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Tribunal de la Inquisición por decreto del año próximo 1791 (con apoyo del Concilio Lateranense, terminado en 1517) a los maestros de filosofía siempre que les ocurran opiniones filosóficas que, dejadas sin explicación, pudieran ser dañosas al pueblo cristiano. Por lo demás, los lectores se reirán como yo al ver los caprichos, sandeces y necedades de Aristipo, Teodoro, Diógenes y demás cínicos; la metempsicosis pitagórica; el fanatismo republicano de Solón y otros; las manías de Crates; las aprensiones de Pirrón, Bión, etc.; el ateísmo de unos; el politeísmo de otros y, en una palabra, cuantos disparates hacían y decían algunos filósofos de éstos, pues la filosofía que no va sujeta a la revelación apenas dará paso sin tropiezo.
Cuando me ha ocurrido en el texto alguna voz de significación ambigua, la he dado la interpretación que me pareció más propia del lugar que ocupa y, además, he puesto casi siempre por nota la misma voz griega para que el inteligente la enmiende a su gusto. Así, las notas que pongo al pie del texto a sólo esto se dirigen, y a explicar algunas cosas no muy comunes y triviales.
Aunque los versos que hay en Laercio pudieran