Macbeth: Acto III

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar




Contenido

ACTO III [editar]

ESCENA PRIMERA [editar]

Palacio de Forres

BANQUO, MACBETH, UN CRIADO Y DOS SICARIOS

BANQUO. - (solo) Ya eres rey, Macbeth, y señor de Glamis y de Cáudor. Está cumplido en todas sus partes el vaticinio de las hechiceras, pero ¿quién sabe si la traición te habrá allanado el camino? Ni ha de quedar el cetro en tu linaje Si es verdad lo que nos dijeron, reyes han de ser mis hijos. ¿Por qué los oráculos que fueron veraces contigo no han de ser también propicios a mi ambición? Pero disimulemos.

MACBETH. - Ya tenemos aquí a nuestro principal convidado.

LADY MACBETH. - Grande hubiera sido su falta en el banquete.

MACBETH. - Te convido a un gran festín que he de dar esta noche.

BANQUO. - Vuestra Majestad puede mandarme, en vez de convidarme. Mi voluntad está indisolublemente unida a la vuestra.

MACBETH. - ¿Sales a caballo esta tarde?

BANQUO. - Sí .

MACBETH. - Si no, podrías ayudarme con tu consejo en la junta de esta tarde. Mañana será. ¿Vas lejos?

BANQUO. - Pasearé hasta la hora de cenar. Si mi caballo no aprieta el peso, pediré prestadas a la noche una o dos horas.

MACBETH. - No faltes.

BANQUO. - No faltaré.

MACBETH. - Tengo nuevas de que mis revoltosos deudos están refugiados en Inglaterra y en Irlanda. No confiesan su parricidio, y divulgan contra mi horrendas acusaciones. Mañana hablaremos de esto, cuando nos juntemos a tratar de otros negocios. Ahora, a caballo. Hasta luego. ¿Te acompaña tu hijo?

BANQUO. - Sí, y vendrá pronto, porque ya es hora.

MACBETH. - Dios guíe con bien vuestros caballos y os vuelva pronto. Hasta la noche. (Vase Banquo). Vosotros haced lo que queráis hasta las siete. Vuestra compañía me será más grata a la hora de cenar, si en este momento me dejáis solo. Adiós, mis caballeros.

(Vanse todos)

MACBETH. - (A un criado). ¿Me esperan ya esos hombres?

CRIADO. - Están a la puerta de palacio.

MACBETH. - Diles que entren. (Se va el criado). ¿De qué me sirve el poder sin la seguridad? Banquo es mi amenaza perpetua: su altiva condición me infunde miedo. Junta a su valor el ingenio y la prudencia. Me reconozco inferior a él como Marco Antonio a César. Él fue quien se atrevió a dirigir la palabra a las brujas cuando me aclamaron Rey, y a preguntarlas por su suerte futura, y ellas con fatídica voz le contestaron: «Tus hijos serán reyes». A mí me otorgan una corona estéril, un cetro irrisorio, que no pasará a mis hijos sino a los de un extraño. Yo vendré a ser el bienhechor de la familia de Banquo. Por servirla asesiné al Rey Duncan, y llené de hiel el cáliz de mi vida; y vendí al diablo el tesoro de mi alma. ¡Todo para hacer reyes a los hijos de Banquo! ¡Fatal destino mío, sálvame: lidia por mí esta batalla! ¿Quién es? (Entran los sicarios). (Al criado). Espera a la puerta hasta que llame. (Vase el criado). (A los sicarios). Ya oísteis ayer lo que deseo.

SICARIO 1.º. - Sí, rey.

MACBETH. - ¿Habéis pensado bien lo que os dije? Él y no yo ha sido hasta ahora la causa de vuestros males. Ya os expliqué cómo se había burlado de vosotros: quiénes le ayudaron. En suma el más necio hubiera podido decir: «Tuvo la culpa Banquo.»

SICARIO 2.º. - Verdad es lo que dices.

MACBETH. - Y añado más, y vengo al objeto de este coloquio. ¿Hasta cuándo durará vuestra paciencia? ¿Manda el Evangelio que recéis a Dios por ese hombre y por su linaje, cuando os está empobreciendo y esquilmando y os tiene casi a punto de muerte?

SICARIO 1.º. - ¡Oh Rey! somos hombres.

MACBETH. - También son perros los galgos y los mastines y los lebreles, y los de aguas y los de caza, pero se distinguen unos de otros por tener más o menos valor y fortaleza, y mejor o peor olfato. La naturaleta reparte con igualdad sus dones, y por eso las diversas castas tienen nombres distintos. Lo mismo sucede con los hombres. Si no queréis ser de los últimos y más abyectos, yo os daré un consejo que os libre para siempre de esa opresión y tiranía, y os haga acreedores a mi gratitud eterna, porque no puedo vivir en paz, si él no muere.

SICARIO 1.º. - Señor, yo soy un hombre de esos tan maltratados por la suerte, que me arrojaré a cualquier cosa, por vengarme del mundo.

SICARIO 2.º. - Tan mala ha sido mi fortuna, que para mejorarla o acabar de una vez, arriesgaré mi vida en cualquier lance.

MACBETH. - Está bien. Banquo es enemigo vuestro.

SICARIO 2.º. - Verdad, señor.

MACBETH. - Y mío, a tal extremo que cada minuto de su vida es un tormento para mí. Yo podría sin cargo de conciencia deshacerme de él, pero tiene amigos que también lo son míos, y no quiero perderlos. Por eso acudo a vosotros, ya que hay poderosos motivos para que el golpe sea secreto.

SICARIO 2.º. - Se hará vuestra voluntad, oh Rey.

SICARIO 1.º. - Aunque perezcamos en la demanda.

MACBETH. - Conozco vuestro denuedo. Pronto os diré en qué sitio habéis de emboscaros, y cuándo; porque esta misma noche ha de darse el golpe. Conviene que sea lejos de palacio, para alejar de mí toda sespecha. No dejéis indicio alguno del crimen. Le acompaña su hijo Fleancio, que me estorba tanto como su padre. Por consiguiente, matadle también. Quedaos solos. Volveré luego. Los dos sicarios Estamos resueltos.

MACBETH. - Volveré pronto... Entrad. .. ¡Oh, Banquo! esta noche o nunca subirá tu alma a los cielos.

ESCENA II [editar]

LADY MACBETH, MACBETH Y UN CRIADO

LADY MACBETH. - ¿Esté en palacio Banquo?

CRIADO. - No, señora, pero esta noche vendrá.

LADY MACBETH. - Di al Rey, que quiero hablarle un momento.

CRIADO. - Así lo haré...

LADY MACBETH. - ¿De qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo? Es preferible la paz de nuestras víctimas, al falso goce que precede del crimen. (Entra Macbeth). Esposo mío, ¿por qué te atormentan siempre tan tristes recuerdos? Olvida lo pasado.

MACBETH. - Hemos herido a la serpiente, pero no la hemos matado. Volverá a acometernos, mientras estemos cerca de sus dientes. ¡Húndase la tierra, arda el universo, antes que yo coma ni duerma en medio de tales espantos nocturnos! ¡Ojalá estuviera yo con mis víctimas, más bien que entregado a la torturaa de mi pensamiento! Duncan no teme ya ni el hierro matador ni el veneno, ni la discordia, ni la guerra.

LADY MACBETH. - Esposo mío, alegra ese semblante, para que nuestros huéspedes no adviertan esta noche tu agitación.

MACBETH. - Así lo haré, amada mía. Fíjate en Banquo: muéstrate risueña con él, en la mirada y en las palabras.Todavía no estamos seguros; es preciso lavar nuestra honra en el río de la adulación, y convertir nuestros semblantes en hipócrita más cara.

LADY MACBETH. - ¡Oh, baste, baste!

MACBETH. - Mi alma es un nido de sierpes... ¡Todavía respiran Banquo y Fleancio!

LADY MACBETH. - No son inmortales.

MACBETH. - Esa es la esperanza que nos queda. El hierro puede alcanzarlos. Antes que el murciélago abandone suclaustro antes que se oiga en el silencio de la noche el soñoliento zumbido del escarabajo, estaráterminado todo.

LADY MACBETH. - ¿Qué quieres decir?

MACBETH. - Vale más que lo ignores, hasta que esté cumplido, y puedas regocijarte en ello. Ven, ciega noche,vendaté los ojos al clemente día. Rompa tu mano invisible y ensangrentada la atroz escritura quecausa mis terrores... Va creciendo la oscuridad: retorna el cuervo a la espesura del bosque: las avesnocturnas descienden anhelosas de presa... ¡Te horrorizan mis palabras! ¿Y por qué? Sólo el crimen puede consumar lo que ha empezado el crimen. Ven conmigo.

ESCENA III [editar]

Bosque de la entrada del palacio

ASESINOS, BANQUO Y SU HIJO FLEANCIO

ASESINO 1.º. - ¿Quién te ha enviado?

ASESINO 3.º. - Macbeth.

ASESINO 2.º. - No debemos dudar de él, puesto que sabe nuestro fin y propósito.

ASESINO 1.º. - Ya mnere el sol en occidente, y el pasajero aguija su caballo para llegar a la posada. Ya está cerca el que esperamos.

ASESINO 3.º. - Suenan las herraduras de sus caballos.

BANQUO. - (Dentro). ¡Luz!

ASESINO 2.º. - ¡Ahí está! Le aguardan en la llanura.

ASESINO 1.º. - Se llevan los caballos.

ASESINO 3.º. - Él, como los demás, se encamina a pie a palacio.

BANQUO. - ¡Luz, luz!

ASESINO 3.º. - ¡Ahí está!

ASESINO 1.º. - Aguarda.

(Entran Banquo, su hijo Fleancio, un criado con antorcha)

BANQUO. - Va a llover esta noche.

ASESINO 1.º. - ¡Muera!

(Le hierve)

BANQUO. - ¡Traición! Huye, hijo, y si puedes, venga mi muerte.

(Cae)

ASESINO 3.º. - ¿Por qué mataste la luz?

ASESINO 1.º. - ¿No hice bien?

ASESINO 3.º. - Ha muerto uno solo. El hijo huye.

ASESINO 2.º. - Hemos perdido la mitad de la pago.

ASESINO 1.º. - Vamos a dar cuenta a Macbeth.

ESCENA IV [editar]

Sala de palacio. Mesa preparada para un festín

MACBETH, LOS CONVIDADOS, LADY MACBETH, ASESINO 1.º Y LENNOX

MACBETH. - Sentaos, según vuestra categoría y nobleza. Bienvenidos seáis todos.

Los convidados. - Gracias.

MACBETH. - Siéntese la reina en el trono, y démosle la bienvenida.

LADY MACBETH. - Gracias. Dádsela a nuestros convidados. Os saludo de todo corazón, señores.

MACBETH. - Con todo el alma te lo agradecen. (A Lady Macbeth). Los dos lados iguales: yo en medio. Alegraos, brindaremos juntas. (Se presenta el asesino 1.º). Traes manchada la cara de sangre.

ASESINO 1.º. - Sangre de Banquo.

MACBETH. - Más vale que sea la suya que la tuya. ¿Queda muerto?

ASESINO 1.º. - Le degollé, señor.

MACBETH. - ¡Matador excelente te debo apellidar, y mas, si acabaste también con Fleancio.

ASESINO 1.º. - ¡Oh rey! huyó.

MACBETH. - ¡Y siguen mis temores! Si él hubiera muerto, yo sería feliz, duro como el mármol y las rocas, libre como el aire. Pero ahora me veo receloso, inquieto, entre dudas y temores. ¿Y Banquo murió de veras?

ASESINO 1.º. - Cayó en una zanja profondísima, con veinte heridas en la cabeza, la menor de ellas mortal.

MACBETH. - Gracias infinitas. Muerta está la serpiente, pero ese retoño fugitivo ha de envenenarnos con el tiempo. Todavía no ha echado dientes. Vuelve mañana. Aun tenemos que hablar.

(Se va el asesino)

LADY MACBETH. - Esposo, anima con tu presencia y tus palabras la languidez del festín. Si no has de hacerlo, más valdrá comer solos. La alegría es la salsa de las cenas.

MACBETH. - ¡Dulce maestra mía! La buena digestión venga hoy después del apetito, y tras ellos la salud.

LÉNNOX. - Tomad asiento, rey.

MACBETH. - Congregada tendríamos esta noche la flor de la monarquía, si no nos faltase el ilustre Banquo. Quiero culpar su negligencia, más bien que imaginar que le haya acontecido alguna desgracia.

(El espectro de Banquo ocupa el sitial de Macbeth).

LÉNNOX. - Honradnos, señor, tomando asiento.

MACBETH. - ¿Dónde? No le encuentro.

LÉNNOX. - Aquí le tenéis, señor.

MACBETH. - ¿Dónde?

LÉNNOX. - Señor, aquí. ¿Pero qué agitación es la vuestra?

MACBETH. - ¿Quién de vosotros ha hecho esto?

LÉNNOX. - ¿Qué, señor?

MACBETH. - Yo no... yo no lo hice... no me mires agitando tu cabellera tinta en sangre.

ROSS. - Levantaos: el rey está enfermo.

LADY MACBETH. - No, no, continuad sentados. Son accidentes que desde joven padece mi marido. No os levantéis. Es cosa de un momento. Veréis cuál se repone en seguida. No os fijéis en él, porque se aumentará su delirio. (Aparte a Macbeth). ¡Y dices que eres hombre!

MACBETH. - Y hombre fuerte, pues que me atrevo a mirar de hito en hito lo que pondría espanto al mismo Satanás.

LADY MACBETH. - ¡Necedad insigne! ¡Sombras que finge el miedo! Es como aquel puñal que decías que te guiaba por el aire, cuando mataste al rey Duncan. ¡Consejas, tolerables sólo en boca de una anciana, al amor de la lumbre! ¡Vergüenza para ti! ¡Y aún sigues turbado! ¡No ves que tu asiento está vacío!

MACBETH. - ¡No, no... Mira, mira!... ¿No lo ves?... ¿Qué dices ahora?... Pero ¿qué importa lo que digas? ¿Mueves la cabeza en signo de incredulidad?... Habla, habla... Si los sepulcros nos arrojan su presa, los palacios se trocarán en festín de buitres.

(Se va la sombra)

LADY MACBETH. - ¿Estás loco?

MACBETH. - Te juro, por mi alma, que le he visto.

LADY MACBETH. - ¿Y no te avergüenzas?

MACBETH. - Siempre se ha derramado sangre. Desde que el mundo es mundo, ha habido crímenes atroces. Pero antes el muerto muerto se quedaba. Ahora las sombras vuelven y nos arrojan de nuestros sitiales.

LADY MACBETH. - Tus caballeros reclaman tu presencia.

MACBETH. - No me acordaba de ellos. ¡Amigos! míos nobles caballeros! no hagáis caso de mí. Si me conocierais bien no os extrañaría este súbito accidente. ¡Salud, amigos! Brindemos a la salud de nuestro amigo Banquo, único que nos falta. ¡Ojala llegue pronto! ¡Brindo por vosotros, y por él y por todos!

Los convidados. - Nosotros repetimos el brindis.

(Vuelve a aparecer la sombra)

MACBETH. - ¡Lejos, lejos de mí!... Que la tierra te trague... Mi sangre se hiela: falta a mis huesos el tuétano... la lumbre de mis ojos se oscurece.

LADY MACBETH. - El accidente vuelve: no es grave, pero descompone la fiesta.

MACBETH. - Yo no temo nada de lo que puedan temer los hombres. Ven a mí en forma de tigre de Hircania, de oso o de rinoceronte: no se agitarán mis nervios. O vuelve a la vida, y rétame a lid campal, hierro a hierro, y si tiemblo al ir a encontrarte, llámame hijo de mi nodriza... Pero no vengas como sombra. ¡Huye de mí, formidable espectro! (Desaparece la sombra). Ya se retira, y vuelvo a ser hombre. Sentaos otra vez: os lo suplico.

LADY MACBETH. - Con ese delirio has turbado la alegría del convite.

MACBETH. - ¿Y cómo no asombrarnos, cuando estalla esa borrascosa nube de verano? Ahora dudo de mi razón viendo que podéis contemplar tales apariciones sin que vuestro rostro palidezca.

ROSS. - ¿De qué apariciones hablas?

LADY MACBETH. - ¡Silencio! La contradicción le molesta. Podéis retiraros sin ceremonia. Idos pronto.

Los convidados. - Buenas noches, y descanse el Rey.

LADY MACBETH. - Buenas noches.

MACBETH. - ¡Sangre pide! La sangre clama por sangre; ya lo dice el proverbio. Hasta los árboles hablan a la voz del agorero, o por natural virtud. Y a veces la voz de la urraca, del cuervo, o del grajo, ha delatado al asesino. ¿Qué hora es?

LADY MACBETH. - La noche combate con las primeras horas del día.

MACBETH. - Macduff se niega a obedecerme, y a reconocer mi autoridad.

LADY MACBETH. - ¿Le has llamado?

MACBETH. - No, pero tengo noticias ciertas de él por mis numerosos espías. Mañana temprano iré a ver a las brujas. Quiero apurarlo todo, y averiguar el mal, aunque sea por medios torcidos. Todo debe rendirse a mi voluntad. Estoy nadando en un mar de sangre, y tan lejos ya de la orilla, que me es indiferente bogar adelante o atrás. Es tiempo de obras y no de palabras. Descienda el pensamiento a las manos. Lady Macbeth Te falta la sal de la vida, el sueño.

MACBETH. - Pues a dormir. ¡Mi terror, nacido de la falta de costumbre, me quite el sueño! ¡Soy novicio en el crimen!

ESCENA V [editar]

Un páramo. Tempestad

BRUJA 1.ª. - Oh Hécate, tu semblante muestra a las claras tu enojo.

HÉCATE. - ¿Y no tengo razón, impertinentes viejas? ¿Por qué, siendo yo la fuente de vuestro poder y de todos los males humanos, habéis osado, sin pedirme consejo, ni acudir a mi ciencia, tratar con Macbeth por enigmas? Y todo en provecho de un ingrato, de un ambicioso, que sólo mira a su interés, y no se acuerda de vosotras! Antes que el sol se ponga, venid a los antros tartáreos; no dejéis de traer ninguna de vuestras redomas, encantos y conjuros. Ahora, a volar. Esta noche ha de cumplirse una evocación tremenda. De la luna pende una gota de vapor que he de coger esta misma noche antes que caiga. Yo la destilaré con mi ciencia maravillosa, y evocaré genios de tal virtud que le traigan lisonjeramente engañado hasta el abismo. No temerá la muerte: confiará en su estrella; podrá más su esperanza que su buen juicio o sus temores, y ya veis que hombre excesivamente confiado está medio perdido. (Se oye dentro una voz). ¡Venid, venid!

HÉCATE. - ¿Oís la voz del genio? Camina en esa transparente nube.

Las brujas. - Vámonos, que pronto volverá.

ESCENA VI [editar]

Palacio de Forres

LÉNNOX Y EL SEÑOR

LÉNNOX. - Te asombra lo que he dicho. Pero, sigue tú discurriendo. Macbeth mostró mucho sentimiento por la muerte de Duncan... ¡Es claro, como que estaba muerto! Banquo salió a pasear muy tarde, y quizá le mataría su hijo, puesto que huyó en seguida. ¿Y a quién se le ocurre salir a pasear de noche?... ¿No fue cosa monstruosa el parricidio de Malcolm y Donalbain? !Cómo le angustió a Macbeth!... Tanto que en seguida mató a los guardas, dominados por el sueño y el vino... ¡Lealtad admirable!... o gran prueba de talento. Hizo bien, porque ¿quién hubiera podido oír con calma que negaban el crimen? A fe mía que si cayeran en manos de Macbeth (lo cual no es fácil, ni Dios permita) los hijos de Duncan, ya habían de ver lo que es matar a su padre, y lo mismo el hijo de Banquo. Pero callemos, que por hablar demasiado y por huir de la mesa del Rey, anda perseguido Macduff. ¿Sabes dónde está?

EL SEÑOR. - Malcolm, el heredero del trono de Duncan, usurpado por ese tirano, vive en Inglaterra, al amparo del santo rey Eduardo, y dando brillantes muestras de lo claro de su estirpe. Macduff ha ido a aquella corte, a solicitar el auxilio del valeroso duque Suardo. Con su ayuda, y sobre todo con la del Dios de los ejércitos, no volverá el puñal a turbar nuestros sueños, y vivirán seguros los leales. La indignación del Rey, al saberlo, ha sido tanta, que va a declarar la guerra.

LÉNNOX. - ¿Y no llamó antes a Macduff?

EL SEÑOR. - Sí le llamó, pero él contestó rotundamente que no, volvió la espalda al mensajero, y parecía decir entre dientes: «Muy cara os ha de costar mi respuesta».

LÉNNOX. - Será un aviso para que proceda con cautela, y no se exponga a nuevas asechanzas. Vaya a Inglaterra un ángel con la noticia de todo lo ocurrido, antes que Macduff vuelva. Caigan de nuevo las bendiciones de Dios sobre esta tierra infeliz oprimida por un tirano.

EL SEÑOR. - Óigate el cielo.


Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Acto II Acto III Acto IV