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NUESTRA SEÑORA DE PARIS.

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gado en que habia tres doncellas tan guapitas que hacian de.....

— De sirenas,—dijo Lienarda.

— En cuerecitos vivos, —añadió el jóven.

Bajó los ojos Lienarda pudibunda: miróla Gisquette é hizo otro tanto. El jóven prosiguió con blanda sonrisa.

— Era cosa por cierto que tenia que ver. Hoy representarán una moralidad hecha de intento para la señora Margarita de Flándes.

— ¿Y cantarán idilios pastoriles? — preguntó Gisquette.

— ¡Pues! estaria bueno,— dijo el incógnito;— ¡en una moralidad!!... No hay que confundir los géneros: si fuera una gangarilla, santo y bueno.

— Pues es lástima,—dijo Gisquette.— Aquel día me acuerdo que habia en la fuente del Ponceau hombres y mujeres salvajes que se peleaban y hacian mil travesuras, cantando villancicos y coplas pastoriles.

—Lo que conviene para un legado,—dijo con bastante sequedad el anónimo,—no conviene para una princesa.

— Y junto á ellos,—repuso Lienarda,—tocaban una porcion de instrumentos que producian grandes melodias.

— Y para que refrescara el pueblo,—continuó Gisquette,—echaba la fuente por tres caños vino, leche é hypocras, y bebia todo el que le daba la gana.

— Y un poco mas abajo de la fuente ,—añadió Lienarda,—en la Trinidad, habia un paso de la pasion con personajes que no hablaban.

— ¡Toma si me acuerdo!—exclamó Gisquette:— Dios en la cruz y los dos ladrones á derecha y á izquierda.

Entónces las dos parlanchinas, entusiasmándose con sus recuerdos de la entrada del Sr. Legado, empezaron á hablar las dos al mismo tiempo.

— Y mas allá, en la puerta de los Pintores, habia otras personas vestidas con mucho lujo.

— ¡Y en la fuente de los Inocentes, aquel cazador perseguia á una corza con tanto ruido de perros y de trompetas!

— ¡Y en la carniceria de Paris, aquellos patibulos que figuraban la Bastilla de Dieppe!

— Y cuando pasó el Legado—¿te acuerdas como dieron el asalto y no quedó un ingles con cabeza?

— ¡Y junto á la puerta del Chatelet, que habia aquellos señores tan majos!

— ¡Y en el puente del Change, que estaba todo entoldado!

— ¡Y cuando pasó el Legado, que echaron á volar sobre el puente mas de doscientas docenas de toda especie de pájaros! ¡Aquello si que era bonito!

— Pues mas bonito será hoy, repuso en fin su interlocutor que las escuchaba con evidente impaciencia.

— ¿Con que será muy bonito ese misterio?—dijo Gisquette.

— Seguramente ,—respondió; y luego:—Señoritas; yo soy su autor,—añadió con tono enfático.

— ¡Ah!—respondieron las dos petrificadas de admiracion.

— ¡Ya se ve que si!—respondió el poeta contoneándose lijeramente; es decir, los autores somos dos; Juan Marcaud, que ha serrado las tablas y levantado el teatro, y yo que he compuesto el drama.— Yo me llamo Pedro Gringoire.

El autor del Cid no hubiera dicho con mas altivez: Pedro Corneille.

Bien conocerán nuestros lectores que debe haber transcurrido cierto tiempo desde el momento en que se retiró Júpiter hasta el instante en que el autor de la nueva moralidad se reveló como hemos visto de súbito á la profunda admiracion de Gisquette y de Lienarda. Cosa notable; toda aquella muchedumbre, pocos minutos ántes tan tumultuosa, esperaba ahora con mansedumbre, fiada en la palabra de un comediante; lo que prueba esta verdad eterna, de que todos los dias vemos ejemplos en nuestros teatros; que el mejor medio de hacer que el público aguarde con paciencia es asegurarle que va a empezar inmediatamente.

Sin embargo, el estudiante Juan no se dormia en su capitel.

— ¡Ola! ¡hé!—gritó repentinamente en medio de la profunda calma que habia sucedido al tumulto. —¡Júpiter, señora vírgen, truhan de los demonios! ¿os burlais de nosotros? ¡el misterio ! ¡el misterio! empezad ó empezamos nosotros.

No fue necesario mas.

Una música ratonera de varios instrumentos hízose oir de pronto en el interior de la escena, levantóse el tapiz, y á ella salieron cuatro personajes ridiculos y pintorreados, trepando por la empinada escalera del teatro. Llegados que fueron á la plataforma superior, formáronse en batalla delante del público, á quien saludaron profundamente. Calló entónces la sinfonia y comenzó el misterio.

Los cuatro personajes, despues de haber recibido en numerosos aplausos la justa recompensa de sus saludos, entablaron en mediode un religioso silencio, un prólogo que no tendremos dificultad en pasar por alto, que no lo llevará á mal el lector. Es de advertir á mayor abundamiento, que el público, como suele acontecer en nuestros dias, se ocupaba aun mas en los trajes de los actores que en las relaciones que declamaban, para lo cual en verdad no carecian de fundamento. Iban los cuatro vestidos con trajes, la mitad blancos y la mitad amarillos, que no se distinguían entre si mas que por la calidad del material; era el primero de brocado de oro y plata, el segundo de seda, el tercero de lana y el cuarto de lienzo. Llevaba en la diestra una espada el primero de los personajes, el segundo dos llaves de oro, una balanza el tercero, el cuarto una azada; y para ayuda de las inteligencias poco perspicaces cuya vista no pudiese penetrar la trasparencia de aquellos atributos, leíase en enormes letras bordadas de negro al pié de la capa de brocado: Yo me llamo Nobleza; al pié de la de seda: Yo me llamo Clero; al del ropon de lana : Yo me llamo Mercaderia; y al del lienzo: Yo me llamo Trabajo. El sexo de las dos alegorias masculinas claramente lo indican á todo espectador sensato sus vestidos menos largos y las gorras que llevaban puestas, al paso que las dos alegorias femeninas , menos brevemente vestidas, ostentaban en la cabeza grandes caperuzas.

Seguramente hubiera sido necesario ser muy torpe ó muy malévolo para no comprender, por entre la poesia del prólogo, que Trabajo estaba casado con Mercaderia, y Clero con Nobleza, y que las afortunadas parejas poseian, á partes iguales, un magnifico delfin de oro, que estaban decididas á no adjudicar sino á la mas hermosa. Iban pues, por esos mundos de Dios, en busca de esta hermosura, y despues de haber desdeñado sucesivamente á la reina de Golconda, á la princesa de Trebisonda, á la hija del gran Kan de Tartaria, etc., etc. Trabajo y Clero, Nobleza y Mercaderia habian llegado á tomar algun lijero descanso á la mesa de mármol del palacio de Justicia prodigando á presencia del digno auditorio cuantas sentencias y máximas era entónces permitido propalar en la facultad de las artes en los exámenes, sofismas, determinaciones, figuras y autos en que ganaban su borla de doctores los licenciados.

Todo lo cual en efecto era sumamente bonito.

Y en toda aquella muchedumbre sobre la cual derramaban á porfia mares de metáforas las cuatro alegorias, no habia un oido mas atento, un corazon mas palpitante, dos ojos mas desencajados, un pescuezo