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DISCURSO PRELIMINAR. VH

tras Bernal Díaz quedaba en la Habana curando sus heridas; y ya repuesto, fué á ver al Gobernador, que á la sazón residía en Santiago de Cuba y «andaba dando mucha priesa en en- viar otra armada.» «Cuando le fui á besar las manos,» dice nuestro soldado, «como Velázquez éyo éramos algo deudos, él se holgó conmigo; y de unas platicasen otras me dijo, que si estaba bueno de las heridas para volver á Yucatán. É yo riyendo le respondí, que quién le puso nombre Yucatán; que allí no le llaman asi. E dijo: — Melchorejo, el que trujistes, lo'dice. E yo dije: — Mejor nombre sería la tierra donde nos mataron la mitad de los soldados que fuimos, y todos los demás salimos heridos. E dijo: — Bien sé que pasastes mu- chos trabajos, y así es á los que suelen descubrir tierras nue- vas y ganar honra; é su Majestad os lo gratificará, é yo así se lo escribiré. É ahora, hijo, id otra vez en la armada que hago, que yo haré que os hagan mucha honra.»

No eran, en verdad, necesarias grandes excitaciones para decidir un espíritu tan amigo de novedades como el de Ber- nal Díaz, quien al ver terminar el apresto de la armada, á cuyo frente había puesto Velázquez á su deudo Juan de Gri- jalva, sin vacilar fué á embarcarse con Alvarado y Montejo y Avila y los demás compañeros disponibles de la expedición de Francisco Hernández, el cual acababa de morir en su enco- mienda de Sancti Espíritus. Desde Santiago de Cuba se tras- ladaron los cuatro navios déla nueva armada por la costa del Norte al pueblo de Matanzas; de allí dieron velas el 5 de Abril de i5i8 con rumbo á Yucatán, y llegaron á los diez y ocho días á la isla de Cozumel. Al saltar en tierra los expedicio- narios, se les acercó una india moza que hablaba la lengua de Jamaica, «que es como la de Cuba,» dice Bernal Díaz; «y como yo y muchos soldados entendíamos muy bien aquella lengua, nos admiramos y la preguntamos cómo estaba allí, y dijo: que había dos años que dio al través con una canoa grande en que iban á pescar diez indios de Jamaica á unas isletas, y que las corrientes la echaron en aquella tierra.» De esta suerte, y no de otra, se han hecho varios descubrimien- tos que preocupan hondamente á ciertos hombres cavilosos,