Orlando furioso, Canto 17

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1 El justo Dios, cuando el pecado nuestro
el plazo del perdón ya desperdicia,
para mostrarnos que en su plan maestro
a su piedad iguala su justicia,
da reinos y concede fuerza y estro
a tiranos de grande y vil malicia.
Por esto un Mario o un Sila le dio al mundo,
dos Nerones o un Cayo furibundo,

2 un Domiciano o el último Antonino.
Por causa tal de pastoriles cuevas
sacó y le dio el Imperio a Maximino;
y antes hizo nacer Creonte en Tebas,
o a Mecencio le dio el pueblo agilino,
que hizo con sangre humana henchir las glebas.
Más nuevamente a Italia a un mismo modo,
dio en presa a Longobardo, a Huno y Godo.

3 ¿Qué de Atila diré? ¿Qué del inicuo
Ecelino Román? ¿Qué de otros ciento
que tras de un largo andar siempre en oblicuo
nos manda Dios por pena y por tormento?
No sólo al tiempo antiguo es bien perspicuo,
también al nuestro hay claro experimento,
cuando a esta grey que somos malnacida,
nos da lobos rabiosos como cuida:

4 a los que, pues no juzgan que les basta
el hambre de sus vientres al tragarnos,
llaman lobos de más hambrienta casta
de ultramontanos bosques a zamparnos.
De Trasimeno la occisión nefasta
y Trebia y Canas poco ha de asombrarnos
frente a éstas que la orilla allá destruyen
donde Ada, Mela, Ronco o Taro fluyen.

5 Consiente Dios que seamos castigados
de pueblos que quizás son aún peores,
por mor de nuestros muy desmesurados,
tenaces siempre y pérfidos errores.
Vendrá el tiempo en que igual con sus estados
haremos, si logramos ser mejores
y llegan sus pecados a aquel punto
que lleva a Dios a darles contrapunto.

6 Debía de haber, pues, el franco exceso
mucho turbado a Dios la augusta frente;
pues enviaba al sarraceno avieso
a dar muerte y castigo a aquella gente;
mas entre tanto aterrador suceso,
Rodomonte infligía el más patente.
Decía que al tener Carlos noticia,
marchó tras él llevando gran milicia.

7 Ve su gente en la calle desmembrada,
allí una casa, allí arruinado un templo,
gran parte de la urbe desolada:
¿cuándo se vio jamás tan cruel ejemplo?
«¿Adónde huís así, turba asustada?
¿No hay bravo uno entre tantos que comtemplo?
¿Qué ciudad, qué refugio más os resta
después que tan vilmente perdáis ésta?

8 »Un hombre entre estos muros apresado,
que mal puede emprender de aquí la huida,
¿se irá sin que siquier lo hayáis tocado,
después que os quite al último la vida?»
Carlos decía así, de ira abrasado,
sufriendo mal la afrenta acontecida.
Llegó en esto delante del palacio
donde el infiel mataba en breve espacio.

9 Mucho del vulgo allí con gran penuria
todo en espera de favor se halla;
porque, para aguantar cualquier injuria,
es el alcázar fuerte de muralla.
Rodomonte, al que abrasa orgullo y furia,
ya ha limpiado la plaza de canalla:
la espada en una mano ahora blande,
con la otra el fuego abrasador expande.

10 Del palacio real, alto y sublime,
golpea y hace retumbar la puerta.
La turba, en tanto, a la que tanto oprime
lanza cascotes y se da por muerta.
No hay nadie ya que el lujo aquel estime,
y piedra y tabla contra él no vierta,
columnas, vigas o artesón dorado,
que fueron de gran precio en el pasado.

11 Está el moro a la puerta con luciente
acero que le cubre casco y busto,
como al salir de su cubil serpiente,
después de que mudó el cuero vetusto,
con su estrenada piel su vigor siente
más que nunca sintió nuevo y robusto;
y con tres lenguas y mirar que abrasa
todo animal se aparta, si ella pasa.

12 No hay piedra, almena, viga, arco o ballesta
o cosa que sobre él golpee o caiga,
que de la puerta en la que el puño asesta,
la frente, el pie o la espada, lo distraiga.
No es poco el hueco ya que ha abierto en esta
que adentro su visión atroz no traiga
a aquella turba pálida de muerte
que usó aquel alcázar como fuerte.

13 Resuenan por las bóvedas y techos
los gritos de las damas asistentes
que corren, golpeándose los pechos,
pálidas, descompuestas y dolientes,
y abrazan puertas y nupciales lechos
que pronto cederán a extrañas gentes.
Tal es la confusión y el maremagno,
al llegar con los suyos Carlomagno.

14 Volvióse entonces Carlos a aquel bando
con que otras veces fue por llano y monte:
«¿No sois los que luchaisteis a mi mando
contra Agolante --dijo-- en Aspramonte?
¿Es vuestro corazón ahora tan blando
que, habiendo muerto allí Troyano, Almonte
y cien mil más, teméis ahora a uno
de aquella misma sangre y ser moruno?

15 »¿Por qué he de ver más débil vuestro hierro
ahora, decid, de lo que entonces viera?
Mostradle vuestro arrojo a este vil perro,
a este vil perro que París lacera.
Da el bravo al miedo de morir destierro,
temprano o tarde llegue, aunque al fin muera.
Mas ¿cómo he de dudar que os tengo al lado,
si siempre la victoria me habéis dado?»

16 Con lanza en ristre viene al argelino,
picando espuela, y a justar se atreve,
Muévese a un tiempo Ugiero paladino,
y a un tiempo Namo, y Oliver se mueve;
y Avolio y Belenguer y Otón y Avino,
que no hay acción que uno sin otro pruebe;
y hieren al pagano juntamente
el pecho, los costados y la frente.

17 Mas dejemos, por Dios, Señor, a un lado
hablar de ira y poetizar de muerte;
baste por esta vez lo aquí contado
del no menos cruel infiel que fuerte;
que es tiempo de volver donde he dejado
a Grifón en Damasco y a su suerte
con la vil Orrigila y, de su mano,
aquel que es su galán, y no su hermano.

18 De las más ricas tierras de Levante,
más populosas y mejor ornadas,
se dice que es Damasco, que distante
es de Jerusalén siete jornadas,
en un llano fecundo y abundante,
que no sufre canículas ni heladas.
Le hurta el primer sol de la mañana
una colina que le está cercana.

19 Dos ríos van regando en sus confines
por aquella ciudad hermosa y leda
un número infinito de jardines
que sin flor nunca ni verdura queda.
Mover grandes molinos los afines
dicen que su agua perfumada pueda,
y que a la calle por la puerta asoma
de cada casa el delicado aroma.

20 Se ve la calle principal cubierta
de tapices de vívidos colores;
no hay cal que en ningún muro allí se advierta,
cubierta toda de ramaje y flores.
Toda ventana adornan, toda puerta
de entre ricos tapetes, los mejores;
mas no hay nada que más abunde en ellas
que el busto y faz de las mujeres bellas.

21 Bailar se ve en las casas a la gente,
que así estos fastos dan en celebrallos,
por las calles el pueblo más pudiente
con rico arnés montar bellos caballos;
y adorna aquella corte lindamente
de señores, barones y vasallos
cuanto eritreo marjal e indio y moro
de perlas pueda dar, de gema y oro.

22 Paseaban Grifón y compañía,
mirando la ciudad con gran espacio,
cuando un gentil prohombre por la vía
los para, los conduce a su palacio,
y, porque era su uso y cortesía,
hasta honrar a los tres, no estuvo sacio.
Bañar los hizo; y, con la faz serena,
convidólos después a una gran cena.

23 Y les dijo que el buen rey Norandino,
rey de Damasco y rey de Siria entera,
había hecho a oriundo o peregrino
que sido armado caballero hubiera,
a la justa invitar que al día vecino
convocada en la plaza al alba era;
y bien podrían mostrar, sin ir más lejos,
que eran su gesto y su valor parejos.

24 No había ido Grifón con pensamiento
de cosa tal, mas aceptó la oferta;
que cualquiera ocasión es buen momento
de mostrar la virtud patente y cierta.
Quiso después saber con cuál intento
se hacía justa, y si era la reyerta
fiesta anual o lid, en cambio, nueva
con que ponía el rey su gente a prueba.

25 Respondió el anfitrión: «La bella fiesta
se ha de hacer siempre cada cuarta luna;
y, pues de cuantas hay, primera es esta,
no ha habido aún ocasión de hacer ninguna.
Memora el hecho que con brava gesta
salvó la vida el rey de gran fortuna,
tras cuatro meses de continuo llanto
que lo tuvieron de morir al tanto.

26 »Mas, porque sepáis de ello enteramente,
sabed que el rey (que Norandín se llama)
muchos años amó rendidamente
la que por bella sin igual se aclama
hija del rey de Chipre; y finalmente,
ya desposados ambos, con la dama
y un séquito de muchos a su cargo,
tomó el camino a Siria menos largo.

27 »Mas luego que del puerto a toda vela
ya lejos en el Cárpatos nos vemos,
salta tan fiera y colosal procela,
que teme aun el piloto sus extremos.
Tres días vagamos con perdida estela
al dictado del mar sin vela o remos,
al cabo de los cuales descendimos
a isla de prados fértiles y opimos.

28 »Y, mientras que tiramos las cortinas
y tiendas en aquel lugar alzamos,
dispusimos los fuegos y cocinas
y mesas con manteles preparamos,
corría el rey las selvas convecinas
a la busca de cabras o de gamos;
trayendo a dos criados a su zaga,
para que el porte del carcaj se haga.

29 »Mientras que esperamos departiendo
que vuelva el rey sentados a la mesa,
vemos hacia el lugar venir corriendo
por la ribera al Ogro a toda priesa.
Dios os guarde, señor, de que su horrendo
rostro topéis haciendo alguna empresa:
mejor de oídas es saber que existe,
que estarse cerca y dar con caso triste.

30 »No sé decir si es chato u oblongo,
tal es desmesuradamente grueso.
Tiene por ojos, del color del hongo,
bajo la frente dos bayas de hueso.
Se mueve --y poco más de él os compongo--
que parezca que alcor mueva su peso.
Cual puerco al aire los colmillos blande,
pecho baboso tiene y nariz grande.

31 »Viene corriendo y, cual lebrel que huela
la presa que cayó, el hocico mueve;
todos al verlo, haciendo el miedo espuela,
huimos allá donde el temor nos lleve.
Muy poco el verlo ciego nos consuela,
que parece que él más oliendo pruebe
que muchos prueban con olfato y vista.
¿Quién le huirá, pues, sin que de plumas vista?

32 »En vano huímos de él por las arenas
que rápido lo es más que el viento frío.
De cuarenta personas, diez apenas
se salvaron nadando hasta el navío.
Con unos pocos trae las faldas llenas,
otros trae bajo el brazo hechos un lío;
y muchos a un zurrón echa el malvado
que, al uso del pastor, le cuelga a un lado.

33 »Llevónos a la cueva que excavada
habita junto al mar el monstruo ciego.
De un blanco el mármol es de su morada
cual suele serlo aún no escrito pliego.
Tenía una matrona allí empleada
con gran dolor y gran desasosiego;
y gran corte de dueñas y doncellas,
de toda arte y edad, feas y bellas.

34 »Cerca de la gruta que habitaba,
casi al final de aquel acantilado
había otra no más pequeña cava,
donde daba custodia a su ganado.
Era tanto que en vano se contaba
y hacía él de pastor de muy buen grado
sacándolo de aquel recinto estrecho
más por diversión que por provecho.

35 »Mejor la carne humana le sabía,
y, antes de qué llegásemos, dio prueba:
con tres de nuestros mozos que traía,
vivos de apenas tres muesos se ceba.
Llegó al establo, alzó un peñón que había;
sacó el rebaño, y nos metió en la cueva;
y vase a apacentar aquel hatillo,
tocando un gigantesco caramillo.

36 »En tanto vuelto el rey con lo cazado,
sospecha el mal que la visión le lega:
todo encuentra en silencio y desolado,
vacías tiendas y desierta vega.
No acierta a saber quién le haya robado,
y lleno de temor al mar se llega,
de donde en lontananza a sus marinos
levar las anclas ve e izar los linos.

37 »En cuanto lo divisan en la orilla
botan esquife que se acerque al lido,
mas cuando escucha que su gente chilla
cómo el Orco el pillaje ha cometido,
resuelve no montar en la barquilla
y perseguirlo allá donde haya ido;
que el verse sin Lucina tal lo hiere
que o rescatarla o no más vivir quiere.

38 »Donde sobre la arena ve estampada
la fresca huella, el caminar dirige,
sin que consienta Amor que pare a nada
hasta que llega a aquel cubil que os dije;
donde a nosotros la mortal llegada
del Orco con gran miedo nos aflige;
creyendo a cada ruido, de consuno,
que vuelva hambriento a devorar a alguno.

39 »Dio el rey con la espantosa madriguera
ausente el Ogro aún de aquella estanza.
La dueña al verlo, le gritó: --¡Ve fuera!
¡Mísero tú, si el Ogro aquí te alcanza!--
--Me alcance (dijo) o no, me salve o muera,
no hay modo de que más tenga bonanza.
Me trae aquí el deseo, y no otra cosa;
que quiero aquí morir junto a mi esposa.--

40 »Preguntóle después si supo ella
de aquellos que cazó el Ogro allá abajo;
y, antes de todos, de Lucina bella,
si la había muerto o si a prisiones trajo.
Responde ella piadosa a su querella
que viva se halla dentro de aquel tajo,
y no ha de morir, pues, ya su señora,
pues el Ogro jamás mujer devora.

41 »--Prueba yo misma soy de lo que cuento
y todas cuantas son aquí conmigo:
ni a mí ni a ellas nos da el Ogro tormento,
a menos que escapemos de este abrigo.
Tan sólo a las que huyen da escarmiento,
e impone cruel y bárbaro castigo:
o las entierra vivas, o encadena,
o las desnuda al sol sobre la arena.

42 »Cuando trajo él hoy aquí toda tu gente,
no hizo división de sexo alguna;
y, tal como llegó, confusamente
a todos encerró en la cueva bruna.
Mas siente a olfato el sexo diferente:
no temas que morir pueda ninguna;
los hombres, sí; que de cuanto aquí entre
o cuatro o seis al día echará al vientre.

43 »Para hurtarla de aquí, no sé consejo
que pueda dar; mas no te reconcoma
que pueda aquí morir: yo soy reflejo:
la misma suerte que tomé yo, toma.
Mas vete, hijo, de aquí, ve te aconsejo;
no llegue a casa el Ogro ahora y te coma.
Todo al llegar con la nariz repasa,
y huele hasta un ratón que entrara en casa.--

44 »Repuso el rey que de la cueva aquella,
sin antes ver Lucina, irse no quiere;
y más hallar la muerte junto a ella
que vivir lejos de su bien, prefiere.
Cuando ve la mujer que no hacen mella
sus razones en él ni que él se altere,
traza para ayudarlo un nuevo modo,
y pone en él su industria y genio todo.

45 »Corderos muertos cuelga el Ogro en casa,
cabras y ovejas, jóvenes y viejos,
con los que nutre a su mesnada lasa
y adorna todo el techo de pellejos.
Hizo la dueña que tomase grasa
de un gran cabrón que estaba no allí lejos,
y que del pie se untase hasta la frente
de suerte que su olor no era patente.

46 »Y luego que del macho se le antoja
que ya todo el hedor fétido tiene;
toma la hirsuta piel, y allí lo aloja,
pues tan grande ella es que lo contiene.
Cubierto así de piel y sangre roja
a cuatro pies el rey por fin se viene
donde encerrado está tras una losa
el suave rostro de su bella esposa.

47 »Así hace Norandino; y a la boca
de la caverna con paciencia espera
a entrar junto a las reses en la roca;
hasta que al fin, cuando el tramonto era,
oye que el Ogro la zampoña toca
invitando a dejar ya la pradera
y a regresar a la común majada
a toda aquella pastoril manada.

48 »Juzgad si el corazón pudo estar quedo
cuando escuchó que el Ogro regresaba,
cuando aquel rostro criminal y acedo
vio cerca ya de la enriscada cava;
pero más pudo la piedad que el miedo,
juzgad si ardía o si fingiendo amaba.
Arriba el Ogro y alza al fin la piedra;
entra entre cabras él, y no se arredra.

49 »También el Ogro dentro se dirige,
mas antes tras de sí cierra la losa.
A todos huele y dos al fin elige,
pues los juzga por cena apetitosa.
¡Oh cómo aún la visión fatal me aflige
de sus colmillos en la cueva umbrosa!
Partido el Orco, el rey la piel deslaza
con que se encubre, y a Lucina abraza.

50 »Mas hay en ella, al verlo allí, por cierto,
pesar donde consuelo haber debiera;
que está donde al final ha de ser muerto
y no puede impedir que ella no muera.
--En todo el mal (le dijo) de este tuerto
el único consuelo, señor, era
que no estuvieses tú en la alameda,
cuando el Ogro hoy de mí hizo la preda.

51 »Pues si bien el hallarme en trance fuerte
de verme aquí morir me era agonía;
pues mía era y no más la triste suerte,
dolido sólo de mi mal me habría;
pero ahora que has de hallar segura muerte
más me duele la tuya que la mía.--
Y así siguió mostrando ante su cuyo
que más sufre el mal de él que el propio suyo.

52 »Mas respondió su Norandino: --Espero
poder salvarte a ti, y a esotros luego;
y si esto no ha de ser, morir prefiero
que sin tu luz, mi sol, vivir cïego.
Tal como vine aquí, partirme quiero;
y así mismo vosotros haced juego;
si no tenéis, cual yo, en el cuero hirsuto
asco a tomar olor de animal bruto--.

53 »La argucia nos mostró con que se engaña
su olfato y antes fue de él aprendida,
y el vestir con la piel que era artimaña
por si palpaba el Ogro a la salida.
Después que a todos instruyó en la maña,
y fue de hombres y damas conocida;
matamos suma de carneros viejos;
pues tienen más hediondos los pellejos.

54 »Nos untamos los cuerpos con la grasa
que hallamos en las tripas a porfía;
y nos vestimos de la hirsuta gasa.
Mientras salía de su albergue el día.
Apenas tocó el sol la umbrosa casa,
volvió el pastor allá como solía,
y dando aliento a su sonora caña,
llamó al rebaño a andar a la campaña.

55 »Cruzó el brazo en la boca de la tana,
por que ninguno con la grey saliera;
y, si al pasar en lomo pelo o lana
tocaba, permitía salir fuera.
Con tan fétida y bárbara sotana
salimos todos de esta ruin manera,
sin que el ardid el Ogro sospechase,
hasta que toca que Lucina pase.

56 »Lucina, o fuese por que el asco pudo
hacer que de igual modo no se untase,
o ya que del carnero el andar rudo
su paso femenil mal imitase;
o que al tocar su espalda el Ogro crudo,
vencida por un miedo atroz, gritase;
o que el cabello allí le hiciese asomo;
sentida fue, y no sé decir bien cómo.

57 »Tanto atendía cada cual su caso,
que no atendía nadie caso ajeno.
Me volví al grito, y vi que el monstruo graso
le arrancaba feroz la piel del seno,
y adentro hacía que volviese el paso.
El resto, aún siendo de la piel relleno,
seguimos al pastor con el ganado
hasta un llano de verde alcor cercado.

58 »Esperamos allí que al fresco amparo
de un bosque duerma el Ogro narigudo.
Hay quien fue al mar, quien escapóse al jaro,
y solo el rey no quiso ir o no pudo;
pues le es tanto el amor agudo y caro,
que quiere regresar al antro rudo,
y no irse más de aquella alpestre corte,
si no es al lado de su fiel consorte;

59 »que, cuando ya después de haber salido,
la vio volver al espantable aprisco,
estuvo a punto, del dolor transido,
de echarse sobre el Ogro en aquel risco;
y fuese a él, y bien habría podido
acabar en sus dientes hecho cisco,
si no lo frena al cabo la esperanza,
de rescatarla de la inmunda estanza.

60 »Cuando el Ogro al rebaño andar ordena
al antro, y dentro de él ninguno siente,
y ve que ha de privarse de su cena;
culpa a Lucina, que es de ello inocente;
y a estar encadenada la condena
al raso en el peñasco prominente.
Ve el rey por causa suya qué sucede,
se acaba, y sólo al fin morir no puede.

61 »Mañana y tarde el infeliz amante,
puede ver cómo llora y se lastima,
al pasar con las cabras por delante,
vuelva del pasto o salga de la cima.
Ella por señas, triste y suplicante,
le ruega que se vaya y no haga estima,
porque está allí con riesgo de la vida,
y no hay modo que aquel castigo impida.

62 »La matrona del Ogro también trata
que huya, pero el rey resta en la cueva;
que no le es sin Lucinda ir cosa grata
y cada vez marcharse más reprueba.
En esta cárcel en que Amor lo ata
tuvo tan larga y dilatada prueba,
que aconteció que al fin llegan al caso
el hijo de Agricán y el rey Gradaso.

63 »Y allí con obra audaz del monstruo grueso
lograron libertar a esta Lucina,
si bien más por fortuna que por seso;
llevándola a su padre en la marina
que allí estaba y feliz vio su regreso.
Esto ocurrió a la hora matutina
que Norandín con el rebaño estaba
rumiando dentro de la alpestre cava.

64 »Mas, cuando después fue abierta la losa
y supo el rey que libre era su amada
(que todo la matrona se lo glosa)
y cómo del peñón fue rescatada;
gracias da al cielo, y ruega que su esposa,
pues ya de su prisión hizo escapada,
llegue donde con oro o armas pueda
hacer que quien la tiene se la ceda.

65 »Gozoso, pues, con las ovejas deja
la infecta gruta, y sale al aire puro;
y espera hasta que al fin rinda la ceja
el Ogro bajo el fresco más oscuro.
Día y noche después de allí se aleja,
y ya, cuando se sabe de él seguro,
sobre un navío hasta Satalia pasa,
y ha ya tres meses que se encuentra en casa.

66 »En cuanto en Chipre y Rodas hay poblado
y en África, en Egipto y en Turquía,
hizo buscar el rey su dueño amado;
y fue hasta antier su búsqueda baldía.
Mas nueva antier del suegro le ha llegado,
de que en Nicosia viva la tenía,
después que un viento ruin no consistiese
que con Lucina a su lugar volviese.

67 »Para festejo de la buena nueva
prepara nuestro rey la rica fiesta;
y más: que cada cuarta luna nueva
se haga otra tanta similar a esta;
pues quiere refrescar la dura prueba
de cuatro meses que en la piel infesta
junto al Orco vivió; hasta que un día
como es mañana, huyó la cava umbría.

68 Esto que narro, vi yo mismo en parte,
n parte oí de quien se halló presente,
igo, del rey, que del lugar no parte
asta que en risa el llanto volver siente;
 si otro cuento oís y de otra arte,
ecidle al que haga tal, que inventa y miente.»
l huesped con un cuento tan prolijo
a causa de la fiesta a Grifón dijo.

69 arte de noche, y no por cierto breve,
 huésped y visita el cuento lleva;
 acuerdan que, pues fue tesón no leve,
io el rey de amor y de piedad gran prueba.
echa la cena, cada cual se mueve
donde bueno y grato albergue prueba.
 la mañana del siguiente día
os despertó el bullicio y la alegría.

70 esuena el atambor y la trompeta
ue convoca a las gentes a la plaza;
, cuando del caballo y la carreta
e oye el estruedo y pública algaraza,
rifón las fuertes armas se encorseta,
ue son de extraña y prodigiosa raza;
uesto que impenetrables y encantadas
ueron del Hada Blanca fabricadas.

71 l de Antioquía, vil como ninguno,
e armó y siguió a Grifón en su camino.
es dio el huésped amable y oportuno
labarda y lanzón harto dañino,
 de su parentela a cada uno
ente con que uno y otro al arma vino;
 a pie y caballo copia de criados,
odos en tal servicio harto avezados.

72 uando en la plaza están, quédanse aparte
in hacer ante todos de sí muestra,
or ver mejor la nata y flor de Marte
ue en grupo o solos van a la palestra.
ucho hay que en el color de alguna parte
ontento o pena a su señora muestra,
 ya en cimera o ya en pintado escudo
ice si Amor le es propicio o crudo.

73 ostumbre en aquel tiempo en Siria había
e armarse a la manera de Occidente,
al vez por la vecina cercanía
on que trataban la francesa gente;
ues ésta aún la tierra protegía
onde fue carne Dios Omnipotente,
 que ahora los míseros cristianos
an cedido a los perros mahometanos.

74 n vez de mover guerras en ganancia
 aumento de la Fe que Europa hospeda,
e hieren entre sí sin reluctancia
estruyendo la poca que nos queda.
osotros, gente hispánica y de Francia,
archad a otro lugar a hacer la preda
uizos y alemanes, yo os insisto,
ue cuanto aquí buscáis es ya de Cristo.

75 si unos Cristianísimos llamaros
ueréis, y otros Católicos por mote,
por qué de aquellos que no son ignaros
 vuestra propia fe sois el azote?
Por qué en tomar Sión sois tan avaros,
ue os ha quitado el sarraceno zote?
Por qué en poder dejáis del Turco inmundo
onstantinopla y lo mejor del mundo?

76 No te es África, España, tan vecina
ue has sido más que Italia de ella presa?
Por qué, por emprender otra mezquina,
ejas tu antigua y memorable empresa?
h, tú, de vicios fétida sentina
duermes, Italia, ebria y no te pesa
e una y otra nación vecina y brava
ue un día te sirvió, verte ahora esclava?

77 i el miedo de morir de hambre en tu sierra,
e trae, suizo, hasta Milán sin frenos,
uscando a quien te pague en esta tierra
 a quien te mate y haga tu mal menos;
ira el oro que el Turco cerca encierra,
 expúlsalo de Europa o Grecia al menos:
 tu ayuno podrás así oponerte,
 allí con más honor hallar la muerte.

78 o mismo al alemán, que es tu vecino,
igo también: allí está la riqueza
ue se llevó de Roma Constantino:
o más tomó, y dio el resto con largueza.
actolo y Hermo, que traen oro fino,
igdonia, Lidia, o reino del que reza
anta historia cuánto es su caudal noto
o está, si allá queréis marchar, remoto.

79 ú, gran León, en cuyos hombros carga
l peso de la llave que abre el cielo,
espierta de este sueño que aletarga
 Italia, pues la tienes por el pelo.
astor eres, y Dios su grey te encarga
 da ese nombre fiero y de tal celo,
ara que rujas y la mano extiendas
e suerte que de lobos la defiendas.

80 on esta digresión ¿cómo he podido
udar tanto el camino en que me muevo?
as no creo haberme tanto de él perdido
ue no lo pueda remprender de nuevo.
ecía que era en Siria uso extendido
rmarse como en Francia en el medievo;
 así se ve en Damasco aquella plaza
lena de arnés, de yelmo y de coraza.

81 e sus palcos las damas a la arena
étalos rojos y amarillos lanzan,
ientras al son con que la trompa suena
obre el corcel los caballeros danzan.
odos, ya sea su gracia o mala o buena,
uien hacerlo, y de tal suerte avanzan
ue cuanto en unos al aplauso incita
n otros mueve a chufa, risa y grita.

82 e la justa era el premio una armadura
l rey donada pocos días antes,
uando al volver de Armenia por ventura
abía topado algunos comerciantes.
 ella había el rey de rica hechura
opraveste añadido de abuntantes
erlas, preciosas gemas, plata y oro,
ue hicieron de aquel premio un gran tesoro.

83 i el rey de aquel arnés sabido hubiese,
o habría apreciado más que otro cualquiera,
 no por premio al vencedor lo diese,
or más que liberal y cortés fuera.
e haría largo, si contar quisiese
uien fue el que lo arrojó de tal manera
ue en medio del camino a quedar vino
e presa del siguiente peregrino.

84 Mas de esto aplazo el cuento a más abajo,
y os hablo de Grifón, que a su llegada
varias lanzas quebró, dio más de un tajo
y alguna que otra hábil estocada.
Ocho estrechos al rey hay que a destajo
juntos compiten en la lucha armada:
mozos, que en armas tiene gran bagaje,
todos señores o de gran linaje.

85 Contienden ellos en cerrada plaza,
uno por uno al día, contra el resto,
primero a lanza, y luego a espada y maza,
mientras que guste el rey verlos en esto.
Rompíanse a menudo la coraza,
como si fuese aquel que era su opuesto
su enemigo mortal, salvo en el hecho
que el rey podía pararlos por derecho.

86 El de Antioquía, un tonto de remate
que Martán el cobarde se apellida,
pues va junto a Grifón, da en el dislate
de pensar que traen la fuerza compartida;
y así entra también en el combate;
mas. puesto a un lado. de luchar se cuida
hasta que la cruel batalla acaba
que a dos justantes en la arena traba.

87 El señor de Seleucia, que era uno
que sustentaba aquella empresa armada,
en el combate en que trababa a Ombruno
lo hirió en el rostro con tan mal lanzada
que muerto fue sin gozo de ninguno,
pues de alma era por noble reputada,
y, sobre la virtud, de cortesía
como otro en todo aquel país no había.

88 Visto lo cual, le entró a Martán el miedo
de que otro tanto a él le aconteciese;
y, vuelto al natural cobarde y quedo,
se puso a ver con qué artimaña huyese.
Grifón, que al lado estaba, con denuedo
de obra y voz lo instó a que viniese
contra un bravo rival que a él se aproxima
como el perro del lobo se echa encima;

89 que lo persigue a diez pasos o veinte.
después se para, y ladra mientras mira
cómo hace rechinar el fiero diente,
y cómo fuego de sus ojos tira.
Allí ante tanta noble y gentil gente,
tanta realeza damascena y sira,
el tímido Martán rehuyó el encuentro,
tiró del freno, y se alejó del centro.

90 Quien fuera a defenderlo ante la grada
podría haberlo al corcel atribuido;
mas fue después tan torpe con la espada,
que no le habría Demóstenes valido;
pues teme cada tajo o estocada
como si fuese de papel vestido.
Huye por fin, y rompe el turno impuesto;
mientras la chusma ríe el poco arresto.

91 Las palmotadas y la grita en torno
se granjeó de la morralla entera.
Como lobo acosado a su retorno
Martán se retiró a su madriguera.
Queda Grifón, al cual tanto el bochorno
como propio lo afrenta y lo lacera;
que más prefiere estar dentro del fuego,
que verse allí entre chufas de labriego.

92 Arde por dentro y se le enciende el gesto
como si suya la vergüenza sea;
y, porque está el gentío predispuesto
a ver función de similar ralea,
que más que lampo luzca allí su arresto
y su pericia en la ocasión desea,
que el más menudo error que cometiere
valdrá para que el vulgo lo exagere.

93 Hace en el muslo descansar la lanza
Grifón, que errar no suele en el combate,
lanza el caballo y, cuando un tanto avanza,
la mete en ristre, aprieta el acicate,
y al barón de Sidón de suerte alcanza
que muerto del arzón al suelo abate.
Se pone el pueblo en pie mararavillado,
pues ve todo al revés de lo esperado.

94 Con el mismo lanzón Grifón se hace,
que entero sobrevive a la pelea.
y en tres contra el escudo lo deshace
del fornido señor de Laodicea.
Éste, tendido sobre el lomo yace
y tres veces o más se tambalea,
pero, respuesto al fin, toma su hoja
y en el corcel contra Grifón se arroja.

95 Piensa Grifón al ver cómo no basta
para hacerlo caer golpe tan fiero:
«Lo que no pudo hacer golpe de asta,
lo hará con cinco o seis pronto el acero.»
Como del cielo cae lluvia nefasta,
sobre la sien caer le hace el primero,
y luego otro, y otro al punto luego,
hasta que cae al fin privado y ciego.

96 Había de Apamea dos hermanos,
usados a vencer en todo esto,
Tirso y Corimbo, y ambos a las manos
del hijo de Oliver cayeron presto:
venció a lanza al menor de los paganos,
al otro con la espada fue funesto.
Con ello todo el pueblo se convence
de que es Grifón el que la justa vence.

97 Irrumpe en lid entonces Salinterno,
gran mariscal y condestable regio,
que detenta de aquel reino el gobierno,
y es caballero en armas harto egregio.
Celoso él de que guerrero externo
alcance el galardón y el privilegio,
toma una lanza y con fatal porfía
a Grifos entre gritos desafía.

98 Responde él con la lanza a aquel osado
que entre otras diez por la más fuerte tasa,
y, apuntando al escudo del privado,
el pecho y la coraza le traspasa.
Pasa el hierro cruel de lado a lado,
y fuera un palmo por atrás rebasa.
El golpe, excepto al rey, fue a todos caro;
que no hay quien ame a Salinterno avaro.

99 Después de tal, Grifón a tierra manda
dos de Damasco, Hermófilo y Carmundo.
La milicia del rey aquel comanda,
almirante es del mar este segundo.
Uno al punto cayó en la tierra blanda,
vio el otro sobre sí el peso rotundo
caer de su corcel, que no resiste
el fuerte afán con que Grifón lo embiste.

100 El señor de Seleucia aún le quedaba
que es de los ocho el más diestro guerrero,
el cual posee, además de fuerza brava,
corcel perfecto y excelente acero.
Donde la vista en el morrión se clava,
pone su lanza cada caballero;
pero es Grifón más fuerte en el arribo
y el pie le saca del izquierdo estribo.

101 Dejan el asta y van a la pelea
ambos espada en mano con bramido.
Grifón es el primero que golpea,
de suerte que habría un yunque en dos partido.
El hueso y hierro al de Seleucia airea
de aquel broquel que fue entre mil cogido:
si no es por el arnés doble que viste,
ni salva el muslo ni a Grifón resiste.

102 Hirió el sirio a la vez en la visera
con tal golpe a Grifón y tan violento
que roto se la habría, si no fuera
como el resto también de encantamiento.
Cansarse en vano es que más le hiera:
tan duro es su aparejo y armamento.
Grifón, en cambio, sin errar puntada,
la suya le trae rota y destrozada.

103 Patente a todos es cuánto aventaja
Grifón al de Seleucia en la pelea;
tanto que si la lid el rey no ataja
la vida acaba el que más débil sea.
Por orden regia, al fin, la guardia baja
a interrumpir la lucha ciclopea.
Así del uno el otro fue apartado.
acto por el que el rey fue harto alabado,

104 Los ocho que habían hecho al resto envido
y no habían resistido al cabo a uno,
habiendo mal su parte defendido,
abandonan el campo uno a uno.
Los otros que a la justa habían venido
quedaron sin hacer combate alguno,
pues solo hizo Grifón con bravos modos
lo que debían contra ocho todos.

105 Duró tan poco tiempo aquella justa
que en menos de una hora se decide;
mas Norandín, que dilatarla gusta
y hasta la noche que se alargue pide,
despeja el campo y a la gente ajusta
de modo que en dos grupos la divide;
y así, según de sangre y brío den prueba,
los empareja para justa nueva

106 Había en tanto a casa hecho regreso
Grifón ardiendo por la rabia e ira,
que más de Martán mira el mal suceso
que el propio honor de su victoria mira.
Allí, por descargar del daño el peso,
Martán los labios mueve a la mentira;
y la astuta y farsante prostituta,
como sabe mejor, todo reputa.

107 Ya fuera o no que el mozo lo creyese,
la disculpa aceptó por ser discreto,
al tiempo que pensó que mejor fuese
salirse de allí al punto de secreto,
por temer que si el pueblo a Martán viese
no se estuviese sosegado y quieto.
Así por vía breve y encubierta,
los tres salieron fuera de la puerta.

108 Ya por estar caballo o caballero
cansado, o por que el sueño lo amartilla,
en la primera venta del sendero
paró después de andar más de una milla.
Quitóse el yelmo, y desarmóse entero,
e hizo al corcel quitar bocado y silla,
hecho lo cual, solo en un cuarto estrecho,
desnudo a descansar entró en el lecho.

109 En cuanto el cuerpo sobre el lecho tuvo,
cerró los ojos, y en un sueño queda
tan profundo que nunca lirón hubo
ni hubo tejón que así dormirse pueda.
Martán con Orrigila en tanto estuvo
y, entrando en un jardín que al lado queda,
urdieron tan insólito artificio
cual nunca urdió otro igual humano juicio.

110 Pensó que de corcel y de pertrecho,
de traje y armas todas se aproveche,
y, así a Grifón habiendo contrahecho,
ver qué premio ante el rey luego coseche.
Poco tardó en pasar del dicho al hecho:
le hurtó el corcel más blanco que la leche,
y de arma y traje que el gemelo viste,
de enseña y mote al punto se reviste.

111 Volvió presto con dama y escudero
donde aún la gente estaba convocada,
cuando acababa el juego postrimero
de correr lanza y de blandir espada.
Ordena el rey que se halle al caballero
que blanca pluma lleva en la celada,
de blanco va y en blanco corcel viene,
pues no sabe qué nombre Grifón tiene.

112 Aquel que ajena piel sobre sí lleva,
igual que de león vistió el pollino,
llevado es, como espera, sin más prueba
en lugar de Grifón a Norandino.
El rey, cortés, en pie su arrojo aprueba
lo abraza y besa; y de su maña y tino
no le basta alabarlo y darle cuenta,
pues quiere que en Damasco de él se sienta.

113 Y vencedor de aquel solemne juego
nombrarlo hace al sonido de la trompa,
de suerte que ora el noble, ora el labriego
su nombre indigno escucha con gran pompa.
Quiere el rey que a su par cabalgue luego
y el paso hasta el palacio así no rompa.
Alcanza, al fin, de su favor tal parte
que aun mucha fuera a Hércules o a Marte.

114 Les dio albergue lujoso y deleitable,
e hizo a Orrigila honrar como a doncella,
dando a su servicio innumerable
gente que atenta esté a cualquier querella.
Mas tiempo es ya que de Grifón os hable,
que, no temiendo engaño de él ni de ella,
se había dado al sueño con derroche,
sin despertarse casi hasta la noche.

115 Al despertar y ver cuánto ha soñado,
sale de su aposento como flecha,
donde a la puta y al falaz cuñado
dejó con los lacayos sin sospecha;
mas cuando a nadie halla, y ve que hurtado
ha sido cuanto suyo es, sospecha;
y más cuando en lugar de su armamento,
ve aquel de su cuñado fraudulento.

116 Se llega al huésped presto, y de él se informa
cómo ha tiempo con dama y compañía,
armado todo él de blanca forma,
Martán a la ciudad vuelto se había.
Poco a poco Grifón halla la horma
que Amor le había ocultado hasta aquel día;
y con mucho dolor ve que es Martano
amante de Orrigila, y no su hermano.

117 Amarga aquella necedad le supo
que, habiendo del viajero esto ya oído,
sólo escuchar en él a aquella cupo
que le había mil veces ya mentido.
Pudo vengarse entonces, mas no supo,
y, ahora que lo quiere, se haya huido,
forzado a andar por su torpeza y fallo
en traje del felón con su caballo.

118 Mejor le fuera caminar desnudo
que la indigna coraza llevar puesta,
o que embrazar el detestado escudo
o traer la escarnecida enseña expuesta;
mas esto hacer por ir tras ambos pudo,
pues fue del ansia la razón depuesta.
Llegó a la ciudad cuando aún había
casi una hora hasta morirse el día.

119 A izquierda hay del portón de la muralla
que Grifón cruza, alcázar imponente
que más que fuerte y apto a la batalla
es bello, regalado y reluciente.
Con sus nobles el rey allí se halla,
con damas y con otra ilustre gente
juntos celebrando en logia amena
una animada y suntuosa cena.

120 En la torre apoyada entre los muros
la logia al exterior sobresalía,
de suerte que el camino y campos puros
de lejos al curioso descubría.
Así, cuando Grifón llegó extramuros
con las armas de oprobio y villanía,
fue más que conocido aquel vil porte
por Norandín y por su entera corte;

121 y el dueño de la enseña se le estima,
moviendo a risa a toda aquella gente.
El vil Martán, al que la corte prima,
sentado junto al rey está presente,
y al lado la que en usos con él rima;
de los que quiso el rey con faz rïente
saber quién fuese aquel follón cobarde
que a pesar de su escarnio hacía alarde;

122 y tras tan ruin y mujeril batalla
se les mostraba ahora audaz delante.
«Esto --decía-- es novedad de talla
pues siendo vos gran caballero andante,
tenéis por compañero a quien no halla
otro tan vil en tierras de Levante.
Quizás queréis, al ir con vuestro opuesto,
hacer vuestro valor más manifiesto.

123 »Mas por el Reino Celestial os juro
que, de no ser por cuanto a vos os debo,
sufriría el baldón público y duro
al que a otros como él por uso llevo.
No habría de olvidarlo, os lo aseguro,
según la cobardía odio y repruebo.
Mas sepa, si de aquí se marcha impune,
que a vos lo debe, pues a vos se une.»

124 El que es de toda hez y vicio vaso,
repuso: «Gran monarca, no os sabría
decir quién sea, pues topélo al caso
cuando venía aquí desde Antioquía.
La grave faz con que salióme al paso
me hicieron creerlo digna compañía:
no tuve de él jamás indicio o nueva
hasta que dionos hoy tan triste prueba;

125 »que tanto me irritó, que a poco estuve
de castigar su insólita vileza,
de suerte que jamás de nuevo incube
afán de andar a justa en la cabeza;
mas luego. más que de él, respeto tuve
del sitio y vuestra rígida grandeza.
No quiero que sin justa sanción pase,
porque a mi lado un día o dos marchase:

126 »de lo cual me parece que me envicio;
y cargo del oprobio eterno peso,
si, para afrenta del marcial oficio,
de aquí lo veo regresarse ileso.
Así retengo por más sabio jüicio
que de un merlón colgado sea en peso,
porque, hecho este notable mandamiento,
le sirva a todo infame de escarmiento.»

127 Fue en confirmar cuanto Martán decía,
sin previo aviso de él, su amante presta.
«No es --repuso el rey-- su villanía
tan grave que merezca tal respuesta.
Quiero que en pena de esa cobardía
al pueblo le haga renovar la fiesta.»
Y a un barón suyo, al cual presto convoca,
le dice cuanto hacerse al caso toca;

128 el cual tomó gran copia de soldados
y a la puerta bajó con esta gente,
donde con gran sigilo agazados
esperan que Grifón la entrada intente;
de suerte que a traición por todos lados
lo asaltan todos entre puente y puente,
y en celda lo recluyen con gran mofa
hasta que un nuevo día el sol estofa.

129 Apenas pudo el sol su cabellera
sacar del seno de su antigua madre
y comenzó en la parte más cimera
a dar calor como amoroso padre,
cuando Martán, temiendo que pudiera
Grifón hacer que cuanto urdió descuadre
y descubrir su fraudulenta arte,
pidió licencia, y súbito se parte;

130 hallando como excusa al ruego regio
no presenciar la máscara irrisoria.
Más favores le dio el señor egregio
que el premio que ganó en su no victoria,
y era el mayor un amplio privilegio
con relación de aquel favor y gloria.
Dejémoslo marchar, que al cabo el premio
tendrá conforme al propio de su gremio.

131 Grifón fue a la vergüenza expuesto en plaza,
cuando bullía en ella más la gente.
Mas antes sin el yelmo ni coraza,
cubierto sólo del jubón vilmente,
fue conducido a ella en un raza
de carreta grosera y eminente,
que tiraban con gran pausa dos vacas
de largo ayuno escuálidas y flacas.

132 Rodeaba la innoble y ruin cuadriga
grupo en que la que no es puta es vieja,
de las cuales, por turno, una es auriga,
mientras el resto al de Oliver moteja.
Los muchachos le dan mayor fatiga,
pues, además de atormentar la oreja,
lo habrían a pedradas mil corrido,
si no es por los más sabios defendido.

133 Las armas, por las cuales fue culpado,
al dar de quien no es mentido indicio,
a la zaga del carro en que es llevado
comparten sobre el fango su suplicio.
Por fin, parado el carro ante un estrado,
sufrió de ajena culpa el justo juicio,
y escucha la ignonimia él en persona
que a gritos un vocero le pregona.

134 Después con gran rechifla fue exhibido
ante cada taller y templo y casa,
en donde no hubo mote desabrido
que no le fuese dicho allí sin tasa.
Fuera de la ciudad es conducido
por último de manos de la masa,
que piensa desterrarlo entre gran pita,
no conociendo bien a aquel que grita.

135 Apenas le quitaron la cadena
y libres le dejaron pies y mano,
cuando la espada criminal desfrena,
y riega con villana sangre el llano.
No lanza o pica la matanza frena;
que inerme viene el séquito villano.
Pues tiempo es ya, Señor, que el canto acabe,
dejad que el resto en el siguiente os trabe.


Canto 17

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Canto 16 Canto 18

 
1 Il giusto Dio, quando i peccati nostri
     hanno di remission passato il segno,
     acciò che la giustizia sua dimostri
     uguale alla pietà, spesso dà regno
     a tiranni atrocissimi ed a mostri,
     e dà lor forza e di mal fare ingegno.
     Per questo Mario e Silla pose al mondo,
     e duo Neroni e Caio furibondo,

2 Domiziano e l’ultimo Antonino;
     e tolse da la immonda e bassa plebe,
     ed esaltò all’imperio Massimino;
     e nascer prima fe’ Creonte a Tebe;
     e dié Mezenzio al populo Agilino,
     che fe’ di sangue uman grasse le glebe;
     e diede Italia a tempi men remoti
     in preda agli Unni, ai Longobardi, ai Goti.

3 Che d’Atila dirò? che de l’iniquo
     Ezzellin da Roman? che d’aItri cento?
     che dopo un lungo andar sempre in obliquo,
     ne manda Dio per pena e per tormento.
     Di questo abbiàn non pur al tempo antiquo,
     ma ancora al nostro, chiaro esperimento,
     quando a noi, greggi inutili e malnati,
     ha dato per guardian lupi arrabbiati:

4 a cui non par ch’abbi a bastar lor fame,
     ch’abbi il lor ventre a capir tanta carne;
     e chiaman lupi di più ingorde brame
     da boschi oltramontani a divorarne.
     Di Trasimeno l’insepulto ossame
     e di Canne e di Trebia poco parne
     verso quel che le ripe e i campi ingrassa,
     dov’Ada e Mella e Ronco e Tarro passa.

5 Or Dio consente che noi siàn puniti
     da populi di noi forse peggiori,
     per li multiplicati ed infiniti
     nostri nefandi, obbrobriosi errori.
     Tempo verrà ch’a depredar lor liti
     andremo noi, se mai saren migliori,
     e che i peccati lor giungano al segno,
     che l’eterna Bontà muovano a sdegno.

6 Doveano allora aver gli eccessi loro
     di Dio turbata la serena fronte,
     che scórse ogni lor luogo il Turco e ’l Moro
     con stupri, uccision, rapine ed onte:
     ma più di tutti gli altri danni, foro
     gravati dal furor di Rodomonte.
     Dissi ch’ebbe di lui la nuova Carlo,
     e che ’n piazza venia per ritrovarlo.

7 Vede tra via la gente sua troncata,
     arsi i palazzi, e ruinati i templi,
     gran parte de la terra desolata;
     mai non si vider sì crudeli esempli.
     - Dove fuggite, turba spaventata?
     Non è tra voi chi ’l danno suo contempli?
     Che città, che refugio più vi resta,
     quando si perda sì vilmente questa?

8 Dunque un uom solo in vostra terra preso,
     cinto di mura onde non può fuggire,
     si partirà che non l’avrete offeso,
     quando tutti v’avrà fatto morire? -
     Così Carlo dicea, che d’ira acceso
     tanta vergogna non potea patire.
     E giunse dove inanti alla gran corte
     vide il pagan por la sua gente a morte.

9 Quivi gran parte era del populazzo,
     sperandovi trovare aiuto, ascesa;
     perché forte di mura era il palazzo,
     con munizion da far lunga difesa.
     Rodomonte, d’orgoglio e d’ira pazzo,
     solo s’avea tutta la piazza presa:
     e l’una man, che prezza il mondo poco,
     ruota la spada, e l’altra getta il fuoco.

10 E de la regal casa, alta e sublime,
     percuote e risuonar fa le gran porte.
     Gettan le turbe da le eccelse cime
     e merli e torri, e si metton per morte.
     Guastare i tetti non è alcun che stime;
     e legne e pietre vanno ad una sorte,
     lastre e colonne, e le dorate travi
     che furo in prezzo agli lor padri e agli avi.

11 Sta su la porta il re d’Algier, lucente
     di chiaro acciar che ’l capo gli arma e ’l busto,
     come uscito di tenebre serpente,
     poi c’ha lasciato ogni squalor vetusto,
     del nuovo scoglio altiero, e che si sente
     ringiovenito e più che mai robusto:
     tre lingue vibra, ed ha negli occhi foco;
     dovunque passa, ogn’animal dà loco.

12 Non sasso, merlo, trave, arco o balestra,
     né ciò che sopra il Saracin percuote,
     ponno allentar la sanguinosa destra
     che la gran porta taglia, spezza e scuote:
     e dentro fatto v’ha tanta finestra,
     che ben vedere e veduto esser puote
     dai visi impressi di color di morte,
     che tutta piena quivi hanno la corte.

13 Suonar per gli alti e spaziosi tetti
     s’odono gridi e feminil lamenti:
     l’afflitte donne, percotendo i petti,
     corron per casa pallide e dolenti;
     e abbraccian gli usci e i geniali letti
     che tosto hanno a lasciare a strane genti.
     Tratta la cosa era in periglio tanto,
     quando ’l re giunse, e suoi baroni accanto.

14 Carlo si volse a quelle man robuste
     ch’ebbe altre volte a gran bisogni pronte.
     - Non sète quelli voi, che meco fuste
     contra Agolante (disse) in Aspramonte?
     Sono le forze vostre ora sì fruste,
     che, s’uccideste lui, Troiano e Almonte
     con centomila, or ne temete un solo
     pur di quel sangue e pur di quello stuolo?

15 Perché debbo vedere in voi fortezza
     ora minor ch’io la vedessi allora?
     Mostrate a questo can vostra prodezza,
     a questo can che gli uomini devora.
     Un magnanimo cor morte non prezza,
     presta o tarda che sia, pur che ben muora.
     Ma dubitar non posso ove voi sète,
     che fatto sempre vincitor m’avete. -

16 Al fin de le parole urta il destriero,
     con l’asta bassa, al Saracino adosso.
     Mossesi a un tratto il paladino Ugiero,
     a un tempo Namo ed Ulivier si è mosso,
     Avino, Avolio, Otone e Berlingiero,
     ch’un senza l’altro mai veder non posso:
     e ferir tutti sopra a Rodomonte
     e nel petto e nei fianchi e ne la fronte.

17 Ma lasciamo, per Dio, Signore, ormai
     di parlar d’ira e di cantar di morte;
     e sia per questa volta detto assai
     del Saracin non men crudel che forte:
     che tempo è ritornar dov’io lasciai
     Grifon, giunto a Damasco in su le porte
     con Orrigille perfida, e con quello
     ch’adulter era, e non di lei fratello.

18 De le più ricche terre di Levante,
     de le più populose e meglio ornate
     si dice esser Damasco, che distante
     siede a Ierusalem sette giornate,
     in un piano fruttifero e abondante,
     non men giocondo il verno, che l’estate.
     A questa terra il primo raggio tolle
     de la nascente aurora un vicin colle.

19 Per la città duo fiumi cristallini
     vanno inaffiando per diversi rivi
     un numero infinito di giardini,
     non mai di fior, non mai di fronde privi.
     Dicesi ancor, che macinar molini
     potrian far l’acque lanfe che son quivi;
     e chi va per le vie vi sente, fuore
     di tutte quelle case, uscire odore.

20 Tutta coperta è la strada maestra
     di panni di diversi color lieti;
     e d’odorifera erba, e di silvestra
     fronda la terra e tutte le pareti.
     Adorna era ogni porta, ogni finestra
     di finissimi drappi e di tapeti,
     ma più di belle e ben ornate donne
     di ricche gemme e di superbe gonne.

21 Vedeasi celebrar dentr’alle porte,
     in molti lochi, solazzevol balli;
     il popul, per le vie, di miglior sorte
     maneggiar ben guarniti e bei cavalli:
     facea più bel veder la ricca corte
     de’ signor, de’ baroni e de’ vasalli,
     con ciò che d’India e d’eritree maremme
     di perle aver si può, d’oro e di gemme.

22 Venia Grifone e la sua compagnia
     mirando e quinci e quindi il tutto ad agio,
     quando fermolli un cavalliero in via,
     e gli fece smontare a un suo palagio;
     e per l’usanza e per sua cortesia
     di nulla lasciò lor patir disagio.
     Li fe’ nel bagno entrar, poi con serena
     fronte gli accolse a sontuosa cena.

23 E narrò lor come il re Norandino,
     re di Damasco e di tutta Soria,
     fatto avea il paesano e ’l peregrino
     ch’ordine avesse di cavalleria,
     alla giostra invitar, ch’al matutino
     del dì sequente in piazza si faria;
     e che s’avean valor pari al sembiante,
     potrian mostrarlo senza andar più inante.

24 Ancor che quivi non venne Grifone
     a questo effetto, pur lo ’nvito tenne;
     che qual volta se n’abbia occasione,
     mostrar virtude mai non disconvenne.
     Interrogollo poi de la cagione
     di quella festa, e s’ella era solenne
     usata ogn’anno, o pure impresa nuova
     del re ch’i suoi veder volesse in pruova.

25 Rispose il cavallier: - La bella festa
     s’ha da far sempre ad ogni quarta luna:
     de l’altre che verran, la prima è questa:
     ancora non se n’è fatta più alcuna.
     Sarà in memoria che salvò la testa
     il re in tal giorno da una gran fortuna,
     dopo che quattro mesi in doglie e ’n pianti
     sempre era stato, e con la morte inanti.

26 Ma per dirvi la cosa pienamente,
     il nostro re, che Norandin s’appella,
     molti e molt’anni ha avuto il core ardente
     de la leggiadra e sopra ogn’altra bella
     figlia del re di Cipro: e finalmente
     avutala per moglie, iva con quella,
     con cavallieri e donne in compagnia;
     e dritto avea il camin verso Soria.

27 Ma poi che fummo tratti a piene vele
     lungi dal porto nel Carpazio iniquo,
     la tempesta saltò tanto crudele,
     che sbigottì sin al padrone antiquo.
     Tre dì e tre notti andammo errando ne le
     minacciose onde per camino obliquo.
     Uscimo al fin nel lito stanchi e molli,
     tra freschi rivi, ombrosi e verdi colli.

28 Piantare i padiglioni, e le cortine
     fra gli arbori tirar facemo lieti.
     S’apparechiano i fuochi e le cucine;
     le mense d’altra parte in su tapeti.
     Intanto il re cercando alle vicine
     valli era andato e a’ boschi più secreti,
     se ritrovasse capre o daini o cervi;
     e l’arco gli portar dietro duo servi.

29 Mentre aspettamo, in gran piacer sedendo,
     che da cacciar ritorni il signor nostro,
     vedemo l’Orco a noi venir correndo
     lungo il lito del mar, terribil mostro.
     Dio vi guardi, signor, che ’l viso orrendo
     de l’Orco agli occhi mai vi sia dimostro:
     meglio è per fama aver notizia d’esso,
     ch’andargli, si che lo veggiate, appresso.

30 Non gli può comparir quanto sia lungo,
     sì smisuratamente è tutto grosso.
     In luogo d’occhi, di color di fungo
     sotto la fronte ha duo coccole d’osso.
     Verso noi vien (come vi dico) lungo
     il lito, e par ch’un monticel sia mosso.
     Mostra le zanne fuor, come fa il porco;
     ha lungo il naso, il sen bavoso e sporco.

31 Correndo viene, e ’l muso a guisa porta
     che ’l bracco suol, quando entra in su la traccia.
     Tutti che lo veggiam, con faccia smorta
     in fuga andamo ove il timor ne caccia.
     Poco il veder lui cieco ne conforta,
     quando, fiutando sol, par che più faccia,
     ch’altri non fa, ch’abbia odorato e lume:
     e bisogno al fuggire eran le piume.

32 Corron chi qua chi là; ma poco lece
     da lui fuggir, veloce più che ’l Noto.
     Di quaranta persone, a pena diece
     sopra il navilio si salvaro a nuoto.
     Sotto il braccio un fastel d’alcuni fece,
     né il grembio si lasciò né il seno voto;
     un suo capace zaino empissene anco,
     che gli pendea, come a pastor, dal fianco.

33 Portòci alla sua tana il mostro cieco,
     cavata in lito al mar dentr’uno scoglio.
     Di marmo così bianco è quello speco,
     come esser soglia ancor non scritto foglio.
     Quivi abitava una matrona seco,
     di dolor piena in vista e di cordoglio;
     ed avea in compagnia donne e donzelle
     d’ogni età, d’ogni sorte, e brutte e belle.

34 Era presso alla grotta in ch’egli stava,
     quasi alla cima del giogo superno,
     un’altra non minor di quella cava,
     dove del gregge suo facea governo.
     Tanto n’avea, che non si numerava;
     e n’era egli il pastor l’estate e ’l verno.
     Ai tempi suoi gli apriva e tenea chiuso,
     per spasso che n’avea, più che per uso.

35 L’umana carne meglio gli sapeva:
     e prima il fa veder ch’all’antro arrivi;
     che tre de’ nostri giovini ch’aveva,
     tutti li mangia, anzi trangugia vivi.
     Viene alla stalla, e un gran sasso ne leva:
     ne caccia il gregge, e noi riserra quivi.
     Con quel sen va dove il suol far satollo,
     sonando una zampogna ch’avea in collo.

36 Il signor nostro intanto ritornato
     alla marina, il suo danno comprende;
     che truova gran silenzio in ogni lato,
     voti frascati, padiglioni e tende.
     Né sa pensar chi sì l’abbia rubato;
     e pien di gran timore al lito scende,
     onde i nocchieri suoi vede in disparte
     sarpar lor ferri e in opra por le sarte.

37 Tosto ch’essi lui veggiono sul lito,
     il palischermo mandano a levarlo:
     ma non sì tosto ha Norandino udito
     de l’ Orco che venuto era a rubarlo,
     che, senza più pensar, piglia partito,
     dovunque andato sia, di seguitarlo.
     Vedersi tor Lucina sì gli duole,
     ch’o racquistarla, o non più viver vuole.

38 Dove vede apparir lungo la sabbia
     la fresca orma, ne va con quella fretta
     con che lo spinge l’amorosa rabbia,
     fin che giunge alla tana ch’io v’ho detta;
     ove con tema la maggior che s’abbia
     a patir mai, l’Orco da noi s’aspetta:
     ad ogni suono di sentirlo parci,
     ch’affamato ritorni a divorarci.

39 Quivi Fortuna il re da tempo guida,
     che senza l’Orco in casa era la moglie.
     Come ella ’l vede: - Fuggine! (gli grida)
     misero te, se l’Orco ti ci coglie! -
     - Coglia (disse) o non coglia, o salvi o uccida,
     che miserrimo i’ sia non mi si toglie.
     Disir mi mena, e non error di via,
     c’ho di morir presso alla moglie mia. -

40 Poi seguì, dimandandole novella
     di quei che prese l’Orco in su la riva;
     prima degli altri, di Lucina bella,
     se l’avea morta, o la tenea captiva.
     La donna umanamente gli favella,
     e lo conforta, che Lucina è viva,
     e che non è alcun dubbio ch’ella muora;
     che mai femina l’Orco non divora.

41 - Esser di ciò argumento ti poss’io,
     e tutte queste donne che son meco:
     né a me né a lor mai l’Orco è stato rio,
     pur che non ci scostian da questo speco.
     A chi cerca fuggir, pon grave fio;
     né pace mai puon ritrovar più seco:
     o le sotterra vive, o l’incatena,
     o fa star nude al sol sopra l’arena.

42 Quando oggi egli portò qui la tua gente,
     le femine dai maschi non divise;
     ma, sì come gli avea, confusamente
     dentro a quella spelonca tutti mise.
     Sentirà a naso il sesso differente.
     Le donne non temer che sieno uccise:
     gli uomini, siene certo; ed empieranne
     di quattro, il giorno, o sei, l’avide canne.

43 Di levar lei di qui non ho consiglio
     che dar ti possa; e contentar ti puoi
     che ne la vita sua non è periglio:
     starà qui al ben e al mal ch’avremo noi.
     Ma vattene, per Dio, vattene, figlio,
     che l’Orco non ti senta e non t’ingoi.
     Tosto che giunge, d’ogn’intorno annasa,
     e sente sin a un topo che sia in casa. -

44 Rispose il re, non si voler partire,
     se non vedea la sua Lucina prima;
     e che più tosto appresso a lei morire,
     che viverne lontan, faceva stima.
     Quando vede ella non potergli dire
     cosa che ’l muova da la voglia prima,
     per aiutarlo fa nuovo disegno,
     e ponvi ogni sua industria, ogni suo ingegno.

45 Morte avea in casa, e d’ogni tempo appese,
     con lor mariti, assai capre ed agnelle,
     onde a sé ed alle sue facea le spese;
     e dal tetto pendea più d’una pelle.
     La donna fe’ che ’l re del grasso prese,
     ch’avea un gran becco intorno alle budelle,
     e che se n’unse dal capo alle piante,
     fin che l’odor cacciò ch’egli ebbe inante.

46 E poi che ’l tristo puzzo aver le parve,
     di che il fetido becco ognora sape,
     piglia l’irsuta pelle, e tutto entrarve
     lo fe’; ch’ella è sì grande che lo cape.
     Coperto sotto a così strane larve,
     facendol gir carpon, seco lo rape
     là dove chiuso era d’un sasso grave
     de la sua donna il bel viso soave.

47 Norandino ubidisce; ed alla buca
     de la spelonca ad aspettar si mette,
     acciò col gregge dentro si conduca;
     e fin a sera disiando stette.
     Ode la sera il suon de la sambuca,
     con che ’nvita a lassar l’umide erbette,
     e ritornar le pecore all’albergo
     il fier pastor che lor venìa da tergo.

48 Pensate voi se gli tremava il core,
     quando l’Orco sentì che ritornava,
     e che ’l viso crudel pieno d’orrore
     vide appressare all’uscio de la cava;
     ma poté la pietà più che ’l timore:
     s’ardea, vedete, o se fingendo amava.
     Vien l’Orco inanzi, e leva il sasso, ed apre:
     Norandino entra fra pecore e capre.

49 Entrato il gregge, l’Orco a noi descende;
     ma prima sopra sé l’uscio si chiude.
     Tutti ne va fiutando: al fin duo prende;
     che vuol cenar de le lor carni crude.
     Al rimembrar di quelle zanne orrende,
     non posso far ch’ancor non trieme e sude.
     Partito l’Orco, il re getta la gonna
     ch’avea di becco, e abbraccia la sua donna.

50 Dove averne piacer deve e conforto,
     vedendol quivi, ella n’ha affanno e noia:
     lo vede giunto ov’ha da restar morto;
     e non può far però ch’essa non muoia.
     - Con tutto ’l mal (diceagli) ch’io supporto,
     signor, sentia non mediocre gioia,
     che ritrovato non t’eri con nui
     quando da l’Orco oggi qui tratta fui.

51 Che se ben il trovarmi ora in procinto
     d’uscir di vita m’era acerbo e forte;
     pur mi sarei, come è commune istinto,
     dogliuta sol de la mia trista sorte:
     ma ora, o prima o poi che tu sia estinto,
     più mi dorrà la tua che la mia morte. -
     E seguitò, mostrando assai più affanno
     di quel di Norandin, che del suo danno.

52 - La speme (disse il re) mi fa venire,
     c’ho di salvarti, e tutti questi teco:
     e s’io nol posso far, meglio è morire,
     che senza te, mio sol, viver poi cieco.
     Come io ci venni, mi potrò partire;
     e voi tutt’altri ne verrete meco,
     se non avrete, come io non ho avuto,
     schivo a pigliare odor d’animal bruto. -

53 La fraude insegnò a noi, che contra il naso
     de l’Orco insegnò a lui la moglie d’esso;
     di vestirci le pelli, in ogni caso
     ch’egli ne palpi ne l’uscir del fesso.
     Poi che di questo ognun fu persuaso;
     quanti de l’un, quanti de l’altro sesso
     ci ritroviamo, uccidian tanti becchi,
     quelli che più fetean, ch’eran più vecchi.

54 Ci ungemo i corpi di quel grasso opimo
     che ritroviamo all’intestina intorno,
     e de l’orride pelli ci vestimo.
     Intanto uscì da l’aureo albergo il giorno.
     Alla spelonca, come apparve il primo
     raggio del sol, fece il pastor ritorno;
     e dando spirto alle sonore canne,
     chiamò il suo gregge fuor de le capanne.

55 Tenea la mano al buco de la tana,
     acciò col gregge non uscissin noi:
     ci prendea al varco; e quando pelo o lana
     sentia sul dosso, ne lasciava poi.
     Uomini e donne uscimmo per sì strana
     strada, coperti dagl’irsuti cuoi:
     e l’Orco alcun di noi mai non ritenne,
     fin che con gran timor Lucina venne.

56 Lucina, o fosse perch’ella non volle
     ungersi come noi, che schivo n’ebbe;
     o ch’avesse l’andar più lento e molle,
     che l’imitata bestia non avrebbe;
     o quando l’Orco la groppa toccolle,
     gridasse per la tema che le accrebbe;
     o che se le sciogliessero le chiome;
     sentita fu, né ben so dirvi come.

57 Tutti eravam sì intenti al caso nostro,
     che non avemmo gli occhi agli altrui fatti.
     Io mi rivolsi al grido; e vidi il mostro
     che già gl’irsuti spogli le avea tratti,
     e fattola tornar nel cavo chiostro.
     Noi altri dentro a nostre gonne piatti
     col gregge andamo ove ’l pastor ci mena,
     tra verdi colli in una piaggia amena.

58 Quivi attendiamo infin che steso all’ombra
     d’un bosco opaco il nasuto Orco dorma.
     Chi lungo il mar, chi verso ’l monte sgombra:
     sol Norandin non vuol seguir nostr’orma.
     L’amor de la sua donna sì lo ’ngombra,
     ch’alla grotta tornar vuol fra la torma,
     né partirsene mai sin alla morte,
     se non racquista la fedel consorte:

59 che quando dianzi avea all’uscir del chiuso
     vedutala restar captiva sola,
     fu per gittarsi, dal dolor confuso,
     spontaneamente al vorace Orco in gola;
     e si mosse, e gli corse infino al muso,
     né fu lontano a gir sotto la mola:
     ma pur lo tenne in mandra la speranza
     ch’avea di trarla ancor di quella stanza.

60 La sera, quando alla spelonca mena
     il gregge l’Orco, e noi fuggiti sente,
     e c’ha da rimaner privo di cena,
     chiama Lucina d’ogni mal nocente,
     e la condanna a star sempre in catena
     allo scoperto in sul sasso eminente.
     Vedela il re per sua cagion patire,
     e si distrugge, e sol non può morire.

61 Matina e sera l’infelice amante
     la può veder come s’affliga e piagna;
     che le va misto fra le capre avante,
     torni alla stalla o torni alla campagna.
     Ella con viso mesto e supplicante
     gli accenna che per Dio non vi rimagna,
     perché vi sta a gran rischio de la vita,
     né però a lei può dare alcuna aita.

62 Così la moglie ancor de l’Orco priega
     il re che se ne vada, ma non giova;
     che d’andar mai senza Lucina niega,
     e sempre più costante si ritruova.
     In questa servitude, in che lo lega
     Pietate e Amor, stette con lunga pruova
     tanto, ch’a capitar venne a quel sasso
     il figlio d’Agricane e ’l re Gradasso.

63 Dove con loro audacia tanto fenno,
     che liberaron la bella Lucina;
     ben che vi fu aventura più che senno:
     e la portar correndo alla marina;
     e al padre suo, che quivi era, la denno:
     e questo fu ne l’ora matutina,
     che Norandin con l’altro gregge stava
     a ruminar ne la montana cava.

64 Ma poi che ’l giorno aperta fu la sbarra,
     e seppe il re la donna esser partita
     (che la moglie de l’Orco gli lo narra),
     e come a punto era la cosa gita;
     grazie a Dio rende, e con voto n’inarra,
     ch’essendo fuor di tal miseria uscita,
     faccia che giunga onde per arme possa,
     per prieghi o per tesoro, esser riscossa.

65 Pien di letizia va con l’altra schiera
     del simo gregge, e viene ai verdi paschi;
     e quivi aspetta fin ch’all’ombra nera
     il mostro per dormir ne l’erba caschi.
     Poi ne vien tutto il giorno e tutta sera;
     e al fin sicur che l’Orco non lo ’ntaschi,
     sopra un navilio monta in Satalia;
     e son tre mesi ch’arrivò in Soria.

66 In Rodi, in Cipro, e per città e castella
     e d’Africa e d’Egitto e di Turchia,
     il re cercar fe’ di Lucina bella;
     né fin l’altr’ieri aver ne poté spia.
     L’altr’ier n’ebbe dal suocero novella,
     che seco l’avea salva in Nicosia,
     dopo che molti dì vento crudele
     era stato contrario alle sue vele.

67 Per allegrezza de la buona nuova
     prepara il nostro re la ricca festa;
     e vuol ch’ad ogni quarta luna nuova,
     una se n’abbia a far simile a questa:
     che la memoria rifrescar gli giova
     dei quattro mesi che ’n irsuta vesta
     fu tra il gregge de l’Orco; e un giorno, quale
     sarà dimane, uscì di tanto male.

68 Questo ch’io v’ho narrato, in parte vidi,
     in parte udi’ da chi trovossi al tutto;
     dal re, vi dico, che calende ed idi
     vi stette, fin che volse in riso il lutto:
     e se n’udite mai far altri gridi,
     direte a chi gli fa, che mal n’è istrutto. -
     Il gentiluomo in tal modo a Grifone
     de la festa narrò l’alta cagione.

69 Un gran pezzo di notte si dispensa
     dai cavallieri in tal ragionamento;
     e conchiudon ch’amore e pietà immensa
     mostrò quel re con grande esperimento.
     Andaron, poi che si levar da mensa,
     ove ebbon grato e buono alloggiamento.
     Nel seguente matin sereno e chiaro,
     al suon de l’allegrezze si destaro.

70 Vanno scorrendo timpani e trombette,
     e ragunando in piazza la cittade.
     Or, poi che de cavalli e de carrette
     e ribombar de gridi odon le strade,
     Grifon le lucide arme si rimette,
     che son di quelle che si trovan rade;
     che l’avea impenetrabili e incantate
     la Fata bianca di sua man temprate.

71 Quel d’Antiochia, più d’ogn’altro vile,
     armossi seco, e compagnia gli tenne.
     Preparate avea lor l’oste gentile
     nerbose lance, e salde e grosse antenne,
     e del suo parentado non umìle
     compagnia tolta; e seco in piazza venne;
     e scudieri a cavallo, e alcuni a piede,
     a tal servigi attissimi, lor diede.

72 Giunsero in piazza, e trassonsi in disparte,
     né pel campo curar far di sé mostra,
     per veder meglio il bel popul di Marte,
     ch’ad uno, o a dua, o a tre, veniano in giostra.
     Chi con colori accompagnati ad arte
     letizia o doglia alla sua donna mostra;
     chi nel cimier, chi nel dipinto scudo
     disegna Amor, se l’ha benigno o crudo.

73 Soriani in quel tempo aveano usanza
     d’armarsi a questa guisa di Ponente.
     Forse ve gli inducea la vicinanza
     che de’ Franceschi avean continuamente,
     che quivi allor reggean la sacra stanza
     dove in carne abitò Dio onnipotente;
     ch’ora i superbi e miseri cristiani,
     con biasmi lor, lasciano in man de’ cani.

74 Dove abbassar dovrebbono la lancia
     in augumento de la santa fede,
     tra lor si dan nel petto e ne la pancia
     a destruzion del poco che si crede.
     Voi, gente ispana, e voi, gente di Francia,
     volgete altrove, e voi, Svizzeri, il piede,
     e voi, Tedeschi, a far più degno acquisto;
     che quanto qui cercate è già di Cristo.

75 Se Cristianissimi esser voi volete,
     e voi altri Catolici nomati,
     perché di Cristo gli uomini uccidete?
     perché de’ beni lor son dispogliati?
     Perché Ierusalem non riavete,
     che tolto è stato a voi da’ rinegati?
     Perché Costantinopoli e del mondo
     la miglior parte occupa il Turco immondo?

76 Non hai tu, Spagna, l’Africa vicina,
     che t’ha via più di questa Italia offesa?
     E pur, per dar travaglio alla meschina,
     lasci la prima tua sì bella impresa.
     O d’ogni vizio fetida sentina,
     dormi, Italia imbriaca, e non ti pesa
     ch’ora di questa gente, ora di quella
     che già serva ti fu, sei fatta ancella?

77 Se ’l dubbio di morir ne le tue tane,
     Svizzer, di fame, in Lombardia ti guida,
     e tra noi cerchi o chi ti dia del pane,
     o, per uscir d’inopia, chi t’uccida;
     le richezze del Turco hai non lontane:
     caccial d’Europa, o almen di Grecia snida;
     così potrai o del digiuno trarti,
     o cader con più merto in quelle parti.

78 Quel ch’a te dico, io dico al tuo vicino
     tedesco ancor; là le richezze sono,
     che vi portò da Roma Costantino:
     portonne il meglio, e fe’ del resto dono.
     Pattolo ed Ermo onde si tra’ l’or fino,
     Migdonia e Lidia, e quel paese buono
     per tante laudi in tante istorie noto,
     non è, s’andar vi vuoi, troppo remoto.

79 Tu, gran Leone, a cui premon le terga
     de le chiavi del ciel le gravi some,
     non lasciar che nel sonno si sommerga
     Italia, se la man l’hai ne le chiome.
     Tu sei Pastore; e Dio t’ha quella verga
     data a portare, e scelto il fiero nome,
     perché tu ruggi, e che le braccia stenda,
     sì che dai lupi il grege tuo difenda.

80 Ma d’un parlar ne l’altro, ove sono ito
     si lungi, dal camin ch’io faceva ora?
     Non lo credo però sì aver smarrito,
     ch’io non lo sappia ritrovare ancora.
     Io dicea ch’in Soria si tenea il rito
     d’armarsi, che i Franceschi aveano allora:
     sì che bella in Damasco era la piazza
     di gente armata d’elmo e di corazza.

81 Le vaghe donne gettano dai palchi
     sopra i giostranti fior vermigli e gialli,
     mentre essi fanno a suon degli oricalchi
     levare a salti ed aggirar cavalli.
     Ciascuno, o bene o mal ch’egli cavalchi,
     vuol far quivi vedersi, e sprona e dàlli:
     di ch’altri ne riporta pregio e lode;
     mentre altri a riso, e gridar dietro s’ode.

82 De la giostra era il prezzo un’armatura
     che fu donata al re pochi dì inante,
     che su la strada ritrovò a ventura,
     ritornando d’Armenia, un mercatante.
     Il re di nobilissima testura
     le sopraveste all’arme aggiunse, e tante
     perle vi pose intorno e gemme ed oro,
     che la fece valer molto tesoro.

83 Se conosciute il re quell’arme avesse,
     care avute l’avria sopra ogni arnese;
     né in premio de la giostra l’avria messe,
     come che liberal fosse e cortese.
     Lungo saria chi raccontar volesse
     chi l’avea sì sprezzate e vilipese,
     che ’n mezzo de la strada le lasciasse,
     preda chiunque o inanzi o indietro andasse.

84 Di questo ho da contarvi più di sotto:
     or dirò di Grifon, ch’alla sua giuuta
     un paio e più di lance trovò rotto,
     menato più d’un taglio e d’una punta.
     Dei più cari e più fidi al re fur otto
     che quivi insieme avean lega congiunta;
     gioveni; in arme pratichi ed industri,
     tutti o signori o di famiglie illustri.

85 Quei rispondean ne la sbarrata piazza
     per un dì, ad uno ad uno, a tutto ’l mondo,
     prima con lancia, e poi con spada o mazza,
     fin ch’al re di guardarli era giocondo;
     e si foravan spesso la corazza:
     per giuoco in somma qui facean, secondo
     fan gli nimici capitali, eccetto
     che potea il re partirli a suo diletto.

86 Quel d’Antiochia, un uom senza ragione,
     che Martano il codardo nominosse,
     come se de la forza di Grifone,
     poi ch’era seco, participe fosse,
     audace entrò nel marziale agone;
     e poi da canto ad aspettar fermosse,
     sin che finisce una battaglia fiera
     che tra duo cavallier cominciata era.

87 Il signor di Seleucia, di quell’uno,
     ch’a sostener l’impresa aveano tolto,
     combattendo in quel tempo con Ombruno,
     lo ferì d’una punta in mezzo ’l volto,
     sì che l’uccise: e pietà n’ebbe ognuno,
     perché buon cavallier lo tenean molto;
     ed oltra la bontade, il più cortese
     non era stato in tutto quel paese.

88 Veduto ciò, Martano ebbe paura
     che parimente a sé non avvenisse;
     e ritornando ne la sua natura,
     a pensar cominciò come fugisse.
     Grifon, che gli era appresso e n’avea cura,
     lo spinse pur, poi ch’assai fece e disse,
     contra un gentil guerrier che s’era mosso,
     come si spinge il cane al lupo adosso;

89 che dieci passi gli va dietro o venti,
     e poi si ferma, ed abbaiando guarda
     come digrigni i minacciosi denti,
     come negli occhi orribil fuoco gli arda.
     Quivi ov’erano e principi presenti
     e tanta gente nobile e gagliarda,
     fuggì lo ’ncontro il timido Martano,
     e torse ’l freno e ’l capo a destra mano.

90 Pur la colpa potea dar al cavallo,
     chi di scusarlo avesse tolto il peso;
     ma con la spada poi fe’ sì gran fallo,
     che non l’avria Demostene difeso.
     Di carta armato par, non di metallo;
     sì teme da ogni colpo essere offeso.
     Fuggesi al fine, e gli ordini disturba,
     ridendo intorno a lui tutta la turba.

91 Il batter de le mani, il grido intorno
     se gli levò del populazzo tutto.
     Come lupo cacciato, fe’ ritorno
     Martano in molta fretta al suo ridutto.
     Resta Grifone; e gli par de lo scorno
     del suo compagno esser macchiato e brutto:
     esser vorrebbe stato in mezzo il foco,
     più tosto che trovarsi in questo loco.

92 Arde nel core, e fuor nel viso avampa,
     come sia tutta sua quella vergogna;
     perché l’opere sue di quella stampa
     vedere aspetta il populo ed agogna:
     sì che rifulga chiara più che lampa
     sua virtù, questa volta gli bisogna;
     ch’un’oncia, un dito sol d’error che faccia,
     per la mala impression parrà sei braccia.

93 Già la lancia avea tolta su la coscia
     Grifon, ch’errare in arme era poco uso:
     spinse il cavallo a tutta briglia, e poscia
     ch’alquanto andato fu, la messe suso,
     e portò nel ferire estrema angoscia
     al baron di Sidonia, ch’andò guiso.
     Ognun maravigliando in pié si leva;
     che ’l contrario di ciò tutto attendeva.

94 Tornò Grifon con la medesma antenna,
     che ’ntiera e ferma ricovrata avea,
     ed in tre pezzi la roppe alla penna
     de lo scudo al signor di Lodicea.
     Quel per cader tre volte e quattro accenna,
     che tutto steso alla groppa giacea:
     pur rilevato al fin la spada strinse,
     voltò il cavallo, e vêr Grifon si spinse.

95 Grifon, che ’l vede in sella, e che non basta
     sì fiero incontro perché a terra vada,
     dice fra sé: - Quel che non poté l’asta,
     in cinque colpi o ’n sei farà la spada. -
     E su la tempia subito l’attasta
     d’un dritto tal, che par che dal ciel cada;
     e un altro gli accompagna e un altro appresso,
     tanto che l’ha stordito e in terra messo.

96 Quivi erano d’Apamia duo germani,
     soliti in giostra rimaner di sopra,
     Tirse e Corimbo; ed ambo per le mani
     del figlio d’Uliver cader sozzopra.
     L’uno gli arcion lascia allo scontro vani;
     con l’altro messa fu la spada in opra.
     Già per commun giudicio si tien certo
     che di costui fia de la giostra il merto.

97 Ne la lizza era entrato Salinterno,
     gran diodarro e maliscalco regio,
     e che di tutto ’l regno avea il governo,
     e di sua mano era guerriero egregio.
     Costui, sdegnoso ch’un guerriero esterno
     debba portar di quella giostra il pregio,
     piglia una lancia, e verso Grifon grida,
     e molto minacciandolo lo sfida.

98 Ma quel con un lancion gli fa risposta,
     ch’avea per lo miglior fra dieci eletto,
     e per non far error, lo scudo apposta,
     e via lo passa e la corazza e ’l petto:
     passa il ferro crudel tra costa e costa,
     e fuor pel tergo un palmo esce di netto.
     Il colpo, eccetto al re, fu a tutti caro;
     ch’ognuno odiava Salinterno avaro.

99 Grifone, appresso a questi, in terra getta
     duo di Damasco, Ermofilo e Carmondo.
     La milizia del re dal primo è retta;
     del mar grande almiraglio è quel secondo.
     Lascia allo scontro l’un la sella in fretta:
     adosso all’altro si riversa il pondo
     del rio destrier, che sostener non puote
     l’alto valor con che Grifon percuote.

100 Il signor di Seleucia ancor restava,
     miglior guerrier di tutti gli altri sette;
     e ben la sua possanza accompagnava
     con destrier buono e con arme perfette.
     Dove de l’elmo la vista si chiava,
     l’asta allo scontro l’uno e l’altro mette;
     pur Grifon maggior colpo al pagan diede,
     che lo fe’ staffeggiar dal manco piede.

101 Gittaro i tronchi, e si tornaro adosso
     pieni di molto ardir coi brandi nudi.
     Fu il pagan prima da Grifon percosso
     d’un colpo che spezzato avria gl’incudi.
     Con quel fender si vide e ferro ed osso
     d’un ch’eletto s’avea tra mille scudi;
     e se non era doppio e fin l’arnese,
     ferìa la coscia ove cadendo scese.

102 Ferì quel di Seleucia alla visera
     Grifone a un tempo; e fu quel colpo tanto,
     che l’avria aperta e rotta, se non era
     fatta, come l’altr’arme, per incanto.
     Gli è un perder tempo che ’l pagan più fera:
     così son l’arme dure in ogni canto:
     e ’n più parti Grifon già fessa e rotta
     ha l’armatura a lui, né perde botta.

103 Ognun potea veder quanto di sotto
     il signor di Seleucia era a Grifone;
     e se partir non li fa il re di botto,
     quel che sta peggio, la vita vi pone.
     Fe’ Norandino alla sua guardia motto
     ch’entrasse a distaccar l’aspra tenzone.
     Quindi fu l’uno, e quindi l’altro tratto;
     e fu lodato il re di sì buon atto.

104 Gli otto che dianzi avean col mondo impresa,
     e non potuto durar poi contra uno,
     avendo mal la parte lor difesa,
     usciti eran dal campo ad uno ad uno.
     Gli altri ch’eran venuti a lor contesa,
     quivi restar senza contrasto alcuno,
     avendo lor Grifon, solo, interrotto
     quel che tutti essi avean da far contra otto.

105 E durò quella festa così poco,
     ch’in men d’un’ora il tutto fatto s’era:
     ma Norandin, per far più lungo il giuoco
     e per continuarlo infino a sera,
     dal palco scese, e fe’ sgombrare il loco;
     e poi divise in due la grossa schiera,
     indi, secondo il sangue e la lor prova,
     gli andò accoppiando, e fe’ una giostra nova.

106 Grifone intanto avea fatto ritorno
     alla sua stanza pien d’ira e di rabbia
     e più gli preme di Martan lo scorno
     che non giova l’onor ch’esso vinto abbia.
     Quivi, per tor l’obbrobrio ch’avea intorno,
     Martano adopra le mendaci labbia:
     e l’astuta e bugiarda meretrice,
     come meglio sapea, gli era adiutrice.

107 O sì o no che ’l giovin gli credesse,
     pur la scusa accettò, come discreto:
     e pel suo meglio allora allora elesse
     quindi levarsi tacito e secreto,
     per tema che, se ’l populo vedesse
     Martano comparir, non stesse cheto.
     Così per una via nascosa e corta
     usciro al camin lor fuor de la porta.

108 Grifone, o ch’egli o che ’l cavallo fosse
     stanco, o gravasse il sonno pur le ciglia,
     al primo albergo che trovar, fermosse,
     che non erano andati oltre a dua miglia.
     Si trasse l’elmo, e tutto disarmosse,
     e trar fece a’ cavalli e sella e briglia;
     e poi serrossi in camera soletto,
     e nudo per dormire entrò nel letto.

109 Non ebbe così tosto il capo basso,
     che chiuse gli occhi, e fu dal sonno oppresso
     così profundamente, che mai tasso
     né ghiro mai s’addormentò quanto esso.
     Martano in tanto ed Orrigille a spasso
     entraro in un giardin ch’era lì appresso;
     ed un inganno ordir, che fu il più strano
     che mai cadesse in sentimento umano.

110 Martano disegnò torre il destriero,
     i panni e l’arme che Grifon s’ha tratte;
     e andare inanzi al re pel cavalliero
     che tante pruove avea giostrando fatte.
     L’effetto ne seguì, fatto il pensiero:
     tolle il destrier più candido che latte,
     scudo e cimiero ed arme e sopraveste,
     e tutte di Grifon l’insegne veste.

111 Con gli scudieri e con la donna, dove
     era il popolo ancora, in piazza venne;
     e giunse a tempo che finian le pruove
     di girar spade e d’arrestare antenne.
     Commanda il re che ’l cavallier si truove,
     che per cimier avea le bianche penne,
     bianche le vesti e bianco il corridore;
     che ’l nome non sapea del vincitore.

112 Colui ch’indosso il non suo cuoio aveva,
     come l’asino già quel del leone,
     chiamato, se n’andò, come attendeva,
     a Norandino, in loco di Grifone.
     Quel re cortese incontro se gli leva,
     l’abbraccia e bacia, e allato se lo pone:
     né gli basta onorarlo e dargli loda,
     che vuol che ’l suo valor per tutto s’oda.

113 E fa gridarlo al suon degli oricalchi
     vincitor de la giostra di quel giorno.
     L’alta voce ne va per tutti i palchi,
     che ’l nome indegno udir fa d’ogn’intorno.
     Seco il re vuol ch’a par a par cavalchi,
     quando al palazzo suo poi fa ritorno;
     e di sua grazia tanto gli comparte,
     che basteria, se fosse Ercole o Marte.

114 Bello ed ornato alloggiamento dielli
     in corte, ed onorar fece con lui
     Orrigille anco; e nobili donzelli
     mandò con essa, e cavallieri sui.
     Ma tempo è ch’anco di Grifon favelli,
     il qual né dal compagno né d’altrui
     temendo inganno, addormentato s’era,
     né mai si risvegliò fin alla sera.

115 Poi che fu desto, e che de l’ora tarda
     s’accorse, uscì di camera con fretta,
     dove il falso cognato e la bugiarda
     Orrigille lasciò con l’altra setta;
     e quando non gli truova, e che riguarda
     non v’esser l’arme né i panni, sospetta;
     ma il veder poi più sospettoso il fece
     l’insegne del compagno in quella vece.

116 Sopravien l’oste, e di colui l’informa
     che già gran pezzo, di bianch’arme adorno,
     con la donna e col resto de la torma
     avea ne la città fatto ritorno.
     Truova Grifone a poco a poco l’orma
     ch’ascosa gli avea Amor fin a quel giorno;
     e con suo gran dolor vede esser quello
     adulter d’Orrigille, e non fratello.

117 Di sua sciocchezza indarno ora si duole,
     ch’avendo il ver dal peregrino udito,
     lasciato mutar s’abbia alle parole
     di chi l’avea più volte già tradito.
     Vendicar si potea, né seppe; or vuole
     l’inimico punir, che gli è fuggito;
     ed è costretto con troppo gran fallo
     a tor di quel vil uom l’arme e ’l cavallo.

118 Eragli meglio andar senz’arme e nudo,
     che porsi indosso la corazza indegna,
     o ch’imbracciar l’abominato scudo,
     o por su l’elmo la beffata insegna;
     ma per seguir la meretrice e ’l drudo,
     ragione in lui pari al disio non regna.
     A tempo venne alla città, ch’ancora
     il giorno avea quasi di vivo un’ora.

119 Presso alla porta ove Grifon venìa,
     siede a sinistra un splendido castello,
     che, più che forte e ch’a guerre atto sia,
     di ricche stanze è accommodato e bello.
     I re, i signori, i primi di Soria
     con alte donne in un gentil drappello
     celebravano quivi in loggia amena
     la real sontuosa e lieta cena.

120 La bella loggia sopra ’l muro usciva
     con l’alta rocca fuor de la cittade;
     e lungo tratto di lontan scopriva
     i larghi campi e le diverse strade.
     Or che Grifon verso la porta arriva
     con quell’arme d’obbrobrio e di viltade,
     fu con non troppa aventurosa sorte
     dal re veduto e da tutta la corte:

121 e riputato quel di ch’avea insegna,
     mosse le donne e i cavallieri a riso.
     Il vil Martano, come quel che regna
     in gran favor, dopo ’l re è ’l primo assiso,
     e presso a lui la donna di sé degna;
     dai quali Norandin con lieto viso
     volse saper chi fosse quel codardo
     che così avea al suo onor poco riguardo;

122 che dopo una sì trista e brutta pruova,
     con tanta fronte or gli tornava inante.
     Dicea: - Questa mi par cosa assai nuova,
     ch’essendo voi guerrier degno e prestante,
     costui compagno abbiate, che non truova,
     di viltà, pari in terra di Levante.
     Il fate forse per mostrar maggiore,
     per tal contrario, il vostro alto valore.

123 Ma ben vi giuro per gli eterni dei,
     che se non fosse ch’io riguardo a vui,
     la publica ignominia gli farei,
     ch’io soglio fare agli altri pari a lui.
     Perpetua ricordanza gli darei,
     come ognor di viltà nimico fui.
     Ma sappia, s’impunito se ne parte,
     grado a voi che ’l menaste in questa parte. -

124 Colui che fu de tutti i vizi il vaso,
     rispose: - Alto signor, dir non sapria
     chi sia costui; ch’io l’ho trovato a caso,
     venendo d’Antiochia, in su la via.
     ll suo smnbiante m’avea persuaso
     che fosse degno di mia compagnia;
     ch’intesa non n’avea pruova né vista,
     se non quella che fece oggi assai trista.

125 La qual mi spiacque sì, che restò poco,
     che per punir l’estrema sua viltade,
     non gli facessi allora allora un gioco,
     che non toccasse più lance né spade:
     ma ebbi, più ch’a lui, rispetto al loco,
     e riverenza a vostra maestade.
     Né per me voglio che gli sia guadagno
     l’essermi stato un giorno o dua compagno:

126 di che contaminato anco esser parme;
     e sopra il cor mi sarà eterno peso,
     se, con vergogna del mestier de l’arme,
     io lo vedrò da noi partire illeso:
     e meglio che lasciarlo, satisfarme
     potrete, se sarà d’un merlo impeso;
     e fia lodevol opra e signorile,
     perch’el sia esempio e specchio ad ogni vile. -

127 Al detto suo Martano Orrigille have,
     senza accennar, confermatrice presta.
     - Non son (rispose il re) l’opre sì prave,
     ch’al mio parer v’abbia d’andar la testa.
     Voglio per pena del peccato grave,
     che sol rinuovi al populo la festa. -
     E tosto a un suo baron, che fe’ venire,
     impose quanto avesse ad esequire.

128 Quel baron molti armati seco tolse,
     ed alla porta de la terra scese;
     e quivi con silenzio li raccolse,
     e la venuta di Grifone attese:
     e ne l’entrar sì d’improviso il colse,
     che fra i duo ponti a salvamento il prese;
     e lo ritenne con beffe e con scorno
     in una oscura stanza insin al giorno.

129 Il Sole a pena avea il dorato crine
     tolto di grembio alla nutrice antica,
     e cominciava da le piagge alpine
     a cacciar l’ombre e far la cima aprica;
     quando temendo il vil Martan ch’al fine
     Grifone ardito la sua causa dica,
     e ritorni la colpa ond’era uscita,
     tolse licenza, e fece indi partita,

130 trovando idonia scusa al priego regio,
     che non stia allo spettacolo ordinato.
     Altri doni gli avea fatto, col pregio
     de la non sua vittoria, il signor grato;
     e sopra tutto un amplo privilegio,
     dov’era d’altri onori al sommo ornato.
     Lasciànlo andar; ch’io vi prometto certo,
     che la mercede avrà secondo il merto.

131 Fu Grifon tratto a gran vergogna in piazza,
     quando più si trovò piena di gente.
     Gli avean levato l’elmo e la corazza,
     e lasciato in farsetto assai vilmente;
     e come il conducessero alla mazza,
     posto l’avean sopra un carro eminente,
     che lento lento tiravan due vacche
     da lunga fame attenuate e fiacche.

132 Venian d’intorno alla ignobil quadriga
     vecchie sfacciate e disoneste putte,
     di che n’era una ed or un’altra auriga,
     e con gran biasmo lo mordeano tutte.
     Lo poneano i fanciulli in maggior briga,
     che, oltre le parole infami e brutte,
     l’avrian coi sassi insino a morte offeso,
     se dai più saggi non era difeso.

133 L’arme che del suo male erano state
     cagion, che di lui fer non vero indicio,
     da la coda del carro strascinate
     patian nel fango debito supplicio.
     Le ruote inanzi a un tribunal fermate
     gli fero udir de l’altrui maleficio
     la sua ignominia, che ’n sugli occhi detta
     gli fu, gridando un publico trombetta.

134 Lo levar quindi, e lo mostrar per tutto
     dinanzi a templi, ad officine e a case,
     dove alcun nome scelerato e brutto,
     che non gli fosse detto, non rimase.
     Fuor de la terra all’ultimo cundutto
     fu da la turba, che si persuase
     bandirlo e cacciare indi a suon di busse,
     non conoscendo ben ch’egli si fusse.

135 Si tosto a pena gli sferraro i piedi
     e liberargli l’una e l’altra mano,
     che tor lo scudo ed impugnar gli vedi
     la spada, che rigò gran pezzo il piano.
     Non ebbe contra sé lance né spiedi;
     che senz’arme venìa il populo insano.
     Ne l’altro canto diferisco il resto;
     che tempo è omai, Signor, di finir questo.