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XXn BIBLIOTECA DE LOS AMERICANISTAS.

flictos y tantas desdichas produjeron, no permanecía ocioso Bernal Díaz. Coadyuvando á los propósitos del Gobernador respecto de un Rodrigo Rangel, á quien para justificar cierta protección le había concedido la entrada ó conquista de los pueblos de Chontalpa, acompañó al novísimo capitán á aquella facción, en la que, como siempre, le tocó algo» pues recibió siete flechazos «por los cuales, dice, allí que- dara si no fuera yo muy armado, que con el mucho algodón de las armas se detuvieron la flechas, y todavía salí herido en una pierna.» Pero convencido Rangel de su falta de ap- titud para aquellas guerras, aunque aseguraba que en las de Italia había sido un héroe, desistió de la empresa delante de los inconvenientes para él invencibles, y tuvo que vol- verse á Guazacoalco, más á encubrir sus desdichas que á descansar y solazarse al grato calorcillo de la gloria.

La vuelta de éste y la de nuestro soldado á su villa coin- cidió con la llegada á México de los doce primeros frailes franciscos que Cortés había pedido á la metrópoli para doc- trinar á los numerosos indios sometidos. Deseando Bernal Díaz recibir sus bendiciones y participar del regocijo que tal suceso produjo, trasladóse á la capital; y además de esto para pretender del Gobernador le mejorase su encomienda de Cimatán, que le tenía poco satisfecho. Pero Cortés, que tampoco lo estaba bastante con la gloria alcanzada, olvidan- do, lo que bien se sabía, que el camino de la ambición no tiene término, proyectaba ya á este tiempo nuevas empre- sas; y como tratándose de ellas no se consagraba ni atendía á otra cosa nuestro desinteresado y aventurero historiador, á ellas dedicó todo el calor que para pretender llevaba.