Mitos, fábulas y leyendas del antiguo México

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MITOS, FÁBULAS Y LEYENDAS

 DEL ANTIGUO MÉXICO






ANTONIO DOMÍNGUEZ HIDALGO

UNA REINTERPRETACIÓN SEMIÓTICA


Primera Edición 1993.


 No podemos conformarnos con una lectura pasiva, una lectura de primer grado. Tenemos que enfrentarnos al mito viéndolo como lo que realmente es en el contexto prehispánico: Un discurso comprometido y un corpus de símbolos a menudo polisémico.


 Inserta dentro del laberinto de la ideología, la historia indígena se dejará descubrir, de una manera privilegiada, a través de imágenes, a través de una red semiótica elaborada que expresa ante todo las convicciones profundas del pueblo azteca.


 Habrá que intentar entender su significación. Empero, si la simbología se da igualmente arbitraria, si las imágenes, los signos, los ciclos y las fechas tienen ante todo una vocación ideológica, habrá que sacar las consecuencias de esta situación.

 Christian Duverger
L'origine des aztéques.

 París, 1983.

LOS CUATRO SOLES


 Has de saber espejito mío; mi aguilita, mi colibrí, mi reverendo plumaje, mi bello jade, mi ramillete de flores, tú, la sementera de nuestros ayeres, que muchísimo antes de la existencia del Universo; las galaxias, las estrellas, el mundo o este lugar, donde hoy vivimos y miramos tantos seres y cosas: México, (meztli: luna; xico (shico): ombligo), el ombligo del lago en forma de luna, nada se veía. Ni el tiempo aún se inventaba.
 Únicamente había un vacío total, un espacio de espacios sin fin, en el que sólo una potencia imperceptible; un poder silencioso, informe, hacía flotar su eternidad, como aguardando...


Era el TEOTL:
la energía creadora,
IPALNEMOHUANI,

Aquello por lo cual todos existimos:

 Durante incalculables milenios el TEOTL, IPALNEMOHUANI, se encontró solo, desnudo de apariencias, emanando extraños vapores y gases, hasta que sin saber cuándo, explotó aterrante, como despidiendo rayos de fuego hacia el cosmos, irradiando luces; chispeando por doquiera; centellante, eléctrica y magnética, cual gigantesca culebra enfurecida. Nadie pudo notarlo ni percatarse de ello, porque nadie ni nada había aún, sólo Él-Ella, el Teotl Ipalnemohuani, la energía creadora por la cual vivimos, generándose a sí mismo.
 Entonces, como aislado el Teotl, Ipalnemohuani, no podía lograr algo, decidió, provocando una gran guerra cósmica de subsistencia, por su propia voluntad florida, desdoblarse para poder ser verdaderamente creador, puesto que así, siendo solamente energía contenida e inmóvil, única, nada conseguiría.
 Así que se autogeneró un cuate (coatl: culebra) dotado de la suprema inteligencia para organizar lo que se estaba creando; un gemelo irradiante, un coatli precioso que con sus rayos de energía cósmica, forjara el penacho de la creación.

Y transformándose en un doble ser... bipartiéndose... y creándose a sí mismo, se autodenominó

OMETECUHTLI:
El Señor-Señora de la dualidad:

OME (dos) TECUHTLI (Señor-señora del Teotl)

 Y por obra de milenios y milenios fue recreándose en millones de galaxias; de creatividad estuvo hecha su esencia y de transformaciones incesantes su presencia múltiple y diversa.
 Y allí estuvo, como desde siempre ha estado; en el ombligo, XICO, del infinito; extendiéndose a todas las regiones del universo; flotante en los espacios sin límites, inmortal y eterno; incesantemente activo en sus latidos energéticos, como una grande equis irradiadora de fuego y movimiento.
 De repente, por obra de su inteligencia organizadora, su doble, a la que llamó OMECIHUATL (cihua: mujer): la señora de la dualidad, quiso darle utilidad al fuego que los adornaba rodeándolos y lo nombraron: El fecundador de la vida.
 Con esto, OMETECUHTLI y OMECIHUATL, la dualidad creadora, comenzaron a diseñar y distribuir trece espacios gigantescos, superpuestos en combinaciones asombrosas, como si fueran trece cielos inmensos formando un caracol sin fin en perpetuo movimiento ascendente.
Y cuentan que los dos primeros espacios fueron destinados a ser su morada y se decidió denominarles
 OMEYOCAN: El lugar de las dualidades.
 A continuación, OMETECUHTLI hizo un espacio rojo para que allí fuera el recinto de la energía roja: El fuego, la más antigua de las energías, el más viejo de los elementos existentes en el universo: el abuelo

HUEHUETEOTL (huehue: abuelo).
Este espacio se encontraba lleno de impresionantes rayos luminosos y su luz lo abarcaba todo.

 Luego fue forjado un espacio amarillo para que allí resplandeciera con el tiempo nuestra madre-padre irradiadora,

TONATIUH,

el Sol, que nutriría fecundamente a la tierra.
 Así TONATIUH, se constituyó en la más enorme manifestación visible del Teotl, la energía creadora, Ipalnemohuani.
 Debajo del espacio amarillo se delineó un espacio blanco para colocar al cuate precioso, estrella de la tarde que hoy conocemos como Venus.
 Como estos espacios que parecían cielos encimados, sobrepuestos, intercalados, distantes y simultáneos debían quedar muy alejados de la vista de los futuros hombres por crear, las dualidades decidieron que los espacios inmediatos estuvieran cubiertos con misterios impenetrables, envueltos en muchas relativas dimensiones.
 De esta manera se hizo el espacio para las tempestades, donde el frío imperaba y el granizo todo lo destruía. Era el cielo de la luna creciendo. Ahí reinaba lo inerte y la destrucción. Ocultos en este espacio, los espacios superiores quedaron muy lejos para la futura humanidad.
 Luego Ometecuhtli y Omecíhuatl crearon el espacio azul, que es como el cielo de los días despejados, y debajo de éste, el espacio de la noche.
 Prosiguieron con su creación y por la potencia del Teotl, Ipalnemohuani, modelaron el espacio de los cometas, el espacio del atardecer, el espacio donde se ve el sol, el espacio de las estrellas y de la lluvia, y al final, el más cercano a la tierra, el espacio de la atmósfera y las nubes, donde se veía también la luna al ir decreciendo, como si la destazaran.
 Terminada la creación de los trece espacios parecidos a cielos, diversas dimensiones de la realidad, la energía creadora, Teotl, Ipalnemohuani, fue generando la tierra, con sus montañas, selvas, bosques, ríos, lagos y al norte de ella, el lugar donde se acaba la creación:

MÍCTLAN,
el Sitio de la nada, el vacío sin vida, el espacio de los descarnados que ninguna creación para el perfeccionamiento de la humanidad dejan.

 Por eso, más tarde decían nuestros antiguos abuelos de Anáhuac, había que aspirar a elevarse creadoramente hacia el oriente, para no morir en la nada; tal cual lo había decretado, ordenado en concierto de armonías y contradicciones, Ometecuhtli-Omecihuatl, el Señor-Señora de la dualidad creadora.
 A través de la férrea voluntad se ascendería al Teotl-Ometeotl. Ese era el reto: La guerra interior que ha de impulsarnos a florecer en ciencia, en arte, en sabiduría.
 Los futuros hombres debían nacer para ser guerreros de la floración perfeccionante del cosmos. Guerreros de la voluntad creativa. Por ello iban a ser MACEHUALES, los elegidos del Teotl.
 Así el Teotl-Ipalnemohuani, aquello por lo cual vivimos, persistió constantemente en toda la creación.
 Tan sólo faltaba dotar a lo creado con el movimiento infinito llamado vida:

TONACAYOTL
Nuestra madrecita carnidad.

 De este modo, Teotl-Ipalnemohuani, convertido en Ometecuhtli y Omecihuatl se propuso entonces acercarse más; juntarse más, como los dedos de la mano, para transformarse en la primera pareja dadora de vida:

TONACATECUHTLI y TONACACIHUATL,

Nuestro señor señora de nuestra carnidad.
Y por obra de este estar cerca-juntos:

TLOQUE NAHUAQUE,

la Dualidad cuatriplicada, hizo nacer cuatro poderes, cuatro potencias unificadas:
 TEZCATLIPOCA OSCURO (Tezcal: espejo; popoca: ahumeante; la memoria, el recuerdo).
 TEZCATLIPOCA ROJO (la conciencia).
 QUETZALCOATL (quetzal: ave de bello plumaje; coatl: serpiente: la fuerza creadora).
 HUITZILOPOCHTLI (huitzil: colibrí; opochtli: mirando al sol a la izquierda: sur. La fuerza de seguir, la voluntad).

 Estos poderes eran como hijos portadores de la energía creadora del Teotl y así permanecieron durante muchos siglos, como en reposo, cual meditando en lo que habrían de hacer, en Tloque-Nahuaque (Juntos y cercanos como los dedos de la mano para hacer algo).
 Un día sus voluntades decidieron al fin, reavivar el Huehueteotl, abuelo fuego y llevarlo a toda la tierra. Para eso, produjeron un medio sol que la calentara, aunque poco pudiera alumbrarla, como cuando amanece o cuando atardece.
 También hicieron que la energía activara los espacios y las aguas, y de éstas, saliera la tierra, como si hubiera sido un gran pez-lagarto,

CIPACTLI

que por obra de maravilla se transformara en las superficies de nuestro planeta y saliera a la luz por vez primera.
 Al término de todo ello, crearon a un hombre y una mujer: CIPACTONAL y OXOMOCO.
 A CIPACTONAL le dieron la misión de cultivar la tierra para engrandecerla y embellecerla.
 A OXOMOCO le encomendaron las labores de hilar y tejer.
 CIPACTONAL daría con su trabajo el alimento y OXOMOCO, el abrigo.
 Las energías que producían el agua se les llamó:

TLALOCTLI,

la bebida para la tierra, y

CHALCHIUHTLICUE,

la falda de esmeraldas que son sus lagos, lagunas y mares.
 TLALOCTLI era la energía que producía el agua de la lluvia y CHALCHIUHTLICUE, la que la extendía por la tierra como si fuera un vestido de esmeraldas, una falda de azules piedras preciosas. Ambas eran líquidas formas del propio y único Teotl, como todo lo que existe.
 Y ya con esto, de la primera pareja humana nació una descendencia que pobló la tierra. Su misión era la de ser creativos como el Teotl. Habían sido elegidos para ello. Esa era la voluntad cósmica. Así tendría que ser, porque si no...
 Entonces las fuerzas energéticas de los cuatro poderes, hijos del Teotl, comenzaron a tener fricciones y choques entre ellas para que los humanos pudieran ser creadores.
 Como el medio sol alumbraba poco y había sido creado por QUETZALCOATL, quisieron hacer uno entero.
 Después de meditarlo en conjunto, en TLOQUE NAHUAQUE, juntos y cercanos como los dedos de la mano para el perfeccionamiento del universo, TEZCATLIPOCA OSCURO, se integró al medio sol creador y se produjo uno enorme y luminoso.
 Era el primer sol que alegraba y fecundaba la vida de la humanidad. Era la primera edad florida de los hombres. Era el sol de agua, nuestra madre-padre irradiante de agua:

ATONATIUH.

 Pero he aquí que los humanos principiaron a portarse de otra manera a lo designado.
 Se llenaban de envidia por los bienes ajenos. En lugar de dedicarse a ser creativos como el TEOTL y a cumplir la misión para la que habían sido encomendados, se ocupaban en rivalidades y ofensas. No les importaba perfeccionarse. Hasta parecía que habían olvidado su deber para con sus creadores.
 Entonces los cuatro hijos de la energía creadora, el Teotl, Ipalnemohuani, decidieron castigarlos e hicieron que CHALCHIUHTLICUE se transformara en una hermosísima doncella y la enviaron a la tierra de los ingratos hombres.
 Aquella encarnación de la energía en forma de mujer lucía en su cabeza un hermoso penacho de plumas verdes y azules; unos aretes de turquesas brillantísimas pendían de sus orejas y un collar luminoso de pedrerías preciosas colgaba de su cuello y se extendía por su pecho como un radiante escudo (chimalli). Vestía un huipil azul y un faldón bordado de plumas del mismo color.
 Sin embargo, entre todos los atributos que embellecían a este ser encantador, su mirada impregnada de un terrible brillo, presagiaba el cumplimiento de órdenes aterradoras:
 -Como los hombres sólo se dedican a emborracharse y a ser esclavos de sus sentidos cual animales que han olvidado su misión creativa, vas a inundar la tierra y ahogar a todos los que se han desviado del Teotl. Había dicho la inteligencia creadora de Ipalnemohuani, aquello por lo cual todos existimos.
 Sólo ha de salvarse, continuó con sus órdenes, una pareja que se haya distinguido por haber superado la animalidad inferior y se haya elevado con hechos creativos a su propio mejoramiento, que es el mejoramiento de la creación.
 Así CHALCHIUHTLICUE, terriblemente hermosa, llegó hasta la casa donde vivía un matrimonio creativo y trabajador. La mujer realizaba preciosos bordados en mantas de coloridos impresionantes y su esposo había inventado una técnica para que el maíz fuera más abundante.
 Cuando ellos la vieron, quedaron deslumbrados y únicamente acertaron a escuchar lo que con dulce voz les decía:
 -Creadores humanos que continúan la labor del Teotl, vengo a decirles que dentro de unos momentos va a desencadenarse un diluvio tan gigantesco que nadie de los hombres y las mujeres animalizados subsistirá con esa vida. Por eso, ustedes que han sabido superar la bestialidad con su trabajo creador, en beneficio de todos; ustedes que han cumplido con la unión creadora del Tloque-Nahuaque, van a salvarse.
 Busquen un AHUEHUETE, el viejo árbol de tronco hueco al borde del agua y métanse allí. No olviden llevar con ustedes a HUEHUETEOTL, el fuego abuelo, que les hará recuperar sus energías. Sálvense. Y apenas hubo dicho esto, la pareja obedeció y se preparó para protegerse del diluvio que vendría.
 Cuando los dos creadores humanos se hallaban a salvo, se inició la más espantosa tormenta de aquellos tiempos. Rayos y relámpagos infundían el pánico a los espíritus más indomables.
 Los hombres borrachos adquirieron sobriedad y corrían desesperados hacia todos lados en busca de refugios, pero el agua todo lo invadía.
 En su angustia imploraron ser peces para no morir, para no caer al Mictlan, el lugar de la muerte total, de la nada, y quedarse lejos, por siempre, del Omeyocan, la casa de la dualidad creadora, eterna.
 -Si nos hubiéramos preparado en resistir estos torrentes y hubiéramos creado algo para no ser víctimas de la furia del agua, nos salvaríamos. Decían algunos más.
 Sin embargo, todo era en vano. Convertidos en peces desaparecían de la faz de la tierra; y hasta la propia superficie terrestre se había sumergido; sólo la pareja selecta, por no haberse degradado en la inacción y haber sido creativos, como todo humano debía serlo, heredero del Teotl, permanecía viva en el tronco hueco del viejo árbol de tronco hueco al borde del agua: AHUEHUETE.
 Allí dentro, con serenidad majestuosa, el hombre y la mujer creadores aguardaban junto a Huehueteotl, el viejo Teotl, la primera energía, el abuelo fuego, que las aguas descendieran y ellos pudieran volver a poblar con verdaderos humanos a la tierra.
 Había pasado el primer ciclo de la evolución de la humanidad en su camino hacia la perfección. Había sido un sol de agua el final del mismo. Esto es, el sol de agua: ATONATIUH (atl: agua; to: nuestro; nan: madre resplandeciente).
 Y el mundo volvió a llenarse de gente; a vivir su segunda oportunidad, su segundo ciclo, tras el afán de ser creativos.
 Y todo parecía normalizarse en un principio.
 Ante los relatos de la pareja salvadora en torno a los tremendos momentos del sol de agua, sus descendientes se dedicaron a mejorar la vida existente.
 Sabían que la energía creadora así se los pedía, puesto que cuando no se cumplía tal misión, los hombres y las mujeres se quedaban como simples animales. Sus desobedientes antepasados se habían reducido a ser peces, es decir, los primitivos animales creados en el mar.
 No obstante, al paso de los siglos, la nueva gente comenzó a olvidar el sol de agua y también la misión humana dada por el Teotl:

LA CREATIVIDAD.

 Y entonces sólo se dedicaron a tener y tener hijos, como bestias, sintiéndose muy contentos de sus abundantes críos.
Y nada más se afanaban por comer y reproducirse. El trabajo creativo se iba abandonando.
No les importaba más que correr y saltar; y jugar con pelotas; y subirse a los árboles; y luchar entre ellos.
Nuevamente las fuerzas cósmicas se sintieron insatisfechas y desajustadas.
Tanta pérdida de tiempo de los hombres en juegos sin fruto, en esfuerzos sin mejoramiento de la naturaleza, en falso trabajo creador, hizo que el Teotl encarnara en un apuesto mancebo dotado de la energía de QUETZALCOATL, la creatividad.
Y así descendió a la tierra.
Su cabeza había sido adornada con un penacho de plumas verdes como las bellas plumas del ave llamada QUETZAL.
Lucía unas orejeras de turquesa que relumbraban hacia los cuatro puntos cardinales.
Un pectoral construido con blancos caracoles marinos le daba una apariencia de gran fortaleza y sobre sus espaldas flotaba un plumaje tan brillante, tan de refulgentes coloridos, que semejaba una cauda de cometa o una llamarada electrónica.
Llevaba en la mano derecha una especie de bastón blanquísimo y en la izquierda un escudo luminoso, como de plata. En fin, su vestuario era tan relumbrante y maravilloso que parecía, por el gran resplandor que despedía a sus espaldas, una serpiente emplumada, una bellísima serpiente que había superado su arrastrarse de animal sobre la tierra y se había elevado a una perfección de ave o de estrella.
-Nuevamente los hombres se han apartado del Teotl. Han olvidado su misión de continuar la labor creadora nuestra y es necesario castigarlos. Tú, Quetzalcóatl, utiliza tu energía, la energía violenta que te mueve, el viento, y destrúyelos. Sólo salva a la mejor pareja.
Cuando Quetzalcóatl puso en práctica la decisión de las fuerzas cósmicas creadoras, surgida en Tloque Nahuaque, por consejo, por solidaria reunión, seleccionó a una pareja que apartada de juegos inútiles vivía en su cabaña inventando cómo teñir mejor sus telas para que más duraran, cómo obtener de las plantas los colores apropiados y cómo hacer que fueran eternos.
Apenas aquellos compañeros lo vieron, sintieron al instante un suave y tibio viento que los envolvía y las cañas que utilizaban para mover las pinturas, despidieron una encantadora música, como CHIRIMÍAS, flautas de carrizo.
Aquel resplandeciente ser les dijo:
-Escuchen atentos la voz de los aires. Ahora son suaves y tersos, pero dentro de unas horas soplarán tan terriblemente que nada quedará en pie sobre la tierra; los hombres y las mujeres serán castigados por su desobediencia, por haberse dedicado a simples juegos, pierde tiempos sin creación, por haber olvidado la misión creadora que el Teotl les heredó.
Como no han querido perfeccionarse, como no han tenido la grandiosa voluntad de hacerlo, muchos serán convertidos en simios.
Ustedes no deben temer, puesto que han dedicado su vida a ser creadores de saber, de cultura. Yo les aviso hoy de la catástrofe que pondrá fin a este segundo ciclo de la evolución del cosmos.
Tomen el fuego del hogar, Huehueteotl, la primera energía creadora, y salgan de esta débil cabaña. Ocúltense en lo profundo de alguna cueva de las montañas próximas y no salgan para nada, hasta que el rumor huracanado de los vientos vuelva a ser tan suave, tan musical, como el que ahora escuchan.
La pareja elegida obedeció inmediatamente y se dirigió hacia el sitio de su protección. Llevaban amorosamente a HUEHUETEOTL, el fuego abuelo.
Y apenas, por los remolinos que se iniciaban, la dualidad humana creadora había desaparecido en el interior de una caverna, cuando los vientos desataron su furia huracanada. Parecía un grito horrísono y estentóreo de un gigante que se carcajeaba de los humanos estancados y que los veía huir despavoridos como insignificantes insectos, como cucarachas al impacto de la luz.
Y tan enorme se hizo aquel soplar que, remolinos, trombas y ciclones hicieron desquebrajarse los cientos de chozas donde habitaban, cual hormigas, los humanos perdidos.
Todo era movido en un vórtice espeluznante: arena, piedras, rocas, arbustos, aguas, casas, alimañas y hombres.
Ni siquiera la nieve de las altas montañas permanecía quieta; por lo contrario, en grandes aludes se extendía por la tierra y cubría todo, congelándolo.
Los humanos corrían empavorecidos, pero dando tumbos eran elevados y azotados como simples pajas. Y gritaban: ¡Piedad!
Y muchos se aferraban a los árboles que resistían el impacto de los aires huracanados. Y no se soltaban. Y lloraban. Y pedían perdón...
Entonces todos fueron convertidos en monos, como se había predispuesto.
Así acabó el segundo ciclo, el segundo sol, el sol de aire: EHECATONATIUH (ehecatl: viento).
Cuando la destrucción segunda terminó, la pareja privilegiada por ser creativa, abandonó su refugio y junto con Huehueteotl, comenzó a poblar la tierra nuevamente, como el Teotl lo había dictaminado.
En Tloque-Nahuaque se inició la tercera edad, el tercer ciclo.
De este modo, muchos siglos volvieron a transcurrir y otra vez tornó a poblarse el mundo.
Y si al principio todos los nuevos humanos parecieron dedicarse a actividades creadoras, otra vez, poco a poco, fueron conformándose con lo que hacían y se volvieron indiferentes; sólo les interesaba tener qué comer y se preocupaban por hacer hermosas huertas llenas de árboles frutales y corrales repletos de guajolotes.
Entonces, las fuerzas cósmicas, otra vez alteradas por no sentir la creatividad de los humanos, volvieron a hacer consejo y reunidos en Tloque-Nahuaque acordaron ahora enviar a la tierra, la energía del fuego para que nuevamente acabara con los ingratos y comodinos hombres ambiciosos.
-En vista de que los humanos sólo se preocupan de sí mismos y creen que su individualidad lo es todo y que cada quien vale mucho. Engreídos como se encuentran con sus posesiones de presuntuosas familias, tú, energía del fuego que te ocultas debajo de la tierra, brota de los volcanes y arrasa con esos egoístas que han perdido la esencia del Teotl y no practican el Tloque-Nahuaque, la solidaridad reflexiva y perfeccionadora, el consenso, la unidad de la pluralidad activa en creación.
Así, el fuego interior de la tierra fue personificado en un joven completamente desnudo, pero de aspecto terrible y siniestro.
Pocos adornos embellecían su desnudez. Sólo una especie de corona de amate (amatl: el papel para los recuerdos), de varios colores, cubría su cabeza y sobre de ella, un gigantesco penacho de plumas rojas y amarillas, que semejaban llamas, le daban su apariencia fantástica y hórrida.
Un escudo de plumas que brillaban como rayos y relámpagos rodeaba su cuerpo cubriéndole la espalda y la cintura.
Obedeciendo pues, al mandato, y sabiendo que dos humanos creadores, como en los soles anteriores, debían ser salvados, se presentó ante una pareja que meditaba ante Huehueteotl.
Asombrada, la dualidad creadora elegida, vio surgir de una llama azul al personaje que había encarnado el fuego interior de la tierra.
-Vengo a decirles que huyan en este preciso momento hacia una gruta de los bosques cercanos, porque el fuego interno, la lava, principiará a hervir y arrasadoramente va a brotar por los cráteres de los volcanes. Así se salvarán de esta catástrofe por haber sido creadores como el Teotl, sin olvidar la misión para la que fueron engendrados los humanos: Proseguir el perfeccionamiento del cosmos.
Y dicho esto, los compañeros creativos corrieron hacia el sitio indicado y mientras lo hacían, vieron cómo el cielo se iba poniendo de un color amarillo muy intenso y la atmósfera se llenaba de un olor irrespirable. Sintieron mucho miedo y se metieron hasta el fondo de aquella gruta. Consigo llevaban a Huehueteotl y parecía que él los conducía hasta el lugar seguro del escondite señalado.
Allí permanecieron meditando muchas horas y no pudieron ver lo que afuera sucedía.
La tierra temblaba furiosamente y se convertía en miles de grietas por donde caían los hombres y las mujeres que aterrados intentaban huir. Un inmenso estrépito brotaba de los adentros de los volcanes y una lluvia de fuego y ceniza descendía por doquiera, incendiando bosques, chozas y animales.
De los cráteres colosales emergían violentos y centellantes ríos de lava. Miles de pedernales encendidos, incandescentes, caían sobre la superficie. A su paso todo se iba sembrando de muerte y destrucción.
Ante tantos gases, humos, cenizas y arenas de fuego, los hombres egoístas se arrepentían de su afán individualista.
-Si nos hubiéramos unido para crear un modo de dominar a esta terrible energía, nada nos hubiera pasado. Ojalá que fuéramos pájaros para volar más arriba de todo esto. Gritaban desesperados.
Y entonces la energía creadora les concedió la transformación y se volvieron zopilotes, gallinazos negros y chamuscados, que al término de la catástrofe sólo volaban hambrientos en los cielos calcinados haciendo círculos. Abajo, desolada, se veía la tierra roja, tan roja como impregnada de sangre y fuego.
Cuando se enfrió, todo se hizo un enorme pedregal donde brotaba el TEZONTLE.
Y aquello que había sido hermosa ostentación de la vanidad humana, bellas casas rodeadas de frondosos jardines y huertos, quedó convertido en un desierto de piedras negruzcas, como un cementerio de vanidades.
Cuando la calma volvió y se apaciguó la energía, el hombre y la mujer elegidos salieron de la gruta donde se habían resguardado, y llevando a Huehueteotl, como su escudo protector, CHIMALMA, con ellos, recomenzaron la labor creadora de los humanos. La edad del sol de fuego, TLETONATIUH, había concluido.
La humanidad pasó así, al cuarto sol, la cuarta edad de sus oportunidades para ser como el Teotl, creadora y amorosa sin predilecciones. Todo debía perfeccionarse o se iría al MÍCTLAN.
Prometieron no cometer los mismos errores, como siempre, aunque al avanzar las generaciones también eso se fue olvidando por algunos.
Muchos se perfeccionaron hasta convertirse en TOLTECAS, es decir: Seres civilizados y cultos que veneraban con acción creadora al Teotl, Ipalnemohuani, aquello por lo cual todos existimos: La energía cósmica.
Sin embargo, otros se fueron tornando en seres malvados que abusaban de lo que los TOLTECAS creaban y los robaban, los asaltaban y los mataban; eran hombres salvajes y degradados. Les decían CHICHIMECAS (chichi: tetas; mecatl: lazo) pues sólo vivían salvajemente en cuevas, atados a sus instintos de simples bestias, y desde allí atacaban a los hombres creadores, como perros.
Entonces las fuerzas del Teotl se enfurecieron y tramaron castigar a los malvados. No querían que los Toltecas padecieran.
Llamaron entonces a CHICOMECOATL (chicome: siete), la siete veces magnífica serpiente, la artífice dotada de excelencias creativas, la que hace que la tierra florezca y dé frutos; la energía creadora de bellas milpas, la tierra fértil; pero también, si ella así lo quería, de la esterilidad y el hambre.
-Hemos decidido castigar a los hombres malos y dejar que sobrevivan los justos. Tú, Chicomecóatl, cumplirás esta misión.
Y Chicomecóatl, vistiéndose de bermellón desde la cabeza hasta los pies, adornada con aretes de verde jade y un collar de mazorcas de plata, quedó transformada en una hermosa joven.
Así bajó del espacio séptimo donde habitaba como energía y se dispuso a cumplir los mandatos.
Los toltecas habían construido espléndidas ciudades y de ellas se destacaba TOLLAN, lugar de abundancia y de riqueza espiritual.
Ellos habían heredado la misión del Teotl y la cumplían cabalmente, pues la ciudad madre-padre de Tollan, donde la energía creadora brotaba inspirándolos a todos para inventar las ciencias y las artes, aún lucía sus esplendores: TEOTIHUACAN TOLLAN.
Por eso eran TEOTIHUI (tihui: seguir adelante), LOS SEGUIDORES DE LA ENERGÍA CREADORA, TEOTIHUA, teotihuacanos. Y hasta allí, de muchas partes iban para intentar convertirse como ellos, en teotihui; algo así como buscadores de la sabiduría; como creadores cual el Teotl; como un lugar donde los seres humanos podían transformarse en manifestaciones de él: creativos, plenos de voluntad y de conciencia solidaria.
Sin embargo, las pasiones humanas que los dominados por la animalidad desataban, poco a poco fue destruyendo la unidad proclamada por el Tloque-Nahuaque, como ley para el perfeccionamiento de hombres y mujeres.
Los CHICHIMECAS indomables no respetaban a nadie y se dejaban conducir por sus impulsos biológicos. Se emborrachaban en las esquinas; ostentaban su fuerza de destrucción estúpida, más que en la creación enaltecedora. Nada les importaba de la misión humana sobre la tierra. Despreciaban la cultura y se sometían a sus instintos. Eran aún peor que los animales. Eran subhumanos. Se creían la propia ley.
Entonces fue cuando Chicomecoatl comenzó a castigar a la humanidad que habitaba en esa cuarta época haciendo que la tierra se volviera reseca, estéril, sin fruto.
Pronto se marchitaron sus campos. Las milpas y las sementeras se secaron. La humedad de la tierra desapareció. El viento soplaba candente y la lluvia no aparecía. Aquellos lugares de abundancia, antes llenos de tules, bejucos, arbustos, riachuelos, huertos, plantas, aves, palacios, se fueron convirtiendo en arenas que de tanta resequedad se agrietaban.
Y toltecas y chichimecas se desesperaban y se mataban por un poco de agua, por un algo de maíz.
La espléndida Teotihuacan-Tollan poco a poco iba siendo abandonada y la desolación se paseaba agrietando todos aquellos magníficos recintos.
Sus habitantes huían hambrientos y llenos de sed hacia las montañas en busca de otros lugares donde sobrevivir.
Los preciosos murales que adornaban las casas destinadas a la meditación creadora, los TEOCALLIS (calli: casa), las casas del Teotl, se iban cubriendo de polvo y se resquebrajaban.
Y los teotihui-toltecas se preguntaban el porqué de aquella destrucción.
¿Acaso no habían cumplido con los mandatos del Teotl?
¿No habían hecho bien la misión creadora encomendada?
¿No era Teotihuacan Tollan un maravilloso muestrario de lo que los hombres podían hacer?
Allí se habían levantado enormes construcciones para señalar cómo los errores animales de los seres humanos podían ser superados en una dura lucha de voluntad donde venciera la inteligencia creadora de Quetzalcóatl.
No obstante, Teotihuacan Tollan se hundía en el desierto y era abandonada. Ahora sólo parecía una fantasmal ciudad.
Cuando Chicomecoatl vio tanta mortandad, se estremeció y pensando que se le había pasado la mano, pues el castigo no era para destruir a todos los humanos, sino sólo a los que no se habían librado de la animalidad, se transformó de inmediato en CHALCHIUCIHUATL (chalchihui: esmeralda, jade), es decir, la fertilidad; luego en XOCHIQUETZAL (xochitl: flor), esto es, la energía creadora de flores y por último en CENTEOTL, el maíz; pero ya era demasiado tarde. El sol de tierra, la edad de la sequía destructora, TLALTONATIUH (tlalli: tierra) se había cumplido.

 

EL QUINTO SOL

Cuando la energía creadora, aquella por la cual vivimos, TEOTL, IPALNEMOHUANI, y todas sus manifestaciones, el fuego, el aire, el agua, la tierra, los minerales, los vegetales y los animales se dieron cuenta de la destrucción en la que CHICOMECOATL había tomado parte con sus sequías, con su esterilidad, con su hambruna que acabó con los seres humanos imperfectos del cuarto sol, se sintieron apesadumbrados y decidieron repoblar la tierra para que ahora sí, surgieran seres mejores que lucharan por lograr la perfección humana.
Entonces se reunieron en consejo y fusionados, como los dedos de la mano, en TLOQUE NAHUAQUE, planificando una nueva creación, dijeron:
-Es necesario reconstruirlo todo. Hacer un nuevo sol y una luna, porque ya ven que el mundo se encuentra unido otra vez en las más profundas tinieblas.
Como en los principios del principio ni anochece ni amanece y debemos dar luz a una nueva creación. Para eso requerimos el esfuerzo, la voluntad creadora de algunos de nosotros. Sólo así encenderemos esas dos luminarias que regirán la vida de los nuevos hombres, pues, hundidos en la animalidad, los pocos sobrevivientes que pueblan la tierra, escondidos como sabandijas, como gusanos, como ajolotes, como culebras sin plumas, yacen abandonados a la esclavitud de las oscuridades. Sólo sus sentidos los guían y no les permiten salir más allá de la bestialidad.
Démosles la luz para que ya no vivan como animales perdidos en la negrura de la ignorancia. La noche oscura debe terminar para ellos.
Así podrán ver claramente las maneras para perfeccionarse y tendrán memoria de lo que harán; e inteligencia creadora; y una voluntad inquebrantable para vencer en la lucha por ser como el TEOTL. GUERRA FLORIDA, GUERRA LUMINOSA, siempre INCESANTE CREACION, MOVIMIENTO PERPETUO:
¿Quién quiere convertirse en el quinto sol?
¿Quién quiere iluminar al mundo?
Entonces las fuerzas creadoras meditaron profundamente y por obra y gracia de la ley natural, una de ella, TECUCIZTECATL, dotada de la energía de TEZCATLIPOCA, el espejo ahumeante de la memoria, interrogó:
-¿Qué debo hacer para convertirme en sol? Yo estoy dispuesto a hacerlo.
-Vas a tener que arrojarte a las llamas de HUEHUETEOTL, el fuego viejo, para que OMETECUHTLI te transforme en sol.
Cuando TECUCIZTECATL escuchó aquella declaración, acepto sin decir nada más.
Luego las demás energías creadoras preguntaron:
-¿Y quién quiere ser la luna?
Pero nadie respondió. Todos se quedaron meditando y de pronto señalaron a NANAHUATZIN, el nopal que está lleno de tunas, tantas que se veía granujiento, lleno como de llagas o bubas.
-Tú, NANAHUATZIN, el que se ve pobre de flores, serás la luna. Te convertiremos para que nos alumbres.
NANAHUATZIN sonrió y humildemente y sin protestar, accedió a ser lo que el TEOTL, IPALNEMOHUANI, en TLOQUE NAHUAQUE le destinaba.
Enseguida, tanto TECUCIZTECATL como NANAHUATZIN iniciaron su preparación para la ceremonia de su transformarse.
Primero hicieron penitencia durante cuatro días: no hablaban ni se movían. Su meditación era profundísima.
Después encendieron fuego en el hogar de HUEHUETEOTL y comenzaron a rendirle homenaje.
Se desprendían de lo mejor de ellos y se lo entregaban al abuelo de la creación
TECUCIZTECATL le ofrecía plumas bellísimas, pelotas luminosas como estrellas, espinas de coral rojo como la sangre y aroma de copal.
NANAHUATZIN homenajeaba a HUEHUETEOTL dándole cañas tan verdes como el jade, atadas de tres en tres hasta llegar a nueve en total; también unas bolas de heno y espinas de sí mismo tan grandes como la del maguey; por último, en lugar de copal, las tunas que le brotaban.
Después de estos ofrecimientos, descendieron de sus espacios celestes y fueron a colocarse en la cumbre de las dos pirámides de TEOTIHUACAN, donde hicieron nuevamente penitencia durante cuatro noches.
Terminado esto, regresaron a continuar los oficios necesarios para su cambio en astros, allá, en el espacio trece donde OMETECUHTLI y OMECIHUATL, la dualidad creadora, TEOTL aquello por lo cual existimos IPALNEMOHUANI, aguardaba despidiendo chispas de energía.
Y todos volvieron a reunirse en donde había quedado la hoguera destinada para la transformación astral, pues esta debía comenzar a la media noche.
TECUCIZTECATL fue adornado con un espléndido plumaje y una capa de lienzo plateado. Parecía un espejo y TEZCATLIPOCA lo miraba satisfecho y sonriente, como un padre que ve orgulloso a su hijo y destacar en algo.
A NANAHUATZIN lo vistieron con amate, el papel pregonero, pues con él se hacían los códices donde se dibujaba y se pintaba la vida de los pueblos. QUETZALCOATL lo veía con gran cariño, pues a pesar de la aridez donde había nacido, sus granos rojos, sus tunas, demostraban su fuerza creadora.
Llegada la media noche, en TLOQUE NAHUAQUE, todos se pusieron alrededor del fuego que ya había ardido durante cuatro días.
Los TEZCATLIPOCAS, el rojo y el moreno, con sus múltiples manifestaciones se pusieron del lado norte y QUETZALCOATL con HUITZILOPOCHTLI del lado sur, de tal modo que unos estaban a la derecha del hogar y los otros a la izquierda.
En medio de ellos, frente a frente, siendo centro el fuego, OMBLIGO, se sentaron TECUCIZTECATL y NANAHUATZIN.
Entonces los creadores hablaron y dijeron:
-¿Ea, tú, TECUCIZTECATL, entra en el fuego!
De inmediato se movió para echarse en él, pero al verlo tan grande y encendido, al sentir el calor de aquellos cientos de brazos ardientes, tuvo miedo y se arrepintió. No osó lanzarse.
-¡Anda, TECUCIZTECATL! ¡Nada temas! ¿Por qué te acobardas? ¡Arrójate! le gritaron las fuerzas del TEOTL, el poder total.
Y otra vez intentó echarse en la hoguera muy forzadamente, mas llegando a ella, tornó a detenerse.
Cuatro veces probó, pero no se decidió a hacerlo.
Y como se había acordado previamente en TLOQUE NAHUAQUE, que no se aceptara a aquél que sobrepasara cuatro intentos, TECUCIZTECATL perdió la oportunidad y algo irritados, los creadores hablaron desconfiadamente a NANAHUATZIN.
Creían que por ser más pequeño, más humilde y sencillo, menos se atrevería:
-¡Prueba tú, NANAHUATZIN!
Y en diciendo esto, sin pensar más ni detenerse un solo segundo, arremetió y se echó al fuego.
Luego luego comenzó a rechinar, y a resplandecer entre las flamas, como quien se asa.
Cuando TECUCIZTECATL vio que se había lanzado en el fuego y ardía, algo avergonzado ante la mirada furiosa de TEZCATLIPOCA que no ocultaba su disgusto, arremetió y echóse en la hoguera también.
En ese instante acertó a pasar por allí un águila que veloz penetró imprudentemente en la hoguera y aunque alcanzó a salir, su plumaje se quemó y quedó ahumado.
Por eso desde entonces las águilas tienen las plumas hoscas y ennegrecidas.
Y todo porque la venía persiguiendo un jaguar que deseaba no verla volar más.
El jaguar también cayó en la hoguera y luego de un espantoso rugido, salió huyendo.
Por eso también, desde entonces, su cuerpo quedó manchado de negro y amarillo.
Y el jaguar le tuvo miedo al fuego y decidió sólo andar de noche, arrastrándose casi en la tierra, al acecho de víctimas que destruir.
En cambio el águila se aligeró más y pudo volar más alto, tanto como el futuro sol que se formaría.
Desde entonces el jaguar significó lo puramente animal que invade a los seres humanos y el águila la evolución de la mente creadora, como el TEOTL, como el sol, como su manifestación en QUETZALCOATL.
Después que TECUCIZTECATL y NANAHUATZIN se hubieron arrojando en el fuego, y que se habían quemado, los creadores se sentaron a esperar a que NANAHUATZIN, por haber sido el primero en arrojarse al hogar, saliera convertido en sol, en tanto que TECUCIZTECATL, se hubiera transformado en la luna.
Así estuvieron sentados aguardando en reposo, como meditando, un gran rato de siglos hasta que el cielo comenzó a ponerse de un color ladrillo tan intenso que parecía volverse llamaradas y en todas partes se esparció la luz de la aurora.
Al fin la eterna luz blanquizca y grisácea del alba eterna alteraba su color.
Los creadores, en TLOQUE NAHUAQUE juntos todos cercanos y unidos quedaron en expectación para contemplar la salida del sol, TONATIUH, nuestro padre-madre irradiante, pero como no sabían con precisión por donde habría de emerger, miraban a todas partes; unos al norte y otros al sur; algunos al poniente.
Sólo QUETZALCOATL, el de los plumajes preciosos de la inteligencia creadora y el viento, la Vía Láctea, el amor y sus placeres y el TEOTL omnipotente, nuestro señor sin cuerpo concreto, XIPETOTEC, desnudo de piel, sin forma, invisible, despojado de apariencia, miraban ansiosos hacía el oriente.
-Por ese lugar ha de aparecer como un águila luminosa el quinto sol, el nacido de NANAHUATZIN, el humilde nopal de tunas rojas, y ese será el signo de tu imperio de luz. Un nopal lleno de tunas sobre el que se posa un águila. Instante en que nacerá el ombligo del perfeccionamiento: XICO
Y en efecto, por el oriente apareció el sol tan colorado y tan brillante que nadie lo podía mirar con detenimiento. Resplandecía y echaba rayos de sí en gran manera.
Y sus efluvios cegantes se derramaron por todos los confines de la tierra y la pirámide más alta de TEOTIHUACAN parecía incendiarse.
Así se encontraban todos los creadores en deleite, cuando por esa misma parte del oriente salió la luna y se colocó al lado del sol.
Jamás había existido una aurora tan resplandeciente como aquélla.
Y los pocos sobrevivientes del cuarto sol que habitaban como animales en las cavernas, salieron sorprendidos al mirar tanta belleza. Entonces aquellos hombres se arrodillaron y levantaron sus manos hacia los dos astros adorándolos llenos de gratitud.
La pirámide menor de TEOTIHUACAN parecía bañada de plata.
Y los hombres, salidos de sus cuevas fueron maravillados hasta la antigua ciudad para bañar sus cuerpos y sus mentes con aquella celeste energía.
Y tanta era su emoción que muchos lloraban estremecidos alabando al TEOTL, la energía creadora, aquella por la cual todo eso ahora existía.
Y TOLLAN-TEOTIHUACAN renació para seguir siendo el lugar donde abundaba la energía que impulsa la creatividad de los verdaderos humanos.
Sin embargo, los creadores pensaron que no era bueno que existieran dos astros con el mismo brillo, aunque comprendían que la luna era como un espejo que simplemente reflejaba la luminosidad del sol. No obstante había que opacar su reflejo.
Entonces, uno de ellos fue corriendo y con un enorme conejo que hizo en el camino, lo arrojó a la cara de la luna y la opacó.
TEZCATLIPOCA guardó memoria de aquello con cierto malestar, pues TECUCIZTECATL, ahora convertido en luna, había sido como un hijo para él y había soñado en verlo convertido en el gran guía de los humanos.
Ahora, hecho de recuerdos solamente, como la memoria, iba a permitir el triunfo de QUETZALCOATL, la inteligencia creadora, pues NANAHUATZIN, hoy el sol, se lo había otorgado.
Así nacía la rivalidad entre la memoria y la inteligencia; entre el espejo ahumeante y la serpiente emplumada; entre TEZCATLIPOCA y QUETZALCOATL.
Pero resulta que ninguno de los dos astros se movía. Tan sólo parecían contonearse de un lado a otro en el oriente. Simplemente se balanceaban.
Y los creadores volvieron a meditar en voz alta:
-¿Cómo es esto que ni el sol ni la luna se mueven? ¡QUETZALCOATL! ¡Hazlos que se desplacen!
De inmediato QUETZALCOATL se transformó en el viento, EHECATL, y comenzó a soplar con tal fuerza que los obligo a caminar. El sol por delante y la luna detrás.
TEZCATLIPOCA, con cierta rabia, miraba el éxito de QUETZALCOATL, una serpiente que se había emplumado, la inteligencia que se había alimentado inclusive de la propia memoria del espejo ahumeante.
Entonces TEZCATLIPOCA recordó los tiempos en que los hombres eran guiados por sus sentidos animales y tuvo melancolía de ello.
En aquellas épocas los hombres habían convertido en dioses a los animales y ahora había la orden de acabar con todo ello: No existe ningún dios animal.
QUETZALCOATL influía para que eso se llevara a cabo y el sol se convirtiera en la adoración concreta del TEOTL para los humanos y como él, fueran creadores de vida y de cultura.
La diosa liebre, tan temerosa, se volvió valiente y quiso matar al sol a flechazos, pero éste, con su escudo de llamaradas, las regresó hasta la propia liebre y la hizo morir al instante.
Cuando los dioses animales vieron aquello, se aterraron y huyeron.
Uno de ellos se llamaba XÓLOTL.
-Hay que acabar con la animalidad que domina a los humanos.- Había oído decir de labios de QUETZALCOATL.
Y temeroso de ser alcanzado, se fue llorando con gran dolor a esconderse de la persecución solar que se había emprendido.
El sol y el viento lo perseguían por todos lados y el pobre XÓLOTL no encontraba dónde esconderse.
Lleno de pánico miró una milpa muy espesa y se metió por allí deseoso de hallar un refugio seguro.
Sin embargo, sus perseguidores pronto dieron con su escondite y hacia él fueron.
Tenían que vencer a los animales que habían osado erigirse en dioses adorados por los humanos, cuando la única gratitud y veneración debía ser para la sola energía creadora, TEOTL, IPALNEMOHUANI, aquél por lo cual existimos, manifestada en toda la naturaleza que rodea a la humanidad y dentro de la cual, los hombres somos un elemento, el dotado como el TEOTL, de la creatividad incesante, para contribuir a la evolución y perfeccionamiento del cosmos.
Así que violentamente penetraron las fuerzas creadoras en la milpa con el fin de castigar el atrevimiento de XÓLOTL. Este, angustiado, se estremeció de terror y en medio de su desesperación quiso transformarse en milpa, lo cual, exitosamente fue logrado.
XÓLOTL se convirtió en una doble mata de maíz y vio cómo llegaban sus castigadores. Temeroso de ser visto, ni se movía.
Los perseguidores observaban hacia todos lados, pero nada descubrían:
-Se ha de haber disfrazado de algo, pues ese XÓLOTL tiene el poder de cambiar de forma cuando lo decida. Fíjense bien.
Comentaron las fuerzas vengadoras y al ver una caña doble de maíz, exclamaron:
-¡Allí está! Qué casualidad que es la única mata doble de toda esta milpa. ¡Duro con él!
En el mismo momento que se comentaba lo descubierto, XÓLOTL se arrancó de la tierra y salió desesperadamente corriendo sobre sus dos cañas.
Llegó hasta un maguey y buscó una de las pencas para refugiarse. Su respiración era agitada, sus ojos resplandecían de terror y sus labios temblaban como queriendo llorar.
-¡Voy a transformarme en maguey!
Y cerrando la mirada, se concentro hasta lograr hacerlo. Ahora era MEXOLOTE, es decir, un maguey de dos cuerpos.
Sus perseguidores, apenas habíase transformado, llegaron apresurados en su busca, pero no lo encontraron. Así que nuevamente observaron detenidamente a su rededor y de repente señalaron al mexolote, gritando:
-¡Allí está! ¡Qué casualidad que sea el único maguey cuate de este lugar! ¡Acaben con él!
Y cuando XÓLOTL vio que ya se dirigían a matarlo, se puso a llorar con tanta desesperación que sus lágrimas parecían el aguamiel que nace de los magueyes. Tal era su dulzura.
Ya lo iban a aplastar descargándole una enorme roca, cuando en un supremo esfuerzo de concentración, el maguey se rompió en dos y de su cuerpo salió un ave, bastante grande, que aunque no podía volar ligeramente, corría a gran velocidad. Era un HUEXÓLOTL, es decir, un gran XÓLOTL, esto es un GUAJOLOTE, después conocido como pavo.
XÓLOTL escapó como pudo entre la magueyera, pasó por una barda que encerraba un corral de guajolotes y allí se confundió.
Entre tantos no me identificarán Pensó un poco más tranquilo el sufrido XÓLOTL.
No obstante, sus perseguidores se asomaron a la barda y vieron el corral repleto de guajolotes.
-Ahora sí está difícil descubrir cuál es el que estamos buscando. ¿Será aquel orgulloso que con suma vanidad se esponjó? ¿O aquél que grita creyendo que canta como un cenzontli de hermoso? ¿O esos que aunque pasara un torrente devastador ni se mueven? No es posible distinguirlo, sin embargo, ni modo. Matemos a todos y así estaremos seguros.
Terminaron de decir los castigadores e iniciaron la matanza de guajolotes.
Entonces XÓLOTL, entendiendo el riesgo en el que se encontraba, saltó a los techos de las chozas cercanas y emprendió otra vez la huída.
En esto andaba, cuando vio abierta la ventana de una cocina y por allí se metió.
Al ver que la cocinera se encontraba preparando los jitomates y el chile para hacer en el molcajete una salsa, él se convirtió en un TEXÓLOTL, es decir el tejolote, la piedra para hacer moles a una mano con variados chiles.
La cocinera asombrada vio aquella transformación y quedó como muda, hasta que los perseguidores pasaron por ahí y le preguntaron:
-¿Acaso has visto un guajolote revoloteando por aquí?
A lo que la cocinera les respondió:
-Sí, cayó sobre mi piso y se volvió tejolote.
-Pues aviéntalo por la ventana. Cógelo con cuidado.
Y la cocinera obedeció. Lo aprehendió llena de repugnancia y lo arrojó lo más lejos que pudo, con tan mala suerte y tino, que fue a caer en la cabeza de un campesino que distraídamente sembraba en su chinampa.
De inmediato aquel hombre se desmayó. Cuando despertó todo descalabrado, parecía haberse vuelto un cretino. Atolondrado, su mirada sólo reflejaba una profunda estupidez. Y reía como loco.
Los perseguidores lo vieron y le preguntaron por XÓLOTL, hecho tejolote, y el antes laborioso sembrador les contesto bobamente y con su sonrisa imbécil:
-Me lo acabo de comer.
-¡Qué XOLOPITLI es éste exclamaron molestos los perseguidores ¡Se ha tragado a XÓLOTL y por eso está así! Tenemos que matarlo para poder sacar a XÓLOTL. Solo así se le quitara lo estúpido. Hay que desanimalizarlo.
Al oír el campesino aquello, se asustó tanto que le dieron ganas inmensas de vomitar y de su boca salió un horrible animal que parecía mezcla de lagartija, rana y pez, pues no era ninguno de ellos. Era un AXÓLOTL, es decir el ajolote típico de los lagos de México.
Entonces el ajolote saltó a la acequia que rodeaba la chinampa y desapareció bajo la oscuridad de las aguas empantanadas.
Los perseguidores se sintieron derrotados por la dificultad que se les presentaba ahora.
-¿Cómo capturar así a XÓLOTL?
-Yo les ayudaré dijo el campesino que se había desanimalizado, y que ya había recuperado su conciencia humana y reflejaba en sus ojos una inteligencia y una astucia de sabio.
Los perseguidores se sintieron satisfechos de aquel hombre que captaba tan plenamente la misión de la humanidad, ayudar a la energía creadora en la destrucción de la bestialidad y en el perfeccionamiento del universo.
Un montón de ajolotes se agitaban en el lodo y de entre ellos, uno hacia esfuerzos increíbles por salir de ahí.
Los perseguidores se miraron afirmativamente y exclamaron:
-¡Es ése!
Enseguida lo capturaron y lo partieron en dos con un filoso cuchillo de obsidiana.
La sangre de la víctima fue arrojada hacía los cuatro puntos cardinales para que en todo el mundo se supiera que la animalidad había muerto para el ser humano y que por ellos se cumplía un mandato del TEOTL: habría que sacrificar nuestros impulsos animales arrancándolos también de nosotros por obra de una disciplina férrea: por un dominio de nuestros instintos: por una educación de nuestra voluntad que nos quitara simbólicamente el corazón animal que nos hace ser imperfectos. Sólo así seríamos como la inteligencia creadora, QUETZALCOATL, suprema manifestación del TEOTL, amarrados de sentimentalismos, pero llenos de solidaridad, de comprensión justa.
Y con la muerte de XÓLOTL el quinto sol pudo caminar sin contratiempos ya, seguido de la luna, para vivir eternamente en la ciudad que ahora sí les pertenecía para siempre:
TEOTIHUACAN, el lugar donde todo se vuelve energía creadora.
 
LA GUERRA CREADORA

Hace tantos, pero tantos años; tantos, que muchos de los abuelos de aquellos abuelos de nuestros abuelos y aún más allá, fueron perdiendo la memoria de todo esto que ahora voy a narrarles.
-Hubo una vez una guerra formidable.- decían- Una guerra que todavía existe, eterna, aunque no nos demos cabal cuenta de ella. Es la única guerra enaltecedora- afirmaban- que aún continúa y que parece que jamás terminará: Una guerra creadora, florida; que noche tras noche, día tras día la podemos ver en los cielos, en la tierra, en las nubes, en las estrellas, en la luna, en el sol, en todo el universo que nos rodea y en aquél que no vemos. Una perpetua guerra en expansión creativa.
Es la guerra del TEOTL, la energía creadora, que en su lucha diaria impulsa a que se perfeccione la naturaleza, pues si no hay mejores galaxias, mejores planetas, mejores vegetales, mejores animales, mejores personas, se corre el riesgo de que las especies no preparadas, perezcan, sucumban, pues al TEOTL, que avanza inflexible, sólo le importa el todo, más que el elemento.
Y como el TEOTL se encuentra de por sí, lleno de voluntad, miles y miles de chispas invisibles, como pequeñas piedritas, por obra y gracia del magnetismo eléctrico del TEOTL, como imanes, viven en una guerra constante.
Ora se unen, ora se separan; ora se extienden, ora se reducen; ora se fusionan, ora se transforman, como en un gran mecano que poblara el cosmos para proseguir la creación de seres superiores cada día.
Los seres humanos somos, meditaban nuestros antiguos abuelos, como esa energía, creadores, y por eso nos distinguimos de las cosas, de los vegetales y de las bestias. Nuestra creatividad nos hace diferentes y a ella estamos comprometidos.
¿Qué sería de nosotros si no hubiéramos creado la música o la pintura o la arquitectura?
¿O qué haríamos sin saber cultivar la tierra, aprovechar el agua, dirigir el fuego, controlar el viento?
No habría todo lo que vemos cotidianamente en casa, en los pueblos, en las calles, en las ciudades.
Sin esa lucha por mejorar lo que nos rodea, y a nosotros mismos, seríamos como un desierto, como una vacío; nada: El MÍCTLAN.
Se hace necesario crear en pos de continuar con la vida. Si no hay creación pereceremos para siempre: sólo seremos fugaces; hoy estériles y ya nadie nos recordará.
Y en esa guerra florida, todos, aunque no queramos, participamos: porque florecer, dar flores, es producir vida. La flor simboliza la creación.
Esto, nuestros abuelos aztecas lo habían aprendido de sus abuelos toltecas y así lo explican en sus libros llamados códices y en sus esculturas y estelas.
En TEOTIHUACAN, en TULA, en el Teocalli Mayor de México, en el calendario Azteca, en COATLICUE, en COYOLXAUHQUI, en la piedra de TIZOC se encuentran detalles de esa revolución constante de creatividad.
Mas como su sabiduría la revestían, la disfrazaban, la adornaban con bellas palabras que al combinarse producían muchas figuraciones, alguna gente de otros mundos fue mal interpretándolas y les dio muchos sentidos, diferentes; entre ellos, el de guerra fratricida.
Nuestros abuelos ANAHUACAS hablaban del TEOTL, la energía creadora por la cual todos existimos, es decir, IPALNEMOHUANI de donde surgió el primer ser: HUEHUETEOTL, el fuego tatarabuelo, el señor fuego, el creador e iluminador de todo, hasta de sí mismo; pero doblemente él, es decir, OMETECUHTLI; que a su vez se multiplicó en otro doble y opuesto, OMECIHUATL; para ser cuatro, dos veces dos, como los cuatro puntos cardinales donde construirían poco a poco el universo dividido en trece espacios y casi por último, la vida: TONACAYOTL.
Esta sería infundida en los seres más recientes de su creación: TONACATECUHTLI y TONACACIHUATL, los mismos dos, pero con vida, de dónde nacerían cuatro:
Los cuatro formadores del hombre.
TEZCATLIPOCA animal: rojo;
TEZCATLIPOCA memoria: moreno;
QUETZALCOATL: inteligencia creadora y
HUITZILOPOCHTLI: la guerrera voluntad.
Y sucedió que estas manifestaciones de la energía creadora, hijos de los hijos del TEOTL, fueron hechos para que en un especie de combate, se complementaran o se rechazaran; predominara uno y se sometieran los demás; o cada quien resplandeciera por sus propios méritos o esfuerzos.
Así, juntos y unidos como los dedos de la mano, en TLOQUE NAHUAQUE, aunque diferentes, los cuatro elementos del cosmos harían todo lo que poblaría el cosmos.
Ellos debían estar en combate-guerra creadora para que el TEOTL avanzara, se perfeccionara y cada instante fuera mejor; nada peor; o simplemente transformado; cambiando de ropaje, de vestuario, para cumplir otra misión creativa.
De este modo, la guerra parecía un juego de pelota, donde QUETZALCOATL primero, o TEZCATLIPOCA, el moreno, después se apropiarían de ese astro llamado TONATIUH: el sol, nuestra madre-padre irradiante.
Y para cumplir el juego de la guerra creadora o florida, el espacio fue repartido en cuatro puntos cardinales.
A TEZCATLIPOCA moreno le correspondió el norte; a TEZCATLIPOCA, el rojo, el poniente; a QUETZALCOATL, el oriente y a HUITZILOPOCHTLI, el sur.
Así QUETZALCOATL fue el primero en iluminar los cielos en los inicios de la tierra, pero su luz era tan pequeña que parecía un medio sol.
Este medio sol era la estrella de la tarde. QUETZALCOATL se había convertido en Venus.
Pasó mucho tiempo y TEZCATLIPOCA, el moreno, comenzó a guerrear en contra de QUETZALCOATL Venus medio sol, reprochándole quizá, lo escaso de su luminosidad.
QUETZALCOATL lo invitó para que juntos, unidos, formaran el primer sol completo de la historia.
Entonces el medio sol se convirtió en un sol entero, donde TEZCATLIPOCA dominaba con sus pálidos espejos, pero este sol entero no brillaba tanto como presumía. Era solamente la luna y el mismo TEZCATLIPOCA la representaba.
Mas tanta vanidad despedía la luna TEZCATLIPOCA, que harto de verla tan presuntuosa, QUETZALCOATL decidió armar la guerra y darle su merecido.
Un día QUETZALCOATL le dio un garrotazo al falso sol, luna TEZCATLIPOCA, y lo arrojó al mar.
Entonces QUETZALCOATL se transformó en un verdadero sol, mas como ya no podía deshacer lo hecho, pues había de perfeccionarse, allí quedó Venus y la luna, en eterna lucha.
La luna dominaba la noche, pero al amanecer triunfaba Venus anunciando al sol, y al atardecer, lo despedía ante la inminente llegada de la luna y las estrellas que la acompañaban.
Y se dice que cuando TEZCATLIPOCA cayó al mar por causa del tremendo golpe que le había propinado QUETZALCOATL, se transformó en un jaguar, ocelotl, y a nado llegó hasta la playa.
Enfurecido por su derrota, hambriento de triunfo, se echó sobre los hombres gigantescos que habían sido creados en la tierra y los devoró a todos, menos a siete gigantes que se refugiaron en la enorme gruta de una montaña.
Uno de esos gigantes se llamaba XELHUA.
Luego de su terrible hazaña, TEZCATLIPOCA se fue a meditar a los cielos su fracaso y mientras, se convirtió en una constelación: OCELOTL. Esto es, la Osa mayor.
Mientras tanto, QUETZALCOATL resplandeciente de bondad, fecundaba a todo lo ancho y largo de la tierra con su calor benéfico.
Un día, TEZCATLIPOCA luego de muchos años, decidió vengarse de QUETZALCOATL.
Como la memoria de TEZCATLIPOCA era prodigiosa, no en balde la simbolizaba, recordaba perfectamente lo acontecido, así que fue ante él y le volvió a declarar la guerra.
De un puntapié arrancó a QUETZALCOATL, Sol del cielo, y al caer éste, se produjo un viento tan huracanado, tan potente y arrasador, que todo aquello que se movía en la tierra fue arrebatado con tal violencia que los árboles volaban, las casas eran arrastradas como pajas, las aguas de los ríos y de los mares, así como las de lagos y lagunas, se desbordaban.
QUETZALCOATL se había transformado en el viento, EHECATL. Y la guerra astronómica, la guerra creadora, la guerra florida, continuaba.
TEZCATLIPOCA hizo que TLALOCTLI, la lluvia, el agua que cae, la bebida de la tierra, se volviera sol; sin embargo, QUETZALCOATL al ver lo absurdo, lo ridículo de que lloviera agua caliente quiso burlarse de TEZCATLIPOCA y puso como sol a CHALCHIUTLICUE, el agua que permanece en la tierra y que la adorna como una falda de piedras preciosas a través de lagos, arroyos, lagunas, mares.
La burla tuvo el resultado que se esperaba, TEZCATLIPOCA hizo llover fuego y los paganos fueron los hombres. QUETZALCOATL produjo entonces un diluvio para apagar las llamaradas de la tierra.
Mas sucedió que cuando TEZCATLIPOCA y QUETZALCOATL se dieron cuenta de los resultados de su guerra, comprendieron que nada se había creado, sino que por lo contrario, todo yacía destruido.
Entonces llamaron a sus hermanos TEZCATLIPOCA, el rojo-animal y a HUITZILOPOCHTLI, el de gran voluntad, y juntos, en TLOQUE NAHUAQUE, en consejo, se dedicaron a reparar la catástrofe.
Lo primero que hicieron fue crear a cuatro hombres musculosos y altísimos; Luego penetraron por debajo de la tierra para hacer cuatro horadaciones y salieron a la superficie donde se convirtieron en árboles enormes, de tronco gruesísimo y de altura gigantesca.
TEZCATLIPOCA se transformó en el árbol TEZCACUAHUITL o árbol de los espejos y QUETZALCOATL en el árbol QUETZALHUEXOTL o sauce precioso.
De este modo, entre el árbol TEZCATLIPOCA, tezcacuahuitl y el árbol QUETZALCOATL, quetzalhuexotl, los cuatro forzudos hombres y todas las manifestaciones de la energía creadora, levantaron los cielos y los sustentaron firmes con las estrellas en la forma en que ahora se ven.
Luego, TEZCATLIPOCA se echó a volar perseguido por QUETZALCOATL y en su vuelo fueron desplegando centenares de estrellas que se convirtieron en la Vía Láctea, ese camino nebuloso que vemos en las noches claras por la esfera azul del cielo, es decir, en la lengua que hablaban nuestros antiguos abuelos toltecas: MIXCOATL, serpiente de nubes.
TEZCATLIPOCA así, se le escabulló a QUETZALCOATL y se convirtió en MIXCOATL, y decidió en tal forma animal, descender a la tierra para que lo adoraran. Él les daría a conocer a los hombres cómo hacer el fuego y para eso inventó un ingenioso aparato que denominó MAMALHUAZTLI y que constaba de dos maderos, uno perforado, cuyo nombre era TLETAXONI, el lanzafuego y el otro fue nombrado TLECUAHUITL, palo cilíndrico.
Cuando los hombres que vivían en la oscuridad vieron aquel objeto, quedaron impresionados, pero más asombro demostraron cuando vieron que frotándolos, cual molinillo para hacer que el chocolate sea espumoso, surgía la brasa. Entonces se deshicieron de admiración ante TEZCATLIPOCA y lo veneraron, como ya lo dijimos. Como TEZCATLIPOCA era bastante vanidoso y ante este triunfo, creyó haber ganado la guerra creadora, pues QUETZALCOATL nada había dado a los humanos aún.
Cuando TEZCATLIPOCA animal, el rojo, vio que había hecho con su hermano, también se decidió participar en la guerra creadora.
Para ello, creo otros cuatro hombres y una mujer, pero resultó que apenas formados, cayeron al agua y desaparecieron sin poder participar en la guerra planificada.
Entonces, frustrado aquel intento, muy pensativo por no tener el éxito creativo que deseaba, un día se detuvo frente a una peña y con un bastón la golpeó, en vista de que aquellas regiones parecían apropiadas para sus proyectos.
Como por obra de encanto, brotaron cuatrocientos, es decir, muchísimos hombres salvajes, greñudos, cubiertos con simples taparrabos, como trogloditas que lo miraban cual animales espantados. Eran los chichimecas que de inmediato se desparramaron entre las cuevas de aquella sierra en donde habían surgido.
TEZCATLIPOCA, el rojo, no estaba para nada satisfecho con su creación y pidió que los cuatro hombres y la mujer desaparecidos misteriosamente, se presentaran a destruir a aquellos ásperos y brutos primitivos.
Los chichimecas sólo vivían de la caza y se comían crudas a las bestias, pues eran muy ignorantes. Ni el fuego conocían. Pero eso sí, habían descubierto los magueyes de donde extraían aguamiel para embriagarse hasta perder completamente los sentidos. Eran unos atados a los instintos; sin voluntad; sin disciplina-mecate no trascendían al TEOTL.
Y TEZCATLIPOCA, el rojo, se enfurecía. ¿Qué pensarían sus hermanos de su creación guerrera?
Pero he aquí que los cuatro hombres y la mujer desaparecidos llegaron un día para cumplir la misión de destruir a los chichimecas. ¡Seres tan imperfectos tendrían que desaparecer!.
Mas cuando los chichimecas los vieron, en vez de temerles, los invitaron a tomar el jugo del maguey.
Sin embargo, cuando los de TEZCATLIPOCA, el rojo, vieron la oportunidad de hacerlo, mataron a los chichimecas y sólo dejaron a los que el propio TEZCATLIPOCA, el rojo, quiso conservar para que lo adoraran.
Entonces TEZCATLIPOCA, el rojo, educó a los chichimecas sobrevivientes y les enseñó a adorar a los animales. El mismo se convirtió en chichimeca y se vistió con un simple calzón y huaraches. Por eso todos le comenzaron a llamar con mucho respeto CAMAXTLE y se dedicó a guerrear en la tierra como sus hermanos en el cosmos.
Un día después de escucharse un gran ruido, apareció un venado de dos cabezas y les dijo a sus chichimecas que debían homenajearlo y darle de comer conejos, culebras y mariposas. Desde entonces, siempre que CAMAXTLE hacía la guerra y llevaba al venado a cuestas, indudablemente que resultaba vencedor.
Y sucedió que otra ocasión, el venado de dos cabezas le fue robado y CAMAXTLE a causa de ello fue vencido. Desesperado por su fracaso, huyó para fusionarse a MIXCOATL y ser parte de su propio hermano TEZCATLIPOCA, el moreno. Aliados los dos, obtendrían mayor fuerza y triunfarían en la guerra creadora.
TEZCATLIPOCA el moreno, o simplemente TEZCATLIPOCA, aumentó su poder con la ayuda de CAMAXTLE. Ahora sí, QUETZALCOATL no podría competir con él y sus creaturas predominarían en la tierra.
Nada había mejor que la vida de los animales y por ello, los hombres debían vivir así, ajustados a sus sentidos; a lo que vieran, como un águila; a lo que sintieran, como una serpiente; a lo que oyeran, como un venado; a lo que olfatearan, como un conejo; a su voracidad, como un jaguar.
Y TEZCATLIPOCA se dedicaba a vigilar que se cumplieran sus ideas. Estaba en todo lugar y sabía de memoria lo que pensaban los humanos.
Era verdaderamente un espejo ahumeante donde se reflejaba lo que sucedía en la tierra y en el cosmos y ahí quedaba fijado, como en una película, como en una computadora.
Por esto, siempre les recordaba a los hombres lo que otros les habían hecho y no permitía que olvidaran agravios, ofensas, humillaciones y afrentas. Gozaba promoviendo enemistades y discordia. Y nunca se le veía envejecer. Era eternamente joven y fuerte.
Aprovechaba la negrura de la noche para hablar con la gente y atormentarla con recuerdos y pesadillas. O también para que gozara, como un jaguar o una serpiente, de todos sus sentidos y creyera la gente que con eso era feliz. Así los distraía y no permitía que los seres humanos alcanzaran la grandeza que el TEOTL les había destinado para cumplir.
TEZCATLIPOCA quería ser el único. El controlador de la conciencia, de la memoria, y manejar a los hombres para que no pasaran a la inteligencia creadora. Para eso se valía de una de sus creaciones TLAZOLTEOTL, una hermosa mujer que hacía que la gente se enamorara y sólo se dedicara a gozar del amor, a besarse, a acariciarse, a abrazarse y olvidara las disciplinas para perfeccionarse y florecer como un auténtico humano continuador del TEOTL, la energía creadora.
TEZCATLIPOCA bien que sabía de las pasiones del amor, pues en cierta ocasión se había enamorado con tal fuerza de XOCHIQUETZAL, la dadora de las hermosas flores cósmicas y arrebatándosela a la lluvia fecundante de TLALOCTLI, la quiso para sí y se la llevó a su paraíso de estrellas y de espejos, el TAMOANCHAN, ubicado en la Vía Láctea, más allá del espacio que vemos; donde la convirtió en la adornadora de los amores y la usó para controlar a los hombres y a las mujeres con el fin de que no avanzaran más hacia la perfección y sólo se reprodujeran como animales, pues XOCHIQUETZAL constituía un peligro para su imperio, si se unía con QUETZALCOATL. En ese lugar hizo crecer un árbol maravilloso que daba flores mágicas, pues con sólo ser tocadas por los enamorados, creían sentir una dulce dicha eterna.
Ese árbol se llamaba XOCHITLICACAN, es decir, el creador de flores, el árbol florido como el cosmos.
Pues bien, hubo una vez un hombre que anhelaba superar la vida animal que TEZCATLIPOCA pregonaba y ascender a la perfección humana.
Su nombre era YAPPAN, el sabía que la vida eterna consistía en una constante transformación, puesto que así lo había dictaminando la energía creadora, aquello por lo cual vivimos, TEOTLIPALNEMOHUANI. Sólo así continuamos una incesante acción de perfeccionamiento a través de la meditación, el dominio de la soledad, el control de nuestros instintos, la doma de nuestros sentidos y el sacrificio de nuestro sentimental corazón y podremos convertirnos en verdaderos seres humanos, los guías de la creación.
Por ello, un buen día le comunicó a su esposa el fijo pensamiento enaltecedor que lo inquietaba y ella, llena de comprensión, estuvo de acuerdo: Se retiraría a algún lugar del bosque y allí se disciplinaría.
De no llegar a ser un gran creador, por lo menos aspiraba a convertirse en un manantial, o en una estrella, o tal vez en algún cometa.
Así pasaron muchos meses y su fama de virtuoso se extendió por todos los pobladores.
Pronto YAPPAN supo que existía en los montes cercanos una peña que era conocida como la peña de la penitencia y se decía que quien ascendía a ella y se conservara en la cumbre, comenzaría la vida perfecta.
YAPPAN se despidió de su mujer y de sus hijos y hacia ella se fue.
Sometido a un diario ayuno, únicamente se alimentaba con raíces y se vestía con una humilde manta.
Y allí sobre la impresionante peña dormía muy poco, pues simplemente se la pasaba en meditación continua o cantando bellísimos poemas dedicados al TEOTL.
Cuando TEZCATLIPOCA se dio cuenta de aquello, sintió una gran rabia, puesto que todo lo que YAPPAN hacía, coincidía con la manera de ser que la doctrina de QUETZALCOATL predicaba.
¡Cómo era posible que un simple hombre intentara desafiar el culto a lo animal y osara transformarse en creador, en serpiente emplumada como su hermano rival QUETZALCOATL! De inmediato envió a un espía para que se cerciorara de la verdad de aquellos rumores.
Pero el tal YAOTL, el enemigo, que así se llamaba, sintió un odio tremendo por la búsqueda de perfección de YAPPAN y tramó perjudicarlo.
El demostraría que no era tan virtuoso, como predicaba y para ello invitó a varias mujeres con el propósito de que lo sedujeran en pos de XOCHIQUETZAL y lo embriagaran de amor.
Pero cuál no sería su rabia al ver que YAPPAN, sumergido en la meditación y en la disciplina, con férrea voluntad, rechazaba esa distracción y seguía con devoción su vida de santidad.
Al saberlo TEZCATLIPOCA, se acordó de TLAZOLTEOTL, la máxima distractora del amor, la venerada por las alegradoras, la que llevaba la energía inquietante de los placeres y la hizo comprometerse a derrotar a YAPPAN transformándose en una hermosísima mujer, doblemente bella, sobre todas las que el asceta había visto. La voluptuosa se acercó hasta la peña de la penitencia donde YAPPAN cantaba un himno a la creación y con una encantadora y musical voz le habló.
YAPPAN no hizo caso, pero al oír que ella le decía su anhelo de también alcanzar la perfección y convivir con él sobre la peña de la penitencia, el virtuoso la miró y quedó seducido.
La hizo subir, mas al mirarla a su lado, tan radiante, resplandeciente de belleza, YAPPAN no se contuvo, la abrazó y se olvidó de toda su rectitud, de todo el control de su cuerpo y le dio tantos besos que de inmediato, YAOTL, el enemigo dio un enorme grito de triunfo que resonó hasta los cielos donde TEZCATLIPOCA se encontraba.
Y sin esperar más órdenes, YAOTL sacó una enorme daga y de un solo golpe le cortó la cabeza a YAPPAN.
Cuando YAOTL vio muerto y decapitado a YAPPAN, dijo irónicamente:
-Tú querías transformarte en algo elevado: algo alado para ascender a los cielos, pero no has podido...
Te cambiaré mejor en un ser que se arrastre y viva debajo de las piedras, como avergonzado de su hipocresía. Te repulsaba ser un animal, pues ahora te haré como uno de ellos:
Serás alacrán:
Y en diciendo esto, el abusivo y perverso de YAOTL hizo del casto YAPPAN un repulsivo arácnido negro que al sentir el cambio, corrió a refugiarse debajo de una roca.
Y no satisfecho con esto, YAOTL se dirigió hasta la cabaña donde vivía la esposa de YAPPAN y también, después de degollarla, la convirtió en alacrán.
Ella, a su vez, se deslizó ligera a buscar a su esposo YAPPAN que yacía debajo de las piedras.
YAOTL se sintió muy satisfecho de su éxito y se llenó de vanidad como su admirado TEZCATLIPOCA y creyó que con tal servicio, lo premiaría su señor con un gran señorío y un poder sin fin.
No contaba con que la energía creadora y todos sus hijos, menos los TEZCATLIPOCA, el moreno y CAMAXTLE, se habían indignado con tal abuso, pues él nadie era para utilizar los poderes de la transformación, que sólo la fuerza del TEOTL usaba.
Así que, irritados contra el atrevimiento de YAOTL, decidieron castigarlo y lo convirtieron en un chapulín que se pasaría la existencia saltando de un lado a otro, sin tener paz nunca.
Entonces QUETZALCOATL propuso que en compensación a la verdadera vida virtuosa que había llevado YAPPAN, pero que por la astucia de YAOTL y TLAZOLTEOTL, dirigidos por TEZCATLIPOCA, había caído en tentación y se había profanado la roca de la penitencia, merecía ser considerado en sus deseos y que si bien, lo transformado no podía quitársele, habría que ascenderlo a los cielos, como habían sido sus deseos, sólo que convertido en una constelación cuyas estrellas dieran la apariencia de ser un alacrán luminoso, a la que se le llamaría desde entonces COLOTL y todas las manifestaciones de la energía estuvieron de acuerdo, por lo que, cuentan las historias antiguas de nuestros abuelos, una noche se vio un conjunto de estrellas aparecer relumbrantes en el cielo, como un nuevo fruto del árbol florido que era el universo, en forma de un gigantesco y bellísimo alacrán plateado.
En esa vez, la guerra florida, la guerra creadora, había sido ganada por QUETZALCOATL y había demostrado que a pesar de la animalidad que llevamos los humanos, no obstante las influencias negativas y las dificultades, se puede siempre aspirar a la perfección luminosa de la sabiduría que da la VOLUNTAD.
Mas, aunque pareció llegar la paz satisfactoria de lo creado, TEZCATLIPOCA estuvo en desacuerdo con ello y se puso a meditar en la manera de planificar su venganza y proseguir la guerra, sobre todo ahora que QUETZALCOATL se había propuesto acabar con la adoración de los animales...
 

EL PEDERNAL Y EL GIGANTE

Hubo una vez, en los orígenes de todo lo que nos rodea, una gran pareja que vivía en lo más alto de los espacios visibles e invisibles, perdida en las alturas infinitas del cosmos. Allí tenía su señorío.
Ambos eran magos, hombre y mujer de conocimiento, sabios, y con sus bastones de fuego inventaban mil figuras en los espacios: Eran OMETEOTL, es decir, el TEOTL hecho dualidad creadora.
Y se dice que ellos tenían el don de darle vida a todas las formas concretas que ellos hacían.
Ella se llamaba OMECIHUATL y él, OMETECUHTLI, pero cada vez que otorgaban existencia a algún ser, su nombre se transformaba a TONACACIHUATL, el de ella, y a TONACATECUHTLI, el de él, pues para dar la vida, usaban de unas sustancias mágicas llamadas TONACAYOTL, es decir, sustento nuestro.
Así, la pareja creadora existía feliz, porque era creación incesante. El TEOTL, la energía creativa, había formado a TONACACIHUATL y a TONACATECUHTLI desde hacía miles de años para tal misión.
TONACACIHUATL había tenido ya muchos hijos y ellos la respetaban hasta la adoración como su reverenda madre que era. Con lo cual, todo era gusto y regusto en los confines del universo.
Pero sucedió que un día, sin poder explicarse bien el porqué, se vio a TONACACIHUATL arrullando a una piedra.
-¡Cómo era posible que en lugar de arrullar a sus hijos, tuviera entre sus brazos a un mineral sin forma!
Comentaban sus descendientes que se habían encelado ante la actitud de su madre.
Aquella piedra era un TECPATL, es decir, un pedernal, un cuarzo duro y lustroso, como si fuera de cera, cuyos bordes, cual cristal opaco, despedían chispas y hacían que relumbrara su color grisáceo con tonos amarillentos.
Parecía un largo corazón ahumado que palpitaba luminoso, como esas lámparas de luz intermitente.
Y TONACACIHUATL miraba con tanto amor a su pedernal, que a todos sus hijos les produjo una inquietud tan explicable, que entre sí murmuraban:
-Nuestra madre quiere más a una piedra inanimada que a mí que produzco la lluvia Dijo TLALOCTLI.
-Y yo que adorno como con faldas de esmeraldas toda superficie y doy el agua que refresca: lagos, lagunas, ríos y mares, no soy tomada en cuenta ya por nuestra madre. Afirmó CHALCHIUTLICUE.
-¿Y qué puedo decir yo, HUITZILOPOCHTLI, que soy la gran fuerza de voluntad para continuar la guerra creadora que haga eterna la vida del universo? Parece que me ha olvidado.
-Es cierto.- Dijeron casi todos, pues tanto TEZCATLIPOCA como QUETZALCOATL, permanecieron callados. El primero como burlón; el segundo como meditando.
-Yo, CAMAXTLE, TEZCATLIPOCA rojo, propongo que sin que se dé cuenta nuestra madre, arrojemos el pedernal a la Tierra para que allá permanezca.
-¡Que así se haga!- Exclamaron otra vez casi todos, porque TEZCATLIPOCA, el moreno, seguía como a punto de reírse y QUETZALCOATL, fruncía el ceño, como adivinando lo que podría suceder.
Así que puestos a la espera del momento propicio, los adoloridos hermanos pusieron en acción sus proyectos y en un descuido de TONACACIHUATL, tomaron entre sus manos al pedernal y lo lanzaron rumbo a la Tierra entre violentas ofensas:
-¡Piedra sin vida, lárgate!
-¡Los pedernales no pueden aprovechar el cariño de nuestra madre, porque son imbéciles!
-¡Vete de aquí, cosa atrevida!
-¡Fuera, engaño de existencia!
-¡Mentiroso rufián hipócrita!
Y entre gritos, el hijo pétreo descendió de los espacios infinitos y como un meteoro cayó en una abrupta serranía.
Allí había siete enormes, misteriosas y profundas cuevas, por lo que ese lugar luego se llamó:
CHICOMÓZTOC. (chicome: siete)
Y sucedió que al chocar el pedernal contra las rocas de aquellos montes e ir rodando entre las piedras, sacaba chispas y más chispas, todas fulgurantes, espléndidas, relucientes, que se iban transformando en figuras humanas llenas de energías y que se levantaban como si hubieran despertado de un largo viaje.
Cuando el pedernal quedó inmóvil, ya habían nacido de él mil seiscientas figurillas que parecían hombres y mujeres, pero que eran simplemente una especie de duendecillos tan ágiles como las chispas que los habían formado. Asombrados miraban a su rededor y trataban de explorarlo, sin embargo, de modo natural terminaban mirando al espacio como si supieran que de allá habían caído.
Entre todos levantaron al pedernal y lo colocaron frente a las siete cuevas. Luego se dedicaron a recorrer aquellos sitios y a aventurarse por el interior de aquellas cavernas.
Y ¡oh maravilla!, con sólo el resplandor que los duendecillos despedían, se iluminaban los misteriosos interiores por donde penetraban.
Así estuvieron muchos días hasta que admirablemente ya dominaban cualquier paraje o rincón por donde anduvieran, sin ningún temor a perderse.
Pero he aquí que los mil seiscientos hijos del pedernal comenzaron a aburrirse de tanto andar por los mismos recovecos y, en vista de que los hombres gigantescos que habían existido sobre la tierra habían sido devorados por TEZCATLIPOCA convertido en jaguar, hacía muchos siglos, los duendecillos decidieron crear algo para beneficiar al mundo.
TOTLI, uno de ellos, que tenía la forma de un gavilán, comenzó a estar a disgusto con esa vida sin propósitos y al pensar que habían sido arrojados del cielo, quiso exigir a su abuela, TONACACIHUATL, los derechos que le correspondían como nietos de los grandes creadores, mas como nada lograba, cambió de opinión, y decidiendo permanecer en la Tierra, pidió de su abuela el poder de crear nuevos hombres y el de saber cómo educarlos.
Todos los mil seiscientos duendecillos estuvieron de acuerdo con tal petición y comisionaron al propio TOTLI para que volara hasta la región donde su abuela TONACACIHUATL vivía y les dijera cómo hacer aquello.
TOTLI, el gavilán, veloz y entusiasta, voló ágilmente hacia el OMEYOCAN donde residían sus abuelos y luego de hablar con TONACACIHUATL, regresó algo preocupado.
Al llegar les dijo a todos sus hermanos:
-Dice nuestra abuela, nuestra reverenda madrecita TOCI, que si deseamos crear hombres, necesitamos tener por lo menos un hueso de los antiguos gigantes y para ello requerimos ir al MÍCTLAN, la región de la esterilidad, y pedirle al gran señor de ese lugar MICTLANTECUHTLI que nos regale uno.
En cuanto lo tengamos, debemos realizar una profunda meditación y luego sacrificarnos sobre el hueso con piquetes de púas de maguey hasta que nos salga sangre.
Cuando los huesos sientan el calor de nuestro líquido vital, se convertirán en un hombre y en una mujer que pronto tendrán una abundante descendencia.
Por esto, hermanitos queridos, manitos, decidamos quién de nosotros irá a los oscuros parajes de los descarnados. Terminó TOTLI, el gavilán.
Todos escucharon muy contentos, y satisfechos del mensaje, determinaron que uno de ellos, el llamado XÓLOTL, fuera quien cumpliera aquella venerada recomendación.
XÓLOTL era muy gracioso y tenía la habilidad de empequeñecerse tanto que se miraba como arrugado, mas esto le servía para juguetear o para esconderse y vigilaba lo que acontecía sin que nadie lo sospechara.
En otras ocasiones se alargaba tanto, que se ponía muy, pero muy rojo, como incendiado, como una llamarada, y podía transformarse en lo que deseara. No sabía que esto le iba a costar la vida en un terrible día, como ya lo hemos narrado.
El era el indicado por sus características para llegar hasta el MÍCTLAN y pedir al señor de esos parajes el hueso que se necesitaba.
Le advirtieron que siendo el MICTLANTECUHTLI muy caviloso, había que convencerlo con mucha prudencia y discreción. Fama era que siempre se arrepentía de hacer concesiones y castigaba despiadadamente a los intrépidos que habían osado convencerlo.
-Tienes que ser muy astuto y aprovechar todo tu talento para lograr que te dé el hueso que requerimos.
Casi en coro le habían señalado sus hermanitos.
Predispuesto, ante ello, XÓLOTL se dirigió muy valiente a la región de la oscuridad y el silencio donde las osamentas de los muertos permanecían eternamente sin esperanzas de volver a formar parte de un cuerpo viviente, porque cuando vivos, nunca crearon nada para los demás. Sin temor penetró en aquella fúnebre mansión y a su paso iba tropezando con huesos y calaveras de quién sabe qué olvidados seres.
No sabía que desde los altos espacios TEZCATLIPOCA lo protegía, pues había hallado en él, un personaje apropiado para difundir su doctrina del bienestar animal.
Y más ignoraba que QUETZALCOATL, como un gemelo precioso, lo acompañaba invisiblemente.
XÓLOTL iba muy contento, pues pensaba que gracias a él, serían creados los nuevos hombres y que probablemente éstos lo adorarían con el tiempo y lo convertirían en un nahual apreciado, lo que le daría derecho a ser considerado igual a los creadores, sus abuelos.
Cuando estuvo frente al señor del MICTLAN, MICTLANTECUHTLI, con gran astucia le hizo bromas tan graciosas, que el siempre serio y adusto vigilante de las tinieblas, parecía reír. Y entre jugueteo y jugueteo, XÓLOTL logró que MICTLANTECUHTLI le proporcionara un gigantesco hueso. XÓLOTL le había prometido una divertida escena de malabarismo, pero en cuanto tuvo en sus manos el hueso, XÓLOTL se alargó y echó a correr.
MICTLANTECUHTLI, enfurecido, al darse cuenta de la tomada de pelo que le había dado, o mejor dicho, de cráneo, pues descarnado también era el pobre, lo persiguió furioso a grandes zancadas. Al ver esto, XÓLOTL se estiraba cada vez más para no ser alcanzado y como hijo del pedernal, lanzaba tantas chispas que en la tremenda negrura de aquellas regiones parecían cegadores rayos que impedían ver claramente al señor de las sombras.
Trémulo y sudoroso logró salir de aquellos fúnebres lares y sin pensarlo siquiera, continuó corriendo como si aún lo fueran a atrapar.
La mala suerte le metió el pie y tropezó con tales prisas. El hueso cayó y se rompió en muchos pedazos. Afligido XÓLOTL, recogió como su nerviosismo lo dejaba, cada uno de los fragmentos y llegó agitadísimo ante sus hermanitos, los mil y tantos hijos del gran pedernal.
Allí todos lo recibieron con lindos elogios y regocijadamente exclamó:
-¡Lo logré! ¡Lo logré! Aquí está el hueso que necesitamos. Y aunque el señor de las tinieblas me persiguió, pude escabullirme fácilmente; lástima que el hueso se estropeara, pero ni modo.
Ahora tenemos lo que se nos pidió y debemos proceder a hacer nuestra meditación y nuestro sacrificio.
Denme una cazuela para poner allí los pedazos. Y llenos de felicidad, los duendecillos hermanos trajeron la vasija apropiada y depositaron los desiguales fragmentos del enorme hueso.
Enseguida se acostaron y levantando de costado la mitad de su cuerpo, mirando hacia donde sale el sol, con las manos en su corazón y las piernas semidobladas, iniciaron su meditación.
Todos desearon llegar a una feliz conclusión creadora. Ellos serían como el TEOTL, la energía creativa, y darían forma a los nuevos humanos.
En su postura de CHACMOOL, estuvieron un gran rato concentrados en el pensamiento de su futura obra. Al terminar el tiempo dedicado a meditar, iniciaron los sacrificios ordenados por su reverenda madrecita, su abuela, TONACACIHUATL, TONANTZIN, la mujer creadora, la mujer benefactora; aquella adornada con un gran penacho de plumajes solares y en cuyo manto se veía dibujado el cosmos con sus constelaciones: OMECIHUATL, TONACACIHUATL, TONANTZIN, la misma dadora de vida, TOCI, adornada con IPALNEMOHUANI: aquello por lo cual existimos, la energía cósmica.
Así que sumergidos en una devoción infinita, con la trémula emoción de saber que iban a hacer algo bello, los hijos del pedernal buscaron espinas de maguey y con ellas se punzaron y se sacaron sangre de las orejas, de la lengua, de los brazos, de los muslos y de las pantorrillas.
Y XÓLOTL y sus hermanos rociaron con su sangre los pedazos del hueso precioso. Con aquella salida de sus orejas otorgaban honra y reverencia a los nuevos futuros seres; con la brotada de su lengua, les daba el poder de las palabras florecidas; con las de sus brazos, el esfuerzo y la valentía para construir un mundo mejorado; con la de sus muslos, la ligereza y la rapidez para moverse sobre la Tierra, cual XÓLOTL huyendo de la muerte en pos de la creación; con la de las pantorrillas, el equilibrio para no caer y sostenerse firme en su camino hacia la perfección.
Cuando terminaron sus sacrificios, los mil seiscientos duendecillos contemplaron la infinidad de los espacios y miraron el transcurso del sol durante cuatro días, al cabo de los cuales, de uno de los huesos brotó un hermoso niño que de inmediato fue recogido por XÓLOTL y depositado en un cesto, donde con leche de cardo lo alimentó.
Nuevamente hicieron sacrificio y volvieron a esperar durante cuatro días el paso del sol y como en la vez anterior, de los fragmentos restantes, surgió una lindísima niña.
Y XÓLOTL, también en esta ocasión, la llevó a sus brazos, la depositó en un canasto y la crió con leche de cardo, como al primer niño.
Entonces los hijos del pedernal dieron gracias a su abuela, la vida, TONACACIHUATL, TONANTZIN NONANTZIN, TOCI, por los dones recibidos y llevaron a los pequeños hasta el inanimado pedernal que yacía a las puertas de las siete cuevas y se los presentaron humildemente.
Luego tomaron el pedernal, lo frotaron con unas rocas y brotó un fuego tan agradable que los niños sonrieron de placer, pues aquellos lugares eran muy fríos y al sentir el calor despedido por el hogar, pareció que lo bendecían con sus alegres balbuceos.
  Desde entonces XÓLOTL los crió y los cuidó tal y como si hubieran sido sus hijos.
Los educó en la gratitud que cualquier ser humano debía sentir por TONACACIHUATL.
Gustoso les enseñó el uso del fuego y cómo aprovechar la energía que despedía, pues tanto podía ser benéfico como destructor. Les descubrió los secretos de las ciencias y de las artes. Y sobre todo, les inculcó el respeto por el pedernal o TECPATL, símbolo del fuego protector.
De esta manera, los chiquillos fueron creciendo y cuando ya estaban en edad apropiada, los casó para que se convirtieran en los padres de la nueva humanidad, que ahora ya no seria de gigantes, porque como los pedazos del hueso de donde habían nacido, eran de diferente tamaño, cuando este par original tuvo hijos, todos nacieron de distintas estaturas: algunos altos, otros bajos.
A su vez, los ahijados de XÓLOTL, transmitieron la adoración adecuada para el TECPATL de donde nacía siempre el fuego protector y al que le fueron llamando XIUTECUHTLI Aunque cuando despedía llamas amarillentas cambiaba su nombre a IXCOCAUHQUI, es decir, el de cara amarilla.
Y a cada una de sus llamaradas le decían CUECALTZIN y lo consideraban la manifestación de HUEHUETEOTL, el abuelo fuego cósmico, la primera manifestación del TEOTL, la energía creadora que originó el OMETEOTL, la dualidad, esto es, OMECIHUATL y OMETECUHTLI, pero sobre todo, ella, cuando se transforma en TONACACIHUATL, la madre creadora del pedernal, nuestra reverenda madrecita.
Y he aquí que entonces los seres humanos de esos tiempos se dedicaron gozosos a realizar las actividades para las cuales fueron educados, con el propósito de asegurar la armonía de su sociedad con el cosmos.
Los hombres se dedicaban a la agricultura y a la cacería y las mujeres a cuidar mejor lo obtenido por los hombres para que entre todos fueran el noble ejemplo de sus hijos.
Y entonces nacieron los cantos y las danzas. Y no había día en el cual no rindieran su homenaje artístico a todos los elementos de la naturaleza universal: Seres y objetos donde el propio TEOTL residía transformado.
Y era los árboles, las flores, la lluvia, las mariposas, el viento, los espacios, las nubes, las montañas, las estrellas, la luna, los cometas y el sol.
Y las milpas y sus mazorcas: y los magueyes y su aguamiel; y los venados y los conejos y las águilas, y también los tigres ocelotes y las serpientes; y los quetzales y los papagayos y los cenzontles.
En suma, todo el mundo que nos rodea.
Mas he aquí que un día XÓLOTL fue aconsejado por TEZCATLIPOCA de que ya no hiciera tanto caso a QUETZALCOATL; que en vez de venerar las alturas, disfrutara de sus sentidos y entonces se daría cuanta de la verdadera vida.
Había que disfrutar golosamente de la comida en lugar de ayunar tanto y abstenerse de gozar de estupendos manjares.
-Diles a todos que coman de esto y de aquello; que disfruten de las bebidas que embriagan, que dan rienda suelta a sus cuerpos y sientan lo que es abrazarse y besarse sin detenimiento.
QUETZALCOATL sólo quiere que ustedes hagan lo que él pregona para someterlos a su voluntad. Continuaba en su arenga TEZCATLIPOCA en pos del convencimiento de XÓLOTL. Si tú les dices a los tuyos, quienes te veneran casi como a un dios, que la vida animal es la mejor, les traerás la felicidad verdadera, ¡hazlo!
Y XÓLOTL, que no veía a TEZCATLIPOCA, sino que sólo escuchaba en su cerebro aquellas palabras que les hacía recordar, como imágenes reflejadas en un espejo, los goces sensoriales de los hombres antiguos, poco a poco fue haciendo que cambiaran todos lo que lo amaban, pues se iban olvidando de la voluntad creadora que los había hecho.
TEZCATLIPOCA había sabido aprovechar esos momentos para que se les borrara la memoria de su deber de perfeccionarse y sólo recordaba sus instintos animales que los harían fáciles presas de su imperio.
-Ya vería QUETZALCOATL de quién sería el triunfo.
Para entonces, todos los descendientes del pedernal habían levantado hermosas ciudades con bellísimas y elevadas construcciones piramidales, pues sabían que las pirámides atraían la energía del fuego cósmico y esto era maravilloso para aumentar la capacidad de crear, de sentirse identificado con el universo y hacer de cuenta total que uno es parte eterna de él.
Esto lo había aprendido de un gran CONSTRUCTOR llamado XELHUA, mas aunque él ya no vivía, pues había muerto en uno de los tiempos anteriores llamados soles, su herencia de arquitecto y su sabiduría en la erección de pirámides era por muchos conocidas.
XÓLOTL mismo se los había contado:
-Hubo un tiempo en el que un gigante llamado XELHUA, gran arquitecto, habiéndose salvado de la destrucción del sol de agua que había inundado la Tierra, decidió en gratitud a la energía creadora, el TEOTL, y a su manifestación, la lluvia TLALOCTLI, levantar una construcción tan alta que pudiera llegar a las regiones cósmicas para poder sentir con mayor intensidad las emanaciones de ellos e intentar imitarlos en su acción creativa.
Así les dijo a sus seis hermanos gigantes, que con él se habían salvado, que le ayudaran a construir una grande edificación para cumplir los propósitos antes explicados y que él les revelara.
El entusiasmo fue conjunto y se aplicaron completamente a realizar tan magna obra.
XELHUA hizo los cálculos necesarios y diseñó las proporciones requeridas para ese edificio. Pensó que si terminaba en punta, la energía sería atraída por ese remate y se transmitiría extendiéndose hacia abajo y dando fuerza a la mente y al cuerpo de los que allí estuvieran.
En seguida buscaron el sitio adecuado para construirla y lo encontraron en una llanura tan amplia que muy bien hubieran podido caber unas ciento sesenta casas.
Con grandes adobes fabricados en un lugar llamado TLALMANALCO comenzaron a construir aquello que sería admiración de los siglos: Una gigantesca pirámide, que poco a poco fueron incrementando su descomunal tamaño.
Habían logrado hacerla ya tan alta, que las nubes impedían en ocasiones, ver donde terminaba y como la iban pintando del color solar, el color del ladrillo, una matiz del anaranjado, como el del crepúsculo, asemejaba un enorme rayo de sol que se extendiera al tocar el suelo.
Sus escalinatas eran impresionantes y parecían, con las luces del amanecer o del atardecer, como serpientes que ascendieran emplumándose.
XELHUA y sus hermanos, los últimos gigantes que existían, se sentían orgullosos y llenos de entusiasmo por lo que estaban logrando. Casi llegaba el fin de su obra. Habían traspasado los espacios más escondidos y ascendido a alturas que jamás ningún hombre había alcanzado.
XELHUA, el arquitecto, quiso ser el primero en subir hasta la cúspide y recibir las emanaciones de la energía. Pero cuando estuvo arriba, a pesar de su gigantesca fortaleza, se le vio que temblaba como en un gran choque eléctrico, como electrocutándose, y de ese impacto brotaban tantos rayos, cuyos truenos se escuchaban a cientos de kilómetros de distancia, que pronto la pirámide se desquebrajó y desgarró parte de la durísima piedra que arrasó con los hermanos de XELHUA y los mató.
El arquitecto gigante no había hecho los cálculos de la potencia de la energía que reinaba en las alturas y por no estar preparado para ello aún, no resistió y se desintegró.- Terminó XÓLOTL de decir a sus súbditos. Luego continuó:
-Pero ahora todo eso lo hemos superado y en TEOTIHUACAN levantaremos el imperio de los hijos del pedernal y será difícil que se nos destruya, como a XELHUA, allá en CHOLULA.
XÓLOTL nunca sospechó lo que sucedería en el quinto sol.
 
LAS MAGIAS
DE
TEZCATLIPOCA

    Como ya te lo he dicho, hijito mío, hijita mía, mis palomitos, y justo es que lo repasen para no olvidarlo, hubo una vez en lo más alto de los espacios, allá, casi en el centro del universo, una energía creadora que produjo todo lo que existe en el cosmos. Era el TEOTL que se hizo a sí mismo, OMETEOTL, doble creador, y diseñó el fuego benefactor: el abuelo primero, HUEHUETEOTL; y ya con él, pudo hacer más creaciones, como la vida misma.
    Entonces nacieron TONACATECUHTLI y TONACACIHUATL, el señor y la señora de la vida, quienes con el tiempo, tuvieron cuatro hijos dotados con esa energía creadora de los principios.
    TEZCATLIPOCA, el moreno, se llamaba uno de ellos y siempre anduvo peleando con sus hermanos, sobre todo, con aquel llamado QUETZALCOATL. Siempre quería ser el único en todo y el mejor. Así convenció a su hermano TEZCATLIPOCA, el rojo, después llamado CAMAXTLE, para que se le uniera y juntos, fueran como uno solo.
    Y no se diga del más pequeño que había nacido tan, pero tan, flaco, que parecía sin carnes, un simple esqueleto: era HUITZILOPOCHTLI. ¡Cuánta voluntad tuvo que tener éste para soportar a su hermano TEZCATLIPOCA!
    HUITZILOPOCHTLI, tan pequeño al principio, en cuanto fue creciendo bien que le demostró a TEZCATLIPOCA lo que podía realizar.
    Así que TEZCATLIPOCA mejor medía sus acciones para no herir a su hermano menor y dejaba que revoloteara como un colibrí por los espacios del sur, la zona de la fertilidad.
    Pero con quien nunca pudo conciliarse, ejercer poderío sobre él, fue indudablemente QUETZALCOATL.
    Y es que eran de ideas tan distintas: mientras TEZCATLIPOCA se pasaba la existencia memorizando todo lo que acontecía en el cosmos y guardándolo como una computadora en su cerebro retentivo. A QUETZALCOATL le encantaba dar lo mejor de sí, para crear y crear más y más seres y cosas, cada día mejores; perfeccionados.
    TEZCATLIPOCA rabiaba a veces, como de envidia, por lo que su hermano, que le gustaba transformarse en una serpiente emplumada, se lucía dando a la humanidad, desde que ésta había sido creada.
    Por ello, a TEZCATLIPOCA le agradaba vestirse lleno de relucientes espejos que de tanto brillo, parecía que despedían humo. Era un auténtico relumbrón. Un erudito que lucía su memoria privilegiada, pero cuyos datos sutiles, en ocasiones, sólo le servían para adornarse y nada más.
    En cambio QUETZALCOATL, con su fascinante inteligencia creadora y con el ejemplo que ponía de sacrificio, de ayuno, de perfeccionamiento, de humildad y de virtud, todo lo llenaba de maravillas: Aquí vasijas, allá libros pintados, acullá pirámides majestuosas. Él transformaba a los hombres bestias, en auténticos seres humanos: creadores como el TEOTL, aquél por el cual existimos, ¡IPALNEMOHUANI!
    Y había que ver los agarrones que TEZCATLIPOCA le daba a QUETZALCOATL, aunque afortunadamente, éste se defendía tan bien, que lo esquivaba y en múltiples ocasiones lo dejaba con el berrinche puesto.
    Como en aquella vez, cuando se había decidido que, como aún no había sol, QUETZALCOATL fuera el planeta Venus y alumbrara algo la Tierra. De inmediato TEZCATLIPOCA, al ver que su hermano sólo semejaba un medio sol, a fuerza quiso unirse con él y hacerse un sol entero, pero QUETZALCOATL no se dejó y su defensa fue tal, que TEZCATLIPOCA se convirtió en la luna.
    O en aquella otra ocasión en que le dio tremenda coz, TEZCATLIPOCA a QUETZALCOATL, que éste se convirtió en viento y los hombres quedaron convertidos en monos y los pocos que se salvaron, terminaron adorando a TEZCATLIPOCA, porque les recordaba que debían hacer de los animales sus dioses, vivir solamente sus instintos y olvidarse de QUETZALCOATL y sus extravagancias.
    Sin embargo la Serpiente Emplumada pronto recuperó el ánimo y se desquitó inteligentemente de TEZCATLIPOCA, pues acabó con la creencia de que la animalidad era lo más importante en la vida del hombre.
    Esto último había sucedido al comienzo del quinto sol y como sabemos, aconteció cuando TEOTIHUACAN se había convertido, por obra de las magias de TEZCATLIPOCA en un lugar donde se veneraba a las bestias.
    Entonces QUETZALCOATL demostró la verdad de la energía creadora cósmica, el TEOTL: sólo por él existimos. TEZCATLIPOCA y los impostores fueron derrocados de sus altares.
    Desde esos años pareció enmudecer, triste estaba ante el triunfo de la inteligencia creadora. Casi nadie se acordaba ya de él; él, que tenía tan buena memoria y todo lo recordaba.
    Él, que andaba invisible en cualquier lugar de los cielos y de la tierra; él, que parecía no envejecer nunca ni debilitarse con los siglos; él, que presumía de tener tantos nombres como oficios: viento de la noche, el que hace lo que quiere, el joven eterno, el que nos encanta, el vigilante, el espía, el provocador, el de las grandes magias.
    Él, TEZCATLIPOCA, que tenía el privilegio de ser la conciencia de los hombres para el bien o para el mal, según conviniera.
    No obstante, pareció que la humanidad prefería a su hermano QUETZALCOATL al verlo tan virtuoso, de conducta tan ejemplar y tan paternalmente bondadoso.
    Así que TEZCATLIPOCA vagaba muy deprimido por todos los rincones del cosmos.
    Allí, vestido con su traje de obsidiana verde oscuro, casi negro, se desplazaba lentamente, ya no con la ligereza que antes acostumbraba; apenas se escuchaba el tintineo de sus espléndidos adornos: el gran medallón que como espejo le cubría el pecho, sus brazaletes de oro, sus dos aretes por cada oreja, unos de plata y otros de oro, su abanico de este mismo metal, pero enriquecido con plumas verdes, azules y amarillas. En fin hecho toda una impresionante elegancia, pues con su manta de red, blanca y negra, orlada de flores de diferentes colores y los veinte cascabeles de oro que ataba a sus pies junto con unas riquísimas sandalias, era la clara representación de su nombre: Espejo negro que humea.
    Y así andaba de un lado a otro, como desterrado por voluntad propia, mirando los avances de los hombres que ahí guiaba QUETZALCOATL. Y aunque aquello le parecía bien, no dejaba de sentir un algo de celos por no participar en aquellos logros.
      Mas he aquí que un día, para su vanidad, se sorprendió al descubrir cerca del mar, en una playa hermosísima, a un hombre que lo llamaba, un admirador perdido en aquellos lugares que devotamente y arrodillado decía:
    ¡Oh, TEZCATLIPOCA poderoso que das conciencia a los hombres de nuestro origen animal y con eso nos das vida diferente! ¡Oh, espejo donde se refleja nuestra existencia y nos das memoria de todo lo que hemos hecho en ella! ¡Oh, hijo del TEOTL que guardas los recuerdos y cuyos sirvientes somos, haz que el olvido desaparezca y yo encuentre otra vez el camino extraviado para regresar con los míos!
    Emocionado, TEZCATLIPOCA se le apareció y le dijo:
    -Contento por la devoción que me profesas, voy a decirte cómo habrás de volver, discípulo mío. Sólo te pido que cuando regreses a tu tierra, hagas que ya no se olviden de mí y me rindan culto.
    El devoto aceptó convencido y de buen agrado.
    -Escucha bien.- continuó TEZCATLIPOCA -Quiero que vayas al espacio donde está el sol y traigas de allá, los cantores y sus instrumentos musicales para que mis devotos hagan fiestas en mis celebraciones.
    -¿Y cómo voy a hacerle para llegar al espacio del sol?- preguntó el devoto.
    -Es muy sencillo. Sólo hay que esperar a que por la mañana salga por el oriente y de inmediato llamarás en tu ayuda a los animales del mar, que con prontitud, se colocarán sobre el oleaje como un gran puente. Entonces tú iras por él a través de ese enorme camino entonando el hermoso canto que ahora voy a enseñarte. Memorízalo bien, pues de eso depende que los cantores te hagan caso y con nuestras magias vengan a tu encuentro cargando sus instrumentos musicales.
    Las bestezuelas que van a colaborar contigo son las ballenas gigantes, las duras tortugas y las mujeres del agua, las ACIHUATL; ellas te facilitarán la llegada hasta el espacio del sol donde se encuentra su casa. Y ya cuando estés allí, canta más fuerte, mucho muy fuerte. Los cantores quedarán fascinados y querrán acudir hasta donde el canto brotó; tú, luego, luego, regresas y ellos te seguirán envueltos en nuestras artes de magia.
    Y así estaba TEZCATLIPOCA instruyendo a su devoto, cuando se vio aparecer en el oriente el disco solar. Surgía trémulo de fuego, como enorme pelota, de entre las ondas del mar que se dibujaban en el distante horizonte.
    -¡La hora ha llegado!- Exclamó TEZCATLIPOCA.- Repite junto conmigo este canto:
Mágico viento nocturno,
atravesemos el mar
para encantar a los músicos
y ponernos a danzar.
    Y el devoto lo interpretó con una voz tan encantadora, de un timbre tan fino, que toda la naturaleza se veía conmovida.
    Al escuchar tan bellas tonalidades, las ballenas se presentaron junto con las tortugas del agua y las mujeres del agua, ACIHUATL, mitad humanas, mitad peces.
    El devoto transformado en un viento terso caminó sobre el puente que aquellos seres fantásticos le tendían.
    Cientos de ballenas emergían de las aguas y se veía aleteantes sus enormes colas. Sus silbidos semejaban música de flautines y hacían brotar de su cabeza altísimos chorros de agua.
    Miles de tortugas asomaban flotando sus verdes caparazones y servían de potentes corazas que sostenían el paso presuroso del devoto de TEZCATLIPOCA.
    También de entre el oleaje surgían muchísimas mujeres del agua, que con sus voces impresionantes, formaban un coro tan perfecto que el propio TEZCATLIPOCA se asombraba.
    Iba el devoto a la mitad de su camino cuando, como un fascinante murmullo, llegó hasta la casa del sol, el canto maravilloso que sucedía.
    El alboroto de sorpresas que se hizo en el cielo solar fue tan estrepitoso que el sol ordenó callar y taparse los oídos. Y aunque él mismo se estremecía ante tanta belleza, pudo resistir y gritar:
    -¡Insensatos! Nadie responda a ese canto. No lo escuchen, pues de hacerlo ese intruso mortal los arrebatará de mi lado.- y los trompeteros y demás músicos celestiales se esforzaban por obedecer.
    Muchos de ellos se aferraban a sus tambores; a los llamados TEPONAXTLI y a los conocidos como HUEHUETL.
    Vestidos de cuatro colores: Blanco, rojo, amarillo y verde, se estremecían y sus pies parecían no poder controlar el impulso por correr a encontrarse con aquel canto delirante.
    Y el sol seguía insistiendo que no oyeran esa canción, que cubriera sus oídos con algodones de nubes, pero nadie ya le hacía caso.
    -Allí viene el miserable.- gritaba -¡No lo vean!- Mas el devoto los llamó cantando y uno de ellos, sin control, le respondió enseguida y se fue con él.
    Así uno tras otro de los músicos celestes, con todo y sus instrumentos, abandonaron la casa del sol y se dejaron guiar por las voces del viento que acompañaban al devoto de TEZCATLIPOCA.
    Entonces se vio cómo el puente se iba llenando de un desfile de músicos encantados que llegaban hasta la playa de nuestras tierras. Todo era música, canto poesía.
    Cuando los habitantes de esas regiones se enteraron de aquello, llevados por el bullicio de las notas rítmicas que brotaban por cualquier lado, comenzaron a danzar y a danzar y a danzar; horas y horas, sin cansancio, sin fatiga.
    TEZCATLIPOCA se encontraba feliz al ver el resultado de sus magias.
    El devoto pregonaba a todos los aires que gracias a TEZCATLIPOCA ahora la humanidad tendría distracción.
    La música y la danza que habían descendido de la casa del sol debían servir siempre para festejarlo.
    El HUEHUETL y el TEPONAXTLI serían los indicados del ritmo y haría que quienes escuchaban o danzaban o cantaban se sintieran poco a poco extasiados por su música. Había que dejarse envolver por ella, sin preguntar siquiera la razón.
    Y TEZCATLIPOCA, nada más en pensar que su hermano QUETZALCOATL perdería adeptos, vibraba de emoción.
    -¡Qué les va a importar el ayuno y la meditación con la alegría distractora de la música!- comentaba para sí. Ahora las mayorías bailarán al ritmo que se les toque y no conforme TEZCATLIPOCA con sus logros obtenidos, continuó tramando la manera de no sólo contrarrestar el poderío de QUETZALCOATL, sino acabar con su influencia. Para eso estaba dispuesto a utilizar todas sus capacidades de mago para perder eternamente a su hermano.
    Así que desde las alturas donde habitaba, bajó de su espacio por una cuerda hecha de telaraña para perseguir y arrojar a QUETZALCOATL de la Tierra donde vivía haciendo el bien: TOLLAN, el lugar de la abundancia; el sitio de la sabiduría; la ciudad de los TOLTECAS.
    La lucha sería terrible, y aunque con los suyos era bueno, TEZCATLIPOCA iba a mostrar su crueldad total con el fin de vencer por fin en esa guerra florida que desde siempre había sostenido con su hermano, la Serpiente Emplumada, QUETZALCOATL.
    Así que, ya en la tierra, comenzó a utilizar sus artes de magia para burlarse y destruir a todos los seguidores de QUETZALCOATL.
    Lo primero que hizo fue disfrazarse de un joven muy apuesto para humillar a una doncella que tenía fama de virtuosa.
    Los mejores hombres de entre los TOLTECAS aspiraban a ser el elegido compañero de la hija de HUEMAC, el guía de sabias palabras, el TLATOANI.
    Las mayores muestras de cariño le eran brindadas y ella parecía nunca conmoverse.
    Le daban regalos especiales: mantas de algodón preciosamente bordadas donde se veían flores, mariposas y pajarillos; penachos de finísimas plumas de quetzal y guacamayo; collares y aretes de perlas; brazaletes de oro adornados con jade. Sin embargo, nada ni nadie le conmovía.
    Muchos la catalogaron de orgullosa y altiva. Otros la comprendían, porque no ignoraban que de acuerdo con QUETZALCOATL, ella debía mantenerse exclusivamente para meditar y hacer cosas bellas: meditar, estudiar, saber...
    Pero he aquí que el burlón de TEZCATLIPOCA, un día apareció en el mercado que llenaba la gran plaza frente a la cual se levantaba el impresionante TECPAN, el palacio del señor de los TOLTECAS, HUEMAC, gran adorador de QUETZALCOATL. Iba totalmente desnudo y dejaba ver, por tanto, las admirables proporciones de su cuerpo.
    TEZCATLIPOCA, bien que había sabido escoger su nuevo disfraz. El mancebo en que se había convertido, semejaba una perfecta estatua en movimiento.
    La gente que se encontraba en esos instantes en el tianguis haciendo sus trueques, quedó fascinada al mirar a ese hercúleo forastero. Y contemplaba su rostro y sus bellas facciones; y se sorprendía de las dimensiones de sus forzudos brazos y de su esculpido y musculoso torso; y de sus fibrudas y ágiles piernas. Era un ejemplo de belleza corporal masculina.
    -¡Ya viste a ese TOUEYO! ¡Qué extranjero!- Algunos exclamaban y tanto se acrecentó el murmullo de los comentarios que la hija de HUEMAC, salió a ver de lo que se trataba.
    Cuando ella vio al TOUEYO, al forastero aquel, quedó prendada de su viril hermosura; sofocadamente entróse en palacio y comenzó a sentirse muy mal. Se había enfermado de amor.
    TEZCATLIPOCA, que todo lo sabía y lo sentía, de inmediato comprendió el efecto causado y se rió muy por dentro.
    -¡Ja! estos humanos no saben que la mejor manera para destruir la meditación es la pasión del amor. Esclavos de los sentidos y de sus sentimientos no tienen más tiempo que para estar con quien aman. A ver ¿Dónde quedó tu resistencia?
    Pronto HUEMAC supo de la enfermedad de su hija, que se hallaba siempre triste y postrada, y mandó llamar a los sabios en la ciencia de sanar. Le aplicaron todos los remedios habidos hasta entonces, pero ninguno producía el efecto aliviador.
    -Lo que pasa es que tu hija, oh gran HUEMAC, está enamorada.- Le comentaron las mujeres que atendían a la doncella.
    -¡Pero de quién!- Intrigado preguntó el señor HUEMAC.
    -Del hermoso TOUEYO, el extranjero que llegó al tianguis desde hace días.- Le contestó una anciana.
    -Búsquenlo pronto y tráiganlo acá.- Ordenó a sus colaboradores, pero éstos no lo pudieron encontrar.
    Por más que indagaban entre los que asistían al tianguis por el paradero del TOUEYO, nadie acertaba a responder.
    TEZCATLIPOCA invisible se burlaba de aquello.
    Al fin, después de reír un buen rato, TEZCATLIPOCA apareció maravillosamente en su disfraz de hermoso joven forastero y los guardianes lo llevaron ante la presencia de HUEMAC, quien le preguntó:
    -¿De dónde eres?
    -Señor, yo soy forastero y vengo por aquí humildemente a vender chiles verdes. No soy sabio ni practico la meditación ni todo lo que QUETZALCOATL predica, sólo me dedico a cultivar mi cuerpo y a vivir, como los animales del monte, de lo que por allá se da. Por eso ando desnudo y a eso se debe que mi cuerpo sea distinto al de los demás.
    HUEMAC quedó sorprendido ante aquella respuesta y le comentó:
    -Mi hija está enferma de amor por ti y sólo tú puedes curarla. Debes casarte con ella.
    -¿¡Yo?! Pero si sólo soy un humilde forastero CHICHIMECA. Mejor mátame, pues no soy digno de oír estas palabras.- Por dentro, TEZCATLIPOCA se reía. Bien que conocía las artes de la actuación.
    HUEMAC, cada vez más nervioso, ordenó:
    -No tengas miedo. Por fuerza tendrás que sanar a mi hija. Anda y entra a verla para decirle que te casarás con ella.
    El TOUEYO hizo lo que se le mandó y al poco tiempo se realizaron los festejos de la boda.
    Los TEPONAXTLIS y los HUEHUES acompañaron una gran danza en honor del señor que veneraba el TOUEYO: TEZCATLIPOCA.
    Cuando los TOLTECAS que habían aspirado a ser los elegidos de la princesa se enteraron de aquello, se enojaron y dijeron palabras injuriosas para HUEMAC. De inmediato le declararon la guerra, pero el TOUEYO, es decir TEZCATLIPOCA, con sus artes de magia, los derrotó.
    Con este triunfo, el TOUEYO fue aceptado plenamente por el pueblo y HUEMAC, que al principio no estaba muy contento con él, lo reconoció y lo llenó de elogios.
    Los TOLTECAS lo recibieron bailando y cantando y tañéndole las flautas con mucha alegría por su victoria. Se había convertido en el nuevo ídolo de TOLLAN.
    Y TEZCATLIPOCA se sentía feliz.
    Pero aún no bastaba esto para consumar su plan.
    Tenía que acabar con todos los adoradores de QUETZALCOATL y para eso reunió a tanta gente de los alrededores de TOLLAN, como nadie lo había logrado, con el pretexto de un gran mitote, de una gran fiesta.
    Cuando había tantos que no se podían contar, así mancebos como mozas, TEZCATLIPOCA, emplumado todo su cuerpo, teñida la cara de colorado, comenzó a bailar y cantar tocando los tambores traídos de la casa del sol.
    Y toda la gente también comenzó a bailar y a holgarse mucho, cantando los poemas que TEZCATLIPOCA-TOUEYO iba entonando.
    Así bailaron y cantaron desde la puesta del sol hasta cerca de la media noche.
    Como eran tantos los que danzaban, se iban empujando unos a otros y muchos de ellos caían por el barranco cercano. Allí TEZCATLIPOCA los convertía en piedras.
    Otros se iban por el puente colocado sobre el río cercano y al pasar, TEZCATLIPOCA lo quebraba y todos los que por ese lugar pasaban, se precipitaban al río y quedaban convertidos en peñascos.
    TEZCATLIPOCA los había emborrachado con un brebaje mágico para que los TOLTECAS no vieran lo que hacía el mago y mucho menos sintieran lo que les acontecía.
    Después de que hizo desaparecer a muchos de los seguidores de su hermano con sus encantamientos, se convirtió en un hombre gigantesco al que llamaron TEQUIUA, y mandó traer a otros comarcanos de TOLLAN para que vinieran a ayudar en el cultivo de una huerta de flores que según TEZCATLIPOCA, era para QUETZALCOATL.
    Con este pretexto, vinieron muchos vecinos de los pueblos cercanos a TOLLAN y cuando TEZCATLIPO-CATEQUIUA los vio reunidos, tramposamente los atacó con una coa y como iban desarmados, muchos corrían huyendo, pero con las prisas angustiosas caían y allí eran victimados.
    TEZCATLIPOCA cada día se elevaba más poderoso sobre los TOLTECAS que suplicaban la pronta presencia de QUETZALCOATL para apaciguar tanta desgracia.
    Los TOLTECAS adivinaban que su fin estaba próximo, si la Serpiente Emplumada no aparecía, pues ya no resistían las magias terribles de TEZCATLIPOCA; como aquella vez en que apareció en un tianguis y hacía bailar un muchachuelo, tan diminuto que causaba asombro, en la palma de sus manos. Tanta maravilla, hizo que los TOLTECAS se arremolinaran para ver ese prodigio y que se mataran empujándose unos contra otros.
    O cuando incendió el cerro del zacate, ZACATEPETL; o cuando hizo llover piedras del cielo; o cuando hizo que la comida se acedara y se convirtió en una vieja que tostaba el maíz y que al olerlo los pueblos hambrientos, se dirigían hasta ella; entonces TEZCATLIPOCA los atacaba.
    Casi toda la TOLTECAYOTL había caído en poder de TEZCATLIPOCA, sólo faltaban unos cuantos, y esos, pronto serían vencidos por obra de sus negras magias.

 
LA VIDA MARAVILLOSA
DE
NUESTRO SEÑOR
QUETZALCOATL

    Cuentan las historias de nuestros antiguos abuelos que cuando QUETZALCOATL se enteró de las magias de su hermano TEZCATLIPOCA y de los sufrimientos que provocaba entre los hombres, se conmovió tanto que los cielos donde habitaba, se iluminaron como si una explosión atómica se hubiera desatado.
    TEZCATLIPOCA siempre había sido su enemigo. Y como el de los espejos ahumeantes era tan envidioso, nada de lo que había hecho QUETZALCOATL le merecía ser digno de aprecio.
    Por lo contrario, muchas veces se había convertido en jaguar y había devorado a los humanos que luchaban por perfeccionarse y ser mejores.
    En otras ocasiones había logrado convencer a los viejos TEOTIHUACANOS de que se conformaran con portarse como los animales, sin aspirar a más; que adoraran a los conejos, a los guajolotes, a los murciélagos, a las serpientes y se olvidaran de esa tonta idea de QUETZALCOATL de ser creadores.
    TEZCATLIPOCA les aferraba en su conciencia que sólo eran los hombres y las mujeres, simples bestias, como todas y allí debían quedarse, adorándolo.
    Sin embargo, QUETZALCOATL, desde sus alturas cósmicas, enviaba constantemente rayos de creación cultural. Pues esto era lo que distinguía a los seres humanos verdaderos, de los que no lo eran.
    Y QUETZALCOATL les había inspirado muchas creaciones: El era la inteligencia benefactora.
    Mas como todo parecía ser dominado por TEZCATLIPOCA, no tuvo mas remedio QUETZALCOATL que descender a la tierra transformándose en un gran sabio.
    El quinto sol había marcado su llegada a la tierra con la destrucción de las antiguas creencias en la animalidad.
    Entonces TEOTIHUACAN recuperó su prestigio como gran centro de observación astronómica, de difusor de la energía creadora: el TEOTL.
    Desde esos días, TEZCATLIPOCA huyó derrotado y sólo el pensamiento de QUETZALCOATL fue atendido.
    El era el gran señor, el sabio, el filósofo, el artista, el conocedor de todas las ciencias: sabía medicina y botánica; astronomía y matemáticas; y arquitectura y física; y química y zoología. También entendía muchos secretos de la naturaleza y los ponía al servicio de los humanos.
    Pronto los sacrificios brutales que TEZCATLIPOCA ejercía entre los hombres, fueron olvidados por el dulce y bienhechor culto de QUETZALCOATL.
    Éste ignoraba que aquél planificaba su venganza desde las mansiones estelares, aunque lo sospechaba, pues esa guerra creadora nunca podría tener fin. Así había dictaminado IPALNEMOHUANI, la energía por la cual todos existimos. TEZCATLIPOCA y QUETZALCOATL siempre debían estar en lucha para ir mejorando el universo.
    Era la guerra de los sentimientos y la inteligencia.
    Bien que lo sabía QUETZALCOATL, pues aún recordaba cómo había descendido al lugar de la nada, el MICTLAN, como gemelo precioso de XÓLOTL, en busca de cenizas y huesos de los antiguos hombres, para crear a la nueva humanidad que TEZCATLIPOCA había destruido hacía mucho en uno de los soles pasados.
    Y tampoco podía olvidar que él, les había dado el alimento a los humanos después de una larga búsqueda.
    Había visto a una hormiga roja coger el maíz desgranado que se hallaba en el cerro de la vida, TONACATEPETL, y convirtiéndose en hormiga negra, como gemelo, la acompañó hasta el lugar donde crecía el cereal. Era el interior del monte. Entonces, pidió auxilio a las fuerzas cósmicas para que lanzaran sus rayos y destrozaran con ellos al cerro.
    En cuanto esto sucedió, la lluvia dispersó los alimentos: El frijol, los bledos, la chía, y sobre todo, los maíces; el blanco, el negro, el amarillo. Entonces los hombres de nuestra tierra tuvieron comida.
    Todos lo admiraban, porque nunca quiso ni admitió sacrificios de sangre de hombres ni de animales, sino sólo de bledos y de flores; de copal y de hierbas.
    Lo adoraban porque prohibía y evitaba la guerra destructiva de los robos, los crímenes y otros daños que los malos discípulos cometían y los castigaba con dulzura, pero con gran energía.
    Cuando TEZCATLIPOCA se enteró del éxito de su hermano, rabió de coraje, como siempre, y fue cuando decidió descender de los cielos a través de una tela de araña.
    Mientras tanto, QUETZALCOATL simbolizaba para todos ellos a la inteligencia, la capacidad creadora benéfica del ser humano, porque él, en su plenitud de bondad, no era como ellos habían sido, meros animales, simples serpientes que se arrastraban por los suelos únicamente en pos de alimento y placer.
    QUETZALCOATL poseía la orla de la elevación sobre la bestialidad. Lo adornaba el plumaje de la altura cósmica; del universo en perpetua creación. Era una serpiente elevada con disciplina y virtud hacia los plumajes chispeantes de la energía. Era una serpiente Emplumada.
    Era el vencedor de su naturaleza instintiva, esclavitud animal, engrandecido por su sabiduría creadora. Era el que había conservado incorrupta su mente, distante del egoísmo y de la vanidad, y había utilizado su cuerpo para vitalizar su magnitud creativa.
    Era un muy grande artista en todas sus obras y había descubierto también las varias clases de cacao, las diferentes especies de algodón y las piedras preciosas, las turquesas genuinas, el coral, los caracoles, las múltiples variedades de plumas que las aves podían ofrecerlos.
    Los utensilios en que comía, él los había hecho, puesto que también era un maravilloso artífice.
    A los cantores les había enseñado a componer versos tan melódicos y tan profundos en sus significados, como el canto de las aves cuando surge el sol por las mañanas. Y los CUICANI le cantaban a su maestro.
     A los pintores les hizo conocer la técnica de extraer los colores de plantas y metales para que su duración fuera eterna y con ellos colorear las vasijas, las estatuas, los muros, las columnas, los techos, las casas, las pirámides y los TLACUILOS lo eternizaban en sus imágenes.
    Y QUETZALCOATL dictó para el pueblo que lo amaba leyes sabias y justas, como su propia vida, vida semejante al TEOTL.
    Y nunca impuso su autoridad ni exigía devoción ni gratitud.
    El amor por la humanidad se desgranaba en sus vocablos dirigidos a todos los vientos y que los ecos repetían a todos los hombres.
    Y a cada instante crecía la admiración por quien entregaba lo mejor de sí, sin esperar más allá que, el beneficiado trascendiera su pequeñez animal para convertirse en un tolteca pleno.
    Y los niños y los jóvenes querían ser como QUETZALCOATL, serpientes emplumadas, hombres que ascendieran de sus instintos a la categoría de seres creadores, humanos, como el TEOTL IPALNEMOHUANI, la energía por la cual existimos.
    Pero sucedió que un día, cuando el HOMBRE QUETZALCOATL, el filósofo y guía, YACATECUHTLI, TLATOANI, comenzaba a llegar a la vejez, la envidiosa fuerza de TEZCATLIPOCA se hizo presente para causarle daño y llevarlo a su fin.
    Así que de tanto oír hablar de la grandeza de su hermano humanizado, el decidió ponerlo en ridículo ante los que lo idolatraban. Ahora le tocaba el turno de vencer a TEZCATLIPOCA. Haría todo lo posible para que QUETZALCOATL dejara su humanidad y retornara a su espacio. Algún día regresaría a la tierra tal vez, pero mientras la hora de los espejos ahumeantes iba a llegar.
    Para llevar a cabo sus planes, TEZCATLIPOCA hizo una vez más uso de sus famosas magias y se humanizó transformándose en un anciano totalmente canoso que llegó hasta el TEOCALLI de QUETZALCOATL, su casa de meditación creadora.
    Allí pidió permiso a los discípulos para ver a QUETZALCOATL, pero ellos se lo negaron diciéndole:
     -Anda vete, viejo, que no lo puedes ver, porque está enfermo y le darás pesadumbre.
     -No, porque yo debo verlo. El me está esperando. -Insistió TEZCATLIPOCA.
    Y los discípulos guardianes fueron a hablar con QUETZALCOATL para informarle lo que sucedía. Éste les dijo que permitieran al viejo que entrara. Su corazón bondadoso no alcanzaba a sospechar las maldades de su hermano.
    Luego llamaron al anciano quien entró a donde estaba QUETZALCOATL y le dijo:
     -Nuestro señor QUETZALCOATL, aquí traigo una medicina para que la bebas.
     -Enhorabuena seas bienvenido que ya hace muchos días te estoy esperando.- Respondió el sabio ASCETA.
     -Como sé que estás mal de salud, te traigo una medicina que ha de curarte. Con esto recuperarás el vigor perdido y se irán los dolores de tu cuerpo. ¡Bebe! ¡Bebe! ¿O me vas a despreciar?- Propuso el viejo.
     -Es cierto que estoy mal dispuesto y que padezco grandes molestias, pues no puedo menear las manos y los pies fácilmente, pero no puedo aceptar lo que me propones, porque esa bebida nunca la había conocido.- QUETZALCOATL continuó. Podría emborracharme y se adivina que es jugo de maguey, agua miel.
    -Señor, esta medicina es muy buena y saludable, y aunque es verdad que se emborracha quien la bebe, luego sanarás, se te ablandará el corazón y te has de acordar de los trabajos y fatigas que has tenido en estas tierras y de tu deber de irte ya de aquí.- Prosiguió el TEZCATLIPOCA viejo.
     -¿Qué dices? ¿A dónde tengo que irme?- Con cierta inquietud preguntó QUETZALCOATL.
     -Por fuerza tienes que ir a Tlapalan, donde otro anciano como yo te convertirá en mancebo y volverás rejuvenecido.
    Y QUETZALCOATL al oír estas palabras se conmovió y aceptó tomar de aquel liquido. Luego exclamó:
     -Parece ser cosa muy buena y sabrosa. Ya siento que me va sanando y se me quita la enfermedad. Me siento mejorado. Con esto basta.
     -Toma más señor QUETZALCOATL.- Insistió burlonamente el viejo.- Así estarás más aliviado.
    Y QUETZALCOATL que hacía fuerza de voluntad para rechazar la invitación, vaciló y bebió nuevamente.
    Con eso fue suficiente para sentirse arrastrado en un extraño torbellino de pasiones. Un placer infinito le recorría su piel y le hacía acariciarse a sí mismo.
   Era como si cayera a la tierra y cual serpiente, se enredara en sus sentidos y un huracán de labios, de cuerpos, de miradas y de manos lo devorara en triunfo de los instintos animales.
    Y TEZCATLIPOCA se carcajeaba en el interior del anciano. Lo había hecho beber TEOMETL, esa agua miel de los magueyes que embrutecía cuando se tomaba con exageración.
     -Ahora ahí estaba su sabio. El virtuoso, el creador de la TOLTECAYOTL, hecho un hombre común, degradado a la bestialidad.- Pensaba TEZCATLIPOCA.
    Y entonces QUETZALCOATL, completamente borracho comenzó a cantar:
    "Dejaré mi casa de plumas
    de QUETZAL,
    de amarillas plumas
    de TRUPIAL,
    Mi casa de corales dejaré.
    ¡Ay, de mí, ay!
    Los guardianes y gente que amaba a QUETZALCOATL acudieron a verlo en cuanto oyeron ese canto entonado en una voz distinta a la siempre dulce de su venerado señor.
    Y quedaron sorprendidos de lo que vieron; incrédulos.
    Alegre, QUETZALCOATL ordenó:
   -Vayan a traer a mi hermana mayor para que nos embriaguemos.
    Cuando ella llegó, se sentó junto a QUETZALCOATL y el VIEJO TEZCATLIPOCA, la hizo beber TEOMETL, como ya lo había hecho con todos los que ahí se habían reunido al oír el canto de QUETZALCOATL ebrio.
    A partir de ahí, todos se confundieron en una danza escandalosa que brotaba de los TEPONAXTLIS y los HUEHUES. Y cantaban versos tontos:
     ¡Oh tú, hermana mía
     embriaguémonos!
     ¡Hagamos esto
     en lugar de trabajar!
    Y las voces y las carcajadas vulgares rompían el antiguo silencio de la casa de la meditación creadora. Aquel TEOCALI parecía estremecerse. QUETZALCOATL se encontraba hundido en una inconsciencia total.
    Cuando abrió los ojos, luego de haber permanecido quién sabe cuánto tiempo dormido, vio muy triste a todos aquellos que lo amaban.
    Ya no dijeron "Somos virtuosos ascetas". Ya no entraron al temascal para tomar sus baños de obligación. Ya no fueron a depositar espinas de maguey como prueba de que habían cumplido con el auto-sacrificio para endurecer la voluntad de perfeccionarse. Ya nada hicieron al alba.
    Y QUETZALCOATL se sintió humillado y escarnecido.
    Había caído ante las magias de su hermano TEZCATLIPOCA como un jovenzuelo inexperto y se avergonzó.
    QUETZALCOATL sintió derrumbarse y decidió irse de TOLLAN.
    Muchos le oyeron cantar esta triste canción:
  Hasta hace poco,
  ¡Oh TONANTZIN!
  Nuestra madre vida,
  ¡Oh COATLICUE!
  Formadora de virtuosos,
  me llevabas en tu regazo
  creador.
  Pero ahora...
  lloro:
  Te he perdido.
    Y ante este canto, todos sus discípulos toltecas se entristecieron.
    Bien que comprendían el dolor de QUETZALCOATL, él, que había llegado a la fase máxima de perfección humana, COATLICUE, síntesis de la creación del verdadero hombre: sapiente de que nace de la tierra, pero debe elevarse al cielo arrancándose el corazón de los sentimientos, los instintos animales y las pasiones sensoriales, se sentía involucionado, echado hacia atrás, muy abajo de lo que había logrado.
    Había fallado y debía irse. Su culpa merecía el exilio, el destierro, el alejamiento. Quizá, como lo había dicho TEZCATLIPOCA, un día regresaría para ser lo que había sido: Quien a punto había estado de ser la máxima perfección.
    Entonces QUETZALCOATL reunió a los toltecas y les dijo:
    -Abuelos, discípulos, hermanos míos, voy a dejar TOLLAN me voy. Sólo quiero meditar en una casa de piedras durante cuatro días y entonces partiré.
    Todos sufrían, muchos lloraban. No querían que se fuera, porque con ellos acabaría el mundo de abundancia en que vivían los toltecas.
    Pero QUETZALCOATL no cambiaba de idea. Era mejor, sobre todo cuando recordaba lo sucedido. El espejo ahumeante de TEZCATLIPOCA, la memoria, la conciencia, bien que se lo hacía tener presente. Y allí estaba en su mente, fija la imagen cuando TEZCATLIPOCA le decía en medio de la borrachera:
     -Mírate y conócete señor QUETZALCOATL. Ve cómo apareces en mi espejo. Mira las verrugas de tus párpados, las cuencas hundidas de tus ojos y toda tu avejentada cara, deforme, Ya no eres lo que eras.
    Mas sobre todo, no olvidaba el ridículo cuando las magias de TEZCATLIPOCA lo hicieron disfrazarse de joven. ¡Cómo lo había pintado! ¡Cómo lo habían vestido! ¡Cómo había sido el hazmerreir de todos!
    Y aunque su mente era lozana y eterna, su cuerpo humano ya era viejo y debía reconocerlo. Por eso ahora tendría que irse y aceptar la transformación, pues todo es creación constante que gira en el cosmos sin fin para perfeccionarse. La vida siempre existirá y QUETZALCOATL había llegado al término de una de sus edades. Sólo habría que esperar a que surgiera, con el tiempo, su nueva época. El nuevo retorno mejorado.
    Para eso mandó, antes de irse:
    -Quemen todas mis casas que tenía hechas de plata y de concha.
    También mandó enterrar las cosas preciosas que se habían elaborado. Allá por los barrancos serían sepultadas o arrojadas a lo profundo de los ríos.
    Luego transformó los árboles de cacao, en mezquites y la fértil abundancia de TOLLAN se esfumó convirtiéndose en un lugar arenoso y casi desierto. Sólo ruinas quedaron.
    Enseguida ordenó que todas las aves de hermosos plumajes, los quetzales, los papagayos, los quecholes, se fueran de allí. Y también las multicolores mariposas, las bellas y ligeras PAPALOTL.
    Entonces fue cuando QUETZALCOATL partió de TOLLAN y algunos decidieron seguirlo. Había tomado el camino que conduce al mar.
    Primero llegó a un lugar llamado CUAUITITLAN, donde estaba un árbol gigantesco y grueso, QUETZALCOATL se arrimó a él para recibir su sombra y pidió un espejo. Allí TEZCATLIPOCA se reflejaba y le hizo recordar su vejez a QUETZALCOATL cuando éste se vio allí:
     -¡Sí! ¡Ya estoy viejo! era verdad aquella burla. No era sólo un producto de mi ebriedad.- Exclamó el sabio desterrado.
    Y apedreando al árbol, le llamó viejo CUAUITITLAN.
    Decidido, continuó su andanza y quienes lo seguían, iban delante tañéndole flautas de las que brotaban melancólicas músicas.
    Cansado, en un lugar del camino, se sentó en una piedra y mirando rumbo a TOLLAN comenzó a llorar tristemente y las lágrimas que derramaba, iban cavando y horadando la piedra sobre la que reposaba. Y como sus manos se recargaban en ella, allí quedaron estampadas como un recuerdo de la vida maravillosa de tan gran señor. Desde entonces ese lugar fue conocido con el nombre de TEMACPALCO, es decir, donde está la señal de la mano en la roca.
    Después de descansar cuerpo y alma, fue hacia otro lugar llamado TEPANOAYAN, donde había un río grande y ancho, para cruzarlo se tuvo que hacer un enorme puente de piedra, como correspondía al nombre de ese sitio. Y así lo atravesó sollozante.
    Apenas cruzado el puente, algunos toltecas más lo alcanzaron y le dijeron:
    -¡QUETZALCOATL! ¿Por qué abandonas a tu pueblo?
     -Voy a donde abunda la tierra de colores, a TLAPALAN, a donde me llama el sol.
    -¡Déjanos un poco más, tan siquiera, de tu sabiduría para acabar con nuestra serpiente terrenal, emplumarla y volar como el quetzal y el viento, como tú nuestro señor magnánimo, que si bien cometiste un error y pareció que cayeras, ahora eres más grandioso, porque te has perfeccionado. Ya lo has vivido todo, sin esclavizarte a los sentidos.
    QUETZALCOATL al oír las peticiones de sus adoradores, comenzó a quitarse todas las ricas joyas con que lo habían adorado al partir de TOLLAN.
    Se aproximó a una fuente hermosísima que se veía al lado del río y allí echó esas pertenencias.
    El resplandor que despedían iluminaban los ojos suplicantes y asombrados de sus seguidores.
     De ninguna manera podrán impedir mi ida. Por fuerza tengo que marcharme. Aquí quedan los aparentes brillos. Voy hacia la luz verdadera. Exclamó nuestro señor, el visionario QUETZALCOATL, la serpiente embellecida, preciosa, emplumada, sabia inteligencia creadora; nuestro gemelo escondido.
    Desde entonces, esa fuente se llamó COAHUAPAN, es decir, en donde quedó lo que tenía QUETZALCOATL.
    Mucho tiempo caminó entre cerros y laderas hasta que fatigado durmió un poco. Cuando despertó, prosiguió el sendero y cruzó entre los fríos volcanes. Allí todos sus seguidores sucumbieron ante las gélidas cumbres del POPOCATEPETL y la IZTACCIHUATL. QUETZALCOATL volvió a sufrir, mas superó valientemente aquel dolor.
    Así llegó por fin al mar, luego de haber llenado de conocimientos a todos los pueblos por los que iba pasando y subió a una balsa formada de culebras emplumadas que allí lo aguardaban.
    -He aquí como llegar a la sabiduría.- Pensó cual mirando al infinito.
    Y QUETZALCOATL, al borde del luminoso océano, tomó unos adornos que se encontraban en la balsa y se fue revistiendo con su nueva piel: Su atavío de plumas de QUETZAL, su máscara de TURQUESA. Y cuando estuvo aderezado, se prendió fuego y se convirtió en un esplendor maravilloso.
    Y es fama que cuando ardía, cuando iban a alzarse sus cenizas, vinieron a contemplarlo todas las aves preciosas, las de bello plumaje que conocen el cielo: La roja guacamaya, el azulejo, el tordo fino, el resplandeciente pájaro blanco, los loros verdes relámpagos y los de arco iris.
     Cuando sus cenizas terminaron de arder, el corazón de QUETZALCOATL ascendió a los cielos y transformado en azules luces inmensas, regresó a reinstalarse en su lugar desde siempre reservado para él, en el universo.
    QUETZALCOATL, el que reina en la aurora, desde entonces le llaman, aunque hoy, muchos le digan VENUS.
    Algún día volverá desde su espacio perfeccionado, a recuperar su tierra.
 
LOS ÚLTIMOS DÍAS
DE LA
GRANDE TOLLAN

    Desde la partida de QUETZALCOATL, la espléndida y abundante en grandezas, la rica, hermosa y grande TOLLAN, fue abandonada por muchos que lo siguieron y su antiguo brillo, el viejo fulgor que la había hecho tan conocida, pareció ir derrumbándose día tras día.
    HUEMAC, que se había convertido en adorador de TEZCATLIPOCA y era feliz viendo a su hija casada con el forastero, aquél desnudo e impresionante TOUEYO, reinaba poderoso y temido entre los toltecas que habían permanecido en su tierra y en los alrededores de ella.
    Auxiliado por su yerno, ahora vuelto todo un héroe, y no sólo por haber derrotado a quienes querían apropiarse del poder dejado por QUETZALCOATL y se lo había restituido a su suegro, sino por haber ayudado a ensanchar los dominios de HUEMAC.
    TEZCATLIPOCA constantemente le recordaba al nuevo señor que debía extender sin cesar su poderío y hacer que los vencidos adoraran al señor de los espejos ahumeantes, como única potencia digna de homenajear.
    Así que se inclinó más al orgullo de la milicia y de la guerra que a la tranquilidad y quietud de la paz tan pregonada por QUETZALCOATL.
    Como un día HUEMAC se enteró que el desterrado QUETZALCOATL vivía en CHOLULA, decidió atacar a esa ciudad y se dirigió aconsejado por TEZCATLIPOCA, con el propósito de destruirla.
    Reunió a mucha gente y a donde llegaba, destruía todo lo que le parecía tener huella de la Serpiente Emplumada que ahora combatía.
    Cuando HUEMAC llegó a CHOLULA para encontrarse con su enemigo QUETZALCOATL, supo que se había ido. Fue tanto su enojo, que nuevamente, aconsejado por TEZCATLIPOCA, hizo horribles matanzas en todos los que todavía vivían en aquella ciudad sagrada. Con esto el temor que le cobraron creció tan enorme que se hizo adorar como un dios. Su vanidad se agrandó infinitamente y pretendió destruir y oscurecer, tirar a la negrura del olvido, lo enseñado allí por QUETZALCOATL.
    Mientras, en sus recintos sin fin, TEZCATLIPOCA reía triunfante.
    Cuando regresaron a TOLLAN, que ya se veía muy descuidada, el pueblo recibió a HUEMAC, el TOUEYO y sus ejércitos con muestras de grande alegría por la victoria obtenida. Y bailaban y cantaban y tañían las flautas.
    Como homenaje a su triunfo les emplumaron la cabeza y les tiñeron el cuerpo de amarillo y la cara de rojo.
    Pleno de gozo, HUEMAC le dijo a su yerno, el musculoso TOUEYO:
     -Ahora ya estoy contento. Muy bien hemos hecho con nuestros enemigos. Sólo que estas ceremonias no me agradan demasiado, porque me recuerdan las antiguas costumbres. Sería bueno hacer otro tipo de sacrificios.
     -Buena me parece esa opinión, mi señor HUEMAC.- respondió el TOUEYO, que como sabemos no era otro más, que el propio TEZCATLIPOCA encarnado. -Ya pensaré como ir cambiando todos estos festejos.
    Y su mirada se clavó profundamente en los ojos del TOUEYO que como espejos reflejaban los de HUEMAC.
    Y tanto se acrecentó la soberbia de HUEMAC que sin darse cuenta del abandono en que se encontraba sumida la gran TOLLAN, sólo le importa rodearse de elogios y de aparentes riquezas.
    Una vez, HUEMAC, engreído de su poder, presumiendo, retó a los TLALOQUES, aquellos que piden ayuda a TLALOCTLI, la lluvia, para que caiga, a jugar a la pelota.
    Los TLALOQUES le preguntaron:
    -¿Y qué ganamos con jugar contigo?
     -Mis plumas de QUETZAL y mis CHALCHIHUITES; estas preciosas piedras verdes; esmeraldas.- les dijo.
     -Aceptamos y eso mismo ganarás tú, si resultas triunfador: nuestras esmeraldas y nuestras plumas de QUETZAL.- Le respondieron los TLALOQUES.
    Enseguida comenzaron a jugar y con la tramposa ayuda de TEZCATLIPOCA les ganó. Los TLALOQUES sorprendidos fueron a buscar lo que habían de darle a HUEMAC, pero en vez de lo apostado, le pagaron con elotes y con las hojas de éstos.
    HUEMAC protestó ante tal acción:
     -Esto no había sido lo dicho. En lugar de esmeraldas me dan elotes y el envoltorio de las mazorcas por plumas de QUETZAL. ¡No tienen palabra!
    Ofendidos los TLALOQUES, exclamaron:
     -Mide lo que dices, soberbio. Está bien, aquí están las esmeraldas y las plumas de QUETZAL, pero vas a arrepentirte de tu poca cortesía y de tu exceso de ambición.
    HUEMAC se rió ante las amenazas y tomando su ganancia se fue acompañado del TOUEYO rumbo a su gran mansión, un TECPAN que había pertenecido a QUETZALCOATL y que por descuido se veía entrar en ruinas.
    Cuando los vencedores se alejaron dando grandes carcajadas, los TLALOQUES dijeron:
     -Bien está. De ahora en adelante esconderemos todos los CHALCHIHUITES de la tierra y padecerán gigantescos trabajos los toltecas, seguidores de este presuntuoso HUEMAC. Rechazaron el maíz de la abundancia y lo pagarán con hambre y destrucción. Nosotros no vamos a tener la magnanimidad de QUETZALCOATL. Ya nos desquitaremos.
    Al poco tiempo cayó una helada tan fuerte que se perdieron árboles, frutos, nopales, tunas y magueyes. Se secaron las milpas y las piedras se deshicieron. Enseguida llegó un calor tan insoportable que TOLLAN parecía derretirse.
    Los toltecas adoradores de HUEMAC morían de hambre y TEZCATLIPOCA recomendó que le sacrificaran prisioneros de guerra; en lugar de bailar y cantar, ordenó que vendieran a los niños como sirvientes a los pueblos distantes que se encontraban hacia el sur, en el ANAHUAC, para que obtuvieran con ello, guajolotes y así pudieran hacer tamales y comer.
    Al fin y al cabo, esos animalitos humanos que vendieran como sirvientes, pronto serían repuestos al reproducirse los toltecas.
    TEZCATLIPOCA era el pregonero de la vida instintiva de los animales. Y HUEMAC los envió de inmediato.
    Así pasaron cuatro años. Malos agüeros se sucedían. Se mataban muchos hombres en la guerra surgida por el hambre y el deseo de apropiarse de las cosechas que se daban en lugares distantes de TOLLAN.
    Tezcatlipoca ordenaba el desollamiento de los cautivos.
    Adonde quiera llegaban los ejércitos de HUEMAC y cometían horrendos crímenes: Robaban, mataban, ultrajaban.
    Por fin, cuando regresaron a TOLLAN los enviados por HUEMAC a ANAHUAC, se presentaron pálidos ante él, quien con mirada terrífica les preguntaba de los resultados:
     -Señor HUEMAC, una tremenda congoja nos aflige, pues allá en Chapultépec, un cerro que emerge de las aguas al poniente del valle tan lejano de aquí, los tlaloques que derrotamos hace ya más de cuatro años, nos mostraron en abundancia todo lo que hoy falta en TOLLAN: Las plumas de quetzal, los CHALCHIHUITES, el maíz, los frutos, los nopales, las tunas y los magueyes.
    -Eso no tiene nada de extraño ni de espanto. Se los hubieran arrebatado por la fuerza.- Molesto dijo HUEMAC.
     -No podríamos, pues todo eso era como una ilusión que aparecía y desaparecía. Entonces los tlaloques nos dijeron que pronto TOLLAN sería destruida y que si se quería posponer tal acabóse, sacrifiques a tu hija y a la mejor hija de esos prisioneros que haz hecho y que se dicen MESHICAS. Para que supieras el valor real de estas palabras me dieron estas mazorcas.
    El tolteca que hablaba se las entregó a HUEMAC y en cuanto las tuvo en sus manos, sus grandes manos se esfumaron.
    Todos quedaron aterrados. Era la venganza de los tlaloques por la humillación recibida hacía tiempo. HUEMAC se afligió y lloró. Buscó al TOUEYO, pero éste había desaparecido, como asustado. Imploró a TEZCATLIPOCA pidiendo ayuda, pero tampoco escuchó.
    HUEMAC se sintió desprotegido. Su vanidad y su soberbia habían preparado los últimos días de la grande TOLLAN.
    HUEMAC decidió ir al sitio donde sería el sacrificio, un lugar llamado Pantítlan, allá en ANAHUAC, casi al centro de los lagos, donde se encontraba un remolino que devoraba con su violencia cualquier barcaza que por allí se atreviera a pasar, no importaba la bandera que llevara. Todas las banderas allí desaparecían.
    Los MESHICAS, que habían venido en una larga peregrinación hasta estas tierras y que andaban cual chichimecas, esclavizados y repudiados por muchos, aceptaron el sacrificio con el fin de que se acabara para ellos también, el hambre y la sed que reinaba en TOLLAN.
    Cuando habían transcurrido cuatro días, MESHICAS y TOLTECAS llegaron a Pantítlan y se efectuó el sacrificio. El remolino devoró la ofrenda.
    Entonces TLALOCTLI comenzó a derramarse en TOLLAN. Al punto se nubló el cielo e inmediatamente llovió y llovió muy recio cuatro días. Cada día y cada noche la tierra fue absorbiendo el agua.
    Así TOLLAN recobró un poco de su antiguo verdor, pero ni HUEMAC ni el TOUEYO estaban allí.
    Para el señor de las grandes manos había acabado el tiempo de los toltecas. Había perdido lo más amado.
    Desesperado, Huemac quiso retar a los tlaloques y fue hasta Chapultépec. Ahí penetró en una cueva dando gritos enloquecidos:
     -¡Dónde están! ¡Aparezcan!
    Mas ahora se encontraba solo. Ya ningún tolteca lo había seguido y todos los que lo habían acompañado, habían muerto.
     -¡Cobardes tlaloques! ¡Preséntense!- Pero nadie surgía.
    Agotado de gritar; sofocado, primero se entristeció y su furia se transformó en llanto. Cuando no pudo llorar más, sintiéndose acabado, se suicidó ahorcándose por desesperación.
    TEZCATLIPOCA le había estrellado también los espejos de la vanidad.
    Mientras, en TOLLAN, después de las abundantes lluvias, brotaron diferentes hierbas comestibles y zacate. Por sí solos renacieron los frutos de la tierra y pronto se hizo redonda la mata de maíz y temprano dio el mantenimiento a quienes habían quedado.
    Cuando se supo la muerte de HUEMAC en la cueva de Chapultépec, todos pensaron que arrepentido por su conducta bárbara, se había sacrificado como QUETZALCOATL, el maestro que HUEMAC había traicionado por hacer caso de TEZCATLIPOCA, para que el maíz nuevamente se diera en TOLLAN.
    Pasaron diez años. La urbe de la abundancia parecía recuperarse. Su auge retornaba y hacía feliz a los últimos toltecas.
    TECPANCALTZIN había heredado el señorío de TOLLAN y procuraba el bienestar de todos.
    Poco a poco se fue haciendo querer de los pueblos vecinos y extendió por sus dominios una gran confianza.
    El recuerdo de HUEMAC sólo era historia. Sin embargo algunos no olvidaban su sabiduría como astrónomo ni el famoso libro que había escrito con pinturas: el TEOAMOXTLI, o las manifestaciones de la energía creadora, donde explicaba porqué toda la naturaleza no era mas que una misma potencia, el TEOTL, vestida de distintas formas y diversos grados de evolución, donde el ser humano era el mas avanzado, pero que debía perfeccionarse por obra del esfuerzo, el estudio, la virtud y la voluntad. Para ello, QUETZALCOATL, la inteligencia creadora, ayudaba.
    Por eso a muchos toltecas les pareció muy violento el cambio de HUEMAC y su adoración a TEZCATLIPOCA. No obstante, aquello era ya parte de un funesto pasado que se veía ahora muy distante.
    Cierto día de primavera llegó una hermosa doncella al TECPAN de TECPANCALTZIN acompañada por sus padres que traían algunos regalos para el nuevo señor de los toltecas.
    Era miel prieta de maguey y azúcar de esta miel que había sido inventada por el padre de ella, PAPANTZIN, y como cosa nueva se lo trajeron a presentar al guía de los destinos toltecas.
    TECPANCALTZIN se alegró al verlos y les hizo enormes elogios y cortesías.
    Tuvo en mucho el regalo y sobre todo a la doncella que por ser tan hermosa se llamaba XOCHITL, esto es, flor.
    El señor no dejaba de contemplarla y con el propósito de que ella regresara, les pidió un poco mas de su exquisito descubrimiento. PAPANTZIN quedó encantado y prometió enviar a su hija acompañada de alguna doncella con una vasija llena del refrescante líquido.
    En efecto, luego de algunos días, XOCHITL volvió a la mansión de TECPANCALTZIN. Éste mandó que la bella muchacha pasara sola a verlo, mientras a la mujer que iba con ella como compañía, le hacían regalos.
    Cuando TECPANCALTZIN quedó a solas con XOCHITL, le declaró su amor y la convenció para que se amaran. Ella, seducida por tan noble señor, accedió a sus besos y abrazos. Y ambos disfrutaron con la liberación de su TLAZOLTEOTL, la energía que estorba y que es necesario sacar para seguir viviendo creativamente.
    Entonces el guía de los toltecas la hizo llevar a un lugar fuera de TOLLAN y le puso muchos guardias para que la cuidaran. XOCHITL era una joya preciosa que debía adorarse y protegerse. Enseguida despidió a la acompañante y le dijo:
     -Dile a los padres de la bella XOCHITL que no se preocupen, pues las mejores señoras de mi TECPAN van a prepararla para que contraiga matrimonio con un gran señor de un pueblo vecino como recompensa del dulce regalo que me han dado. Aquí se quedará muy segura, como en su propia casa.
    Al recibir la noticia, los padres de XOCHITL sintieron mucho aquella decisión, mas tan abundantes fueron los presentes que les hicieron y las tierras otorgadas, que lo disimularon y aceptaron todo.
    Mientras, el señor de los toltecas iba con tanta frecuencia a verla que por el amor y el agua miel comenzó a descuidar las obligaciones para con su pueblo.
    Y es que atrás de todo esto, se hallaba nuevamente TEZCATLIPOCA que parecía repetir la estratagema empleada cuando hizo caer a QUETZALCOATL.
    Antes había sido TLAZOLTEOTL disfrazada, ahora XOCHITL había servido de pretexto para evitar el perfeccionamiento de un hombre que trataba de retomar el curso de la obra benéfica de QUETZALCOATL.
    Y eso no debía ser. Así como TEOTIHUACAN había caído por obra de los instintos animales, y CHOLULA también, TOLLAN no podía ser la excepción. Menos ahora que la Serpiente Emplumada QUETZALCOATL, su envidiado hermano, se había retirado del combate. Así que TEZCATLIPOCA siguió ejerciendo sus influencias.
    Y el señor TECPANCALTZIN se esclavizó tan rotundamente a sus sentidos que se olvidó de meditaciones, de estudio y creación. TLAZOLTEOTL, la pulsión sexual, lo dominaba, por las magias del de los espejos ahumeantes.
    Luego de algún tiempo. XOCHITL tuvo un hijo del señor tolteca, al que le pusieron por nombre MECONETZIN, que quiere decir honorable niño del maguey.
    Cuando los sabios leyeron en las estrellas el destino de este pequeño, quedaron estupefactos, pues todo lo que allí descubrieron, HUEMAC lo había predicho en su famoso libro. El recién nacido tenia casi el total de las señales que distinguirían al señor tolteca, en cuyo tiempo y gobierno, se destruiría definitivamente la grande TOLLAN.
    Como habían pasado ya tres años y los padres de XOCHITL no habían podido ver más a su hija, decidieron buscarla. De inmediato se enteraron que se hallaba en una casa muy bien resguardada en un lugar llamado PALPAN.
    Entonces los padres de XOCHITL supieron también que el señor de los toltecas había ordenado que a ninguno de sus familiares se le permitiera entrar. Esto les produjo una gran preocupación y una profunda pena. Así PAPANTZIN buscó la manera de poder entrar sin ser reconocido.
    Se disfrazó de labrador y fingió que iba a vender sus productos. A los guardianes que custodiaban la casa donde vivía XOCHITL, les pareció inofensivo y lo dejaron entrar.
    PAPANTZIN iba buscando por todos lados y al pasar por uno de los huertos encontró a su hija jugando con un niño.
    -¿Acaso el señor TECPANCALTZIN te ha destinado a cuidar pequeños?- Le preguntó a su hija que lo miraba entre asustada y sorprendida.
     -No padrecito, este nene es mi hijo. TECPANCALTZIN dice que me quiere y yo, aunque sin casarme, le he correspondido. El ha jurado que mi hijo será el gran señor de TOLLAN cuando crezca.
    PAPANTZIN se sintió ofendido en su honor y aunque disimuló, al salir fue a hablar con TECPANCALTZIN. Éste lo consoló y le dijo que no tuviese pena. No era ninguna afrenta y el niño sería su heredero.
    De este modo, el buen PAPANTZIN volvió consolado a su casa y de ahí en adelante pudieron ir y venir a ver a la bella XOCHITL tantas veces como desearon.
    Después de haber gobernado TECPANCALTZIN por cincuenta y dos años, acordó otorgar el mandato a su hijo MECONETZIN, tal cual lo había prometido.
    Este era ya todo un hombre maduro que había crecido bajo la vigilancia cariñosa de su madre y había sido educado en los más altos conocimientos y tradiciones toltecas. Su pueblo lo amaba y le decía por su prodigalidad con todos y por ser virtuoso y sabio, TOPILTZIN que significa nuestro venerado niño.
    Con eso, TEZCATLIPOCA estaba que se lo llevaba la ira. No había podido, por más que lo había intentado, desviar la educación a lo QUETZALCOATL que se le había dado a TOPILTZIN. Hasta parecía una nueva serpiente emplumada. Lo reconocía furioso. Entonces fue cuando planificó provocar el enojo de los envidiosos para que no llegara a ser el señor principal, el TLACATECUHTLI y menos, el que habla sabiamente: TLATOANI.
    Sin embargo, todo fue inútil, TOPILTZIN se encumbró y gobernó por cuarenta años.
    Mas de pronto, TEZCATLIPOCA comenzó a utilizar sus acostumbradas magias. Fue como un impulso perverso y las señales que había pronosticado HUEMAC, principiaron a mostrarse en la tierra y en el cielo.
    Sin saber porqué, TOPILTZIN había comenzado a cambiar de conducta y cometiendo errores graves, con su mal ejemplo, inquietó a toda la grande TOLLAN que se veía como en sus mejores tiempos.
    Aparecían AHUIANIMES, mujeres muy hermosas que iban directo a las casas de la creación y distraían con sus bellezas alegradoras a los sabios que allí meditaban. Los TEOCALLIS parecían más centros de borrachos que sitios destinados a la elevación del espíritu y al perfeccionamiento de nuestra mente. La limpia natural de TLAZOLTEOTL, la pulsión sexual, dejó de ser una necesidad, para convertirse en esclavitud sensoria.
    Y se decía que todo esto era provocado por los hermanos TEZCATLIPOCA el rojo y TEZCATLIPOCA el moreno. Tanto era el descaro de éstos que ya todo mundo los percibía. Sus magias se difundían por cualquier lado.
    Un día TOPILTZIN paseaba por el bosque, cuando quedó sorprendido ante un conejo con cuernos de venado y un colibrí con un espolón muy largo.
    El joven señor quedó triste pues estos eran los pronósticos para el fin de la grande TOLLAN.
    Luego comenzaron terribles aguaceros y hubo, tantos sapos que parecían caer del cielo. Después vino un grandísimo calor y una enorme sequía. Al año siguiente cayeron tantas heladas que no quedó hierba alguna ni animal vivo.
    Al cuarto año se precipitaron gigantescos granizos y rayos sobre la grande TOLLAN. Entonces se destruyeron los pocos árboles que quedaban y los magueyes, sin quedar memoria de cosa alguna, y aún los edificios y murallas fuertes.
      Enseguida llegaron tantos chapulines, sabandijas, gusanos y zopilotes que acabaron por rematar a la antigua y grande urbe tolteca.
    Y por si fuera poco, guerras grandísimas se habían desatado para combatir a XOCHITL, que mandaba en lugar de TOPILTZIN, pues éste, hundido en la borrachera y en la esclavitud de sus sentidos, había perdido la voluntad de vivir ante tantas desgracias ocurridas. Todos despreciaban a TOPIL que había perdido el respeto del reverencial -TZIN. Era un pobre Tópil.
    Acobardado no quería intervenir más en contra de las fuerzas del destino. Ignoraba que el hombre, gracias a su esfuerzo y deseo de hacer las cosas, puede cambiarlo todo. Y aunque los toltecas habían padecido grandes infortunios, todavía eran grandes sus fuerzas y su poder.
    Los rivales de TOPILTZIN seguían combatiéndolos y el debilitado señor viendo que se apoderaban paso a paso de sus tierras, quiso hacer las paces, pero aquéllos no lo aceptaron. Además una gran peste se había desatado y arrasaba lo último que aun existía de la grande TOLLAN.
    Los ejércitos enemigos, comandados desde lo alto por TEZCATLIPOCA, penetraron un día a la urbe derrotada. La defensa fue heroica. TOPILTZIN salió a pelear en persona. El viejo de su padre, y aun las mujeres, dirigidas valientemente por la intrépida y hermosa XOCHITL, combatieron hasta morir en la batalla.
    TOPILTZIN huyó desesperado y los invasores saquearon cuantos tesoros y riquezas pudieron encontrar.
    Lejos ya, TOPILTZIN recapacitó y a los toltecas que quedaron, les heredó los pocos libros de la sabiduría que él había logrado llevar consigo. Y unos se fueron a las costas del mar del sur y otros al norte.
    TOPILTZIN murió a la edad de ciento cuatro años en un lugar llamado XICO; es decir cueva que parece un ombligo.
    Y con él, concluyeron los últimos días de la grande TOLLAN, ese lugar que hoy conocemos con el nombre de TULA.
 
EL POPOCATÉPETL
Y LA
IZTACCÍHUATL

    Hace tantos, pero tantos años, tantos, que ni siquiera alguien lo sospecha a veces, todos los cerros, montes y montañas que rodean a nuestra tierra llamada antiguamente ANAHUAC, es decir, la región rodeada de agua, no existían.
    Lo que hoy vemos en la gigantesca ciudad de México se miraba tan distinto entonces.
    Sólo era un enorme e infinito terreno plano y árido, según cuentan nuestros tatarabuelos aztecas, pues así había quedado luego del final terrible del cuarto sol.
    Entonces, la tierra se había resecado y la esterilidad y el hambre aniquilaban a los hombres debido a su mal comportamiento, puramente animal. Habían olvidado la misión para la cual habían sido hechos: ser creadores como el propio TEOTL, la energía por la cual vivimos, IPALNEMOHUANI, para perfeccionarse a sí mismos y al universo. ¡Y es que eso de portarse como las bestias es tan primitivo!
    No merecían vivir, si no buscaban el camino del mejoramiento diseñado para el ser humano.
    Por eso se habían marchitado las milpas, y secado los manantiales, y huido las nubes, y caído terribles heladas.
    Alimañas feroces habían devorado a los hombres malos hasta quedar unos cuantos que arrastrándose moribundos, sedientos, llenos de hambre, afiebrados, suplicaban perdón.
    Entonces la energía creadora, el TEOTL, hecho OMETEOTL, la dualidad, utilizó su capacidad de transformarse múltiplemente y se convirtió en las flores preciosas de los campos: XOCHIQUETZAL; en el tierno maicito de las milpas: CENTEOTL; en el perfume hijo de las flores: XOCHIPILI; en la fertilidad verde esmeralda de: CHALCHIUCIHUATL; pero sobre todo, en el agua fecundante y purificada y purificada de la lluvia: TLALOCTLI.
    De este modo, aquel páramo sin vida renació por obra química de la energía creadora.
    Y la tierra, sedienta como estaba, bebió tanta agua caída del cielo que con ese líquido precioso se formaron los lagos de México (De la luna), de Texcoco (De los espejos), de XALTOCAN (De los arenales), de Zumpango (Del muro de calaveras), de Xochimilco (De las sementeras de flores), de Chalco (De piedras preciosas) y se vio como vestida con una falda de color turquesa.
    Las raíces y las semillas que guardaban en su interior resucitaron y reverdecieron.
    El panorama se cubrió de verdores fragantes, como un inmenso mar de arbustos y matorrales; de milpas y de tulares; que al moverlo QUETZALCOATL con sus vientos, semejaba un oleaje de jades.
    Las aguas pronto dieron peces y el aire trajo a las aves de preciosos plumajes y maravillosos trinos.
    Allí cantaba el pájaro de cuatro cientas voces, el CENZONTLE, como una orquesta de variados instrumentos; ora parecía un flautín; ora un organillo; ora un violonchelo o una viola, o un violín.
    Acá se escuchaba el trino juguetón del pájaro parduzco de largo pico, el CUITLACOCHE; o los arrullos de la HUILOTAS, palomitas graciosas; o las carcajadas burlonas de los guajolotes.
    Con tanta lluvia bienhechora, ANAHUAC se había convertido en un exuberante paraíso, como aquél que decían se había creado en otros tiempos y que existía muy lejos de allí, por el este, cerca del mar: TAMOANCHAN.
    Entonces TLALOCTLI, cansado de caer sobre la tierra, sin más ganas de llover por un rato, buscó una casa para refugiarse con su corte de gotas bailarinas, sus TLALOQUES.
    Pero he aquí que se dio cuenta que no había un sitio apropiado para ello, pues todo era una enorme meseta, sin relieves mayores y pidió a la energía creadora que le construyera altos lugares donde reposara y viviera.
    Así fue como el TEOTL comprendió las razones de TLALOCTLI y decidió crear montes y montañas alrededor de los lagos de ANAHUAC por obra de su energía creadora.
    Primero había que crear, al norte, una pequeña sierra por donde el viento, EHCATL, penetrara tersamente hacia todos lados y purificara con sus suaves soplos el posible mal ambiente.
    Así puso en esta región a EHCATEPETL, el monte del viento; muy cerca de él, hizo otro para dotar de pedernales a los hombres y hacer fuego con su piedra, el TECPAYOCAN o cerro del pedernal, hoy llamado Chiquihuite, y que parece una gran pirámide.
    Allí mismo hizo una cadena de pequeños cerros que se llamaron, TECOATLASUPEUH la pequeña sierra serpiente que pisamos, y casi entrando en el lago, como una nariz, diseñó el TEPEYACAC.
    Ese cerro debía ser el guía para todos los habitantes de ANAHUAC, Así como la nariz va siempre adelante, orientándonos. Luego hizo las demás sierras que rodeaban a aquel antiguo paraíso de ANAHUAC. Y fueron tantos los montes y de tan diversas alturas, que TLALOCTLI no sabía cuál escoger para habitarlo como casa, así que decidió vivir en todos; ser algo así como el corazón de los montes, TEPEYOLOTLI. De allí brotaría y bajaría en fuentes benéficas.
    Las nubes rodearían las cumbres y como grises serpientes jugueteantes, MIXCOATL, serpiente de nubes, caerían allí mismo deshiladas en lluvia o en toda la superficie de ese nuevo TAMOANCHAN.
    Así nacieron otros montes como el Ajusco, al sur, donde brotaba mucha agua; o Chapultépetl, el cerro del chapulín, al poniente; o el cerro de la estrella, CITLALTEPETL, al sureste en Iztapalapa; o el pequeño que brotaba del lago de Tezcoco, cual un peñón que con sus aguas azufrosas podría curar algunas dolencias de los humanos.
    Ahora sí TLALOC y sus TLALOQUES tenían donde reposar las fatigas de más de seis meses de trabajo durante el año de mayo a octubre, aproximadamente, aunque a veces en otros meses se veían también obligados a laborar.
    De esta manera todo transcurrió prometedor para los que se habían salvado de la destrucción pasada.
    Hombres y mujeres si dedicaron a practicar la meditación y a cumplir con sus trabajos creadores.
    Sólo de recordar el castigo tremendo padecido por faltar a la misión de perfeccionarse, los hacía estremecer.
    No quería que sus hijos ni sus nietos ni sus bisnietos ni sus tataranietos sufrieran lo acontecido ayer. Por eso eran virtuosos y abnegados.
    Llenos de gratitud hacían fiestas para todas las manifestaciones del TEOTL y niños y adultos participaban felices ofreciendo flores, barriendo los TEOCALLIS que comenzaban a construir en forma de pirámides, como tratando de imitar a los montes; y bailando y cantando gracias a nuestro padre-madre, TONACATECUHTLI, la vida, señor y señora de nuestra carne.
    En largas comitivas iban rumbo a los lagos, o a los montes, precedidos por músicos flautistas, a veces de pequeña edad; o en otras de doncellas o mancebos. De Barro eran sus flautas y como ellas, junto con caracoles y TEPONAXTLIS y HUEHUES, interpretaban alegres melodías que competían con el trinar de las aves.
    Y vestidos de blanco y adornados con brillantes penachos de floridos plumajes, adoraban a la naturaleza toda, nuestra reverenda madrecita, águila y serpiente a la vez, sol y tierra, TONANTZIN-NONANTZIN.
    Y danzaban y cantaban y le ofrecían poemas a la energía creadora y a sus manifestaciones:

    De modo igual somos,
    somos mortales los
    hombres.
    Nadie esmeralda,
    nadie oro se volverá.
    Todos nos iremos,
    nadie quedará.
    Como una pintura
    nos iremos borrando.
    Como una flor
    hemos de secarnos
    sobre la tierra.
    Cual ropaje de plumas
    del quetzal
    iremos pereciendo.
    Sólo iremos dejando al
    partir
    nuestro canto...
    ¡Nos habremos ido,
    pero él,
    él vivirá en la tierra!

    Unidos todos como los dedos de la mano, en TLOQUENAHUAQUE, juntos y cercanos, se unían al TEOTL para inspirar su fuerza creativa, aspirarla, sentirla y prepararse para florecer en amistad con todos.
    Y así en el TEPEYÁCAC o en el CITLALTÉPETL; en el TECPAYOCAN o en el CHAPULTÉPEC, siempre se veía a los agradecidos anahuacas, los primeros pobladores de ANAHUAC, descendientes de aquellos sabios toltecas, homenaje a sus benefactores. En una de esas ceremonias rituales, el casto POPOCATÉPETL conoció a la doncella IZTACCÍHUATL de blanca palidez, como las nieves.
    Un cortejo formado por sabios ancianos, TLAMATINIME, TEOPIXQUES, los dedicados a no olvidar nuestra gratitud para la energía creadora, vestidos como la noche y de largas y limpias cabelleras, escoltaban a la virgen inmaculada, llegada de un pueblo muy lejano con el fin de dedicarse a la meditación creadora en la casa de la meditación: TEOCALLI.
    Y POPOCATEPETL quedó extasiado ante la belleza fascinante de aquella mujer CIHUACOATL. Y sintió brotar en su corazón una extraña mezcla de placer y dolor ante la imposibilidad de poder estar a su lado.
    IZTACCIHUATL simbolizaba la meditación total y aquél que osara distraerla, se atendría a castigos funestos.
    Y POPOCATEPETL los miró pasar. Cuando ella caminaba parecía que iba flotando, pues lo diminuto de sus pies le daba tal ligereza que ningún ruido se producía en la hierba.
    IZTACCIHUATL se veía blanquísima y su cuerpo parecía esculpido por artesanos perfectos. La negrura de su cabello contrastaba con el alabastro de su piel y sus grandes ojos resplandecían como dos soles.
    Las facciones inmaculadas de su rostro la hacían única entre todas las mujeres, vestida de azul, una TIARA de amate blanco pintado de negro, adornaba su cabeza.
    Lucía una medalla de plata de la cual brotaban plumas blancas y negras y caían por sus espaldas varias tiras pintadas también de negro.
    De día y de noche los TEOPIXQUES la atendían en su proceso de perfeccionamiento para llegar a ser eterna y dos niños y dos niñas le bailaban y cantaban en sus momentos de reposo.
    POPOCATEPETL en ese atardecer, sintiendo el viento del norte soplar tibiamente y envolver su musculoso cuerpo de leñador y campesino, había perdido la tranquilidad que disfrutaba en su casta vida, adoradora de todo lo bello. Desde esa tarde ya no pudo contemplar tranquilo los celajes color de ópalo que el sol dejaba por el poniente en su camino hacia la región de la oscuridad.
    Tampoco acertó a seguir estudiando, como noche tras noche, el infinito cielo estrellado, ni logró al amanecer cantar alegremente mientras se dirigía a cortar leña, como haciendo coro con los cenzontles.
    POPOCATEPETL permanecía triste en su chinampa de Xochimilco sin anhelar salir de ella, casi sin comer y abandonado su cuerpo a la desidia.
    Entonces TEZCATLIPOCA, que todo lo ve y todo lo oye, que está en todas partes alimentando los sentidos y los sentimientos, se dio cuenta de lo que le acontecía al casto joven y decidió vigilarlo para ver lo que sucedía después.
    Ante la energía que TLAZOLTEOTL hacía crecer en POPOCATEPETL por IZTACCIHUATL, éste caía derrotado. Era imposible amarla y más, llegar a casarse con ella.
    Por las noches lloraba, ante el gozo de TEZCATLIPOCA que le daba conciencia de ello, y era torturado por la pasión distractora.
    Cuando el espejo ahumeante de los sueños se apoderaba de él, TEZCATLIPOCA le hacía imaginar que IZTACCIHUATL se encontraba a su lado, pero de pronto despertaba sobresaltado, comprendía todo y deseaba morir.
    La fiebre y la ausencia, el silencio y el olvido, iban consumiendo sus musculosas carnes de leñador. Y ya ni siquiera tenía la dicha de largarse a la guerra florida, pues los tiempos eran pacíficos y por miedo a los castigos del TEOTL, todos vivían en paz, hermanados por la comprensión y la amistad, en Tloque Nahuaque. Nadie quería predominar sobre nadie y todos se conformaban con lo que la tierra y la lluvia les daban.
    Sus familiares del CALPULLI notaron su decadencia. Sus madrecitas pensaban que se había enfermado, pero ninguna de las medicinas que se le daban surtía efecto. Sus padrecitos lo miraban con gran preocupación y lo seguían cuando como sonámbulo se levantaba de su fino petate hecho con pieles de ocelotes y venados y salía a vagar por las chinampas y los bosques cercanos.
    Subía a su chalupa y sus nervudos brazos remaban y remaban, horas y horas. POPOCATEPETL no encontraba paz.
    Una noche, cuando el casto joven se hallaba sentado en una piedra de su chinampa y miraba la enorme luna de invierno que desplegaba sus pálidos rayos sobre ANAHUAC y que se rompían como en mil cristales al reflejarse en las transparentes aguas del lago de Xochimilco, POPOCATEPETL se estremeció profundamente.
    Una bandada de tecolotes oscureció el firmamento y opacó el brillo lunar. Las flores sembradas en la chinampa temblaron y parecieron marchitarse. El casto doncel escuchó una voz dentro de sí que le decía:
    -No sufras más, decídete a ir en busca de IZTACCIHUATL. Si ella no te conoce, jamás sentirá inquietud alguna por ti. Nada pierdes con presentarte ante ella cuando va a bañarse en las puras aguas de los manantiales de CHALCO. XOCHIMILCO no se encuentra tan lejos de allá. Piénsalo. Hazlo.
    Tú aparecerás de pronto por allí, como si anduvieras de cacería y no te hubieras dado cuenta de su presencia. Esa es tu oportunidad. Además, la verás en toda la plenitud de su belleza y tú, vestido con tu simple MAXTLI, con cacles y penacho de plumas de garza blanca puedes causarle una muy buena impresión.
    Entonces la voz calló y POPOCATEPETL sintió como una alegría enorme y un entusiasmo formidable para hacer lo que se le había sugerido.
    Y TEZCATLIPOCA sonrió, pues era él quien lo tentaba para romper con las castidades y tener de qué burlarse. Los que querían imitar a QUETZALCOATL, lo indignaban y siempre, como vemos y sabemos, buscaba la forma de perderlos.
    Así que POPOCATEPETL esperó ansioso la hora y el momento de efectuar su audacia.
    El corazón le latía tan apresuradamente que parecía querer salírsele y correr en pos de su amada IZTACCIHUATL.
    Ni siquiera pudo acordarse del fúnebre presagio que había precedido a la voz de TEZCATLIPOCA.
    Esa banda de tecolotes era un mal agüero que anunciaba la llegada de una desgracia, la muerte tal vez, y había que prevenirse para evitarla.
    Mas POPOCATEPETL, encendido en su optimismo amoroso, para calmarse en su espera, tomó un poco de aguamiel de los magueyes y lo bebió pausadamente.
    De pronto sintió un sueño tremendo y cayó como desmayado sobre las graciosas amapolas y los olorosos cempasúchiles.
    Así transcurrieron largas horas hasta que el rocío hizo despertar al casto mancebo. Era casi el amanecer.
    Miró hacia todos lados y una expresión de disgusto apareció en su rostro. Había dejado pasar la oportunidad. Ahora tendría que esperar nuevamente. Y desconsolado lloró.
    Así estaba cuando un canto lúgubre lo sacó de sus sollozos.
    Vio aparecer una chalupa que navegaba por el frente de donde él se encontraba, atrás de ella venían más, con grandes vasijas que humeaban copal y otras que, como antorchas, lanzaban lánguidas llamaradas.
    Los que iban conduciendo las chalupas se miraban tan serenos que infundían un terrible respeto.
    Entonces los ojos asombrados de POPOCATEPETL se abrieron desmesuradamente al ver aparecer una grande embarcación, la trajinera sagrada, donde TEOPIXQUES arrodillados y vestidos de luto miraban tranquilos, pero solemnes, el cuerpo inerte de una bella mujer: Era IZTACCIHUATL que yacía tendida sobre un camastro cubierto por pieles de venado y rodeada por grandes ramos de Cempasúchiles y YOLOXOCHILES y una gran variedad de perfumadas flores donde parecía revolotear XOCHIPILI, el hijo de las flores, el perfume y la inspiración.
    Como impulsado por un resorte se incorporó violentamente y se puso en pie para mirar a la amada que entraría a la región de las tinieblas, al MICTLAN, donde imperaba la nada para los cuerpos. ¡No era posible! ¡Ni justo!
    Sintió que su mente explotaba y que un torbellino de todo lo que había imaginado con ella se arremolinaba ante sus ojos: la veía caminando, luego hablándole, abrazándose, besándola, adorándola siempre. Y recordaba la mirada fulgurante que se había clavado en su virtuoso corazón, y sus labios, sus manos y su cuerpo.
    Ahora IZTACCIHUATL había muerto y un frío sudor escurría por la despejada frente de POPOCATEPETL.
    Su cabello pareció encanecer de pronto y la blancura bañó sus sienes.
    ¡Qué iba a hacer hoy sin su amada? ¿Cuál sería el motivo de su vida?
    Y en eso estaba, cuando se escuchó el pregón del gran TLATOANI, el quien con la palabra orienta, consuela, ilumina, guía:
     -Murió IZTACCIHUATL y el TLALOCAN la espera. Jamás el MICTLAN. Su virtud la ha hecho inmortal y no se perderá en el vacío. Siempre la recordará el TLOQUE-NAHUAQUE.
    El corazón del monte se regocija porque reposará en él la más virtuosa de las mujeres. Jamás distrajo su vida en los delirios de los instintos. Su férrea voluntad nunca permitió que la dominaran sus sentidos. Ella siempre se dedicó a seguir la sublime voz del TEOTL-IPALNEMOHUANI, la energía creadora por la cual existimos.
    Y si por un descuido murió ahogada en el lago, su inmaculada blancura nunca logró ser manchada por el lodo. Hela aquí: pura, virgen, cual una mujer dormida que resplandece ante la transformación; limpia de toda impureza, pues jamás padeció el tormento de la envidia, de los celos, de la ambición, del odio. La llevaremos al lugar por donde sale el sol y allí, en un TEOCALLI la depositaremos.
    IZTACCIHUATL, la mujer blanca será venerada eternamente por todos los ANAHUACAS y será uno de sus más grandes y altos orgullos.
    Ella nos enseñó a amar el bien y a enaltecer la castidad. Vayamos hasta el oriente; cerca de AMAQUEMECAN estará su adoratorio monumental.
    Y repitiendo su discurso a los cuatro puntos cardinales, el TEOPIXQUE-TLATOANI estremecía los oídos de los anahuacas qué salían de sus CALPULLIS, las casas colectivas, para ver el cortejo que poco a poco se alejaba del lago de Xochimilco y penetraba al de Chalco por donde debían continuar hasta llegar a AMAQUEMECAN. POPOCATEPETL sintió que su corazón, preso de sus sentimientos y de la pasión insatisfecha, estallaba.
    Y dicen que de pronto se lanzó al lago y nadó, y nadó mucho hasta que TLALOCTLI, compadecido de tanto dolor, acortó la distancia y POPOCATEPETL llegó a la orilla.
    Salió escurriendo del agua y echó a correr. La fatiga no le importaba; ni la sentía. Cruzó como un relámpago laderas, cañadas y bosques y ascendió a la cúspide del pequeño montículo donde se encontraba el TEOCALLI destinado a guardar los restos de la virgen blanca, la doncella pura, la inmaculada mujer, la CIHUACOATL, la sabia: IZTACCIHUATL.
    En ese momento depositaban el cuerpo incorrupto de la joven casta en un camastro de mármol adornado con cientos de flores y rodeado de tapetes de cempasúchiles. El copal ahumaba abundantemente el lugar y el viento se encargaba de esparcir su olor solemne.
    POPOCATEPETL, al ver aquello, quedó en pie, con los brazos cruzados, a los pies de su amada muerta.
    Cuando el fúnebre cortejo se retiró, POPOCATEPETL se arrojó sobre el cuerpo anhelado y lo besó llorando. Eran los primeros besos que sus labios daban en la vida.
    Cuando TEZCATLIPOCA se dio cuenta de aquello, le dio tanta rabia el ver frustrado sus planes de seducción, que enfurecido ordenó al señor de la oscuridad, MICTLANTECUHTLI que lanzara una de sus flechas y le arrebatara la existencia.
    Así lo hizo y POPOCATEPETL cayó muerto. Después quiso apoderarse del profanador, pero no pudo. Una extraña fuerza lo impedía.
    Y comenzó a caer tanta, pero tanta nieve, que cubrió el cuerpo de los inocentes amantes hasta transformarlos en los volcanes más altos de ANAHUAC.
    Desde entonces permanecen allí, el POPOCATÉPETL y la IZTACCÍHUATL, como el rasgo culminante y distintivo de esas tierras de México. Ella serena, como dormida, el, conservando el fuego inextinguible de su pasión eterna como un gran monte que humea, velando el reposo de su amada mujer blanca.
 
LAS VOLUNTADES
DE
HUITZILOPOCHTLI

    Sepan todos los que esto leyeren, que cuando el menor de los hijos de TONACATECUHTLI, HUITZILOPOCHTLI, se enteró de los pleitos de sus hermanos, los TEZCATLIPOCAS contra QUETZALCOATL, se preocupó bastante, pues consideró que con tales acciones la humanidad nunca podría cumplir la misión de perfeccionamiento ordenada por el sumo poder creador: TEOTL, la energía por la cual todos vivimos, IPALNEMOHUANI.
    Tanta competencia entre ellos, evitaba un verdadero avance, pues de nada servía tener una gran memoria como la de TEZCATLIPOCA ni una soberbia inteligencia creadora como la de QUETZALCOATL, si no existía un fin preciso para desarrollarse, para crecer, para dominar y dirigir a todas las manifestaciones de la existencia.
    Así decidió intervenir en la vida de los hombres para superar esas etapas repetitivas de lo mismo.
    Hoy reinaba QUETZALCOATL y los humanos hacían lo que éste ordenaba; mañana, TEZCATLIPOCA lo combatía y destruía los logros de la serpiente emplumada, para instalar el estilo animal de vida que el de los espejos difundía.
    Después de la brutalidad salvaje, QUETZALCOATL reaparecía y TEZCATLIPOCA volvía a caer; mas al poco tiempo, las magias de éste último derrotaban nuevamente al dador de cultura y lo desterraba hasta un futuro retorno.
    Con estos líos que hasta parecían un juego de pelota muy agresivo, jamás se llegaba a crear algo verdaderamente digno de ser eterno y perpetuar su nombre vivo para siempre.
    HUITZILOPOCHTLI soñaba crear una gran urbe donde los seres humanos por fin se asentaran en su búsqueda de perfección y grandeza.
    Pero para esto se necesitaba de una tremenda voluntad, una especie de guerra interior en cada hombre, en cada mujer, en cada joven, en cada adolescente, en cada niño, que impulsara a lograr lo que se proponía, sin importar desvelos, ni penitencias ni obstáculos ni sacrificios.
    Había que vencer instintos, vanidades, sensiblerías; todos los estorbos de la distracción para obtener la gloria creadora que el TEOTL, nuestro reverendo padrecito-madrecita había heredado a los seres humanos.
    Habría que domar nuestra carne con rudos ejercicios y sacarnos el corazón de los sentimentalismos, si se quería ascender a la calidad de ser eterno, indestructible, como IPALNEMOHUANI, aquél por el cual existimos.
     Y con tales voluntades HUITZILOPOCHTLI descendió a la Tierra. Parecía un hermosísimo colibrí de elegante color azul. Se desplazaba por los aires con tanta ligereza que muchos hombres cuando lo veían, quedaban asombrados y presentían la llegada de algún prodigio.
    Y aunque muy pequeño se veía en los espacios sin fin, irradiaba una potencia energética tan tremenda, como la de una gigantesca nave espacial. Hasta parecía un sol. Y pensaba:
-Si su hermano TEZCATLIPOCA el rojo tenía para sí al pueblo de los TLAXCALTECAS y TEZCATLIPOCA el negro al de los TEOTIHUACANOS, al principio, antes de que se lo quitara QUETZALCOATL, y éste había dado sus dones a los toltecas y a los de CHOLULA, HUITZILOPOCHTLI debía tener uno de esos pueblos chichimecas donde TEZCATLIPOCA imperaba. El sabría conducirlo bien, para fusionar lo mejor de sus hermanos y evitar un nuevo fracaso. Se lo arrebataría.
    Esta era otra de sus voluntades y como por la región de las siete cuevas, CHICOMOZTOC, andaban unos desventurados y pobres hombres que criaban garzas y utilizaban los blancos plumajes de ellas como símbolos de su humildad, HUITZILOPOCHTLI les puso el ojo y los seleccionó: Serían sus MACEHUALES, sus elegidos.
    Esos hombres se decían AZTECAS, es decir los nacidos en los lagos de AZTLAN y que usan plumas blancas de garza. No imaginaban siquiera que la voluntad de HUITZILOPOCHTLI había puesto en marcha su futuro.
    Para la realización de sus altos fines, HUITZILOPOCHTLI descendería de sus espacios y de seguro que lo lograría, pues siempre había sido característica de él, desde su nacimiento, el obtener lo que se proponía.
    Como había sido entre sus hermanos el último en nacer, llegó al universo tan, pero tan flaco, que más parecía un esqueleto, un escuálido ser sin carnes.
    Mas por obra de su voluntad, luego de muchos años de ejercicio, disciplina, meditación y esfuerzo se construyó un cuerpo tan perfecto que asombraba hasta sus propios padres, TONACACIHUATL-TONACATECUHTLI. Mas como todo esto sucedía allá en los espacios infinitos, los humanos no se daban cuenta de esta transformación de energía.
    Largas rutinas de estrictos movimientos le modelaron su carne musculosa y su agilidad al desplazarse como un colibrí, según ya dijimos, en los espacios del sur, que eran el lugar de sus dominios: HUITZILOPOCHCO.
    Horas eternas de meditación le moldearon también su fuerza de voluntad y le enseñaron las técnicas de la guerra creadora. Sin embargo, así no podía encarnar en la tierra. ¿Qué madre podría arrullarlo y sostenerlo en sus brazos? Era tan enorme y fuerte.
    Entonces decidió volverse nuevamente pequeño y acurrucarse en el seno de una mujer perfecta y hacendosa, como toda buena mujer.
    No obstante, aunque naciera pequeño, de inmediato recuperaría su forma lograda y lucharía en contra de todo aquello que obstaculizara su voluntad. No tendría infancia y tampoco importaría que lo confundieran con un simple guerrero, pronto sabrían que sus combates eran para restituir todo lo perdido anteriormente en TEOTIHUACAN, en TOLLAN, en CHOLULA y lograr la unidad de todos los nahuas en convivencia federada con no nahuas. Para ello, ya tenía elegido al pueblo que llevaría a cabo su voluntad.
    Y aunque muchos se opusieran, cuerpo a cuerpo también podría y debía convencer a los renuentes. Asi mismo, la guerra sería florida entre los hombres para desembocar en la amistad creadora.
    De este modo, y con estas maneras de ser y de pensar, HUITZILOPOCHTLI había llegado a integrar, en una síntesis maravillosa, una diferente acción a la de sus hermanos que ni sospechaban de las intenciones del más pequeño de los hijos del OMETEOTL, la dualidad creadora, el TEOTL duplicado, IPALNEMOHUANI.
    Para cumplir sus propósitos de nacer, seleccionó a una señora muy fecunda, tanto como la Tierra misma, pues había tenido ya, nada menos que cuatrocientos hijos y una bella y temperamental hija llamada COYOLXAUHQUI.
    Esta doncella era muy iracunda y cada vez que su madre tenía un hijo, se molestaba tanto que su mal humor la empalidecía y adquiría una blancura tan impresionante que asemejaba la luna.
    Cuando estaba alegre, le gustaba adornarse con preciosos cascabeles y salir a pasear por las noches entonando canciones melancólicas que el viento nocturno se encargaba de extender por todas las poblaciones. Entonces los enamorados se despertaban e inspirados en el canto de COYOLXAUHQUI, se abrazaban y se besaban.
    Pero un día se enteró que su madre, COATLICUE, iba a tener otro hijo. Enfurecida le reclamó que si no eran ya suficientes los cuatrocientos HUITZNAHUAC, CENTZON-HUITZNAHUAC, como para tener otro más. ¡Cómo iba a poder darle de comer a uno nuevo, si ya sus hermanos estaban tan pequeños y desnutridos por no probar más alimento que agua, y eso, cada vez que llovía! Por su culpa les decían biznagas y COYOLXAUHQUI se oponía rotundamente.
    Tampoco creía en el cuento que su madre le decía:
    -Escúchame, hijita, como tengo costumbre, cierto día estaba en el TEOCALLI, la casa de la energía creadora, cumpliendo con mis obligaciones de barrerlo, cuando cayó del cielo una madeja de plumas azules muy hermosas; yo me agaché a recogerlas y traté de mirar de dónde procedían, pero como nada lograba, se me hizo fácil guardarla debajo de mis enaguas. Mas qué crees: me busqué la madeja para contemplarla y deleitarme con su azul colorido y ya no la encontré. La busqué dos o tres veces, por aquí, por allá, y no estaba. Así que volví a casa muy extrañada por aquello. Créemelo hija.
    -Tienes mucha imaginación, madre COATLICUE, y todo por tantas faldas que te pones, es tanto el enredo que llevas que pareces envuelta en serpientes o que tus faldas son de culebras. Bueno, y qué más tienes que contar.- Agregó muy molesta COYOLXAUHQUI, que había enrojecido de cólera y perdido su habitual palidez.
    -Pues entonces, como la madeja de esas plumitas azules de colibrí había desaparecido, me olvidé de ello. Sin embargo pronto comenzaron a sucederme cosas muy raras. Sentía claramente la madeja debajo de mis faldas y cuando intentaba cogerla, desaparecía y era tal cual si se me hundiese en las carnes. Fue cuando ustedes notaron mi preocupación y mi aspecto pensativo. ¡Cómo era posible que fuera a tener otro hijo! ¿Con qué lo vamos a mantener? Desde que tu padre se fue a su casa del sol, no he vuelto a ver a ningún hombre más.
    Sin embargo, hijos míos, mis cuatrocientos biznagas, mi enojona COYOLXAUHQUI, ahora sé muy bien que voy a dar a luz un nuevo hermano para ustedes. Deben quererlo mucho.
     -¡Nunca!- Gritó frenética COYOLXAUHQUI y los cuatrocientos biznagas, luego de quedar estupefactos, exclamaron coléricos:
     -¡No queremos otro hermanito!
     -¡Primero hemos de verte muerta antes que nazca!- como enloquecida aulló, que no habló, la furiosa damisela de los cascabeles que trémulos se agitaban al compás de su terrible ira.
    COATLICUE quedó confusa, sin comprender bien a sus hijos que desde entonces se separaron de ella y la dejaron sola en la casita donde vivía; un lugar cercano a la grande TOLLAN y que se llamaba COATEPETL, el cerro de la serpiente tierra. Se encelaron tanto, que no deseaban verla más.
    COYOLXAUHQUI se trepó a lo más alto de aquel monte y pronto sus hermanos se le reunieron para planificar su venganza. COYOLXAUHQUI no medía sus palabras ni su conducta ingrata:
     -¡Matémosla! ¡Nuestra madre no nos ama! Ha preferido al que llega sin pensar en nosotros.
     -¡Eso, matémosla!- Acordaron trescientos noventa y nueve de los hermanos biznagas, porque uno de ellos no apoyó aquello: era el nombrado CUAHUITLICAC, es decir, firme como un árbol en pie.
    El rechazó con gran indignación la propuesta de tan vil crimen y fue a avisar a su madre, que decepcionada, se hundió en una grave tristeza.
    La pobre COATLICUE se deshizo en llanto ante tamaña ingratitud e injusticia; sintió un pánico tan tremendo que comenzó a temblar; de pronto, sintió que la madeja de plumas se movía por su cintura y al querer apresarla, asombrada escuchó una voz viril que le decía:
     -Madrecita, no me lastimes ni te acongojes, yo, el más pequeño de tus hijos, pero el más grande, te defenderé.
    Sin saber cómo explicar todo aquello, al momento se le aquietó el corazón y se le quitó la pesadumbre que tenía. Se resignó simplemente a dejarse llevar por esos misteriosos acontecimientos.
    Mientras tanto, los trescientos noventa y nueve HUITZNAHUAC habían tomado sus armas y se aprestaban como para un combate. Se habían torcido y atado sus cabellos en un alto peinado tal como en esos tiempos se utilizaba para ir al teatro de la guerra. Se habían puesto todas sus insignias luminosas que los hacían ver deslumbrantes, cual trescientos noventa y nueve estrellas. CUAUITLICAC, el hermano leal, el hijo agradecido, espiaba desde un lugar muy alto del cerro los movimientos de sus ahora enemigos.
    Casi desde la cúspide de COATEPETL miraba cómo COYOLXAUHQUI manoteaba y gritaba, ordenando a los casi CENTZON-HUITZNAHUAC, la terrible matanza. Y dentro de sí una honda preocupación lo asaltaba: ¿Cómo iba él solo a defender a su madre? ¿Quién podría ayudarle? Irremediablemente que los asesinarían sin piedad, no obstante, él estaba dispuesto a perecer en pos de COATLICUE, su progenitora. Y así se hallaba, cuando de pronto la voz viril volvió a brotar del vientre de su madre y fue escuchada por el hijo bueno:
    -¡Oh, hermanito mío! Mira bien lo que hacen y escucha mejor lo que dicen, porque yo sé lo que tengo que hacer. Fíjate bien. Dímelo todo. No pierdas detalle.
    Entonces le informó, como sorprendido y sin poder explicarse el origen de la voz, que los trescientos noventa y nueve biznagas se dirigían hacia el llano capitaneados por su hermana COYOLXAUHQUI. Ella los arengaba y ellos iban armados como para una gran batalla.
     -¿Por dónde vienen ahora?- Preguntó la voz.
     -Están llegando TZOMPANTITLAN, donde están los muros con las calaveras de los grandes hombres.- Le respondió CUAUITLICAC.
     -¿Y ahora a dónde llegan?- Prosiguió la voz en su solemne interrogatorio.
     -Vienen por COAXALPA, donde está la tierra llena de arenales y se enredan los pies como si una serpiente lo provocara y no dejara avanzar, pero ellos están venciendo el obstáculo. Ya lo pasan. Tanto es su coraje para llegar hasta aquí.
     -¿Y ahora por dónde vienen?
     -Van cruzando APETLAC, donde el agua parece un petate, una alfombra de esmeraldas.
    Y otra vez le preguntó la voz que a dónde llegaban y CUAUITLICAC, le respondió que ya estaban muy cerca, que ya oía sus voces, y sus gritos estruendosos y asesinos.
    -¡Ya están aquí!- Vociferó entre valiente y aterrado a la vez, dispuesto a combatirlos con la seguridad que caería muerto sin remedio.
    Mas al decir el buen CUAUITLICAC "Ya están aquí", ¡Oh, maravilla! COATLICUE, que miraba espantada la furia de su hija COYOLXAUHQUI que con una daga se arrojaba para matarla, sintió que la madeja de plumas se le caía y en medio de una humareda de copal vio como brotaba un hercúleo, hermoso y gallardo mancebo. ¡Era HUITZILOPOCHTLI que de esta forma encarnaba en la tierra como todo un hombre! Se notaba que había aprendido todas las sutilezas de sus hermanos, el arrojo de CAMAXTLE, el TEZCATLIPOCA rojo; la mágica memoria de TEZCATLIPOCA, el moreno; y la prodigiosa inteligencia creadora de QUETZALCOATL. Era una síntesis esplendorosa. Se había alimentado de ellos y ellos se fusionaban con él.
    Y parecía un gigante espectacular por su alta estatura y sus musculosos miembros. Traía un escudo con un dardo y varas de color azul.
    Su rostro se encontraba pintado con rayas transversales de color amarillo y en la cabeza lucía un penacho de plumaje riquísimo y todo su cuerpo cubierto de plumas de colibrí azul, mas a pesar de su perfección, había algo extraño: su pierna izquierda parecía mas delgada que la otra, como si fuera de pájaro. Su presencia terrible, tan de súbito, cayó como una bomba de sorpresa ante los criminales. COYOLXAUHQUI retrocedió espantada y sus hermanos, los trescientos noventa y nueve biznagas, se paralizaron de terror y se erizaron sus peinados como si fuera de espinas.
    En ese instante HUITZILOPOCHTLI dijo con voz atronadora:
    -Es mi voluntad que aparezca un CIHUACOATL para ayudarme a encender mi serpiente de fuego, mi rayo fulminante, mi XIUHCOATL.- Y como por arte de magia, apareció un nervudo hombre, con trazas de guerrero y encendió una culebra hecha de ocote. Entonces, TOCHANCALQUI, que así era el nombre del aparecido, la cogió con una de sus imponentes manazas y con ella acometió furibundo a la mala hija. HUITZILOPOCHTLI se lo había ordenado. COYOLXAUHQUI cayó como fulminada, hecha pedazos. Por allí rodaron sus brazos, por acá sus piernas y su cabeza.
    Logrado esto, HUITZILOPOCHTLI atacó a los biznagas que repuestos de la sorpresa, comenzaron a huir; pero era imposible la salvación para algunos. Briosamente fueron muertos muchos de los malos hijos y los que alcanzaron a huir, eran perseguidos sin piedad. Los biznagas no se pudieron defender ni valer ni hacerle cosa alguna a su poderoso hermano.
     -¡Perdónanos hermanito! ¡Perdónanos!- Gritaban desesperados los sobrevivientes, pero era voluntad de HUITZILOPOCHTLI limpiar la tierra de esos seres que no habían tenido misericordia de su propia madre. Por ingratos serían castigados.
    Y ya vencedor, HUITZILOPOCHTLI les quitó sus brillantes lujos y los puso a los pies de su madre COATLICUE que lo miraba amorosamente y recordaba cuando su hermana gemela CHIMALMA, CHALMA, la protectora, había dado a luz de manera semejante a QUETZALCOATL.
    HUITZILOPOCHTLI, el azul colibrí del sur, el que está a la izquierda del oriente, era en verdad uno de los hijos de la energía creadora, el TEOTL, y semejante a TONATIUH, nuestro padre-madre, el sol.
     -Mi nuestra reverenda madrecita, TONANTZIN-NONANTZIN, COATLICUE, les he dado el castigo merecido a tus hijos perversos.- Acercándose con gran ternura a su madre, HUITZILOPOCHTLI con su viril voz, decía -Aquí te traigo tus valiosos despojos. Son los brillos que ahora ya no lucirán como antes que los hacían sentirse como soles.
    Y es mi VOLUNTAD que desde esta noche las energías dispersas de mis trescientos noventa y nueve hermanos, se transformen en las estrellas del espacio donde domino, el sur; y que COYOLXAUHQUI sea la luna condenada a andar siempre de noche y que por el día la opaquen los rayos solares. Tú, madrecita COATLICUE, tierra fecunda que me protegió en su seno, verás cómo se irá despedazando en el cielo y horas habrá en las que la oscuridad la esconda totalmente. Y como TOCHANCALQUI, el cazador de conejos, la destazó, una cicatriz en forma de conejo, se verá en su rostro.
    Ahora madrecita, reverenda COATLICUE, mi-nuestra, TONANTZIN-NONANTZIN, dame tus buenos deseos, porque ahora que soy todo un hombre, es decir una indomable voluntad para que florezca la memoria y la inteligencia de nuestro fugaz cuerpo terrenal, salgo a buscar a mi pueblo elegido.
    El pueblo que he de guiar para que en toda la región de Anáhuac, y si es posible mas allá, pueda surgir el auténtico imperio de la energía creadora que luche incesantemente por el perfeccionamiento del universo, aunque para esto tengamos que vivir en perpetua guerra de convencimiento, la eterna guerra creadora, la guerra florida que desemboque en la amistad y la unión para el beneficio del todo cósmico: el TEOTL.- y haciendo su voluntad, HUITZILOPOCHTLI se alejó de su conmovida madre que lloraba de felicidad al ver los nobles propósitos de su hijo, el más pequeño, y el más grande. Sólo temía que los hombres comunes no lo comprendieran y confundieran todo en una simple y vulgar guerra de ambiciones por el poder de unos cuantos.
    Sin embargo, COATLICUE confiaba en el próximo surgimiento de los grandes hombres. Ella misma lo simbolizaba. De lo animal, a fuerza de voluntad, como HUITZILOPOCHTLI lo había mostrado, en guerra interior con uno mismo, y derrotando todo lo perverso que amenace nuestra integración, se llega a la grandiosidad verdaderamente cósmica: Ser creadores y benefactores de todo lo que vive, mientras vive, para su perfeccionamiento.
    Mientras tanto, HUITZILOPOCHTLI, hecho un formidable guerrero, caminaba rumbo a la región del alba, el lugar de la blancura, el norte, muy lejos de sus espacios del sur amado.
    Lo acompañaban sus leales CUATES, CUAUITLICAC y TOCHANCALQUI. Los tres con sus corpazos musculosos, asombraban a los hombres primitivos que habitaban los valles y los cerros por los cuales atravesaban. HUITZILOPOCHTLI se había despedido de su madre y le había prometido volver un día.
    Allí, en la montaña de COATEPETL ella siempre lo estaría esperando.
    Así, cruzó junto con sus compañeros muchas sierras y llanos; lagos y ríos; bosques y desiertos.
    Sus amigos, fatigados en ocasiones, le decían que mejor utilizara las artes mágicas aprendidas de su hermano TEZCATLIPOCA y volaran por los aires al encuentro del pueblo buscado, pero HUITZILOPOCHTLI, con su potente voluntad les respondía:
     -No hermanitos. El hombre debe aprender que lo que se busca, siempre ha de encontrarse con esfuerzo, y jamás ha de doblegarse ante los obstáculos. No son meritorios los triunfos fáciles. Las arduas penitencias que hemos hecho en este largo viaje, serán petates de flores cuando hayamos conseguido nuestros fines.
    Y así, hablando en el camino, de noche o de día; deteniéndose en algunos bellos parajes; haciendo meditación o ejercitando el dominio del cuerpo, una mañana, ante sus ojos sorprendidos, miraron una sierra muy grande que parecía abrazar un pequeño y hermoso valle.
    Al centro de todo aquello se veía un precioso lago que blanqueaba de tantas garzas blancas que allí vivían.
    Y HUITZILOPOCHTLI quedó extasiado ante la blancura aquella, pero más conmovido se notó, cuando vio a unos hombres que arduamente trabajaban haciendo bellísimos tapetes, escudos, penachos, con las plumas de las blancas garzas. Y ellos mismos las lucían en los humildes y escasos ropajes que portaban. Eran los aztecas. Al fin su pueblo buscado. Entonces los grandes ojos de HUITZILOPOCHTLI brillaron de alegría.
    Una más de sus voluntades se estaba cumpliendo.

 
LA EPOPEYA
DE LOS
MESHICAS

    Dicen que aquella vez, cuando HUITZILOPOCHTLI, nuestro afanoso tatarabuelo, miró desde las alturas de las montañas de AZTLAN el hermoso valle rodeado de fecundos bosques y las transparentes aguas de los lagos donde blancas garzas se deleitaban apacibles, el fulgor que despidieron sus enormes ojos fue tan impresionante que quienes en esos momentos pescaban o cazaban o realizaban sus tejidos y adornos de plumas, vibraron extrañamente sin saber el porqué.
    Había sido como un presentimiento de que algo maravilloso se aproximaba para ellos y sólo acertaron a verse unos a otros con gestos de duda y curiosidad.
    Entonces la voluntad de HUITZILOPOCHTLI decidió no presentarse tal cual parecía su forma humana, sino transformarse en un precioso colibrí de brillantes plumas azules que los deslumbrara y con la agilidad de su vuelo, les enviara un comunicado secreto que únicamente los más sabios de aquellos pescadores, recolectores y artesanos, comprendieran.
    Además, no ignoraba que, si acudía ante ellos con su descomunal presencia, probablemente se espantaría su pueblo elegido y, ante su fantástico vestuario y cuerpo colosal, huirían de él a esconderse en alguna de las siete cuevas que se miraban a lo lejos de aquella espléndida región.
    Y fue así como uno de los más sabios de aquel pueblo, caminando al atardecer por las orillas del transparente lago en pos de su hora de meditación, descubrió a un colibrí que gracioso y vertiginosamente revoloteaba ante él.
    Este buen hombre se llamaba HUITZITON y era bajito de estatura, por lo cual le habían puesto el nombre que llevaba y que quería decir: Pequeño como colibrí.
Tal vez por eso, entre otras virtudes, como su sapiencia, HUITZILOPOCHTLI lo había seleccionado para hacer el primer contacto con su pueblo elegido. A HUITZITON le pareció encantador aquél pajarillo brillante azulado y se dedicó a contemplar su vuelo. Y vio como se posaba en las ramas de un frondoso árbol y trinaba de manera fascinante: -Tihui, Tihui.
    Claramente HUITZITON percibía que aquel pajarillo repetía: Tihui, Tihui. Y quedó intrigado, pero más sintió un vuelco emocionado en su corazón cuando miró que el árbol sobre el cual se encontraba el colibrí relumbraba con un verdor extraordinario.
    Conmovido por esto, fue a buscar a otro hombre tan sapiente como él, para comunicarle su descubrimiento y traerlo a ese sitio.
    Necesitaba compartir la emoción de aquel hallazgo y tener un testigo del fenómeno maravilloso.
    Así que cuando encontró a TECPATZIN, de inmediato le comunicó la nueva y ambos corrieron a presenciar el canto prodigioso del resplandeciente colibrí azul.
    Cuando llegaron, nada vieron y HUITZITON juró que era verdad lo que le había contado a TECPATZIN.
     -Te aseguro que lo vi en este árbol. Créeme TECPATZIN.- pero su sabio compañero sonrió un tanto incrédulo. ¡Cómo era posible que un pájaro pudiera hablar y decir:
     -¡Adelante, adelante, ya vámonos! Tihui Tihui. Vámonos de aquí.
    De pronto, los ojos de TECPATZIN quedaron exorbitadamente abiertos cuando el colibrí referido por HUITZITON surgió revoloteante y con más brillo en su aleteo. Parecía que centenares de chispas electrónicas lo movilizaban con una rapidez increíble.
    Así se les apareció sobre el árbol muchas veces y trinando repetía su "Tihui, Tihui. Adelante, adelante. Ya vámonos; vámonos de aquí."
    Asombrados se retiraron de aquel paraje y dispusieron retornar al siguiente día. Cuando llegó el momento, HUITZITON y TECPATZIN volvieron al árbol donde el colibrí luminoso se había posado la tarde anterior. Y allí estaba. Ellos nuevamente quedaron maravillados.
    Así volvieron durante varias semanas y el pajarillo cantor no desaparecía, por lo contrario, en cuanto los veía, comenzaba su "Tihui, Tihui."
    Y es que HUITZILOPOCHTLI no se cansaba de repetir aquello, pues a fuerza de voluntad, los sabios tendrían que convencerse de su mensaje.
    Luego de tantos días de contemplar aquella escena, HUITZITON le preguntó a TECPATZIN:
    -¿Has captado el sentido de lo que ese maravilloso colibrí azul nos dice?
     -No muy claramente, pero creo que hay algo poderoso detrás de ese trino. -respondió TECPATZIN:
     -Lo que el colibrí nos manda, es que nos vayamos con él y conviene que lo obedezcamos y sigamos.- Continuó HUITZITON.
    Consecuentemente HUITZITON y TECPATZIN le dieron a entender al pueblo que habitaba los parajes de las garzas blancas, el valle de la blancura, la región del alba, los AZTECAS, que había llegado el momento de abandonar aquellos lugares que ahora resultaban muy pequeños. Era el instante destinado para ir a la búsqueda de un nuevo AZTLAN mucho más grande e inmortal.- y los sabios los convencieron:
    -¡Basta ya de esta vida simple y común! Es necesario luchar para conseguir la grandeza de nuestro pueblo. Nuestra vida parece de tristes animales y yéndonos de aquí, la aventura que se nos espera será espléndida. Lograremos construir una gran civilización, como dicen que fue la de nuestros antepasados. Nuestra voluntad podrá vencerlo todo.
    Y los AZTECAS reunidos en torno de los sabios se estremecieron ante esas palabras que les invitaba a salir del ostracismo y a lanzarse a la aventura, pero mucho más se conmovieron, cuando miraron el fulgor extraordinario de un colibrí azul que revoloteaba sobre ellos un momento y luego se iba vertiginosamente hacia el sur diciendo:
     -Tihui, tihui. Vamos. Vamos. Adelante. Al sur. Al sur.
    Todos lo tomaron como un grande prodigio y aviso de que su destino estaba anunciado como los creadores de un extraordinario señorío ejemplar, influyente y directivo.
    Debían efectuar esa peregrinación hasta encontrar el otro buen agüero que les indicaría el alto a la misma y la fundación de una nueva TOLLAN.
    Y despidiéronse de AZTLAN, mujeres y hombres, niños y ancianos, fuertes y débiles, emprendieron con gran valentía y esfuerzo, la caminata hacia un lugar desconocido, pero anunciado. ¿Cuánto tiempo tardarían en encontrarlo? Todos lo ignoraban; sólo confiaban en el pajarillo que con su vuelo fascinante los dirigía; aquél colibrí que los guiaba a la izquierda del oriente, al sur: HUITZILOPOCHTLI, símbolo de la voluntad férrea que mucho logra con la persistencia.
    Y allí iban atravesando cañadas, llanos, ríos, desiertos y montañas. Los niños se hicieron jóvenes, los jóvenes envejecieron y muchos ancianos nunca alcanzaron a ver el término de su epopeya. Sin embargo, proseguían.
    Y dicen que en un lugar llamado COATLICAMAC que quiere decir en las fauces de la serpiente, el hermano mayor de HUITZILOPOCHTLI, TEZCATLIPOCA el moreno, envidioso de la voluntad desplegada por el pueblo elegido de su hermano menor, tramó una mala jugada para nuestros abuelos AZTECAS. Cuando cansados de su largo peregrinar acamparon en el lugar dicho, aparecieron dos pequeños envoltorios. Esto les despertó la curiosidad por abrirlos y saber que contenían.
    Y en efecto, los desenvolvieron y encontraron en uno de ellos un hermoso y brillantísimo chalchihuite, bella piedra preciosa como la esmeralda. Y resplandecía tanto que comenzaron codiciosos a mirarla, y a ambicionarla; a querer tenerla todos en su poder.
    Sin embargo, pronto se hicieron dos bandos que la disfrutaban. HUITZITON, sorprendido ante aquellas manifestaciones, dijo:
    -Admirado estoy, hermanitos, de que por algo tan insignificante se haya provocado tanta discusión. ¿Por qué no abren el otro envoltorio y ven lo que contiene. Así podrán elegir o sortearlo.
    Bien les pareció el juicio del ya para esas fechas muy anciano HUITZITON y procedieron a desenvolver el otro bulto.
    Cuando terminaron de hacerlo, lo único que vieron, fue dos simples palos que no relucían como la bella piedrecilla y reiniciaron la disputa. Viendo HUITZITON que uno de los bandos hacía tanto aspaviento por causa del chalchihuite, le recomendó a los otros que escogieran los maderos, pues el colibrí, que parecía eterno, le había señalado que eran muy útiles, como después se vería. Y así lo hicieron. Quienes creyeron en las palabras de HUITZITON tomaron sus palos y dieron la piedra hermosa a los otros que sonreían satisfechos por su triunfo. Con esto se conformaron.
    No sabían que... HUITZILOPOCHTLI había dictaminado que con el tiempo, los ambiciosos de riquezas, se llamarían TLATELOLCAS y los esforzados creyentes en la sencillez, que es base de la grandeza, fundarían la gran ciudad de MESHICO, en el centro de un lago llamado de la luna.
    Deseosos así, los futuros MESHICAS, de saber el secreto de los palitos, pidieron a HUITZITON que se los descubriese y el noble anciano, ávido por revelárselos, procedió a sacar fuego de ellos. Los AZTECAS MESHICAS quedaron grandemente admirados, pues jamás habían visto cosa semejante.
    HUITZITON les reveló que aquel instrumento se llamaba MAMALHUAZTLI y que como habían presenciado, servía para sacar fuego y su utilidad era infinita. No en balde los antiguos sabios lo habían recibido en las edades prodigiosas de los remotos y pasados soles, como regalo majestuoso de la energía creadora; el TEOTL, IPALNEMOHUANI.
    Cuando los AZTECAS-TLATELOLCAS se enteraron del secreto de los palos, se arrepintieron y quisieron cambiar los envoltorios. Sin embargo, los AZTECAS-MESHICAS no lo aceptaron y cada quien se quedó con lo suyo.
    Desde esa ocasión, aunque todos los AZTECAS vivían juntos, ya no lo hacían con aquella fraternidad que acostumbraban. TEZCATLIPOCA había metido la cizaña, con el propósito de contrarrestar la gran fuerza de voluntad de los elegidos por HUITZILOPOCHTLI y se veía que había triunfado por un tiempo. Y ya sabemos como se las ingeniaba el señor de los espejos ahumeantes con sus magias animalizantes. Y como la voluntad no era algo animal, sino sólo característico de los grandes humanos, buscaba y rebuscaba la forma para ponerles trabas y desesperar a los AZTECAS, que hartos de tantos contratiempos, quizás abandonarían los altos fines que HUITZILOPOCHTLI les había ordenado. Mas para berrinche de TEZCATLIPOCA, los AZTECAS no desfallecían; por lo contrario, reiniciando su peregrinaje se dirigieron rumbo a la región de COLHUACAN, el lugar de los adoradores de COLITZIN, el torcido, allá, por donde hoy se encuentra CULIACAN y Sinaloa, muy al norte y muy distante del ANAHUAC.
    Allí encontraron a muchos pueblos conocidos y hermanos que habían vivido en un lugar de siete cuevas, cuyo nombre era CHICOMOZTOC. Cómo todos hablaban la lengua NAHUATL, la lengua clara, se entendían muy bien y algunos de ellos estaban a punto de irse de allí, a la búsqueda de mejores lugares, aunque sin precisar lo grandioso de una meta, pues sólo les importaba saciar el hambre, la sed y sus instintos de conservación.
    Los de ACOLHUACAN les preguntaron:
     -¿A dónde van, hermanitos AZTECAS?- y éstos respondieron:
    -A donde ustedes se dirijan. ¿Nos permiten acompañarlos?
    Y los de COLHUACAN aceptaron llevarlos en la peregrinación que también ellos realizaban desde hacía mucho más tiempo que los AZTECAS.
    Hecho este convenio, se pusieron en camino y como ya los sabios HUITZITON y TECPATZIN habían muerto, ahora eran dirigidos por quienes se habían preparado para ello: TEZCACOATL, quien cargaba una bella escultura del colibrí azul que los dirigía. Era el encargado de conducir el recuerdo de que no debía desfallecer; la voluntad de HUITZILOPOCHTLI que llevaba a cuestas así lo requería. Era un TEOMAMA, el portador de la energía creadora. Luego le seguían CUACOATL y APANECATL, quienes llevaban los objetos necesarios para cuidar la bella representación del colibrí azul del sur: vasijas, el MAMALHUAZTLI, copal, hermosos plumajes y flores.
    Al final iba una mujer muy anciana llamada CHIMALMA, en honor a la energía protectora, que con su sabiduría daba buenos consejos a su pueblo y les servía como un escudo protector en contra de los errores que pudieran cometer. No en balde llevaba el nombre de la madre de nuestro señor QUETZALCOATL que había vivido en la legendaria TOLLAN, hacía ya tanto tiempo.
    Así caminaron muchos días hasta que llegados a un grande árbol, acamparon y se pusieron los AZTECAS a comer sosegadamente. De pronto se oyó un ruido tremendo y el enorme árbol se quebró por en medio.
    Todo el pueblo lo vio maravillado y le infundió un gran respeto. El famoso colibrí azul del sur, HUITZILOPOCHTLI, apareció revoloteando radiantemente. Entonces los cuatro sabios guías se acercaron como los dedos de la mano y se pusieron a meditar en TLOQUE-NAHUAQUE.
    Una voz en sus mentes les decía:
    - Llamen a los pueblos que los acompañan y díganles que ustedes no seguirán adelante; que se regresarán.
    Cuando los AZTECAS hicieron lo ordenado, los pueblos que los acompañaban, los de HUEJOTZINGO, los de CHALCO, los de XOCHIMILCO, los de TLAHUAC, los de MALINALCO, los CHICHIMECAS, los TEPANECAS y los MATLATZINCAS les preguntaron:
     -¿Y ahora a dónde nos dirigiremos? Mejor nos seguimos acompañando.- pero los AZTECAS dijeron que no.
     -Ustedes deben seguir adelante solos.
     Entonces los pueblos se fueron y los AZTECAS se quedaron mucho tiempo en el lugar del reverendo árbol partido: CUAUITLITZINTLAN.
    Después de mucho permanecer allí, se volvieron a poner los elegidos de HUITZILOPOCHTLI en camino y llegaron hasta un paraje donde vieron a tres sabios de los pueblos que se habían marchado. Eran XIUHNEL, MIMICH y la hermana mayor de ambos. Se encontraban en meditación, recostados sobre unos cactus, dominando su cuerpo.
    Cuando los AZTECAS los vieron, el colibrí maravilloso apareció nuevamente y les dijo que debían aceptar en su peregrinar a quienes estaban en ese momento meditando. Esos tres iban a ser los primeros convencidos de las voluntades de HUITZILOPOCHTLI: Luchar para reconstruir las glorias de TEOTIHUACAN, CHOLULA, TOLLAN, en una nueva unidad de todos los pueblos de ANAHUAC, ahora dispersos. Y los AZTECAS tenían esa misión.
    Un día, fatigados de tanto peregrinar llegaron a un espléndido valle que les recordó su AZTLAN querido. El pueblo entero se llenó de alborozo y su extraordinario regocijo fue por la frescura que irradiaba el enorme lago que ante sus ojos aparecía.
    Se llamaba PÁTZCUARO y lo rodeaban exuberantes bosques y florida vegetación. Los peces se transparentaban en sus aguas y las avecillas revoloteaban entre los matorrales; pero sobre todo, los AZTECAS quedaron nuevamente maravillados cuando miraron la brillante y refulgente aparición de HUITZILOPOCHTLI.
    Allí, con el esplendor azul de su plumaje chispeante y la voluntad de sostenerse al vuelo, les mostraba otro prodigio.
    Y dicen que viendo tan apacible y alegre el lugar, los sabios se reunieron a meditar para decidir si aquel sitio paradisíaco era el anunciado por el azul colibrí del sur. Y si no lo era, de todos modos, algunos podrían permanecer allí, pues ya eran tantos los que peregrinaban que a veces los sustentos no alcanzaban.
    Luego de la meditación en TLOQUE-NAHUAQUE, juntos y cercanos como los dedos de la mano para crear algo, acordaron que los que entrasen en la laguna a bañarse, así hombres como mujeres, tal cual lo hacían siempre, serían los que se quedaran allí. Y los que afuera permanecieran, partirían de inmediato para seguir la peregrinación.
    Y para que no los siguieran, cuando ellos se iban, les quitaron las ropas que habían quedado en la orilla y dejaron completamente desnudos a los bañistas.
    Estos creyeron que se trataba de una simple broma, mas cuando comprendieron la realidad, determinaron poblar aquellas tierras, pues sabían que, probablemente como ya eran tantos, la voluntad de HUITZILOPOCHTLI así lo había dispuesto. Además, esos parajes se veían tan bellos, que no resultaba ningún sacrificio habitarlos. Se parecían tanto a AZTLAN, aunque más grandes.
    De esta manera, los AZTECAS prosiguieron en pos de la tierra esperada y cuando habían entrado en el valle de TOLLAN se conmovieron ante tanto abandono y destrucción.
    Y es que era de llanto contemplar aquella urbe, que a pesar de estar en ruinas, se notaba que había sido grandiosa.
    Entonces la maravilla del pájaro colibrí con todo su brillante esplendor azul, volvió a aparecer y los sabios se reunieron a meditar en lo que aquello significaba. Y tanto se concentraron que se durmieron y en sueños HUITZILOPOCHTLI les ordenó que atajaran el agua de un río que cercano de allí pasaba, para que se derramara por aquellos desérticos llanos y tuvieran con ello una visión del lugar prometido, aunque más pequeño.
    Cuando despertaron, comunicaron la voluntad de HUITZILOPOCHTLI a todo su pueblo e hicieron entusiasmados una enorme presa; enseguida derramaron el agua que alegre se extendió por el llano y formó una gran laguna en torno a la cual aparecieron de pronto bellísimos y frondosos árboles: Sauces, sabinos, álamos. En las orillas surgieron, también maravillosamente, todo género de hierbas y plantas acuáticas: tulares, cañaverales, musgo, helechos.
    Luego se empezó a llenar de peces y cientos de aves acudieron a beber en el transparente espejo de las aguas.
    Allí nadaban los patos con sus plumajes verdosos y tornasolados. Acá paseaban orgullosas las garzas y los flamencos. Más allá los gansos y los cisnes y las huilotas.
    Y cuentan que llenóse asimismo aquel sitio de flores marinas, de carrizales, los cuales se cubrieron de diferentes géneros de tordos y urracas; unos colorados, otros amarillos, que con su canto y chirriar hacían gran armonía, y alegraron tanto ese lugar ameno y deleitoso, que los AZTECAS parecieron olvidar el sitio prometido por HUITZILOPOCHTLI y se pusieron a cantar y bailar, sin acordarse que todo aquello era una visión ideada por su guía para darles un panorama de como sería el lugar donde fundarían su gran población, la nueva TOLLAN-MESHICO.
    Cuando se ordenó que debían continuar la marcha, algunos, tan deleitados se encontraban en aquel imaginario paraíso, que se opusieron a obedecer. Entonces HUITZILOPOCHTLI, cansado de revolotear como pequeño colibrí al que no le hacían más caso, se puso furioso y se transformó en el gigantesco y ciclópeo guerrero que era cuando había nacido en la tierra y con una estentórea voz gritó:
     -¿Quiénes son éstos que así quieren traspasar mis determinaciones y poner objeción y término a ellas? La caminata aún no termina y es necesario continuarla. Si los he elegido como mi pueblo amado, no es para llevarlos a su destrucción, sino a la grandeza. Vean en todo esto, lo que ustedes con voluntad podrán hacer, pues si no, he aquí lo que les deparará su falta de valerosa constancia.
    Y en diciendo esto, hizo que se deshiciera la presa. Los bordos que la contenían se rompieron y las aguas se fueron corriendo tan de súbito que pronto renació el desértico paisaje que al principio habían visto como terrible prueba de un pueblo que muere por abandonarse a la pereza y a la esclavitud de los sentidos.
    Los elegidos por HUITZILOPOCHTLI comprendieron que el avanzar es difícil y que hay mucho por luchar para obtener el éxito, aunque aún así, la guerra con uno mismo debe seguir para perfeccionarse cada día más y más. La abulia, la inactividad, la distracción excesiva eran los enemigos mayores del ascenso humano.
    Convencidos por ese discurso y como hipnotizados ante aquella majestuosa aparición, emprendieron nuevamente la marcha. Y aunque muchos ya estaban cansados de andar sin fin; de caminar, siempre caminar; la voluntad los fortificaba y seguían.
    Ahora los guiaba el sabio MESHITLI.
    Y en TLOQUE-NAHUAQUE, en consejo, habían decidido llamarse también ahora MESHICAS. AZTECAS eran por su lugar de procedencia; MESHICAS, por el sabio que hoy les guiaba; después se llamarían TENOCHCAS, en honor a TENOCH el joven que se estaba ya preparando para la culminación de su epopeya.
    Un atardecer, después de vagar por los montes de una pequeña sierra, al llegar a la cúspide de uno de ellos, descubrieron el más hermoso valle que jamás habían visto. No era pequeño como el de AZTLAN, sino mucho más grande que el de PATZCUARO o el imaginario de TOLLAN. Se veía enorme. Rodeado de altas montañas, se destacaban entre ellas, dos maravillosos volcanes. Uno parecía un guerrero arrodillado ante una mujer dormida, que era lo que el otro asemejaba.
    A los pies de la cima en donde estaban los fascinados MESHICAS, se extendían las transparentes aguas de un gigantesco lago que cubría una extensión tan vasta que los ojos no alcanzaban a ver su fin.
    Su vegetación esplendorosa; su clima templado y delicioso; su atmosfera tan transparente que los cerros parecían cercanos, hacían de aquel sitio, un paraíso.
    La sierra donde ellos estaban observando, penetraba al lago y al valle como una serpiente que remataba, en un montecillo final, parecido a una nariz.
    Por nombre le pusieron TEPEYACAC, el monte en forma de nariz y él iba a ser como su guía, tal cual la nariz va siempre adelante del cuerpo.
    Y pisando esa sierra que parecía tener la forma de serpiente, emocionados le pusieron TECOATLASUPEUH.
    Y sintieron el viento que soplaba de EHECATEPETL y felices celebraron la ceremonia de su fuego nuevo, un siglo más de vida, cincuenta y dos años para ellos, en el cerro cercano y de los más altos de la pequeña sierra: El TECPAYOCAN, donde el pedernal encendió la llama inmortal.
    Así descendieron, luego de haber explorado la zona, a las orillas del lago que les ofrecía una rica vegetación alimenticia y pesca y caza.
    Y había tantos tules reveladores de su abundancia, que a esa rinconada le llamaron, en recuerdo de la visión imaginaria, TOLLAN.
    Y luego dieron gracias a la energía creadora, a nuestro-nuestra reverendo-reverenda padrecito-madrecita, la naturaleza, aquello por la cual vivimos, TONATIUH, el sol, la Tierra COATLICUE, TONANTZIN-NONANTZIN, IPALNEMOHUANI, TEOTL.
    Y allí se asentaron unos días, mas poco a poco se fueron dando cuenta que sus hermanos, aquellos que habían adelantado el paso, ya habitaban muchos de esos paradisíacos lugares y se sentían los dueños.
    Y entre ellos había muchas rivalidades, sobre todo entre los TEPANECAS que habían fundado en la orilla poniente del gran lago su señorío llamado AZCAPUTZALCO y que había crecido tanto y tanta era su población que parecía un hormiguero; y los chichimecas ACOLHUAS, cuya ciudad, a la orilla oriente del lago, parecía un espejo de sabiduría, y la llamaban TEXCOCO.
    AZCAPUTZALCAS y TEXCOCANOS vivían en incesante lucha por predominar en el valle que le llamaban ANAHUAC.
    Y los AZTECAS-MESHICAS eran tan insignificantes para ellos, sobre todo para los engreídos TEPANECAS adoradores de TEZCATLIPOCA, que tuvieron que padecer mucho aún, antes de encontrar el sitio anhelado.
    A donde quiera que llegaban, los TEPANECAS los perseguían y los miraban como intrusos.
    Los habían ya expulsado de CHAPULTEPEC. Habían vagado por una zona pedregosa y llena de alimañas a los pies del gran cerro del Ajusco. Desfallecidos y andrajosos, sólo la voluntad de HUITZILOPOCHTLI los alentaba. Triunfarían. ¡Sí! ¡Triunfarían!, ¿Pero cuándo? ¿Cuándo?
    De qué manera vencer tántos ataques, como aquel de COPIL qué había enardecido los ánimos de los TEPANECAS, de los XOCHIMILCAS, de los CHALCAS, para que se vengaran del engaño que les habían hecho cuando les dijeron que avanzaran, que los AZTECAS no proseguirían. La madre de COPIL bien que deseaba esta venganza.
    Los MESHICAS se enteraron afortunadamente de las confabulaciones enemigas y apresando a COPIL lo castigaron.
    Y dicen que le sacaron el corazón y lo arrojaron en medio de muchos tulares.
    Los enemigos al ver la fiereza con la cual los MESHICAS se defendían sin saber de dónde sacaban tantas fuerzas, pactaron mejor por soportarlos y hacer que trabajaran para ellos como sirvientes.
    Humildes, pero orgullosos, los AZTECAS aceptaron esa tregua.
    Para entonces, desde la llegada al norte del valle, TENOCH los guiaba. Era ya un hombre maduro que en su juventud se había preparado para encargarse de dirigir los destinos de su pueblo. Hoy, por la palabra de él y de los grandes sabios que formaban el consejo, sabían que un gran signo astronómico les señalaría el lugar donde debían fundar su ciudad y por ello, siempre todos andaban a la búsqueda del mismo, sin desfallecer. Los demás pueblos los miraban burlones. Mas como el valle era gigantesco y más enorme el lago, que parecía muchos, los MESHICAS, ahora TENOCHCAS, podían caminar libremente y sin ser vistos con facilidad.
    Un día, los TLAMACAZQUE, los TLAMATINIME, los sabios llamados AXOLHUA y CUAUCOATL, salieron a buscar el lugar prometido. Se apercibieron de lo necesario y metiéndose entre tulares y carrizos, buscando aquí y allá, encontraron un islote y en medio de él, un precioso nopal lleno de rojas tunas, rodeado de un agua tan verde que parecía de esmeraldas. Suspensos maravillados quedaron contemplando la belleza del paraje. De pronto, AXOLHUA se hundió en las verdes aguas y desapareció. CUAUCOATL, sin demora, llevó la infausta noticia a los MESHICAS, quienes pasaron toda la noche muy afligidos, pero al amanecer, para sorpresa de los TENOCHCAS, se presentó AXOLHUA sano y salvo. Ante las miradas interrogantes de su pueblo, explicó sonriente:
     -Arrastrado por una fuerza oculta fui llevado hasta el fondo de las aguas y desmayado escuché una voz que me decía: Sea bienvenido mi querido hijo HUITZILOPOCHTLI con su pueblo. Diles a todos tus hermanitos que éste es el lugar prometido dónde han de poblar y hacer la capital de su señorío, y aquí verán ensalzadas sus generaciones eternamente. Soy la energía creadora, TEOTL, convertida en remolino de agua. Un eclipse del sol y la tierra les indicará la hora.
    De inmediato todos emprendieron la carrera saltando entre tulares o nadando en busca de aquel sitio. Cuando llegaron, asombrados vieron un espléndido ojo de agua que manaba con gran fuerza donde se contemplaban cosas maravillosas: Sabinos blancos, sin ninguna hoja verde; cañas y tulares, blancos también; ranas blancas muy vistosas; de pronto apareció el colibrí azul y se transformó en HUITZILOPOCHTLI, que les dijo:
     -Vayan al lugar donde cayó el corazón de COPILI y allí encontrarán un nopal tan hermoso y lleno de tunas rojas, como corazones, que una águila preciosa le habita. Allí extiende sus alas y recibe el calor del sol. A ese lugar donde hallarán el nopal con tunas rojas y el águila encima le pondrán por nombre TENOCHTITLAN.
    Llenos de alborozo se dirigieron al paraje indicado y al llegar vieron lo que ya les había dicho. En ese instante comenzó un eclipse y el sol pareció devorar a la tierra. El águila se agitó mientras comía una serpiente y extendía sus alas, como satisfecha.
    Los AZTECASMESHICASTENOSHCAS cayeron de rodillas, porque había llegado el fin y el principio de su epopeya.
    Allí estaba el símbolo...
 

LAS AVENTURAS
Y DESVENTURAS
DE UN GRAN POETA:
 NEZAHUALCÓYOTL

Érase que se era, como en todos los cuentos maravillosos, una ciudad encantadora fundada en las orillas de un lago tan inmenso que parecía un gigantesco espejo de plata. Por eso les habían puesto por nombre TEZCOCO, (tezcal: espejo) tanto a la bella urbe como al lago infinito.
    Situada la TOLLAN TEZCOCO en la parte oriente de ANAHUAC, los rayos del sol matutino la hacían resplandecer desde muy temprano y cuando atardecía, se miraba tan luminosa por aquellas irradiaciones, que nadie dejaba de adivinar sus símbolos de gran sabiduría.
    TEZCOCO era algo así como una ciudad archivo, como una descomunal biblioteca donde se preservaban cientos de códices, esos libros llenos de figuras que encerraban la historia y la ciencia; la poesía y los recuerdos; las ideas y los consejos de todos los sabios ANAHUACAS que habían existido y de quienes aún vivían. TEZCOCO era la ciudad memoria.
    Así sabían que, muchísimo antes de la aparición de sus hermanos, los AZTECAS-MESHICAS-TENOCHCAS, habían llegado a esas luminosas regiones el pueblo origen de tan admirable Estado. Algunos decían que era el más antiguo señorío establecido en la transparente atmósfera de ANAHUAC y otros afirmaban que sus habitantes procedían de las estirpes toltecas llegadas a esos parajes, luego de la caída de la grande y soberbia TOLLAN.
    Mas la realidad era otra.
    De humildes y primitivos antecedentes CHICHIMECAS, casi de vida salvaje, XÓLOTL, un intrépido señor dirigente, los había conducido por infinidad de lugares a la búsqueda de un sitio apropiado para establecerse.
    Valiente y furioso guerrero había humillado a la grande TOLLAN y acabado con el orgullo de esa altiva ciudad, al destruirla.
    Y en honor a su guía, los bárbaros CHICHIMECAS fundaron el pueblo de XOLOC; después se establecieron en TENAYUCA, donde junto con los TEPANECAS, pobladores de aquellos lugares, levantaron una hermosa y enorme pirámide: Su TEOCALLI. La pirámide de Tenayuca.
    Pero como no les satisfizo esa región poniente, se dirigieron a la otra orilla, por donde brotaba el sol, y allí fundaron la grande y bella ciudad de los espejos, que con el tiempo sería la culta TEZCOCO.
    Y como no hay algo malo que no deje algo bueno, al contacto de los CHICHIMECAS con los toltecas y los AZCAPUTZALCAS, pulieron su barbarie, dominaron sus instintos animales, controlaron sus impulsos destructivos y se transformaron en creadores, orgullosos de representar una síntesis del saber de su tiempo.
    Así veneraron tanto al símbolo de la conciencia, la memoria y el recuerdo, como al de la inteligencia creadora, es decir, a TEZCATLIPOCA y a QUETZALCOATL.
    Bien que sabían el valor de ambos.
    Y es que como se volvieron tan estudiosos, tan acuciosos observadores de los fenómenos del cielo y de la tierra, comprendieron perfectamente la mecánica de la energía creadora: TEOTL, IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual todos existimos.
    De esta manera, TEZCOCO se convirtió en la capital del gran señorío de ACOLHUACAN.
    Sus habitantes eran gente bien dispuesta y alta, de hombros anchos que les daban una bella apariencia de fortaleza. Por eso les decían ACOLHUAS.
    Después de transcurridos muchos años, al sabio señor llamado IXTLILXOCHITL, le correspondió hacerse cargo de la guía de su pueblo.
    Todos lo amaban porque era magnánimo y justo, además de tener gran sapiencia.
    Con él, TEZCOCO, y todo ACOLHUACAN, había llegado a tal exuberancia material y espiritual que no tardó mucho en despertar la envidia de quienes durante un tiempo, hacía siglos, los habían ayudado.
    ¡Cómo era posible que esos fueran ahora mejores que los AZCAPUTZALCAS!
    Pero lo que vino a enojarlos más, fue el nacimiento de quien podría ser heredero de las virtudes de IXTLILXOCHITL.
    Tenían que combatirlo, antes de que prosiguiera convirtiendo a su pueblo TEZCOCANO en el primero de ANAHUAC.
    Al menos eso pensaba TEZOZOMOC, el señor de los TEPANECAS, el guía de los que poblaban AZCAPUTZALCO.
    Y como al fin la señora de IXTLILXOCHITL, la también bondadosa y bella, MATLALCIHUATZIN, la reverenda señora que usa una red, había tenido un niño, el peligro aumentaba.
    Y aunque IXTLILXOCHITL amaba a sus hijas, TOZCUETZIN y ATOTOTZIN, la llegada de un varón lo colmaba de júbilo.
    De inmediato mandó llamar a los astrónomos para que ubicaran el lugar ocupado por los planetas en el universo al instante del nacimiento de su heredero y pudieran descifrarse los magnetismos cósmicos que irradiaran al niño y se predijera las probabilidades de su existencia.
    Los datos estadísticos que manejaban para estos casos y las frecuencias de los mismos, podrían orientar su vida y vencer las dificultades que aparecieren.
    De este modo fue como afirmaron que sería uno de los principales hombres de su tiempo; afamado y admirado por muchos, pero también odiado y calumniado por otros, sobre todo en su juventud.
    Los astros revelaban que superaría prontamente sus instintos animales y llegaría a poseer una gran sabiduría. Sin embargo, no se conformaría con ello, siempre estaría hambriento de saber, de conocer, de crear.
    Se parecería a los coyotes que siempre desean alimento, aunque en este caso, el sustento habría de ser la poesía y el anhelo de comprender hasta en los mínimos detalles el mecanismo de la naturaleza universal.
    Entonces los sabios astrónomos dictaminaron su nombre: -Se llamaría NEZAHUALCOYOTL, esto es, coyote hambriento de saber. Su disciplina fundamental sería el cultivo del ayuno y la voluntad, eso que ya se sabía, cultivaba aquel pueblo familiar hacía poco recién llegado y que se decía AZTECA-MESHICA-TENOCHCA.
    Debía poseer mucha voluntad para resistir las desventuras que le aguardaban. Si vencía los peligros que le deparaban las fuerzas cósmicas al influir en las mentes de sus enemigos, llegaría a ser un gran señor, de los más nobles y generosos que habían pisado el ANAHUAC desde las épocas de QUETZALCOATL y sus representantes en la tierra, como aquel CEACATLTOPILTZIN.
    Dadivoso sería entonces y proporcionaría vestidos, joyas y atavíos a su pueblo y a los pueblos amigos, pero sobre todo, les regalaría la bella palabra florida: Poemas, Canciones y Danzas: IN XOCHITL IN CUICATL, la flor y el canto, el arte; eso sería lo que mas habría de obsequiar.
    Después de esta ceremonia, IXTLILXOCHITL y MATLALCIHUATZIN conmovidos por el solemne discurso del anciano sabio de los astros, agradecieron al TEOTLIPALNEMOHUANI, aquello por lo cual todos vivimos, y junto con todo su pueblo principiaron una grande fiesta: Un MITOTE.
    Y aunque la felicidad parecía reinar en TEZCOCO, nadie sospechaba siquiera que TEZOZOMOC y sus hijos planificaban llenos de envidia, destruir algún día tanta grandeza alcanzada con base en el trabajo.
    Los de AZCAPUTZALCO sólo esperaban el momento propicio para atacar.
    Mientras tanto, NEZAHUALCOYOTL creció entre el amor de los TEZCOCANOS. Su grácil comportamiento y su clara inteligencia, además de su dedicación, le granjeaban día con día el cariño de todos. Gentil con sus compañeros de juegos, siempre se comportaba muy amable con ellos y compartía sus pertenencias.
    Cuando llegó a la edad de entrar en la casa de la unión, donde como con un mecate se reúnen los sabios para meditar y perfeccionarse con disciplina, CALMECAC, el gran HUITZILIUTZIN, venerable maestro en todas las sabidurías, lo recibió como un discípulo maravilloso.
    Y entonces NEZAHUALCOYOTL conoció a sus hermanitos MESHICAS que luchaban arduamente para mejorar y engrandecer la ciudad fundada hacía tiempo por el célebre TENOCH:
    La gran MESHICO-TENOCHTITLAN: ¡HUEI TOLLAN MESHICO-TENOCHTITLAN!
    Cuando TEZOZOMOC y sus hijos supieron esto, sobre todo MAXTLA, que era el más ambicioso y despiadado, temblaron de rabia y se sintieron como despreciados.
    Ahora sí verían esos ACOLHUAS TEZCOCANOS lo que se les preparaba.
    TEZOZOMOC era nieto de XÓLOTL y se sentía con los derechos para adueñarse de TEZCOCO, por ello entonces intentó invadirlo.
    IXTLILXOCHITL y su pueblo se defendieron valientemente y en un principio lograron rechazarlos, lo cual más enfureció a los TEPANECAS.
    Y viendo el peligro que los cercaba, IXTLILXOCHITL ordenó traer a NEZAHUALCOYOTL para que el consejo de venerables sabios ancianos, en TLOQUENAHUAQUE, realizara la ceremonia de declararlo VENERABLE HEREDERO NUESTRO: TOPILTZIN.
    NEZAHUALCOYOTL tenía doce años apenas, pero ya comprendía el desgarramiento terrible que empezaba a sufrir su pueblo.
    La destrucción que encontró a su paso le estremeció hasta el llanto, mas no pudo explicarse el porqué de tanto odio; si todos debíamos ser más que amigos, hermanos, hermanitos, manitos.
    Dentro de sí, una extraña voz comenzó a dictarle en su mente:
  "Yo me pongo triste.
   Palidezco mortalmente.
   Allá donde se han ido
   ya no hay regreso.
   Ya nadie retorna acá.
   De una vez por todas
   se van allá
   a donde se fueron."
    Y es que él había visto aquellas casas tan hermosas, ahora destruidas. Y sus compañeros de juego no estaban más; habían sido asesinados por los esbirros de TEZOZOMOC.
    NEZAHUALCOYOTL presentía algo terrible.
    Un día los ejércitos invasores llegaron terroríficos y arrasaron sin misericordia todo.
    IXTLILXOCHITL tuvo que huir con NEZAHUALCOYOTL, perseguido salvajemente por los TEPANECAS.
    Cuando llegaron al claro de un bosque y viendo IXTLILXOCHITL que los asesinos se aproximaban y que era inútil caminar más, decidió enfrentarlos y morir.
    Entonces dijo a su hijo quien lloroso lo miraba:
    -Hijo mío muy amado, a dónde te llevaré para salvarte. Aquí va a ser el último día de mis desdichas y me es forzoso partir de esta vida. Lo que te encargo y ruego es que nunca desampares a nuestro pueblo que hoy se ve amenazado por los ambiciosos. No eches al olvido que eres de origen CHICHIMECA, pero que te has enaltecido con la sabiduría. Recobra tu gran ciudad de TEZCOCO y tu señorío ACOLHUA que tan injustamente TEZOZOMOC nos arrebata y venga la muerte de tu afligido padre. Prométeme que te has de ejercitar en el uso de las armas, del arco y de las flechas para que lleves a cabo tu justo desquite. Ahora escóndete, hijo mío, en alguna de estas arboledas para que no con tu muerte inocente, se acabe en ti el señorío tan antiguo de nuestros antepasados.
    NEZAHUALCOYOTL viendo el llanto de despedida que brotaba, a pesar de la aparente serenidad, de su padre, no pudo más que derramar lágrimas también y con presura buscó un árbol muy alto y de gran follaje y en él trepo hasta lo más alto.
    Dentro de su mente, una voz, su propia voz, su naciente conciencia, TEZCATLIPOCA, le decía:
"Solamente se viene a vivir
 la angustia y el dolor
 de los que en el mundo viven
 ¿Quién podrá verlos terminar?
    Y llorando vio como su padre se preparaba para combatir.
    Y miró también cómo bárbaramente los TEPANECAS, en gran número, se arrojaban contra el señor de TEZCOCO, sin respeto alguno para la civilización hasta entonces construida. Parecían fieras que se abalanzaban en contra de su presa.
    IXTLILXOCHITL se defendía con gran habilidad, pero aquel combate era imposible de contrarrestar.
    Pronto el gran señor cayó víctima de sus asesinos y cuando estos se vieron vencedores, abandonaron el lugar llenos de alegría para ir a informarle a TEZOZOMOC de su triunfo, el cual había prometido enormes riquezas como premio a los que eso lograran.
    NEZAHUALCOYOTL lloraba en lo más alto del árbol que le había servido de escondite y decía:
    "¡Ay de mí!
      Así es.
     ¡No tengo dicha
      en la tierra!
     ¡Ay de mí
     ¡De igual modo nací!
     ¡De igual modo fui
      hecho hombre!
     ¡Sólo el desamparo
      he venido a conocer!

    Cuando los criminales se habían alejado, aparecieron varios TEZCOCANOS que venían dispuestos a auxiliar a IXTLILXOCHITL, pero ya era tarde.
    Con gran tristeza y rabia a la vez, lo amortajaron y levantaron el cuerpo de su señor.
    Al verlos, NEZAHUALCOYOTL descendió del árbol como pudo y algunos lo ayudaron a terminar de bajar.
    Tres de ellos lo llenaron de tiernas caricias ante su orfandad y lo reconfortaron.
    Eran tres forzudos guerreros que prometieron acompañarlo y protegerlo en contra de las acechanzas de los TEPANECAS.
    La vida darían por su príncipe, su TOPILTZIN. Se llamaban HUAHUATZIN, XICONACATZIN y CUICUITZCATZIN.
    Los tres héroes llevaron a NEZAHUALCOYOTL consigo. Este se veía pálido y demacrado. Con grande emoción lo condujeron a una cueva escondida en una ladera de difícil acceso y allí estuvieron varios días alimentándose de las hierbas y los frutos que aquellos parajes ofrecían, hasta calcular que los TEPANECAS se habían calmado un poco y la vigilancia que los enemigos ejercían por esas zonas ACOLHUACANAS principiaba a no ser tan cuidadosa.
    Entonces enviaron un mensajero a MESHICOTENOCHTITLAN para pedir ayuda al gran señor ITZCOATL, uno de los principales guías, TLATOANI, de los MESHICAS y que era tío del joven NEZAHUALCOYOTL.
    Mientras tanto HUAHUATZIN, XICONACATZIN y CUICUITZCATZIN, resguardando a su príncipe amado, lo condujeron entre peñascos y quebradas, y a las escondidas, hasta la orilla del lago donde al poco tiempo llegó una trajinera para rescatarlo. Su tío ITZCOATL había mandado a diez de sus hijos para que cumplieran tan delicada misión.
    Y es que los AZCAPUTZALCAS odiaban también a los TENOCHCAS y siempre los habían sometido a trabajos esclavizantes con el propósito de que nunca se engrandecieran. No sabían los TEPANECAS que la voluntad férrea pregonada por HUITZILOPOCHTLI entre su pueblo MESHICA, los estaba haciendo cada día más fuertes, sobre todo ahora, que comenzarían a planificar una gran alianza con el principal señor TEZCOCANO, aún muy joven, pero ya señor guía ACOLHUA.
    Llegados a TENOCHTITLAN, los tres guerreros protectores de NEZAHUALCOYOTL, junto con los parientes AZTECAS del príncipe huérfano, lo comenzaron a instruir duramente en el uso de las armas. Había que prepararlo para recuperar su señorío y arrebatárselo a las manos crueles del tirano TEZOZOMOC que ambicionaba ser el único y no hacer caso al TLOQUE-NAHUAQUE:
    Y dicen que un día, cuando practicaba sus disciplinas a orillas del lago inmenso que rodeaba a la gran TENOCHTITLAN, para entonces ya impresionante y majestuosa, NEZAHUALCOYOTL cayó dentro del agua y se hundió. Entonces TLALOCTLI y sus TLALOQUES, el señor de la lluvia y sus gotas, se le aparecieron y lo llevaron a la cumbre de un monte donde las nubes y la neblina imperaban regocijadas. Allá esas fuerzas naturales le dijeron:
     -Tú serás, lo decretamos, el que destruya la orgullosa ciudad de AZCAPUTZALCO.
    Asombrado y agradecido, NEZAHUALCOYOTL fue devuelto al sitio donde había caído y salió sano y salvo de las aguas.
    Ya en tierra, NEZAHUALCOYOTL les comentó aquello a sus maestros de armas que lo miraban preocupado.
     -Fue como un sueño producto de mi desmayo, pero que vuelve más fuerte mi deseo de vengar a mi padre y a mi pueblo. Luchemos en contra de los canallas.
    Y desde esos momentos, auxiliado por sus leales guerreros, abandonó TENOCHTITLAN y fue a la búsqueda de aliados en contra de los TEPANECAS.
    Ocultándose aquí; escondiéndose allá; derrotando a pequeños grupos de guerreros TEPANECAS, transcurrieron diez años de su vida.
    Y en su largo destierro, se había enterado que TEZOZOMOC había ofrecido a quien lo capturara vivo o muerto, una gran recompensa.
    Mas NEZAHUALCOYOTL, tomando el ejemplo de sus parientes AZTECAS, no desmayaba y demostraba una voluntad inquebrantable. Se había atraído la simpatía de muchos y la gente amiga lo protegía.
    Sin embargo, en algunos lugares de su arduo peregrinar, como en CHALCO, no lograba el apoyo perdido. Por lo contrario, allí una mujer lo había denunciado a gritos y NEZAHUALCOYOTL sin poder contenerse ante ello, quiso callarla y en el forcejeo la mató.
    Los CHALCAS lo apresaron y lo condenaron a estar dentro de una jaula durante ocho días sin que le dieran ni comida ni bebida, pues con esa manera de morir, querían ganarse la recompensa que TEZOZOMOC prometía.
    Y así, prisionero en la jaula, el sediento y hambriento coyote, requemado por el sol, ultrajado por la humillación, sólo acertaba a meditar:
 "En vano he nacido;
  en vano he llegado a la tierra.
  Yo soy un desvalido.
  Ojalá que no hubiera
  venido a vivir.
 ¿Qué es lo que haré?
  Nadie soy para la gente.
 ¡Oh príncipe que estás conmigo
  reflexiona!
  Mi corazón padece,
  tú eres casi mi amigo,.
 ¿Cómo se puede vivir
  al lado de esta gente?
  Me he doblegado,
  sólo vivo con la cabeza inclinada.
  Por eso me aflijo
  y soy desdichado."
    Cuando lo escuchó QUETZALMACATZIN, quien era el principal de sus vigilantes y hermano del señor de los CHALCAS, quedó tan impresionado por el precioso uso de las palabras que NEZAHUALCOYOTL hacía, que conmovido, de inmediato sintió una gran compasión y le dio de comer sin que nadie se enterara.
    Cuando el señor de los CHALCAS vio que NEZAHUALCOYOTL no moría de hambre, ordenó la muerte del príncipe poeta. Entonces QUETZALMACATZIN lo ayudó a escapar. Intercambiaron ropas y NEZAHUALCOYOTL huyó.
    Al descubrirse esto, QUETZALMACATZIN fue juzgado como traidor y ajusticiado en lugar de NEZAHUALCOYOTL.
    Al saber el príncipe fugitivo lo sucedido con quien le había demostrado tan espontánea admiración y amistad, pensó:
 "Con lágrimas de flores de tristeza
  con que mi cantar se engalana,
  yo cantor
  hago memoria de los buenos,
  los que fueron quebrantados
  cual vasijas;
  los que fueron sometidos
  a la muerte.
  Ellos que fueron nuestros guías
  y pudieron mandar aquí en la tierra,
  plumas finas,
  se ajaron y palidecieron,
  esmeraldas fueron,
  añicos se hicieron."
    Ante tanta injusticia y persecución, NEZAHUALCOYOTL tuvo que regresar a TENOCHTITLAN y ahí permaneció preparándose para algún día lograr el triunfo.
    Gracias a sus parientes AZTECAS pudo tener unos años de tranquilidad hasta el día en que le llegó la noticia deseada: El anciano TEZOZOMOC, el astuto y ambicioso señor de AZCAPUTZALCO, había muerto.
    Entonces se enteró, gracias a uno de sus más nobles amigos, el sabio COYOHUA, que el tirano había planificado para deshacerse de NEZAHUALCOYOTL una horrenda traición.
    TEZOZOMOC le había dicho:
     -Yo sé que tú mantienes a NEZAHUALCOYOTL y que lo tratas constantemente, pues eres su maestro. Te daré grandes riquezas si lo asesinas. Degüéllalo, estrangúlalo, mátalo pronto. Yo te elevaré como el más grande sabio de todos los tiempos, si lo haces...
    Sin embargo, COYOHUA había rehusado cometer aquel abominable crimen.
    Por eso ahora que el malvado TEZOZOMOC estaba muerto, sólo quedaba declarar la guerra a los TEPANECAS.
    MAXTLA, TAYATZIN y TLATOCATLIZPALTZIN, los herederos del gran señor desaparecido, habían recibido la orden de su padre difunto de matar a NEZAHUALCOYOTL, si en verdad querían predominar en todos los señoríos de ANAHUAC.
    Afortunadamente esta misión fue aplazada cuando MAXTLA vio que TAYATZIN había sido nombrado sucesor de TEZOZOMOC y principió una lucha en contra de su propio hermano. Despiadadamente terminó asesinándolo y se erigió en el nuevo déspota de los TEPANECAS.
    Y a pesar del peligro que representaban los de AZCAPUTZALCO para NEZAHUALCOYOTL, éste no podía dejar de conmoverse ante la bestialidad de aquel hombre. Y dentro de sí sufría. En última instancia todos eran hermanos y debían honrar la gloria de la amistad.
    Entonces dijo:
"Porque no tenemos grandes guías
  nos hemos hecho perversos
  Por eso llora mi corazón.
  Pongo en orden y concierto
  mi pensamiento:
  Yo cantor,
  con llanto,
  con tristeza
  hago memoria.
  ¡Ojalá que supiera al menos yo
  que me oyen!
  Un hermoso canto para ellos entono
  que llegue hasta el lugar
  donde los muertos se han despojado
  de su carne.
  Si yo les diera alegría,
  si yo aliviara la pena de
  los príncipes."
    Pero MAXTLA era un salvaje brutal y en cuanto pudo se lanzó a destruir a los TEZCOCANOS que ya se habían organizado, dirigidos por NEZAHUALCOYOTL, sus leales amigos guerreros y sus parientes TENOCHCAS, quienes veían en esto, la hora de destruir, por fin, el poderío injusto de los AZCAPUTZALCAS que tantas veces los había humillado.
     En el hórrido combate, NEZAHUALCOYOTL decía entusiasmado:
  Esmeraldas,
   turquesas,
   son tu greda y tu pluma,
   oh, IPALNEMOHUANI,
   ya se sienten felices
   los príncipes
   con florida muerte
   a filo de obsidiana.
   Con la muerte en la guerra
   regresamos a tí.
   Polvo de escudos,
   niebla de dardos.
   Sólo con trepidantes flores
   llegamos a ti.
    Y por allí caían cabezas sangrantes, y por acá, escudos rodaban. Más allá los cuerpos se iban tambaleantes a un barranco y acullá se veía huir a los TEPANECAS rumbo a su ciudad de AZCAPUTZALCO.
    Y ardientes de victoria, los TEZCOCANOS y los TENOCHCAS los persiguieron. Y allí se veía a NEZAHUALCOYOTL llegar con los suyos y retar al ciclópeo MAXTLA que dando carcajadas monstruosas despreciaba las habilidades guerreras del joven príncipe.
    Ahora vengaría la muerte de su padre y la de CHIMALPOPOCA, el sabio señor TENOCHCA asesinado por MAXTLA. Ahora había llegado el momento del justo desquite.
    Ya no habría más estratagemas llenas de hipocresía por parte de MAXTLA para matar a NEZAHUALCOYOTL.
    Frente a él, MAXTLA descargaba furioso sus macanazos, pero el príncipe huérfano los esquivaba con grande habilidad.
    Pronto MAXTLA quedó fatigado y en un descuido, NEZAHUALCOYOTL estuvo a punto de matarlo, pero haciendo un esfuerzo hercúleo, el tirano se hecho a correr.
    Y dicen que desbaratado el ejército de MAXTLA, éste se escondió en uno de los TEMASCALES, los baños de vapor, de sus jardines y de ahí fue sacado con gran vituperio y burla.
    NEZAHUALCOYOTL lo llevó a la plaza principal de la ciudad de AZCAPUTZALCO y allí le sacó el corazón criminal.
    Todos los aliados de los TEZCOCANOS celebraron con gran alegría el triunfo sobre los tiranos y los TEPANECAS fueron reducidos a simples sirvientes de los ganadores.
    NEZAHUALCOYOTL fue reconocido como el gran señor de TEZCOCO y de todo el señorío de ACOLHUACAN.
    Sus desventuras habían terminado y él, sólo pedía a todos los pueblos de ANAHUAC:
   "¡Amigos míos, en pie!
   Yo soy NEZAHUALCOYOTL,
   el cantor.
   Tomen las flores de la amistad
   y dancemos.
   Hágase el baile.
   Comience el dialogar
   de los cantos.
   Toma ya tu cacao.
   La flor de cacao
   sea ya bebida.
   Hasta ahora es feliz
   mi corazón:
   Oigo ese canto de poesía.
   Veo la flor de la amistad:
  ¡Qué jamás se marchiten
   en la tierra!
    Amado por su pueblo y admirado por todas las ciudades de ANAHUAC, NEZAHUALCOYOTL cumplió majestuosamente el papel de guía de su gente: nariz y palabra sabia, YACATL y TLATOA; TLATOANI YACATECUHTLI.
    Casó, y cómo dicen los cuentos maravillosos, tuvo muchos hijos y casi fue feliz, pues nunca pudo olvidar las desgracias que hay en la vida y que a él le hicieron comprender que todo cambia en ella y que la vanidad es tonta. Y todo lo que vivió y sintió, lo dejó escrito en sus poemas para meditar en ellos y perfeccionarnos.
 

CUENTOS
DEL
ANTIGUO ANÁHUAC
I

Hubo una vez unos chicos que fueron como han sido casi todos los chicos del mundo: Inteligentes, juguetones, traviesos, vivarachos y deseosos de saber lo que pasa con todo lo que nos rodea.
También eran preguntones y curioseaban por ahí y por allá. Recogían piedritas y las arrojaban a las fuentes, a los manantiales, a los charcos, a los lagos, a los ríos.
Y coleccionaban mariposas, y escarabajos y gusanitos y sapos.
Y les gustaba brincar y revolcarse en la tierra. Hacer túneles, cuevas y caminitos en las arenas, o pasteles y castillos de lodo, o bolas y muñecos de nieve.
También les agradaba correr y subir a las ramas de los árboles, cortar frutas o descubrir nidos; esconderse entre los matorrales o en las casonas abandonadas.
En fin, mucho de lo que siempre, cuando chicos nos ha gustado practicar entre juegos.
Y aunque parezca fantasía, esos niños crecieron y se hicieron mayores. Y luego se convirtieron en abuelitos que con la sabiduría obtenida en su vida cuidaban de los niños que como ellos, en otros días, se hallaban como tantos chicos siempre, creciendo, jugando para madurar y aprendiendo.
Y cuando los pequeños se cansaban de jugar a las canicas, o a la matatena, o al malacatonche, entonces se reunían en torno a los sabios ancianos para que éstos les narraran algunas historias como las que aquí comienzo a contar:
AMOR DE MADRE

Cierto día al atardecer iba caminando muy feliz la señora Zorra con su nene zorrito a la espalda. Madre satisfecha y orgullosa parecía presumir a todos los señores animales con quienes se encontraba en el camino, de su recién nacido crío.
Pero he aquí que de pronto vio a un veloz correcaminos; esos pajarracos burlones, pero muy apetitosos para los zorros, que se atravesaba cual sin preocupaciones por aquel sendero.
De inmediato imaginó Doña Zorra lo suculento de un platillo formado por tan deliciosa avezuela.
Y sin pensarlo más, colocó a su hijito a un lado del camino y se lanzó presurosa tras el pajarraco, que al verla, como un cohete buscapiés, exclamó:
-¡Patas! ¿Para cuándo son?- y echó a correr precipitadamente.
Por más que se esforzó Doña Zorra, no pudo darle alcance, así que jadeante y acalorada, regresó al sitio donde pensaba encontrar a su zorrito.
Mas, ¡oh! desagradable sorpresa, el nene no estaba más allí. Asustada, Doña Zorra miró hacia todos lados; olfateó por las más escondidas partes; correteó y saltó desesperada por arbustos y matorrales, pero el zorrito no aparecía.
Entonces Doña Zorra se puso a llorar y llorar y llorar y tanto lloró, que de pronto comenzó a pensar:
-Bueno, ¿Y qué gano con llorar aquí? Mejor voy a preguntar a mis hermanitos animales, si no lo han visto pasar por algún lugar.
Así se fue por el bosque, anda y anda y anda y anda, y a cada animal que encontraba, le lanzaba la misma interrogación:
-Perdona hermanito, ¿acaso has visto a mi hijito el zorrito que se me ha perdido?
El tigre ocelote, con cara furiosa, como la de esos que se sienten los muy maravillosos, le respondía:
-No, no lo he visto hermana zorrita. Casi no me fijo en pequeñeces.
-Pero es que mi nene zorrito es grande y fornido.
-Definitivamente no.- Y levantando altivamente la nariz, el tigre ocelote pasaba de largo.
Doña Zorra moqueaba un poco y seguía su búsqueda:
-Hermanito tlacuache, perdona que interrumpa tu siesta, pero, ¿acaso has visto a un lindo nene zorrito por estos parajes?- y el tlacuache que estaba dormitando, le contestó a Doña Zorra:
-No. Con tanto sueño como tengo, no he visto pasar a nadie.
Triste, Doña Zorra proseguía su caminata. Y pensaba:
-Lo bueno es que mi nene zorrito es aguzado y despierto, y tan listo, que no tiene comparación con esos mocosos tlacuachitos que se la pasan durmiendo en la bolsa de sus madres.
En eso acertó a pasar por ahí un babiento coyote y Doña Zorra, nada tardía en sus reacciones, como que era una verdadera zorra, le preguntó:
-Hermano coyotito, ¿has visto por casualidad a un precioso zorrito, mi nene bonito, que se me ha perdido?
El coyote se detuvo, se limpió la baba y como si pensara algo muy pero muy importante, le respondió:
-Tal vez si me dices cómo es tu zorrito, podría contestarte con mayor seguridad, pues ya ves que yo vago por tantos lugares y conozco a muchos animales. No quisiera haberlo confundido.
Entonces Doña Zorra comenzó muy ufana la descripción de su nene:
-Mi hijito es blanco, blanco, blanco, como la nieve de los volcanes; su hociquito es resplandeciente como el ámbar y sus ojitos, tal cual el cielo despejado de invierno, son azules, azules, que digo azules, ¡azulísimos! El terciopelo es poco con lo sonrosado de su piel y la felpa más fina resulta insignificante en relación con su graciosa colita. Además, sus orejas son tersas, cual de ante, y sus patitas, ¡Ah qué simpáticas!, asemejan la seda con que se visten los gusanitos del monte. Y si vieras su naciente dentadura, reluce como estrellas en la noche más oscura y...
-¡Basta! ¡Basta! Interrumpió fastidiado con la perorata el coyote baboso. Luego continuó.
-No, no, no. Entonces yo no he visto a tu nene, pues de lo que te puedo informar, indudablemente que no coincide con las características que me has dicho que tu hijo posee. Yo sólo he visto morir bajo el peso de una roca gigantesca que cayó de aquella montaña, a un zorrito prieto, lagañoso, tembeleque, de hocico sucio, orejas caídas y mugrosas, la cola pelada y tan, pero tan flaco, que apenas podía tenerse en pie de pura hambre...
-¡Oh!- exclamó interrumpiendo Doña Zorra- ¡Ese era mi hijito!
-¿Cómo? ¿No me decías que tu nene era hermosísimo?- Sorprendido interrogó el coyote.
-¡Ay, hermano coyotito!- Sollozó Doña Zorra y continuó enjugando sus lagrimitas- ¿Acaso no sabes que para una madre no hay hijo feo?
El coyote asintió pensando tal vez en sus propios hijos. Luego comentó:
-Creo también que para un buen padre sus hijos son bellos, pero no hay que cegarse.
Y dándole condolencias a Doña Zorra, el coyote se alejó como filosofando.
Afligidísima, Doña Zorra se regañó a sí misma y concluyó diciendo:
-También una buena madre no debe descuidar a sus hijitos ni abandonarlos.

EL COYOTE Y EL PERRO VIEJO

    No bien anduvo el coyote unos cuantos montes, cuando miró desde lo alto de uno de ellos, una hermosa magueyera que se extendía por un pequeño y bien arbolado llano. Con el hambre y la sed que traía, ya se le habían olvidado los abundantes razonamientos que la desgracia de Doña Zorra, le había hecho pensar.
    Así que bajó hasta un manantial cercano del que brotaba una agua tan cristalina y fresca como era normal en el Ajusco y bebió hasta satisfacerse.
    Luego vio hacia muchos lados y olisqueando descubrió, no muy lejos de ahí, a un zopilote que devoraba los restos de un conejito muerto.
    El coyote se puso listo y astutamente se deslizó hasta donde se encontraba el negro animalejo y de un salto lo atrapó y le sirvió de estupendo manjar.
    Después de reposar un buen rato, de seguro para lograr una digestión eficaz, se lanzó a vagar nuevamente y muy despreocupado.
    Así llegó hasta las magueyeras y contento se paseaba entre ellas como si quisiera encontrar en algunos de aquellos enormes magueyes un poco de aguamiel.
    De pronto vio a un pobre perro viejo que se encontraba echado al lado de uno de ellos y dirigiéndose muy confiadamente hacia él, le dijo:
     -¿Qué estás haciendo primito?
    El perro viejo abrió los ojos pesadamente, pues dormitaba, y le respondió al coyote:
    -Pus ya ves, aquí nomas, calentándome un poco. En mi casa no me quieren ver más. Ya sabes que cuando uno es muchacho, lo agasajan y lo chiquean, pero cuando ya se está viejo, como yo, ni caso le hacen a uno.
    El coyote se compadeció de su primo domesticado y pensó para sí:
     -Yo por eso no me dejo de estos ingratos hombres. Mira el pago que dan después de tan buenos servicios. Prefiero la libertad, a estar al servicio de alguien que no nos valora. Enseguida dijo en voz alta al ver que el pobre perro viejo se le quedaba lastimeramente mirando:
     -Oye, ¿hay guajolotes en tu casa?
     -Sí.- dijo el perro- ¡Y muy gordos!
     -Pues entonces tengo un plan para ayudarte y lograr que te vuelvan a aceptar esos malnacidos de tus patrones.
     -¿Y cuál es?- Murmuró con cierto interés desganado el perro viejo.
     -Mañana, cuando no haya ningún perro, pues todos se habrán ido a acompañar a sus amos a recoger aguamiel, yo iré y me robaré un guajolote. Tú te acuestas junto al gallinero y cuando oigan el escándalo que se arma, saldrán a ver lo que sucede. Las mujeres te gritarán para que me muerdas. Entonces tú ladrarás y morderás mi cola. Yo soltaré el guajolote y ya verás como te querrán después.
    El perro viejo se puso muy contento y se despidió feliz de su primito para efectuar lo acordado.
    Así anocheció y al día siguiente, en cuanto el coyote estuvo seguro de que los hombres y sus perros se habían marchado, luego de estar espiando un buen rato, llegó a la casa de los amos del perro viejo y se introdujo en el corral. De inmediato se metió al gallinero y sacó el mejor guajolote que lo miraba aterrado y como diciéndole:
     -¿Por qué me escogió a mi, señor coyote?- Y dando rienda suelta a sus aleteos y a sus gloglogloteantes gritos, las mujeres que habían quedado, salieron alarmadas:
     -¡Un coyote! ¡Un coyote! ¡Ea, perros! ¡perros! ¡Cantarino! ¡Muchachuelo! ¡Ladrador! ¡Ceniciento! ¡Ataquen al coyote!
    Sin embargo, era más el escándalo que producían sus voces que la aparición de los canes. Ninguno de los nombrados se hallaba presente.
    Aprovechando ese momento, el perro viejo salió ladrando cual si estuviera en sus mejores tiempos de joven. Y siguió al coyote que hipócritamente parecía huir.
    Llegando hasta él, puesto que se dejó alcanzar y sin que se notara, le agarró la cola, hizo que se la mordía y entonces el coyote, su bondadoso primo, soltó al guajolote. Las mujeres quedaron sorprendidas y cuando fue recuperado el gordo gloglogloteante, que temblaba de susto, se deshicieron en elogios y caricias para el perro viejo:
     -¡Qué bien te portaste viejito!
     -¡Dale un buen trozo de carne!
     -Y yo que pensé que ya no servía p'a nada.
     Lógico es pensar que el perro viejo no cabía de gusto en la cocina donde saboreaba una sabrosa costilla.
    Cuando los hombres regresaron con los perros jóvenes al atardecer, las mujeres de casa les contaron lo sucedido y todos le dieron sus palmaditas al héroe.
     -¡Bravo, bravo!- Le decían.
    Desde entonces cambiaron con él. El perro viejo era el primero al que le daban de comer y cuando no aparecía, sus propios amos lo iban a buscar y lo traían cargando.
    Días después, el perro viejo fue hasta los magueyes para ver si se encontraba con su primo el coyote. No tardó mucho en verlo. Y es que el astuto por ahí rondaba con el propósito de saber lo acontecido con su primo perro.
    Cuando el coyote lo vio, le dijo:
    -¿Qué tal te fue, buen primito?
    -A lo que el perro viejo contestó:
    -Muy bien, porque desde ese día hasta me buscan y me ruegan.
    Entonces el perro viejo le hizo una invitación al coyote:
    -Te invito a mi casa. Va a haber mañana una fiesta muy bonita. Irás a comer mole. Van a matar un puerco de monte para hacer tamales y a los guajolotes que quedaron. Ándale, ven.
    -¿Y si me descubren tus patrones? No la voy a pasar muy bien.- Reflexionó el coyote.
    -No te preocupes.- Prosiguió el perro viejo. -Tan distraídos estarán con su mitote que ni cuenta se darán.
    -Bueno. Entonces nos veremos allá mañana.- Terminó el primito y contento se despidió del perro viejo.
    Al otro día, ya como a las horas en que estaban en el baile todos los amigos y familiares de los patrones del perro viejo, llegó el coyote muy discretamente por atrás del corral y sin hacer ruido ni espantar a los pocos animales que habían quedado, se deslizó hasta donde el perro viejo lo estaba esperando:
     -¡Qué bien que llegaste primito coyote!- Exclamó muy contento el perro viejo. -Estoy muy complacido en que hayas decidido venir. Verás que sabrosa comelitona te vas a dar.
     -Gracias primito. Huele muy sabroso la cocina.- Comentó el coyote.
     -Pues ándale primito coyote, entra a comer. Ahorita mis patrones están bailando allá, en el gran patio. Asómate conmigo y los verás para que te sientas más seguro.
    Y en diciendo esto, el coyote y el perro viejo se asomaron cuidadosamente.
     -¿Ya ves? No hay peligro. -Confirmó el perro. -Vamos, vamos.- Convencido respondió el coyote al mismo tiempo que emprendía una carrerita rumbo a la cocina. Apenas llegaron y entraron en ella, el perro viejo dijo señalando:
     -Mira. Aquí en el brasero hay mole; allí sopa; allá frijoles guisados. A ver, ¿cuál quieres comer? Mira. Acá están colgados unos pedazos de carne de puerco montés. Escoge lo que tú quieras comer, mientras yo voy a ver a mis patrones. No vayan a venir. Si acaso pasara esto, yo ladraré para ponerte sobre aviso y tú, de inmediato te echas a correr, y cómo todos los demás perros están amarrados, ya sabes lo que haremos. Como que yo te correteo. Tú escapas y mañana nos vemos donde siempre para llevarte un taquito recalentado de la comida que no hubieras podido probar. ¿Estás de acuerdo?
     -¡Claro primito perro! Ya se me cae la baba de antojo. Comenzaré por el mole con esa piernota de guajolote y luego por la carne de puerco...- Respondió entusiasmado el coyote.
     -¡Ah, se me olvidaba! Ahí está el aguamiel. Si quieres, la tomas, pero acuérdate que no mucha, para que no vayas a perder agilidad en caso de una corrida. Te puedes emborrachar.- Prosiguió el perro viejo casi en la puerta de la cocina. Luego desapareció y el coyote dio rienda suelta a sus filosos colmillos.
    Y el coyote, ya que comió el muslo del guajolote con mole, lo sintió muy picoso y se acordó del aguamiel, esa agua fermentada de los magueyes que hoy le llaman pulque.
    Se acercó hasta la tinaja que la contenía y comenzó a beber apresuradamente, pues sentía que su hocico se incendiaba:
     -¡Ah, ah! ¡Me quema! ¡Me quema!- Mas luego de probar el aguamiel, se le calmó el ardor y tanto le gustó el pulquito que tomó otro poco, y otro poquito, y otro poquito nomás.
    Cuando sintió, el coyote estaba tan borracho que no podía sostenerse en pie. En ese instante regresó el perro viejo y le dijo:
     -¿Ya comiste, primito?
     -Sí, primito perro, ya comí muy bien. -Respondió muy sonriente. -Y me eché mi pulquito que estaba resabroso. Hasta me dan ganas de cantar.
    -¡No, hermanito coyote!- Interrumpió alarmado el perro viejo. -¡No se te ocurra entonar tus preciosos aullidos en este momento, porque podría ser fatal para ti!
     -No te preocupes primito. Ya estoy alegre y qué... Total, una cantadita puede divertirnos.
     -No, primito coyote. Si te oyen mis patrones te pueden venir a matar.
     -Yo canto.- Desobediente el coyote comenzó su concierto de aullidos.
     -No cantes.- Más asustado prosiguió el perro viejo.
     -Yo canto, pues ya me anda de gusto. Ya se me subió el pulquito a la cabeza y no me importa nada ¡Y que viva el aguamiel y después que viva yo! Échate un pulquito conmigo, primito perro...¡Hip!
    Y el coyote al estar borracho, principió a cantar y al oír los patrones del perro viejo que el coyote estaba cantando en la cocina, dejaron el baile y echando mano de palos, piedras, macanas y flechas se dirigieron hacia donde estaba el cantor empulcado. Y todos gritaban:
     -¡No dejen escapar al coyote! Está en la cocina. ¡Mátenlo!
    Cuando el perro viejo vio que sus patrones y sus amigos entraban a la cocina, empezó a ladrarles en defensa de su primito coyote, pero los hombres y las mujeres creyeron que le ladraba al animal borracho.
    Y como ya había anochecido, con teas alumbrando, buscaron por los rincones de la cocina y descubrieron al coyote.
    Este no pudo hacer nada, pues tambaleante, apenas se levantaba, caía. El perro viejo ladraba mirándolo compadecido: -¡Te lo dije primito!
Mas entre toda la gente lo apalearon y tantas piedras le arrojaron, que al final lo dejaron muerto. Los patrones y sus amigos acariciaron nuevamente al perro viejo y amarrando al coyote de las patas, lo colgaron de unas varas y lo dejaron en una barranca cercana, con el propósito de que al otro día habrían de pasearlo por la comarca.
    El perro viejo se sintió muy apesadumbrado por haber perdido a su primito el coyote que había sido tan amigo. Luego bajó hasta la barranca donde colgaba el coyote y allí lloro por él. ¡Qué lastimeros eran sus aullidos! Ahí estuvo un rato como acompañando a su primo el coyote y luego, con sus pausados y cansados pasos, regreso a la casa de sus patrones.
    En el camino iba pensando:
    -¡Lo que hace la borrachera! ¡No es nada buena! Hasta los más inteligentes y nobles se acaban cuando se emborrachan.

    Y así eran los cuentos que nuestros abuelos y bisabuelos y tatarabuelos aztecas y más allá de ellos, les narraban cuando eran niños. Cómo aquél llamado:

El tlacuache vanidoso,
o ése de
El tecolote y el ocelote,
o aquél de
El gato montés y el zorrillo,
o el de
El conejo y la mazorca
y muchos más.

    Y cuando ya anochecía, los niños que habían escuchado a los sabios abuelos, se iban a dormir como todos los niños de cualquier parte, recordando en sus fantasías, las aventuras de los animalitos de ANAHUAC: estos lugares que ahora se llaman México.
    Entonces los ancianos que les narraban con tanto cariño a los pequeños sus relatos maravillosos, se levantaban y encomendándose a IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual todos existimos, TEOTL, la energía creadora. OMETEOTL, la dualidad que da vida, TONACAYOTL, TONANTZIN-NONANTZIN, daban gracias por haber cumplido la palabra florida, la palabra guía, y haber enseñado a los niños de su tiempo la razón por la cual los seres humanos verdaderos, los de gran memoria, de gran fuerza creativa y enorme voluntad, no debían comportarse como los animales.
 
CUENTOS
DEL ANTIGUO ANÁHUAC
II

    Hubo una vez un gran sabio llamado CUAUHTLATOATZIN en la época de nuestros abuelos aztecas.
    Como conocía tantas historias fascinantes y encantadoras era el más venerado narrador de cuentos. Tenía la brillantez del águila en los altos vuelos de su fantasía y por eso se llamaba así:
CUAUHTLATOATZIN
    Muchos jóvenes que estudiaban en el CALMECAC, la escuela donde todos se unen para meditar y crear, como amarrados disciplinadamente por un mecate, lo tenían por maestro, puesto que desde niños lo habían escuchado hablar tan admirablemente que a pesar de haber crecido, aún solían acudir en sus horas libres a escucharlo en el CUICACALLI, la casa de los cantos y los cuentos.
    Y no se diga los niños, quienes fascinados con sus relatos no dejaban pasar una sola tarde, después de las horas de sus juegos, sin presentarse ante el sabio narrador, el TLAQUETZQUI, que los maravillaba con tanta imaginación.
    Y es que al hablar, decía las cosas con gracia y donaire, con palabras gustosas y alegres. Su manera de expresarse era cuidadosa y sencilla y de todo su discurso se extraían consejos abundantes y profundos para conducirse alborozado por la vida en una fecunda y creadora amistad con quienes uno habitaba en la vecindad llamada entonces CALPULLI, la gran casa de todos.
    CUAUHTLATOATZIN era un verdadero artista cuyos labios parecían dar flores de belleza, sabiduría y amistad.
    Y así comenzó cierta vez este relato que sigue:

EL TLACUACHE VANIDOSO

    Sin duda que alguna vez entre sus travesuras por el campo se han de haber topado con un tlacuache. ¿O no es así? Menudo susto llevaron cuando vieron a ese animal que parece una enorme rata y que mira con ojos asustadísimos, o un zorrillo, aunque no tan apestoso, pero que de todos modos huele muy mal.
    Este animalejo es muy astuto y siempre que se ve irremediablemente perdido, finge estar muerto y cuando menos se lo espera uno, salta a toda velocidad y huye, o da unos mordiscos tan fuertes que quien se descuida puede perder hasta los dedos o un buen trozo de su carne.
    Los tlacuaches se comen a los guajolotes y a sus pipilitos y hacen muchos estragos en los corrales. Las hembras guardan en una bolsa que tienen en el vientre a sus tlacuachitos y es por eso que su piel se ve arrugada y produce un aspecto desagradable.
    Los tlacuaches tienen la cabeza pequeña y sin pelos, el hocico alargado y sus orejas son tan blandas y tan delgadas que parecen transparentes. Su cuerpo da la impresión de estar siempre sucio y cubierto de lodo, y luego con esa larga cola redonda tan parda en su extensión y tan negra al final, resulta hasta cierto punto, repulsivo.
    Y dicen que "sube a los árboles con increíble velocidad. Estáse mucho tiempo escondido en cuevas. Come aves domésticas que suele degollar como las zorras, y también comadrejas, de las cuales sólo bebe la sangre."
    Pues bien, hubo en un bosque cercano uno de estos curiosos animalitos, en aquellas épocas cuando aún se entendían entre sí todas las bestias de estas tierras, pues era realmente un imperio de animales.
    ¡Vivían como animales, hablaban como animales y se comportaban como unos verdaderos animales!
    En unas cuantas palabras, lo único que existía era la animalidad.
    Ni esperanzas había aún de las creaciones humanas.
    En fin, sucedió que en cierto año hubo una sequía tan tremenda que los lagos se secaron, los ríos y los arroyos no corrieron más y hasta los manantiales se habían tapado.
    ¡Imagínense la sed!
    Y como al sol le importaba un bledo si despedía mucho calor o no; él seguía su curso tan contento a través del espacio infinito sin darse cuenta siquiera de los sofocones que producía en la animalidad terrena.
    Y luego ni las intrépidas nubes osaban atravesar el cielo para atajar un poco los rayos del gran astro indiferente.
    Así que los pobres guajolotes extendían sus alas a más no poder y abrían los picos desmesuradamente para no ahogarse.
    Los ocelotes se tiraban cuan largos eran debajo de los resecos arbustos y los osos no querían salir de sus cuevas. Las lagartijas, tan gustosas del sol, ya no hacían sus ejercicios acostumbrados sobre las piedras del monte ni las serpientes de cascabel hacían bailar a la colectividad con el ritmo de su cola bullanguera.
    Las mariposas de mil colores parecían hojas de árboles marchitos por el otoño que desfallecidas caían como mareadas por el caluroso bochorno.
    Hartos pues, de tanta sequía, de tanto desear agua y sufrir el calorón, se reunió toda la animalidad de aquellos llanos y sierras en un claro del bosque cercano que sucumbía de marchitez y entonces decidieron que para remediar su situación debía seleccionarse a alguno de ellos con el propósito de pedir que TLALOCTLI cayera.
    -¡Queremos lluvia!- Así con estas palabras, algunos propusieron que fuera el ocelote, pues con su hábilmente silenciosa manera de caminar, se desplazaría por la noche hasta lo más alto de los montes sin que los traviesos TLALOQUES, el ejército bailarín de TLALOCTLI, las móviles gotas, le impidieran llegar hasta el señor de las lluvias.
    Otros propusieron que mejor fuera el mono araña, porque con su pequeñez y su agilidad trepadora llegaría en un decir TEZCATLIPOCA, a través de ramajes y lianas, hasta donde TLALOCTLI lo escucharía.
    Sin embargo, luego de oír muchas propuestas, discutirlas y desecharlas, la asamblea animal no se podía poner de acuerdo.
    Y así estaba: Que el lagarto, que el perro de monte, que el gato montés, que el jabalí, que el ajolote, que el águila, que la tuza, que el zincoate, en fin, sin que se le diera remate al asunto, pues nadie aceptaba.
    En eso se encontraban, cuando aburrido el tlacuache de tanta discusión, gritó:
    -¡Basta! Parece ser que son todos unos cobardes que no se atreven a efectuar una misión tan sencilla como subir a cualquier cerro y pedirle a TLALOCTLI que acabe con este tiempo tan seco.
    Y admirados por la valentía del tlacuache, todos se deshicieron en aullidos, maullidos, glogloteos, chirridos, trinos, rebuznos, cotorreos, cacareos, mugidos, berridos y demás lenguajes de la animalidad comentando elogiosamente la futura hazaña.
    Entonces los animales reunidos construyeron con finas maderas de ocote y pencas de maguey una suntuosa silla para llevar en andas al tlacuache, intercesor de las lluvias.
    El tlacuache ante la admiración de la animalidad subió elegantemente a su casi trono y de pronto su humilde figura, un poco repulsiva, se transformó en la imagen clara de la vanidad.
    Se sentía un dios adorado por todos y capaz de ordenar a sus súbditos la satisfacción de los más tontos caprichos:
    -Quiero una vara de membrillo que sirva como cetro para mi poder.- Fanfarroneó ante el águila que de inmediato voló hacia el cerro y se la trajo.
    Luego el vanidoso tlacuache precisó:
    -Ahora quiero una guirnalda de amapolas para utilizarla sobre mi cabecita como tiara en señal de mi dignidad.
    La tuza fue corriendo por las flores adecuadas y junto con doña tarántula le tejieron el objeto de su deseo.
    -Pero esto no basta para mi sacrificio.- Continuó pedantemente. -Exijo una capa de bellos plumajes.
    Entonces los quetzales se quitaron algunas de sus plumas y ayudados por las mariposas cumplieron sus exigencias.
    -¿Y a poco creen que iré descalzo a hacer la petición que quieren? Necesito unos cacles de hueso, adornados con cascabeles. La víbora de cascabel y su familia se quitaron el final de sus colas y aderezaron los cacles que los armadillos con sus caparazones ya le habían hecho.
    ¡Se veían tan extraños la serpiente de cascabel, sin cascabel, y el armadillo, sin su armazón! ¡Parecía que estaban desnudos!
    Cuando el tlacuache vanidoso los miró, descaradamente se carcajeó de ellos y exclamó burlón:
    -No cabe duda que en mí lucen mejor sus adornos.
    Después de que la asociación de animales había cumplido todos los gustos del tlacuache, éste concluyó:
    -La hora ha llegado de subir al monte. Allí el corazón de los bosques y los cerros me escuchará, pero cuidado con hacer algún comentario que no me agrade, porque entonces ya no haré lo que quieren. Y ahí arréglenselas como puedan. ¿Entendido?
    La animalidad entera le respondió asustada:
     -Sí, tlacuachito dios, intercede por nosotros.
     -Sí, elegido de las mayorías, ruega por nosotros.
     -Sí, rey omnipotente, hazlo por nosotros.
    Al oír aquellos coros, el tlacuache se puso más vanidoso y pidió que levantaran su silla e iniciaran la procesión.
     -Y si desean que esta comisión la realice muy contento, no callen sus letanías. Me agradan bastante y me satisfacen.- Prosiguió diciendo el engreído tlacuache.
    Y por supuesto que estas actitudes no dejaron de molestar a algunos, sobre todo al zorro humorista que esperaba el momento adecuado para bajarle los humos al vanidoso. Mientras tanto, la animalidad iba por los campos rumbo al monte repitiendo sus preces con devota monotonía:
    -¿Dios tlacuachito!
    -Ayúdanos.
    -¡Orejitas de peluche!
    -Protégenos.
    -¡Pelito de terciopelo!
    -Ampáranos.
    -¡Hociquito de ámbar!
    -Cuídanos.
    -¡Manitas de seda!
    -Guíanos.
    A todo lo cual contestaba cada vez el tlacuache, halagado en su vanidad y crecido en su pedantería:
    -¡Bueno, bueno, bueno! Se los concedo, se los concedo.
    Y así transcurrió el tiempo en medio de alabanzas y elogios, hasta que agotada la enumeración de sus cualidades para que intercediese ante TLALOCTLI y lloviera, ocurriósele al astuto zorro burlón gritar con voz gangosa:
    -¡Colita pelada!
    Oír aquel denuesto el tlacuache y saltar al suelo, fue todo uno. Furioso ante aquella exclamación, erizó el hocico, encrespó el lomo y huyendo a la montaña volvió la cabeza y gruñó encolerizado:
    -¡Ahora le voy a pedir a TLALOCTLI que no llueva para castigar sus atrevimientos con el representante de él sobre la tierra. ¡Insultarme de tal manera! ¡Insólito! ¡Cuándo se ha visto que los embajadores tienen la cola pelada?
    Y apenas había dicho esto cuando se soltó un aguacero tan, pero tan fuerte, que parecía venirse abajo el cielo.
    Los animales se alegraron y de gusto saltaban por aquí y por allá. El tlacuache al ver aquello, se emberrinchó tanto que no se dio cuenta de una piedra floja que había en la ladera por donde iba subiendo y tropezó. Desde ahí cayó hasta dar con un charco y quedar completamente enlodada su grandeza.
    La animalidad se rió de él y el vanidoso no tuvo más remedio que exclamar:
    -¡Bola de animales! No saben valorar el sacrificio que significa representarlos.

EL OCELOTE BURLADO.

    Recién había terminado de llover y el tlacuache vanidoso se secaba la humedad y se quitaba el lodo que lo cubría, cuando de pronto vio pasar al tigre ocelote que se dirigía, como a escondidas, hacia la cumbre del monte de TLALOCTLI.
     -¿Y éste a donde irá?- Pensó el tlacuache muy intrigado por la conducta del ocelote.
    Así que determinó seguirlo para saber hacia dónde se encaminaba con tanto misterio.
    Y cuál no sería la sorpresa del tlacuachito, ahora humilde y escarmentado, al escuchar que el ocelote decía frente a una enorme cueva:
     -Padre TLALOCTLI, vengo a que me des licencia para comerme a tus hijos. Se me antojan los guajolotes y los patos y las garzas y los zopilotes y los jabalíes y los coyotes y... sobre todos, los tlacuaches.
    Los ojos que abrió el curioso tlacuachito fueron como para salírsele. Su corazón le retumbó y todo su cuerpo principió a temblarle.
    La voz de TLALOCTLI surgida de lo más hondo de aquella caverna respondió al ocelote:
     -Tu petición será concedida, siempre y cuando ayunes como sacrificio previo.
     -Así lo haré, padrecito TLALOCTLI.- dijo como para abreviar y recibir más rápido la donación.
     -Pues ahora márchate a cumplir tu promesa, pero recuerda que no debes faltar a ella.- Terminó TLALOCTLI su perorata.
    Contento el ocelote ante tan fácil compromiso, se retiró inmediatamente de ahí con paso firme y seguro.
    Ni qué decir que el tlacuachito se encontraba asustadísimo ante la futura concesión otorgada al ocelote, famoso por ser traidor y verdaderamente una fiera. Toda la animalidad iba a estremecerse cuando supiera esa noticia. Y ya se disponía a emprender la carrera informativa para poner sobre aviso a la comunidad bestial y ver la forma de protegerse, cuando resonando en la oquedad de la caverna, se escuchó la voz de TLALOCTLI que lo llamaba:
     -Tlacuache que un zorro te quitó lo vanidoso, veo que has escarmentado y en premio te voy a conceder un privilegio: Vas a ser muy astuto.
    Sorprendido y trémulo, el tlacuachito se acercó a la cueva y quedó a la expectativa:
     -Ese ocelote traidor y asesino no debe cumplir con la promesa del ayuno y tú vas a ser el que lo hará perder.-Dijo TLALOCTLI muy convincente. Luego prosiguió ante el asombro del rostro del tlacuache que parecía exclamar:
     -Vas a ir a encontrarlo al magueyal y lo invitarás a beber un poquito de aguamiel. Tú debes ingeniarte para lograr que él acepte. ¿Entendido?
     -¡Y si me quiere comer?
     -No lo hará. Es más fácil que lo hagas tomar aguamiel que él se anime a tragarte.- Terminó de aclarar el señor de las lluvias, el corazón del monte.
    Entonces el tlacuache, un poco más confiado, fue a buscar al ocelote y no tardó mucho en encontrarlo echado en medio de dos grandes magueyes que le atajaban el sol.
     -¿Cómo te va hermanito ocelote?- Taimadamente interrogó el tlacuache.
     -Bien, gracias.- Le contestó el ayunador.
     -Hace calor, ¿Gustas un poco de aguamiel?- Preguntó nuevamente el tlacuache, a lo que el ocelote respondió:
     -No, porque ayuno y prometí a TLALOCTLI no faltar a esta penitencia. Así el me va a recompensar muy sabrosamente.- Dijo el ocelote mientras se limpiaba el hocico con la lengua, como insinuándole al tlacuache que ya disfrutaría posteriormente del exvanidoso. Este tragó saliva y continuó el convencimiento:
     -Nada te hará. Al contrario sólo beberemos un poquito.
     -No, porque TLALOCTLI puede verme y ya no me dará autorización para comerme toda la animalidad que yo quiera. Interpuso el ocelote.
     -¿Y cómo te va a ver?- Insistió el tlacuache.- Yo te limpiaré la bocota.
    Entonces el tlacuachito fue a destapar el maguey y al quitarle una de sus pencas, brotó el aguamiel.
     -Ven aquí, hermanito ocelote, bebe. No te preocupes. ¡Tú que le crees a TLALOCTLI!- expresó el tlacuache.
    El ocelote se agachó sobre el cuenco del maguey para beber el aguamiel y en cuanto lo hubo hecho, se retiró y llamó al tlacuache para que fuese a disfrutar también del exquisito brebaje.
    El exvanidoso no se hizo del rogar, bebió e inmediatamente le dijo al ocelote:
     -Ven, hermanito ocelote, voy a limpiarte el hocicote.
    Y el ocelote se acercó al tlacuache muy confiadamente, mientras éste fingía hacerle la limpieza dental, sin embargo, el tlacuache lo embarraba con fibras de maguey sin que lo sospechara el grandullón.
    El ocelote miro al cielo y vio que el sol había transcurrido la mitad de su recorrido, con lo cual se dio cuenta de que ya era hora de romper el ayuno y asistir nuevamente con TLALOCTLI para que el señor de la lluvia se lo autorizara.
    El tlacuache se despidió del ocelote y se fue con precaución, tal cual si temiera un ataque imprevisto.
    No obstante, el ocelote se dirigió al monte para pedir la concesión ofrecida.
    Según él, el ayuno se había cumplido y TLALOCTLI no se percataría del engaño, pues el buen amigo tlacuache se había encargado de borrar las huellas del agua miel tomada.
    Y es que el pobre ocelote ignoraba la tramposa estrategia en la que había caído.
    Así que, apenas llegó a la entrada de la caverna, exclamó:
     -Oh, señor TLALOCTLI, aquí estoy para recibir tus favores.- A lo cual respondió el señor de las lluvias y las gotas:
     -¿Ayunaste?
     -Sí, señor.
     -Veamos... ¡Abre la bocota!
    Y el ocelote abrió lo más que pudo el tremendo hocico y mostró los colmillos filosos y su dentadura brutal.
     -Está sucia por las fibras de maguey. De seguro has tomado aguamiel.- Vociferó TLALOCTLI. Luego continuó ante la sorpresa de descubrir la astucia del tlacuache para hacerlo romper la promesa y no obtener el don pedido.
     -¡Tú no ayunaste! Y como faltaste a tu palabra, ya no te daré a mis hijitos para que fácilmente te los comas. Ahora todos huirán de ti y tú tendrás que esforzarte para darles alcance. Sólo te doy licencia para que devores a los que se dejen y no podrás entrar en las casas. Días y días habrá en que no tengas qué comer. Así tendrás que ayunar muchas veces, aunque no lo desees.
    Impresionado el ocelote por esas palabras terribles, rugió desesperadamente y se fue llorando.
    En el camino sólo iba tramando vengarse del condenado tlacuache que lo había hecho faltar a su promesa de ayuno.
    Ya se lo encontraría y vería lo que significaban los enormes colmillos que adornaban el hocico del carnicero:
     -¡Me las pagará!- Trémulo refunfuñó.
    Y espumando por la boca su enojo, de pronto vio al tlacuache que dormitaba a la entrada del agujero donde el exvanidoso vivía.
     -¡Ha llegado el momento de mi venganza!- Pensó dirigiéndose hacia el dormilón.
    Por buena suerte, el tlacuache alcanzó a oir un ruido que hizo el ocelote, abrió los ojos asustado y se alistó para la carrera.
     -¿Cómo estás tlacuachito?- Disimulando su rabia, saludó el ocelote.
     -Bien, gracias, ocelotito.
     -Pues pronto ya no estarás bien. Voy a comerte.-Aseveró el carnívoro.- ¿Por qué te burlaste de mí? Por tu culpa no ayuné y no me dieron permiso de comerme a todos los que yo quisiera. Por eso ahora te voy a comer a ti. Tú vas a ser mi comida favorita.
     -¿Te refieres a mí?- Dijo como si fuera un dechado de inocencia.- Me has de estar confundiendo. Yo no soy el tlacuache al que tú aludes. Es que somos tantos y tan parecidos.- Continuó hipócritamente ante el asombro del ocelote.- Ya ves que hay tlacuachito de las tunas; tlacuachito del pirú; tlacuachito del aguamiel; tlacuachito de las rocas...
    Dudoso, el ocelote dijo:
     -Pues si no eres tú, entonces te invito a pasear.
     -Vamos por donde está el barranco.- Se adelantó a sugerir el tlacuache burlón.
     -Pues vamos.- Aceptó el ocelote y cuando llegaron al lugar citado, el tlacuachito dijo:
     -¡Cuidado! Esa roca se puede caer encima de ti, hermanito ocelote.
     El carnicero la vio y pegó un salto.
     -Detenla mejor.- Prosiguió el tlacuache.- Agárrala de allí, mientras voy por auxilio. Si cae esa roca, puede caerse todo el cerro. Luego te vendremos a ayudar. Cuidado y la dejes de sostener...
    Y rápido, cual colibrí, se fue sonriendo el tlacuachito, mientras el ocelote se ponía a detener la enorme peña.
    Así transcurrió un rato y el tlacuache no volvía con la ayuda prometida.
    Cansado el ocelote, dejó de detener la gran roca y se echó a correr para que no le alcanzara el supuesto futuro derrumbe.
    Llegado a una distancia conveniente, se detuvo para ver la catástrofe, pero nada sucedía:
     -¡Condenado tlacuache! Se ha vuelto a burlar de mí. Ahora sí no voy a perdonarlo la próxima vez que lo encuentre.
    Y en efecto, a los pocos días, el ocelote burlado se topó en el camino con el tlacuache y se arrojó furioso sobre el desprevenido burlador:
     -No soy, yo! ¡No soy, yo!- Gritaba el exvanidoso. Recuerda hermanito ocelote que los tlacuaches somos todos idénticos. Me estás confundiendo con el tlacuachito del pirú, o con el del tunal o con el del aguamiel.
    Ante estas razones, el ocelote dejó a su presa, mientras el tlacuache le decía:
     -¡Ay hermanito ocelote! por poco y no me das tiempo a comunicarte una noticia.
     -¡Cuál noticia?
     -Pronto va a llover piedras y debemos poner nuestras casas sobre los nopales. Perdóname que te deje, pero tengo que apresurarme a hacerlo. Hazlo tú también.
    En cuanto el tlacuache desapareció, el obediente ocelote puso su casa de zacate sobre la nopalera y se trepó para gozar un poco de la vista y dormitar un poco.
    De pronto sintió que llovían piedras y se puso a temblar, hasta que descubrió que el malvado tlacuache era quien las arrojaba.
    Fuera de sí, muy enojado, descendió del nopal exclamando:
     -Ahora sí deveras voy a tragarte. Me has bajado a pedradas y eso nunca te lo perdonaré. ¿Qué crees que soy tonto?
     -¡Ay, hermanito ocelote! ¿Pues no por eso te dije que hicieras tu casa, porque pronto iba a llover piedras?
     -Ahora no te perdono. Voy a comerte inmediatamente. Gruñendo entre horrendos gestos amenazó el ocelote.
    Como ahora si la vio difícil, el tlacuache intentó huir nuevamente, pero el ocelote le impidió el paso.
    -¡No! ¡No! Ahora no te irás. Voy a comerte.
    Calmando su nerviosismo, el tlacuache astutamente interrumpió los gruñidos de su enemigo brutal y haciendo una voz quebrada de tristeza, le dijo:
    -¡Ay, hermanito ocelote! Mira, si me has de comer, déjame siquiera que bailando me despida de la tierra.
    Y sin que el ocelote pudiera evitarlo, el tlacuachito listo comenzó a bailar y bailar y bailar. Saltó por aquí; saltó por allá; saltó más allá.
    Y es que el tonto ocelote no sospechaba siquiera que el tlacuache saltarín andaba de tal manera buscando un agujero para escaparse.
    De repente el tlacuache descubrió el hoyo apropiado y se metió con tanta rapidez que el bobo ocelote no acertó a efectuar movimiento alguno que lo impidiera.
    Dentro del agujero sólo se oía la risa burlona del tlacuache, que no volvió a salir de allí. El ocelote, como todas las bestias de grandes corpazos, no pudo más que medio meter la nariz en el escondite del tlacuachito y gruñir furiosamente.
    Así estuvo esperando que apareciera el burlador hasta que cansado de hacerlo, se fastidió y se fue mejor de estas tierras de ANAHUAC a vivir en la selva.
    Así es como la astucia y la inteligencia vence a los poderosos.
    Cuando CUAUHTLATOATZIN, el sabio y fantasioso narrador, vio llegada la hora de la meditación, se despidió de los niños que lo habían escuchado con tanta alegría y divertimiento.
    El entró al gran TEOCALLI, la casa de la energía creadora, y los niños se fueron a soñar en otros cuentos.
 
 
CUENTOS
DEL ANTIGUO ANÁHUAC
III

    Cuando las madrecitas de PAPÁLOTL terminaron de arrullarlo, su madre, su abuela, su nana, se fueron muy tranquilas a cumplir con sus obligaciones de barrer el TEOCALLI cercano.
    Y entonces el nene PAPALOTL soñó que CUAUHTLATOATZIN, el sabio narrador de cuentos, le relataba uno más:

EL TECOLOTE
Y
EL GATO MONTES.

    La noche se extendía por toda la tierra apaciblemente y sólo en el bosque se escuchaba el diálogo de los animales nocturnos.
    Los sapos gritaban tan fuertemente como si estuvieran muriendo de sed y quisieran con sus croacroacroa atraer la atención del corazón del monte, del señor de la lluvia, TLALOCTLI.
    Las cigarras entonaban su monótona melodía y parecían competir con los zumbidos de los grillos.
    Los murciélagos volaban en busca de algún sabroso insecto que sirviera de bocadillo para no pasar tan mala noche.
    Y en este barullo los brillantes ojos del gato montés se miraban como flotantes en aquella oscuridad buscando una presa para devorarla.
    El felino se desplazaba con gran cautela por entre las ramas de los arbustos en espera de saltar sobre una desprevenida víctima.
    Pero he aquí que no se dio cuenta de que otros ojos, más grandes y más lucientes, lo seguían desde la copa de un alto árbol.
    Era el tecolote que le gustaba espiar a los gatos monteses para asaltarlos y dejarlos ciegos. Y no es que fuera un defensor de los pobres que caían victimados por el felino, sino que le encantaba echarse sus bocadillos de iris, pupila y cornea.
    Cuando el gato montés se encontraba más distraído, el tecolote saltó de su rama y se encontró frente al sorprendido cazador, cazado.
    Y le dijo:
     -Buenas noches, gatito montés. Voy a sacarte los ojitos para tener una muy buena cena. Así sin querer, evitaré que te comas a algún tonto guajolote y yo tendré con qué alimentarme.
    Asustado, el gato montés le replicó:
     -¡Qué susto me diste tecolotito! Sólo te ruego que me saques solamente un ojo, pues si me sacas los dos, me harás desgraciado para siempre. Ten piedad de mí y concédeme esta petición.
    Entonces el tecolote respondió:
     -Por esta noche te perdono. Sólo te sacaré un ojo, pero mañana a estas horas vendré a apropiarme del otro.
    Apesadumbrado, el gato montés no tuvo más remedio que perder un ojo, porque con tanta oscuridad le era imposible pelear contra la abusiva ave de rapiña.
    Cuando el tecolote logró su propósito, le exigió al dejado gato montés la dirección de la casa donde éste vivía.
    El gato montés se la dio, pues sabía que aunque se la ocultara, los tecolotes espiaban por dondequiera y pronto descubrirían en qué agujero habitaba.
    Luego el tecolote le interrogó:
     -¿Y cómo te llamas, gatito montés?
     -Mi nombre es Escarmentarás. Respondió el felino.
     -¡Curioso nombre el tuyo!- Exclamó el tecolote que saboreándose se echó a volar y dejó tuerto al pobre gato montés.
    A la noche siguiente, el tecolote se encontraba, a las mismas horas de la anterior, esperando al gato montés, pero este no acudió a la cita.
    Molesto ante la impuntualidad de su víctima, el tecolote voló hacia el domicilio que el felino le había dado.
    Cuando vio que era un agujero por el cual no podía penetrar, a riesgo de caer en una trampa y perder, no los ojotes, sino la vida, gritó a la entrada del hoyo:
     -¡Escarmentarás! ¡Escarmentarás! ¡Vengo a que cumplas tu palabra!
    Y desde el interior de la cuevita, se oyó la ronca voz del gato montés que le decía:
     -Tan escarmentado estoy que ni a hacer del baño salgo.
    El tecolote se puso furioso y se dedicó a vigilar el hoyo para ver si el gatito montés salía.
    Sin embargo, todo fue inútil.
    Pronto los primeros rayos del sol hicieron que el tecolote huyera de allí para no quedar ciego, pues sólo de noche veía bien.
    Entonces el gatito montés se asomó, y aunque tuerto, se alegró de su triunfo.
    Y dicen que desde esa ocasión, a los gatos monteses no les gusta cazar de noche, sino solo de día.
    Quien no escarmienta una vez, la segunda demuestra que es completamente menso.

    Y en otra casa de TENOCHTITLAN, el nene POPOCATZIN también soñaba con su gran maestro narrador de cuentos: CUAUTLATOATZIN.
    Este le decía sonriente:
     -Ahora te voy a contar la historia de una rana lista que le tomó muy bien el pelo al latoso CACOMIZTLE, y así se llama nuestra narración:

LA RANA Y EL CACOMIZTLE.

    Cierta vez en uno de los lagos de ANAHUAC vivía una rana feliz.
    En época de sequía cantaba y cantaba. En época de lluvia cantaba y cantaba. En fin, que era una cantante encantadora.
    Pero un día en que henchida de felicidad se aprestaba a lanzar un do de pecho, se le atragantó la voz cuando vio a un CACOMIZTLE que se aproximaba.
    Como afortunadamente la rana se encontraba en el interior del lago y flotaba sobre un bello lirio que le servía como decorado a su escenografía de diva, el CACOMIZTLE no le pudo hacer nada, sino que se detuvo y estuvo un buen rato escuchándola.
    Has de saber que el CACOMIZTLE es del tamaño de un gato común, muy parecido al tejón y a la comadreja, de color gris, con el vientre blanco y larga cola, esponjada, cuyo pelo va formando anillos negros y blancos alternadamente. Es astuto y ágil y se alimenta fundamentalmente con aves de corral. Resulta, por tanto, el terror de los gallineros.
    Pues nuestro taimado CACOMIZTLE quiso demostrarle a la rana que si ella era muy buena en eso de la cantada, el era mucho mejor en aquello de la corrida.
    Así que le habló y le dijo:
    -Tú cantarás muy bonito, pero a mí no me ganas a correr.
    La rana, que se había quedado sorprendida ante tan extraño reto, simplemente le contestó:
    -No veo por qué me dices tal cosa hermanito CACOMIZTLE ni qué pretendes demostrar con tamaña hablada.
    El CACOMIZTLE, envalentonado al verla tan inflada, le propuso:
    -Mira, hermanita rana. ¿Vamos a echarnos una carrera desde aquí hasta aquel claro del bosque para ver quién gana?
    -Si tú quieres, acepto la apuesta.- con firmeza respondió la encantadora cantadora.
    -Vamos, pues.- Prosiguió el CACOMIZTLE.- Sal del agua y prepárate para correr, si puedes...- Concluyó despectivo.
    Humildemente la rana salió del lago y sin sentirse la divina garza, pues no era más que una muy humana rana, se dispuso a competir.
     -A la de tres, corremos.- ordenó el CACOMIZTLE echador.
    Entonces dio un paso para adelante y la rana, un brinco.
    Cuando el CACOMIZTLE dijo tres, la rana tanteó el tamaño de la cola del presumido y de un salto se montó en ella sin que el CACOMIZTLE lo sintiera y menos lo notara.
    El mataguajolotes emprendió la carrerota e iba haciendo una gran polvareda. Luego que llegó al lugar convenido, se volteó para ver por donde venía la rana brincando y como iba tan agitado por el enorme esfuerzo realizado, ni siquiera notó cuando se desmontaba la rana de su cola.
    Así que cuando el CACOMIZTLE hablador se dio cuenta, ya la rana estaba en la meta como si hubiera llegado antes.
    -¡Yo gané porque llegué antes!- gritó la rana ante la admiración del CACOMIZTLE que pelaba unos ojotes sorprendidos y que así había quedado tanteado.
    Toda la animalidad aplaudió la lección que la hermana rana le había dado al hablador CACOMIZTLE.
    Y la rana, entre ovaciones fue llevada en alto hasta su hogar en el lago, donde sencillamente prosiguió, como si nada, su cantata al sol y a la luna, sin distinción de astros, aunque ella era la estrella.
    Y dicen que algunos animales comentaron:
    -Los echadores nunca se fijan en su cola.

    En otro lugar, también CIHUACPILLI, la nena más pequeña de uno de los CALPULLIS de IZTACALCO, veía en sueños a CUAUHTLATOATZIN que le relataba la historia de

EL ZORRILLO
Y
EL CACOMIZTLE.

    Cierta vez, por el rumbo de CHAPULTEPEC, un CACOMIZTLE salió al atardecer con el propósito de encontrar por allí algún corral lleno de sabrosos guajolotes.
    Como atardecía, decidió apresurarse porque ya le andaba de hambre.
    En el camino se encontró con el perfumado zorrillo que cortésmente, como corresponde a la elegancia de su traje de etiqueta, lo saludó:
    -Buenas tardes, hermano CACOMIZTLE.
    -Buenas tardes, hermano zorrillo.- le contestó el CACOMIZTLE.
    -¿Hacia dónde te diriges?- interrogó el zorrillo.
    -Voy a buscar mi cena. ¿Y tú?
    -Pues yo también, hermanito CACOMIZTLE. Por aquí dicen que hay una linda huerta en donde abundan elotitos y calabacitas. Espero darme una muy buena atragantada.
     Al oír aquello, el CACOMIZTLE aprovechó la oportunidad para hacer unas indagaciones que le ahorraran tiempo y preguntó:
    -¿Y de casualidad sabes si habrá por ahí también, un corralito con sabrosos guajolotitos?
    -Sí, hermanito CACOMIZTLE. Justamente en el cerro de al lado me han dicho que existe un enorme corral.
    -Entonces vamos por ahí juntos, luego nos separaremos y cada quien irá a buscar su cena. ¿Te parece bien?-propuso el CACOMIZTLE, lo cual fue aceptado de buena gana por el zorrillo, quien agregó:
    -Y después nos encontramos aquí nuevamente para tener una charlita de sobremesa. Hay muchas cosas que quiero platicarte.
    De acuerdo los dos amigos, llegaron muy contentos y optimistas hasta el sitio donde habrían de separarse:
    -Que tengas muy buen provecho, hermanito CACOMIZTLE.- dijo uno.
    -Igualmente, hermanito zorrillo.-respondió el otro y cada quien se dirigió por el rumbo convenido.
    El CACOMIZTLE se fue rápidamente hasta el corral pensando en que pronto un guajolotito le llenaría la panza.
    Con gran cautela olisqueó hacia todos lados para cerciorarse de que no había presencia humana cercana y de inmediato con gran sagacidad se trepó al árbol donde muchos guajolotes se aprestaban a dormir y que se ubicaba al centro de un gran corral donde también dormitaban apaciblemente algunos puercos de monte. Al lado se veía un jacalote, de seguro habitado por una abundante familia.
    Y sin decir agua va, el CACOMIZTLE se arrojó sobre una de las grandullonas aves, con tan mala suerte, que la rama se rompió y el escándalo de la guajolotera fue mayúsculo.
    Ni qué decir que al escuchar el alboroto los dueños de los animales salieron armados de piedras y palos y con gran habilidad le propinaron tal cantidad de golpes al pobre CACOMIZTLE, que quién sabe cómo, pero éste logró escapar todo tambaleante y atarantado.
    Mientras tanto, el zorrillo llegaba al huerto saboreándose ya los estupendos bocadillos que pensaba disfrutar.
    De igual manera que el CACOMIZTLE, lo primero que hizo fue husmear para darse cuenta de que no había peligro alguno y que podría proceder sin preocupación, a seleccionar las mazorquitas o las calabacitas más apetitosas.
    Con agilidad saltó la barda que protegía al huerto y muy seguro de sí, caminó hasta donde se veían lucir unas suculentas sandías. La boca se le hacía agua y a punto estaba de darles un mordiscón, cuando, ¡oh sorpresa!, un flechazo le dio en una pata.
    Y es que el hombre cuidador del huerto se encontraba espiándolo desde el momento en que brincó por la cerca y estudiando cada uno de los movimientos del hambriento zorrillo, lo quiso cazar. El olfato de este pobre ladronzuelo no le había funcionado bien, por lo que se veía. Y como el perfume que deja no es para acercársele, el flechador creyó oportuno de tal manera, darle un escarmiento.
    Lógico es pensar que el zorrillito no se detuvo a meditar en la procedencia del disparo. Ya su mala pata se lo había informado y por lo mismo, se echó a correr como a quien lo persigue un ejército de malvados.
    Tras aquel sofocón, cojeando y sudoroso, llegó hasta el sitio donde había quedado en verse con su amigo el CACOMIZTLE, quien al poco tiempo llegó a la cita:
    -Mejor será que nos vayamos a disfrutar de nuestra charla de sobre mesa a otra parte.- dijo el zorrillo disimulando tanto el dolor de pata como su nerviosismo.
    -Es cierto. Vámonos pronto.- le confirmó el CACOMIZTLE que lucía unos chipotes sensacionales.
    Y rengueando el zorrillo, mientras caminaban, le preguntó al CACOMIZTLE:
    -¿Y qué tal te fue hermanito.
    A lo que el CACOMIZTLE, orgulloso y sin perder su dignidad, dando muestra de una enorme satisfacción, que era falsa, como lo sabemos, exclamó:
    -¡Muy bien! ¡Muy bien! Comí tanto que hasta se me subió la comida a la cabeza.- y mostró al zorrillo los chipotes que se le amontonaban entre las orejas.
    -¿Y a ti hermanito zorrillo?- terminó el CACOMIZTLE preguntando:
    -¡También perfectamente!- sin dar a entender su derrota, presumió el zorrillo. Luego dijo:
    -Fíjate que estoy tan lleno, pero tan lleno, que ni andar puedo.
    Y aunque no se ponían en esto de acuerdo, los dos apresuraban el paso y discretamente miraban hacia atrás como para ver si no los perseguían.
    Ambos hacían engolados comentarios y reían hipócritamente, aunque por dentro, sus tripas explotaban de hambre.
    Interiormente el CACOMIZTLE pensaba:
    -¡Ah qué zorrillo mentiroso! Se parece a esos que presumen de elegantes y no tienen ni en qué caerse muertos.
    Y aunque cojeando, el zorrillo también meditaba:
     -¡Chismoso CACOMIZTLE! Se las da de muy triunfador, cuando en realidad es como aquellos que nunca han hecho todo lo que pregonan.
    Y los dos amigos, creyendo que se engañaban uno al otro, prosiguieron por variadas sendas hasta llegar a un cerro donde se despidieron para irse a sus respectivas casas.
    Ambos bien que sabían la verdad de lo acontecido, pero no dieron su brazo a torcer, aunque la pata herida del zorrillo y los chipotes del CACOMIZTLE, mostraban la realidad de los hechos.
    Los dos habían aprendido que el robo siempre tiene sus peligros y no hay nada mejor que el trabajo honesto y creador.

    En otro lugar del antiguo ANAHUAC, el nene TEMILOTZIN dormía muy tranquilo en su TECPAN de TLATELOLCO y como todos los niños de aquellos tiempos, también soñaba con los relatos de CUAUHTLATOATZIN, el gran narrador de fantasías llenas de saberes y experiencia.
    Entre sueños le contaba la historia de

EL PUMA Y EL CHAPULIN.

    Hace algún tiempo vivía en los llanos cercanos a TEZCOCO un puma fortachón y presumido. Siempre quería demostrar a toda la animalidad su ligereza y su gran musculatura. Así trepaba presuntuosamente a los montes cercanos a plena carrera y subía a los árboles con la liviandad de una ardilla. En cuanto alcanzaba lo más alto de la copa frondosa, rugía tan ferozmente que ponía espanto en las más valientes criaturas del bosque.
    En otras ocasiones se echaba a correr por el llano y asustaba a las liebres y conejos que por ahí descuidadamente comían alguna hierbecilla. Los saltos que daban los orejones roedores, lo llenaban de carcajadas y orgullo.
    Y tampoco los patos, los cisnes, los flamencos y las garzas escapaban a sus molestas bromas.
    Cuando iba a la orilla del lago para calmar su sed, el puma astuto se arrojaba al interior del agua y era poco menos que gigantesco el susto que se llevaban las distraídas aves acuáticas. Hasta a los peces, ajolotes y sapos osaba molestar el ostentoso puma.
    A todos les caía muy mal, aunque estuviera muy atlético.
    Un día de sus tradicionales fechorías iba corriendo por el llano a impresionante velocidad, pues había lanzado la apuesta de que fácilmente alcanzaría a un venado, cuando sin darse cuenta se tropezó con la casita de un chapulín, que aunque modesta, a éste le parecía un palacio, ya que la había hecho con muchos esfuerzos y por supuesto, sobresaltos.
    El chapulín, verde de coraje, o mejor dicho, más verde por la ira, brincó y se posó en la mera nariz resopladora del puma, que se frenó instantáneamente, y le gritó:
    -¡Grandullón de tal! ¿Por qué no te fijas cuando corres? ¡Has destruido mi casita con tus asquerosas patas!
    Apenas el puma oyó tamaña reclamación del chapulín, se sintió tan ofendido que exclamó:
    -¡Miserable insecto! Yo no sabía que vivías ahí, además, que culpa tengo si pones tu casucha en los caminos por donde hago mis ejercicios.
    -¡Pues ahora me las vas a pagar! En el colmo del enojo, gritoneó el chapulín.
    -¡Yo no te pago nada! ¡Chapulín miserable!- refutó el puma.
    -¡Ah, no…?- trémulo de furia, el chapulín le dio un bofetón en la nariz al fiero carnicero y le gritó con su vocecilla intermitente: -Pues te declaro la guerra.- concluyó.
    El puma al sentir el golpe que para él era un simple cosquilleo, estornudó tan violentamente que el chapulín salió disparado como si le hubieran dado un cañonazo.
    Esto bastó para que el chapulín lo citara a pelear con todas sus tropas.
    -¡No te tenemos miedo, puma apestoso! ¡Y puedes traer también a toda tu familia! ¡Ya veremos de a cómo nos toca!
    -¡Malvado insecto! Te vas a arrepentir de hacerme a mí, esto.- gruñó el puma dando la vuelta con la cabeza levantada y echándose a correr en busca de su ejército.
    Entonces el chapulín acudió a solicitar ayuda a sus amigas las avispas:
    -Hermanitas avispas, ha llegado el momento de demostrarles a esos abusivos cuadrúpedos carniceros de que ya basta de atropellarnos a los que somos pequeños e indefensos.
    Los que parecemos insignificantes, según lo pregonan ellos, cuando nos unimos, podemos ser tan poderosos o más que los que se la dan de invencibles. Por eso es que les vengo a pedir su auxilio.
    Todas las avispas, luego de escuchar atentas el discurso del chapulín justiciero, zumbaron aprobando lo dicho por el orador y se prepararon para el combate.
    Entre tanto, el puma reunió a todos los animales bravos, como coyotes, gatos monteses, tigrillos, zorras y les contó la humillación recibida por el chapulín:
    -Si no les damos una lección a estos insectos, van a pensar que les tenemos miedo. Al ataque mis soldados.
    -¡Al ataque!- rugieron las bestias.
    Y convertidas en una furiosa manada se dirigieron al campo de batalla, donde el chapulín había acuartelado su tropa en varios carrizos.
    Pronto llegaron al llano del combate y todos los carnívoros se pusieron a observar por dónde aparecería el ejército enemigo para darle una arremetida feroz.
    Como desde el sitio en el cual se encontraban no veían claramente, la zorra exclamó:
    -Yo iré a la vanguardia y cuando descubra las tropas del chapulín, pegaré un grito para indicar el instante de atacar.
    La animalidad brutal alabó la valentía zorruna y entre vivas y bravos se adelantó hasta llegar cerca de un lago próximo, sin vislumbrar ninguna fuerza enemiga.
    Y husmeando estaba, cuando el chapulín ordenó a sus tropas de avispas que salieran a demostrarle a los cuadrúpedos desalmados lo que unos cuantos insectos podrían hacer con ellos.
    Y a la cargada, las avispas se le pegaron a la zorra por los ojos, la nariz, las orejas; por todo el cuerpo, hasta por la barriga y la cola.
    La zorra no supo ni cómo había sucedido aquello. El pregón famoso que iba a dar, no acertó siquiera a pronunciarlo. Lo único que pudo hacer fue correr y lanzarse al agua.
    Cuando el puma y sus demás amigos vieron que la zorra se metía al lago, creyeron que iba persiguiendo al chapulín y envalentonados, pegando rugidos espantosos, corrieron hasta donde la ya picoteada había saltado.
    Esto lo aprovecharon las demás avispas que armadas con sus filosos aguijones se precipitaron sobre todos los animales que eran dirigidos por el puma fantochón.
    Poco es decir que daban unos alaridos formidables al sentir las aguijoneadas del ejército volador.
    La zorra, mirando lo que les pasaba, no tuvo más remedio que gritar:
    -¡Al agua soldados! ¡Al agua!
    Cuando el puma presumido y todos sus amigos se encontraban dentro del lago, el avispero giraba y giraba, zumbaba y zumbaba, sin permitirles salir.
    Por fin, después de varias horas, y en vista de lo acalambrados que se encontraban los carnívoros, además de hambrientos y cansados, pidieron paz y se rindieron.
    Todos se fueron escurridos y escurriendo ante la dura mirada de las avispas que les habían probado lo que la unidad de los pequeños hace, cuando se lo proponen.

    Y cuando los sueños terminaban, los niños de ANAHUAC antiguo, temprano se levantaban para ir a la escuela: La casa de las flores, de los cantos y la unión: El CUICACALLI, el TEPOCHCALLI y el CALMECAC.
 

LAS CASAS DE LAS FLORES, DE LOS CANTOS
Y LA UNION
DISCIPLINADA I.

    Hubo una vez hace tantos años, que a muchos mexicanos se les ha olvidado, un pueblo soñador y confiado que por obra y gracia de la voluntad creadora, construyeron una hermosa ciudad sobre los espejos relucientes de las aguas formadoras de los lagos y lagunas del ANAHUAC.
    Ellos, hacía siglos, habían soñado ser como los antiguos gigantes del saber que habían habitado las regiones de aire transparente de lo que hoy se llama México.
    Con el recuerdo un poco borroso de los sabios OLMECAS, con las experiencias un mucho más claras de los cultos TEOTIHUACANOS y con el esplendor casi reciente de los fastuosos TOLTECAS, se hicieron el propósito de revivir las grandezas de aquellas urbes construidas en La Venta, en TEOTIHUACAN o en la grande TOLLAN.
    Y de sueño en sueño, de niños a ancianos, de jóvenes a adultos, iban logrando realidades extraordinarias.
    Y por supuesto que habían padecido los horrores de la humillación, del desprecio, de la envidia; de todo aquello que la animalidad humana utiliza para frenar a las mentes creadoras y a los espíritus sensibles.
    Pero gracias a su tesón, a su enorme voluntad, se encontraban logrando una síntesis maravillosa de los más espléndidos saberes acumulados hasta su tiempo.
    Herederos de los profundos sentimientos y pensamientos del pasado, los habían enriquecido tanto, que día tras día se iba comprobando la efectividad de su misión.
    Ellos eran los AZTECAS-MESHICAS-TENOCHCAS, fundadores de la más extraordinaria, asombrosa y gigantesca civilidad de su tiempo:
MESHICO-TENOCHTITLAN.
    Sus casas y sus palacios se erguían majestuosos sobre la laguna y eran tan blancos que parecían de plata.
    Largos canales y anchas calzadas montadas sobre el agua les servían para caminar y transportarse a todos los parajes lacustres del ANAHUAC.
    Y rodeada de aromáticos huertos, sobre islotes erigidos a fuerza de sudor, despedía una frescura y un verdor que parecía rodearse de esmeraldas o de jade. Eran las chinampas donde se cultivaban frutos y verduras; flores y maíz. Y donde revoloteaban encantadores, cientos de pájaros preciosos de coloridos plumajes y de trinos fascinantes y deleitosos.
    Y esto lo habían ido consiguiendo apoyados en el trabajo constante y esforzado de todos, para que todos pudieran cumplir con la misión por la cual se sentían llegados a la tierra, nacidos en ella, esto es, extender a cualesquiera de los puntos cardinales la esencia del TEOTL, la energía creadora, IPALNEMOHUANI, Aquello por lo cual existimos.
    Juntos, cercanos, unidos como los dedos de la mano, en TLOQUE-NAHUAQUE, habían de difundir la alegría de contribuir a que el universo todo, el cosmos infinito, prosiguiera su perfeccionamiento y no muriera, ni retrocediera.
    Así realizaban muchas fiestas durante el año para manifestar su unidad y dar gracias a la naturaleza entera, nuestro-nuestra reverendo-reverenda, madrecita-padrecito:
    TONANTZIN-NONANTZIN,
la tierra llena de cordilleras semejantes a serpientes que la visten para dar nacimiento al verdadero humano: COATLICUE, o un escudo que nos protege con sus alimentos: CHIMALMA, para que vivamos perfeccionándonos a cada instante, aunque en algún momento nuestra energía vital se aleje de nuestros cuerpos para reincorporarse a la energía creadora del TEOTL.
    Todo era una transformación incesante de él: El árbol, el ave, el sol, el niño, la mujer, el agua, el monte, la mariposa, la serpiente, el águila, el conejo...
    ¡Todo! Todo era como un vestuario o como un disfraz de aquello por lo cual vivimos, IPALNEMOHUANI.
    Por eso era un pueblo que cantaba y danzaba y hacía poemas y disfrutaba aprendiendo a ser verdaderamente noble, es decir, creador como el TEOTL.
  Doble: OMETEOTL; antiguo: HUEHUETEOTL.
    Y algunos, en las grandes fiestas, le decían a su pueblo:
"Yo soy el cantor;
 el que alza la voz
 de sonido claro y bueno,
 el que hace la voz grave
 y aguda también.
 Soy el que compone cantos,
 el que los crea,
 los forja y los engarza;
 el buen cantor de limpia
 y recta voz,
 el que la educa en la casa
 de las flores y los cantos
 con palabras firmes
 como columnas de piedra.
 Soy el cantor
 que aguza su ingenio
 y todo lo guarda en su
 corazón,
 de todo se acuerda
 de nada se olvida.
 Soy el canta sereno,
 subo y bajo con mi voz,
 explico sentimientos a la
 gente."
    Debido a esto, cuando amanecía y los niños despertaban de sus sueños, de inmediato se levantaban a dar gracias al sol porque llegaba, a la nube, que cual serpiente, traería las lluvias fecundantes, o a la tierra, porque nos daría de comer.
    Los niños se bañaban con agua fría para dominar su cuerpo y fortalecerlo; hacían su penitencia diaria para resistir el dolor de la carne al clavarse la espina de una biznaga o la púa de un maguey; luego ayudaban a barrer alegremente, en medio de cantos preciosos, para limpiar las casas comunales, los CALPULLI y los TEOCALLIS de basuras y malos humores.
    Después de un desayuno frugal sus madrecitas o sus padrecitos los llevaban a las casas de las flores, XOCHICALLI o las de los cantos, CUICACALLI.
    Allí aprenderían poemas y canciones; y bailarían y jugarían y dirían adivinanzas; o los abuelos, los HUEHUETZIN, les dirían muchos consejos para comportarse noblemente como estos que un padre AZTECA le daba a su hija:
     -"Aquí estás, hijita mía. Mi collar de CHALCHIHUITES, mi plumaje, mi creación humana, la nacida de mí. Tú eres mi sangre, mi color, mi imagen la veo en ti.
    Escucha: Vives, has nacido, te ha enviado a la tierra IPALNEMOHUANI para estar con todos, en TLOQUE NAHUAQUE, floreciendo como persona, que es la única forma de llegar a elevarte en un alto ser humano.
    Ahora que ya miras por ti misma, date cuenta de una realidad: La tierra es un lugar de mucho trabajo, hasta rendir el aliento, donde es muy bien conocida la angustia, la preocupación, el cansancio y el abatimiento.
    Un viento como de obsidiana sopla y se desliza sobre nosotros. A veces nos molesta el ardor del sol y del aire, o casi uno perece de sed y de hambre.
    Por eso hay que trabajar duro. Óyelo bien, hijita mía, niñita mía; la tierra es lugar de penosa alegría, alegría que punza cuando conocemos que no es eterna, pero que hay que saber disfrutarla, porque a pesar de todo, aquello por lo cual existimos, IPALNEMOHUANI, TEOTL, la energía creadora, nos dio regalos para que no siempre andemos gimiendo ni constantemente llenos de tristeza.
    Nos dio la risa, los sueños, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez, y finalmente el acto de amor y la amistad, que hacen siembra de gente y nos limpia de basuras, TLAZOLTEOTL.
    Todo esto embriaga la vida en la tierra, de modo que no se ande siempre penando. Pero aún cuando así fuera. Si la verdad es que nunca dejaremos de padecer aquí, si así son las cosas, ¿Acaso por esto se habrá de estar siempre temiendo? ¿Habrá que vivir llorando?
    No, hijita mía, porque en la tierra hay señores creadores que nos guían como águilas y tigres. Hay afán, hay vida, hay lucha, hay trabajo. ¿Quién tratará entonces de darse a la muerte? Se da uno a los demás, a las mujeres, a los hombres. Y se busca esposa, y se busca esposo.
    Así llegaste tú, mi muchachita a tu madre. Te desprendiste de su seno. Brotaste de su vientre. Ella es tu venerable señora.
    De ella surgiste como una yerbita, como una plantita. Como sale la hoja, así creciste, floreciente. Como si hubieras estado dormida y hubieras despertado.
    Mira bien, hijita mía, escucha y advierte: No seas vana. No andes como quieras, no andes sin rumbo. Recuerda que es muy difícil vivir en la tierra, lugar de espantosos conflictos, mi muchachita, palomita, pequeñita.
    Sé cuidadosa, porque vienes de gente que se ha educado, desciendes de ella. Gracias a personas con saber has nacido tú, que eres la espina y el brote de quienes nos guían. De los señores que luchan por la unión, como enlazados por un mecate que es a la vez disciplina férrea; los que han estudiado en el CALMECAC, la grande casa de la solidaridad; que han dado renombre y fama al perfeccionamiento de lo humano sobre la animalidad.
    Escucha debes entender que has de educarte, porque en esto radica la verdadera nobleza.
    Mira que eres cosa preciosa, aunque seas hoy tan solo una mujercita. Eres piedra fina, CHALCHIHUITE. Fuiste creada, luego pulida y tienes que brillar por tus finas maneras de persona que verdaderamente sabe.
    Tu sangre, tu color, tu figura demuestra que eres desprendimiento de gente deseosa de perfeccionarse, de ser mejor.
    Escucha todo esto que aún tengo por decirte: Entiéndelo muy bien. No importa que todavía andes jugando con tierra y tepalcates, pues con un poco que oigas, ya te das cuenta de las cosas y vas obteniendo el espejo de la memoria que te dejan las experiencias, la conciencia, TEZCATLIPOCA.
    Mira: nunca te deshonres a ti misma, ni a tu pueblo ni a los sabios que nos guiaron.
    No te hagas como los bárbaros CHICHIMECAS que no se desprenden de la animalidad y se esclavizan a sus simples instintos. No te degrades. Disciplínate y perfecciónate.
    En tanto que vivas en la tierra, hazlo en TLOQUE NAHUAQUE, en solidaridad, unida a todos como los dedos de la mano para la creatividad, para hacer cosas bellas y benéficas.
    Sé siempre una verdadera mujer que jamás olvide su misión en esta vida.
    Y he aquí lo que tendrás que hacer para cumplir en algo con ella:
    Durante la noche y durante el día conságrate a la meditación de todo lo que ves en la naturaleza; muchas veces piensa en lo que es; como la noche y el viento: La energía creadora por la cual existimos, IPALNEMOHUANI.
    Siempre alaba al TEOTL, invócalo, llámalo para que no te abandone su fuerza, ruégale mucho cuando estés a punto de dormir en tu petate y ordénale para que te dé la energía que él despide y tú te nutras de ella para fortificarte en la dura guerra de la vida. Así tu sueño será reparador y dichoso.
    A la mitad de la noche despiértate, levántate, póstrate con tus codos y tus rodillas, medita un poco, levanta luego tu cuello y tus hombros e invócalo:
     TEOTLIPALNEMOHUANI, estoy contigo en TLOQUE-NAHUAQUE: Energía creadora por la cual todos vivimos, fortalece la solidaridad de mi pueblo.
    Te oirá mejor de noche, será más fácil de captar sus ondas energéticas y te concederá entonces aquello que mereces y que te está asignado.
    Pero por si fuera malo el magnetismo que te tocó al nacer, cuando viniste a la vida, a fuerza de meditación y voluntad, se rectificará, lo modificará tu esfuerzo en la comunidad, en tu afán de colaborar en el TLOQUE NAHUAQUE.
    Y durante el resto de la noche, casi al amanecer, permanece en vigilia. Levántate aprisa, no te adormiles. Estira tus manos, estira tus brazos. Lávate la cara y adórnala. Aséate, lávate la boca, toma de prisa la escoba y ponte a barrer para ahuyentar los malos humores. Prepara la bienvenida del sol: La más grande manifestación del TEOTL ante nuestros ojos.
    No permanezcas en tu lecho. No te estés dando inútil gusto. Colabora en el aseo de los demás. Enciende el copal y sahúma tu casa.
    Y hecho esto, cuando ya estés lista, seguirás cumpliendo tu misión femenina. Prepararás las bebidas: El atolito, el chocolatito. Harás la molienda: El nixtamal, el metate, el METLAPIL, las tortillas, los tamalitos.
    Después tomarás el huso, el telar e hilarás: La TILMA, el QUEXQUEME, el HUIPIL, el MAXTLI.
    Aprende así, hijita mía, cómo se hace y cómo quedan todas las cosas que realices: La buena comida, la buena bebida, los buenos ropajes.
    Sé diestra en todo esto que corresponde a las señoras responsables de su misión como mujeres.
    Pon atención, dedicación y aplicación en cómo se hace lo útil para los demás. Así pasarás en paz tu vida, serás valiosa y estarás satisfecha.
    No sea que alguna vez necesites de estos conocimientos como nunca y puedas defenderte con ellos. Sábelo bien que es oficio de mujer el arropar a los hombres.
    Tus ojos deben estar bien abiertos para comprender las maravillas de las artes TOLTECAS: El arte de los plumajes bordados de colores; el arte de los tejidos, cómo se entreveran los hilos, cómo se tiñen, cómo se urden las telas, cómo se hace su trama, como se ajusta.
    Pon atención, no seas vana ni descuidada; deja de ser negligente contigo misma.
    Piénsalo desde hoy que aún eres pequeña y estás creciendo; ahora que es buen tiempo y todavía hay en tu corazón un jade, una piedra preciosa; ahora que todavía está fresco y no se ha deteriorado ni torcido; ahora que tus padres aún te vivimos y estamos aquí contigo, quienes te trajimos a esforzarte a la tierra desde la región del árbol nodriza, el cosmos donde flotabas confundida con la energía creadora, porque con esto se conserva el universo, pues así lo actúa el TEOTLIPALNEMOHUANI, aquella energía por la cual vivimos, para que haya generación en la tierra.
    Sí, hijita venerada, las más pequeña, atiéndenos, que aquí estamos, ya que acaso un día tengamos que morir y no sigamos más aquí, contigo. Por eso prepárate para el combate de la existencia, niñita, palomita, muchachita. Piénsalo.
    Cuando nos hayamos ocultado en el inmenso TEOTL, con la ayuda de otro podrás vivir, porque no es tu destino vender yerbas, madera, sartas de chile, tiestos de sal, tierra de tequesquite, rogando a la entrada de las casas, porque tú has tenido el privilegio de ser educada y que nosotros, tus padres y tus abuelos, nos hemos ganado con la meditación y el perfeccionamiento.
    Otros se han reducido a la mera animalidad y no han querido ser más que cargadores; sólo tamemes.
    Muchos no han tenido la voluntad suficiente para merecer la oportunidad de dirigir la ruta del TEOTLIPALNEMOHUANI para el beneficio de todos.
    Algunos no les interesa esforzarse para trascender lo bestial y sólo les ha interesado vivir como el animal vive.
    Por eso, adiéstrate. Que nunca sea vano tu corazón, vacío; que nadie hable negativamente de ti ni te señale con el dedo; que nadie diga de ti que has cometido errores voluntariamente.
    Si algo te sale mal, pues no cuidaste de que se obrara bien, aunque nosotros no estemos más sobre la tierra, el vituperio, las ofensas, alcanzarán nuestro reposo en el MICTLAN o en el TLALOCAN. Si faltas a la disciplina que te encomendamos para siempre, puede que pongas en movimiento contra ti a las piedras y los palos. Te apedrearán, te apalearán.
    Pero si atiendes, no te envanezcas, puede ser que aparezca otra clase de reprensión al sentirte tan perfecta y presumir de ello.
    No permitas que te ensalcen en exceso ni ensanches tu rostro; no te ensoberbezcas como si estuvieras triunfando en un escenario; cual águilas y tigres victoriosos, como si estuvieras luciendo un escudo, como si todo el escudo de HUITZILOPOCHTLI, estuviera en tus manos.
     Reconoce que gracias a la voluntad lograste algo, pero no te ufanes de esto y mucho menos ofendas a los que no han podido.
    No adoptes una postura tan altiva como si sólo gracias a ti estuvieras levantando la cabeza y a nosotros nos acrecentaras el rostro.
    Sé en estas cosas como el TEOTL IPALNEMOHUANI, que es grandioso en sus manifestaciones y sin embargo no lo pregona él, sino quienes recibimos sus beneficios.
    Y he aquí otra cosa que quiero informarte e inculcarte, mi hechura humana, mi hijita: No hagas que queden burlados por quienes naciste: Tus padrecitos, tus madrecitas. No les eches polvo y basura; no rocíes inmundicias sobre su historia y su sabiduría venera esa tinta negra y roja de TEZCATLIPOCA, su memoria.
    No los afrentes con algo. No como quieras desees las cosas de la tierra sino como el TLOQUE-NAHUAQUE, el consejo, lo recomienda. No como quieras pretendas gustar de las cosas sexuales, porque perecerías en su torbellino.
    Con calma, con mucha calma, sigue los latidos de esta bella manifestación de la energía y dirígela hacia tus acciones creadoras, que para eso IPALNEMOHUANI la puso.
     Si no haces caso a esta hermosa misión que el TEOTL ha conferido a los humanos y te haces la retraída que no entiende y te entregas a los goces de tu cuerpo, envanecida, te arrojarás al polvo y la basura; la vida de las mujeres despilfarradas que destrozan con sus actos la oportunidad de ser creadoras: En la cocina, en la bebida, en el tejido, en los telares, en los cantos, en las flores, en la poesía. Y sobre todo, que no serán sementeras fértiles para traer del árbol que amamanta a los nenes cósmicos y futuros hombres de la tierra.
    Serías una simple alegradora para los que en verdad podrán perfeccionarse al liberarse de las inquietudes de su energía sexual y concentrarse en su acción creadora.
    Y así serás una mera burla para todos, y la energía, con el tiempo, IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual existimos, te reducirá a ser un desecho. Por todo esto, hijita mía, la más pequeñita, prepárate. Ve bien quién es tu enemigo, quién trata de engañarte nada más y convertirte en mera alegradora. Que nadie se burle de ti; no lo provoques. No te entregues al vagabundo TOUEYO que no sabes ni quién es ni de dónde es; al que te busca para darse egoísta placer de besos, caricias y pasión; al muchacho perverso. No le creas hasta conocerlo bien.
    Cuando ya hayas conocido a varios y hayas visto bien su rostro y su corazón, entonces elige a tu compañero con quien tendrás que acabar la vida. Y no lo dejes. Agárrate a él. Cuélgate de él, aunque sea un hombre pobre y común, de todos modos está ungido con la gracia creadora del TEOTL, es un MACEHUAL.
     Y aunque sólo sea un aguilita, un tigrito, un infeliz soldado, un humilde sabio, tal vez cansado, falto de atributos, no por eso lo desprecies.
    Y que ya unidos, la energía creadora, IPALNEMOHUANI, TEOTL, los fortalezca, pues EL es conocedor de los hombres, inventor de la gente, hacedor de los seres humanos.
    Todo este discurso te lo he entregado con mis labios y mis palabras. Así, juntos y cercanos, en TLOQUE NAHUAQUE, en medio del TEOTL donde estamos inmersos, he cumplido con mi deber. Y aunque tú arrojaras por cualquier parte lo que te he dicho, tú ya sabes ahora cuál es tu misión en la vida. Yo he cumplido mi oficio, muchachita mía, niñita mía, sé feliz y que la energía creadora te dé las flores de la poesía y de la amistad."-
    Y en cuanto los padrecitos o las madrecitas terminaban de hablar, los niños salían a deleitarse en los coloridos patios de las casas de los cantos y la unión:
El TEPOCHCALLI
y
El CALMÉCAC.


LAS CASAS DE LAS FLORES, DE LOS CANTOS
Y LA UNION
DISCIPLINADA
II.
Aconteció hace muchos cientos de años, cuando la energía creadora, el TEOTL, desparramó el perfume de las flores, XOCHIPILLI, entre nuestros tatarabuelos AZTECAS. Estos, al olerlo, quedaron embriagados con tan bellos olores y se sintieron inspirados, alegres y lúcidos para manifestar aquellas emociones que sentían.
    Y como tenían un bello idioma para hablar, el NAHUATL, florecieron en poemas donde se alababa a aquello por lo cual vivimos, TEOTL, IPALNEMOHUANI, y a la naturaleza toda y a la amistad.
    Y sucedió que cuando crecieron los niños soñadores de cuentos, después de ser educados en sus casas por sus padrecitos y sus madrecitas del CALPULLI; luego de abandonar los juegos a los que estaban acostumbrados, se les fue enseñando el arte de la palabra florida:
La flor y el canto,
IN XOCHITL IN CUICATL,
la poesía.
    Algunos fueron a aprender cómo perfeccionarse en el TEPOCHCALLI, donde junto con el cultivo de su cuerpo, memorizaban poemas.
    Otros, los más brillantes y sensibles, sin importar el CALPULLI, la casa colectiva, de donde procedieran, acudieron al CALMECAC, la casa del mecate, o la hilera de casas destinadas a fomentar la disciplina y la solidaridad entre los hombres del ANAHUAC y del universo.
    Allí, además de embellecer su mente para ser con el tiempo guías de pueblos, aprendieron a expresar sus sueños, como los del TEPOCHCALLI, con palabras preciosas y a darle forma florida a los sentimientos, a los pensamientos, a la conciencia y se hicieron poetas.
    De esta manera no había un solo MESHICA-TENOCHCA que no disfrutara con las flores y los cantos poéticos. La tierra era un tigre. El sol, un águila. La luna, un conejo. Los plumajes, la belleza y la sabiduría. El universo creador era el árbol florido. El lugar donde se encuentra la energía creadora, era el sitio de la dualidad: OMETEOTL.
    Y la garza azul y las guacamayas refulgentes de colores y los colibríes y las mariposas y los nopales y las rojas tunas y el jade y las esmeraldas CHALCHIHUITES y los escudos y los tulares, todo, absolutamente todo lo que rodea al hombre de ANAHUAC, se encontraba impregnado de poesía.
    Poesía para no morir, para perdurar sobre la natural muerte:
    La casa de la noche…
    el reino del misterio…
    el lugar de los sin cuerpo…
    el sitio de los sin carne…
    Allá a donde de alguna manera
    un día iremos.

    Pero mientras tanto había que cantar y danzar en el CUICALLI, y llevar la voz para decir:

  "Un cerco de flores formo, yo,
el poeta,
en el recinto del musgo acuático,
en la casa de las mariposas.
La tierra estoy matizando.
Se difunde mi canto.
Se difunde mi palabra.
Sólo retumba allí
y percute la energía,
TEOTL, IPALNEMOHUANI,
aquello por lo cual vivimos.
Múltiples son mis rojas mariposas;
en medio de mariposas estoy
y hablo.
    Y en las grandes fiestas, uno tras otros, quienes habían sido niños soñadores, pasaban ante su pueblo y en la casa de las flores, los cantos y la unión, el cosmos completo, el universo sin fin, les servía de techo.
    Y uno decía:

    ¡Que haya amistad en la tierra,
ahora, amigos, aquí!
es tiempo de conocer nuestros rostros;
ver en el espejo lo que somos,
pues tan solo con flores
se elevará nuestro canto.
Nos habremos ido a su casa,
a la región de los sin cuerpo,
pero nuestra palabra vivirá
aquí en la tierra.
E iremos dejando nuestra pena
y al mismo tiempo
nuestro canto.
Cuando muramos esto será
conocido y resultará la verdad
de lo que fuimos.
Nos habremos ido a su casa…
la casa de la noche,
pero nuestra palabra vivirá
aquí en la tierra.

    Después de escucharlo, todos quedaban fascinados y subía otro poeta cantor a un estrado para decir lo que pensaba de la hermandad:

     He llegado, oh amigos nuestros,
con collares los ciño a ustedes,
con plumajes de guacamaya los adorno,
cual ave preciosa aderezo con plumas,
con oro yo pinto y rodeo a la hermandad.
Con plumas de QUETZAL que vibran,
con círculos de cantos a la comunidad
yo me entrego.
La llevaré conmigo a donde viven
los que guían
hasta que todos nosotros,
algún día,
todos juntos
nos hayamos marchado
a la región de los muertos,
pues nuestra vida ha sido sólo prestada.

    Y después uno más se refería al dulce goce de la amistad:
     "Ya abre sus corolas
el árbol florido de la amistad.
Su raíz esta formada por quienes guían
con sabiduría.
Y veo águilas
y veo tigres
y veo la felicidad del triunfo
y sin embargo me pongo triste
cuando pienso que tendré
que abandonar la amistad,
aquí, en la tierra
donde se persevera,
donde se lucha para que exista.

     Y ante la tristeza de saber que un día moriremos y dejaremos todo lo que hayamos hecho, inclusive la amistad que tanto trabajo cuesta lograr, subía por las escalinatas de la casa de las flores, los cantos y la danza que une, a decir:

     "¿He de irme como las flores
      que perecieron?
     ¿Nada quedará de mi nombre
      sobre la tierra?
     ¿Nada de mi fama aquí lograda?
     ¡Al menos mis flores!
     ¡Al menos mis cantos!
      ¡Aquí en la tierra
      es donde se encuentra
      la región fugaz!
      Una sola vez pasa
      nuestra vida.
      En un día nos vamos.
      En una noche somos ya
      parte del MICTLAN,
      el mundo de la nada.
     ¡Ay! solamente tenemos
      en préstamo la tierra.
     ¿Será también así el lugar
      donde de algún modo
      se es eterno?
     ¿Acaso allí podré contemplar,
      ver el rostro de mi madre
      y de mi padre?
     ¿Habrá allá alegría?
     ¿Habrá allá amistad?
     ¿O solo aquí en la tierra
      hemos venido a conocer
      nuestros rostros?
      Por eso lloro: me aflijo,
      Cuando recuerdo que dejaremos
      las bellas flores,
      los bellos cantos.
     ¡Sin embargo,
      gocemos ahora!
     ¡Ahora cantemos!
      No dos veces se nace,
      no dos veces es uno hombre.
      Sólo una vez pasamos por la tierra.
     ¡Ay, sólo un breve instante!
     ¡Sólo cual la magnolia
      abrimos los pétalos!
      Sólo hemos venido,
      amigos,
      a marchitarnos en esta tierra.
      Mas ahora cese la amargura
      y dad recreo a la mente.

     Cuando todos estaban sintiéndose apesadumbrados, sonaban los tambores, los TEPONAZTLIS, los TECOMOPILOA, los HUEHUETL y los PANHUEHUETL.
    Zumbaban las tablas con sonajas, los AYACACHICAUAZTLI, los CHICAHUAZTLIS
    Silbaban las flautas, los silbatos, las ocarinas, los caracoles marinos: TLAPITZALI, PITZALI, HUICALAPITZITLI, TECCISTLI
    O vibraba el arco musical: El TAHUITL, casi una mandolina.
    Y envueltos en la música, a veces cadenciosa, a veces estridente; en momentos monótona y en otros vibrante y meliflua, se iniciaba la danza que duraba horas y horas, hasta que reconfortados, nuevamente aparecían los grandes poetas que al ritmo de la melodía cantaban, primero ellos; luego acompañados por todos los que participaban en el MITOTE o gran fiesta.
    Sube egregio al estrado el poeta MOQUIHUITZIN de TLATELOLCO y con voz altísima y aguda canta:
 "En el patio de la casa
  de las flores ando.
  En el patio de la casa
  de las flores elevo mi canto:
  Soy cantor.
  Me acerco a tu rostro.
  Mi abanico de plumas de QUETZAL,
  mi collar acanalado,
  mis flores que embriagan,
  rojas y azules,
  se agitan para elevar mi canto.
  Llegaron nuestros cantos,
  llegaron nuestras flores.
  Soy cantor.
  De la inmensidad de los espacios caen
  y busco nuestros cantos
  y busco nuestras flores:
  La flor del cacao
  con guirnaldas preciosas
  me adorna:
  Soy cantor.
  y busco nuestros cantos
  y busco nuestras flores.

    Y terminando que hubo MOQUIHUITZIN, toco el turno del canto poético a la niña soñadora MACUILXOCHITZIN.

   Elevo mis cantos,
   yo, MACUILXOCHITL,
   con ellos alegro
   al dador de la vida,
   TEOTL IPALNEMOHUANI.
  ¡Comience la danza!
   Aquí están nuestras flores,
amistad y hermandad.
  ¡Comience la danza!
   Allá irán nuestros cantos,
   al cosmos sin fin,
   TEOTL IPALNEMOHUANI,
  ¡Comience la danza!
   Las flores del águila
   quedan en tus manos
   señor sabio guía:
       AXAYÁCATL.
   Con flores de amistad
   nacidas del TEOTL;
   con flores de guerra
   creadora de unión
   queda cubierto,
   con ellas se embriaga,
   en TLOQUE NAHUAQUE
   todos unidos para la
   creación,
   siempre en hermandad.
   Por eso ahora canto
   las hazañas de AXAYACATL.
   Por todas partes
   hizo conquistas de amistades.
   Sobre nosotros se abrieron
   las flores de guerra,
   con ellas se embriaga
   la solidaridad.
   Allá en XIQUIPILCO
   AXAYACATL fue herido
   en una pierna
   por un otomí.
   Su nombre era TLILATL
   y se fue corriendo
   a buscar ayuda.
   El era un miedoso
   y pidió a mujeres
   que lo socorrieran:
  ¡Ustedes son valientes!
   Hagan la amistad.
   Prepárenle una capa
   y un MAXTLI también.
   Y cuando AXAYACATL
   hasta allí llegó
   exclamó potente:
 ¡Qué venga el OTOMI
   que me hirió la pierna!
   El otomí con gran miedo
   trajo entonces un grueso madero
   y la piel de un venado
   y con esto hizo reverencia
   a AXAYACATL.
   Por dentro pensaba
   el trémulo TLILATL:
 ¡En verdad me matarán!
   pero entonces el sabio
   y grande AXAYACATL
   oyó a las mujeres
   que le suplicaban
   su perdón.
   Y el noble AXAYACATL
   hizo girar sus flores de amistad,
   sus mariposas
   y con esto causó la alegría.
   Lentamente hizo ofrenda
   de flores y plumas
   al TLOQUE NAHUAQUE.
   Pone los escudos de las águilas
   en los brazos de los hombres,
   Allá donde ardía la guerra
   creadora de amistad y unión.

    Cuando terminó la danza y el canto, apareció TEMILOTZIN, que venia de TLATELOLCO, su señorío, y que era otro grande poeta admirado. Ante todo el pueblo inicio sus palabras floridas.
    Y el gran AXAYACATL, sabio guía de los TENOCHCAS, TLATOANI, el que tiene poder de hablar, el señor que dirige, TLACATECUHTLI, escuchó atentamente el poema de TEMILOTZIN de TLATELOLCO.

    He venido,
   oh amigos nuestros,
    a ceñir con collares,
    a dar cimiento con plumajes
    de TZINITZCAN, ave preciosa,
    a rodear con plumas
    de guacamaya,
    a pintar con los colores del oro,
    a enlazar con trepidantes plumas
    de QUETZAL
    al conjunto de los amigos.
    Con cantos circundo
    a la comunidad.
    La haré entrar en la casa
    de la unión y la belleza,
    el TECPAN, su casa.
    Allí todos nosotros
    podremos estar unidos
    hasta que nos hayamos ido
    a la región de la nada,
    el MICTLAN.
    Así nos habremos dado
    en préstamo
    los unos a los otros.
    Para eso es la amistad.
    Hoy que he venido
    me pongo en pie
    para forjar cantos.
    Y haré que los cantos broten
    para todos ustedes,
    amigos nuestros.
    Soy la palabra
    de la energía creadora
    enviado del TEOTL,
    soy poseedor de las flores
    de la amistad
    y de la poesía.
    Yo soy TEMILOTZIN
    y he venido a hacer amigos
    aquí.

    Y bajo el enorme techo azul de la casa de las flores, los cantos y la unión, la tierra misma de ANAHUAC, TENOCHCAS y TLATELOLCAS; TEZCOCANOS y MATLALTZINCAS; TLAXCALTECAS y XOCHIMILCAS; AZCAPUTZALCAS y CHALCAS, se lanzaron a danzar entre lluvias de flores que simbolizaban la amistad lograda a fuerza de una guerra creadora, la única guerra importante, la guerra florida, la guerra que trae la paz, la guerra que hermana y lleva a la solidaridad entre los seres humanos.
    Mientras bailaban, TOTOQUIHUATZIN, señor de TLACOPAN cantaba como un pájaro TOTOCUIC:

    "Hago resonar nuestro TEPONAZTLI.
    ¡Alégrense!
     Yo lo tomo y ustedes digan
     aya, aya,
     to to, to to
     tiquití, tiquití.
     Flores hermosas
     encontrarán siempre
     en la casa de TOTOQUIHUATZIN,
     flores hermosas
     de amistad.
     mi corazón es un jade
     to to
     to to
     oro mis flores;
     con ellas me adorno,
     flores distintas
     son las mismas.
     Yo se las ofrezco
     cuando quieran
     totiqui
     toti,
     nuestro canto es.
     Canta ya en tu corazón
     tó to to tó
     no estés triste
     nunca no
     tó to to tó
     Aquí ofrezco flores
     que embriagan
     de inspiración.
     Allá libros de pinturas
     totíqui tó to
     tó to to tó.
     Para recordar la unión.

    Y al final de la gran fiesta de la poesía, el canto y la danza, TOCHIUITZIN, otro poeta, antiguo niño soñador de cuentos dijo:
   "Ya vivieron el canto
    ya abrieron la flor
    ustedes, oh niños,
    nuestros hijitos de estas tierras,
    reciban el sartal de flores
    que por allá caía
    y téjanlo ahora ustedes.”
 
LAS CASAS DE LAS FLORES, DE LOS CANTOS Y LA UNION
DISCIPLINADA
III.

    Hubo una vez en la antigua y legendaria ciudad de TENOCHTITLAN unas hermosas casas de grandes patios adornados con flores.
    Se llamaban CUICACALLI y eran como bellos y amplios palacios de pulidas canteras y techos de oloroso cedro.
    Allí se reunían, conducidos siempre por sabios ancianos, todos los niños, adolescentes y jóvenes para aprender y disfrutar del canto y de la danza.
    Siempre al lado de un TEOCALLI, la casa de la meditación creadora, había un CUICACALLI, y eran tantos, que por eso ninguno de nuestros abuelos AZTECAS ignoraba lo que era danzar y cantar.
    En el CUICACALLI refinaban sus movimientos, hacían vigorosa su agilidad, disciplinaban su resistencia física para poder bailar horas y horas en las grandes fiestas que se hacían para agradecer a todas las manifestaciones del TEOTL, la energía creadora, el poder gozar de sus beneficios: La fiesta del agua, la del maíz, la de las flores, la de la cosecha.
    Y ahí, educaban así sus maneras de sentir, pues no sólo bailaban, sino que antes y después de hacerlo, escuchaban las palabras de sus sabios abuelos.
    En seguida de que los ancianos los recogían en sus CALPULLIS, los echaban por delante y venían con ellos a la casa del canto.
    Y les iban diciendo:
    -"Permanezcan delante de mi en perfecto orden, bien puestos en pie y sin estar atropellándose unos con otros, cuando nos hallemos en el CUICALLI, tal como lo hacen en el TEOCALLI.
    Escuchen atentos al sabio maestro y no vuelvan la vista a una y otra parte, cual si estuvieran loquitos.
    Si en el camino encontramos a alguna persona, debemos saludarla, dirigirle la palabra y no pasar como animalitos.
    Si nos topásemos con algún sabio hombre o con algunos ancianos, háganse a un lado, cédanles el paso, deténganse un poco en tanto ellos se van y hagan una reverencia como reconocimiento a su edad.
    No vayan empujando a las personas ni dándoles empellones como manadas de coyotes.
    Mis hijitos, los más pequeños de este pueblo amado, oídme: No es bueno dormir mucho; antes al contrario, produce enfermedad y amodorramiento.
    Levántense cuando aún es temprano y con esto vivirán con salud y no tendrán pesadez.
    Esta ha sido la manera de criarse de nuestros antecesores, los niños que fueron como ustedes y que fundaron nuestra gran ciudad de MESHICO-TENOCHTITLAN.
    Recuerden siempre estas palabras y mediten en ellas, piénsenlas:
     Bien vele, bien lo vi."
    Y cuando llegaban a alguna de las casas del canto y de la danza, los muchachos decían ante el maestro que los esperaba a la puerta del lugar:
    -Venero su sabiduría, padre mío amado, y beso sus manos y muestro la estimación que debo a usted y le doy mi sincero afecto. ¿Cómo está de salud? ¿La energía creadora se viste bien en usted? ¿Aquello por lo cual vivimos, TEOTL, ha desequilibrado con dolencias el funcionamiento armónico de su cuerpo?
    Luego el maestro que los escuchaba, les decía con tierna mirada que despedía el fulgor del cariño y el cuidado:
    -Vengan acá, hijos míos. Si nuestros antepasados los vieran, cómo llorarían de complacencia por ustedes que son la misma cara de nuestros sabios guías TLATOANIS, TLACATECUHTLIS.
      Los que han dado grandeza de humanidad ceremoniosa y culta a toda esta bella región de ANAHUAC.
    Serían tan estimados como su JOYEL o su plumaje de finas aves para el señor poeta AXAYACATL o el otro famoso cantor, NEZAHUALCOYOTL.
    Con gran voluntad, lograrán ser grandes estudiosos del cielo y de la tierra para orgullo de sus padres y de los moradores de esta ciudad.
    Entren hijitos míos y hagan lo posible para lograr lo que nuestros mayores desearon: la plenitud del TLOQUE NAHUAQUE, la hermandad, la amistad, la solidaridad de todas las comunidades de los hombres y mujeres creadores.-
    Luego de la enseñanza de la danza y del canto, a veces, antes de marcharse a sus CALPULLIS, las casas de la colectividad, los barrios, solían comer bledos, esa golosina que se conoce hoy con el nombre de alegría.
    Entonces el abuelo que los conducía, les aconsejaba:
    -Niños, les han invitado a comer. Pongan atención en cómo entran, pues con disimulo allí los estarán observando. Lleguen con respeto ante el gran maestro, inclínense y salúdenlo.
    Al comer no hagan visajes ni estén retozando. Coman cuidadosamente. Nada de ser glotones ni ávidos. No engullan de prisa, sino poco a poco.
    Mastiquen bien y pasen el bocado sin repletarse la boca de una vez, con gran calma tomen lo que vayan a comer. Si tienen que comer mole, o tienen que beber agua, no hagan ruido jadeando, porque no son perritos, sino lentamente.
    No coman con todos los dedos; solo con tres y de la mano derecha.
    No tengan sucia la nariz: Límpiensela. Tampoco tosan ni escupan, pues pueden manchar a alguna persona.
    Pero sobre todo, mucho más les recomiendo y amonesto, que no falten al respeto debido a los demás. No comamos como animales.
    Una vez que se hayan sentado, no se arrebaten la comida, sino por lo contrario agradezcan a la energía creadora del TEOTL que se tiene sus propios frutos para comer, para alimentar a los humanos.
    Si alguna persona mayor se encuentra al lado de ustedes, esperen a que ella comience.
    Si por descuido, quienes les está sirviendo les da antes el plato a ustedes que a la persona mayor, pásenlo inmediatamente a ésta.
    Recuerden que los ancianos merecen todo nuestro respeto y veneración, pues ellos tienen gran sabiduría de vida.
    Tengan entendido que si ustedes cometen faltas, los responsables de su mala educación seremos nosotros y el TLOQUE NAHUAQUE nos echará en cara nuestra mala conducción.
    Si ustedes no luchan por perfeccionarse en todo lo que se puede y debe, con el tiempo, el TLOQUE NAHUAQUE puede romperse, destruirse y nosotros también seremos derruidos.
    Ustedes son la sangre nueva para el TLOQUE NAHUAQUE, la comunidad, la hermandad. Unidos como los dedos de la mano para la creación, juntos y cercanos, ustedes lo fortalecerán y harán que la solidaridad que representa entre todos los humanos, la humanidad total, florezca en amistad.
    Vivan y edúquense pues, perfecciónense para que el TLOQUE NAHUAQUE cumpla su misión en la tierra al poner en práctica lo que el TEOTL, aquello por lo cual vivimos, la energía creadora, diariamente hace en el universo: Separa fuerzas, las dispersa, las combina, las transforma y hace que exista para siempre la vida.
    Es como si jugara con las estrellas, con el sol, con la luna, con los cometas, con cielos, con todo lo que vemos, oímos y sentimos en la tierra y estuviera haciendo una eterna representación de teatro, donde cada una de las manifestaciones del TEOTL, tú, la flor, tus padrecitos, tus madrecitas, nuestros hermanitos, las mariposas, el maguey, la tuna, nuevamente todo lo que existe, inclusive una piedrecita, fuera el vestuario o el disfraz de sus múltiples representaciones.
    Por eso todos estamos unidos con la fuerza creadora del TEOTL, IPALNEMOHUANI.
    Nunca olviden estas palabras, los mas pequeños de mis hijos."
    Y cuando el sabio abuelo terminaba sus recomendaciones, los niños y adolescentes iban a cumplir con sus obligaciones como personas que procuraban demostrar que luchaban por perfeccionarse.
    Era como una guerra consigo mismo, una guerra interior que HUITZILOPOCHTLI simbolizaba, aquel incansable colibrí azul que los había conducido al sur desde las frías regiones del norte lejano para fundar la nueva grande TOLLAN: MESHICO-TENOCHTITLAN.
    Esa voluntad los hacía crecer y crecer, espiritual y físicamente preparados, para florecer cada quien en su destino diseñado por las fuerzas planetarias, pero cambiando hacia el mejoramiento por la propia decisión de cada hombre, de cada mujer, y de acuerdo con el TLOQUE NAHUAQUE.
    Los sabios que leían el gran códice del cielo, habían sabido descubrir las estadísticas cósmicas, los números de los astros, las palabras floridas del universo con que el TEOTL, IPALNEMOHUANI, guía el perfeccionamiento de lo creado.
    Así se forjaron grandes sabios en el antiguo mundo de ANAHUAC: Astrónomos, médicos, arquitectos, zoólogos, botánicos, administradores de la comida, pintores, ingenieros, jueces, abogados, historiadores, filósofos, escultores, músicos, bailarines, corredores y poetas. ¡Poetas! Esos niños soñadores que con su fantasía habían imaginado mundos encantadores.
    ¡Poetas! Esos jóvenes que de pronto descubrieron la palabra florida para explicar la existencia.
    ¡Poetas! Esos señores de mirada luminosa que parecen comprender los mensajes de misteriosas voces que les dictan mensajes estremecedores.
    ¡Poetas! Esos hombres y esas mujeres que cuando escriben y hablan, que cuando leen y declaman, nos hacen decir: ¡Qué bello! ¡Pero qué hermoso!
    ¡Poetas! Esos humanos que de tanto sentir se transforman en cantos y en flores, en mariposas y en águilas, en océanos y estrellas.
    Ellos, habitantes del TLALOCAN, el gozoso mundo de los creadores, de lo que cultivan las flores de la poesía y la amistad.
    Ellos, los poetas, los que nunca morirán y serán eternos mientras la sabiduría de los que luchan por ella, exista.
    Leamos lo que decía uno de ellos: AQUIAUHTZIN en su canto de las mujeres de Chalco.

   "Levántense hermanitas mías.
   Vayamos, vayamos a buscar flores;
   Vayamos, vayamos a cortar flores.
   Aquí se extienden,
   aquí se extienden
   las flores del agua
   y del fuego;
   las flores del escudo,
   las que se antojan a los hombres,
   las que son prestigio:
   Flores de la voluntad.
   Son flores hermosas.
   ¡Con las flores que están sobre mí!
   yo me adorno!
   Yo entono su canto,
   yo, mujercita estoy aquí
   y quiero que haya mujeres como yo.
   Tú, amiga mía,
   tú, mujer ofrendadora,
   alegradora,
   mira cómo permanece el canto,
   sobre nosotros,
   se extiende,
   luego pasa.
   Hemos venido a dar placer.
   Mira la pintura florida
   de mi cuerpo.
   Démosles tranquilidad
   a nuestros compañeros.

    Para el mundo AZTECA las mujeres cumplían una maravillosa misión: la de ser escudo y fortaleza de los hombres porque ellas eran como la tierra CHIMALMA, la que escuda; COATLICUE, la de abundantes cordilleras que parecen faldas de serpientes: TONANTZIN-NONANTZIN, tu-nuestra reverenda madrecita-padrecito.
    Eran la representación encantadora de la ternura y la abnegación, de la valentía y del goce, ya fueran niñas, jóvenes, madrecitas, ancianas.
    En cada edad ellas proporcionan a los hombres alegría, tranquilidad de impulso para seguir la guerra creadora.
    Y a veces los poetas se reunían para discutir en versos preciosos lo que cada quien entendía por belleza, sabiduría, amistad y creación. Era el dialogo de la flor y el canto.
    Habla el poeta TECAYEHUATZIN:

   ¿Dónde andabas, oh, poeta?
   Apréstense ya el florido tambor
   ceñido con plumas de QUETZAL,
   entrelazadas con cempasúchiles.
   Tú darás deleite a los sabios,
   a los seres del sol,
   los que se visten de águila,
   y a los señores de la noche,
   los que se visten de jaguar.
   Por un breve momento,
   por el tiempo que sea,
   he tomado en préstamo
   de quienes nos guían
   con su sabiduría y su fortaleza,
   ajorcas de plata,
   argollas, y piedras preciosas,
   CHALCHIHUITE, JADE.
   Sólo con flores
   rodeo a los sabios
   y con mis cantos
   los reúno
   en el lugar de los atabales,
   TEPONAXTLIS Y HUEHUES.
   Aquí en donde abundan
   los frijolitos,
      HUEJOTZINCO.
   Yo, TECAYEHUATZIN,
   he reunido a los poetas,
   los príncipes de la poesía,
   los señores de la flor y el canto:
   Piedras preciosas también.
   Jade cuyo verdor
   es señal de la vida;
   plumajes de QUETZAL,
   ave de la sabiduría
   y de los resplandores del TEOTL
   y sólo con flores
   rodeo a los señores.
    
Ahora habla el poeta AYOCUAN:

   Si preguntan que de dónde
   vienen los cantos,
   digo que de la inmensidad de los espacios
   vienen las bellas flores,
   los bellos cantos.
   Y si no llegan hermosos
   cual son,
   es porque nosotros
   no acertamos a captarlos
   y a transmitirlos
   en toda su grandeza.
   Los afea nuestra imperfección
   y nuestro anhelo de darle forma.
   Nuestra inventiva los echa a perder.
   Solo TECAYEHUATZIN los salva.
   Alégrense porque él existe
   y puede hacerlo.
   La amistad es lluvia de flores preciosas.
   Blancos puñados de plumas de garza,
   entrelazados con preciosas flores rojas,
   en las ramas de los árboles.
   Bajo ellas andan y liban
   del cosmos estrellado,
   los señores poetas
   y los que guían a los hombres
   el hermoso canto es como
   un brillantemente amarillo
   pájaro cascabel.
   Y tu, TECAYEHUATZIN,
   lo elevas muy hermoso.
   estás en un jardín de flores.
   Sobre las ramas floridas cantas,
   sobre el árbol estrellado del universo.
   Eres un ave preciosa
   del TEOTLIPALNEMOHUANI.
   Parece como si tú hablaras
   y entendieras la energía creadora de todo.
   Apenas contemplas la aurora
   y ya te pones a cantarle.
   Por eso, esfuércese
   quien quiera las flores
   del escudo que nos protege
   de la muerte en cantar:
   la poesía, los poemas, los cantos.
   ¡Qué podrá hacer nuestro corazón
   si en vano llegamos a la tierra,
   si en vano hemos brotado en ella?
   Sólo el arte perdura.
   Y el poeta baja sin duda
   al lugar de los atabales
   donde despliega sus cantos preciosos,
   y uno a uno los entrega
   al dador de la vida,
   la energía creadora,
     IPALNEMOHUANI,
   para que todos unidos,
   en TLOQUE NAHUAQUE,
   los gocemos y disfrutemos.
   Al poeta le responde:
   El pájaro cascabel
   anda cantando.
   Ofrece flores.
   Nuestras flores ofrece
   y nosotros debemos ayudarlo
   en TLOQUE NAHUAQUE
   a cantar.
   Como esmeraldas, jades,
   CHALCHIHUITES,
   y plumas finas llueven tus palabras.
   Así lo digo yo:
   AYOCUAN CUETZPALTZIN
   que ciertamente soy parte
   del TLOQUE NAHUAQUE,
   la hermandad,
   y soy voz del TEOTL.
   Esto es lo único verdadero en la tierra:
   la poesía, la sabiduría.
   Por eso voy a dejarles mis cantares,
   ¿Acaso uno ha de morirse
   como las flores que perecieron:
   ¿Nada quedará en mi nombre
   para los que vienen?
   ¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
   ¡Al menos flores, al menos cantos!
Estos nos darán la eternidad humana.

    Y el diálogo de los poetas y de los sabios proseguía. Y días había en que los pueblos de ANAHUAC, nuestros abuelos, se la pasaban danzando, cantando y declamando como muestra total de su grandeza creadora que los solidarizaba entonces desde las casas de las flores, de los cantos y la unión, con el universo en perfeccionante creación, gracias a IPALNEMOHUANI, TEOTL.
 

CRÓNICAS DE LA GRANDE
TENOCHTÍTLAN
I
LOS INICIOS.

    Y he aquí hijitos míos, los más pequeños de nuestra carne, nuestros palomitos, nuestras florecitas, nuestros conejitos, nuestras aguilitas, que comienzo a contar la historia de una hermosa ciudad… Se llamaba:
MESHICO-TENOCHTITLAN,
    Y existió en estos lugares que ahora son ocupados por la descomunal y extensa urbe de México: Esta tremenda metrópoli que se fue extendiendo como ninguna otra lo ha hecho en el mundo y que pareció ir devorando a todas las pequeñas ciudades que la rodean en la antigüedad; antes TENOCHTITLAN, o mejor dicho MESHICO-TENOCHTITLAN, hoy, simplemente la ciudad de México.
    En el pasado, todos nuestros tatarabuelos de ANAHUAC, los que habían sido testigos de la epopeya de ese pueblo abuelo nuestro, los AZTECAS, los vestidos con plumajes de garzas blancas, los que habían tomado conciencia de la misión de la energía creadora, el TEOTL, para perfeccionar y proteger al universo, la conocieron como la ciudad que se había fundado cuando el gran sabio TENOCH, bondadoso y tenaz guía, por consejo de la comunidad, la hermandad, la unidad solidaria y creadora, el TLOQUE NAHUAQUE, decidió dar fin a la larga peregrinación en busca de un lugar apropiado para establecerse y cumplir con su misión en la tierra; perfeccionar a la naturaleza y a la humanidad, tal como lo habían llegado a comprender que habían intentado hacerlo en remotísimas antigüedades los OLMECAS, los TEOTIHUACANOS, los TOLTECAS.
    Mas como la animalidad había hecho que desaparecieran tan espléndidas culturas, los AZTECAS se proponían entonces, reconstruirlas en maravillosa mezcla, en esplendida unión, en magnífica síntesis.
    Para esto tendría que luchar mucho hasta lograr el triunfo de la amistad y la alegría de sentirse parte vital del cosmos, de la acción creadora del TEOTL, la energía, IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual vivimos siempre.
    Así que según los cálculos de los sabios astrónomos, la fundación de su gran centro de acción, su ombligo, MESHICO-TENOCHTITLAN, debía realizarse cuando un fastuoso e impresionante eclipse solar se efectuara. Esa era la señal. Entonces el águila solar parecería devorar a la serpiente tierra y la fecha indicada cumpliría el destino de su obligación eterna.
    De esta manera, la voluntad de lograr sus propósitos les había hecho soportar enormes fatigas. HUITZILOPOCHTLI, el colibrí azul que los guiaba hacia el sur, a la izquierda del sol naciente, desde el norte árido hacia la abundancia, símbolo de su persistencia, ejemplo natural de movimiento sostenido, de su afán de lucha creadora, de guerra interior para el perfeccionamiento personal y colectivo y para la expansión de la amistad, los inspiraba y les daba la fuerza, tanta, que los demás pueblos hermanos que habitaban la meseta de ANAHUAC, todos, absolutamente todos, un poco o un mucho, llegaban a asustarse cuando no alcanzaban a distinguir el por qué de tanto afán.
    Y es que, hijitos míos, nuestros hermanitos ignoraban, o ya se les había olvidado, o estaban borrosos sus recuerdos, o empañados sus espejos, o dormido su TEZCATLIPOCA, oscurecido, moreno, que muchos siglos antes había existido lo que tantas veces les he dicho, grandiosos señoríos que habían alcanzado una cultura tan vasta que su manera de ver la vida, de sentir el mundo, de penetrar en el universo, era engrandecedora de la humanidad.
    Algunos pobladores de entonces, como hoy, ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL, la toltequidad, la abundante sabiduría de los abuelos, de los que habían comprendido los secretos del TEOTL, la energía creadora, la energía de la cual somos parte, como vestuarios distintos de ella: A veces niños, luego jóvenes, después adultos, al final sabios ancianos. O tal vez colibríes, o árboles, o ríos, o piedrecitas o maicitos. Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL, todo ese magno esfuerzo de nuestros antepasados para ser dignos de la eterna vida que disfrutamos. ¡Si! ¡Eterna! Eterna porque cada vez que la energía creadora se manifiesta, florecemos en amistad, en libros pintados, en abundante agricultura, en montañas que atraen las irradiaciones de los astros, en el intenso girar de estrellas y planetas: En lo que PIRAMIDES y TEOCALLIS representan.
    ¡Si! Vida eterna, mis pequeñitos, ¡eterna!, porque nunca morimos, sólo nos cambiamos de ropaje.
    Ya no se acordaban de que el más hermoso de los plumajes es el que luce el hombre sabio, el que ha sabido cultivar su mente y su cuerpo para encauzar la mente y el cuerpo de los demás, de los que no logran captar la luz de los rayos del TEOTL, IPALNEMOHUANI. Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL.
    Por eso, ustedes, los más pequeñitos de mis hijos, deben comprender que el tiempo que pasamos con el vestuario, con el disfraz quizá, en esta vida, debemos adornarlo siempre para que sea florido: Bellos pensamientos, elevadas ideas, maravillosos hechos, bondadosas acciones, cantos sublimes, gratitud enorme, espléndidos conocimientos.
    Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL, casi como hoy, en nuestros tiempos, y preferían vivir como animales, sin tomar cuidado de que así, sí podremos perecer, pues sólo cuando tenemos conciencia del TLOQUE NAHUAQUE, la hermandad, y de su elevación a través del trabajo creador, nunca nos alejaremos del TEOTL.
    Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL, y su vida era de simples CHICHIMECAS, los que sólo se atan por los instintos animales y viven esclavos de las hambres, enredados en ellas y sin fortaleza para utilizarlas y superarse.
    Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL, y sólo imitaban como los changos, sólo tragaban como los ocelotes, sólo se calentaban como las víboras. Ya no se acordaban de la TOLTECAYOTL.
    Sólo nuestros abuelos AZTECAS-MESHICAS-TENOCHCAS, que así se les llamaba según la fase por la que atravesaba su peregrinación: Al iniciar, AZTECAS; al caminar, MESHICAS; al llegar, TENOCHCAS, habían comprendido, junto con los hermanitos de TEZCOCO, la necesidad de reunir, darle vida y fecundar aquello que corría el riesgo de perderse y que constituía una herencia maravillosa de saberes. Ellos tendrían que sintetizarlos, fusionarlos, recrearlos, perfeccionarlos y extenderlos.
    Tal misión era su gloria anhelada, su destino elegido, su función como, trabajadores de la gran energía cósmica, los responsables humildes y grandiosos a la vez, MACEHUALES. Los difusores de la acción del TEOTL, guías de él-ella, LA ENERGIA CREADORA, LA DUALIDAD, EL CUATE CREADOR, OMETEOTL, vestido a veces como OMETECUHTLI-OMECIHUATL, lo masculino y lo femenino, transformados siempre en vida, TONACAYOTL y difundidos a los cuatro puntos cardinales:
    Al norte, TEZCATLIPOCA MORENO;
    Al poniente, TEZCATLIPOCA ROJO;
    Al oriente, QUETZALCOATL;
    Al sur, HUITZILOPOCHTLI.
    Nuestros abuelos AZTECAS, oh mis hijitos descendientes de ellos, tenían que recuperar lo disperso por el tiempo y por la conducta bestial de los hombres.
    Ellos debían crear la nueva unión para perfeccionar a la humanidad y hacerla merecedora de su elevado destino, tal cual IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual existimos siempre, energía creadora, eléctrica y magnética, que todo lo mueve y lo transforma, lo viste y lo desnuda, lo descarna y lo encarna, le da cuerpo variado o nos descorporiza.
    Pero sobre lo dicho, hijitos míos, mis ocelotitos y mis IZCUINTLITOS, florecer, como el universo en luceros, como la vegetación en la tierra, en amistad.
    Y no importaba que tuvieran que pelear y hasta morir en la lucha, por convencer a los egoístas de que se hacía necesario compartirlo todo y darle a los pueblos que no poseyeran algo determinado, eso de lo que carecían, traído de aquellos que les sobraba.
    Era urgente distribuir con equilibrio y justicia los productos de la madrecita tierra que nos alimenta: TONANTZIN-NONANTZIN; COATLICUE, la que luce sus cordilleras como faldas de serpiente y de la cual brota el verdadero hombre creador, la madrecita tierra, la que nos sirve de escudo en contra de la animalidad para que surjamos vestidos con el plumaje de la sabiduría, CHIMALMA, CHALMA.
    Solo así, pensaban nuestros reverendos abuelitos AZTECAS, podría llegarse a una comunidad donde existiera la mayor felicidad individual, dentro de la mayor felicidad colectiva, es decir: El TLOQUE NAHUAQUE, lo único que hace sentirse acompañado y útil al hombre, su conciencia de pertenecer a los demás y ser parte de su grupo social donde cumple una función, un trabajo, una acción, siempre importante para todos. Eso deseaban y eso hacían: saber compartir, saber distribuir.
    En TLOQUE-NAHUQUE siempre, no importaba la humildad de la labor hecha, pues si eso era lo que podía hacer alguien por mejorar la colectividad, el reconocimiento era la ternura, el cariño y la alegría de haber florecido para el todo humano: El TLOQUE-NAHUAQUE.
    Así, en los inicios de TENOCHTITLAN, comenzaron a organizar el trabajo de acuerdo con la capacidad de cada hombre, de cada mujer, y a darle a los mejores dotados, el apoyo a través de la meditación, de la emanación de energía personal, para que ellos fueran los guías sabios: TLACATECUHTLI, los que hablarían inteligentemente para todos: los TLATOANI, los que se dedicarían a perfeccionar la energía creadora: Los TLAMATINIME; los que se dedicarían a velar para captar los rayos de la energía creadora que se reflejaban en los pedernales: Los TEOPIXQUES.
    Y para lograr esto, nuestros abuelos AZTECAS, tendrían que combatir diariamente.
    Combatir contra la pereza, contra la mentira, contra el vicio, contra la traición, contra el abuso, contra la ingratitud, contra la desobediencia a las leyes dictadas por el TLOQUE NAHUAQUE, el consejo de los más sabios.
    Habría primero que dominar nuestro cuerpo y desde niños, aprender la sabiduría de controlarlo y dirigirlo.
    Para reforzar esto, nuestros padrecitos y nuestras madrecitas, así lo harían conocer y aprender en el CALPULLI, la casa de todos.
    Darían consejos y educarían a los niños activamente para que fueran comprendiendo y descubriendo para lo que iban a ser buenos: Cargadores, molenderas, tejedores, comerciantes, danzantes, maestros, guías, agricultores, astrónomos, pintores, en fin, todo aquello que se necesitaba para vivir armónicamente en sociedad y dentro de lo más justo posible.
    Posteriormente irían al TEPOCHCALLI, la casa de los jóvenes, y luego, para los selectos por su talento y sensibilidad, ingresar a la casa de la unión: el CALMECAC
    Nuestros abuelos venerados, hijitos míos, retoños de nuestra sangre, sabían que lo que transforma al ser humano en perfección es la educación.
    Un pueblo animalizado, sólo pendiente de sus instintos bestiales, será destructor, corrupto, ambicioso y traidor.
    Un pueblo educado en los altos fines del TEOTL, la energía creadora en perpetuo perfeccionamiento, siempre florecerá en amistad y en grandeza cultural.
    Y esto era lo que pensaban los fundadores de TENOCHTITLAN y lo que deseaban compartir con sus hermanitos los HUEJOTZINCAS, los TLAXCALTECAS, los XOCHIMILCAS, los COLHUAS, los TEPANECAS, los TLALHUICAS, los CHALCAS.
    Sin embargo, muchos de ellos no lo entendían claramente y había necesidad de declararles la guerra para florecer después de ella en amistad y crear la confederación que uniría a toda ANAHUAC.
    TENOCHTITLAN y TEZCOCO, junto con la ciudad hermana TLATELOLCO, lucharían unidas tras ese fin, sin importar que las naturales bajezas animales de los hombres trataran de impedirlas.
    Con la fundación de MESHICO-TENOCHTITLAN, con la ayuda de la culta TEZCOCO, y la habilidad comercial de los TLATELOLCAS, pronto surgiría la verdadera raza cósmica que cumpliría la misión del TEOTL, IPALNEMOHUANI: Todos unidos como los dedos de la mano para el perfeccionamiento creador, en TLOQUE NAHUQUE, la humana divinidad.
    Y con ello, bien que sabían, hijitos míos, los más pequeños, mis piedrecitas de jade, mis plumitas de blancas garzas, que se rendiría la más preciosa y debida gratitud a todo lo existente: Gratitud a la lluvia y al agua que fecunda y purifica: TLALOCTLI, TLÁLOC, y que cuando permanece en la tierra como lagos, como ríos, como manantiales, como cascadas, como lagunas, como mares, parece que la viste con una linda falda azul-verde de jades maravillosos y mágicos: CHALCHIUTLICUE.
    Gratitud a la tierra también que nos da sus alimentos para que el hombre nazca y perdure en ella perfeccionándose: TONANTZINNONANTZIN, COATLICUE, CHIMALMA. La tierra de donde ha nacido la inteligencia creadora, QUETZALCOATL, preciosa serpiente que todo lo mueve y lo explora aguzadamente. Y sobre todo, la tierra que ha hecho surgir la voluntad que todo lo logra, sin importar nuestros sacrificios más tremendos, HUITZILOPOCHTLI, azul colibrí del sur que atrae. Y gratitud al sol, TONATIUH, que da el calor germinante. Y a la luna que mueve las aguas y alumbra la oscuridad de la noche que como ocelote se desplaza silenciosa. Y a las estrellas que permiten la luz nocturna, aunque no haya sol. Gratitud a las flores y sus perfumes, XOCHIQUETZAL y XOCHIPILLI.
    Gratitud a los cambios de piel que tiene el andar del tiempo y que hace las estaciones del año: XIPETOTEC,
    Gratitud al fuego, que con su electricidad brillante, lo originó todo: HUEHUETEOTL; gratitud a sus llamas matizadas de rojo, naranja y amarillo. Y gratitud al maíz, CENTEOTL que nos da manutención y energía.
    ¡Gratitud! ¡Gratitud! ¡Siempre agradecer! Así pensaban nuestros abuelos aztequitas, oh pequeños capullos que me atienden, gratitud a todos los vestuarios del TEOTL. Que en el gran teatro del universo, el teatro cósmico, el árbol florido, se desplazan, se transforman y nos perfeccionan.
    Gratitud a ellos, a los fastuosos disfraces con que se viste y nos anuncia y demuestra su presencia objetiva, aquello por lo cual todos vivimos.
    Por eso, cuando se inició la grande ciudad de TENOCHTITLAN, ahora México, se dio también tanto impulso a la música y al canto.
    Estas eran las formas más humanas del agradecimiento y todos debían aprender a danzar, a cantar, a tocar instrumentos musicales y a declamar poemas para agradecer siempre.
    Ahí estaba el CUICACALLI, la casa de la danza y el canto; allí estaba el lugar donde se florecía con poemas y cortesías: XOCHICALCO; allí estaban los cimientos, los fundamentos, de la pujanza que iba a alcanzar nuestra primera urbe, en su primer vestuario, el AZTECA.
    Los cálculos astronómicos se habían manifestado y la ciudad se levantaba haciendo círculos de jade sobre el grande lago de TEZCOCO.
    La voluntad de sus fundadores la iba extendiendo sobre del agua ante el asombro de los pueblos de ANÁHUAC.
    Y con estos principios, oh hijitos míos, que me escuchan o me leen en el negro y el blanco, códices de hoy, libros con imágenes, se inició la vida de la ciudad de las ciudades:
MESHICO-TENOCHTÍTLAN.
    ¡Agradezcamos, a pesar de todo, el haber nacido aquí!
 

CRÓNICAS DE LA GRANDE
TENOCHTÍTLAN
II
EL ESPLENDOR.

    Muchos años habían pasado ya desde que la grande ciudad de MESHICO-TENOCHTÍTLAN se había fundado.
    Ahora se miraba esplendorosa flotar brillantemente como un enorme cuadrado de plata al centro de los entonces gigantescos lagos del ANAHUAC.
    Lanzaba sus resplandores a todas las poblaciones que bordeaban las transparentes aguas de aquella azul y verde región y a través de bellas y amplias calzadas se comunicaba a las principales ciudades de la tierra firme.
    Así se podía llegar, sin necesidad de navegar, hasta el TEPEYACAC, en el norte, a ese cerro que guiaba, como la nariz va siempre al frente, a todos los habitantes de estas tierras para rendirle cantos y danzas de gratitud a nuestra madre-padre TONANTZIN-NONANTZIN COATLICUE CHIMALMA, la tierra que nos da alimento y protección.
    Bien que se recordaba que esos parajes habían sido el primer rincón donde los antiguos AZTECAS habían habitado al llegar al valle; sitio de abundancia, lugar de tulares, pesca y cacería, de dulce agua y frescos y curativos manantiales: TOLLAN, le habían llamado desde esas épocas a semejanza de aquella que nuestros abuelos MESHICAS deseaban revivir.
    Hacia el sur, otra hermosa calzada llegaba hasta la blanca IZTAPALAPA y una rama se desviaba antes rumbo a COYOHUACAN, sitio de coyotes, quienes desde la oscuridad de sus sentidos, ansían la luz de la sabiduría.
    Cercano a este lugar se encontraba el TEOCALLI donde se fortificaba la voluntad y se recordaba a aquel colibrí azul que daba ejemplo de constancia y esfuerzo para que los AZTECAS continuaran con su misión creadora HUITZILOPOCHTLI, al poniente, otra calzada conducía a los caminantes hacia TLACOPAN, el lugar donde abundan matorrales como varas y una desviación los llevaba hasta AZCAPUTZALCO, el hormiguero por tanta gente laboriosa que allí moraba.
    Algunos le decían a esta última calzada: la calzada de NONOHUALCO o de TENAYUCA.
    Hacia el oriente, el inmenso lago de TEZCOCO tenía que ser navegado para llegar a la propia ciudad de TEZCOCO o a IZTACALCO, o a CHALCO.
    La ciudad de los espejos de la memoria, la primera; la ciudad de las casas blancas, la segunda; la ciudad de los jades, la tercera.
    Por eso, cuando el gran sabio señor y guía de los TENOCHCAS, MOCTECUHZOMA, XOCOYOTZIN, el venerado XOCOYOTITO, el más jovencito de los hijos de ANAHUAC, contemplaba todo este resplandor desde las tierras de su TECPAN, la casa del señorío, bella como un palacio, se sentía orgulloso y agradecía a IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual vivimos, el TEOTL, la energía creadora, que él pudiera dirigir ahora a su pueblo hacia el perfeccionamiento.
    MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN era admirado y venerado por todos debido a su maravillosa capacidad de meditación que lo había llevado a conocer toda la sabiduría de su tiempo.
    El nunca dejaba de recordar el gigantesco esfuerzo de sus antepasados para levantar esa fascinante urbe que se extendía a sus pies.
    La memoria, ese espejo ahumeante que todo lo refleja, claro o borroso; bueno o malo; animal o humano; rojo o negro; primitivo o avanzado; CHICHIMECA o TOLTECA; bestial o culto, siempre le hacía ver con suma claridad el pasado.
    Y es que TEZCATLIPOCA nunca lo abandonaba. Jamás dejaba de dictarle soluciones correctas para los destinos de su pueblo.
    Largas y profundas reflexiones le aclaraban todos los estados de su conciencia.
    Sus pensamientos y sus sentimientos eran cavilados en su interior por TEZCATLIPOCA.
    Así había podido aprender tanto de sus antepasados y por eso, su pueblo lo adoraba y reconocía en él, al hombre pleno, al que había logrado la mayor perfección hasta esas épocas.
    Era astrónomo, botánico, zoólogo, matemático, arquitecto, médico, juez, filósofo, músico, en fin, toda la sabiduría de su tiempo se acumulaba en él; él la representaba y su palabra era siempre florida.
    El gran señor MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN era en verdad un bien amado de su pueblo y el modelo para seguir.
    Su ejemplo incesante de concentración lo percibían hasta los niños.
    Y todos meditaban también para ayudar a su señor en la claridad de sus resoluciones.
    En verdad, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN era un gran señor como pocos había en el mundo de aquellos tiempos.
    Sólo se preocupaba, porque sus amados TENOCHCAS y los pueblos que formaban la confederación de señoríos de ANAHUAC y mas allá, cumplieran con la misión del TEOTL, la energía creadora que mueve al universo y a cada uno de nosotros. Esa misión de perfeccionarse a fuerza de voluntad y unidos, como los dedos de la mano, avanzar para florecer en el TLOQUE NAHUAQUE, es decir, la hermandad, la amistad, la comunidad.
    De esta manera, siempre que el gran MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN meditaba, el espejo ahumeante, TEZCATLIPOCA, la memoria y la conciencia, le hacía ver a los ocho grandes y esforzados señores que lo habían precedido en la guía de su pueblo y que habían luchado por dar esplendor a la nueva TOLTECAYOTL, la que se estaba gestando en la grande TENOCHTITLAN y en sus ciudades hermanas TEZCOCO, la de los archivos, la de los libros del saber, la de los códices, la de los recuerdos y TLACOPAN, la de la experiencia y el trabajo incesante.
    La nueva y grande TOLTECAYOTL, la cultura renacida y fusionada por los TENOCHCAS y que se había originado en los antiguos OLMECAS, TEOTIHUACANOS y TOLTECAS, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN la presidía.
     Y ahí en sus recuerdos parecía emerger ACAMAPICHTLI, el que unificó las ramas dispersas con su puño bondadoso y férreo a la vez, ACAMAPICHTLI había sido el primero de los TLATOANIS elegidos por el consejo de quiénes habían fundado TENOCHTITLAN, el uniría el pasado TOLTECA con el presente AZTECA.
    Y luego, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, miraba en los recuerdos de su espejo ahumeante, TEZCATLIPOCA, el continuador lleno de voluntad, tal cual el colibrí azul de la peregrinación.
    HUITZILIHUITL, pluma de colibrí, era un mancebo de corazón noble, apacible y de buenas costumbres.
    A pulso se había ganado el derecho a ser elegido como el continuador de la obra de su padrecito ACAMAPICHTLI.
    Y de pronto, en el espejo ahumeante del gran señor MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, su memoria, aparecía la trágica figura de un héroe sacrificado por la envidia y la ambición de los que no deseaban la unidad y el perfeccionamiento.
    Allí se veía a CHIMALPOPOCA, el escudo ahumeante que su abuelo, el TEPANECA egoísta TEZOZOMOC quería utilizar para detener el avance de los pensamientos TENOCHCAS.
    Y luego veía cómo se suicidaba el gran CHIMALPOPOCA para salvar de la humillación a su pueblo MESHICA a la que lo quería someter el mal hijito de TEZOZOMOC, el ambicioso y despiadado MAXTLA, ese guerrero de cuerpo hercúleo, pero de mente malévola y tiránica.
    Y luego, al fin, en la memoria privilegiada por el estudio de MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, aparecía el salvador de su pueblo en contra de los tiranos TEPANECAS: ITZCOATL, la serpiente con espinas, con púas dispuestas a defender hasta morir a los que querían humillar para siempre: su gente de la TOLTECAYOTL.
    Entonces fue cuando NEZAHUALCOYOTL pudo por fin reinar en TEZCOCO y florecer en cultura maravillosa.
    Entonces fue cuando TENOCHTITLAN verdaderamente comenzó a ser grandiosa.
    ITZCOATL había tenido el talento guerrero para salvarla y ayudar a los que se unieran con el fin de continuar la labor del TEOTL, la energía creadora.
    Y cuando murió ITZCOATL el espejo ahumeante, la memoria, TEZCATLIPOCA le mostraba al XOCOYOTZIN como había sido elegido para sustituir al TLATOANI recién desaparecido, uno de los más grandes y sabios capitanes de entonces: MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA, el primer MOCTEZUMA, el HUEHUE, el abuelo, el flechador del cielo, el gran señor que aspiraba a alcanzar el misterio de las estrellas.
    A MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA, el quinto TLATOANI, el TLOQUE NAHUAQUE, el consejo, la comunidad, la hermandad de sabios, de hombres de conocimientos, lo había seleccionado por sus grandes méritos tantos guerreros como intelectuales.
    ¡Bien que lo sabía su nieto, el XOCOYOTITO, el más joven, al más tierno de sus descendientes!
    Nunca fuera un abuelo tan premiado como lo fue MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA: tener un nieto tan sabio como MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN y un hijo poeta, guía increíble, como AXAYACATL.
    Pero sobre todo, un consejero tan inteligente como el famoso TLACAELEL.
    Y MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN sabía que viéndose su abuelo, MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA tan gran señor y en tanta gloria y con tantas riquezas determinó enviar a saber en qué lugares habían habitado sus antepasados y qué formas tenían aquellas siete cuevas que en los libros de TEZCATLIPOCA, la memoria, se mencionaba constantemente.
    Para esto mandó llamar a su consejero TLACAELEL y le dijo:
    -He determinado juntar a los más valientes de nuestros hombres y enviarlos a que busquen CHICOMOZTOC, el lugar de las siete cuevas; AZTLAN, el sitio del alba como el plumaje de garzas blancas, y de paso ver si es posible localizar, sobre todo, a COATEPEC, donde dicen que la madre de HUITZILOPOCHTLI permanece viva.
    Y las hierbas, los animales y las combinaciones de poder maravilloso, sin embargo, TLACAELEL le aconsejó que no mandara guerreros, sino sabios que con sus conocimientos de los astros, de la medicina, de los números, descubrirían mejor el lugar misterioso.
    MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA, oyendo el buen consejo del inteligente TLACAELEL, acordó llamar al grande historiador CUAUHCOATL, viejo de muchos años para decirle:
    -Padrecito, abuelito, quiero saber cuánto tienes en tu memoria, en tu espejo ahumeante, TEZCATLIPOCA, de la historia de la siete cuevas donde habitaron nuestros antepasados padrecitos y qué lugar es aquél donde se efectuó el prodigio de hacerse carne la fuerza de voluntad de nuestro HUITZILOPOCHTLI para sacar a nuestros abuelitos AZTECAS de esos sitios y traerlos hasta acá donde hoy vivimos, nuestra grande y esplendorosa ciudad de TENOCHTITLAN.
    CUAUHCOATL, el que es a la vez serpiente y águila, tierra y sol, le contestó sapientemente:
    -Hijito mío, el más pequeño de nuestra carne, pero el más poderoso guiador de nuestros pueblos, yo, tu indigno servidor, sólo sé que nuestros padrecitos moraron en aquel feliz y dichoso lugar llamado AZTLAN, hasta que por obra de la voluntad de perfeccionarse, salieron en búsqueda de un sitio apropiado para fundar nuestra ciudad de acuerdo con los signos que los astros mostraran y que sería un eclipse impresionante donde la tierra serpiente, sería devorada por el águila sol.
    En ese lugar de AZTLAN había un gran lago y un cerro enorme en medio del agua que llamaban COLHUACAN, porque tiene la punta algo torcida hacia abajo.
    En este cerro había unas cuevas donde habitaron nuestros abuelos y padrecitos por muchos años.
    Allí se encontraban muy tranquilos bajo el nombre de AZTECAS y gozaban de mucha cantidad de patos de todo género, de garzas, de gaviotas, de flamencos, de codornices, de guajolotes y cisnes.
    Se deleitaban con el canto y la melodía de los pajarillos de cabezas coloradas y amarillas; disfrutaban también de muchas diferentes especies de hermosos y grandes pescados; se regocijaban con la inmensa frescura de arboledas que había por aquellas riberas y de manantiales cercados de sauces, de sabinos y de alisos grandes y preciosos.
    Andaban en canoas por las transparentes aguas del bello lago de AZTLAN y hacían con piedras abundantes, camellones sobre el lago que les servía de sementeras o chinampas donde sembraban maíz, chile, tomates, bledo, frijoles y toda clase de semillas que comemos hoy y que ellos trajeron para acá.
    Pero después de que salieron de allí a la tierra firme y dejaron aquellos deleitosos parajes, todo se volvió en su contra: Las hierbas mordían, las piedras picaban, los campos se hallaban llenos de arrojos y de espinas, y encontraron grandes jarales y biznagas que no podían pasar ni había donde sentarse ni donde descansar.
    Todo lo hallaron repleto de víboras, alacranes y sabandijas ponzoñosas y de ocelotes, gatos monteses y otros animales que les eran perjudiciales y dañosos.
    Esto es lo que dejaron dicho nuestros antepasados y lo que tengo escrito en las imágenes de mis historias antiguas, grande y reverendo flechador del cielo.
    MOCTECUHZOMA, el abuelo, respondió que era verdad porque TLACAELEL contaba esa misma crónica.
    Luego mandó que buscaran y llamasen por todos los pueblos a los más sabios ancianos y los llevaran hasta él.
    Le fueron traídos sesenta ancianos de todas partes y les dijo:
    -Padrecitos, yo he determinado saber donde está el lugar del cual salieron los mexicanos antiguos y que tierra es aquélla y quién la habita ahora, y si aún está viva COATLICUE, la madre de nuestra voluntad de perfección: HUITZILOPOCHTLI.
    Deben prepararse para partir allá en la mejor forma que pudieran y en el tiempo mas corto."
    Los ancianos recibieron con satisfacción lo que MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA les pedía y se apercibieron de lo necesario.
    Les fue dada una gran cantidad de mantas de todo género, vestiduras de mujer, piedras ricas de jade engarzadas en oro, mucho cacao, hongos para la meditación, algodón, flores de vainilla negras, plumas de mucha hermosura, las mejores y mas grandes, en fin, lo mejor de los tesoros del gran TLATOANI.
    Y con gran cantidad de comida para el camino, los sesenta sabios ancianos partieron hasta llegar a un cerro que se llama COATEPEC, cercano a la antigua y grande TOLLAN.
    Allí todos se pusieron en meditación e invocando a la conciencia para que les enviara claras ideas de lo que deseaban saber, comiendo los honguitos de la reflexión, tuvieron la visión que anhelaban.
    Se sintieron transformarse en aves en ocelotes en gatos monteses y así cambiados, transportarse a otras dimensiones, como en el túnel del tiempo, en búsqueda del lugar donde sus antepasados habían habitado.
    Se sintieron llegar a una laguna enorme, en medio de la cual estaba el cerro COLHUACAN y puestos en la orilla tomaron nuevamente la forma de hombres ancianos que antes tenían.
    Y cuenta la historia que entonces vieron a alguna gente que andaba en canoas pescando y realizando sus actividades con mucho gusto.
    Los sabios ancianos llamaron a algunos de ellos y la gente nueva que hablaba una misma lengua, tan melodiosa y armónica, llegaron con las canoas a ver lo que deseaban y les preguntaron que de dónde eran y a qué venían.
    A esto contestaron los HUEHUES sabios:
    -Hermanitos, nosotros somos de MESHICO-TENOCHTITLAN y hemos sido enviados para buscar el lugar en donde habitaron nuestros antepasados.
    Ellos les preguntaron:
     -¿Ustedes adoran a la energía creadora? ¿Al TEOTL? ¿Y a sus manifestaciones múltiples?
    Los ancianos respondieron:
    -Sí a IPALNEMOHUANI, aquello por lo cual todos vivimos, en TLOQUE NAHUAQUE y actuamos bajo el precepto de una de sus más grandes manifestaciones HUITZILOPOCHTLI, la voluntad de perfeccionarse para ayudar a la evolución y perfeccionamiento del cosmos y de todo lo existente, sin importar sacrificios.
    -Nuestro gran señor MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA y su consejero, el inteligentísimo y certero TLACAELEL, nos mandaron en busca de la madre de la forma humana de HUITZILOPOCHTLI que se llamaba COATLICUE.
    -También nos enviaron a buscar el lugar de donde salieron nuestros antepasados, que se llama CHICOMOZTOC.
    -Si acaso nuestra reverenda señora madrecita COATLICUE vive aún y ustedes saben dónde, díganoslo, pues traemos regalos para ella.
    Un anciano que escuchaba toda aquella relación les dijo:
    -Sean bienvenidos, amiguitos, portadores de la energía, TEOLIZTLIS, TETEUCTIN, embajadores, TECUHTLIS, vengan por acá.
    Trajeron muchas canoas y allí subieron a los recién llegados para transportarlos a través del lago y pasarlos al cerro retorcido ACOLHUACAN, del cual dicen que de la mitad para arriba es de una arena muy fina de modo que no se puede subir por estar tan bofa y honda.
    Al pie del cerro se miraba una casa donde un anciano aguardaba a los visitantes.
    Cuando el anciano los vio, se saludaron con mucha reverencia y uno de los abuelitos sabios de TENOCHTITLAN le dijo con dulces y claras palabras:
    -Venerable HUEHUETZIN, abuelito nuestro, de seño maduro y sabio, aquí hemos llegado tus siervos al lugar donde es obedecida tu palabra y reverenciado el aliento de tu boca, porque nos envía MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA y su consejero TLACAELEL, gran CIHUACOATL organizador de la grandeza TENOCHCA.
 

CRONICAS DE LA GRANDE
TENOCHTITLAN
III.
LA CAIDA.

... Y sucedió que muchos recuerdos seguían llegando como incesantes remolinos a la memoria del gran MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN.
    Éste, desde la terraza de su hermoso TECPAN, amplio palacio, contemplaba el inmenso grandor del valle de ANAHUAC.
    Veía complacido la grandeza que su pueblo amado había extendido a todos los cuatro rumbos de la región.
    Y la esplendorosa serenidad de los lagos parecía envolverlo con sus matices de azul turquesa y de verde jade.
    Sin embargo, una preocupación había principiado a conmoverlo, el cometa que había comenzado a verse desde hacía algunas noches por el oriente. No obstante, allí, a plena luz radiante del sol, recuperaba su seguridad y tranquilo, el espejo ahumeante de su mente no dejaba de fluir lo pasado.
    Era como una televisión interior donde TEZCATLIPOCA lo llevaba por un túnel del tiempo hacia el ayer y recordaba y recordaba y recordaba. Su conciencia fluía con todos los conocimientos obtenidos tesoneramente en el gran libro de la creación: EL TEOAMUXTLI.
    Meditaba y viajaba por obra del TEONANACATL, la carnita de la energía que no da los recuerdos.
    Entonces vio a los ancianos que su abuelo MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA, el flechador del cielo, había enviado a la búsqueda del lugar de las siete cuevas, CHICOMOZTOC, y al antiguo AZTLAN de sus orígenes.
    Los recuerdos de sus estudios en el CALMECAC se presentaban tan claramente. TEZCATLIPOCA la memoria, se los mostraba. Vio entonces el sabio viejo que había recibido a la comitiva hablarles con apacible voz:
     -¿Y quién es ese MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA de que me hablan? ¿Y TLACAELEL? No son de acá tales nombres porque los que de aquí se fueron se llamaban de otro modo. Eran siete señores que iban como guías de cada CALPULLI, las casas de la colectividad.
    Los ancianos embajadores respondieron:
     -Reverendo padrecito, te confesamos que nosotros nunca conocimos a los señores de los que nos hablas, aunque sus nombres los hemos oído mencionar alguna vez, como a HUITZITON o a TENOCH. Ahora todos ellos están ya muertos.
     -¡Muertos! ¡Como es posible, pues en este lugar estamos vivos todos los que ellos dejaron! ¿Entonces, quiénes viven allá, ahora?
    A lo que los enviados respondieron:
     -Los nietos de aquéllos que se fueron. Ellos nos envían y desearían saber si aún vive la madre original de todos nosotros. La que nos dio la voluntad para alcanzar lo que en TENOCHTITLAN hemos logrado. Nuestra reverenda madrecita COATLICUE. Nosotros les traemos un presente a nuestra gran señora.
    -Nuestros guías, MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA y su consejero, el sabio TLACAELEL nos mandaron a que la viésemos y la saludásemos y le diésemos a ella misma las riquezas de que su hijo HUITZILOPOCHTLI, el colibrí que nos guió hacía el sur a fuerza de grande voluntad, goza en tierras TENOCHCAS.
    El abuelo que los recibía, luego de escucharlos atentamente, asintió con la cabeza y les dijo que tomaran lo que traían y que lo siguieran.
    La comitiva de sabios ancianos se echó a cuestas los presentes y se fueron tras el HUEHUE que se dirigía hacia el cerro.
    En cuanto llegó, empezó a subirlo con gran ligereza y sin pesadumbre, mientras que quienes lo seguían, se atascaban en la arena que cubría la falda de aquel monte y les costaba mucho trabajo y esfuerzo avanzar.
    El sabio HUEHUE, volviendo la cabeza, vio a los ancianos de la comitiva que no podían ascender puesto que la arena les llegaba hasta la rodilla:
    -¿Qué les sucede? ¿Por qué no suben?- Preguntó.
    Ellos, queriéndolo seguir, quedaron más hundidos en la arena hasta la cintura y no pudiendo moverse, dieron voces al HUEHUE que iba con tanta rapidez que parecía no tocar el suelo.
    El anciano de AZTLAN los escuchó y volviendo la mirada hacia sus seguidores les preguntó:
     -¿Qué les acontece, MEXICANOS? ¿Por qué están tan pesados? ¿Qué es lo que comen en su tierra?
    A lo cual, los de la comitiva le contestaron:
     -Señor, comemos los alimentos que allá se producen y bebemos cacao.
    El HUEHUE les respondió:
     -Esas comidas y bebidas, hijitos míos, los tienen graves y pesados; no les dejan llegar a ver el lugar donde estuvieron sus padres y eso es lo que les ha acarreado la muerte. Todas las riquezas que traen no las usamos aquí puesto que vivimos en perpetua austeridad y sencillez. Sin embargo, denme lo que traen que yo se lo mostraré a la señora de estas moradas, madre de la voluntad HUITZILOPOCHTLI en la tierra, y para que ella baje a verlos.
    En cuanto terminó de decir esto, el HUEHUE descendió, tomo parte de las cargas, la puso sobre sus hombros y subió como si llevara una paja, luego volvió por lo restante.
    Acabado de subir todo lo que los ancianos sabios TENOCHCAS traían, salió una mujer, ya de gran edad, que mostraba estar de luto desde hacia muchísimos años. Por eso ni se lavaba ni se peinaba ni recortaba sus cabellos como señal de tristeza profunda, era como estar muerta en vida, sin alegría ni belleza. Lloraba amargamente.
     Cuando contuvo su llanto dijo:
     -Bienvenidos, hijitos míos. Sepan que desde que HUITZILOPOCHTLI se fue de estos lugares estoy en llanto y tristeza esperando su regreso. Desde aquel día no me he lavado la cara ni arreglado mi cabeza ni mudado de ropa. Soy como la tierra abandonada que se llena de hierbas y bosque y la puebla el descuido y la resequedad.
    Este luto y tristeza durara hasta que él vuelva. El tendrá que acordarse de lo que me dijo cuando se fue: "Madrecita mía, no tardare mucho en regresar. En cuanto lleve a mi pueblo elegido hasta su tierra prometida, volveré y esto será cumpliéndose los años de mi peregrinación y el tiempo que me está señalado para extender las razones de la voluntad y mantener y perfeccionar el cosmos, el árbol florido, el TEOTL, la energía creadora y contribuir a la eterna lucha de los contrarios que hace florecer: La guerra de la creación".
    Esto mismo me dijo mi hijo HUITZILOPOCHTLI, sin embargo, él sabe, como yo también lo se, que nada es eterno y que siempre se cambia, aunque no se quiera, y un día "del mismo modo que extendimos nuestro credo, vendrán gentes extrañas y trataran de destruirlo".
    Cuando esto suceda, me dijo mi hijo HUITZILOPOCHTLI, es que se habrá cumplido mi tiempo y entonces volveré a tu regazo, madrecita, TONANTZIN NONANTZIN. Hasta entonces no hay que tener pena."
    Me parece, hijitos míos, continuó la abnegada COATLICUE, que él se debe hallar bien allá, puesto que se quedó y no se acuerda de la triste de su madre, ni la busca ni le hace caso. Y que como todas las madres, lloran amargamente cuando pierden a sus hijos.
    Por eso a veces yo salgo como una CIHUACOATL, mujer terrenal, mujer serpiente, gritando por los campos en busca de mi hijo: ¡Ay de mí! ¿Dónde estás hijo mío?
    Ahora que ya sé que está bien cuidado en TENOCHTITLAN y que ha logrado engrandecer a su pueblo, sólo les mando que le digan que ya se está cumpliendo el tiempo y que se venga luego; y para que se acuerde que deseo verlo y que soy su madre, denle esta TILMA y este MAXTLI de henequén para que se lo ponga.
    Terminado su discurso, COATLICUE se retiró dando grandes gemidos que hacían estremecer el espíritu y enchinar el cuerpo:
     -¡Ay! Qué será de los hijos de mi hijo. ¡Ay, hijitos míos, pronto tendrán que irse lejos!
    Conmovidos los mensajeros tomaron la manta y el MAXTLI y descendieron.
      Estando en la falda del cerro, COATLICUE apareció en la cumbre y empezó a decirles desde aquella impresionante altura:
     -Esperen un momento y recuerden como en esta tierra donde solo comemos honguitos, estos niñitos que nos dan energía, nunca se envejece. Dejen que mi sabio cuidador, el que los ha traído hasta aquí, descienda y verán que cuando llegue allá en donde ustedes están, él se ira volviendo cada vez mas joven.
    Entonces el sabio HUEHUETZIN que los había recibido empezó a descender y mientras más bajaba, más joven se iba volviendo y cuando llegó a ellos, se había convertido en un mancebo de veinte años:
     -¿Han visto?- les preguntó a los HUEHUETZIN enviados por MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA. -Me ven hecho un joven, pues han de saber, hijitos míos, hermanitos, que este cerro tiene la virtud de que el que ya es viejo y quiere rejuvenecer, con solo subir hasta donde le parece conveniente vuelve a la edad que desea.
    Si se quiere volver muchacho, sube hasta la cima y si se quiere volver mancebo, asciende un poco mas arriba de la mitad, y si de buena edad hasta la mitad.
    Por eso vivimos aquí mucho y estamos vivos.-
    Y desde la terraza, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN continuaba recordando todo lo que en el CALMECAC le habían enseñado del pasado.
    Y su mirada se paseaba por toda la región oriente de TENOCHTITLAN, como si buscara algo, como si esperara la aparición de alguien.
    Y TEZCATLIPOCA, el espejo ahumeante de la memoria, le seguía, como televisando escenas del ayer.
    Allí apareció claramente la solemne ceremonia que se había hecho cuando MOCTECUHZOMA ILHUICAMINA, el flechador del cielo yacía muerto.
    Y luego el nombramiento que en consejo, por acuerdo de la comunidad, del TLOQUE NAHUAQUE, se había realizado de AXAYACATL, su padrecito, para ser el sexto TLATOANI de los TENOCHCAS.
    Y vio con gran transparencia como NEZAHUALCOYOTL, el grande señor poeta de TEZCOCO, le colocaba sobre la erguida cabeza, el respetado distintivo de su elección, mientras que el gran sabio consejero, el organizador del esplendor TENOCHCA, el de enorme inteligencia, TLACAELEL, observaba complacido.
    Después aparecieron por su mente los triunfos de AXAYACATL, su padrecito, el que es gran guiador como la nariz.
    Y miró cómo se extendía la MEXICAYOTL, la cultura de los MESHICAS, la versión nueva de la antigua TOLTECAYOTL, hacia todos los puntos cardinales de ANAHUAC.
    AXAYACATL había llevado al esplendor total a la grande TENOCHTITLAN.
    Y el gran TLACAELEL siempre a su lado, dándole consejos, levantando al triunfo a su pueblo.
    ¡Bien que lo recordaba!
    Y luego aparecía TIZOC, el séptimo TLATOANI cuando AXAYACATL había muerto.
    Y después AHUIZOTL, el octavo.
    Ellos, TIZOC y AHUIZOTL, habían sido sus tíos y lo habían antecedido.
    Ahora, él, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, era gran TLATOANI y allí estaba, en la terraza principal del precioso TECPAN que su pueblo le había construido, porque tan grande señor, prudente y sabio, lo merecía todo.
    Sin embargo, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN se miraba meditabundo, pues como gran pensador ANAHUACA que era, sabía de lo fugaz de la vida y desde hacía poco tiempo se encontraba preocupado por la aparición de aquel inmenso cometa que desde el atardecer, como el que estaba próximo a llegar, surgía en el horizonte cual una espiga de fuego, cual una llamarada que punzara los espacios del cielo.
    MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, no ignoraba, como maravilloso astrónomo que también era, que el más elemental movimiento cósmico desencadenaba reacciones en todas las regiones del universo y aquello era el signo de una próxima alteración.
    ¡Y como extrañaba a TLACAELEL!
    Le hacía tanta falta aquel sabio consejero y hacía tiempo que ya no vivía. Los consejos del siempre presente TLACAELEL habían llevado a MESHICO TENOCHTITLAN al esplendor.
    Por eso ahora que éste había muerto, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN no sabía con precisión qué decidir.
    Cual relámpagos se repetían las escenas en su mente de como se había llegado a tanta grandeza pero a la vez se estremecía al presentir la caída.
    Hundido en sus pensamientos y recuerdos, bajo la inmensa transparencia de los cielos de ANAHUAC, no sabía además qué actitud tomar ante las sorprendentes noticias que día tras día le informaban sus mensajeros: Que si se habían incendiado misteriosamente algunos TEOCALLIS; que rayos y centellas caían sobre la tierra; que las aguas de algunos manantiales parecían hervir; que extraños hombres venían en enormes casas; que traían lanzas que despedían fuego y tronaban tan espantosamente que ensordecían; que vestían ropas muy duras y parecían tener dos cabezas; que como puercos hambrientos se echaban sobre todo aquello que tuviera oro, ese sudor sucio de la materia, que para los ANAHUACAS no era de gran valor; que lo cambiaban por el símbolo de TEZCATLIPOCA, espejos ahumados; y que no tenían ningún respeto ni educación ni refinamiento ni buenas maneras, en fin, que aunque parecían portadores de la energía, TEULES, se comportaban como salvajes primitivos e ignorantes, como POPOLOCAS. Además, decían que venían como embajadores de otros grandes señores y pueblos en pos de amistad y unión.
    MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN quedaba tan sorprendido de aquellas relaciones que no quería cometer algún error que enturbiara la diplomacia de su pueblo.
    Él sabía que los embajadores son respetables, casi sagrados, pues representaban a los hermanitos de otros poblados; tal vez era verdad lo que decían y venían en búsqueda de cordialidad. No podía atacárseles sin conocerlos. Era ofender el solemne principio del TLOQUE NAHUAQUE:
    Juntos y cercanos, en amistad florida. Unidos como los dedos de la mano para recrear y perfeccionar el universo.
    Abría que recibirlos y entregarles los presentes de la gran sabiduría:
     El atavío de la memoria, del espejo ahumeante que todo lo ve, TEZCATLIPOCA.
     El atavío de la inteligencia creadora, la serpiente preciosa, QUETZALCOATL.
     El atavío de la voluntad que fecunda y domina las adversidades, TLALOC-HUITZILOPOCHTLI.
    Entonces MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN descendió de la terraza de su palacio y decidido ordenó a quienes lo aguardaban en la gran sala de su TECPAN que de inmediato enviaran los regalos de cortesía y bienvenida a los forasteros.
    Algunos se opusieron, pues habían sabido que no eran TECUHTLIS, señores honorables, TEULES como dicen que pronunciaban los extranjeros, sino POPOLOCAS, asesinos que sin piedad habían cometido crímenes imperdonables: Habían matado a niños y ancianos; habían ultrajado a muchas doncellas y las habían ofendido; eran unos miserables que no tenían piedad de nada y todo lo hacían movidos por la ridícula ambición del oro, ese excremento de la creación: TEOCUITLATL (cuitlatl: excremento).
    Sin embargo, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN no los escuchó y decidió no faltar a la tradicional hospitalidad de los MESHICAS, a la cortesía y a la alta moral de la confianza.
    Entonces, su hermano CUITLÁHUAC, le dijo solemnemente:
     -¡Oh, hermanito mío! Reverendo TLATOANI: Ruega al TEOTL que no hayas permitido la entrada a nuestra casa a quien luego pueda sacarnos de ella y arrebatárnosla.
    Yo no confió en ellos. Son POPOLOCAS, falsos, mentirosos, ambiciosos, hipócritas, traidores, taimados convenencieros y ruines. Además creen en dibujos de personas comunes que carecen de fuerza creadora. Mas bien parecen bandidos, asesinos y ladrones, que respetables embajadores.
    Recuerda que nos han dicho de las matanzas cometidas con los bravos OTOMIES que se opusieron a sus ofensas; y lo que hicieron en CHOLULA; y cómo les han mentido a los TLAXCALTECAS y a los CEMPOALTECAS para que se vuelvan nuestros enemigos y les ayuden a destruirlos.
    Les prometen una falsa libertad, cuando sabemos que la verdadera libertad no está en los individuos, si no en el TLOQUE NAHUAQUE. Sólo la comunidad decide lo que los integrantes de ella deben hacer, puesto que lo pueden por consenso.
    Ellos no entenderán que los sabios que tú envías a recibirlos para demostrarles la grandeza de nuestro trato para los extraños, son grandes ancianos, ellos no los respetarán, se burlarán, los calumniarán. De ti dirán que eres un cobarde.
    Y temblando de furia, CUITLAHUAC terminó su discurso, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN, inflexible ordenó:
    -He decidido salir a recibir a los TECUHTLIS, teules, preparen lo que ya se sabe para dar la bienvenida.
    Y así las cosas, MOCTECUHZOMA XOCOYOTZIN y su séquito salieron con rumbo a la calzada de IZTAPALAPA para recibir a los forasteros. Allá, en HUITZILLAN, los encontraría.
    En el camino MOCTECUHZOMA iba pensando en la mujer que conducía a los que ahora sabía que se llamaban de Castilla. Ella tenía que ayudarlo a comunicarse bien con ellos: MALITZIN, era su nombre y sobre todo, con el guía mayor de los castellanos: Hernán Cortés.
    Imaginaba que con mucha solemnidad llegarían a un acuerdo de unidad entre sus pueblos, que se confederarían y juntos, amigos y hermanos, trabajarían por el mejoramiento de todos.
    Y en eso estaba, cuando de pronto se estremeció al ver aparecer a lo lejos de la calzada a los forasteros.
    Después, lo único que supo fue que su hermano CUITLAHUAC tenía razón.
     Los de Castilla hicieron matanzas horribles y nada respetaron. Todo lo arrasaron, a pesar de que CUAUHTEMOC, el último tlatoani que quedaba, luchó denodadamente por salvar a sus hermanitos, nada se pudo evitar.
    La grande TENOCHTITLAN había caído en poder de la ambición y la esclavitud.
    Los MESHICAS transportaron a sus defensores muertos y los lloraron. Y lloraron también por tantos niños victimados y tantos ancianos degollados y tantas mujeres humilladas.
    Los de Castilla se limpiaban el sudor y reían satisfechos de su triunfo.
    "El llanto se extiende
    las lágrimas gotean allí
    en TLATELOLCO.
    Por agua se fueron ya los MEXICANOS.
    A donde vamos, oh, amigos?
    Luego, ¿fue verdad?
    No fue un sueño.
    Ya abandonan la ciudad de México.
    El humo se está levantando.
    La niebla se está extendiendo.
    Con llanto todos se saludan.
    ¡Llorad amigos míos!
    Tened entendido que con estos hechos
    hemos perdido la nación mexicana,
        MEXICAYOTL,
       TOLTECAYOTL,
    ¡El agua se ha acedado!
    ¡Se acedó la comida!
    Esto es lo que ha hecho
    IPALNEMOHUANI.
    Aquello por lo cual vivimos.
    Sin recato somos humillados
    En los caminos yacen dardos rotos.
    Los cabellos están esparcidos.
    Destechadas están las casas.
    Enrojecidos tienen sus muros.
    Gusanos pululan por calle y plazas.
    Y en las paredes están salpicados
    los sesos.
    Rojas de sangre las aguas
    están como teñidas
    y cuando las bebemos,
    es como si bebiéramos
    agua de salitre.
    Nuestra herencia
    es una red de agujeros,
    pero ni con escudos
    puede ser sostenida
    nuestra soledad."

    Y por donde quiera se escuchaban los ayes, las voces desgarradoras de nuestras madrecitas que lloraban a gritos por sus abuelitos, por sus padrecitos, por sus hermanitos, por sus hijitos:
    -¡Aaaaaaaaay mis hijos! ¡Aay!
 

LA FANTÁSTICA
Y ATERRADORA
HISTORIA DE LAS LLORONAS


Hace tan solo algunos cientos de años, como ya lo sabes, palomita mía, tigrillo mío, hubo una preciosa ciudad construida al centro de azules lagos, en un islote que, cual joyel de tezontle, cantera, jade, flores y plumajes, flotaba despidiendo un intenso brillo que visto desde lo lejos, parecía estar hecho de plata. Se llamaba MESHICO-TENOCHTI-TLAN.
Pero he aquí que un día fue arrasada por la furia de ambiciosos bárbaros, quienes por medio de mentiras hicieron creer a los habitantes de estas tierras que eran portadores de la verdad y embajadores de un gran señor sabio. Él los había enviado.
Tales invasores, con tal ignorancia y en equivocado idealismo, no entendieron las maravillosas sabidurías de aquel pueblo que la habitaba. No alcanzaron a comprender los pro¬fundos conocimientos que de la naturaleza tenían aquellos hombres, nuestros abuelos NAHUAS.
Nunca vieron los reflejos de su saber en los grandes centros astronómicos piramidales donde a través de la poesía, el canto y la danza representaban, como en una gran función de teatro cada veinte días, los cambios y movimientos del universo.
Ni siquiera sospecharon el misterio de la contemplación florida que ellos, los nuestros, pregonaban. Sólo acertaron a decir que la sabiduría astronómico, matemática, botánica, medicinal, zoológica, social, educativa, eran artes de magia, brujerías y hechizos, puesto que las creencias europeas de entonces, debido a su ignorancia popular, así lo veían.
Y es que con una gran soberbia intelectual y un odio fanático, en la ceguera de su vanidad como conquistadores, las supersticiones que ellos sí traían arrastrando desde más allá de su edad media, las aplicaron a aquel mundo nuestro lleno de prodigios, avances y armonía y les hizo pensar que toda esa distinta cultura, era obra de Satanás y otros demonios. No sabían que quienes vivían en la grande TENOCHTÍTLAN eran herederos de una antigua y enorme tradición de siglos que se remontaba a los fabulosos OLMECAS, a los portentosos TEOTI-HUACANOS y a los gigantescos TOLTECAS. No captaron el afán de nuestros abuelos AZTECAS por recuperarla, sintetizarla, perfeccionarla y extenderla a todas las regiones del mundo por ellos conocido.
Los invasores sólo acomodaron a sus propias ideas ambiciosas lo que les convenía de aquello que surgía fascinante ante sus ojos. Como ellos venían de lugares donde existían reyes egoístas, princesas caprichosas, duques embusteros, condes despiadados, marqueses corruptos, caballeros fatuos, pensaron que la organización de nuestros abuelos NAHUAS era semejante.
Y desconocieron que vivíamos en TLOQUE-NAHUAQUE, juntos y cercanos, unidos como los dedos de la mano para perfeccionarnos, en comunidad, en hermandad, de donde brotaban los grandes sabios que guían, pues gracias a la voluntad que los disciplinaba, HUITZILOPOCHTLI, cada uno de los integrantes de las casas colectivas, los CALPULLIS, podía desarrollar sus habilidades personales hasta convertirse en conductores de su barrio, como la nariz que va siempre adelante, YACATECUHTLI.
Así, aquellos que bien hablaban, con profundidad, cuidado y belleza, eran TLATOANIS; quienes sabían manejar la energía creadora, la materia infinita que lo hace todo, TEOTL, aquello por lo cual vivimos, IPALNEMOHUANI, recibían el nombre admirado de TEOPIXQUES. Y los que siempre se la pasaban meditando para extraer útiles conclusiones que ayudaran a todos, TLAMATINIME, sabios; los cuales se reunían en sesiones, veladas, donde se leía el gran libro del universo: TEOAMOXTLI y allí se comía la carne de los niñitos que dan energía, esto es, honguitos y florecitas del árbol de cacao: TEONANACATL y PEYOTLI para estar en perpetuo éxtasis y sabiduría.
Y como cada hombre, y cada mujer, tenemos una misión creadora en la humanidad, cual el TEOTL: PERFECCIONARNOS SIEMPRE, los que llegaban a obtener los más grandes frutos de su oficio, de su saber, de su arte, recibían títulos que los hacían admirados y ser dignos de formar parte del gran consejo, donde uno de ellos, organizaba todo, el CIHUACOATL, y otro lo llevaba a la ejecución, el TLACATECUHTLI.
Así había guías agricultores, guías carpinteros, guías albañiles, guías médicos, guías poetas, guías de la mente, guías de las decisiones.
Sin embargo, todo esto que parece un cuento de hadas, un día desapareció por obra de la violencia.
Los salvajes invasores destruyeron la grande TENOCHTITLAN auxiliados por la pólvora de sus armas.
Y con las piedras que habían sido casas, palacios, zoológicos, escuelas, se comenzó a construir otra ciudad distinta que se fue llamando simplemente México y que copió desde entonces, por creer que eran superiores, los trazos de las enredadas ciudades de Europa.
Así le arrancaron a ese pueblo, nuestro pueblo original e indígena, el verdadero dueño de estas tierras donde vivimos los mexicanos, la voluntad para vivir perfeccionándose: HUITZILOPOCHTLI; el espejo ahumeante de la memoria de nuestro pasado: TEZCATLIPOCA; la elevada inteligencia creadora, serpiente emplumada, QUETZALCOATL, y nos dejaron hundidos en el mayor de los daños: La indiferencia, la abulia, la inercia, la desconfianza.
Más que los robos del oro y las piedras preciosas; más que la orfandad en la que quedaban; más que la esclavitud y humillación a la que eran sometidos, lo que parecía haberlos acabado, había sido el desencanto.
Desde entonces nuestro pueblo se acostumbró a decir:
-¿Y para qué hacer algo?
-De nada sirve.
-Ahí se va...
HUITZILOPOCHTLI, TEZCATLIPOCA, QUETZALCOATL y todos los vestuarios que asumía la energía creadora: XOCHIQUETZALI, XOCHIPILLI, MACUIXOCHITL, TLALOCTLI CENTEOTL, HUEHUETEOTL, todos, eran arrasados y la tierra que los había dado a luz, COATLICUE, se encontraba violentada, ofendida, destruida.
COATLICUE, la de grandes cordilleras y sierras que semejaban faldas de serpientes que la visten, nuestra reverenda madrecita, TONANTZIN-NONANTZIN; nuestro escudo, CHIMALMA, había sido asaltada, rota, tajada, per¬forada, derribada.
Ahora el dolor que ella sufría se volvía concreto en el padecer de todas las madrecitas de nuestra tierra herida que lloraban por sus muertos y daban espantosos y desgarradores gritos:
-¡Dónde están mis hijitos!
-¡Hijitos míos! ¡Tenemos que irnos lejos!
-¡Hijitos míos! ¿A dónde los llevaré?
Y la madre tierra abría sus descomunales fauces para recibir los cadáveres de sus aztequitas víctimas de los criminales, en medio de las torrenciales lluvias de agosto, de ese 13 de agosto de 1521, que la estremecía.
Y era como si TLALOCTLI y sus TLALOQUES lloraran también porque la tierra se vestía ahora con faldas de verde jade, manchada con la sangre de sus hijitos; CHALCHIUTLICUE sanguinolenta.
-¡Aaaaaaaay mis hijos!- era el terrífico grito que se escuchaba.
Y vestida con desgarrados mantos manchados en su blancura, enlodados, parecía correr desesperada por los parajes de su ANAHUAC en llamas:
-¡Aaaaay mis hijos!- Y su lamento se confundía con todos los gritos de nuestras madrecitas:
-¿Dónde están mis hermanitos?
-¡Ay! ¿Dónde están mis padrecitos?
-¿Dónde quedaron mis hijitos?
Y los alaridos se volvían tan espantosos, que no obstante las carcajadas lanzadas despiadadamente por los conquistadores ante el brillo del oro que iban acumulando, algunos de ellos no dejaban de estremecerse.
Como que a veces sus creencias cristianas les punzaban la conciencia y les hacían sentir el remordimiento que padecen los asesinos.
Después, cuando TENOCHTÍTLAN, convertida en la noble y leal ciudad de México, se pobló de mujeres blancas y rubias, algunas bellas, pero igual de ignorantes y supersticiosas, al escuchar el llanto de nuestras madrecitas por sus hijos, se asustaban tanto que se encerraban a piedra y lodo en sus recién construidas casas, parecidas a enormes y oscuros castillos.
Colocaban aldabones y trancas en sus puertas y rezando a sus dioses que ellos llamaban santos, los remordimientos ante tantos crímenes cometidos por sus hombres, padres, esposos e hijos, también las espeluznaba:
-¡Otra vez las lloronas!- Murmuraban aterradas en sus aposentos.
-¡Hasta cuándo vamos a tener que soportar a esas indias chillonas!- Enfurecían las más despiadadas.
-¡De una vez mátenlas a todas! ¡Así ya no escandalizarán.
Y a media noche, o al atardecer, o al amanecer, nunca dejaba de oírse a alguna llorona que en sus sollozos enloquecidos recordaba su pasado:
-¡Aaaaaaaaay mis hijos!
Así transcurrieron más de cien años, y ya eran tantos, que todos nuestros abuelos testigos de la conquista habían muerto, sólo quedaban algunos ancianos que a fuerza de golpes y amenazas de infiernos iban olvidando la desgracia sucedida.
Sus borrosos recuerdos de cuando eran niños les dibujaban una profunda tristeza en su mirada. Y se sentían como forasteros en su propia tierra.
México parecía estar en calma hacia el siglo XVII, menos en las horas nocturnas, pues contaban que:
-"Una mujer envuelta en un flotante vestido blanco y con el rostro cubierto con velo levísimo que revolaba en torno suyo al fino soplo del viento, cruzaba con lentitud parsimoniosa por varias calles y plazas de la ciudad, unas noches por unas, y otras por distintas; alzaba los brazos con desesperada angustia, los retorcían en el aire y lanzaba aquel trémulo grito que metía pavura en todos los pechos.
Ese tristísimo ¡Aaaaaay! levantábase ondulante y clamoroso en el silencio de la noche, y luego que se desvanecía en ecos lejanos, se volvían a alzar los gemidos en la quietud nocturna, y eran tales que desalentaban cualquier osadía.
Así, por una calle y luego por otra, rodeaba las plazas y plazuelas, explayando el raudal de sus gemidos; y, al final, iba a rematar con el grito más doliente, más cargado de aflicción, en la plaza mayor, toda en quietud y en sombras.
Allí se arrodillaba esa mujer misteriosa, vuelta hacia el oriente; inclinábase como besando el suelo y lloraba con grandes ansias, poniendo su ignorado dolor en un alarido largo y penetrante; después se iba en silencio, despaciosamente, hasta que llegaba al lago y en sus orillas se perdía; deshacíase en el aire como una vaga niebla, o se sumergía en las aguas; nadie lo llegó a saber; el caso es que allí desaparecía ante los ojos atónitos de quienes habían tenido la audacia de seguirla."
Y las supersticiones de los españoles que en cualquier rincón miraban espantos y aparecidos, aunados a los cargos de conciencia que aún algunos sentían, fueron lentamente contaminando a las mayorías indígenas y mestizas, que sometidas al poder virreinal, nada podían realizar para retornar a sus antiguos estados.
El llanto de nuestras madrecitas indígenas se olvidó y se mezclaron muchos acontecimientos que confundieron la realidad de las mujeres que habían llorado tanto al perder a sus padres, a sus esposos, a sus hijos, a sus hermanitos.
Por eso es que algunos no sabían explicar el motivo de aquellos gritos que les colmaban de espanto y lo atribuían a muchas razones.
Unos aseguraban en su credulidad de ignorantes que aquella llorona era el alma en pena de una mujer que había matado a sus hijos en venganza de que su esposo la había abandonado por otra señora. Así se mezclaban las historias…
Y lo decían con tanta seguridad que parecía constarles aquello:
-Nosotros vivíamos al lado de aquella casa y quedamos aterrados cuando sucedió lo que les vamos a contar: Luisa era una guapísima doncella que un día llegó de España y se hospedó en aquel caserón vecino del nuestro.
Durante mucho tiempo había estado abandonado hasta que una mañana nos enteramos que había llegado a habitarlo aquella mujer.
Era esbelta, de cabello rizado y ojos profundamente negros.
Nunca hablaba con nadie y sólo la veíamos salir a misa. Cuando regresaba, se volvía a enclaustrar y parecía como si nin-guno viviera en la casona.
Algunos decían que era una rica heredera, cuyo padre muerto en España, había decidido venir a México para olvidar su dolor y tranquilamente disfrutar de los bienes dejados por su progenitor.
Pronto la fama de su belleza rebasó los límites de la discreción y no había domingo en los cuales los más apuestos donceles rondaban por la calle en espera de su salida rumbo a la iglesia de Santo Domingo y poder aspirar a acompañarla.
Luisa no hacia mucho caso de sus galanes y continuaba con paso firme a cumplir sus obligaciones devotas.
Pero un día conoció a Don Nuño de Montesclaros y quedó enamorada de ese apuesto y gentil caballero.
El le prometió las estrellas de los cielos y todo aquello prometido por los que quieren conseguir algo.
Luisa se dejo vencer con la palabra zalamera de su enamorado y sin casarse, se hizo esposa de él.
Pronto tuvieron un hijo y ella irradiaba de felicidad.
Don Ñuño parecía adorarla, pero siempre rehusaba tratar el tema del matrimonio.
Jamás dejaba de tener un buen pretexto para distraer la atención de Luisa que le preguntaba sobre cuándo contraerían matrimonio.
-¿Eres feliz conmigo?- Sonriente le preguntaba Don Nuño y ella, ante las pasionales caricias y los ardorosos besos de él, sólo alcanzaba a murmurar:
-Infinitamente, pero...
-Entonces gocemos nuestro amor.-Tiernamente la interrumpía y no la dejaba terminar la pregunta de siempre:
-¿Cuándo nos casaremos?
Así transcurrieron cinco años y Luisa y Don Nuño se hicieron padres de tres niños.
Eran la adoración de ambos y quienes los veíamos, no sospechábamos ni por aquí, que no eran casados.
Y como casi siempre se encontraban encerrados, nadie lo adivinaba.
Mas resulta que en otro día, Luisa comenzó a notar las ausencias de Don Nuño.
Nunca antes faltaba a casa. Sólo se desvivía por estar con ella y con sus hijos y ahora había días, sobre todo los fines de semana, que Don Nuño no asistía.
Luisa le preguntaba el porqué de esos alejamientos y él sólo le respondía:
-Ha habido algunos problemas en mi hacienda de Querétaro y he tenido que salir a arreglarlos.
Y aunque él parecía quedar satisfecho con la explicación, Luisa principió a dudar.
-(Me está mintiendo.)- Trémula pensaba.
Poco a poco el abandono de Don Nuño se hizo más largo y los niños comenzaron a preguntar cada día por su padre. Luisa sólo les decía:
-Está ocupado. Ya vendrá.
Y volteando la cara para no ser vista llorando por sus hijos, enjugaba las lágrimas que le brotan a raudales
Una noche, después de dormir a los niños, Luisa esperó a que dieran las once y salió rumbo a la casa donde vivía Don Nuño de Montesclaros.
Envuelta en un negro mantón llegó hasta la calle donde la mansión de su amado se ubicaba.
Los balcones se encontraban abiertos, había mucha luz en el interior y la música que se oía, indicaba una gran fiesta.
Luisa se acercó hasta el portero quien paciente recibía a los invitados que llegaban al jolgorio y le preguntó:
-¿Por qué hay fiesta?
El corazón le palpitaba y los labios se le resecaron cuando escuchó la respuesta:
-¡Vaya pregunta! Toda la ciudad sabe que hoy se ha casado Don Nuño de Montesclaros.
Oír eso y palidecer, fue un solo momento para Luisa, quien tambaleante, como sonámbula, se deslizó al interior de aquel palacio para cerciorarse de lo dicho por el portero.
Paso entre la gente que se encontraba en el patio y se aproximó hasta la recámara nupcial.
Allí estaba Don Nuño abrazando y besando a su esposa.
Y cuenta un poeta que:
"Airada, inflexible, fiera,
volvió Luisa sin reparo
a verse sola en la calle
y veloz deja aquel cuadro.
Camina y llega a la casa.
Se acerca al antiguo armario;
abre un cajón y en él busca
y halla un puñal que olvidado
dejó allí Nuño una noche;
lo empuña, cruza un relámpago
espantoso por sus ojos;
corre al lecho en que soñando
están sus hijos, y loca,
arranca con fiera mano
la vida a los tres, y corre,
cubierto de sangre el manto,
por la ciudad silenciosa
hondos aullidos lanzando."

Después la justicia la apresó y la ejecutaron el mismo día en que misteriosamente murió también el ya famoso Don Nuño de Montesclaros.

Y agregan que desde entonces
en las noches se ha escuchado
el grito de la llorona
que es Luisa y anda penando
sin hallar para su alma
un momento de descanso,
como castigo a su culpa
desde hace trescientos años".

Sin embargo, no falta quien asegura que la tal llorona es la célebre MALINCHE, MALINTZIN, la reverenda atadora, bautizada Marina, Doña Marina, mujer que fue compañera del jefe de los invasores, Hernán Cortés, quien viene a nuestras regiones a llenar el viento con sus clamores en señal de arrepentimiento por haber traicionado a nuestros abuelos AZTECAS, sus hermanitos.
Pero por lo que hemos contado hasta aquí, sólo nosotros sabemos en nuestros días, cuál fue la verdad: Una aterradora y real verdad que se confunde con una real y aterradora historia de crueldades
 

EL PATÉTICO RELATO
DE LOS INDIOS TRISTES

     -Oye papá, ¿Por qué dicen que nosotros, los mexicanos, a veces parecemos muy tristes, siempre como adormecidos?- Preguntó Juanito con la inocencia curiosa de sus ocho años.
     -Eso es muy largo de contar, hijito mío, el más pequeño, mi aguilita, la floración de mi carne, mi semillita.- Respondió su padre, un maestro nahua de escuela primaria.
     -¿Por qué? Si a veces hacemos muchas fiestas en el pueblo y todos se miran contentos.
     -Es que unos han olvidado la desgracia sucedida con nuestros antiguos abuelos de ANAHUAC y parece que así ya no la recuerdan más, pero...
     -¿Y qué fue? ¿Un terremoto, un incendio, una explosión?- Interrumpió asombrada Lupita, la xocoyota, para proseguir el curioso interrogatorio.
     -No. Algo más tremendo, mi Juanito, mi Lupita. Algo que muchos niños y jóvenes hay ya no alcanzan a sentir, aunque lo lean en sus libros de historia de México o lo escuchen por radio o lo vean por televisión.
    Y ya que ustedes se han interesado, voy a contarles dos historias, que en sí, son una sola: La historia de la tristeza de nosotros, los indios que un día hablamos la preciosa lengua Náhuatl: La melodiosa. Esa lengua que debíamos hablar todos los mexicanos, aunque sin olvidar el Español ni otras lenguas, pues mientras más idiomas se dominen, más podremos conocer el mundo; pero sobre todo, hablando o entendiendo Náhuatl, mejor comprenderíamos la organización que de la realidad nuestra, hicieron nuestros antepasados ANAHUACAS y captaríamos así las razones de ser como somos los que hoy vivimos en este país llamado México. Un país todavía lleno de misterios por descifrar.
    Pues ahí tienen que allá, cuando por 1521, cayó la gran ciudad de MESHICO-TENOCHTITLAN en poder de los invasores españoles, con la ayuda de algunos de los nuestros que pensaron salir ganando con ello, nuestro pueblo TENOCHCA quedó dispersado por todas las orillas de los lagos sobre los que se erigía la majestuosa urbe MESHICA.
    Muchos se fueron a refugiar en el norte de la bella metrópoli, sobre todo, alrededor del TEPEYACAC, el cerro que guía como la nariz; de CUAUHTITLAN, el lugar arbolado donde están las sabias águilas que todo lo ven, los videntes; y de TOLPETLAC, donde está el petate de tule para meditar.
    Otros intentaban guarecerse por los rumbos de ATZACOALCO o por TEPITOTON, el lugar de las piedrecillas. Casi no había uno solo de los nuestros que no hubiera perdido a sus padrecitos, a sus madrecitas, a sus hermanitos, a sus familiares y amigos.
    Cada uno se sentía desolado y como perdido en una árida llanura. Muchos vagaban por aquí, por allá y acullá.
    Docenas de niños extraviados lloraban por doquier. Pocos les hacían caso en su aterrada huida. Otros, al correr, tratando de salvarse, los levantaban en brazos y en canoas, nadando o saltando entre tules y piedras, se perdían veloces entre los cerros cercanos.
    Y como los españoles ambiciosos se habían apoderado del sur-poniente, la huida era general hacia el norte entre el llanto de las mujeres y alertas de los hombres.
    Quienes no alcanzaron a escapar, fueron hechos prisioneros y repartidos como animales entre los bárbaros POPOLOCAS que no entendían nuestro mundo, aunque a su vez, pues en lugar de rendirle gratitud a nuestra reverenda madre padre la Naturaleza, TONANTZIN NONANTZIN, o al TEOTL, la energía creadora por la cual todos vivimos en comunidad, IPALNEMOHUANI, TLOQUE NAHUAQUE, y a sus manifestaciones, el agua, el viento, el sol, el maíz, las flores, los honguitos de la inspiración, el árbol cósmico, ellos adoraban a hombres y mujeres que les llamaban santos, pero que con el pretexto de algo llamado por ellos, demonio, algunos como Santiago, el apóstol, usaban espadas.
    Y como los españoles pensaban que todo lo nuestro era obra del diablo, en su ignorancia y fanatismo, nos destruían.
    Nosotros, o muchos de los sabios nuestros, como CUAUHTLATOATZIN, que después fue llamado Juan Diego, se afanaba por descubrir el porqué le daban una forma humana a Dios, si el TEOTL, la potencia, el magno poder cósmico, era algo superior, tan inmenso y grandioso que ningún hombre podría ser como él, la infinita energía creadora. Aquello por lo cual había vida.
    Y de pronto todo fue para nuestros abuelos AZTECAS, noche de una oscuridad tan tremenda que la confusión, el terror, la soledad, el desencanto, la desesperación, la incredulidad, carcomía sus espíritus. Parecía que el quinto sol había terminado.
    Algunos, para salvar el pellejo, se mostraron hipócritamente ante los españoles como sus servidores y espías; se volvieron ladinos y serviles.
    Dijeron que los aceptaban y que se ponían a su disposición para todo lo que fueran útiles.
    Otros, hundidos en su miedo, ni afirmaron ni negaron; dejaron fluir el tiempo y las cosas.
    Muchos más, taciturnos, esperaron una señal prometida por los pocos sabios AZTECAS salvados, para regresar y reconstruir poco a poco los destrozos.
    Era seguro que en pocos años se realizaría el milagro de la resurrección que nuestros TLATOANIS, TEOPIXQUES, TLAMATINIMES, TLACUILOS estaban preparando para que sirviera como nuevo símbolo de unidad entre los mexicanos.
    Sólo los que hablaban maravillosamente, los que conocían la fuerza de la energía, los astrónomos, los botánicos y los pintores, todos los pocos hombres de conocimiento que quedaban podrían salvar la esencia unificadora de su pueblo.
    Mientras tanto, la mayoría se sometía a los invasores y hacían lo que éstos querían.
    Y renació TENOCHTITLAN por obra de la traza del capitán de los conquistadores. Ahora se llamaría simplemente: La noble y leal ciudad de México.
    De esta manera nacieron dos formas de ser en nuestro derrotado pueblo: Unos, siempre tristes y desconfiados; otros, astutos y mentirosos, aunque para los españoles, todos eran lo mismo; según ellos, salvajes a los que había que domar como a los animales, pues no los consideraban dignos de ser llamados personas.
    Así, los antiguos esplendores de TENOCHTITLAN eran derruidos para hacer nuevas calles y levantar caserones distintos. Y nuestros hermanitos de entonces fueron albañiles y servidores. A algunos los marcaron con hierro candente, como al ganado, para indicar a quien pertenecía. Y para consolarlos, les permitieron que se emborracharan con pulque y otros brebajes alcohólicos que los invasores les enseñaron a producir. Eso que antes sólo era permitido a los HUEHUETZIN.
    Uno de aquellos indios que se habían privilegiado por consentir en ser espías de probables rebeliones, tenía asignado en propiedad un gran terreno donde había levantado su casa y se le había permitido conservar mucho de sus riquezas antiguas, riquezas que para los españoles no importaban: Plumas, jades, espejos, flores.
    A los invasores sólo les interesaba el oro, la plata y los productos de la tierra que se pudiera vender en Europa a buen precio.
    Este indio, de una de las dos historias que te estoy narrando, con tales comodidades logradas sobre la base de traicionar a sus hermanos de pueblo, comenzó a llevar una vida a imitación de la que llevaban los conquistadores.
    Se dio a las mujeres sin control, a la embriaguez sin medida y a la molicie hasta que acabó por embrutecerse y de esta forma, descuidar su trabajo de espionaje.
    En cierta vez, un grupo de heroicos indios, cansado de esperar la aparición anunciada de voz en voz, casi en secreto, entre los suyos, pretendió rebelarse, pero por desgracia, otro indio espía, que abundaban indignamente, lo denunció.
    Y dicen que el virrey "Castigó a los conjurados, haciendo en ellos duro escarmiento, y al indio rico e idiotizado, por no haber avisado a tiempo de lo que debería saber, se le aplicó el castigo de decomisarle los bienes de que tan mal uso hacía".
    Y cuentan además que "Venido a menos le fueron abandonando aquellas mujeres que antes lo rodeaban y, al ir perdiendo la salud por la pena que le embargaba, ya macilento y triste, se dio a implorar la pública caridad, sentándose en cuclillas en la esquina de la que fuera su casa gimiendo de pesadumbre y de pobreza, moviendo a lastima."
    Y se asegura que "Algunos le socorrían, pero otros indignados, le escupían y le humillaban al pensar por aquella esquina, donde siempre" se le veía.
    Por este sitio, en donde hoy se ven las ruinas del llamado templo mayor de MESHICO TENOCHTITLAN, constantemente aparecían también, ora sentados, ora vagando, ora ofreciendo sus servicios, muchos indígenas pobrecitos que llegaban a esos lugares en busca de algo.
    Unos dicen que para tener la oportunidad de trabajar y ganarse la comida y la ropa; otros, que para divertirse y poder platicar en náhuatl con viejos amigos; y muy pocos, como disimuladamente, sentirse cerca de su antiguo centro ceremonial, ahora totalmente destruido y enterrado por casonas españolas que se erigían sobre él y del que sólo se miraban bordos y escalerillas.
    Sin embargo, casi a todos ellos se les miraba tristes, aunque a veces sonreían, sobre todo cuando se aproximaba algún español a contratarlos. Entonces se deshacían en cortesías y finezas exageradas y siempre se iban tras de sus amos. Generalmente nunca regresaban, pues encontraban acomodo en los grandes palacios de los conquistadores.
    Poco a poco aquel sitio se fue quedando solitario, el indio espía que por esa calle se miraba, había muerto y sólo se veía permanecer a uno de los que llegaban hasta ese sitio con el anhelo quizá, de recordar el pasado, los antiguos tiempos del canto y de la danza, cuando la voluntad HUITZILOPOCHTLI no se había ido; cuando aún había conciencia y memoria de todo, TEZCATLIPOCA; cuando la inteligencia creadora, QUETZALCOATL, nos iluminaba para la comunidad, TLOQUE NAHUAQUE, al amparo de la energía, TEOTL, por la cual, como tantas veces te lo he dicho, vivimos: IPALNEMOHUANI .
    Mas nada de eso existía. Y lo peor era que los niños del futuro, sólo se informarían de ello como algo muy lejano, casi ajeno; y hasta vergonzante.
    Si no, querido hijito, mi Juanito; mi amada Lupita, frutos de mi ser y de su madrecita, pregúntenles a sus amiguitos y verán lo que les responden. Ni siquiera saben de eso. Sólo les hablarán de falsos héroes que ven por la televisión, los video juegos, el cine y las revistas.
    En fin, el más pequeño de mis hijos, Juanito; la más pequeña de mis hijitas, Lupita, han de saber que aquel indio que asistía a las calles ubicadas a las espaldas, como ya les dije, del TEOCALLI mayor de TENOCHTITLAN, fue el último en abandonar ese paraje que hoy forman la calle primera del Carmen y Guatemala, de la gigantesca ciudad de México de estos finales del siglo XX, en el centro de la misma.
     Y la gente lo decía. ¡Siempre allí! ¡Siempre! ¡Siempre sentado sobre la tierra y recargado en la pared de aquella casona! De noche o de día su figura encorvada parecía incansable.
     -¡Qué triste!- Muchos comentaban
     -¡Cuánta pesadumbre!
     -¡Cuán grande soledad se adivina en la melancolía de sus ojos!
     - Ese indio me estremece. ¿Qué estará tramando?
    Y entre tantos comentarios, nadie lo entendía quizá.
    Desde que TENOCHTITLAN había caído en poder de los invasores y sobre sus ruinas, con sus propias ruinas, se había levantado la nueva arquitectura de México, capital del virreinato de la nueva España, siempre se le había visto allí. Envejeciendo junto con el recuerdo que su mirada juvenil le había tatuado en la mente: Tlatelolco, agosto, 1521. Y que ahora, piel ya rugosa por los años, tal vez sesenta, ochenta quizá, conservaba como un fresco mural recién pintado.
    Su llanto angustioso de apenas niño, de adolescente casi, de nada había servido para evitar la destrucción.
    Había visto como los bárbaros arrasaban con sus armas brutales y su ambición despiadada los símbolos del TEOTL, la energía creadora.
    Había contemplado caer muerto a su padre. Había escuchado los gritos aterrados de sus mamacitas.
     -¡Piedad!
    Mas todo había sido destruido. Luego confusión, oscuridad, lágrimas, hambre, y sin explicárselo bien, aquella agua fría sobre su cabeza y aquel hombre vestido de café hasta los pies diciéndole algo en extraña lengua, y un soldado POPOLOCA que lo obligaba a besar, daga amenazante en mano, a quien decían era el verdadero TEOTL, Dios.
    Desde esa época, como te lo he narrado, poco quedaba de la grandiosa ciudad de sus abuelos; sólo recuerdos, borrosos recuerdos de una antigua felicidad...
    (Sus papacitos del CALPULLI, la casa de todos, trabajando unidos para fomentar la creatividad, la evolución y el perfeccionamiento del TEOTL y del TLOQUE NAHUAQUE, la humanidad por él creada en comunidad de esfuerzos y amistad.)
    Y recordaba las sementeras llenas de flores, de hortalizas, de frutos; y los cantares colectivos de los laboriosos agricultores.
    Y su madre y todas sus mamacitas preparando el sostenimiento de los que trabajaban.
    Pero ahora todo era tristeza. A los que eran como él les nombraban "indios" y los hacían esclavos y la voluntad de vivir se iba.
    Su pueblo, los suyos, que en sólo dos siglos habían construido una esplendorosa ciudad para que reviviera la grandeza astronómica de la inspiración florida de la legendaria TEOTIHUACAN TOLLAN y prosiguiera con la labor del TEOTL de los antiguos NAHUATLACOS desaparecidos hacia miles de años en una catástrofe increíble en el cuarto sol, TLALTONATIUH, se hallaba humillado, oprimido por quienes fingiéndose en un principio amigos, los que portan la energía, "TEULES", TECUHTLIS, lo habían destrozado todo. ¡Todo! Sin respetar la creatividad, esencia del TEOTL.
    Y las costumbres de los invasores se extendieron...
    CUAUHTZIN, que dicen, era su nombre, desde ese día se vistió de una profunda tristeza, tanta que jamás nadie lo vio sonreír.
    Vagó durante algún tiempo por diversos barrios de la naciente nueva ciudad, como perdido, hasta que pareció encontrar lo que buscaba, un lugar...
    Ahora, casas a la usanza castellana se levantaban con las mismas piedras que habían servido a los TEOCALLIS. Las casas para la meditación creadora donde se comía el TEONANACATL, carnita que da energía para mejor leer en el gran libro del universo, el libro de todas las sabidurías, el AMOXTLI. Y los niños que brotaban de los honguitos los conducían por esos mundos fascinantes.
    Pero de los TEOCALLIS, nada quedaba.
    Y allí se sentó CUAUHTZIN, el indio triste, y permaneció así toda su vida; no obstante los menosprecios y los insultos que se acostumbró a no entender.
      -¡Indio taimado!
      -¡Indio holgazán!
      -¡Indio ladino!
      -¡Indio borracho!
      -¡Indio ignorante!
      -¡Indio bruto!
        A veces lo quitaban a la fuerza de este sitio, su sitio, pero luego volvía a su calle para recordar y fomentar su tristeza.
     -Don Pedro vive en la calle del Indio Triste.
     -¿Vieron ya la casa que se construyó Doña Jimena en la calle del Indio Triste?
    Comenzaron a ubicar el lugar por el siempre presente personaje y pronto se convirtió en un punto de referencia para los habitantes de la ciudad.
    Una mañana, dicen, en el rincón donde nunca dejaba de verse al hombre triste, encontraron una estatua igual al indio, en la misma postura, con semejante gesto y todos dijeron:
     -¡Se volvió piedra!
     -¡Se volvió piedra!
     -¡Piedra!
     De boca en boca circuló el rumor. Y la noticia se arremolinó entre asombros e incrédulas miradas.
    Hubo en varios temores y remordimientos... ¡Tanta superstición rebosaba en la mente de los invasores y los mestizos apóstatas!
    Nadie supo cómo, pero la imaginación y la fantasía acrecentaron la leyenda apoyada en el rumor y la ignorancia.
    Y esa calle de la ciudad de México, antiguamente noble y leal, como una muestra de la existencia de esa tristeza que a ti te ha causado preocupación, hijito mío, mi Juanito y a ti te ha sorprendido, mi Lupita, se llamó desde entonces y hasta hace poco en que le cambiaron el nombre por el que ahora tiene, La calle del INDIO TRISTE.
    Después de este relato creo que entenderán el porqué a veces, sin explicárnoslo con claridad, los mexicanos sentimos una profunda tristeza que se refleja en nuestra desidia, en nuestro abandono, en nuestras canciones y en nuestros poemas.
    A veces esa tristeza la disfrazamos en el relajo, en la indiferencia, en las valentonadas y en el me vale.
    Y por si quieren saber mas, hijitos míos, mis solecitos, mis conejitos, mis corazones de jade, uno de nuestros grandes poetas AZTECAS, hijo del gran TLATOANI ITZCOATL, llamado TOCHIHUITZIN COYOLCHIUHQUI, que quiere decir hacedor de cascabeles, presintió esta tristeza y nos dejó su sentimiento en un poema que dice así:

   "De pronto salimos del sueño.
    Sólo vinimos a soñar.
    No es cierto,
    no es cierto que vinimos a vivir
    sobre la tierra.
    Como yerba en primavera
    es nuestro ser.
    Nuestro corazón hace nacer.
    Germina flores de nuestra carne.
    Algunas abren sus corolas.
    Luego se secan...

    Y así quedó nuestro verdadero pueblo, el indio, el nacido aquí, el verdadero dueño de esta región llamada México, hasta hace poco en que ha comenzado a dejar de sentirse exiliado en su propia tierra, despojado, explotado, hundido en las brutales injusticias de los invasores y de su lacayos, nuestros propios paisanos que engañados, se pusieron a su servicio.
    Hoy el indio, aborigen de aquí, como tú y yo, y todos los mexicanos, principia a sonreír, porque tú, como otros niños y niñas, van a recuperar las alegrías de nuestros antepasados para fecundar lo futuro y perfeccionar el universo.
 
LA CREACIÓN PRODIGIOSA
DE
CUAUHTLATOATZIN.



 Y aquí comienzo a contarte, en orden y concierto, una prodigiosa fantasía que en realidad es una verdad histórica.
 Sucedió que allá por 1474, durante la época de nuestros abuelos AZTECAS, cuando nuestro TLATOANI era el reverendo señor guía AXAYACATL, hace más de quinientos años y antes de la llegada de los invasores españoles, nació un niño al que por el dictado de los sabios TLAMATINIMES que leyeron y calcularon en los grandes libros de sabiduría cósmica y astronómica, el TEOAMUXTLI y el TONALAMATL, le pusieron por nombre CUAUHTLATOATZIN. (Cuauhtli: águila; tlatoa: habla; tzin, gramema reverencial)
 Según habían predicho, él llegaría a ser un gran creador que con su habilidad para fabular, inventar relatos y guiar con la palabra, salvaría a su pueblo, nuestro pueblo, de la soledad espiritual.
 Por eso su nombre significaba "El que habla como águila”, es decir, de acuerdo con los símbolos que ellos manejaban, con inteligencia solar, luminosamente creadora y vidente, pues el águila connota el sentido de ver.
 Su infancia transcurrió por los alrededores de la grande ciudad de MESHICO-TENOCHTITLAN, precisamente en la región norte de ella, en esos lugares de cuyos nombres siempre debemos acordarnos: CUAUHTITLAN, TOLPETLAC, TOLLAN, pero sobre todo, TEPEYACAC.
 CUAUHTLATOATZIN creció así en medio de la fascinante cultura de nuestros abuelos ANAHUACAS y se colmó de todos los conocimientos que un ungido, un elegido, esto es, un MACEHUAL, (eso quiere decir tal palabra) debía tener para poder cumplir con su destino de perfeccionamiento del cosmos, y al que había de contribuir.
 Cuando cumplió trece años, el trece maravilloso de nuestros antepasados, fue llevado a continuar su educación al CALMECAC, como todo niño que se distinguía por su talento, sensibilidad e inteligencia.
 Entonces era AHUIZOTL el gran TLATOANI de MESHICO-TENOCHTITLAN a quien admiraban por su férrea voluntad de ampliar el conocimiento de la guerra creadora; esa lucha incesante del TEOTL, la energía que todo lo envuelve y en dondequiera se manifiesta, para hacer que el universo evolucione hacia la perfección.
 También, en esos tiempos, aún vivía el sabio consejero, TLACAELEL, que era el ejemplo de guiador, el modelo de organizador, el venerado impulsor de la nueva grandeza NAHUATL que representaban los MESHICAS-TENOCHCAS.
 CUAUHTLATOATZIN siempre dio muestras de discreción, humildad y sabiduría. Su fina intuición para encontrar los medios de convencer a través de la palabra florida, impresionaba a quienes lo conocían. Era un ramillete de virtudes y sus acciones siempre eran efectuadas en bien de su colectividad y de la total comunidad.
 El TLOQUENAHUAQUE siempre lo fortificaba, de tal manera que el CALPULLI, la casa de todos, donde vivía CUAUHTLATOATZIN, lo apreciaba y respetaba día tras día.
 Así transcurría su vida hasta cuando cumplió treinta y cinco años. En esos tiempos de 1519 fue cuando los españoles llegaron.
 Entonces CUAUHTLATOATZIN presenció la destrucción de todo lo que él y los suyos, nuestros abuelos ANAHUACAS, habían construido y amado.
 Al caer la grande MESHICO TENOCHTITLAN en 1521, todos los habitantes del valle de ANAHUAC y más allá, se conmovieron.
 Muchos sabios, señores guías, y MACEHUALES; hombres y mujeres; niños y ancianos se dispersaron huyendo de la catástrofe.
 Algunos se refugiaron en los centros de meditación de CUAUHTITLAN y seleccionaron a CUAUHTLATOATZIN para cumplir una gran misión. La astucia y fineza del águila que habla sabrían manifestarse a su debido tiempo.
 No en balde CUAUHTLATOATZIN formaba parte del CALPULLI de los que se preparaban para ser guías, como la nariz, en estas tierras: TLAYACAC y con pinturas habla, con bellos coloridos.
 CUAUHTLATOATZIN, quien había llevado una disciplinada vida de asceta, como lo hacían los elegidos para ser guías creadores, de MACEHUAL a TEOPIXQUE, encargados de cuidar la energía del TEOTL, aquello por lo cual vivimos, IPALNEMOHUANI, recibió entonces la orden, por parte de algunos de los grandes sabios huidos de MESHICO TENOCHTITLAN, de realizar la salvación espiritual de su pueblo vencido, nuestro verdadero pueblo.
 Todos los sabios, en consejo, en TLOQUE NAHUAQUE, juntos y cercanos como los dedos de la mano para alcanzar la perfección creadora, comenzaron a meditar en la manera de llenar aquel vacío que se dejaba sentir en los suyos ante la destrucción de su mundo por los bárbaros POPOLOCAS, esos soldados falsamente amigos, de peor conducta que CHICHIMECAS, tan lejanos de la TOLTECAYOTL; la refinada cultura nuestra, devota del universo natural y de su movimiento eternamente en transformación creadora.
 -Sí, CUAUHTLATOATZIN- Le decían esperanzados, aunque con la voz trémula. -Tú serás el portavoz de nuestro plan en contra de esos abusivos y ambiciosos asesinos.
 Y como los últimos sabios AZTECAS habían descubierto que sobre la soldadesca criminal, había algunos españoles diferentes, vestidos de café hasta los pies, que parecían en verdad querer ayudar a los derrotados en contra de la maldad de aquellos bandidos y que les llamaban frailes, decidieron acercárseles en pos de la más grande de todas las salvaciones: La de la mente creadora.
 Los TEOPIXQUES de los españoles podrían protegerlos quizá, pues habían observado que en nombre de una cruz y de algunos retratos de una afligida señora, los truhanes obedecían y hasta se arrodillaban temblando.
 Tal vez las humillaciones y los asesinatos que se cometían con los vencidos, cesarían, si los nuestros les presentaban una imagen donde se viera que el pueblo derrotado aceptaba creer en lo que ellos pregonaban.
 Total, nuestra reverenda madrecita, COATLICUE, CHIMALMA, podría ser dibujada con formas humanas y para ello, los TLACUILOS de TLAYACAC y de otros rumbos, podrían hacerla.
 Los materiales serían de lo mejor que se producía en estas tierras.
 Utilizando sus conocimientos de cómo hacer colores eternos, como lo habían hecho en TEOTIHUACAN, o los hermanitos MAYAS en BONAMPAK, lograrían hacer una obra de arte maravillosa, tan prodigiosa que sólo cual milagro sería concebida.
 Y todo esto lo discernían en sus constantes juntas, los últimos sabios de ANAHUAC.
 CUAUHTLATOATZIN escuchaba atento y sereno.
 Prepararían una TILMA hecha de IXTLE con los secretos que sólo ellos sabían para darle una resistencia a prueba de todo: Agua, humo, fuego, frote.
 Allí, inspirados por el TEONANACATL, harían una imagen divina, tan digna de admiración, que no hubiera quien dejara de estremecerse al contemplarla.
 Y al mismo tiempo, pondrían entre sus rasgos, el mensaje para todos los ANAHUACAS. Un mensaje de transformación:
 -Ahora así se manifiesta nuestra reverenda madrecita-padrecito: TONANTZIN NONANTZIN, la madre tierra que viste tantas montañas, sierras y cañadas que parece adornarse con una falda de serpientes y a la vez, padre sol que irradia su energía hacia sus MACEHUALES. La madre-padre nuestra-nuestro que es y será siempre nuestro escudo, nuestra protección, CHIMALMA, CHALMA, y quien en el grave desamparo en el que la falsedad humana nos ha hundido, habrá de darnos consuelo y tranquilidad para soportar tantas injusticias que día tras día se cometen con nosotros.
 TEOPILTZIN, el niño hijo del creador, el dulce niñito que nace del TEONANACATL te la presenta.
 Mira su manto estrellado que indica la posición del cielo cuando te enviamos este mensaje, pueblo amado, ve las flores de su vestido que de ahora en adelante van a ser las que nos embriaguen en el dulce placer de meditar.
 Y observa sus manos y su vientre. El nuevo niñito que un día vendrá a salvarnos, como ayer QUETZALCOATL nació de la virgen CHIMALMA; como en su tiempo, HUITZILOPOCHTLI, de la virgen COATLICUE.
 Recuerda lo que fuimos y nunca lo olvides; para que un día volvamos a ser lo que éramos, pero perfeccionados.
 Desde el ombligo de la luna, medía luna, no plena, herida, brota TEOPILTZIN y te eleva hacia la nueva cara de nuestra transformada madrecita que ya no llora más como CIHUACOATL, sino sonríe con ternura. Nuestra reverenda hijita de Motecuhzoma, la venerable Tecuichpo, nuestra única protectora, es tan hermosa y pura que puede servirnos de inspiración para su rostro…

 Y he aquí que el tiempo fue pasando y el proyecto de los nuestros maduró.
 Diez años hacia ya de la conquista brutal. Los traidores pagaban también con sangre la ayuda que habían prestado a los victimarios. Todos los indios sufrían en silencio la desolación y el abandono.
 Y como suele suceder, luego de la tempestad furiosa llega la apacible calma; así, todo en estas tierras sojuzgadas de ANAHUAC fue entrando como en una resignación, como en un adormecimiento, como en una profunda tristeza.
 Y si nuestro pueblo derrotado no poseía cañones ni escopetas ni pólvora ni arcabuces ni ballestas, inútil era rebelarse y seguir peleando. Sólo le quedaba el talento, la imaginación y la fantasía para defenderse. Inerme, no podía luchar más.
 Además, aun no alcanzaba a comprender eso de matarse por el oro, el TEOCUITLATL, el excremento de la energía, el sudor de ella, la suciedad.
 Era inconcebible para nuestros abuelos ANAHUACAS. Sólo podía servir como armazón de los espejos relucientes de la memoria, TEZCATLIPOCA; o de los plumajes de la inteligencia creadora, QUETZALCOATL; o del jade, símbolo de la fertilidad de nuestra madre-padre tierra, pero valer como algo sublime, digno de muerte, no.
 Se podía morir, sí, morir; mas para perpetuar la vida del cosmos, del universo, de la humanidad.
 Así, era un placer el sentir que nuestra energía corporal se fusionaba con la energía cósmica, con los rayos solares, con el viento, con la lluvia, con el agua, con las estrellas, con el infinito.
 ¡Risible les parecía morir y matar por oro!
 -¡Qué extraños pensamientos los de los invasores, esos bárbaros POPOLOCAS que ni hablar bien saben! A escondidas algunos comentaban.
 -¡Cómo es posible que digan Cuernavaca, horrible palabra, en vez de la bella CUAUHNAHUAC, es decir, donde los árboles nos rodean!
 -¡O Churubusco, en lugar de HUITZILOPOCHCO! esto es, donde está el azul colibrí del sur que con el ejemplo de la voluntad nos ha guiado.
 Y luego, no poder aprender fácilmente otra lengua de las que entonces se hablaban, en tanto que los nuestros ya manejaban el castellano como si fuera propio y hasta el latín como Antonio Valeriano.
 Los frailes educaban a los más brillantes jóvenes de aquel ANAHUAC conquistado y les enseñaban las nuevas formas de perpetuar la memoria; muchos sabios ancianos les informaban a los TEOPIXQUES de los españoles de mucho de sus sabias antigüedades, pero al traducir del NAHUATL al Español, generalmente se tergiversaba todo. A veces a propósito y en otras ocasiones de manera involuntaria.
 Así fue como los nuestros comenzaron a dejar sus historias, sus relatos, sus conocimientos y una herencia escondida atrás de las palabras.
 Entonces, por 1531, decidieron poner en marcha el plan elaborado por más de diez años: el momento de darle un nuevo vestuario a TONANTZIN NONANTZIN que ocultara a los ojos de los españoles la verdadera intención de su imagen humana.
 Los invasores creerían en la total aceptación por parte de nuestros abuelos indígenas, de lo que sus TEOPIXQUES frailes y arzobispos predicaban. Además, en lo profundo, algo había de semejante entre nuestra reverenda madrecita COATLICUE CHIMALMA y la Santa María que ellos adoraban.
 Entonces fue cuando el TLOQUE NAHUAQUE, la comunidad, que aún se mantenía en la zona norte de la flamante noble y leal ciudad de México, cercana al TEPEYACAC, en CUAUHTITLAN, el lugar de los que se han elevado como águilas solares hacia la sabiduría, autorizaron a CUAUHTLATOATZIN para que cumpliera su misión de MACEHUAL, de elegido.
 Y el reverendo que habla con la imaginación alada de un águila solar, CUAUHTLATOATZIN, se dispuso a cumplir con el designio irradiado por los astros cuando nació: ¡Debía salvar el lugar más amado por los ANAHUACAS! El sitio donde hacían grandes fiestas para TONANTZIN NONANTZIN, el TEPEYACAC, término de la pequeña sierra que ellos llamaban TECOATLAXOPEUH, la sierra que parece serpiente y que pisamos para llegar aquí; el primer lugar a donde habían llegado los abuelos AZTECAS luego de su larga peregrinación desde AZTLAN. Como antes las seis tribus hermanas.
 Para esos años, CUAUHTLATOATZIN y muchos indios como él, habían aceptado el bautismo de los TEOPIXQUES cristianos. Ellos pregonaban el verdadero amor, aunque a veces, muchos no lo demostraban.
 Y en TLATELOLCO le pusieron como nombre nuevo Juan Diego.
 A un tío suyo, también gran MACEHUAL, le habían bautizado como Juan Bernardino.
 Y los frailes bondadosos se regocijaban de sus ahijados, sobre todo aquellos llamados fray Diego Durán y fray Bernardino de Sahagún.
 Ellos comprendían en sus entrañas el dolor de ser perseguidos por no hacer lo que los demás consideraban lo correcto, aunque no se tuviera razón. Pero es que como ellos amaban también la sabiduría, aquellas tierras les daban la inmensa oportunidad de indagar y aprender.
 Y Juan Diego, con la humildad que lo caracterizaba y con su astucia benevolente, llevó a cabo el prodigioso plan de salvación espiritual de su pueblo.
 Los más grandes TLACUILOS sobrevivientes y los mayores sabios en hierbas y flores pusieron en acción la maravilla de sus conocimientos que aún tenían entonces para cultivar flores, elaborar pinturas eternas, en técnica admirable, y preparar materiales donde se conservaran las imágenes, cual milagro.
 ¡Sí! Milagro de los sabios del antiguo ANAHUAC, que de esa manera dejaban su testimonio-códice-imagen, que enviara el mensaje a todo su pueblo: ¡Del niñito hijo de la energía, Teopiltzin, brota nuestra reverenda madre-padre, tierra-sol-luna-escudo, simultáneamente, bajo el cielo estrellado de ANAHUAC que la envuelve, y entre las flores embriagantes, en su seno, late el amor y la esperanza de un futuro mundo perfeccionado, mejor!
 Así, lo que se había planificado se llevó a efecto.
 Juan Diego, evangelista, llevó la bella nueva que muchos escribieron posteriormente.
 La maravillosa noticia, gracias a la cual, el mexicano encontró consuelo y alivio para su mundo interior que ante al mundo exterior en agonía, se derrumbaba.
 Y sin saberlo, casi sin sospecharlo, México quedó unido a su pasado ANAHUAC por obra y magia de la creación prodigiosa de Juan Diego.
 Y cuentan que al cabo de unos años, un sabio descendiente de aquellos grandes TEOPIXQUES y TLAMATINIMES AZTECAS, llamado Antonio Valeriano, lo escribió en NAHUATL para que todos los vencidos se enteraran de cómo CUAUHTLATOATZIN había cumplido su divina misión y tuvieran el aliciente de su amoroso, aunque oculto, triunfo.
 Nadie sabe en dónde se encuentra ese manuscrito, pero los que lo conocieron han logrado que poco a poco México y el mundo, lo catalogue como un inexplicable suceso, que hoy, tú hijito mío, el más pequeño y tú, hijita mía, mi jade gracioso; ustedes, mis aguilitas preciosas, mis palomitas divinas, han comprendido y así revelado, pueden, por obra de su voluntad creadora y de su nueva conciencia, continuar el perfeccionamiento de la humanidad total, cual es la misión que nos ha encomendado el TEOTL, aquello por lo cual todos vivimos: la energía creadora en eterna expansión,
IPALNEMOHUANI.

EPÍLOGO

CONTEMPORÁNEO


 Todo lo que aquí, caro lector, has leído nos lo relataron en sus testimonios icónicos y escritos, nuestros antiguos reverendos y sabios abuelos, HUEHUETZIN, hombres y mujeres de conocimiento, que conservaron, gracias a la memoria cósmica que había quedado en el interior de la conciencia de cada uno y que el TEONANACATL, carne del Teotl, honguito divino, teopiltzin: reverendo niñito que nos da sabia energía, purificador de engaños, les fue revelando a través de la meditación y la vida disciplinada
 Así nos devolvieron a la energía prístina.
 Quieras tú que no caiga otra vez en el olvido y podamos volver a ser los macehuales, los elegidos, que van en pos del Tloque Nahuaque, la unidad de lo diverso y lo diverso en la unidad.
 Así podremos contribuir a salvar lo humano eterno.
 

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