1 Magnánimo señor, todo acto vuestro
siempre he laudado con razón y laudo,
aunque con torpe y descuidado estro
sé bien que vuestros méritos defraudo.
Mas sois por uno más que el resto diestro,
y es por el cual con más tesón aplaudo:
que es tán fácil de vos ser recibido
cuanto difícil que creáis lo oído.
2 En defensión del acusado ausente
os veo siempre aducir alguna excusa,
o no escuchar hasta que ya presente
se defienda del otro que lo acusa;
y, antes de juzgar, siempre de frente
quererlo ver y oír qué razón usa;
y así aplazar un día, o un mes o un año
toda sentencia que suponga un daño.
3 Si hubiera Norandín dado esta muestra,
no habría hecho a Grifón lo que le hizo.
Rutila como el sol la fama vuestra;
cayó sobre la suya agua y pedrizo.
Por él tanto rigor Grifón demuestra,
pues, junto al carro en que marchó, deshizo,
apenas de diez tajos y estocadas,
treinta de aquellas gentes desgraciadas.
4 Va el resto allá donde el temor lo lleva,
cruzando campo o yendo por camino,
y cuanto en la ciudad a entrarse prueba
ante la puerta a amontonarse vino.
No amenaza Grifón, la voz no eleva,
mas sin asomo de piedad, mohíno,
la espada entre el inerme vulgo mueve
y hace de su baldón cobro no leve.
5 De entre aquellos más prestos en la huida
que antes se vieron de la puerta al frente,
una parte, atendiendo más su vida
que a sus amigos, alzó presto el puente;
otra llorando, en rota y compungida
huyendo marcha sin volver la frente,
y así vaga por todos los distritos
henchiendo la ciudad con grandes gritos.
6 Fuera alcanza Grifón a dos de esos
que vieron por su mal alzarse el puente.
Esparce por el suelo a uno los sesos
de un gran mazazo que le da en la frente;
tomando al otro por sus miembros gruesos,
sobre el muro lo arroja entre la gente.
Siente la cïudad en las venas hielo,
cuando miran caer a éste del cielo.
7 Muchos temieron que Grifón ardido
pudiera el muro traspasar de un salto.
No habría confusión mayor movido,
si a Damasco el sultán le diera asalto.
¡Qué caos de gentes, qué de armas ruido,
qué gritos del muecín orando en alto,
qué son mezclado de tambor y trompa
parece, al asordar, que el cielo rompa!
8 Mas nueva vez el referir aplazo
de cuanto con Grifón allí sucede;
y el cuento con el rey Carlos enlazo,
que a Rodomonte con presteza agrede,
el cual contra París movía el brazo.
Conté que junto al rey, dentro en la sede,
vino Ugiero y Otón, Nano y Avino,
y Avolio y Belenguer y Oliver vino.
9 Ocho lanzadas que con fuerza y tino
hacen los ocho a la ocasión presente,
a resistir la piel de escamas vino
con que el pecho se cubre el oponente.
Como se alza bajel, después que el lino
arría el piloto cuando el cauro siente.
así se yergue presto Rodomonte,
tras golpes que tumbar deben un monte.
10 Guido, Ricardo, Salamón, Rainiero,
Ganelón el traidor, el fiel Turpino,
Ivón, Hugueto, Marcos, Angeliero,
Mateo, aquellos ocho y Angelino
dan cerco a aquel alárabe guerrero
en San Miguel, el llano parisino.
Arimán y Eduardo de Inglaterra
también, tras de pisar de París tierra.
11 No tiembla muro así desde el terreno
de alto fortín sobre el peñón alpino,
cuando el bóreas o el ábrego sin freno
arranca de raíz abeto y pino;
como tiembla de orgullo el sarraceno,
de furia y sanguinosa sed mohíno;
y, como el trueno o la saeta surge,
ira y venganza a un tiempo en él resurge.
12 Alcanza en la cabeza al más cercano,
que el pobre Hugueto de Dordoña era,
que herido hasta los dientes cae al llano,
por más que yelmo de primor tuviera.
También golpeado es aquel pagano
por todas partes con violencia fiera:
aguja es que en el yunque se derrama,
tan dura es la dragontina escama.
13 Queda la externa y defensiva roca
sin guarnición, la munición deshecha,
que a todos en la plaza el rey convoca,
donde en más falta su valor se echa.
Corre a la plaza en masa como loca
la turba a la que huir poco aprovecha;
mas tanto enciende el rey al pueblo lento,
que no hay quien no se arme y cobre aliento.
14 Como, cuando en la jaula que contenga
leona vieja ya curtida en guerra,
para que el pueblo esparcimiento tenga,
con ella un toro indómito se encierra,
y ven los cachorrillos que a ellos venga
altivo mientras muge y bravo yerra,
y, en cuanto el cuerno con asombro miran,
tímidos a una parte se retiran;
15 mas si la madre contra él se lanza
y en sus orejas clava el crudo diente,
también ellos pretenden su matanza
y, saliendo en su auxilio bravamente,
muerde uno al toro el lomo, otro la panza:
así contra el pagano hace esta gente.
De tejados, ventanas y aun más cerca,
lluvia de armas lo fustiga y cerca.
16 Tantos caballos hay e infantería
que apenas en París se cabe al cabo.
Como enjambre de abejas se venía
la turba sobre aquel pagano bravo;
y, aunque sea sin armas a porfía
más fácil de tronchar que col o nabo.
no podría el de Argel cortarla entera
ni aunque a destajo un mes tal cosa hiciera.
17 El moro ya no sabe cómo pueda
dar fin a aquella guerra que lo enfada;
pues no mengua la gente que depreda.
por más que mil o más cubran la estrada;
antes menor la fuerza es que le queda,
y juzga al fin mejor dejar la espada
ahora que aún está con fuerza y sano,
que no cuando lo quiera, y ya sea vano.
18 Mira en redor con orgullosa frente,
y ve que la salida está cerrada;
mas que con ruina de infinita gente
puede abrirla y dejarla despejada.
Así, pues, con furor incontinente,
blandiendo al aire la afilada espada,
hace a la tropa inglesa acometida
que es de Eduardo y Amirán regida.
19 El que ha visto romper coso estacado
que espeso el vulgo en pelotón rodea,
a un toro de los perros hostigado,
y herido de la puya y la pelea,
del cual el pueblo huye acobardado,
mientras la gente el animal cornea;
piense que así o aun más terrible acaso
el crüel sarraceno se abre paso.
20 A quince o más por la mitad deshace,
otros tantos alcanza y descabeza,
de un tajo de derecho o revés hace
del modo en que se siega la maleza.
Bañado en sangre al fin del desenlace,
deja a muchos sin brazo o sin cabeza,
y, allá por donde va, todo rebana
sea brazo, pierna o parte que fue sana.
21 De modo se le ve dejar la plaza
que no se nota en él que tenga miedo;
pero en la huida, sin embargo, traza
por dónde pueda huir seguro y quedo.
Piensa al fin ser el Sena mejor baza
aguas abajo, y sale de aquel ruedo.
La tropa y el crecido pueblo llano
lo estrecha y sigue sin dejar de mano.
22 Cual por la selva númida o masilia,
huye acosada la animosa fiera,
y, aunque huye, con soberbia faz se exilia,
y lenta cede y va a su madriguera;
así el infiel, cercado por familia
tan enfadosa, grande y barullera
de espada y lanza y de volante flecha
al río a paso lento al fin se echa.
23 Tanto el furor lo mueve que, ya fuera,
tres veces vuelve al centro de la plaza,
donde blande la espada de manera
que otra vez más de ciento despedaza.
Mas la razón sobre la rabia impera
antes que del hedor Dios tenga traza;
y de la orilla, al fin, sin otra trampa,
se tira al agua, y del peligro escampa.
24 Fue por medio del agua todo armado
cual si fuese por boyas sostenido:
¡Aunque Anteo y Aníbal hayas dado,
África, igual a él no has producido!
Dolióse tras llegar al otro lado,
de haber de la ciudad al fin salido,
la cual pudo cruzar de cabo a rabo
sin haberla arrasado toda al cabo.
25 Tanto lo aprieta la soberbia e ira
que mira la ciudad ya en salvaguarda,
y muy de corazón gime y suspira,
pues no se quiere ir sin que no arda.
Mas junto al río, en esto, venir mira
el que esta ira le extingue o le retarda.
Quién fuese él lo escucharéis bien presto,
mas quiero decir algo antes de esto.
26 Quiero decir de la Discordia altiva
a quien Miguel Arcángel dio el encargo
de mover a disputa compulsiva
a aquellos que Agramante tiene al cargo.
Dejó al punto a los frailes con que iba
con otros que hacer tal saben de largo:
puso al Engaño a alborotar tal casa,
que en él pensó para atizar la brasa.
27 Parecióle eficaz para su intento
si la Soberbia junto a sí llevase,
y, pues moran en un mismo aposento.
no le fue menester que la buscase.
Ésta marchó, mas no sin que el convento
a su vicaria principal dejase;
y, para el tiempo que se encuentre ausente,
nombra a la Hipocresía su suplente.
28 La implacable Discordia juntamente
y la Soberbia liberaron freno,
y hallaron que también iban al frente,
en dirección al campo sarraceno,
los Celos, que atribulan tanta gente,
Con ellos un enano va agareno,
que al rey de Sarza Doraliz envía
a dar noticia de ella y cuanto hacía;
29 que ella, al caer de Mandricardo en mano
en el modo y lugar que atrás os dije,
ordenó de secreto a aquel enano
que diese cuenta al rey que Sarza rige.
No pensó ella aquel encargo vano,
antes que haría él cuanto esto exige,
que es rescatarla con furor no leve
de aquel ladrón que contra él se atreve.
30 Habían los Celos al enano hallado,
y la razón de su partir sabido;
de suerte que marcharon a su lado,
sospechando sacar de esto partido.
Hallólos la Discordia con agrado,
y más después que hubo conocido
la causa por que andaban, que al momento
pensó propicia ser para su intento.
31 Con Mandricardo Rodomonte traza
enemistar, y piensa esto propicio:
ya para el resto pensará la traza;
esta para esto es buen artificio.
Marcha con el enano a aquella plaza
donde hizo el infiel gran estropicio,
y llega al río justo en el momento
en que a nado lo cruza aquel violento.
32 Apenas del enano el moro sabe
que éste de Doraliz le trae mensaje,
borra todo furor del ceño grave
e infunde al corazón tierno visaje.
Espera que le narre caso suave
y no ninguno que su honor ultraje.
Se llega a él y alegre le demanda:
«¿Qué tiene Doraliz? ¿Por qué te manda?»
33 Respondió él: «Ni es más tuya ni mía
la dama que ahora es de otro esclava.
Topamos a uno ayer que, a mediodía,
tomóla tras hacernos fuerza brava.
Los Celos, fríos más que el áspid fría,
en él entraron con la nueva prava.
Siguió el enano y le narró los modos
con que ése venció solo, y mató a todos.
34 Tomó su chisque la Discordia al punto
y sobre el pedernal chiscó lüego,
puso la yesca la Soberbia junto
y en un instante prendió vivo el fuego.
Así del sarraceno en aquel punto
se encendió el alma sin hallar sosiego:
suspira y brama con horrible traza,
mientras las nueve esferas amenaza.
35 Como tigresa, luego que regresa
al vacío cubil, y en vano gira,
y viendo que sus hijos fueron presa
de algún depredador, tanto se aíra,
tanto se enciende en rabia la tigresa,
que no mira torrente o noche mira;
ni hay senda ni tormenta que fatigue
el odio con que a aquel ladrón persigue;
36 así el pagano, rezongando harto,
vuelto al enano dice: «Hazme de guía»;
y no espera caballo en aquel parto,
ni más dice a quien es su compañía.
Con más que en la canícula el lagarto
premura marcha el moro por la vía.
Camina a pie, mas sea de quien sea,
piensa el primer corcel tomar que vea.
37 La Discordia que a oír tal traza vino,
dijo a su amiga con sonrisa suave
que salía a buscar caballo albino
que nuevas rizas y disputas trabe;
para lo cual limpiar quiere el camino,
de modo que en sus manos sólo acabe
aquel que sabe ya que hará trastorno.
Mas esto dejo, y a París retorno.
38 Después que Carlos se quitó de encima
de aquel moro el peligro manifiesto,
toda su gente a su pendón arrima.
Cubre con parte cualquier débil puesto;
y, para dar a su victoria cima,
detrás de la morisma lanza al resto;
y ordena que el salir a la pelea
de San Germán hasta San Víctor sea.
39 De frente a San Marcelo los envía,
donde hay para luchar gran explanada,
para que allí, formando compañía,
se junte en una al fin su gente armada.
Allí, animando a hacer carnicería
tal que no pueda ser nunca olvidada,
a cada hueste del pendón bastece,
y da señal de que el combate empiece.
40 Sobre el corcel, repuesto ya Agramante,
va, a despecho del franco, a la carrera;
y con el de Isabel postrado amante
traba batalla peligrosa y fiera.
Lurcanio al rey Sobrino halla delante;
Reinaldo una facción embiste entera,
y con fortuna y con virtud bien nota,
la abre, destroza, arruina y pone en rota.
41 Carlos, la lid llegada a tal estado,
la retaguardia asalta por la parte
por la que el rey Marsilio había juntado
la flor de España entorno a su estandarte.
Y con la infantería a cada lado
cercada por jinetes con gran arte,
cierra con tal rumor de trompa y caja
que parece que el mundo desencaja.
42 Mas, cuando ya a batirse en retirada
toda la hueste mora a par se mete,
de suerte huyendo rota y desmadrada
que no se habría de ella hecho otro flete;
hacen Gradonio y Falsirón entrada,
que ya otras veces vieron igual brete,
y Balugante y Serpentín feroces,
y Ferragús, que increpa a grandes voces:
43 «¡Oh guerreros intrépidos, oh amigos,
oh hermanos, resistid en vuestro puesto,
que obra vana urdirán los enemigos,
si no faltamos al deber impuesto!
Mirad de cuánto honor seréis testigos,
si es que vencéis al parisino opuesto;
mirad cuanta vergüenza y daño extremos,
siendo vencidos hoy, alcanzaremos.»
44 Y, asiendo una gran lanza que allí había,
al punto a Belenguer bravo acomete,
que en tanto a Largalifa combatía,
y ya le había roto el bacinete.
Lo lleva a tierra, y con la espada impía
mata otros ocho en aquel mismo brete.
A cada golpe que furioso asesta
un caballero en tierra al menos resta.
45 Por su parte Reinaldo había muerto
paganos en un número sin cuento.
Tal era ante él el caos y desconcierto,
que abrían todos plaza ante su aliento.
De Lurcanio o Zerbín no es el acierto
menor, ni es cada cual menos cruento:
este a espada a Balastro el vivir quita,
y aquel a Finadurro decapita.
46 Regía a los de Zembra aquel primero,
que antes Tardoco comandar solía;
de Asfi, Zamor y de Marrueco entero
gobierno el otro al que mató tenía.
«¿Entre aquellos de África un guerrero,
que sepa usar las armas bien no había?»
podríais preguntar. Mas bien os mido,
que nadie digno de gran loor olvido.
47 Del rey de la Zumara no me olvide,
el noble Dardiniel, hijo de Almonte,
que a lanza a Huberto de Mirfor se mide
a Elio, a Claudio y a Dulfín del Monte.
A espada a Anselmo de Estanfor divide
y a Raimundo de Londres y a Pinmonte.
A todos vence, y deja a uno herido,
sin vida a cuatro, al resto sin sentido.
48 Mas a pesar del brío que demuestra,
no logra tener tan firme a su gente,
tan firme que esperar quiera a la nuestra,
menos cuantiosa, pero más valiente.
Es en lanza y espada ésta más diestra
y en todo cuanto a guerra es pertinente.
Huyen, pues, los ejércitos zumarios,
ceutíes, marroquíes y canarios.
49 Mas huyen los de Zembra sobre todo,
a los que Dardiniel grita y alienta;
y, bien rogando o bien de áspero modo,
volverles a infundir ánimo intenta.
«Si el recuerdo no cae de Almonte al lodo,
lo habremos hoy de ver y hacer la cuenta.
Hoy veremos si a mí, que soy su hijo,
en tanto riesgo le dejáis --les dijo--.
50 »Restad, os ruego, por mi edad florida
en la que habéis tanta esperanza puesto;
no hagáis que por espada así homicida,
no vuelva apenas de nosotros resto.
Habránnos de cortar toda salida,
si juntos no marchamos y en el puesto:
¡Profunda fosa y muro alto en exceso
es monte y mar que hay para el regreso!
51 »Mas vale aquí morir, que a los castigos
darse y al gusto ruin de los critianos.
Manteneos, por Dios, fieles amigos,
y ved que el resto son remedios vanos.
Hombres tan sólo son los enemigos
con un alma, una vida y con dos manos.»
Y así diciendo, el mozalbete fuerte
al conde de Otonley le dio la muerte.
52 La memoria de Almonte al africano
tropel que antes huyó tanto concita,
que ahora, no huye ya, más brazo y mano
en su defensa indómita ejercita.
En tanto el mozo al más alto britano,
Guillermo de Burnique, decapita.
Lo iguala al resto así; y, ya que empieza,
deja a Armón de Cornualles sin cabeza.
53 Vïendo que este Armón cae sobre el valle
su hermano a socorrerle se decide,
mas le abre el mozo por la espalda calle
hasta que en dos el tronco se divide
Después destripa a Bogio de Vergalle,
y así de su promesa lo despide:
había a la esposa el noble prometido
que a los seis meses volvería al nido.
54 Venir no lejos Dardiniel gallardo
ve a Lurcanio que había traspasado
la garganta a Dorquín, y había a Gardo
el cráneo hasta los dientes aplastado;
y ve que es en la huida Alteo tardo
(aquel que como a sí tanto había amado),
pues Lurcanio en la nuca le descarga
un golpe con que el hálito le embarga.
55 Coge la lanza por tomar venganza;
y a su Mahoma, si lo escucha, grita
que, si muerto a Lurcanio en tierra lanza,
será su arnés ofrenda en la mezquita.
Después veloz por la campaña avanza,
y tan fuerte sobre él se precipita
que de una parte a otra lo barrena,
conque a los suyos desarmarlo ordena.
56 Ahorraos el preguntar cuánto doliera
a Ariodante la suerte de su hermano;
ni cuánto a Dardiniel mandar quisiera
al mismo infierno por su propia mano;
mas le impide el gentío la carrera,
y no menos el fiel que el mahometano.
Mas, por vengarse, a tajos de la aneja
chusma el camino hacia el infiel despeja.
57 Abre, destroza, abate, corta y hiende
a cuanto se le opone o sale al paso;
y Dardiniel que aquel ánimo entiende
no es en querer satisfacerlo laso.
Pero la chusma que con él contiende,
lleva su propósito al fracaso.
Si moros mata aquel, éste no es manco
y hacen otro tanto a inglés, escoto y franco.
58 Fortuna desvió moro y cristiano,
pues no se hicieron aquel día frente;
y entregó al moro a más famosa mano,
que huye su sino el hombre raramente.
Torció Reinaldo, al fin, hacia aquel llano,
para que se cumpliese lo inminente:
llegó Reinaldo, al que lo trae la suerte
a honrarlo dando a Dardiniel la muerte.
59 Mas baste por ahora el argumento
de los gloriosos hechos de Poniente,
que es tiempo que a Grifón vuelva mi cuento,
el cual, lleno de ira y rabia ardiente,
con nunca igual temor y sentimiento
destruía aquella miserable gente.
Al oír Norandino aquel estruendo
con más de mil salió al lugar corriendo.
60 Viendo huir a su pueblo, Norandino
con un gran grueso de su corte armada
en orden de batalla al portón vino
y abrirlo mandó todo a su llegada.
Mientras Grifón, ya habiendo al anodino
pueblo de sí alejado a fuer de espada,
volvióse a armar de nuevo en su defensa
de aquel arnés que provocó su ofensa;
61 y junto a un templo amurallado y fuerte,
que está de un hondo foso circundado,
en lo alto de un puente se hizo fuerte
por no verse atacar del otro lado.
En esto a voces ve retarlo fuerte
un escuadrón que sale fuera armado.
No se aleja Grifón de aquella entrada,
y muestra en su ademán no temer nada.
62 Y, luego que llegar la compañía
vio a él, salió al encuentro y la lid traba,
y, haciendo de ella gran carnicería
(que a dos manos la espada manejaba),
en el puente otra vez se recogía
y así a raya tener toda lograba:
salía otra vez y hacía vuelta pronta,
dejando siempre cruda y fiera impronta.
63 Ya de derecho o de revés golpea
echando infante o caballero a tierra,
mas vuelto el pueblo a él en la pelea
cada vez más encona aquella guerra.
Teme Grifón ahogarse en tal marea;
tanto el mar crece que en redor lo cierra;
que, ya herido en la espalda y en la pierna,
apenas sin aliento se gobierna.
64 Mas la virtud, que al suyo siempre asiste,
le hace que Norandino lo perdone;
pues, mientras corre hacia su pueblo triste,
ve que son muchos los que a muerte pone,
ve que es un Héctor quien con furia embiste;
prueba que a pensar lo predispone
que ha hecho hasta entonces detestable injuria
a caballero de espantosa furia.
65 Y, cuando ya más cerca ve de frente
a aquel que ha muerto tantos con tal gana
que un monte ha hecho con ellos eminente
y ve la sangre que hacia el agua mana,
se persuade que lucha sobre el puente
Horacio contra toda la Toscana;
y por su honor y por vergüenza ordena
volverse a todos sin mostrar gran pena.
66 El brazo alzó, desnudo y desarmado,
que es del que pide paz antiguo gesto.
«No sé --dijo a Grifón-- si es disculpado
decir que erré y avergonzado resto;
mas por necio y creer en un malvado
he caído en error tan manifiesto.
Lo que creía hacer al más abyecto
guerrero, he hecho al más gentil y recto.
67 »Y si hoy injuria y falta desmedida
te hice por ignorancia en este trance,
la iguale ahora el honor que a ti yo expida
o aún más: la sobrepase y más avance.
Daré satisfacción en la medida
que mi saber y mi poder alcance
con cuanto yo poseo lisonjero:
sean castillos, villas o dinero.
68 »Pídeme la mitad del reino mío
que estoy por darte yo tamaño fuero;
y aun no mereces esto por tu brío,
más que te dé mi corazón entero.
En prenda de amistad y de amor pío,
junta tu mano a la que darte quiero.»
Y así diciendo, del corcel desciende,
y al hijo de Olivier la diestra tiende.
69 Viendo Grifón al rey venir piadoso
para echarse a su cuello y abrazarlo,
dejó la espada y el furor sañoso
y, echándose a sus pies, quiso estrecharlo.
De dos heridas violo el rey sangroso
e hizo venir doctor a medicarlo,
hecho lo cual, con cura y gran espacio
llevólo a reposar a su palacio;
70 donde herido unos días se confina,
antes de vestir armas de nuevo.
Déjolo allá, y a Astolfo en Palestina
y a su hermano Aguilante ahora me muevo;
quienes, después que la ciudad divina
dejó, buscaron mucho al buen mancebo,
no sólo allí en los sitios más devotos,
mas en otros lejanos y remotos.
71 Ninguno de los dos es adivino
y así ninguno dónde esté sospecha;
mas topan a aquel griego peregrino
que al hablarles, les da cierta sospecha,
diciendo que Orrigila iba camino,
toda de amor y de pasión desecha,
tras un amante que era de Antioquía,
causa por la cual allí venía.
72 Preguntóle Aguilante si de esto
le había a Grifón dado entera cuenta,
y, oyendo el sí, se figuró ya el resto
y qué es aquello que su hermano intenta.
Que hacia Antioquía va con presupuesto
de a Orrigila seguir se representa
para hurtarla al rival que de él la extraña
con gran venganza y memorable saña.
73 Y pues sufría mal que su gemelo
solo en aquella empresa se embarcase,
tomó las armas y marchó con celo,
rogando antes al duque que aplazase
la vuelta a Francia y su paterno suelo,
hasta que él de Antioquía regresase.
Baja hasta Safa y por el mar se mueve
pensando que es el mar ruta más breve.
74 Un viento sur-siroco muy potente
sopló en el mar, propicio en tanto grado,
que la tierra de Sur al día siguiente
topó y la de Safet ya éste pasado.
Deja Beirut y Zibelet a oriente,
más lejos Chipre en el opuesto lado,
y en ir a Alejandreta, a Laodicea
y a Tortosa de Trípoli se emplea.
75 De allí vuelve el piloto hacia levante
la proa del bajel con gran premura,
y da con el Oronte en el instante
en que es mejor tomar su embocadura.
Bajar el puente allí hace Aguilante
y armado toma tierra en su montura;
y sigue río arriba su camino
hasta que en Antioquía halla destino.
76 De aquel Martán allí quiso informarse
y supo que a Damasco con su amiga
había marchado, porque está por darse
allí una justa que su rey instiga.
Tanto en deseo arde de allá andarse,
seguro de que a él su hermano siga;
que el mismo día parte hacia Damasco
aunque esta vez al mar haciendo asco.
77 Hacia Lidia y Larisa el paso tuerce,
yendo hacia Alepo, rico señorío.
Dios, por mostrar que su justicia ejerce,
y da al bueno favor, pena al impío,
dicta que a legua de Mamuga fuerce
la suerte a hallarse ambos sin desvío.
Delante de él, con pompa Martán gusta
hacer llevar el premio de la justa.
78 Su hermano creyó ser aquel mentido
apenas vio Aguilante esta venida,
pues lo enganó el arnés y aquel vestido
más blanco que la nieve aún no movida;
y así con un gran ¡oh! franco y sentido
demuestra su alegría desmedida,
mas muda gesto y voz cuando se acerca
y ve que no es su hermano ya de cerca.
79 Sospecha que, engañado por aquella
que era con él, Grifón hubiese muerto;
y «Dime, tú que debes --se querella--
ser ladrón o traidor, como soy cierto,
¿cómo esas armas vistes y con ella
traes bruto que a saber su dueño acierto?
Dime, pues, si es mi hermano muerto o vivo,
pues suyo es cuanto traes por tuyo altivo.»
80 Cuando Orrigila oyó el airado acento
volvió el corcel, pero Aguilante estuvo
en el envite aquel no menos lento
y muy a su despecho la contuvo.
Martán, en tanto, ante el furor violento
que tanto de improviso lo detuvo,
pálido tiembla, como al viento fronda,
y no sabe qué hacer ni qué responda.
81 Grita Aguilante, y su furor no arresta
y le lleva la espada a la garganta,
jurando que ella y él verán por ésta
cómo del cuello el cráneo se levanta.
si no es la verdad toda manifiesta.
Traga Martán saliva en prueba tanta;
y, después de pensar cómo barnice
la mancha de su grave culpa, dice:
82 «Sabed, señor, que es mi hermana ésta,
nacida de excelente y noble cuna,
aunque la haya a una vida deshonesta
Grifón llevado, y torpe e importuna;
y por serme una infamia tal molesta
y sentir no poder por fuerza alguna
quitársela a este bravo, urdí una tela
con que volverla a mí con gran cautela.
83 »Ambos concertamos, pues dispuesta
estaba ella a volver a honesta vida,
que en cuanto hiciese vuestro hermano siesta,
hiciese ella en silencio de él partida.
Así hizo al fin, y, porque dar respuesta
no pudiese a la argucia antes urdida,
lo dejamos sin armas ni caballo
y aquí vengo con ella, y aquí os hallo.»
84 Podría haberse jactado que un tal cuento
era historia falaz pero engañosa,
y que a excepción de hurtar arma y jumento
no había cosa en ella a él dañosa;
si no hubiese adornado el argumento
tanto que la volviese sospechosa:
creíble en todo es, mas no que arguya
que aquella mujer es hermana suya.
85 Había Aguilante en Antioquía oído
que era su amante ya de muchas gentes,
de modo que gritándole encendido:
«¡Falsísimo ladrón, en todo mientes!»
le dio tal puñetazo de corrido
que se tragó Martán dos de sus dientes.
Luego detrás al uno el otro brazo,
tomando cuerda, ató con fuerte lazo;
86 Y a su amante Orrigila ató igualmente,
aunque ella del delito se excusara.
Así a uno y otro exhibe infamemente,
hasta que a puertas de Damasco para;
que de este modo crudo y displicente,
aun mil veces mil millas los llevara,
hasta dar con Grifón, por que él hiciera
con ambos cuanto al cabo dispusiera.
87 Con él hace escuderos y presentes
volver atrás, con que Damasco alcanza,
donde halla puesta en boca de las gentes
del nombre de Grifón gran alabanza.
Viejos y niños guardan en sus mentes
con qué destreza manejó la lanza,
y cómo el falso amigo, en acto feo,
le quiso hurtar la gloria del torneo.
88 El pueblo, una vez ya que es descubierto,
contrario con el dedo lo señala:
«¿No es éste el falso aquel --dicen por cierto--
que adorna con ajena obra su gala,
y la virtud del que no es bien despierto,
con su infamia y su oprobio descabala?
¿No es esta aquella de ademán obsceno
que al malo ayuda y que traiciona al bueno?»
89 Otros decían: «Buena es la pareja:
son ambos de una misma estrella y raza».
Se ve quien los empuja, quien los veja,
-quien pide: «Fuego, horca, hacha, maza».
Por ver la turba en pelotón forceja
y los sigue camino de la plaza.
Llega la nueva al rey, al que le es cara
más que si un nuevo reino conquistara.
90 Sin traer gran cortejo acompañante,
tal cual se halló, salió con alegría
al encuentro de aquel buen Aguilante,
que a su hermano Grifón vengado había;
al cual acoge con gentil semblante,
y a su palacio lo convida y guía;
concertando con él que en una torre
a aquellos dos la luz del sol se borre.
91 Juntos al lecho van, del que alejado
jamás se había Grifón después de herido,
el cual ante el hermano colorado
se vio por sospechar su caso oído.
Después que fue del otro amonestado,
discurrieron de cuál sería el partido
que habrían de tomar para escarmiento
de aquellos dos de pecho fraudulento.
92 Cavila así Aguilante, el rey cavila
que mil tormentos sufran; mas se opone
Grifón (que por no osar sólo a Orrigila)
defiende que a uno y otro se perdone.
Muchas razones da, y aunque bien hila,
deshechas todas son; y se dispone
que Martano al verdugo se le entregue
sin que a morir por los azotes llegue.
93 Atado (y no entre flores y entre hierba)
le aplican la mañana tal doctrina;
y a Orrigila encerrada se reserva
hasta que vuelva la gentil Lucina,
a cuya voluntad, blanda o acerba,
se confía dictar su disciplina.
Resta Aguilante en esta regia sede,
hasta que sano armarse Grifón puede.
94 Tan grande error había al cabo hecho
muy sabio y comedido a Norandino,
y había llenado su contrito pecho
de cuita por el torpe desatino,
pues aquel que honrar debía por derecho
fue dado a trato bárbaro y mezquino.
Por ello día y noche hacía intento
de tener a Grifón de sí contento.
95 Decreta al fin ante la inculta plebe,
también culpable del baldón primero,
que, con toda la gloria y el relieve,
que puede hacer un rey a un caballero,
se le conceda el premio que el aleve
traidor sustrajo con engaño artero;
y hacer pregón por toda Siria gusta
de que haya de allí a un mes segunda justa.
96 Se apresta con boato tanto y gala,
cüanto a su real pompa conviene,
de suerte que con presta y ágil ala
por Siria entera su noticia suene.
Aun en Judea y en Sidón recala,
que a oído así de Astolfo es como viene,
el cual a aquel virrey presto convence
de andar antes que el juego se comience.
97 Por gran guerrero de valor superno
la historia a Sansoneto lo levanta.
Le dio bautismo Orlando, y el gobierno
Carlos --como os conté-- de Tierra Santa.
Dejó con él Astolfo el lecho tierno
por ir allá donde la Fama canta
con voz que en cada oído suena clara
que justa hay que en Damasco se prepara.
98 Procurando no hacer jamás jornada
muy larga y siempre a paso holgado y lento
para hacer en Damasco al cabo entrada
sin gran fatiga el día del evento,
vieron los dos en una encrucijada
persona que en su ropa y movimiento
un hombre parecía, y mujer era
en las batallas belicosa y fiera.
99 La doncella Marfisa se llamaba,
y era espada en mano tan valiente
que ya al de Montalbán y ya al de Brava
había hecho una vez sudar la frente.
Armada día y noche siempre andaba
buscando en llano o monte prominente
retar a caballeros de renombre,
con que alcanzar eterna gloria y nombre.
100 Al ver Marfisa a Astolfo y Sansoneto,
y que ambos traen a cuestas la armadura,
juzga guerreros aptos al dueto;
pues son los dos de gran envergadura;
y así, gustando de aceptar el reto,
arroja contra ellos la montura,
hasta que ve, cuando de cerca puede,
que al duque de Inglaterra es al que agrede.
101 El trato recordó entonces galante
de aquel inglés, cuando en Catay lo viera;
y, pronunciando «Astolfo», extrae del guante
la mano, y se levanta la visera.
Corre a abrazar al caballero andante
por más que altiva que ella otra no hubiera.
Con no menor regalo y reverencia
Astolfo la recibe en su presencia.
102 Del otro ambos quisieron saber cosa,
y en cuanto dijo él, que habló primero,
cómo a Damasco va, cuidad grandiosa,
en donde a todo armado caballero
convoca el rey a justa fastuosa
para que pruebe cada cual su fuero,
ella, que de ocasión buscar no cesa,
.«Os acompaño --dijo-- en esta empresa.»
103 Tomó con gusto Astolfo la respuesta,
así como el virrey, que dio la dama.
La víspera llegaron de la fiesta,
y, hallando fuera de Damasco cama,
hasta la hora en que del sueño apresta
la Aurora al viejecillo que más ama,
allí durmieron con mayor solacio
que si hubiesen dormido en un palacio.
104 Después que el nuevo sol desde la altura
desparramó sus rayos por el suelo,
se vistieron los tres de la armadura,
al tiempo que envieron lacayuelo;
el cual supo en Damasco con gran cura
que aquel lugar dispuesto para el duelo
Norandín desde el palco ya atalaya
por ver en él quebrarse fresno y haya.
105 Marchan al punto, y en llegar no tardan
por la calle mayor a la gran plaza,
donde la seña del comienzo aguardan
aquí y allá guerreros de alta raza.
Los premios son, que al vencedor se guardan,
de rica guarnición estoque y maza,
y un soberbio corcel tan excelente
como es a un gran señor dar conveniente.
106 Tan firmemente Norandín confía
que en esta justa, igual que en la pasada,
la gloria y galardón de gran cuantía
Grifón el blanco alcance por su espada,
que, por que tenga cuanto debería
tener guerrero sin faltarle nada,
añade al rico arnés del otro premio
maza, estoque y corcel propios del gremio.
107 Las armas de que hizo ya conquista
Grifón en el torneo ya acaecido,
y que había usurpado el embrollista
Martán fingiendo ser Grifón ardido,
hace colgar el rey bien a la vista,
y ciñe a ellas el hierro guarnecido
y al arzón del corcel la maza aloja,
por que uno y otro premio Grifón coja.
108 Mas el final suceso de este objeto
frustró aquella magnánima guerrera
que con Astolfo y el buen Sansoneto
llegada apenas a la plaza era;
pues, viendo allí cimera, malla y peto,
conoce peto allí, malla y cimera
como suyos que fueron y estimados
cuanto lo suelen ser, si son preciados;
109 aunque los dejara por el suelo
aquella vez que estorbo los sintiera,
cuando quiso correr tras de Brunelo
por recobrar su espada carnicera.
Mas callo cuento tal, que no desvelo
un cuento que contado ya no fuera.
Os Baste con narraros de qué guisa,
allí sus armas encontró Marfisa.
110 Ya supondréis que en cuanto al fin sin duda
la armadura conoce tras mirarla,
no hay en el mundo traba que desnuda
pueda otro día más de ella dejarla;
de suerte que, sin ver con qué se ayuda
ni que medio mejor hay de cobrarla,
se acerca a su cimera, malla y peto
y todos coge sin guardar respeto;
111 mas tan poco con prisas se reporta
que aquellas que no toma, echa por tierra.
El rey, al que la ofensa mucho importa,
incita con mirar sólo a la guerra,
y el pueblo, que la injuria no soporta,
lanzas y espadas en venganza aferra,
ya olvidado de cuál fue su cordojo
por dar a un caballero andante enojo.
112 Jamás mejor se halló entre mil claveles
hermoso niño en la estación templada,
ni más gozó entre fiestas y oropeles
mujer de rica prenda engalanada;
como entre el relinchar de los corceles
y entre puntas de flechas o de espada
goza Marfisa allá donde se vierte
cálida sangre y hay tan sólo muerte.
113 Pica el corcel, y a aquella patulea
con lanza en ristre impetuosa embiste;
a éste el cuello, el pecho a aquel golpea
sin que haya quien el golpe en pie resiste.
Luego la espada con rigor bandea
y a más de uno del testuz desviste,
o roto o traspasado deja el pecho,
o en tierra el brazo izquierdo o el derecho.
114 El bravo Astolfo y fuerte Sansoneto,
que vistieron con ella arnés y malla,
si bien no habían venido a tal objeto,
viendo trabada tanto la batalla,
se bajan la visera por completo
y apuntan con la lanza a la canalla.
Después con la tajante espada plaza
hacen a despecho de esta raza.
115 Los caballeros de naciones varias,
a quienes el justar allí reunía,
viendo vueltas las armas sanguinarias
y que en riesgo la justa esto ponía
(pues todos no sabían las palmarias
razones por que el vulgo se encendía,
ni qué injuriaba al rey tanto en tal acto)
miraban con semblante estupefacto.
116 Unos en favor del vulgo acuden,
y al poco les pesó de tomar parte;
otros, a las dos que se sacuden
separan, sin servir ninguna parte;
otros sabiamente entrar eluden,
mirando cómo al fin la lid se parte.
Fueron los gemelos con gran furia
de aquellos que a vengar fueron la injuria.
117 Viendo ellos cómo al rey la ira provoca
que ardiendo en fuego tenga su visaje,
y, habiendo oído de una y otra boca
qué mueve a furia tal al villanaje,
y estimando Grifón que a él le toca
no menos que a aquel rey aquel ultraje,
tomando cada cual su mortal lanza
se lanzan como el rayo a la venganza.
118 Del otro lado al frente el buen britano
viene picando a Rabicán delante,
con la encantada lanza de oro en mano,
que abate siempre a todo contrincante.
Con ella da a Grifón y lo echa al llano,
y luego cuando está frente a Aguilante
le toca el borde apenas del escudo
que cae sobre la arena aquel membrudo.
119 A los guerreros de más brava raza
uno tras otro Sansoneto tira.
Huye el populacho de la plaza;
Norandín rabia de despecho e ira.
Mientras tanto Marfisa su coraza
y antiguo yelmo entre sus manos mira,
y, viendo huir la turba al fin mezquina,
victoriosa al albergue se encamina.
120 Marchan a su zaga a un metro escaso
Astolfo y Sansoneto hacia la entrada,
mientras les abre el populacho paso,
hasta que en el rastrillo hacen parada.
Aguilante y Grifón, con gesto laso,
corridos de aun no haber usado espada,
se duelen cabizbajos de su sino,
sin osar presentarse a Norandino.
121 Ya montados de nuevo en sus caballos
tras sus contrarios cada cual se lanza.
Detrás los sigue el rey con sus vasallos,
dispuestos o a morir o a hacer venganza.
Grita la turba a su señor: «Matallos»,
mas ve toda la escena en lontananza.
Llega Grifón al fin donde hacen frente
los tres que habían ocupado el puente;
122 y entonces ser Astolfo se figura
aquel señor que trae la misma enseña,
que trae el mismo caballo y armadura
que aquel que a Orrilo depiló la greña.
Cuando justó con él, por la premura,
no reparó a pesar de tanta seña.
Lo saluda está vez, cuando a él se junta,
y por los dos con los que va pregunta,
123 y qué llevó a un su amigo a echar a tierra
con tanta ofensa el arma disputada.
De los suyos, el duque de Inglaterra
le dio a Grifón respuesta prolongada;
de aquellas armas, causa de la guerra,
le dijo conocer o poco o nada;
mas, porque con Marfisa era llegado,
quiso con Sansoneto estarle al lado.
124 Estando con Grifón el buen britano,
Aguilante llegó, y en cuanto escucha
que es Astolfo aquel que habla a su hermano,
su cólera destierra, que era mucha.
Llegan detrás las gentes del pagano,
mas no se acercan viendo que no hay lucha;
antes por ver que se habla cordialmente
se paran a escuchar qué allí se cuente.
125 Y alguno que entendió que uno es Marfisa,
a quien el mundo aplaude como fuerte,
volvió el corcel, y a Norandino avisa
que, si no quiere ver que sea la suerte
de su corte morir, la aparte aprisa
de manos de Tisífone y la Muerte;
porque es Marfisa, y es cosa segura,
aquella que le ha hurtado la armadura.
126 En cuanto Norandín aquel temido
nombre en los reinos de Levante escucha
(nombre que aun espeluzna al más ardido),
sabe que aun siendo la distancia mucha,
habrá de suceder cómo ha inferido
su informador, si no rehuye la lucha.
Por tal llama a sus gentes, cuya ira
ya habían temor vuelto, y las retira.
127 Los hijos de Oliver por la otra parte
con el hijo de Otón y Sansoneto
suplican a Marfisa de tal arte
que fin se pone a aquel descabal reto,
Marfisa altiva adonde el rey se parte
y dice: «No sé yo por cuál decreto
queréis dar armadura que no es vuestra
a aquel que sea mejor en vuestra muestra.
128 »Mías las armas son, que solté un día
en el camino que hasta a Armenia lleva;
porque seguir a pie me convenía
ladrón que antes me había hecho gran leva.
La enseña, si conoces que es la mía,
aquí se ve y dará indudable prueba.»
Y al punto en la coraza a todos nota
corona que es en tres pedazos rota.
129 «Es cierto --dijo el rey-- que un comerciante
armenio ha pocos días me las trajo;
mas fuera el vos pedírmelas bastante
a que os las diese yo con agasajo;
pues, aunque dadas ya a Grifón, no obstante,
tanta es su fe que creo que lo atajo
diciéndoos que con gran placer las ceda,
a fin de que este rey dároslas pueda.
130 »Huelga, para hacer que me persuada
que son de vos, mostrarme vuestra enseña:
baste el decirlo vos, que acreditada
sois más que nadie que su honor empeña.
Vuestras son, y aun sin duda a vuestra holgada
virtud las juzgo yo joya pequeña.
Tenedlas, pues, y más no se dispute,
que haré yo que otro bien Grifón disfrute.»
131 Grifón, que más estima que el deseo
del rey se cumpla al peto de Marfisa,
repuso: «No otro bien de vos deseo
que el que me hagáis saber qué se precisa.»
Ella pensó: «Conforme a mi honor creo
que sea el trato así», y con gran sonrisa,
volvió peto a Grifón, malla y cimera,
por que él de nuevo a ella los volviera.
132 Volvieron, hecha paz tan duradera,
a la ciudad, que redobló el festejo;
y al fin se hizo la justa que venciera
el bravo Sansoneto con despejo;
pues no hay entre los cuatro otros quien quiera
probar su fuerza en ella y su manejo,
queriendo, como amigos, de este modo,
que alcance Sansoneto el premio todo.
133 Después de que gozaron tan gran fiesta
hasta el octavo o el noveno día,
porque el amor a Francia los apresta
a no estar por más tiempo en lejanía,
piden licencia al rey, que sí contesta,
haciéndoles Marfisa compañía,
pues desea de antiguo allá partirse
para poder con paladín medirse;
134 y así probar si casa por completo
la fama con su fuerza y su excelencia.
Deja un regente al cargo Sansoneto
de Tierra Santa el tiempo de su ausencia.
Así los cinco en singular quinteto,
como hay poco iguales en potencia,
marcharon, tras el sí de Norandino,
a Trípoli y al mar que le es vecino.
135 Una carraca hallaron en el puerto
que cargada a Poniente iba oportuna;
con cuyo capitán hacen concierto
que era italiano y natural de Luna.
Mostraba el cielo azul indicio cierto
que habrían de gozar buena fortuna.
Zarpan, al fin, mientras un viento ameno
las velas de la nave hinche de pleno.
136 Con tal hedor al recalar en puerto,
recibiólos la isla de Afrodita,
que no es ya que parezca oler a muerto:
corroe el hierro, y media vida quita.
Pantano es la razón de que tal tuerto
a Famagosta el cielo hacer permita,
cuando es con toda Chipre tan benigno,
pues es el tal pantano acre y maligno.
137 El grave hedor que la marisma exhala
pronto la nave de aquel puerto echa:
hizo un gregal allí sus velas ala
y, tras ir bordeando a la derecha,
al fin en Pafos hace nueva escala,
donde tropa y pasaje allí aprovecha
una en mercar, el otro en la noticia
de aquella isla de amor y de delicia.
138 A seis millas o más de la marina
subiendo va en altura un cerro ameno,
que de mirto, laurel, naranjo, encina
y otros árboles mil se encuentra lleno.
Tomillo y rosa y lirio y santolina
esparcen por el plácido terreno
tanto olor, que en el mar sentir se deja,
si hay viento que hacia el mar de allí lo aleja.
139 Regando el agua va la vega aquella
de un manantial limpísimo y fecundo.
Bien se puede decir que Venus bella
reina en aquel lugar suave y jocundo;
porque toda mujer, dueña o doncella,
no cree que otro más grato haya en el mundo,
y arder la diosa allí de amor las hace,
mozas y viejas, en eterno enlace.
140 Oyen allí el mismo cuento oído
ya en Siria sobre el vil Ogro y Lucina;
y cómo del regreso a su marido
ella en Nicosia el aparejo afina.
El capitán (habiendo ya vendido
y siendo bueno el viento en la marina)
las anclas leva y de las velas tira,
y al fin la proa hacia Poniente gira.
141 Dispone ante un mistral luego la nave
a orza las velas, y en el mar se adentra,
donde un poniente-lebeche (que suave
fue hasta que la luna al cielo entra)
muestra al llegar la noche, fiero y grave,
su furia y sobre el leño la concentra
con tanto trueno y luz de rayo aciaga
que parece que el cielo se deshaga.
142 Tienden las nubes tenebroso velo
que estrella y sol de la mirada cela.
Abajo brama el mar, arriba el cielo,
y en uno y otro el viento y la procela,
que oscura y pertinaz de lluvia y hielo
los navegantes míseros flagela.
La noche extiende más y más su manto
sobre un airado mar que causa espanto.
143 No hay marinero que, asistiendo al puesto,
la pericia en su arte no demuestra:
lo hay quien con silbato en boca al resto
cuanto ha de hacerse allí, dictando muestra,
quien el ancla prepara de respuesto,
quien con la escota apresa la maestra,
quien afirma el timón o apunta el palo,
quien no es en despejar cubierta malo.
144 Arrecia el temporal la noche entera,
más que el infierno oscura y tenebrosa.
Hacia alta mar, donde mejor la espera,
fija el piloto el rumbo, y volver osa
la proa contra el golpe de la fiera
tormenta y de la mar brava y undosa,
con la esperanza de que al día siguiente
se aplaque el temporal o esté ya ausente.
145 No amaina o cesa el viento, antes acedo
se muestra el día más, si aquello es día,
que por contar las horas con el dedo
se sabe y no por luz que haga de guía.
Con menos esperanza ya y más miedo
el piloto en el viento se confía:
da a las ondas la popa en la procela,
y cruza el mar sin desplegar la vela.
146 Mientras Fortuna en mar da a estos batalla
no deja descansar tampoco en tierra
a los que hay en París, donde batalla
con la morisma el pueblo de Inglaterra.
Allí Reinaldo ataca y avasalla
las tropas de Agramante en dura guerra.
Dije ya de él que a Dardiniel gallardo
se fue montado a lomos de Bayardo.
147 Vio Reinaldo el cuartel que había en su escudo
y con cuánta soberbia lo mostraba,
y bueno juzgó a aquel moro membrudo
que el mismo porta que el señor de Brava.
Lo confirmó, cuando más cerca pudo
ver que un montón de muertos lo cercaba.
«Mejor será --exclamó-- que el brote corte,
antes que crezca y tenga mayor porte»
148 Dondequiera que lleve la mirada,
se aparta alguno allí, y el paso deja:
tanto es temida su famosa espada
que él no menos que el árabe despeja.
Excepto Dardiniel, nadie ni nada
Rinaldo ve, y de andar a él no ceja.
«Muchacho --le gritó-- gran penitencia
te dio quien el broquel te dio en herencia.
149 »Te busco por probar cuán caro vendes
ese cuartel, y aquí estoy para verlo;
que si ahora contra mí no lo defiendes
mal podrás contra Orlando luego hacerlo.»
«Verás --repuso él-- cuán bien aprendes
que sé, como lo llevo, defenderlo;
y honor, no penitencia o pena, cojo
del cuartel de mi padre blanco y rojo.
150 »No creas, por muchacho ahora juzgarme,
que harás que huya o que el cuartel te entregue;
pues vida y arma a una has de quitarme,
aunque otra suerte espero que a Dios plegue.
Mas plegue o no, no habrá quien acusarme
pueda de que mi sangre en lid cenegue.»
Y dicho tal, movió con mano airada
contra el señor de Montalbán la espada
151 Un miedo heló en el sitio más cercano
toda la sangre de la tropa mora,
cuando vieron Reinaldo, espada en mano,
ir con tal rabia y furia destructora
con cuanta va un león que haya en el llano
visto a un novillo que el amor ignora.
Dardiniel fue el primero que a herir vino,
mas dando sobre el yelmo de Mambrino.
152 Rió Reinaldo y dijo: «Ahora apura
si sé mejor que tú yo hallar la vena.»
ta,Da rienda a un tiempo y pica la montura,
y estocada después tira tan buena
en medio de su débil armadura
que el tronco de delante a atrás barrena.
Luego, al sacar la espada, el alma extrajo
y cayó el cuerpo de la silla abajo.
153 Como la flor languideciendo expira
que es del arado al avanzar cortada,
como hacia el suelo la amapola vira
del peso del rocío doblegada;
así, pálido y ya falto de ira,
cae Dardiniel sin vida por la espada.
Sin vida cae, y con su cuerpo cae
el nervio y la virtud de los que trae.
154 Cual suele el agua que apresada tiene
en vaso artificial ingenio humano,
cuando, roto el sostén del muro, viene
con gran ruido a verterse sobre el llano;
así, cuando la muerte sobreviene
de Dardiniel, se hunde el africano,
y vaga desnortado y sin concierto
al verlo del arzón caerse muerto.
155 Quien quiere huir, huir Reinaldo deja,
y sólo atiende a aquel que le resiste.
Ariodante, que en fuerza a él se asemeja,
mortalmente también quien topa embiste.
Zerbino a mil, a mil Leoneto veja;
compite en excelencia quien asiste:
no es más Carlos que Ugiero en lid ardido
Salamón u Olivier, Turpín o Guido.
156 Aquel día estuvo a pique el mahometano
de no volver ninguno con la vida;
mas no quiso probarse en otra mano
el sabio rey de España, e hizo huida.
Juzgó mejor cortar ya por lo sano,
que aun perder la camisa en la partida:
mejor es salvar algo de este modo,
que sea causa el quedar de perder todo.
157 Al campamento su mesnada envía,
al que hace --o eso piensa-- un foso inmune,
y a Estordilán, y al rey de Andalucía,
y al portugués bajo un pendón reúne.
Manda rogar al rey de Berbería
que en pudiendo con ellos se acomune;
y piensa que será no vana traza,
si logra ella que salve vida y plaza.
158 Aquel, que se veía ya perdido,
sin esperanza de pisar Biserta,
el que jamás con rostro así fruncido
había visto a Fortuna ir a su puerta,
se holgó de que Marsilio hubiese unido
los restos en región que era cubierta;
y empezó a replegar su gente armada,
dando vuelta y tocando a retirada.
159 Pero gran parte de su pobre gente
ni órden ni tambor ni trompa escucha;
pues tanto miedo y cobardía siente
que a ahogarse viene bajo el Sena mucha.
Para que el caos aquel no más aumente,
junto a Sobrino, que a su lado lucha,
ordena a cuantos jefes aún no han muerto
que agrupen a sus tropas a cubierto.
160 Mas Sobrino, ni el rey, ni jefe alguno
logra, por mucho que amenace o ruegue,
que un tercio (no diré que uno por uno)
tras las enseñas a cubierto llegue.
Por cada uno que hace lo oportuno
dos muertos o huidos hay en el repliegue:
heridos muchos hay de muchos modos,
pero maltrechos y cansados todos.
161 Fue así acosado el moro con gran duelo
hasta que dentro del cuartel se ampara;
mas pobre amparo habría dado aquel suelo
con estudiar el modo en que se entrara
(pues bien la buena suerte asir del pelo
sabía Carlos, al volver la cara),
si no hubiese llegado noche prieta,
que aplazó el pleito, y aquietó el planeta;
162 tal vez por el Creador apresurada,
que entonces piedad tuvo de su hechura.
Como un río la sangre derramada
corrió e inundó caminos y llanura,
que el día aquel por filo de la espada
fueron ochenta mil los sin ventura.
Lobo y villano fue de anochecida,
uno al pillaje y otro a la comida.
163 No quiere Carlos ya dejar la guerra,
antes acampa y sus pertrechos tiende,
y, sitiando el cuartel, al moro encierra
y altas hogueras en redor enciende.
Mientras, cavando el árabe la tierra
y alzando muros, el lugar defiende,
guardia dispone que al cristiano aviste,
las armas, ni aun de noche, las desviste.
164 Derrama el moro en su inseguro abrigo
todas las horas de la noche oscura
lágrimas mil, que ante cualquier testigo,
cuanto allí puede, sofocar procura:
unos, porque al pariente o al amigo
muerto dejaron, otros la ventura
de verse heridos y en pesar tan fiero;
mas todos lloran más lo venidero.
165 Dos entre tantos hay --y en ellos paro--,
nacidos sin gran prez en Tolomita,
cuya historia, por ser ejemplo raro
de amor leal, merece ser descrita.
Medoro y Cloridán son, que al amparo
de la fortuna alegre o en la cuita,
a Dardiniel habían siempre amado
y ahora hasta Francia el mar con él pasado.
166 Cloridán, cazador toda su vida,
esbelto en talle, aunque robusto, era;
Medoro, aún en la edad tierna y florida,
lucía mejilla de lavada cera,
que entre la gente hasta París venida
otra no había que más bella fuera:
los ojos negros y los rizos de oro
lo hacían un ángel del celeste coro.
167 También por estos dos era guardada
la munición con inspección atenta,
cuando la noche, a su mitad llegada,
mira el cielo con cara soñolienta.
Medoro en su aflicción honda y callada
de continuo al señor llora y lamenta,
y es su mayor que Dardiniel de Almonte
tendido sin honor quede en el monte.
168 Y dijo vuelto a Cloridán: «Oh hermano,
no puedo encarecerte cuán acervo
me es que mi señor, allí en el llano,
le sirva de carroña a lobo y cuervo;
pues, cuando pienso cuánto le fue humano
siempre a este humilde y despreciable siervo,
no creo que a pagar mi deuda llegue
ni aunque en memoria suya el alma entregue.
169 »Resuelvo, por que más no esté insepulto,
salir a la campaña y darle abrigo;
quizás permita Dios que llegue oculto
allá donde ahora duerme el enemigo.
Tú queda aquí, que si en el campo inculto
que muera está de Dios, serás testigo;
y si obra tan cabal Fortuna impide,
habrá quien de extender la fama cuide.»
170 Le pasma a Cloridán que un muchachuelo
demuestre tanto amor, arrojo y brío;
y, porque lo ama bien, pone gran celo
en disuadirlo de valor tan pío;
mas todo es vano, porque tanto duelo
no consiente consuelo ni desvío:
Medoro está a morir determinado
o a darle a su señor sepulcro honrado.
171 Viendo que ni lo rinde ni lo mueve,
responde al fin: «Tampoco yo me enfrío:
también quiero tal obra hacer no leve,
también famosa muerte amo y ansío.
¿Que cosa habrá que alguna vez apruebe,
si quedo al fin sin ti, Medoro mío?
Morir contigo es mejor acuerdo
que luego del dolor, si al fin te pierdo.»
172 Dispuestos ya, la guardia ceden luego
al turno de reemplazo, y presto vienen,
pasando cerca y foso, con sosiego
donde los nuestros nada hay que previenen.
Las tropas duermen sin que alumbre el fuego:
tan poco miedo del pagano tienen,
y vense aquí y allá, siempre tendidos,
en vino y sueño hasta el testuz metidos.
173 Cloridán para, y su intención enmienda
diciendo: «Es ocasión de hacer partido.
¿No debo dar, Medoro, muerte horrenda
a los que han muerto a mi señor querido?
Tú, porque ninguno nos sorprenda,
atentos pon los ojos y el oído,
que yo me ofrezco con la espada a hacerte
franco el camino dándoles la muerte.»
174 Cosa que dijo, y cosa que fue hecha
entrando donde el docto Alfeo dormía,
que un año antes a Carlos de esta fecha
vendido como gran mago se había;
mas de poco su ciencia le aprovecha
o tal vez fue que entonces le mentía:
se había predicho, que ya anciano hecho,
junto a su esposa, moriría en el lecho;
175 y en cambio el cauto moro ahora lo acalla
hundiéndole la espada en el gaznate.
Cuatro después junto a aquel mago halla
a los que sin dar tiempo a hablar abate.
Turpín los nombres de los cuatro calla,
y el tiempo impide que apurarlos trate.
Palidón Moncaler después acaba,
que ajeno entre dos yeguas dormitaba.
176 Llega después donde apoyado para
junto a una cuba el desdichado Grillo:
vaciada ya, creía cosa clara
gozar en paz del dulce tabardillo.
Del cuerpo el moro el casco le separa:
como de espita salen a porrillo
vino y sangre que llenan dos barreños;
y vierte el moro, lo que él bebe en sueños.
177 Tras éste mata a un griego y a un tudesco
de dos golpes: Andrópono y Conrado;
que un poco antes gozaban del refresco
del vino y el frenético del dado.
Más les valiera haber velado al fresco
hasta que hubiese el Indo el sol pasado;
mas ¿qué podría en nosotros el destino
si fuese cada cual de él adivino?
178 Como en repleto establo león hambriento
que está por largo ayuno enflaquecido,
desgarra. mata, engulle en un momento
a aquel ganado a su poder venido;
así el cruel pagano sin descuento
hace matanza del francés dormido.
También la espada de Medoro saja;
mas no se presta a herir pleble tan baja.
179 Va en cambio a donde el duque de Labreto
dormía, a una gentil dama abrazado,
tan apegado a su calor, tan prieto
que ni aun el aire hallaba paso holgado.
De un tajo a ambos desmocha por completo:
¡Oh envidiable morir! ¡Oh feliz hado!
Como juntos sus cuerpos, imagino
que irían sus almas a común destino.
180 Luego a Ardalico y a Malindo acaba,
del condado de Flandes herederos,
a quien, dando la lis, casi acababa
de armar el magno Carlos caballeros;
porque el día aquel en la batalla brava
habían bañado en sangre los aceros.
En Frisia prometióles tierra y oro,
y fuera así, más lo impidió Medoro.
181 Ya a pique están de conducir su arresto
hasta las tiendas que en redor de aquella
real los doce pares han dispuesto,
haciendo guardia a turnos ante ella;
cuando detienen su avanzar funesto
y ambos vuelven atrás sobre su huella;
juzgando que entre tanto centinela
alguno deba haber que siga en vela.
182 Y aunque pueden portar botín no escaso,
salvan su vida, que es mejor que el oro.
Por donde juzga que es más libre el paso
va Cloridán, y tras de él Medoro.
Llegan al campo, donde en gran fracaso
entre arco y lanza de cristiano y moro,
pobres y ricos, reyes y vasallos
yacen, y con los hombres, sus caballos.
183 Podría haber la criminal laguna
de sangre que inundaba todo el llano,
la búsqueda aplazado que hacían a una
los dos hasta que el sol diese de plano;
si no hubiese asomado al fin la luna,
tras una nube, a ruego del pagano.
En la luna Medoro clavó fijo
con devoción el gesto, y así dijo:
184 «Oh santa diosa, que en lo antiguo eras
triforme con razón justa llamada
pues era tu beldad de tres maneras
en cielo, inferno y tierra bien mostrada,
tú que das a los monstruos y a las fieras
caza en la selva oscura e intrincada,
dime dónde mi rey yace entre tantos,
él, que en vida imitó tus usos santos.»
185 Abrió ante la oración la luna el cielo
(o fuera al caso o porque el ruego oyera)
y bella se mostró como sin velo
desnuda ante Endimión cuando a él se diera.
Iluminó su luz todo aquel suelo,
un campo y otro, el monte y la pradera;
y viéronse a lo lejos sobre el prado,
Lerí y Martir a uno y otro lado.
186 Brilla su blanca luz mucho más clara
allá donde se halla aquel despojo
delante del que el buen Medoro para
apenas ve el cuartel cándido y rojo.
Baña de amargo llanto ante él la cara,
que nace un manantial de cada ojo,
con tan dulce congoja y sentimiento
que aun por oírlo pararía el viento;
187 pero con voz tan baja y comedida
que no haya quien por ella de él infiera,
no por deseo de salvar la vida,
que antes la odia y fenecer quisiera,
mas por temor de que le sea impedida
la obra que venir allí lo hiciera.
Cargan entre los dos a hombros al muerto,
partiendo el peso así, como su tuerto.
188 Van apretando el paso con empeño,
bajo el amado rey que los abruma.
Ya quita aquel que de la luz es dueño
del cielo estrellas, de la tierra bruma,
cuando Zerbín, al que a pesar del sueño
su arrojo aparta de la ociosa pluma,
tras perseguir la noche tropa mora,
volvía al campamento con la aurora.
189 Algunos caballeros trae a zaga
que, al ver de lejos a ambos compañeros,
corren a ellos esperando en paga
hacer botín de joyas y dineros.
«Fuerza es, hermano --Cloridán amaga--,
el peso echar y huir con pies ligeros:
que es juicio no cabal y desacierto
perder dos vivos por salvar un muerto.»
190 Y arrojó el peso, porque se pensaba
que cosa similar Medoro hiciese;
pero éste que a su rey más que a sí amaba,
todo lo echó a su espalda, y con él fuese.
Con veloz paso Cloridán marchaba,
como si atrás su amigo de él viniese:
de ver que lo dejaba a aquella suerte,
habría encarado mil, y no una muerte.
191 Los caballeros, muy determinados
a que este duo allí se rinda o muera,
rodean a los dos por todos lados
y cortan cuanto paso a huir valiera.
Era el capitán de los soldados
el que en seguirlos más porfiado era;
pues, viendo con qué miedo los han visto,
juzgó enemigos a los dos de Cristo.
192 De umbrosa planta y de plural ramaje
había entonces allí antigua selva,
que, como laberinto, era paraje
sólo habitado de silvestre belva.
Piensan los dos que dentro del follaje
allí ocultos su huida se resuelva.
Mas quien gran gusto de mi canto tenga,
espero que otra vez a oírlo venga
|
Canto 18
../Canto 17 ../Canto 19 IncludiIntestazione 20 dicembre 2008 75% Poemi
<dc:title>Orlando furioso</dc:title> <dc:creator opt:role="aut">Ludovico Ariosto</dc:creator> <dc:date>1532</dc:date> <dc:subject></dc:subject> <dc:rights>CC BY-SA 3.0</dc:rights> <dc:rights>GFDL</dc:rights> <dc:relation></dc:relation> <dc:identifier>//it.wikisource.org/w/index.php?title=Orlando_furioso/Canto_18&oldid=1081534</dc:identifier> <dc:revisiondatestamp>20120216085516</dc:revisiondatestamp> //it.wikisource.org/w/index.php?title=Orlando_furioso/Canto_18&oldid=1081534 20120216085516
Orlando furioso - Canto 18 Ludovico Ariosto
1532 1474 1533
1 Magnanimo Signore, ogni vostro atto
ho sempre con ragion laudato e laudo:
ben che col rozzo stil duro e mal atto
gran parte de la gloria vi defraudo.
Ma più de l’altre una virtù m’ha tratto,
a cui col core e con la lingua applaudo;
che s’ognun truova in voi ben grata udienza,
non vi truova però facil credenza.
2 Spesso in difesa deI biasmato assente
indur vi sento una ed un’altra scusa,
o riserbargli almen, fin che presente
sua causa dica, l’altra orecchia chiusa;
e sempre, prima che dannar la gente,
vederla in faccia, e udir la ragion ch’usa;
differir anco e giorni e mesi ed anni,
prima che giudicar negli altrui danni.
3 Se Norandino il simil fatto avesse,
fatto a Grifon non avria quel che fece.
A voi utile e onor sempre successe:
denigrò sua fama egli più che pece.
Per lui sue genti a morte furon messe;
che fe’ Grifone in dieci tagli, e in diece
punte che trasse pien d’ira e bizzarro,
che trenta ne cascaro appresso al carro.
4 Van gli altri in rotta ove il timor li caccia,
chi qua chi là, pei campi e per le strade;
e chi d’entrar ne la città procaccia,
e l’un su l’altro ne la porta cade.
Grifon non fa parole e non minaccia;
ma lasciando lontana ogni pietade,
mena tra il vulgo inerte il ferro intorno,
e gran vendetta fa d’ogni suo scorno.
5 Di quei che primi giunsero alla porta,
che le piante a levarsi ebbeno pronte,
parte, al bisogno suo molto più accorta
che degli amici, alzò subito il ponte;
piangendo parte, o con la faccia smorta
fuggendo andò senza mai volger fronte,
e ne la terra per tutte le bande
levò grido e tumulto e rumor grande.
6 Grifon gagliardo duo ne piglia in quella
che ’l ponte si levò per lor sciagura.
Sparge de l’uno al campo le cervella;
che lo percuote ad una cote dura:
prende l’altro nel petto, e l’arrandella
in mezzo alla città sopra le mura.
Scorse per l’ossa ai terrazzani il gelo,
quando vider colui venir dal cielo.
7 Fur molti che temer che ’l fier Grifone
sopra le mura avesse preso un salto.
Non vi sarebbe più confusione,
s’a Damasco il soldan desse l’assalto.
Un muover d’arme, un correr di persone,
e di talacimanni un gridar d’alto,
e di tamburi un suon misto e di trombe
il mondo assorda, e ’l ciel par ne rimbombe.
8 Ma voglio a un’altra volta differire
a ricontar ciò che di questo avenne.
Del buon re Carlo mi convien seguire,
che contra Rodomonte in fretta venne,
il qual le genti gli facea morire.
Io vi dissi ch’al re compagnia tenne
il gran Danese e Namo ed Oliviero
e Avino e Avolio e Otone e Berlingiero.
9 Otto scontri di lance, che da forza
di tali otto guerrier cacciati foro,
sostenne a un tempo la scagliosa scorza
di ch’avea armato il petto il crudo Moro.
Come legno si drizza, poi che l’orza
lenta il nochier che crescer sente il Coro,
così presto rizzossi Rodomonte
dai colpi che gittar doveano un monte.
10 Guido, Ranier, Ricardo, Salamone,
Ganelon traditor, Turpin fedele,
Angioliero, Angiolino, Ughetto, Ivone,
Marco e Matteo dal pian di san Michele,
e gli otto di che dianzi fei menzione,
son tutti intorno al Saracin crudele,
Arimanno e Odoardo d’Inghilterra,
ch’entrati eran pur dianzi ne la terra.
11 Non così freme in su lo scoglio alpino
di ben fondata rocca alta parete,
quando il furor di borea o di garbino
svelle dai monti il frassino e l’abete;
come freme d’orgoglio il Saracino,
di sdegno acceso e di sanguigna sete:
e com’a un tempo è il tuono e la saetta,
così l’ira de l’empio e la vendetta.
12 Mena alla testa a quel che gli è più presso,
che gli è il misero Ughetto di Dordona:
lo pone in terra insino ai denti fesso,
come che l’elmo era di tempra buona.
Percosso fu tutto in un tempo anch’esso
da molti colpi in tutta la persona;
ma non gli fan più ch’all’incude l’ago:
sì duro intorno ha lo scaglioso drago.
13 Furo tutti i ripar, fu la cittade
d’intorno intorno abandonata tutta;
che la gente alla piazza, dove accade
maggior bisogno, Carlo avea ridutta.
Corre alla piazza da tutte le strade
la turba, a chi il fuggir sì poco frutta.
La persona del re sì i cori accende,
ch’ognun prend’arme, ognuno animo prende.
14 Come se dentro a ben rinchiusa gabbia
d’antiqua leonessa usata in guerra,
perch’averne piacere il popul abbia,
talvolta il tauro indomito si serra;
i leoncin che veggion per la sabbia
come altiero e mugliando animoso erra,
e veder sì gran corna non son usi,
stanno da parte timidi e confusi:
15 ma se la fiera madre a quel si lancia,
e ne l’orecchio attacca il crudel dente,
vogliono anch’essi insanguinar la guancia,
e vengono in soccorso arditamente;
chi morde al tauro il dosso e chi la pancia:
così contra il pagan fa quella gente.
Da tetti e da finestre e più d’appresso
sopra gli piove un nembo d’arme e spesso.
16 Dei cavallieri e de la fanteria
tanta è la calca, ch’a pena vi cape.
La turba che vi vien per ogni via,
v’abbonda ad or ad or spessa come ape;
che quando, disarmata e nuda, sia
più facile a tagliar che torsi o rape,
non la potria, legata a monte a monte,
in venti giorni spenger Rodomonte.
17 Al pagan, che non sa come ne possa
venir a capo, omai quel gioco incresce.
Poco, per far di mille, o di più, rossa
la terra intorno, il populo discresce.
Il fiato tuttavia più se gl’ingrossa,
si che comprende al fin che, se non esce
or c’ha vigore e in tutto il corpo è sano,
vorrà da tempo uscir, che sarà invano.
18 Rivolge gli occhi orribili, e pon mente
che d’ogn’intorno sta chiusa l’uscita;
ma con ruina d’infinita gente
l’aprirà tosto, e la farà espedita.
Ecco, vibrando la spada tagliente,
che vien quel empio, ove il furor lo ’nvita,
ad assalire il nuovo stuol britanno,
che vi trasse Odoardo ed Arimanno.
19 Chi ha visto in piazza rompere steccato,
a cui la folta turba ondeggi intorno,
immansueto tauro accaneggiato,
stimulato e percosso tutto ’l giorno;
che ’l popul se ne fugge ispaventato,
ed egli or questo or quel leva sul corno:
pensi che tale o più terribil fosse
il crudele African quando si mosse.
20 Quindici o venti ne tagliò a traverso,
altritanti lasciò del capo tronchi,
ciascun d’un colpo sol dritto o riverso;
che viti o salci par che poti e tronchi.
Tutto di sangue il fier pagano asperso,
lasciando capi fessi e bracci monchi,
e spalle e gambe ed altre membra sparte,
ovunque il passo volga, al fin si parte.
21 De la piazza si vede in guisa torre,
che non si può notar ch’abbia paura;
ma tuttavolta col pensier discorre,
dove sia per uscir via più sicura.
Capita al fin dove la Senna corre
sotto all’isola, e va fuor de le mura.
La gente d’arme e il popul fatto audace
lo stringe e incalza, e gir nol lascia in pace.
22 Qual per le selve nomade o massile
cacciata va la generosa belva,
ch’ancor fuggendo mostra il cor gentile,
e minacciosa e lenta si rinselva;
tal Rodomonte, in nessun atto vile,
da strana circondato e fiera selva
d’aste e di spade e di volanti dardi,
si tira al fiume a passi lunghi e tardi.
23 E sì tre volte e più l’ira il sospinse,
ch’essendone già fuor, vi tornò in mezzo,
ove di sangue la spada ritinse,
e più di cento ne levò di mezzo.
Ma la ragione al fin la rabbia vinse
di non far sì, ch’a Dio n’andasse il lezzo;
e da la ripa, per miglior consiglio,
si gittò all’acqua, e uscì di gran periglio.
24 Con tutte l’arme andò per mezzo l’acque,
come s’intorno avesse tante galle.
Africa, in te pare a costui non nacque,
ben che d’Anteo ti vanti e d’Anniballe.
Poi che fu giunto a proda, gli dispiacque,
che si vide restar dopo le spalle
quella città ch’avea trascorsa tutta,
e non l’avea tutta arsa né distrutta.
25 E sì lo rode la superbia e l’ira,
che, per tornarvi un’altra volta, guarda,
e di profondo cor geme e sospira,
né vuolne uscir, che non la spiani ed arda.
Ma lungo il fiume, in questa furia, mira
venir chi l’odio estingue e l’ira tarda.
Chi fosse io vi farò ben tosto udire;
ma prima un’altra cosa v’ho da dire.
26 Io v’ho da dir de la Discordia altiera,
a cui l’angel Michele avea commesso
ch’a battaglia accendesse e a lite fiera
quei che più forti avea Agramante appresso.
Uscì de’ frati la medesma sera,
avendo altrui l’ufficio suo commesso:
lasciò la Fraude a guerreggiare il loco,
fin che tornasse, e a mantenervi il fuoco.
27 E le parve ch’andria con più possanza,
se la Superbia ancor seco menasse;
e perché stavan tutte in una stanza,
non fu bisogno ch’a cercar l’andasse.
La Superbia v’andò, ma non che sanza
la sua vicaria il monaster lasciasse:
per pochi dì che credea starne assente,
lasciò l’Ipocrisia locotenente.
28 L’implacabil Discordia in compagnia
de la Superbia si messe in camino,
e ritrovò che la medesma via
facea, per gire al campo saracino,
l’afflitta e sconsolata Gelosia;
e venìa seco un nano piccolino,
il qual mandava Doralice bella
al re di Sarza a dar di sé novella.
29 Quando ella venne a Mandricardo in mano
(ch’io v’ho già raccontato e come e dove),
tacitamente avea commesso al nano,
che ne portasse a questo re le nuove.
Ella sperò che nol saprebbe invano,
ma che far si vedria mirabil pruove,
per riaverla con crudel vendetta
da quel ladron che gli l’avea intercetta.
30 La Gelosia quel nano avea trovato;
e la cagion del suo venir compresa,
a caminar se gli era messa allato,
parendo d’aver luogo a questa impresa.
Alla Discordia ritrovar fu grato
la Gelosia; ma più quando ebbe intesa
la cagion del venir, che le potea
molto valere in quel che far volea.
31 D’inimicar con Rodomonte il figlio
del re Agrican le pare aver suggetto:
troverà a sdegnar gli altri altro consiglio;
a sdegnar questi duo questo è perfetto.
Col nano se ne vien dove l’artiglio
del fier pagano avea Parigi astretto;
e capitaro a punto in su la riva,
quando il crudel del fiume a nuoto usciva.
32 Tosto che riconobbe Rodomonte
costui de la sua donna esser messaggio,
estinse ogn’ira, e serenò la fronte,
e si sentì brillar dentro il coraggio.
Ogn’altra cosa aspetta che gli conte,
prima ch’alcuno abbia a lei fatto oltraggio.
Va contra il nano, e lieto gli domanda:
- Ch’è de la donna nostra? ove ti manda? -
33 Rispose il nano: - Né più tua né mia
donna dirò quella ch’è serva altrui.
Ieri scontrammo un cavallier per via,
che ne la tolse, e la menò con lui. -
A quello annunzio entrò la Gelosia,
fredda come aspe, ed abbracciò costui.
Seguita il nano, e narragli in che guisa
un sol l’ha presa, e la sua gente uccisa.
34 L’acciaio allora la Discordia prese,
e la pietra focaia, e picchiò un poco,
e l’esca sotto la Superbia stese,
e fu attaccato in un momento il fuoco;
e sì di questo l’anima s’accese
del Saracin, che non trovava loco:
sospira e freme con sì orribil faccia,
che gli elementi e tutto il ciel minaccia.
35 Come la tigre, poi ch’invan discende
nel voto albergo, e per tutto s’aggira,
e i cari figli all’ultimo comprende
essergli tolti, avampa di tant’ira,
a tanta rabbia, a tal furor s’estende,
che né a monte né a rio né a notte mira;
né lunga via, né grandine raffrena
l’odio che dietro al predator la mena:
36 così furendo il Saracin bizzarro
si volge al nano, e dice: - Or là t’invia; -
e non aspetta né destrier né carro,
e non fa motto alla sua compagnia.
Va con più fretta che non va il ramarro,
quando il ciel arde, a traversar la via.
Destrier non ha, ma il primo tor disegna,
sia di chi vuol, ch’ad incontrar lo vegna.
37 La Discordia ch’udì questo pensiero,
guardò, ridendo, la Superbia, e disse
che volea gire a trovare un destriero
che gli apportasse altre contese e risse;
e far volea sgombrar tutto il sentiero,
ch’altro che quello in man non gli venisse:
e già pensato avea dove trovarlo.
Ma costei lascio, e torno a dir di Carlo.
38 Poi ch’al partir del Saracin si estinse
Carlo d’intorno il periglioso fuoco,
tutte le genti all’ordine ristrinse.
Lascionne parte in qualche debol loco:
adosso il resto ai Saracini spinse,
per dar lor scacco, e guadagnarsi il giuoco;
e gli mandò per ogni porta fuore,
da San Germano infin a San Vittore.
39 E commandò ch’a porta San Marcello,
dov’era gran spianata di campagna,
aspettasse l’un l’altro, e in un drappello
si ragunasse tutta la compagna.
Quindi animando ognuno a far macello
tal, che sempre ricordo ne rimagna,
ai lor ordini andar fe’ le bandiere,
e di battaglia dar segno alle schiere.
40 Il re Agramante in questo mezzo in sella,
mal grado dei cristian, rimesso s’era;
e con l’inamorato d’Isabella
facea battaglia perigliosa e fiera:
col re Sobrin Lurcanio si martella:
Rinaldo incontra avea tutta una schiera;
e con virtude e con fortuna molta
l’urta, l’apre, ruina e mette in volta.
41 Essendo la battaglia in questo stato,
l’imperatore assalse il retroguardo
dal canto ove Marsilio avea fermato
il fior di Spagna intorno al suo stendardo.
Con fanti in mezzo e cavallieri allato,
re Carlo spinse il suo popul gagliardo
con tal rumor di timpani e di trombe,
che tutto ’l mondo par che ne rimbombe.
42 Cominciavan le schiere a ritirarse
de’ Saracini, e si sarebbon volte
tutte a fuggir, spezzate, rotte e sparse,
per mai più non potere esser raccolte;
ma ’l re Grandonio e Falsiron comparse,
che stati in maggior briga eran più volte,
e Balugante e Serpentin feroce,
e Ferraù che lor dicea a gran voce:
43 - Ah (dicea) valentuomini, ah compagni,
ah fratelli, tenete il luogo vostro.
I nimici faranno opra di ragni,
se non manchiamo noi del dover nostro.
Guardate l’alto onor, gli ampli guadagni
che Fortuna, vincendo, oggi ci ha mostro:
guardate la vergogna e il danno estremo,
ch’essendo vinti, a patir sempre avremo. -
44 Tolto in quel tempo una gran lancia avea,
e contra Berlingier venne di botto,
che sopra Largaliffa combattea,
e l’elmo ne la fronte gli avea rotto:
gittollo in terra, e con la spada rea
appresso a lui ne fe’ cader forse otto.
Per ogni botta almanco, che disserra,
cader fa sempre un cavalliero in terra.
45 In altra parte ucciso avea Rinaldo
tanti pagan, ch’io non potrei contarli.
Dinanzi a lui non stava ordine saldo:
vedreste piazza in tutto ’l campo darli.
Non men Zerbin, non men Lurcanio è caldo:
per modo fan, ch’ognun sempre ne parli:
questo di punta avea Balastro ucciso,
e quello a Finadur l’elmo diviso.
46 L’esercito d’Alzerbe avea il primiero,
che poco inanzi aver solea Tardocco;
l’altro tenea sopra le squadre impero
di Zamor e di Saffi e di Marocco.
- Non è tra gli Africani un cavalliero
che di lancia ferir sappia o di stocco? -
mi si potrebbe dir: ma passo passo
nessun di gloria degno a dietro lasso.
47 Del re de la Zumara non si scorda
il nobil Dardinel figlio d’Almonte,
che con la lancia Uberto da Mirforda,
Claudio dal Bosco, Elio e Dulfin dal Monte,
e con la spada Anselmo da Stanforda,
e da Londra Raimondo e Pinamonte
getta per terra (ed erano pur forti),
dui storditi, un piagato, e quattro morti.
48 Ma con tutto ’l valor che di sé mostra,
non può tener sì ferma la sua gente,
sì ferma, ch’aspettar voglia la nostra
di numero minor, ma più valente.
Ha più ragion di spada e più di giostra
e d’ogni cosa a guerra appertinente.
Fugge la gente maura, di Zumara,
di Setta, di Marocco e di Canara.
49 Ma più degli altri fuggon quei d’Alzerbe,
a cui s’oppose il nobil giovinetto;
ed or con prieghi, or con parole acerbe
ripor lor cerca l’animo nel petto.
- S’Almonte meritò ch’in voi si serbe
di lui memoria, or ne vedrò l’effetto:
io vedrò (dicea lor) se me, suo figlio,
lasciar vorrete in così gran periglio.
50 State, vi priego per mia verde etade,
in cui solete aver sì larga speme:
deh non vogliate andar per fil di spade,
ch’in Africa non torni di noi seme.
Per tutto ne saran chiuse le strade,
se non andiam raccolti e stretti insieme:
troppo alto muro e troppo larga fossa
è il monte e il mar, pria che tornar si possa.
51 Molto è meglio morir qui, ch’ai supplici
darsi e alla discrezion di questi cani.
State saldi, per Dio, fedeli amici;
che tutti son gli altri rimedi vani.
Non han di noi più vita gli nimici;
più d’un’alma non han, più di due mani. -
Così dicendo, il giovinetto forte
al conte d’Otonlei diede la morte.
52 Il rimembrare Almonte così accese
l’esercito african che fuggia prima,
che le braccia e le mani in sue difese
meglio, che rivoltar le spalle, estima.
Guglielmo da Burnich era uno Inglese
maggior di tutti, e Dardinello il cima,
e lo pareggia agli altri; e apresso taglia
il capo ad Aramon di Cornovaglia.
53 Morto cadea questo Aramone a valle;
e v’accorse il fratel per dargli aiuto:
ma Dardinel l’aperse per le spalle
fin giù dove lo stomaco è forcuto.
Poi forò il ventre a Bogio da Vergalle,
e lo mandò del debito assoluto:
avea promesso alla moglier fra sei
mesi, vivendo, di tornare a lei.
54 Vide non lungi Dardinel gagliardo
venir Lurcanio, ch’avea in terra messo
Dorchin, passato ne la gola, e Gardo
per mezzo il capo e insin ai denti fesso;
e ch’Alteo fuggir volse, ma fu tardo,
Alteo ch’amò quanto il suo core istesso;
che dietro alla collottola gli mise
il fier Lurcanio un colpo che l’uccise.
55 Piglia una lancia, e va per far vendetta,
dicendo al suo Macon (s’udir lo puote),
che se morto Lurcanio in terra getta,
ne la moschea ne porrà l’arme vote.
Poi traversando la campagna in fretta,
con tanta forza il fianco gli percuote,
che tutto il passa sin all’altra banda;
ed ai suoi, che lo spoglino, commanda.
56 Non è da domandarmi, se dolere
se ne dovesse Ariodante il frate;
se desiasse di sua man potere
por Dardinel fra l’anime dannate:
ma nol lascian le genti adito avere,
non men de le ’nfedel le battezzate.
Vorria pur vendicarsi, e con la spada
di qua di là spianando va la strada.
57 Urta, apre, caccia, atterra, taglia e fende
qualunque lo ’mpedisce o gli contrasta.
E Dardinel che quel disire intende,
a volerlo saziar già non sovrasta:
ma la gran moltitudine contende
con questa ancora, e i suoi disegni guasta.
Se’ Mori uccide l’un, l’altro non manco
gli Scotti uccide e il campo inglese e ’l franco.
58 Fortuna sempremai la via lor tolse,
che per tutto quel dì non s’accozzaro.
A più famosa man serbar l’un volse;
che l’uomo il suo destin fugge di raro.
Ecco Rinaldo a questa strada volse,
perch’alla vita d’un non sia riparo:
ecco Rinaldo vien: Fortuna il guida
per dargli onor che Dardinello uccida.
59 Ma sia per questa volta detto assai
dei gloriosi fatti di Ponente.
Tempo è ch’io torni ove Grifon lasciai,
che tutto d’ira e di disdegno ardente
facea, con più timor ch’avesse mai,
tumultuar la sbigottita gente.
Re Norandino a quel rumor corso era
con più di mille armati in una schiera.
60 Re Norandin con la sua corte armata,
vedendo tutto ’l populo fuggire,
venne alla porta in battaglia ordinata,
e quella fece alla sua giunta aprire.
Grifone intanto avendo già cacciata
da sé la turba sciocca e senza ardire,
la sprezzata armatura in sua difesa
(qual la si fosse) avea di nuovo presa;
61 e presso a un tempio ben murato e forte,
che circondato era d’un’alta fossa,
in capo un ponticel si fece forte,
perché chiuderlo in mezzo alcun non possa.
Ecco, gridando e minacciando forte,
fuor de la porta esce una squadra grossa.
L’animoso Grifon non muta loco,
e fa sembiante che ne tema poco.
62 E poi ch’avicinar questo drappello
si vide, andò a trovarlo in su la strada;
e molta strage fattane e macello
(che menava a due man sempre la spada),
ricorso avea allo stretto ponticello,
e quindi li tenea non troppo a bada:
di nuovo usciva e di nuovo tornava;
e sempre orribil segno vi lasciava.
63 Quando di dritto e quando di riverso
getta or pedoni or cavallieri in terra.
Il popul contra lui tutto converso
più e più sempre inaspera la guerra.
Teme Grifone al fin restar sommerso:
sì cresce il mar che d’ogn’intorno il serra;
e ne la spalla e ne la coscia manca
è già ferito, e pur la lena manca.
64 Ma la virtù, ch’ai suoi spesso soccorre,
gli fa appo Norandin trovar perdono.
Il re, mentre al tumulto in dubbio corre,
vede che morti già tanti ne sono:
vede le piaghe che di man d’Ettorre
pareano uscite: un testimonio buono,
che dianzi esso avea fatto indegnamente
vergogna a un cavallier molto eccellente.
65 Poi, come gli è più presso, e vede in fronte
quel che la gente a morte gli ha condutta,
e fattosene avanti orribil monte,
e di quel sangue il fosso e l’acqua brutta;
gli è aviso di veder proprio sul ponte
Orazio sol contra Toscana tutta:
e per suo onore, e perché gli ne ’ncrebbe,
ritrasse i suoi, né gran fatica v’ebbe.
66 Ed alzando la man nuda e senz’arme,
antico segno di tregua o di pace,
disse a Grifon: - Non so, se non chiamarme
d’avere il torto, e dir che mi dispiace:
ma il mio poco giudicio, e lo istigarme
altrui, cadere in tanto error mi face.
Quel che di fare io mi credea al più vile
guerrier del mondo, ho fatto al più gentile.
67 E se bene alla ingiuria ed a quell’onta
ch’oggi fatta ti fu per ignoranza,
l’onor che ti fai qui s’adegua e sconta,
o (per più vero dir) supera e avanza;
la satisfazion ci serà pronta
a tutto mio sapere e mia possanza,
quando io conosca di poter far quella
per oro o per cittadi o per castella.
68 Chiedimi la metà di questo regno,
ch’io son per fartene oggi possessore;
che l’alta tua virtù non ti fa degno
di questo sol, ma ch’io ti doni il core:
e la tua mano in questo mezzo, pegno
di fé mi dona e di perpetuo amore. -
Così dicendo, da cavallo scese,
e vêr Grifon la destra mano stese.
69 Grifon, vedendo il re fatto benigno
venirgli per gittar le braccia al collo,
lasciò la spada e l’animo maligno,
e sotto l’anche ed umile abbracciollo.
Lo vide il re di due piaghe sanguigno,
e tosto fe’ venir chi medicollo;
indi portar ne la cittade adagio,
e riposar nel suo real palagio.
70 Dove, ferito, alquanti giorni, inante
che si potesse armar, fece soggiorno.
Ma lascio lui, ch’al suo frate Aquilante
ed ad Astolfo in Palestina torno,
che di Grifon, poi che lasciò le sante
mura, cercare han fatto più d’un giorno
in tutti i lochi in Solima devoti,
e in molti ancor da la città remoti.
71 Or né l’uno né l’altro è sì indovino,
che di Grifon possa saper che sia:
ma venne lor quel Greco peregrino,
nel ragionare, a caso a darne spia,
dicendo ch’Orrigille avea il camino
verso Antiochia preso di Soria,
d’un nuovo drudo, ch’era di quel loco,
di subito arsa e d’improviso fuoco.
72 Dimandògli Aquilante, se di questo
così notizia avea data a Grifone:
e come l’affermò, s’avisò il resto,
perché fosse partito, e la cagione.
Ch’Orrigille ha seguito è manifesto
in Antiochia con intenzione
di levarla di man del suo rivale
con gran vendetta e memorabil male.
73 Non tolerò Aquilante che ’l fratello
solo e senz’esso a quell’impresa andasse;
e prese l’arme, e venne dietro a quello:
ma prima pregò il duca che tardasse
l’andata in Francia ed al paterno ostello,
fin ch’esso d’Antiochia ritornasse.
Scende al Zaffo e s’imbarca, che gli pare
e più breve e miglior la via del mare.
74 Ebbe un ostro-silocco allor possente
tanto nel mare, e sì per lui disposto,
che la terra del Surro il dì seguente
vide e Saffetto, un dopo l’altro tosto.
Passa Barutti e il Zibeletto, e sente
che da man manca gli è Cipro discosto.
A Tortosa da Tripoli, e alla Lizza
e al golfo di Laiazzo il camin drizza.
75 Quindi a levante fe’ il nocchier la fronte
del navilio voltar snello e veloce;
ed a sorger n’andò sopra l’Oronte,
e colse il tempo, e ne pigliò la foce.
Gittar fece Aquilante in terra il ponte,
e n’uscì armato sul destrier feroce;
e contra il fiume il camin dritto tenne,
tanto ch’in Antiochia se ne venne.
76 Di quel Martano ivi ebbe ad informarse;
ed udì ch’a Damasco se n’era ito
con Orrigille, ove una giostra farse
dovea solenne per reale invito.
Tanto d’andargli dietro il desir l’arse,
certo che ’l suo german l’abbia seguito,
che d’Antiochia anco quel dì si tolle;
ma già per mar più ritornar non volle.
77 Verso Lidia e Larissa il camin piega:
resta più sopra Aleppe ricca e piena.
Dio, per mostrar ch’ancor di qua non niega
mercede al bene, ed al contrario pena,
Martano appresso a Mamuga una lega
ad incontrarsi in Aquilante mena.
Martano si facea con bella mostra
portare inanzi il pregio de la giostra.
78 Pensò Aquilante al primo comparire,
che ’l vil Martano il suo fratello fosse;
che l’ingannaron l’arme, e quel vestire
candido più che nievi ancor non mosse:
e con quell’oh! che d’allegrezza dire
si suole, incominciò; ma poi cangiosse
tosto di faccia e di parlar, ch’appresso
s’avide meglio, che non era desso.
79 Dubitò che per fraude di colei
ch’era con lui, Grifon gli avesse ucciso;
e: - Dimmi (gli gridò) tu ch’esser déi
un ladro e un traditor, come n’hai viso,
onde hai quest’arme avute? onde ti sei
sul buon destrier del mio fratello assiso?
Dimmi se ’l mio fratello è morto o vivo;
come de l’arme e del destrier l’hai privo. -
80 Quando Orrigille udì l’irata voce,
a dietro il palafren per fuggir volse;
ma di lei fu Aquilante più veloce,
e fecela fermar, volse o non volse.
Martano al minacciar tanto feroce
del cavallier, che sì improviso il colse,
pallido triema, come al vento fronda,
né sa quel che si faccia o che risponda.
81 Grida Aquilante, e fulminar non resta,
e la spada gli pon dritto alla strozza;
e giurando minaccia che la testa
ad Orrigille e a lui rimarrà mozza,
se tutto il fatto non gli manifesta.
Il mal giunto Martano alquanto ingozza,
e tra sé volve se può sminuire
sua grave colpa, e poi comincia a dire:
82 - Sappi, signor, che mia sorella è questa,
nata di buona e virtuosa gente,
ben che tenuta in vita disonesta
l’abbia Grifone obbrobriosamente:
e tale infamia essendomi molesta,
né per forza sentendomi possente
di torla a sì grande uom, feci disegno
d’averla per astuzia e per ingegno.
83 Tenni modo con lei, ch’avea desire
di ritornare a più lodata vita,
ch’essendosi Grifon messo a dormire,
chetamente da lui fêsse partita.
Così fece ella; e perché egli a seguire
non n’abbia, ed a turbar la tela ordita,
noi lo lasciammo disarmato e a piedi;
e qua venuti siàn, come tu vedi. -
84 Poteasi dar di somma astuzia vanto,
che colui facilmente gli credea;
e, fuor che ’n torgli arme e destrier e quanto
tenesse di Grifon, non gli nocea;
se non volea pulir sua scusa tanto,
che la facesse di menzogna rea:
buona era ogn’altra parte, se non quella
che la femina a lui fosse sorella.
85 Avea Aquilante in Antiochia inteso
essergli concubina, da più genti;
onde gridando, di furore acceso:
- Falsissimo ladron, tu te ne menti! -
un pugno gli tirò di tanto peso,
che ne la gola gli cacciò duo denti:
e senza più contesa, ambe le braccia
gli volge dietro, e d’una fune allaccia;
86 e parimente fece ad Orrigille,
ben che in sua scusa ella dicesse assai.
Quindi li trasse per casali e ville,
né li lasciò fin a Damasco mai;
e de le miglia mille volte mille
tratti gli avrebbe con pene e con guai,
fin ch’avesse trovato il suo fratello,
per farne poi come piacesse a quello.
87 Fece Aquilante lor scudieri e some
seco tornare, ed in Damasco venne,
e trovò di Grifon celebre il nome
per tutta la città batter le penne:
piccoli e grandi, ognun sapea già come
egli era, che sì ben corse l’antenne,
ed a cui tolto fu con falsa mostra
dal compagno la gloria de la giostra.
88 Il popul tutto al vil Martano infesto,
l’uno all’altro additandolo, lo scuopre.
- Non è (dicean), non è il ribaldo questo,
che si fa laude con l’altrui buone opre?
e la virtù di chi non è ben desto,
con la sua infamia e col suo obbrobrio copre?
Non è l’ingrata femina costei,
la qual tradisce i buoni e aiuta i rei? -
89 Altri dicean: - Come stan bene insieme
segnati ambi d’un marchio e d’una razza! -
Chi li bestemmia, chi lor dietro freme,
chi grida: - Impicca, abrucia, squarta, amazza! -
La turba per veder s’urta, si preme,
e corre inanzi alle strade, alla piazza.
Venne la nuova al re, che mostrò segno
d’averla cara più ch’un altro regno.
90 Senza molti scudier dietro o davante,
come si ritrovò, si mosse in fretta,
e venne ad incontrarsi in Aquilante,
ch’avea del suo Grifon fatto vendetta;
e quello onora con gentil sembiante,
seco lo ’nvita, e seco lo ricetta;
di suo consenso avendo fatto porre
i duo prigioni in fondo d’una torre.
91 Andaro insieme ove del letto mosso
Grifon non s’era, poi che fu ferito,
che vedendo il fratel, divenne rosso;
che ben stimò ch’avea il suo caso udito.
E poi che motteggiando un poco adosso
gli andò Aquilante, messero a partito
di dare a quelli duo iusto martoro,
venuti in man degli avversari loro.
92 Vuole Aquilante, vuole il re che mille
strazi ne sieno fatti; ma Grifone
(perché non osa dir sol d’Orrigille)
all’uno e all’altro vuol che si perdone.
Disse assai cose, e molto ben ordille;
fugli risposto; or per conclusione
Martano è disegnato in mano al boia,
ch’abbia a scoparlo, e non però che moia.
93 Legar lo fanno, e non tra’ fiori e l’erba,
e per tutto scopar l’altra matina.
Orrigille captiva si riserba
fin che ritorni la bella Lucina,
al cui saggio parere, o lieve o acerba,
rimetton quei signor la disciplina.
Quivi stette Aquilante a ricrearsi
fin che ’l fratel fu sano e poté armarsi.
94 Re Norandin, che temperato e saggio
divenuto era dopo un tanto errore,
non potea non aver sempre il coraggio
di penitenza pieno e di dolore,
d’aver fatto a colui danno ed oltraggio,
che degno di mercede era e d’onore:
sì che dì e notte avea il pensiero intento
par farlo rimaner di sé contento.
95 E statuì nel publico cospetto
de la città, di tanta ingiuria rea,
con quella maggior gloria ch’a perfetto
cavallier per un re dar si potea,
di rendergli quel premio ch’intercetto
con tanto inganno il traditor gli avea:
e perciò fe’ bandir per quel paese,
che faria un’altra giostra indi ad un mese.
96 Di ch’apparecchio fa tanto solenne,
quanto a pompa real possibil sia:
onde la Fama con veloci penne
portò la nuova per tutta Soria;
ed in Fenicia e in Palestina venne,
e tanto, ch’ad Astolfo ne diè spia,
il qual col viceré deliberosse
che quella giostra senza lor non fosse.
97 Per guerrier valoroso e di gran nome
la vera istoria Sansonetto vanta.
Gli diè battesmo Orlando, e Carlo (come
v’ho detto) a governar la Terra Santa.
Astolfo con costui levò le some,
per ritrovarsi ove la Fama canta,
sì che d’intorno n’ha piena ogni orecchia,
ch’in Damasco la giostra s’apparecchia.
98 Or cavalcando per quelle contrade
con non lunghi viaggi, agiati e lenti,
per ritrovarsi freschi alla cittade
poi di Damasco il dì de’ torniamenti,
scontraro in una croce di due strade
persona ch’al vestire e a’ movimenti
avea sembianza d’uomo, e femin’ era,
ne le battaglie a maraviglia fiera.
99 La vergine Marfisa si nomava,
di tal valor, che con la spada in mano
fece più volte al gran signor di Brava
sudar la fronte e a quel di Montalbano;
e ’l dì e la notte armata sempre andava
di qua di là cercando in monte e in piano
con cavallieri erranti riscontrarsi,
ed immortale e gloriosa farsi.
100 Com’ella vide Astolfo e Sansonetto,
ch’appresso le venian con l’arme indosso,
prodi guerrier le parvero all’aspetto;
ch’erano ambeduo grandi e di buono osso:
e perché di provarsi avria diletto,
per isfidarli avea il destrier già mosso;
quando, affissando l’occhio più vicino,
conosciuto ebbe il duca paladino.
101 De la piacevolezza le sovenne
del cavallier, quando al Catai seco era:
e lo chiamò per nome, e non si tenne
la man nel guanto, e alzossi la visiera;
e con gran festa ad abbracciarlo venne,
come che sopra ogn’altra fosse altiera.
Non men da l’altra parte riverente
fu il paladino alla donna eccellente.
102 Tra lor si domandaron di lor via:
e poi ch’Astolfo, che prima rispose,
narrò come a Damasco se ne gìa,
dove le genti in arme valorose
avea invitato il re de la Soria
a dimostrar lor opre virtuose;
Marfisa, sempre a far gran pruove accesa,
- Voglio esser con voi (disse) a questa impresa. -
103 Sommamente ebbe Astolfo grata questa
compagna d’arme, e così Sansonetto.
Furo a Damasco il dì inanzi la festa,
e di fuora nel borgo ebbon ricetto:
e sin all’ora che dal sonno desta
l’ Aurora il vecchiarel già suo diletto,
quivi si riposar con maggior agio,
che se smontati fossero al palagio.
104 E poi che ’l nuovo sol lucido e chiaro
per tutto sparsi ebbe i fulgenti raggi,
la bella donna e i duo guerrier s’armaro,
mandato avendo alla città messaggi;
che, come tempo fu, lor rapportaro
che per veder spezzar frassini e faggi
re Norandino era venuto al loco
ch’avea costituito al fiero gioco.
105 Senza più indugio alla città ne vanno,
e per la via maestra alla gran piazza,
dove aspettando il real segno stanno
quinci e quindi i guerrier di buona razza.
I premi che quel giorno si daranno
a chi vince, è uno stocco ed una mazza
guerniti riccamente, e un destrier, quale
sia convenevol dono a un signor tale.
106 Avendo Norandin fermo nel core
che, come il primo pregio, il secondo anco,
e d’ambedue le giostre il sommo onore
si debba guadagnar Grifone il bianco;
per dargli tutto quel ch’uom di valore
dovrebbe aver, né debbe far con manco,
posto con l’arme in questo ultimo pregio
ha stocco e mazza e destrier molto egregio.
107 L’arme che ne la giostra fatta dianzi
si doveano a Grifon che ’l tutto vinse,
e che usurpate avea con tristi avanzi
Martano che Grifone esser si finse,
quivi si fece il re pendere inanzi,
e il ben guernito stocco a quelle cinse,
e la mazza all’arcion del destrier messe,
perché Grifon l’un pregio e l’altro avesse.
108 Ma che sua intenzione avesse effetto
vietò quella magnanima guerriera,
che con Astolfo e col buon Sansonetto
in piazza nuovamente venuta era.
Costei, vedendo l’arme ch’io v’ho detto,
subito n’ebbe conoscenza vera:
però che già sue furo, e l’ebbe care
quanto si suol le cose ottime e rare;
109 ben che l’avea lasciate in su la strada
a quella volta che le fur d’impaccio,
quando per riaver sua buona spada
correa dietro a Brunel degno di laccio.
Questa istoria non credo che m’accada
altrimenti narrar; però la taccio.
Da me vi basti intendere a che guisa
quivi trovasse l’arme sue Marfisa.
110 Intenderete ancor, che come l’ebbe
riconosciute a manifeste note,
per altro che sia al mondo, non le avrebbe
lasciate un dì di sua persona vote.
Se più tenere un modo o un altro debbe
per racquistarle, ella pensar non puote:
ma se gli accosta a un tratto, e la man stende,
e senz’altro rispetto se le prende;
111 e per la fretta ch’ella n’ebbe, avenne
ch’altre ne prese, altre mandonne in terra.
Il re, che troppo offeso se ne tenne,
con uno sguardo sol le mosse guerra;
che ’l popul, che l’ingiuria non sostenne,
per vendicarlo e lance e spade afferra,
non rammentando ciò ch’i giorni inanti
nocque il dar noia ai cavallieri erranti.
112 Né fra vermigli fiori, azzurri e gialli
vago fanciullo alla stagion novella,
né mai si ritrovò fra suoni e balli
più volentieri ornata donna e bella;
che fra strepito d’arme e di cavalli,
e fra punte di lance e di quadrella,
dove si sparga sangue e si dia morte,
costei si truovi, oltre ogni creder forte.
113 Spinge il cavallo, e ne la turba sciocca
con l’asta bassa impetuosa fere;
e chi nel collo e chi nel petto imbrocca,
e fa con l’urto or questo or quel cadere:
poi con la spada uno ed un altro tocca,
e fa qual senza capo rimanere,
e qual rotto, e qual passato al fianco,
e qual del braccio privo o destro o manco.
114 L’ardito Astolfo e il forte Sansonetto,
ch’avean con lei vestita e piastra e maglia,
ben che non venner già per tal effetto,
pur, vedendo attaccata la battaglia,
abbassan la visiera de l’elmetto,
e poi la lancia per quella canaglia;
ed indi van con la tagliente spada
di qua di là facendosi far strada.
115 I cavallieri di nazion diverse,
ch’erano per giostrar quivi ridutti,
vedendo l’arme in tal furor converse,
e gli aspettati giuochi in gravi lutti
(che la cagion ch’avesse di dolerse
la plebe irata non sapeano tutti,
né ch’al re tanta ingiuria fosse fatta),
stavan con dubbia mente e stupefatta.
116 Di ch’altri a favorir la turba venne,
che tardi poi non se ne fu a pentire;
altri, a cui la città più non attenne
che gli stranieri, accorse a dipartire;
altri, più saggio, in man la briglia tenne,
mirando dove questo avesse a uscire.
Di quelli fu Grifone ed Aquilante,
che per vendicar l’arme andaro inante.
117 Essi vedendo il re che di veneno
avea le luci inebriate e rosse,
ed essendo da molti istrutti a pieno
de la cagion che la discordia mosse,
e parendo a Grifon che sua, non meno
che del re Norandin, l’ingiuria fosse;
s’avean le lance fatte dar con fretta,
e venian fulminando alla vendetta.
118 Astolfo d’altra parte Rabicano
venìa spronando a tutti gli altri inante,
con l’incantata lancia d’oro in mano,
ch’al fiero scontro abbatte ogni giostrante.
Ferì con essa e lasciò steso al piano
prima Grifone, e poi trovò Aquilante;
e de lo scudo toccò l’orlo a pena,
che lo gittò riverso in su l’arena.
119 I cavallier di pregio e di gran pruova
votan le selle inanzi a Sansonetto.
L’uscita de la piazza il popul truova:
il re n’arrabbia d’ira e di dispetto.
Con la prima corazza e con la nuova
Marfisa intanto, e l’uno e l’altro elmetto,
poi che si vide a tutti dare il tergo,
vincitrice venìa verso l’albergo.
120 Astolfo e Sansonetto non fur lenti
a seguitarla, e seco a ritornarsi
verso la porta (che tutte le genti
gli davan loco), ed al rastrel fermarsi.
Aquilante e Grifon, troppo dolenti
di vedersi a uno incontro riversarsi,
tenean per gran vergogna il capo chino,
né ardian venire inanzi a Norandino.
121 Presi e montati c’hanno i lor cavalli,
spronano dietro agli nimici in fretta.
Li segue il re con molti suoi vasalli,
tutti pronti o alla morte o alla vendetta.
La sciocca turba grida: - Dàlli dàlli -;
e sta lontana, e le novelle aspetta.
Grifone arriva ove volgean la fronte
i tre compagni, ed avean preso il ponte.
122 A prima giunta Astolfo raffigura,
ch’avea quelle medesime divise,
avea il cavallo, avea quella armatura
ch’ebbe dal dì ch’Orril fatale uccise.
Né miratol, né posto gli avea cura,
quando in piazza a giostrar seco si mise:
quivi il conobbe e salutollo; e poi
gli domandò de li compagni suoi;
123 e perché tratto avean quell’arme a terra,
portando al re sì poca riverenza.
Di suoi compagni il duca d’Inghilterra
diede a Grifon non falsa conoscenza:
de l’arme ch’attaccate avean la guerra,
disse che non n’avea troppa scienza;
ma perché con Marfisa era venuto,
dar le volea con Sansonetto aiuto.
124 Quivi con Grifon stando il paladino,
viene Aquilante, e lo conosce tosto
che parlar col fratel l’ode vicino,
e il voler cangia, ch’era mal disposto.
Giungean molti di quei di Norandino,
ma troppo non ardian venire accosto;
e tanto più, vedendo i parlamenti,
stavano cheti, e per udire intenti.
125 Alcun ch’intende quivi esser Marfisa,
che tiene al mondo il vanto in esser forte,
volta il cavallo, e Norandino avisa
che s’oggi non vuol perder la sua corte,
proveggia, prima che sia tutta uccisa,
di man trarla a Tesifone e alla Morte;
perché Marfisa veramente è stata,
che l’armatura in piazza gli ha levata.
126 Come re Norandino ode quel nome
così temuto per tutto Levante,
che facea a molti anco arricciar le chiome,
ben che spesso da lor fosse distante,
è certo che ne debbia venir come
dice quel suo, se non provede inante;
però gli suoi, che già mutata l’ira
hanno in timore, a sé richiama e tira.
127 Da l’altra parte i figli d’Oliviero
con Sansonetto e col figliuol d’Otone,
supplicando a Marfisa, tanto fero,
che si diè fine alla crudel tenzone.
Marfisa, giunta al re, con viso altiero
disse: - Io non so, signor, con che ragione
vogli quest’arme dar, che tue non sono,
al vincitor de le tue giostre in dono.
128 Mie sono l’arme, e ’n mezzo de la via
che vien d’Armenia, un giorno le lasciai,
perché seguire a piè mi convenia
un rubator che m’avea offesa assai:
e la mia insegna testimon ne fia,
che qui si vede, se notizia n’hai. -
E la mostrò ne la corazza impressa,
ch’era in tre parti una corona fessa.
129 - Gli è ver (rispose il re) che mi fur date,
son pochi dì, da un mercatante armeno;
e se voi me l’avesse domandate,
l’avreste avute, o vostre o no che sièno;
ch’avenga ch’a Grifon già l’ho donate,
ho tanta fede in lui, che nondimeno,
acciò a voi darle avessi anche potuto,
volentieri il mio don m’avria renduto.
130 Non bisogna allegar, per farmi fede
che vostre sien, che tengan vostra insegna:
basti il dirmelo voi; che vi si crede
più ch’a qual altro testimonio vegna.
Che vostre sian vostr’arme si concede
alla virtù di maggior premio degna.
Or ve l’abbiate, e più non si contenda;
e Grifon maggior premio da me prenda. -
131 Grifon che poco a cor avea quell’arme,
ma gran disio che ’l re si satisfaccia,
gli disse: - Assai potete compensarme,
se mi fate saper ch’io vi compiaccia. -
Tra sé disse Marfisa: - Esser qui parme
l’onor mio in tutto: - e con benigna faccia
volle a Grifon de l’arme esser cortese;
e finalmente in don da lui le prese.
132 Ne la città con pace e con amore
tornaro, ove le feste raddoppiarsi.
Poi la giostra si fe’, di che l’onore
e ’l pregio Sansonetto fece darsi;
ch’Astolfo e i duo fratelli e la migliore
di lor, Marfisa, non volson provarsi,
cercando, com’amici e buon compagni,
che Sansonetto il pregio ne guadagni.
133 Stati che sono in gran piacere e in festa
con Norandino otto giornate o diece,
perché l’amor di Francia gli molesta,
che lasciar senza lor tanto non lece,
tolgon licenza; e Marfisa, che questa
via disiava, compagnia lor fece.
Marfisa avuto avea lungo disire
al paragon dei paladin venire;
134 e far esperienza se l’effetto
si pareggiava a tanta nominanza.
Lascia un altro in suo loco Sansonetto,
che di Ierusalem regga la stanza.
Or questi cinque in un drappello eletto,
che pochi pari al mondo han di possanza,
licenziati dal re Norandino,
vanno a Tripoli e al mar che v’è vicino.
135 E quivi una caracca ritrovaro,
che per Ponente mercanzie raguna.
Per loro e pei cavalli s’accordaro
con un vecchio patron ch’era da Luna.
Mostrava d’ogn’intorno il tempo chiaro,
ch’avrian per molti dì buona fortuna.
Sciolser dal lito, avendo aria serena,
e di buon vento ogni lor vela piena.
136 L’isola sacra all’amorosa dea
diede lor sotto un’aria il primo porto,
che non ch’a offender gli uomini sia rea,
ma stempra il ferro, e quivi è ’l viver corto.
Cagion n’è un stagno: e certo non dovea
Natura a Famagosta far quel torto
d’appressarvi Costanza acre e maligna,
quando al resto di Cipro è sì benigna.
137 Il grave odor che la palude esala
non lascia al legno far troppo soggiorno.
Quindi a un greco-levante spiegò ogni ala,
volando da man destra a Cipro intorno,
e surse a Pafo, e pose in terra scala;
e i naviganti uscir nel lito adorno,
chi per merce levar, chi per vedere
la terra d’amor piena e di piacere.
138 Dal mar sei miglia o sette, a poco a poco
si va salendo inverso il colle ameno.
Mirti e cedri e naranci e lauri il loco,
e mille altri soavi arbori han pieno.
Serpillo e persa e rose e gigli e croco
spargon da l’odorifero terreno
tanta suavità, ch’in mar sentire
la fa ogni vento che da terra spire.
139 Da limpida fontana tutta quella
piaggia rigando va un ruscel fecondo.
Ben si può dir che sia di Vener bella
il luogo dilettevole e giocondo;
che v’è ogni donna affatto, ogni donzella
piacevol più ch’altrove sia nel mondo:
e fa la dea che tutte ardon d’amore,
giovani e vecchie, infino all’ultime ore.
140 Quivi odono il medesimo ch’udito
di Lucina e de l’Orco hanno in Soria,
e come di tornare ella a marito
facea nuovo apparecchio in Nicosia.
Quindi il padrone (essendosi espedito,
e spirando buon vento alla sua via)
l’ancore sarpa, e fa girar la proda
verso ponente, ed ogni vela snoda.
141 Al vento di maestro alzò la nave
le vele all’orza, ed allargossi in alto.
Un ponente-libecchio, che soave
parve a principio e fin che ’l sol stette alto,
e poi si fe’ verso la sera grave,
le leva incontra il mar con fiero assalto,
con tanti tuoni e tanto ardor di lampi,
che par che ’l ciel si spezzi e tutto avampi.
142 Stendon le nubi un tenebroso velo
che né sole apparir lascia né stella.
Di sotto il mar, di sopra mugge il cielo,
il vento d’ogn’intorno, e la procella
che di pioggia oscurissima e di gelo
i naviganti miseri flagella:
e la notte più sempre si diffonde
sopra l’irate e formidabil onde.
143 I naviganti a dimostrare effetto
vanno de l’arte in che lodati sono:
chi discorre fischiando col fraschetto,
e quanto han gli altri a far, mostra col suono;
chi l’ancore apparechia da rispetto,
e chi al mainare e chi alla scotta è buono;
chi ’l timone, chi l’arbore assicura,
chi la coperta di sgombrare ha cura.
144 Crebbe il tempo crudel tutta la notte,
caliginosa e più scura ch’inferno.
Tien per l’alto il padrone, ove men rotte
crede l’onde trovar, dritto il governo;
e volta ad or ad or contra le botte
del mar la proda, e de l’orribil verno,
non senza speme mai che, come aggiorni,
cessi fortuna, o più placabil torni.
145 Non cessa e non si placa, e più furore
mostra nel giorno, se pur giorno è questo,
che si conosce al numerar de l’ore,
non che per lume già sia manifesto.
Or con minor speranza e più timore
si dà in poter del vento il padron mesto:
volta la poppa all’onde, e il mar crudele
scorrendo se ne va con umil vele.
146 Mentre Fortuna in mar questi travaglia,
non lascia anco posar quegli altri in terra,
che sono in Francia, ove s’uccide e taglia
coi Saracini il popul d’Inghilterra.
Quivi Rinaldo assale, apre e sbaraglia
le schiere avverse, e le bandiere atterra.
Dissi di lui, che ’l suo destrier Baiardo
mosso avea contra a Dardinel gagliardo.
147 Vide Rinaldo il segno del quartiero,
di che superbo era il figliuol d’Almonte;
e lo stimò gagliardo e buon guerriero,
che concorrer d’insegna ardia col conte.
Venne più appresso, e gli parea più vero;
ch’avea d’intorno uomini uccisi a monte.
- Meglio è (gridò) che prima io svella e spenga
questo mal germe, che maggior divenga. -
148 Dovunque il viso drizza il paladino,
levasi ognuno, e gli dà larga strada;
né men sgombra il fedel, che ’l Saracino,
si reverita è la famosa spada.
Rinaldo, fuor che Dardinel meschino,
non vede alcuno, e lui seguir non bada.
Grida: - Fanciullo, gran briga ti diede
chi ti lasciò di questo scudo erede.
149 Vengo a te per provar, se tu m’attendi,
come ben guardi il quartier rosso e bianco;
che s’ora contra me non lo difendi,
difender contra Orlando il potrai manco. -
Rispose Dardinello: - Or chiaro apprendi
che s’io lo porto, il so difender anco;
e guadagnar più onor, che briga, posso
del paterno quartier candido e rosso.
150 Perché fanciullo io sia, non creder farme
però fuggire, o che ’l quartier ti dia:
la vita mi torrai, se mi toi l’arme;
ma spero in Dio ch’anzi il contrario fia.
Sia quel che vuol, non potrà alcun biasmarme
che mai traligni alla progenie mia. -
Così dicendo, con la spada in mano
assalse il cavallier da Montalbano.
151 Un timor freddo tutto ’l sangue oppresse,
che gli Africani aveano intorno al core,
come vider Rinaldo che si messe
con tanta rabbia incontra a quel signore,
con quanta andria un leon ch’al prato avesse
visto un torel ch’ancor non senta amore.
Il primo che ferì, fu ’l Saracino;
ma picchiò invan su l’elmo di Mambrino.
152 Rise Rinaldo, e disse: - Io vo’ tu senta,
s’io so meglio di te trovar la vena. -
Sprona, e a un tempo al destrier la briglia allenta,
e d’una punta con tal forza mena,
d’una punta ch’al petto gli appresenta,
che gli la fa apparir dietro alla schena.
Quella trasse, al tornar, l’alma col sangue:
di sella il corpo uscì freddo ed esangue.
153 Come purpureo fior languendo muore,
che ’l vomere al passar tagliato lassa;
o come carco di superchio umore
il papaver ne l’orto il capo abbassa:
così, giù de la faccia ogni colore
cadendo, Dardinel di vita passa;
passa di vita, e fa passar con lui
l’ardire e la virtù de tutti i sui.
154 Qual soglion l’acque per umano ingegno
stare ingorgate alcuna volta e chiuse,
che quando lor vien poi rotto il sostegno,
cascano, e van con gran rumor difuse;
tal gli African, ch’avean qualche ritegno
mentre virtù lor Dardinello infuse,
ne vanno or sparti in questa parte e in quella,
che l’han veduto uscir morto di sella.
155 Chi vuol fuggir, Rinaldo fuggir lassa,
ed attende a cacciar chi vuol star saldo.
Si cade ovunque Ariodante passa,
che molto va quel dì presso a Rinaldo.
Altri Lionetto, altri Zerbin fracassa,
a gara ognuno a far gran prove caldo.
Carlo fa il suo dover, lo fa Oliviero,
Turpino e Guido e Salamone e Ugiero.
156 I Mori fur quel giorno in gran periglio
che ’n Pagania non ne tornasse testa;
ma ’l saggio re di Spagna dà di piglio,
e se ne va con quel che in man gli resta.
Restar in danno tien miglior consiglio,
che tutti i denar perdere e la vesta:
meglio è ritrarsi e salvar qualche schiera,
che, stando, esser cagion che ’l tutto pèra.
157 Verso gli alloggiamenti i segni invia,
ch’eron serrati d’argine e di fossa,
con Stordilan, col re d’Andologia,
col Portughese in una squadra grossa.
Manda a pregar il re di Barbaria,
che si cerchi ritrar meglio che possa;
e se quel giorno la persona e ’l loco
potrà salvar, non avrà fatto poco.
158 Quel re che si tenea spacciato al tutto,
né mai credea più riveder Biserta,
che con viso sì orribile e sì brutto
unquanco non avea Fortuna esperta,
s’allegrò che Marsilio avea ridutto
parte del campo in sicurezza certa:
ed a ritrarsi cominciò, e a dar volta
alle bandiere, e fe’ sonar raccolta.
159 Ma la più parte de la gente rotta
né tromba né tambur né segno ascolta:
tanta fu la viltà, tanta la dotta,
ch’in Senna se ne vide affogar molta.
Il re Agramante vuol ridur la frotta:
seco ha Sobrino, e van scorrendo in volta;
e con lor s’affatica ogni buon duca,
che nei ripari il campo si riduca.
160 Ma né il re, né Sobrin, né duca alcuno
con prieghi, con minacce, con affanno
ritrar può il terzo, non ch’io dica ognuno,
dove l’insegne mal seguite vanno.
Morti o fuggiti ne son dua, per uno
che ne rimane, e quel non senza danno:
ferito è chi di dietro e chi davanti;
ma travagliati e lassi tutti quanti.
161 E con gran tema fin dentro alle porte
dei forti alloggiamenti ebbon la caccia:
ed era lor quel luogo anco mal forte,
con ogni proveder che vi si faccia
(che ben pigliar nel crin la buona sorte
Carlo sapea, quando volgea la faccia),
se non venia la notte tenebrosa,
che staccò il fatto, ed acquetò ogni cosa;
162 dal Creator accelerata forse,
che de la sua fattura ebbe pietade.
Ondeggiò il sangue per campagna, e corse
come un gran fiume, e dilagò le strade.
Ottantamila corpi numerorse,
che fur quel dì messi per fil di spade.
Villani e lupi uscir poi de le grotte
a dispogliargli e a devorar la notte.
163 Carlo non torna più dentro alla terra,
ma contra gli nimici fuor s’accampa,
ed in assedio le lor tende serra,
ed alti e spessi fuochi intorno avampa.
Il pagan si provede, e cava terra,
fossi e ripari e bastioni stampa;
va rivedendo, e tien le guardie deste,
né tutta notte mai l’arme si sveste.
164 Tutta la notte per gli alloggiamenti
dei malsicuri Saracini oppressi
si versan pianti, gemiti e lamenti,
ma quanto più si può, cheti e soppressi.
Altri, perché gli amici hanno e i parenti
lasciati morti, ed altri per se stessi,
che son feriti, e con disagio stanno:
ma più è la tema del futuro danno.
165 Duo Mori ivi fra gli altri si trovaro,
d’oscura stirpe nati in Tolomitta;
de’ quai l’istoria, per esempio raro
di vero amore, è degna esser descritta.
Cloridano e Medor si nominaro,
ch’alla fortuna prospera e alla afflitta
aveano sempre amato Dardinello,
ed or passato in Francia il mar con quello.
166 Cloridan, cacciator tutta sua vita,
di robusta persona era ed isnella:
Medoro avea la guancia colorita
e bianca e grata ne la età novella;
e fra la gente a quella impresa uscita
non era faccia più gioconda e bella:
occhi avea neri, e chioma crespa d’oro:
angel parea di quei del sommo coro.
167 Erano questi duo sopra i ripari
con molti altri a guardar gli alloggiamenti,
quando la Notte fra distanze pari
mirava il ciel con gli occhi sonnolenti.
Medoro quivi in tutti i suoi parlari
non può far che ’l signor suo non rammenti,
Dardinello d’Almonte, e che non piagna
che resti senza onor ne la campagna.
168 Volto al cornpagno, disse: - O Cloridano,
io non ti posso dir quanto m’incresca
del mio signor, che sia rimaso al piano,
per lupi e corbi, ohimé! troppo degna esca.
Pensando come sempre mi fu umano,
mi par che quando ancor questa anima esca
in onor di sua fama, io non compensi
né sciolga verso lui gli oblighi immensi.
169 Io voglio andar, perché non stia insepulto
in mezzo alla campagna, a ritrovarlo:
e forse Dio vorrà ch’io vada occulto
là dove tace il campo del re Carlo.
Tu rimarrai; che quando in ciel sia sculto
ch’io vi debba morir, potrai narrarlo:
che se Fortuna vieta sì bell’opra,
per fama almeno il mio buon cor si scuopra. -
170 Stupisce Cloridan, che tanto core,
tanto amor, tanta fede abbia un fanciullo:
e cerca assai, perché gli porta amore,
di fargli quel pensiero irrito e nullo;
ma non gli val, perch’un sì gran dolore
non riceve conforto né trastullo.
Medoro era disposto o di morire,
o ne la tomba il suo signor coprire.
171 Veduto che nol piega e che nol muove,
Cloridan gli risponde: - E verrò anch’io,
anch’io vuo’ pormi a sì lodevol pruove,
anch’io famosa morte amo e disio.
Qual cosa sarà mai che più mi giove,
s’io resto senza te, Medoro mio?
Morir teco con l’arme è meglio molto,
che poi di duol, s’avvien che mi sii tolto. -
172 Così disposti, messero in quel loco
le successive guardie, e se ne vanno.
Lascian fosse e steccati, e dopo poco
tra’ nostri son, che senza cura stanno.
Il campo dorme, e tutto è spento il fuoco,
perché dei Saracin poca tema hanno.
Tra l’arme e’ carriaggi stan roversi,
nel vin, nel sonno insino agli occhi immersi.
173 Fermossi alquanto Cloridano, e disse:
- Non son mai da lasciar l’occasioni.
Di questo stuol che ’l mio signor trafisse,
non debbo far, Medoro, occisioni?
Tu, perché sopra alcun non ci venisse,
gli occhi e l’orecchi in ogni parte poni;
ch’io m’offerisco farti con la spada
tra gli nimici spaziosa strada. -
174 Così disse egli, e tosto il parlar tenne,
ed entrò dove il dotto Alfeo dormia,
che l’anno inanzi in corte a Carlo venne,
medico e mago e pien d’astrologia:
ma poco a questa volta gli sovenne;
anzi gli disse in tutto la bugia.
Predetto egli s’avea, che d’anni pieno
dovea morire alla sua moglie in seno:
175 ed or gli ha messo il cauto Saracino
la punta de la spada ne la gola.
Quattro altri uccide appresso all’indovino,
che non han tempo a dire una parola:
menzion dei nomi lor non fa Turpino,
e ’l lungo andar le lor notizie invola:
dopo essi Palidon da Moncalieri,
che sicuro dormia fra duo destrieri.
176 Poi se ne vien dove col capo giace
appoggiato al barile il miser Grillo:
avealo voto, e avea creduto in pace
godersi un sonno placido e tranquillo.
Troncògli il capo il Saracino audace:
esce col sangue il vin per uno spillo,
di che n’ha in corpo più d’una bigoncia;
e di ber sogna, e Cloridan lo sconcia.
177 E presso a Grillo, un Greco ed un Tedesco
spenge in dui colpi, Andropono e Conrado.
che de la notte avean goduto al fresco
gran parte, or con la tazza, ora col dado:
felici, se vegghiar sapeano a desco
fin che de l’Indo il sol passassi il guado.
Ma non potria negli uomini il destino,
se del futuro ognun fosse indovino.
178 Come impasto leone in stalla piena,
che lunga fame abbia smacrato e asciutto,
uccide, scanna, mangia, a strazio mena
l’infermo gregge in sua balìa condutto;
così il crudel pagan nel sonno svena
la nostra gente, e fa macel per tutto.
La spada di Medoro anco non ebe;
ma si sdegna ferir l’ignobil plebe.
179 Venuto era ove il duca di Labretto
con una dama sua dormia abbracciato;
e l’un con l’altro si tenea sì stretto,
che non saria tra lor l’aere entrato.
Medoro ad ambi taglia il capo netto.
Oh felice morire! oh dolce fato!
che come erano i corpi, ho così fede
ch’andar l’alme abbracciate alla lor sede.
180 Malindo uccise e Ardalico il fratello,
che del conte di Fiandra erano figli;
e l’uno e l’altro cavallier novello
fatto avea Carlo, e aggiunto all’arme i gigli,
perché il giorno amendui d’ostil macello
con gli stocchi tornar vide vermigli:
e terre in Frisa avea promesso loro,
e date avria; ma lo vietò Medoro.
181 Gl’insidiosi ferri eran vicini
ai padiglioni che tiraro in volta
al padiglion di Carlo i paladini,
facendo ognun la guardia la sua volta;
quando da l’empia strage i Saracini
trasson le spade, e diero a tempo volta;
ch’impossibil lor par, tra sì gran torma,
che non s’abbia a trovar un che non dorma.
182 E ben che possan gir di preda carchi,
salvin pur sé, che fanno assai guadagno.
Ove più creda aver sicuri i varchi
va Cloridano, e dietro ha il suo compagno.
Vengon nel campo, ove fra spade ed archi
e scudi e lance in un vermiglio stagno
giaccion poveri e ricchi, e re e vassalli,
e sozzopra con gli uomini i cavalli.
183 Quivi dei corpi l’orrida mistura,
che piena avea la gran campagna intorno,
potea far vaneggiar la fedel cura
dei duo compagni insino al far del giorno,
se non traea fuor d’una nube oscura,
a’ prieghi di Medor, la Luna il corno.
Medoro in ciel divotamente fisse
verso la Luna gli occhi, e così disse:
184 - O santa dea, che dagli antiqui nostri
debitamente sei detta triforme;
ch’in cielo, in terra e ne l’inferno mostri
l’alta bellezza tua sotto più forme,
e ne le selve, di fere e di mostri
vai cacciatrice seguitando l’orme;
mostrami ove ’l mio re giaccia fra tanti,
che vivendo imitò tuoi studi santi. -
185 La luna a quel pregar la nube aperse
(o fosse caso o pur la tanta fede),
bella come fu allor ch’ella s’offerse,
e nuda in braccio a Endimion si diede.
Con Parigi a quel lume si scoperse
l’un campo e l’altro; e ’l monte e ’l pian si vede:
si videro i duo colli di lontano,
Martire a destra, e Lerì all’altra mano,
186 Rifulse lo splendor molto più chiaro
ove d’Almonte giacea morto il figlio.
Medoro andò, piangendo, al signor caro;
che conobbe il quartier bianco e vermiglio:
e tutto ’l viso gli bagnò d’amaro
pianto, che n’avea un rio sotto ogni ciglio,
in sì dolci atti, in sì dolci lamenti,
che potea ad ascoltar fermare i venti.
187 Ma con sommessa voce e a pena udita;
non che riguardi a non si far sentire,
perch’abbia alcun pensier de la sua vita,
più tosto l’odia, e ne vorrebbe uscire:
ma per timor che non gli sia impedita
l’opera pia che quivi il fe’ venire.
Fu il morto re sugli omeri sospeso
di tramendui, tra lor partendo il peso.
188 Vanno affrettando i passi quanto ponno,
sotto l’amata soma che gl’ingombra.
E già venìa chi de la luce è donno
le stelle a tor del ciel, di terra l’ombra;
quando Zerbino, a cui del petto il sonno
l’alta virtude, ove è bisogno, sgombra,
cacciato avendo tutta notte i Mori,
al campo si traea nei primi albori.
189 E seco alquanti cavallieri avea,
che videro da lunge i dui compagni.
Ciascuno a quella parte si traea,
sperandovi trovar prede e guadagni.
- Frate, bisogna (Cloridan dicea)
gittar la soma, e dare opra ai calcagni;
che sarebbe pensier non troppo accorto,
perder duo vivi per salvar un morto. -
190 E gittò il carco, perché si pensava
che ’l suo Medoro il simil far dovesse:
ma quel meschin, che ’l suo signor più amava,
sopra le spalle sue tutto lo resse.
L’altro con molta fretta se n’andava,
come l’amico a paro o dietro avesse:
se sapea di lasciarlo a quella sorte,
mille aspettate avria, non ch’una morte.
191 Quei cavallier, con animo disposto
che questi a render s’abbino o a morire,
chi qua chi là si spargono, ed han tosto
preso ogni passo onde si possa uscire.
Da loro il capitan poco discosto,
più degli altri è sollicito a seguire;
ch’in tal guisa vedendoli temere,
certo è che sian de le nimiche schiere.
192 Era a quel tempo ivi una selva antica,
d’ombrose piante spessa e di virgulti,
che, come labirinto, entro s’intrica
di stretti calli e sol da bestie culti.
Speran d’averla i duo pagan sì amica,
ch’abbi a tenerli entro a’ suoi rami occulti.
Ma chi del canto mio piglia diletto,
un’altra volta ad ascoltarlo aspetto.
|