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BIBLIOTECA CALLEJA

y á esos dos rapaces, sube con ellos, y lávalos bien en seguida!)—¡Cuánto me alegro de ver á usted bien, señor Bumble!

Este señor Bumble era un hombre gordo y gruñón: así, en vez de contestar afectuosamente á la franca y cariñosa bienvenida, dió al postigo cerrado un vigoroso empujón, y luego una coz que sólo las piernas de un muñidor podían ser capaces de soltar.

—¡Señor, señor!—exclamó la señora Mann corriendo al jardín para descorrer el cerrojo del portón—. ¿Cómo habré podido olvidar que la puerta estaba cerrada á causa de esos benditos niños? ¡Dígnese usted entrar! ¡Entre usted, señor Bumble; se lo ruego!

Esta invitación fué acompañada de una reverencia capaz de ablandar el corazón de un pertiguero, pero que dejó insensible al muñidor.

—¡Cree usted que esa conducta es respetable y digna, señora Mann? ¿Es así como se recibe á los funcionarios de la Parroquia en funciones profesionales?—preguntó el señor Bumble apretando con fuerza el bastón y blandiéndolo—. ¿No se da usted cuenta, señora Mann, de que es usted, como puedo serlo yo, un delegado parroquial á sueldo?

—Esté usted seguro, señor Bumble, de que sólo me había retrasado un instante para decir á dos ó tres de esos queridos niños que tanto le aman que iba usted á venir—repuso con humildad la señora Mann.

El Sr. Bumble concibió una gran idea acerca del poder de su oratoria y de su importancia como funcionario: había desplegado la una y reivindicado la otra. Se apaciguó.

—¡Bueno, bueno , señora!—respondió con tono tranquilo—. Acaso sea como usted dice. Condúz-