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BIBLIOTECA CALLEJA

necesitamos guardárselas. Me atrevo á decir que ni el muchacho las querrá ya. ¿Las quieres?

Oliverio, cuyos ojos habían centelleado al oir hablar de comida y que se estremecía por el ansia de devorarla, contestó afirmativamente. Colocaron, pues, ante él un plato lleno de residuos y rebañaduras.

Quisiera que uno de esos filósofos bien alimentados y satisfechos, pero de sangre helada y corazón de acero, hubiera contemplado la horrible avidez con que Oliverio, impulsado por el hambre, devoró aquellos fríos manjares despreciados por un perro; y, aun más que eso, hubiera querido ver al filósofo en la misma situación que al muchacho ante aquellos restos de comida.

—¡Bueno!—exclamó la señora, que había mirado con repugnancia el manjar y con miedo el apetito mostrado por el chico—. ¿Estás ya listo?

No viendo más que comer en la mesa, Oliverio contestó afirmativamente.

—Ahora vamos—añadió volviendo á la tienda—. Tú no pensarías dormir entre cajas de muerto; ¿eh? Pues poco importa que pensaras ó no. ¡Ahí tienes que dormir! ¡Buenas noches!

Oliverio se acostó en un rincón, obedeciendo mansamente á su nueva dueña.