Página:Literatura policial en la Argentina. Waleis, Borges, Saer.djvu/12

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L’Archiduc, es usted realmente el dia_blo?", le pregunta un juez de instrucción asombrado. El comisario, claro está, cultiva esta imagen y no descuida el recurso a los efectos teatrales para impresionar al auditorio y al lector (desde un punto de vista técnico, el narrador recurre a la tradicional elipsis), y esto a pesar de la ausencia del confidente (Holmes/\Natson, Poirot/Hastings), que servía para desta- car la inteligencia del protagonista. Su estatuto de policia le permite beneficiarse en el transcurso de sus investiga- ciones de todo el aparato legal. Así, la preciosa colaboración de los médicos, la minucia de las descripciones y de los diálogos conserva siempre un perfil pedagógico, ya que todo ello ilustra los progresos de la ciencia. Lo mismo ocurre con los procedimientos de la justicia y los mecanismos de su funcionamiento (informes, expedientes, interrogatorios; las confesiones de los culpables ocupan un espacio importante, aunque el misterio ya haya sido aclarado). El estatuto de investigador oficial que ostenta L'Archiduc lo expone a los riesgos propios del oficio, contrariamente a lo que ocurría con Dupin o Holmes. Es más, otro rasgo de su carácter lo acerca a los burócratas policias franceses y lo aleja de los modelos anglosajones: la capacidad de ir al encuentro del otro, de comprenderlo, de captar el mecanismo de su psicologia, rasgos distintivos todos ellos que tendrán su mejor encarnación en el comisario Jules Maigret. Frente al comisario L’Archiduc se yergue siempre el mal: el barón Campumil en La huella..., Enrique Latouret en la segunda novela, ambos autores de un crimen y personajes protagónicos de la intriga. Como tela de fondo, se halla el mal social que los ha conducido, para defender un honor maltratado por la infidelidad femenina (falsa en un caso, real en el otro), a cometer un asesinato. La misoginia del autor se ve apenas atenuada por el alcance de su mensaje: en el mundo occidental de finales del siglo XIX, la mujer es considerada como un ser inferior, no es dueña de su destino, y los matrimonios concertados por los padres son fuente de fracasos conyugales y la causa principal de las traiciones. Frente a tales ”delitos”, el hombre (el sexo masculino) no está protegido por la leyy notiene otra solución que la de hacersejusticia por si mismo (después de haber matado a su esposa, Latouretafirma: "Yo sabia que Elena me engañaba yque Comín era su amante... ¿Qué hacer? Sólo había una solución... Vengarme de los dos, salvar a mis hijos y no perderme... yo, que era víctima y que era inocente”). 12 es tan sorprendente que algunos cronistas lo comparan a Mefistófeles ("Señor