Madame Bovary - Segunda parte

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Madame Bovary
Segunda parte
de Gustave Flaubert




CAPÍTULO I

Yonville l’Abbaye (así llamado por una antigua abadía de capuchinos de la que ni siquiera quedan ruinas) es un pueblo a ocho leguas de Rouen, entre la carretera de Abbeville y la de Beauvais, al fondo de un valle regado por el Rieule, pequeño río que desemboca en el Andelle, después de haber hecho mover tres molinos hacia la desembocadura, y en el que hay algunas truchas que los chicos se divierten en pescar con caña los domingos.

Se deja la carretera principal en la Boissière y se continúa por la llanura hasta lo alto de la cuesta de los Leux, desde donde se descubre el valle. El río que lo atraviesa hace de él como dos regiones de distinta fisonomía: todo lo que queda a la izquierda son pastos, todo lo que queda a la derecha son tierras de cultivo. Los prados se extienden al pie de una cadena de pequeñas colinas para juntarse por detrás con los pastos del País de Bray, mientras que, del lado este, la llanura se va ensanchando en suave pendiente y muestra hasta perderse de vista sus rubios campos de trigo. El agua que corre a orilla de la hierba separa con una raya blanca el color de los prados del de los surcos, y el campo semeja de este modo a un gran manto desplegado que tiene un cuello de terciopelo verde ribeteado de un césped de plata.

En el extremo del horizonte, cuando se llega, nos encontramos delante los robles del bosque de Argueil, y las escarpadas cuestas de San Juan, atravesadas de arriba abajo por anchos regueros rojos, desiguales; son las huellas de las lluvias, y esos tonos de ladrillo, que se destacan en hilitos delgados sobre el color gris de la montaña, proceden de la cantidad de manantiales ferruginosos que corren más allá en el país cercano.

Estamos en los confines de la Normandía, de la Picardía y de la Isla de Francia, comarca bastarda donde el habla no tiene acento, como el paisaje no tiene carácter. Es allí donde se hacen los peores quesos de Neufchâtel de todo el distrito, y, por otra parte, el cultivo allí es costoso, porque hace falta mucho estiércol para abonar aquellas tierras que se desmenuzan llenas de arena y de guijarros.

Hasta 1835 no había ninguna carretera transitable para llegar a Yonville; pero hacia esta época se abrió un camino vecinal que une la carretera de Abbeville a la de Amiens, y sirve a veces a los carreteros que van de Rouen a Flandes. Sin embargo, Yonville l'Abbaye se quedó estacionaria a pesar de sus «nuevas salidas». En vez de mejorar los cultivos, siguen obstinados en los pastizales, por depreciados que estén, y el pueblo perezoso, apartándose de la llanura, ha continuado su expansión natural hacia el río. Se le ve desde lejos, extendido a lo largo del río, como un pastor de vacas que echa la siesta a orilla del agua.

Al pie de la cuesta, pasado el puente, comienza una calzada plantada de jóvenes chopos temblones, que lleva directamente hasta las primeras casas del pueblo. Éstas están rodeadas de setos, en medio de patios llenos de edificaciones dispersas, lagares, cabañas para los carros y destilerías diseminadas bajo los árboles frondosos de cuyas ramas cuelgan escaleras, varas y hoces. Los tejados de paja, como gorros de piel que cubren sus ojos, bajan hasta el tercio más o menos de las ventanas bajas, cuyos gruesos cristales abombados están provistos de un nudo en el medio como el fondo de una botella. Sobre la pared de yeso atravesada en diagonal por travesaños de madera negros, se apoya a veces algún flaco peral, y las plantas bajas y las puertas tienen una barrera giratoria para protegerlas de los pollitos, que vienen a picotear en el umbral, migajas de pan moreno mojado en sidra. Luego los patios se estrechan, las edificaciones se aproximan, los setos desaparecen; un haz de helechos se balancea bajo una ventana en la punta de un mango de escoba; hay la forja de un herrador y luego un carpintero de carros con dos o tres ejemplares nuevos fuera invadiendo la carretera. Después, a través de un claro, aparece una casa blanca más a11á de un círculo de césped adornado con un Amor con el dedo colocado sobre la boca; en cada lado de la escalinata hay dos jarrones de hierro; en la puerta, unas placas brillantes: es la casa del notario y la más bonita del país.

La iglesia está al otro lado de la calle, veinte pasos más allá, a la entrada de la plaza. El pequeño cementerio que la rodea, cerrado por un muro a la altura del antepecho, está tan lleno de sepulturas que las viejas lápidas a ras del suelo forman un enlosado continuo, donde la hierba ha dibujado espontáneamente bancales verdes regulares. La iglesia fue reconstruida en los últimos años del reinado de Carlos X. La bóveda de madera comienza a pudrirse por arriba, y, a trechos, resaltan agujeros negros sobre un fondo azul. Por encima de la puerta, donde estaría el órgano, se mantiene una galena para los hombres, con una escalera de caracol que resuena bajo los zuecos.

La luz solar, que llega por las vidrieras completamente lisas, ilumina oblicuamente los bancos, alineados perpendicularmente a la pared, tapizada aquí y a11á por alguna esterilla clavada, en la que en grandes caracteres se lee «Banco del Señor Fulano». Más a11á, donde se estrecha la nave, el confesonario hace juego con una pequeña imagen de la Virgen, vestida con un traje de raso, tocada con un velo de tul sembrado de estrellas de plata, y con los pómulos completamente llenos de púrpura como un ídolo de las islas Sandwich; por último, una copia de la «Sagrada Familia, regalo del ministro del interior», presidiendo el altar mayor entre cuatro candeleros, remata al fondo la perspectiva. Las sillas del coro, en madera, de abeto, quedaron sin pintar.

El mercado, es decir, un cobertizo de tejas soportado por unos veinte postes, ocupa por sí solo casi la mitad de la plaza mayor de Yonville. El ayuntamiento, construido según los pianos de un arquitecto de Paris, es una especie de templo griego que hace esquina con la casa del farmacéutico. Tiene en la planta baja tres columnas jónicas, y en el primer piso, una galería cde arcos de medio punto, mientras que el tímpano que lo remata está ocupado totalmente por un gallo galo que apoya una pata sobre la Carta y sostiene con la otra la balanza de la justicia.

Pero lo que más llama la atención es, frente a la posada del «León de Oro», la farmacia del señor Homais. De noche, especialmente, cuando está encendido su quinqué y los tarros rojos y verdes que adornan su escaparate proyectan a lo lejos, en el suelo, las dos luces de color, entonces, a través de ellas, como en luces de Bengala, se entrevé la sombra del farmaceútico, de codos sobre su mesa. Su casa, de arriba abajo, está llena de carteles con inscripciones en letra inglesa, en redondilla, en letra de molde: Aguas de Vichy, de Seltz y de Barèges, jarabes depurativos, medicina Raspail, racahout, pastillas Darcet, pomada Regnault, vendajes, baños, chocolates de régimen, etc. Y el rótulo, que abarca todo to ancho de la farmacia, lleva en letras doradas: «Homais, farmacéutico.» Después, al fondo de la tienda, detrás de las grandes balanzas precintadas sobre el mostrador, se lee la palabra «laboratorio» por encima de una puerta acristalada que, a media altura, repite todavía una vez más «Homais» en letras doradas sobre fondo negro.

Después, ya no hay nada más que ver en Yonville. La calle única, de un tiro de escopeta de larga, y con algunas tiendas a uno y otro lado, termina bruscamente en el recodo de la carretera. Dejándola a la derecha y bajando la cuesta de San Juan se llega enseguida al cementerio.

Cuando el cólera, para ensancharlo, tiraron una pared y compraron tres acres de terreno al lado; pero toda esta parte nueva está casi deshabitada, pues las tumbas, como antaño, continúan amontonándose hacia la puerta. El guarda, que es al mismo tiempo enterrador y sacristán en la iglesia, sacando así de los cadáveres de la parroquia un doble beneficio, aprovechó el terreno vacío para plantar en él patatas. De año en año, sin embargo, su pequeño campo se reduce, y cuando sobreviene una epidemia no sabe si debe alegrarse de los fallecimientos o lamentarse de las sepulturas.

 ¡Usted vive de los muertos. Lestiboudis!  le dijo, por fin, un día el señor cura.

Estas sombrías palabras le hicieron reflexionar; le contuvieron algún tiempo; pero todavía hoy sigue cultivando sus tubérculos, a incluso sostiene con aplomo que crecen de manera espontánea.

Desde los acontecimientos que vamos a contar, nada, en realidad ha cambiado en Yonville. La bandera tricolor de latón sigue girando en lo alto del campanario de la iglesia; la tienda del comerciante de novedades sigue agitando al viento sus dos banderolas de tela estampada; los fetos del farmacéutico, como paquetes de yesca blanca, se pudren cada día más en su alcohol cenagoso, y encima de la puerta principal de la posada el viejo león de oro, desteñido por las lluvias, sigue mostrando a los transeúntes sus rizos de perrito de aguas.

La tarde en que los esposos Bovary debían llegar a Yonville, la señora viuda Lefrançois, la dueña de esta posada, estaba tan atareada que sudaba la gota gorda revolviendo sus cacerolas. Al día siguiente era mercado en el pueblo. Había que cortar de antemano las carnes, destripar los pollos, hacer sopa y café. Además, tenía la comida de sus huéspedes, la del médico, de su mujer y de su muchacha; el billar resonaba de carcajadas; tres molineros en la salita llamaban para que les trajesen aguardiente; ardía la leña, crepitaban las brasas, y sobre la larga mesa de la cocina, entre los cuartos de cordero crudo, se alzaban pilas de platos que temblaban a las sacudidas del tajo donde picaban espinacas. En el corral se oían gritar las aves que la criada perseguía para cortarles el pescuezo.

Un hombre en pantuflas de piel verde, un poco marcado de viruela y tocado con un gorro de terciopelo con borla de oro, se calentaba la espalda contra la chimenea. Su cara no expresaba más que la satisfacción de sí mismo, y parecía tan contento de la vida como el jilguero colgado encima de su cabeza en una jaula de mimbre: era el farmacéutico.

 ¡Artemisa!  gritaba la mesonera , ¡parte leña menuda, llena las botellas, trae aguardiente, date prisa! Si al menos yo supiera qué postre ofrecer a los señores que ustedes esperan. ¡Bondad divina! Ya están otra vez ahí los de la mudanza haciendo su estruendo en el billar. ¡Y han dejado su carro en el portón! « La Golondrina» es capaz de aplastarlo cuando llegue. ¡Llama a Hipólito para que lo coloque en su sitio!... Pensar que, desde esta mañana, señor Homais, puede que hayan jugado quince partidas y bebido ocho jarras de sidra... Pero me van a romper el paño de la mesa de billar  y continuaba mirándolos de lejos con su espumadera en la mano.

 La pérdida no sería grande  respondió el señor Homais , se compraría otro.

 ¡Otro billar!  exclamó la viuda.

 Es que éste ya no aguanta, señora Lefrançois; se lo repito, ¡se equivoca!, ¡está completamente equivocada!, y además los aficionados ahora quieren troneras estrechas y tacos pesados. No se juega ya a carambolas; ¡todo ha cambiado! ¡Hay que ir con los tiempos!, si no, fíjese en Tellier...

La mesonera se puso roja de despecho. El farmacéutico añadió:

 Su billar, por mucho que usted diga, es más bonito que el de usted; y si, por ejemplo, se les ocurre organizar un campeonato patriótico a favor de Polonia o de las inundaciones de Lyon...

 ¡No son los pordioseros como él los que nos asustan!  interrumpió la mesonera, alzando sus gruesos hombros . ¡Vamos!, ¡vamos!, señor Homais, mientras viva el «León de Oro» la gente seguirá viniendo aquí. Nosotros tenemos el riñón bien cubierto. En cambio, cualquier mañana verá usted el «Café Francés» cerrado y con un hermoso cartel sobre la marquesina. Cambiar mi billar  proseguía hablando consigo misma , con lo cómodo que me es para colocar mi colada, y donde, en la temporada de caza, he dado cama hasta a seis viajeros... ¡Pero ese remolón de Hivert que no acaba de llegar!

 ¿Le espera usted para la cena de esos señores?  preguntó el farmacéutico.

 ¿Esperarle? ¡Pues y el señor Binet! A1 dar las seis ya le verá usted entrar, pues nadie le iguala en el mundo en cuanto a puntualidad. Tiene que tener siempre su sitio en la salita.

Antes lo matarán que hacerle cenar en otro sitio. ¡Con lo delicado que es!, ¡y tan exigente para la sidra! No es como el señor León, que llega a veces a las siete, incluso a las siete y media; ni siquiera mira lo que come. ¡Qué muchacho más bueno! Jamás dice una palabra más alta que otra.

 Es que hay mucha diferencia, ya se sabe, entre alguien que ha recibido educación y un antiguo carabinero que ahora es recaudador de impuestos.

Dieron las seis. Entró Binet.

Vestía una levita azul que le caía recta por su propio peso, alrededor de su cuerpo flaco, y su gorra de cuero, con orejeras atadas con cordones en la punta de la cabeza, dejaba ver, bajo la visera levantada, una frente calva, deprimida por el use del casco. Llevaba un chaleco de paño negro, un cuello de crin, un pantalón gris, y, en todo tiempo, unas botas bien lustradas que tenían dos abultamientos paralelos debidos a los juanetes. Ni un solo pelo rebasaba la línea de su rubia sotabarba que, contorneando la mandíbula, enmarcaba como el borde de un arriate su larga cara, descolorida, con unos ojos pequeños y una nariz aguileña. Ducho en todos los juegos de cartas, buen cazador y con una hermosa letra, tenía en su casa un torno con el que se entretenía en tornear servilleteros que amontonaba en su casa, con el celo de un artista y el egoísmo de un burgués.

Se dirigió hacia la salita; pero antes hubo que hacer salir a los tres molineros; y durante todo el tiempo que invirtieron en ponerle la mesa, Binet permaneció silencioso en su sitio, cerca de la estufa; después cerró la puerta y se quitó la gorra como de costumbre.

 No son las cortesías las que le gastarían la lengua  dijo el farmacéutico, cuando se quedó a solas con la mesonera.

 Nunca habla más  respondió ella ; la semana pasada vinieron aquí dos viajantes de telas, unos chicos muy simpáticos, que contaban de noche un montón de chistes que me hicieron llorar de risa; bueno, pues él permanecía a11í, como un sábalo, sin decir ni palabra.

 Sí  dijo el farmacéutico , ni pizca de imaginación ni ocurrencias, ¡nada de lo que define al hombre de sociedad!

 Sin embargo, dicen que tiene posibles  objetó la mesonera.

  ¿Posibles?  replicó el señor Homais ; ¡é1! ¿posibles?

Entre los de su clase es probable  añadió, en un tono más tranquilo.

Y prosiguió:

 ¡Ah!, que un comerciante que tiene relaciones considerables, que un jurisconsulto, un médico, un farmacéutico estén tan absorbidos, que se vuelvan raros a incluso huraños, lo comprendo; se citan sus ocurrencias en las historias. ¡Pero, al menos, es que piensan en algo! A mí, por ejemplo, cuántas veces me ha ocurrido buscar mi pluma encima de la mesa para escribir una etiqueta y comprobar, por fin, que la tenía sobre la oreja.

Entretanto, la señora Lefrançois fue a la puerta a mirar si llegaba «La Golondrina». Se estremeció. Un hombre vestido de negro entró de pronto en la cocina. Se distinguía, en los últimos resplandores del crepúsculo, que tenía la cara rubicunda y el cuerpo atlético.

 ¿En qué puedo servirle, señor cura?  preguntó la mesonera al tiempo que alcanzaba en la chimenea uno de los candeleros de cobre que se encontraban alineados con sus velas . ¿Quiere tomar algo?, un dedo de casis, un vaso de vino?

El eclesiástico rehusó muy cortésmente. Venía a buscar su paraguas, que había olvidado el otro día en el convento de Ernemont, y, después de haber rogado a la señora Lefrançois que se lo enviase a la casa rectoral por la noche, salió para ir a la iglesia, donde tocaban al Angelus.

Cuando el farmacéutico dejó de oír en la plaza el ruido de los zapatos del cura, encontró muy inconveniente su conducta de hacía un instante. Ese rechazo a la invitación de un refresco le parecía una hipocresía de las más odiosas; los curas comían y bebían todos con exceso sin que los vieran, y trataban de volver a los tiempos de los diezmos.

La hotelera tomó la defensa de su cura:

 Además, doblegaría a cuatro como usted bajo su rodilla. El año pasado ayudó a nuestra gente a guardar la paja; llevaba hasta seis haces a la vez, de fuerte que es.

 ¡Bravo!  dijo el farmacéutico . Mandad hijas a confesarse con mocetones de semejante temperamento. Si yo fuera el gobierno, querría que sangrasen a los curas una vez al mes.

Sí, señora Lefrançois, todos los meses una amplia sangría por el mantenimiento del orden y de las buenas costumbres.

 ¡Cállese ya, señor Homais!, ¡es usted un impío!, ¡usted no tiene religión!

El farmacéutico respondió:

 Tengo una religión, mi religión, y tengo más que todos ellos, con sus comedias y sus charlatanerías. Por el contrario, yo adoro a Dios. ¡Creo en el Ser Supremo, un Creador, cualquiera que sea, me importa poco, que nos ha puesto aquí abajo para cumplir aquí nuestros deberes de ciudadanos y de padres de familia; pero no necesito ir a una iglesia a besar bandejas de plata y a engordar con mi bolsillo un montón de farsantes que se alimentan mejor que nosotros! Porque se puede honrarlo lo mismo en un bosque, en un campo, o incluso contemplando la bóveda celeste como los antiguos. Mi Dios, el mío, es el Dios de Sócrates, de Franklin, de Voltaire y de Béranger. Yo estoy a favor de la Profesión de fe del vicario saboyano y los inmortales principios del ochenta y nueve. Por tanto, no admito un tipo de Dios que se pasea por su jardín bastón en mano, aloja a sus amigos en el vientre de las ballenas, muere lanzando un grito y resucita al cabo de tres días: cosas absurdas en sí mismas y completamente opuestas, además, a todas las leyes de la física; lo que nos demuestra, de paso, que los sacerdotes han estado siempre sumidos en una ignorancia ignominiosa, en la que se esfuerzan por hundir con ellos a los pueblos.

Se calló, buscando con los ojos a un público a su alrededor, pues, en su efervescencia, el farmacéutico se había creído por un momento en pleno consejo municipal. Pero la posadera ya no le escuchaba, prestaba atención a un ruidq de ruedas lejano. Se distinguió el rodar de un coche mezclado con un crujido de hierros flojos que daban en el suelo, y por fin «La Golondrina» se paró delante de la puerta.

Era un arcón amarillo sobre dos grandes ruedas que, subiendo a la altura de la baca, impedían a los viajeros ver la carretera y les ensuciaban los hombros. Los pequeños cristales de sus estrechas ventanillas temblaban en sus bastidores cuando el coche estaba cerrado, y conservaban manchas de barro, que ni siquiera las lluvias de tormenta lavaban por completo. El tiro era de tres caballos, de los cuales el del centro iba delante, y cuando bajaban las cuestas el coche rozaba el suelo con el traqueteo.

Algunos habitantes de Yonville llegaron a la plaza; hablaban todos a la vez pidiendo noticias, explicaciones y canastas; Hivert no sabía a cuál atender. Era él quien hacía en la ciudad los encargos del pueblo. Iba a las tiendas, traía rollos de cuero al zapatero, hierro al herrador, un barril de arenques para su ama, gorros de la sombrerería, tupés de la peluquería, y a lo largo del trayecto, a la vuelta, repartía sus paquetes, que tiraba por encima de las tapias, de pie en el pescante y gritando a pleno pulmón, mientras que sus caballos iban completamente solos.

Un incidente le había retrasado: la perrita galga de Madame Bovary se había escapado por el campo. Le habían silbado durante un cuarto de hora largo; incluso Hivert había vuelto una media legua atrás, creyendo verla a cada minuto; pero hubo que continuar el camino. Emma lloró, se enfadó; acusó a Carlos de aquella desgracia. El señor Lleureux, comerciante de telas que viajaba con ella en el coche, intentó consolarla con muchos ejemplos de perros perdidos que reconocieron a su amo al cabo de largos años. Se hablaba de uno que había vuelto de Constantinopla a París. Otro había hecho cincuenta leguas en línea recta y pasado cuatro ríos a nado; y su propio padre había tenido un perro de aguas que, después de doce años de ausencia, le había saltado de pronto en la espalda, en la calle, cuando iba a cenar fuera de casa.

CAPÍTULO II

Emma fue la primera en bajar, después Felicidad, el señor Lheureux, una nodriza, y hubo que despertar a Carlos en su rincón, donde se había dormido completamente al llegar la noche.

Homais se presentó; ofreció sus respetos a la señora, sus cortesías al señor, dijo que estaba encantado de haber podido serles útil, y añadió con un aire cordial que se había permitido invitarse a sí mismo, puesto que, además, su mujer estaba ausente.

Madame Bovary, ya dentro de la cocina, se acercó a la chimenea. Con la punta de sus dos dedos cogió su vestido a la altura de la rodilla, y, habiéndolo subido hasta los tobillos, extendió sobre la llama, por encima de la pata de cordero, que daba vueltas en el asador, su pie calzado con una botina negra. El fuego la iluminaba por completo penetrando con su luz cruda la trama de su vestido y los poros iguales de su blanca piel e incluso los párpados de sus ojos que entornaba de vez en cuando. Un gran resplandor rojo pasaba por encima de ella al soplo del viento que venía por la puerta entreabierta.

Al otro lado de la chimenea, un joven de cabellera rubia la miraba silenciosamente.

Como se aburría mucho en Yonville, donde estaba de pasante del notario Guillaumin, a menudo el señor León Dupuis (era el segundo cliente habitual del «León de Oro») retrasaba la hora de cenar esperando que apareciese en la posada algún viajero con quien hablar por la noche. Los días en que había terminado su tarea, sin saber qué hacer, tenía que llegar a la hora exacta, y soportar, desde la sopa hasta el queso, el cara a cara con Binet. Así que aceptó de buena gana la invitación que le hizo la hostelera de cenar en compañía de los recién llegados, y pasaron a la gran sala, donde la señora Lefrançois, como extraordinario, había dispuesto los cuatro cubiertos.

Homais pidió permiso para seguir con su gorro griego por miedo a las corizas.

Después, volviéndose hacia su vecina:

 ¿La señora, sin duda, está un poco cansada? ¡Le traquetean a uno tanto en nuestra «Golondrina»!

 Es verdad  respondió Emma ; pero lo desacostumbrado siempre me divierte; me gusta cambiar de lugar.

 ¡Es tan aburrido  suspiró el pasante  vivir clavado en los mismos sitios!

 Si ustedes tuvieran como yo  dijo Carlos  que andar siempre a caballo...

 Pero  replicó León dirigiéndose a Madame Bovary, nada hay más agradable, me parece; cuando se puede  añadió.

 Además  decía el boticario , el ejercicio de la medicina no es muy penoso en nuestra tierra; porque el estado de nuestras carreteras permite usar el cabriolet, y, generalmente, se paga bastante bien, pues los campesinos son gente acomodada. Según el informe médico, tenemos, aparte los casos ordinarios de enteritis, bronquitis, afecciones biliosas, etc., de vez en cuando algunas fiebres intermitentes en la siega, pero, en resumen, pocas cosas graves, nada especial que notar, a no ser muchas escrófulas, que se deben, sin duda, a las deplorables condiciones higiénicas de nuestra vivienda campesina. ¡Ah!, tendrá que combatir muchos prejuicios, señor Bovary; muchas terquedades de la rutina, con las que se estrellarán cada día todos los esfuerzos de su ciencia; pues todavía se recurre a novenas, a las reliquias, al cura antes que ir naturalmente al médico o al farmacéutico. El clima, sin embargo, no puede decirse que sea malo a incluso contamos en el municipio algunos nonagenarios. El termómetro, yo lo he observado, baja en invierno hasta cuatro grados, y en la estación fuerte llega a veinticinco, treinta grados centígrados a lo sumo, lo que nos da veinticuatro Réaumur al máximo, o de otro modo cincuenta y cuatro Fahrenheit, medida inglesa, ¡no más!, y, en efecto, estamos abrigados de los vientos del Norte por el bosque de Argueil por una parte; de los vientos del Oeste por la cuesta de San Juan, por la otra; y este calor, sin embargo, que a causa del vapor de agua desprendido por el río y la presencia considerable de animales en las praderas, los cuales exhalan, como usted sabe, mucho amoniaco, es decir, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno, no, nitrógeno a hidrógeno solamente, y que absorbiendo el humus de la tierra, confundiendo todas estas emanaciones diferentes, reuniéndolas en un manojo, por así decirlo, y combinándose por sí mismas con la electricidad extendida en la atmósfera, cuando la hay, podría a la larga, como en los países tropicales, engendrar miasmas insalubres; este calor, digo, se encuentra precisamente templado del lado de donde viene, o más bien, de donde vendría, es decir, no del lado sur, por los vientos del Sudeste, los cuales, habiéndose refrescado por sí mismos al pasar sobre el Sena, nos llegan a veces de repente como brisas de Rusia.

 ¿Tienen ustedes al menos paseos interesantes por los alrededores?  continuaba Madame Bovary hablando al joven pasante.

 ¡Oh!, muy pocos  contestó él . Hay un sitio que se llama la Pâture, en lo alto de la cuesta, en la linde del bosque. Algunas veces, los domingos voy a11í y me quedo con un libro contemplando la puesta del sol.

 No encuentro nada tan admirable  replicó ella  como las puestas de sol; pero, sobre todo, a la orilla del mar.

 ¡Oh!, yo soy un enamorado del mar.

 Y además, ¿no le parece  replicó Madame Bovary  que el espíritu boga más libremente sobre esa extensión ilimitada, cuya contemplación eleva el alma y sugiere ideas de infinito, de ideal?

 Pasa lo mismo con los paisajes de montañas  repuso León . Tengo un primo que viajó por Suiza el año pasado, y me decía que uno no puede figurarse la poesía de los lagos, el encanto de las cascadas, el efecto gigantesco de los glaciares. Se ven pinos de un tamaño increíble atravesados en los torrentes, chozas colgadas sobre precipicios, y, a mil pies por debajo de uno, valles enteros cuando se entreabren las nubes. ¡Estos espectáculos deben entusiasmar, predisponer a la oración, al éxtasis! Por eso ya no me extraña de aquel músico célebre que, para excitar mejor su imaginación, acostumbraba a ir a tocar el piano delante de algún paraje grandioso.

  ¿Toca usted algún instrumento?  preguntó ella.

 No, pero me gusta mucho la música  respondió él.

 ¡Ah!, no le haga caso, Madame Bovary  interrumpió Homais, inclinándose sobre su plato , es pura modestia.

Cómo, querido. ¡Eh!, el otro día, en su habitación, usted estaba cantando L'ange gardien, de maravilla. Yo le escuchaba desde el laboratorio; modulaba aquello como un actor.

En efecto, León vivía en casa del farmacéutico, donde tenía una pequeña habitación en el segundo piso, sobre la plaza. Se ruborizó ante el elogio de su casero, quien ya se había vuelto hacia el médico y le estaba enumerando uno detrás de otro los principales habitantes de Yonville. Contaba anécdotas, daba información; no se conocía con exactitud la fortuna del notario y «estaba también la casa Tuvache» que eran muy pedantes.

Emma replicó:

 ¿Y qué música prefiere usted?

 ¡Oh!, la música alemana, la que invita a soñar.

 ¿Conoce usted a los italianos?

 Todavía no; pero los veré el año próximo, cuando vaya a vivir a París para acabar mi carrera de Derecho.

 Es lo que tenía el honor  dijo el farmacéutico  de explicar a su marido, a propósito de ese pobre Yanoda que se ha fugado; usted se encontrará disfrutando, gracias a las locuras que él hizo, de una de las casas más confortables de Yonville. Lo más cómodo que tiene para un médico es una puerta que da a la «Avenida» y que permite entrar y salir sin ser visto. Además, está dotada de todo to que resulta agradable a una familia: lavadero, cocina con despensa, salón familiar, cuarto para la fruta, etc. Era un mozo que no reparaba en gastos. Mandó construir, al fondo del jardín, a orilla del agua, un cenador exclusivamente para beber cerveza en verano, y si a la señora le gusta la jardinería, podrá...

 Mi mujer apenas se ocupa de eso  dijo Carlos ; aunque le recomiendan el ejercicio, prefiere quedarse en su habitación leyendo.

 Es como yo  replicó León ; qué mejor cosa, en efecto, que estar por la noche al lado del fuego con un libro, mientras el viento bate los cristales y arde la lámpara.

 ¿Verdad que sí?  dijo ella, fijando en él sus grandes ojos negros bien abiertos.

 No se piensa en nada  proseguía él , las horas pasan. Uno se pasea inmóvil por países que cree ver, y su pensamiento, enlazándose a la ficción, se recrea en los detalles o sigue el hilo de las aventuras. Se identifica con los personajes; parece que somos nosotros mismos los que palpitamos bajo sus trajes.

 ¡Es verdad!  decía ella ; ¡es verdad!

 ¿Le ha ocurrido alguna vez  replicó León  encontrar en un libro una idea vaga que se ha tenido, alguna imagen oscura que vuelve de lejos, y como la exposición completa de su sentimiento más sutil?

 ¡Sí, me ha sucedido  respondió ella.

 Por eso  dijo él  me gustan sobre todo los poetas. Encuentro que los versos son más tiernos que la prosa, y que consiguen mucho mejor hacer llorar.

 Sin embargo, cansan a la larga  replicó Emma ; y ahora, al contrario, me gustan las historias que se siguen de un tirón, donde hay miedo. Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se encuentran en la realidad.

 En efecto  observó el pasante de notario , esas obras que no llegan al corazón, se apartan, me parece, del verdadero fin del arte. Es tan agradable entre los desengaños de la vida poder transportarse con el pensamiento a un mundo de nobles caracteres, afectos puros y cuadros de felicidad. Para mí, que vivo aquí, lejos del mundo, es mi única distracción. ¡Yonville ofrece tan pocos alicientes!

 Como Tostes, sin duda  replicó Emma ; por eso estaba suscrita a un círculo de lectores.

 Si la señora quiere honrarme usándola  dijo el farmacéutico, que acababa de oír estas últimas palabras , yo mismo tengo a su disposición una biblioteca compuesta de los mejores autores: Voltaire, Rousseau, Delille, Walter Scott, L'Echo des Feuilletons, etc., y recibo, además, diferentes periódicos, entre ellos el Fanal de Rouen, diariamente, con la ventaja de ser su corresponsal para las circunscripciones de Buchy, Forges, Neufchátel, Yonville y los alrededores.

Hacía dos horas y media que estaban sentados a la mesa, pues la sirvienta Artemisa, que arrastraba indolentemente sus zapatillas de paño por el suelo, traía los platos uno a uno, olvidaba todo, no entendía de nada y continuamente dejaba entreabierta la puerta del billar, que batía contra la pared con la punta de su pestillo.

Sin darse cuenta, mientras hablaba, León había puesto el pie sobre uno de los barrotes de la silla en que estaba sentada Madame Bovary. Llevaba ésta una corbatita de seda azul, que mantenía recto como una gorguera un cuello de batista encañonado; y según los movimientos de cabeza que hacía, la parte inferior de su cara se hundía en el vestido o emergía de él suavemente. Fue así como, uno cerca del otro, mientras que Carlos y el farmacéutico platicaban, entraron en una de esas vagas conversaciones en que el azar de las frases lleva siempre al centro fijo de una simpatía común. Espectáculos de París, títulos de novelas, bailes nuevos, y el mundo que no conocían, Tostes, donde ella había vivido, Yonville, donde estaban, examinaron todo, hablaron de todo hasta el final de la cena.

Una vez servido el café, Felicidad se fue a preparar la habitación en la nueva casa y los invitados se marcharon.

La señora Lefrançois dormía al calor del rescollo, mientras que el mozo de cuadra, con una linterna en la mano, esperaba al señor y a la señora Bovary para llevarlos a su casa. Su cabeIlera roja estaba entremezclada de briznas de paja y cojeaba de la pierna izquierda. Cogió con su otra mano el paraguas del señor cura y se pusieron en marcha.

El pueblo estaba dormido. Los pilares del mercado proyectaban unas sombras largas. La tierra estaba toda gris, como en una noche de verano.

Pero como la casa del médico se encontraba a cincuenta metros de la posada, tuvieron que despedirse pronto, y la compañía se dispersó.

Emma, ya desde el vestíbulo, sintió caer sobre sus hombros, como un lienzo húmedo, el frío del yeso. Las paredes eran nuevas y los escalones de madera crujieron. En la habitación, en el primero, una luz blanquecina pasaba a través de las ventanas sin cortinas. Se entreveían copas de árboles, y más lejos, medio envuelta en la bruma, la pradera, que humeaba a la luz de la luna siguiendo el curso del río. En medio del piso, todo revuelto, había cajones de cómoda, botellas, barras de cortinas, varillas doradas, colchones encima de sillas y palanganas en el suelo, pues los dos hombres que habían traído los muebles habían dejado todo a11í de cualquier manera.

Era la cuarta vez que Emma dormía en un lugar desconocido. La primera había sido el día de su entrada en el internado, la segunda la de su llegada a Tostes, la tercera en la Vaubyessard, la cuarta era ésta; y cada una había coincidido con el comienzo de una nueva etapa en su vida. No creía que las cosas pudiesen ser iguales en lugares diferentes, y, ya que la parte vivida había sido mala, sin duda to que quedaba por pasar sería mejor.

 

CAPÍTULO III

Al día siguiente, al despertarse, vio al pasante en la plaza. Emma estaba en bata de casa. León levantó la cabeza y la saludó. Ella hizo una inclinación rápida y volvió a cerrar la ventana.

León esperó durante todo el día a que llegasen las seis de la tarde; pero, al entrar en la posada, no encontró a nadie más que al señor Binet sentado a la mesa.

Aquella cena de la víspera había sido para él un acontecimiento relevante; nunca hasta entonces había hablado duranté dos horas seguidas con una señora. ¿Cómo, pues, había podido exponerle, y en semejante lenguaje, cantidad de cosas que no hubiera dicho antes tan bien?, era habitualmente tímido y guardaba esa reserva que participa a la vez del pudor y del disimulo. La gente de Yonville apreciaba la corrección de sus modales. Escuchaba razonar a la gente madura, y no parecía exaltado en política, cosa rara en un joven. Además, poseía talento, pintaba a la acuarela, sabía leer la clave de sol, y le gustaba dedicarse a la literatura después de la cena, cuando no jugaba a las cartas. El señor Homais le consideraba por su instrucción; la señora Homais le tenía afecto por su amabilidad, pues a menudo acompañaba en el jardín a los pequeños Homais, unos críos, siempre embadurnados, muy mal educados y un poco linfáticos, como su madre. Para cuidarlos tenían, además de la muchacha, a Justino, el mancebo de la botica, un primo segundo del señor Homais que habían tomado en casa por caridad, y que servía al mismo tiempo de criado.

El boticario se portó corno el mejor de los vecinos. Informó a Madame Bovary sobre los proveedores, hizo venir expresamente a su proveedor de sidra, probó la bebida él mismo, y vigiló en la bodega para que colocasen bien los toneles; indicó, además, la manera de arreglárselas para proveerse de mantequilla barata, y concluyó un trato con Lestiboudis, el sacristán, quien, además de sus funciones sacerdotales y funerarias, cuidaba los principales jardines de Yonville por hora o al año, a gusto de los dueños. No era solamente la necesidad de ocuparse del prójimo lo que movía al farmacéutico a tanta cordialidad obsequiosa; debajo de aquello había un plan.

Había infringido la ley del 19 ventoso<A CLASS="sdfootnoteanc" NAME="sdfootnote34anc" HREF="#sdfootnote34sym">34</A> del año XI, artículo 1.° , 48, que prohíbe a todo individuo que no posea diploma el ejercicio de la medicina; de modo que, por denuncias oscuras, Homais había sido llamado a Rouen a comparecer ante el fiscal del rey en su despacho particular. El magistrado lo había recibido de pie, con su toga, armiño al hombro y tocado con birrete. Era por la mañana, antes de la audiencia. Se oían en el pasillo las pisadas de las fuertes botas de los gendarmes y como un ruido lejano de grandes cerrojos que se cerraban. Al farmacéutico le zumbaron los oídos hasta el punto que llegó a temer una congestión; entrevió profundos calabozos, su familia llorando, la farmacia vendida, todos los bocales esparcidos; y tuvo que entrar en un café a tomar una copa de ron con agua de Seltz para reponerse.

Poco a poco, el recuerdo de aquella admonición se fue debilitando, y continuaba, como antes, dando consultas anodinas en su rebotica. Pero el alcalde le tenía enfilado. Algunos colegas estaban celosos, había que temerlo todo; ganarse al señor Bovary con cortesías era ganar su gratitud, y evitar que hablase después, si se daba cuenta de algo. Por eso, todas las mañanas Homais le llevaba «el periódico» y frecuentemente, por la tarde, dejaba un momento la farmacia para ir a conversar a casa del «oficial de salud».

Carlos estaba triste: la clientela no llegaba. Permanecía sentado durante largas horas sin hablar, iba a dormir a su consultorio o miraba cómo cosía su mujer. Para distraerse hacía los trabajos pesados de la casa y hasta trató de pintar el desván con un resto de pintura que habían dejado los pintores. Pero los problemas económicos le preocupaban. Había gastado tanto en las reparaciones de Tostes, en los trajes de su mujer y en la mudanza, que toda la dote, más de tres mil escudos, se había ido en dos años. Además, ¡cuántas cosas estropeadas o perdidas en el transporte de Tostes a Yonville, sin contar el cura de yeso, que, al caer del carro, en un traqueteo muy fuerte, se había deshecho en mil pedazos en el pavimento de Quincampoix!

Una preocupación mejor vino a distraerle, el embarazo de su mujer. A medida que se acercaba el final él la mimaba más. Era otro lazo de la carne que se establecía y como el sentimiento continuo de una unión más compleja. Cuando veía de lejos su aire perezoso y su talle cimbreándose suavemente sobre sus caderas sin corsé, cuando frente a frente uno del otro la contemplaba todo contento, y ella, sentada en su sillón, daba muestras de fatiga, entonces su felicidad se desbordaba; se levantaba, la besaba, le pasaba las manos por la cara, le llamaba mamaíta, quería hacerle bailar, y decía, medio de risa, medio llorando, toda clase de bromas cariñosas que se le ocurrían. La idea de haber engendrado le deleitaba. Nada le faltaba ahora. Conocía la existencia humana con todo detalle y se sentaba a la mesa apoyado en los dos codos, lleno de serenidad.

Emma primero sintió una gran extrañeza, después tuvo deseos de verse liberada, para saber lo que era ser madre. Pero no pudiendo gastar lo que quería, tener una cuna en forma de barquilla con cortinas de seda rosa y gorritos bordados, renunció a la canastilla en un acceso de amargura, y lo encargó todo de una vez a una costurera del pueblo, sin escoger ni discutir nada. Así que no se entretuvo en esos preparativos en que la ternura de las madres se engolosina, y su cariño maternal se vio desde el principio un tanto atenuado.

Sin embargo, como Carlos en todas las comidas hablaba del chiquillo, pronto ella acabó por pensar en él de una manera más constante.

Ella deseaba un hijo; sería fuerte y moreno, le llamaría Jorge; y esta idea de tener un hijo varón era como la revancha esperada de todas sus impotencias pasadas. Un hombre, al menos, es libre; puede recorrer las pasiones y los países, atravesar los obstáculos, gustar los placeres más lejanos. Pero a una mujer esto le está continuamente vedado. Fuerte y flexible a la vez, tiene en contra de sí las molicies de la carne con las dependencias de la ley. Su voluntad, como el velo de su sombrero sujeto por un cordón, palpita a todos los vientos; siempre hay algún deseo que arrastra, pero alguna conveniencia social que retiene.

Dio a luz un domingo, hacia las seis, al salir el sol.

 ¡Es una niña!  dijo Carlos.

Emma volvió la cabeza y se desmayó.

Casi al instante, la señora Homais acudió a besarla, así como la señora Lefrançois del « Lion d'Or». El farmacéutico, como hombre discreto, se limitó a dirigirle algunas felicitaciones provisionales por la puerta entreabierta. Quiso ver a la niña, y la encontró bien conformada.

Durante su convalecencia Emma estuvo muy preocupada buscando un nombre para su hija. Primeramente, pasó revista a todos aquellos que tenían terminaciones italianas, tales como Clara, Luisa, Amanda, Atalía; le gustaba mucho Galsuinda, más aún Ysolda o Leocadia. Carlos quería llamarla como su madre; Emma se oponía. Recorrieron el calendario de una punta a otra y consultaron a los extraños.

 El señor León  decía el farmacéutico , con quien hablaba yo el otro día, se extraña de que no elijáis Magdalena que ahora está muy de moda.

Pero la madre de Carlos rechazó enérgicamente este nombre de pecadora. El señor Humais, por su parte, sentía predilección por todos los que recordaban a un gran hombre, un hecho ilustre o una idea generosa, y de acuerdo con esto, había bautizado a sus cuatro hijos. Así, Napoleón representaba la gloria y Franklin la libertad; Irma, quizás, era una concesión al romanticismo; pero Atalía(2), un homenaje a la más inmortal obra maestra de la escena francesa. Como sus convicciones filosóficas no impedían sus admiraciones artísticas, el pensador que llevaba dentro no ahogaba al hombre, sensible; sabía establecer diferencias, distinguir entre imaginación y fanatismo. De tal tragedia, por ejemplo, censuraba las ideas, pero admiraba el estilo; maldecía la concepción, pero aplaudía todos los detalles, y se desesperaba contra los personajes, entusiasmándose con sus discursos. Cuando leía los grandes parlamentos, se sentía transportado; pero cuando pensaba que los curas sacaban partido de aquello, se sentía contrariado, y en esta confusión de sentimientos en que se debatía, hubiera querido a la vez poder coronar a Racine con sus dos manos y discutir con él durante un buen cuarto de hora.

 

Por fin, Emma recordó que en el castillo de la Vaubyessard había oído a la marquesa llamar Berta a una joven; desde entonces éste fue el nombre elegido, y como el tío Rouault no podía venir, pidieron al señor Homais que fuese padrino. Los regalos fueron únicamente productos de su establecimiento, a saber: seis botes de azufaifas, un bocal entero de sémola árabe, tres colodras de melcocha, y, además, seis barras de azúcar cande que había encontrado en una alacena. La noche de la ceremonia hubo una gran cena; a11í estaba el cura; se calentaron. El señor Homais, en el momento de los licores, entonó el Dieu des bonnet gens. El señor León cantó una barcarola, y la abuela, que era la madrina, una romanza del tiempo del Imperio; por fin el abuelo exigió que trajesen a la niña, y se puso a bautizarla con una copa de champán sobre la cabeza. Esta burla del primero de los sacramentos indignó al abate Bournisien; el señor Bovary padre contestó con una cita de la Guerra de los dioses, el cura quiso marcharse; las señoras suplicaban; Homais se interpuso; y consiguieron que se volviese a sentar el eclesiástico, quien siguió tomando tranquilamente, en su platillo, su media taza de café a medio beber.

El señor Bovary padre se quedó un mes en Yonville, a cuyos habitantes deslumbró con una soberbia gorra de policía, con galones de plata, que llevaba por la mañana, para fumar su pipa en la plaza. Como también tenía costumbre de beber mucho aguardiente, frecuentemente mandaba a la criada al «Lión d'Or» a comprar una botella, que anotaban en la cuenta de su hijo; y, para perfumar sus pañuelos, gastó toda la provisión de agua de Colonia que tenía su nuera.

Esta no se encontraba a disgusto en su compañía. Era un hombre que había recorrido el mundo; hablaba de Berlín, de Viena, de Estrasburgo, de su época de oficial, de las amantes que había tenido, de las grandes comidas que había hecho; además, se mostraba amable, a incluso a veces, en la escalera o en el jardín, la cogía por la cintura exclamando:

 ¡Carlos, ten cuidado!

La señora Bovary madre llegó a asustarse por la felicidad de su hijo, y, temiendo que su esposo, a la larga, tuviese una influencia moral sobre las ideas de la joven, se apresuró a preparar la marcha. Quizás tenía preocupaciones más serias. El señor Bovary era hombre que no respetaba nada.

Un día, Emma sintió de pronto el deseo de ver a su niñita, que habían dado a criar a la mujer del carpintero; y, sin mirar en el almanaque si habían pasado las seis semanas de la Virgen(3), se encaminó hacia la casa de Rolet, que se encontraba al extremo del pueblo, bajando la cuesta, entre la carretera principal y las praderas.

3. Son las seis semanas que van desde Navidad hasta la Purificación (2 de febrero). Se consideraba que la mujer que había dado a luz debía abstenerse de trabajos físicos durante un periodo análogo al final del cual se celebraban, y aún se celebran, en algunas regiones ceremonias religiosas de purificación.

Era mediodía; las casas tenían cerrados los postigos, y los tejados de pizarras, que relucían bajo la áspera luz del cielo azul, parecían echar chispas en la cresta de sus hastiales. Soplaba un viento pesado, Emma se sentía débil al caminar; los guijarros de la acera la herían; vaciló entre volverse a su casa o entrar en algún sitio a descansar.

En aquel momento, el señor León salió de un portal cercano con un legajo de papeles bajo el brazo. Se acercó a saludarle y se puso a la sombra delante de la tienda de Lheureux, bajo el toldo gris que sobresalía.

Madame Bovary dijo que iba a ver a su niña, pero que ya empezaba a estar cansada.

 Si...  replicó el señor León, sin atreverse a proseguir.

 ¿Tiene que hacer algo en alguna parte?  le preguntó Emma.

Y a la respuesta del pasante, le pidió que la acompañara. Aquella misma noche se supo en Yonville, y la señora Tuvache, la mujer del alcalde, comentó delante de su criada que «Madame Bovary se comprometía».

Para llegar a casa de la nodriza había que girar a la izquierda, después de la calle, como para ir al cementerio, y seguir entre casitas y corrales un pequeño sendero, bordeado de alheñas. Estaban en flor lo mismo que las verónicas y los agavanzos, las ortigas y las zarzas que sobresalían de los matorrales. Por el hueco de los setos se percibían en las casuchas algún cochino en un estercolero, algunas vacas atadas frotando sus cuernos contra el tronco de los árboles. Los dos caminaban juntos, despacio, ella apoyándose en él y conteniéndole el paso que él acompasaba al de ella; por delante, un enjambre de moscas revoloteaba zumbando en el aire cálido.

Reconocieron la casa por un viejo nogal que le daba sombra. Baja y cubierta de tejas oscuras, tenía fuera, bajo el tragaluz del desván, colgada una ristra de cebollas. Haces de leña menuda, de pie, contra el cercado de espinos, rodeaban un bancal de lechugas, algunas matas de espliego y guisantes en flor sostenidos por rodrigones. Corría un agua sucia que se esparcía por la hierba, y había todo alrededor varios harapos que no se distinguían, medias de punto, una blusa estampada roja y una gran sábana de gruesa tela tendida a lo largo del seto. Al ruido de la barrera, apareció la nodriza, que llevaba en brazos un niño que mamaba. Con la otra mano tiraba de un pobre crío enclenque con la cara cubierta de escrófula, hijo de un tendero de Rouen y al que sus padres, demasiado ocupados con su negocio, dejaban en el campo.

 Pasen  les dijo ; su hija está a11á durmiendo.

La habitación, en la planta baja, la única de la vivienda, tenía al fondo contra la pared una ancha cama sin cortinas, mientras que la artesa ocupaba el lado de la ventana, uno de cuyos cristales estaba remendado con una flor de papel azul. En la esquina, detrás de la puerta, unos borceguíes de clavos relucientes estaban colocados sobre la piedra del lavadero, cerca de una botella llena de aceite que llevaba una pluma en su gollete; había un Mathieu Laensberg(4) tirado en la chimenea polvorienta, entre pedernales, cabos de vela y pedazos de yesca. Por fin, el último lujo de aquella casa era una Fama soplando en unas trompetas, imagen recortada, sin duda a propósito, directamente de algún prospecto de perfumería, y clavada en la pared con seis clavos de zuecos.

La hija de Emma dormía en el suelo, en una cúna de mimbre. Ella la cogió con la manta que la envolvía, y se puso a cantarle suavemente meciéndola.

León se paseaba por la habitación; le parecía extraño ver a aquella bella dama, con vestido de nankín, en medio de aquella miseria. Madame Bovary enrojeció; él se apartó, creyendo que sus ojos quizás habían sido algo impertinentes. Después Emma volvió a acostar a la niña, que acababa de vomitar sobre su babero. La nodriza fue inmediatamente a limpiarla asegurando que no se notaría.

 ¡Me lo hace mucha veces  decía la nodriza , y no hago más que limpiarla continuamente! ¡Si tuviera la amabilidad de encargar a Camus, el tendero, que me deje sacar un poco de jabón cuando lo necesito!, sería incluso más cómodo para usted; así no la molestaría.

 ¡Bueno, bueno!  dijo Emma . ¡Hasta luego, tía Rolet!

Y salió, limpiándose los pies en el umbral de la puerta.

La buena señora la acompañó hasta el fondo del corral, mientras que le hablaba de lo que le costaba levantarse de noche.

A veces estoy tan rendida que me quedo dormida en la silla; por esto, debería usted al menos darme una librita de café molido que me duraría un aces y que tomaría por la mañana con leche.

Después de haber aguantado sus expresiones de agradecimiento, Madame Bovary se fue; y ya había caminado un poco por el sendero cuando un ruido de zuecos le hizo volver la cabeza: ¡era la nodriza!

 ¿Qué pasa?

Entonces la campesina, llevándola aparte, detrás de un olmo, empezó a hablarle de su marido, que, con su oficio y seis francos al año que el capitán...

 Termine pronto  dijo Emma.

 Bueno  repuso la nodriza arrancando suspiros entre cada palabra , temo que se ponga triste viéndome tomar café sola, ya comprende, los hombres...

 ¡Pues lo tendrá  repetía Emma , se lo daré! ...¡Me está cansando!

 ¡Ay!, señora, a causa de sus heridas, tiene unos dolores terribles en el pecho. Incluso dice que la sidra le debilita.

 ¡Pero acabe de una vez, tía Rolet!

 Pues mire  replicó haciéndole una reverencia , cuando quiera  y le dirigía una mirada suplicante  un jarrito de aguardiente  dijo finalmente , y le daré friegas a los pies de su niña, que los tiene tiernecitos como la lengua.

Ya libre de la nodriza, Emma volvió a tomar el brazo del señor León. Caminó deprisa durante algún tiempo; después acortó el paso, y su mirada, que dirigía hacia adelante, encontró el hombro del joven cuya levita tenía un cuello de terciopelo negro. Su pelo castaño le caía encima, lacio y bien peinado. Observó sus uñas, que eran más largas de las que se llevaban en Yonville. Una de las grandes ocupaciones del pasante era cuidarlas; y para este menester tenía un cortaplumas muy especial en su escritorio.

Regresaron a Yonville siguiendo la orilla del río. En la estación cálida, la ribera, más ensanchada, dejaba descubiertos hasta su base los muros de las huertas, de donde, por unos escalones, se bajaba hasta el río.

El agua discurría mansamente, rápida y aparentemente fría; grandes hierbas delgadas se curvaban juntas encima, siguiendo la corriente que las empujaba, y como verdes cabelleras abandonadas se extendían en su limpidez. A veces, en la punta de los juncos o sobre la hoja de los nenúfares caminaba o se posaba un insecto de patas finas. El sol atravesaba con un rayo las pequeñas pompas azules de las olas que se sucedían rompiéndose; los viejos sauces podados reflejaban en el agua su corteza gris. Más a11á, todo alrededor, la pradera parecía vacía.

Era la hora de la comida en las granjas, y la joven y su acompañante no oían al caminar más que la cadencia de sus pasos sobre la tierra del sendero, las palabras que se decían y el roce del vestido de Emma que se propagaba alrededor de ella.

Las tapias de las huertas, rematadas en sus albardillas con trozos de botellas, estaban calientes como el acristalado de un invernadero. En los ladrillos habían crecido unos rabanillos, y con la punta de su sombrilla abierta, Madame Bovary, al pasar, hacía desgranar en polvo amarillo un poco de sus flores marchitas o alguna rama de madreselvas o de clemátide que colgaban hacia afuera y se arrastraban un momento sobre el vestido de seda enredándose en los flecos.

Hablaban de una compañía de bailarines españoles que iba a actuar en breve en el teatro de Rouen.

 ¿Irá usted?  le preguntó ella.

 Si puedo   contestó él.

¿No tenían otra cosa qué decirse? Sus ojos, sin embargo, estaban llenos de una conversación más seria; y, mientras se esforzaban en encontrar frases banales, se sentían invadidos por una misma languidez; era como un murmullo del alma, profundo, continuo, que dominaba el de las voces. Sorprendidos por aquella dulzura nueva, no pensaban en contarse esa sensación o en descubrir su causa. Las dichas futuras, como las playas de los trópicos, proyectan sobre la inmensidad que les precede sus suavidades natales, una brisa perfumada, y uno se adormece en aquella embriaguez sin ni siquiera preocuparse del horizonte que no se vislumbra. En algunos sitios la tierra estaba hundida por el paso de los animales; tuvieron que caminar sobre grandes piedras verdes, espaciadas en el barro. Frecuentemente ella se paraba un minuto para mirar dónde poner su botina, y, tambaleándose sobre la piedra que temblaba, con los codos en el aire, el busto inclinado, la mirada indecisa, entonces reía, por miedo a caer en los charcos de agua.

Cuando llegaron ante su huerta, Madame Bovary empujó la pequeña barrera, subió corriendo las escaleras y desapareció.

León regresó a su despacho. El patrón estaba ausente; echó una ojeada a los expedientes, se cortó una pluma, finalmente tomó su sombrero y se marchó.

Se fue a la Pâture, en lo alto de la cuesta de Argueil, a la entrada del bosque; se acostó en el suelo bajo los abetos, y miró el cielo a través de sus dedos.

 ¡Qué aburrimiento!  se decía , ¡qué aburrimiento!

Se consideraba digno de lástima viviendo en aquel pueblo con Homais por amigo y el señor Guillaumin por patrón. Este último, absorbido por sus negocios, con anteojos de montura de oro y patillas pelirrojas sobre corbata blanca, no entendía nada de delicadezas del espíritu, aunque se daba un tono tieso e inglés que había deslumbrado al pasante en los primeros tiempos. En cuanto a la mujer del farmacéutico, era la mejor esposa de Normandía, mansa como un cordero, tierna amante de sus hijos, de su padre, de su madre, de sus primos, compasiva de las desgracias ajenas, despreocupada de sus labores y enemiga de los corsés; pero tan lenta en sus movimientos, tan aburrida de escuchar, de un aspecto tan ordinario y de una conversación tan limitada, que a León nunca se le había ocurrido, aunque ella tenía treinta años y él veinte, aunque dormían puerta con puerta, y le hablaba todos los días, que pudiera ser una mujer para alguien, ni que poseyera de su sexo más que el vestido.

Y después de esto, ¡qué había? Binet, algunos comerciantes, dos o tres taberneros, el cura y, finalmente, el señor Tuvache, el alcalde, con sus dos hijos, gentes acomodadas, toscas, obtusas, que cultivaban ellos mismos sus tierras, hacían comilonas en familia, devotos por otra parte, y de un trato totalmente insoportable.

Pero sobre el fondo vulgar de todos aquellos rostros humanos, la figura de Emma se destacaba aislada y más lejana sin embargo; pues León presentía entre ella y él como vagos abismos.

Al principio él había ido a visitarla varias veces a su casa acompañado del farmaceútico. Carlos no se había mostrado muy interesado por recibirle; y León no sabía cómo comportarse entre el miedo de ser indiscreto y el deseo de una intimidad que creía casi imposible.




CAPÍTULO IV

Desde los primeros fríos, Emma dejó su habitación para instalarse en la sala, larga pieza de techo bajo donde había, sobre la chimenea, un frondoso árbol de coral que se extendía contra el espejo. Sentada en su sillón, cerca de la ventana, veía a la gente del pueblo pasar por la acera.

Dos veces al día, León iba de su despacho al «Lion d'Or». Emma, de lejos, le oía venir; se asomaba a escuchar; y el joven se deslizaba detrás de la cortina, vestido siempre de la misma manera, y sin volver la cabeza. Pero, al atardecer, cuando con la barbilla apoyada en su mano izquierda ella había abandonado sobre sus rodillas la labor comenzada, a veces se estremecía ante la aparición de aquella sombra que desaparecía de pronto. Se levantaba y mandaba poner la mesa.

Durante la cena llegaba el señor Homais. Con el gorro griego en la mano, entraba sin hacer ruido para no molestar a nadie y siempre repitiendo la misma frase: «Buenas noches a todos.» Después, instalado en su sitio, al lado de la mesa, entre los dos esposos, preguntaba al médico por sus enfermos, y éste le consultaba sobre la probabilidad de cobrar los honorarios. Luego se comentaban las noticias del periódico. Homais, a aquella hora, se lo sabía casi de memoria; y lo contaba íntegro, con las reflexiones del periodista y todas las historias de las catástrofes individuales ocurridas en Francia y en el extranjero. Pero, cuando se agotaba el tema, no tardaba en hacer algunas observaciones sobre los platos que veía. A veces, incluso, levantándose un poco, indicaba delicadamente a la señora el trozo más tierno, o, dirigiéndose a la muchacha, le daba consejos para la preparación de los guisados y la higiene de los condimentos; hablaba de aroma, osmazomo, jugos y gelatina de una forma deslumbrante. Con la cabeza, por otra parte, más llena de recetas que su farmacia lo estaba de tarros, Homais destacaba en la elaboración de gran número de confituras, vinagres y licores dulces, y conocía también todas las invenciones nuevas de calentadores económicos, además del arte de conservar los quesos y de cuidar los vinos enfermos.

A las ocho, Justino venía a buscarle para cerrar la farmacia. Entonces el señor Homais lo miraba con aire socarrón, sobre todo si estaba allí Felicidad, pues se había dado cuenta de que su pupilo le cobraba afición a la casa del médico.

 Mi mancebo   decía Homais  empieza a tener ideas, y creo, que me lleve el diablo si me equivoco, que está enamorado de la criada de la casa.

Pero un defecto más grave, y que le reprochaba, era el de escuchar continuamente las conversaciones. Los domingos, por ejemplo, no había manera de hacerle salir del salón, adonde la señora Homais le había llamado para que se encargara de los niños, que se dormían en los sillones, estirando con la espalda las fundas de calicó demasiado holgadas.

No venía mucha gente a estas veladas del farmacéutico, pues su maledicencia y sus opiniones políticas habían ido apartando de él a diferentes personas respetables. El pasante no faltaba nunca a la reunión.

Tan pronto oía la campanilla, corría al encuentro de Madame Bovary, le tomaba el chal, y ponía aparte, debajo del mostrador de la farmacia, las gruesas zapatillas de orillo que llevaba sobre su calzado cuando había nieve.

Primero jugaban unas partidas de treinta y una; después el señor Homais jugaba al écarté(1) con Emma; León, detrás de ella, daba consejos. De pie y con las manos en el respaldo de la silla, miraba los dientes de su peineta clavada en el moño. A cada movimiento que ella hacía para echar las cartas, su vestido se le subía por el lado derecho. De sus cabellos recogidos bajaba por su espalda un color moreno que, palideciendo gradualmente, se perdía poco a poco en la sombra. Luego, el vestido caía a los dos lados del asiento ahuecándose, lleno de pliegues, y llegaba hasta el suelo. Cuando León a veces sentía posarse encima la suela de su bota, se apartaba, como si hubiera pisado a alguien.

 

Una vez terminada la partida de cartas, el boticario y el médico jugaban al dominó, y Emma, cambiando de sitio, se ponía de codos en la mesa, a hojear L'Yllustration. Había llevado su revista de modas. León se ponía al lado de ella; miraban juntos los grabados sin volver la hoja hasta que los dos terminaban.

Frecuentemente ella le rogaba que le leyese versos; León los declamaba con una voz cansina, que se iba alternando cuidadosamente en los pasajes de amor. Pero el ruido del dominó le contrariaba; el señor Homais estaba fuerte en este juego y le ganaba a Carlos ahorcándole el seis doble.

Después, habiendo llegado ya a los trescientos, los dos se sentaban junto al fuego y no tardaban en quedarse dormidos. El fuego se iba convirtiendo en zenizas; la tetera estaba vacía; León seguía leyendo. Emma le escuchaba haciendo girar maquinalmente la pantalla de la lámpara, cuya gasa tenía pintados unos pierrots en coche y unas funambulistas con sus balancines. León se paraba, señalando con un gesto a su auditorio dormido; entonces se hablaban en voz baja, y la conversación que tenían les parecía más dulce, porque nadie les oía.

Así se estableció entre ellos una especie de asociación, un comercio continuo de libros y de romanzas; el señor Bovary, poco celoso, no extrañaba nada de aquello.

Carlos recibió por su fiesta una hermosa cabeza frenológica, totalmente salpicada de cifras hasta el tórax y pintada de azul. Era una atención del pasante. Tenía muchas otras, hasta hacerle sus recados en Rouen; y como por entonces una novela había puesto de moda la manía de las plantas carnosas, León las compraba para la señora y las llevaba sobre sus rodillas, en «La Golondrina», pinchándose los dedos con sus duras púas.

Ella mandó disponer en su ventana una tablilla con barandilla para colocar tiestos. El pasante tuvo también su jardín colgante; se veían cuidando cada uno sus flores en sus respectivas ventanas.

Entre las ventanas del pueblo había una todavía más frecuentemente ocupada, pues los domingos, desde la mañana a la noche, y todas las tardes, si el tiempo estaba claro, se veía en la claraboya de un desván el flaco perfil del señor Binet inclinado sobre su torno, cuyo zumbido monótono llegaba hasta el «Lion d'Or».

Una noche al volver a casa, León encontró en su habitación un tapete de terciopelo y lana con hojas sobre fondo pálido, llamó a la señora Homais, al señor Homais, a Justino, a los niños, a la cocinera, se lo contó a su patrón; todo el mundo quiso conocer aquel tapete; ¿por qué la mujer del médico se mostraba tan «generosa» con el pasante? Aquello pareció raro, y se pensó definitivamente que ella debía ser «su amiga».

El daba motivos para creerlo, pues hablaba continuamente de sus encantos y de su talento, hasta el punto de que Binet le contestó una vez muy brutalmente:

 ¿A mí qué me importa, si no soy de su círculo de amistades?

Él se atormentaba para descubrir cómo declarársele; y siempre vacilando entre el temor de desagradarle y la vergüenza de ser tan pusilánime, lloraba de desánimo y de deseos. Después tomaba decisiones enérgicas; escribía cartas que luego rompía. Se señalaba fechas que iba retrasando. A menudo se ponía en camino, con el propósito de atreverse a todo; pero esta resolución le abandonaba inmediatamente en presencia de Emma. Y cuando Carlos, apareciendo de improviso, le invitaba a subir a su carricoche para que le acompañase a visitar a algún enfermo en los alrededores, aceptaba enseguida, se despedía de la señora y se iba. ¿No era su marido algo de ella?

Emma por su parte nunca se preguntó si lo amaba. El amor, creía ella, debía llegar de pronto, con grandes destellos y túlguraciones, huracán de los cielos que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como si fueran hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero. No sabía que, en la terraza de las casas, la lluvia hace lagos cuando los canales están obstruidos y hubiese seguido tranquila de no haber descubierto de repente una grieta en la pared.



CAPÍTULO V

Fue un domingo de febrero, una tarde de nieve.

Habían salido todos, el matrimonio Bovary, Homais y el señor León, a ver a una media legua de Yonville, en el valle, una hilatura de lino que estaban montando. El boticario había llevado consigo a Napoleón y a Atalía, para obligarles a hacer ejercicio, y Justino les acompañaba, llevando los paraguas al hombro.

Nada, sin embargo, menos curioso que aquella curiosidad. Un gran espacio de terreno vacío, donde se encontraban revueltas, entre montones de arena y de guijarros, algunas ruedas de engranaje ya oxidadas, rodeaba un largo edificio cuadrangular con muchas ventanitas. No estaba terminado de construir y se veía el cielo a través de las vigas de la techumbre. Atado a la vigueta del hastial un ramo de paja con algunas espigas hacía restallar al viento sus cintas tricolores.

Homais hablaba. Explicaba a la «compañía» la importancia futura de este establecimiento, calculaba la resistencia de los pisos, el espesor de las paredes, y sentía no tener un bastón métrico como el que tenía el señor Binet para su use particular.

Emma, que le daba el brazo, se apoyaba un poco sobre su hombro, y miraba el disco del sol que irradiaba a lo lejos, en la bruma, su palidez deslumbrante; pero volvió la cabeza: Carlos estaba allí. Llevaba la gorra hundida hasta las cejas, y sus gruesos labios temblequeaban, lo cual añadía a su cara algo de estúpido; su espalda incluso, su espalda tranquila resultaba irritante a la vista, y Emma veía aparecer sobre la levita toda la simpleza del personaje.

Mientras que ella lo contemplaba, gozando así en su irritación de una especie de voluptuosidad depravada, León se adelantó un paso. El frío que le palidecía parecía depositar sobre su cara una languidez más suave; el cuello de la camisa, un poco flojo, dejaba ver la piel; un pedazo de oreja asomaba entre un mechón de cabellos y sus grandes ojos azules, levantados hacia las nubes, le parecieron a Emma más límpidos y más bellos que esos lagos de las montañas en los que se refleja el cielo.

 ¡Desgraciado!  exclamó de pronto el boticario.

Y corrió detrás de su hijo, que acababa de precipitarse en un montón de cal para pintar de blanco sus zapatos. A los reproches con que le abrumaba, Napoleón comenzó a dar gritos, mientras que Justino le limpiaba los zapatos con un puñado de paja. Pero hizo falta una navaja; Carlos le ofreció la suya.

 ¡Ah!  se dijo ella , lleva una navaja en su bolsillo como un campesino.

Caía la escarcha, y se volvieron hacia Yonville.

Aquella noche Madame Bovary no fue a casa de sus vecinos, y, cuando se marchó Carlos y ella se sintió sola, surgió de nuevo el paralelo entre la nitidez de una sensación casi inmediata y esa prolongación de perspectiva que el recuerdo da a los objetos. Mirando desde la cama el fuego claro que ardía, seguía viendo como allá lejos, a León de pie, doblando con una mano su junquillo y llevando de la otra a Atalía, que chupaba tranquilamente un trozo de hielo. Lo encontraba encantador; no podía dejar de pensar en él; recordó actitudes suyas en otros días, frases que le había dicho, el tono de su voz, toda su persona; y se repetía, adelantando sus labios como para besar:

 ¡Sí, encantador!, ¡encantador!... ¿No estará enamorado?  se preguntó . ¿De quién?... ¡Pues de mí!

Aparecieron a la vez todas las pruebas, su corazón le dio un vuelco. La llama de la chimenea hacía temblar en el techo una claridad alegre; ella se volvió de espalda estirando los brazos. Entonces comenzó la eterna lamentación: ¡Oh!, ¡si el cielo lo hubiese querido! ¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impedía, pues?...

Cuando Carlos volvió a casa a medianoche, Emma fingió despertarse, y, como él hizo ruido al desnudarse, ella se quejó de jaqueca; después preguntó con indiferencia cómo había transcurrido la velada.

 El señor León  dijo él  se marchó temprano.

Ella no pudo evitar una sonrisa y se durmió con el alma llena de un encanto nuevo.

Al día siguiente, al caer la tarde, recibió la visita de un tal Lheureux, que tenía una tienda de novedades. Era un hombre hábil este tendero. Gascón de nacimiento, pero normando de adopción, unía su facundia meridional a la cautela de las gentes de Caux. Su cara gorda, blanda y sin barba, parecía teñida por un cocimiento de regaliz claro, y su pelo blanco avivaba aún más el brillo rudo de sus ojillos negros. No se sabía lo que había sido antes: buhonero, decían unos, banquero en Routot, afirmaban otros. Lo cierto es que hacía, mentalmente, unos cálculos complicados, que asustaban al propio Binet. Amable hasta la obsequiosidad, permanecía siempre con la espalda inclinada, en la actitud de alguien que saluda o que invita.

Después de haber dejado en la puerta su sombrero adornado con un crespón, puso sobre la mesa una caja verde, y empezó a quejarse a la señora, con mucha cortesía, de no haber merecido hasta entonces su confianza. Una pobre tienda como la suya no estaba hecha para atraer a una «elegante»; subrayó la palabra. Ella no tenía, sin embargo, más que pedir, y él se encargaría de proporcionarle lo que quisiera, tanto en mercería como en ropa blanca, sombrerería o novedades, pues iba a la ciudad cuatro veces al mes, regularmente. Estaba en relación con las casas más fuertes. Podían dar referencias de él en los «Trois Frères», en «La Barbe d'Or» o en el «Grand Sauvage»; ¡todos estos señores le conocían como a sus propios bolsillos! Hoy venía a enseñar a la señora, de paso, varios artículos de que disponía gracias a una ocasión excepcional, y sacó de la caja media docena de cuellos bordados.

Madame Bovary los examinó.

 No necesito nada  le dijo.

Entonces el señor Lheureux le mostró delicadamente tres echarpes argelinos, varios paquetes de agujas inglesas, un par de zapatillas de paja, y, finalmente, cuatro hueveros de coco, cincelados a mano por presidiarios. Después, con las dos manos sobre la mesa, el cuello estirado, la cintura inclinada, seguía con la boca abierta la mirada de Emma que se paseaba indecisa entre aquellas mercancías. De vez en cuando, como para limpiar el polvo, daba un golpe con la uña a la seda de los echarpes, que desplegados en toda su longitud temblaban con un ruido ligero, haciendo centellear a la luz verdosa del crepúsculo, como pequeñas estrellas, las lentejuelas de oro del tejido.

 ¿Cuánto cuestan?

 Una miseria  respondió él , una miseria; pero ya me pagará, sin prisa; cuando usted quiera; ¡no somos judíos!

Ella reflexionó unos instantes y acabó dando las gracias al señor Lheureux, quien replicó sin inmutarse:

 Bueno, nos entenderemos más adelante; con las señoras siempre me he entendido, siempre, menos con la mía.

Emma sonrió.

 Quiero decir  continuó en tono campechano después de su broma , que no es el dinero lo que me preocupa. Yo le daría a usted si le hiciera falta.

Ella hizo un gesto de sorpresa.

 ¡Ah!  dijo él vivamente y en voz baja , no tendría que ir lejos para encontrarlo; puede estar segura. Y comenzó a pedirle noticias del tío Tellier, el dueño del «Café Francés», a quién por aquel entonces cuidaba el señor Bovary.

   ¿Qué es to que tiene el tío Tellier?... ¡Tose tanto que sacude toda la casa y me temo mucho que pronto necesite más bien un gabán de abeto que una camisola de franela. ¡Corrió tantas juergas de joven! Esa gente, señora, no tenía el menor orden, se ha quemado con el aguardiente. ¡Pero, a pesar de todo, es triste ver marcharse a un conocido!

Y, mientras que cerraba su caja, hablaba de este modo sobre la clientela del médico.

 Sin duda, es el tiempo  dijo mirando los cristales con una cara de mal humor  la causa de estas enfermedades. Tampoco yo me encuentro bien del todo; tendré que venir un día de estos a consultar al señor por un dolor que tengo en la espalda. ¡Bueno, hasta la vista, Madame Bovary; a su disposición; su más humilde servidor!

Y volvió a cerrar la puerta despacio.

Emma mandó que le sirvieran la cena en su habitación, junto al fuego, en una bandeja; comió despacio; todo le pareció bueno.

 ¡Qué prudente he sido!  se decía pensando en los echarpes. Oyó pasos en la escalera; era León. Se levantó y tomó de encima de la cómoda, de entre los paños de dobladillo, el primero de la pila. Parecía muy ocupada cuando él entró.

La conversación fue lánguida; Madame Bovary la dejaba a cada minuto, mientras que él mismo permanecía como totalmente cohibido. Sentado en una silla baja, al lado de la chimenea, daba vueltas entre los dedos al estuche de marfil; Emma clavaba su aguja, o, de vez en cuando, con su uña, fruncía los pliegues de la tela. Ella no hablaba; él se callaba, cautivado por su silencio, corno si lo hubiese estado por sus palabras.

 ¡Pobre chico!  pensaba ella.

 ¿En qué la habré disgustado?   se preguntaba él.

León, sin embargo, acabó por decir que uno de aquellos días tenía que ir a Rouen para un asunto de su despacho.

 Su suscripción de música ha terminado, ¿he de renovarla?

 No  le contestó ella.

 ¿Por qué?

 Porque...

Y, apretando los labios, tiró lentamente de una larga hebra de hilo gris. Esta labor irritaba a León. Los dedos de Emma parecían desollarse por la punta; se le ocurrió una frase galante, pero no se arriesgó.

 ¿Es que la abandona?  repuso él.

 ¿Qué?  contestó ella vivamente ; ¿la música? ¡Ah, Dios mío, sí!, tengo una casa que gobernar, marido que atender, y mil cosas más, ¡muchas otras obligaciones que están antes!

Miró el reloj. Carlos se retrasaba. Entonces se hizo la preocupada. Dos o tres veces incluso repitió:

 ¡Es tan bueno!

El pasante le tenía afecto al señor Bovary, pero aquella ternura por él le sorprendió de una forma desagradable; no obstante, continuó su elogio, un elogio que oía hacer a todo el mundo, y sobre todo al farmacéutico.

 ¡Ah, es una buena persona!  repuso Emma.

 Ciertamente  dijo el pasante.

Y comenzó a hablar de la señora Homais, cuya indumentaria, muy descuidada, les movía a risa ordinariamente.

 ¿Qué importa eso?  interrumpió Emma . Una buena madre de familia no se preocupa por su atavío.

Después volvió a quedarse en silencio.

Ocurrió lo mismo los días siguientes; sus discursos, sus maneras, todo cambió. Se la vio como tomar a pecho el cuidado de su casa, volver a la iglesia regularmente y mostrarse más severa con su criada.

Sacó a Berta de la nodriza. Felicidad se la traía cuando había visitas, y Madame Bovary la desnudaba para enseñarles sus miembros. Decía que adoraba a los niños; era su consuelo, su alegría, su locura, y acompañaba sus caricias con expansiones líricas, que a los que no fueran de Yonville les habría recordado a la Sachette(1) de Nuestra Señora de París.

1. La Sachette, personaje de la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París.



Cuando Carlos regresaba, encontraba sus zapatillas calentándose cerca del rescoldo. No les faltaba el forro a sus chalecos ni los botones a sus camisas, a incluso daba gusto ver en el armario todos sus gorros de algodón colocados en pilas iguales. Emma no refunfuñaba, como antes, por ir a pasear por el jardín; lo que él proponía era siempre aceptado, aunque ella no adivinase sus deseos, a los que se sometía sin decir palabra; y cuando León le vela al lado del fuego, después de cenar, con las dos manos sobre el vientre, los dos pies sobre los morillos de la chimenea, las mejillas rosadas por la digestión, los ojos húmedos de felicidad, con la niña que se arrastraba sobre la alfombra, y aquella mujer de fina cintura que por encima del respaldo del sillón venia a besarle en la frente, se decia:

 ¡Qué locura!, y ¿cómo llegar hasta ella?

Le pareció, pues, así tan virtuosa a inaccesible, que abandonó hasta la más remota esperanza.

Pero con esta renuncia la colocaba en condiciones extraordinarias. Para él, Emma se desprendió de sus atractivos carnales de los cuales él nada podia conseguir; y en su corazón fue subiendo más y más despegándose a la manera magnífica de una apoteosis que alza su vuelo. Era uno de esos sentimientos puros que no estorban el ejercicio de la vida, que se cultivan porque son raros y cuya pérdida afligiría más de lo que alegraría su posesión.

Emma adelgazó, sus mejillas palidecieron, su cara se alargó. Con sus bandós negros, sus grandes ojos, su nariz recta, su andar de pájaro, y siempre silenciosa ahora, ¿no parecía atravesar la existencia, apenas sin rozarla, y llevar en la frente la señal de alguna predestinación sublime? Estaha tan triste y tan tranquila, tan dulce y a la vez tan reservada, que uno se sentía a su lado prendido por un encanto glacial, como se tiembla en las iglesias bajo el perfume de las flores mezclado al frío de los mármoles. Tampoco los demás escapaban a esta seducción. El farmacéutico decía:

 Es una mujer de grandes recursos y no desentonaría en una subprefectura.

Las señoras del pueblo admiraban su economía, los clientes su cortesía, los pobres su caridad. Pero ella estaba llena de concupiscencia, de rabia, de odio. Aquel vestido de pliegues rectos escondía un corazón agitado, y aquellos labios tan púdicos no contaban su tormenta. Estaba enamorada de León, y buscaba la soledad, a fin de poder deleitarse más a gusto en su imagen. La presencia de su persona turbaba la voluptuosidad de aquella meditación. Emma palpitaba al ruido de sus pasos; después, en su presencia la emoción decaía, y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.

León no sabía, cuando salía desesperado de casa de Emma, que ella se levantaba detrás de él para verle en la calle. Se preocupaba por sus idas y venidas; espiaba su rostro; inventó toda una historia a fin de encontrar un pretexto para visitar su habitación. La mujer del farmacéutico le parecía muy feliz por dormir bajo el mismo techo; y sus pensamientos iban a abatirse continuamente en aquella casa, como las palomas del «León de Oro» que iban a mojar allí, en los canalones, sus patas rosadas y sus alas blancas. Pero Emma, cuanto más se daba cuenta de su amor, más lo reprimía, para que no se notara y para disminuirlo. Hubiera querido que León lo sospechara; a imaginaba casualidades catástrofes que lo hubiesen facilitado. Lo que la retenía, sin duda, era la pereza o el miedo, y el pudor también. Pensaba que lo había alejado demasiado, que ya no había tiempo, que todo estaba perdido. Después el orgullo, la satisfacción de decirse a sí misma: «Soy virtuosa» y de mirarse al espejo adoptando posturas resignadas la consolaba un poco del sacrificio que creía hacer.

Entonces, los apetitos de la carne, las codicias del dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundía en un mismo sufrimiento; y, en vez de desviar su pensamiento, lo fijaba más, excitándose al dolor y buscando para ello todas las ocasiones. Se irritaba por un plato mal servido o por una puerta entreabierta, se lamentaba del terciopelo que no tenía, de la felicidad que le faltaba, de sus sueños demasiado elevados, de su casa demasiado pequeña.

Lo que la desesperaba era que Carlos no parecía ni sospechar su suplicio. La convicción que tenía el marido de que la hacía feliz le parecía un insulto imbécil, y su seguridad al respecto, ingratitud. Pues ¿para quién era ella formal?

¿No era él el obstáculo a toda felicidad, la causa de toda miseria, y como el hebijón puntiagudo de aquel complejo cinturón que la ataba por todas partes?

Así pues, cargó totalmente sobre él el enorme odio que resultaba de sus aburrimientos, y cada esfuerzo para disminuirlo no servía más que para aumentarlo, pues aquel empeño inútil se añadía a los otros motivos de desesperación y contribuía más al alejamiento. Hasta su propia dulzura de carácter le rebelaba. La mediocridad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, la ternura matrimonial, a deseos adúlteros. Hubiera querido que Carlos le pegase, para poder detestarlo con más razón, vengarse de él. A veces se extrañaba de las conjeturas atroces que le venían al pensamiento; y tenía que seguir sonriendo, oír cómo repetían que era feliz, fingir serlo, dejarlo creer.

Sin embargo, estaba asqueada de esta hipocresía. Le daban tentaciones de escapar con León a alguna parte, muy lejos, para probar una nueva vida; pero inmediatamente se abría en su alma un abismo vago lleno de oscuridad.

 Además, no me quiere  pensaba ella ; ¿qué va a ser de mí?, ¿qué ayuda esperar, qué consuelo, qué alivio?

Se quedaba destrozada, jadeante, inerte, sollozando en voz baja y bañada en lágrimas.

 ¿Por qué no se lo dice al señor?  le preguntó la muchacha, cuando la encontraba en esta crisis.

 Son los nervios  respondía Emma ; no le digas nada, le alarmarías.

 ¡Ah!, sí  replicaba Felicidad , usted es igual que la Guérine, la hija del señor Guérin, el pescador del Pollet, que conocí en Dieppe antes de venir a casa de los señores. Estaba tan triste, tan triste, que viéndola de pie a la puerta de su casa, hacía el efecto de un paño fúnebre extendido delante de la puerta. Su enfermedad, según parece, era una especie de bruma que tenía en la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le daba muy fuerte, se iba completamente sola a la orilla del mar, de manera que el oficial de la aduana, al hacer la ronda, la encontraba a menudo tendida boca abajo y llorando sobre las piedras. Dicen que, después de casarse, se le pasó.

 Pero a mí  replicaba Emma  es después del casamiento cuando me ha venido.


CAPÍTULO V

Una tarde en que sentada junto junto a la ventana abierta acababa de ver a Lestiboudis, el sacristán, que estaba podando el boj, oyó de pronto tocar al Ángelus.

Era a principios de abril, cuando abren las primaveras; un aire tibio circulaba sobre los bancales labrados, y los jardines, como mujeres, parecían componerse para las fiestas de verano. Por los barrotes del cenador y más allá todo alrededor se veía el río en la pradera dibujando sobre la hierba sinuosidades vagabundas. El vapor de la tarde pasaba entre los álamos sin hojas, difuminando sus contornos con un tueste violeta, más pálido y más transparente que una gasa sutil, prendida de sus ramas. A lo lejos, caminaban unas reses, no se oían ni sus pasos, ni sus mugidos; y la campana, que seguía sonando, propagaba por los aires su lamento pacífico.

Ante aquel tañido repetido, el pensamiento de la joven se perdía en sus viejos recuerdos de juventud y de internado. Recordó los grandes candelabros que se destacaban en el altar sobre los jarrones llenos de flores, y el sagrario de columnitas. Hubiera querido, como antaño, confundirse en la larga fila de velos blancos, que marcaban de negro acá y allá las tocas rígidas de las hermanitas inclinadas en sus reclintorios; los domingos, en la misa, cuando levantaba la cabeza, percibía el dulce rostro de la Virgen entre los remolinos azulados del incienso que subía. Entonces la sobrecogió un sentimiento de ternura; se sintió languidecer y completamente abandonada, como una pluma de ave que gira en la tormenta; a instintivamente se encaminó hacia la iglesia, dispuesta a cualquier devoción, con tal de entregarse a ella con toda el alma y de olvidarse por completo de su existencia.

Encontró en la plaza a Lestiboudis que volvía de la iglesia, pues, para no perder el tiempo, prefería interrumpir su tarea, después continuarla, de modo que tocaba al Ángelus cuando le convenía. Además, adelantando el toque, recordaba a los chiquillos la hora del catecismo.

Algunos que ya habían llegado jugaban a las bolas sobre las losas del cementerio. Otros, a caballo sobre la tapia, movían sus piernas, segando con sus zuecos las grandes ortigas que crecían entre el pequeño recinto y las últimas tumbas. Era el único lugar verde; todo to demás no era más que piedras, y estaba siempre cubierto de un polvo fino, a pesar de la escoba de la sacristía.

Los niños en zapatillas corrían a11í como sobre un entarimado hecho para ellos, y se oían sus gritos a través del resonar de las campanas. Su eco disminuía con las oscilaciones de la gruesa cuerda que, cayendo de las alturas del campanario, arrastraba su punta por el suelo. Pasaban unas golondrinas dando pequeños gritos, cortando el aire con su vuelo, y volvían raudas a sus nidos amarillos bajo las tejas del alero. En el fondo de la iglesia ardía una lámpara, es decir, una mecha de mariposa en un vaso colgado. Su luz, de lejos, parecía una mancha blanquecina que temblaba en el aceite. Un largo rayo de sol atravesaba toda la nave y oscurecía más las naves laterales y los rincones.

 ¿Dónde está el cura?  preguntó Madame Bovary a un chiquillo que se entretenía en sacudir el torniquete de la puerta en su agujero demasiado holgado.

 Vendrá enseguida  respondió.

En efecto, la puerta de la casa rectoral rechinó, apareció el padre Bournisien, los niños escaparon en pelotón a la iglesia.

 ¡Esos granujas!  murmuró el eclesiástico , siempre igual.

Y recogiendo un catecismo todo hecho trizas que acababa de pisar:

 ¡Ésos no respetan nada!

Pero, tan pronto vio a Madame Bovary, dijo.

 Perdón, no la reconocía.

Metió el catecismo en el bolsillo y se paró mientras seguía moviendo entre dos dedos la pesada llave de la sacristía.

El resplandor del sol poniente que le daba de lleno en la cara palidecía la tela de su sotana, brillante en los codos, deshilachada por abajo. Manchas de grasa y de tabaco seguían sobre su ancho pecho la línea de los pequeños botones, y aumentaban al alejarse de su alzacuello, en el que descansaban los pliegues abundantes de su piel roja; estaba salpicada de manchas amarillas que desaparecían entre los nudos de la barba entrecana. Acababa de cenar y respiraba ruidosamente.

 ¿Cómo está usted?  le preguntó él.

 Mal  contesto Emma ; no me encuentro bien.

 Bueno, yo tampoco  replicó el eclesiástico . Estos primeros calores, ¿verdad?, le dejan a uno aplanado de una manera extraña. ¿En fin, qué quiere usted? Hemos nacido para sufrir, como dice San Pablo. Pero, ¿qué piensa de esto el señor Bovary?

 ¡El!  exclamó Emma con un gesto de desdén.

 ¡Cómo!  replicó el buen hombre muy extrañado , ¿no le receta algo?

 ¡Ah!, no son las medicinas de la tierra lo que necesitaría.

Pero el cura, de vez en cuando, echaba una ojeada a la iglesia donde todos los chiquillos arrodillados se empujaban con el hombro y caían como castillos de naipes.

 Quisiera saber...  continuó Emma.

 ¡Aguarda, aguarda, Riboudet  gritó el eclesiástico con voz enfadada , te voy a calentar las orejas, tunante!

Después, volviéndose a Emma:

 Es el hijo de Boudet, el encofrador; sus padres son acomodados y le consienten hacer sus caprichos. Sin embargo, aprendería pronto si quisiera, porque es muy inteligente. Y yo a veces, de broma, le llamo Riboudet, como la cuesta que se toma para ir a Maromme, a incluso le digo: mont Riboudet. ¡Ah! ¡Ah! ¡Mont Riboudet! El otro día le conté esto a monseñor, y se rió... se dignó reírse. Y el señor Bovary, ¿cómo está?

Ella parecía no oír. El cura continuó:

 Sigue muy ocupado, sin duda. Porque él y yo somos ciertamente las dos personas de la parroquia que más trabajo tenemos. Pero él es el médico de los cuerpos, añadió con una risotada, y yo lo soy de las almas.

 Sí...  dijo , usted alivia todas las penas.

 ¡Ah, no me hable, Madame Bovary! Esta misma mañana, tuve que it a Bas Dauville para una vaca que tenía la hinchazón; creían que era un maleficio. Todas sus vacas, no sé cómo... Pero, ¡perdón! ¡Longuemarre y Bondet!, ¡demonios! Haced el favor de terminar. ¿Queréis estaros quietos de una vez? Y, de un salto, se presentó en la iglesia.

Los chiquillos, entonces, se apretaban alrededor del gran atril, se subían al entarimado del chantre, abrían el misal; y otros, de puntillas iban a meterse en el confesonario. Pero el cura, de pronto, repartió entre todos una granizada de bofetadas. Agarrándolos por el cuello de la chaqueta, los levantaba del suelo y los volvía a poner de rodillas sobre el pavimento del coro, con fuerza, como si hubiera querido plantarlos a11í.

 Mire usted  dijo volviendo junto a Emma, y desdoblando su gran pañuelo de algodón, una de cuyas puntas metió entre sus dientes , ¡los labradores son dignos de lástima!

 Hay otros  replicó ella.

 Sin duda, los de las ciudades, por ejemplo.

 No son ellos...

 ¡Perdóneme!, he conocido a11í a pobres madres de familia, mujeres virtuosas, se lo aseguro, verdaderas santas, que ni siquiera tenían para pan.

 Pero, señor cura  replicó Emma, retorciendo las comisuras de los labios al hablar , de las que tienen pan, y no tienen...

 Para calentarse en invierno  dijo el cura.

 ¡Bah!, ¿qué importa eso?

 ¿Cómo qué importa? A mí me parece que cuando se está bien caliente, bien alimentado, pues en fin...

 ¡Dios mío! ¡Dios mío!  suspiraba Emma.

 ¿Se encuentra mal¿  dijo el cura, adelantándose con aire preocupado ; ¿la digestión, tal vez? Tiene que volver a casa, Madame Bovary, tomar un poco de té; eso la pondrá bien, o un vaso de agua fresca con azúcar terciado.

 ¿Por qué?

Y Emma parecía que se despertaba de un sueño.

 Como se pasaba la mano por la frente, creí que le daba un mareo.

Luego cambiando de tema:

 Pero ¿me preguntaba usted algo? ¿Qué era? Ya no me acuerdo.

 ¿Yo? Nada..., nada...  repetía Emma.

Y su mirada, que dirigía a todo su alrededor, se paró lentamente en el anciano de sotana. Los dos se miraban, frente a frente, sin hablar.

 Entonces, Madame Bovary  dijo por fin el cura , discúlpeme, pero ante todo, el deber, ya sabe usted; tengo que atender a mis granujillas. Ya se acercan las primeras comuniones. ¡Nos cogerán otra vez de sorpresa, me lo estoy temiendo! ¡Por eso, a partir de la Ascensión, los tengo aquí puntuales una hora más! ¡Pobres niños!, nunca sería demasiado pronto para llevarlos por el camino del Señor, como además nos lo recomendó El mismo por boca de su divino Hijo... Usted lo pase bien, señora; ¡saludos a su marido!

Y entró en la iglesia, haciendo una genuflexión desde la puerta.

Emma lo vio desaparecer entre la doble fila de bancos, con pesado andar, la cabeza un poco torcida, y con las dos grandes manos entreabiertas hacia afuera.

Después, giró rápidamente sobre sus talones, rígido como una estatua sobre su soporte, y se encaminó hacia su casa. Pero le llegaban todavía al oído y le seguían la gruesa voz del cura y las claras voces de los chiquillos.

 ¿Sois cristianos?

 Sí, soy cristiano.

 ¿Qué es un cristiano?

 Es aquel que, estando bautizado..., bautizado..., bautizado.

Emma subió los peldaños de la escalera, y cuando llegó a su habitación, se dejó caer en un sillón.

La luz blanquecina de los cristales bajaba suavemente con ondulaciones. Los muebles en su sitio parecían haberse vuelto más inmóviles y perdidos en la sombra como en un océano tenebroso. La chimenea estaba , pagada, el péndulo seguía oscilando, y Emma se quedaba pasmada ante la calma de las cosas, mientras que dentro de ella se producían tantas conmociones. Pero entre la ventana y la mesa de labor estaba la pequeña Berta, tambaleándose sobre sus botines de punto y tratando de acercarse a su madre para cogerle las cintas de su delantal.

 ¡Déjame!  le dijo apartándola con la mano.

La niña se acercó todavía más a sus rodillas y apoyando en ellas sus brazos, la miraba con sus grandes ojos azules mientras que un hilo de saliva pura caía de su labio sobre el delantal de seda.

 ¡Déjame!  repitió Emma muy enfadada.

Su cara asustó a la niña, que empezó a gritar.

 Bueno, ¡déjame ya!  le dijo, empujándola con el codo.

Berta fue a caer al pie de la cómoda contra la percha de cobre; se hizo un corte en la mejilla, y empezó a sangrar. Madame Bovary corrió a levantarla, rompió el cordón de la campana, llamó a la criada con todas sus fuerzas, a iba a empezar a maldecirse cuando apareció Carlos. Era la hora de la cena, él regresaba.

 Mira, querido  le dijo Emma con voz tranquila : ahí tienes a la niña que, jugando, acaba de lastimarse en el suelo.

Carlos la tranquilizó, la cosa no era grave, y fue a buscar diaquilón.

Madame Bovary no bajó al comedor; quiso quedarse sola cuidando a su hija. Entonces, mirando cómo dormía, la preocupación que le quedaba fue poco a poco desapareciendo, y le pareció que era muy tonta y muy buena por haberse alterado hacía poco, por tan poca cosa. En efecto, Berta ya no sollozaba. Su respiración ahora levantaba insensiblemente la colcha de algodón.

Unos lagrimones quedaban en los bordes de sus párpados entreabiertos, que dejaban ver entre las pestañas dos pupilas pálidas, hundidas; el esparadrapo, pegado en su mejilla, estiraba oblicuamente su piel tensa.

 ¡Es una cosa extraña!  pensaba Emma , ¡qué fea es esta niña!

Cuando Carlos, a las once de la noche, volvió de la farmacia adonde había ido después de la cena, para devolver lo que sobraba del diaquilón, encontró a su mujer de pie al lado de la cuna.

 Te digo que esto no es nada  le dijo besándola en la frente ; ¡no te preocupes, querida, te pondrás enferma!

Se había quedadó mucho tiempo en la botica. Aunque no se hubiese mostrado muy afectado, el señor Homais, sin embargo, se había esforzado en darle ánimos y subirle la moral. Hablaron entonces de los peligros diversos que amenazaban a la infancia y del descuido de las criadas. La señora Homais sabía algo de eso, pues aún conservaba sobre el pecho las huellas de una escudilla de brasas que una cocinera hacía tiempo le había dejado caer sobre la blusa. Por eso, estos buenos padres tomaban tantas precauciones. Los cuchillos nunca estaban afilados ni los pisos encerados. En las ventanas había rejas de hierro y en los marcos, fuertes barras. Los pequeños Homais, a pesar de su independencia, no podían moverse sin un vigilante detrás de ellos; al menor catarro, su padre les atiborraba de jarabes, y hasta que tenían más de cuatro años llevaban todos inexorablemente unas chichoneras acolchadas. Era, es cierto, una manía de la  señora Homais; su esposo estaba interiormente preocupado por esto, temiendo los efectos que semejante opresión podría tener sobre los órganos del intelecto, y llegó a decirle:

 ¿Pretendes hacer de ellos unos Caribes o unos Bocotudos?

Carlos, por su parte, había intentado varias veces interrumpir la conversación.

 Tengo que hablar con usted  le dijo al oído al pasante, que empezó a caminar delante de él por la escalera.

 ¿Se sospechará algo?  se preguntaba León. El corazón le latía apresuradamente y se perdía en conjeturas.

Por fin, Carlos, habiendo cerrado la puerta, le rogó que se enterase en Rouen de lo que podía costar un buen daguerrotipo(1); era una sorpresa sentimental que reservaba a su mujer, una atención fina, su retrato en traje negro. Pero antes quería saber a qué atenerse; estas gestiones no debían de molestar a León, puesto que iba a la ciudad casi todas las semanas.

¿A qué iba? Homais sospechaba a este propósito alguna aventura de joven, una intriga. Pero se equivocaba; León no buscaba ningún amorío. Estaba más triste que nunca, y la señora Lefrancois se daba bien cuenta de ello por la cantidad de comida que ahora dejaba en el plato. Para saber algo más, preguntó al recaudador; Binet contestó en tono altanero, que él no estaba pagado por la policía.

Su compañero, sin embargo, le parecía muy raro, pues a menudo León se tumbaba en su silla abriendo los brazos, y se quejaba vagamente de la existencia.

 Es que usted no se distrae suficientemente  decía el recaudador.

 ¿Y cómo?

 Yo, en su lugar, tendría un torno.

 Pero yo no sé tornear  respondía el pasante.

 ¡Oh!, ¡es cierto!  decía el otro acariciando la mandíbula, con un aire de desdén mezclado de satisfacción.

León estaba cansado de amar sin resultado; después comenzaba a sentir ese agobio que causa la repetición de la misma vida, cuando ningún interés la dirige ni la sostiene ninguna esperanza. Estaba tan harto de Yonville y de sus habitantes, que ver a cierta gente, ciertas casas, le irritaba hasta más no poder; y el farmacéutico, con lo buena persona que era, se le hacía totalmente insoportable. Sin embargo, la perspectiva de una situación nueva le asustaba tanto como le seducía.

Esta aprensión se convirtió pronto en impaciencia, y París entonces agitó para él, en la lejanía, la fanfarria de sus bailes de máscaras con la risa de sus modistillas. Puesto que debía terminar sus estudios de Derecho, ¿por qué no se iba?, ¿quién se lo impedía? Empezó a hacer mentalmente los preparativos: dispuso de antemano sus ocupaciones. Se amuebló, en su cabeza, un piso. Allí llevaría una vida de artista. ¡Tomaría lecciones de guitarra! ¡Tendría una bata de casa, una boina vasca, zapatillas de terciopelo azul! E incluso contemplaba en su chimenea dos floretes en forma de aspa, con calavera y la guitarra por encima.

Lo difícil era el consentimiento de su madre; sin embargo, nada parecía más razonable. Su mismo patrón le aconsejaba visitar otro estudio de notario donde pudiese completar su formación. Tomando, pues, una decisión intermedia, León buscó un empleo de oficial segundo en Rouen, pero no lo encontró, y por fin escribió a su madre una larga carta detallada, en la que le exponía las razones de ir a vivir a París inmediatamente. Ella dio su consentimiento.

León no se dio prisa. Cada día, durance todo un mes, Hivert le transportó de Yonville a Rouen, de Rouen a Yonville, baúles, maletas, paquetes; y, cuando León hubo repuesto su guardarropa, rellenado sus tres butacas, comprado una provisión de pañuelos de cuello, en una palabra, hecho más preparativos que para un viaje alrededor del mundo, fue aplazándolo de una semana para otra, hasta que recibió una segunda carta de su madre en la que le daba prisa para marchar, puesto que él deseaba pasar su examen antes de las vacaciones.

Cuando llegó el momento de las despedidas, la señora Homais lloró; Justino sollozaba; Homais, como hombre fuerte, disimuló su emoción, quiso él mismo llevar el abrigo de su amigo hasta la verja del notario, quien llevaba a León a Rouen en su coche.

Éste último tenía el tiempo justo de decir adiós al señor Bovary.

Cuando llegó a lo alto de la escalera, se paró porque le faltaba el aliento. Al verle entrar, Madame Bovary se levantó con presteza.

 ¡Soy yo otra vez!  dijo León.

 ¡Estaba segura!

Emma se mordió los labios, y una oleada de sangre le corrió bajo la piel, que se volvió completamente sonrosada, desde la raíz de los cabellos hasta el borde de su cuello de encaje. Permanecía de pie, apoyando el hombro en el zócalo de madera.

 ¿No está el señor?  dijo él.

 Está ausente.

 Está ausente  repitió.

Entonces hubo un silencio. Se miraron; y sus pensamientos, confundidos en la misma angustia, se apretaban estrechamente, como dos pechos palpitantes.

 Me gustaría besar a Berta  dijo León.

Emma bajó algunos escalones y llamó a Felicidad.

Él echó rápidamente una amplia ojeada a su alrededor, que se extendió a las paredes, a las estanterías, a la chimenea, como para penetrarlo todo, llevarlo todo.

Pero ella volvió, y la criada trajo a Berta, que agitaba un molinillo de viento atado a un hilo, con la cabeza abajo.

León la besó en el cuello varias veces.

 ¡Adiós!, ¡pobre niña!, ¡adiós, nuerida pequeña, adiós!

Y se la devolvió a su madre.

 Llévesela  dijo ésta.

Se quedaron solos, Madame Bovary, de espaldas, con la cara pegada a un cristal de la ventana; León tenía su gorra en la mano y la golpeaba suavemente a lo largo de su muslo.

 Va a llover  dijo Emma.

 ¡Ah!, tengo un abrigo  dijo él.

Ella se volvió, barbilla baja y la frente hacia adelante. La luz le resbalaba como sobre un mármol, hasta la curva de las cejas, sin que se pudiese saber to que miraba. Emma miraba en el horizonte sin saber lo que pensaba en el fondo de sí misma.

 ¡Adiós!  suspiró él.

Emma levantó la cabeza con un movimiento brusco:

 Sí, adiós..., ¡márchese!

Se adelantaron el uno hacia el otro; él tendió la mano, ella vaciló.

 A la inglesa, pues  dijo Emma ábandonando la suya, y esforzándose por reír.

León la sintió entre sus dedos, y la sustancia misma de todo su ser le parecía concentrarse en aquella palma de la mano húmeda.

Después abrió la mano; sus miradas volvieron a encontrarse, y desapareció.

Cuando llegó a la plaza del mercado, se detuvo, y se escondió detrás de un pilar, a fin de contemplar por última vez aquella casa blanca con sus cuatro celosías verdes. Creyó ver una sombra detrás de la ventana, en la habitación; pero la cortina, separándose del alzapaño como si nadie la tocara, movió lentamente sus largos pliegues oblicuos, que de un solo salto, se extendieron todos y quedó recta, más inmóvil que una pared de yeso. León echó a correr.

Percibió de lejos, en la carretera, el cabriolé de su patrón y, al lado, a un hombre con delantal que sostenía el caballo. Homais y el señor Guillaumin charlaban entre sí.

 Abráceme  dijo el boticario con lágrimas en los ojos . Tome su abrigo, mi buen amigo; tenga cuidado con el frío. ¡Cuídese, mire por su salud!

 ¡Vamos, León, al coche!  dijo el notario.

Homais se inclinó sobre el guardabarros y con una voz entrecortada por los sollozos, dejó caer estas dos palabras tristes:

 ¡Buen viaje!

 Buenas tardes, respondió el señor Guillaumin. ¡Afloje las riendas!

Arrancaron y Homais se volvió.

Madame Bovary había abierto la ventana que daba al jardín, y miraba las nubes.

Se amontonaban al poniente del lado de Rouen, y rodaban rápidas sus voluras negras, de las que se destacaban por detrás las grandes líneas del sol como las flechas de oro de un trofeo suspendido, mientras que el resto del cielo vacío tenía la blancura de una porcelana. Pero una ráfaga de viento hizo doblegarse a los álamos, y de pronto empezó a llover; las gotas crepitaban sobre las hojas verdes. Después, reapareció el sol, cantaron las gallinas, los gorriones batían sus alas en los matorrales húmedos y los charcos de agua sobre la arena arrastraban en su curso las flores rosa de ,una acacia.

 ¡Ah!, ¡qué lejos debe estar ya!  pensó ella.

El señor Homais, como de costumbre, vino a las seis y media, durante la cena.

 Bueno  dijo sentándose  , ¿así es que acabamos de embarcar a nuestro joven?

 ¡Eso parece!  respondió el médico.

Después, volviéndose en su silla:

 ¿Y qué hay de nuevo por su casa?

 Poca cosa. Unicamente que mi mujer esta tarde ha estado un poco emocionada. Ya sabe, a las mujeres cualquier cosa les impresiona, ¡y a la mía sobre todo!, y no deberíamos ir en contra de ello, ya que su organización nerviosa es mucho más maleable que la nuestra.

 ¡Ese pobre León!  decía Carlos . ¿Cómo va a vivir a París? ¿Se acostumbrará a11í?

Madame Bovary suspiró.

 Ya lo creo  dijo el farmacéutico, chasqueando la lengua , los platos finos en los restaurantes, los bailes de máscaras, el champán, todo eso va a rodar, se lo aseguro.

 No creo que se eche a perder  objetó Bovary.

 ¡Ni yo!  replicó vivamcnte el señor Homais , aunque tendrá, no obstante, que alternar con los demás, si no quiere pasar por un jesuita; y no sabe usted la vida que llevan aquellos juerguistas en el barrio latino con las actrices. Por lo demás, los estudiantes están muy bien vistos en París. Por poco simpáticos que sean, los reciben en los círculos a incluso hay señoras del Faubourg Saint Germain que se enamoran de ellos, lo cual les proporciona luego ocasiones de hacer muy buenas bodas.

 Pero  dijo el médico , temo que él... allá...

 Tiene usted razón  interrumpió el boticario ; es el reverso de la medalla y es preciso tener continuamente la mano puesta sobre la cartera. Así, por ejemplo, está usted en un jardín público, supongamos que se le presenta un individuo, bien puesto, incluso condecorado, a quien podría tomar por un diplomático; le aborda; empiezan a hablar; se le insinúa, le invita a una toma de rapé o le recoge su sombrero. Luego intiman más, le lleva al café, le invita a su casa de campo, entre dos copas le presenta a toda clase de conocidos, y las tres cuartas partes de las veces no es más que para robarle su bolsa o para llevarle por malos pasos.

 Es cierto  respondió Carlos ; pero yo pensaba sobre todo en las enfermedades, en la fiebre tifoidea, por ejemplo, que ataca a los estudiantes de provincias.

Emma se estremeció.

 A causa del cambio de régimen de vida  continuó el farmacéutico , y del trastorno resultante en la economía general. Y además, el agua de París, ¿cómprende usted?, las comidas de los restaurantes, todos esos alimentos condimentados acaban por calentar la sangre y no valen, digan lo que digan, un buen puchero. Por mi parte, siempre he preferido la cocina casera: ¡es más sana! Por eso, cuando estudiaba farmacia en Rouen, vivía en una pensión; comía con los profesores.

Y continuó exponiendo sus opiniones generales y sus simpatías personales, hasta el momento en que Justino vino a buscarlo para una yema mejida que había que preparar.

 ¡Ni un instante de descanso!  exclamó , siempre en el tajo. ¡No puedo salir un minuto! ¡Como un caballo de tiro, hay que sudar tinta! ¡Qué calvario!

Después, ya en el umbral, dijo:

 A propósito, ¿saben la noticia?

 ¿Qué noticia?

 Que es muy probable  replicó Homais levantando sus cejas y adoptando un tono muy serio , que la exposición agrícola del Sena Inferior se celebre este año en Yonville l'Abbaye. Al menos circula el rumor. Esta mañana el periódico insinuaba algo de esto. Sería muy importante para nuestro distrito. Pero ya hablaremos de esto. Muchas gracias, ya veo; Justino tiene el farol.



CAPÍTULO VII

El día siguiente fue para Emma un día fúnebre. Todo le pareció envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas, y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada.

Como al regreso de la Vaubyessard, cuando las contradanzas le daban vueltas en la cabeza, tenía una melancolía taciturna, una desesperación adormecida. León se le volvía a aparecer más alto, más guapo, más suave, más difuso; aunque estuviese separado de ella, no la había abandonado, estaba a11í, y las paredes de la casa parecían su sombra. Emma no podía apartar su vista de aquella alfombra que él había pisado, de aquellos muebles vacíos donde se había sentado. El río seguía corriendo y hacía avanzar lentamente sus pequeñas olas a lo largo de la ribera resbaladiza. Por ella se habían paseado muchas veces, con aquel mismo murmullo del agua, sobre las piedras cubiertas de musgo. ¡Qué buenas jornadas de sol habían tenido!, ¡qué tardes más buenas, solos, a la sombra, al fondo del jardín! El leía en voz alta, descubierto, sentado en un taburete de palos secos; el viento fresco de la pradera hacía temblar las páginas del libro y las capuchinas del cenador... ¡Ah!, ¡se había ido el único encanto de su vida, la única esperanza posible de una felicidad! ¿Cómo no se había apoderado de aquella ventura cuando se le presentó? ¿Por qué no lo había retenido con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería escaparse? Y se maldijo por no haber amado a León; tuvo sed de sus labios. Le entraron ganas de correr a unirse con él, de echarse en sus brazos, de decirle: «¡Soy yo, soy tuya!» Pero las dificultades de la empresa la contenían, y sus deseos, aumentados con el disgusto, no hacían sino avivarse más.

Desde entonces aquel recuerdo de León fue como el centro de su hastío; chisporroteaba en él con más fuerza que, en una estepa de Rusia, un fuego de viajeros abandonado sobre la nieve. Se precipitaba sobre él, se acurrucaba contra él, removía delicadamente aquel fuego próximo a extinguirse, iba buscando en torno a ella to que podía avivarlo más; y las reminiscencias más lejanas como las más inmediatas ocasiones, lo que ella experimentaba con lo que se imaginaba, sus deseos de voluptuosidad que se dispersaban, sus proyectos de felicidad que estallaban al viento como ramas secas, su virtud estéril, sus esperanzas muertas, ella lo recogía todo y lo utilizaba todo para aumentar su tristeza.

Sin embargo, las llamas se apaciguaron, bien porque la provisión se agotase por sí misma, o porque su acumulación fuese excesiva. El amor, poco a poco, se fue apagando por la ausencia, la pena se ahogó por la costumbre; y aquel brillo de incendio que teñía de púrpura su cielo pálido fue llenándose de sombra y se borró gradualmente. En su conciencia adormecida, llegó a confundir las repugnancias hacia su marido con aspiraciones hacia el amante, los ardores del odio con los calores de la ternura; pero, como el huracán seguía soplando, y la pasión se consumió hasta las cenizas, y no acudió ningún socorro, no apareció ningún sol, se hizo noche oscura por todas partes, y Emma permaneció perdida en un frío horrible que la traspasaba.

Entonces volvieron los malos días de Tostes. Se creía ahora mucho más desgraciada, pues tenía la experiencia del sufrimiento, con la certeza de que no acabaría nunca.

Una mujer que se había impuesto tan grandes sacrificios, bien podía prescindir de caprichos. Se compró un reclinatorio gótico, y se gastó en un mes catorce francos en limones para limpiarse las uñas; escribió a Rouen para encargar un vestido de cachemir azul; escogió en casa de Lheureux el más bonito de sus echarpes; se lo ataba a la cintura por encima de su bata de casa; y, con los postigos cerrados, con un libro en la mano, permanecía tendida sobre un sofá con esta vestimenta.

A menudo variaba su peinado; se ponía a la china, en bucles flojos, en trenzas; se hizo una raya al lado y recogió el pelo por debajo, como un hombre.

Quiso aprender italiano: compró diccionarios, una gramática, una provisión de papel blanco. Ensayó lecturas serias, historia y filosofía. De noche, alguna vez, Carlos despertaba sobresaltado, creyendo que venían a buscarle para un enfermo:

 Ya voy  balbuceaba.

Y era el ruido de una cerilla que Emma frotaba para encender de nuevo la lámpara. Pero ocurrió con sus lecturas lo mismo que con sus labores, que, una vez comenzadas todas, iban a parar al armario; las tomaba, las dejaba, pasaba a otras.

Tenía arrebatos que la hubiesen llevado fácilmente a extravagancias. Un día sostuvo contra su marido que era capaz de beber la mitad de un gran vaso de aguardiente, y, como Carlos cometió la torpeza de retarla, ella se tragó el aguardiente hasta la última gota.

A pesar de sus aires evaporados (ésta era la palabra de las señoras de Yonville), Emma, sin embargo, no parecía contenta, y habitualmente conservaba en las comisuras de sus labios esa inmóvil contracción que arruga la cara de las solteronas y la de las ambiciosas venidas a menos. Se la veía toda pálida, blanca como una sábana; la piel de la nariz se le estiraba hacia las aletas, sus ojos miraban de una manera vaga.

Por haberse descubierto tres cabellos grises sobre las sienes habló mucho de su vejez.

Frecuentemente le daban desmayos. Un día incluso escupió sangre, y, como Carlos se alarmara dejando ver su preocupación:

 ¡Bah!  respondió ella , ¿qué importa eso?

Carlos fue a refugiarse a su despacho; y a11í lloró, de codos sobre la mesa, sentado en su sillón, debajo de la cabeza frenológica.

Entonces escribió a su madre para rogarle que viniese, y mantuvieron juntos largas conversaciones a propósito de Emma.

¿Qué decidir?, ¿qué hacer, puesto que ella rechazaba todo tratamiento?

 ¿Sabes lo que necesitaría tu mujer?  decía mamá Bovary . ¡Serían unas obligaciones que atender, trabajos manuales! Si tuviera, como tantas otras, que ganarse la vida, no tendría esos trastornos, que le proceden de un montón de ideas que se mete en la cabeza y de la ociosidad en que vive.

 Sin embargo, trabaja  decía Carlos.

 ¡Ah!, ¡trabaja! ¿Qué hace? Lee muchas novelas, libros, obras que van contra la religión, en las que se hace burla de los sacerdotes con discursos sacados de Voltaire. Pero todo esto trae sus consecuencias, ¡pobre hijo mío!, y el que no tiene religión acaba siempre mal.

Así pues, se tomó la resolución de impedir a Emma la lectura de novelas. El empeño no parecía nada fácil. La buena señora se encargó de ello: al pasar por Rouen, iría personalmente a ver al que alquilaba libros y le diría que Emma se daba de baja en sus suscripciones. No tendría derecho a denunciar a la policía si el librero persistía a pesar de todo en su oficio de envenenador.

La despedida de suegra y nuera fue seca. Durante las tres semanas que habían estado juntas no habían intercambiado cuatro palabras, aparte de las novedades y de los cumplidos cuando se encontraban en la mesa, y por la noche antes de irse a la cama.

La señora Bovary madre marchó un miércoles, que era día de mercado en Yonville. La plaza, desde la mañana, estaba ocupada por una fila de carretas que, todas aculadas y con los varales al aire, se alineaban a lo largo de las casas desde la iglesia hasta la fonda. Al otro lado, había barracas de lona donde se vendían telas de algodón, mantas y medias de lana, además de ronzales para los caballos y paquetes de cintas azules cuyas puntas se agitaban al viento.

Por el suelo se extendía tosca chatarra entre las pirámides de huevos y las canastillas de quesos, de donde salían unas pajas pegajosas; cerca de las trilladoras del trigo, unas gallinas que cloqueaban en jaulas planas asomaban sus cuellos por los barrotes. La gente, apelotonándose en el mismo sitio sin querer moverse de a11í, amenazaba a veces con romper el escaparate de la farmacia. Los miércoles estaba siempre abarrotada de gente y se apretaban en ella, más para consultar que por comprar medicamentos, tanta fama tenía el señor Homais en los pueblos del contorno. Su sólido aplomo tenía fascinados a los campesinos. Le miraban como a un médico mejor que todos los médicos.

Emma estaba asomada a la ventana (se asomaba a menudo: la ventana, en provincias, sustituye a los teatros y al paseo) y se entretenía en observar el barullo de los patanes, cuando vio a un señor vestido de levita de terciopelo verde. Llevaba guantes amarillos, aunque iba calzado con fuertes polainas, y se dirigía a la casa del médico, seguido de un campesino que caminaba cabizbajo y pensativo.

  ¿Puedo ver al señor?  preguntó a Justino, que hablaba en la puerta con Felicidad.

Y tomándole por el criado de la casa:

 Dígale que es el señor Rodolfo Boulanger de la Huchette.

No era por vanidad de terrateniente por lo que el recién llegado había añadido a su apellido la partícula, sino para darse mejor a conocer. La Huchette, en efecto, era una propiedad cerca de Yonville, cuyo castillo acababa de adquirir, con dos fincas que él mismo cultivaba personalmente, aunque sin esforzarse mucho. Era soltero, y pasaba por tener al menos quince mil libras de renta.

Carlos entró en la sala. El señor Boulanger le presentó a su criado, que quería que lo sangrasen porque sentía hormigas en todo el cuerpo.

 Esto me limpiará  objetaba a todos los razonamientos.

Bovary pidió, pues, que le trajeran una venda y una palangana, y rogó a Justino que la sostuviese. Después, dirigiéndose al aldeano, ya lívido:

 ¡No tenga miedo, amigo!

 No, no  respondió el otro , ¡siga adelante!

Y con un aire fanfarrón, tendió su grueso brazo. Al pinchazo de la lanceta, la sangre brotó y fue a salpicar el espejo.

 ¡Acerca el recipiente!   exclamó Carlos.

 ¡Recontra!  decía el paisano , ¡parece una fuentecica que corre! ¡Qué sangre roja tengo!, debe de ser buena señal, ¿verdad?

 A veces  replicó el practicante , no se siente nada al principio, después viene el desvanecimiento, y más particularmente en las personas bien constituidas, como éste.

El campesino, a estas palabras, soltó el estuche que hacía girar entre sus dedos. Una sacudida de sus hombros hizo estallar el respaldo de la silla. Se le cayó el sombrero.

 Me lo sospechaba  dijo Bovary, aplicando su dedo sobre la vena.

La palangana empezaba a temblar en las manos de Justino; sus rodillas vacilaron, se volvió pálido.

 ¡Mi mujer!, ¡mi mujer!  llamó Carlos.

De un salto Emma bajó la escalera.

 ¡Vinagre!  gritó él . ¡Ah! ¡Dios mío, dos a la vez!

Y, con el susto, no acertaba a poner la compresa.

 No es nada  decía muy tranquilamente el señor Boulanger, mientras sostenía a Justino en brazos.

Y lo sentó en la mesa, apoyándole la espalda en la pared.

Madame Bovary empezó a quitarle la corbata. Había un nudo en los cordones de la camisa; tardó algunos minutos en mover sus ligeros dedos en el cuello del joven; después echó vinagre en su pañuelo de batista; le mojaba con él las sienes a golpecitos y soplaba encima, delicadamente.

El carretero se despertó; pero Justino seguía desmayado y sus pupilas desaparecían en su esclerótica pálida, como flores azules en leche.

 Habría que ocultarle esto  dijo Carlos.

Madame Bovary tomó la palangana. En el movimiento que hizo al inclinarse para ponerla bajo la mesa, su vestido (era un vestido de verano de cuatro volantes, de color amarillo, de talle bajo y ancho de falda) se extendió alrededor de ella sobre los baldosas de la sala; y como Emma, agachada, se tambaleaba un poco abriendo los brazos, los bullones de la tela se quebraban de trecho en trecho, según las inflexiones de su corpiño. Después se fue a coger una botella de agua, y estaba disolviendo trozos de azúcar cuando llegó el farmaceútico. La criada había ido a buscarlo durante la algarada; al ver a su alumno con los ojos abiertos, respiró. Después, dando vueltas alrededor de él, lo miraba de arriba abajo:

 ¡Tonto!  decía ; ¡pedazo de tonto en cinco letras! IUna gran cosa, después de todo una flebotomía!, ¡y un mocetón que no tiene miedo a nada!, una especie de ardilla, tal como lo ve, que sube a sacudir nueces a alturas de vértigo. ¡Ah!, ¡sí, habla, presume! iVaya una disposición para ejercer luego la farmacia; pues puede ocurrir que lo llamen en circunstancias graves, ante los tribunales, para ilustrar la conciencia de los magistrados; y tendrás que conservar to sangre fría, razonar, portarte como un hombre, o bien pasar por un imbécil!

Justino no respondía. El boticario continuaba:

 ¿Quién to mandó venir?, ¡siempre estás importunando al señor y a la señora! Además, los miércoles tu presencia me es indispensable. Hay ahora veinte personas en casa. He dejado todo por el interés que me tomo por ti. ¡Vamos!, ¡vete!, ¡corre!, ¡espérame, y vigila los botes!

Cuando Justino, que estaba vistiéndose, se marchó hablaron un poco de los desvanecimientos. Madame nunca había tenido.

 ¡Es extraordinario para una señora!  dijo el señor Boulanger . Por lo demás, hay gente muy delicada. Así, yo he visto, en un duelo, a un testigo perder el conocimiento, nada más que al ruido de las pistolas que estaban cargando.

 A mí  dijo el boticario  ver la sangre de los demás no me impresiona nada; pero sólo el imaginarme que la mía corre bastaría para causarme desmayos, si pensara demasiado en ello.

Entretanto el señor Boulanger despidió a su criado aconsejándole que se tranquilizase, puesto que su capricho había sido satisfecho.

 Me ha dado ocasión de conocerles a ustedes  añadió.

Y miraba a Emma al pronunciar esta frase.

Después depositó tres francos en la esquina de la mesa, se despidió fríamente y se fue.

Pronto llegó al otro lado del río (era su camino para volver a la Huchette); y Emma lo vio en la pradera, caminando bajo los álamos, moderando la marcha, como alguien que reflexiona.

 ¡Es muy guapa!  se decía ; es muy guapa esa mujer del médico. ¡Hermosos dientes, ojos negros, lindo pie, y el porte de una parisina! ¿De dónde diablos habrá salido? ¿Dónde la habrá encontrado ese patán?

El señor Rodolfo Boulanger tenía treinta y cuatro años; era de temperamento impetuoso y de inteligencia perspicaz; habiendo tratado mucho a las mujeres, conocía bien el paño. Aquélla le había parecido bonita; por eso pensaba en ella y en su marido.

 Me parece muy tonto. Ella está cansada de él sin duda. Lleva unas uñas muy sucias y una barba de tres días. Mientras él va a visitar a sus enfermos, ella se queda zurciendo calcetines. Y se aburre, ¡quisiera vivir en la ciudad, bailar la polka todas las noches! ¡Pobre mujercita! Sueña con el amor, como una carpa con el agua en una mesa de cocina. Con tres palabritas galantes, se conquistaría, estoy seguro, ¡sería tierna, encantadora!... Sí, pero ¿cómo deshacerse de ella después?

Entonces las contrapartidas del placer, entrevistas en perspectiva, le hicieron, por contraste, pensar en su amante. Era una actriz de Rouen a la que él sostenía; y cuando se detuvo en esta imagen, de la que hasta en el recuerdo estaba hastiado, pensó:

 ¡Ahl, Madame Bovary es mucho más bonita que ella, más fresca sobre todo. Virginia, decididamente, empieza a engordar demasiado. Se pone tan pesada con sus diversiones. Y, además, ¡qué manía con los camarones!

El campo estaba desierto, y Rodolfo no oía a su alrededor más que el leve temblor de las hierbas que rozaban su calzado junto con el canto de los grillos agazapados bajo las avenas; volvía a ver a Emma en la sala, vestida como la había visto, y la desnudaba.

 ¡Oh!  exclamó, aplastando de un bastonazo un terrón que había delante de él.

Y enseguida examinó la parte política de la empresa. Se preguntaba:

 ¿Dónde encontrarse? ¿Por qué medio? Tendremos continuamente al crío sobre los hombros, y a la criada, los vecinos, el marido, toda clase de estorbos considerables. ¡Ah, bah!  dijo , ¡se pierde demasiado tiempo!

Después volvió a empezar:

 «¡Es que tiene unos ojos que penetran en el corazón como barrenas! ¡Y ese cutis pálido!... ¡Yo, que adoro las mujeres pálidas!»

En lo alto de la cuesta de Argueil, su resolución estaba tomada.

 No hay más que buscar las ocasiones. Bueno, pasaré por a11í alguna vez, les mandaré caza, aves; me haré sangrar si es preciso; nos haremos amigos, los invitaré a mi casa... ¡Ah!

 

CAPÍTULO VIII

Por fin llegaron los famosos comiciosl. Desde la mañana de la solemnidad, todos los habitantes, en sus puertas, hablaban de preparativos; habían adornado con guirnaldas de hiedra el frontón del ayuntamiento; en un prado habían levantado una tienda para el banquete, y, en medio de la plaza, delante de la iglesia, una especie de trompeta debía señalar la Ilegada del señor prefecto y el nombre de los agricultores galardonados. La guardia nacional de Buchy (en Yonville no existía) había venido a unirse al cuerpo de bomberos, del que Binet era el capitán. Aquel día llevaba un cuello todavía más alto que de costumbre; y, ceñido en su uniforme, tenía el busto tan estirado a inmóvil, que toda la parte vital de su persona parecía haber bajado a sus dos piernas, que se levantaban cadenciosamente, a pasos marcados, con un solo movimiento. Como había una especie de rivalidad entre el recaudador y el coronel, el uno y el otro, para mostrar sus talentos, hacían maniobrar a sus hombres por separado. Se veían alternativamente pasar y volver a pasar las hombreras rojas y las pecheras negras. Aquello aún no terminaba y ya volvía a empezar. Nunca había habido semejante despliegue de pomposidad. Desde la víspera varios vecinos habían limpiado sus casas; banderas tricolores colgaban de las ventanas entreabiertas; todas las tabernas estaban llenas; y, como hacía buen tiempo, los gorros almidonados, las cruces doradas y las pañoletas de colores refulgían más que la nieve, relucían al sol claro, y realzaban con su abigarramiento disperso la oscura monotonía de las levitas y de las blusas azules. Las campesinas de los alrededores retiraban al bajar del caballo el gran alfiler que sujetaba su vestido alrededor del cuerpo, remangado por miedo a mancharlo; y los maridos, al contrario, a fin de no estropear sus sombreros, los cubrían por encima con pañuelos de bolsillo, cuyas puntas sostenían entre los dientes.

De los dos extremos del pueblo llegaba la muchedumbre a la calle principal, lo mismo que de las callejuelas, de las avenidas y de las casas, y se oía de vez en cuando abatirse el martillo de las puertas, detrás de las burguesas con guantes de hilo, que salían a ver la fiesta. Lo que se admiraba sobre todo eran dos largos tejos cubiertos de farolillos, que flanqueaban un estrado donde iban a situarse las autoridades; y había, además, junto a las cuatro columnas del ayuntamiento, cuatro especies de postes, cada uno de los cuales sostenía un pequeño estandarte de tela verdosa, con inscripciones en letras doradas. En uno se leía: «Al comercio»; en otro: «A la agricultura»; en el tercero: «A la Industria»; y en el cuarto: «A las Bellas Artes».

Pero el regocijo que se manifestaba en todas las caras parecía entristecer a la señora Lefrançois, la hotelera. De pie sobre los escalones de su cocina, murmuraba para sus adentros:

 ¡Qué estupidez!, ¡qué estúpidez con esa barraca! Se creen que el prefecto estará muy a gusto cenando allí, bajo una tienda, como un saltimbanqui. Y a esos hacinamientos llaman procurar el bien del país, ¡para eso no valía la pena it a buscar un cocinero a Neufchâtel! ¿Y para quién? ¿Para unos vaqueros y unos descamisados?...

Pasó el boticario. Llevaba un traje negro, un pantalón de nankin(2), zapatos de castor, y, caso extraordinario, un sombrero de copa baja.

 ¡Servidor!  dijo , dispénseme, llevo prisa.

Y como la gorda viuda le preguntara adónde iba:

 Le parece raro, ¿verdad?, y yo que permanezco más encerrado en mi laboratorio que el ratón de campo en su queso.

 ¿Qué queso?  dijo la mesonera.

 No, ¡nada!, ¡no es nada!  replicó Homais . Sólo quería decirle, señora Lefrançois, que habitualmente permanezco totalmente recluido en mi casa. Hoy, sin embargo, en vista de la circunstancia, no tengo más remedio que...

 ¡Ah!, ¿va usted a11á?  le dijo ella con aire de desdén.

 Sí, voy allá  replicó el boticario asombrado ; ¿acaso no formo parte de la comisión consultiva?

La señora Lefrançois le miró fijamente algunos minutos, y acabó por contestar sonriente:

 ¡Eso es otra cosa! ¿Pero qué le importa a usted la agricultura?, ¿entiende usted de eso?

 Ciertamente, entiendo de eso, puesto que soy farmacéutico, es decir, químico, y como la química, señora Lefrançois, tiene por objeto el conocimiento de la acción recíproca y molecular de todos los cuerpos de la naturaleza, se deduce de aquí que la agricultura se encuentra comprendida en su campo. Y, en efecto, composición de los abonos, fermentación de los líquidos, análisis de los gases a influencia de los mismos, ¿qué es todo eso, dígame, sino química pura y simple?

La mesonera no contestó nada. Homais continuó:

 ¿Cree usted que para ser agrónomo es necesario haber cultivado la tierra por sí mismo o engordado aves? Lo que hay que conocer, más bien, es la constitución de las sustancias de que se trata, los yacimientos geológicos, las acciones atmosféricas, la calidad de los terrenos, de los minerales, de las aguas, la densidad de los diferentes cuerpos y su capilaridad, ¿qué sé yo? Y hay que conocer a fondo los principios de la higiene, para dirigir, criticar la construcción de las obras, el régimen de los animales, la alimentación de los criados, ¡es necesario, señora Lefrancois, dominar la botánica, poder distinguir las plantas!, ¿me entiende?, cuáles son las saludables y las deletéreas, cuáles las improductivas y cuáles las nutritivas, si es bueno arrancar aquí y volver a plantar a11á, proteger unas y destruir otras; en resumen, hay que estar al corriente de la ciencia por folletos y publicaciones, estar siempre atentos para indicar las mejoras.

La mesonera no apartaba la vista de la puerta del «Café Français», y el farmacéutico continuó:

 ¡Ojalá nuestros agricultores fuesen químicos, o al menos hiciesen más caso de los consejos de la ciencia! Por ejemplo, he escrito recientemente un importante opúsculo, una memoria de más de setenta y dos páginas, titulado: De la sidra, su fabricación, y sus efectos; seguido de algunas reflexiones nuevas sobre el tema, que he enviado a la Sociedad Agronómica de Rouen, lo que me ha valido el honor de ser recibido entre sus miembros, sección de agricultura, clase de pomología; pues bien, si mi trabajo hubiese sido publicado...

Pero el boticario se paró, tan preocupada parecía la señora Lefrançois.

 ¡Ahí los tiene!  decía ella , ¡no se comprende!, ¡una tarea semejante!

Y con unos movimientos de hombros que estiraban sobre su pecho las mallas de su chaqueta de punto, señalaba con las dos manos la taberna de su rival, de donde salían en aquel momento canciones.

 Por lo demás, no va a durar mucho  añadió ella ; antes de ocho días, todo habrá terminado.

 Homais se echó atrás estupefacto. Ella bajó sus tres escalones, y hablándole al oído:

 ¡Cómo!, ¿no sabe usted? Le van a embargar esta semana. Es Lheureux quien lo pone en venta. Le ha acribillado de pagarés.

 ¡Qué espantosa catástrofe!  exclamó el boticario, que siempre tenía palabras adecuadas para todas las circunstancias imaginables.

La mesonera se puso, pues, a contarle esta historia que había sabido por Teodoro, el criado del señor Guillaumin, y, aunque detestaba a Tellier, censuraba a Lheureux. Era un embaucador, un rastrero.

 ¡Ah, fíjese!  dijo ella , allí está en el mercado; saluda a Madame Bovary, que lleva un sombrero verde. Y va del brazo del señor Boulanger.

 ¡Madame Bovary!  dijo Homais . Voy enseguida a ofrecerle mis respetos. Quizás le gustará tener un sitio en el recinto, bajo el peristilo.

Y sin escuchar a la señora Lefranrçois, que le llamaba de nuevo para contarle más cosas, el farmacéutico se alejó con paso rápido, la sonrisa en los labios y aire decidido, repartiendo a derecha a izquierda muchos saludos y ocupando mucho espacio con los grandes faldónes de su frac negro, que flotaban al viento detrás de él.

Rodolfo, que lo había visto de lejos, aceleró el paso; pero Madame Bovary se quedó sin aliento; él entonces acortó la marcha, y le dijo sonriendo en un tono brutal:

 Es para no tropezar con el gordo ése. Ya comprende, el boticario.

Ella le dio un codazo.

«¿Qué significa esto?, se preguntó él.»

Y la contempló con el rabillo del ojo, sin dejar de caminar.

La expresión serena de su rostro no dejaba adivinar nada. Se destacaba en plena luz, en el óvalo de su capote, que tenía unas cintas pálidas semejantes a hojas de caña. Sus ojos de largas pestañas curvas miraban hacia delante, y, aunque bien abiertos, parecían un poco estirados hacia los pómulos, a causa de la sangre que latía suavemente bajo su fina piel. Un color rosa atravesaba el tabique de su nariz. Inclinaba la cabeza sobre el hombro y se veía entre sus labios la punta nacarada de sus dientes blancos.

« ¿Se burla de mí?, pensaba Rodolfo.»

Aquel gesto de Emma, sin embargo, no haba sido más que una advertencia; pues el señor Lheureux les acompañaba y les hablaba de vez en cuando, como para entrar en conversación:

 ¡Hace un día espléndido!, ¡todo el mundo está en la calle!, sopla Levante.

Y Madame Bovary, igual que Rodolfo, apenas le respondía, mientras que al menor movimiento que hacían, él se acercaba diciendo: «¿Qué decía usted?», y llevaba la mano a su sombrero.

Cuando llegaron a casa del herrador, en vez de seguir la carretera hasta la barrera, Rodolfo, bruscamente, tomó un sendero, llevándose a Madame; y exclamó:

 ¡Buenas tardes, señor Lheureux! ¡Hasta la vista!

 ¡Qué manera de despedirle!  dijo ella riendo.

 Por qué  repuso él  dejarse manejar por los demás, y ya que hoy tengo la suerte de estar con usted...

Emma se sonrojó. Rodolfo no terminó la frase. Entonces habló del buen tiempo y del placer de caminar sobre la hierba. Algunas margaritas habían retoñado.

 ¡Qué hèrmosas margaritas  dijo él  para proporcionar muchos oráculos a todas las enamoradas del país!

Y añadió:

 ¿Si yo cogiera algunas? ¿Qué piensa usted?

 ¿Está usted enamorado?  dijo ella tosiendo un poco.

 ¡Eh!, ¡eh!, ¿quién sabe? contestó Rodolfo.

El prado empezaba a llenarse, y las amas de casa tropezaban con sus grandes paraguas, sus cestos y sus chiquillos. A menudo había que apartarse delante de una larga fila de campesinas, criadas, con medias azules, zapatos bajos, sortijas de plata, y que olían a leche cuando se pasaba al lado de ellas. Caminaban cogidas de la mano, y se extendían a todo lo largo de la pradera, desde la línea de los álamos temblones hasta la tienda del banquete. Pero era el momento del concurso, y los agricultores, unos detrás de otros, entraban en una especie de hipódromo formado por una larga cuerda sostenida por unos palos.

Allí estaban los animales, con la cabeza vuelta hacia la cuerda, y alineando confusamente sus grupas desiguales. Había cerdos adormilados que hundían en la tierra sus hocicos; terneros que mugían; ovejas que balaban; las vacas, con una pata doblada, descansaban su panza sobre la hierba, y rumiando lentamente abrían y cerraban sus pesados párpados a causa de las moscas que zumbaban a su alrededor. Unos carreteros remangados sostenían por el ronzal caballos sementales encabritados que relinchaban con todas sus fuerzas hacia donde estaban las yeguas. Éstas permanecían sosegadas, alargando la cabeza y con las crines colgando, mientras que sus potros descansaban a su sombra o iban a mamar; y de vez en cuando, y sobre la larga ondulación de todos estos cuerpos amontonados, se veía alzarse el viento, como una ola, alguna crin blanca, o sobresalir unos cuernos puntiagudos, y cabezas de hombres que corrían. En lugar aparte, fuera del vallado, cien pasos más lejos, había un gran toro negro con bozal que llevaba un anillo de hierro en el morro, tan inmóvil como un animal de bronce. Un niño andrajoso lo sostenía por una cuerda. Entretanto, entre las dos hileras, unos señores se acercaban con paso grave examinando cada animal y después se consultaban en voz baja. Uno de ellos, que parecía más importante, tomaba, al paso, notas en un cuaderno. Era el presidente del jurado: el señor Derozerays de la Panville. Tan pronto como reconoció a Rodolfo se adelantó rápidamente y le dijo sonriendo con un aire amable:

 ¿Cómo, señor Boulanger, nos abandona usted?

Rodolfo aseguró que volvería. Pero cuando el presidente desapareció dijo:

 Por supuesto que no iré; voy mejor acompañado con usted que con él.

Y sin dejar de burlarse de la feria, Rodolfo, para circular más a gusto, mostraba su tarjeta azul al gendarme, y hasta se paraba a veces ante algún hermoso ejemplar que Madame Bovary apenas apreciaba. El se dio cuenta de esto, y entonces se puso a hacer bromas sobre las señoras de Yonville, a propósito de su indumentaria; después se disculpó a sí mismo por el descuido de la suya, la cual tenía esa incoherencia de cosas comunes y rebuscadas, en las que el vulgo habitualmente cree entrever la revelación de una existencia excéntrica, los desórdenes del sentimiento, las tiranías del arte, y siempre un cierto desprecio de las convenciones sociales, lo cual le seduce o le desespera. Por ejemplo, su camisa de batista con puños plisados se ahuecaba al soplo del viento, en el escote de su chaleco, que era de dril gris, y su pantalón de anchas rayas dejaba al descubierto en los tobillos sus botines de nankín, con palas de charol. Estaba tan reluciente que la hierba se reflejaba en él. Pisaba las deyecciones de caballo una mano en el bolsillo de su levita y su sombrero de paja ladeado.

 Además  añadió , cuando se vive en el campo...

 Es perder el tiempo  dijo Emma.

 ¡Es verdad!  replicó Rodolfo . Pensar que nadie entre esas buenas gentes es capaz de apreciar siquiera el corte de una levita.

Entonces hablaron de la mediocridad provinciana, de las vidas que se ahogaban, de las ilusiones que se perdían en ella.

 Por eso  decía Rodolfo  yo me sumo en una tristeza...

 ¡Usted!  dijo ella con asombro . ¡Pero si yo le creía muy alegre!

 ¡Ah!, sí, en apariencia. Porque en medio del mundo sé poner sobre mi cara una máscara burlona; y sin embargo, cuántas veces a la vista de un cementerio, de un claro de luna, me he preguntado si no haría mejor yendo a reunirme con aquellos que están durmiendo...

 ¡Oh! ¿Y sus amigos?  dijo ella . Usted no piensa en eso.

 ¿Mis amigos? ¿Cuáles? ¿Acaso tengo yo amigos? ¿Quién se preocupa de mi?

Y acompañó estas últimas palabras con una especie de silbido entre sus labios.

Pero tuvieron que separarse uno del otro a causa de una pila de sillas que un hombre llevaba detrás de ellos. Iba tan cargado que sólo se le veía la punta de los zapatos y el extremo de sus dos brazos abiertos. Era Lestiboudis, el enterrador, que transportaba entre la muchedumbre las sillas de la iglesia.

Con gran imaginación para todo lo relativo a sus intereses había descubierto aquel medio de sacar partido de los «comicios»; y su idea estaba dando resultado, pues no sabía ya a quién escuchar. En efecto, los aldeanos, que tenían calor, se disputaban aquellas sillas cuya paja olía a incienso, y se apoyaban contra sus gruesos respaldos, sucios de la cera de las velas, con una cierta veneración.

Madame Bovary volvió a tomar el brazo de Rodolfo; él continuó como hablándose a sí mismo:

 ¡Sí!, ¡tantas cosas me han faltado!, ¡siempre solo! ¡Ah!, si hubiese tenido una meta en la vida, si hubiese encontrado un afecto, si hubiese hallado a alguien... ¡Oh!, ¡cómo habría empleado toda la energía de que soy capaz, lo habría superado todo, roto todos los obstáculos!

 Me parece, sin embargo  dijo Emma , que no tiene de qué quejarse.

 ¡Ah!, ¿cree usted?  dijo Rodolfo.

 Pues al fin y al cabo  replicó ella , es usted libre.

Emma vaciló:

 Rico.

 No se burle de mí  contestó él.

Y ella le estaba jurando que no se burlaba, cuando sonó un cañonazo; inmediatamente la gente echó a correr en tropel hacia el pueblo. Era una falsa alarma. El señor no acababa de llegar y los miembros del jurado se encontraban muy apurados sin saber si había que comenzar la sesión o bien seguir esperando.

Por fin, al fondo de la plaza, apareció un gran landó de alquiler, tirado por dos caballos flacos, a los que daba latigazos con todas sus fuerzas un cochero con sombrero blanco. Binet sólo tuvo tiempo para gritar: «A formar», y el coronel lo imitó. Corrieron hacia los pabellones. Se precipitaron. Algunos incluso olvidaron el cuello. Pero el séquito del prefecto pareció darse cuenta de aquel apuro, y los dos rocines emparejados, contoneándose sobre la cadeneta del bocado, llegaron a trote corto ante el peristilo del ayuntamiento justo en el momento en que la guardia nacional y los bomberos se desplegaban al redoble del tambor, y marcando el paso.

 ¡Paso!   gritó Binet.

 ¡Alto!  gritó el coronel , ¡alineación izquierda!

Y después de un «presenten armas» en que se oyó el ruido de las abrazaderas, semejante al de un caldero de cobre que rueda por las escaleras, todos los fusiles volvieron a su posición.

Entonces se vio bajar de la carroza a un señor vestido de chaqué con bordado de plata, calvo por delante, con tupé en el occipucio, de tez pálida y aspecto bonachón. Sus dos ojos, muy abultados y cubiertos de gruesos párpados, se entornaban para contemplar la multitud, al mismo tiempo que levantaba su nariz puntiaguda y hacía sonreír su boca hundida. Reconoció al alcalde por la banda, y le comunicó que el señor prefecto no había podido venir. El era consejero de la prefectura, luego añadió algunas excusas. Tuvache contestó con cortesías, el otro se mostró confuso y así permanecieron frente a frente, con sus cabezas casi tocándose, rodeados por los miembros del jurado en pleno, el consejo municipal, los notables, la guardia nacional y el público. El señor consejero, apoyando contra su pecho su pequeño tricornio negro, reiteraba sus saludos, mientras que Tuvache, inclinado como un arco, sonreía también, tartamudeaba, rebuscaba sus frases, proclamaba su fidelidad a la monarquía, y el honor que se le hacía a Yonville.

Hipólito, el mozo del mesón, fue a tomar por las riendas los caballos del cochero, y cojeando con su pie zopo, los llevó bajo el porche del «Lion d'Or», donde muchos campesinos se amontonaron para ver el coche. Redobló el tambor, tronó el cañón, y los señores en fila subieron a sentarse en el estrado, en los sillones de terciopelo rojo que había prestado la señora Tuvache.

Todas aquellas gentes se parecían. Sus fofas caras rubias, un poco tostadas por el sol, tenían el color de la sidra dulce, y sus patillas ahuecadas salían de grandes cuellos duros sujetos por corbatas blancas con el nudo bien hecho. Todos los chalecos eran de terciopelo y de solapas; todos los relojes llevaban en el extremo de una larga cinta un colgante ovalado de cornalina; y apoyaban sus dos manos sobre sus dos muslos, separando cuidadosamente la cruz del pantalón, cuyo paño no ajado brillaba más que la piel de las fuertes botas.

Las damas de la sociedad estaban situadas detrás, bajo el vestíbulo, entre las columnas, mientras que el público estaba en frente, de pie, o sentado en sillas. En efecto, Lestiboudis había llevado a11í todas las que había trasladado de la pradera, e incluso corría cada minuto a buscar más a la iglesia, y ocasionaba tal atasco con su comercio que era difícil llegar hasta la escalerilla del estrado.

 Creo  dijo el señor Lheureux, dirigiéndose al farmacéutico que pasaba para ocupar su puesto  que deberían haber puesto allí dos mástiles venecianos: con alguna cosa un poco severa y rica como novedad, hubiese sido de un efecto muy bonito.

 Ciertamente  respondió Homais , pero, ¡qué quiere usted!, es el alcalde quien se ha encargado de todo. No tiene mucho gusto este pobre Tuvache, a incluso carece de lo que se llama talento artístico.

Entretanto, Rodolfo, con Madame Bovary, subió al primer piso del ayuntamiento, al salón de sesiones, y como estaba vacío, dijo que allí estarían bien para gozar del espectáculo a sus anchas.

Tomó tres taburetes de alrededor de la mesa oval, bajo el busto del monarca, y, acercándolos a una de las ventanas, se sentaron el uno al lado del otro.

Hubo un hormigueo en el estrado, largos murmullos, conversaciones. Por fin se levantó el señor consejero. Se sabía ahora que se llamaba Lieuvain, y corría su nombre de boca en boca entre el público. Después de haber ordenado varias hojas y mirado por encima para ver mejor, comenzó.

«Señores:

Permítanme en primer lugar, antes de hablarles del motivo de esta reunión de hoy, y estoy seguro de que este sentir será compartido por todos ustedes, permítanme, digo, hacer justicia a la administración superior, al gobierno, al monarca, señores, a nuestro soberano, a ese rey bien amado a quien ninguna rama de la prosperidad pública o privada le es indiferente, y que dirige a la vez con mano tan firme y tan prudente el carro del estado en medio de los peligros incesantes de un mar tempestuoso, sabiendo, además, hacer respetar la paz como la guerra, la industria, el comercio, la agricultura y las bellas artes.»

 Debería  dijo Rodolfo , echarme un poco hacia atrás.

 ¿Por qué?  dijo Emma.

Pero en este momento la voz del consejero, elevando el tono de un modo extraordinario, declaraba:

«Ya no es el tiempo, señores, en que la discordia civil ensangrentaba nuestras plazas públicas, en que el propietario, el negociante, el mismo obrero, que se dormía de noche con un sueño apacible, temblaban al verse despertar de pronto al ruido del toque de rebato, en que las máximas más subversivas minaban audazmente las bases...»

 Es que podrían   dijo Rodolfo  verme desde abajo; luego tendría durante quince días que dar explicaciones, y con mi mala fama...

¡Oh!, usted se calumnia  dijo Emma.

 No, no, es execrable, se lo juro.

«Pero, señores, continuaba el consejero, si, alejando de mi recuerdo aquellos sombríos cuadros, vuelvo mis ojos a la situación actual de nuestra hermosa patria: ¿qué veo en ella? Por todas partes florecen el comercio y las artes; por todas partes nuevas vías de comunicación, como otras tantas arterias nuevas en el cuerpo del Estado establecen en él nuevas relaciones; nuestros grandes centros manufactureros han reanudado su actividad; la religión, más afianzada, sonríe a todos los corazones; nuestros puertos están llenos, la confianza renace, y, por fin, Francia respira.»

 Por lo demás  añadió Rodolfo , quizás, desde el punto de vista de la gente, ¿tienen razón?

 ¿Cómo es eso?  dijo ella.

 ¿Y cómo ha de ser?  dijo él , ¿no sabe usted que hay almas continuamente atormentadas? Necesitan alternativamente el sueño y la acción, las pasiones más puras, los goces más furiosos, y se precipitan así en toda clase de fantasías, de locuras.

Entonces ella lo miró como quien contempla a un viajero que ha pasado por países extraordinarios, y replicó:

 Nosotras, las pobres mujeres, ni siquiera tenemos esa distracción.

 Triste distracción, pues ahí no se encuentra la felicidad.

 ¿Pero acaso la felicidad se encuentra alguna vez?  preguntó ella.

 Sí, un día se encuentra  respondió él.

«Y esto lo han comprendido ustedes, decía el consejero; ¡ustedes, agricultores, trabajadores del campo; ustedes, pioneros pacíficos de toda una obra de civilización!, ¡ustedes, hombres de progreso y de moralidad!, ustedes han comprendido, digo, que las tormentas políticas son todavía más temibles ciertamente que las perturbaciones atmosféricas...»

 Sí, llega un día  repitió Rodolfo , un día, de pronto, y cuando ya se había perdido la esperanza. Entonces se entreabren horizontes, es como una voz que grita: «¡Aquí está!» Uno siente la necesidad de hacer a esa persona la confidencia de su vida, de darle todo, de sacrificarle todo. No nos explicamos, nos adivinamos. Nos hemos vislumbrado en sueños (y él la miraba). Por fin, está ahí, ese tesoro que tanto se ha buscado, ahí, delante de nosotros; brilla, resplandece. Sin embargo, seguimos dudando, no nos atrevemos a creer en él; nos quedamos deslumbrados, como si saliéramos de las tinieblas a la luz.

Y al terminar estas palabras Rodolfo añadió la pantomima a su frase. Pasó la mano por la cara como un hombre a quien le da un mareo; después la dejó caer sobre la de Emma. Ella retiró la suya. Pero el consejero seguía leyendo:

« ¿Y quien se extrañaría de ello, señores? Sólo aquél que fuese tan ciego y tan esclavo (no temo decirlo), de los prejuicios de otra época para seguir desconociendo el espíritu de los pueblos agrícolas. ¿Dónde encontrar, en efecto, más patriotismo que en el campo, más entrega a la causa pública, más inteligencia, en una palabra? Y no hablo, señores, de esa inteligencia superficial, vano ornamento de las mentes ociosas, sino de esa inteligencia profunda y moderada que se aplica por encima de todo a perseguir fines útiles, contribuyendo así al bien de cada uno, fruto del respeto a las leyes y la práctica de los deberes...»

 ¡Y dale!  dijo Rodolfo , siempre los deberes. Estoy harto de esas palabras. Son un montón de zopencos con chaleco de franela y de beatas de estufa y rosario que continuamente nos cantan a los oídos: «¡El deber!, ¡el deber!» ¡Qué diablos!, el deber, es sentir lo que es grande, amar lo que es bello, y no aceptar todos los convencionalismos de la sociedad, con las ignominias que ella nos impone.

 Sin embargo..., sin embargo  objetaba Madame Bovary.

 ¡Pues no! ¿Por qué predicar contra las pasiones? ¿No son la única cosa hermosa que hay sobre la tierra, la fuente del heroísmo, del entusiasmo, de la poesía, de la música, de las artes, en fin, de todo?

 Pero es preciso   dijo Emma  seguir un poco la opinión del mundo y obedecer su moral.

 ¡Ah!, es que hay dos  replicó él . La pequeña, la convencional, la de los hombres, la que varía sin cesar y que chilla tan fuerte, se agita abajo a ras de tierra, como ese hato de imbéciles que usted ve. Pero la otra, la eterna, está alrededor y por encima, como el paisaje que nos rodea y el cielo azul que nos alumbra.

El señor Lieuvain acababa de limpiarse la boca con su pañuelo de bolsillo. Y continuó:

«¿Y para qué hablarles aquí a ustedes de la utilidad de la agricultura? ¿Quién subviene a nuestras necesidades?, ¿quién provee a nuestra subsistencia? ¿No es el agricultor? El agricultor, señores, quien sembrando con mano laboriosa los surcos fecundos de nuestros campos hace nacer el trigo, el cual, triturado, es transformado en polvo por medio de ingeniosos aparatos, de donde sale con el nombre de harina, y transportado de a11í a las ciudades llega a manos del panadero que hace con ella un alimento tanto para el pobre como para el rico. ¿No es también el agricultor quién, para vestirnos, engorda sus numerosos rebaños en los pastos? ¿Y cómo nos vestiríamos, cómo nos alimentaríamos sin el agricultor? Pero, señores, ¿hay necesidad de ir a buscar ejemplos tan lejos? ¿Quién no ha pensado muchas veces en todo el provecho que se obtiene de ese modesto animal, adorno de nuestros corrales, que proporciona a la vez una almohada blanda para nuestras camas, su carne suculenta para nuestras mesas, y huevos? Pero no terminaría, si tuviera que enumerar unos detrás de otros los diferentes productos que la tierra bien cultivada, como una madre generosa, prodiga a sus hijos. Aquí, es la viña; en otro lugar, son las manzanas de sidra; a11á, la colza; más lejos, los quesos; y el lino; ¡señores, no olvidemos el lino!, que ha alcanzado estos últimos años un crecimiento considerable y sobre el cual llamaré particularmente la atención de ustedes.»

No era necesario llamar la atención, pues todas las bocas de la muchedumbre se mantenían abiertas, como para beber sus palabras. Tuvache, a su lado, lo escuchaba con los ojos abiertos de par en par; el señor Derozerays de vez en cuando cerraba suavemente los párpados; y más lejos, el farmacéutico, con su hijo Napoleón entre sus rodillas, se llevaba la mano a la oreja para no perder una sola sílaba. Los otros miembros del jurado lentamente movían la cabeza en señal de aprobación. Los bomberos, debajo del estrado, estaban «en su lugar descanso» sobre sus bayonetas; y Binet, inmóvil, permanecía con el codo atrás, con la punta del sable al aire. Quizás oía, pero no debía de ver nada, a causa de la visera de su casco que le bajaba hasta la nariz. Su lugarteniente, el hijo menor del tío Tuvache, había agrandado el suyo; pues llevaba uno enorme que se le movía en la cabeza, dejando asomar una punta de su pañuelo estampado. Sonreía debajo de él con una dulzura muy infantil, y su carita pálida, por la que resbalaban unas gotas de sudor, tenía una expresión de satisfacción, de cansancio y de sueño.

La plaza, hasta las casas, estaba llena de gente. Se veían personas asomadas a las ventanas, otras de pie en las puertas, y Justino, delante del escaparate de la farmacia, parecía completamente absorto en la contemplación de lo que miraba. A pesar del silencio, la voz del señor Lieuvain se perdía en el aire. Llegaba por trozos de frases, interrumpidas aquí y allí por el ruido de las sillas entre la muchedumbre; luego se oía de pronto, por detrás, el prolongado mugido de un buey, o bien los balidos de los corderos que se contestaban en la esquina de las calles. En efecto, los vaqueros y los pastores habían llevado allí sus animales que berreaban de vez en cuando, mientras arrancaban con su lengua un trocito de follaje que les colgaba del morro.

Rodolfo se había acercado a Emma, y decía en voz baja y deprisa:

 ¿Es que no le subleva a usted esta conspiración de la sociedad? ¿Hay algún sentimiento que no condene? Los instintos más nobles, las simpatías más puras son perseguidas, calumniadas, y si, por fin, dos pobres almas se encuentran, todo está organizado para que no puedan unirse. Sin embargo, ellas lo intentarán, moverán las alas, se llamarán. ¡Oh!, no importa, tarde o temprano, dentro de seis meses, diez años, se reunirán, se amarán, porque el destino lo exige y porque han nacido la una para la otra.

Estaba con los brazos cruzados sobre las rodillas y, levantando la cara hacia Emma, la miraba de cerca, fijamente. Ella distinguía en sus ojos unos rayitos de oro que se irradiaban todo alrededor de sus pupilas negras a incluso percibía el perfume de la pomada que le abrillantaba el cabello.

Entonces entró en un estado de languidez, recordó al vizconde que la había invitado a valsear en la Vaubyessard, y cuya barba exhalaba, como los cabellos de Rodolfo, aquel olor a vainilla y a limón; y, maquinalmente, entornó los párpados para respirarlo mejor. Pero en el movimiento que hizo, retrepándose en su silla, vio a lo lejos, al fondo del horizonte, la vieja diligencia, «La Golondrina», que bajaba lentamente la cuesta de los Leux, dejando detrás de ella un largo penacho de polvo. Era en aquel coche amarillo donde León tantas veces había venido hacia ella; y por aquella carretera por donde se había ido para siempre. Creyó verlo de frente, en su ventana; después todo se confundió, pasaron unas nubes; le pareció estar aún bailando un vals, a la luz de las lámparas, en brazos del vizconde, y que León no estaba lejos, que iba a venir... y entretanto seguía sintiendo la cabeza de Rodolfo al lado de ella. La dulzura de esa sensación penetraba así sus deseos de antaño, y como granos de arena bajo ráfaga de viento, se arremolinaban en la bocanada sutil del perfume que se derramaba sobre su alma. Abrió las aletas de la nariz varias veces, fuertemente, para aspirar la frescura de las hiedras alrededor de los capiteles. Se quitó los guantes, se secó las manos, después, con su pañuelo, se abanicaba la cara, mientras que a través del latido de sus sienes oía el rumor de la muchedumbre y la voz del consejero, que salmodiaba sus frases.

Decía:

«¡Continuad!, ¡perseverad!, ¡no escuchéis ni las sugerencias de la rutina ni los consejos demasiado apresurados de un empirismo temerario! ¡Aplicaos sobre todo a la mejora del suelo, a los buenos abonos, al desarrollo de las razas caballar, bovina, ovina y porcina! ¡Que estos comicios sean para vosotros como lides pacíficas en donde el vencedor, al salir de aquí, tenderá la mano al vencido y fraternizará con él, en la esperanza de una victoria mejor! ¡Y vosotros, venerables servidores!, humildes criados, cuyos penosos trabajos ningún gobierno había reconocido hasta hoy, venid a recibir la recompensa de vuestras virtudes silenciosas, y tened la convicción de que el Estado, en lo sucesivo, tiene los ojos puestos en vosotros, que os alienta, que os protege, que hará justicia a vuestras justas reclamaciones y aliviará en cuanto de él dependa la carga de vuestros penosos sacrificios.»

El señor Lieuvain se volvió a sentar; el señor Derozerays se levantó y comenzó otro discurso. El suyo quizás no fue tan florido como el del consejero; pero se destacaba por su estilo más positivo, es decir, por conocimientos más especializados y consideraciones más elevadas. Así, el elogio al gobierno era mucho más corto; por el contrario, hablaba más de la religión y de la agricultura. Se ponía de relieve la relación de una y otra, y cómo habían colaborado siempre a la civilización. Rodolfo hablaba con Madame Bovary de sueños, de presentimientos, de magnetismo. Remontándose al origen de las sociedades, el orador describía aquellos tiempos duros en que los hombres alimentábanse de bellotas en el fondo de los bosques, después abandonaron las pieles de animales, se cubrieron con telas, labraron la tierra, plantaron la viña. ¿Era esto un bien, y no habría en este descubrimiento más inconvenientes que ventajas? El señor Derozerays se planteaba este problema. Del magnetismo, poco a poco, Rodolfo pasó a las afinidades, y mientras que el señor presidente citaba a Cincinato con su arado, a Diocleciano plantando coles, y a los emperadores de la China inaugurando el año con siembras, el joven explicaba a Emma que estas atracciones irresistibles tenían su origen en alguna existencia anterior.

 Por ejemplo, nosotros  decía él , ¿por ,qué nos hemos conocido?, ¿qué azar lo ha querido? Es que a través del alejamiento, sin duda, como dos ríos que corren para reunirse, nuestras inclinaciones particulares nos habían empujado el uno hacia el otro.

Y le cogió la mano. Ella no la retiró.

«¡Conjunto de buenos cultivos!»  exclamó el presidente.

 Hace poco, por ejemplo, cuando fui a su casa... «Al señor Bizet, de Quincampoix.»

 ¿Sabía que os acompañaría?

«iSetenta francos!»

 Cien veces quise marcharme y la seguí, me quedé.

«Estiércoles.»

 ¡Cómo me quedaría esta tarde, mañana, los demás días, toda mi vida!

«Al señor Carón, de Argueil medalla de oro.»

 Porque nunca he encontrado en el trato con la gente una persona tan encantadora como usted.

«lAl señor Bain, de Givry   Saint Martin!»

 Por eso yo guardaré su recuerdo.

«Por un carnero merino...»

 Pero usted me olvidará, habré pasado como una sombra.

«¡Al señor Belot, de Notre Dame!...»

 ¡Oh!, no, verdad, ¿seré alguien en su pensamiento, en su vida?

«¡Raza porcina, premio ex aeguo: a los señores Lehérissé y Cullembourg, sesenta francos!»

Rodolfo le apretaba la mano, y la sentía completamente caliente y temblorosa como una tórtola cautiva que quiere reemprender su vuelo; pero fuera que ella tratase de liberarla, soltarla, o bien que respondiese a aquella presión, hizo un movimiento con los dedos; él exclamó:

 ¡Oh, graciasl, ¡no me rechaza!, ¡es usted buena!, ¡comprende que soy suyo! ¡Déjeme que la vea, que la contemple!

Una ráfaga de viento que llegó por las ventanas arrugó el paño de la mesa, y en la plaza, abajo, todos los grandes gorros de las campesinas se levantaron como alas de mariposas blancas que se agitan.

«Aprovechamiento de piensos de semillas oleaginosas», continuó el presidente.

Y se daba prisa.

«Abono flamenco, cultivo del lino, drenaje, arrendamiento a largo plazo, servicios de criados.»

Rodolfo no hablaba. Se miraban. Un deseo supremo hacía temblar sus labios secos; y blandamente, sin esfuerzo, sus dedos se entrelazaron.

«¡Catalina   Nicasia   Isabel Leroux, de Sassetot   la   Guerrière, por cincuenta y cuatro años de servicio en la misma granja, medalla de plata   premio de veinticinco francos!»

 ¿Dónde está, Catalina Leroux?  repitió el consejero.

No se presentaba, y se oían voces que murmuraban.

 Vete a11í.

 No.

 ¡A la izquierda!

 ¡No tengas miedo!

 ¡Ah,, ¡qué tonta es!

 ¿por fin está?  gritó Tuvache.

 iSí... ahí va!

 ¡Que se acerque, pues!

Entonces vieron adelantarse al estrado a una mujer viejecita, de aspecto tímido, y que parecía encogerse en sus pobres vestidos. Iba calzada con unos grandes zuecos de madera, y llevaba ceñido a las caderas un gran delantal azul. Su cara delgada, rodeada de una toca sin ribete, estaba más llena de arrugas que una manzana reineta pasada, y de las mangas de su blusa roja salían dos largas manos de articulaciones nudosas. El polvo de los graneros, la potasa de las coladas y la grasa de las lanas las habían puesto tan costrosas, tan rozadas y endurecidas que parecían sucias aunque estuviesen lavadas con agua clara; y, a fuerza de haber servido, seguían entreabiertas como para ofrecer por sí mismas el humilde homenaje de tantos sufrimientos pasados. Una especie de rigidez monacal realzaba la expresión de su cara. Ni el menor gesto de tristeza o de ternura suavizaba aquella mirada pálida. En el trato con los animales, había tomado su mutismo y su placidez. Era la primera vez que se veía en medio de tanta gente; y asustada interiormente por las banderas, por los tambores, por los señores de traje negro y por la cruz de honor del consejero, permanecía completamente inmóvil, sin saber si adelantarse o escapar, ni por qué el público la empujaba y por qué los miembros del jurado le sonreían. Así se mantenía, delante de aquellos burgueses eufóricos, aquel medio siglo de servidumbre.

 ¡Acérquese, venerable Catalina   Nicasia   Isabel Leroux!  dijo el señor consejero, que había tomado de las manos del presidente la lista de los galardonados.

Y mirando alternativamente el papel y a la vieja señora, repetía con tono paternal:

 ¡Acérquese, acérquese!

 ¿Es usted sorda?  dijo Tuvache, saltando en su sillón.

Y empezó a gritarle al oído:

 ¡Cincuenta y cuatro años de servicio! ¡Una medalla de plata! ¡Veinticinco francos! Es para usted.

Después, cuando tuvo su medalla, la contempló. Entonces una sonrisa de felicidad se extendió por su cara, y se le oyó mascullar al marcharse:

 Se la daré al cura del pueblo para que me diga misas.

 ¡Qué fanatismo!  exclamó el farmacéutico, inclinándose hacia el notario.

La sesión había terminado; la gente se dispersó; y ahora que se habían leído los discursos, cada cual volvía a su puesto y todo volvía a la rutina; los amos maltrataban a los criados, y éstos golpeaban a los animales, triunfadores indolentes que se volvían al establo, con una corona verde entre los cuernos.

Entretanto, los guardias nacionales habían subido al primer piso del ayuntamiento, con bollos ensartados en sus bayonetas, y el tambor del batallón con una cesta de botellas. Madame Bovary cogió del brazo a Rodolfo; él la acompañó a su casa; se separaron ante la puerta; después Rodolfo se paseó solo por la pradera, esperando la hora del banquete.

El festín fue largo, ruidoso, mal servido; estaban tan amontonados que apenas podían mover los codos, y las estrechas tablas que servían de bancos estuvieron a punto de romper bajo el peso de los comensales. Comían con abundancia. Cada cual se tomaba por lo largo su ración. El sudor corría por todas las frentes; y un vapor blanco, como la neblina de un río en una mañana de otoño, flotaba por encima de la mesa, entre los quinqués colgados. Rodolfo, con la espalda apoyada en el calicó de la tienda, pensaba tanto en Emrna que no oía nada. Detrás de él, sobre el césped, unos criados apilaban platos sucios; los vecinos le hablaban; él no les contestaba; le llenaban su vaso, y en su pensamiento se hacía un silencio, a pesar de que el rumor aumentaba. Pensaba en lo que ella había dicho y en la forma de sus labios; su cara, como en un espejo mágico, brillaba sobre la placa de los chacós; los pliegues de su vestido bajaban a to largo de las paredes, en las perspectivas del porvenir se sucedían hasta el infinito jornadas de amor.

Volvió a verla de noche, durante los fuegos artificiales; pero estaba con su marido, la señora Homais y el farmacéutico, el cual se preocupaba mucho por el peligro de los cohetes perdidos; y a cada momento dejaba a sus acompañantes para ir a hacer recomendaciones a Binet.

Las piezas pirotécnicas enviadas a la dirección del señor Tuvache habían sido encerradas en su bodega por exceso de precaución; por eso la pólvora húmeda apenas se inflamaba, y el número principal, que debía figurar un dragón mordiéndose la cola, falló completamente. De vez en cuando salía una pobre candela romana; entonces la muchedumbre con la boca abierta, lanzaba un clamor en el que se mezclaba el grito de las mujeres, a las que hacían cosquillas en la cintura aprovechando la oscuridad. Emma, silenciosa, se inclinaba suavemente sobre el hombro de Carlos; luego, levantando la cara, seguía en el cielo oscuro la estela luminosa de los cohetes. Rodolfo la contemplaba a la luz de los faroles encendidos.

Poco a poco se fueron apagando. Las estrellas se encendieron. Empezaron a caer unas gotas de lluvia. Ella ató la pañoleta sobre su cabeza descubierta.

En aquel momento el coche del consejero salió del mesón. Su cochero, que estaba borracho, se adormeció de pronto; y de lejos se veía por encima de la capota, entre las dos linternas, la masa de su cuerpo que se balanceaba de derecha a izquierda según los vaivenes del coche.

 ¡En verdad  dijo el boticario , deberíamos ser severos contra la embriaguez! Yo quisiera que se anotasen semanalmente en la puerta del ayuntamiento, en una pizarra ad hoc, los nombres de todos aquellos que durante la semana se hubieran intoxicado de alcohol. Además, para las estadísticas, tendríamos allí como unos anales patentes a los que se acudiría si fuera preciso... Pero perdonen.

Y corrió de nuevo hacia el capitán.

Éste regresaba a su casa. Iba a revisar su torno.

 Quizás no sería malo  le dijo Homais  que enviase a uno de sus hombres o que fuese usted mismo...

 ¡Déjeme ya tranquilo!  contestó el recaudador`, ¡si no pasa nada!

 Tranquilícense  dijo el boticario, cuando volvió junto a sus amigos.

El señor Binet me ha asegurado que se habían tomado las medidas. No caerá ninguna pavesa. Las bombas están llenas. Vámonos a dormir.

 En verdad, me hace falta  dijo la señora Homais, que bostezaba notablemente ; pero no importa, hemos tenido un buen día para nuestra fiesta.

Rodolfo repitió en voz baja y con mirada tierna:

 ¡Oh, sí, muy bueno!

Y después de despedirse, se dieron la espalda.

Dos días después, en Le Fanal de Rouen salió un gran artículo sobre los comicios. Homais lo había compuesto, inspirado, al día siguiente:

«¿Por qué esos arcos, esas flores, esas guirnaldas? Adónde corría aquel gentío, como las olas de un mar embravecido, bajo los torrentes de un sol tropical que extendía su calor sobre nuestros barbechos.»

Después hablaba de la condición de los campesinos. Ciertamente, el gobierno hacía mucho, pero no bastante. «¡Ánimo!, le decía; son indispensables mil reformas, llevémoslas a cabo.» Después, hablando de la llegada del consejero, no olvidaba «el aire marcial de nuestra milicia», ni «nuestras más vivarachas aldeanas», ni «los ancianos calvos, especie de patriarcas que estaban a11í, y algunos de los cuales, restos de nuestras inmortales fuerzas, sentían todavía latir sus corazones al varonil redoble del tambor». Él se nombraba de los primeros entre los miembros del jurado, a incluso recordaba en una nota que el señor Homais, farmacéutico, había enviado una memoria sobre la sidra a la Sociedad de Agricultores. Cuando llegaba a la distribución de las recompensas, describía en tono ditirámbico la alegría de los galardonados: «El padre abrazaba a su hijo, el hermano al hermano, el esposo a la esposa. Más de uno mostraba con orgullo su humilde medalla y, sin duda, ya en su casa junto a una buena esposa, la habrá colgado, llorando, de la modesta pared de su choza.

Hacia las seis, en el prado del señor Liégeard, se reunieron en un banquete los principales asistentes a la fiesta. En él no dejó de reinar la mayor cordialidad. Se hicieron diversos brindis: el señor Lieuvain, ¡al monarca!; el señor Tuvache, ¡al prefecto!; el señor Derozerays, ¡a la agricultura!; el señor Homais, ¡a la industria y a las Bellas artes, esas dos hermanasl; el señor Leplichey, ¡a las mejoras! Por la noche, un brillante fuego de artificio iluminó de pronto los aires. Se diría un verdadero calidoscopio, un verdadero decorado de ópera, y por un momento nuestra pequeña localidad pudo sentirse transportada en medio de un sueño de las Mil y una noches.

Hagamos constar que ningún incidente enojoso vino a alterar aquella reunión de familia.»

Y añadía:

«Sólo se notó la ausencia del clero. Sin duda la sacristía entiende el progreso de otra manera. ¡Allá ustedes, señores de Loyola!(3).


CAPÍTULO IX

Pasaron seis semanas. Rodolfo no volvió. Por fin, una tarde apareció. Se había dicho, al día siguiente de los comicios:

«No volvamos tan pronto, sería un error.»

Y al final de la semana se fue de caza. Después de la cacería, pensó que era demasiado tarde, luego se hizo este razonamiento:

«Pero si desde el primer día me ha amado, por la impaciencia de volver a verme, tiene que quererme más. Sigamos, pues.»

Y comprendió que había calculado bien cuando, al entrar en la sala, vio que Emma palidecía.

Estaba sola. Anochecía. Los visillos de muselina, a lo largo de los cristales, oscurecían la luz del crepúsculo, y el dorado del barómetro, sobre el que daba un rayo de sol, proyectaba luces en el espejo, entre los festones del polípero.

Rodolfo permaneció de pie, y Emma apenas contestó a sus primeras frases de cortesía.

 Yo   dijo  he tenido ocupaciones. He estado enfermo.

 ¿Grave?  exclamó ella.

 ¡Bueno  dijo Rodolfo sentándose a su lado sobre un taburete , no! ... Es que no he querido volver.

 ¿Por qué?

 ¿No adivina usted?

La volvió a mirar, pero de un modo tan violento que ella bajó la cabeza sonrojándose. Rodolfo continuó.

 ¡Emma!

 ¡Señor!   dijo ella, separándose un poco.

 ¡Ah!, ya ve usted  replicó él con voz melancólica  que yo tenía razón de no querer volver; pues este nombre este nombre que llena mi alma y que se me ha escapado, usted me lo prohíbe, ¡Madame Bovary! ...¡Eh!, ¡todo el mundo la llama así!... Ese no es su nombre, además; ¡es el nombre de otro!

Y repitió:

 ¡De otro!

Y se ocultó la cara entre las manos.

 ¡Sí, pienso en usted continuamente!... Su recuerdo me desespera ¡Ah!, ¡perdón!... La dejo... ¡Adiós!... ¡Me iré lejos, tan lejos que usted ya no volverá a oír hablar de mí! Y sin embargo..., hoy..., ¡no sé qué fuerza me ha empujado de nuevo hacia usted! ¡Pues no se lucha contra el cielo, no se resiste a la sonrisa de los ángeles!, ¡uno se deja arrastrar por lo que es bello, encantador, adorable!

Era la primera vez que Emma oía decir estas cosas; y su orgullo, como alguien que se solaza en un baño caliente, se satisfacia suavemente y por completo al calor de aquel lenguaje.

 Pero si no he venido  continuó , si no he podido verla, ¡ah!, por lo menos he contemplado detenidamente lo que le rodea. De noche, todas las noches, me levantaba, llegaba hasta aquí, miraba su casa, el tejado que brillaba bajo la luna, los árboles del jardín que se columpiaban en su ventana, y una lamparita, un resplandor, que brillaba a través de los cristales, en la sombra. ¡Ah!, usted no podía imaginarse que a11í estaba, tan cerca y tan lejos, un pobre infeliz...

Emma, sollozando, se volvió hacia él.

 ¡Oh!, ¡qué bueno es usted!  dijo ella.

 ¡No, la quiero, eso es todo!, ¡usted no lo duda! Dígamelo; ¡una palabra!; ¡una sola palabra!

Y Rodolfo, insensiblemente, se dejó resbalar del taburete al suelo; pero se oyó un ruido de zuecos en la cocina, y él se dio cuenta de que la puerta de la sala no estaba cerrada.

 Qué caritativa sería  prosiguió levantándose  satisfaciendo un capricho mío.

Quería que le enseñase su casa; deseaba conocerla, y como Madame Bovary no vio ningún inconveniente, se estaban levantando los dos cuando entró Carlos.

 Buenas tardes, doctor  le dijo Rodolfo.

El médico, halagado por ese título inesperado, se deshizo en obsequiosidades, y el otro aprovechó para reponerse un poco.

 La señora me hablaba  dijo él entonces  de su salud...

Carlos le interrumpió, tenía mil preocupaciones, en efecto; las opresiones que sufría su mujer volvían a presentarse. Entonces Rodolfo preguntó si no le sería bueno montar a caballo.

 ¡Desde luego!, ¡excelente, perfecto!... ¡Es una gran idea! Debería ponerla en práctica.

Y como ella objetaba que no tenía caballo, el señor Rodolfo le ofreció uno; ella rehusó su ofrecimiento; él no insistió; después, para justificar su visita, contó que su carretero, el hombre de la sangría, seguía teniendo mareos.

 Pasaré por a11í dijo Bovary.

 No, no, se lo mandaré; vendremos aquí, será más cómodo para usted.

 ¡Ah! Muy bien, se lo agradezco.

Y cuando se quedaron solos:

 ¿Por qué no aceptas las propuestas del señor Boulanger, que son tan amables?

Ella puso mala cara, buscó mil excusas, y acabó diciendo que «aquello parecería un poco raro.

 ¡Ah!, ¡a mí me trae sin cuidado!  dijo Carlos, haciendo una pirueta . ¡La salud ante todo! ¡Haces mal!

 ¿Y cómo quieres que monte a caballo si no tengo traje de amazona?

 ¡Hay que encargarte uno!  contestó él.

Lo del traje la decidió.

Cuando tuvo el traje, Carlos escribió al señor Boulanger diciéndole que su mujer estaba dispuesta, y que contaban con su complacencia.

Al día siguiente a mediodía Rodolfo llegó a la puerta de Carlos con dos caballos soberbios. Uno de ellos llevaba borlas rojas en las orejas y una silla de mujer de piel de ante.

Rodolfo calzaba botas altas, flexibles, pensando que sin duda ella nunca las había visto semejantes; en efecto, Emma quedó encantada de su porte, cuando él apareció sobre el rellano con su gran levita de terciopelo y su pantalón de punto blanco. Ella estaba preparada, le esperaba.

Justino se escapó de la farmacia para verla, y el boticario también salió. Hizo unas recomendaciones al señor Boulanger:

 ¡Pronto llega una desgracia! ¡Tenga cuidado! ¡Sus caballos quizás son fogosos!

Ella oyó ruido por encima de la cabeza: era Felicidad que repiqueteaba en los cristales para entretener a la pequeña Berta. La niña le envió de lejos un beso; su madre le respondió con un gesto de la empuñadura de su fusta.

 ¡Buen paseo!  dijo el señor Homais . ¡Prudencia, sobre todo prudencia!

Y agitó su periódico viéndoles alejarse.

En cuanto sintió tierra, el caballo de Emma emprendió el galope. Rodolfo galopaba a su lado. A intervalos cambiaban una palabra. La cara un poco inclinada, la mano en alto y el brazo derecho desplegado, se abandonaba a la cadencia del movimiento que la mecía en su silla.

Al pie de la cuesta Rodolfo soltó las riendas; salieron juntos, de un solo salto; después, en lo alto, de pronto los caballos se pararon y el gran velo azul de Emma se cayó.

Era a primeros de octubre. Había niebla en el campo. Por el horizonte se extendían unos vapores entre el contorno de las colinas; y otros, deshilachándose, subían, se perdían. A veces, en una rasgadura de las nubes, bajo un rayo de sol, se veían a to lejos los tejados de Yonville, con las cuestas a la orilla del agua, los corrales, las paredes y el campanario de la iglesia. Emma entornaba los párpados para reconocer su casa, y nunca aquel pobre pueblo le había parecido tan pequeño. Desde la altura en que estaban, todo el valle parecía un inmenso lago pálido que se evaporaba en el aire. Los macizos de árboles, de trecho en trecho, sobresalían como rocas negras; y las altas líneas de los álamos, que sobresalían entre la bruma, parecían arenales movidos por el viento.

Al lado, sobre el césped, entre los abetos, una tenue luz iluminaba la tibia atmósfera. La tierra, rojiza como polvo de tabaco, amortiguaba el ruido de los pasos, y con la punta de sus herraduras, al caminar, los caballos se llevaban por delante las piñas caídas.

Rodolfo y Ernma siguieron así el lindero del bosque. Ella se volvía de vez en cuando a fin de evitar su mirada, y entonces no veía más que los troncos de los abetos alineados, cuya sucesión continuada le aturdía un poco. Los caballos resoplaban. El cuero de las sillas crujía.

En el momento en que entraron en el bosque salió el sol.

 ¡Dios nos protege!  dijo Rodolfo.

 ¿Usted cree?  dijo ella.

 ¡Avancemos!, ¡avancemos!  replicó él.

Chasqueó la lengua. Los dos animales corrían. Largos helechos a orilla del camino prendían en el estribo de Emma. Rodolfo, sin pararse, se inclinaba y los retiraba al mismo tiempo. Otras veces, para apartar las ramas, pasaba cerca de ella, y Emma sentía su rodilla rozarle la pierna. El cielo se había vuelto azul. No se movía una hoja. Había grandes espacios llenos de brezos completamente floridos, y mantos de violetas alternaban con el revoltijo de los árboles, que eran grises, leonados o dorados, según la diversidad de los follajes. A menudo se oía bajo los matorrales deslizarse un leve batir de alas, o bien el graznido ronco y suave de los cuervos, que levantaban el vuelo entre los robles. Se apearon. Rodolfo ató los caballos. Ella iba delante, sobre el musgo, entre las rodadas.

Pero su vestido demasiado largo la estorbaba aunque lo llevaba levantado por la cola, y Rodolfo, caminando detrás de ella, contemplaba entre aquella tela negra y la botina negra, la delicadeza de su media blanca, que le parecía algo de su desnudez. Emma se paró.

 Estoy cansada  dijo.

 ¡Vamos, siga intentando!  repuso él . ¡Ánimo!

Después, cien pasos más adelante, se paró de nuevo; y a través de su velo, que desde su sombrero de hombre bajaba oblicuamente sobre sus caderas, se distinguía su cara en una transparencia azulada, como si nadara bajo olas de azul.

 ¿Pero adónde vamos?

Él no contestó nada. Ella respiraba de una forma entrecortada. Rodolfo miraba alrededor de él y se mordía el bigote.

Llegaron a un sitio más despejado donde habían hecho cortas de árboles. Se sentaron sobre un tronco, y Rodolfo empezó a hablarle de su amor.

No la asustó nada al principio con cumplidos. Estuvo tranquilo, serio, melancólico.

Emma le escuchaba con la cabeza baja, mientras que con la punta de su pie removía unas virutas en el suelo.

Pero en esta frase:

 ¿Acaso nuestros destinos no son ya comunes?

 ¡Pues no!  respondió ella . Usted lo sabe bien. Es imposible.

Emma se levantó para marchar. Él la cogió por la muñeca. Ella se paró. Después, habiéndole contemplado unos minutos con ojos enamorados y completamente húmedos, le dijo vivamente:

 ¡Vaya!, no hablemos más de esto... ¿dónde están los caballos? ¡Volvámonos!

Él tuvo un gesto de cólera y de fastidio. Ella repitió:

 ¿Dónde están los caballos?, ¿dónde están los caballos?

Entonces Rodolfo, con una extraña sonrisa y con la mirada fija, los dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella retrocedió temblando. Balbuceaba:

 ¡Oh! ¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos.

Y él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido.

 Ya que no hay más remedio  replicó él, cambiando de talante.

Emma le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía:

 ¿Qué le pasaba? ¿Por qué? No la he entendido. Usted se equivoca conmigo sin duda. Usted está en mi alma como una madona sobre un pedestal, en un lugar elevado, sólido a inmaculado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito sus ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi ángel!

Y alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente de desprenderse. Él la retenía así, caminando.

Pero oyeron los dos caballos que ramoneaban el follaje.

 ¡Oh!, un poco más  dijo Rodolfo . ¡No nos vayamos!, ¡quédese!

La llevó más lejos, alrededor de un pequeño estanque, donde las lentejas de agua formaban una capa verde sobre las ondas. Unos nenúfares marchitos se mantenían inmóviles entre los juncos. Al ruido de sus pasos en la hierba, unas ranas saltaban para esconderse.

 Hago mal, hago mal  decía ella . Soy una loca haciéndole caso.

 ¿Por qué?... ¡Emma! ¡Emma!

 ¡Oh, Rodolfo!...  dijo lentamente la joven mujer apoyándose en su hombro.

La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.

Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más a11á del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados. Rodolfo, con el cigarro entre los dientes, recomponía con su navaja una de las riendas que se había roto.

Regresaron a Yonville por el mismo camino, volvieron a ver sobre el barro las huellas de sus caballos, unas al lado de las otras, y los mismos matorrales, las mismas piedras en la hierba. Nada había cambiado en torno a ellos; y sin embargo, para ella había ocurrido algo más importante que si las montañas se hubiesen desplazado. Rodolfo de vez en cuando se inclinaba y le tomaba la mano para besársela.

¡Estaba encantadora a caballo! Erguida, con su talle fino, la rodilla doblada sobre las crines del animal y ligeramente coloreada por el aire libre sobre el fondo rojizo de la tarde.

Al entrar en Yonville caracoleó sobre el pavimento.

Desde las ventanas la miraban.

Su marido en la cena le encontró buen aspecto; pero ella pareció no oírlo cuando le preguntó sobre su paseo; y siguió con el codo al borde de su plato, entre las dos velas encendidas.

 ¡Emma!  dijo él.

 ¿Qué?

 Bueno, he pasado esta tarde por casa del señor Alexandre; tiene una vieja potranca todavía muy buena, con una pequeña herida en la rodilla solamente, y que nos dejarían, estoy seguro, por unos cien escudos...

Y añadió:

 Incluso pensando que te gustaría, la he apalabrado..., la he comprado... ¿He hecho bien? ¡Dímelo!

Ella movió la cabeza en señal de asentimiento; luego, un cuarto de hora después:

Sales esta noche?  preguntó ella.

 Sí, ¿por qué?

 ¡Oh!, nada, nada, querido.

Y cuando quedó libre de Carlos, Emma subió a encerrarse en su habitación. Al principio sintió como un mareo; veía los árboles, los caminos, las cunetas, a Rodolfo, y se sentía todavía estrechada entre sus brazos, mientras que se estremecía el follaje y silbaban los juncos.

Pero al verse en el espejo se asustó de su cara. Nunca había tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos. Algo sutil esparcido sobre su persona la transfiguraba.

Se repetía: «¡Tengo un amante!, ¡un amante!», deleitándose en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado.

Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éxtasis, delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a to lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.

Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de hermanas que la fascinaban. Ella venía a ser como una parte verdadera de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud, contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos borbotones. Lo saboreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación alguna.

El día siguiente pasó en una calma nueva. Se hicieron juramentos. Ella le contó sus tristezas. Rodolfo le interrumpía con sus besos; y ella le contemplaba con los párpados entornados, le pedía que siguiera llamándola por su nombre y que repitiera que la amaba. Esto era en el bosque, como la víspera, en una cabaña de almadreñeros. Sus paredes eran de paja y el tejado era tan bajo que había que agacharse. Estaban sentados, uno junto al otro, en un lecho de hojas secas.

A partir de aquel día se escribieron regularmente todas las tardes. Emma llevaba su carta al fondo de la huerta, cerca del río, en una grieta de la terraza. Rodolfo iba a buscarla a11í y colocaba otra, que ella tildaba siempre de muy corta.

Una mañana en que Carlos había salido antes del amanecer, a Emma se le antojó ver a Rodolfo al instante. Se podía llegar pronto a la Huchette, permanecer a11í una hora y estar de vuelta en Yonville cuando todo el mundo estuviese aún durmiendo. Esta idea la hizo jadear de ansia, y pronto se encontró en medio de la pradera, donde caminaba a pasos rápidos sin mirar hacia atrás.

Empezaba a apuntar el día. Emma, de lejos, reconoció la casa de su amante, cuyas dos veletas en cola de milano se recortaban en negro sobre el pálido crepúsculo.

Pasado el corral de la granja había un cuerpo de edificio que debía de ser el palacio. Ella entró como si las paredes, al acercarse ella, se hubieran separado por sí solas. Una gran escalera recta subía hacia el corredor. Emma giró el pestillo de una puerta, y de pronto, en el fondo de la habitación, vio a un hombre que dormía. Era Rodolfo. Ella lanzó un grito.

 ¡Tú aquí! ¡Tú aqul!  repetía él . ¿Cómo has hecho para venir?... ¡Ah!, ¡tu vestido está mojado!

 ¡Te quiero!  respondió ella pasándole los brazos alrededor del cuello.

Como esta primera audacia le había salido bien, ahora cada vez que Carlos salía temprano, Emma se vestía deprisa y bajaba de puntillas la escalera que llevaba hasta la orilla del agua.

Pero cuando la pasarela de las vacas estaba levantada, había que seguir las paredes que se extendían a lo largo del río; la orilla era resbaladiza; ella, para no caer, se agarraba con la mano a los matojos de alhelíes marchitos. Después atravesaba los terrenos labrados donde se hundía, se tambaleaba y se le enredaban sus finas botas. Su pañoleta, atada a la cabeza, se agitaba al viento en los pastizales; tenía miedo a los bueyes, echaba a correr; llegaba sin aliento, con las mejillas rosadas y exhalando un fresco perfume de savia, de verdor y de aire libre. Rodolfo a aquella hora aún estaba durmiendo. Era como una mañana de primavera que entraba en su habitación.

Las cortinas amarillas a lo largo de las ventanas dejaban pasar suavemente una pesada luz dorada. Emma caminaba a tientas, abriendo y cerrando los ojos, mientras que las gotas de rocío prendidas en su pelo hacían como una aureola de topacios alrededor de su cara. Rodolfo, riendo, la atraía hacia él y la estrechaba contra su pecho.

Después, ella examinaba el piso, abría los cajones de los muebles, se peinaba con el peine de Rodolfo y se miraba en el espejo de afeitarse. A veces, incluso, metía entre sus dientes el tubo de una gran pipa que estaba sobre la mesa de noche, entre limones y terrones de azúcar, al lado de una botella de agua.

Necesitaban un buen cuarto de hora para despedirse. Entonces Emma lloraba; hubiera querido no abandonar nunca a Rodolfo. Algo más fuerte que ella la empujaba hacia él, de tal modo que un día, viéndola aparecer de improviso, él frunció el ceño como alguien que está contrariado.

 ¿Qué tienes?  dijo ella . ¿Estás malo? ¡Háblame!

Por fin, él declaró, en tono serio, que sus visitas iban siendo imprudentes y que ella se comprometía.


CAPÍTULO X

Poco a poco, estos temores de Rodolfo se apoderaron también de ella. Al principio el amor la había embriagado y nunca había pensado más allá. Pero ahora que le era indispensable en su vida, temía perder algo de este amor, o incluso que se viese perturbado. Cuando volvía de casa de Rodolfo echaba miradas inquietas alrededor, espiando cada forma que pasaba por el horizonte y cada buhardilla del pueblo desde donde pudieran verla. Escuchaba los pasos, los gritos, el ruido de los arados; y se paraba más pálida y más trémula que las hojas de los álamos que se balanceaban sobre su cabeza.

Una mañana que regresaba de esta manera, creyó distinguir de pronto el largo cañón de una carabina que parecía apuntarle. Sobresalía oblicuamente de un pequeño tonel, medio hundido entre la hierba a orilla de una cuneta. Emma, a punto de desfallecer de terror, siguió adelante a pesar de todo, y un hombre salió del tonel como esos diablos que salen del fondo de las cajitas disparados por un muelle. Llevaba unas polainas sujetas hasta las rodillas, la gorra hundida hasta los ojos, sus labios tiritaban de frío y tenía la nariz roja. Era el capitán Binet al acecho de los patos salvajes.

 ¡Tenía usted que haber hablado de lejos!  exclamó él . Cuando se ve una escopeta siempre hay que avisar.

El recaudador con esto trataba de disimular el miedo que acababa de pasar; pues como una orden gubernativa prohibía cazar patos si no era en barca, el señor Binet, a pesar de su respeto a las leyes, se encontraba en infracción. Por eso a cada instante le parecía oír los pasos del guarda rural. Pero esta preocupación excitaba su placer, y, completamente solo en su tonel, se congratulaba de su felicidad y de su malicia.

Al ver a Enmma, pareció aliviado de un gran peso, y enseguida entabló conversación:

 No hace calor que digamos, ¡pica!

Emma no contestó nada. Binet conrinuó:

 ¿Ha salido usted muy temprano?

 Sí  dijo ella balbuceando ; vengo de casa de la nodriza que cría a mi hija.

 ¡Ah!, ¡muy bien!, ¡muy bien! Yo, tal como me ve, desde el amanecer estoy aquí; pero el tiempo está tan sucio que a menos de tener la caza justo en la misma punta de la nariz...

 Buenas noches, señor Binet  interrumpió ella dando media vuelta.

 Servidor, señora  respondió él en tono seco.

 Y volvió a su tonel.

Emma se arrepintió de haber dejado tan bruscamente al recaudador. Sin duda, él iba a hacer conjeturas desfavorables. El cuento de la nodriza era la peor excusa, pues todo el mundo sabía bien en Yonville que la pequeña Bovary desde hacía un año había vuelto a casa de sus padres. Además, nadie vivía en los alrededores; aquel camino sólo llevaba a la Huchette; Binet había adivinado, pues, de dónde venía, y no callaría, hablaría, estaba segura. Ella permaneció hasta la noche torturándose la mente con todos los proyectos de mentiras imaginables, y teniendo sin cesar delante de sus ojos a aquel imbécil con morral.

Carlos, después de la cena, viéndola preocupada, quiso, para distraerla, llevarla a casa del farmacéutico; y la primera persona que vio en la farmacia fue precisamente al recaudador. Estaba de pie delante del mostrador, alumbrado por la luz del bocal rojo, y decía:

 Déme, por favor, media onza de vitriolo.

Justino  dijo el boticario , tráenos el ácido sulfúrico.

Después, a Emma, que quería subir al piso de la señora Homais:

 No, quédese, no vale la pena, ella va a bajar. Caliéntese en la estufa entretanto...

 Dispénseme... Buenas tardes, doctor  pues el farmacéutico se complacía en pronunciar esta palabra «doctor», como si, dirigiéndose a otro, hubiese hecho recaer sobre sí mismo algo de la pompa que encontraba en ello ... Pero ¡cuidado con volcar los morteros!, es mejor que vayas a buscar las sillas de la salita; ya sabes que hay que mover los sillones del salón.

Y para volver a poner la butaca en su sitio, Homais se precipitaba fuera del mostrador, cuando Binet le pidió media onza de ácido de azúcar.

 ¿Ácido de azúcar?  dijo el farmacéutico desdeñosamente . ¡No conozco, no sé!

 ¿Usted quiere quizá ácido oxálico? ¿Es oxálico, no es cierto?

Binet explicó que necesitaba un cáustico para preparar él mismo un agua de cobre con que desoxidar diversos utensilios de caza. Emma se estremeció.

El farmacéutico empezó a decir.

 En efecto, el tiempo no está propicio a causa de la humedad.

 Sin embargo  replicó el recaudador con aire maficioso , hay quien no se asusta.

Emma estaba sofocada.

 Déme también.

«¿No se marchará de una vez?, pensaba ella.»

 Media onza de colofonia y de trementina o cuatro onzas de cera amarilla, y tres medias onzas de negro animal, por favor, para limpiar los cueros charolados de mi equipo.

El boticario empezaba a cortar cera, cuando la señora Homais apareció con Irma en brazos, Napoleón a su lado y Atalía detrás. Fue a sentarse en el banco de terciopelo, al lado de la ventana, y el chico se acurrucó sobre un taburete, mientras que su hermana mayor rondaba la caja de azufaifas cerca de su papaíto. Éste llenaba embudos y tapaba frascos, pegaba etiquetas, hacía paquetes. Todos callaban a su alrededor; y se oía solamente de vez en cuando sonar los pesos en las balanzas, con algunas palabras en voz baja del farmacéutico dando consejos a su discípulo.

 ¿Cómo está su pequeña?  preguntó de pronto la señora Homais.

 ¡Silencio!  exclamó su marido, que estaba anotando unas cifras en el cuaderno borrador.

 ¿Por qué no la ha traído?  replicó a media voz.

 ¡Chut!, ¡chut!  dijo Emma señalando con el dedo al boticario.

Pero Binet, absorto por completo en la lectura de la suma, no había oído nada probablemente. Por fin, salió. Entonces Emma, ya liberada, suspiró hondamente.

 ¡Qué fuerte respira!  dijo la señora Homais.

 ¡Ah!, es que hace un poco de calor respondió ella.

Al día siguiente pensaron en organizar sus citas; Emma quería sobornar a su criada con un regalo; pero habría sido mejor descubrir en Yonville alguna casa discreta. Rodolfo prometió buscar una.

Durante todo el invierno, tres o cuatro veces por semana, de noche cerrada, él llegaba a la huerta. Emma, con toda intención, había retirado la llave de la barrera que Carlos creyó perdida.

Para avisarla, Rodolfo tiraba a la persiana un puñado de arena. Ella se levantaba sobresaltada; pero a veces tenía que esperar, pues Carlos tenía la manía de charlar al lado del fuego y no acababa nunca. Ella se consumía de irnpaciencia; si sus ojos hubieran podido le habría hecho saltar por las ventanas. Por fin, comenzaba su aseo nocturno; después, tomaba un libro y seguía leyendo muy tranquilamente, como si la lectura la entretuviese. Pero Carlos, que estaba en la cama, la llamaba para acostarse.

 Emma, ven  le decía , es hora.

 ¡Sí, ya voy!  respondía ella.

Entretanto como las velas le deslumbraban, él se volvía hacia la pared y se quedaba dormido. Ella se escapaba conteniendo la respiración, sonriente, palpitante, sin vestirse.

Rodolfo llevaba un gran abrigo; la envolvía por completo, y, pasándole el brazo por la cintura, la llevaba sin hablar hasta el fondo del jardín.

Era bajo el cenador, en el mismo banco de palos podridos donde antaño León la miraba tan enamorado en las noches de verano. Emma ahora apenas pensaba en él.

Las estrellas brillaban a través de las ramas del jazmín sin hojas. Detrás de ellos oían correr el río, y, de vez en cuando, en la orilla, el chasquido de las cañas secas. Masas de sombra, aquí y a11í, se ensanchaban en la oscuridad, y a veces, movidas todas al unísono, se levantaban y se inclinaban como inmensas olas negras que se hubiesen adelantado para volver a cubrirlos. El frío de la noche les hacía juntarse más; los suspiros de sus labios les parecían más fuertes; sus ojos, que apenas entreveían, les parecían más grandes, y, en medio del silencio, había palabras pronunciadas tan bajo que caían sobre su alma con una sonoridad cristalina y que se reproducían, en vibraciones multiplicadas.

Cuando la noche estaba lluviosa iban a refugiarse al consultorio, entre la cochera y la caballeriza. Ella encendía uno de los candelabros de la cocina que había escondido detrás de los libros. Rodolfo se instalaba a11í como en su casa. La vista de la biblioteca y del despacho, de todo el departamento finalmente, excitaba su alegría; y no podía contenerse sin bromear a costa de Carlos, lo cual molestaba a Emma. Ella hubiese deseado verle más serio, a incluso más dramático, llegado el caso, como aquella vez en que creyó oír en el paseo de la huerta un ruido de pasos que se acercaban.

 Alguien viene  dijo ella.

Rodolfo apagó la luz.

 ¿Tienes tus pistolas?

 ¿Para qué?

 Pues... para defenderte  replicó Emma.

 ¿De tu marido? ¡Ah!, ¡pobre chico!

Y Rodolfo remató la frase con un gesto que significaba: « Lo aplastaría de un papirotazo.»

Emma se quedó pasmada de su valentía, aunque notara una especie de falta de delicadeza y de grosería ingenua que le escandalizó.

Rodolfo pensó mucho en aquella historia de pistolas. Si Emma había hablado en serio, resultaría muy ridículo, pensaba él, incluso odioso, pues no tenía ninguna razón para odiar al buenazo de Carlos, no estando lo que se dice consumido por los celos; y, a este propósito, Emma le había hecho un gran juramento que él no encontraba tampoco del mejor gusto.

Por otra parte, se estaba poniendo muy sentimental. Habían tenido que intercambiarse retratos, se habían cortado mechones de cabello, y Emma pedía ahora un anillo, un verdadero anillo de matrimonio en señal de alianza eterna. A menudo le hablaba de las campanas del atardecer o de las «voces de la naturaleza»; después, de su madre y de la de él. Rodolfo la había perdido hacía veinte años. Emma, sin embargo, le consolaba con remilgos de lenguaje, como se hubiera hecho con un niño abandonado, a incluso le decía a veces, mirando la luna:

 Estoy segura que desde a11á arriba, las dos juntas aprueban nuestro amor.

¡Pero era tan bonita!, ¡había poseído tan pocas mujeres con semejante candor! Este amor sin desenfreno era para él algo nuevo, y sacándole de sus costumbres fáciles, halagaba a la vez su orgullo y su sensualidad. La exaltación de Emma, que su buen sentido burgués desdeñaba, le parecía en el fondo del corazón encantadora, puesto que se dirigía a su persona. Entonces, seguro de ser amado, no se molestó, a insensiblemente sus maneras cambiaron.

Ya no empleaba como antes aquellas palabras tan dulces que la hacían llorar, ni aquellas vehementes caricias que la enloquecían; de modo que su gran amor en el que vivía inmersa le pareció que iba descendiendo bajo sus pies, como el agua de un río que se absorbiera en su cauce, y percibió el fango. No quería creerlo; redobló su ternura; y Rodolfo, cada vez menos, ocultó su indiferencia.

Emma no sabía si le pesaba haber cedido o, por el contrario, si deseaba amarle más. La humillación de sentirse débil se tornaba en rencor que los placeres atemperaban. No era cariño, era como una seducción permanente. Rodolfo la subyugaba. Ella casi le tenía miedo.

Las apariencias, sin embargo, eran más tranquilas que nunca, pues Rodolfo había acertado a llevar el adulterio según su capricho; y al cabo de seis meses, cuando llegó la primavera, se encontraban, el uno frente al otro, como dos casados que mantienen tranquilamente una llama doméstica.

Era la época en que el tío Rouault mandaba su pavo en recuerdo de su pierna recompuesta. El regalo llegaba siempre con una carta. Emma cortó la cuerda que la ataba al cesto, y leyó las siguientes líneas:

«Mis queridos hijos:

Espero que la presente os encuentre con buena salud y que éste resulte tan bueno como los otros; parece un poco más tiernecito, y me atrevo a decir que más lleno. Pero la próxima vez, para cambiar, os mandaré un gallo, a no ser que prefiráis pavos; y devolvedme la cesta, por favor, con las otras dos anteriores. He tenido una desgracia en la carretería, cuya cubierta, una noche de fuerte viento, se echó a volar entre los árboles. La cosecha tampoco ha sido muy buena que digamos. En fin, no sé cuándo iré a veros. ¡Me es tan difícil ahora dejar la casa, desde que estoy solo, mi pobre Emma!»

Y aquí había un intervalo entre líneas, como si el buen hombre hubiese dejado caer su pluma para pensar un rato.

«Yo estoy bien, salvo un catarro que atrapé el otro día en la feria de Yvetot, adonde había ido para apalabrar a un pastor, pues despedí al mío porque era de boca muy fina. ¡Cuánto nos hacen sufrir todos estos bandidos! Además, no era honrado.

He sabido por un vendedor ambulante que, viajando este invierno por vuestra tierra, tuvo que sacarse una muela, que Bovary seguía trabajando mucho. No me extrañó, y me enseñó su muela; tomamos café juntos. Le pregunté si te había visto, me dijo que no, pero que había visto en la caballeriza dos animales, de donde deduzco que la cosa marcha bien. Mejor, queridos hijos, y que Dios os conceda toda la felicidad imaginable.

Siento mucho no conocer todavía a mi querida nietecita Berta Bovary. He plantado para ella, en la huerta, debajo de tu cuarto, un ciruelo de ciruelas de cascabelillo, y no quiero que lo toquen si no es para hacerle después compotas, que guardaré en el armario para cuando ella venga.

Adiós, queridos hijos. Un beso para ti, hija mía; otro para usted, mi yerno, y para la niña en las dos mejillas:

Con muchos recuerdos, vuestro amante padre.

Teodoro Rouault.»

Emma se quedó unos minutos con aquel grueso papel entre sus dedos. Las faltas de ortografía enlazaban unas con otras, y Emma estaba absorbida por el dulce pensamiento que cacareaba por todas partes como una gallina medio escondida en un seto de espinos. Habían secado la tinta con las cenizas del las, pues un poco de polvo gris resbaló de la carta a su vestido y ella casi creyó ver a su padre inclinándose hacia el fogón para coger las tenazas. ¡Cuánto tiempo hacía que ella no estaba a su lado, en el taburete, en la chimenea, quemando la punta de un palo en la gran llama de los juncos marinos que chisporroteaban!... Recordó las tardes de verano todas llenas de sol. Los potros relinchaban cuando se pasaba junto a ellos, y galopaban, galopaban... Bajo su ventana había una colmena, y a veces las abejas, revoloteando alrededor de la luz, golpeaban contra los cristales como balas de oro que rebotaban. ¡Qué felicidad en aquellos tiempos!, ¡qué libertad!, ¡qué esperanza!, ¡cuántas ilusiones! ¡Ya no quedaba nada de aquello ahora! Lo había gastado en todas las aventuras de su alma, en todas las situaciones sucesivas, en la virginidad, en el matrimonio y en el amor, habiéndolas perdido continuamente a lo largo de su vida, como un viajero que deja algo de su riqueza en todas las posadas del camino.

¿Pero quién la hacía tan desgraciada?, ¿dónde estaba la catástrofe extraordinaria que la había trastornado? Y levantó la cabeza, mirando a su alrededor, como para buscar la causa de lo que le hacía sufrir.

Un rayo de abril tornasolaba las porcelanas de la estantería; el fuego ardía; ella sentía bajo sus zapatillas la suavidad de la alfombra; el día estaba claro, la atmósfera tibia, y oyó a su hija que se reía a carcajadas.

En efecto, la niña se estaba revolcando en el prado, en medio de la hierba que segaban. Estaba echada boca abajo, en lo alto de un almiar. Su muchacha la sostenía por la falda. Lestiboudis rastrillaba al lado, y cada vez que se acercaba, la niña se inclinaba haciendo esfuerzos inútiles con sus bracitos.

 ¡Tráigamela!  dijo su madre, precipitándose para besarla . ¡Cuánto te quiero, pobre hija mía! ¡Cuánto te quiero!

Después, dándose cuenta de que tenía la punta de las orejas un poco sucias, llamó enseguida para que le trajesen agua caliente, y la limpió, le cambió de ropa interior, medias, zapatos, hizo mil preguntas sobre su salud, como si regresara de viaje, y, por fin, volviendo a besarla y lloriqueando, la dejó en brazos de la criada, que permanecía boquiabierta ante estos excesos de ternura.

Por la noche, Rodolfo la encontró más seria que de costumbre.

 Ya le pasará  pensó él , es un capricho.

Y faltó consecutivamente a tres citas.

Cuando volvió, ella se mostró fría y casi desdeñosa.

 ¡Ah!, ¡pierdes el tiempo, rica!

Y fingió no notar sus suspiros melancólicos, ni el pañuelo que sacaba.

Fue entonces cuando Emma se arrepintió.

Incluso se preguntó por qué detestaba a Carlos, y si no hubiera sido mejor poder amarle. Pero él no daba mucho pie a estos renuevos sentimentales, de modo que ella no acababa de decidirse por hacer un sacrificio, cuando el boticario vino muy a punto a proporcionarle una ocasión.


CAPÍTULO XI

Homais había leído recientemente el elogio de un nuevo método para curar a los patizambos; y, como era partidario del progreso, concibió esta idea patriótica de que Yonville, para «ponerse a nivel», debía hacer operaciones de estrefopodia.

 Porque  le decía a Emma  ¿qué se arriesga? Fíjese bien  y enumeraba con los dedos las ventajas de la tentativa ; éxito casi seguro, alivio y embellecimiento del enfermo, inmediato renombre para el operador. Por qué su marido, por ejemplo, no intenta aliviar a ese pobre Hipólito del «Lion d'Or». Tenga en cuenta que él contaría su curación a todos los viajeros, y además (Homais bajaba la voz y miraba a su alrededor), ¿quién me impediría enviar al periódico una notita al respecto? ¡Dios mío! ¡Como se propague la noticia!, se hable del caso..., ¡acaba por hacer bola de nieve! ¿Y quién sabe?

En efecto, Bovary podía triunfar; nadie le decía a Emma que su marido no fuese hábil, y qué satisfacción para ella haberlo comprometido en una empresa de la que su fama y su fortuna saldrían acrecentadas. Ella no pedía otra cosa que apoyarse en algo más sólido que el amor.

Carlos, solicitado por el boticario y por ella, se dejó convencer. Pidió a Rouen el volumen del doctor Duval, y todas las noches, con la cabeza entre las manos, se sumía en aquella lectura.

Mientras que estudiaba los equinos, los varus, los valgus, es decir la estrefocatopodia, la estrefendopodia, la estrefexopodia y la estrefanopodia (o, para hablar claro, las diferentes desviaciones del pie, ya por debajo, por dentro o por fuera) con la estrefipopodia y la estrefanopodia (dicho de otro modo, torsión por encima y enderezamiento hacia arriba), el señor Homais, con toda clase de razonamientos, animaba al mozo de la posada a operarse.

 Apenas sentirás, si acaso, un ligero dolor; es un simple pinchazo como una pequeña sangría, menos que la extirpación de algunos callos.

Hipólito, reflexionando, hacía un gesto de estupidez.

 Por lo demás, continuaba el farmacéutico, ¿a mí qué me importa?, ¡es por ti!, ¡por pura humanidad! Quisiera verte, amigo mío, liberado de tu horrible cojera, con ese balanceo de la región lumbar, que, por mucho que digas, tiene que perjudicarte considerablemente eñ el ejercicio de to oficio.

Entonces, Homais le hacía ver cómo se encontraría después mejor mozo, y más ligero de piernas, a incluso llegó a darle a entender que se encontraría mejor para gustar a las mujeres, y el mozo de cuadra empezaba a reír torpemente. Después le atacaba por el lado de la vanidad:

 No eres un hombre, ¡pardiez! ¿Qué pasaría si hubieras tenido que hacer el servicio, combatir por la patria...? ¡Ah, Hipólito!

Y Homais se alejaba, diciendo que no entendía aquella tozudez, aquella ceguera en rechazar los beneficios de la ciencia.

El infeliz cedió, pues aquello fue como una conjuración; Binet, que jamás se mezclaba en los asuntos ajenos, la señora Lefrançois, Artemisa, los vecinos, y hasta el alcalde, señor Tuvache, todo el mundo le aconsejó, le sermoneó, le avergonzó; pero lo que acabó por decidirle, «es que eso no le costaría nada». Bovary se encargaba incluso de proporcionar la máquina para la operación. Emma había tenido esta idea generosa; y Carlos accedió a ello, diciéndose en el fondo del corazón que su mujer era un ángel.

Con los consejos del farmacéutico, y volviendo a empezar tres veces, mandó hacer al carpintero, ayudado por el cerrajero, una especie de caja que pesaba cerca de ocho libras, y en la cual el hierro, la madera, la chapa, el cuero, los tornillos y las tuercas no se habían escatimado.

Sin embargo, para saber qué tendón cortar a Hipólito, había que conocer primeramente qué clase de pie zambo era el suyo.

Tenía un pie que formaba con la pierna una línea casi recta, to cual no le impedía estar vuelto hacia dentro, de suerte que ¿era un equino con mezcla de un poco de varus o bien un ligero varus fuertemente marcado de equino? Pero, con este equino, ancho, en efecto, como un pie de caballo, de piel rugosa, de tendones secos, gruesos dedos, y en el que las uñas negras figuraban los clavos de una herradura, el estrefópodo galopaba como un ciervo desde la mañana a la noche. Se le veía continuamente en la plaza, brincando alrededor de las carretas, echando adelante su soporte desigual. Incluso parecía más fuerte de aquella pierna que de la otra. A fuerza de haber servido, había adquirido como unas cualidades morales de paciencia y de energía, y cuando le daban algún trabajo pesado, se apoyaba preferentemente en ella.

Ahora bien, puesto que era un equino, había que cortar el tendón de Aquiles, aunque luego hubiera que meterse con el músculo tibial anterior a fin de deshacerse del varus, pues el médico no se atrevía de una sola vez a las dos operaciones, e incluso ya estaba temblando, con el miedo de atacar alguna región importante que no conocía.

Ni Ambrosio Paré(1) aplicando por primera vez desde Celso(2), con quince siglos de intervalo, la ligadura inmediata de una arteria; ni Dupuytren(3) cuando hizo la primera ablación de maxilar superior tenían, de seguro, el corazón tan palpitante, la mano tan temblorosa, ni la mente en tanta tensión como el señor Bovary cuando se acercó a Hipólito, con su tenótomo entre los dedos, Y, como en los hospitales, se veían al lado, sobre una mesa, un montón de hilas, hilos encerados, muchas vendas, una pirámide de vendas, todas las vendas que había en la botica. Era el señor Homais quien había organizado desde la mañana todos estos preparativos, tanto para deslumbrar a la muchedumbre como para ilusionarse a sí mismo. Carlos pinchó la piel; se oyó un crujido seco. El tendón estaba cortado, la operación había terminado. Hipólito no volvía de su asombro; se inclinaba sobre las manos de Bovary para cubrirlas de besos.

 ¡Vamos, cálmate  decía el boticario , ya demostrarás después tu reconocimiento a tu bienhechor!

Y bajó a contar el resultado a cinco o seis curiosos que estaban en el patio, y que se imaginaban que Hipólito iba a reaparecer caminando normal. Después Carlos, una vez encajada la pierna del enfermo en el motor mecánico, se volvió a su casa, donde Emma, toda ansiosa, le esperaba a la puerta. Se le echó al cuello; se sentaron a la mesa; él comió mucho, a incluso quiso, a los postres, tomar una taza de café, exceso que únicamente se permitía los domingos cuando había invitados.

Pasaron una velada encantadora, en animada conversación, haciendo proyectos comunes. Hablaron de su fortuna futura, de mejoras que introducir en su casa; él veía extender su reputación, aumentar su bienestar, teniendo siempre el cariño de su mujer; y en ella se encontraba feliz de renovarse con un sentimiento nuevo, más sano, mejor, en fin, de sentir, alguna ternura por aquel pobre chico que la quería con locura. La idea de Rodolfo se le pasó un momento por la cabeza; pero sus ojos se pusieron sobre Carlos; ella notó incluso con sorpresa que no tenía los dientes feos.

Estaban en la cama cuando el señor Homais, sin hacer caso de la cocinera, entró de pronto decidido en la habitación, llevando en la mano un papel recién escrito. Era la noticia que destinaba al Fanal de Rouen. Se la traía para leérsela.

 Lea usted mismo, señor Bovary.

Él leyó:

«A pesar de los prejuicios que cubren todavía una parte de la faz de Europa como una red, la luz comienza, no obstante, a penetrar en nuestros campos. Así el martes, nuestra pequeña ciudad de Yonville fue escenario de una experiencia quirúrgica, que es al mismo tiempo un acto de alta filantropía. El señor Bovary, uno de nuestros más distinguidos cirujanos...»

 ¡Ah!, ieso es demasiado!  decía Carlos, sofocado por la emoción.

 ¡En absoluto! ¡Pues cómo!... Operó un pie zambo... No he puesto el término científico, porque, ¿comprende?, en un periódico..., todo el mundo quizás no entendería, es preciso que las masas...

 En efecto  dijo Bovary . Siga.

 Continúo  dijo el farmacéutico : «El señor Bovary, uno de nuestros facultativos más distinguidos, ha operado de un pie zambo al llamado Hipólito Tautin, mozo de cuadra desde hace veinticinco años en el hotel «Lion d'Or», regido por la señora viuda de Lefrançois, en la plaza de Armas. La novedad del intento y el interés que despertaba atrajeron tal concurrencia de gente, que llegaba hasta la puerta del establecimiento. Por lo demás, la operación se practicó como por encanto, y apenas unas gotas de sangre se derramaron sobre la piel, como para decir que el tendón rebelde acababa por fin de ceder a los esfuerzos del arte. El enfermo, cosa extraña (lo afirmamos por haberlo visto), no acusó ningún dolor. Su estado, hasta el momento, no deja nada que desear. Todo hace creer que la convalecencia será corta; ¿y quién sabe incluso si, en la primera fiesta del pueblo, no veremos a nuestro buen hombre participar en las danzas báquicas, en medio de un coro de graciosos, demostrando así, a los ojos de todos, por su locuacidad y sus cabriolas, su completa curación? ¡Honor, pues, a los sabios generosos!, ¡honor a esas mentes infatigables que dedican sus vigilias al mejoramiento o al alivio de sus semejantes! ¡Honor!, ¡tres veces honor! ¡No es ocasión de proclamar que los ciegos verán, los sordos oirán y los cojos andarán! ¡Pero lo que el fanatismo de antaño prometía a sus elegidos, la ciencia lo lleva a cabo ahora para todos los hombres! Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases sucesivas de esta tan notable curación.»

Lo cual no impidió que, cinco días después, la tía Lefrançois llegase toda asustada gritando:

 ¡Socorro! ¡Se muere! ¡Me voy a volver loca!

Carlos se precipitó al «Lion d'On>, y el farmacéutico que le vio pasar por la plaza, sin sombrero, abandonó la farmacia. Él mismo se presentó a11í, jadeante, rojo, preocupado. si preguntando a todos los que subían la escalera:

 ¿Qué le pasa a nuestro interesante estrefópodo?

El estrefópodo se retorcía con atroces convulsiones, de tal modo que el motor mecánico en que estaba encerrada su pierna golpeaba contra la pared hasta hundirla.

Con muchas precauciones, para no perturbar la posición del miembro, le retiraron la caja y apareció un espectáculo horroroso. Las formas del pie desaparecían en una hinchazón tal que toda la piel parecía que iba a reventar y estaba cubierta de equimosis ocasionadas por la famosa máquina. Hipólito ya se había quejado de los dolores; no le habían hecho caso; hubo que reconocer que no estaba equivocado del todo; y le dejaron libre algunas horas. Pero apenas desapareció un poco el edema, los dos sabios juzgaron conveniente volver a meter el miembro en el aparato, y apretándolo más para acelerar las cosas. Por fin, al cabo de tres días, como Hipólito ya no podía aguantar más, le quitaron de nuevo el aparato y se asombraron del resultado que vieron. Una tumefacción lívida se extendía por toda la pierna, con flictenas, acá y a11á, de las que salía un líquido negro. Aquello tomaba un cariz serio. Hipólito comenzaba a preocuparse, y la tía Lefrançois le instaló en una salita, cerca de la cocina, para que al menos tuviese alguna distracción. Pero el recaudador, que cenaba a11í todas las noches, se quejó amargamente de semejante vecindad. Entonces trasladaron a Hipólito a la sala de billar.

Y a11í estaba, gimiendo bajo sus gruesas mantas, pálido, la barba crecida, los ojos hundidos, volviendo de vez en cuando su cabeza sudorosa sobre la sucia almohada donde se posaban las moscas. La señora Bovary venía a verle. Le traía lienzos para sus cataplasmas, y le consolaba, le animaba. Por lo demás, no le faltaba compañía, sobre todo, los días de mercado, cuando los campesinos alrededor de él empujaban las bolas de billar, esgrimían los tacos, fumaban, bebían, cantaban, bailaban.

 ¿Cómo estás?  le decían golpeándole la espalda . iAh!; parece que no las tienes todas contigo, pero tú tienes la culpa. Había que hacer esto, hacer aquello.

Y le contaban casos de personas que se habían curado totalmente con otros remedios distintos de los suyos; después, para consolarle, añadían:

 Es que lo escuchas demasiado, ¡levántate ya!

 Te cuidas como un rey. iAh!, eso no tiene importancia, ¡viejo farsante!, ¡pero no hueles bien!

La gangrena, en efecto, avanzaba deprisa. A Bovary aquello le ponía enfermo. Venía a todas horas, a cada instante. Hipólito lo miraba con los ojos llenos de espanto y balbuceaba sollozando:

 ¿Cuándo estaré curado? ¡Ah!, ¡sálveme!..., ¡qué desgraciado soy!, ¡qué desgraciado soy!

Y el médico se iba, recomendándole siempre la dieta.

 No le hagas caso, hijo mío  replicaba la señora Lefrançois ; ya lo han martirizado bastante. ¿Vas a seguir debilitándote? ¡Toma, come!

Y le ofrecía algún buen caldo, alguna tajada de pierna de cordero, algún trozo de tocino, y a veces unas copitas de aguardiente, que Hipólito no tenía valor para llevar a sus labios.

El abate Bournisien, al saber que empeoraba, pidió verlo. Empezó por compadecerle de su enfermedad, al tiempo que declaraba que había que alegrarse puesto que era la voluntad del Señor, y aprovechar pronto la ocasión para reconciliarse con el cielo.

 Pues   decía el eclesiástico en un tono paterno  descuidabas un poco tus deberes; raramente se te veía en el oficio divino; ¿cuántos años hace que no to acercas a la sagrada mesa? Comprendo que tus ocupaciones, que el torbellino del mundo hayan podido apartarte de la preocupación de tu salvación. Pero ahora es el momento de pensar en ella. No desesperes a pesar de todo; he conocido grandes pecadores que, próximos a comparecer ante Dios, tú no lo estás todavía, estoy seguro, imploraban sus misericordias y que ciertamente murieron en las mejores disposiciones. Esperemos que, igual que ellos, tú nos des buenos ejemplos. Así, por precaución, quién lo impedirá rezar mañana y noche un «Ave María» y un «Padre nuestro». ¡Sí, hazlo por mí, por complacerme! ¿Qué te cuesta?... ¿Me lo prometes?

El pobre diablo lo prometió. El cura volvió los días siguientes. Charlaba con la posadera a incluso contaba anécdotas entremezcladas con bromas, con juegos de palabras que Hipólito no comprendía. Después, cuando la circunstancia lo permitía, volvía a insistir sobre los temas de religión, poniendo una cara de circunstancias. Su celo pareció dar resultado, porque pronto el estrefópodo manifestó propósito de ir en peregrinación al Buen Socorro, si se curaba: a lo cual el señor Bournisien respondió que no veía inconveniente: dos precauciones valían más que una. «No se arriesgaba nada.»

El boticario se indignó contra lo que él llamaba «maniobras del cura»; perjudicaban, según él, la convalecencia de Hipólito y repetía a la señora Lefrançois:

 ¡Déjele!, ¡déjele! ¡Usted le está perturbando la moral con su misticismo!

Pero la buena señora ya no quería seguir escuchándole. El era «la causa de todo». Por espíritu de contradicción, incluso colgó una pila llena de agua bendita, con una ramita de boj.

Sin embargo, ni la religión ni tampoco la cirugía parecían aliviarle, y la invencible gangrena seguía subiendo desde las extremidades hasta el vientre. Por más que variaban las pociones y se cambiaban las cataplasmas, los músculos se iban despegando cada día más, y por fin Carlos contestó con una señal de cabeza afirmativa cuando la señora Lefrançois le preguntó si no podría, como último recurso, hacer venir de Neufchâtel al señor Canivet, que era una celebridad.

Doctor en medicina, de cincuenta años, en buena posición y seguro de sí mismo, el colega no se recató para reírse desdeñosamente cuando destapó aquella pierna gangrenada hasta la rodilla. Después, habiendo dictaminado claramente que había que amputar, se fue a la farmacia a despotricar contra los animales que habían reducido a tal estado a aquel pobre hombre. Sacudiendo al señor Homais por el botón de la levita, vociferaba en la farmacia.

 ¡Esos son inventos de París! ¡Ahí están las ideas de esos señores de la capital!, ¡es como el estrabismo, el cloroformo y la litotricia, un montón de monstruosidades que el gobierno debería prohibir! Quieren dárselas de listos, y les atiborran de medicamentos sin preocuparse de sus consecuencias. Nosotros no estamos tan capacitados como todo eso; no sómos unos sabios, unos pisaverdes, unos currutacos; somos facultativos prácticos, nosotros curamos, y no se nos pasaría por la imaginación operar a alguien que se encuentra perfectamente bien. ¡Enderezar pies zambos!, ¿se pueden enderezar pies zambos?, ¡es como si se quisiera, por ejemplo, poner derecho a un jorobado!

Homais sufría escuchando este discurso, y disimulaba su desasosiego bajo una sonrisa de cortesano, poniendo cuidado en tratar bien al señor Canivet, cuyas recetas llegaban a veces hasta Yonville;. por eso no salió en defensa de Bovary, ni siquiera hizo observación alguna, y, dejando a un lado sus principios, sacrificó su dignidad a los intereses más serios de su negocio.

Fue un acontecimiento importante en el pueblo aquella amputación de pierna por el doctor Canivet. Todos los habitantes, aquel día, se habían levantado más temprano y la Calle Mayor, aunque llena de gente, tenía algo lúgubre como si se tratara de una ejecución capital. Se discutía en la tienda de comestibles sobre la enfermedad de Hipólito; los comercios no vendían nada, y la señora Tuvache, la mujer del alcalde, no se movía de la ventana, por lo impaciente que estaba de ver llegar al operador.

Llegó en su cabriolet, conducido por él mismo. Pero como la ballesta del lado derecho había cedido a todo lo largo, bajo el peso de su corpulencia, resultó que el coche se inclinaba un poco al correr, y sobre el otro cojín, al lado del doctor, se veía una gran caja forrada de badana roja, cuyos tres cierres de cobre resplandecían de brillo.

Cuando entró como un torbellino en el portal del «Lion d'Or», el doctor, gritando muy fuerte, mandó desenganchar su caballo, después fue a la caballeriza a ver si comía bien la avena; pues, cuando llegaba a casa de sus enfermos, se preocupaba ante todo de su yegua y de su cabriolet. Se decía incluso a este propósito: «¡Ah!, ¡el señor Canivet es un extravagante!» Y será más estimado por este inquebrantable aplomo.

Ya podía hundirse el mundo, que él no alteraría el menor de sus hábitos.

Homais se presentó.

 Cuento con usted  dijo el doctor   . ¿Estamos preparados? ¡Adelante!

Pero el boticario, sonrojándose, confesó que él era muy sensible para asistir a semejante operación.

 Cuando se es simple espectador  decía , la imaginación, comprende, se impresiona. Y además tengo el sistema nervioso tan...

 ¡Bah!  interrumpió Canivet , usted me parece, por el contrario, propenso a la apoplejía. Y, además, no me extraña, porque ustedes, los señores farmacéuticos, están continuamente metidos en sus cocinas, lo cual debe de terminar alterando su temperamento. Míreme a mí, por ejemplo: todos los días me levanto a las cuatro, me afeito con agua fría, nunca tengo frío, y no llevo ropa de franela, no pesco ningún catarro, la caja es resistente. Vivo a veces de una manera, otras de otra, como filósofo, a lo que salga. Por eso no soy tan delicado como usted, y me da exactamente lo mismo descuartizar a un cristiano que la primer ave que se presente. A eso, dirá usted, ¡la costumbre!..., ¡la costumbre! ....

Entonces, sin ningún miramiento para Hipólito, que sudaba entre las sábanas, aquellos señores emprendieron una conversación en la que el boticario comparó la sangre fría de un cirujano a la de un general; y esta comparación agradó a Canivet, que se extendió en consideraciones sobre las exigencias de su arte. Lo consideraba como un sacerdocio, aunque los oficiales de Sanidad lo deshonrasen. Por fin, volviendo al enfermo, examinó las vendas que había traído Homais, las mismas que habían utilizado en la operación del pie zambo, y pidió a alguien que le sostuviese la pierna. Mandaron a buscar a Lestiboudis, y el señor Canivet, después de haberse remangado, pasó a la sala de billar, mientras que el boticario se quedaba con Artemisa y con la mesonera, las dos más pálidas que un delantal, y con el oído pegado a la puerta.

Bovary, durante aquel momento, no se atrevió a moverse de su casa. Permanecía abajo, en la sala, sentado junto a la chimenea apagada, con la cabeza baja, las manos juntas, los ojos fijos. ¡Qué desgracia!, pensaba, ¡qué contrariedad! Sin embargo, él había tomado todas las precauciones imaginables. Era cosa de la fatalidad. ¡No importa!, si Hipólito llegara a morir, sería él quien lo habría asesinado. Y además, ¿qué razón daría en las visitas cuando le preguntaran? Quizás, a pesar de todo, ¿se había equivocado en algo? ÉI reflexionaba, no encontraba nada. Pero también los más famosos cirujanos se equivocan. Esto era to que nunca se querría reconocer, al contrario, se iban a reír, a chillar. Los comentarios llegarían hasta Forges, ¡hasta Neufchätel!, ¡hasta Rouen!, ¡a todas partes! ¡Quién sabe si los colegas no escribirían contra él! Se originaría una polémica, habría que contestar en los periódicos. El propio Hipólito podía procesarle. ¡Se veía deshonrado, arruinado, perdido! Y su imaginación, asaltada por una multitud de hipótesis, se agitaba en medio de ellas como un tonel vacío arrastrado al mar y que flota sobre las olas.

Emma, frente a él, le miraba; no compartía su humillación, ella sentía otra: era la de haberse imaginado que un hombre semejante pudiese valer algo, como si veinte veces no se hubiese ya dado cuenta de su mediocridad.

Carlos se paseaba de un lado a otro de la habitación. Sus botas crujían sobre el piso.

 ¡Siéntate!  dijo ella , me pones nerviosa.

Él se volvió a sentar.

¿Cómo era posible que ella, tan inteligente, se hubiera equivocado una vez más? Por lo demás, ¿por qué deplorable manía había destrozado su existencia en continuos sacrificios? Recordó todos sus instintos de lujo, todas las privaciones de su alma, las bajezas del matrimonio, del gobierno de la casa, sus sueños caídos en el barro, como golondrinas heridas, todo lo que había deseado, todas las privaciones pasadas, todo lo que hubiera podido tener, y ¿por qué?, ¿por qué?

En medio del silencio que llenaba el pueblo, un grito desgarrador atravesó el aire. Bovary palideció como si fuera a desmayarse. Emma frunció el ceño con un gesto nervioso, después continuó. Era por él, sin embargo, por aquel ser, por aquel hombre que no entendía nada, que no sentía nada, pues estaba a11í, muy tranquilamente, y sin siquiera sospechar que el ridículo de su nombre iba en to sucesivo a humillarla como a él.

Había hecho esfuerzos por amarle, y se había arrepentido llorando por haberse entregado a otro.

 Pero puede que fuera un valgus  exclamó de repente Bovary que estaba meditando.

Al choque imprevisto de esta frase que caía sobre su pensamiento como una bala de plomo en una bandeja de plata, Emma, sobresaltada, levantó la cabeza para adivinar to que él quería decir; y se miraron silenciosamente, casi pasmados de verse, tan alejados estaban en su conciencia el uno del otro. Carlos la contemplaba con la mirada turbia de un hombre borracho, al tiempo que escuchaba, inmóvil, los últimos gritos del amputado que se prolongaban en modulaciones lánguidas entrecortadas por gritos agudos, como alarido lejano de algún animal que están degollando. Emma mordía sus labios pálidos, y dando vueltas entre sus dedos a una ramita del polípero que había roto, clavaba sobre Carlos la punta ardiente de sus pupilas, como dos flechas de fuego dispuestas para disparar. Todo  en él le irritaba ahora, su cara, su traje, to que no decía, su persona entera, en fin, su existencia. Se arrepentía como de un crimen, de su virtud pasada, y lo que aún le quedaba se derrumbaba bajo los golpes furiosos de su orgullo. Se deleitaba en todas las perversas ironías del adulterio triunfante. El recuerdo de su amante se renovaba en ella con atracciones de vértigo; arrojaba allí su alma, arrastrada hacia aquella imagen por un entusiasmo nuevo; y Carlos le parecía tan despegado de su vida, tan ausente para siempre, tan imposible y aniquilado, como si fuera a morir y hubiera agonizado ante sus ojos.

Se oyó un ruido de pasos en la acera. Carlos miró, y, a través de la persiana bajada, vio junto al mercado, en pleno sol, al doctor Canivet que se secaba la frente con su pañuelo. Homais, detrás de él, llevaba en la mano una gran caja roja, y los dos se dirigían a la farmacia.

Entonces Carlos, presa de una súbita ternura y de desaliento, se volvió hacia su mujer diciéndole:

 ¡Abrázame, cariño!

 ¡Déjame!  dijo ella, toda roja de cólera.

 ¿Qué tienes? ¿Qué tienes?  repetía él estupefacto . ¡Cálmate! ¡Bien sabes que lo quiero!..., ¡ven!

 ¡Basta!  exclamó ella con aire terrible.

Y escapando de la sala, Emma cerró la puerta con tanta fuerza, que el barómetro saltó de la pared y se aplastó en el suelo.

Carlos se derrumbó en su sillón, descompuesto, preguntándose lo que le pasaba a su mujer, imaginando una enfermedad nerviosa, llorando y sintiendo vagamente circular alrededor de él algo funesto a incomprensible.

Cuando de noche Rodolfo llegó al jardín, encontró a su amante que le esperaba al pie de la escalera, en el primer escalón. Se abrazaron y todo su rencor se derritió como la nieve bajo el calor de aquel beso.





CAPÍTULO XII

Comenzaron de nuevo a amarse. Incluso, a menudo, en medio del día, Emma le escribía de pronto; luego, a través de los cristales, hacía una señal a Justino, quien, desatando rápido su delantal, volaba hacia la Huchette. Rodolfo venía; era para decirle que ella se aburría, que su marido era odioso y su existencia espantosa.

 ¿Qué puedo hacer yo?  exclamó él un día impacientado.  ¡Ah!, ¡si tú quisieras!...

Estaba sentada en el suelo, entre sus rodillas, con el pelo suelto y la mirada perdida.

  ¿Y qué?  dijo Rodolfo.

Ella suspiró.

 Iríamos a vivir a otro lugar..., a alguna parte...

 ¡Estás loca, la verdad!  dijo él riéndose . ¿Es posible?

Emma insistió; Rodolfo pareció no entender nada y cambió de conversación.

Lo que él no comprendía era toda aquella complicación en una cosa tan sencilla como el amor. Emma tenía un motivo, una razón, y como una especie de apoyo para amarle.

En efecto, aquella ternura crecía de día en día, a medida que aumentaba el rechazo de su marido. Cuanto más se entregaba a uno, más detestaba al otro; jamás Carlos le había parecido tan desagradable, con unas manos tan toscas, una mente tan torpe, unos modales tan vulgares como después de sus citas con Rodolfo, cuando se encontraban juntos. Entonces, haciéndose la esposa y la virtuosa, se inflamaba ante el recuerdo de aquella cabeza cuyo pelo negro se enroscaba en un rizo hacia la frente bronceada, de aquel talle a la vez robusto y elegante, de aquel hombre, en fin, que poseía tanta experiencia en la razón, tanto arrebato en el deseo. Para él se limpiaba ella las uñas, con un esmero de cincelador, y se maquillaba con tanto cuidado y se ponía pachulíl en sus pañuelos. Se cargaba de pulseras, de sortijas, de collares. Cuando él iba a venir, llenaba de rosas sus dos grandes jarrones de cristal azul, y arreglaba su casa y su persona como una cortesana que espera a un príncipe. La criada tenía que estar continuamente lavando ropa; y, en toda la jornada, Felicidad no se movía de la cocina, donde el pequeño Justino a menudo le hacía compañía, la miraba trabajar.

Con el codo sobre la larga mesa donde planchaba, observaba ávidamente todas aquellas prendas femeninas extendidas a su alrededor: las enaguas de bombasí, las pañoletas, los cuellos, y los pantalones abiertos, anchos en las caderas y estrechos por abajo.

 ¿Para qué sirve eso?  preguntaba el joven pasando la mano por el miriñaque o los corchetes.

  ¿Pero nunca has visto nada de esto?  respondía riendo Felicidad , como si lo patrona, la señora Homais, no los llevara iguales.

 ¡Ah sí!, ¡la señora Homais!

Y añadía con un tono meditabundo:

Perfume obtenido de la planta del mismo nombre.

 ¿Pero es una señora como la tuya?

Felicidad se impacientaba viéndole dar vueltas a su alrededor. Ella tenía seis años más que él, y Teodoro, el criado del señor Guillaumin, empezaba a hacerle la corte.

 ¡Déjame en paz!  le decía apartando el tarro de almidón . Vete a machacar almendras; siempre estás husmeando alrededor de las mujeres; para meterte en eso, aguarda a que te salga la barba, travieso chaval.

 Vamos, no se enfade, voy a limpiarle sus botines.

E inmediatamente alcanzaba sobre la chambrana los zapatos de Emma, todos llenos de barro, el barro de las citas que se deshacía en polvo entre sus dedos y que veía subir suavemente en un rayo de sol.

 ¡Qué miedo tienes de estropearlos!  decía la cocinera, que no se esmeraba tanto cuando los limpiaba ella misma, porque la señora, cuando la tela ya no estaba nueva, se los dejaba.

Emma tenía muchos en su armario y los iba gastando poco a poco, sin que nunca Carlos se permitiese hacerle la menor observación.

Así es que él pagó trescientos francos por una pierna de madera que Emma creyó oportuno regalar a Hipólito. La pata de palo estaba rellena de corcho, y tenía articulaciones de muelle, una mecánica complicada cubierta de un pantalón negro, y terminaba en una bota brillante. Pero Hipólito, no atreviéndose a usar todos los días una pierna tan bonita, supliçó a la señora Bovary que le procurase otra más cómoda. El médico, desde luego, volvió a pagar los gastos de esta adquisición.

Así pues, el mozo de cuadra poco a poco volvió a su oficio. Se le veía como antes recorrer el pueblo, y cuando Carlos oía de lejos, sobre los adoquines, el ruido seco de su palo, tomaba rápidamente otro camino.

Fue el señor Lheureux, el comerciante, quien se encargó del pedido; esto le dio ocasión de tratar a Emma. Hablaba con ella de las nuevas mercancías de París, de mil curiosidades femeninas, se mostraba muy complaciente, y nunca reclamaba dinero. Emma se entregaba a esa facilidad de satisfacer todos sus caprichos. Así, quiso adquirir, para regalársela a Rodolfo, una fusta muy bonita que había en Rouen en una tienda de paraguas.

El señor Lheureux, a la semana siguiente, se la puso sobre la mesa.

Pero al día siguiente se presentó en su casa con una factura de doscientos setenta francos sin contar los céntimos. Emma se vio muy apurada: todos los cajones del escritorio estaban vacíos, se debían más de quince días a Lestiboudis, dos trimestres a la criada, muchas otras cosas más, y Bovary esperaba con impaciencia el envío del señor Derozerays, que tenía costumbre, cada año, de pagarle por San Pedro.

Al principio Emma consiguió liberarse de Lheureux; por fin éste perdió la paciencia: le perseguían, todo el mundo le debía, y, si no recuperaba algo, se vería obligado a retirarle todas las mercancías que la señora tenía.

 ¡Bueno, lléveselas!  dijo Emma.

 ¡Oh!, ¡es de broma!  replicó él . Sólo la fusta.

 Pero bueno, le diré al señor que me la devuelva.

 ¡No!, ¡no!  dijo ella.

 iAh!, ¡te he cogido!  pensó Lheureux.

Y, seguro de su descubrimiento, salió repitiendo a media voz, y con su pequeño silbido habitual:

 ¡Está bien!, ¡ya veremos!, ¡ya veremos!

Emma estaba pensando cómo salir del apuro, cuando la cocinera que entraba dejó sobre la chimenea un rollito de papel azul, de parte del señor Derozerays. Emma saltó encima, lo abrió. Había quince napoleones(2). Era el importe de la cuenta. Oyó a Carlos por la escalera; echó el oro en el fondo de su cajón y cogió la llave.

Tres días después, Lheureux se presentó de nuevo.

 Voy a proponerle un arreglo  dijo él ; si en vez de la cantidad convenida, usted quisiera tomar...

 ¡Aquí la tiene!  dijo ella poniéndole en la mano catorce napoleones.

El tendero quedó estupefacto. Entonces, para disimular su desencanto, se extendió en excusas y en ofrecimientos de servicios que Emma rechazó totalmente; después ella se quedó unos minutos palpando en el bolsillo de su delantal las dos monedas de cien sueldos que le había devuelto. Prometía economizar, para devolver después...

«¡Ah, bah!  pensó ella , ya no se acordará más de esto.»

Además de la fusta con empuñadura roja, Rodolfo había recibido un sello con esta divisa: Amor nel cor además, un echarpe para hacerse una bufanda y, finalmente, una petaca muy parecida a la del vizconde, que Carlos había recogido hacía tiempo en la carretera y que Emma conservaba. Sin embargo, estos regalos le humillaban. Rechazó varios; ella insistió, y Rodolfo acabó obedeciendo, encontrándola tiránica y muy dominante.

Además, Emma tenía ideas extravagantes.

 Cuando den las doce de la noche  decía ella , pensarás en mí.

Y si él confesaba que no había pensado, había una serie de reproches, que terminaban siempre por la eterna pregunta.

 ¿Me quieres?

 ¡Claro que sí, te quiero!  le respondía él.

 ¿Mucho?

 ¡Desde luego!

 ¿No has tenido otros amores, eh?

  ¿Crees que me has cogido virgen?  exclamaba él riendo.

Emma lloraba, y él se esforzaba por consolarla adornando con retruécanos sus protestas amorosas.

 ¡Oh!, ¡es que te quiero!  replicaba ella , te quiero tanto que no puedo pasar sin ti, ¿lo sabes bien? A veces tengo ganas de volver a verte y todas las cóleras del amor me desgarran. Me pregunto: ¿Dónde está? ¿Acaso está hablando con otras mujeres? Ellas le sonríen, él se acerca. ¡Oh, no!, ¿verdad que ninguna te gusta? Las hay más bonitas; ¡pero yo sé amar mejor! ¡Soy tu esclava y tu concubina! ¡Tú eres mi rey, mi ídolo! ¡Eres bueno! ¡Eres guapo! ¡Eres inteligente! ¡Eres fuerte!

Tantas veces le había oído decir estas cosas, que no tenían ninguna novedad para él. Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. Aquel hombre con tanta práctica no distinguía la diferencia de los sentimientos bajo la igualdad de las expresiones. Porque labios libertinos o venales le habían murmurado frases semejantes, no creía sino débilmente en el candor de las mismas; había que rebajar, pensaba él, los discursos exagerados que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no se desbordara a veces por las metáforas más vacías, puesto que nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.

Pero, con esta superioridad de crítica propia del que en cualquier compromiso se mantiene en reserva, Rodolfo percibió en este amor otros gozos que explotar. Juzgó incómodo todo pudor. La trató sin miramientos. Hizo de ella algo flexible y corrompido. Era una especie de sumisión idiota llena de admiración para él, de voluptuosidades para ella., una placidez que la embotaba, y su alma se hundía en aquella embriaguez y se ahogaba en ella, empequeñecida como el duque de Clarence en su tonel de malvasía.

Sólo por el efecto de sus hábitos amorosos, Madame Bovary cambió de conducta. Sus miradas se hicieron más atrevidas, sus conversaciones, más libres; tuvo incluso la inconveniencia de pasearse con Rodolfo, con un cigarrillo en la boca, como para « burlarse del mundo»; en fin, los que todavía dudaban ya no dudaron cuando la vieron un día bajar de «La Golondrina», el talle ceñido por un chaleco, como si fuera un hombre; y la señora Bovary madre, que después de una espantosa escena con su marido había venido a refugiarse a casa de su hijo, no fue la burguesa menos escandalizada. Muchas otras cosas le escandalizaron; en primer lugar, Carlos no había escuchado sus consejos sobre la prohibición de las novelas; después, «el estilo de la casa» le desagradaba; se permitió hacerle algunas observaciones, y se enfadaron, sobre todo una vez a propósito de Felicidad.

 

La señora Bovary madre, la noche anterior, atravesando el corredor, la había sorprendido en compañía de un hombre, un hombre de barba oscura, de unos cuarenta años, y que, al ruido de sus pasos, se había escapado rápidamente de la cocina. Entonces Emma se echó a reír; pero la buena señora montó en cólera, declarando que, a no ser que se burlasen de las costumbres, debían vigilar las de los criados.

 ¿De qué mundo es usted?  dijo la nuera, con una mirada tan impertinente que la señora Bovary le preguntó si no defendía su propia causa.

 ¡Salga de aquí!  dijo la joven levantándose de un salto.

 ¡Emma!... ¡Mamá!...  exclamaba Carlos para reconciliarlas.

Pero las dos habían huido exasperadas. Emma pataleaba repitiendo:

 ¡Ah!, ¡qué modales!, ¡qué aldeana!

Carlos corrió hacia su madre; estaba fuera de sus casillas, y balbuceaba:

 ¡Es una insolente!, ¡una alocada!, ¡quizás peor que eso!

Y quería marcharse inmediatamente, si su nuera no venía a presentarle excusas. Carlos se volvió entonces hacia su mujer y la conjuró a que cediera; se puso de rodillas; ella acabó respondiendo.

 ¡Ea!, ya voy.

En efecto, tendió la mano a su suegra con una dignidad de marquesa, diciéndole:

 ¡Dispénseme, señora!

Después, vuelta a su habitación, se echó en cama boca abajo, y lloró como una niña, con la cabeza hundida en la almohada.

Habían convenido ella y Rodolfo, que en caso de que aconteciese algo extraordiario, ella ataría a la persiana un papelito blanco mojado, para que, si por casualidad él se encontraba en Yonville, acudiera a la callejuela, detrás de la casa. Emma hizo la señal; llevaba esperando tres cuartos de hora, cuando de pronto vio a Rodolfo en la esquina del mercado. Estuvo tentada de abrir la ventana para llamarle; pero él ya había desaparecido. Emma volvió a sumirse en la desesperación.

Sin embargo, pronto le pareció que caminaban por la acera. Era él, sin duda; bajó la escalera, atravesó el patio. Allí, fuera, estaba Rodolfo. Emma se echó en sus brazos.

 ¡Ten cuidado!  dijo él.

 ¡Ah!, ¡si supieras!  replicó ella.

Y empezó a contarle todo, deprisa, sin orden, exagerando los hechos, inventando varios y prodigando tanto los paréntesis que él no entendía nada.

 ¡Vamos!, ¡pobre angel mío, ánimo, consuélate, paciencia!

 Pero hace cuatro años que aguanto y que sufro... Un amor como el nuestro tendrá que confesarse a la faz del cielo: ¡todos son a torturarme! ¡No aguanto más! ¡Sálvame!

Y se apretaba contra Rodolfo; sus ojos, llenos de lágrimas, resplandecían como luces bajo el agua; su garganta jadeaba con sollozos entrecortados; jamás él la había querido tanto; de tal modo que perdió la cabeza y le dijo:

 ¿Qué hay que hacer?, ¿qué quieres?

 ¡Llévame!  exclamó ella . ¡Ráptame!... ¡Oh!, ¡te to suplico!

Y se precipitó sobre su boca, como para arrancarle el consentimiento inesperado que de ella se exhalaba en un beso.

 Pero...  replicó Rodolfo.

  ¿Qué?

 ¿Y tu hija?

Emma reflexionó unos minutos, después contestó:

 Nos la llevaremos, ¡qué remedio!

 ¡Qué mujer!  dijo él viéndola alejarse, pues acababa de irse por el jardín. La llamaban.

La señora Bovary, los días siguientes, se extrañó mucho de la metamorfosis de su nuera. En efecto, Emma se mostró más dócil, a incluso llegó su deferencia hasta pedirle una receta para poner pepinillos en escabeche.

¿Era para engañarlos mejor al uno y a la otra?, ¿o bien quería, por una especie de estoicismo voluptuoso, sentir más profundamente la amargura de las cosas que iba a abandonar? Pero no reparaba en ello, al contrario; vivía como perdida en la degustación anticipada de su felicidad cercana. Era un tema inagotable de charlas con Rodolfo. Se apoyaba en su hombro, murmuraba:

 ¡Eh!, ¡cuando estemos en la diligencia! ¿Piensas en ello? ¿Es posible? Me parece que en el momento en que sienta arrancar el coche será como si subiéramos en globo, como si nos fuéramos a las nubes. ¿Sabes que cuento los días?... ¿Y tú?...

Nunca Madame Bovary estuvo tan bella como en esta época: tenía esa indefinible belleza que resulta de la alegría, del entusiasmo, del éxito, y que no es más que la armonía del temperamento con las circunstancias. Sus ansias, sus penas, la experiencia del placer y sus ilusiones todavía jóvenes, igual que les ocurre a las flores, con el abono, la lluvia, los vientos y el sol, la habían ido desarrollando gradualmente y ella se mostraba, por fin, en la plenitud de su naturaleza. Sus párpados parecían recortados expresamente para sus largas miradas amorosas en las que se perdía la pupila, mientras que un aliento fuerte separaba las finas aletas de su nariz y elevaba la carnosa comisura de sus labios, sombreados a la luz por un leve bozo negro. Dijérase que un artista hábil en corrupciones había dispuesto sobre su nuca la trenzada mata de sus cabellos: se enroscaban en una masa espesa, descuidadamente, y según los azares del adulterio, que los soltaba todos los días. Su voz ahora tomaba unas inflexiones más suaves, su talle también; algo sutil y penetrante se desprendía incluso de sus vestidos y del arco de su pie. Carlos, como en los primeros tiempos de su matrimonio, la encontraba deliciosa y absolutamente irresistible.

Cuando regresaba a medianoche no se atrevía a despertarla. La lamparilla de porcelana proyectaba en el techo un círculo de claridad trémula, y las cortinas de la cunita formaban como una choza blanca que se abombaba en la sombra al lado de la cama. Carlos las miraba. Creía oír la respiración ligera de su hija. Iba a crecer ahora; cada estación, rápidamente, traería un progreso. Ya la veía volver de la escuela a la caída de la tarde, toda contenta, con su blusita manchada de tinta, y su cestita colgada del brazo; después habría que ponerla interna, esto costaría mucho; ¿cómo hacer? Entonces reflexionaba. Pensaba alquilar una pequeña granja en los alrededores y que él mismo vigilaría todas las mañanas al ir a visitar a sus enfermos. Ahorraría lo que le produjera, lo colocaría en la caja de ahorros; luego compraría acciones, en algún sitio, en cualquiera; por otra parte, la clientela aumentaría; contaba con eso, pues quería que Berta fuese bien educada, que tuviese talentos, que aprendiese el piano. ¡Ah!, ¡qué bonita sería, más adelante, a los quince años, cuando, pareciéndose a su madre, llevase como ella, en verano, grandes sombreros de paja!, las tomarían de lejos por dos hermanas. Ya la imaginaba trabajando de noche al lado de ellos, bajo la luz de la lámpara; le bordaría unas pantuflas; se ocuparía de la casa; la llenaría toda con su gracia y su alegría. Por fin, pensarían en casarla: le buscarían un buen chico que tuviese una situación sólida; la haría feliz; esto duraría siempre.

Emma no dormía, parecía estar dormida; y mientras que él se amodorraba a su lado, ella se despertaba con otros sueños. A1 galope de cuatro caballos, era transportada desde hacía ocho días hacia un país nuevo, de donde no volverían más. Caminaban, caminaban, con los brazos entrelazados, sin hablar. A menudo, desde lo alto de una montaña, divisaba de pronto una ciudad espléndida con cúpulas, puentes, barcos, bosques de limoneros y catedrales de mármol blanco, cuyos campanarios agudos albergaban nidos de cigüeñas. Caminaban al paso, a causa de las grandes losas, y había en el suelo ramos de flores que les ofrecían mujeres vestidas con corpiño rojo. El tañido de las campanas y los relinchos de los mulos se confundían con el murmullo de las guitarras y el ruido de las fuentes, cuyo vapor ascendente refrescaba pilas de frutas, dispuestas en pirámide al pie de las estatuas pálidas, que sonreían bajo los surtidores de agua. Y después, una tarde, llegaban a un pueblo de pescadores, donde se secaban al aire redes oscuras tendidas a lo largo del acantilado y de las chabolas. Allí es donde se quedarían a vivir; habitarían una casa baja, de tejado plano, a la sombra de una palmera, en el fondo de un golfo, a orilla del mar. Se pasearían en góndola, se columpiarían en hamaca; y su existencia sería fácil y holgada como sus vestidos de seda, toda cálida y estrellada como las noches suaves que contemplarían. En este tiempo, en la inmensidad de este porvenir que ella se hacía representar, nada de particular surgía; los días, todos magníficos, se parecían como olas; y aquello se columpiaba en el horizonte, infinito, armonioso, azulado a inundado de sol. Pero la niña empezaba a toser en la cuna, o bien Bovary roncaba más fuerte, y Emma no conciliaba el sueño hasta la madrugada, cuando el alba blanqueaba las baldosas y ya el pequeño Justino, en la plaza, abría los postigos de la farmacia.

Emma había llamado al señor Lheureux y le había dicho:

 Necesitaría un abrigo, un gran abrigo, de cuello largo, forrado.

 ¿Se va de viaje?  le preguntó él.

 ¡No!, pero... no importa, ¿cuento con usted, verdad?, ¡y rápidamente!

El asintió.

 Necesitaría, además  replicó ella , un arca..., no demasiado pesada, cómoda.

 Sí, sí, ya entiendo, de noventa y dos centímetros aproximadamente por cincuenta, como las hacen ahora.

 Y un bolso de viaje.

«Decididamente  pensó Lheureux , aquí hay gato encerrado».

 Y tenga esto  dijo la señora Bovary sacando su reloj del cinturón ,tome esto: se cobrará de ahí.

Pero el comerciante exclamó que de ninguna manera; se conocían; ¿acaso podía dudar de ella? ¡Qué chiquillada! Ella insistió para que al menos se quedase con la cadena, y ya Lheureux la había metido en su bolsillo y se marchaba, cuando Emma volvió a llamarle.

 Déjelo todo en su casa. En cuanto al abrigo  ella pareció reflexionar  no lo traiga tampoco; solamente me dará la dirección del sastre y le dirá que me lo tenga preparado.

Era el mes siguiente cuando iban a fugarse. Ella saldría de Yonvitlle como para ir a hacer compras a Rouen. Rodolfo habría reservado las plazas, tomado los pasaportes a incluso escrito a París, a fin de contar con la diligencia completa hasta Marsella, donde comprarían una calesa, y, de allí, continuarían sin parar camino de Génova. Ella se preocuparía de enviar a casa de Lheureux el equipaje, que sería llevado directamente a «La Golondrina», de manera que así no sospechara nadie; y, a todo esto, nunca se hablaba de la niña. Rodolfo evitaba hablar de ella; quizás ella misma ya no pensaba en esto.

Rodolfo quiso tener dos semanas más por delante para terminar algunos preparativos; después, al cabo de ocho días, pidió otros quince; después dijo que estaba enfermo; luego hizo un viaje; pasó el mes de agosto, y después de todos estos aplazamientos decidieron que sería irrevocablemente el cuatro de septiembre, un lunes.

Por fin llegó el sábado, la antevíspera.

Aquella noche Rodolfo vino más temprano que de costumbre.

 ¿Todo está preparado?  le preguntó ella.

 Sí.

Entonces dieron la vuelta a un arriate y fueron a sentarse cerca del terraplén, en la tapia.

 Estás triste  dijo Emma.

 No, ¿por qué?

Y entretanto él la miraba de un modo especial, con ternura.

  ¿Es por marcharte?  replicó ella , ¿por dejar tus amistades, tu vida? ¡Ah!, ya comprendo... ¡Pero yo no tengo a nadie en el mundo!, tú lo eres todo para mí. Por eso yo seré toda para ti, seré para ti tu familia, tu patria; te cuidaré, te amaré.

 ¡Eres un encanto!  le dijo él estrechándola entre sus brazos.

 ¿Verdad?  dijo ella con una risa voluptuosa . ¿Me quieres? ¡júralo!

 ¡Que si te quiero!, ¡que si to quiero!. ¡Si es que te adoro, amor mío!

La luna, toda redonda y color de púrpura, asomaba a ras del suelo, al fondo de la pradera. Subía rápida entre las ramas de los álamos, que la ocultaban de vez en cuando, como una cortina negra, agujereada. Después apareció, resplandeciente de blancura, en el cielo limpio que alumbraba; y entonces, reduciendo su marcha, dejó caer sobre el río una gran mancha, que formaba infinidad de estrellas; y este brillo plateado parecía retorcerse hasta el fondo, a la manera de una serpiente sin cabeza cubierta de escamas luminosas. Aquello se parecía también a algún monstruoso candelabro, a lo largo del cual chorreaban gotas de diamante en fusión. En torno a ellos se extendía la noche suave; unas capas de sombra llenaban los follajes. Emma, con los ojos medio cerrados, aspiraba con grandes suspiros el viento fresco que soplaba. No se hablaban, de absortos que estaban por el ensueño que les dominaba. La ternura de otros tiempos les volvía a la memoria, abundante y silenciosa como el río que corría, con tanta suavidad como la que traía del jardín el perfume de las celindas, y proyectaba en su recuerdo sombras más desmesuradas y melancólicas que las de los sauces inmóviles que se inclinaban sobre la hierba. A menudo algún bicho nocturno, erizo o comadreja, dispuesto para cazar, movía las hojas, o se oía por momentos un melocotón maduro que caía, solo, del espaldar.

 ¡Ah!, ¡qué hermosa noche!  dijo Rodolfo.

 ¡Tendremos otras!  replicó Ernma.

Y como hablándose a sí misma:

 Sí, será bueno viajar... ¿Por qué tengo el corazón triste, sin embargo? ¿Es el miedo a lo desconocido..., el efecto de los hábitos abandonados o más bien...? No, es el exceso de felicidad. ¡Qué débil soy, verdad! ¡Perdóname!

 Todavía estás a tiempo  exclamó Rodolfo . Reflexiona, quizás te arrepentirás después.

 ¡Jamás!   dijo ella impetuosamente.

Y acercándose a él:

 ¿Pues qué desgracia puede sobrevenirme? No hay desierto, precipicio ni océano que no atravesara contigo. A medida que vivamos juntos, será como un abrazo cada día más apretado, más completo. No tendremos nada que nos turbe, ninguna preocupación, ningún obstáculo. Viviremos sólo para nosotros, el uno para el otro, eternamente... ¡Habla, contéstame!

Rodolfo contestaba a intervalos regulares. «Sí... Sí. ..»

Ella le había pasado las manos por los cabellos y repetía con voz infantil, a pesar de las gruesas lágrimas que le caían:

 ¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Ah, Rodolfo, querido Rodolfito mío! Sonaron las campanadas de medianoche.

 ¡Las doce! exclamó Emma . ¡Vámonos, ya es mañana! ¡Un día más!

Rodolfo se levantó para marcharse; y como si aquel gesto fuese la señal de su fuga, Emma exclamó, de pronto, con aire jovial:

   ¿Tienes los pasaportes?

 Sí.

 ¿No olvidas nada?

 No.

 ¿Estás seguro?

 Segurísimo.

 Es en el Hotel de Provence, donde me esperarás, ¿verdad?... a mediodía...

Rodolfo hizo un gesto de afirmación con la cabeza.

 ¡Hasta mañana!  dijo Emma en una última caricia.

Y le miró alejarse.

Rodolfo no miraba hacia atrás, Emma corrió detrás de él inclinándose a la orilla del agua entre malezas:

 ¡Hasta mañana!  exclamó.

Rodolfo estaba ya al otro lado del río y caminaba deprisa por la pradera.

Al cabo de unos minutos se detuvo; y cuando la vio con su vestido blanco evaporarse poco a poco en la sombra, como un fantasma, sintió latirle el corazón con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en un árbol para no caer.

 ¡Qué imbécil soy!  dijo lanzando un espantoso juramento . No importa, ¡era una hermosa amante!

Y súbitamente se le reapareció la belleza de Emma, con todos los placeres de aquel amor. Primeramente se enterneció, después se rebeló contra ella.

 Porque, al fin y al cabo  exclamaba gesticulando , yo no puedo expatriarme y cargar con una niña.

Y se decía estas cosas para reafirmarse en su decisión.

 Y, encima, las molestias, los gastos... ¡Ah!, ¡no, no, mil veces no! ¡Sería demasiado estúpido!





CAPÍTULO XIII

Apenas llegó a casa, Rodolfo se sentó bruscamente a su mesa de despacho, bajo la cabeza de ciervo que, como trofeo, colgaba de la pared. Pero, ya con la pluma entre los dedos, no se le ocurrió nada, de modo que, apoyándose en los dos codos, se puso a reflexionar. Emma le parecía alejada en un pasado remoto, como si la resolución que él había tomado acabase de poner entre los dos, de pronto, una inmensa distancia.

A fin de volver a tener en sus manos algo de ella, fue a buscar al armario, en la cabecera de su cama, una vieja caja de galletas de Reims donde solía guardar sus cartas de mujeres, y salió de ella un olor a polvo húmedo y a rosas marchitas. Primero vio un pañuelo de bolsillo, cubierto de gotitas pálidas. Era un pañuelo de ella, de una vez que había sangrado por la nariz, yendo de paseo; él ya no se acordaba. Cerca, tropezando en todas las esquinas, estaba la miniatura que le había dado Emma; su atavío le pareció pretencioso y su mirada de soslayo, del más lastimoso efecto; después, a fuerza de contemplar aquella imagen y de evocar el recuerdo del modelo, los rasgos de Emma se confundieron poco a poco en su memoria, como si el rostro vivo y el rostro pintado, frotándose el uno contra el otro, se hubieran borrado recíprocamente. Por fin leyó cartas suyas; estaban llenas de explicaciones relativas a su viaje, cortas, técnicas y apremiantes como cartas de negocios. Quiso ver de nuevo las largas, las de antes; para encontrarlas en el fondo de la caja, Rodolfo revolvió todas las demás; y maquinalmente se puso a buscar en aquel montón de papeles y de cosas, y encontró mezclados ramilletes, una liga, un antifaz negro, alfileres y mechones de pelo, castaños, rubios; algunos, incluso, enredándose en el herraje de la caja, se rompían cuando se abría.

Vagando ast entre sus recuerdos, examinaba la letra y el estilo de las cartas, tan variadas como sus ortografías. Eran tiernas o joviales, chistosas, melancólicas; las había que pedían amor y otras que pedían dinero. A propósito de una palabra, recordaba caras, ciertos gestos, un tono de voz; algunas veces, sin embargo, no recordaba nada.

En efecto, aquellas mujeres, que acudían a la vez a su pensamiento, se estorbaban las unas a las otras y se empequeñecían, como bajo un mismo nivel de amor que las igualaba. Cogiendo, pues, a puñados las cartas mezcladas, se divirtió durante unos minutos dejándolas caer en cascadas, de la mano derecha a la mano izquierda. Finalmente, aburrido, cansado, Rodolfo fue a colocar de nuevo la caja en el armario diciéndose:

 ¡Qué cantidad de cuentos!

Lo cual resumía su opinión; porque los placeres como escolares en el patio de un colegio, habían pisoteado de tal modo su corazón, que en él no crecía nada tierno, y lo que pasaba por a11í, más distraído que los niños, ni siquiera dejaba, como ellos, su nombre grabado en la pared.

 ¡Bueno   se dijo , empecemos!

Escribió:

«¡Ánimo, Emma!, ¡ánimo! Yo no quiero causar la desgracia de su existencia...»

«Después de todo, es cierto, pensó Rodolfo; actúo por su bien; soy honrado.»

«¿Ha sopesado detenidamente su determinación? ¿Sabe el abismo al que la arrastraba, ángel mío? No, ¿verdad? Iba confiada y loca, creyendo en la felicidad, en el porvenir... ¡ah!, ¡qué desgraciados somos!, ¡qué insensatos!»

Rodolfo se paró aquí buscando una buena disculpa.

«¿Si le dijera que toda mi fortuna está perdida?... ¡Ah!, no, y además, esto no impediría nada. Esto serviría para volver a empezar. ¡Es que se puede hacer entrar en razón a tales mujeres!»

Reflexionó, luego añadió:

«No la olvidaré, puede estar segura, y siempre le profesaré un profundo afecto; pero un dia, tarde o temprano, este ardor, tal es el destino de las cosas humanas, habría disminuido, sin duda. Nos habríamos hastiado, y quién sabe incluso si yo no hubiera tenido el tremendo dolor de asistir a sus remordimientos y de participar yo mismo en ellos, pues habría sido el responsable. Sólo pensar en sus sufrimientos me tortura. ¡Emma! ¡Olvídeme! ¿Por qué tuve que conocerla? ¿Es culpa mía? ¡Oh, Dios mío!, ¡no, no, no culpe de ello más que a la fatalidad!»

«He aquí una palabra que siempre hace efecto  se dijo.»

«¡Ah!, si hubiera sido una de esas mujeres de corazón frívolo como tantas se ven, yo habría podido, por egoísmo, intentar una experiencia entonces sin peligro para usted. Pero esta exaltación deliciosa, que es a la vez su encanto y su tormento, le ha impedido comprender, adorable mujer, la falsedad de nuestra posición futura. Yo tampoco había reflexionado al principio, y descansaba a la sombra de esa felicidad ideal, como a la del manzanillo, sin prever las consecuencias.»

Va quizá a sospechar se dijo que es mi avaricia lo que me hace renunciar... ¡Ah!, ¡no importa!, ¡lo siento, hay que terminar!:

«El mundo es cruel, Emma. Donde quiera que estuviésemos nos habría perseguido. Tendría que soportar las preguntas indiscretas, la calumnia, el desdén, el ultraje tal vez. ¡Usted ultrajada!, ¡oh!... ¡Y yo que la quería sentar en un trono!, ¡yo que llevo su imagen como un talismán! Porque yo me castigo con el destierro por todo el mal que le he hecho. Me marcho. ¿Adónde? No lo sé, ¡estoy loco! ¡Adiós! ¡Sea siempre buena! Guarde el recuerdo del desgraciado que la ha perdido. Enseñe mi nombre a su hija para que lo invoque en sus oraciones.»

El pábilo de las dos velas temblaba. Rodolfo se levantó para ir a cerrar la ventana, y cuando volvió a sentarse:

 Me parece que está todo. ¡Ah! Añadiré, para que no venga a reanimarme: «Estaré lejos cuando lea estas tristes líneas; pues he querido escaparme lo más pronto posible a fin de evitar la tentación de volver a verla. ¡No es debilidad! Volveré, y puede que más adelante hablemos juntos muy fríamente de nuestros antiguos amores. ¡Adiós!»

Y había un último adiós, separado en dos palabras: «¡A Dios!», lo cual juzgaba de muy buen gusto.

 ¿Cómo voy a firmar, ahora?  se dijo . ¿Su siempre fíel? ¿Su amigo? Sí, eso es: «Su amigo.»

Rodolfo releyó la carta. la encontró bien. «¡Pobrecilla chica!  pensó enternecido . Va a creerse más insensible que una roca; habrían hecho falta aquí unas lágrimas; pero no puedo llorar; no es mía la culpa.» Y echando agua en un vaso, Rodolfo mojó en ella su dedo y dejó caer desde arriba una gruesa gota, que hizo una mancha pálida sobre la tinta; después, tratando de cerrar la carta, encontró el sello Amor nel cor.

 Esto no pega en este momento... ¡Bah!, ¡no importa!

Después de lo cual, fumó tres pipas y fue a acostarse.

Al día siguiente, cuando se levantó, alrededor de las dos (se había quedado dormido muy tarde), Rodolfo fue a recoger una cestilla de albaricoques, puso la carta en el fondo debajo de hojas de parra, y ordenó enseguida a Girard, su gañán, que la llevase delicadamente.

Se servía de este medio para corresponder con ella, enviándole, según la temporada, fruta o caza.

 Si le pide noticias mías  le dijo , contestarás que he salido de viaje. Hay que entregarle el cestillo a ella misma, en sus propias manos... ¡Vete con cuidado!

Girard se puso su blusa nueva, ató su pañuelo alrededor de los albaricoques, y caminando a grandes pasos con sus grandes zuecos herrados, tomó tranquilamente el camino de Yonville.

Madame Bovary, cuando él llegó a casa, estaba preparando con Felicidad, en la mesa de la cocina, un paquete de ropa.

 Aquí tiene  dijo el gañán  lo que le manda nuestro amo.

Ella fue presa de una corazonada, y, al tiempo que buscaba una moneda en su bolsillo, miraba al campesino con ojos huraños, mientras que él mismo la miraba con estupefacción, no comprendiendo que semejante regalo pudiese conmocionar tanto a alguien. Por fin se marchó. Felicidad quedaba a11í. Emma no aguantaba más, corrió a la sala como para dejar a11í los albaricoques, vació el cestillo, arrancó las hojas, encontró la carta, la abrió y, como si hubiera habido detrás de ella un terrible incendio, Emma empezó a escapar hacia su habitación, toda asustada.

Carlos estaba allí, ella se dio cuenta; él le habló, Emma no oía nada, y siguió deprisa subiendo las escaleras, jadeante, loca, y manteniendo aquella horrible hoja de papel, que le crujía entre los dedos como si fuese de hojalata. En el segundo piso se paró ante la puerta del desván que estaba cerrada.

Entonces quiso calmarse; se acordó de la carta, había que terminarla, no se atrevió. Además, ¿dónde?, ¿cómo?, la verían.

«¡Ah!, no, aquí pensó ella estaré bien.»

Emma empujó la puerta y entró.

Las pizarras del tejado dejaban caer a plomo un calor pesado, que le apretaba las sienes y la ahogaba; se arrastró hasta la buhardilla cerrada, corrió el cerrojo y de golpe brotó una luz deslumbrante.

Enfrente, por encima de los tejados, se extendía el campo libre hasta perderse de vista, las piedras de la acera brillaban, las veletas de las casas se mantenían inmóviles; en la esquina de la calle salía de un piso inferior una especie de ronquido con modulaciones estridentes. Era Binet que trabajaba con el torno. Emma, apoyada en el vano de la buhardilla, releía la carta con risas de cólera. Pero cuanta mayor atención ponía en ello, más se confundían sus ideas. Le volvía a ver, le escuchaba, le estrechaba con los dos brazos; y los latidos del corazón, que la golpeaban bajo el pecho como grandes golpes de ariete, se aceleraban sin parar, a intervalos desiguales. Miraba a su alrededor con el deseo de que se abriese la tierra. ¿Por qué no acabar de una vez? ¿Quién se lo impedía? Era libre. Y se adelantó, miró al pavimento diciéndose:

 ¡Vamos!, ¡vamos!

El rayo de luz que subía directamente arrastraba hacia el abismo el peso de su cuerpo. Le parecía que el suelo de la plaza, oscilante, se elevaba a lo largo de las paredes, y que el techo de la buhardilla se inclinaba por la punta, a la manera de un barco que cabecea. Ella se mantenía justo a la orilla, casi colgada, rodeada de un gran espacio. El azul del cielo la invadía, el aire circulaba en su cabeza hueca, sólo le faltaba ceder, dejarse llevar, y el ronquido del torno no cesaba, como una voz furiosa que la llamaba.

 ¡Mujer!, ¡mujer!  gritó Carlos.

Emma se paró.

 Pero ¿dónde estás? ¡Vente!

La idea de que acababa de escapar a la muerte estuvo a punto de hacerle desvanecerse de terror; cerró los ojos; después se estremeció al contacto de una mano en su manga; era Felicidad.

 El señor la espera, señora; la sopa está servida.

¡Y hubo que bajar!, ¡y hubo que sentarse a la mesa!

Intentó comer. Los bocados le ahogaban. Entonces desplegó su servilleta como para examinar los zurcidos, y quiso realmente aplicarse a ese trabajo, contar los hilos de la tela. De pronto, le asaltó el recuerdo de la carta. ¿La había perdido? ¿Dónde encontrarla? Pero ella sentía tal cansancio en su espíritu que no fue capaz de inventar un pretexto para levantarse de la mesa. Además se había vuelto cobarde; tenía miedo a Carlos; él lo sabía todo, seguramente. En efecto, pronunció estas palabras, de un modo especial:

 Según parece, tardaremos en volver a ver al señor Rodolfo.

  ¿Quién te lo ha dicho?  dijo ella sobresaltada.

  ¿Quién me lo ha dicho?  replicó él, un poco sorprendido por este tono brusco ; Girard, a quien he encontrado hace un momento a la puerta del «Café Francés». Ha salido de viaje o va a salir. Ella dejó escapar un sollozo.

 ¿Qué es lo que te extraña? Se ausenta así de vez en cuando para distraerse, y, ¡a fe mía!, yo lo apruebo. ¡Cuando se tiene fortuna y se está soltero!... Por lo demás, nuestro amigo se divierte a sus anchas, es un bromista. El señor Langlois me ha contado...

Él se calló por discreción, pues entraba la criada.

Felicidad volvió a poner en el cesto los albaricoques esparcidos por el aparador; Carlos, sin notar el color rojo de la cara de su mujer, pidió que se los trajeran, tomó uno y to mordió.

 ¡Oh!, ¡perfecto! exclamó . Toma, prueba.

Y le tendió la canastilla, que ella rechazó suavemente.

 Huele: ¡qué olor!  dijo él pasándosela delante de la nariz varias veces.

 ¡Me ahogo!   exclamó ella levantándose de un salto.

Pero, por un esfuerzo de voluntad, aquel espasmo desapareció; y después.

 ¡No es nada!  dijo ella , ¡no es nada!, ¡son los nervios! ¡Siéntate, come!

Porque ella temía que fuesen a interrogarla, a cuidarla, a no dejarla en paz.

Carlos, por obedecer, se había vuelto a sentar, y echaba en su mano los huesos de los albaricoques que depositaba inmediatamente en su plato.

De pronto, un tilburi azul pasó a trote ligero por la plaza. Emma lanzó un grito y cayó rígida al suelo, de espalda.

En efecto, Rodolfo, después de muchas reflexiones, se había decidido a marcharse para Rouen. Ahora bien, como no hay, desde la Muchette a Buchy, otro camino que el de Yonville, había tenido que atravesar el pueblo, y Emma lo había reconocido a la luz de los faroles, que cortaban el crepúsculo como un relámpago.

El farmacéutico, al oír el barullo que había en casa, salió corriendo hacia ella. La mesa, con todos los platos, se había volcado; salsa, carne, los cuchillos, el salero y la aceitera llenaban la sala; Carlos pedía socorro; Berta, asustada, gritaba; y Felicidad cuyas manos temblaban, desabrochaba a la señora, que tenía convulsiones por todo el cuerpo.

 Voy corriendo  dijo el boticario  a buscar a mi laboratorio un poco de vinagre aromático.

Después, viendo que Emma volvía a abrir los ojos al respirar el frasco, dijo el boticario:

 Estaba seguro; esto resucitaría a un muerto.

 ¡Háblanos!  decía Carlos , ¡háblanos! ¡Vuelve en ti! ¡Soy yo, tu Carlos que te quiere! ¿Me reconoces? Mira, aquí tienes a tu hijita: ¡bésala!

La niña tendía los brazos hacia su madre para colgarse a su cuello. Pero, volviendo la cabeza, Emma dijo con una voz entrecortada:

 No, no... ¡nadie!

Y volvió a desvanecerse. La llevaron a su cama.

Allí seguía tendida, con la boca abierta, los párpados cerrados, las palmas de las manos extendidas, inmóvil, y blanca como una estatua de cera. De sus ojos salían dos amagos de lágrimas que corrían lentamente hacia la almohada.

Carlos permanecía en el fondo de la alcoba, y el.farmacéutico, a su lado, guardaba ese silencio meditativo que conviene tener en las ocasiones serias de la vida.

 Tranquilícese  le dijo dándole con el codo , creo que el paroxismo ha pasado.

 Sí, ahora descansa un poco  respondió Carlos, que miraba cómo dormía . ¡Pobre mujer!... ¡Pobre mujerl, ha recaído.

Entonces Homais preguntó cómo había sobrevenido este accidente. Carlos respondió que le había dado de repente, mientras comía unos albaricoques.

 ¡Qué raro!.  replicó el farmacéutico . Pero es posible que los albaricoques fuesen la causa de este síncope ¡Hay naturalezas tan sensibles frente a ciertos olores!, a incluso sería un buen tema de estudio, tanto en el plano patológico como en el fisiológico. Los sacerdotes conocían su importancia, ellos que siempre han mezclado aromas a sus ceremonias. Es para entorpecer el entendimiento y provocar éxtasis, cosa por otro lado fácil de obtener en las personas del sexo débil, que son más delicadas. Se habla de quienes se desmayan al olor del cuero quemado, del pan tierno...

 ¡Cuidado, que no se despierte!  dijo en voz baja Bovary.

 Y no sólo  continuó el boticario  los humanos están expuestos a estas anomalías, sino también los animales. Así, usted no ignora el efecto singularmente afrodisiaco que produce la nepeta cataria, vulgarmente llamada hierba de gato, en los felinos; y por otra parte, para citar un ejemplo cuya autenticidad garantizo, Bridoux (uno de mis antiguos compañeros, actualmente establecido en la calle Malpalu) posee un perro al que le dan convulsiones cuando le presentan una tabaquera. Incluso hace la experiencia delante de sus amigos, en su pabellón del bosque Guillaume. ¿Se podría creer que un simple estornutario pudiese ejercer tales efectos en el organismo de un cuadrúpedo? Es sumamente curioso, ¿no es cierto?

 Sí  dijo Carlos, que no escuchaba.

 Esto nos prueba  replicó el otro, sonriendo con un aire de suficiencia  las innumerables irregularidades del sistema nervioso. En cuanto a la señora, siempre me ha parecido, lo confieso, una verdadera sensitiva. Por tanto, no le aconsejaré, mi buen amigo, ninguno de esos pretendidos remedios que, bajo pretexto de curar los síntomas, atacan el temperamento. No, ¡nada de medicación ociosa!, ¡régimen nada más!, sedantes, emolientes, dulcificantes. Además, ¿no piensa usted que quizás habría que impresionar la imaginación?

 ¿En qué?, ¿cómo?  dijo Bovary.

 ¡Ah!, ¡esta es la cuestión! Efectivamente, esa es la cuestión:That it the question, como leía yo hace poco en el periódico.

Pero Emma, despertándose, exclamó.

   ¿Y la carta?, ¿y la carta?

Creyeron que deliraba; deliró a partir de medianoche: se le había declarado una fiebre cerebral.

Durante cuarenta y tres días Carlos no se apartó de su lado. Abandonó a todos sus enfermos; ya no se acostaba, estaba continuamente tomándole el pulso, poniéndole sinapismos, compresas de agua fría. Enviaba a Justino hasta Neufchátel a buscar hielo; el hielo se derretía en el camino; volvía a enviarlo. Llamó al señor Canivet para consulta; hizo venir de Rouen al doctor Larivière, su antiguo maestro; estaba desesperado. Lo que más le asustaba era el abatimiento de Emmá; porque no hablaba, no oía nada a incluso parecía no sufrir, como si su cuerpo y su alma hubiesen descansado juntos de todas sus agitaciones.

Hacia mediados de octubre pudo sentarse en la cama con unas almohadas detrás. Carlos lloró cuando le vio comer su primera rebanada de pan con mermelada. Las fuerzas le volvieron; se levantaba unas horas por la tarde, y, un día que se sentía mejor, él trató de hacerle dar un paseo por el jardín, apoyada en su brazo. La arena de los paseos desaparecía bajo las hojas caídas; caminaba paso a paso, arrastrando sus zapatillas, y, apoyándose en el hombro de Carlos, continuaba sonriendo.

Fueron así hasta el fondo, cerca de la terraza. Ella se enderezó lentamente, se puso la mano delante de los ojos para mirar; miró a lo lejos, muy a to lejos; pero no había en el horizonte más que grandes hogueras de hierba que humeaban sobre las colinas.

 Vas a cansarte, amor mío dijo Bovary.

Y empujándola suavemente para hacerle entrar bajo el cenador:

 Siéntate en ese banco, ahí estarás bien.

 ¡Oh, no, ahí no!  dijo ella con una voz desfallecida. Tuvo un mareo, y a partir del anochecer volvió a enfermar, con unos síntomas más indefinidos ciertamente, y con caracteres más complejos. Ya le dolía el corazón, ya el pecho, la cabeza, las extremidades; le sobrevinieron vómitos en que Carlos creyó ver los primeros síntomas de un cáncer.

Y, por si fuera poco, Bovary tenía apuros de dinero.





CAPÍTULO XIV

En primer lugar, no sabía cómo hacer para resarcir al señor Homais de todos los medicamentos que habían venido de su casa; y aunque hubiera podido, como médico, no pagarlos, se avergonzaba un poco de este favor. Por otro lado, el gasto de la casa, ahora que lo llevaba la cocinera, era espantoso; las cuentas llovían; los proveedores murmuraban; el señor Lheureux, sobre todo, le acosaba. En efecto, en lo más fuerte de la enfermedad de Emma, éste, aprovechándose de la circunstancia para exagerar su factura, había llevado rápidamente el abrigo, el bolso de viaje, dos baúles en vez de uno, y cantidad de cosas más. Por más que Carlos dijo que no los necesitaba, el comerciante respondió con arrogancia que no los volvía a tomar; además, esto sería contrariar a la señora en su convalecencia; el señor reflexionaría; en resumen, él estaba resuelto a demandarle antes que ceder de sus derechos y llevarse las mercancías. Carlos ordenó después, que las devolviesen a su tienda; Felicidad se olvidó; él tenía otras preocupaciones; no pensó más en ello; el señor Lheureux volvió a la carga, y, alternando amenazas con lamentaciones, maniobró de tal manera, que Bovary acabó por firmar un pagaré a seis meses de vencimiento. Pero apenas hubo firmado aquél pagaré, se le ocurrió una idea audaz: la de pedir prestados mil francos al señor Lheureux. Así pues, preguntó, en un tono un poco molesto, si no había medio de conseguirlos, añadiendo que sería por un año y al interés que le pidieran. Lheureux corrió a su tienda, trajo los escudos y dictó otro pagaré, por el cual Bovary declaraba que pagaría a su orden, el primero de septiembre próximo la cantidad de mil setenta francos; lo cual, con los ciento ochenta ya estipulados, sumaban mil doscientos cincuenta. De esta manera, prestando al seis por ciento, a lo que se sumaba un cuarto de comisión más un tercio por lo menos que le producirían las mercancías, aquella operación debía, en doce meses, dar treinta francos de beneficio; y él esperaba que el negocio no acabaría ahí, que no podrían saldar los pagarés, que los renovarían, y que su pobre dinero, alimentado en casa del médico como en una Casa de Salud, volvería un día a la suya, mucho más rollizo, y grueso hasta hacer reventar la bolsa.

Por otra parte, todo le salía bien. Era adjudicatorio de un suministro de sidra para el hospital de Neufchâtel; el señor Guillaumin le prometía acciones en las turberas de Grumesnil, y soñaba con establecer un nuevo servicio de diligencias entre Argueil y Rouen, que no tardaría, sin duda, en arruinar el carricoche del «Lion d'Or», y que, al ser más rápida, más barata y llevando más equipajes, pondría en sus manos todo el comercio de Yonville.

Carlos se preguntó varias veces por qué medio, el año próximo, podría pagar tanto dinero; y buscaba, imaginaba expedientes, como el de recurrir a su padre o vender algo. Pero su progenitor haría oídos sordos, y él, por su parte, no tenía nada que vender. Cuando pensabá en tales problemas, alejaba enseguida de sí un tema de meditación tan desagradable. Se acusaba de olvidarse de Emma; como si perteneciendo todos sus pensamientos a su mujer, hubiese sido usurparle algo el no pensar continuamente en ella.

El invierno fue rudo. La convalecencia de la señora fue larga. Cuando hacía bueno, la llevaban en su sillón al lado de la ventana, la que daba a la plaza, pues seguía manteniendo su rechazo a la huerta, y la persiana de este lado estaba constantemente cerrada. Ella quería que vendiesen el caballo; lo que antes amaba ahora le desagradaba. Todas sus ideas parecían limitarse al cuidado de sí misma. Permanecía en cama tomando pequeñas colaciones, llamaba a su criada para preguntarle por las tisanas o para charlar con ella. Entre tanto la nieve caída sobre el tejado del mercado proyectaba en la habitación un reflejo blanco, inmóvil; luego vinieron las lluvias. Y Emma esperaba todos los días, con una especie de ansiedad, la infalible repetición de acontecimientos mínimos que, sin embargo, apenas le importaban. El más destacado era, por la noche, la llegada de «La Golondrina». Entonces la hostelera gritaba y otras voces le respondían, mientras que el farol de mano de Hipólito, que buscaba baúles en la baca, hacía de estrella en la oscuridad. A mediodía, regresaba Carlos. Después salía; luego ella tomaba un caldo, y, hacia las cinco, a la caída de la tarde, los niños que volvían de clase, arrastrando sus zuecos por la acera, golpeaban todos con sus reglas la aldaba de los postigos, unos detrás de otros.

A esa hora iba a visitarla el párroco, señor Bournisien. Le preguntaba por su salud, le traía noticias y le hacía exhortaciones religiosas en una pequeña charla mimosa no exenta de atractivo. La simple presencia de la sotana bastaba para reconfortarla.

Un día en que, en lo más agudo de su enfermedad, se había creído agonizante, pidió la comunión y a medida que se hacían en su habitación los preparativos para el sacramento, se transformaba en altar la cómoda llena de jarabes y Felicidad alfombraba el suelo con dalias, Emma sintió que algo fuerte pasaba por ella, que le liberaba de sus dolores, de toda percepción, de todo sentimiento. Su carne aliviada, ya no pesaba, empezaba una vida diferente; le pareció que su ser, subiendo hacia Dios, iba a anonadarse en aquel amor como un incienso encendido que se disipa en vapor. Rociaron de agua bendita las sábanas; el sacerdote sacó del copón la blanca hostia, y desfalleciendo de un gozo celestial, Emma adelantó sus labios para recibir el cuerpo del Salvador que se ofrecía. Las cortinas de su alcoba se ahuecaban suavemente alrededor de ella, en forma de nubes, y las llamas de las dos velas que ardían sobre la cómoda le parecieron glorias resplandecientes. Entonces dejó caer la cabeza, creyendo oír en los espacios la música de las arpas seráficas y percibir en un cielo de azur, en un trono dorado, en medio de los santos que sostenían palmas verdes, al Dios Padre todo resplandeciente de majestad, que con una señal hacía bajar hacia la tierra ángeles con las alas de fuego para llevársela en sus brazos.

Esta visión espléndida quedó en su memoria como la cosa más bella que fuese posible soñar; de tal modo que ahora se esforzaba en evocar aquella sensación, que continuaba a pesar de todo, pero de una manera menos exclusiva y con una dulzura igualmente profunda. Su alma, cansada de orgullo, descansaba por fin en la humildad cristiana, y, saboreando el placer de ser débil, Emma contemplaba en sí misma la destrucción de su voluntad, que iba a dispensar una amplia acogida a la llamada de la gracia. Existían, por tanto, en lugar de la dicha terrena, otras felicidades mayores, otro amor por encima de todos los amores, sin intermitencia ni fin, y que crecería eternamente. Ella entrevió, entre las ilusiones de su esperanza, un estado de pureza flotando por encima de la tierra, confundiéndose con el cielo, al que aspiraba a llegar. Quiso ser una santa. Compró rosarios, se puso amuletos; suspiraba por tener en su habitación, a la cabecera de su cama, un relicario engarzado de esmeraldas, para besarlo todas las noches.

El cura se maravillaba de todas estas disposiciones, aunque la religión de Emma, creía él, pudiese, a fuerza de fervor, acabar por rozar la herejía a incluso la extravagancia. Pero, no estando muy versado en estas materias, tan pronto como sobrepasaron cierta medida, escribió al señor Boulard, librero de Monseñor, para que le enviase algo muy selecto para una persona del sexo femenino, de mucho talento. El librero, con la misma indiferencia que si hubiera enviado quincalla a negros, le embaló un batiburrillo de todo lo que de libros piadosos circulaba en el mercado. Eran pequeños manuales con preguntas y respuestas, panfletos de un tono arrogante en el estilo del de Maistre(1), especie de novela: ,encuadernadas en cartoné rosa, y de estilo dulzón, escritas por seminaristas trovadores o por pedantes arrepentidos. Había allí el Piense bien en esto; El hombre mundano a los pies de María, por el señor de..., condecorado por varias Ordenes; Errores de Voltaire, para uso de los jóvenes, etc.

Pero Madame Bovary no tenía todavía la mente bastante lúcida para dedicarse seriamente a cosa alguna; por otra parte, emprendió estas lecturas con demasiada precipitación. Se irritó contra las prescripciones del culto; la arrogancia de los escritos polémicos le desagradó por su obstinación en perseguir a gente que ella no conocía; y los cuentos profanos con mensaje religioso le parecieron escritos con tal ignorancia del mundo, que la apartaron insensiblemente de las verdades cuya prueba esperaba. Sin embargo, persistió y, cuando el libro le caía de las manos, se sentía presa de la más fina melancolía católica que un alma etérea pudiese concebir.

En cuanto al recuerdo de Rodolfo, lo había sepultado en el fondo de su corazón; y allí permanecía, más solemne y más inmóvil que una momia real en un subterráneo. De aquel gran amor embalsamado se escapaba un aroma que, atravesándolo todo, perfumaba de ternura la atmósfera inmaculada en que quería vivir. Cuando se arrodillaba en su reclinatorio gótico, dirigía al Señor las mismas palabras de dulzura que antaño murmuraba a su amante en los desahogos del adulterio. Era para hacer venir la fe; peso ningún deleite bajaba de los cielos, y se levantaba con los miembros cansados, con el vago sentimiento de un inmenso engaño. Esta búsqueda, pensaba ella, no era sino un mérito más; y en el orgullo de su devoción, Emma se comparaba a esas grandes señoras de antaño, cuya gloria había soñado en un retrato de la Vallière(2), y que, arrastrando con tanta majestad la recargada cola de sus largos vestidos, se retiraban a las soledades para derramar a los pies de Cristo todas las lágrimas de su corazón herido por la existencia.

Entonces, se entregó a caridades excesivas. Cosía trajes para los pobres; enviaba leña a las mujeres de parto; y Carlos, un día al volver a casa, encontró en la cocina a tres golfillos sentados a la mesa tomándose una sopa. Mandó que le trajeran a casa a su hijita, a la que su marido, durante su enfermedad, había enviado de nuevo a casa de la nodriza. Quiso enseñarle a leer; por más que Berta lloraba, ella no se irritaba. Había adoptado una actitud de resignación, una indulgencia universal. Su lenguaje, a propósito de todo, estaba lleno de expresiones ideales. Le decía a su niña:

 ¿Se te ha pasado el cólico, ángel mío?

La señora Bovary madre no encontraba nada que censurar, salvo quizás aquella manía de calcetar prendas para los huérfanos en vez de remendar sus trapos. Pero abrumada por las querellas domésticas, la buena mujer se encontraba a gusto en aquella casa tranquila, a incluso se quedó allí hasta después de Pascua, a fin de evitar los sarcasmos de Bovary padre, que no dejaba nunca de encargar un embutido el día de Viernes Santo.

Además de la compañía de su suegra, que la fortalecía un poco por su rectitud de juicio y sus maneras graves, Emma tenía casi todos los días otras compañías. Eran la señora Langlois, la señora Caron, la señora Dubreuil, la señora Tuvache y, regularmente, de dos a cinco, a la excelente señora Homais, que nunca había querido creer en ninguno de los chismes que contaban de su vecina.

También iban a verla los pequeños Homais; los acompañaba Justino. Subía con ellos a la habitación y permanecía de pie cerca de la puerta, inmóvil, sin hablar. A menudo, incluso, Madame Bovary, sin preocuparse de su presencia, empezaba a arreglarse. Comenzaba por quitarse su peineta sacudiendo la cabeza con un movimiento brusco; cuando Justino vio por primers vez aquella cabellera suelta, que le llegaba hasta las corvas, desplegando sus negros rizos, fue para él, pobre infeliz, como la entrada súbita en algo extraordinario y nuevo cuyo esplendor le asustó.

Ernma, sin duda, no se daba cuenta de aquellas complacencias silenciosas ni de sus timideces. No sospechaba que el amor, desaparecido de su vida, palpitaba a11í, cerca de ella, bajo aquella camisa de tela burda, en aquel corazón de adolescente abierto a las emanaciones dè su belleza. Por lo demás, ahora rodeaba todo de tal indiferencia, tenía palabras tan afectuosas y miradas tan altivas, modales tan diversos, que ya no se distinguía el egoísmo de la caridad, ni la corrupción de la virtud. Una tarde, por ejemplo, se irritó con su criada, que deseaba salir y balbuceaba buscando un pretexto:

 ¿Tú le quieres?  le dijo.

Y sin esperar la respuesta de Felicidad, que se ponía colorada, añadió con un tono triste:

 ¡Vamos, corre!, ¡diviértete!

Al comienzo de la primavera hizo cambiar totalmente la huerta de un extremo a otro, a pesar de las observaciones de Bovary; él se alegró, sin embargo, de verla, por fin, manifestar un deseo, cualquiera que fuese. A medida que se restablecía, manifestó otros. Primeramente buscó la manera de expulsar a la tía Rolet, la nodriza, que había tomado la costumbre durante su convalecencia de venir con demasiada frecuencia a la cocina con sus dos niños de pecho y su huésped con más hambre que un caníbal. Después se deshizo de la familia Homais, despidió sucesivamente a las demás visitas a incluso frecuentó la iglesia con menos asiduidad, con gran aplauso del boticario que le dijo entonces amistosamente:

 Se estaba usted haciendo un poco beata.

El señor Bournisien, como antaño, aparecía todos los días al salir del catecismo. Prefería quedarse fuera a tomar el aire en medio de la enramada, así llamaba a la glorieta. Era la hora en que volvía Carlos. Tenían calor, traían sidra dulce y bebían juntos por el total restablecimiento de la señora.

Allí estaba Binet, un poco más abajo, contra la tapia de la terraza, pescando cangrejos. Bovary le invitó también a tomar algo, pues era muy hábil en descorchar botellas.

 Es preciso  decía dirigiendo a su alrededor y hasta los extremos del paisaje una mirada de satisfacción  mantener así la botella vertical sobre la mesa, y, una vez cortados los kilos, mover el corcho a vueltecitas, despacio, despacio, como se hace, por otra parte, con el agua de Seltz en los restaurantes

Pero durante su demostración la sidra le saltaba a menudo en plena cara, y entonces el eclesiástico, con una risa opaca, hacía siempre este chiste:

 ¡Su bondad salta a los ojos!

En efecto, era un buen hombre, a incluso un día no se escandalizó del farmacéutico, que aconsejaba a Carlos, para distraer a la señora, que la llevase al teatro de Rouen a ver al ilustre tenor Lagardy. Homais, extrañado de aquel silencio, quiso conocer su opinión, y el cura declaró que veía la música como menos peligrosa para las costumbres que la literatura.

Pero el farmacéutico emprendió la defensa de las letras. El teatro, pretendía, servía para criticar los prejuicios, y, bajo la máscara del placer, enseñaba la virtud.

 ¡Cartigat(3) ridendo mores, señor Bournisien! Por ejemplo, fíjese en la mayor parte de las tragedias de Voltaire; están sembradas hábilmente de reflexiones filosóficas que hacen de ellas una verdadera escuela de moral y de diplomacia para el pueblo.

 Yo  dijo Binet  vi hace tiempo una obra de teatro titulada Le Gamin de Paris, donde se traza el carácter de un viejo general que está verdaderamente chiflado. Echa una bronca a un hijo de familia que había seducido a una obrera, que al final...

 ¡Ciertamente!  continuaba Homais , hay mala literatura como hay mala farmacia; pero condenar en bloque la más importante de las bellas artes me parece una ligereza, una idea medieval, digna de aquellos abominables tiempos en los que se encarcelaba a Galileo.

 Ya sé  objetó el cura  que hay buenas obras, buenos autores; sin embargo, sólo el hecho de que esas personas de diferente sexo estén reunidas en un lugar encantador, adornado de pompas mundanas, y además esos disfraces paganos, ese maquillaje, esos candelabros, esas voces afeminadas, todo esto tiene que acabar por engendrar un cierto libertinaje de espíritu y provocar pensamientos deshonestos, tentaciones impuras. Tal es al menos la opinión de todos los Santos Padres. En fin  añadió, adoptando repentinamente un tono de voz místico, mientras que daba vueltas sobre su pulgar a una toma de rapé , si la Iglesia ha condenado los espectáculos es porque tenía razón; debemos someternos a sus decretos.

 ¿Por qué  preguntó el boticario  excomulga a los comediantes?, pues antaño participaban abiertamente en las ceremonias del culto. Sí, representaban en medio del coro una especie de farsas llamadas misterios, en las cuales las leyes de la decencia se veían a menudo vulneradas.

El eclesiástico se limitó a dejar escapar una lamentación y el farmacéutico prosiguió:

 Es como en la Biblia; ¡hay..., sabe usted..., más de un detalle... picante, cosas... verdaderamente... atrevidas!

Y a un gesto de irritación que hacía el señor Bournisien:

 ¡Ah!, usted convendrá conmigo que no es un libro para poner entre las manos de un joven, y me disgustaría, que Atalía...

 ¡Pero son los protestantes y no nosotros  exclamó el otro desazonado  quienes recomiendan la Biblia!

 ¡No importa!  dijo Homais , me extraña que, en nuestros días, en un siglo de luces, se obstinen todavía en proscribir un solaz intelectual que es inofensivo, moralizante a incluso higiénico a veces, ¿verdad, doctor?

 Sin duda  respondió el médico en tono indolente, ya porque, pensando lo mismo, no quisiera ofender a nadie, o bien porque no pensara nada.

La conversación parecía terminada cuando el farmacéutico juzgó conveniente lanzar una nueva pulla.

 He conocido a sacerdotes que se vestían de paisano para ir a ver patalear a las bailarinas.

 ¡Vamos!  dijo el cura.

 ¡Ah!, ¡pues los he conocido!

Y separando las sílabas de su frase, Homais repitió:

 Los he co no ci do.

 ¡Bueno!, iban por mal camino  dijo Bournisien resignado a oírlo todo.

 ¡Caramba!, ¡y aun hacen muchos otros disparates! exclamó el boticario.

 ¡Señor!...  replicó el eclesiástico con una mirada tan hosca, que el farmacéutico se sintió intimidado.

 Sólo quiero decir  replicó entonces en un tono menos brutal  que la tolerancia es el medio más seguro de atraer las almas a la religión.

 ¡Es cierto!, ¡es cierto!  concedió el bueno del cura, sentándose de nuevo en su silla.

Pero no permaneció más que dos minutos. Después, cuando se marchó, el señor Homais le dijo al médico:

 ¡Esto es lo que se llama una agarrada! ¡Lo he arrollado, ya ha visto usted, de qué manera!... En fin, créame, lleve a su señora al espectáculo, aunque sólo sea para hacer rabiar una vez en la vida a uno de esos cuervos, ¡caramba! Si hubiera quien me sustituyera, yo mismo les acompañaría. ¡Dése prisa! Lagardy no hará más que una función, está contratado para Inglaterra con una suma considerable. Según dicen, es un pájaro de cuenta, ¡está bañado en oro!; ¡lleva consigo a tres queridas y a un cocinero! Todos estos grandes artistas tiran la casa por la ventana; necesitan llevar una vida desvergonzada que excite un poco la imaginación. Pero mueren en el hospital porque no tuvieron el sentido de ahorrar cuando eran jóvenes. Bueno, ¡que aproveche; hasta mañana!

Esta idea del espectáculo germinó pronto en la cabeza de Bovary, pues inmediatamente se lo comunicó a su mujer, quien al principio la rechazó alegando el cansancio, el trastorno, el gasto; pero, excepcionalmente, Carlos no cedió pensando en que esta diversión iba a serle tan provechosa.

No veía ningún impedimento; su madre le había enviado trescientos francos con los cuales no contaba, las deudas pendientes no eran grandes, y el vencimiento de los pagarés al señor Lheureux estaba todavía tan lejos que no había que pensar en ello. Por otra parte, imaginando que ella tenía escrúpulos, Carlos insistió más; de manera que ella acabó, a fuerza de insistencia, por decidirse. Y al día siguiente, a las ocho, se embarcaron en «La Golondrina».

El boticario, a quien nada retenía en Yonville, pero que se creía obligado a no moverse de a11í, suspiró al verles marchar.

 Bueno, ¡buen viaje!  les dijo , ¡felices mortales!

Después, dirigiéndose a Emma, que llevaba un vestido de seda azul con cuatro faralaes:

 ¡Está hermosa como un sol! Va a dar el golpe en Rouen.

La diligencia bajaba al hotel de la «Croix Rouge» en la plaza Beauvoisine. Era una de esas posadas que hay en los arrabales provincianos, con grandes caballerizas y pequeños cuartos para dormir, donde se ven en medio del patio gallinas picoteando la avena bajo los cabriolés llenos de barro de los viajantes de comercio; buenos viejos albergues, con balcón de madera carcomida, que crujen al viento en las noches de invierno, siempre llenos de gente, de barullo y de comida, con mesas negras embadurnadas de té o café con aguardiente, con gruesos cristales amarillos para las moscas, y servilletas húmedas manchadas de vino tinto, y que, oliendo siempre a pueblo, como gañanes vestidos de burgueses, tienen un café a la calle, y por la pane del campo, una huerta de verduras. Carlos se puso inmediatamente en movimiento. Confundió el proscenio con las galerías, el patio de butacas con los palcos; anduvo del acomodador al director, regresó a la posada, volvió al despacho, y varias veces así, recorrió la ciudad a todo lo largo, desde el teatro hasta el bulevar.

Madame Bovary compró un sombrero, unos guantes, un ramillete de flores. El doctor temía mucho perder el comienzo; y sin haber tenido tiempo de tomar un caldo, se presentaron a las puertas del teatro, que todavía estaban cerradas.





CAPÍTULO XV

EL público esperaba a lo largo de la pared, colocado simétricamente entre unas barandillas. En la esquina de las calles vecinas, gigantescos carteles anunciaban en caracteres barrocos: Lucía de Lammermoor.. Lagardy... Ópera..., etc. Hacía buen tiempo; tenían calor; el sudor corría entre los rizos, todo el mundo sacaba los pañuelos para secarse las frentes enrojecidas; y a veces un viento tibio, que soplaba del río, agitaba suavemente los rebordes de los toldos de cutí(1) que colgaban a la puerta de los cafetines. Un poco más abajo, sin embargo, se notaba el frescor de una corriente de aire glacial que olía a sebo, a cuero y a aceite. Era la emanación de la calle de las Charrettes, llena de grandes almacenes negros donde hacen rodar barricas.

Por miedo a parecer ridícula, Emma quiso antes de entrar dar un paseo por el puerto, y Bovary, por prudencia, guardó los billetes en su mano en el bolsillo del pantalón, apretándola contra su vientre.

Ya en el vestíbulo Emma sintió latir fuertemente su corazón. Sonrió involuntariamente, por vanidad, viendo a la muchedumbre que se precipitaba a la derecha por otro corredor, mientras que ella subía a la escalera del entresuelo. Se divirtió como un niño empujando con su dedo las amplias puertas tapizadas; aspiró con todo su pecho el olor a polvo de los pasillos, y una vez sentada en su palco echó el busto hacia atrás con una desenvoltura de duquesa.

La sala empezaba a llenarse, la gente sacaba los gemelos de los estuches, y los abonados se saludaban de lejos. Venían a distraerse con las bellas artes de las preocupaciones del comercio; pero, sin olvidar los «negocios», seguían hablando de algodones, de alcohol de ochenta y cinco grados o de añil. Allí se veían cabezas de viejos, inexpresivas y pacíficas, y que, blanquecinas de cabellos y de cutis, parecían medallas de plata empañadas por un vapor de plomo. Los jóvenes elegantes se pavoneaban en el patio de butacas, luciendo en la abertura de su chaleco su corbata rosa o verde manzana; y Madame Bovary los contemplaba desde arriba apoyando sobre junquillos de empuñadura dorada la palma tensa de sus guantes amarillos.

Entretanto, se encendieron las luces de la orquesta; la lárnpara bajó del techo derramando con la irradiación de sus luces una alegría repentina en la sala; después entraron los músicos unos detrás de otros, y hubo un prolongado guirigay de bajos que roncaban, violines que chirriaban, trompetas que sonaban, flautas y flautines que piaban. Pero se oyeron tres golpes en el escenario; comenzó un redoble de timbales, los instrumentos de cobre tocaron acordes simultáneos, y al levantarse el telón apareció un paisaje.

Era la encrucijada de un bosque, con una fuente a la izquierda, a la sombra de un roble. Campesinos y señores, con la manta al hombro, cantaban todos juntos una canción de caza; luego apareció un capitán que invocaba al ángel del mal elevando sus brazos al cielo; apareció otro; se fueron y los cazadores volvieron a empezar.

Emma volvía a encontrarse en las lecturas de su juventud, en pleno Walter Scott. Le parecía oír a través de la niebla el sonido de las gaitas escocesas que se extendía por los brezos. Por otra parte, como el recuerdo de la novela facilitaba la inteligencia del libreto, seguía la intriga frase a frase, mientras que los vagos pensamientos que volvían a su mente se dispersaban inmediatamente bajo las ráfagas de la música. Se dejaba mecer por las melodías y se sentía a sí misma vibrar con todo su ser como si los arcos de los violines se pasearan por sus nervios, no tenía bastantes ojos para contemplar los trajes, los decorados, los personajes los árboles pintados que temblaban cuando los actores caminaban, y las tocas de terciopelo, los abrigos, las espadas, todas eran imaginaciones que se agitaban en la armonía como en la atmósfera de otro mundo. Pero una joven se adelantó arrojando una bolsa a un gallardo escudero. Se quedó sola, y entonces se oyó una flauta que hacía como un murmullo de fuente o como gorjeo de pájaro. Lucía atacó con aire decidido su cavatina en sol mayor; se quejaba de amor, pedía alas. Emma, igualmente, hubiera querido huir de la vida, echándose a volar en un abrazo. De pronto apareció Edgar Lagardy.

Tenía una de esas palideces espléndidas que dan algo de la majestad de los mármoles a las razas ardientes del mediodía. Su recio busto estaba ceñido por un jubón de color pardo; un pequeño puñal cincelado golpeaba el muslo izquierdo, echaba unas miradas lánguidas a su alrededor descubriendo sus blaneos dientes. Se decía que una princesa polaca, escuchándole una noche cantar en la playa de Biarritz, donde carenaba chalupas, se había enamorado de él. Se arruinó por él. La había dejado plantada a11í por otras mujeres, y esta resonancia sentimental no hacía sino aumentar su fama artística. El fino comediante se preocupaba incluso de deslizar en los anuncios una frase poética sobre la fascinación de su persona y la sensibilidad de su alma. Una bella voz, un imperturbable aplomo, más temperamento que inteligencia y más énfasis que lirismo acababan de realzar aquella admirable naturaleza de charlatán, en la que había algo de barbero y de torero.

Desde la primera escena entusiasmó. Estrechaba a Lucía entre sus brazos, la dejaba, volvía a estrecharla, parecía desesperado: tenía arrebatos de cólera, después estertores elegiacos de una dulzura infinita, y de su garganta desnuda se escapaban las notas llenas de sollozos y de besos. Emma se inclinaba para verlo arañando con sus uñas el terciopelo de su palco. Se llenaba el corazón con aquellas lamentaciones melodiosas que se arrastraban en el acompañamiento de los contrabajos, como gritos de naúfragos en el tumulto de una tempestad. Reconocía todas las embriagueces y todas las angustias de las que había estado a punto de morir. La voz de la cantante no le parecía sino el eco de su conciencia, y aquella ilusión que la encantaba, algo incluso de su propia vida. Pero nadie en la tierra la había amado con un amor semejante. Él no lloraba como Edgar la última noche, a la luz de la luna, cuando se decían: «Hasta mañana; hasta mañana...» La sala reventaba con los bravos; repitieron la strette(2) entera. Los enamorados hablaban de las flores de su tumba, de juramentos, de exilio, de fatalidad, de esperanzas, y cuando se dijeron el adiós final, Emma lanzó un grito agudo que se confundió con la vibración de los últimosacordes.

 ¿Por qué  preguntó Bovary  ese señor está persiguiéndola?

 Que no  respondió ella ; es su amante.

 Sin embargo, él jura vengarse de su familia, mientras que el otro, el que ha venido ahora, decía: «Amo a Lucía y me creo amado por ella.» Por otra parte, él marchó con su padre, cogidos del brazo. ¿Porque es su padre, verdad, ese pequeño feo que lleva una pluma de gallo en su sombrero?

A pesar de las explicaciones de Emma, desde el dúo recitativo en el que Gilberto expone a su amo Ashton sus abominables maniobras, Carlos, al ver el falso anillo de prometida que ha de engañar a Lucía, creyó que era un recuerdo de amor enviado por Edgardo. Confesaba, por lo demás, no comprender la historia a causa de la música que no dejaba oír bien las palabras.

 ¿Qué importa?  dijo Emma ; ¡cállate!

 Es que a mí me gusta enterarme  replicó él inclinándose sobre su hombro , ya lo sabes.

 ¡Cállate!, ¡cállate!  dijo ella impacientada.

Lucía se adelantaba, medio sostenida por sus compañeras, con una corona de azahar en el pelo, y más pálida que el raso blanco de su vestido. Emma pensaba en el día de su boda; y se volvía a ver a11á, en medio de los trigos, en el pequeño sendero, cuando iba hacia la iglesia. ¿Por qué no había resistido y suplicado como ésta? Iba, por el contrario, contenta, sin darse cuenta del abismo en que se precipitaba... ¡Ah, sí!, en la frescura de su belleza, antes de las huellas del matrimonio y la desilusión del adulterio hubiera podido consagrar su vida a un gran corazón fuerte; entonces la virtud la ternura, las voluptuosidades y el deber se habrían confundido y jamás habría descendido de una tan alta felicidad. Pero aquella felicidad, sin duda, era una mentira imaginada por la desesperación de todo deseo. Ahora conocía la pequeñez de las pasiones que el arte exageraba. Esforzándose por desviar su pensamiento, Emma quería no ver en esta reproducción de sus dolores más que una fantasía plástica buena para distraer la vista, a incluso sonreía interiormente con una compasión desdeñosa cuando, en el fondo del teatro, bajo la puerta de terciopelo, apareció un hombre con una capa negra.

En un gesto que hizo cayó su gran chambergo español; y enseguida los instrumentos y los cantores entonaron el sexteto. Edgardo, centelleante de furia, dominaba a todos los demás con su voz clara. Ashton le lanzaba en notas graves provocaciones homicidas. Lucía dejaba escapar su aguda queja. Arturo modulaba aparte sonidos, medios, y el bajo profundo del ministro zumbaba como un órgano, deliciosamente. Todos coincidían en los gestos; y la cólera, la venganza, los celos, el terror, la misericordia y la estupefacción salían a la vez de sus bocas entreabiertas. El enamorado ultrajado blandía su espada desnuda; su gorguera de encaje se levantaba por sacudidas, según los movimientos de su pecho, a iba de derecha a izquierda, a grandes pasos, haciendo sonar contra las tablas las espuelas doradas de sus botas flexibles que se enganchaban en el tobillo. Tenía que haber, pensaba ella, un inagotable amor para derramarlo sobre la muchedumbre en tan amplios efluvios. Todas sus veleidades de denigración se desvanecían bajo la poesía del papel que la invadía, y arrastrada hacia el hombre por la ilusión del personaje trató de imaginarse su vida, aquella vida estrepitosa, extraordinaria, espléndida, que ella habría podido llevar, sin embargo, si el azar lo hubiera querido. Se habrían conocido, se habrían amado. Con él por todos los reinos de Europa, ella habría viajado de capital en capital, compartiendo sus fatigas y su orgullo, recogiendo las flores que le arrojaban, bordando ella misma sus trajes; después, cada noche, en el fondo de un palco, detrás de la reja con barrotes de oro, habría recogido, boquiabierta, las expansiones de aquella alma que no habría cantado más que para ella sola; desde la escena, al tiempo que representaba, la habría mirado. Pero se volvió loca; ¡él la miraba, estaba claro! Le entraron ganas de correr a sus brazos para refugiarse en su fuerza, como en la encarnación del amor mismo, y de decirle, de gritarle: «Ráptame, llévame, marchemos! ¡Para ti, para ti!, todos mis ardores y todos mis sueños.»

Cayó el telón.

El olor del gas se mezclaba con los alientos; el aire de los abanicos hacía la atmósfera más sofocante. Emma quiso salir; el público llenaba los pasillos, y se volvió a echar en su butaca con palpitaciones que la sofocaban. Carlos, temiendo que se desmayara, corrió a la cantina a buscar un vaso de horchata.

Le costó trabajo volver a su sitio , pues por todas partes le daban codazos por el vaso que llevaba entre sus manos, y hasta llegó a derramar las tres cuartas partes sobre los hombros de una ruanesa de manga corta quien, sintiendo llegar el líquido frío a los riñones, gritó despavorida, como si la hubieran asesinado. Su marido, que era hilandero, se enfureció con aquel torpe, y mientras ella se limpiaba con su pañuelo las manchas de su hermoso vestido de tafetán cereza, é1 murmuraba con tono desabrido las palabras de indemnización, gastos, reembolso. Por fin, Carlos llegó al lado de su mujer, diciéndole todo sofocado:

 Creí, en verdad, que no volvía. ¡Hay tanta gente... tanta gente!

Y añadió:

 ¿A que no adivinas a quién he encontrado a11á arriba? ¡Al señor León!

 ¿A León?

 ¡El mismo! Va a venir a saludarte.

Y al terminar estas palabras el antiguo pasante de Yonville entró en el palco.

Le tendió su mano con una desenvoltura de hombre de mundo: y Madame Bovary adelantó maquinalmente la suya, sin duda obedeciendo a la atracción de una voluntad más fuerte. No la había sentido, desde aquella tarde de primavera en la que llovía sobre las hojas verdes, cuando se dijeron adiós, de pie al borde de la ventana. Pero pronto, dándose cuenta de la situación, sacudió en un esfuerzo aquella neblina de sus recuerdos y empezó a balbucear frases rápidas:

 ¡Ah! Hola... ¡Cómo! ¿Usted por aquí?

 ¡Silencio!  gritó una voz del patio de butacas, pues empezaba el tercer acto.

  ¿Así que está usted en Rouen?

 Sí.

  ¿Y desde cuando?

 ¡Fuera, fuera!

 El público se volvía hacia ellos; se callaron.

Pero a partir de aquel momento ella no escuchó más; y el coro de los invitados, la escena de Ashton y su criado, el gran dúo en re mayor, todo pasó para ella en la lejanía, como si los instrumentos se hubieran vuelto menos sonoros y los personajes más alejados; recordaba las partidas de cartas en casa del farmacéutico, y el paseo a casa de la nodriza, las lecturas bajo la glorieta del jardín, las charlas a solas al lado del fuego, todo aquel pobre amor tan tranquilo y tan largo, tan discreto, tan tierno, y que ella, sin embargo, había olvidado. ¿Por qué entonces volvía él? ¿qué combinación de aventuras volvía a ponerlo en su vida? El se mantenía detrás de ella, apoyando su hombro en el tabique; y de vez en cuando, ella se sentía estremecer bajo el soplo tibio de su respiración que le bajaba hasta la cabellera.

 ¿Le gusta esto?  dijo él inclinándose hacia ella tanto que la punta de su bigote le rozó la mejilla.

Emma contestó indolentemente:

 ¡Oh, Dios mío, no!, no mucho.

Entonces le propuso salir del teatro para ir a tomar unos helados a algún sitio.

 ¡Ah!, todavía no, quedémonos  dijo Bovary . Lucía se ha soltado el pelo: esto promete un desenlace trágico.

Pero la escena de la locura no interesaba a Emma, y la actuación de la cantante le pareció exagerada.

 Grita mucho  dijo Emma volviéndose hacia Carlos, que escuchaba:

 Sí... quizás... un poco  replicó él, indeciso entre la franqueza de su placer y el respeto que tenía a las opiniones de su mujer.

Después León dijo suspirando:

 ¡Hace un calor!

 ¡Insoportable!, es cierto.

 ¿Estás incómoda?  preguntó Bovary.

 Sí; vámonos.

El señor León puso delicadamente sobre los hombros de Emma su largo chal de encaje, y se fueron los tres a sentarse al puerto, al aire libre, delante de la cristalera de un café.

Primero hablaron de la enfermedad de Emma, aunque ella interrumpía a Carlos de vez en cuando, por temor, decía, de aburrir a1 señor León; y éste les contó que venía a Rouen a pasar dos años en un gran despacho para adquirir práctica en los asuntos, que en Normandía eran diferentes de los que se trataban en París. Después preguntó por Berta, por la familia Homais, por la tía Lefrançois; y como en presencia del marido no tenían nada más que decirse, pronto se detuvo la conversación.

Gente que salía del espectáculo pasó por la acera, tarareando o cantando a voz en grito: Oh, ángel bello, Lucía mía. Entonces León, para dárselas de aficionado, se puso a hablar de música. Había visto a Tamburini, a Rubini, a Persiani, a Grisi; y al lado de ellos, a pesar de sus grandes momentos de esplendor, Lagardy no valía nada.

 Sin embargo  interrumpió Carlos, que daba pequeños mordiscos a su sorbete de ron , dicen que en el último acto está absolutamente admirable; siento haber salido antes del final, pues empezaba a divertirme.

 De todos modos  replicó el pasante , pronto dará otra representación.

Pero Carlos respondió que se iban al día siguiente.

 A menos  añadió, volviéndose a su mujer  que tú quieras quedarte sola, cariño.

Y cambiando de maniobra ante aquella situación inesperada que se le presentaba, el joven comenzó a hacer el elogio de Lagardy en el trozo final. Era algo soberbio, ¡sublime! Entonces Carlos insistió:

 Volverás el domingo. ¡Vamos, decídete! Haces mal en no venir si sientes que te hace bien, por poco que sea.

Entretanto, las mesas a su alrededor se iban despoblando; vino un camarero a apostarse discretamente cerca de ellos; Carlos, que comprendió, sacó su cartera; el pasante le retuvo el brazo, a incluso no se olvidó de dejar, además, de propina dos monedas de plata, que hizo sonar contra el mármol.

 Verdaderamente  murmuró Bovary , no me gusta que usted haya pagado.

El otro tuvo un gesto desdeñoso lleno de cordialidad, y tomando su sombrero:

   Queda convenido, ¿verdad?, ¿mañana, a las seis?

Carlos dijo de nuevo que no podía ausentarse por más tiempo; pero que nada impedía que Emma...

 Es que...  balbuceó ella con una sonrisa especial , no sé si...

 ¿Bueno!, ya lo pensarás, ya veremos, consulta con la almohada.

Después, a León, que les acompañaba:

 Ahora que está usted en nuestras tierras, espero que venga de vez en cuando a comer con nosotros.

El pasante dijo que iría, puesto que además necesitaba ir a Yonville para un asunto de su despacho. Y se separaron delante del pasaje Saint Herbland en el momento en que daban las once y media en la catedral.





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