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BIBLIOTECA DE GASPAR Y ROIG.

ble de ella ante nuestra señora la critica, mal haria su merced en invocar contra nosotros en este momento el precepto clásico: Nec deus intersit. Ello es en fin, que el traje del Sr. Júpiter era muy particular, y que contribuyó no poco á calmar el tumulto de la muchedumbre, absorviendo toda su atencion. Llevaba el señor Júpiter una cota de malla cubierta de terciopelo negro con pasamanos de oro, y á la cabeza un gorro lleno de botones de plata sobredorada; y á no ser por el colorete y por las espesas barbas que cubrian cada cual una mitad de su rostro; á no ser por el rollo de carton dorado, lleno de lentejuelas y de tiras de oropel que llevaba en la mano, y en que cualquiera ojo algo sagaz, mal pudiera dejar de reconocer el rayo; á no ser por sus pies de color de carne y cubiertos de cintas á la usanza griega, bien hubiera podido aquel personaje, por la severidad de su vestimenta, sostener la comparacion con un arquero breton del regimiento de Monseñor de Berry.



II.


PEDRO GRINGOIRE.


En tanto que arengaba aquel personaje, la satisfaccion, la admiracion unánimamente excitadas por su vestimenta, ibanse desvaneciendo á medida que hablaba, y cuando llegó á esta fatal conclusion: «Apénas llegue el eminentisimo cardenal, empezaremos.» su voz se perdió en medio de una tempestad de zumbas y de silbidos.

¡Empiécese al punto! ¡El misterio! ¡el misterio! ¡al instante! Este era el grito universal, y por cima de todas las voces se oia la de Joannes de Molendino que hendia el tumulto como el pifano en una cencerrada de Nimes:—¡Empiécese al punto!—gritaba el estudiante.

— ¡Mueran Júpiter y el cardenal de Borbon!—vociferaban Robin Poussepain y toda la estudiantina apiñada en la ventana.

— ¡Al instante la moralidad!—repetia la muchedumbre;—¡al instante! ¡al instante! ¡y el palo y la cuerda para los cómicos y el cardenal!

— El pobre Júpiter, aturdido, trémulo, pálido bajo su colorete, dejó caer el rayo, y se quitó la gorra, y saludaba y temblaba diciendo en voz balbuciente:— Su eminencia—los embajadores—la señora Margarita de Flándes.... — El pobre diablo no sabia que decir; tenia miedo de que lo ahorcasen.

Ahorcado por el populacho si esperaba, ahorcado por el cardenal si no esperaba; no veia por ambos lados mas que un abismo, es decir, la horca.

Por fortuna, no falló quien viniese á sacarle de apuros, reasumiendo sobre si toda la responsabilidad.

Un personaje que estaba dentro de la balaustrada, en el espacio que mediaba entre esta y la mesa de mármol, y en quien nadie habia reparado aun, tanto su luenga y magra catadura se hallaba completamente á cubierto de todo rayo visual, por el diámetro del pilar en que se apoyaba; este personaje, decimos alto, flaco pálido, rubio, jóven todavia si bien lleno de arrugas en la frente y en las mejillas, con ojos brillantes y risueña boca; vestido de sarga negra, raida, y lustrosa á fuerza de puro vieja, se acercó á la mesa de mármol é hizo una señal al pobre paciente. Pero este todo confuso no veia ni oia.

Dió un paso mas hácia la mesa el personaje:

— ¡Júpiter!—le dijo, — ¡amigo Júpiter!

Pero el otro no le oia.

En fin, impaciente el rubio, le gritó casi debajo de las narices.

— ¡Miguel Gibornele!

— ¿Quien me llama? — dijo Júpiter como despertado en medio de una pesadilla.

— Yo: — respondió el personaje vestido de negro.

— ¡ Ah! — dijo Júpiter.

— Empezad inmediatamente, repuso el otro, y dad gusto al pueblo; yo me encargo de responder al señor alcaide, quien responderá al Sr. cardenal.

Júpiter respiró:

— Señores habitantes de Paris ,—dijo con toda la fuerza de sus pulmones á la plebe que continuaba toreándole de lo lindo, vamos á empezar inmediatamente.

—¡Evoe Júpiter! ¡Plaudite cives! — gritó la estudiantina.

— ¡Noel! ¡Noel! gritó el pueblo.

Siguióse un palmoteo atronador, y ya habia desaparecido Júpiter detras de su tapiz, cuando todavia retumbaban en la sala infinitas aclamaciones.

En tanto el personaje desconocido, que tan mágicamente habia cambiado la tempestad en bonanza, como dice nuestro querido y viejo Corneille, volvió modestamente á la penumbra de su pilar, donde sin duda hubiera permanecido invisible, inmóvil y mudo como hasta entónces, á no haberle sacado de ella dos muchachas, que , colocadas en la primera fila de los espectadores, habian observado su coloquio con Miguel Giborne—Júpiter.

— Señor.....— dijo una de ellas haciéndole señal de que se acercara.

— Calla, Lienarda,— dijo su compañera, fresca, bonita y prendida con veinticinco alfileres.—¿No ves que ese galan es lego, y que no le corresponde el titulo de señor, sino el de maese?

— Maese,—dijo Lienarda.

Acercóse el incógnito á la baranda. —¿Qué se ofrece, señoritas?— preguntó con amable cortesia.

— ¡Oh! nada,—dijo Lienarda toda confusa:— era esta mi vecina Gisquette—la—Gencienne que queria hablaros.

— No tal,—respondió Gisquette, modesta y ruborosa,—Lienarda os llamó señor, y yo la he dicho que se decia maese.

Bajaban los ojos las dos doncellas: el jóven que tenia muy buenas ganas de trabar conversacion, las miraba sonriendo:

— ¿Con que nada teneis que decirme, amables señoritas?

— ¡Oh! nada,—respondió Gisquette.

— Nada,—añadió Lienarda.

El macilento rubio dió un paso para retirarse; pero las dos curiosas no se sentían dispuestas á soltarle tan pronto.

— Maese,—dijo intrépida Gisquette con la impetuosidad de una esclusa que se abre ó de una mujer que se decide;—¿conoceis por ventura á ese soldado que va á hacer el papel de la señora virgen en el misterio?

— ¿El papel de Júpiter quereis decir?—respondió el anónimo.

— ¡Pues ya se ve que si!—dijo Lienarda.—¡Que tonta! ¿conoceis á ese señor Júpiter?

¡A Miguel Gidorne!—repuso el anónimo,—cierto que si.

— ¡Tiene unas barbas terribles!—dijo Lienarda.

— ¿Va á ser muy bonito eso que van á decir?— preguntó con timidez Gisquette.

— Sumamente bonito;—respondió el anónimo en tono altamente decisivo.

— ¿Qué será?—dijo Lienarda.

El buen juicio de la señora vírgen María, moralidad excelente, señorita.

— ¡Ah! eso es otra cosa,—repuso Lienarda.

Siguióse un breve silencio; al cabo de pocos momentos le rompió el incógnito.

— Es una moralidad nuevecita, y que no se ha estrenado todavia.

— Con que no es la misma que dieron hace dos años —dijo Gisquette, —el dia de la entrada del Sr. Le-