Macbeth: Acto IV

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar




ACTO IV[editar]

ESCENA I[editar]

El antro de las brujas. En media de una caldera hirviendo. Noche de tempestad

BRUJAS, HÉCATE, MACBETH, VARIAS BRUJAS Y LÉNNOX

BRUJA 1.ª. - Tres veces ha mayado el gato.

BRUJA 2.ª. - Tres veces se ha lamentado el erizo.

BRUJA 3.ª. - La arpía ha dado la señal de comentar el encanto.

BRUJA 1.ª. - Demos vueltas alrededor de la caldera, y echemos en ella las hediondas entrañas del sapo que dormía en las frías piedras y que por espacio de un mes ha estado destilando su veneno.

Todas las brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.

BRUJA 3.ª. - Lancemos en ella la piel de la víbora, la lana del murciélago amigo de las tinieblas, la lengua del perro, el dardo del escorpión, ojos de lagarto, músculos de rana, alas de lechuza... Hierva todo esto, obedeciendo al infernal conjuro.

Brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.

BRUJA 3.ª. - Entren en ella colmillos de lobo, escamas de serpiente, la abrasada garganta del tiburón, el brazo de un sacrílego judío, la nariz de un turco, los labios de un tártaro, el hígado de un macho cabrío, la raíz de la cicuta, las hojas del abeto iluminadas por el tibio resplandor de la luna, el dedo de un niño arrojado por su infanticida madre al pozo... Unamos a todo esto las entrañas de un tigre salvaje.

Todas las brujas. - Aumente el trabajo: crezca la labor: hierva la caldera.

BRUJA 2.ª. - Para aumentar la fuerza del hechizo, humedecedlo todo con sangre de mono.

HÉCATE. - Alabanza merece vuestro trabajo; y yo le remuneraré. Danzad en torno de la caldera, para que quede consumado el encanto.

BRUJA 2.ª. - Ya me pican los dedos: indicio de que el traidor Macbeth se aproxima. Abríos ante él, puertas.

MACBETH. - Misteriosas y astutas bechiceras, ¿en qué os ocupáis?

Las brujas. - En un maravilloso conjuro.

MACBETH. - En nombre de vuestra ciencia os conjuro. Aunque la tempestad se desate contra los templos, y rompa el mar sus barreras para inundar la tierra, y el huracán arranque de cuajo las espigas, y derribe alcázares y torres; aunque el mundo todo perezca y se confunda, responded a mis interrogaciones.

BRUJA 1.ª. - Habla.

BRUJA 2.ª. - Pregúntanos.

BRUJA 3.ª. - A todo te responderemos.

BRUJA 1.ª. - ¿Quieres que hablemos nosotras o que contesten los genios, señores nuestros?

MACBETH. - Invocad a los genios, para que yo los vea.

BRUJA 1.ª. - Verted la sangre del cerdo: avivad la llama con grasa resudada del patíbulo.

Las brujas. - Acudid a mi voz, genios buenos y malos. Haced ostentación de vuestro arte.

(En medio de la tempestad, aparece una sombra, armada, con casco)

MACBETH. - Respóndeme, misterioso genio.

BRUJA 1.ª. - Él adivinará tu pensamiento. Óyele y no le hables.

LA SOMBRA. - Recela tú de Macduff, recela de Macduff. Adiós... Dejadme.

MACBETH. - No sé quién eres, pero seguiré tu consejo, porque has sabido herir la cuerda de mi temor. Oye otra pregunta.

BRUJA 2.ª. - No te responderá, pero ahora viene otra sombra.

(Aparece la sombra de un niño cubierto de sangre)

LA SOMBRA. - Macbeth, Macbeth, Macbeth.

MACBETH. - Aplico tres oídos para escucharte.

LA SOMBRA. - Si eres cruel, implacable y sin entrañas, ninguno de los humanos podrá vencerte.

MACBETH. - Entonces ¿por qué he de temer a Macduff?... Puede vivir seguro... Pero no... es más seguro que perezca, para tener esta nueva prenda contra el hado... No le dejaré vivir; desmentiré así a los espectros que finge el miedo, y me dormiré al arrullo de los truenos.

(La sombra de un niño, con corona y una rama de árbol en la mano)

¿Quién es ese niño que se ciñe altanero la corona real?

Brujas. - Óyele en silencio.

LA SOMBRA. - Sé fuerte como el león; no desmaye un punto tu audacia; no cedas ante los enemigos. Serás invencible, hasta que venga contra ti la selva de Birnam, y cubra con sus ramas a Dunsmania.

MACBETH. - ¡Eso es imposible! ¿Quién puede mover de su lugar los árboles y ponerlos en camino? Favorables son los presagios. ¡Sedición, no alces la cabeza, hasta que la selva de Birnam se mueva! Ya estoy libre de todo peligro que no sea el de pagar en su día la deuda que todos tenemos con la muerte. Pero decidme, si es que vuestro saber penetra tanto: ¿reinarán los hijos de Banquo?

Las brujas. - Nunca podrás averiguarlo.

MACBETH. - Decídmelo. Os conjuro de nuevo y os maldeciré, si no me lo reveláis. Pero ¿por qué cae en tierra la caldera?... ¿Qué ruido siento?

Las brujas. - Mira. ¡Sombras, pasad rápidas, atormentando su corazón y sus oídos!

(Pasan ocho reyes, el último de ellos con un espejo en la mano. Después la sombra de Banquo)

MACBETH. - ¡Cómo te asemejas a Banquo!... Apártate de mí... Tu corona quema mis ojos... Y todos pasáis coronados... ¿Por qué tal espectáculo, malditas viejas?... También el tercero... Y el cuarto... ¡Saltad de vuestras órbitas, ojos míos!... ¿Cuándo, cuándo dejaréis de pasar?... Aún viene otro... el séptimo... ¿Por qué no me vuelvo ciego?... Y luego el octavo... Y trae un espejo, en que me muestra otros tantos reyes, y algunos con doble corona y triple cetro... Espantosa visión... Ahora lo entiendo todo... Banquo, pálido por la reciente herida, me dice sonriéndose que son de su raza esos monarcas... Decidme, ¿es verdad lo que miro?

Las brujas. - Verdad es, pero ¿a qué tu espanto?... Venid, alegraos, ya se pierde en los aires el canto del conjuro; gozad en misteriosa danza; hagamos al Rey el debido homenaje.

(Danzan y desaparecen)

MACBETH. - ¿Por dónde han huido?... ¡Maldita sea la hora presente!

LÉNNOX. - ¿Qué hay?

MACBETH. - ¿No has visto a las brujas?

LÉNNOX. - No.

MACBETH. - ¿No han pasado por donde tú estabas de guardia?

LÉNNOX. - No.

MACBETH. - ¡Maldito sea el aire que las lleva! ¡Maldito quien de ellas se fía! Siento ruido de caballos; ¿quiénes son?

LÉNNOX. - Mensajeros que traen la noticia de que Macduff huye a Inglaterra.

MACBETH. - ¿A Inglaterra?

LÉNNOX. - Así dicen.

MACBETH. - El tiempo se me adelanta. la ejecución debe seguir al propósito, el acto al pensamiento. Necesito entrar en Fife, y degollar a Macduff, a su mujer y a sus hijos y a toda su parentela... Y hacerlo pronto, no sea que el propósito se frustre, y quede en vana amenaza. Basta de agüeros y sombras.

ESCENA II[editar]

Castillo de Macduff

LADY MACDUFF, ROSS, EL HIJO DE MACDUFF, UN MENSAJERO Y ASESINOS'

LADY MACDUFF. - ¿Por qué esa inesperada fuga?

ROSS. - Tranquilízate, señora.

LADY MACDUFF. - ¡Qué locura hizo! El miedo nos hace traidores.

ROSS. - ¿Quién sabe si fue miedo o prudencia?

LADY MACDUFF. - ¿Prudencia dejar su mujer, sus hijos y su hacienda, expuestos a la venganta de un tirano?... No creo en su cariño... El ave más pequeña y débil de todas resiste a la lechuza, cuando se trata de defender su prole... En Macduff ha habido temor sobrado y ningún amor. Su fuga es cobardía y locura.

ROSS. - Tranquilízate, prima mía. Tu marido es bueno y prudente, y sabe bien lo que hace. Pero vivimos en tan malos tiempos que a veces somos traidores hasta sin saberlo, y tememos y recelamos sin causa, como quien cruza un mar incierto y proceloso. Adiós. Volveré pronto. Quizá se remedie todo y luzca de nuevo el sol de la esperanza. Adiós, hermosa prima. Dios te bendiga.

LADY MACDUFF. - Mi hijo está huérfano aunque tiene padre.

ROSS. - No puedo detenerme más. Sería en daño vuestro y mío.

LADY MACDUFF. - (A su hijo). Y ahora que estás sin padre, ¿cómo vivirás, hijo mío?

HIJO. - Madre mía, como los pájaros del cielo.

LADY MACDUFF. - ¿Con insectos y moscas?

HIJO. - Con lo que encuentre, como hacen ellas.

LADY MACDUFF. - ¡Infeliz! ¿Y no temerás redes, liga ni cazadores?

HIJO. - ¿Y por qué he de temerlos, madre? Nadie caza a los pájaros pequeños. Y además, mi padre no ha muerto.

LADY MACDUFF. - ¿Qué harías por tener padre?

HIJO. - ¿Y tú por tener marido?

LADY MACDUFF. - Compraría veinte en cualquier parte.

HIJO. - Para venderlos después.

LADY MACDUFF. - Muy agudo eres para tus años.

HIJO. - Dices que mi padre fue traidor.

LADY MACDUFF. - Sí.

HIJO. - ¿Y qué es ser traidor?

LADY MACDUFF. - Faltar a la palabra y al juramento.

HIJO. - ¿Eso se llama traición?

LADY MACDUFF. - Y quien la comete merece ser ahorcado.

HIJO. - ¿Todo el que la comete?

LADY MACDUFF. - Todos.

HIJO. - ¿Y quién Los ha de ahorcar?

LADY MACDUFF. - La gente honrada.

HIJO. - Entonces bien necios son los traidores, porque, siendo tantos, parece que habían de ser ellos los que ahorcasen a la gente de bien.

LADY MACDUFF. - ¿Qué harías por tener padre?

HIJO. - Si hubiera muerto de veras, tú estarías llorando, y si no llorabas, era indicio claro de que pronto tendría yo otro padre.

LADY MACDUFF. - Gracioso estás, pobre hijo mío.

MENSAJERO. - Dios te bendiga y salve, hermosa castellana. No te conozco, pero el honor me obliga a avisarte que se acerca a ti un inminente peligro. Sigue mi consejo. Huye en seguida con tus hijos. Quizá te parezca rudo mi aviso, pero sería cruel dejarte en las garras de los asesinos. Adiós. No puedo detenerme.

LADY MACDUFF. - ¿Y a dónde voy? ¿Qué pecado he cometido? Estoy en un mundo donde a veces se tiene por locura hacer el bien, y se tributan elogios a la maldad. ¿De qué me sirve la pueril excusa de no haber hecho mal a nadie?... Pero ¿qué horribles semblantes son los que miro?...

ASESINOS. - ¿Dónde está tu marido?

LADY MACDUFF. - No en parte tan infame donde tus ojos puedan verle.

ASESINO 1.º. - (Al niño). Eres un traidor.

HIJO. - Mentira, vil sicario.

ASESINO. - Muere, pollo en cascarón.

(Le hiere)

HIJO. - Me ha matado. Huye, madre, sálvate.

ESCENA III[editar]

Palacio real en Inglaterra

MALCOLM, MACDUFF, UN DOCTOR Y ROSS

MALCOLM. - Busquemos sitio apartado donde poder llorar.

MACDUFF. - Eso no: empuñemos el hierro de la venganza, en defensa de la patria oprimida. Cada día suben al cielo nuevos clamores de viudas y huérfanos, acompañando el duelo universal de Escocia.

MALCOLM. - Mucho lo lamento, pero no creo más que lo que sé. Remediaré lo que pueda y cuando pueda. Tendrás razón en todo lo que dices. Pero acuérdate que ese tirano, cuyo nombre mancha la lengua al pronunciarlo, parecía bueno, y tú mismo le tu viste por tal. Y además a vosotros no os ha hecho mal ninguno. ¿Si querréis engañarme, sacrificándome como un cordero en las aras de ese ídolo?

MACDUFF. - Nunca he sido traidor.

MALCOLM. - Pero lo fue Macbeth... Perdóname... no me atrevo a adivinar lo que eres. Mira si resplandecen y son puros los ángeles, y sin embargo, el más luciente de ellos cayó. Muchas veces el crimen toma la máscara de la virtud.

MACDUFF. - ¡Perdí toda esperanza!

MALCOLM. - Siempre me quedan mis dudas. ¿Por qué has dejado abandonados a tu mujer y a tus hijos, a cuanto quieres en el mundo? Perdóname. Quizá te ofendan mis recelos. Puede ser también que tengas razón. Pero yo con esos recelos me defiendo.

MACDUFF. - ¡Llora sin tregua, pobre Escocia! Horrible tiranía pesa sobre ti: los buenos se callan, y nadie se atreve a resistirla. Has de sufrir en calma tus males, ya que tu Rey vacila y tiembla. Señor, me juzgas mal. No sería yo traidor ni aun a precio de toda la tierra que ese malvado señorea, ni por todas las riquezas de Oriente.

MALCOLM. - No he querido ofenderte, ni desconfío de ti en absoluto. Sé que nuestra pobre Escocia suda llanto y sangre, oprimida por ese bárbaro. Sé que cada día aumentan y se enconan sus heridas. Creo también que a mi voz muchos brazos se levantarían. Ahora mismo Inglaterra me ofrece miles de combatientes. Pero cuando llegase yo a pisotear la cabeza del tirano o a llevarla en mi lanza, no sería más feliz la patria bajo el reinado del sucesor de Macbeth, antes crecerían sus infortunios.

MACDUFF. - ¿De qué sucesor hablas?

MALCOLM. - De mí mismo. Llevo de tal manera en mí las semillas de todos los vicios, que cuando fructifiquen, parecerán blancas como la nieve las ensangrentadas sombras de las víctimas de Macbeth, y quizá bendigan su memoria los súbditos, al contemplar mi horrenda vida.

MACDUFF. - ¡Pero si en los infiernos mismos no hay un ser más perverso que Macbeth!

MALCOLM. - Te concedo de buen grado que es cruel, lascivo, hipócrita, falso, avaro, iracundo, y que se juntan en él todas las maldades del mundo. Pero también es atroz mi lujuria; no bastarían a saciarla todas vuestras hijas y esposas; no habría dique que pudiera oponerse a mi deseo... No... no... prefiero que reine Macbeth.

MACDUFF. - Terrible enemigo del cuerpo es la incontinencia, y de ella han sido víctimas muchos reyes, y por ella han sido asolados florecientes imperios. Pero no temáis, señor. El campo del placer es espacioso. No faltan bellezas frágiles, y aunque tu voracidad sea como la del buitre, has de acabar por cansarte de tantas como acudirán, ufanas de su pomposa deshonra.

MALCOLM. - Además, ruge en mi pecho condición tan indomable, que si fuera rey, no tendría yo reparo en matar a un noble por despojarle de sus heredades y castillos, o condenarle por falsas acusaciones, aunque él fuera espejo de lealtad, para enriquecerme con sus despojos.

MACDUFF. - La lujuria es viento de estío, pero la codicia echo raíces mucho más profundas en el alma. Ella ha sido la espada matadora de muchos reyes nuestros. Pero no importa. los tesoros de Escocia han de colmar tu deseo. Si no tienes otros vicios que esos, aún son tolerables.

MALCOLM. - Es que no tengo ninguna cualidad buena. No conozco, ni aun de lejos, la justicia, la templanza, la serenidad, la constancia, la clemencia, el valor, la firmeza en los propósitos, la generosidad. No hay vicio alguno de que yo carezca. Si yo llegara a reinar, echaría al infierno la miel de la concordia, y asolaría y confundiría el orbe entero.

MACDUFF. - ¡Ay desdichada Escocia!

MALCOLM. - Así soy. Di si me crees digno de reinar.

MACDUFF. - No, ni tampoco de vivir sobre la tierra. ¡Pobre patria mía, vil despojo de un tirano que mancha en sangre el cetro que usurpó! ¿Cómo restaurar tu antigua gloria, si el vástago de tus reyes está maldiciendo de sí mismo, y de todo su linaje? Tu padre, señor, era un santo: tu madre vivía muerta para el mundo, y pasaba de hinojos y en oración el día. Adiós, señor, los vicios de que habláis me arrojan de Escocia. Muerta está mi última esperanza.

MALCOLM. - No... muerta no... Esa noble indignación que muestras, es un grito de tu alma generosa, y viene a disipar todos mis temores. Veo claras tu lealtad y tu inocencia. Macbeth ha querido más de una vez engañarme con artificios parecidos, y por eso me guardo de la nimia credulidad. ¡Sea Dios juez entre nosotros! Me pongo en tus manos: me arrepiento de haber sospechado de ti, bien contra mi natural instinto, y de haberme calumniado, atribuyéndome los vicios que aborrezco más. Soy continente. Nunca he faltado a mi palabra. No he codiciado lo ajeno ni aun lo propio. No haría una traición al mismo Lucifer, y amo la verdad tanto como la vida. Hoy es la primera vez que he faltado a ella, y eso en contra mía. Tal como soy verdaderamente, me ofrezco a ti y a nuestra Escocia oprimida... Cuando tú has llegado, el viejo Suardo preparaba una expedición de diez mil guerreros. Todos iremos juntos. ¡Dios nos proteja, pues tan santa y justa es nuestra causa! Di, ¿por qué callas?

MACDUFF. - ¿Y quién no queda absorto al ver unidos tan faustos y tan infelices sucesos?

(Entra un médico)

MALCOLM. - Ya hablaremos. (Al doctor). ¿Viene el Rey?

DOCTOR. - Ya le espera un tropel de enfermos, que aguarda de sus manos la salud. Él los cura con el tacto de sus benditas manos.

MALCOLM. - Gracias, doctor.

MACDUFF. - ¿Y de qué enfermedad cura el Rey?

MALCOLM. - De las escrófulas. Es un milagro patente. Desde que estoy en Inglaterra, lo he visto muchas veces. No se sabe cómo logra tal favor del cielo, pero a los enfermos más desesperados, llenos de úlceras y llagas, los cura con sólo colgarles medallas del cuerpo, y pronunciar alguna devota oración. Dicen que esta sobrenatural virtud pasa de unos a otros reyes de Inglaterra. Tiene además el don de profecía, y otras mil bendiciones celestes, prueba no dudosa de su santidad.

MACDUFF. - ¿Quién viene?

MALCOLM. - De mi tierra es, pero no le conozco.

(Entra Ross)

MACDUFF. - Con bien vengas, ilustre pariente mío.

MALCOLM. - Te recuerdo. ¡Oh, Dios mío, haz que no volvamos a mirarnos como extraños!

ROSS. - Dios te oiga, señor.

MACDUFF. - ¿Sigue en el mismo estado nuestra patria?

ROSS. - ¡Oh, desdichada Escocia! Ya no es nuestra madre, sino nuestro sepulcro. Sólo quien no tenga uso de razón, puede sonreír allí. No se oyen más que suspiros y lamentos. El dolor se convierte en locura. Banquo ha muerto, sin que nadie pregunte por qué. Las almas puras se marchitan como las flores.

MACDUFF. - Esa narración quizá tenga más de poética que de verdadera.

MALCOLM. - ¿Y cuáles son los crímenes más recientes?

ROSS. - Uno nuevo a cada hora.

MACDUFF. - ¿Qué es de mi mujer?

ROSS. - ¿Tu mujer?... Está bien.

MACDUFF. - ¿Y mis hijos?

ROSS. - Bien.

MACDUFF. - ¿El tirano ha intentado algo contra ellos?

ROSS. - En paz los dejé cuando salí de Escocia.

MACDUFF. - No seas avaro de palabras. Dime la verdad.

ROSS. - Cuando vine a traeros estas noticias, decíase que se habían levantado numerosas huestes contra el tirano, y que éste se aprestaba a combatirlas. La ocasión se presenta favorable. Si acudes pronto, hasta las mujeres se alzarán para romper sus cadenas.

MALCOLM. - Pronto iremos a salvarlos. Inglaterra nos ayuda con diez mil hombres mandados por el valiente Suardo, el mejor caudillo de la cristiandad.

ROSS. - ¡Ojalá que yo pudiera consolarme como tú, pero mis desdichas son de tal naturaleza que debo confiarlas a los vientos, y no donde las oiga nadie.

MACDUFF. - ¿Es desdicha pública o privada?

ROSS. - Todo hombre de bien debe lamentarse de ellas, pero a ti te toca la mayor parte.

MACDUFF. - Entonces no tardes en decírmela.

ROSS. - No se enojen tus oídos contra mi lengua, aunque se vea forzada a pronunciar las más horrendas palabras que nunca oíste.

MACDUFF. - ¡ Dios mío! Casi lo adivino.

ROSS. - Tu castillo fue saqueado: muertos tu esposa y tus hijos. No me atrevo a referirte cómo, para no añadir una más a las víctimas.

MALCOLM. - ¡Dios poderoso! Habla. No ocultes tu rostro. Es más tremendo el dolor que no se expresa con palabras.

MACDUFF. - ¿Y mis hijos también?

ROSS. - Perecieron tu esposa y tus hijos y tus criados, y cuantos estaban allí.

MACDUFF. - ¿Por qué no estaba yo? ¿Y también mi mujer?...

ROSS. - También.

MALCOLM. - ¡Serenidad! La venganza, única medicina de nuestros males, ha de ser tremenda.

MACDUFF. - ¡Pero Macbeth no tiene hiios!... Hijos míos... ¿Todos perecieron?... ¿Todos?... ¿Y su madre también?... ¿Y de un solo golpe?

MALCOLM. - Véngate como un hombre.

MACDUFF. - Sí que me vengaré, pero soy hombre, y siento y me atormenta la memoria de lo que más quise en el mundo. ¡Y lo vio el cielo y no se apiadó de ellos! ¡Ah, pecador Macduff, tú tienes la culpa de todo! Por ti han perecido aquellos inocentes. ¡Dios les dé la gloria eterna!

MALCOLM. - Tu dolor afile tu espada e inflame tu brío. Sírvate de aguijón y no de freno.

MACDUFF. - Aunque lloraran mis ojos como los de una mujer, mi lengua hablaría con la audacia de un varón. ¡Dios mío, ponme enfrente de ese demonio, y si se libra de mi espada, consentiré hasta que el cielo le perdone!

MALCOLM. - Esas ya son palabras dignas de ti. Vamos a despedirnos del Rey de Inglaterra. Sólo nos falta su permiso. Macbeth está a la orilla del precipicio. El cielo se declare en favor nuestro. Tregua a vuestro dolor. No hay noche sin aurora.

Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Acto III Acto IV Acto V