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XVm BIBLIOTECA DE LOS AMERICANISTAS.

de Sandoval y los de los encomendados á otros conquista- dores, que al partir éstos para México se habían sublevado. En Guazacoalco supo nuestro historiador , porque de pú- blico se dijo, que, á pesar de tanta ñesta, le había pesado mucho á Cortés la llegada de la señora, y que ésta, á obra de tres meses, murió de asma, y no de violencias maritales como más tarde propaló malévolamente Ñuño de Guzmán.

En una de aquellas entradas, en que dispuso Luis Marín que fuese nuestro soldado por caudillo de otros tres compa- ñeros, para someter á los indios de Cimatán donde radicaba su encomienda, le tocó por ventura, y no buena, recibir la primera herida, «que me dieron, dice textualmente, de un flechazo en la garganta, que con la sangre que me salía, é en aquel tiempo no podía ap^etalla ni tomar la sangre, estuvo mi vida en harto peligro; y porque no me acabasen de ma- tar, meiescondí en unas matas, y aunque me tornaron á he- rir fui á las canoas donde estaba ya mi compañero Francisco Martín (pues los otros dos habían sido muertos por los indi- genas) y nos salvamos mientras los agresores se entretenían en registrar y repartirse la ropa de nuestras petacas. )\ Y no paró aquí en aquella ocasión la poca ventura de Bernal Díaz, sino que, teniéndole por muerto al ver que tanto retardaba su regreso á Guazacoalco, dispusieron en la villa de sus bienes y vendieron su hacienda, que sólo en parte pudo rescatar al volver junto á sus amigos, fatigado y mal- herido, después de veintitrés días de ausencia.

Este lance y otros, ocurridos á varios cabos y caudillos, hiciéronle comprender al capitán Luis Marín la casi imposi- bilidad de dominar el alzamiento con las cortas fuerzas de que disponía. Con tal persuasión fué á México para noticiar á Cortés el grave estado de la guerra y pedirle algún refuer- zo, «que el general le concedió de treinta soldados, con el encargo de someter también á los naturales de la provincia de Chiapa que se mostraban rebeldes y de poblar allí una villa» de que dependieran y les contuviese.

Penosas fueron las jornadas en aquel territorio, por la be- licosa calidad de sus habitantes, y por tener que abrir cami-