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BIBLIOTECA CALLEJA

—Creo que sí—contestó éste levantando los ojos—. La de ladrón. ¿Es eso?

—Sí; Y me avergonzaría de hacer otra cosa—. Al decir esto se encasquetó el sombrero de un sopapo, y miró á Carlos como desafiándole á opinar en contra—. Sí; esa es mi profesión, y también la de Carlos, y la de Fagin, y la de Anita, y la de Guillermo, y la de Isabel, y la de todos nosotros, comenzando por Fagin y acabando por Turco, que es el último de la cuadrilla.

—Y el menos dispuesto á hacernos traición—agregó Carlos.

—¡No sería él el que fuera á ladrar al banco de los testigos, aunque le tuvieran una quincena en cerrado y sin comer!

—¡Ni resollaría!—afirmó Bates.

—¡Es un perro magnífico!—prosiguió el Tramposo—. Cuando está con la compañía, ¡con qué aire amenazador mira al que ríe ó habla fuerte. Gruñe cuando oye tocar el violín, y de testa á los demás perros. ¡Es una alhaja!

—¡Ya lo creo!—dijo Carlillos.

—¡Bueno, bueno!—agregó Juan Dawkins volviendo á su tema—. ¡Eso no tiene nada que ver con este muchacho!

—Verdad. Oye, Oliverio: ¿por qué no te dedicas á ello?

—Habrías hecho tu fortuna.

—Vivirías de tus rentas, como pienso hacerlo yo.

—No me gustar—dijo tímidamente Oliverio—. Quisiera irme... Preferiría marcharme...

—Y Fagin prefiere que te quedes—replicó Carlos. Demasiado lo sabía Oliverio; pero juzgando peligroso explicarse más claramente, suspiró, y volvió á la limpieza de las botas del Tramposo.

—¡Va de ahí!—exclamó éste—. ¿No tienes co-