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OLIVERIO TWIST

came adentro, porque vengo oficialmente. Tenemos que hablar.

La señora Mann introdujo al muñidor en un pequeño locutorio, le acercó una silla, y oficiosamente colocó su sombrero de tres picos y su bastón en una mesa ante Bumble, el cual se limpió el sudor que corría por su frente, miró complacido su tricornio galoneado, y sonrió. Sí, sonrió: aunque muñidor, no dejaba de ser hombre.

—Ahora no se ofenda usted por lo que voy á decirle—dijo ella con felina suavidad—. Ha hecho usted una larga caminata, y por eso me atrevo á hablar de esto. ¿No querrá usted tomar un sorbo de algo, señor Bumble?

—¡Ni un sorbo, ni medio!—repuso él rehusando con la mano derecha en actitud digna, pero satisfecho.

—¡Vamos; acceda usted!—dijo la dama, convencida por el tono y el gesto del muñidor de que debía insistir—. ¡Solamente un sorbo, con un poco de agua fresca y un terrón de azúcar.

El Sr. Bumble tosió. Ella insistió otra vez.

—Estoy obligada á tener siempre algo para esos benditos muchachos—dijo abriendo una a lacena, de donde sacó una botella y un vaso—. ¡Como es tan estomacal! ¡Ginebra, ginebra legítima! Puede usted estar seguro, señor Bumble.

—¿Y da usted eso á los chicos, señora Mann?—preguntó el muñidor mientras seguía con mirada codiciosa el interesante proceso de la mezcla.

—Sí; se lo doy en las gachas cuando están enfermos, aunque la fécula de maranta cuesta muy cara. ¡Adoradas criaturas! ¡Ya sabe usted que no puedo verlas padecer!

—No, no puede usted—afirmó el funcionario—. ¡Es usted una mujer humanitaria!—(Ella le presentó el vaso.)—Ya tendré oportunidad de comuni-