Santiago Arabal: historia de un pobre niño

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Santiago Arabal
Historia de un pobre niño

de Julia de Asensi



A las señoritas Julia de Asensi y Paca de Alvarado dedica, en prueba de singular afecto, esta tirada de cien copias, que no se venden.

El editor. Marzo de 1894


Mis recuerdos alcanzan a cuando yo tenía unos cuatro años. Por esa época acababa de perder a mi madre y vivía solo con mi padre, pescador rudo que me amaba tiernamente.

Era yo entonces un muchacho fuerte y robusto que, apenas vestido, me pasaba el día en la playa jugando con otros chicos de mi edad. Curtido por el sol y el aire del mar, mi rostro hacía singular contraste con mis cabellos rubios y mis ojos claros. Iba sucio, harapiento, descalzo siempre y no recordaba haberme puesto sombrero jamás.

Cuando mi padre volvía de pescar, me encerraba en la pobre casa con él y me hacía acostar en su mismo lecho, después que cenábamos frugalmente.

Había detrás de aquellas paredes un huertecillo dividido por una valla en dos; la mitad nos pertenecía y la otra mitad era de la casa de al lado. En ésta vivía una mujer a la que nunca conocí más que por la Roja; no sé cuál sería su nombre. Era también viuda y había perdido un niño de dos años. En su lugar estaba criando, desde hacía próximamente uno, a una niña que le habían traído de la ciudad vecina y por la que le pagaban una pensión.

La Roja cosía y planchaba en las casas, dejando casi todo el día sola en el huerto a la criatura a la que a horas fijas iba a dar el pecho o alguna sopa fría y sin sustancia.

Como yo no estaba en casa más que por las noches o cuando iba a comer, no es de extrañar que apenas conociese a mis vecinas. Pero a los dos años de muerta mi madre, y cuando contaba ya seis, observé que aquella mujer, en la que antes ni me había fijado, se acercaba a mí con frecuencia, me acariciaba y me daba alguna golosina. Mi carácter salvaje me había hecho huir al principio de ella, pero aquellos bollos con que me obsequiaba, y que yo no había comido nunca, le granjearon al fin mis simpatías. Por la noche le contaba a mi padre lo que la Roja me había dado por la mañana o por la tarde.

Un día que me había quedado solo, como de costumbre, en vez de irme a la playa, se me ocurrió bajar al huerto en persecución de un gato que había visto entrar. En el jardinillo de al lado estaba la niña, que contaba unos tres años, llorando con el mayor desconsuelo. Como su llanto me molestase, la mandé callar y, no viéndome obedecido, cogí un pedazo de ladrillo que había en el suelo y lo tiré a la cabeza de mi vecinita. Sus gritos fueron entonces más lastimeros y, llevándose una mano a la frente, la retiró teñida de sangre.

No sé lo que pasó por mí; tuve vergüenza de haber maltratado a aquel ser débil e indefenso que me miraba con temor con sus negros ojos bañados de lágrimas, y saltando la valla, lo que no ofreció la menor dificultad para mí, me encontré al lado de la niña. Hasta aquel momento no la había mirado siquiera. Era encantadora; con sus cabellos castaños formando caprichosos bucles, su tez de una blancura deslumbradora que el cierzo no había podido curtir, su boca pequeña adornada de diminutos dientes y sus ojos de pura y bellísima expresión. Llevaba una camisa de tela muy gruesa, que dejaba al descubierto hombros y brazos, y una falda de percal bastante estropeada. Sus pies descalzos tenían algunos rasguños, lo mismo que sus piernas.

-Mira -me dijo enseñándome la mano manchada de sangre-, límpiame esto.

La cogí en mis brazos sin que opusiera la menor resistencia y, acercándome a un barreño casi lleno de agua, lavé la herida de su frente primero y la mano después, secándola con un pañuelo. Al contacto del agua lloró más, pero luego se serenó pronto, como ocurre a los seres que no tienen costumbre de ser consolados. Me miraba con ojos asustados y sin atreverse a huir.

-¿Cómo te llamas? -le pregunté.

-Rosa -me contestó.

-Eres una rosa muy linda.

-Rosa linda -repitió.

Y éste fue el nombre con que se quedó para siempre. Registré mis bolsillos, y habiendo encontrado una rosquilla de las que me diera la Roja y que guardaba para la merienda, la puse en su mano.

-¿Es para mí? -preguntó con timidez.

-Sí -le dije-, mañana te traeré otra, y pasado, y al otro y siempre.

-¿Como ésta?

- O mejor.

-¿Mejor?

-Sí. ¿No las comes en tu casa? ¡Pues si me las da la Roja!

Hizo con la cabeza una señal negativa y después, sentándose en el suelo, partió la rosquilla, me dio un pedazo muy pequeño, que no me atreví a rehusar, y se comió el resto, cuidando mucho de no mancharse.

Desde aquel día no pasó uno sin que viese a Rosalinda y la hablase. Perdido el temor que le causé al pronto, fue poco a poco tomándome cariño, y aquella pobre desheredada se consideró dichosa al verse amada y protegida por un amigo. Por mi parte sufrí un cambio total; lo que había en mí de brusco y de salvaje se dulcificaba al lado de aquella infeliz niña que vivía en la soledad y el abandono. Rosalinda tenía instintos elegantes y no tardó en hacer que me avergonzara de los harapos que me cubrían y de mi suciedad. Todas las mañanas me daba un baño en el mar, y antes de ir a ver a la niña, sacaba mi traje de los días de fiesta, que ya me estaba muy corto de pantalón y de mangas, para presentarme delante de ella. De esto resultó que cuando llegó el día del patrón del pueblo mi padre vio mi ropa tan deteriorada que no se atrevió a llevarme con él a la procesión.

La Roja solía volver a su morada a las dos, para dar el resto de comida de las casas donde cosía o planchaba a la pobre niña; ésta lo tomaba todo frío y junto en una cazuela, como se acostumbra a hacer con los gatos. Por la noche cenaba poco más o menos lo mismo; lo único agradable para ella era el desayuno, que se componía de una taza de leche y un pedazo de pan muy moreno. No trataba la Roja ni bien ni mal a la criatura, a la que veía poco; le bastaba con que viviese y poder atestiguarlo para cobrar la pensión que mensualmente le entregaba un hombre vestido de negro. Rosalinda había aprendido a andar y a hablar gracias a una vecina que iba todas las noches a visitar a la Roja, y que se había compadecido de la niña enseñándole ambas cosas. Completé sus lecciones, y pronto mi amiga pudo seguir una conversación conmigo.

Pasaba yo a su huerto después que su nodriza se marchaba y permanecía allí tres o cuatro horas. Le llevaba conchas y caracoles, con los que jugaba, porque tampoco tenía otra cosa con que hacerlo. A nadie hablaba de mi conocimiento con la niña, y seguramente no se hubiera averiguado si Rosalinda, a la que contaba cuanto hacia en la playa, no hubiese manifestado deseos de ir una mañana conmigo. Fácil me fue, cogiéndola en mis brazos, hacerla pasar al otro lado de la valla y salir al campo una vez que se encontró en mi huerto. Iba ella con el temor natural del que nunca se ha visto ante tanto espacio y entre gente, pero yo la llevaba de la mano y me figuraba que con mi protección tenía bastante defensa.

La vista del mar le causó un profundo asombro mezclado al pronto de terror.

La marea, que estaba muy baja, dejaba al descubierto unas peñas en las que nos sentamos. Mojaba con delicia sus pies en los charcos de agua salada y cogía las conchas que nos arrojaban las olas al estrellarse cerca de nosotros. Varios muchachos se bañaban, pero yo no me atrevía a hacerlo por no dejar a Rosalinda sola.

-¿Quieres tú bañarte? -le pregunté.

-Contigo sí, con esos chicos no -me contestó.

Y es que los niños, que no la conocían, la miraban con ese descaro propio de la infancia que no tiene para qué ocultar sus sensaciones cuando hay algo que excita su atención.

-¿Quieres que yo me bañe? -proseguí.

-No, porque te irás lejos y me quedaré sola.

Renuncié por ella a echarme al agua, y comprendiendo que se hacía tarde, traté varias veces de llevarla a su casa.

-No, déjame un poquito más -me decía.

Entretenidos en jugar, no habíamos observado que la marea iba subiendo.

Una ola llegó hasta nosotros, y hubiese arrastrado a la niña si no hubiera tenido tiempo de separarla tomándola en mis brazos, pero no pude evitar que la mojase; su ropa y la mía estaban completamente caladas.

-Vamos a casa -le dije.

Y llevándola de la mano echamos a correr.

Cuando llegamos la hice acostar en el lecho de mi padre y mío, y puse la ropa en el huertecillo para que se secara. La mía se secó con el calor de mi cuerpo, pero no era esta la primera vez que me ocurría. Habíamos perdido la noción del tiempo, y cuando llegó la Roja no encontró a Rosalinda en su jardín. La vi buscar por todas partes, y cogiendo las pobres prendas que solían cubrir a la criatura, se las llevé a la alcoba para que se vistiera. Estaba dormida y me costó trabajo despertarla. Entre tanto oía la voz de mi vecina que gritaba:

-¡Santiago! ¡Santiaguito!

Indudablemente no sospechaba de mí. Tardé en acudir para dar lugar a que la niña se vistiera, y al fin salí al huerto.

-¿Has visto tú a la chiquilla por algún lado? -me preguntó visiblemente alterada.

Tuve que decir parte de la verdad; esto es, que se hallaba en mi casa, que la había hecho pasar para que jugase conmigo. Pero ella con maña siguió interrogándome y no tardó en averiguar todo lo ocurrido.

-Tráemela -me dijo cuando dejé de hablar.

Fui en busca de Rosalinda, que se resistía a seguirme, y la acerqué a la valla alzándola para que la Roja la cogiese.

-¿No te había dicho que no salieras nunca de casa? -le preguntó-. ¿No sabes que soy responsable de lo que, pueda sucederte? ¡Estás helada y vas a coger un mal! Pero yo te haré entrar en calor.

Y dicho esto, empezó a golpearla con tal furia que la pobre niña, tan paciente de costumbre, lanzaba desgarradores gritos.

No sé lo que pasó por mí; me cegué y tiré a la Roja cuanto hallé a mi alcance; luego salté la valla y la pegué con toda mi fuerza con pies y manos.

La Roja soltó a Rosalinda, que fue a refugiarse en un rincón del huerto, y mirándome con una expresión de cólera que no olvidaré jamás, exclamó:

-Tú me las pagarás, y más pronto de lo que supones.

Aquella tarde no volvió a salir de su casa y esperó sentada a su puerta que mi padre regresara. Poco me importaba que le dijera lo ocurrido; mi padre era bueno y alabaría que hubiese tomado la defensa del débil. En esto me esperaba un cruel desengaño. Apenas llegó y se enteró de lo que había pasado, me castigó haciéndome sentir por vez primera la fuerza de sus manos.

-Es menester que le mandes a la escuela -dijo la Roja- hasta que pueda ayudarte a trabajar.

-Mañana mismo le pondré -contestó mi padre.

-Es que, si no, hazte cuenta de que no existo y todo acabó entre nosotros.

Vagamente comprendí el sentido de estas palabras, porque ignoraba lo que todo el pueblo sabía: que la Roja había logrado hacerse amar de aquel pescador rudo desde la época en que trató de atraerme dándome golosinas. Su imperio era tan grande sobre él, que no necesitaba ya fingir cariño al hijo para dominar al padre.

Desde el siguiente día fui a la escuela; tenía por aquella época unos ocho años y aún no sabía nada. Allí aprendí en poco tiempo a leer de corrido, a escribir mal y a contar bien.

Los domingos solía ver un rato a Rosalinda, porque también iba la niña los otros días al convento, donde las monjas habían empezado su educación. Cuando ni ella ni yo teníamos clase nos hablábamos por el huerto, pero sin saltar la valla por temor a que llegaran la Roja o mi padre y nos viesen juntos. Yo le enseñaba mis premios, que consistían en estampas, y ella los suyos, que eran medallitas doradas que llevaba con un cordón al cuello. Iba mejor arreglada que antes, con un vestido de percal, una especie de blusa a cuadros negros y blancos, y llevaba medias y zapatos. Yo también había mejorado de traje y usaba calzado, porque en la escuela no me hubieran admitido de otro modo. Rosalinda estaba más bonita cada día, pero yo veía cómo aumentaba su tristeza y adivinaba que la pobre niña necesitaba, como los pájaros, aire y libertad. Al preguntarle si me quería en diversas ocasiones, me respondía siempre:

-Más que a nada ni a nadie, porque no quiero en el mundo sino a ti.

¡Pues y yo! Hubiese dado mi vida por ella y mis pensamientos volaban hacia aquella angelical criatura a todas horas, sin que su imagen se borrara de mi mente jamás.

Entraba en la escuela a las nueve, salía a las doce, comía con mi padre en cualquier figón, en el que estábamos citados, y volvía al colegio desde la una hasta las cinco. Al regresar un día encontré en la plaza un entierro. En un féretro descubierto llevaban a una niña de siete a ocho años, vestida de blanco y coronada de flores. Su rostro del color de la cera, sus ojos cerrados, su boca que dejaba ver los blancos dientes, el cabello rizado, ignoro si naturalmente o por la mano de las que la habían amortajado, adornándola para ir a la tumba, me hicieron pensar en mi pobre Rosalinda y las lágrimas acudieron a mis ojos.

-¡Dios te bendiga, rapaz! -me dijo una mujer-. Buen corazón tienes cuando lloras los dolores ajenos.

Iba acompañando a la muerta y siguió su camino. Yo miré el cortejo fúnebre, compuesto de algunos hombres con capa, algunas jóvenes con mantilla a la cabeza y varias niñas de la edad de la muerta, que llevaban las cintas que pendían de la caja. La indiferencia con que estas criaturas miraban a su compañera me hizo daño. Si Rosalinda hubiera muerto, ¿podría acaso sobrevivirla yo?

Fui aquella tarde a esperarla a la salida del colegio, para lo que dejé de ir a la escuela, porque tenía que abandonar la clase después que ella. A las cuatro y media la vi entre algunas niñas, y ya me iba a acercar, cuando una voz hirió mi oído exclamando:

-Yo le diré a tu padre que haces novillos.

Era la Roja, que cosía en un piso bajo cerca de la ventana.

Mi padre, en efecto, me castigó, y no volví a faltar a la escuela.

Allí estuve hasta que cumplí los once años. Por esa época, el hombre que hasta entonces había pagado puntualmente la pensión de Rosalinda no volvió a parecer, y la nodriza decidió que, si en el plazo de seis meses no le daban dinero ninguno, metería a la criatura en un asilo, porque ella no la podía mantener. Es verdad que la Roja trabajaba sin descanso para ahorrar algunas monedas que la ayudaran a pasar el día de mañana su vejez, que no tenía nada sobrante, aunque era arreglada y económica; pero esto no me hacía comprender cómo podría separarse sin pena de aquella niña angelical que tenía al lado suyo desde hacía ocho años.

Había visto muchos domingos a las huérfanas del asilo que salían a pasearse al campo en compañía de algunas religiosas. Me parecía que todas tenían el mismo rostro pálido y ojeroso; recordaba a muchas con los ojos malos, las veía feas, con sus trajes antiartísticos que les llegaban hasta los pies, aunque fuesen muy pequeñas, unos pañolitos negros a la cabeza, como negro era asimismo el vestido, cual si llevasen el luto de ajenas culpas. Caminaban de dos en dos, sin poder separarse para correr junto a las otras, y se me oprimía el corazón al pensar que mi Rosalinda fuese entre ellas y como ellas.

Como había dejado de asistir a la escuela, iba a pescar con mi padre, y esta vida era mucho más de mi gusto que la que llevara hasta entonces. Era mala, en verdad, penosa y corríamos algunas veces grandes peligros; pero aquello me importaba poco, quería el trabajo rudo para mí y el bienestar y el descanso para Rosalinda.

Hallábase a punto de cumplirse el plazo que la Roja había fijado para separarse de la niña, y el hombre que pagaba antes las pensiones no había vuelto. Rosalinda me hablaba de esto las raras veces que tenía ocasión de verla, y lloraba sin cesar porque iba a separarse de mí y ya no podría más que mirarme de lejos. El temor que su nodriza le inspiraba era mayor cada vez, y no se atrevía a decirle que no la abandonase por Dios.

Una tarde que estaba el mar más alborotado que de costumbre, cuando íbamos a embarcarnos, me dijo mi padre:

-Santiago, no quiero que hoy vengas conmigo; hay un peligro que correr y prefiero no llevarte.

-¿Eso que importa? -le repliqué-. Si usted me faltase, ¿qué sería de mí? Más vale que nos ahoguemos juntos.

-En eso te sobra la razón, muchacho -murmuró-; pero insisto en que no vengas.

No tuve más remedio que obedecer.

Dos o tres horas después estalló una terrible tormenta. Las mujeres de los pescadores acudían a la iglesia para implorar la misericordia divina. Nada más angustioso que el llanto de las unas, los suspiros de las otras y la muda desesperación de las más. Luego corrieron a la playa, llevando varias a sus pequeñuelos, cuando la tempestad se calmó un tanto. Yo iba con ellas, y como ellas miraba hacia el mar para ver si volvía la lancha de mi padre. Era ésta bastante vieja y se llamaba Candelaria. No sé cuánto tiempo pasamos así. A la tormenta había sucedido una calma completa, y los pescadores podían regresar de un momento a otro, sin correr ya el menor peligro. Entonces vi a la Roja que acudía a la playa.

-¿Y tu padre? -me preguntó con ansiedad.

-En la mar -le contesté.

-¿Solo?

-Con Benito; no quiso llevarme.

¿Amaría aquella mujer realmente al pobre pescador al que había procurado atraerse, cuando él no había fijado la atención en ella? Parecía tan conmovida como yo, y no se apartaba de mi lado.

Poco después divisamos a lo lejos varias barcas; todos nos acercamos a la orilla y no tardamos en oír decir:

-Esa es la Carmen, ésa la Joven Amalia, ésa la Bilbaína.

En cambio la Candelaria y la Carlota no parecían; en esta última había salido un marinero con su hijo y su yerno.

El segundo triste y abatido, venía la Joven Amalia, cuyos marineros habían logrado salvarle de una muerte segura.

-¿Y tu padre y tu cuñado? -le preguntaron.

-Muertos, sin duda, y perdida la barca -contestó como si sintiera por igual aquellas desdichas.

-¿Y Vicente Arabal?

-Muerto también. Benito se ha salvado en la Perla, que vendrá después, porque le llevábamos alguna delantera. La Candelaria ha quedado inservible, pero era vieja.

Al oír la noticia del fin desastroso de mi padre no pude contener un grito desgarrador, al que siguieron los sollozos de la Roja. Me abrazó, y yo, olvidando mis resentimientos con aquella mujer, mezclé mis lágrimas con las suyas.

Mi desgracia era cierta, pues se encontró el cadáver de mi padre, que fue enterrado al día siguiente. Le acompañé al cementerio, causándome una cruel impresión cuando vi que le echaban en la fosa, que cubrieron de tierra después. Cogí un puñado de flores silvestres que crecían en la triste mansión y lo esparcí sobre aquella tumba, que antes era ya de otros muchos.

Al volver a mi casa no pude contener el llanto; me fui al huertecillo y me senté pensando en mi soledad y mi desgracia. Sentí entonces que unos brazos rodeaban mi cuello y que unos frescos labios acariciaban mi cabello y mi rostro. Era Rosalinda, que había saltado la valla que nos separaba y que me prestaba sus dulces consuelos.

-No llores, Santiago -me dijo la niña-; tu padre te falta, pero te quedo yo, que te quiero tanto como él.

Su voz hizo que mis lágrimas se secaran.

-Puesto que la Roja va a meterte en un asilo, ¿por qué no te quedas aquí conmigo? -le pregunté.

Ella tenía mucha más inteligencia que yo, y las cosas que no sabía las adivinaba.

-No me dejarían a tu lado -contestó-; lo que harían sería llevarte a ti a un asilo y a mí a otro. Los niños que no son hermanos no viven juntos.

-¿Te separarás, pues, de mí?

-Sí, pero me moriré de pena.

Al día siguiente había tomado una resolución y me presenté en casa de la Roja cuando la vi volver de su trabajo. Con lágrimas en los ojos y con el acento de la mayor convicción le supliqué que me permitiera vivir con ella, que yo trabajaría, dándole cuanto ganase, pero con la condición de que dejara a Rosalinda a mi lado.

-Siéntate, Santiago -me contestó ella-, y fíjate en lo que te voy a decir. No tienes aún doce años y no conoces las necesidades de la vida, que en breves palabras te voy a explicar. Desde mi infancia estoy trabajando; entonces no ganaba nada; luego, poco a poco, he llegado a lo que tengo hoy: dos reales diarios cuando coso y cuatro cuando plancho. No creas que esto no es nada para un pueblo pequeño como éste; raros son los jornales así que se cobran. Con ese dinero no puedo mantener a Rosa y a ti, vestiros, calzaros, pagar la contribución y vestirme y calzarme yo; no trato de mis alimentos, porque me los dan en las casas donde trabajo. De ese jornal aparto una cuarta parte desde hace años para que no me falte un pedazo de pan en mi vejez, que nada hay más triste y desamparado que la vejez del pobre. Mientras he cobrado la pensión de la niña he podido ahorrar más, pero faltándome ésta, mi modesto jornal no bastaría.

-Trabajando yo...

-No me interrumpas, te lo ruego. Tu padre era un hombre fuerte al que no arredraban las más duras faenas, y a pesar de eso no ganaba para que vivierais los dos. Hacía algún tiempo que había tomado dinero a préstamo sobre su casa, tanto, pobre niño, que ni eso te quedará, porque la propiedad vale poco y el tío Feliciano ha dado ya por ella bastante. Ha dicho que pronto, o pagarás el alquiler, o tendrás que marcharte a otro lado; no sé si te dejará ni el novenario tranquilo. Yo te ofrezco, si lo aceptas, un rincón en mi casa para que duermas, pero no me pidas más. No soy mala, he querido a tu padre desde que éramos niños, como tú quieres a Rosa; él se casó con otra, yo con otro después, y cuando quedamos viudos los dos esperé que me diera su nombre, a lo que se negó. «Soy muy pobre para contraer más obligaciones», me decía. Para mí la causa de no casarse conmigo era el temor de que te tratase mal, porque no ocultaré que tengo el carácter algo violento. No es fácil estar de buen humor en casa cuando se ha estado trabajando todo el día. Algunas veces te he odiado pensando que por ti no se casaba conmigo Vicente; hoy te quiero porque es lo único que me queda de él. Esperar que tú, que eres aún pequeño, ganes tu sustento y el de la niña, sería una verdadera locura. Si pides a un pescador que te lleve en su barca, porque no tienes la tuya, que el mar te deshizo, te dará la comida por tu ayuda y no le podrás exigir más. Y eso si encuentras quien te admita, que la mayor parte de esos desgraciados, cargados de hijos, no tienen puesto vacante para el hijo ajeno. Respecto a la niña, mejor que a tu lado y al mío estará con esas buenas religiosas, que la harán ser una mujer trabajadora y honrada. Hay en el asilo de Desamparadas una vacante y me la han prometido para Rosa, que dentro de ocho días entrará allí.

No me dejó protestar, y continuó

-¿Piensas que es una niña abandonada y sin familia? Si lo has creído te equivocas. Tiene padres, y hasta hace poco he sabido de ellos todos los meses y les he enviado noticias de su hija. Cerca de nueve años hará que un caballero vino a buscarme porque le habían dado buenos informes míos y sabía que criaba a mi hijo muy hermoso. Aquel señor me dijo que le habían destinado a Ultramar, que su esposa quería seguirle con los dos niños mayores, pero que la pequeña era muy delicada, que su madre no había podido criarla y que preferían no llevársela por no exponerla a sufrir las con secuencias de un viaje largo y penoso. Me encargó que la cuidase mucho, y que si él no volvía antes de que cumpliera los cinco años, la pusiera en un colegio; añadió que me pagaría bien y que si a su regreso no le había ocurrido a su hija nada desagradable me daría en recompensa una buena suma. Como por mi trabajo no podía llevarme a la niña conmigo, me pareció más prudente y más seguro dejarla encerrada en el huerto, donde estaba al aire libre y al sol, que consentir que hiciese conocimiento en la calle con los pilluelos del lugar, de los que no eras tú de lo mejor. ¿Cómo me había de figurar que abandonarías tus costumbres de pasar el día en la playa para buscar la amistad de una niña menor que tú y que apenas sabía hablar? Ahora comprenderás el furor que se apoderó de mí cuando me enteré de que la habías sacado de casa y que podía haberse ahogado; es la única vez que he tratado mal a Rosa; ella te lo puede decir, y eso porque no supe contenerme. A la edad fijada por su familia la mandé a la escuela, la vestí mejor; y así ha continuado hasta ahora. En la actualidad no la perjudico si la llevo al asilo; si viniera su padre a buscarla, la sacaría de él fácilmente; si no viniera, las monjas la tendrían hasta que cumpliese los diez y ocho años, y entonces, o se pondría a servir, o se casaría con un hombre honrado que con su trabajó pudiese mantenerla. Ese hombre serás tú u otro cualquiera; no sería yo quien impidiese vuestro matrimonio; pero si vuelve su familia no pienses en ello siquiera, porque la unión sería tan desigual que tú mismo te avergonzarías de ella.

Cesó de hablar la Roja, y no supe qué contestarle. Rosalinda, que escuchaba también en silencio, no se atrevía ni a moverse y permanecía sentada en un rincón y con los ojos bajos. Al fin su nodriza tomó otra vez la palabra para decirme:

-Ya sabes lo que te he ofrecido, y me alegraré que lo aceptes; ahora vete a descansar, que bien lo necesitas, y yo también, que tengo que madrugar mucho mañana.

Me despedí de ella y de la niña y salí por el huertecillo para entrar en mi casa. Pero aquella noche no dormí. En mi mente empezaba a agitarse un plan que me pareció al pronto descabellado, y poco a poco se me fue presentando como más realizable. Puesto que mi padre había muerto, se había hecho pedazos mi barca y me iban a arrojar de la casa donde nací, ¿para qué necesitaba yo permanecer en mi pueblo? ¿No podía huir a otro, yendo lejos, muy lejos, y llevarme a Rosalinda? ¿Querría ésta seguirme? Eso era lo que necesitaba averiguar. Tenía por delante seis o siete días, puesto que antes no sería llevada al asilo, y esperaba que en alguno de ellos conseguiría hablarla.

El cura me hizo llamar, y por él supe lo que ya me había dicho la Roja, que Feliciano se quedaba con mi casa y que ningún poder humano lograría impedirlo, puesto que no había dinero para rescatarla. Se había iniciado una suscrición para mí, y con ella se había pagado mi luto, sobrando algunas monedas, que guardaba el sacerdote para emplearlas en lo que más me conviniese. Dos medios únicamente se presentaban para ofrecerme un albergue: que me fuera con Benito el pescador para prestarle mi ayuda, o que me llevaran a un asilo, añadiendo que, como huérfano de padre y madre, no presentaría dificultades mi admisión. ¡Siempre el asilo! Esto es, la pérdida de mi libertad, la sujeción, la vida entre extraños.

Di las gracias al cura y le prometí volver.

Ya en mi casa, busqué mi ropa, para hacer con ella un lío que pudiera llevar fácilmente, y al mirar entre la de mi padre me encontré en uno de sus bolsillos 12 pesetas. Puesto que era yo el heredero de su barca, si no se hubiese roto, y de la casa, si no hubieran dado algunos duros por ella, aquel dinero debía ser mío, y sin escrúpulo me lo guardé. Hecho esto, esperé a que Rosalinda volviese del colegio, que era tres o cuatro horas antes del regreso de la Roja, para hablarla en el huerto.

Llegó la niña a su casa, y al verme una sonrisa angelical iluminó su rostro. Salté la valla, y me hallé junto a ella. La abracé, y la pobre criatura, apoyando su cabeza en mi pecho, lloró con el mayor desconsuelo.

-Santiago, no quiero separarme de ti -me dijo.

Le hice sentar a mi lado, sequé sus lágrimas y empecé de este modo:

-Rosalinda, he decidido irme de este pueblo para buscar trabajo en otra parte; creo que lo encontraré en una fábrica, como pescador o, en último caso, en el campo; hay segadores menores que yo. Si deseas no separarte de mí, ven te conmigo, y aunque tenga que pedir limosna no te faltará que comer. Si te decides, mañana cuando salgas de la escuela nos iremos, y al volver la Roja ya llevaremos mucho camino andado. ¿Quieres?

-Sí -me contestó-; pero si me busca y me encuentra...

-No será fácil.

-Si da mis señas...

-¿Y cómo evitar eso?

Me quedé un rato pensativo, y al fin una idea luminosa surgió en mi mente.

-Tengo -le dije- alguna ropa de cuando era menor y puedes ponértela; te tomarán por un niño, y así las señas no coincidirán con las que ella dé. Voy a hacer otro lío para tenerlo todo preparado.

Me pareció oír ruido en casa de la Roja y salté precipitadamente la valla, sin despedirme de Rosalinda. ¿Nos habría escuchado? ¿Cómo volvía más temprano que de costumbre?

Fue esto debido a una casualidad, pero me alarmó, porque pudiera repetirse. Oculto detrás de unos arbustos de mi huerto, vi a la Roja, que miraba con recelo a todas partes, como si hubiera adivinado mi presencia, y habiéndose quedado allí más de una hora no pude salir de mi escondite.

Por la noche tomé la ropa que me pareció más a propósito para la niña y esperé con impaciencia la llegada del siguiente día. La Roja estaba algo indispuesta, y no fue a planchar. La enfermedad resultó, sin embargo, pasajera, y a la otra tarde logramos poner en ejecución nuestro plan. Pronto trocó Rosalinda su traje por otro de niño, llevándome su ropa por si la necesitaba algún día. No había llegado allí la moda que deja crecer los cabellos de las niñas desde sus primeros años, así es que mi amiga, como las demás del pueblo, tenía el pelo bastante corto; era, sí, muy rizado. En un momento se peinó ella como un muchacho, y poniéndose una boina se dispuso a seguirme. Hacía algunos años que no llevaba pendientes; de los que trajo de casa de sus padres, unos aros de oro, el uno se le había roto y perdido el otro, sin que la Roja, poco aficionada a lo superfluo, hubiese cuidado de reemplazar aquel adorno en las orejas de la criatura. Ella cogió el hatillo que contenía menos ropa y el más grande yo.

Al extremo de mi huerto había una puertecilla que daba al campo. Hacía dos días que había buscado la llave, no queriendo dejar nada para el último instante. Por allí salimos, y dando la mano a Rosalinda, echamos a correr para alejarnos lo más pronto posible del lugar. No tardamos en perderle de vista. Insensiblemente habíamos aflojado el paso, y a las dos horas de abandonar nuestras casas íbamos casi despacio.

El camino era encantador, y más de una vez nos detuvimos para coger moras y comerlas. En un ventorrillo compramos un poco de pan, y ésta fue aquella noche nuestra cena; pero no era menos frugal otras veces.

Descansamos al pie de un árbol donde crecía menuda hierba. Rosalinda, rendida por la fatiga, se durmió, y velé su sueño, combatiendo el mío por temor de que si me entregaba a él me quitaran a la niña. Mi hatillo le sirvió de almohada.

Antes de amanecer ya estábamos en pie los dos. Lavamos rostros y manos en un arroyo y continuamos alegres nuestro camino. Compramos pan en otra venta y un cuartillo de leche a un pastor que llevaba sus cabras por el campo, y aquello acabó de reanimar nuestras fuerzas.

Rosalinda, que andaba generalmente muy poco, fue la primera que se cansó. Por fortuna, encontramos a dos chicos que iban guiando un carro con paja y que consintieron en dejarnos subir a él. Aquello nos hizo alejarnos considerablemente del pueblo y sin fatiga, porque ellos iban a un lugar algo distante.

No se me ocultaba que con el dinero que teníamos no podía hacerse casi nada; así es que, habiendo visto a lo lejos unas ruinas, pregunté a Rosalinda si no tendría inconveniente en que pasáramos allí la noche para no gastar en la posada ni dormir a la intemperie. Su respuesta fue afirmativa, y llevando a la niña de la mano, nos dirigimos con lentitud al sitio que debía darnos albergue por unas cuantas horas.

Estaba más distante de lo que había creído, y mi compañera llegó con la mayor dificultad allí. Sus pies, hinchados, no la dejaban casi andar, pero, a pesar de eso, no consintió que la tomara en mis brazos. Cuando nos detuvimos ante las ruinas, Rosalinda se dejó caer en el suelo, y cubriendo su rostro con las manos, lloró con la mayor amargura.

Traté de animarla, y entonces me dijo:

-No creas que me arrepiento de haberme venido contigo. Estoy triste porque veo que soy débil, que soy pequeña y que no te voy a servir más que de estorbo. Tú ya estarías muy lejos sin mí.

-¿Y qué haría yo sin ti? -le repliqué-. Voy a buscar nuestra habitación y vuelvo para llevarte conmigo.

-No me dejes sola -murmuró-; tengo miedo.

¿Miedo de qué? me preguntaba yo. Pero miré el sitio donde nos hallábamos y lo comprendí perfectamente.

El ruinoso edificio, que era un convento antiquísimo, no conservaba más que negros y derruidos muros, por los que trepaba conservaba hiedra, y todo era en él triste y siniestro. El cielo, antes sereno, empezaba a cubrirse de pardas nubes, y sucias y cenagosas eran las aguas de un arroyo que no lejos corría. Algunos árboles raquíticos crecían a sus orillas, y no se oía más ruido que el lúgubre aullido de un perro encerrado en una casa distante.

Tomé a Rosalinda en mis brazos y me dispuse a entrar en el convento. No era esto difícil, porque no había puerta, quedando en su lugar un gran hueco.

-¡No entres ahí! -exclamó la niña, presa de indecible terror.

-¿Por qué?

-¿No oyes?

Presté atención. Dentro se oía, en efecto, un canto extraño, una voz de mujer o de niño, triste, acompasada, que entonaba algo así como un salmo de los que había oído en la iglesia. Y un momento después apareció a nuestra vista una criatura pequeña, fea, deforme, mal vestida con una falda rota y una chambra hecha jirones, que llevaba en la mano un puñado de reluciente plata, que también se veía brillar entre los agujeros de su delantal, que tenía recogido y apretaba contra su pecho.

Me aparté a un lado para dejarle el paso libre, y ella ni siquiera nos vio. Se acercó a un árbol, separó una piedra y depositó debajo el dinero en un hoyo profundo. Luego se alejó cantando.

El convento debió quedar solo, y me decidí a llevar a él a Rosalinda, porque en aquel momento empezó a llover. Ella se resistía, pero la fatiga me rendía también, y comprendí que no llegaría más lejos.

Sólo los claustros y dos pequeñas celdas tenían el techo casi intacto. Entré en una de ellas y me senté en el suelo, teniendo a Rosalinda sobre mis rodillas. A pesar de su terror, la pobre criatura acabó por quedarse profundamente dormida.

Seguía lloviendo, y el agua penetraba libremente por todo el edificio. Un viento fresco y húmedo azotaba mi rostro. Me quité la chaqueta para cubrir mejor a mi compañera, logrando que entrase en calor su cuerpo, sacudido por frecuentes estremecimientos.

Llegó la noche, y una angustia indecible se apoderó de mí. Hasta entonces había conseguido dominar el miedo; pero allí, aislados, en un país desconocido, entre ruinas, rodeados de tinieblas, sentí al pronto un vago temor, que fue aumentando gradualmente y llegó a su colmo al advertir que alguien te acercaba a los claustros. ¿Serían caminantes sorprendidos por la lluvia que iban a buscar un refugio como nosotros? ¿Serían malhechores, que no respetarían nuestros cortos años para cometer un crimen si éramos importunos testigos de sus conversaciones?

Estaban ya en los claustros lanzando blasfemias e imprecaciones no sabía contra quién. No dudaba que eran varios, porque oía diferentes voces. Comprendí que encendían una hoguera para secar sus ropas y que se disponían a cenar. Debieron hacerlo frugalmente, porque terminaron muy pronto. Luego dijeron que iban a trabajar, y llegó hasta mí un ruido acompasado, que trajo a mi memoria el de la fragua de mi pueblo.

De repente, uno de los hombres exclamó:

-Faltan todas las monedas que hemos dejado ayer escondidas aquí.

-Alguien ha entrado entonces en las ruinas -murmuró otro-. ¡Ay del que sea!

-Registrémoslas para cerciorarnos de que el que nos ha robado ha salido de ellas -dijo un tercero.

Rosalinda y yo estábamos perdidos, pues era seguro que nos acusarían de haber cometido el delito. La pobre niña no se había despertado; la dejé suavemente en el suelo y busqué el medio de huir con ella antes de que fuéramos descubiertos. Quise explorar despacio el terreno, y al dirigirme a la otra celda me hallé frente a un hombre que me cogió brutalmente de un brazo y me llevó a viva fuerza a los claustros donde trabajaban sus compañeros. Eran éstos seis, entre ellos dos mujeres. Se dedicaban a fabricar moneda falsa, según comprendí más tarde, pues entonces aquellos troqueles y aquellos artefactos no significaban nada para mí.

-Éste será el ladrón -dijo el que me llevaba.

No creyeron en mi inocencia a pesar de mis protestas y que nada hallaron que probase que su sospecha era fundada. En aquel momento me acordé de la mujer que había visto salir de las ruinas y les conté, para salvarme, cuanto había presenciado.

-Es la loca de San Cosme -dijo uno de los hombres-; tiene la monomanía de las riquezas. Habrá visto nuestros trabajos y habrá entrado a robarnos después.

-¿Sabes tú dónde ha puesto el dinero? -me preguntó otro.

-Creo que reconocería fácilmente el sitio -murmuré.

-Pues ven con nosotros para indicárnoslo; si es verdad lo que has dicho, te perdonaremos; si has mentido, cuenta que llegó tu última hora.

Los seguí temblando, y después de vacilar un poco designé la piedra que ocultaba las monadas. Allí estaban, nuevas, brillantes. Las sacaron con grandes demostraciones de júbilo, y en recompensa me dieron dos pesetas. Ya no llovía; pero como me hallaba sin chaqueta, la humedad me penetraba hasta los huesos y sentía indecible malestar. Me acordé que había dejado a Rosalinda en el convento, y volví precipitadamente a él mientras los monederos emprendían de nuevo su trabajo.

Entré en la celda, busqué a tientas por todos los rincones, llamé a la niña, pero nada hallé ni nadie me contestó. Rosalinda había desaparecido.

Loco, desesperado, volví junto a aquellos hombres, que no se explicaban mis lamentos ni compadecían mi pena. Estaban alegres por haber recobrado sus monedas y no se cuidaban para nada de mí.

-Oye, chiquito -me dijo el que parecía jefe-, ya te estás callando o te marchas más que de prisa; nos conviene no llamar la atención, y tus gritos pueden atraer gente. Lo más prudente es que te alejes de estas ruinas y que no vuelvas a acordarte de lo que en ellas has visto. Si comprendemos que algo cuentas lo pasarás mal, aunque nada lograrías con delatarnos, porque vamos a buscar un sitio más seguro para nuestros trabajos.

-Sí -replicó otro-; pero lo más prudente es que el muchacho quede prisionero hasta que nos marchemos al ser de día.

Así lo acordaron, y tuve que permanecer allí, devorando mi pena y mi inquietud, bien custodiado por aquellos hombres.

No recuerdo haber pasado en mi vida una noche mas cruel. ¿Qué había sido de Rosalinda? Nos habrían seguido desde mi pueblo y se la habría llevado otra vez la Roja? ¿La habrían robado aquellos infames y me retenían allí para alejar a la niña y ganar tiempo?

Después de algunas horas, que me parecieron siglos, los monederos recogieron sus utensilios de trabajo, sus antorchas y sus monedas y salieron de las ruinas, excepto uno que aún se quedó un buen rato conmigo mientras sus compañeros se alejaban.

Yo me sentía enfermo, rendido, sin ánimo para moverme. Me quedé solo, y en vez de salir en busca de Rosalinda, permanecí echado en el suelo, yerto, casi insensible, sin ver lo que me rodeaba, ni oír el canto de los pájaros que saludaban a la aurora. No sé cuánto tiempo pasé así. Debí de perder el conocimiento o quedarme dormido.

Volví en mí cuando ya los rayos del sol penetraban por las anchas ventanas de los claustros. Un grato calor había reemplazado al frío que entumecía mis miembros y vi que estaba abrigado con mi chaqueta. La cabeza no descansaba sobre el duro suelo, sino sobre algo más blando y más flexible, y un aliento suave acariciaba mi frente. Rosalinda había hecho conmigo lo que yo antes con ella, y su cuerpo me servía de almohada. Al ver a la niña lancé un grito de júbilo y quise ponerme en pie para abrazarla.

-Estate quieto -me dijo-; debes de estar enfermo y conviene que no te levantes por ahora. Sin que me preguntes yo te contaré lo que ha pasado. Al despertarme me hallé sola. Te llamé y no me oíste. Me acerqué despacio al claustro y vi a dos mujeres de mal aspecto; entonces tuve miedo, cogí nuestro equipaje y tu chaqueta y salí. Ya no llovía, pero el piso estaba muy húmedo y apenas se podía andar a causa de la obscuridad de la noche. No me atrevía a alejarme por si volvías, porque estaba segura de que te hallabas cerca y no me habías abandonado. Me senté en una piedra al pie de un árbol y pasé el resto de la noche llorando y pensando en ti. No sé cómo no te vi cuando volviste al convento. Al amanecer salieron primero tres hombres y dos mujeres profiriendo amenazas contra una loca a la que decían iban a tirar al río, y otro hombre después. Entonces entré despacito y te encontré echado en el suelo, helado y dormido al parecer. Te abrigué, puse tu cabeza sobre mí con cuidado y poco a poco fuiste entrando en calor y recobrando la vida. Hubo un instante en que pensé que estabas muerto. ¡Qué pena tan grande tuve! Me parecía que yo también me iba a morir. Estás enfermo y desde ayer no hemos comido. No lejos de aquí hay una venta; ¿quieres que traiga pan?

-¿Pan? -dije-. Y algo mejor; me han dado dos pesetas, Rosalinda.

-¿Y por qué te las han dado?

-Por haber descubierto el robo.

-¿Qué robo?

-El que hizo la loca.

Y le conté lo que había pasado; pero Rosalinda no participaba de mi entusiasmo y noté que se había disgustado conmigo.

-¿De modo que tú has descubierto a esa mujer? -me dijo preocupada.

-Como que a no ser por eso nos hubieran culpado a nosotros de haber cogido las monedas -repliqué.

-Pero... ¿y si la arrojan al agua y se ahoga?

-Por qué ha robado.

-Si está loca no sabrá lo que ha hecho -murmuró la niña-, pero sí se sentirá morir poco a poco.

Quedó luego ensimismada, como si la imagen de la infeliz mujer no pudiera apartarse de su mente. Y a mi vez sentí un cruel remordimiento por haberla denunciado, pareciéndome que su muerte pesaba sobre mi conciencia.

Los niños olvidan pronto, y los estómagos vacíos nos hicieron volver a nuestra triste situación.

Di a Rosalinda las dos pesetas, encargándole que trajese algo bueno para comer y que volviera pronto.

Mi compañera se alejó y me quedé echado en el suelo pensando en el agradable banquete que se nos preparaba. Es cierto que con aquellas dos pesetas hubiéramos tenido para comer dos días; pero como habían venido cuando menos se las esperaba, podíamos darnos el grato placer de comer una tortilla, pan blanco y algo de fruta, con todo lo de más que entregaran a la niña por aquel dinero, que me parecía en tal instante una cantidad enorme.

Rosalinda tardaba y mi impaciencia iba en aumento, porque me sentía desfallecer al principio y luego por el temor a que la apartasen de mí, que era mi pesadilla desde que habíamos salido del pueblo. ¿La habría hallado la Roja, a la que siempre suponía siguiendo nuestros pasos, y se la habría llevado para encerrarla en el asilo?

Salí de las ruinas, y mientras decidía qué dirección debía tomar, vi aparecer a Rosalinda, que venía corriendo, con el rostro revelando profundo disgusto, llorosos los ojos y encendido el semblante.

Se detuvo sin aliento junto a mí y durante un rato no pude saber lo que le había ocurrido. Al fin me refirió que al llegar a la venta había pedido dos almuerzos de a peseta, que le habían preparado una tortilla (la que yo deseaba comer), algo de carne, pan y queso, y que al ir a pagar la posadera púsose furiosa porque las monedas eran falsas. Que ya aquel día le habían dado otras iguales, engañándola, unos hombres al pasar por allí. Quiso pegar a Rosalinda, tal vez la pegó aunque ella no me lo dijo, pero al verla tan triste y avergonzada acabó por perdonarla, quitándole las monedas y obligándola a marcharse precipitadamente. Como todos los que la veían, la creyó un muchacho y la había amenazado con dar parte a la justicia si volvía a aparecer por aquellos lugares.

La consolé como pude y, a pesar de que estaba enfermo, salí del antiguo convento con la niña, ya que tan mal nos había ido en él, en busca de alimento y de otro albergue, contentándome con un vaso de leche en vez del espléndido almuerzo con que soñara.

Paso por alto las demás peripecias del viaje, que duró algunos días, en los cuales sólo dos noches conseguimos dormir en cama en posadas de poco precio. Pero aun así, nuestro dinero disminuía de manera alarmante, y era preciso tomar una determinación.

Ya habíamos preguntado si podrían darnos trabajo en varias partes, contestando en todas negativamente. Por fin llegamos a una ciudad que nos pareció magnífica, aunque era de tercero o cuarto orden. En ella acabó de gastarse lo poco que llevábamos y nos encontramos un día sin albergue y sin pan. La gente nos miraba más que en las aldeas, infundiéndome algún recelo. Era, en efecto, raro ver a dos criaturas vagar por calles y plazas a todas horas.

Una tarde en que no habíamos comido nada, nos hallábamos Rosalinda y yo sentados en un banco del paseo, dispuestos a implorar la caridad pública. Nuestros trajes, sobre todo el de ella, que era ya más viejo, habían sufrido mucho en el viaje y no tardarían en ser unos andrajos, y los zapatos estaban completamente rotos; el atavío era a propósito para mendigar.

Un caballero alto, grueso, muy encarnado, que nos pareció vestido como un personaje, vino a sentarse por casualidad junto a nosotros.

Venciendo mi repugnancia alargué la mano, y él me dio una moneda de cobre.

-¿Tenéis padres? -nos preguntó con acento extranjero muy marcado.

-No señor -le contesté.

-¿Ni parientes?

-Ninguno.

-¿Qué sabes hacer?

-He sido pescador.

-¿Y en qué piensas ocuparte ahora?

-No lo sé, señor; en lo que encuentre.

Quedó breves instantes pensativo y luego prosiguió:

-Si consentís en veniros conmigo, os haré artistas y llegaréis a ser notables con el tiempo. Pero habéis de pasar por hijos míos, y decir que lo sois a cuantos os interroguen.

-¿Y qué hay que hacer para ser artista, señor?

-Yo soy acróbata, y mi mujer y mi hija también. Trabajamos en el circo de esta ciudad, donde estamos contratados para toda la temporada. Pero hace años que sueño con un ejercicio precioso, las estrellas volantes, para el que necesito dos muchachos como vosotros; es cuestión de fuerza para el mayor, agilidad para el pequeño y una precisión matemática para los dos. No podéis empezar por eso, pero antes os enseñaré otros trabajos más fáciles a fin de que pronto me ayudéis a ganar vuestro sustento. En España se persigue ahora bastante al hombre que se lleva a un niño, y no quiero indisponerme con la justicia. Pero puesto que vosotros estáis solos en el mundo y nadie os ha de reclamar, podéis venir conmigo.

-¿Qué te parece, Rosalinda? -pregunté a la niña, olvidándome de su disfraz.

-¡Cómo! -exclamó el extranjero-. ¿Este chico es chica?

Me quedé algo confuso, pensando que quizá fuera eso causa de que no tuviéramos colocación.

-No importa -continuó él, comprendiendo lo que por mí pasaba-. Casi será el ejercicio más bonito así.

Viendo que aún vacilaba, me dijo:

-No temas nada, en mi casa no se os tratará mal y viviréis mejor que dedicados a cualquier otro trabajo.

-Vamos, Santiago -me dijo Rosalinda-; te ayudaré a ganar la vida, y en cualquier otro lado que te coloques no me dejarán estar contigo.

Seguimos al extranjero, que nos llevó a su casa. Tenía dos habitaciones amuebladas, una sala grande con una alcoba todavía mayor.

-Por esta noche tu hermana dormirá con mi hija y tú conmigo -me dijo.

Rosalinda se puso su traje de niña y guardé el que había usado durante unos días.

Nuestro protector se llamaba Roberto Asthon, su mujer Juana y su hija Virginia. Eran personas vulgares, pero no malas, que nos acogieron bien. Por la noche nos llevaron al circo, donde los tres trabajaban, él en el trapecio, la mujer como equilibrista ejecutando juegos malabares, y la hija, que contaría unos diez y seis años, sobre un caballo, al que parecía querer más que a sus padres.

La función nos impresionó vivamente a Rosalinda y a mí. Tanta luz, tanta gente, aquellos hombres y aquellas mujeres haciendo arriesgados ejercicios eran para nosotros seres sobrenaturales y estábamos encantados al pensar que algún día podríamos hacer lo que ellos. A mi juicio, y acaso al de ella, no era fácil hallar en el mundo cosa mejor.

Así es que Asthon nos encontró propicios para aprender y desde el primer día pusimos cuanto fue posible de nuestra parte para dar gusto a nuestro maestro.

Antes de presentarnos en el circo cómo gimnastas salimos en una pantomima infantil para la que nos ataviaron lujosamente. La belleza de Rosalinda llamó vivamente la atención del público, que nos aplaudió, regalándonos dulces y dinero.

Acabó la contrata allí y fuimos a otro lado. Roberto continuaba enseñándonos y nos anunció que pronto podríamos ejecutar algún ejercicio. No nos pegaba ni se impacientaba con nosotros cuando tardábamos en aprender, y hubiéramos estado con él perfectamente si toda la familia no se hubiera entregado por la noche a la bebida después, y a veces antes, de la función, volviendo a la fonda donde parábamos en completo estado de embriaguez.

A medida que íbamos creciendo, aquellas escenas se nos hacían más repulsivas, sobre todo a Rosalinda, alma delicada que rechazaba todo lo malo y todo lo innoble por instinto.

Aquellas gentes hablaban, cantaban y reían, y la pobre niña cubría su cabeza con las ropas de la cama, procurando no verlos ni oírlos.

Lo único que había de bueno para nosotros es que nos olvidaban totalmente; a aquellas horas no existíamos para ellos ninguno de los dos.

Yo trabajé al principio a caballo y Rosalinda en la percha con Roberto.

Cuando él juzgó que ya éramos bastante hábiles nos enseñó varios ejercicios en el trapecio, llegando al fin a realizar lo que él llamaba su bello ideal, las estrellas volantes. Hacía entonces tres años que nos hallábamos con la familia Asthon. Consistía el citado ejercicio en pasarse de un trapecio a otro, después de varias planchas y volteos; al final yo debía enviar a Rosalinda, con una precisión grandísima, desde donde me hallaba a bastante distancia para que fuese recogida por Roberto.

Nos habían hecho a los tres trajes completamente iguales, todo encarnado, incluso las mallas.

Rosalinda estaba encantadora hasta el punto de disgustarme verla tan bella, pensando que el público pudiera ser de mi misma opinión.

Desde hacía algún tiempo notaba que el sentimiento que me inspiraba la niña se había trocado en otro más tierno, al paso que el de ella por mí no había cambiado absolutamente nada.

Era siempre la criatura cándida y sencilla que me había otorgado todo su cariño casi desde que me conoció. Estaba más bien baja para su edad; era esbelta y elegante; sus cabellos castaños no eran largos, como sucede a las que los tienen rizados; caían sobre sus hombros formando bucles, y servían de marco al rostro más perfecto que se haya visto jamás. Cuando después de ejecutar sus ejercicios la hacían salir a la pista y saludando echaba besos con sus manitas al público, cuando algún espectador más o menos joven le decía cualquier requiebro al que ella jamás contestaba, cuando veía los gemelos fijos en su airosa figura, sentía yo indecible malestar que me hacía entregarme a raptos de verdadera cólera.

Luego me calmaba, cuando, a solas en aquella pequeña habitación destinada para vestirnos, la veía agitada por el cansancio sentarse a mi lado en el estrecho diván y apoyar su frente cubierta de sudor en mi hombro. Yo lo enjugaba con mi pañuelo y no le dirigía la palabra hasta que su fatiga había cesado.

No; aquella vida no era tolerable para Rosalinda, que no había nacido para ella, y aunque nunca se lamentara, comprendía que con gusto la hubiera trocado por cualquiera otra.

Mis celos ¿por qué no darles su verdadero nombre? aumentaban a medida que la niña crecía y me causaban verdadera tortura.

La familia Asthon nos había tomado cariño y siempre hablaba de que no nos separaríamos nunca; yo la dejaba en esa creencia, pero en los ratos que tenía libres procuraba buscarme una colocación, por humilde que fuese. En todas partes hallaba dificultades, pues si consentían en admitirme en algunas era siempre solo, y yo no podía separarme de Rosalinda. Mi amor por ésta era tan grande como respetuoso; más bien que un ser humano parecía aquella criatura un ángel.

Con mucha anticipación se anunció en los carteles y periódicos el ejercicio Las estrellas volantes, ejecutado por la familia Asthon. Llegó el día fijado. El circo estaba lleno. Nosotros no trabajábamos hasta la mediación de la segunda parte del programa.

No sé por qué al acercarse la hora me hallaba preocupado, lo que no me había ocurrido una sola vez desde que éramos gimnastas. Tenía miedo de que el ejercicio no saliera bien y temblaba sobre todo por Rosalinda. Felizmente mis temores no se confirmaron, y nunca fuimos más aplaudidos ni salimos más veces a saludar al público. Gracias a esto el director nos concedió un beneficio que debía verificarse a la semana siguiente. Sería la función de despedida, pues estábamos contratados en otra parte, aunque el circo de aquella ciudad seguiría abierto más tiempo.

El mismo día de aquel beneficio ensayamos por la mañana como de costumbre, y antes de ir a almorzar a la fonda en que nos hospedábamos salimos Rosalinda y yo a dar un paseo por los alrededores. Al volver me encontré a Roberto muy preocupado, y antes de que le preguntásemos la causa nos dijo:

-Virginia se ha marchado con Tony.

Tony era un acróbata de la compañía.

Para ahogar sus penas Asthon bebió más que de costumbre y luego no le vimos hasta la hora de la función. Trabajé en la primera parte sobre el caballo y en la última en Las estrellas volantes. Al principio todo fue bien; los cambios de trapecio a trapecio entre Rosalinda y yo se hicieron con la precisión de siempre y nos preparamos a terminar el trabajo como las otras noches.

Yo veía desde mi puesto a Asthon cogido por las corvas, con el rostro congestionado, los ojos saltones, los cabellos pegados a las sienes por el sudor copioso, y me parecía que el inglés no se hallaba en su estado normal. Cuando dijo ¡ya! con su voz de trueno, di impulso al trapecio mientras él hacía lo mismo con el suyo, y al llegar a la distancia convenida solté a Rosalinda, que debía ser recogida por Roberto.

Un grito de espanto resonó en todo el circo. La niña había caído desde una inmensa altura a la red y, despidiéndola ésta, a la pista, donde quedó sin movimiento. Iba a seguirla tirándome a mi vez cuando oí que desde abajo me gritaban: «Por la cuerda, por la cuerda» que uno de mis compañeros de circo me había acercado al trapecio para que descendiese por ella. Maquinalmente la cogí y con rapidez extraordinaria me dejé deslizar hasta el suelo.

Muchos espectadores, gimnastas y empleados del circo rodeaban a Rosalinda, habiendo entre los primeros un médico. Éste la tomó en brazos y abandonó la pista mientras el público horrorizado salía sin querer ver la terminación del programa.

-Se ha matado -oí que decían algunos.

Y teniendo la evidencia de tal desdicha, no me atrevía a seguir a los que se llevaban a mi adorada Rosalinda.

Al fin procuré salir de mi estado de postración, pero ya los corredores estaban desiertos, por lo que me dirigí a nuestro cuarto pensando que habrían llevado allí a la niña. Me detuve junto a la puerta, que estaba cerrada y en la que se veía trazado con carbón en letras grandes. «Familia Asthon». Reinaba un silencio profundo que me pareció de muerte; al fin abrí y vi que la habitación, alumbrada por un mechero de gas, estaba vacía.

Un empleado, a quien interrogué, me dijo que habían llevado a la niña al cuarto del director. El médico había hecho salir de allí a los curiosos y sólo estaban con él Juana, Roberto y cuatro o seis personas, gimnastas en su mayor parte. Como me creían hermano de Rosalinda, me dejaron que entrase sin dificultad.

La pobre criatura estaba echada en una cama, con los ojos cerrados y el rostro pálido como si fuera un cadáver. De vez en cuando movimientos convulsivos agitaban su cuerpo.

Tenía una mano manchada de sangre, y recordé el primer día que la vi, cuando me decía con su dulce voz, el rostro inundado de lágrimas:

-Límpiame esto.

La cara del doctor estaba bastante sombría mientras hacía la primera cura. Después que terminó dijo, volviéndose hacia Juana:

-Creo que es usted su madre, ¿verdad?

Ella hizo con la cabeza una señal afirmativa.

-Siento decirle -prosiguió el médico- que el estado de la niña es grave, que exige continuos cuidados y que es casi seguro que no pueda nunca volver a trabajar en ningún circo. Voy a mandar que traigan una camilla para llevarla a su casa.

-Es que -dijo Roberto, cuya embriaguez se había disipado por completo- nosotros estamos en una fonda y mañana tenemos que marcharnos. ¿Cómo se va a quedar allí? No lo permitirán.

-En ese caso, la haré conducir al hospital, donde podré continuar asistiéndola.

-Como usted guste.

Mientras ellos hablaban me había acercado yo a Rosalinda y cubría su rostro de besos y de lágrimas. Estaba helada y había perdido toda sensibilidad.

-Lo que hace este chico -dijo el doctor a uno de los que estaban allí- esperaba que lo hubiese hecho el resto de la familia; me parece que son tan padres de la muchacha como yo.

Llevaron la camilla, y el médico, con mi ayuda, colocó en ella a Rosalinda envuelta en una manta. Después la sacaron de la habitación, y la seguí hasta el hospital.

No me dejaron entrar detrás de ella.

-Los jueves y los domingos hay visita de dos a tres -me dijeron.

Me fui a la fonda, donde manifesté a Asthon mi resolución de quedarme en la ciudad hasta que se curase Rosalinda. Se encolerizó, profirió juramentos y amenazas, pero tuvo al cabo que ceder, y quedamos en que nos reuniríamos de nuevo cuando él terminase su contrata, para lo que volvería a buscarnos.

-Creo -me dijo- que la niña tiene fracturado un brazo; pero si no le queda más que eso, Virginia le enseñará a bailar y aún podrá ganarse la vida. De la conmoción cerebral se curará.

-¿Virginia? -le pregunté asombrado.

-Sí; ha vuelto, dejando plantado a Tony; estoy contento.

Me despedí poco después de toda aquella gente, busqué una habitación más barata y rogué al director del circo que prorrogase mí contrata por algún tiempo, aunque me pagara poco. Accedió a mis deseos, y con lo que me dio logré vivir y ahorrar algún dinero.

Las primeras veces que fui al hospital no me dejaron pasar a ver a Rosalinda, que continuaba muy grave. Entonces resolví esperar al médico todos los días cuando saliera de hacer su visita para preguntarle cómo estaba mi querida enferma. Fiel a la promesa hecha a Roberto, dije que me llamaba Santiago Asthon, a pesar de la incredulidad del doctor, que encontraba que yo hablaba el español demasiado bien para ser hijo del acróbata extranjero.

Al fin, mucho después de la caída de la niña, me permitieron que entrase a verla un momento.

Rosalinda estaba aún en el lecho, completamente inmóvil a causa de la fractura del brazo, pálida y delgada. Una sonrisa celestial iluminó su rostro cuando me acerqué a su cama, y casi no me atreví a rozar su frente con mis labios por temor de lastimarla.

No le hables mucho -me dijo una hermana de la Caridad-; el doctor lo ha prohibido.

Apenas me dejaron estar a su lado diez minutos, durante los cuales me aseguró que se encontraba mejor y que su único deseo desde que recobró el conocimiento fue volver a verme. Me rogó que la sacara de allí pronto. Esto me lo expliqué perfectamente, porque las enfermas con quienes estaba causaron también en mí una triste impresión. Las había convalecientes, graves y moribundas; la charla de las unas formaba singular contraste con los gemidos o el estertor de las otras.

Desde entonces volví todos los jueves y los domingos.

La hermana que el primer día me había hablado me llamó una tarde aparte y me dijo:

-Es preciso que procures separar a esa niña de la vida a que la condenan vuestros padres. Diles que nos la dejen, y nosotras la haremos educar. Nos dijo, cuando sobre ello le preguntamos, que no se había confesado nunca, y en este tiempo ya lo ha hecho aquí dos o tres veces; antes de que salga de esta casa hará su primera comunión. ¿Y tú te has confesado?

-¿Yo? -murmuré, mirándola con asombro-, yo no.

-¿Sabes rezar al menos?

-Sí, aprendí en la escuela.

Me hizo varias preguntas de catecismo, a las que respondí lo mejor que pude, y la hermana me regaló un escapulario. Cuando iba a separarme de ella añadió:

-Deja esa senda de perdición por la que vas y aparta también a tu hermana, que no nació para esos horrores. Eres un muchacho fuerte y robusto que puedes dedicarte a las faenas del campo; sé bueno, hijo mío, y sobre todo procura que tu hermana lo sea.

Cuando Rosalinda se levantó la vi en el jardín del hospital, donde aspiraba con delicia el aire puro y el aroma de las flores. Había crecido mucho y estaba muy pálida, pero no menos bellas que antes.

-Pronto me darán de alta -me dijo un día-; mira, ya muevo el brazo, pero noto un gran cansancio a todas horas y apenas puedo tenerme en pie. El médico, que es muy bueno para mí, me ha mandado que vuelva a mi pueblo para pasar en él una larga temporada, que tome mucha leche y... esto es lo que me mortifica... que no trabaje nada. Al pueblo no podemos volver, porque estará allí la Roja, pero vámonos a otro que bañe el mismo mar; tu pescarás y yo venderé la pesca; te acompañaré siempre, y los peligros que corras, los correré contigo. No esperemos a Asthon; huyamos antes de que él vuelva a esta tierra. Ese hombre me da espanto, no porque haya sido la causa de mi enfermedad, sino por su estado de constante embriaguez que le priva de la razón, haciéndole capaz de cometer las mayores locuras. No quiero ver más a su hija, qué no me da sino malos consejos que mi alma rechaza, ni a su mujer, ni a nadie de esa familia. Santiago, llévame contigo donde no me conozcan, ni me hablen, ni me miren; no quiero vivir más que para ti.

¡Con qué placer oía yo estas palabras! Economizaba casi todo el dinero que me daban, no gastando ya más que en comer, porque dormía en el pórtico de una iglesia abandonada y ruinosa, para no pagar un mal cuarto en la posada.

Una mañana me dijo uno de los compañeros de gimnasia, muchacho de pocos más años que yo, que iba a ir a la fiesta de un pueblo vecino, preguntándome si quería acompañarle. No me atreví a rehusar, y como no era día de visitar a Rosalinda, partí con él bastante temprano, yendo en la diligencia con otros muchos viajeros.

Se celebraba una romería que estaba, al llegar nosotros, muy animada, y lo pasé menos mal de lo que creía, porque mi compañero era alegre y sabía sacar partido de todo.

Habían puesto en la plaza una cucaña y se disputaban el premio, veinticinco pesetas, varios mozos de la localidad.

-¿Quieres que subamos? -me preguntó el gimnasta.

-Como gustes -le contesté.

-Echemos a suertes quién va antes. Cara -dijo sacando una moneda y preparándose a arrojarla al aire.

-Cruz -exclamé en seguida.

Salió cruz y me dirigí resueltamente a la cucaña, por la que empecé a subir. Lo hice despacio, procurando no cansarme, y logré coger la bolsita que guardaba el dinero. Me aplaudieron y bajé triunfante, pensando que con aquellos cinco duros podría aumentar mi modesto capital.

-Quince pesetas al que suba el segundo -gritó un ricacho del pueblo.

Aquel premio lo ganó mi amigo. Hubo aplausos también para él.

-Diez pesetas al tercero -dijo otra voz.

Y mi compañero y yo, satisfechos por nuestro triunfo, nos quedamos a ver quién ganaba.

Había cerca de nosotros un grupo de jóvenes, y uno de éstos, al fijarse en mí, me llamó por mi nombre. Era un chico de mi pueblo, sobrino del alcalde, que había ido a la escuela conmigo. Mucho me disgustó el encuentro, pero no pude prescindir de él. Le pedí noticias de la gente del lugar y me dijo que todo continuaba allí tranquilo, sin más novedad que haber el tío Feliciano alquilado la casa que fue de mi padre y estar la Roja para casarse con un pescador. Había él ido a ver la fiesta como nosotros, aunque desde más lejos, y pensaba volver a nuestro pueblo a los pocos días. Aún estaba hablando conmigo cuando pasaron dos hombres por nuestro lado murmurando uno de ellos:

-Estos son los que han ganado los primeros premios de la cucaña, pero mira qué gracia, son Asthon y Bell, dos acróbatas del circo de la ciudad de ***, donde los he visto trabajar, y subir por un palo debe ser para ellos un juego de niños.

Cenamos en un restaurant el gimnasta y yo, y después, en el coche que salía a las nueve de la noche, regresamos para ejecutar nuestros ejercicios en la tercera parte de la función del circo. Éste se cerró dos días después, y como no quise partir con la compañía, me quedé sin contrata.

Al fin fue Rosalinda dada de alta. Las hermanas se despidieron de ella con el mayor cariño, dándole hasta el fin saludables consejos, que oyó también de los labios del médico. Dejé la dirección de la posada donde íbamos a vivir unos días por si algo querían de nosotros, y me llevé, por último, a la niña, que me entregaron sin dificultad, como a hermano suyo que me creían.

Noté desde el primer momento en Rosalinda un cambio grandísimo: ya no se mostraba tan expansiva conmigo como antes, al encontrarse nuestras miradas bajaba los ojos, y su timidez era visible cada vez que le dirigía la palabra. Me rogó que tomase en la posada dos cuartos, pero yo no pedí más que uno para ella, dispuesto a dormir en un banco delante de su puerta mientras permaneciésemos allí.

Mi enojo con las hermanas de la Caridad era inmenso, pensando que me habían arrebatado su cariño, pero al decírselo me convenció de lo contrario con estas palabras.

-Si fuera lo que supones no me hubiese vuelto contigo: bastaba para ello que supieran que no eres mi hermano.

-Entonces es que ya no me quieres...

-No -me interrumpió-, es... que te quiero más.

El amor, que yo había sentido antes que Rosalinda había brotado en su alma, y al fin se daba cuenta de él.

Mi dicha no tenía límites y nos pasábamos el día haciendo planes para lo porvenir. Con el dinero que ganase, y del que ahorraríamos una mitad, compraríamos una barca, yendo al cabo a mi aldea, de la que con el pensamiento arrojábamos a la Roja y demás seres importunos. Transcurridos dos o tres años nos casaríamos para que nadie en el mundo nos pudiera separar.

Rosalinda se había repuesto casi por completo y habíamos proyectado salir de la ciudad un lunes por la mañana en la diligencia de las ocho.

Nos hallábamos guardando la ropa en una maleta en el cuarto de la niña, cuando llamaron a la puerta. Creyendo que sería el posadero que venía a arreglar la cuenta abrí, y júzguese cuál sería mi asombro al encontrarme enfrente de la Roja. Entró en la alcoba y se sentó sin saludar.

-¿No me esperabais, eh? -preguntó después de un momento que estuvo gozando con nuestra confusión.

-No -le contesté-, y no sé lo que viene usted a hacer aquí.

-Pues yo te lo diré, chiquito. Antes voy a contarte lo ocurrido desde que os escapasteis del lugar. A los ocho días de vuestra marcha llegó a mi casa un caballero que me dijo: «Soy el padre de Rosita y vengo a buscarla y a pagar a usted lo que le debo. Mi administrador se ha vuelto loco, y por eso no ha cobrado usted los últimos meses. ¿Dónde está mi hija?» Ya comprenderéis la escena que siguió a esto. Cuando se enteró que la niña se había fugado, ni más ni menos que hubiese podido hacer una joven contrariada en sus amores, al pronto no lo quiso creer y luego sospechó que yo debía haber tratado indignamente a su hija para que huyese así de mi lado, o que el mal ejemplo habría influido en su funesta determinación. Le hablaron bien de mí el cura, el alcalde y todo el pueblo, pero el señor seguía furioso y se portó muy mal conmigo. Desde entonces no descansé para buscaros; necesitaba probarle que Rosa se había marchado por no separarse de ti entrando en un colegio que le tenía buscado. Bien habíais arreglado la fuga a pesar de vuestros pocos años; ni rastro había quedado por ninguna parte. Una casualidad debía servirme mejor que todas mis pesquisas. El sobrino del alcalde, que te vio en la feria de un pueblo cercano, me contó que habías ganado un premio subiendo a la cucaña y que allí había oído a unos hombres que eras gimnasta del circo de esta ciudad y que te llamabas algo así como Basto o Bastón. Me vine aquí en seguida; el circo se había cerrado, pero me aseguraron que tú no habías partido con la compañía por quedarte cuidando a tu hermanita, que había estado a punto de matarse una noche. Anduve de un lado a otro hasta que al fin supe que Rosa había sido llevada al hospital. Corrí allá, y sin hablar del objeto de mi visita, dije que había sido nodriza de la niña y que necesitaba saber su paradero. Me vine a la posada y aquí me tenéis. ¡Buena, voy a devolver al Sr. Latorre a su hija! ¡Enferma, acaso indigna de él!

-Eso no -repliqué vivamente.

-¡Bah, bah! No habrás impedido que vea y oiga lo que no debiera nunca haber visto ni oído. Bien me voy a fiar de tus palabras, hoy que eres un mozo, cuando me engañaste de pequeño.

Rosalinda no se atrevía a hablar y fijaba con angustia sus ojos en los míos. Con sus miradas me decía: «Nos van a separar».

La Roja se acercó a la ventana, y debió hacer una seña que nosotros no vimos, porque casi en seguida entró un caballero con un joven que parecía tener unos veinte, años.

-Tu padre y tu hermano -dijo a Rosalinda.

La niña se acercó maquinalmente a ellos y correspondió a sus caricias sin entusiasmo, como el que cumple con un deber.

Luego aquellos hombres me llenaron de improperios, que escuché sin replicar devorando la ira que me dominaba.

-Me han ofrecido ustedes no hacerle nada -exclamó la Roja-; llévense a la niña y no armen un escándalo aquí.

-Vamos, hija -murmuró Latorre.

Rosalinda y yo nos abrazamos llorando, prometiendo que no nos olvidaríamos jamás, y luego la separaron de mí a viva fuerza, creo que entre su padre, su hermano y la Roja. Cuando logré desasirme de los brazos de ésta que me sujetaban, salí a la calle y aun me pareció oír la dulce voz de la niña que me decía:

-¡Adiós, Santiago!

Vi un coche que se alejaba y corrí tras de él sin perderlo de vista, oyendo siempre aquel «¡adiós, Santiago!» que fue su postrera despedida. Divisé a alguna distancia las altas tapias de un jardín con una puerta de hierro, por la que entró el carruaje, cerrándose al momento. Cuando llegué, en vano llamé, en balde grité, nadie me franqueó la entrada. Sabía dónde vivía, pero no me era posible verla ni hablarla.

Volví a la posada, donde dije al dueño de ella que no partía ya. Me encontré a la Roja, que me estaba esperando, por la que supe que los padres de Rosalinda estaban establecidos en la ciudad. Era ésta la primera donde habíamos estado la niña y yo después de nuestra fuga, en la que conocimos a la familia Asthon, que había vuelto contratada al mismo circo algunos años después. Sin sospecharlo, porque luego habíamos viajado bastante y no sabíamos, ni Rosalinda ni yo, dónde parábamos, nos hallábamos a pocas leguas de mi pueblo. La Roja me dijo que me volviera a él, pues nadie me inquietaría por aquel suceso, pero yo no quise alejarme de mi adorada niña.

Poco a poco fui agotando el dinero que había reunido para gastarlo entre los dos. Todos los días iba a llamar a la puerta de casa de Rosalinda; pero ni me contestaban ni lograba verla jamás; era indudable que no salía a la calle, paseando por el extenso jardín. Mi único deseo era ya hablarla una sola vez; pero ¿cómo conseguirlo si era su morada lo mismo que una prisión?

Un día me encontré sin ninguna moneda y salí al campo para comer algunas frutas. Llegué a un sitio solitario y me senté junto a un arroyo, donde hice mi frugal almuerzo. Los altos árboles cubiertos de ramaje me ofrecían su bienhechora sombra, y en sus copas cantaban dulcemente centenares de pajarillos que vivían allí sin ser inquietados por el hombre. Las flores silvestres alzaban sus esbeltos tallos para recibir el beso de algún rayo de sol que penetraba a través del follaje. A lo lejos veía un pastor echado cerca de su rebaño y llegaba hasta mí el sonido de una guitarra que tocaba un hombre en un ventorrillo, al que a aquella hora no solía acudir casi nadie.

Con verdadera ansia me hallaba comiendo higos y moras cuando oí una voz que me decía:

-Parece que hay apetito, ¿eh?

Alcé la cabeza, y vi a un joven decentemente vestido que me miraba con atención.

-Sí, señor -le respondí-, es lo primero que como hoy.

-¿Y tienes con qué comer luego?

-No; estoy sin trabajo.

El desconocido me contempló con profunda lástima, y sacando una cartera del bolsillo, de la que quitó dos cartas con sobre cerrado, me la alargó, diciendo:

-Toma esto para ti, yo no lo necesito.

-Gracias, señor -murmuré.

Se alejó rápidamente, y entonces vi que la cartera, que estaba marcada con dos iniciales, contenía, además de algunos apuntes que no significaban nada para mí, un billete de 50 pesetas. Este suceso me parecía un sueño, y temiendo estaba despertar y hallarme otra vez en la miseria cuando oí una detonación. Los pájaros salieron a bandadas huyendo y hasta un rato después no volvieron a posarse en las verdes ramas.

Guardé la cartera y me dirigí al sitio donde había sonado la detonación. El ventero acudía por otra senda al poco tiempo.

Vimos tendido sobre la hierba a un joven en el que reconocí al que me acababa de hablar. Tenía en la mano un revólver, con el que se había disparado un tiro en la frente, y a su lado las cartas que sacó de la cartera, la una dirigida al juez y a una mujer la otra. El ventero corrió a dar parte de que cerca de su casa había un cadáver, en tanto que yo me alejaba hacia la ciudad con el corazón oprimido por indecible angustia. Pensaba en que el día que perdiese toda esperanza de ver a Rosalinda no me quedaría más recurso que hacer lo que aquel desgraciado.

-¡Verla! ¡hablarla! esto continuaba siendo mi pesadilla. ¿Por qué no había de saltar la tapia una noche y esperar oculto una ocasión propicia para acercarme a ella en el jardín?

Ya no viví tranquilo hasta que puse en práctica el proyecto. Siendo gimnasta, fácil me fue vencer el obstáculo material que me separaba de la niña; aquel salto, que hubiera sido casi imposible para otro, resultó sencillo para mí. Una vez dentro, vi a lo lejos la casa, en la que aún ardían algunas luces, y pensé que quizás una fuera la de su cuarto. ¿Dónde me ocultaría? Vagué al azar, y ya me creía seguro bajo un cobertizo en el que había objetos de jardinería, cuando turbaron el silencio de la noche los ladridos de un perro. Advertía cómo iba acortando la distancia que le separaba del sitio en que me hallaba, y al fin le vi enfrente y pronto a lanzarse sobre mí. Me defendí como pude, pero aquella lucha hacía ruido y acudió un guarda.

No pude explicar mi presencia en el jardín, y me llevaron preso. Para agravar mi situación, encontraron en mi bolsillo la cartera del suicida, y aunque juré una y mil veces que me la había dado, el juez creyó que había despojado de ella al cadáver, y la pena que me impuso fue más fuerte.

La cárcel estaba enfrente del jardín de Rosalinda. Había sido convento, y todas las ventanas tenían aún celosías; así es que si yo podía ver lo que pasaba fuera, no era fácil en cambio que los del exterior me viesen.

Todas las tardes divisaba, pero muy lejos, a mi amada sentada en un gran sillón junto a una señora que solícita la cuidaba y que debía de ser su madre. También solían estar a su lado, pero menos, su padre, sus dos hermanos y una niña menor que ella, nacida sin duda en el país lejano de América u Oceanía donde habían residido desde que la dejaron en mi aldea. Al parecer Rosalinda se hallaba muy enferma, y yo no podía ni cuidarla ni prestarle mis consuelos.

Vivía entre malhechores de la peor especie, y sólo había hecho conocimiento con un preso político que debía extinguir su condena al propio tiempo que yo. Me trataba con cariño, y en los ratos en que estábamos reunidos me daba lecciones de escritura que procuraba aprovechar.

-Oye, Santiago -me decía-, cuando, nos dejen libres nos vamos a hacer un viaje largo por todas las partes del mundo; me servirás de secretario, y cuando nos establezcamos en algún punto fundaremos un periódico, porque noto en ti dotes de literato. Escribirás tu historia, cuya relación me ha conmovido e interesado, y haremos por publicarla. Verás de qué manera vamos a hacernos célebres los dos.

-Pero mi historia no tiene desenlace -repliqué.

-Tal vez lo tenga antes de que salgamos de la cárcel.

Y así fue, en efecto.

Un día me anunciaron que un caballero preguntaba por mí, y no tardé en hallarme ante un joven cuyo parecido con Rosalinda era notable. No necesitó nombrarse para que adivinara que era el segundo de sus hermanos. Iba vestido de negro, y con voz conmovida me preguntó:

-¿Es usted Santiago Arabal?

Le contesté afirmativamente, y él prosiguió:

-Vengo de parte de mi hermana, sin que lo sepa mi familia, porque así se lo he prometido. Rosa está muy enferma. Las consecuencias de su funesta caída, la tristeza, tal vez algo de herencia, pues nuestra madre está también muy delicada de salud, le han producido un mal que no tiene cura. Me ha encargado que le entregue a usted este paquete, que ella misma ha lacrado, y que le abrace en su nombre.

-¿Y está grave? -le pregunté.

Me miró con tal expresión de pena que adiviné la verdad.

-¿Ha muerto? -murmuré

-Sí, hace dos días, pero no he querido decírselo de pronto. En estos meses que ha estado con nosotros la habíamos tomado cariño; ella siempre se acordaba de usted, nada más que de usted. Cumplo, pues, su postrer encargo entregándole este paquete y dándole este abrazo.

Me estrechó con fuerza contra su pecho y salió no menos conmovido que quedaba yo.

Mucho tardé en ver lo que Rosalinda me mandaba; loco, desesperado, no tenía ánimo para nada, pareciéndome que todo en el mundo se había acabado para mí.

Al fin rompí el papel lacrado y vi un retrato suyo con esta sola dedicatoria «A Santiago, Rosalinda», puesta en gruesos caracteres, como por una mano inexperta; un rizo de sus cabellos y las medallitas doradas que le dieron de premio en el colegio de mi pueblo y que siempre había ella guardado cuidadosamente. Besé aquellos objetos queridos, jurando que no me separaría de ellos jamás.

Así acabaron aquellos amores de mi infancia. Salí de la cárcel ya hombre, partiendo para lejanas tierras con mi protector, que es mi mejor amigo.

Los sucesos por demás extraños que nos ocurrieron nada tienen ya que ver con esta historia, y en libro aparte acaso los narraré algún día.

Básteme por hoy decir que ningún amor verdadero ha venido a borrar de mi corazón la imagen de aquel ángel, a quien solo yo nombré Rosalinda.


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