Los tigres de Mompracem: Capítulo 02

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Los tigres de Mompracem (Sandokán)
Capítulo 2: Ferocidad y generosidad
de Emilio Salgari


A la mañana siguiente, y antes que saliera el sol, Sandokán se alejó de la vivienda dispuesto a realizar el atrevido proyecto que imaginara.

Iba vestido con traje de guerra; calzaba altas botas de cuero rojo; llevaba una magnífica casaca de terciopelo, también rojo, y anchos pantalones de seda azul. En bandolera portaba una carabina india de cañón largo; a la cintura, una pesada cimitarra con la empuñadura de oro macizo, y atravesado en la franja, un kriss, puñal de hoja ondulada y envenenada, arma favorita de los pueblos malayos. Se detuvo un momento en el borde de la alta roca, recorrió con su mirada de águila la superficie del mar, y la detuvo en dirección del Oriente.

—¡Destino que me empujas hacia allá —dijo al cabo de algunos instantes de contemplación—, dime si esa mujer de ojos azules y cabellos de oro que todas las noches viene a turbar mi sueño será mi perdición! Lentamente descendió por una estrecha escalera abierta en la roca que conducía a la playa. Abajo lo esperaba Yáñez.

—Todo está dispuesto —dijo éste—. Mandé preparar los dos mejores barcos de nuestra flota.

—¿Y los hombres?

—En la playa están con sus respectivos jefes. No tendrás más que escoger los mejores.

—¡Gracias, Yáñez!

—No me des las gracias; quizá haya preparado tu ruina.

—No temas, seré prudente. Apenas haya visto a esa muchacha regresaré.

—¡Condenada mujer! ¡De buena gana estrangularía al que te habló de ella!

Llegaron al extremo de la rada, donde flotaban unos quince veleros de los llamados paraos. Trescientos hombres esperaban su voz para lanzarse a las naves como una legión de demonios y esparcir el terror por los mares de la Malasia.

Había malayos de estatura más bien baja, vigorosos y ágiles como monos, famosos por su ferocidad; otros de color más oscuro, conocidos por su pasión por la carne humana; dayakos de alta estatura y bellas facciones; siameses, cochinchinos, indios, javaneses y negritos de enormes cabezas y facciones repulsivas.

Sandokán echó una mirada de complacencia a sus tigrecitos, como él los llamaba, y dijo:

—¡Patán, adelante!

Se adelantó un malayo vestido con un simple sayo y adornado con algunas plumas.

—¿Cuántos hombres tiene tu banda?

—Cincuenta.

—¿Son buenos?

—Todos tienen sed de sangre, Tigre de la Malasia.

—Embárcalos en aquellos dos paraos, y cédele la mitad a Giro Batol, el javanés.

El malayo se alejó rápidamente, volviendo junto a su banda, compuesta de hombres valientes hasta la locura, y que a una simple señal de Sandokán no hubieran dudado en saquear el sepulcro de Mahoma, a pesar de ser todos mahometanos.

—Ven, Yáñez —dijo Sandokán en cuanto los vio embarcados.

Pero en ese momento los alcanzó un feísimo negro, uno de esos horribles negritos que se encuentran en el interior de casi todas las islas de ¡a Malasia.

—Vengo de la costa meridional, jefe blanco —dijo el negrito a Yáñez—. He visto un gran junco que va hacia las islas Romades.

—¿Iba cargado?

—Sí, Tigre.

—Está bien, dentro de tres horas caerá en mi poder.

—¿Después irás a Labuán?

—Directamente, Yáñez.

—¡Adiós, Sandokán, que te guarde tu buena estrella!

—No temas, seré prudente.

Sandokán saltó al barco. De la playa se elevó un entusiasta grito:

—¡Viva el Tigre de la Malasia!

—¡Zarpemos! —ordenó el pirata.

—¿Qué ruta? -preguntó Sabau, que había tomado el mando del barco más grande.

—Derecho a las islas Romades —contestó el jefe. Volviéndose hacia la tripulación, gritó:

—¡Tigrecitos, abran bien los ojos! ¡Tenemos que saquear un junco!

Los dos barcos con los cuales iba a emprender el Tigre su audaz expedición, no eran dos paraos corrientes. Sandokán y Yáñez, que en cosas de mar no tenían competidor en toda la Malasia, habían modificado sus veleros para hacer frente con ventaja a las naves enemigas. Conservaron las inmensas velas, pero dieron mayores dimensiones y formas más esbeltas a los cascos, al propio tiempo que reforzaron sólidamente las proas. Además eliminaron uno de los dos timones para facilitar el abordaje.

A pesar de que ambas naves se encontraban todavía a gran distancia de las Romades, apenas difundida la noticia de la presencia del junco, los piratas empezaron a ejecutar las operaciones necesarias para disponer el combate.

Se cargaron los dos cañones; llevaron al puente balas y granadas de mano, fusiles, hachas y sables de abordaje. Sandokán parecía participar de la ansiedad e inquietud de sus hombres. Paseaba de popa a proa con paso nervioso, escrutando la inmensa extensión de agua, mientras apretaba con rabia la empuñadura de oro de su magnífica cimitarra.

A las diez de la mañana desapareció en el horizonte la isla de Mompracem, pero el mar continuaba desierto. Ni un penacho de humo que indicara la presencia de un vapor, ni un punto blanco que señalara la cercanía de un velero.

Una gran impaciencia comenzaba a apoderarse de las tripulaciones; los hombres subían y bajaban las escalillas maldiciendo.

De pronto, poco después de mediodía, se oyó gritar desde lo alto del palo mayor:

—¡Nave a sotavento!

Sandokán lanzó una rápida mirada al puente de su barco y otra al del que mandaba Giro Batol, y ordenó:

—¡Tigrecitos, a sus puestos!

Los piratas obedecieron con presteza.

—Araña de Mar—dijo Sandokán—, ¿qué más ves?

—La vela de un junco.

—Hubiera preferido un barco europeo —murmuró Sandokán frunciendo el ceño—. No tengo odio alguno contra las gentes del Celeste Imperio. Pero, quién sabe... Volvió a sus paseos y no dijo nada más.

Al cabo de media hora volvió a oírse la voz de Araña de Mar.

—¡Capitán! Creo que el junco nos ha visto y está virando.

—¡Giro Batol! ¡Impídele la fuga!

Un instante después se separaban los dos barcos y, describiendo un gran semicírculo, se dirigían hacia el buque mercante a velas desplegadas.

Era una de esas naves pesadas llamadas juncos, de formas sin gracia y de dudosa solidez, que se usan mucho en los mares de la China. Apenas advirtió la presencia de los sospechosos paraos, contra los cuales no podía competir en velocidad, se detuvo y arboló una gran bandera. Al verla, Sandokán dio un salto adelante.

—¡La bandera del rajá Broocke, el exterminador de los piratas! —exclamó con acento de odio—. ¡Tigrecitos, al abordaje!

Un grito salvaje, feroz, se elevó en ambas tripulaciones, para quienes no era desconocida la fama del inglés James Broocke, convertido en rajá de Sarawack.

—¿Puedo comenzar? —preguntó Patán, apuntando con el cañón de proa.

—Sí, pero que no se pierda una sola bala.

De repente sonó una detonación a bordo del junco, y una bala de poco calibre pasó silbando por entre las velas del parao.

Patán hizo fuego. El efecto fue instantáneo: el palo mayor del junco, agujereado en la base, osciló con violencia y cayó sobre cubierta con las velas y todo el cordaje.

Una pequeña canoa tripulada por seis hombres se separó del junco y huyó hacia las islas Romades.

—¡Hay hombres que huyen en lugar de batirse! —exclamó Sandokán con ira—. ¡Patán, haz fuego contra esos cobardes!

El malayo lanzó a flor de agua una oleada de metralla, que echó a pique la canoa e hirió a todos los que la tripulaban.

—¡Bravo, Patán! —gritó Sandokán—. ¡Ahora deja ese barco tan raso como una mesa, pues todavía veo numerosa tripulación!

Los dos buques corsarios recomenzaron la infernal música de balas, granadas y metralla, destrozando el junco y matando marineros, que se defendían desesperadamente a tiros de fusil.

—¡Valientes! —exclamó Sandokán, admirado del valor de aquel grupo de hombres que quedaba en pie en el junco—. ¡Son dignos de combatir con los tigres de la Malasia!

Los barcos corsarios, envueltos en una espesa nube de humo, seguían avanzando, y en pocos instantes llegaron a los costados del junco. La nave de Sandokán lo abordó por babor y se lanzaron los arpeos de abordaje.

-¡Tigrecitos, al asalto! --gritó el terrible pirata.

Se recogió sobre sí mismo como un tigre que se dispone a lanzarse sobre la presa, e hizo un movimiento para saltar; pero una mano robusta lo detuvo.

Se volvió con un grito de rabia. Era Araña de Mar, que se colocó con rapidez delante de él, cubriéndolo con su cuerpo.

En aquel instante disparaban del junco un tiro de fusil y Araña de Mar cayó herido sobre el puente.

—¡Ah, gracias, tigrecito! —dijo Sandokán—. ¡Me has salvado!

Se lanzó adelante como un toro herido, saltó sobre el puente del junco, y se precipitó entre los combatientes con esa temeridad loca que todos admiraban.

Toda la tripulación del mercante se le fue encima.

—¡Tigrecitos, a mí! —gritó, tumbando a dos hombres con el revés de la cimitarra.

Doce piratas treparon por los aparejos y se lanzaron a la cubierta, en tanto el otro parao arrojaba los arpeos y se aferraba al junco. Los siete sobrevivientes arrojaron las armas.

—¿Quién es el capitán? —preguntó Sandokán.

—Yo respondió un chino, adelantándose.

—¡Eres un héroe y tus hombres son dignos de ti! —le dijo Sandokán—. Le dirás al rajá Broocke que un día cualquiera iré a anclar en la bahía de Sarawack y veremos si el exterminador de piratas es capaz de vencer a los míos.

En seguida se quitó del cuello un collar de diamantes de gran valor y se lo dio al capitán.

—Toma, valiente. Siento haber destruido tu junco, que tan bien has sabido defender. Pero con estos diamantes podrás comprar otros diez barcos nuevos.

—Pero, ¿quién es usted? —preguntó asombrado el capitán. Sandokán se le acercó, le puso una mano en un hombro y le dijo:

—¡Yo soy el Tigre de la Malasia!

Y antes de que el capitán y sus marineros hubieran podido rehacerse de su aturdimiento y de su terror, Sandokán y los piratas volvieron a bajar a sus naves.

—¿Qué ruta? —preguntó Patán.

El Tigre extendió el brazo al Este y con voz metálica, en la que se advertía una vibración extraña, gritó:

—¡A Labuán!


Los tigres de Mompracem (Sandokán) de Emilio Salgari

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