Página:Recordacion Florida Tomo I.pdf/43

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XXXII Biblioteca de los Americanistas.

prometo, y empeño estas barbas, yo os haga muchas mercedes; que bien os lo debo antes de agora. — En fin, no aprovechó cosa ninguna; que no me dejó ir consigo.» ¿Tendría presente Castillo, al hacer su petición, el desaire inferido en Mexico á su jefe cuando aconsejándole que siguiese á su lado prefirió el de Sandoval? En consecuencia de la afectuosa negativa, tomó con Luis Marín y los otros de Guazacoalco la vuelta de Naco, después de darles Cortés un abrazo y encargarles que sin excusa alguna siguiesen la vía de Mexico y pasaran, si hubiese lugar, por «la provincia de Nicaragua para demandarla á su Majestad el tiempo adelante.»

 Contrarios vientos, temporales deshechos y acaso apocamiento del convaleciente y de los marinos, hicieron arribar dos veces al puerto de Trujillo el buque en que iba el conquistador, quien á la segunda arribada, teniendo por providencial aquella oposición de los elementos, pues no hay grande hombre que no tenga su peculiar superstición, decidió no contrariarla y esperar en aquella tierra, que tan mal le había tratado, circunstancias menos adversas. Resuelto á ello, envió contraórdenes á Sandoval, encargándole que quedara donde estuviese y no pasase adelante en el camino de Mexico: ¡pues todas estas precauciones creía necesarias el conquistador para evitar que se complicasen los asuntos políticos de su querida Nueva España, tan revueltos por los empleados del fisco constituídos en autoridad!

 El disgusto que en el campo de Sandoval produjeron las nuevas órdenes de Cortés, bien puede suponerse cuál sería en los que, cansados de conquistas, y de guerrear y de sufrir sin tregua durante largos años, ansiaban ya algún descanso. Tal les contrarió aquel mandato, que hasta maldiciones públicas dirigieron á su autor, murmurando y diciendo todos, según el mismo Bernal Díaz afirma: «que ya no había ventura en cuanto él ponía la mano;» atribuyendo nuestro soldado aquella decadencia del caudillo á la preocupación en que había caído desde la injusta muerte de Cuauhtemotzín. Ya desbordados en la arrebatadora corriente de la