Orlando furioso, Canto 19

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1 Nadie puede saber de quien sea amado
cuando goza en lo más alto la rueda,
pues todo amigo, bueno o falso, al lado
muestra una misma cara amable y leda.
Luego, si muda en triste aquel estado,
huye el adulador, y sólo queda
el que de corazón amaba fuerte
y ama a su señor aun tras la muerte.

2 Si, como el rostro, el corazón se viera,
el que grande en la corte humilla al resto
y aquel que apenas por favor prospera,
cambiarían sin duda suerte y puesto:
éste elevado a lo más alto fuera,
aquél con el más ruin fuera depuesto.
Mas vuelvo al fiel Medoro y su cuidado,
que ha en vida y muerte a su señor amado.

3 Procura en la espesura más preñada
el mozo desdichado de escaparse;
mas el traer la espalda así cargada,
malogra cuanto intenta por salvarse.
No conoce el lugar, yerra la estrada,
y vuelve entre las zarzas a enredarse.
Lejos de él, a lugar seguro viene
aquel que libre las espaldas tiene;

4 mas, cuando estar a salvo ya consigue,
no escucha por atrás pasos ni ruido,
y al ver que su Medoro no lo sigue
siente que ha el propio corazón perdido.
«¡Oh --dice--, a cuánto el miedo nos obligue!
¡Oh, cómo descuidado y torpe he sido,
que sin ti, mi Medoro, aquí he llegado
y no sé cuándo o dónde te he dejado!»

5 Y así otra vez por la revuelta vía
de la intricada selva se desplaza;
y allá de donde mismo provenía
de su muerte otra vez vuelve a la traza.
Caballos oye y gritos todavía
y la voz enemiga que amenaza;
y al fin ve a su Medoro, y ve al pipiolo
estar entre caballos a pie solo.

6 Entre ciento a caballo lo confina
Zerbín, que rige y grita que sea preso.
Se vuelve el infeliz como bobina
y huye, cuanto puede, aquel exceso:
rebasa fresno y olmo, haya y encina
mas nunca arroja aquel amado peso.
Lo apoya, al fin sin fuerzas, sobre el prado,
mas gira entorno de él siempre a su lado;

7 como osa, a la que algún montero aguja
en el espacio de su oscura roca,
su cría protege y con incierta puja
a un tiempo la piedad e ira toca:
a abrir las garras el furor la empuja,
la empuja a ensangrentar la fiera boca;
la ablanda en cambio amor, y la retira
hacia su cría más pese a la ira.

8 Cloridán, sin saber cómo lo ayude,
con él a dar la vida se dispone,
mas antes que la vida en muerte mude,
a dar muerte a más de uno se propone;
y oculto, toma flecha, al arco acude,
y tal tino al lanzar la flecha pone
que a un escocés le horada la cabeza
y lo hace desmontar con ligereza.

9 Se vuelven los demás a aquella punta
de donde procedió el dardo homicida.
En tanto a otro el sarraceno apunta,
porque otro escocés más pierda la vida;
y, al fin, mientras a todos les pregunta,
quién tira el arco y de matarlos cuida,
llega la flecha, el cuello le traspasa,
y así de la pregunta apenas pasa.

10 No sufre más al emboscado moro
Zerbín, que lleva de ellos la tenencia,
y con ira y furor va hacia a Medoro
diciendo: «Tú tendrás la penitencia.»
Echando mano a aquel cabello de oro,
arrastrólo hacia sí con gran violencia;
mas, cuando vio cuán bello era aquel gesto,
sintió piedad, y refrenó su arresto.

11 Entonces él con habla compungida
le dijo: «Por tu Dios, gran caballero,
tanta crueldad no muestres que me impida
dar entierro a mi rey con desafuero.
No pienses que esto es ansiar la vida,
que sólo esta merced te ruego y quiero:
tanto a mi vida, y no por más, me aferro,
cuanto es precisa para darle entierro.

12 »Y si quieres dar pasto a fiera y ave,
por no ser menos que el feroz Creonte,
mi cuerpo ten, mas deja antes que acabe
de dar entierro al buen hijo de Almonte.»
Así Medoro hablaba con tan suave
discurso que ablandar podría un monte;
y tanto el pecho de Zerbín traspasa,
que de ternura y de piedad lo abrasa.

13 En aquel punto un escocés villano,
que no atendía a aquel piadoso celo,
hirió, pese a Zerbín, con lanza en mano
el delicado pecho del mozuelo.
Airó a Zerbín aquel acto inhumano
y más, cuando caer vio por el suelo
el cuerpo tan exangüe, lacio y muerto,
que no dudó al pensar que estaba muerto.

14 Y tanto de desdén e ira se enciende
que grita «He de vengar tal felonía»,
y con airado ceño el rostro tiende
contra el que cometió la villanía;
mas, tomando ventaja, el otro emprende
presto la huida por la selva umbría.
Cloridán, que a Medoro ve por tierra,
sale del bosque a descubierta guerra.

15 Y arroja el arco, y con airada vena
la espada entre el tropel sin orden gira,
más por morir que por pensar que pena
pueda infligir que iguale a tanta ira.
Su propia sangre colorar la arena
entre tantas espadas allí mira,
y, cuando siente ya que desfallece,
junto a Medoro al fin se desvanece.

16 Sigue el tropel a su caudillo a coro,
al que abrasan las iras y las penas
tras que dejase a uno y otro moro,
el uno muerto y vivo el otro apenas.
Yació gran tiempo el infeliz Medoro,
vertiendo tanta sangre de sus venas,
que allí sin duda fin su vida hallara,
si no llega a pasar quien lo ayudara.

17 Topóle por azar una doncella,
envuelta en pobre y pastoral vestido,
mas de porte real y de faz bella,
de honesto gesto y uso distinguido.
Es tanto el tiempo que no os hablo de ella,
que apenas conocerla habréis podido:
Angélica, sabed, que era quien iba,
del gran Kan del Catay la hija altiva.

18 Después que había el anillo recobrado
del que antes la privó Brunelo, iba
crecida en la soberbia en tanto grado
que al mundo entero se mostraba esquiva.
Va sola, y odiaría que a su lado
fuese el guerrero que más fama exhiba;
y aun le enoja el recuerdo de que amante
haya llamado a Orlando o Sacripante.

19 Mas es de lo que más se ha arrepentido
aquel amor que por Reinaldo trajo,
juzgando haberse mucho envilecido
porque los ojos dirigió a tan bajo.
Tanta arrogancia habiendo Amor sentido,
no quiso sufrir más ni más distrajo:
junto a Medoro, se apostó al resguardo,
y la esperó, puesto en el arco el dardo.

20 Cuando Angelica vio al muchachuelo
languidecer al borde de la muerte,
que insepulto a su rey ver por el suelo
más padecía que su propia suerte,
insólita piedad, extraño celo
sintió en el pecho entrar punzante y fuerte
que el corazón le enterneció a su paso,
y más, cuando narró Medoro el caso.

21 Y despertando en la memoria el arte
que en la India aprendió de cirugía
(que estudio es este que en aquella parte
es noble y alto y goza nombradía;
y, sin que nadie a su instrucción se aparte,
pasa de padre a hijos día a día),
prueba con hierbas que machaca y hierve,
emplasto que la vida le conserve.

22 Y se acuerda de haber en su venida
notado que allí cerca hierba nace
que, o panacea o díctamo o nutrida
hierba que ignoro, aquel efecto hace,
que la sangre restaña y de la herida
todo espasmo y mortal dolor deshace.
No muy lejos la halló, y hecha su presa,
allá donde Medoro está, regresa.

23 Mas un pastor topó mientras volvía,
que aquel bosque a caballo transitaba,
buscando una ternera que sin guía
del hato había dos días que faltaba.
Consigo lo llevó a donde vertía
Medoro tanta sangre tan sin traba,
que tendido en la arena de él teñida
a pique estaba de acabar la vida.

24 Del palafrén Angélica se baja
y otro tanto al pastor pidió que hiciera.
Luego la hierba con un ripio maja
y, entre sus manos exprimiendo entera,
la vierte en la sangrante y mortal raja
y la unta en pecho, en vientre y en cadera.
Tal efecto el licor hizo en la herida
que enfrió la sangre, y lo volvió a la vida;

25 y aun le dio fuerza con que al fin pudiese
junto al pastor subirse en la montura.
Mas no quiso partir sin que tuviese
antes su rey honesta sepultura.
Junto a él Cloridán quiso que fuese;
luego de adonde va no tiene cura.
Y por piedad hasta la humilde choza.
del buen pastor lo acompañó la moza.

26 Y no quiso hasta verlo en todo sano
partirse: tanta fue por él su estima;
tanto el corazón volvióle humano,
viéndolo ensangrentar la tierra opima.
Después, al ver cuán bello era el pagano,
royóle el corazón secreta lima,
royóle el corazón, y poco a poco
sintió de amor aquel fuego y sofoco.

27 Con hijos y mujer vivía el cabrero
en casa entre dos montes erigida,
que poco antes había por entero
dentro del bosque espeso construida.
Allí Angélica puso tanto esmero
que en poco al mozo le sanó la herida;
mas no en tan poco que en su propio pecho
otro daño mayor no fuese hecho.

28 Con daño más agudo y más colmado
sintió no vista flecha abrirle el seno,
que contra ella arrojó el arquero alado
desde el rizo y mirar del agareno.
Crece el fuego en que el pecho es abrasado
y más siente que el propio el mal ajeno:
el suyo olvida, y sólo atenta quiere
sanar a aquel que la atormenta y hiere.

29 Su herida más se abre y encrudece
cuanto más sane la otra y adelgace.
Medoro sana, y ella languidece
en fiebre ardiente o fría en que amor nace.
En él día a día la beldad florece
día a día en cambio ella se deshace,
como suele la nieve intempestiva,
cuando su lumbre el sol sobre ella aviva.

30 Si no morir de su deseo quiere,
preciso es que el remedio facilite,
y juzga que en aquello que requiere
no ha de esperar que el otro a ello la invite.
De suerte que valor la lengua adquiere
no menos que la vista en el envite,
y pide al fin merced con su persona,
que él, sin saber quizás, al punto dona.

31 ¡Oh conde Orlando, oh rey de Circasía!,
vuestro valor, decidme, ¿de qué os vale?
Vuestro alto honor, decid, cuánto os gloría,
o qué merced vuestro servir avale.
Mostradme sólo una cortesía
que usase con vosotros y os regale
en galardón, en premio, en recompensa
por cuanto habéis sufrido en su defensa.

32 ¡Oh, tú, rey Agricán, si volver vivo
pudieras, qué pensaras de este arcano!
A ti a quien mostró su amor esquivo
con desprecio profundo e inhumano.
¡Oh Ferragús, oh mil que ahora no escribo,
que hicisteis pruebas mil, todas en vano,
por esta ingrata, cuánto áspero os fuera
en brazos verla hoy de este cualquiera!

33 Donó a Medoro la primera rosa
Angélica, jamás antes tocada,
jamás persona fue tan venturosa
que en tal jardín pudiera hacer entrada.
Por sancionar, por honestar la cosa
la ceremonia se ofició sagrada,
que auspicia Amor y por madrina tiene
la esposa del pastor, que a ello se aviene.

34 La boda albergó aquel humilde suelo,
la más solemne que podía hacerse,
y más de un mes allí en dulce martelo
gozaron los amantes el tenerse.
No ansiaba ella más bien que el muchachuelo,
que sólo podía de él satisfacerse;
y no por mucho que colgada al cuello
siempre estuviese de él, se hartaba de ello.

35 Fuera al cobijo de la choza o fuera,
tenía día y noche al mozo al lado,
siempre, mañana y tarde, una ribera
buscando iba, o algún bello prado;
su techo al mediodía cueva era,
quizás de no menor cómodo agrado
que aquella en que, al huir la lluvia, Dido
dio a Eneas pruebas de su amor rendido.

36 Era tanto el placer, que donde había
árbol umbroso, o fuente, o cristal puro
con cuchillo o punzón leyenda hacía,
o bien sobre el guijarro menos duro;
y así escrito en mil partes se veía,
por fuera de la casa y en el muro
«Angélica y Medoro», ambos apodos
ligados con mil nudos de mil modos.

37 Después de que juzgó que en aquel foro
ya había estado bastante, al fin aprueba
regresar al Catay, y a su Medoro
para entregarle la corona lleva.
Traía en el brazo un brazalete de oro
con ricas piedras, testimonio y prueba
del mucho amor que Orlando le tenía,
el cual por largo tiempo usado había.

38 Morgana lo había dado a Zilïante,
cuando escondido lo tenía en el lago;
el cual, después que al padre Monodante
volvió gracias a Orlando, lo dio en pago
al propio Orlando, a Orlando, el cual, amante,
de llevarlo en el brazo sufrió el trago
con la intención de darlo en el arribo
a su reina que es esta de que escribo.

39 No tanto porque amase a Orlando, cuanto
porque era rico y grande su artificio,
Angélica gustó y lo tuvo en tanto;
pues no había otro mejor según su juicio.
Conservarlo en la Ínsula del Llanto
no sé qué suerte fuera o beneficio,
allá donde desnuda un crudo uso
a aquel mostruo voraz del mar la expuso.

40 El caso es que no hallando allí otra ofrenda
que al buen pastor y a su mujer pagara
el mucho amor y el gasto de su hacienda
que hicieron desde el día en que llegara;
quitóse el brazalete y lo dio en prenda,
rogando a la mujer que lo aceptara.
Partieron, hecho tal, a la montaña
que en dos divide al sur Francia y España.

41 Detenerse en Valencia o Barcelona
algunos días era su deseo,
hasta que hubiese un barco de la zona
que a Levante zarpase al mercadeo.
Descubrieron el mar bajo Gerona,
ya habiendo descendido el Pirineo,
y, dejando a la izquierda la marina,
el dúo a Barcelona se encamina.

42 Mas antes de llegar un loco en todo
vieron tendido que en la playa para;
que, como el puerco revolcado en lodo,
sucios tenía espalda, pecho y cara.
Sobre ellos se lanzó del mismo modo
que al punto el perro al forastero encara;
y los acosa, mas por mofa y risa.
Mas antes retomemos a Marfisa.

43 De Marfisa, de Astolfo, de Aguilante,
de Grifón quiero hablar, y todo el resto
que, expuestos ante aquel mar incesante,
apenas defender pueden el puesto;
pues siempre más soberbio y arrogante
es de aquella tormenta el crudo gesto
que ya tres días dura áspera y grave,
sin dar indicio de que alguno acabe.

44 El viento hostil y el mar que los combate
castillo y puente en mil rompe y azota;
y, si hay parte que en pie sufra el embate,
el piloto la rompe y al mar bota.
Cabeza gacha aquel hay que debate
sobre la carta cuál es la derrota
bajo la luz de vela harto mezquina;
o aquel que va con hacha a la sentina.

45 Por proa y popa aún hay quien circula
frente al reloj de arena en aquel trance
y cada media hora recalcula
el tiempo, y hacia dónde el barco avance.
Viendo su carta cada cual postula
qué punto de la ruta ahora se alcance
en el centro del barco, que es el punto
donde el patrón consulta aquel asunto.

46 «Estamos --dice aquel-- en el bajío
cerca de Limasol, según sospecho».
«En Trípoli --le arguyen-- el navío
está, donde ha ya el mar muchos desecho»;
y aun otro: «Esto es Satalia, a juicio mío,
lugar que al que es de mar le encoge el pecho.»
Cada cual su opinión así argumenta,
mas no hay a quien el miedo no atormenta.

47 Con despecho mayor los arremete
el viento al tercer día, y el mar brama;
el uno para sí toma el trinquete,
el otro a timonel y timón llama.
Si alguno hay que no tema en aquel brete,
de pétreo pecho es que nada inflama:
Marfisa, que mostró siempre denuedo,
no negó que aquel día tuvo miedo.

48 De marchar a Santiago peregrino
al monte Sinaí, a Chipre, a Roma,
a Tierra Santa, a aquel mariano Etino
promesa cada cual solemne toma.
Mientras parece el cielo al mar vecino,
pues sube el barco y luego se desploma;
de suerte que el patrón cortar ordena
el artimón para mermar la pena.

49 Y caja y fardo y cuanto ve de lastre
por proa, popa y borda al mar arroja:
las ricas mercancías lleva al traste
y camára y bodega desaloja.
Otro entre tanto achica en el desastre
el agua, y en el mar el mar aloja,
acude a la sentina otro y obstruye
las vías por que el mar penetra y fluye.

50 Sufrieron este aprieto y esta pena,
por cuatro días, sin cambiar su hado,
y habría tenido el mar victoria plena
de haber otra jornada más durado;
mas les promete que será serena
el fuego de San Telmo deseado,
que en un palo de proa verse puede,
pues no hay árbol o mástil que en pie quede.

51 Viendo cómo aquel fuego fulgura,
de rodillas ante él los navegantes
pidieron una mar quieta y segura
con lágrimas y voces suplicantes.
Cesó la tempestad, que sin mesura
había pertinaz reinado antes:
no soplan más mistral ni travesía,
sólo en reinar lebeche el mar porfía.

52 Porfía con un soplo tan potente
que tenaz de su negra boca exhala
e imprime tal empuje a la corriente
del agitado mar sobre el que cala,
que conduce al bajel tan velozmente
como al halcón jamás condujo el ala;
tanto que el piloto en el profundo
temió hundirse o llegar al fin del mundo.

53 Mas que éste ordene al punto con pericia
por la popa soltar fardos de espera
y descender la gúmena, propicia
dos tercios minorar de su carrera.
Esta resolución y la noticia
del que en proa encendió luz lisonjera,
salva a la nave de venirse a pique
y hace que aquel mal se pacifique.

54 Hasta el golfo de Issos la pilota
sobre una gran ciudad, sin mucho acierto,
tan cerca de la costa que bien nota
los dos bastiones con que cierra el puerto.
Cuando el patrón entiende la derrota
que ha hecho, queda al punto medio muerto,
pues ni puerto tomar allí quería
ni estar en alta mar, ni huir podía.

55 Ni estar puede en el mar ni hacer huida,
pues mástiles y palos ha perdido:
todo madero está por la embestida
del mar tronchado, pútrido y hendido.
Bajar a puerto es perder la vida
o verse a servidumbre reducido,
que queda de por vida esclavo o muerto
quien por suerte o error toma allí puerto,

56 Y aun gran peligro es estar en duda
cuando es posible que de aquella tierra
se embarque gente que a su nave acuda,
que, pues navega mal, ¿qué hará en la guerra?
Mientras el capitán vacila y duda,
se acerca a él el duque de Inglaterra
e inquiere la razón que lo carcome
y qué causa que aún puerto no tome.

57 Le narró el capitán que aquella playa
es de homicidas hembras habitada,
por cuya antigua ley el que allí vaya
esclavo queda o muerto por espada;
y sólo este cruel final soslaya
quien a diez hombres venza en la estacada
y después en el lecho carnalmente
a diez doncellas con su amor contente.

58 Y si completa la primera prueba,
mas muestra maña en la segunda vana,
muerte hoy le dan, y el que consigo lleva
boyero o labrador queda mañana.
Si de armas y de amor la lid aprueba
la libertad para los suyos gana;
para sí no, porque esposar se debe
con diez mujeres que su gusto apruebe.

59 No pudo Astolfo oír sin mucha risa
de aquella tierra el rito extravagante,
que atrajo a Sansoneto y a Marfisa
y a Grifón y por último a Aguilante.
Igualmente el piloto los avisa
por qué al puerto no va que ven delante:
«Antes quiero que el mar sea mi verdugo,
que verme esclavo y soportar su yugo.»

60 Eran de esta opinión los marineros
y el pasaje que escucha aquel apuro,
mas no Marfisa y no los caballeros,
que, más que el agua, el suelo creen seguro.
Menos que en medio de los mares fieros,
verse entre mil espadas les es duro;
que allí donde algún arma usar se pueda
no creen que mal alguno les suceda.

61 Pide una parte allí tocar la arena
y con mayor porfía el de Inglaterra;
que sabe que, si el cuerno al punto suena,
podrá limpiar de gente aquella tierra.
Tomar puerto esta parte, pues, ordena,
no quiere la otra en cambio y hace guerra;
mas la más fuerte de tal modo exige
que el leño al fin al puerto se dirige.

62 Y apenas se sitúan a la vista
de la ciudad cruel en la ensenada,
una galera observan que, provista
de chusma y gente en mar muy avezada,
se acerca hasta su nave a hacer conquista,
confusa toda ella y desnortada;
y, luego de amarrar su popa a proa,
los trae fuera del mar con la barloa.

63 Remolcada la nave se desplaza
más por remo que vela conducida,
que aquel viento de tan bárbara raza
no más la dejó a vela ser traída.
Entre tanto la espada y la coraza
cada caballero de asir cuida,
y al capitán y a quien del plan recela
con grandes esperanzas los consuela.

64 Parece en planta el puerto media luna,
el cerco cuatro millas, la bocana
seiscientos pasos tiene, y cada una
de sus puntas torreta de aduana.
Si no sopla del sur tormenta alguna,
toda tormenta que lo asalte es vana:
y ocupa la ciudad las millas cuatro
del cerco como gradas de un teatro.

65 Apenas aquel barco toma puerto
cuando, avisada toda aquella tierra,
bajan seis mil mujeres de concierto
con arco en mano listas a la guerra.
Para evitar la fuga a mar abierto,
entre una torre y otra el mar se cierra
con naves y cadenas que a tal arte
dispuestas tienen siempre en esta parte.

66 Una que iguala a la Cumana en vieja
o a Hécuba tal vez, llamó al piloto
y preguntóle qué mejor coteja:
si dejarse matar o si hacer voto
de serles siervos como mansa oveja,
según el uso que hay allí remoto.
Debe escoger o una u otra suerte:
o bien la esclavitud o bien la muerte.

67 «Aunque es verdad --añade-- que, si hubiera
un hombre entre vosotros hoy tan fuerte
que contra diez de nuestros hombres fuera
capaz de batallar y darles muerte,
y a la noche después satisficiera
a diez doncellas con la misma suerte;
a él por nuestro príncipe honraremos
y al resto libertad concederemos.

68 »Mas si es permanecer vuestro deseo,
podréis cuantos queráis, mas se le pide
a aquel que reste aquí sin que quedar reo,
que diez mujeres como esposo cuide.
Si, en cambio, vuestro hombre en el torneo
contra los diez sin campear se mide
o la segunda prueba no supera,
servir será el final, y el de él, que muera.»

69 Erró al pensar la vieja que sería
terrible aquel discurso y no una arenga,
pues no hay en toda aquella compañía
guerrero que a pensarse apto no venga.
También Marfisa hacer la prueba ansía,
si bien en lo segundo arte no tenga,
que piensa que suplir la espada pueda
aquello que su ser natural veda.

70 Se encomendó al patrón dar la respuesta,
ya de consuno antes concertada:
que tienen quien la prueba a hacer se presta,
hábil en el lecho y la estacada.
Cesó así la quistión, y al fin se apuesta
la nave y suelta amarra que es atada;
y baja uno tras otro por el puente,
trayendo su corcel, cada valiente.

71 Y al pasar la ciudad topan a cada
momento mil doncellas altaneras,
con traje corto cada cual montada
y todas con aspecto de guerreras.
Calzar espuelas o ceñir espada
es vedado a los hombres de estas fieras,
excepto a diez, según es el dictado
de aquella antigua ley de la que he hablado.

72 El resto al espolín, la aguja, el huso,
y al peine y a la rueca es dedicado,
en hábito que el pie le cubre incluso,
y lo vuelve holgazán y afeminado.
Algunos encadenan para el uso
de arar la tierra o vigilar ganado.
Pocos los hombres son: apenas ciento
por cada mil mujeres que recuento.

73 Queriendo los guerreros que la suerte
decida cuál se preste a la defensa
y dé en el campo a aquellos diez la muerte
y a aquellas diez después más dulce ofensa;
ninguno el gusto de Marfisa advierte,
porque ninguno que resuelva piensa
de la segunda justa la batalla,
sabiendo bien que el natural le falla.

74 Mas quiso ella también ser elegida,
y es ella al fin quien la ocasión se lleva.
«Antes --les consoló-- daré la vida
que dar la libertad ninguno deba.
De ello mi espada es --y la ceñida
espada señaló-- fehaciente prueba:
que yo desharé el nudo de este incordio
del modo en que Alejandro aquel de Gordio.

75 »No quiero nunca más que haya extranjero
al que esta tierra dé muerte o captura.»
Así dijo, y no pudo compañero
quitarle lo que diole la ventura;
de suerte que fiaron a su acero
el buen o el mal suceso en la aventura,
y ella guarnida bien de peto y malla
compareció en el campo de batalla.

76 Plaza toda de gradas circundada
la cima de la impía villa ocupa,
que para justa o para lid armada
o lucha similar sólo se ocupa.
Cuatro puertas de bronce danle entrada.
Allí la armada femenil se agrupa
confusamente hasta que al fin se llena;
luego a Marfisa concursar se ordena.

77 Sobre un tordo corcel irrumpió ella,
rodado desde el anca a la barbilla,
de cabeza pequeña y firme huella
mirada fiera y bello a maravilla.
Por ser la más gallarda y la más bella
montura que tenía freno y silla
Norandín entre mil la escogió, y luego
la dio ornada a Marfisa tras el juego.

78 Apenas por la puerta a que da el austro
hace entrada Marfisa a mediodía,
cuando oye resonar por todo el claustro
agudo son de trompa y chirimía,
y por la puerta ve del frío plaustro
entrar los diez que combatir debía.
El rival que delante comparece,
valer por los demás nueve parece.

79 Monta un corcel que, excepto el pie trasero
izquierdo y la cabeza, en donde impera
algún pelo más blanco, por entero
más negro que el más negro cuervo era.
Del color del caballo el caballero
vestía, como si decir quisiera
que, igual que es sobre el blanco el negro tanto,
así es más que su risa el negro llanto.

80 Cuando fue de empezar hecha la seña,
nueve enristran la lanza a su costado;
mas el de negro no, porque desdeña
esta ventaja, y se retira a un lado.
Antes la ley de aquel reino diseña
quebrar que aquella otra que ha jurado;
y así se aparta a ver qué guerra mueve
sola la lanza que combate a nueve.

81 El corcel, de galope airoso y suave,
contra los nueve a la mujer proyecta,
la cual en ristre puso asta tan grave,
que cuatro apenas la tendrían recta.
La había entre los palos de la nave
escogido al bajar por más perfecta.
Con faz tan fiera en el corcel se arroja,
que no hay un corazón que no se encoja.

82 Abrió el pecho al primer encontronazo
a uno cual si hubiese ido desnudo:
coraza y cota atravesó el lanzazo,
mas antes un ferrado y grueso escudo.
Por la espalda detrás el hierro un brazo
se vio salir: tanto fue el golpe crudo.
Dejó ensartado al mísero en la lanza
y contra el resto en el corcel se lanza.

83 Hurtando otra dio luego al segundo
y aun al tercero tan fiera lanzada
que, abriendo a ambos la espalda, de este mundo
y del arzón sacó de una tacada:
tan fuerte fue aquel golpe y tan rotundo,
tan prieta cierra aquella torpe armada.
Bombarda he visto abrir alguna tropa
del modo en que Marfisa a estos que topa.

84 Fue tanta lanza sobre ella rota
y tanto golpe a ella tanto mueve,
como un muro en el juego de pelota
se mueve por los golpes que se lleve.
De tan buen temple es su peto y cota
que no hay golpe que pueda serle aleve:
fundido fue en el fuego del Infierno
y templado en las aguas del Averno.

85 Llegada al fin del coso, el corcel gira,
se para un poco, y vuelve a la carrera,
y al resto desbarata, y tajos tira
con que tiñe del hierro aun la contera.
Sin brazo o sin cabeza hay quien expira,
quien corta con la espada de manera
que pecho y brazos por el suelo ruedan
.y vientre y piernas en la silla quedan.

86 Partiólo por mitad de la cintura,
por entre el costillar y la cadera,
y le hizo parecer media figura
al modo de ésas que, de plata o cera,
son puestas ante un santo o Virgen pura
por gente parroquiana o extranjera,
que así van a cumplir con algún voto
que antes hicieron con fervor devoto.

87 La huida a uno que le huía, impide
y en medio de la plaza, al fin, lo para:
de modo la cabeza le divide
que no habría ya doctor que la juntara.
Resulta, pues, que a cuanto allí se mide,
o mata o a un extremo tal malpara,
que queda muy segura que de tierra
no puedan levantarse a hacerle guerra.

88 Seguía el caballero a un lado puesto
que había a aquellos nueve precedido;
porque estimaba un acto deshonesto
haber con tal ventaja combatido.
Mas, ya que ha visto a aquel brazo funesto
haber a todo el grupo reducido,
por mostrar que rehuir fue aquel encuentro
cortesía y no miedo, sale al centro.

89 Señal de pretender hablar primero
hizo con la mano antes de nada,
y, no pensando que en arnés tan fiero
pudiese una doncella ir tapada,
le dijo: «Gran cansancio es, caballero,
matar tantos con lanza y con espada;
y pienso que el cansarte más sería,
si ello estuviese en mí, descortesía.

90 »Que hagas cuanto de hoy queda reposo
y mañana empecemos, te concedo;
pues no me fuera hoy vencerte honroso,
si estás cansado de batirte en ruedo.»
«No me es tal hecho armado novedoso,
ni por tan poco a la fatiga cedo
--Marfisa respondió--; y a tu despecho
espero darte prueba de tal hecho.

91 »Te agradezco tan noble cortesía;
mas no me es reposar aún preciso,
y creo que aún le falta tanto al día
que el darlo al ocio tengo a mal aviso.»
«Oh, si saciase yo, cual tu porfía,
mi corazón con cuanto quiere y quiso;
mas quizás --le arguyó-- el sol no veas
con más antelación de la que creas.»

92 Y al punto hizo dos lanzas traer aprisa,
tan grandes como palo ambas de nave;
la suya antes tomar dejó a Marfisa,
tomó él la otra que al partir le cabe.
Ya a punto ambos aguardan la precisa
señal que del justar la espera acabe;
y, apenas los primeros sones suenan,
cuando aire, tierra y mar de estruendo llenan.

93 No hubo allí quien pestañee, respire,
o abra en circunstancia tal la boca;
que no hay quien expectante allí no mire
a cuál de aquellos dos la palma toca.
Marfisa, a fin de que su lanza tire
a aquel de negro y goce vida poca,
levanta el asta; y el de negro fuerte
intenta a ella no menos dar la muerte.

94 Cual si fuera de sauce seco y fino
y no de verde roble que no agriete
cada lanza a astillarse entera vino.
Con tanta furia uno a otro acomete
que, del modo en que a tierra va un rocino
cuando una aguda hoz lo desjarrete,
ambos corceles caen, mas con presteza
se alzan los dos justantes de una pieza.

95 Marfisa a mil jinetes en su vida
había al primer golpe derribado,
sin nunca haber sufrido antes caída,
como esta vez pasó, y os he narrado.
No ya quedó del caso confundida,
mas fuera de sí casi y con enfado.
No menos sintió el otro caballero,
que no solía caer tan de ligero.

96 Apenas caen los dos en el terreno,
se alzan y prosiguen el asalto:
si punta o tajo da el acero ajeno,
responde o propio escudo o filo o salto.
Errado sea el golpe o dé de pleno,
preña el aire rumor que sube al alto.
Escudos, petos, yelmos que emplearon
ser más que el yunque duros demostraron.

97 Si grave el brazo es de la doncella
no menos lo es el del guerrero bruno:
la misma fuerza tienen él y ella,
pues, cuanto al otro da, recibe el uno.
Quien vaya de dos fieras tras la huella
no debe más buscar en sitio alguno
más fuerza o más destreza en la batalla;
pues cuanto pueda haber, aquí se halla.

98 La grada, que gran tiempo al tanto estuvo
de lucha que es por infinita extraña,
y que asombrada por prodigio tuvo
que no mengue el cansancio aquella saña;
estima que otro igual a éstos no hubo
en cuanta tierra el mar circunda o baña;
pues sólo del cansancio dan por cierto
que habría cualquier otro antes ya muerto.

99 Discurriendo entre sí, Marfisa piensa:
«Fortuna fue que se estuviese a un lado,
que hubiera sido dura mi defensa
si hubiese con los nueve otros luchado;
viendo que ataca solo y cada ofensa
me pone en gran trabajo y gran cuidado.»
Marfisa dice así; mientras que airada
no ceja de blandir nunca la espada.

100 «Fortuna fue --este otro iba diciendo--
que no haya mi contrario reposado;
pues si ahora de él apenas me defiendo,
estando de matar nueve cansado,
¿cuánto sería su vigor tremendo,
si hubiese hasta mañana descansado?
Fortuna ha sido venturosa y cierta,
que rechazase mi gentil oferta.»

101 Cayó sobre los dos la noche fría
sin que ventaja hubiese aún de ninguno;
y, pues la oscuridad, les impedía
poder esquivar más mandoble alguno,
se adelantó a decir con cortesía
el caballero del vestido bruno:
«¿Qué hemos de hacer, si con igual fortuna
la noche nos alcanza inoportuna?

102 »Mejor será que alargues hoy la vida
al menos hasta ver salir la aurora:
sólo una noche breve es la medida
que puedo concederte y la demora.
No me culpes a mí de que sea ida
tu vida en tan menguado plazo y hora:
culpa a la impía ley que nos aflige
del sexo femenil que el reino rige.

103 »Si duélome de ti y cualquier tu amigo
lo sabe Aquel que lo conoce todo.
Con ellos ven a reposar conmigo,
o no será seguro tu acomodo;
pues las viudas que hiciste hoy, en castigo
ya entre ellas buscan de matarte el modo:
cada uno de los hombres que has matado
se había a diez mujeres desposado.

104 »Del daño que de ti han recibido
esperan hoy noventa hacer venganza:
acepta, pues, que hoy te haya acogido
o deja de dormir toda esperanza.»
«Acepto --dijo ella- el prometido
favor con muy segura confianza
de que han de ser en ti fe y cortesia
no menos que el esfuerzo y la valía.»

105 »En cuanto al que matarme aquí te pese,
piensa que pueda ser yo quien te mate;
pues no he hecho acción que indicio alguno diese
a creer que tú eres más en el combate.
Así, pues, siga hoy la lucha o cese,
prosiga o hasta el día se dilate,
con que una seña hagas que me advierta,
presto estaré a seguir esta reyerta.»

106 Así aplazóse al fin la lucha terca
hasta que se asomó al Ganges la aurora,
quedando sin saber nadie de cerca
quién de estos dos más fuerzas atesora.
Luego a Aguilante y a Grifón se acerca
y al resto aquel de negro, y les implora
que hasta que el nuevo sol haga su entrada
acepten hospedarse en su morada.

107 Tomaron sin recelo aquella oferta;
y a luz de hachas siguieron un sendero
que los condujo hasta la misma puerta
de un real palacio rico y lisonjero.
Quedaron todos con la boca abierta,
cuando el yelmo se alzó aquel caballero;
pues, cuanto por la vista parecía,
no más de dieciocho años tenía.

108 Qué mucho que a Marfisa el hecho asombre
de ver blandir tan bien a un mozo espada,
o al otro descubrir que no era un hombre,
visto el cabello, aquella que iba armada.
Pregunta el uno al otro por el nombre,
y el uno al otro el nombre aquel traslada.
Mas cómo se llamase aquel mozuelo
a oírlo en lo que sigue ahora os impelo.


Canto 19

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Canto 18 Canto 20

 
1 Alcun non può saper da chi sia amato,
     quando felice in su la ruota siede:
     però c’ha i veri e i finti amici a lato,
     che mostran tutti una medesma fede.
     Se poi si cangia in tristo il lieto stato,
     volta la turba adulatrice il piede;
     e quel che di cor ama riman forte,
     ed ama il suo signor dopo la morte.

2 Se, come il viso, si mostrasse il core,
     tal ne la corte è grande e gli altri preme,
     e tal è in poca grazia al suo signore,
     che la lor sorte muteriano insieme.
     Questo umil diverria tosto il maggiore:
     staria quel grande infra le turbe estreme.
     Ma torniamo a Medor fedele e grato,
     che ’n vita e in morte ha il suo signore amato.

3 Cercando già nel più intricato calle
     il giovine infelice di salvarsi;
     ma il grave peso ch’avea su le spalle,
     gli facea uscir tutti i partiti scarsi.
     Non conosce il paese, e la via falle,
     e torna fra le spine a invilupparsi.
     Lungi da lui tratto al sicuro s’era
     l’altro, ch’avea la spalla più leggiera.

4 Cloridan s’è ridutto ove non sente
     di chi segue lo strepito e il rumore:
     ma quando da Medor si vede assente,
     gli pare aver lasciato a dietro il core.
     - Deh, come fui (dicea) sì negligente,
     deh, come fui sì di me stesso fuore,
     che senza te, Medor, qui mi ritrassi,
     né sappia quando o dove io ti lasciassi! -

5 Così dicendo, ne la torta via
     de l’intricata selva si ricaccia;
     ed onde era venuto si ravvia,
     e torna di sua morte in su la traccia.
     Ode i cavalli e i gridi tuttavia,
     e la nimica voce che minaccia:
     all’ ultimo ode il suo Medoro, e vede
     che tra molti a cavallo è solo a piede.

6 Cento a cavallo, e gli son tutti intorno:
     Zerbin commanda e grida che sia preso.
     L’infelice s’aggira com’un torno,
     e quanto può si tien da lor difeso,
     or dietro quercia, or olmo, or faggio, or orno,
     né si discosta mai dal caro peso.
     L’ha riposato al fin su l’erba, quando
     regger nol puote, e gli va intorno errando:

7 come orsa, che l’alpestre cacciatore
     ne la pietrosa tana assalita abbia,
     sta sopra i figli con incerto core,
     e freme in suono di pietà e di rabbia:
     ira la ’nvita e natural furore
     a spiegar l’ugne e a insanguinar le labbia;
     amor la ’ntenerisce, e la ritira
     a riguardare ai figli in mezzo l’ira.

8 Cloridan, che non sa come l’aiuti,
     e ch’esser vuole a morir seco ancora,
     ma non ch’in morte prima il viver muti,
     che via non truovi ove più d’un ne mora;
     mette su l’arco un de’ suoi strali acuti,
     e nascoso con quel sì ben lavora,
     che fora ad uno Scotto le cervella,
     e senza vita il fa cader di sella.

9 Volgonsi tutti gli altri a quella banda
     ond’era uscito il calamo omicida.
     Intanto un altro il Saracin ne manda,
     perché ’l secondo a lato al primo uccida;
     che mentre in fretta a questo e a quel domanda
     chi tirato abbia l’arco, e forte grida,
     lo strale arriva e gli passa la gola,
     e gli taglia pel mezzo la parola.

10 Or Zerbin, ch’era il capitano loro,
     non poté a questo aver più pazienza.
     Con ira e con furor venne a Medoro,
     dicendo: - Ne farai tu penitenza. -
     Stese la mano in quella chioma d’oro,
     e strascinollo a sé con violenza:
     ma come gli occhi a quel bel volto mise,
     gli ne venne pietade, e non l’uccise.

11 Il giovinetto si rivolse a’ prieghi,
     e disse: - Cavallier, per lo tuo Dio,
     non esser sì crudel, che tu mi nieghi
     ch’io sepelisca il corpo del re mio.
     Non vo’ ch’altra pietà per me ti pieghi,
     né pensi che di vita abbi disio:
     ho tanta di mia vita, e non più, cura,
     quanta ch’al mio signor dia sepultura.

12 E se pur pascer vòi fiere ed augelli,
     che ’n te il furor sia del teban Creonte,
     fa lor convito di miei membri, e quelli
     sepelir lascia del figliuol d’Almonte. -
     Così dicea Medor con modi belli,
     e con parole atte a voltare un monte;
     e sì commosso già Zerbino avea,
     che d’amor tutto e di pietade ardea.

13 In questo mezzo un cavallier villano,
     avendo al suo signor poco rispetto,
     ferì con una lancia sopra mano
     al supplicante il delicato petto.
     Spiacque a Zerbin l’atto crudele e strano;
     tanto più, che del colpo il giovinetto
     vide cader sì sbigottito e smorto,
     che ’n tutto giudicò che fosse morto.

14 E se ne sdegnò in guisa e se ne dolse,
     che disse: - Invendicato già non fia! -
     e pien di mal talento si rivolse
     al cavallier che fe’ l’impresa ria:
     ma quel prese vantaggio, e se gli tolse
     dinanzi in un momento, e fuggì via.
     Cloridan, che Medor vede per terra,
     salta del bosco a discoperta guerra.

15 E getta l’arco, e tutto pien di rabbia
     tra gli nimici il ferro intorno gira,
     più per morir, che per pensier ch’egli abbia
     di far vendetta che pareggi l’ira.
     Del proprio sangue rosseggiar la sabbia
     fra tante spade, e al fin venir si mira;
     e tolto che si sente ogni potere,
     si lascia a canto al suo Medor cadere.

16 Seguon gli Scotti ove la guida loro
     per l’alta selva alto disdegno mena,
     poi che lasciato ha l’uno e l’altro Moro,
     l’un morto in tutto, e l’altro vivo a pena.
     Giacque gran pezzo il giovine Medoro,
     spicciando il sangue da sì larga vena,
     che di sua vita al fin saria venuto,
     se non sopravenia chi gli diè aiuto.

17 Gli sopravenne a caso una donzella,
     avolta in pastorale ed umil veste,
     ma di real presenza e in viso bella,
     d’alte maniere e accortamente oneste.
     Tanto è ch’io non ne dissi più novella,
     ch’a pena riconoscer la dovreste:
     questa, se non sapete, Angelica era,
     del gran Can del Catai la figlia altiera.

18 Poi che ’l suo annello Angelica riebbe,
     di che Brunel l’avea tenuta priva,
     in tanto fasto, in tanto orgoglio crebbe,
     ch’esser parea di tutto ’l mondo schiva.
     Se ne va sola, e non si degnerebbe
     compagno aver qual più famoso viva:
     si sdegna a rimembrar che già suo amante
     abbia Orlando nomato, o Sacripante.

19 E sopra ogn’altro error via più pentita
     era del ben che già a Rinaldo volse,
     troppo parendole essersi avilita,
     ch’a riguardar sì basso gli occhi volse.
     Tant’arroganza avendo Amor sentita,
     più lungamente comportar non volse:
     dove giacea Medor, si pose al varco,
     e l’aspettò, posto lo strale all’arco.

20 Quando Angelica vide il giovinetto
     languir ferito, assai vicino a morte,
     che del suo re che giacea senza tetto,
     più che del proprio mal si dolea forte;
     insolita pietade in mezzo al petto
     si sentì entrar per disusate porte,
     che le fe’ il duro cor tenero e molle,
     e più, quando il suo caso egli narrolle.

21 E rivocando alla memoria l’arte
     ch’in India imparò già di chirugia
     (che par che questo studio in quella parte
     nobile e degno e di gran laude sia;
     e senza molto rivoltar di carte,
     che ’l patre ai figli ereditario il dia),
     si dispose operar con succo d’erbe,
     ch’a più matura vita lo riserbe.

22 E ricordossi che passando avea
     veduta un’erba in una piaggia amena;
     fosse dittamo, o fosse panacea,
     o non so qual, di tal effetto piena,
     che stagna il sangue, e de la piaga rea
     leva ogni spasmo e perigliosa pena.
     La trovò non lontana, e quella colta,
     dove lasciato avea Medor, diè volta.

23 Nel ritornar s’incontra in un pastore
     ch’a cavallo pel bosco ne veniva,
     cercando una iuvenca, che già fuore
     duo dì di mandra e senza guardia giva.
     Seco lo trasse ove perdea il vigore
     Medor col sangue che del petto usciva;
     e già n’avea di tanto il terren tinto,
     ch’era omai presso a rimanere estinto.

24 Del palafreno Angelica giù scese,
     e scendere il pastor seco fece anche.
     Pestò con sassi l’erba, indi la prese,
     e succo ne cavò fra le man bianche;
     ne la piaga n’infuse, e ne distese
     e pel petto e pel ventre e fin a l’anche:
     e fu di tal virtù questo liquore,
     che stagnò il sangue, e gli tornò il vigore;

25 e gli diè forza, che poté salire
     sopra il cavallo che ’l pastor condusse.
     Non però volse indi Medor partire
     prima ch’in terra il suo signor non fusse.
     E Cloridan col re fe’ sepelire;
     e poi dove a lei piacque si ridusse.
     Ed ella per pietà ne l’umil case
     del cortese pastor seco rimase.

26 Né fin che nol tornasse in sanitade,
     volea partir: così di lui fe’ stima,
     tanto se intenerì de la pietade
     che n’ebbe, come in terra il vide prima.
     Poi vistone i costumi e la beltade,
     roder si sentì il cor d’ascosa lima;
     roder si sentì il core, e a poco a poco
     tutto infiammato d’amoroso fuoco.

27 Stava il pastore in assai buona e bella
     stanza, nel bosco infra duo monti piatta,
     con la moglie e coi figli; ed avea quella
     tutta di nuovo e poco inanzi fatta.
     Quivi a Medoro fu per la donzella
     la piaga in breve a sanità ritratta:
     ma in minor tempo si sentì maggiore
     piaga di questa avere ella nel core.

28 Assai più larga piaga e più profonda
     nel cor sentì da non veduto strale,
     che da’ begli occhi e da la testa bionda
     di Medoro aventò l’Arcier c’ha l’ale.
     Arder si sente, e sempre il fuoco abonda;
     e più cura l’altrui che ’l proprio male:
     di sé non cura, e non è ad altro intenta,
     ch’a risanar chi lei fere e tormenta.

29 La sua piaga più s’apre e più incrudisce,
     quanto più l’altra si ristringe e salda.
     Il giovine si sana: ella languisce
     di nuova febbre, or agghiacciata, or calda.
     Di giorno in giorno in lui beltà fiorisce:
     la misera si strugge, come falda
     strugger di nieve intempestiva suole,
     ch’in loco aprico abbia scoperta il sole.

30 Se di disio non vuol morir, bisogna
     che senza indugio ella se stessa aiti:
     e ben le par che di quel ch’essa agogna,
     non sia tempo aspettar ch’altri la ’nviti.
     Dunque, rotto ogni freno di vergogna,
     la lingua ebbe non men che gli occhi arditi:
     e di quel colpo domandò mercede,
     che, forse non sapendo, esso le diede.

31 O conte Orlando, o re di Circassia,
     vostra inclita virtù, dite, che giova?
     Vostro alto onor dite in che prezzo sia,
     o che mercé vostro servir ritruova.
     Mostratemi una sola cortesia
     che mai costei v’usasse, o vecchia o nuova,
     per ricompensa e guidardone e merto
     di quanto avete già per lei sofferto.

32 Oh se potessi ritornar mai vivo,
     quanto ti parria duro, o re Agricane!
     che già mostrò costei sì averti a schivo
     con repulse crudeli ed inumane.
     O Ferraù, o mille altri ch’io non scrivo,
     ch’avete fatto mille pruove vane
     per questa ingrata, quanto aspro vi fôra,
     s’a costu’ in braccio voi la vedesse ora!

33 Angelica a Medor la prima rosa
     coglier lasciò, non ancor tocca inante:
     né persona fu mai sì aventurosa,
     ch’in quel giardin potesse por le piante.
     Per adombrar, per onestar la cosa,
     si celebrò con cerimonie sante
     il matrimonio, ch’auspice ebbe Amore,
     e pronuba la moglie del pastore.

34 Fersi le nozze sotto all’umil tetto
     le più solenni che vi potean farsi;
     e più d’un mese poi stero a diletto
     i duo tranquilli amanti a ricrearsi.
     Più lunge non vedea del giovinetto
     la donna, né di lui potea saziarsi;
     né, per mai sempre pendergli dal collo,
     il suo disir sentia di lui satollo.

35 Se stava all’ombra o se del tetto usciva,
     avea dì e notte il bel giovine a lato:
     matino e sera or questa or quella riva
     cercando andava, o qualche verde prato:
     nel mezzo giorno un antro li copriva,
     forse non men di quel commodo e grato,
     ch’ebber, fuggendo l’acque, Enea e Dido,
     de’ lor secreti testimonio fido.

36 Fra piacer tanti, ovunque un arbor dritto
     vedesse ombrare o fonte o rivo puro,
     v’avea spillo o coltel subito fitto;
     così, se v’era alcun sasso men duro:
     ed era fuori in mille luoghi scritto,
     e così in casa in altritanti il muro,
     Angelica e Medoro, in vari modi
     legati insieme di diversi nodi.

37 Poi che le parve aver fatto soggiorno
     quivi più ch’a bastanza, fe’ disegno
     di fare in India del Catai ritorno,
     e Medor coronar del suo bel regno.
     Portava al braccio un cerchio d’oro, adorno
     di ricche gemme, in testimonio e segno
     del ben che ’l conte Orlando le volea;
     e portato gran tempo ve l’avea.

38 Quel donò già Morgana a Ziliante,
     nel tempo che nel lago ascoso il tenne;
     ed esso, poi ch’al padre Monodante,
     per opra e per virtù d’Orlando venne,
     lo diede a Orlando: Orlando ch’era amante,
     di porsi al braccio il cerchio d’or sostenne,
     avendo disegnato di donarlo
     alla regina sua di ch’io vi parlo.

39 Non per amor del paladino, quanto
     perch’era ricco e d’artificio egregio,
     caro avuto l’avea la donna tanto,
     che più non si può aver cosa di pregio.
     Se lo serbò ne l’Isola del pianto,
     non so già dirvi con che privilegio,
     là dove esposta al marin mostro nuda
     fu da la gente inospitale e cruda.

40 Quivi non si trovando altra mercede
     ch’al buon pastor ed alla moglie dessi,
     che serviti gli avea con sì gran fede
     dal dì che nel suo albergo si fur messi,
     levò dal braccio il cerchio e gli lo diede,
     e volse per suo amor che lo tenessi.
     Indi saliron verso la montagna
     che divide la Francia da la Spagna.

41 Dentro a Valenza o dentro a Barcellona
     per qualche giorno avea pensato porsi,
     fin che accadesse alcuna nave buona
     che per Levante apparecchiasse a sciorsi.
     Videro il mar scoprir sotto a Girona
     ne lo smontar giù dei montani dorsi;
     e costeggiando a man sinistra il lito,
     a Barcellona andar pel camin trito.

42 Ma non vi giunser prima, ch’un uom pazzo
     giacer trovato in su l’estreme arene,
     che, come porco, di loto e di guazzo
     tutto era brutto e volto e petto e schene.
     Costui si scagliò lor come cagnazzo
     ch’assalir forestier subito viene;
     e diè lor noia, e fu per far lor scorno.
     Ma di Marfisa a ricontarvi torno.

43 Di Marfisa, d’Astolfo, d’ Aquilante,
     di Grifone e degli altri io vi vuo’ dire,
     che travagliati, e con la morte inante,
     mal si poteano incontra il mar schermire:
     che sempre più superba e più arrogante
     crescea fortuna le minacce e l’ire;
     e già durato era tre dì lo sdegno,
     né di placarsi ancor mostrava segno.

44 Castello e ballador spezza e fracassa
     l’onda nimica e ’l vento ognor più fiero:
     se parte ritta il verno pur ne lassa,
     la taglia e dona al mar tutta il nocchiero.
     Chi sta col capo chino in una cassa
     su la carta appuntando il suo sentiero
     a lume di lanterna piccolina,
     e chi col torchio giù ne la sentina.

45 Un sotto poppe, un altro sotto prora
     si tiene inanzi l’oriuol da polve:
     e torna a rivedere ogni mezz’ora
     quanto è già corso, ed a che via si volve:
     indi ciascun con la sua carta fuora
     a mezza nave il suo parer risolve,
     là dove a un tempo i marinari tutti
     sono a consiglio dal padron ridutti.

46 Chi dice: - Sopra Linmissò venuti
     siamo, per quel ch’io trovo, alle seccagne; -
     chi: - Di Tripoli appresso i sassi acuti,
     dove il mar le più volte i legni fragne; -
     chi dice: - Siamo in Satalia perduti,
     per cui più d’un nocchier sospira e piagne. -
     Ciascun secondo il parer suo argomenta,
     ma tutti ugual timor preme e sgomenta.

47 Il terzo giorno con maggior dispetto
     gli assale il vento, e il mar più irato freme;
     e l’un ne spezza e portane il trinchetto,
     e ’l timon l’altro, e chi lo volge insieme.
     Ben è di forte e di marmoreo petto
     e più duro ch’acciar, ch’ora non teme.
     Marfisa, che già fu tanto sicura,
     non negò che quel giorno ebbe paura.

48 Al monte Sinaì fu peregrino,
     a Gallizia promesso, a Cipro, a Roma,
     al Sepolcro, alla Vergine d’Ettino,
     e se celebre luogo altro si noma.
     Sul mare intanto, e spesso al ciel vicino
     l’afflitto e conquassato legno toma,
     di cui per men travaglio avea il padrone
     fatto l’arbor tagliar de l’artimone.

49 E colli e casse e ciò che v’è di grave
     gitta da prora e da poppe e da sponde;
     e fa tutte sgombrar camere e giave,
     e dar le ricche merci all’avide onde.
     Altri attende alle trombe, e a tor di nave
     l’acque importune, e il mar nel mar rifonde;
     soccorre altri in sentina, ovunque appare
     legno da legno aver sdrucito il mare.

50 Stero in questo travaglio, in questa pena
     ben quattro giorni, e non avean più schermo;
     e n’avria avuto il mar vittoria piena,
     poco più che ’l furor tenesse fermo:
     ma diede speme lor d’aria serena
     la disiata luce di santo Ermo,
     ch’in prua s’una cocchina a por si venne;
     che più non v’erano arbori né antenne.

51 Veduto fiammeggiar la bella face,
     s’inginocchiaro tutti i naviganti,
     e domandaro il mar tranquillo e pace
     con umidi occhi e con voci tremanti.
     La tempesta crudel, che pertinace
     fu sin allora, non andò più inanti:
     Maestro e Traversia più non molesta,
     e sol del mar tiràn Libecchio resta.

52 Questo resta sul mar tanto possente,
     e da la negra bocca in modo esala,
     ed è con lui sì il rapido corrente
     de l’agitato mar ch’in fretta cala,
     che porta il legno più velocemente,
     che pelegrin falcon mai facesse ala,
     con timor del nocchier ch’al fin del mondo
     non lo trasporti, o rompa, o cacci al fondo.

53 Rimedio a questo il buon nocchier ritruova,
     che commanda gittar per poppa spere,
     e caluma la gomona, e fa pruova
     di duo terzi del corso ritenere.
     Questo consiglio, e più l’augurio giova
     di chi avea acceso in proda le lumiere:
     questo il legno salvò che peria forse,
     e fe’ ch’in alto mar sicuro corse.

54 Nel golfo di Laiazzo invêr Soria
     sopra una gran città si trovò sorto,
     e sì vicino al lito, che scopria
     l’uno e l’altro castel che serra il porto.
     Come il padron s’accorse de la via
     che fatto avea, ritornò in viso smorto;
     che né porto pigliar quivi volea,
     né stare in alto, né fuggir potea.

55 Né potea stare in alto, né fuggire,
     che gli arbori e l’antenne avea perdute:
     eran tavole e travi pel ferire
     del mar, sdrucite, macere e sbattute.
     E ’l pigliar porto era un voler morire,
     o perpetuo legarsi in servitute;
     che riman serva ogni persona, o morta,
     che quivi errore o ria fortuna porta.

56 E ’l stare in dubbio era con gran periglio
     che non salisser genti de la terra
     con legni armati, e al suo desson di piglio,
     mal atto a star sul mar, non ch’a far guerra.
     Mentre il padron non sa pigliar consiglio,
     fu domandato da quel d’Inghilterra,
     chi gli tenea sì l’animo suspeso,
     e perché già non avea il porto preso.

57 Il padron narrò lui che quella riva
     tutta tenean le femine omicide,
     di quai l’antiqua legge ognun ch’arriva
     in perpetuo tien servo, o che l’uccide;
     e questa sorte solamente schiva
     chi nel campo dieci uomini conquide,
     e poi la notte può assaggiar nel letto
     diece donzelle con carnal diletto.

58 E se la prima pruova gli vien fatta,
     e non fornisca la seconda poi,
     egli vien morto, e chi è con lui si tratta
     da zappatore o da guardian di buoi.
     Se di far l’uno e l’altro è persona atta,
     impetra libertade a tutti i suoi;
     a sé non già, c’ha da restar marito
     di diece donne, elette a suo appetito.

59 Non poté udire Astolfo senza risa
     de la vicina terra il rito strano.
     Sopravien Sansonetto, e poi Marfisa,
     indi Aquilante, e seco il suo germano.
     Il padron parimente lor divisa
     la causa che dal porto il tien lontano:
     - Voglio (dicea) che inanzi il mar m’affoghi,
     ch’io senta mai di servitude i gioghi. -

60 Del parer del padrone i marinari
     e tutti gli altri naviganti furo;
     ma Marfisa e’ compagni eran contrari,
     che, più che l’acque, il lito avean sicuro.
     Via più il vedersi intorno irati i mari,
     che centomila spade, era lor duro.
     Parea lor questo e ciascun altro loco
     dov’arme usar potean, da temer poco.

61 Bramavano i guerrier venire a proda,
     ma con maggior baldanza il duca inglese;
     che sa, come del corno il rumor s’oda,
     sgombrar d’intorno si farà il paese.
     Pigliare il porto l’una parte loda,
     e l’altra il biasma, e sono alle contese;
     ma la più forte in guisa il padron stringe,
     ch’al porto, suo malgrado, il legno spinge.

62 Già, quando prima s’erano alla vista
     de la città crudel sul mar scoperti,
     veduto aveano una galea provista
     di molta ciurma e di nochieri esperti
     venire al dritto a ritrovar la trista
     nave, confusa di consigli incerti;
     che, l’alta prora alle sua poppe basse
     legando, fuor de l’empio mar la trasse.

63 Entrar nel porto remorchiando, e a forza
     di remi più che per favor di vele;
     però che l’alternar di poggia e d’orza
     avea levato il vento lor crudele.
     Intanto ripigliar la dura scorza
     i cavallieri e il brando lor fedele;
     ed al padrone ed a ciascun che teme
     non cessan dar con lor conforti speme.

64 Fatto è ’l porto a sembianza d’una luna,
     e gira più di quattro miglia intorno:
     seicento passi è in bocca, ed in ciascuna
     parte una rocca ha nel finir del corno.
     Non teme alcuno assalto di fortuna,
     se non quando gli vien dal mezzogiorno.
     A guisa di teatro se gli stende
     la città a cerco, e verso il poggio ascende.

65 Non fu quivi sì tosto il legno sorto
     (già l’aviso era per tutta la terra),
     che fur seimila femine sul porto,
     con gli archi in mano, in abito di guerra;
     e per tor de la fuga ogni conforto,
     tra l’una rocca e l’altra il mar si serra:
     da navi e da catene fu rinchiuso,
     che tenean sempre istrutte a cotal uso.

66 Una che d’anni alla Cumea d’Apollo
     poté uguagliarsi e alla madre d’Ettorre,
     fe’ chiamare il padrone, e domandollo
     se si volean lasciar la vita torre,
     o se voleano pur al giogo il collo,
     secondo la costuma, sottoporre.
     Degli dua l’uno aveano a torre: o quivi
     tutti morire, o rimaner captivi.

67 - Gli è ver (dicea) che s’uom si ritrovasse
     tra voi così animoso e così forte,
     che contra dieci nostri uomini osasse
     prender battaglia, e desse lor la morte,
     e far con diece femine bastasse
     per una notte ufficio di consorte;
     egli si rimarria principe nostro,
     e gir voi ne potreste al camin vostro.

68 E sarà in vostro arbitrio il restar anco,
     vogliate o tutti o parte; ma con patto,
     che chi vorrà restare, e restar franco,
     marito sia per diece femine atto.
     Ma quando il guerrier vostro possa manco
     dei dieci che gli fian nimici a un tratto,
     o la seconda pruova non fornisca,
     vogliàn voi siate schiavi, egli perisca. -

69 Dove la vecchia ritrovar timore
     credea nei cavallier, trovò baldanza;
     che ciascun si tenea tal feritore,
     che fornir l’uno e l’altro avea speranza:
     ed a Marfisa non mancava il core,
     ben che mal atta alla seconda danza;
     ma dove non l’aitasse la natura,
     con la spada supplir stava sicura.

70 Al padron fu commessa la risposta,
     prima conchiusa per commun consiglio:
     ch’avean chi lor potria di sé a lor posta
     ne la piazza e nel letto far periglio.
     Levan l’offese, ed il nocchier s’accosta,
     getta la fune e le fa dar di piglio;
     e fa acconciare il ponte, onde i guerrieri
     escono armati, e tranno i lor destrieri.

71 E quindi van per mezzo la cittade,
     e vi ritruovan le donzelle altiere,
     succinte cavalcar per le contrade,
     ed in piazza armeggiar come guerriere.
     Né calciar quivi spron, né cinger spade,
     né cosa d’arme puoi gli uomini avere,
     se non dieci alla volta, per rispetto
     de l’antiqua costuma ch’io v’ho detto.

72 Tutti gli altri alla spola, all’aco, al fuso,
     al pettine ed all’aspo sono intenti,
     con vesti feminil che vanno giuso
     insin al piè, che gli fa molli e lenti.
     Si tengono in catena alcuni ad uso
     d’arar la terra o di guardar gli armenti.
     Son pochi i maschi, e non son ben, per mille
     femine, cento, fra cittadi e ville.

73 Volendo tôrre i cavallieri a sorte
     chi di lor debba, per commune scampo
     l’una decina in piazza porre a morte,
     e poi l’altra ferir ne l’altro campo;
     non disegnavan di Marfisa forte,
     stimando che trovar dovesse inciampo
     ne la seconda giostra de la sera,
     ch’ad averne vittoria abil non era.

74 Ma con gli altri esser volse ella sortita:
     or sopra lei la sorte in somma cade.
     Ella dicea: - Prima v’ho a por la vita,
     che v’abbiate a por voi la libertade;
     ma questa spada (e lor la spada addita,
     che cinta avea) vi do per securtade
     ch’io vi sciorrò tutti gl’intrichi al modo
     che fe’ Alessandro il gordiano nodo.

75 Non vuo’ mai più che forestier si lagni
     di questa terra, fin che ’l mondo dura. -
     Così disse; e non potero i compagni
     torle quel che le dava sua aventura.
     Dunque, o ch’in tutto perda, o lor guadagni
     la libertà, le lasciano la cura.
     Ella di piastre già guernita e maglia,
     s’appresentò nel campo alla battaglia.

76 Gira una piazza al sommo de la terra,
     di gradi a seder atti intorno chiusa;
     che solamente a giostre, a simil guerra,
     a cacce, a lotte, e non ad altro s’usa:
     quattro porte ha di bronzo, onde si serra.
     Quivi la moltitudine confusa
     de l’armigere femine si trasse;
     e poi fu detto a Marfisa ch’entrasse.

77 Entrò Marfisa s’un destrier leardo,
     tutto sparso di macchie e di rotelle,
     di piccol capo e d’animoso sguardo,
     d’andar superbo e di fattezze belle.
     Pel maggiore e più vago e più gagliardo,
     di mille che n’avea con briglie e selle,
     scelse in Damasco, e realmente ornollo,
     ed a Marfisa Norandin donollo.

78 Da mezzogiorno e da la porta d’austro
     entrò Marfisa; e non vi stette guari,
     ch’appropinquare e risonar pel claustro
     udì di trombe acuti suoni e chiari:
     e vide poi di verso il freddo plaustro
     entrar nel campo i dieci suoi contrari.
     Il primo cavallier ch’apparve inante,
     di valer tutto il resto avea sembiante.

79 Quel venne in piazza sopra un gran destriero,
     che, fuor ch’in fronte e nel piè dietro manco,
     era, più che mai corbo, oscuro e nero:
     nel piè e nel capo avea alcun pelo bianco.
     Del color del cavallo il cavalliero
     vestito, volea dir che, come manco
     del chiaro era l’oscuro, era altretanto
     il riso in lui verso l’oscuro pianto.

80 Dato che fu de la battaglia il segno,
     nove guerrier l’aste chinaro a un tratto:
     ma quel dal nero ebbe il vantaggio a sdegno;
     si ritirò, né di giostrar fece atto.
     Vuol ch’alle leggi inanzi di quel regno,
     ch’alla sua cortesia, sia contrafatto.
     Si tra’ da parte e sta a veder le pruove
     ch’una sola asta farà contra a nove.

81 Il destrier, ch’avea andar trito e soave,
     portò all’incontro la donzella in fretta,
     che nel corso arrestò lancia sì grave,
     che quattro uomini avriano a pena retta.
     L’avea pur dianzi al dismontar di nave
     per la più salda in molte antenne eletta.
     Il fier sembiante con ch’ella si mosse,
     mille facce imbiancò, mille cor scosse.

82 Aperse al primo che trovò sì il petto,
     che fôra assai che fosse stato nudo:
     gli passò la corazza e il soprapetto,
     ma prima un ben ferrato e grosso scudo.
     Dietro le spalle un braccio il ferro netto
     si vide uscir: tanto fu il colpo crudo.
     Quel fitto ne la lancia a dietro lassa,
     e sopra gli altri a tutta briglia passa.

83 E diede d’urto a chi venìa secondo,
     ed a chi terzo sì terribil botta,
     che rotto ne la schiena uscir del mondo
     fe’ l’uno e l’altro, e de la sella a un’otta;
     sì duro fu l’incontro e di tal pondo,
     sì stretta insieme ne venìa la frotta.
     Ho veduto bombarde a quella guisa
     le squadre aprir, che fe’ lo stuol Marfisa.

84 Sopra di lei più lance rotte furo;
     ma tanto a quelli colpi ella si mosse,
     quanto nel giuoco de le cacce un muro
     si muova a’ colpi de le palle grosse.
     L’usbergo suo di tempra era sì duro,
     che non gli potean contra le percosse;
     e per incanto al fuoco de l’Inferno
     cotto, e temprato all’acque fu d’Averno.

85 Al fin del campo il destrier tenne e volse,
     e fermò alquanto: e in fretta poi lo spinse
     incontra gli altri, e sbarragliolli e sciolse,
     e di lor sangue insin all’elsa tinse.
     All’uno il capo, all’altro il braccio tolse;
     e un altro in guisa con la spada cinse,
     che ’l petto in terra andò col capo ed ambe
     le braccia, e in sella il ventre era e le gambe.

86 Lo partì, dico, per dritta misura,
     de le coste e de l’anche alle confine,
     e lo fe’ rimaner mezza figura,
     qual dinanzi all’imagini divine,
     poste d’argento, e più di cera pura
     son da genti lontane e da vicine,
     ch’a ringraziarle e sciorre il voto vanno
     de le domande pie ch’ottenute hanno.

87 Ad uno che fuggia, dietro si mise,
     né fu a mezzo la piazza, che lo giunse;
     e ’l capo e ’l collo in modo gli divise,
     che medico mai più non lo raggiunse.
     In somma tutti un dopo l’altro uccise,
     o ferì sì ch’ogni vigor n’emunse;
     e fu sicura che levar di terra
     mai più non si potrian per farle guerra.

88 Stato era il cavallier sempre in un canto,
     che la decina in piazza avea condutta;
     però che contra un solo andar con tanto
     vantaggio opra gli parve iniqua e brutta.
     Or che per una man torsi da canto
     vide sì tosto la compagna tutta,
     per dimostrar che la tardanza fosse
     cortesia stata e non timor, si mosse.

89 Con man fe’ cenno di volere, inanti
     che facesse altro, alcuna cosa dire;
     e non pensando in sì viril sembianti
     che s’avesse una vergine a coprire,
     le disse; - Cavalliero, omai di tanti
     esser déi stanco, c’hai fatto morire;
     e s’io volessi, più di quel che sei,
     stancarti ancor, discortesia farei.

90 Che ti risposi in sino al giorno nuovo,
     e doman torni in campo, ti concedo.
     Non mi fia onor se teco oggi mi pruovo,
     che travagliato e lasso esser ti credo. -
     - Il travagliare in arme non m’è nuovo,
     né per sì poco alla fatica cedo
     (disse Marfisa); e spero ch’a tuo costo
     io ti farò di questo aveder tosto.

91 De la cortese offerta ti ringrazio,
     ma riposare ancor non mi bisogna;
     e ci avanza del giorno tanto spazio,
     ch’a porlo tutto in ozio è pur vergogna. -
     Rispose il cavallier: - Fuss’io sì sazio
     d’ogn’altra cosa che ’l mio core agogna,
     come t’ho in questo da saziar; ma vedi
     che non ti manchi il dì più che non credi. -

92 Così disse egli, e fe’ portare in fretta
     due grosse lance, anzi due gravi antenne;
     ed a Marfisa dar ne fe’ l’eletta:
     tolse l’altra per sé, ch’indietro venne.
     Già sono in punto, ed altro non s’aspetta
     ch’un alto suon che lor la giostra accenne.
     Ecco la terra e l’aria e il mar rimbomba
     nel mover loro al primo suon di tromba.

93 Trar fiato, bocca aprir, o battere occhi
     non si vedea de’ riguardanti alcuno:
     tanto a mirare a chi la palma tocchi
     dei duo campioni, intento era ciascuno.
     Marfisa, acciò che de l’arcion trabocchi,
     sì che mai non si levi, il guerrier bruno,
     drizza la lancia; e il guerrier bruno forte
     studia non men di por Marfisa a morte.

94 Le lance ambe di secco e suttil salce,
     non di cerro sembrar grosso ed acerbo,
     così n’andaro in tronchi fin al calce;
     e l’incontro ai destrier fu sì superbo,
     che parimente parve da una falce
     de le gambe esser lor tronco ogni nerbo.
     Cadero ambi ugualmente; ma i campioni
     fur presti a disbrigarsi dagli arcioni.

95 A mille cavallieri alla sua vita
     al primo incontro avea la sella tolta
     Marfisa, ed ella mai non n’era uscita;
     e n’uscì, come udite, a questa volta.
     Del caso strano non pur sbigottita,
     ma quasi fu per rimanerne stolta.
     Parve anco strano al cavallier dal nero,
     che non solea cader già di leggiero.

96 Tocca avean nel cader la terra a pena,
     che furo in piedi e rinovar l’assalto.
     Tagli e punte a furor quivi si mena,
     quivi ripara or scudo, or lama, or salto.
     Vada la botta vota o vada piena,
     l’aria ne stride e ne risuona in alto.
     Quelli elmi, quelli usberghi, quelli scudi
     mostrar ch’erano saldi più ch’incudi.

97 Se de l’aspra donzella il braccio è grave,
     né quel del cavallier nimico è lieve.
     Ben la misura ugual l’un da l’altro have:
     quanto a punto l’un dà, tanto riceve.
     Chi vol due fiere audaci anime brave,
     cercar più là di queste due non deve,
     né cercar più destrezza né più possa;
     che n’han tra lor quanto più aver si possa.

98 Le donne, che gran pezzo mirato hanno
     continuar tante percosse orrende,
     e che nei cavallier segno d’affanno
     e di stanchezza ancor non si comprende;
     dei duo miglior guerrier lode lor danno,
     che sien tra quanto il mar sua braccia estende.
     Par lor che, se non fosser più che forti,
     esser dovrian sol del travaglio morti.

99 Ragionando tra sé, dicea Marfisa:
     - Buon fu per me, che costui non si mosse;
     ch’andava a risco di restarne uccisa,
     se dianzi stato coi compagni fosse,
     quando io mi truovo a pena a questa guisa
     di potergli star contra alle percosse. -
     Così dice Marfisa; e tuttavolta
     non resta di menar la spada in volta.

100 - Buon fu per me (dicea quell’altro ancora),
     che riposar costui non ho lasciato.
     Difender me ne posso a fatica ora
     che de la prima pugna è travagliato.
     Se fin al nuovo dì facea dimora
     a ripigliar vigor, che saria stato?
     Ventura ebbi io, quanto più possa aversi,
     che non volesse tor quel ch’io gli offersi. -

101 La battaglia durò fin alla sera,
     né chi avesse anco il meglio era palese;
     né l’un né l’altro più senza lumiera
     saputo avria come schivar l’offese.
     Giunta la notte, all’inclita guerriera
     fu primo a dir il cavallier cortese:
     - Che faren, poi che con ugual fortuna
     n’ha sopragiunti la notte importuna?

102 Meglio mi par che ’l viver tuo prolunghi
     almeno insino a tanto che s’aggiorni.
     Io non posso concederti che aggiunghi
     fuor ch’una notte picciola ai tua giorni.
     E di ciò che non gli abbi aver più lunghi,
     la colpa sopra me non vuo’ che torni:
     torni pur sopra alla spietata legge
     del sesso feminil che ’l loco regge.

103 Se di te duolmi e di quest’altri tuoi,
     lo sa colui che nulla cosa ha oscura.
     Con tuoi compagni star meco tu puoi:
     con altri non avrai stanza sicura;
     perché la turba, a cu’ i mariti suoi
     oggi uccisi hai, già contra te congiura.
     Ciascun di questi a cui dato hai la morte,
     era di diece femine consorte.

104 Del danno c’han da te ricevut’oggi,
     disian novanta femine vendetta:
     sì che se meco ad albergar non poggi,
     questa notte assalito esser t’aspetta. -
     Disse Marfisa: - Accetto che m’alloggi,
     con sicurtà che non sia men perfetta
     in te la fede e la bontà del core,
     che sia l’ardire e il corporal valore.

105 Ma che t’incresca che m’abbi ad uccidere,
     ben ti può increscere anco del contrario.
     Fin qui non credo che l’abbi da ridere,
     perch’io sia men di te duro avversario.
     O la pugna seguir vogli o dividere,
     o farla all’uno o all’altro luminario,
     ad ogni cenno pronta tu m’avrai,
     e come ed ogni volta che vorrai. -

106 Così fu differita la tenzone
     fin che di Gange uscisse il nuovo albore,
     e si restò senza conclusione
     chi d’essi duo guerrier fosse il migliore.
     Ad Aquilante venne ed a Grifone
     e così agli altri il liberal signore,
     e li pregò che fin al nuovo giorno
     piacesse lor di far seco soggiorno.

107 Tenner lo ’nvito senza alcun sospetto:
     indi, a splendor de bianchi torchi ardenti,
     tutti saliro ov’era un real tetto,
     distinto in molti adorni alloggiamenti.
     Stupefatti al levarsi de l’elmetto,
     mirandosi, restaro i combattenti;
     che ’l cavallier, per quanto apparea fuora,
     non eccedeva i diciotto anni ancora.

108 Si maraviglia la donzella, come
     in arme tanto un giovinetto vaglia;
     si maraviglia l’altro, ch’alle chiome
     s’avede con chi avea fatto battaglia:
     e si domandan l’un con l’altro il nome,
     e tal debito tosto si ragguaglia.
     Ma come si nomasse il giovinetto,
     ne l’altro canto ad ascoltar v’aspetto.