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berry. Si hubiera titubeado un instante en castigar severamente á Oliverio, hubiera sido desde luego obsequiado—como no lo dudará el lector, de acuerdo con las acostumbradas reyertas conyugales—con los epítetos de bruto, marido desnaturalizado, ser ridículo, despreciable criatura que sólo tenía de humano el rostro, y varios otros calificativos, tan abundantes, que no cabe su mención en los límites de este capítulo.

Para hacerle justicia, es preciso hacer consignar que el hombre estaba muy bien dispuesto hacia el muchacho, hasta donde alcanzaban sus fuerzas, que no eran muchas: quizás obedecía esto á su interés comercial, acaso por el hecho de que su mujer le detestaba. Pero el torrente de lágrimas de su esposa no le dejaba resquicio alguno. En consecuencia, administró concienzudamente á Oliverio una corrección tal, que hasta la misma señora Sowerberry quedó satisfecha, é hizo inútil é innecesaria la subsiguiente aplicación del palo parroquial.

Durante el resto del día estuvo encerrado á pan y agua en la despensa vacía, y por la noche la propia señora, después de dirigirle á través de la puerta unas cuantas alusiones injuriosas para la memoria de su madre, con gran regocijo de Noé y de Carlota, abrió, y le ordenó subir las escaleras y acostarse en el ataúd que le servía de lecho.

Abandonado á sí mismo en la tienda triste y silenciosa, Oliverio dió rienda suelta á sus sentimientos y á las reflexiones que le sugerían los malos tratamientos que durante el día había padecido. Había escuchado los sarcasmos con desdén; había sufrido los golpes sin quejarse, sintiendo desarrollarse en su corazón infantil el orgullo que le impedía proferir una sola queja, aunque hubiera sido quemado vivo.

Pero cuando nadie podía verle ni escucharle, se