir a los persas en paz, sino que bien pronto nos invadirán nuestros estados, según nos podemos prometer de sus primeros insultos, cuando moviendo sus armas contra el Asia nos incendiaron a Sardes. En suma, ni ellos ni nosotros podemos ya volver atrás del empeño que nos obliga o a la ofensa o a la defensa, hasta que o pase a los griegos nuestro imperio, o caigan bajo nuestro imperio los griegos: el odio mutuo no admito ya conciliación alguna. Pide, pues, nuestra reputación que nosotros, antes ofendidos, no dilatemos la venganza, sino que nos adelantemos a ver cuál es la bravura con que nos amenazan, acometiendo con nuestras tropas a unos hombres a quienes Pélope el frigio, vasallo de nuestros antepasados, de tal manera domó, que hasta hoy día, no sólo los moradores del país, sino aun el país domado, llevan el nombre del domador.» Así habló Jerjes.

XII. Vino después la noche y halló a Jerjes inquieto y desazonado por el parecer de Artabano, y consultando con ella sobre el asunto, absolutamente se persuadía de que en buena política no debía dirigirse contra la Grecia. En este pensamiento y contraria resolución le cogió el sueño, en que, según refieren los persas, tuvo aquella noche la siguiente visión: Parecíale a Jerjes que un varón alto y bien parecido se le acercaba y le decía: —«Conque, persa, ¿nada hay ya de lo concertado? ¿No harás ya la expedición contra la Grecia después de la orden dada a los persas de juntar un ejército? Sábete, pues, que ni obras bien en mudar de parecer, ni yo te lo apruebo. Déjate de eso y no vaciles en seguir rectamente el camino como de día lo habías resuelto.»

XIII. Luego que amaneció otro día, sin hacer caso ninguno de su sueño, llamó a junta a los mismos persas que antes había convocado, y les habló en estos términos: —«Os pido, persas míos, que disimuléis conmigo si tan presto me veis mudar de parecer. Confieso que no he llegado aún a lo sumo de la prudencia, y os hago saber que no me dejan un punto los que me aconsejan lo que ayer propuse. Lo mismo fue oír el parecer de Artabano que sentir en mis venas un ardor juvenil que me hizo prorrumpir en expresiones insolentes, que contra un varón anciano no debía yo proferir. Reconozco ahora mi falta, y en prueba de ello sigo su parecer. Así que estaos quietos, que yo revoco la orden de hacer la guerra a la Grecia.» Los persas, llenos de gozo al oír esto, le hicieron una profunda reverencia.

XIV. Otra vez en la noche próxima aconteció a Jerjes en cama aquel mismo sueño, hablándole en estos términos: —«Vos, hijo de Darío, parece que habéis retirado ya la orden dada para la jornada de los persas, no contando más con mis palabras que si nadie os las hubiera dicho. Pues ahora os aseguro, y de ello no dudéis, que si luego no emprendéis la expedición, os va a suceder en castigo que tan en breve como habéis llegado a ser un grande y poderoso soberano, vendréis a parar en hombre humilde y despreciable.»

XV. Confuso y aturdido Jerjes con la visión, salta el punto de la cama y envía un recado a Artabano llamándole a toda prisa, a quien luego de llegado habló en esta forma: —«Visto has, Artabano, cómo yo, aunque llevado de un ímpetu repentino hubiese correspondido a un buen consejo con un ultraje temerario y necio, no dejé pasar con todo mucho tiempo sin que arrepentido te diera la debida satisfacción, resuelto a seguir tu aviso y parecer. ¿Creerás ahora lo que voy a decirte? Quiero y no puedo darte gusto en ello. ¡Cosa singular! después de mudar de opinión, estando ya resuelto a todo lo contrario, vínome un sueño que de ningún modo aprobaba mi última resolución; y lo peor es que entre iras y amenazas acaba de desaparecer ahora mismo. Atiende a lo que he pensado: si Dios es realmente el que tal sueño envía poniendo todo su gusto y conato en que se haga la jornada contra la Grecia, te acometerá sin falta el mismo sueño ordenándote lo que a mí. Esto lo podremos probar del modo que he discurrido: toma tú todo mi aparato real, vístete de soberano, sube así y siéntate en mi trono, y después vete a dormir en mi lecho.»

XVI. A estas palabras que acababa Jerjes de decir, no se mostraba al principio obediente Artabano, teniéndose por indigno de ocupar el real solio; pero viéndose al fin obligado, hizo lo que se le mandaba, después de haber hablado así: —«El mismo aprecio, señor, se merece para mí el que por sí sabe pensar bien, y el que quiere gobernarse por un buen pensamiento ajeno, cuyas dos prendas de prudencia y docilidad las veo en vuestra persona; pero siento que la cabida y el valimiento de ciertos sujetos depravados os desvíen del acierto. Sucédeos lo que al mar, uno de los elementos más útiles al hombre, al cual suele agitar de modo la furia de los vientos, a lo que dicen, que no le dan lugar a que use de su bondad natural para con todos. Por lo que a mí toca, no tuve tanta pena de ver que me trataseis mal de palabra, como de entender vuestro modo de pensar, pues siendo dos los pareceres propuestos en la junta de los persas, uno que inflamaba la soberbia y violencia del imperio persiano, el otro que la reprimía con decir que era cosa perjudicial acostumbrar el ánimo a la codicia y ambición perpetua de nuevas conquistas, os declarábais a favor de aquel parecer que de los dos era el más expuesto y peligroso, tanto para vos, como para el estado de los persas. Sobre lo que añadís que después de haber mejorado de resolución no queriendo ya enviar las tropas contra la Grecia, os ha venido un sueño de parte de algún dios que no os permite desarmar a los persas enviándoles a sus casas, dadme licencia, hijo mío, para deciros la verdad, que esto de soñar no es cosa del otro mundo. ¿Queréis que yo, que en tantos años os aventajo, os diga en qué consisten esos sueños que van y vienen para la gente dormida? Sabed que las especies de lo que uno piensa entre día esas son las que de noche comúnmente nos van rodando por la cabeza. Y nosotros cabalmente el día antes no hicimos más que hablar y tratar de dicha expedición. Pero si no es ese sueño como digo, sino que anda en él la mano de alguno de los dioses, habéis dado vos en el blanco, y no hay más que decir; del mismo modo se me presentará a mí que a vos con esa su pretensión. Verdad es que no veo por qué deba venir a visitarme si me visto yo vuestro vestido, y no sí me estoy con el mío; que venga si me echo a dormir en vuestra cama, y no si en la mía,una vez que absolutamente quiera hacerme la visita; que al cabo no ha de ser tan lerdo y grosero ese tal, sea quien se fuere el que se os dejó ver entre sueños, que por verme a mí con vuestros paños se engañe y me tome por otro. Pero si de mí no hiciere caso, no se dignará venirme a visitar, ora vista yo vuestras ropas, ora las mías, sino que guardará para vos su visita. Mas bien presto lo sabremos todo; hasta yo mismo llegaré a creer que procede de arriba ese sueño si continuase a mentido sus apariciones. Al cabo estamos, si vos así lo tenéis resuelto y no hay lugar para otra cosa; aquí estoy, señor; voyme luego a dormir en vuestra misma cama; veamos si con esto soñaré a lo regio, que sola esta esperanza pudiera inducirme a daros gusto en ello.»

XVII. Pensando Artabano hacer ver a Jerjes que nada había en aquello de realidad, después de este discurso, hizo lo que se le decía. Vistióse, en efecto, con el aparato de Jerjes, sentóse en el trono real, de allí se fue a la cama, y he aquí que el mismo sueño que había acometido a Jerjes carga sobre Artabano, y plantado allí, le dice: —«¿Conque tú eres el que con capa de tutor detienes a Jerjes para que no mueva las armas contra la Grecia? ¡Infeliz de ti! que ni ahora ni después te alabarás de haber querido estorbar lo que es preciso que se haga. Bien sabe Jerjes lo que le espera si no quisiere obedecer.»

XVIII. Así le pareció a Artabano que te amenazaba el sueño y que en seguida con unos hierros encendidos iba a herirle en los ojos. Da luego un fuerte grito, salta de la cama, y vase corriendo a sentar al lado de Jerjes, le cuenta el sueño que acaba de ver, y añádele después: —«Yo, señor, como hombre experimentado, teniendo bien presente que muchas veces el que menos puede triunfa de un enemigo superior, no era de parecer que os dejaseis llevar del ardor impetuoso de la juventud, sabiendo cuan perniciosos son en un príncipe el espíritu y los pujos de conquistador, acordándome, por una parte, del infeliz éxito de la expedición de Ciro contra los masagetas; y también, por otra la que hizo Cambises contra los etíopes, y habiendo sido yo mismo testigo y compañero de la de Darío contra los escitas. Gobernado por estas máximas, estaba persuadido de que vos en un gobierno Pacífico ibais a ser de todos celebrado por el príncipe más feliz. Pero, viendo ahora que anda en ello la mano de Dios, que quiere hacer algún ejemplar castigo ya decretado contra los griegos, varío yo mismo de opinión y sigo vuestro modo de pensar. Bien haréis, pues, en dar cuenta a los persas de estos avisos que Dios os da, mandándoles que estén a las primeras órdenes tocantes al aparato de la guerra: procurad que nada falte por vuestra parte con el apoyo del cielo.» Pasados estos discursos y atónitos y suspensos los ánimos de entrambos con la visión, apenas amaneció dio Jerjes cuenta de todo a los persas, y Artabano que había sido antes el único que retardaba la empresa, entonces en presencia de todos la apresuraba.

XIX. Empeñado ya Jerjes en aquella jornada, tuvo entre sueños una tercera visión, de la cual informados los magos resolvieron que comprendía aquella a la tierra entera, de suerte que todas las naciones deberían caer bajo el dominio de Jerjes. Era esta la visión: soñábase Jerjes coronado con un tallo de olivo, del cual salían unas ramas que se extendían por toda la tierra, si bien después se le desaparecía la corona que le ceñía la cabeza. Después que los magos y los persas congregados aprobaron la interpretación del sueño, partió cada uno de los gobernadores a su respectiva provincia, donde se esmeró cada cual con todo conato en la ejecución de los preparativos, procurando alcanzar los dones y premios propuestos.

XX. Jerjes por su parte hizo tales levas y reclutas para dicha jornada, que no dejó rincón en todo su continente que no escudriñase; pues por espacio de cuatro años enteros, contando desde la toma del Egipto, se estuvo ocupando en prevenir la armada y todo lo necesario para las tropas. En el discurso del año quinto, emprendió sus marchas llevando un ejército numerosísimo, porque de cuantas armadas se tiene noticia, aquella fue sin comparación la que excedió a todas en número. De suerte que en su cotejo en nada debe tenerse la armada de Darío contra los escitas; en nada aquella de los escitas, cuando persiguiendo a los cimerios y dejándose caer sobre la región de la Media, subyugaron a casi toda el Asia superior dueños de su imperio, cuyas injurias fueron las que después pretendió vengar Darío; en nada la que tanto se celebra de los Atridas contra Ilión; en nada, finalmente, la de los misios y Teucros, anterior a la guerra troyana, quienes después de pasar por el Bósforo a la Europa, conquistados los tracios, todos bajaron victoriosos hasta el seno Jonio, y llevaron las armas hasta el río Peneo, que corre hacia el Mediodía.

XXI. Todas estas expediciones juntas, añadidas aun las que fuera de estas se hicieron en todo el mundo, no son dignas de compararse con aquella sola. Porque ¿qué nación del Asia no llevó Jerjes contra la Grecia? ¿Qué corriente no agotó aquel ejército, si se exceptúan los más famosos ríos? Unas naciones concurrían con sus galeras, otras venían alistadas en la infantería, otras añadían su caballería a los peones, a estas se les ordenaba que para el transporte de los caballos prestasen sus navíos a las que juntamente militaban, a aquellas que aprontasen barcas largas para la construcción de los puentes, a estas otras que dieron víveres y bastimentos para su conducción. Y por cuanto habían padecido los persas años atrás un gran naufragio al ir a doblar el cabo de Atos empezóse además, cosa de tres años antes de la presente expedición, a disponer el paso por dicho monte, practicándose del siguiente modo: tenían sus galeras en Eleunte, ciudad del Quersoneso, y desde allí hacían venir soldados de todas naciones, y les obligaban con el látigo en la mano a que abriesen un canal; los unos sucedían a los otros en los trabajos, y los pueblos vecinos al monte Atos entraban también a la parte de la fatiga. Los jefes de las obras eran dos persas principales, el uno Bubares, hijo de Megabazo, y el otro Artaquees, hijo de Arteo.

XXII. Es el Atos un gran monte y famoso promontorio que se avanza dentro del mar, todo bien poblado y formando una especie de península, cuyo istmo donde termina el monte unido con el continente viene a ser de 12 estadios. Este istmo es una llanura con algunos no muy altos cerros, que se extiende desde el mar de los acantios hasta el mar opuesto de Torona, y allí mismo donde termina el monte Atos se halla Sana, ciudad griega. Las ciudades mas acá de Sana que están situadas en lo interior del Atos, y que los persas pretendían hacer isleñas en vez de ciudades de tierra firme, son Dio, Olofizo, Acrotoon, Tiso, Cleonas, ciudades todas contenidas en el recinto del Atos.

XXIII. El orden y modo de la excavación era en esta forma: repartieron los bárbaros el terreno por naciones, habiéndole medido con un cordel tirado por cerca de la ciudad de Sana. Cuando la fosa abierta era ya profunda, unos en la parte inferior continuaban cavando, otros colocados en escaleras recibían la tierra que se iba sacando, pasándola de mano en mano hasta llegar a los que estaban más arriba de entrambos, quienes la iban derramando y extendiendo. Así que todas las naciones que turnaban con el trabajo, excepto sólo los fenicios, tenían doble fatiga, nacida de que la fosa en sus márgenes se cortaba a nivel; porque siendo igual la medida y anchura de ella en la parte de arriba a la de abajo, les era forzoso que el trabajo se duplicase. Pero los fenicios, así en otras obras, como principalmente en la de este canal, mostraron su ingenio y habilidad; pues habiéndoles cabido en suerte su porción, abrieron el canal en la parte superior, de una anchura dos veces mayor de la que debía tener la excavación; pero al paso que ahondaban en ella, íbanla estrechando, de suerte que al llegar al suelo era su obra igual a la de los otros. Allí cerca había un prado en donde tenían todos su plaza y mercado: les venía también del Asia abundancia de trigo molido.

XXIV. Cuando me paro a pensar en este canal, hallo que Jerjes lo mandó abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo manifestar su poder y dejar de él un monumento; pues pudiendo sus gentes a costa de poco trabajo transportar sus naves por encima del istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de anchura tal que por ella al par navegaban a remo dos galeras. A estos mismos que tenían a su cuenta el abrir el canal, se les mandó hacer un puente sobre el río Estrimón.

XXV. Al tiempo que se ejecutaban estas obras como mandaba, íbanse aprontando los materiales y cordajes de biblo y de lino blanco para la construcción de los puentes. De ello estaban encargados los fenicios y egipcios, como también de conducir bastimentos y víveres al ejército, para que las tropas y también los bagajes que iban a la Grecia no pereciesen de hambre. Informado, pues, Jerjes de aquellos países, mandó que se llevasen los víveres a los lugares más oportunos, haciendo que de toda el Asia saliesen urcas y naves de carga, cuáles en una, cuáles en otra dirección. Y si bien es verdad que el almacén principal se hacía en la Tracia en la que llaman Leuca Acta (blanca playa), con todo tenían otros orden de conducir los bastimentos a Tirodiza de los Perintios, otros a Dorisco, otros a Eyona sobre el Estrimón, otros a Macedonia.

XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerjes, al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Crítalos, lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a Celenas, de donde brotan las fuentes del río Meandro y de otro río no inferior que lleva el nombre de Catarractas, el cual, nacido en la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza y ciudad se ve colgada en forma de odre, la piel de Marsias, quien, según cuentan los frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después allí su pellejo.

XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio hijo de Atis, de nación lidio, quien dio un convite espléndido a toda la armada del rey y al mismo Jerjes en persona, ofreciéndose a más de esto a darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio, informóse Jerjes de los persas que estaban allí presentes sobre quién era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal promesa. —«Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que sólo a vos cede en bienes y riqueza, ni conocemos otro que lo iguale.»

XXVIII. Admirado de esto último que acababa Jerjes de oír, preguntó él mismo a Pitio cuánto vendría a ser su caudal. —«Señor, le responde Pitio, os hablaré con toda ingenuidad sin ocultaros cosa alguna, y sin excusarme con decir que yo mismo no sé bien lo que tengo sabiéndolo con toda puntualidad. Y lo sé, porque al punto que llegó a mi noticia que os disponíais a bajar hacia las costas del mar de la Grecia, queriendo yo haceros un donativo para los gastos de la guerra, saqué mis cuentas, y hallé que tenía 2.000 talentos en plata, y en oro 4 millones, menos 7.000 de estateres dáricos, cuya suma está toda a vuestra disposición; que para mi subsistencia me sobra con lo que me reditúan mis posesiones y esclavos.»

XXIV. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y complacido Jerjes con aquella respuesta, —«Amigo lidio, le dice, después que partí de la Persia, no he hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que tú a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa bizarría, ofreciéndose a contribuir con sus donativos a los gastos de la guerra. Tú sólo has sido el vasallo generoso que después de ese magnífico obsequio que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con tus copiosos haberes. Ahora, pues, en atención a esos tus beneficios, te hago la gracia de tenerte por amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi erario lo que te falta para los 4 millones cabales de estateres, pues no quiero la mengua de 7.000 estateres en esa suma que por mi parte ha de quedar entera y completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que has allegado, y procura portarte siempre como ahora, que esa tu conducta no te estará sino muy bien, ahora y después.»

XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje. Pasado que hubo por una ciudad de los frigios llamada Anaya, y por cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas, ciudad populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios, corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lidia, llegó a la ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines.

XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército por la Lidia, dio con una encrucijada donde el camino se divide en dos, el uno a mano izquierda lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río Meandro y tocar en la ciudad de Calatebo, donde hay unos hombres que tienen por oficio hacer miel artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando Jerjes este camino, halló un plátano tan lindo, que prendado de su belleza, le regaló un collar de oro, y lo señaló para cuidar de él a uno de los guardias que llamaban los Inmortales; y al día siguiente llegó a la capital de la Lidia.

XXXII. Lo primero que hizo Jerjes llegado a Sardes fue destinar embajadores a la Grecia, encargados de pedir que le reconociesen por soberano con la fórmula de pedirles la tierra y el agua y con la orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores envió Jerjes a todas las ciudades de la Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El motivo que tuvo para enviarles fue la esperanza de que atemorizados aquellos que no se habían antes entregado a Darío cuando les pidió la tierra y el agua, se le entregarían entonces; y para salir de esta duda volvió a repetir las embajadas.

XXXIII. Después de estas previas diligencias, disponíase Jerjes a mover sus tropas hacia Ábidos, mientras que los encargados del puente sobre el Helesponto lo estaban fabricando desde el Asia a la Europa. Corresponde enfrente de Ábidos, en el Quersoneso del Helesponto entre las ciudades de Sesto y Madito, una playa u orilla áspera y quebrada confinante con el mar. Allí fue donde no mucho tiempo después, siendo general de los atenienses Jantipo, hijo de Arisfrón, habiendo hecho prisionero al persa Artaictes, gobernador de Sesto, le hizo empalar vivo, así por varios delitos, como porque llevando algunas mujeres al templo de Protesilao, que está en Eleunte, profanaba con ellas aquel santuario.

XXXIV. Empezando, pues, desde Ábidos los ingenieros encargados del puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte aseguraban los fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Ábidos a la ribera contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas deshizo el puente.

XXIXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos para que marcasen al Helesponto. Lo cierto es que ordenó que al tiempo de azotarle le cargasen de baldones y oprobios bárbaros e impíos, diciéndole: —«Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado.» Tal castigo mandó ejecutar contra el mar; mas lo peor fue que hizo cortar las cabezas a los oficiales encargados del puente sobre el Helesponto.

XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos ingenieros a quienes se había confiado la negra honra de construir el puente: otros arquitectos fueron señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban ordenando sus penteconteros y también sus galeras vecinas entre sí, haciendo de ellas dos líneas: la que estaba del lado del Ponto Euxino se componía de 360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de 314; aquella las tenía puestas de travesía, ésta las tenía según la corriente, para que las cuerdas que las ataban se apretasen con la agitación y fluctuación. Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras de un tamaño mayor, las unas del lado del Ponto Euxino para resistir a los vientos que soplaran de la parte interior del mismo, las otras del lado de Poniente y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto. Dejaron entre los penteconteros y galeras paso abierto en tres lugares para que por él pudiera navegar el que quisiera con barcas pequeñas hacia el Ponto, y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con unos cabrestantes desde la orilla iban tirando los cables que unían las naves, pero no como antes, cada especie de maromas por sí y por lados diferentes, sino que a cada línea de las naves aplicaban dos cuerdas de lino adobado y cuatro de biblo. Lo recio de ellas venía en todas a ser lo mismo a la vista, si bien por buena razón debían de ser más robustas las de lino, de las cuales pesaba cada codo un talento. Una vez cerrado el paso con las naves unidas, aserrando unos grandes tablones, hechos a la medida de la anchura del puente, íbanlos ajustando sobre las maromas tendidas y apretadas encima de las barcas: ordenados así los tablones, trabáronlos otra vez por encima, y hecho esto, los cubrieron de fagina y encima acarrearon tierra. Tiraron después un parapeto por uno y otro lado del puente, para que no se espantaran las acémilas y caballos viendo el mar debajo.

XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra de los puentes, y de llegar al rey el aviso de que estaban hechas todas las obras en el monte Atos, acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y otra extremidad de ella, para que cerrado el paso a la avenida del mar, impidieran que se llenasen las bocas del canal, entonces, al empezar la primavera, bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en donde había invernado, marchando para Ábidos. Al partir la hueste, el sol mismo, dejando en el cielo su asiento, desapareció de la vista de los mortales, sin que se viera nube alguna en la región del aire, por entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió en noche. Jerjes que lo vio y reparó en ello, entró en gran cuidado y suspensión, y preguntó a sus magos qué significaba aquel portento. Respondieron que aquel dios anunciaba a los griegos la desolación de sus ciudades, dando por razón que el sol era el pronosticador de los griegos y la luna la Profetisa de los persas. Alegre sobremanera Jerjes con esta declaración, iba continuando sus marchas.

XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el lidio con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del soberano, no dudó en presentarse a Jerjes y hablarle en esta forma: —«¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a mí de mucha cuenta el obtenerla.» Jerjes, que nada menos pensaba que hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animóse Pitio a decirle: —«Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro; llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os dé una vuelta gloriosa.»

XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerjes con la súplica, y le respondió en estos términos: —«¿Cómo tú, hombre ruin, viendo que yo en persona hago esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis hermanos, a mis familiares y amigos, te has atrevido a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo, debería en ella acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo ignorabas todavía, que es menester mirar cómo se habla, pues en los oídos mismos reside el alma, la cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita. Al mostrarme tú liberal, hablando como debías, no te pudiste alabar de haber sido más bizarro de palabra de lo que tu soberano fue magnífico por obra. Mas ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada, si bien no llevarás todo tu merecido, no dejarás con todo de pagar parte de tu castigo. Agradécelo a los servicios con que de huéspedes nos trataste, que ellos son los que a ti y a cuatro de tus hijos os libran de mis manos: sólo te condeno a perder ese solo por quien muestras tanto cariño y predilección.» Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio, y hallado le partiesen por medio en dos partes, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino público a mano derecha, y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.

XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por allí la armada. Marchaban delante los bagajeros con todas las recuas y bestias de carga; detrás de estos venían sin separación alguna las brigadas de todas las naciones, las que componían más de una mitad del ejército. A cierta distancia, puesto que no podían acercarse al rey dichas brigadas, venían delante del soberano mil soldados de a caballo, la flor de los persas: seguíanles mil alabarderos, gente asimismo la más gallarda del ejército, que llevaban las lanzas con la punta hacia tierra. Luego se veían diez caballos muy ricamente adornados, a los que llaman los sagrados Niseos; y la causa de ser así llamados es porque en la Media hay una llanura conocida por Nisa, de la cual toman el nombre los grandes caballos que en ella se crían. Inmediato a estos diez caballos se dejaba ver el sagrado carro de Júpiter, tirado de ocho blancos caballos, en pos de los cuales venía a pie el cochero con las riendas en la mano, pues ningún hombre mortal puede subir sobre aquel trono sacro. Venía en seguida el mismo Jerjes sentado en su carroza tirada de caballos Niseos, a cuyo lado iba a pié el cochero, el cual era un hijo de Otanes, persa principal, llamado Patirampes.

XLI. De este modo salió Jerjes de Sardes, pero en el camino, cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza o harmamaxa: a sus espaldas venían mil alabarderos, los más valientes y nobles de todos los persas, que traían sus lanzas, según suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería escogida compuesto de mil persas, y detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerjes. Seguíase a este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería persiana; quedaba después un intervalo de dos estadios.

XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río Caico, en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarnes a la ciudad Carina, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la ciudad de Tramitio y por Antandro, ciudad de los pelasgos, y dejando a su mano izquierda al Ida, llegó a la región Ilíada. Lo primero que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje.

XLIII. Habiendo llegado Jerjes a dicho río, movido de curiosidad quiso subir a ver a Pérgamo, la capital de Príamo. Registróla y se informó particularmente de todo, y después mandó sacrificar mil bueyes a Minerva Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de los héroes del lugar. Apoderóse del ejército aquella noche un gran terror. Al hacerse de día emprendió su camino dejando a la izquierda las ciudades de Retio y Dárdano, que está confinante con Ábidos; y a la derecha la de Gergitas, colonia de los Teucros.

XLIV. Estando ya Jerjes en Ábidos, quiso ver reunido a todo su ejército. Habían levantado los abidenos encima de un cerro, conforme a la orden que les había dado, un trono primorosamente hecho de mármol blanco, allí cerca de la ciudad. Sentado en él Jerjes, estaba contemplando todo su ejército de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este espectáculo despertó en él la curiosidad de ver un remedo de una batalla naval, y se hizo allí una naumaquia en que vencieron los fenicios de Sidon. Quedó el rey tan complacido por el simulacro del combate como por la vista de la armada.

XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerjes todo el Helesponto cubierto de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las campiñas de los abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran llanto.

XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno, el mismo que antes con un parecer franco e ingenuo había desaconsejado al rey la expedición contra la Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba Jerjes, —«Señor, le dijo, ¿qué novedad es esta? ¿cuánto va de lo que hacéis ahora a lo que poco antes hacíais? ¡Poco ha feliz en vuestra opinión, al presente lloráis!— No lo admires, replicóle Jerjes, pues al contemplar mi armada me ha sobrecogido un afecto de compasión, doliéndome de lo breve que es la vida de los mortales, y pensando que de tanta muchedumbre de gente ni uno sólo quedará al cabo de cien años.» A lo cual respondió Artabano: —«Aun no es ello lo peor y lo más digno de compasión en la vida humana; pues, siendo tan breve como es, nadie hubo hasta ahora tan afortunado, ni de los que ahí veis, ni de otros hombres algunos, que no haya deseado, no digo una sino muchas veces, la muerte antes que la vida; que las calamidades que a esta asaltan y las enfermedades que la perturban, por más breve que ella sea, nos la hacen parecer sobrado duradera; en tanto grado, señor, que la muerte misma llega a desearse como un puerto y refugio en que se dé fin a vida tan miserable y trabajosa. No sé si diga que por la aversión que Dios nos tiene nos da una píldora venenosa dorada con esa dulzura que nos pone en las cosas del mundo.»

XLVII. A todo esto replicóle Jerjes: —«Lo mejor será, Artabano, que pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es, si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, te afirmarías aun en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente. —Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento hasta aquí tan lleno de miedo, que me hallo fuera de mí mismo, no sólo por mil motivos que callo, sino principalmente porque veo que dos cosas de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra.»

XLVIII. «¡Hombre singular! interrumpióle Jerjes, ¿qué significas con esa salida? ¿No me dirías qué cosas son esas dos que tan contrarias me son? Dime: ¿acaso el ejército por corto te parece despreciable, creyendo que el de los griegos ha de ser sin comparación mucho más numeroso? ¿o acaso nuestra armada será inferior a la suya? ¿o en una y otra nos han de dar ellos ventaja? Si nuestras fuerzas que ahí ves te parecen escasas para la empresa, voy a dar orden al punto que se levante un ejército mayor.»

XLIX. A esto repuso Artabano: —«¿Quién, señor, sino un hombre insensato podrá tener en poco ni ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud infinita de naves? No es eso lo que pretendía; antes digo que si acrecentáis el número, añadiréis peso y valor a aquellas dos cosas que mayor guerra nos hacen: y ya que os empeñáis en saberlo, son estas: la tierra y el mar. No hay en todo el mar, a lo que imagino, un puerto que en caso de tempestad sea capaz de abrigar tan grande armada y de poner tanta nave fuera de peligro; y lo peor que de nada nos sirviera un puerto tal, si lo hubiera únicamente en alguna parte, pues nosotros lo necesitáramos en todas las playas de tierra firme donde nos encaminásemos. Ved, pues, señor, cómo por falta de puertos capaces están nuestras fuerzas al arbitrio de la fortuna enemiga y no la fortuna al arbitrio de nuestras fuerzas. Dicha la una de las cosas contrarias, voy a mostraros la otra. La misma tierra os hará una guerra tal, que aun cuando no os oponga fuerzas ningunas, se os mostrará tanto más enemiga, cuanto más os internareis en ella, conquistando siempre más y más países al modo de los hombres que nunca saben moderar su ambición poniendo limites a la próspera fortuna. Con esto significo que al paso que se aumente la tierra subyugada empleando más largo tiempo en las conquistas, a ese mismo paso se nos irá introduciendo el hambre. Esto bueno es tenerlo previsto; pues claro está que aquel debe pasar por mejor político, a quien en la consulta impone temor todo lo que prevé que podría salirle mal y a quien en la ejecución nada le acobarda.»

L. Respondió Jerjes por su parte: —«No puede negarse, Artabano, que hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa da provecho. Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no lo salgan bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más: que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una razón convincente que asegure su parecer, éste no se expone menos a errar que su contrario, pues corren los dos parejos en aquello. Soy de opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado felizmente el imperio de los persas? Pues dígote que si los reyes mis predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado regir por unos consejeros de tu mismo, humor, jamás vieran el estado tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban las grandes empresas. Emulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno. Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y naciones adonde entraremos; que por cierto no vamos a guerrear contra unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores.»

LI. Después de este debate movió otro Artabano. «Señor, le dice, ya que no dais lugar al miedo, ni queréis que yo se lo dé, seguid siquiera mi consejo en lo que voy a añadir, pues como son tantos los negocios, es preciso que sea mucho lo que haya que decir. Ya sabéis que Ciro, hijo de Cambises, fue quien con las armas hizo tributario de los persas a toda la Jonia, menos a los atenienses. Soy de parecer que en ninguna manera conviene, que llevéis en vuestra armada a los jonios contra su madre patria, pues sin ellos bien podremos ser superiores a nuestros enemigos. Una de dos, soñar; o han de ser ellos una gente la más perversa si hacen esclavo a su madre patria, o la más justa si procuran su libertad. Poco vamos a ganar en que sean unos malvados; pero si quisieren obrar como hombres de bien, muy mucho serán capaces de incomodarnos y aun de perder vuestra armada. Bueno será, pues, que hagáis memoria de un proverbio antiguo y verdadero, que «hasta el fin no se canta victoria.»

LII. «Artabano, le responde Jerjes, de cuanto hasta aquí has filosofado en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los jonios puedan volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente los que siguieron a Darío contra los escitas; pues sabemos que en mano de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; ve y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti sólo fío yo la regencia de mis dominios.»

LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad: —«El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor, no degenerando de hijos de aquellos persas que tantas y tan heroicas proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa.»

LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para el tránsito: al día siguiente esperaban que saliera el sol, al cual querían ver salido antes de emprender el paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando con arrayanes todo aquel camino. Empieza a dejarse ver el sol, y luego Jerjes, haciendo al mar con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca ningún encuentro tal, que lo obligue a detener el curso de sus victorias antes de haber llegado a los últimos términos de la Europa. Acabada la súplica, arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la copa, una pila de oro y un alfanje persiano llamado acinaces. No acabo de entender si estos dones echados al agua los consagró en honor del sol, o si arrepentido de haber mandado azotar al Helesponto, los ofreció al mar a fin de aplacarle.

LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército: la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de la comitiva. Iban en la vanguardia diez mil persas, todos ellos con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo, coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerjes y los alabarderos y los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra orilla; si bien a ninguno he oído que el rey pasó el último de todos.

LVI. Pasado Jerjes a la Europa, estuvo mirando desfilar a su ejército compelido de los oficiales con el azote en la mano, paso en que se emplearon siete días enteros con sus siete noches, sin parar un instante sólo. Dícese que después que acabó Jerjes de pasar el Helesponto, exclamó uno de los del país: «¡Oh Júpiter! ¿a qué fin tú ahora en forma de persa, tomado el nombre de Jerjes en lugar del de Jove, quieres asolar a la Grecia conduciendo contra ella todo el linaje humano, pudiendo por ti sólo dar en el suelo con toda ella?»

LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha, sucedióles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerjes, y eso siendo de suyo de muy interpretación. El caso fue que de una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de que en efecto conduciría Jerjes su armada contra la Grecia con gran magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue sólo este prodigio, pues otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió otra, y ésta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos, estando la de macho sobre la de hembra.

LVIII. Jerjes, sin atender a ninguno de los dos prodigios, continuaba su camino conduciendo consigo el ejército. La armada naval, fuera ya del Helesponto, navegaba costeando la tierra con dirección contraria a las marchas del ejército, dirigiendo el rumbo a Poniente hacia el promontorio Sarpedonio, donde tenía orden de hacer alto. El ejército marchaba por el Quersoneso hacia Levante, dejando a la derecha el sepulcro de Hele, hija de Atamante, y a la izquierda la ciudad de Cardia. Pero después de atravesar por medio de cierta ciudad llamada Agora, torció hacia el golfo Melas, como se llama, y al río llamado también Melas, cuyos raudales no fueron bastantes para satisfacer al ejército y quedaron agotados. Y habiendo vadeado dicho río, del cual toma su nombre aquel seno, dirigióse a Poniente, y pasada Eno, ciudad de los eolios, como también la laguna Estentórida, continuó su viaje hasta Dorisco.

LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia, término de una vasta llanura por donde corre el gran río Hebro, sobre el cual está fabricada una fortaleza real, a la que llaman Dorisco, en donde había una guarnición de persas colocada allí por Darío desde cuando hizo allí su jornada contra los escitas. Pareciéndole, pues, a Jerjes que el lugar era a propósito para la revista y reseña de sus tropas, empezó a ordenarlas allí y a contarlas. Y habiendo llegado así mismo a Dorisco todas las naves por orden de Jerjes, arrimáronlas los capitanes a la playa inmediata a Dorisco, donde están Sala, ciudad de los Samotracios, y Zona, terminando en Perrio, promontorio bien conocido; lugar que pertenecía antiguamente a los cicones. En esta playa, pues, arrimadas las naves y sacadas después a la orilla, respiraron los marineros por todo aquel tiempo en que Jerjes pasaba revista a sus tropas en Dorisco.

LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe. El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio, sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contarlos a todos, y contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones.

LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes: Venían los persas propios llevando en sus cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas de lana no condensada a manera de fieltro; traían apegadas al cuerpo unas túnicas con mangas de varios colores, las que formaban un coselete con unas escamas de hierro parecidas a las de los pescados; cubrían sus piernas con largas bragas; en vez de escudos usaban de gerras; traían astas cortas, arcos grandes, saetas de caña y colgadas sus aljabas, y de la correa o cíngulo les pendían unos puñales hacia el muslo derecho. Llevaban al frente por general a Otanes, padre de Amestris, la esposa de Jerjes. Estos pueblos eran en lo antiguo llamados por los griegos los Cefenes, y se daban ellos mismos el nombre de Arteos. Pero después que Perseo, hijo de Dánae y de Júpiter, pasó a casa de Cefeo, hijo de Belo, y casó con la hija de éste, llamada Andrómeda, como tuviese en ella un hijo, le puso el nombre de persa y lo dejó allí en poder de Cefeo, quien no había tenido la suerte de tener prole masculina. De este persa tomaron, pues, el nombre aquellos pueblos.

LXII. Venían también los bledos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los bledos y no de los persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente Arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los Arios, también éstos mudaron el nombre, según refieren los mismos medos. Los Cisios, excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los persas: su general era Anafes, hijo de Otanes. Los Hircanios, armados del mismo modo que los persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia.

LXIII. Los asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino. A estos llaman Sirios los griegos, siendo por los bárbaros llamados asirios, en medio de los cuales habitan los Caldeos. Era el que venía a su frente por general Otanes, hijo de Artaqueo.

LXIV. Militaban los Batrianos armando sus cabezas de en modo muy semejante a los medos, con sus lanzas cortas y con unos arcos de caña según el uso de su tierra. Los sacas o escitas cubrían la cabeza con unos sombreros a manera de gorro recto y puntiagudo, iban con largos zaragüelles, y llevaban unas ballestas nacionales, unas dagas y unas segures o sagares. Siendo estos escitas Amirgios, llamábanlos sacas porque los persas dan este nombre a todos los escitas. El general de estas dos naciones de bactrianos y Sacas era Histaspes, hijo de Darío y de la princesa Atosa, hija de Ciro.

LXV. Los indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto árbol, llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artabates. Llevaban ballestas los Arios al uso de la Media, y los demás aparatos al uso de los bactrianos, y tenían por comandante a Sisamnes, hijo de Hidarnes.

LXVI. Las mismas armas que las bactrianos llevan los Partos, los Corasmios, los Sogdianos, los Gandarios y los Dadicas. Eran sus respectivos generales: de los Partos y de los Corasmios, Artabanes, hijo de Farnaces; de los Sogdianos, Azanes, hijo de Artes; de los Gandarios y de los Dadicas, Artifio, de Artabano.

LXVII. Los Caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de alfanjes y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así para la guerra, llevaban a su frente al jefe Arlomarlo, hermano de Artifio. Los Sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores, traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos y lanzas al uso de los medos, y su general era Ferentes, hijo de Megabazo. Venían los Pactías con sus zamarras, armados de unos puñales y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Arintas, hijo de Itamames.

LXVIII. Del mismo modo que los Pactías, se dejaban ver armados los Utios, los Micos y los Paricanios. Tenían éstos dos generales, porque de los Utios y Micos lo era Arsamenes, hijo de Darío, y de los Paricanias lo era Siromitras, hijo de Eobazo.

LXIX. Los Arabel, que traían ceñidas sus ziras o marlotas, llevaban unas arcos largos que de una y otra parte se doblaban, colgados del hombro derecho. Venían los etíopes, cubiertos con pieles de pardos y de leones con unos arcos largos por lo menos de cuatro codos, hechos del ramo de la palma. Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las cuales en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas con las que suelen abrir sus sellos: traían ciertas lanzas cuyas puntas en vez de hierro eran unos cuernos agudos de cabras monteses, y a más de esto unas porras con clavos alrededor. Al ir a pelear suelen cubrirse de yeso la mitad del cuerpo y la otra mitad de almagre. El general que mandaba a los árabes y a los etíopes situados sobre el Egipto era Arsames, hijo de Darío y de Aristona, hija de Ciro, a la cual como Darío amase más que a sus otras mujeres, hizo una estatua de oro trabajado a martillo.

LXX. De los etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los etíopes o negros del Oriente, pues dos eran las naciones de etíopes que en el ejército había, estaban agregados al cuerpo de los indios, en el color nada diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque los etíopes del Oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los etíopes asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los indios, sólo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que cubrirse, usaban de las pieles de las grullas.

LXXI. Venían los libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de Oarizo.

LXXII. Concurrían los paflagonios a la guerra, armada la cabeza con unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de Paflagonia concurrían los ligies, los matienos, los mariandinos, y los siros, que son por los persas llamados capadoces. Conducía a los paflagones y matienos el general Doto, hijo de Megasirdo, y a los mariandinos, ligies y siros el general Brias, hijo de Darío y de Aristone.

LXXIII. Su armadura, muy parecida a la paflagónica, tenían con cortísima diferencia los frigios, quienes, según cuentan los macedonios, mientras que fueron europeos y vecinos de aquellos se llamaban Briges, pero pasados al Asia, juntamente con la región, mudaron de nombre. Los Armenios, colonos de los frigios, venían armados como ellos y el adalid de estas dos naciones era Artoemes, casado con una hija de Darío.

LXXIV. Los lidios tenían unas armas muy parecidas a las griegas: estos pueblos, llamados antiguamente Meones, mudaron de nombre, tomando el nuevo de Lido, hijo de Atis. Llevaban los misios en sus cabezas unos capacetes del país y unos pequeños escudos, usando de ciertos dardos tostados: son colonos de los lidios y se llaman olimpienos, tomando el nombre del monte Olimpo. El jefe de entrambos pueblos, lidios y misios, era Artafernes, hijo de aquel Artafernes que en compañía de Datis dio la batalla de Maratón.

LXXV. Armábanse los tracios con unas pieles de zorra en la cabeza y con túnicas alrededor del cuerpo, que cubrían con ziras o marlotas de varios colores: en los pies, y piernas llevaban borceguíes hechos de las pieles de los cervatillos: usaban de dardos, de peltas y de pequeñas dagas. Trasplantados estos al Asia menor, se llamaron bitinios, siendo antes, como dicen ellos mismos, llamados estrimonios, porque habitaban a las orillas del Estrimón, de donde pretenden que fueron arrojados por los Teucros y misios.

LXXVI. Era general de los tracios situados en el Asia, Basaces, hijo de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos: llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos pueblos se halla un oráculo de Marte.

LXXVII. Los Cabeles Meones que llaman Lasonios imitaban a los Cilicios en la armadura, que describiré cuando llegue a hablar de los últimos en su lugar. Traían los Milias unas lanzas cortas, y apretaban sus vestidos con unas hebillas: llevaban algunos de ellos unos arcos licios y en la cabeza unos capacetes de cuero. A todos estos capitaneaba Bardes, hijo de Histaspes. Cubrían los moscos la cabeza con un casco de madera, y llevaban sus escudos y sus astas pequeñas, pero armadas con una gran punta.

LXXVIII. Armados como los moscos venían los tibarenos, los macrones y los mosinecos, y eran conducidos por los siguientes caudillos: los moscos y tibarenos por Ariomardo, que era hijo de Darío, habido en Parmis, hija de Esmerdis y nieta de Ciro; los macrones y mosinecos por Artaictes, hijo de Querasmis, el cual era gobernador de Sesto sobre el Helesponto.

LXXIX. Cubrían los Mares la cabeza con unas celadas propias del país que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero también con sus dardos. Traían los coleos puestas en la cabeza unas celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los Mares y de los coleos era un hijo de Teaspes, por nombre Farandates; pero el de los Alarodios y de los Saspires, armados a semejanza de los colcos, era Masistio, hijo de Siromitres.

LXXX. Vestidas y armadas casi como los medos seguían al ejército las naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los que llaman deportados. De estos isleños era comandante Mardontes, hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la batalla de Micale.

LXXXI. Todas estas naciones que por tierra servían, eran las que venían alistadas en el ejército del continente. Nombrados llevo los generales mayores de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir en cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los oficiales subalternos, así los que mandaban a mil, como los que a diez mil hombres, si bien estos últimos eran los que señalaban a los capitanes para cien hombres, y a los cabos para diez. Verdad es que había otros prefectos que cuidaban de las brigadas y de las naciones, pero los generales mayores eran los mencionados.

LXXXII. Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio, hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero Esmerdomenes, hijo de Otanes, el cual siendo como el anterior hijo de un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerjes; el cuarto era Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Arizo; el sexto Megabizo, hijo de Zópiro.

LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo el ejército de tierra, exceptuados empero los diez mil persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes, hijo de Hidarnes. Llamábanse estos persas los Inmortales, porque si faltaba alguno de dicho cuerpo por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca eran ni más ni menos de diez mil persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores y más valientes. Su armadura era la que dejo antes descrita, y a más de ella se distinguían por la gran cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la comitiva de muchas carrozas y en ellas sus concubinas, y una gran compañía de criados con vistosas libreas. Sus bastimentos, separados de las vituallas del ejército, eran conducidos por camellos y otros bagajes.

LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino sólo las que voy a decir. Los persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; sólo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro.

LXXXV. Hay a más de estos, ciertos pastores llamados sagartios que, hablando la lengua de los persas, usan un traje medio entre el de éstos y el de los pactiyes. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8.000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, le arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los persas.

LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban los medos y también los Cisios de a caballo. Los indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban cada uno, o desde su montura, o desde sus carros tirados por caballos o por asnos silvestres. Los jinetes bactrianos iban armados como los peones, no menos que los Caspios e igualmente que los Libios, quienes venían todos montados en sus carros: los caballeros Caspios y Paricanios usaban también las armas de sus peones: los árabes, si bien eran semejantes en la armadura a los de a pie, venían sobre sus camellos que no ceden en ligereza a los caballos.

LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 8.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que éstos no les espantasen venían los postreros.

LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Armamitres y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de éste; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general.

LXXXIX. El total de las galeras subía a 1.207, las que venían suministradas por las naciones siguientes: Con 300 concurrían los fenicios, juntamente con los Sirios de la Palestina, quienes armaban sus cabezas con unos yelmos muy semejantes a los de los griegos; cubrían su pecho con unos petos de Lino, llevaban unos dardos y escudos sin marco en su contorno. Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme dicen, su asiento en el mar Eritreo, de donde pasaron a vivir en las costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se extiende se llama Palestina. Con 200 galeras concurrían los egipcios, que llevaban en sus cabezas unos capacetes tejidos, unos escudos cóncavos con grandes cercos que los rodeaban, unas lanzas náuticas y unas enormes segures. Completaban su armadura unos grandes sables que llevaba el mayor número de ellos, cubiertos también con sus coseletes.

XC. Venían armados a su modo los Chipriotas con 130 naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Cidno, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos Chipriotas nos refieren.

XCI. Los Cilicios daban por su parte 100 naves, y traían armadas las cabezas con celadas de su país; en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba cada uno dos dardos y una espada parecida a las de Egipto. Estos pueblos en los tiempos antiguos se llamaban hipaqueos, y después tomaron el nombre que tienen de un fenicio llamado Cilix, que era hijo de Agenor. Presentaban los panfilios 30 naves y usaban de armadura griega, siendo descendientes de ciertos griegos que, después de la guerra de Troya, se separaron de los demás en compañía de Anfíloco y Calcante.

XCII. Con 50 naves venían los licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los licios, originarios de Creta, se llamaban antes termiles, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandion, natural de Atenas.

XCIII. Los dorios del Asia, que iban armados a lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían con 30 galeras. Con 70 se presentaron los carios, armados en lo demás como los griegos, sólo que tenían sus hoces y dagas. Llevo ya dicho en lo que antes escribí cómo se llamaban anteriormente tales pueblos.

XCIV. Contribuían con 100 galeras a la amada los jonios, apercibidos y armados como los griegos. Estos pueblos, todo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Dánao y Juto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban pelasgos Eqialees (de la plaga), si estamos a lo que dicen los griegos; pero después, del nombre de Jon, hijo de Juto, se llamaron jonios.

XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 47 galeras; eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero jonios venidos de Atenas. Concurrían los eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de pelasgos. Los helesponcios, excepto los de Ábidos, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de las costas del Helesponto, armados al par de los griegos como colonos de los dorios y jonios, se presentaron con 100 naves.

XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de persas, de medos y de Sacas para los combates. Las naves más listas y ligeras eran las de los fenicios, y entre estas con especialidad la de los sidionios. Así para estas naves, como, para las tropas de tierra, cada nación había enviado sus respectivos jefes, de los cuales no haré particular mención, por no pedirlo necesariamente el designio de mi historia. Ellos eran tantos, en efecto, cuantas eran las ciudades que enviaban su contingente; pero no todos tenían mérito particular que los haga dignos de memoria, mayormente no concurriendo en calidad de comandantes sino de meros vasallos, pues tengo ya dicho quiénes eran los persas que tenían toda la autoridad como generales de cada la nación.

XCVII. Los caudillos de la armada naval eran Ariabignes, hijo de Darío; Prejaspes, hijo de Aspitines; Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemedes, hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe Artabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias; de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de padre y madre hermano de Jerjes; del resto de la armada lo eran los otros dos. El número de los trieconteros (naves de 30 remos), de penteconteros (de 50 remos), de cercuros (naves de carga) y de barcas largas para el transporte de la caballería, parece que era de tres mil bastimentos.

XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después de los generales que venían embarcados eran el sidonio Tetramnesto, hijo de Amiso; el tirio Mapen, hijo de Siromo; el aradio Mérbalo, hijo de Agabalo; el cilicio Sienesis, hijo de Oromedonte; el licio Cibernisco, hijo de Sica; los dos Chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonax, hijo de Timágoras, y tres carios, Histieo hijo de Timnes, Pigres hijo de Seldomo, y Damasitimo hijo de Candaules.

XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisa, mujer que siguió la expedición contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la guerra. Llamábase Artemisa, hija de Ligdamis, por parte de padre, natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora de los Halicarnasios, de los Coos, de los nisirios y de los calidnios; y concurrió con cinco galeras que eran las más famosas de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda Dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecena, y los restantes de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.

C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas éstas en escuadrones, tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo, y acabando por el otro, tanto de la caballería como, de la infantería. Después de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y la playa iba Jerjes haciendo la revista.

CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes, de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo de Ariston, que le acompañaba en la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablóle en estos términos: —«Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia. Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres del Occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer.» Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: —«Señor, le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con la lisonja?» A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.

CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría, y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque, tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten.»

CIII. Al oírle púsose Jerjes a reír: —«Demarato, le replica, ¿qué absurdo es eso que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1.000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1.000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien soy de sentir; que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo.»

CIV. A este discurso respondió Demarato: —«Bien veía señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos persas que le dicen capaces de habérselas cada uno con tres griegos. Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos.»

CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerjes, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que le envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Dorisco a Mascames, hijo de Megadostes, y depuesto el antecesor que Darío habla allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia.

CVI. Era Mascames el nuevo gobernador un sujeto mérito, que a él sólo, como al persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerjes o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerjes, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue él de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia.

CVII. De todos los gobernadores que fueron echados, de aquellas plazas por los griegos, a ninguno tuvo Jerjes por oficial de mérito sino solamente a Boges el de Eona. A éste jamás acababa de celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy particularmente a los hijos que de él quedaron entre los persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan grandes elogios, porque viéndose cercado por los atenienses y por Cimon, hijo de Milcíades, aunque tuvo en su mano el salir capitulando de la plaza y restituirse salvo al Asia, no quiso hacerlo, porque al rey no le pareciese que con villanía había comprado su libertad y vida, sino que aguantó el sitio hasta la extremidad. Y cuando vio que no tenía ya más víveres en la plaza, lo que hizo fue degollar a sus hijos, a su mujer, a sus concubinas y a toda la demás familia, y muertos les pegó fuego: después cuanto oro y cuanta plata había en la ciudad fue esparciéndolo todo desde el muro en las corrientes del Estrimón, y concluido esto, arrojóse al cabo a sí mismo en una hoguera. Por tales hazañas es aun hoy día muy celebrado entre los persas.

CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerjes sus marchas camino de la Grecia, obligando a todos los pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen armados, y se lo mandaba como soberano de ellos, habiendo sido conquistada toda aquella tierra, como tengo ya declarado, hasta la Tesalia, y hecha tributaria del rey, primero por Megabazo y después por Mardonio. En el viaje desde Dorisco fue luego pasando Jerjes por las plazas de los Samotracios, la última de las cuales hacia Poniente es una ciudad que lleva el nombre de Mesambria: vecina a esta se halla Estrima, que es otra ciudad de los Tasios; entre las dos corre el río Liso, cuya agua no bastó para satisfacer al ejército de Jerjes, quedando agotada. Este país se llamaba antiguamente la tierra Galaica, y ahora la Briantica, y con toda propiedad debe ser tenida por la región de los cicones.

CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerjes las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismarida que cae entre Maronea y Estrima, y cual es la Bistonida, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Trayo y el Compsato. Cerca de Abdera no pasó Jerjes por ningún lago notable, pero sí por el río Néstor, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca sólo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerjes adelante.

CX. Los pueblos de los tracios por donde llevó el rey sus marchas son los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los edonos y los satras. De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra.

CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Baco situado en altísimas montañas; los besos son entre los satras los encargados del santuario, y la Promantida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad.

CXII. Adelantándose Jerjes más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los pieres, llamada la una Fagra, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata que disfrutan los Pieres y Odomantos, y más que todos los Satras.

CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan, por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los peones, los Deberas y los Peoplas, torció hacia Poniente hasta llegar al Estrimón y a la ciudad de Eiona, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Filis esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia Poniente se extiende hasta el río Angiteo que entra en el Estrimón, y hacia mediodía hasta el mismo Estrimón. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos.

CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado Enea Odi (los Nueve Caminos) de los Edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Estrimón. Oyendo qué aquél lugar se llamaba los Nueve Caminos, enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerjes, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra.

CXV. Después que vadeado el Estrimón se puso el ejército en camino, marchó por una playa qué cae hacia Poniente y pasó cerca de una ciudad griega allí situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando a la izquierda el golfo que está vecino al templo de Neptuno y marchando por la llanura llamada Sileo, pasó más allá de Estagiro, ciudad griega, y llegó a Acanto, habiendo incorporado en el ejército estas naciones y las que antes dije, y todas las que moran alrededor del monte Pangeo, obligando a las marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las internadas a seguir el ejército. El camino por donde Jerjes condujo sus tropas tiénenlo los tracios hasta mis días en gran veneración, no confundiéndolo ni sembrándolo jamás.

CXVI. Llegado el ejército a Acanto, declaró el persa por amigos y huéspedes a los acantios y les concedió el uniforme o vestido de los medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado.

CXVII. Estaba Jerjes en Acanto cuando de resultas de una enfermedad acabó allí sus días Artaqueo, oficial prefecto del canal, muy valido en la corte de Jerjes y en la casa de los Aqueménidas. Era en su estatura el mayor de los persas, teniendo cinco codos regios de alto menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto de la voz. Mostró Jerjes gran sentimiento de su muerte, y le honró con suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones sobre el sepulcro. Hácenle los Acantios los sacrificios debidos a un héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo nombre. En una palabra, reputaba Jerjes por gran pérdida aquella muerte.

CXVIII. Los griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y recibían con cena a Jerjes, quedaban oprimidos con el excesivo gasto, y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que obligados los Tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerjes, encargado de la comisión Antipatro, hijo de Orges, hombre de tanto crédito como el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber gastado 400 talentos de plata en aquella cena.

CXIX. Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato, que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas, contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército sólo se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real donde iba a descansar el mismo Jerjes, mientras se quedaba la tropa al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargando con la tienda y con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no llevasen consigo.

CXX. De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus abderitas que todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de sus males que con la vuelta de Jerjes les amenazaban, y por otra les dieran gracias muy de veras por lo pasado de que el rey Jerjes no acostumbrase comer dos veces al día, porque preciso les fuera a los abderitas, si se les ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo, caer en una quiebra la mayor del mundo.

CXXI. Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerjes, después de dar orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre, licenciólos a fin de que partieran solos con sus galeras. El Motivo que lo movió a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerjes dividido sus tropas en tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero, en el cual iba el mismo Jerjes, pasase por el camino de en medio, guiado por los caudillos Esmerdomenes y Megabizo.

CXXII. La armada naval, separada ya de Jerjes, navegó por el canal abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo en que se hallan las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Santa. Habiendo tomado a bordo la gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo. Dobló, pues, el Ampelo, promontorio de Torona, y fue recogiendo las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que eran Torona, Galepso, Sermila, Meciberna y Olinto, las que caen en la provincia llamada ahora Sitonia.

CXXIII. Torciendo la misma armada desde Ampelo hasta el Canastreo, que es el cabo que más se entra en el mar en la región Palena, iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber; de Potidea, de Afitir, de Nápoli, de Egea, de Terambo, de Scione, de Menda y de Sano, ciudades de la región que al presente se dice Palena y antes se llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan con Palena y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipax, Combria, Lisas, Gigono, Campsa, Smila y Enea: la región en que están, aun ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al país Migdonio, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa la Migdonia de la tierra Bateida. En ésta ocupan las ciudades de Yenas y de Pella aquel pequeño distrito que corre hacia la playa.

CXXIV. Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval, esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerjes, con el objeto de llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la región peónica y por la crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual nacido en tierra de los Crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar.

CXXV. Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que, dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido, ni experimentado.

CXXVI. Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aqueloo, que corre por Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de Levante, ni por la de Poniente más allá del Aqueloo, nadie verá león alguno en lo demás de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que sólo se crían en el distrito que cae entre dichos ríos.

CXXVII. Llegado Jerjes a la ciudad de Terma, hizo alto allí con todo su ejército, el cual, acampado por las orillas del mar, ocupaba toda la tierra que, empezando de la dicha ciudad de Terma y de la de Migdonia, se extiende hasta los ríos Lidias y Hahacmon, que sirviendo de límite a la región botieida y macedónica, van a juntarse en una misma madre. Acampados, pues, los bárbaros en estas llanuras, se vio que el Equidoro, uno de los ríos mencionados que baja de la tierra de Crestona, no bastó él sólo para satisfacer el ejército, sino que se quedó sin agua.

CXXVIII. Como viese Jerjes desde Terma aquellos dos montes altísimos de la Tesalia, el Olimpo y el Osa, informado de que por un estrecho valle que media entre ellos corría el río Peneo, y oyendo al mismo tiempo que por allí había camino para Tesalia, vínole deseo de ir en una nave a contemplar la desembocadura del Penco. Movióse a ello por haberse ya resuelto a seguir el otro camino de arriba, que por medio de la alta Macedonia guía a los Perrebos pasando por la ciudad de Gono, asegurado de que este viaje sería el más seguro. Lo mismo fue presentársele tal idea que ponerla por obra. Embárcase en una nave sidonia, de la que hacía su capitana siempre que le venía en voluntad alguna de estas excursiones, y levanta bandera para que lo sigan las otras, dejando allí sus tropas. Llegado a su destino y contemplada la boca del río, quedó muy maravillado con aquella perspectiva. Llamó después a los que de guía le servían para el camino, y les preguntó si podría el río ir por otra parte a desaguar en el mar.

CXXIX. Corre en efecto una tradición que en lo antiguo era la Tesalia toda una gran laguna cerrada por todas partes con unos muy elevados montes, porque por la parte que mira a Levante la ciñen dos montes, el Pelión y el Osa, cuyas raíces están entre sí pegadas; por la parte del Bóreas la rodea el Olimpo; por la de Poniente el Pindo, y por la de Mediodía y del Noto el Otris: lo que en medio resta circuido por dichos montes, era la Tesalia, comarca, de tierra baja. Concurren, pues, hacia ella, dejando aparte otros ríos, estos cinco muy célebres: el Penco, el Apidaño, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso, los cuales bajando de los mencionados montes que rodean de todas partes la Tesalia, y juntándose en aquella llanura, dirigen todos al cabo su curso hacia el mismo valle, y éste bien angosto confundiendo sus aguas en una corriente. Desde el lugar en que se juntan álzase el Penco con el nombre de los demás, haciendo anónimos a los otros. Es fama, pues, que ya en los tiempos antiguos, no existiendo todavía aquel barranco, ni teniendo el agua salida por él, concurrían allá con sus aguas los mismos ríos que ahora, y a más de ellos la laguna Bebeida; de suerte que no teniendo dichos ríos los mismos nombres que al presente tienen, llevaban la misma agua y hacían con ella de la Tesalia toda una gran llanura de mar. Los tésalos mismos dicen que Neptuno fue quien abrió el canal por donde corre el Penco; y razón tienen en lo que dicen, pues cualquiera que crea a Neptuno el dios de los terremotos, cuyas obras sean las aberturas que estos producen, no ha menester más que ver aquella quebrada, para decir que es cosa hecha por Neptuno, siendo a mi parecer efecto de algún terremoto, la separación de aquellos montes.

CXXX. Volviendo ya a los conductores de Jerjes, preguntados estos por él si tenía el Peneo alguna otra salida para el mar, bien seguros de lo que le decían le respondieron: —«No, señor, no tiene este río ninguna otra salida que llegue al mar, ésta es la única, estando toda la Tesalia coronada alrededor de montañas.» A lo cual se dice que replicó Jerjes: —«Son sin duda los tésalos hombres hábiles y prudentes, pues muy de antemano han puesto a cubierto sus estados, retirándose del partido de la Grecia, así por varios motivos, como por ver que su país era fácil de ser sorprendido y en breve subyugado. Para esto no había más que hacer sino cerrar con un terraplén este barranco, y cegado el canal elevar el río sacado de madre, echándolo sobre las campiñas, con que se lograría anegar todo el llano de la Tesalia, quedando solamente libres los montes. Con esto aludía Jerjes a los hijos de Alevas, los primeros entre los griegos que habían entregado la Tesalia al rey, quien estaba persuadido de que se le entregaban en nombre de toda la nación. Dicho esto, y observado bien el país, hízose Jerjes a la vela para volver a Terma.

CXXXI. Cerca de Pieria detúvose Jerjes algunos días: el motivo fue el aguardar que la tercera parte de sus tropas desmontase la maleza en las montañas de Macedonia, abriendo por ellas camino al ejército hacia los Perrebos. En este intermedio iban volviendo los mensajeros que habían sido destinados a la Grecia a pedir la entrega del país; unos volvían frustrado su intento; otros con el ofrecimiento de la tierra y el agua.

CXXXII. Los pueblos que le prestaron vasallaje fueros los tésalos, los dólopes, los enienes, los perrebos, los maquesianos, los melienses, los aqueos de Pitia, los tebanos con los demás beocios, exceptuando los tespienses y los platenses. Los otros griegos, empeñados en hacer la guerra al bárbaro, hicieron un tratado, solemnemente juramentados contra los que se entregaron, que la décima parte de los bienes de todo pueblo griego que, sin verse a ello precisado de su voluntad se hubiese entregado al persa, sería confiscada después de verse la Grecia fuera ya de aquel apremio, y sería consagrada en Delfos al dios Apolo. En estos términos estaba concebido el juramento de los griegos.

CXXXIII. No había Jerjes hecho partir heraldos ni para Atenas ni para Esparta, escarmentado en los que antes envió allá Darío. Sucedió, pues, entonces, que habiendo Darío pedido la obediencia de aquellas ciudades, parte de los enviados a pedirla fueron arrojados en el báratro, abertura profunda destinada en Atenas a los malhechores, parte en un pozo, con la insolente zumba de mandarles que ellos mismos del báratro y del pozo tomaran el agua y la tierra para su Darío. Esto fue lo que movió a Jerjes a no enviar después otros con la misma demanda. No sabré decir qué mal les viniese a los atenienses en pena de haber violado así a los tales heraldos, a no ser que por ello digamos que su ciudad fue pasada a sangre y fuego, si bien creo que otra fue la causa.

CXXXIV. Dejóse sentir entre los lacedemonios la ira de Taltibio, que habla sido el pregonero de Agamenón. Hay en Esparta un templo de Taltibio, y los descendientes de éste, llamados los Taltibiadas, tienen el privilegio de ejecutar todas las embajadas que por medio de heraldos suele hacer Esparta. Sucedió, pues, a los espartanos, que después del insulto contra los heraldos de Darío no podían en sus sacrificios lograr una víctima de buen agüero: Llevando los lacedemonios muy de mala gana aquella desventura, juntáronse muchas veces públicamente a deliberar sobre ella, y mandaron pregonar un bando en esta forma: «Quién era aquel lacedemonio que quisiera ofrecerse a la muerte por Esparta.» No faltaron dos varones en prendas personales y en riquezas distinguidos, llamado el uno Spertias, hijo de Aheristo, y el otro Bulis, hijo de Nicolao, quienes de su voluntad se ofrecieron a pagar la pena a Darío en venganza de la muerte dada a sus heraldos en Esparta: con esto los espartanos enviaron a los medos estas dos víctimas destinadas al suplicio.

CXXXV. Ni fue más digno de admiración el ánimo de estos héroes que el denuedo con que acompañaron su discurso; porque emprendido el viaje para Susa, presentáronse a Hidarnes, señor persa, que se hallaba de general en las costas y fuertes del Asia menor, el cual, convidándoles con su casa y tratándoles tomo a huéspedes y amigos, hablóles así: —«¿Por qué, oh amigos lacedemonios, mostráis tanta aversión a la amistad con que el rey os convida? En mi persona y en mi fortuna tenéis a vista de ojos una prueba, evidente de cómo sabe el rey honrar a los sujetos de mérito y a los hombres de valor. En vosotros mismos experimentaríais otro tanto si quisierais declararos por vasallos del rey, quien, como está de vuestras prendas bien informado, haría sin falta que fuese cada uno de vosotros gobernador de alguna provincia de la Grecia.» A lo cual respondieron: —«Este tu aviso, Hidarnes, por lo que a nosotros mira no tiene igual fuerza y razón que por lo que mira a ti, tú que nos lo das; sí sabes por experiencia el bien que hay en ser vasallo del rey, pero no el que hay en ser libre e independiente. Hecho a servir como criado, no has probado jamás hasta ahora si es o no dulce la independencia de un hombre libre; si la hubieses alguna vez probado, seguros estamos que no sólo nos aconsejaríais que la mantuviéramos a punta de lanza, sino a golpe de segur ofreciendo el cuello al acero.» Así contestaron a Hidarnes.

CXXXVI. Llegados ya a Susa y puestos en presencia del rey, lo primero en que mostraron su libertad fue en responder a los alabarderos, que pretendían obligarles a que postrados adorasen al rey, que nunca harían tal, por más que diesen con ellos de cabeza en el suelo, pues ni ellos tenían la costumbre de adorar a hombre ninguno, ni a tal cosa habían venido; lo segundo, después de haber porfiado en no quererse postrar, encarándose con el rey lo hablaron en esta sustancia: —«Monarca de los medos, venimos acá enviados de parte de los lacedemonios para pagarte la pena que te deben por haber hecho morir en Esparta a tus heraldos.» A esta declaración y oferta respondió Jerjes, con gran bizarría de ánimo, que no imitaría en aquello a los lacedemonios; que ellos en haber puesto las manos en sus heraldos habían violado el derecho de gentes, pero él, muy ajeno de practicar lo que en ellos reprendiera, no declararía a los lacedemonios, dándoles la muerte, por libres y absueltos de su culpa y suplicio merecido.

CXXXVII. Lo que con esto lograron los espartanos fue que se aplacó por entonces la ira vengativa de Taltibio, no obstante de haberse restituido a Esparta los dos enviados Spertias y Bulis, si bien dicen los lacedemonios que se irritó mucho después su furor en la guerra de los peloponesios y atenienses. Soy de opinión qu