Memorándum de 1904

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Memorándum del 1904. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Hoy que se va a debatir en el Congreso la construcción de vías férreas en la República, como único medio de sacarlas de la postración económica en que se encuentra, encarrilándola por el sendero del progreso, hemos creído oportuno hacernos presentes en el debate por medio de este Memorándum. Cierto es que tenemos el órgano regular de nuestros Representantes que hemos enviado al Congreso para que aboguen por los intereses del Oriente y Noroeste de Bolivia; pero una larga y dolorosa experiencia de más de 70 años, nos ha persuadido de que los pueblos occidentales de la región andina, cuyos intereses son más o menos solidarios entre sí, no toman en cuenta los intereses y el progreso de los pueblos orientales, que bien comprendido, son los intereses más importantes, para el bienestar general de la Nación, y la mayoría parlamentaria del Occidente, ahoga las opiniones de la minoría del Oriente.

La fe y confianza en nuestros Representantes, no nos falta; queremos si dejar constancia de que sus opiniones en la cuestión ferrocarrilera, son la genuina traducción de las aspiraciones de sus comitentes, basadas en la razón, la justicia y la conveniencia nacional.

Nos dirigimos en particular a cada uno de los Representantes nacionales; que nuestras opiniones no queden amuralladas en el estrecho recinto parlamentario; queremos que sean conocidas por toda la Nación, y dejar constancia oportuna de ellas.

Entremos en materia:

Constituida la nacionalidad boliviana en el corazón de la América meridional en condiciones ventajosas, los pueblos que la forman, gravitan unos hacia la costa del Pacífico, y otros, hacia el Atlántico, por medio de sus arterias fluviales.

Los colonizadores españoles guiados, en esa época, por el incentivo del oro exclusivamente, se concretaron a poblar también exclusivamente, la región minera de los Andes. No tenían más ideal que extraer oro y plata; jamás pensaron en la colonización de los fertilísimos territorios de sus vastos dominios, por medio del establecimiento de colonias agrícolas, como lo hizo la raza sajona en Norteamérica.

Si desde las orillas del Plata, cruzando las pampas argentinas, o surcando aquel río y el Paraguay, llegaron a fundar centro de población al Sud y Este de Charcas, desde Montevideo y Buenos Aires, a lo largo de los ríos y a través de las pampas, no fue con el propósito firme de construir pueblos estables, sino caminos y postas para llegar más presto al famoso Potosí, a la región del vellocino de oro, lugar de sus ensueños.

La aberración española fue tal, que los habitantes de Buenos Aires fueron obligados a ir a Lima, para que pudieran preveerse de las mercaderías traídas de ultramar. Los barcos mercantes, de viaje a Lima, por el estrecho de Magallanes, hacían escala en Buenos Aires, al pasar por allí; pero les era prohibido desembarcar mercaderías, y los que las necesitaban tenían que andar 1000 leguas más o menos a lomo de mula, para ir a buscarlas a los mercados de Lima. Esto era, algo así como el suplicio de Tántalo para los desgraciados bonaerenses.

Los tiempos corrieron, y por sobre las trabas que imponía el gobierno de la Metrópoli, las ciudades de Buenos Aires, Montevideo, Rosario, Córdoba y en general, todas las que gravitaban hacia la hoya del plata, dedicadas a la ganadería y agricultura, superaron en población y riqueza real a las ciudades mineras del Alto Perú, y llegaron a constituir un virreinato que sobrepujó al de Lima.

Hoy el libre comercio es libre; pero la ceguera de todos los gobiernos que se han sucedido en Bolivia, no ha alcanzado a hacerles comprender que es indispensable, no solo necesario, encarrilar las corrientes comerciales y económicas de la Nación, por los senderos trazados e indicados por el dedo de la misma naturaleza.

Los pueblos andinos, más o menos próximos a las costas del Pacífico, que forman la mayoría de la nación boliviana, y el centro dirigente de los destinos de la República, se han aferrado a ponerse en contacto con Europa, precisamente por el camino más largo, por el océano Pacífico, buscando el peligrosísimo paso del estrecho de Magallanes, y despreciando la fácil salida al Atlántico por el río Paraguay.

Ellos tendrán sus razones; así estarán mejor encarrilados sus intereses. Sin embargo, nos parece y es evidente que, desde la desastrosa guerra del Pacífico, el pacto de tregua con Chile y los tratados celebrados con el Perú, Bolivia se ha convertido en tributaria de aquellas naciones, y sus mercados en factorías chileno-peruanas.

Comprendemos que esta situación insoportable de vasallaje comercial, sea resultante impuesta por la fatalidad de los acontecimientos internacionales desfavorables a Bolivia. Pero no llegamos a comprender por qué los gobiernos, desde la pérdida del litoral, no facilitaron la única salida natural que le quedaba a Bolivia: el Atlántico por la vía del río Paraguay. Si así lo hubieran efectuado no estaría hoy la Nación tan exangüe, porque es indudable que una vez establecidas las corrientes comerciales por el Plata, libres de todo tutelaje, habrían compensado ventajosamente a las que se acababan de perder por el Pacífico y contrarrestando las condiciones onerosas impuestas por el vencedor al comercio de Bolivia. Además, si los gobiernos anteriores a la desastrosa guerra de que hablamos, hubiesen tenido miras más vastas, dirigiendo la vista hacia el Oriente, y hubiesen buscado una salida por el río Paraguay, Chile no hubiera podido imponer condiciones desventajosas a Bolivia, quizás esta hubiera sido la vencedora, y el país se encontraría al presente, en un estado de prosperidad y grandeza envidiable; pero desgraciadamente; los hombres que han dirigido los destinos de la República, con poquísimas excepciones, han sido muy miopes, por no decir otra cosa, y todos ellos de la privilegiada raza del altiplano!…

Cierto es que Chile, mediante una fementida política, mantuvo endormecidos a los bolivianos por más de 20 años, haciéndoles entrever la posibilidad de obtener el litoral, o por lo menos uno de sus puertos; pero después que en 1890 el Ministro chilenos don Abraham Konig, declaró terminantemente que el gobierno de la Moneda no entregaría a Bolivia ni un palmo de costa en el Pacífico, se han seguido idénticas declaraciones oficiales y extraoficiales que definen claramente el pensamiento de Chile. El Gobierno de Bolivia ha debido persuadirse de que al Pacífico sólo podemos salir arrastrados por el carro triunfal del vencedor.

La ceguera o la ilusión ha debido desvanecerse ya, y volver las miradas hacia el Atlántico.

Todo lo que llevamos expuestos, lo deben saber muy bien y comprenderlo mejor que nosotros, los estadistas del interior que dirigen los destinos de Bolivia: En discursos y escritos hacen las más bellas apologías de la grandeza que le espera a Bolivia por el Oriente. Pero por desgracia no pasan de palabras y frases deslumbrantes; y, nosotros los orientales, no comprendemos tamaña aberración; por qué no se lleva a la práctica lo que se piensa, se habla y se escribe; porque tanta pequeñez de miras; por qué no se reúnen y analizan los elementos étnicos de la Nación para que todos contribuyan aunados a su engrandecimiento; por qué no se buscan las fuentes de riqueza del Oriente para que contribuyan al desarrollo y progreso de la industria, del comercio y al bienestar general de la República entera.

Fue el Dr. Antonio Quijarro el único estadista que hasta los últimos instantes de su vida laboriosa, puso todo el contingente de su talento, de su patriotismo y de su actividad, al servicio de la realización de la magna idea de abrir una rápida comunicación a Bolivia por el río Paraguay ó por el Pilcomayo; pero en vano, todas sus ideas e iniciativas escollaron ante el indiferentismo y miras retrógradas de los políticos.

Oigamos lo que ha dejado escrito ese eminente patricio, a raíz de la satisfacción que le produjo el éxito feliz de la navegabilidad del alto Paraguay y reconocimiento de la laguna Gaiba por el capitán Bolland, en 1901; “Es menester que nuestros entusiasmos no sean efímeros, dice el Dr. Quijarro, y que sepamos de una vez satisfacer con toda perseverancia la imperiosa necesidad de dar cumplida solución al designio de comunicarnos con el Atlántico.

“Hace cuarentaidos (hoy 445), que el señor Reyes Cardona, uno de los hombres más ilustrados de su tiempo, susceptible de las más efusivas expansiones exclamaba con acento de fuego: “Nos han dicho mil veces: DAD LA ESPALDA AL PACIFICO- seguid las corrientes de vuestras aguas- son el camino que Dios señala a la naciones“.

“Pueblo colocado en las vertientes atlánticas de América, con la Europa al Oriente- contrariais la naturaleza adoptando el camino retrógado de Cobija, recibiendo por Occidente las mercaderías de ultramar, después que han doblado el cabo de Horno y dado vuelta al mundo”.

“Y en ese tiempo, cuando el señor Reyes Cardona se expresaba con tanto ardimento a la noticia de que el vapor hubiese penetrado en el río Paraguay hasta la altura de Bahía Negra, el departamento litoral de Cobija estaba dentro de nuestro dominio nacional; y aunque los inconvenientes que el señor Reyes Cardona apunta, disfrutábamos de los beneficios de una comunicación directa

con el Pacífico, por territorio propio “Ahora las condiciones son distintas: por consecuencia de una guerra desastrosa e injustificable por parte de la nación que la promovió, las avenidas que conducen al Pacífico están amuralladas; y no expondríamos el seguro a los tormentos de la asfixia, si no nos propusiéramos buscarnos salidas seguras por las regiones amazónicas y plantense“.

Ahora, preguntamos nosotros: ¿quiénes decían al señor Reyes Cardona: dad la espalda al Pacífico- seguid el camino de las aguas que Dios señala a las naciones?.

No han sido, por cierto nuestros connacionales, sino los hombres prominentes de otras naciones, que ven las cosas claras, sin la miopía y ofuscamiento egoísta que padecen nuestros compatriotas del altiplano, metidos entre las escabrosidades de sus breñas.

Hoy mismo, con mayor razón, los extranjeros admiran la política antinacional que desenvuelven los Gobiernos; al verlos empecinados en soportar y sostener la subyugación a Chile.

Repetimos que esta política, desde que la sostiene, debe convenir quizás a los pueblos de la región andina; pero es absurdo, incomprensible, inexplicable querer abarcar, arrastrar en esa política esclavizadora a los pueblos del Oriente y Noroeste de Bolivia. Esto equivale a querer contrariar las leyes invariables de la naturaleza; y, sin embargo, ya están contrariadas.

Nada significaría el plan de esa política, y más bien parecería todo aplauso si ella estuviera encaminada a producir un beneficio de prosperidad nacional. Pero vemos, estamos palpando, que es todo lo contrario; la ruina de la nación, y particularmente la de una de sus más ricas regiones, nos referimos a los departamentos de Santa Cruz y Beni, demuestra claramente que los que dirigen los destinos de la república, o son unos egoístas recalcitrantes o no comprenden sus verdaderos intereses, ni los del país en general. Quizás no sean extraños a esta ruina los departamentos de Chuquisaca, Cochabamba y Tarija.

La ruina industrial y económica de Santa Cruz comenzó con la llegada de la primera locomotora a Oruro. Cochabamba comprendió que debía ser copartícipe de esa ruina.

Presintiendo su inminente mal, los cochabambinos fueron los primeros en atacar y oponerse a la construcción del ferrocarril de Antofagasta a Oruro, por juzgarlo a más de contrario a los intereses económicos de Bolivia, atentatorio a su soberanía.

Hoy parece que los cochabambinos han cambiado de opinión totalmente; ansían y piden la prolongación del ferrocarril de Oruro a Cochabamba. Estarían equivocados antes, y hoy piensan todo lo contrario. Podrá convenirles sin duda; pero, lo que es a nosotros los cruceños, no nos conviene de ninguna manera esa prolongación, si no se gravan con un fuerte impuesto, los productos similares extranjeros, a fin de proteger los del país. Con el sistema económico absurdo, que siguen nuestros gobiernos, estamos persuadidos que el día en que llegue el ferrocarril a Cochabamba, empezará Santa Cruz a agonizar lentamente, o por lo menos a vivir una vida artificial a expensas de extraños elementos aniquiladores de los propios.

Los intereses del Oriente y Noroeste de Bolivia, no están en pugna con los de Occidente, por el contrario, son armónicos y solidarios. Los pueblos del interior son los mercados obligados y naturales de los productos del Oriente, que no tienen allí competidores, sino en los similares extranjeros de Chile y el Perú, a quienes los gobiernos, por medio de inconsultos pactos internacionales, han concedido privilegios y franquicias tales, que han expatriado de las plazas del interior a los artículos nacionales de Santa Cruz.

El error de los pactos internacionales, ha debido corregirse mediante un plan de vialidad que contrarreste la invasión avasalladora de los similares extranjeros. Favorecer el desarrollo industrial del país; procurar que consuma sus propios productos antes de los extranjeros, son las más rudimentarias y primordiales reglas de un buen gobierno.

Al principio de la administración del General Pando, parece que éste así lo comprendió, y se propuso ligar al Oriente con el Occidente por medio del ferrocarril de Bahía Negra a Sucre y Potosí, cuya construcción se otorgo a “L” “Africane”, compañía que ha resultado impotente y dejado caducar la concesión; pero, al finalizar su gobierno, ha cambiado totalmente de opinión como lo ha manifestado en el discurso que pronunció en la clausura de las Cámaras Legislativas de 1903, anunciando el propósito de invertir los dos millones de libras esterlinas, de la indemnización por el Acre, en la construcción de ferrocarriles lugareños: de Viacha a Oruro, de Oruro a Cochabamba, de Sebaruyo a Potosí, de aquí a Sucre, etc., etc.;, burlando los prescrito en el tratado con el Brasil.

Esa red de ferrocarriles tiene por objeto poner a los pueblos del interior a disposición de absorcionismo chileno. ¡Qué política tan sagaz!…

Por sarcasmo, se menciona el ferrocarril del Oriente en último lugar.

Ahora que Bolivia cuenta con un fondo regular destinado a garantizar los capitales invertidos en la construcción de vías férreas, atraerá, como es natural, la concurrencia de empresarios europeos.

“Uno de los primeros que se ha presentado, es Mr. Horacio Ferrecio, en nombre de los señores Schneider etc. Ca, del Creusot, uno de los más poderoso sindicatos franceses, según se dice. El proponente ha tanteado el mayor número de aspiraciones de los centros sociales y políticos de la nación, que reunidos y armonizados darán la mayoría congresal, y no ha trepidado en ajustar su propuesta al plan ferrocarrilero ideado por el General Pando, a condición de que el gobierno de Bolivia entre como capitalista, arriesgando su capital de dos millones de libras esterlinas en la aventurada empresa improductiva, pero destinada a colmar las inmoderadas aspiraciones, que a todo trance manifiestan esos centros encerrados en breñas y escabrosidades eriales, improductivas, que no ofrecen al extranjero más aporte que algunos quintales de metal. Pero Bolivia o mejor dicho el gobierno les ha de dar ferrocarril, aunque le cueste implantarlo y sostenerlo el sacrificio de los dos millones y todas las rentas de la nación; aunque se aniquilen las industrias de los departamentos del Beni, Santa Cruz y Tarija; aunque se mate por asfixia al Oriente boliviano, que por sí solo puede producir todo, y mucho más que lo que produce el resto de la república, pues, las condiciones de su suelo, por su exuberante feracidad, se presta a ofrecer un inmenso desarrollo a la agricultura y ganadería; sus inmensurables bosques repletos de maderas preciosas de toda especie, que pueden ofrecer un vasto desarrollo industrial y comercial; sus serranías preñadas de minerales: oro, plata, platino, cobre, estaño, plomo, hierro, petróleo, carbón de piedra, etc. etc.

Todo eso no vale nada ente la desmedida ambición de cierto grupo de individuos. Es precioso aniquilar y matar el Oriente para satisfacer a unos cuantos egoístas.

Hemos dicho unos cuantos egoístas, porque no todos los hijos de la altiplanicie pretenden el aniquilamiento del Oriente, no: los hombres de talento de ideas nobles y elevadas, que desean el verdadero engrandecimiento de Bolivia, esos, son partidarios del ferrocarril oriental, porque comprenden que de este modo se utilizarán las riquezas naturales del Oriente, que por falta de vías de comunicación, no concurren al desarrollo de la industria, y que puestas en explotación, contribuirán al adelanto económico y político de la república. Es preciso hacer justicia: uno de esos talentos avanzados es el Sr. Manuel Vicente Ballivian, que desde hace algunos años viene trabajando y continua en su tarea, por la realización del ferrocarril oriental.

Colocados nosotros lejos de ese ambiente en que entran en pugna las inmoderadas pretensiones y la descarada codicia, al calor de mayores o menores influjos políticos y de prepotencia regionalista (maldito regionalismo), juzgamos que ese producto de la cesión del Acre, región perdida quizás por imprevisión administrativa, no debe emplearse en ferrocarriles onerosos y de puro lujo, máxime si ellos van a sojuzgar a Bolivia, colocándola bajo el influjo de Chile, tanto en lo económico, industrial y comercial, como en lo político y militar; y, lo peor de todo, dando el golpe de muerte al Oriente y Noroeste, encadenándolos al Pacífico cuando su libertad y porvenir están al lado del Atlántico.

Los ánimos se sublevan, ciertamente al considerar que se pretende contrariar las leyes de la naturaleza cerrando los ojos para no ver lo que más conviene a los intereses económicos y políticos de la nación, y desechar las rutas naturales trazadas a Bolivia por el dedo de la providencia.

Ansiamos que los pueblos del interior prosperen grandemente; la prosperidad y el engrandecimiento de La Paz, Oruro, Cochabamba, Sucre, Potosí y Tarija, será la prosperidad y el engrandecimiento de Bolivia y el orgullo de los cruceños; queremos sí, que no se sacrifique a Santa Cruz y el Beni, y esto importa la realización del estrecho ferrocarrilero prohijado en la esferas oficiales.

Creemos que no habrá un solo representante oriental que consagre con su voto el aniquilamiento del Oriente.

La oposición a ese plan ferrocarrilero, no debéis, vosotros representantes Nacionales, interpretarla como animosidad prevenida, sino como la expresión desesperada del que teniendo derecho a la vida, se ve condenado a morir de asfixia; como repulsa a una política antinacional, ó como el instinto de conservación; pero jamás como pretensión lugareña infundada.

Juzgamos con evidente convicción, como lo han juzgado los grandes estadistas bolivianos y extranjeros, que el único ferrocarril verdaderamente nacional, por sus ventajas económicas, es el que arranque del río Paraguay o del Pilcomayo, pase por Santa Cruz y remate en Cochabamba o Sucre, desde donde pueden extenderse los ramales que se quieran.

Unir el Oriente con el Occidente, salir al Atlántico, para contrarrestar la influencia del Pacífico, hoy en manos de Chile; salir así del ominoso tutelaje, de esa nación absorcionista, esa es evidentemente la política nacional, racional y unificadora, que sin ser estadista, vemos que el sentido común proclama a voces.

Un inteligente joven paceño malogrado por desgracia, el señor Pedro Kraner B., en su interesante obra “La industria en Bolivia”, ha dejado escrito lo siguiente: “La situación geográfica, y la política incierta de los reyes de España, durante el coloniaje, y de nuestros hombres durante la república, nos han alejado de los océanos, pero la naturaleza eterna compensadora de las ventajas y desventajas, ha puesto a nuestra disposición esos grandes caminos fluviales que nos abren paso hacia el Atlántico. Aprovechemos”.

En otra parte dice:

“Basta ver el mapa, para comprender cuales son las grandes vías nacionales, basta fijarse en los ríos, que unos por el Sud y otros por el Norte, marchan al Atlántico, basta examinar las distancias de las zonas y ciudades principales a los distintos puntos del Pacífico, y unir a estas observaciones la necesidad de unir nuestro territorio con los estados brasileños y argentinos, con el Perú, Chile y Paraguay, poniendo en comunicación los extremos de nuestro territorio con las regiones pobladas, para defendernos de esa segregación constante, que si no se previene puede reducirnos a los flancos del gran promontorio andino”.

Si Kramer hubiera sobrevivido dos años más, habría visto cumplirse parte de su previsiones con la segregación del Acre.

Cierto es que la segregación de ese rico territorio, se debe al factor social primitivo, que lo colonizó, el elemento brasileño predominante en casi la totalidad de sus habitantes, la diversidad de origen y de idioma, jamás pudo permitir que se amalgamaran y hermanaran con el elemento boliviano; para nacionalizarse.

Ese factor extraño influye tan decisivamente en la constitución de las nacionalidades, que el litoral boliviano del Pacífico, poblado en su mayoría por elementos chilenos, no pudo permanecer bajo la bandera boliviana.

Con las segregaciones de Cobija y el Acre, Bolivia bajo el punto de vista etnográfico, ha quedado purificada y reducida a sus factores afines; pero geográficamente, ha quedado encerrada entre su breñas y selvas.

De esta situación apremiante y desesperada, es de donde ha surgido la cuestión de abrirse paso a los mercados extranjeros y poner a Bolivia en contacto con el viejo mundo como condición esencial para definir su existencia de nación autónoma.

A propósito de este asunto de vital y trascendental importancia, es que ha nacido la diversidad de opiniones respecto al rumbo, que se debe dar a la vialidad ferroviaria que se pretende establecer.

Pero en realidad son dos solamente las opiniones encontradas: la de los pueblos occidentales de la región andina, partidarios de la construcción de líneas férreas como apéndices de las líneas extranjeras de Antofagasta y Puno; y la de los pueblos del Oriente y Noroeste de Bolivia, que gravitan hacia las hoyas platense y amazónica, como partidarios de la vía férrea que remate en los ríos Paraguay o Pilcomayo, afluente de aquel, porque esta vía será siempre libre de todo tutela extranjero. Advertimos sí que al decir pueblos, tomamos la palabra en el sentido de la mayoría numérica, puesto que en el interior hay cabezas pensantes decididas por la conveniencia del ferrocarril oriental.

Como del plan ferrocarrilero que adopte el Gobierno y las Cámaras Legislativas, pende el porvenir económico y político de Bolivia, con todas sus trascendentales emergencias, prósperas o atrasadas, es que nos permitimos condensar en este manifiesto, las ventajas que aportaría el ferrocarril de Oriente a Occidente, en lugar del plan inverso que germina en los pueblos del interior.

(En esta parte del Memorándum se hace una demostración numérica que fundamenta: I) las ventajas económicas del ferrocarril, II) Los productos que ofrece el Oriente como la región más rica de Bolivia. III) Mercados, Inmigración, Colonización; IV) Ventajas políticas del ferrocarril y V) Conclusión).

V) CONCLUSIÓN

Creemos que ya se ha demostrado suficientemente la importancia del ferrocarril oriental. Lo demás es cansar a nuestros lectores.

No son los departamentos del Beni y Santa Cruz los únicos que constituyen el Oriente boliviano, también forman parte de él los de Chuquisaca y Tarija. Si los departamentos de esos departamentos no han colaborado a los nuestros, serán responsables de sus actos ante la posteridad, como deben serlo también todos los que apoyen la construcción de ferrocarriles en el Occidente.

No hacemos una amenaza subversiva, muy lejos estamos de agregar más desgracias a nuestra desgraciada República. Los hechos se encargarán de comprobar nuestras afirmaciones, cuando el mal no tenga remedio. Cuando Bolivia agonice víctima de la política absorcionista de Chile y aún del Perú. No será suficiente la vida de unos cuantos egoístas, para pagar las miserias y desventuras de nuestra pobre patria. No lo deseamos, pero tenemos y prevemos que pueden cumplirse nuestros vaticinios.

No pedimos a nuestros compatriotas que nos traigan el progreso, como ha dicho un escritor sin sentido común. Tal vez ellos necesitan más de ese progreso que nosotros; el progreso vendrá paulatinamente, nosotros lo obtendremos con nuestros esfuerzos.

Pedimos ferrocarril, porque tenemos derecho a pedirlo, no para beneficio del Oriente, sino para el bienestar general de la República; porque nuestra conciencia y buena fe nos obliga a demostrar la verdad, descorriendo el velo provincialista que cubre los ojos de nuestros compatriotas del Occidente.

Santa Cruz, septiembre de 1904.


Redactores del Memorándum de 1904

Dr. Placido Molina Mostajo (1875-1970) Historiador, Poeta y Magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Dr. Angel Sandóval Peña (1871-1941) Jurisconsulto, escritor y explorador del Oriente. Fundó Roboré, Parlamentario, Munícipe, Prefecto y Presidente de la Corte Suprema.

Prof. José Benjamin Burela (1867-1937) Geógrafo, Botánico, Naturista y Escritor.