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BIBLIOTECA DE GASPAR Y ROIG.

Molendino!—gritaba uno de ellos á una especie de diablo rubio, agraciado y maligno, encaramado en los follajes de acanto de un capitel;—bien hacen en llamarte Juan del Molino, porque tus brazos y tus piernas se parecen no poco á cuatro aspas revoloteando por los aires.—¿Cuanto tiempo hace que estás ahi?

 —Por la misericordia del diablo,—respondió Joannes Frollo,—que hace ya mas de cuatro horas, y que espero, asi Dios me ayude, que me sean atendidas en el purgatorio en descuento de mis pecados. Como que he oido á los ocho sochantres del rey de Sicilia entonar el primer versículo de la misa mayor de las siete en la santa capilla.

 —¡Buenos sochantres!—repuso otro,—y que tienen la voz aun mas puntiaguda que sus bonetes. Antes de fundar una misa al Sr. S. Juan, hubiera debido informarse el rey de si le gusta al Sr. S. Juan el latin salmodiado con acento provenzal.

 —¡Solo por dar empleo á esos malditos sochantres del rey de Sicilia lo ha hecho!—gritó en tono de vinagre una vieja que estaba junto á la ventana.—¡Me gusta la especie! ¡Mil libras parisíes por una misa! ¡Y sobre el producto de los pescados de mar en los mercados de Paris, á mayor abundamiento!!!..

 —¡Silencio, bruja!—repuso un obeso y grave individuo que se tapaba las narices junto á la pescadera ¿era preciso fundar una misa ó queriais que recayese el rey enfermo?

 —¡Bien dicho, Sr. Gil Elcornudo, manguitero abastecedor de la casa real!—dijo al punto el estudiante engarabitado en el capitel.

 Una sonora carcajada de todos los estudiantes saludó al malhadado apellido del pobre manguitero abastecedor de la casa real.

 —¡Elcornudo! ¡Gil Elcornudo!—decian unos.

 —¡Cornutus et hirsutus!—añadia otro.

 —Pues ya se ve que si,—prosiguió el diablillo del capitel.—¿Qué diablos tienen que reir? ¡Ese digno barrigon es el muy venerable Gil Elcornudo, hermano de maese Juan Elcornudo, preboste de la casa real, hijo de maese Mayet Elcornudo, portero mayor, todos del bosque de Vincennes, todos vecinos de Paris casados de padre á hijo hasta la cuarta generacion!!...

 Aumentó con esto la algazara; el pobre manguitero, sin responder palabra, procuraba sustraerse á las miradas fijas en él de todas partes ; pero en vano sudaba y se sofocaba ; como una cuña que se hunde en la madera, sus esfuerzos no hacian mas que amoldar aun con mas solidez entre los hombros de sus vecinos su ancha cara apoplética encendida de cólera y despecho.

 Uno de sus vecinos, en fin, gordo, pequeño y respetable como él, vino en su ayuda.

 —¡Abominacion! ¡hablar así á un ciudadano esos bellacos de estudiantes! en mi tiempo, á buen seguro que los hubieran azotado con un haz de leña para quemarlos despues con él.

 Aquí perdió los estribos toda la turba estudiantina.

 —¡Hola, éh! ¿quien habla por ahí abajo? ¿quien es ese mochuelo?

 —Toma,—¿quién ha de ser? le conozco,—dijo uno;—maese Andres Musnier.

 —Porque es uno de los cuatro libreros jurados de la universidad,—dijo otro.

 —Todo se cuenta por cuatro en aquella tienda; las cuatro naciones, las cuatro facultades, las cuatro fiestas, los cuatro procuradores, los cuatro electores, los cuatro libreros.

 —Pues bien,—repuso Juan Frollo, hemos de hacerle el diablo á cuatro.

 —Musnier, quemaremos tus libros.

 —Musnier, solfearemos las espaldas de tu lacayo.

 —Musnier, achucharemos á tu mujer,

 —La rolliza y mantecosa señorita Oudarde.

 —Que se halla tan fresca y tan lozana como si ya estuviese viuda.

 —El diablo cargue con vosotros, ¡amen!—refunfuñó maese Andres Musnier.

 —Maese Musnier,—repuso Juan suspendido á su inminente capitel,—calla ó caigo sobre ti.

 Alzó los ojos maese Andres, midió de una ojeada la altura del pilar, calculó la gravedad específica del muchacho, multiplicó mentalmente esta verdad por el cuadrado de la velocidad, y se calló.

 Juan, dueño del campo de batalla, prosiguió triunfante.

 —Es que soy hombre para hacerlo como lo digo, aunque hermano de todo un arcediano.

 —¡Vaya una gente de mi flor ¡a de la Universidad! ¡no haber siquiera hecho respetar nuestros derechos en un dia como hoy! Hay árbol de mayo y hoguera en la Villa ; misterio, papa de locos y embajadores flamencos en la Ciudad, y en la Universidad, nada!

 —¡Pues no será porque sea pequeña la plaza Maubert!—repuso uno de los estudiantes acantonados en la baranda de la ventana.

 —¡Mueran el rector, los electores, y los procuradores!—exclamó Joannes.

 —Esta noche hemos de hacer una hoguera en el campo Gaillard,—prosiguió otro;—con los libros de maese Andres.

 —¡Y los pupitres de los copiantes!—dijo su vecino.

 —¡Y las varas de los bedeles!

 —¡Y las escupideras de los decanos!

 —¡Y los tinteros de los electores!

 —¡Y las mesas de los procuradores!

 —¡Y los taburetes del rector!

 —¡Mueran!—repuso Juanillo en fabordon—mueran los bedeles, y los doctores, y maese Andres y los teólogos, y los médicos, y los decretistas, y los procuradores, y los electores, y el rector.

 —¡Jesus! ¡se va á acabar el mundo!—murmuró maese Andres, tapándose las orejas.

 —¡Tate! ahora pasa el doctor por la plaza, gritó uno de los de la ventana.

 Todos se volvieron hácia la plaza.

 —¡Con que por ahí anda nuestro venerable rector maese Thibaut!—preguntó Juan Frollo de Molino que, encaramado en un pilar del interior, no podia ver lo que pasaba en la plaza.

 —Si, si,—respondieron todos los demas,—el es, maese Thibaut, el rector.

 En efecto, el rector y todos los dignatarios de la universidad acudian en procesion á recibir la embajada, y pasaban en aquel momento por la plaza de palacio. Los estudiantes, apiñados en la ventana, los recibieron al paso con sarcasmos y aplausos irónicos. El rector, que iba á la cabeza de su compañia, recibió la primera descarga, que no fue floja.

 —¡Buenos dias, Sr. rector! ¡Ola, ¡éh! ¡buenos dias!

 —¿Como ha hecho para estar ahí ese maldito jugador? ¿como quedan los dados?

 —¡Mira, y como va trotando en su mula, y tiene las orejas mas largas que ella!

 —¡Ola, éh! ¡salve, Sr. rector Thibaut! ¡Tybalde aleator! ¡Viejo! ¡bruto, jugador!

 —¡Dios te guarde! ¡ganaste mucho anoche!

 —¡Oh! y ¡que cara de viernes, negra, fea, envejecida en el amor del juego y de los dados!

 —¡A donde vas, Thibaut, Tybalde ad dados, volviendo la espalda á la Universidad y trotando hácia la Villa?

 —Irá á buscar casa á la calle Thibautaudé gritó Juan del Molino...

 Toda la pandilla repitió el equivoquillo con voz de trueno y frenéticas palmadas.

 —¡Con que vais á buscar casa á la calle Thibautaudé, no es verdad, señor rector, jugador de los demonios!