Tipos y paisajes criollos - Serie III (Versión para imprimir)

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Autor: Godofredo Daireaux[editar]

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Payadores[editar]

Hace muchos años, era grande la fama de Faustino Videla, como payador, entre el gauchaje del sur; pero, como ser payador, no era, por supuesto, oficio ni profesión, Videla, capataz en una estancia, sólo dedicaba a la guitarra y al canto los momentos de ocio que le dejaba su obligación.

Nadie le había enseñado a cantar ni a tocar el instrumento, sino que, como muchos otros, en la Pampa, había nacido con el don.

Hay guitarras insípidas, que ni siquiera son capaces de hacer bailar a la gente; hay guitarras fastidiosas que la ahuyentan; hay versos insulsos, hay otros peores; pero también hay gauchos cuyos cantos rebosan de poesía y de inspiración sin que jamás hayan sabido como se llaman las notas, ni oído más música que el monótono gemido del viento entre los pajonales, ritmado por el compás del galope de su pingo, ni hayan hojeado más libro que el de la naturaleza ruda y solitaria que les rodea, empapando su pensamiento en infinita melancolía.

Lo mismo ha de haber sido, en los tiempos de Homero, de los rapsodas que con él cantaban las hazañas de sus legendarios héroes; lo mismo hicieron los bardos galos; lo mismo, los trovadores de la Edad Media, al pasear de castillo en castillo, sus romances hermosos, llenos del estrépito guerrero de las Cruzadas o de los suspiros amorosos que engendraba la paz renaciente; así han hecho en muchos países, poetas primitivos, sin dejar, casi, de sus ingenuos y preciosos cantos, sino el tenue recuerdo de la tradición y algunos poemas escritos, de inspiración ya más literaria que genuina, para enseñar a las generaciones siguientes, más que su propio valor, el valor probable de lo que se han llevado, las alas del viento.



Descollaba entre todos los que, en su pago, podían aspirar al título de payador, Faustino Videla, y bastaba, que hubiera prometido asistir a una reunión, para que de la inmensa Pampa, al parecer, tan desierta, manase gente, y resultasen pocos los postes del palenque de la pulpería.

No dejaba de saberlo, y para hacerle el gusto a su amor propio, -ese amor propio de artista, que, calladito, se retuerce de gozo a la menor cosquilla, o de furor, por un inocente pellizco-, se complacía en llegar cuando la reunión estaba en su apogeo.

No llegaba tampoco sin cierto aparato teatral y bien se conocía, al verle con su traje todo negro, su rico pañuelo de seda, sus aperos y su tirador relucientes de plata, que no se consideraba como un gaucho cualquiera; y por fin tenía razón, pues todos a su talento rendían homenaje.

Tampoco se contentaba con la guitarra grasienta, sacrificada por el pulpero a las pasajeras expansiones poéticas y musicales de los gauchos ebrios; pobre guitarra pública, víctima resignada, paciente y sufrida confidente de payadores groseros, que más entendían de rajarla a golpes y de romperle las cuerdas, que de hacer vibrar lo que de alma le podía quedar.

Traía consigo bien envuelta en su funda, la compañera fiel, a quien nadie tocaba más que él, lustrosa, coqueta, de lindas voces, que sabía, con él, llorar sus penas, acompañar sus suaves cantos de amor, o bordonear, enérgica, los sangrientos cuentos rayados a puñaladas.

No le pidan cantos alegres; el payador no sabe reírse. Podrán los oyentes saludar de vez en cuando con una carcajada, alguna copla picante, irónica, que, como flecha aguda, se irá a plantar en el pellejo del prójimo; pero siempre será mueca más bien que risa, como la que sugiere el vinagre fuerte.

Poco cantará sus amores, porque sus amores son pocos, y nunca buscará su inspiración en ideales religiosos que ignora o desdeña. Pero rebosa su guitarra de décimas alusivas, que acarician o pinchan, alaban o critican, piden cínicamente ofrendas, o rechazan, orgullosas, las dádivas que desprecia; de sus cuerdas sonoras, caen, corriendo parejas, humildes lisonjas con ironías crueles, e indirectas lascivas que, al llamar el rubor a la frente de las muchachas, hacen fruncir las cejas de sus festejantes.

A los versos que adulan, seguirán los que chocan, y en el palabreo, ora gritón, ora sordo, lento, a veces, otras, apurado, y que a pasos iguales acompaña el zumbido de la guitarra, caberá, al lado del piropo galante a la buena moza codiciada, el epigrama velado a las uñas del juez de paz o al machete del comisario.

Y a pesar de no ser alegre la guitarra del payador, no por eso dejará de acompañar los mil graciosos bailes de la Terpsícore pampeana, para que se divierta la juventud. También se lucirá el verdadero payador, en los cantos de contrapunto, duelos de agudezas improvisadas, que tienen, para merecer los aplausos de la concurrencia, que salir ligeras, aladas y bien armadas.

Pero, más que en todo esto, sobresalía Faustino Videla en cantar con la guitarra en mano, las penas de la vida del gaucho, en coplas heroicas y sencillas, a la vez, llenas de dichos expresivos, chorreando a veces sangre y a menudo lágrimas, siempre impregnadas de esa tristeza pampeana que todo lo traspasa, seres y cosas. Y cuando un canto de estos empezaba, se recogían los auditores, como para pasar las horas escuchando, pues sabían que siempre eran cantos largos aquellos, de esos que no acaban y que tanto le gustan al gaucho; así les debían gustar a los griegos primitivos, sentados en rueda al rededor del fogón, donde lentamente se asaba el carnero entero, las interminables relaciones de la Odisea.



Se apeó Faustino. Sentado de sesgo en un banco de madera, con una pierna cruzada encima de la otra, está templando la guitarra. Ting, ting, tung, tung, ting; y al oír esto, todos han dejado la carrera que iban a correr, o la partida de bochas empezada, y hasta la taba, tan llena de atractivos, para venir, presurosos, a amontonarse en la pulpería, al rededor de él.

El cantor, impasible, sigue templando: ting, tung, ting; da vueltas a las llaves, hace sonar las cuerdas, toma un trago para aclararse la voz, prende un cigarro, y como es algo larga la cosa, las conversaciones poco a poco, vuelven a subir de tono... De repente, corrió por toda la sala un estremecimiento: las voces se callan; las copas, al medio alzar, se han vuelto a poner despacio sobre el mostrador, y solo la crepitación de un fósforo turba a ratos el silencio, ya solemne.

Una nota aguda, alta, gangosa, agria, ha desgarrado los oídos atentos, y muchas otras han ido siguiendo, desgranándose, trémulas, ligeras o lentas, de la garganta y de las narices del cantor, dominando con su tonada penetrante el incesante y sordo ting, tung, tung, ting de la guitarra; y todos los presentes han quedado como suspendidos de ese canto ingenuo que tan hondamente refleja en su poesía, sus propias ideas y sus sentimientos, y hasta el ambiente a la vez lastimero y bravío en que se mueven; canto que puede hacer sonreírse al recién venido, -lo mismo que al novicio, estas pinturas primitivas, de personajes tiesos y sublimes, expresión tanto más genuina del arte, cuanto más desprovista de artificio-: pero pronto oprime el corazón su tristeza profunda, y seduce a la vez el alma su inefable poesía.



Cuando Faustino Videla, quebrantado por la edad, ya no pudo trabajar, se iba de estancia en estancia, al tranquito del mancarrón, llevando la fiel compañera, -algo cansada también, la pobre-, y en cambio de sus cantos, más hermosos que nunca, a pesar de su voz temblona, pues no hay como las chicharras viejas para cantar lindo, le daban la hospitalidad.

-«¿Quánto vi pagano per cantire?» -le preguntó una vez, al verlo tan pobre, un calabrés, armado de un acordeón. Y la mirada altanera que, por toda contestación, dejó caer en él el gaucho viejo, fue la de un maestro del pincel a quien preguntaría un blanqueador de paredes cuanto gana por día.

El arte no tiene precio; cada sociedad, cada individuo lo tasa según su propio grado de cultura y de refinamiento. El hacendado o el comerciante, al dar al pobre vagabundo hambriento una presa de puchero, con un trago de ginebra y un cigarrillo, sólo hace la caridad; la verdadera remuneración del payador es otra: es el murmullo de admiración con que saludan sus cantos.



Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Matufia[editar]

Después del confortable almuerzo, se fue don Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de las preciosas aromas que rodeaban la estancia don Carlos Gutiérrez, hacendado de la vecindad, don julio Aubert, francés acriollado y mayordomo de una gran estancia vecina, y un vasco, ovejero rico de por allá, que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había sido convidado por el dueño de casa.

Por cierto que le hubiera gustado más estar en la cocina con los peones, a churrasquear y a tomar mate que quedar sentado de sesgo en una silla que parecía tener miedo de aplastar, y sudando mares en el saco dominguero y en las botas nuevas olientes a suela tucumana, con que había creído deber engalanar a su maciza persona.

Empezaba la conversación a cabecear lastimosamente, cuando llegó un peón trayendo la correspondencia. Don Carlos se precipitó sobre la «Nación» y antes de echar siquiera una ojeada a las noticias políticas o al precio de la lana, buscó el último extracto de la lotería. Después de un examen atento que derribó rápidamente el edificio de sus sueños de fortuna, de la grande al segundo premio, del segundo a los premios menores, de estos a los de consuelo, y por fin a nada, exclamó:

-«Nadie me quita que en la lotería hay matufia.»

-¿Por qué don Carlos? -le dijo Aubert.

-Porque van cuarenta y una veces, amigo, que compro el mismo billete y que nunca salió, ¡nunca! ¿oye?

-Casualidad, efectivamente, pero...

-¡Qué casualidad, ni que casualidad! déjese de casualidades, hombre; ¡si no es más que matufia!

-¡No! no crea; asistí una vez a la extracción de la lotería, y parece imposible que pueda haber sospecha, siquiera.

-¡Qué sabe V. hombre! V. es extranjero; si yo le digo que aquí, en nuestro desgraciado país, todo es matufia.

Y exasperándose, en uno de esos arrebatos irreflexivos que de repente dominan a los latinos, y los llevan, lo mismo a alabarse locamente como a rebajarse sin medida, dejó correr el torrente:

-«Todo es matufia, amigo; todo, desde las casas en que vivimos, hechas de ladrillos mal cocidos, juntados con mezcla de donde han matufiado la cal, hasta la política que nos rige; desde las críticas de la opinión hasta las declaraciones del gobernador. Si se hace una ley cualquiera, para indemnizar, supongo, a los damnificados de una inundación, o para agraciar a los pobladores de tierras lejanas, ¡zas! al momento, se encuentra que hasta los boteros que se han enriquecido con la creciente han sido víctimas, y que los pobladores de tierras lejanas han sido tantos que no alcanzaría media república para satisfacer a los que solicitan acogerse a la ley.

Las elecciones, ya se sabe lo que son; ¡matufia! las licitaciones, matufia; la justicia, matufia, el ejér...»

Iba a seguir don Carlos anatematizando la administración de su país, cuando se oyó un crujido repentino, y se levantó el orador, sobresaltado, de su silla hecha pedazos:

-«¿No ve? dijo; ahí tiene la industria nacional: ¡matufia! y parece que, realmente, el único anhelo de los argentinos es de matufiar al gobierno, el del gobierno de matufiar a los argentinos, y el de todos, de matufiarse entre sí.

-No exagere, le contestó Aubert; no exagere. Parece que Vds. los argentinos, no tienen mayor gusto o peor enfermedad que la de calumniarse a sí mismos, y que no ven o no quieren ver los progresos que, en todo y por todos lados, está haciendo el país. Paciencia, que todavía una nación tan nueva no puede estar organizada hasta en los menores detalles. Y mire; si es cierto que algo queda en las costumbres del país, del atavismo indígena, esencialmente matufiador, -eso sí-, su mismo enojo me llena de gozo, a mí, tan amigo de esta tierra como cualquier hijo de ella; porque el pecador que se rebela contra su pecado está muy cerca de la conversión...

-¡Bravo! don Julio. Tiene razón, interrumpió don Narciso, al aparecer en el umbral, con el mate en la mano, reposado, fresco como una rosa matutina, y dispuesto por su larga siesta a perdonar al mundo entero las faltas cometidas y las por cometer. ¡Tiene razón! y nos debemos empeñar, todos los hombres educados, en corregir ese defecto del carácter nacional.»

Don Narciso hubiera de buenas ganas seguido su discurso -pues era bastante solista-, si un ronquido del vasco, muy dormido en su silla, no se lo hubiera cortado.

-«¡Qué don Juan este! miren; ¡Don Juan! ¿y los carneros?»

Don Juan se despertó, balbuceó una excusa. -«Haber mucho madrugado, y se fueron todos a los galpones.

Linda cabaña, la de don Narciso, con reproductores hermosos, importados unos, otros nacidos en el establecimiento, pero todos de gran valor y admirablemente cuidados. El vasco era conocedor; le gustaron unos carneros de sangre casi pura, que eran la flor de los productos del año; y después de haber tratado por el precio, apartó doce animales, marcándolos con tiza en la cabeza, y se volvieron a las casas a concluir el arreglo y tomar un mate.

Mientras tanto, el capataz, obedeciendo a una guiñada de don Narciso, cambiaba ligero tres de los carneros elegidos, por otros tres, de media sangre, pero bastante bien compuestos para que ninguno de afuera los pudiera conocer. Y como don Narciso se quedaba un poco atrás, vigilando la operación, de rabo de ojo, don Julio Aubert le empujó el codo y le dijo:

-«¡Firme! don Narciso; ¡a corregir la matufia!

-¡Bah! que quiere, amigo; y... Vds., dígame, en Europa... ¿no...?

-Allá es más peligroso; la ley...; sin embargo, también algo se hace, pero... para la exportación.»

Al llegar a la casa, se encontraron con una pobre mujer, de las chacras del otro lado del pueblito, y desconocida de todos ellos.

Vieja, enferma, débil, había venido a implorar la protección de don Narciso, a cuya influencia electoral había oído decir que nada se podía negar; había hecho en supremo esfuerzo, diez leguas a caballo para traerle sus lamentos de mujer desamparada, sus quejas de vieja pobre e impotente, sus lágrimas de madre desconsolada, y pedirle, no un favor, sino justicia.

Don Narciso la recibió con bondad, la hizo sentar, y le preguntó lo que le pasaba.

-«Señor, dijo, tenía un hijo, solo, que me mantenía con su trabajo; pues, enferma, como estoy, casi no puedo hacer nada. Tenía diez y nueve años; por consiguiente, dicen, no le tocaba la conscripción. Pero sucedió que a un hijo de un señor Gutiérrez, a quien no conozco, le tocó la de dos años para la marina, y como el padre, -don Carlos dicen que es- es persona conocida, al hijo lo dieron de baja por enfermo, y, para reemplazarlo, me llevaron a mi José.»

Y entre sollozos mal contenidos, explicó la vieja que quería que él se lo hiciera devolver, mientras aun era tiempo.

Don Narciso nunca echó, en toda su vida, tanto tiempo para armar y prender un cigarro. Con don Carlos cambiaban unas ojeadas que no eran precisamente de triunfo, y en vez de prometerle nada a la pobre vieja, le dijo:

-«Mire, señora, hay que tener paciencia; si al muchacho le tocó, no le podemos hacer nada. A más, debe V. considerar que a esta edad, los jóvenes fácilmente se pierden, y que es un bien para él, eso de pasar dos años al mar.» Y dejando el tono bonachón por el clarín del entusiasmo, agregó: «Volverá hecho un hombre, señora...

-Pero ya no me encontrará, señor, contestó ella, llorando.

-...¡Orgulloso de haber servido a la Patria!

-Sí, sí, murmuró don Carlos Gutiérrez; el patriotismo...

-Debe ser carne bien flaca, señor, le contestó la madre, cuando siempre los ricos lo dejan para los pobres.»




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de Godofredo Daireaux



Cuando llueve, lo mejor es dejar llover, primero porque es lo más fácil y también porque, generalmente, la lluvia es una bendición de Dios para la campaña; pero sucede que se vuelve plaga cuando dura demasiado, inundando el campo, penetrándolo todo de humedad, traspasando el piso de las habitaciones, calando las ropas y el mueblaje, sin que pueda ni dormir en seco la familia, porque el techo del rancho, cansado de tanto sufrir, está lleno de goteras.

-¡Quién fuera pato! -rezonga la señora, chapaleando agua, en el patio, para llegar del rancho a la cocina.

-Verdad es que es mucho lavar - contesta el marido, al ponerse el poncho de paño, pesado todavía del agua de los días anteriores.

Y, bajo la lluvia que sigue, se va hasta el corral, a ver cómo han amanecido las ovejas.

Las vacas y las yeguas aguantan sin morir, y los hombres, sin aflojar -en la ruda tarea de sujetarlas-, los mayores diluvios, por tal que no sean de agua muy fría. Las ovejas sufren más; pasan largas horas, encerradas, esperando, hambrientas, bajo el húmedo peso de su lana empapada, que un descanso del temporal permita al amo abrirles las puertas y dejarlas comer, apuradas, durante un rato, atajándolas, para que no se desparramen: no se pueden echar en el inmundo fango del corral y se lo pasan, paradas, en el barro hediondo, encogidas y dando las espaldas al viento, o remolineando sin descanso. Por otra parte, cuidarlas a rodeo, en noches de lluvias con viento, sería exponerse a perderlas: y mejor es todavía tenerlas seguras.

Así pensaba don Benjamín; y don Benjamín era hombre de mucho conocimiento en todo lo que se refería a trabajos de campo. Estimaba que en caso de temporal deshecho, el corral es el mejor peón, y que, aunque sufriesen hambre las ovejas, era preferible dejarlas encerradas, aun de día, que exponerse a no poderlas sujetar, una vez en el campo.

Y fiel a estos principios, es que tenía la majada encerrada, el segundo día de cierto temporal furioso con viento sur, capaz, con sus cacheteos glaciales, de llevárselo todo por delante.

Don Benjamín, el día anterior, había largado la majada desde más de una hora, cuando principió a caer esa agua fría como la nieve; las ovejas, azotadas por el viento, empezaron a disparar y se apuró él en echarlas otra vez al corral. Le costó mucho trabajo; no querían volver; no querían enfrentar ese viento que les helaba la sangre, ni los latigazos del agua que les castigaba el hocico, como con puntas de acero.

Don Benjamín, sin llamar a sus dos hijos, muchachitos todavía, que no hubiesen podido resistir el frío aquel, llenó, sólo con sus perros, la ruda tarea de asegurar la majada.

Raras veces dura mucho un mal agudo, y la naturaleza parece saber calcular, en sus más terribles enojos, la fuerza de resistencia de sus víctimas. Aquella vez, andaría descomunalmente rabiosa o habría perdido la medida, pues el viento quedó fijo en el sur, trayendo agua helada, durante tres días y tres noches; arreando, sin dejarlos descansar una hora, y llevándolos hasta ocho y diez leguas de la querencia, los yeguarizos y vacunos, y matando, a millares, los que habían quedado encerrados y los que, embolsándose en algún alambrado, no habían podido seguir caminando.

¿Quién no comprenderá que don Benjamín, el segundo día, teniendo la majada bien encerrada, aburrido de quedarse en la inacción, inquieto de la suerte que habían podido correr sus caballos, sus yeguas y sus vaquitas, se dispusiera a desafiar la intemperie para ir siquiera hasta la esquina, a saber algo, recoger datos, oír hablar de lo sucedido a éste, o aquél, a Fulano y a Mengano?

Bien emponchado, la cabeza envuelta en un pañuelo que le tapaba casi toda la cara, ensilló y fue. ¡Qué viento, señor; y qué frío!, el agua parecía cortarle el cutis a uno. ¡La suerte que la pulpería estaba cerca!

Había poca gente; capataces de estancias, hacendados que habían venido en sus mejores caballos, siguiendo sus animales arreados por el fantástico látigo del temporal, y que habían tenido que detenerse, porque los mancarrones ya se habían enfermado, con el frío, y desmoralizado los hombres. Todos estaban contestes en que las ovejas habían sufrido poco, pero que el desparramo y la mortandad de animales mayores sería cosa nunca vista. Don Benjamín, fatalista, pensó que no había más que esperar con resignación que terminara el temporal para entrar a campear sus lecheras, bendiciendo la suerte, por haber salvado siquiera la majada. Y tomó la mañana.

Ahí, no se sentía el viento; ni entraba el agua; hasta reinaba una temperatura regular, sino del todo confortable, por lo menos, llevadera, por comparación. Y don Benjamín, ablandado por este bienestar relativo, siguió tomando la mañana... hasta las cinco de la tarde.

Al volver a su casa, un poco antes de la oración, con la vista turbada por el alcohol, por las ráfagas del viento y los remolinos de la lluvia, divisó algunas ovejas que iban, mancas, balando, apuradas y como tratando de alcanzar a las compañeras; conoció con inquietud que eran de la señal de su majada.

Galopó en la dirección del viento, y al rato pudo ver, cruzando el cañadón y yendo hacia el arroyo, en larga chorrera, sus ovejas, que, azotadas por la tempestad, casi corrían, como si tuvieran prisa de encontrarse con la muerte.

Desesperado, las quiso detener, trató de atajarlas; no pudo.

Debilitado por la bebida, enceguecido por la lluvia, helado por el viento, ronco a fuerza de gritar, en vano trataba de atravesarse a las ovejas, que iban hechas torrente, entre el agua del cañadón crecido, sordas, ciegas, ahogándose ya. Vino la noche: y con lágrimas de rabia impotente en los ojos, don Benjamín enderezó para su casa, donde encontró, sumida en la desolación, a su pobre mujer.

Y ella le explicó lo que había sucedido: la majada arrinconada por el viento en un costado del corral; un poste podrido que cae, un lienzo viejo que cede bajo el peso y, por el portillo abierto, ¡el desfile paulatino de la majada!

A los balidos, corrió ella, con los niños y los perros; y pudo impedir que salieran unas trescientas ovejas, que son las que quedan. Han luchado para atajar la majada, haciendo frente a pie, en el barro, al viento áspero que muerde, al agua cruel, que, de fría, quema y hiela a la vez.

Horas han pasado así, consiguiendo apenas hacer remolinear las ovejas, pero sin poderlas volver a encerrar; hasta que las criaturas no pudieron más, se acobardaron los perros y que ella, desbordada, tuvo que dejar correr la oleada llevada por el temporal hacia el cañadón, hacia la perdición.


M42

Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

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Cerdeada[editar]

A cualquiera que no sepa, le parecerá cosa fácil el cortar la cerda de un animal yeguarizo. Claro: si es un caballo manso, no es grande el trabajo. Con tener el animal del cabestro, le puede uno pasar por la clin, con toda tranquilidad, una tijera de esquilar y despuntarle la cerda, haciéndole con la mayor prolijidad, dibujitos y cortes de fantasía que lo dejen lo más gauchito, con tal que los sepan hacer. Despuntarle la cola, tampoco es difícil y es operación sin peligro; basta agarrar la punta, bien apretada, y con el cuchillo afilado como navaja, cortarla de un tajo. El mancarrón ni caso le hace, pero sí el muchacho que está espiando los gestos del padre; pues con la poca cerda así sacada de algunos caballos, correrá en su petizo a la esquina, se trepará hasta llegar a la altura del mostrador y cambiará su cosecha por medio kilo de confites o de galletitas, de pasas o de nueces.

Si el menor puñado de cerda representa un valor, se comprende que, para el estanciero, no sea despreciable el producto que de ella se pueda sacar en un número crecido de animales. Lo que sí, es otra tarea cerdear una manada de yeguas ariscas y de potros, que de peluquear un mancarrón. Ahí no se trata de hacer obra de arte, sino de pelar, lo más cerca posible del cuero, la cerda de la clin y de la cola; y para esto, es preciso enlazar y voltear los animales, impidiendo por medios enérgicos que puedan despedir a patadas al oficial con sus tijeras.

Llegó marzo, con sus días frescos; las yeguas tienen todavía por delante muchos meses que esperar el aumento de su familia, y los golpes inevitables les serán menos funestos. El mayordomo cuidadoso evitará que se pialen los animales; se voltearán lo más suavemente posible, y hasta se tendrá la delicadeza de dejarles un mechoncito largo en la punta de la cola, para que puedan seguir con ella espantando los mosquitos. Que queden así muy bonitas, las yeguas harían mal en creerlo, y en volverse presumidas por lo bien tuzadas. A los potros, sólo se les acorta la clin y la cola, para que tengan íntegros sus adornos naturales cuando venga el momento de domarlos.

Pero ¿podrá siempre el estanciero contar con el producto de la cerdeada y tener la seguridad de que el trabajo se hará con las precauciones debidas? ¡Oh! no; pues la cerda no tiene marca. Cualquier gaucho posee algunos yeguarizos, y el derecho de tuzarlos; y una vez embolsados los mazos de cerda ¿quién se atreverá a asegurar que pertenecen a don Nemesio, hacendado rico, más bien que al paisano Gregorio? ¡Hombre! justamente acaba este también de cerdear sus yeguas. ¡Qué casualidad!

El domingo, a la tarde, llovió gente al puesto de Gregorio. Vinieron los tres Ponce, el hijo de Agüero, el rubio Florentino y su hermano Máximo, otros más, todos con lazo y boleadoras; y era para ayudar a Gregorio a cerdear sus yeguas. Los pobres, amigo, se tienen que ayudar entre sí. ¿Dónde iríamos a parar si para tuzar cuatro yeguas, hubiera que conchabar peones por día? Que lo haga don Nemesio, está bien; pero Gregorio no puede, y tiene que ser de convite el trabajo, en su casa.

Y así fue. La noche del domingo pasó, según dicen, muy tranquila: descansando, seguramente, pues era como si no hubiera habido nadie en el rancho; y al día siguiente, llevaron a lo de los Ponce, que tenían un corralito, las yeguas de su huésped. Entre todos, y como jugando, por supuesto, pues eran, sin excepción, buenos enlazadores, las iban tuzando con prolijidad, sin estropearlas y dejándoles, como es de regla, el mechoncito para los mosquitos.

Don Nemesio quiso aprovechar esa reunión de trabajadores hábiles para hacer tuzar, él también -pagando- las yeguas de su establecimiento; y se dirigía a casa de Gregorio para tratar del asunto, cuando se encontró con una manada de su marca, tuzada ya. Y ¡qué tuzada! por poco le sacan con la cerda, el pellejo. ¿Mechones, para qué? si las yeguas eran ajenas. Venía también un animal quebrado de una pata, otro medio deseogotado y faltaba un potrillo rosillo, el más lindo de la manada. Lo habían degollado para surtirse de lonja, tan necesaria para coser huascas.

Don Nemesio se paró, contempló el desastre, y en un arranque de legítima rabia, arrolló la manada y se la llevó por delante, hasta lo del alcalde. Pero cuando llegó allá, se encontró con el mismo representante de la autoridad abismado, aniquilado, derrumbado, en su corralito, mirando con ojos húmedos y labios temblorosos, no una vulgar manada de yeguas, sino su propia tropilla de caballos, señor ¡sus caballos! sin clin ni cola, pelados hasta el cuero, y meneando sus rabitos del modo más ridículo.

Al ver en tan deplorable estado los famosos lobunos de don Servando, don Nemesio no tuvo valor para quejarse. Consuelo de tonto, dirán; pero, con todo, consuelo sentía, y entre las arrugas de su cara enojada, ya se iba esbozando como un sonrisa.




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de Godofredo Daireaux



En el patio de la pulpería, atado a una estaca cortita, el hocico hundido en la trompeta, cubierto con una funda de arpillera que lo protege mal que mal del sol, durante el día, y de la helada, durante la noche, la cabeza agachada, dormita el parejero, dando el conjunto de su persona la idea de un aburrimiento profundo.

Estirándose, bostezando, sale de su cuarto el compositor y, con pereza, trae la ración del parejero. Este es el hijo mimado de la casa; y, lo mismo que ama de leche en casa rica, el compositor que lo cuida no deja, por supuesto, de atribuirse también su parte de privilegios.

El caballo no es ningún animal en condiciones extraordinarias; pero pertenece a Fulánez, el pulpero, y sirve de cebo para organizar carreras en la casa y fomentar reuniones.

-Es mi socio -dice Fulánez, con una guiñada; y como gana o pierde la carrera, según queda arreglado de antemano con el compositor, éste ya pasa de socio, y fácilmente se comprende que nadie le va a mezquinar un atado de cigarrillos, de los buenos, o un vaso de vino.

Es cierto que también tiene que varear al parejero, a horas fijas, especialmente en la madrugada, y con tino. Componer un parejero es oficio de haragán, pero de haragán que entienda el oficio.

Para Fulánez, el parejero es una regular fuente de beneficios, y sabe que, de cualquier modo, todo el dinero que traigan a la reunión los paisanos ha de caer al cajón.

Pero lo que a uno lo mantiene, al otro lo empacha: y para don Braulio Vivar, modesto hacendado de por allá, el parejero fue fuente de ruina.

A pesar de ser buen criollo, don Braulio poco se acordaba de hacer correr mancarrones, cuando, un domingo que había reunión en lo de Fulánez, sin pensar, se puso medio alegre.

Había mucha gente gauchaje, bastante, pero también una punta de extranjeros, con sus hijos, nacidos éstos en el país, los más endiablados para correr. Mientras los padres, agricultores italianos en su mayor parte, quedaban pegados al mostrador, dándole de puñetazo, chupando vino a litros, pitando sus cigarros Cavour, hablando a quien más fuerte, y chapurrando no se sabe si el español o el idioma materno, los muchachos, ellos, iban buscando a quien les corriera, aunque fuera por dos pesos.

Y no faltaba algún gaucho, que más por el honor que por la plata, voltease el recado y se pusiera la vincha en la frente, aceptando el desafío.

Se iban siguiendo las carreras que daba gusto.

-¡Tres cuadras! ¡dos cuadras! ¡una ochenta! Le corro. -¡Dos pesos! -¡Pago! -¡Déme cinco kilos! -¡A mano! -Bueno, ¡vamos!

¡E iban!, ¡qué diablos!, y empezaban las partidas, fastidiosas, enervantes, al tranco, a medio galope, a todo correr, que ya creían todos que se venían; ¡y las vivezas para cansar al contrario, y las miradas de reojo para calarle la ligereza!, como si se hubiera tratado de un gran caballo y de diez mil pesos.

De repente, se siente un tropel. «¡Cancha! ¡se vienen! ¡se vienen!» Y el alma en suspenso, todo el cuerpo sacudido por un movimiento maquinal, como si estuviera montado en su caballo favorito y castigándolo cadenciosamente, un gaucho repetía nervioso, sin resollar:

-¡Picazo, picazo, picazo, picazo!

A pesar de lo cual, pasó primero el doradillo, diez varas antes que el picazo, y el gaucho se calmó como leche retirada del fuego, alcanzando sólo a decir, al rato largo:

-¡Pero vea que lo ha ganado fiero!

Ahora, manaban los parejeros. Todos ofrecían correr, y todos, al oírlos, no tenían más que un caballo de carro, un caballo bichoco, o muy gordo, o muy flaco, como quien dice: «No me tengan miedo, mi cuchillo no corta»; o bien: «Mi mujer es fea, no me la lleven».

Don Braulio se dejó tentar. El caballo en que había venido era nuevo, guapo, vivaracho; lo prestó a un muchacho conocido para que corriese por dos pesos, para probarlo. Ganó.

Corrió otra, por cinco pesos. La ganó.

Don Braulio volvió a su casa hecho otro hombre, y, con regalar a la patrona los siete pesos, también algo la entusiasmó.

En vez de soltar el zaino, lo ató a la soga y le dio pasto, y desde el día siguiente, empezó a enseñarle a comer grano, cosa que ignoraban por completo, hasta entonces, todos sus caballos, y a hacerlo varear a la madrugada por Braulito.

Desde aquel día, también, las ovejas quedaron algunas veces encerradas muy tarde en el corral, y las apretó fuerte la sarna. Las vacas que, antes, daban poco trabajo, ya casi no dieron ninguno; pero el zaino empezó a ser cuidado en forma, y como verdadero parejero, tanto que fue criando fama.

Lo supo un vasco, carrerista de profesión, que vivía de pegarles fuerte a los incautos, con alguno de sus cinco parejeros mestizos, cuidados de modo a no aparentar lo que valían. Y se dejó llegar a la pulpería, donde don Braulio ahora pasaba sus días perorando.

El vasco no la emprendió con él haciéndose el chiquito, sino al contrario, alabando sus propios caballos, pinchando el amor propio del criollo, hablando de correr por cinco mil pesos para enseñarles a los argentinos, decía, lo que era cuidar parejeros. Tanto que a don Braulio, se le entraron las ganas de darle a ese gringo una lección, haciendo con él carrera por dos mil pesos, aunque tuvo para juntarlos que comprometerse, si perdía, a entregar vacas a elección, al precio de quince pesos.

Las vacas de don Braulio, a elección, bien valían veintidós; pero él no dudaba por un momento de la victoria del zaino.

Perdió, aunque por muy poco, y tuvo que entregar la flor de su hacienda, quedando perplejo de si haría el gusto a la patrona, fastidiada con las carreras, con liquidar el famoso parejero.

Por consejo del compositor que había tomado a su servicio, consintió, antes, en hacer otra prueba. Hizo carrera otra vez con el vasco, por quinientos pesos; pero jugó de afuera, con todo sigilo, contra su propio caballo, por más de dos mil, lo que fue fácil, pues muchos conservaban su confianza al zaino.

El mismo compositor debía montar y perder la carrera, de cualquier modo que fuese. Pero, ¡vaya! sucedió que, al correr, el entusiasmo se apoderó de él; el amor propio se lo llevó por delante; no se acordó del compromiso, sino de la vergüenza de perder otra vez; y castigó, castigó tan bien que lo batió al vasco, pero de lo lindo, dejando del mismo galope, al pobre don Braulio triunfante y furioso, renegando con las carreras, echando al demonio a los parejeros y a los compositores, empeñado hasta los ojos, y, sin embargo, con un cierto dejo a satisfacción criolla.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
Fecundidad


Fecundidad[editar]

En el talud de la zanja que circunda el corral, cubierto de punta a punta con un pastito bien verde y reluciente, recién lavado por el aguacero bienhechor, juegan a la mancha un centenar de corderos.

Blancos como nieve los ha dejado el agua; secos, así mismo, ya, pues su lana cortita no puede disputar por mucho tiempo la humedad al Pampero; alegres, llenos de salud, de vida exuberante, retozan y corren. La majada esparcida, aprovecha los últimos momentos de la tarde para llenarse de prisa, tratando de recuperar el tiempo que le ha hecho perder la lluvia; y, cuando un corderito, de los más chicos, bala, extraviado, llamando a la madre, ésta, sin despegar del pasto el hocico, tartamudea: «Aquí estoy,» con la boca llena.

De punta a punta del talud, carrera; descanso, y ¡volver! y así van y vienen los corderitos, llenando de alegría el ojo del amo, recostado sonriente en el caballo. Los mayores, buenos mozos de dos meses, encabezan la partida; con pie firme, ligero, disparan, y llegados a la punta, se paran, arrogantes; dan un brinco, bajando la cabecita donde asoman ya las astitas, alzando las patas o encabritándose y pegando dos, tres saltos seguidos, en las manos tiesas, saltos que pocos jinetes resistirían, si fueran de potro: y, de repente, otra vez a todo correr por el talud, seguidos de una caterva de hermanitos que van de mayor a menor, corriendo también y retozando, y dejando por detrás a algunos chicuelos, casi recién nacidos, que también, bamboleando en sus patas largas, se han querido agregar... ¡mocosos!

Y así, hasta que siendo ya de noche, el pastor, al tranquito, arrima despacio la majada balante y que los corderos vuelven a buscar las madres, conociéndolas entre mil, cada uno la suya, por la voz, por el olor, por el instinto, y de rodillas, buscando la teta, chupan con avidez la savia vital...

Detrás de unas pajas de penacho plateado, están escondidos, echados de barriga, tres terneros, recién llegados en este mundo de penas; el pelo como terciopelo, liso, lustroso, brillante; los ojos como grandes perlas de azabache; el pescuezo tendido en el suelo, no se mueven, convencidos de que nadie los ve, pues sus madres los han dejado ahí, con recomendación estricta de no moverse, ni seguir a nadie; y aquí están, y no se mueven.

Las madres andan por allá, engavillando con la lengua, cortando con los dientes, y almacenando en la panza las suculentas yerbas de la Pampa. Cuando nadie las vea, volverán apuradas, al tranco largo, hacia el lugar secreto donde han dejado escondida la prole, y le propinarán a grandes tragos, la leche de sus tetas generosas.

Y el rodeo se va llenando de nuevos seres que balan, corren, retozan y maman, dando grandes cabezazos en la panza materna, para conseguir apoyo.

¿Y ese bicho raro, de cabeza tan grande, de patas tan largas, que parece mirar con tanto asombro todo lo que pasa al rededor suyo? Dejen pasar unos días y será más bonito, más elegante que la madre, esa yegua vieja, panzona, que lo está llamando. Los potrillos, sus hermanos, lo están incitando ya a que se mezcle con ellos y venga a correr, para aprender el oficio.



Así se complace la naturaleza en renovar las generaciones que se van, con generaciones más numerosas que llenan las soledades con su alegría y su juventud, haciendo el desierto cada vez menos solo, multiplicando las majadas, los rodeos y las manadas.

Se ríe de la destrucción con que los persigue el hombre; parece ayudarlo, a veces, como en burla, con alguna mortandad inesperada; pero ella misma pronto llena los vacíos, como si la población en la pampa fértil, tuviese que buscar su nivel, como lo busca el agua de sus llanuras en las lagunas y los ríos.

¡Y en la puerta de este rancho! ¡miren, vean! También se multiplica el hombre: una mujer da el pecho a una criatura; un niño la tiene agarrada del vestido; gatea otro más, en el patio, mientras éste, algo mayor, espanta con los brazos levantados y los gritos de su boquita toda sucia, unos patos atrevidos que le querían robar la papa que está comiendo. Y otros hay, más grandes, parados contra la pared, mirando al hermano que se trepa como mono, en un mancarrón viejo, para ir a repuntar la majada paterna.

Son muchos aquí; en otro rancho, son más, y en cada rancho, pululan. Cada olla pare diez cucharas, aumentándose el número de los futuros pastores, por lo menos en proporción del aumento de los rebaños.

En la Pampa, no le hubieran faltado modelos a Zola para escribir su obra Fecundidad. Si allá es casualidad encontrar una familia numerosa, aquí es lo común; y lo raro es hallar a alguna que no haya puesto en práctica el mandamiento bíblico: «¡crescáis y multiplicad!»

Del mucho pasto, los muchos terneros; el estómago lleno hace contento el corazón, y el corazón contento es el gran procreador.

¿Lo dudan? Pues vean a todas estas mujeres santiagueñas, paradas en la orilla del camino, esperando, para saludarlo a la pasada, al dueño del ingenio donde trabajan.

Una que otra, contadas, tiene criatura en los brazos, pero llama la atención que todas, jóvenes y viejas, parezcan tan igualmente... abultadas.

-«Tuvimos, este otoño, explicó uno de la comitiva, mucha fruta de algarrobo.»

¡Tierra fecunda, tierra feliz! a la cual basta una buena cosecha de fruta silvestre para facilitar en este grado la tarea a sus gobernantes, ya que, como lo dijo Alberdi, gobernar es poblar.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Esquilando[editar]

¡Clic, clic, clic, clic, clic! suenan las tijeras; corren rápidas entre la lana que cae y se amontona en enormes copos, cuya nitidez contrasta con el color gris y sucio del vellón de las ovejas sin esquilar.

La gente ha almorzado y descansado durante las horas más calurosas de la siesta; han cobrado todos un nuevo brío, y a pesar del calor de plomo que todavía pesa sobre la naturaleza aletargada, trabajan con empeño, apurados. Agachados sobre la oveja, de un tijerazo hacen saltar el copete, la lana de la cara, y atacan con dos manos y de punta la lana tupida de las espaldas.

Gracias al calor que suaviza la lana grasienta, en pocos momentos, está todo el vellón en el suelo. El esquilador, de una sacudida, lo pone como soplado: «¡Lata!» dice, y el latero acude al grito, paga, alza la lana y la deposita en la mesa del atador.

Ya se agachó otra vez el hombre y desató las patas de la oveja, toda sorprendida al verse tan blanca, al sentirse tan desnuda y al mismo tiempo, toda asustada por haber sido tan violentada, cortada, sacudida, manoseada. En un minuto, están peladas la barriga y las patas.

«¡Remedio!» grita el esquilador, parado, un pie encima de la oveja, y un muchacho, con un tarro en la mano, tapa con una pincelada de bleque los numerosos tajitos que colorean en la piel, inmaculada por un breve momento, del pobre animal. Se acabó; ¡a otra! y mientras se va a juntar la oveja pelada con las compañeras en el chiquero, el esquilador sigue con ardor su trabajo.

Nadie chista; el calor ambiente, duplicado por la sudosa actividad de tantos cuerpos en movimiento, por la respiración anhelante de las ovejas que el agarrador ata de las cuatro patas y acomoda en hilera, en la orilla del tendal; por los mil olores que se mezclan, variados y poco suaves, en la espesa atmósfera del galpón, acobarda a los más alegres y no les deja fuerza de sobra para chancear.

Durante dos horas, sigue así el trabajo. A pesar de haber, al entrar, agarrado cada esquilador una oveja elegida entre las de menos lana, el agarrador está continuamente en apuros; las chiqueradas vuelan en un momento, y mientras encierra otra, los esquiladores con su incesante clic, clic, clic, clic, acaban de pelar casi todos los animales que han quedado en el tendal. Y el hombre se apresura.

Puesto envidiado el suyo; si bien tiene ciertas obligaciones fastidiosas, como la de estar el primero en el trabajo, para carnear o encerrar y el último en el tendal, para barrer, también puede, de cuando en cuando, disimular para un sabroso churrasco, algunas achuras, como la tripa gorda o los riñones, y si, a ratos, el trabajo es fuerte y penoso, también tiene sus largos momentos de descanso.

Los esquiladores, por supuesto, no dejan, cuando pueden, de hacerle alguna jugada, o de llamarle fuerte a la orden, si lo pueden pillar faltando a su obligación.

Si las ovejas remolonas han tardado mucho en entrar al brete, asustadas por el movimiento del tendal, los esquiladores, apurándose, no tanto por el interés de ganar una lata más como para desacreditar al agarrador, han acabado ligero con la última oveja atada, y claman: ¡Ovejas! como para volverlo sordo. Con el apuro, ató mal un carnero, y, a medio esquilar, éste se desmaneó, y con sus pataleos desesperados, hizo saltar la tijera de manos del obrero, deshizo todo el vellón, dando motivo a una algazara que obliga al mayordomo a intervenir con una reprensión.

Poco a poco, la gente se va cansando, pero al mismo tiempo, revive con las primeras brisas de la tarde.

«Me duele la cintura,» dice uno, y se endereza, estirándose para descansar un rato, al soltar una oveja. La verdad es que no sólo le duele la cintura, sino que también le hace cosquillas la lengua. Mientras ha durado el calor, no se ha conversado, y esto de trabajar sin charlar es una cosa bien triste.

«A afilar,» dice otro; y se va a sentar cerca de la piedra, donde está ya afilando las tijeras un compañero con quien, por supuesto, entabla una conversación llena de interés. «¡A pitar!» grita aquél, riéndose y armando un cigarro; y así, uno tras otro, con un pretexto o con otro, se paran, descansan, charlan y desentumecen a la vez el cuerpo y el alma.

El trabajo sigue; pero ya con menos apuro. El agarrador, cruzado de brazos, ha llenado el tendal de ovejas maneadas y saborea un cigarro, el primero, desde la siesta.

El atador, todavía, anda medio atrasado, con un gran montón de vellones en la mesa. Extiende, sin descansar, las blancas capas de lana; las separa, las coloca unas encima de otras, las arrolla, las envuelve con el hilo, aprieta con el pecho, cruza el hilo, aprieta otra vez, hace nudo, corta y ¡a la pila! y sigue así sin resollar, hasta que el montón desaparecido de la mesa le haya hecho lugar para sentarse también un momento, y prender el pito.

-«Te corro cinco cuadras.

-¿Con cuál?

-Con el bayo.

-¿Cuánto me das?

-Nada, a mano. Está a campo hace dos meses.

-¡Qué esperanza! los míos son todos mancos.

-Te doy cinco kilos.

-Así, todavía; ¿por qué plata?

-Cien latas.»

Y en el momento en que todos seguían con oído atento los detalles de la carrera que se estaba por hacer, apareció en la puerta del galpón el mismo patrón, el dueño de la estancia.

Hay patrones que se hacen temer, otros que se contentan con ser respetados, y algunos pocos que saben también hacerse querer. ¿Por qué? ¿cómo? esto no se aprende; pero cuando, después de su buena siesta, viene el patrón al tendal a ver cómo anda el trabajo, y si la lana sale liviana o pesada, limpia o fea, es fácil conocer a qué variedad pertenece.

El primer momento es siempre de silencio, súbito y completo, y el clic, clic de las tijeras suena como nunca.

-«¡Ay! exclama de repente un esquilador, sacudiendo el dedo, como si se hubiera pinchado: ¿Será abrojo?»

-«Está feo... el tiempo, dice otro; voy a que tenemos tormenta!»

O bien el silencio se hace profundo, y profundo queda, hasta que la aparición silenciosa se haya retirado, y un rato largo, todavía, después.

Basta que ciertos patrones pidan que se trate de acabar la majada en esta misma tarde, para que no falte quien conteste: no se puede; o: son muchas; o: ¿Quién sabe?

Al patrón que para sus peones no es ente ni tirano, lo saludan ellos afectuosamente, cuando aparece, y si también pide que se empeñen en acabarle la majada: «La lana está muy seca, dirá uno.

-¡Qué agua fea!» contestará otro; y con un litro de caña que mande buscar, sin que, así, nadie parezca habérselo pedido, conseguirá lo que, para los otros ni, pudiendo, se hubiera hecho.


El agarrador, al pasear la escoba por el tendal, entre los esquiladores atareados en cumplir con el patrón generoso, ha visto el litro de caña, apenas principiado, depositado en un rincón, cerca de la mesa del atador. Ha podido hacerlo desaparecer, y, sin que nadie lo viera, lo escondió entre unos vellones de lana negra que se han puesto aparte.

Al fin, se acabó la majada: cansados, sedientos, rodean todos un balde de agua fresca que se mandó traer, y buscan la caña, para tomarla con ella.

¿La caña? -¡voló!

Ladislao es muchacho alegre, vivo, perspicaz: se fija que el agarrador sigue barriendo con entusiasmo, sin protestar, sin pedir su parte, y ya tiene sus dudas.

-«No digan nada, les dice a los compañeros; pronto vamos a saber quién es; váyanse, no más, a comer.»

Y él, en el crepúsculo, pronto queda invisible entre los árboles que rodean el galpón. Poco tiempo tiene que esperar: ve venir al agarrador, y también lo ve echarse al buche un gran trago de caña y volver a esconder la botella entre la lana negra.

Ladislao corre a la cocina, pide una botella vacía, la llena con un líquido... de color parecido a la caña, y la pone en el lugar de la otra.

Después de comer, se fueron todos sin ruido, a esconder en el galpón, y cuando el compañero volvió para asentar la comida, empinó voluptuosamente el litro, y lo tiró de repente, enojado, y quiso tirar con él hasta el gañote, ¡no fueron nada las risas y los golpes en la boca con que lo aplaudieron!




Tipos y paisajes criollos - Serie III (Versión para imprimir)
de Godofredo Daireaux



Cundió la noticia de que don Filemón Urquiola, para aliviar el campo, quería vender quinientas vacas al corte, de las dos mil que tenía; y como las vacas para cría eran algo buscadas, porque iban poblándose muchos campos afuera, don Filemón no tardó en recibir la visita de varios interesados. Su rodeo, sin ser de lo mejor, era algo mestizo; tenía buena novillada, buena proporción de vaquillonas y vacas de vientre; los terneros nacidos en la primavera ya tenían sus seis meses; sólo, pues, quedaba saber el precio y las condiciones de pago.

A don Filemón, como a cualquiera, le gustaba conversar, y cuando veía acercarse al palenque algún jinete desconocido, se apresuraba en convidarlo a pasar para las casas. Y mientras iba y venía el mate, servido por un par de ojos negros que parecían tomar el más vivo interés en lo que se decía, se cambiaban preguntas y contestaciones sobre esto, aquello y lo otro, dando rodeos y vueltas el forastero, como para evitar de hablar de las vacas, lo único que le importaba, y dejándolo, por su parte, don Filemón, enredarse en charlas sin rumbo, cortadas de silencios molestos, hasta que cansado de tantas partidas, ya largaba el otro:

-¿Será cierto, don Filemón, que quiere vender vacas?

-Hombre, según. Hice la conversación; pero no tengo muchas ganas, sabe. Está subiendo mucho la hacienda.

-No crea, don Filemón. Muchos son los que quieren vender, y no es tan fácil encontrar comprador.

-Pues a mí, señor, me han venido a ver una punta, y supongo que con alguno ha de cuajar, a menos que hayan venido sólo a tomar mate.

-¿Pedirá mucho, don Filemón?

-No, señor. Diez y ocho pesos.

-... ¿A rebenque? -preguntó el forastero haciéndose el inocente.

-Pues no, y con cría -contestó, sonriéndose, don Filemón.

-¿Y cuántas son las que vende?

-Quinientas, a cortar de las dos mil del rodeo, con diez por ciento de novillos garantidos, libre de entecadas, y los terneros del mes, por muertos -y agregó como quien no quiere la cosa: -plata al contado -sabiendo que para muchos, ese era el escollo.

Tanteadas para conseguir plazos; ofrecimientos de cambiar ovejas por vacas; combinaciones ingeniosas para evitar de dar seña, de todo le habían metido por los ojos, pero el viejo no era lerdo, y mientras esperaba la contestación del forastero, el par de ojos negros reflejaba intensa ansiedad.

Con algún trabajo, todo se arregló, previa vista del rodeo, y a recibir a los diez días; y como, del precio, sólo había tenido que rebajar don Filemón, peso y medio, en vez de los dos que hubiera consentido en ceder, le pudo decir a su mujer, refregándose las manos:

-A éste le hice pagar la yerba.

El día siguiente, don Filemón hizo parar rodeo, aprovechando los vecinos para sacar las ajenas, y pudo ver el comprador, que si cortaba con tino, el negocio no le podía salir malo.

Firmó el boleto, pagó la seña, y notó que el par de ojos negros estaba muy risueño.

A los diez días, vino a recibir la hacienda, con bastantes peones, para evitar que, en la recogida, por uno de esos descuidos involuntarios que al más honrado le suceden, quedasen olvidados entre las pajas, justamente los mejores novillos y las vaquillonas más mestizas.

Y cuando, despertado por la bulla que metían en el campo, los perros con sus aullidos y los peones con sus gritos, se apresuró el sol a saltar de la cama, envuelto todavía en los violetos jirones de su colcha de nubes deshechas, y asomó la cara en el horizonte, por todos lados, vio surgir de los pajonales y de los huecos, trozos de hacienda que corrían a juntarse en el rodeo, trotando las vacas, galopando, mugiendo, balando, corneándose, dando de cabezazos a los perros, trepándose unas encima de otros, parándose a veces un toro, para hacer volar con fiereza la tierra por el aire; llegando por fin todas, en largas filas, al rodeo, donde se mezclan, remolinean un rato, y poco a poco se sosiegan, juntándose por familias, buscando cada cual su sitio acostumbrado, esperando, tranquilas, bajo la custodia de los jinetes, lo que disponga el patrón.

Al comprador le gusta mucho la novillada, medio amontonada en una orilla del rodeo; pero también le gustan las vaquillonas de aquellas otra, y vacila. ¿Dónde cortará? Por su parte, don Filemón está algo inquieto: ¿le sacará los novillos más grandes o las mejores vaquillonas? Y acaban por resolver, ambos de común acuerdo, de remover despacio el rodeo y de mezclar los animales, antes de cortar.

El comprador, de repente, levanta en silencio el rebenque, para que sus peones lo sigan, y abre con ellos en la hacienda, al tranco largo, un surco que corta del rodeo, más o menos, el trozo convenido de quinientas cabezas.

El surco se ensancha, las vacas caminan: las enderezan al viento, donde queda parado el señuelo, y al grito de: «¡Vaca! ¡Fuera buey!», cien veces repetido, las apuran de golpe para que no puedan tener ya tiempo de volverse al rodeo.

El comprador y el vendedor envuelven la hacienda cortada en la misma ojeada escudriñadora. Corte lindo para cría, piensa el primero: muchas vacas y vaquillonas lindas; y como ya son de él, cada minuto que pasa se las hace parecer mejores. Don Filemón también se serenó; cierto es que se le van algunas buenas vaquillonas y uno que otro novillo grande, pero se consuela pensando que va a recibir buenos pesos, que le quedan novillos para el matadero; y después de una vueltita al rodeo, que despacio, a paso lento, se va desgranando por el campo, queda del todo conforme.

En un momento, se desternera la punta cortada; se sacan dos animales ajenos, una lechera de la patrona, un buey, un novillito rengo, y ¡a contar! y se forma la gente, se corta y se aleja el señuelo, al viento siempre, y por un embudo de jinetes, pasan de a una, de a dos, de a cinco, deshilándose despacio a veces, y otras, a todo correr, las vacas y los toros, los novillos y los terneros, las rosillas y las coloradas, las blancas y las negras, las moras y las overas saludándose cada cincuenta con un grito y una tarja.

«¡Cincuenta en la negra!...» Se acabó. Queda la hacienda bajo el cuidado de los peones del comprador, que la van marchando despacio, atajando la punta delantera, hasta pasar la tranquera del alambrado.

El comprador se fue para las casas con don Filemón, a quien entregó los pesos; y cuando se retiró, notó en el par de ojos negros tanta alegría, al mirar a un buen mozo que parecía ser de la familia, y una sonrisita tan llena de inconsciente gratitud, al mirarlo a él, que comprendió que con la venta de las vacas, no sólo el viejo aliviaba el campo, sino que también adquiría los medios de apurar la felicidad de una simpática pareja; y sintió de veras no haber tenido que tratar el precio con la enamorada niña, pues ella, seguramente, le hubiera soltado las vacas, aun por doce pesos.


M42

Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Al tranco[editar]

Durante todo el invierno, las mujeres de la familia han trabajado con empeño para completar el surtido de matras, sobrepuestos, cobijas y ponchos, tejidos con la lana grosera de sus ovejas criollas; y al asomar la primavera, pueden salir los muchachos a vender, por la provincia de Buenos Aires, los productos de la primitiva industria santiagueña.

Saldrán al tranquito, por grupos, y al tranquito, recorrerán centenares de leguas; los caballos son escasos en Santiago del Estero; se crían mal, por las palmeritas que cubren el suelo, y hay que cuidarlos mucho.

De puesto en puesto, irán ofreciendo su mercadería: las matras espesas de lana que duran años y los ponchos pesados e impermeables, de colores vistosos, gritones, con flores en relieve. Tentarán a la mujer, con una cobija colorada, capaz de desafiar las beladas más crudas; al marido, con un sobrepuesto de un verde que hace llorar, con el cual se podrá lucir en las reuniones; y si hay todavía algunos pesitos en el baúl, fácil es que los santiagueños hagan el día. De cualquier modo, trocarán algo, siempre, por yeguas que amansarán o mancarrones bichocos, superiores todavía para el tranco, sin contar con el asado que, de llapa, les darán.

Pero pocos son los que tienen tejidos para vender, en suficiente cantidad para que su producto les alcance a pasar todo el invierno; y se juntan entonces por bandadas, cruzando campo, al tranco siempre, en busca de los trabajos rápidos y bien pagos, como los de esquila y de cosecha, que llenan en pocos días la maleta del hombre empeñoso y sobrio y lo arman de recursos para larga temporada.

Por cierto que, por los 1860, debían ser pocas, en Santiago del Estero, las ocasiones de ganarse con sus brazos una onza de oro; mientras que en la provincia de Buenos Aires, y con sólo cruzar apenas unas ciento cincuenta leguas, cortando de punta a punta la provincia de Córdoba, mal despierta, también, ella, de su sueño secular, había un punto, -y pronto se supo-, donde dos franceses sembraban trigo y pagaban para segarlo con la hoz, una onza las diez tareas, o sea una cuadra.

El precio era lindo, y se juntaba la santiagueñada, que daba gusto, en el momento de la mies. Pero más lindo era el precio del trigo que, también, se vendía una onza la fanega; y como no siempre hay caballos para la vuelta, o que muchas veces faltan las ganas de dejar un pago de vida abundante y fácil, para cruzar otra vez al tranco ciento cincuenta leguas de pampa, entre penurias de todas clases, para volver a encontrar en la querencia las mismas penurias, muchos se quedaban a sembrar trigo también. Y fue fundado Chivilcoy.

No se sembraba trigo en toda la provincia, pero en todas partes se criaban ovejas y vacas, y se necesitaban peones y puesteros. ¿Quién resiste a la oferta de una majada al tercio, en campo fértil y extenso, con la celestial perspectiva de un continuo far niente, acompañado de churrascos a discreción, con carne gorda colgada siempre del alero, con libreta garantida por el patrón para la yerba, el tabaco... y la caña, que tan suaves cosquillas hace en la garganta cansada de charlar en la pulpería? ¡Sí quita esto hasta las ganas de irse robando caballos para volver a Santiago! Y se fundaron así por miles, hogares en la Pampa porteña.

La corriente que así se desprende de la llanura santiagueña, y corre despacio, deslizándose sin meter bulla, modesta como es, por la pampa de Córdoba, arrastra de vez en cuando, por la fuerza del ejemplo, a paisanos cordobeses que también quieren tentar fortuna. Hijos humildes de provincias todavía pobres, hechos industriosos por esa misma pobreza, acostumbrados desde niños a cuidar con esmero los cuatro animales paternos, traen a la provincia orgullosa de sus innumerables haciendas, cantidad de conocimientos útiles y de habilidades y prácticas ingeniosas, que aplicadas en mayor escala a los rebañas porteños, han sido todo un progreso.

En cambio, los que a su tierra vuelven, atraídos irresistiblemente por el amor a la querencia, o porque tienen allá familia numerosa difícil de mover, llevan a sus provincias, -alzadas sin saber cómo, lo mismo que las carretillas que por el camino se les han pegado a las caronillas-, ideas nuevas, más amplias, más generosas, más humanas. En su tierra pobre y todavía mal preparada, no germinarán seguramente todas las semillas de trébol que llevan; tampoco se desarrollarán de golpe todas las ideas recién injertadas en su cerebro primitivo, pero vendrá el día, -ha venido ya-, en que brotarán, cundirán, abundarán los gérmenes así juntados y mezclados, para desarrollarse en planta lozana.

Y esa planta, cada día más lozana, es la Unidad Nacional.

Llegará el día, en que el acento arribeño, de que, por costumbre vieja, tiene propensión el porteño a sonreírse siempre un poco, pasará desapercibido. No se siente ya en la pronunciación del santiagueño, cuando preguntado por su huésped, de qué provincia es, sencillamente contesta: «Soy argentino.»





Tipos y paisajes criollos - Serie III (Versión para imprimir)
de Godofredo Daireaux



El temporal fue terrible; durante tres días y tres noches, el viento, sur neto, cosa rara, castigó sin cesar, con los millones de agujas de una lluvia helada, las haciendas desparramadas sin reparo en la campaña pampeana.

Antes de dejar la querencia, el animal lucha, sufre, mientras puede, los cintarazos de la lluvia con viento, y si, en el primer momento, ha disparado, pronto se paró en el límite del campo donde ha nacido y se ha criado. Se encoge, tirita, resiste, las ancas al viento; pero si éste sigue penetrando las carnes, como látigo mojado, cortando el cutis, helando los huesos, ya, paso a paso, el animal, con pesar, franquea despacio la línea y entra en campo ajeno.

Camina, sin dar vuelta la cabeza, como dirigida por el huracán; desviando si desvía éste, parándose, si deja de soplar y de arrearlo con su incansable rebenque.

Aquella vez, el viento no paró ni un rato, durante setenta horas; arreando sin descanso las haciendas enloquecidas y rendidas, de todo el sur de la Provincia, desviando sólo un poco al sur este, en la última noche del temporal.

Los arroyos crecidos vieron formarse en su cauce tajamares de carne, con manadas enteras de yeguas caídas unas encima de otras, enceguecidas; hecatombes como nunca las vieron iguales los dioses más temidos de la antigüedad.

Desgraciado del animal que no ha llegado para cruzar el arroyo, antes que éste haya crecido; la fuerza de la corriente, la lluvia helada, la extenuación producida por el frío y la marcha lo paralizan, y ahí no más, se ahoga, sin remedio. En la ribera, las lecheras recién paridas recorren balando la barranca, con sus terneritos endebles, buscando paso para salvar su prole, y no encontrándolo, allí mueren con ella. Lo mismo pasa en cualquier recoveco de alambrado que no alcancen a evitar los animales en marcha; y, amontonándose para tratar de calentarse, pronto encuentran, en fúnebre promiscuidad, el frío que no se quita.

Al acabarse la tercera noche, dejó por fin de llover; cuando el pampero limpió el cielo, y el sol, arrepentido de tan larga deserción, hizo resplandecer su luz alegre en los campos inundados y en las lomas sembradas de cadáveres, los estancieros vieron con desconsuelo que lo que no había muerto había huido; que de los animales muertos en sus campos, pocos llevaban las marcas de sus establecimientos, sino las de estancias situadas a diez leguas más al sur, y pudieron así calcular que sus propios animales tenían que estar también a diez leguas más al norte, desparramados o muertos.

No hubo más que hacer que empezar a cuerear los ajenos, para cobrar de sus dueños, cuando viniesen a reclamar los cueros, la comisión correspondiente; ¡y ojalá! que allá también, a diez leguas, prestaran los vecinos el mismo servicio.

¡Changa linda para el pobrerío! y si el viento sur ha soplado feo para el hacendado, lo bendice el gauchaje. ¡A cuerear, muchachos, que todo sirve para un caso de esos, los niños y los viejos; y por tal que tengan un cuchillo en la cintura, no les han de faltar chairas!

-¡Las vainas, son las que no faltan, digo yo, en ese mundo bendito! -rezongaba don Juan Valverde, al contemplar el tendal de sus mejores vacas, las tamberas, muertas allí todas, en el mismo corral donde las habían encerrado, creyendo salvarlas así, mientras las otras se habían mandado mudar y andaban quién sabe dónde.

Y mientras la cuereada hacía por todas partes colorear y relucir al sol las osamentas, festín opíparo para los chimangos gritones, empezaban a volver, en pequeños grupos, caballos, yeguas y vacunos, en busca de la querencia abandonada. Mixturados como, después de una derrota, soldados de varias armas, se venían, punteando por entre los cañadones, vacunos y yeguarizos, juntos y de todas marcas: y salían los estancieros al encuentro, a revisar y apartar los que conocían ser de ellos.

Don Juan Valverde, desesperado, al ver que sólo dos vacas le habían vuelto, creyó ya sin remedio su desgracia; pero, siquiera, quiso saber si era cierto que hubieran muerto todas y dónde estaban los cueros. Casi todos sus caballos habían desaparecido; y sólo, uno por uno, iban volviendo los más viejos. Una yegua chúcara acababa de tener cría; la mandó agarrar, le metió el cencerro, la maneó, encerró con ella en el corral, durante toda la noche, todos los mancarrones y potros que venían cayendo a la querencia, y a la madrugada del día siguiente, arreando con dos peones su tropilla improvisada, heteróclita, de caballos de todos pelos, de todas edades, de bichocos y de redomones, con madrina chúcara y potrillo recién nacido, emprendió la campaña.

En el cañadón, nada; ni rastro. ¿Se habían ahogado las vacas en el arroyo? Parece que no: en la ribera son de otras marcas las que se están cuereando. Se cruza el arroyo; el potrillo guapea; a los relinchos de la madre, entró en el agua, y salió bien al otro lado: a duras penas, pero salió; ya es gente.

Después de descansar un rato, haciendo mil suposiciones sobre la suerte final de la hacienda, se sigue viaje. Pronto se va a llegar a un alambrado grande, y se divisan desde lejos los montones de osamentas frescas que están desollando numerosos peones; late el corazón al pensar que quizá sean justamente las vacas de la estancia. Por la dirección del viento, cuando el temporal, allí han de haber pasado; habrán cruzado el arroyo antes que creciera, para venir a embolsarse en el alambrado y morir.

Peones conocidos de don Juan Valverde están ocupados, alegres ellos, en la triste tarea. Y mientras él se acerca, sin atreverse a formular la pregunta que le quema los labios, por temor a la respuesta:

-Buenos días, don Juan -le grita uno de ellos-; ¿qué le parece el rodeíto? Mansitas ¡eh! las boconas de la Rosalía; parece que todas han venido a espichar aquí. ¡Mire qué montones! -y sin esperar la pregunta de don Juan, agregó-: ¿Está campeando las suyas, don Juan? Sabe que no he visto ninguna de su marca. Han de haber pasado rozando el alambrado, y andarán por allá, no más. Lo que sí, debe de ser una mixtura regular y deben de estar algo lejos.

Valverde cobró ánimo, al saber que sus animales no estaban allí, en el tendal, y dándole al hombre las gracias por la noticia, siguió costeando el alambrado, destacando, de vez en cuando, a uno de sus peones para dar una batida y revisar de cerca todas las haciendas que se veían.

Solamente a cuatro leguas de la estancia, encontraron dos vacas viejas, de la culata del rodeo, comiendo con toda tranquilidad; la deducción era fácil. Cansadas de tanto andar, se habían echado, al reparo de unas pajas que ahí estaban, y así, bien protegidas contra los furores del viento, se lo habían estado pasando, mal que mal, hasta que cesó el temporal.

El hallazgo fue como una sonrisa de la suerte: las otras, más guapas o menos baqueanas, habían seguido caminando, pero era imposible que estuvieran muy lejos; y si estas dos, viejas y deshechas, habían resistido, con más razón aún, tenían las otras que estar vivas.

Y casi alegres, ya, sin abrigar dudas sobre el resultado pronto y favorable de la campeada, siguieron camino, con los ojos más abiertos que nunca. Pero en vano, y galoparon leguas, recorriendo el campo por todos lados, preguntando a los transeúntes que encontraban -campeadores, también, muchos de ellos-, si habían visto animales de la marca de la tropilla que llevaban, dando las señas que podían haber llamado la atención: el toro colorado tapado, de la contramarca Fernández, dos vacas huevo de pato que siempre andaban juntas, y un novillo descornado, y las señales de las orejas.

Nada. ¿Entonces, qué? ya empezaban los alambrados intrincados de las chacras del pueblo. Si hasta aquí han llegado y se han metido en los callejones, hechos pantanos, han perecido todas, y los cueros habrán servido para surtir de huascas a los chacareros, como parecía contarlo la presencia de tantas osamentas despojadas, yacentes en el fangal. Imposible que ninguna haya salido con vida de semejante dédalo, poblado de labradores tan hambrientos de carne ajena como los mismos indios.

Y fue cosa de ir de rancho en rancho, de chacra en chacra, durante tres días, recogiendo sólo datos vagos, contradictorios, que no tenían más utilidad que de conservar medio encendido el fuego de la esperanza.

Hasta que hilando todos estos datos, se acabó por convencer don Juan Valverde que, por la misma bendita casualidad que le había hecho cruzar el arroyo antes de la creciente, y rozar el alambrado sin embolsarse en él, su hacienda había pasado por la extremidad de las chacras, desviándose con el viento, cuando pasó del sur al sur-este, sin pararse, y en momentos que, ni a palos, hubieran salido los habitantes de sus casas, por el frío, el agua y la noche; y que así, debía de haberse parado del otro lado del pueblo. Y siguiendo más al norte-oeste, empezó a encontrar desparramados en puntas, por las estanzuelas linderas del pueblo, los animales de su marca, y muchos de sus vecinos.

Volvió a los siete días, arreando, como en triunfo, toda su hacienda recuperada, y trayendo a los conocidos noticias ciertas de sus animales, en peligro de perderse, a diez leguas de la querencia, mientras que los amos y los capataces, con pretexto de campear, se quedaban tomando mate y bobeando en todos los ranchos de la vecindad.


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Nota de WS[editar]

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Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Prendas de plata[editar]

Cerca del palenque, se oyó un retintín alegre que hizo levantar todas las cabezas agachadas en la taba, y salir de la pulpería a los gauchos en ella reunidos; y sólo fue después de una ligera cuerpeada de vacilación, que echaron todos a aclamar en bullicioso coro, y con un alboroto de teros, -con premiso de la gente-, que rodean a un perro, al amigo Ruperto Ramírez.

¿Y cómo lo hubieran conocido? acostumbrados a verlo pobre como las ratas, y, a veces, con los bastos pelados, sin poncho y sin tirador, de repente se les aparecía, todo chapeado en plata, como una Virgen milagrosa, o como dicen que anda Mandinga, cuando va cazando almas.

Al tranquito se venía, erguido en el oscuro, un grueso talero de plata, de punta en el muslo, con la diestra extendida sobre la argolla, en actitud arrogante. Ni se dignaba siquiera bosquejar, entre la espesa barba negra, una sonrisa de complaciente agradecimiento por la ovación, y se dejaba admirar no más, sin dejar traslucir en lo mínimo, la íntima satisfacción de su orgullo.

Cubiertos de plata venían, tanto el caballo como el jinete. Un ancho pretal adornaba el pecho del animal; en el freno brillaban copas como platillos, y del mismo colgaba una pesada barbada que el oscuro sacudía sin cesar, no se sabe si con ganas de quitársela o para llamar la atención. La cabezada, las riendas, las estriberas, todo venía lleno de presillas y de argollas, y los pies finos y elegantemente calzados de don Ruperto, descansaban en unos estribos enormes de brasero, todo labrados, que dejaban boquiabiertos a los compañeros, extasiados ante semejante lujo.

Del tirador, todo estrellado de monedas, asomaba la empuñadura de plata del cuchillo, encerrado en rica vaina, y con tanta plata, al fin, cargaba don Ruperto, en sus aperos y en su traje, que bien se podía creer que lo mismo había hecho él con ese metal, que el rey Midas con el oro.

A las mil preguntas que le llovieron, al apearse, curiosas, admirativas, envidiosas, irónicas, contestaba... sin contestar:

-«Sí; no; ¡claro! ¿quién sabe? ¡Tu madre!» dejando vagar las suposiciones, de lo más vil a lo más honroso, aunque, sin necesitar gran perspicacia, era fácil comprender que no debía ser herencia, no podía ser remuneración, ni era robo seguramente; y que sólo una inesperada vuelta de la rueda de la fortuna, podía haber hecho, en alguna partida de choclón o de monte, semejante milagro.

El caballo tan soberbiamente enjaezado, atado en el palenque, era como lunar entre la caterva de mancarrones mal ataviados, con cueritos haciendo las veces de sobrepuestos, bastos medio destripados, y caronas gastadas hasta faltarles el pedazo.

Los ojos del pulpero Fulanez habían quedado medio encandilados por el reflejo de tanto metal; pero pronto se repusieron, y sólo brilló en ellos un destello de codicia. Es que sabía la suerte que, tarde o temprano, suelen correr esas ingenuas y efímeras manifestaciones de lujo campestre, infantil superfluo de gente que nunca logra tener lo necesario, y que prefiere ostentar un cuchillo de plata sobre un chiripá roto, que tener un cuchillo de cabo sencillo, y ropa abrigada.

Tenía él, en la trastienda, todo un cajón lleno de aperos de plata, de esas prendas extravagantes, productos del arte del platero, quien por un caballo atrozmente tallado, cabezudo y de patas cortas, destinado a hebilla de tirador, cobraba dos onzas de oro, y que, una vez empeñados por la cuarta parte de su valor intrínseco, por algún gaucho ávido de poder seguir jugando, raras veces volvían a ser recuperadas por su dueño Se fundían, y para realizarlos con la mayor ganancia posible, Fulanez los ponía en rifa; sino, los vendía al peso, a plateros que, de nuevo, los volvían también a fundir; pero en otros moldes, haciendo los adornos cada día más livianos, con más cobre cada día, para responder a la vez al prurito eternamente humano de lucirse, y al moderno anhelo de hacerlo con poco gasto.

No demoró mucho, por supuesto, ese día, don Ruperto Ramírez en pedir a Fulanez licencia para entrar a la trastienda y confesarse con él; la taba lo había desconocido, quizás por tan paquete, y como tenía poco dinero efectivo, había quedado pronto en seco, teniendo que acudir al manantial tentador y engañoso de los aperos de plata.

Fulanez, primero, hizo el que se echa atrás; no quería más prendas, dijo, ni chafalonía en su casa; enseñó el famoso cajón; despreció hasta la exageración todo lo que era metal precioso; asegurando que aunque fueran onzas de oro, como las que solían llevar en el tirador los gauchos de antaño, no daría por ellas su buen papel de curso legal; y naturalmente menos, tratándose de un metal vulgar, como la plata, que, cada día, perdía en valor, sin contar que los plateros -agregaba- se habían hecho tan tramposos, que ya no podía uno fiarse de nada ni de nadie.

Tan abombado lo dejó a Ruperto con el discurso, tan desilusionado con toda su chafalonía, tan mareado, tan marchito y desarmado, que pudo entonces, con un puñado de pesos, desflorar a su gusto la fortunita del gaucho con sus ganchudas manos de pulpero. Pero también así, pudo Ruperto seguir haciendo guiñadas a la suerte, para tratar de hacerla volver. ¡En vano! por mucho dinero que tirara, la suerte lo dejó plantado, mereciendo ser tratada, una vez más, según la costumbre universal, de ingrata, y de muchas otras cosas, por no haber seguido colmándole con sus favores.

Cuando salió Ruperto de la pulpería, de noche cerrada, la luna, siempre juguetona, pudo, riéndose, sacar todavía algunas chispas de los restos del apero; pero el tirador había sido despojado de sus mejores y más valiosas monedas; los pesados estribos de brasero, de plata maciza, quedaban empeñados en el cajón de Fulanez; y el oscuro, más liviano, galopaba, sin hacer sonar ningún pretal, ni necesitaba sacudir la cabeza, para librarse de la molesta barbada.


El amigo Ramírez, con las prendas que le habían quedado, pudo todavía, durante un tiempo, hacer regular figura en las reuniones de gauchos; pero nunca volvió, en toda su vida, a juntarse con la suerte, y acabó por volver a ser, y sigue siendo, el gaucho pobre como las ratas, de bastos pelados a medio destripar, sin poncho y sin tirador, que reparte entre la caña y la taba los pocos pesos que gana, y los que consigue, pechando.

Cedidas en pago, vendidas para comprar galleta, o empeñadas para alimentar la hoguera del juego, las prendas se desparramaron todas de una, de a dos, de a puntas, como, en el campo, hacienda que sale del rodeo. Y quedan apiladas en montones, como chafalonía sin valor, en los cajones de objetos empeñados de las pulperías, de donde irán al crisol, que si bien devuelve el metal, guarda sepultado para siempre, con la linda costumbre del jaez suntuoso, lujo original de la pampa, un pedazo del alma criolla.

¡Adiós! retintín alegre de las hermosas prendas de plata, sacudidas por el corcel brioso. ¡Adiós! retintín alegre de antaño.




Tipos y paisajes criollos - Serie III (Versión para imprimir)
de Godofredo Daireaux



Cuando don Augusto Bouret vino a tomar posesión de sus dos suertes de estancia, adquiridas del Gobierno, convino con don Pedro Agüero, en testimonio de simpatía, que, en vez de pedirle campo, como a los demás intrusos, le completaría la majada, como para hacer sociedad.

Don Pedro, cordobés aporteñado, cuyo rancho ocupaba, desde hacía veinte años, la mejor loma del campo, apreció, como lo merecía, la excepción hecha a su favor, que le permitía quedar en la querencia, donde había vivido tantos años, con la finada su mujer, y donde dejaba correr despacio los días, cuidando, con sus dos hijos, las pocas ovejas que le había dejado lo que él llamaba la mala suerte.

Por su lado, don Augusto, extranjero, nuevo en el oficio, sacaba de sus conversaciones con don Pedro, mil pequeños secretos de la vida del campo, aprendiendo a conocer las vivezas instintivas de los animales para defraudar la vigilancia del hombre, y los medios criollos de contrarrestarlas; el modo de hacer tal o cual trabajo, de salir airoso en sus tratos y de evitar las trampas, frecuentes en los negocios de hacienda.

Se estableció la estancia, dejando independiente, aunque a poca distancia, el rancho de don Pedro, y todo andaba a las mil maravillas, sin que nada viniese a confirmar los augurios de los vecinos que habían anunciado tempestades, para cuando don Pedro, decían, «tomase su primera tranca».

Y, ¿cómo creer semejante cosa? si todo, en su conducta, era de tanta corrección que no podía haber, aseguraba don Augusto, otro gaucho en la Pampa, mejor educado, ni más instruido.

-Sí, sí -contestaban los vecinos-, cuando no está ebrio. Instruido y educado, lo es.

Y con cierto misterio, susurraban:

-Dicen que, en Córdoba, ha estudiado para fraile.

Hospitalario y generoso con cualquier paisano que le viniera a pedir un servicio, don Pedro inspiraba a todos cierto respeto como hombre bueno y de bien, que era incapaz hasta de comer una oveja ajena extraviada en su majada. Su relativa superioridad, por benévola que fuese, no dejaba de dar lugar a cierta envidia, pronto disimulada con los ayes de lástima que todos concedían a los arrebatos locos de vicio que, de vez en cuando, venían a empañar sus excelentes cualidades.

-Usted verá, usted verá. ¡Es una lástima!

El tiempo pasaba; don Pedro seguía cumpliendo regularmente con sus obligaciones; y cuando, por la mañana, después de haber atado en el palenque su caballo, bien rasqueteado y con la crin cuidadosamente tusada, se venía -caminando, al parecer, ligero, pero a pasitos tan cortos y menudos que su apuro era más ficticio que real- a saludar al patrón, con afectuosa humildad, su cara, de facciones distinguidas, realzadas por un cuadro de pelo negro ondulado y de barba toda rizada, recordaba esos hermosos tipos semíticos, cuya sumisa gravedad deja traslucir en los ojos, a la vez serios y risueños, algo como cierto desprecio burlón para la humanidad en general y para el interlocutor en particular.

Su seriedad atenta, cuando le hablaba el amo, su política aprobación habitual de las ideas del patrón, sólo restringida, a veces, por el sacramental y prudente: «Usted es dueño», que tan hondamente significa lo que quiere decir; los consejos, dados en forma de mera y modesta indicación, como quien no quiere la cosa, y con ese tacto peculiar del subalterno que no quiere parece saber algo mejor que el superior; su comedimiento en ofrecerse para cualquier trabajo, todos sus modales hacían de este cordobés, barnizado sin acabar de pulir, un lunar entre el paisanaje porteño que le rodeaba, más activo, pero más rudo.

Es cierto que su ayuda era algo platónica, y cuando, viendo al patrón con una herramienta cualquiera en la mano, se le acercaba, diciendo: «Preste, patrón», y se la quitaba con gesto resoluto -como si fuera deshonra para él dejar un momento que el patrón se cansara en trabajar, en su presencia-, era generalmente puro ademán; ¡pero lo hacía tan bien y con tanta sinceridad aparente!

Seguramente, cuando joven, había sobresalido en todos los trabajos de campo; hoy, se contentaba con dar indicaciones a los muchachos para lo que era domar, o enlazar, o cualquier otro trabajo pesado; pero para un trabajo delicado, tenía fama merecida de hombre hábil, y si algún estanciero vecino quería que se le adiestrase un caballo para la silla de la señora, o se le amansase un petizo para los chicos, no buscaba sino a Pedro Agüero.

Tampoco había peligro de que Mandinga se llevase al padrillo hecho potro por él, cuando le había dibujado con la punta del cuchillo, en la faz interna de la cola, la señal de la Santa Cruz.

Fatalista, como los árabes a quienes parecía, perdonaba a la suerte sus errores, pero no por esto dejaba de tratar de evitarlos, y como su mayor superstición era que todo trabajo hecho un sábado tenía que salir bien, poco a poco, llegaba a no trabajar más que el sábado... cuando no llovía, o que lo permitía el estado de la luna.

Y por el conjunto de sus cualidades y de sus defectos, resultaba, para don Augusto, entre muy útil y casi inservible.

... Hasta que un día de viento norte muy feo, se oyeron en el puesto gritos desaforados, vociferaciones, insultos soeces: «a ese gringo que se le había venido a meter aquí, quién sabe con qué derecho»; y sonó un tiro de revólver, que fue a herir en el brazo al hijo mayor, quien había querido pedir al padre que se moderase.

Y, siguiendo la farra, volvió a la pulpería, donde, con un tono chocante que contrastaba con su finura habitual, convidó a los concurrentes, hablando, con altanería sin par, de medir con cualquier facón su «capadora» y de castigar a rebencazos a esos cobardes, que lo miraban como zonzos, sin atreverse a decirle nada.

Y ¿por qué no le decían nada?, ¡porque bien sabían que él era gaucho!

-¡Soy gaucho! -repetía-, ¡soy gaucho!

Lo que menos era, el pobre; pero no sólo lo sabían inofensivo, sino que pocos eran, en la vecindad, los que no habían tenido ocasión de ir a buscarlo a su casa, encontrándolo siempre dispuesto a venir, a cualquier hora, a cristianar a un recién nacido, en peligro de muerte, o a rezar, en un velorio, las preces de los difuntos.

Al rato, le dio por cantar, y compró una guitarra; con ella, se fue para su casa, y de allí, mandó a su hijo menor a buscar otro porrón de ginebra.

Cuando volvió el chiquilín, le salió al encuentro, bamboleándose, emponchado, y desafinando a raja y cincha con la guitarra y con la voz; el mancarrón, un viejo servidor bichoco, se asustó y volteó al muchacho; don Pedro no vaciló, sacó la cuchilla, y degolló al caballo.

La vista de tanta sangre lo calmó; arrojó lejos de sí el arma; la guitarra fue a dar violentamente contra el suelo, hendida, estertorosa, y don Pedro, dejándose caer en la cama, se durmió profundamente.

¡Pobre don Pedro Agüero!


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Nota de WS[editar]

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Capataces[editar]

«Patrón, le voy a tener que pedir licencia por algunos días, porque se ha vuelto a descomponer muy feo, Eulogia; la voy a tener que llevar al pueblito.

-¡Otra vez! ¡caramba! amigo; y tanto que tenemos que hacer con la hacienda, en estos días. ¡Qué broma!

-¿Qué le vamos a hacer? patrón.

-Bueno, mire, Santiago, aprecio mucho sus servicios; pero necesito un capataz que no me deje el establecimiento, a cada rato. Me voy a tener que arreglar con Benito, hasta que sus circunstancias le permitan estar más fijo en la estancia.

-Como le parezca, patrón.

-Siento mucho, créalo, pero...

-¡Paciencia!»

Y el pobre Santiago, muy buen capataz, pero casado con una mujer que necesitaba más cuidado que el mismo padrillo del galpón, tuvo que dejar su ambicionado puesto a otro que tenía la suerte de ser soltero.

-«¡Al diablo! con la china, iba renegando el patrón; ¿por qué no morirá de una vez?»

Es que encontrar un capataz bueno no es cosa de todos los días.

¡Benito!... Benito, claro, no era mal muchacho; pero no tenía, ni lejos, la formalidad de Santiago. Conocía muy bien la hacienda y el campo de la estancia, y era lo más apto y lo más guapo para todos los trabajos de a caballo; pero ¿quién sabe si tendría esa asiduidad, esa constancia en el cuidado, que debe tener el capataz, para evitar las pérdidas, de que siempre, en campo abierto, está amenazado el estanciero, en mil formas?

Benito entró en funciones; y como escoba nueva que era, empezó a barrer de lo lindo. Había que hacer varios trabajos de hierra y apartes, y en todos ellos, se lució de veras, no sólo con su trabajo personal, que por lo limpio, correcto y sereno, podía servir de modelo, sino que para manejar a los peones y dirigir la faena, se desempeñó con tino y habilidad.

Pero cuando ya sólo se trató de cuidar, de la escoba, pronto no quedó más que el palo. Un día, las bebederas estuvieron sin agua; otro día, faltó una punta de hacienda en el rodeo; una manada ajena iba tomando querencia en el campo; había habido dos quemazones seguiditas, y así, varias otras cosas que al patrón pronto le fastidiaron. Y a Benito, lo reemplazó Timoteo.

¡Amigo! ese sí que cuidaba bien. No les dejaba descanso a los peones; tan bien que todos los que se habían conchabado con sus tropillas, se fueron retirando, poco a poco. ¿Qué le importaba a Timoteo? Los caballos de la estancia estaban gordos y descansados, y tomó peones sin tropillas. ¡Y péguele a los mancarrones! las recogidas a galope tendido, los repuntes a todo correr, y si alguna hacienda ajena se atrevía a pisar el campo, se le hacía una conducción como ventarrón, hasta lejos, en el campo de su dueño, para enseñarles a los vecinos que ahí, se cuidaban los intereses.

Pero cuando apretaron las heladas y mermó el pasto, empezaron a aflojar los fletes, y a entrar en el campo, como en su casa, las haciendas ajenas. Timoteo se disgustó, porque no había caballos; el patrón se disgustó, porque Timoteo se los había puesto a la miseria; y entró de capataz Anselmo, gaucho viejo, juicioso y sujeto por la edad, -cuyo principal empeño fue de cuidar mucho los caballos y... la cocina.

Duró poco; pero capataces, al fin, siempre se encuentran, y Macedonio se ofreció. Lo probaron. Tenía muy buenas cualidades: activo, vigilante, muy de a caballo, muy de campo; lo que sí, se lo pasaba chacoteando con los peones, y estos, naturalmente, le obedecían mal.

Es peliagudo el papel de capataz. El capataz no es más que un peón a quien da el patrón autoridad sobre los demás peones; de modo que estos le tienen envidia y no pierden ocasión de hacerlo retar. Si, por orden del patrón, manda el capataz a los peones de recoger la hacienda ligero, la corren de tal modo que caballos y vacas llegan al rodeo fatigados, y el capataz tiene que oír rezongos. Si la deben traer despacio, a las horas, aparecen en el horizonte, trayendo puntitas al tranco, como si temieran de levantar tierra, y el patrón, impaciente, le pregunta al capataz si sus peones andan a pie. Si es malo, los vecinos lo critican; si es bueno, lo aprovechan. Los peones se le van, si los aprieta; y si no, engordan, muy descansados. Descubrir e inutilizar los armadijos que, sigilosamente, tienden todos por su camino, para hacerlo rodar, no es pequeño trabajo. Cuidar asiduamente, de día y de noche, intereses ajenos, más que si fueran propios; cuidarlos hasta en pequeños detalles que el mismo patrón, muchas veces, ignora; tener la responsabilidad de faltas propias y ajenas, con bien poca esperanza de ver premiados sus esfuerzos; saber hacerse obedecer por sus pares, sin haber sido elegido por ellos, y sin tener que acudir al patrón que, pronto, se cansaría de ser molestado; afrentar odios, desvirtuar vivezas de todo género, rechazar provocaciones, sin permitir que lo puedan tachar de cobarde; ser inaccesible a las tentaciones que lo rodean, como a cualquier cristiano, en esta Pampa de Dios: carreras emocionantes y taba fascinadora, vino seco que parece oro cuando reluce en el vaso, o caña que parece fuego, cuando corre en las venas: es mucho pedir a un hombre.

Por esto es que, después de Macedonio, también tuvo que renunciar Florentino, demasiado tonto para entender una orden y por consiguiente para hacerla ejecutar, y un santiagueño, cuya manía era rodearse de huéspedes, como si la estancia hubiera sido de él. Pero, como un capataz siempre mete en estos mundos, algo más bulla que un simple peón, y que lo que quiere el hombre, mientras vive, es meter un poco más bulla que el vecino, y hacer en la superficie, antes de desaparecer, algunas ondas más que el otro, no faltó quien le reemplazara. Hasta que empuñó el arreador del mando don Juan Bautista Larray, hijo de vasco, pero criollo como él solo, y dotado de todas las cualidades requeridas.

¿Quién no comprenderá que un hombre tan perfecto, no podía dejar de hacer entender pronto al patrón que casi no se le necesitaba, y que el patrón lo despidió, ni más ni menos que Dios a los ángeles rebeldes?


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Hogar criollo[editar]

Doña Baldomera es la mujer de don Anacleto; no se sabe de cierto si esposa por la iglesia o simple compañera, pero viven juntos y tienen familia numerosa. Tienen hijos de todas edades, desde el hombrecito cuyos labios empiezan a criar vello, hasta la criatura cuyo pudor no exige todavía más que una camisita, y que se siguen de año en año, con una regularidad de majada estacionada.

Sólo los más chicos son hijos de don Anacleto; los mayores lo son de su antecesor, pues doña Baldomera ha sido... casada varias veces; casamientos sin anotar, la contabilidad del registro parroquial o la del registro civil siendo algo inoficiosa, donde no hay bienes. La procreación, sola, no necesita tanta prolijidad, y la ley divina: «Multiplicad», no habla de apuntes.

La Pampa es grande, hay holgura; crezca el rebaño, que después, lo contaremos.

Y doña Baldomera, cuando se juntó con don Anacleto, sólo trajo a la comunidad algunas lecheritas, un lote de gallinas y otro de entenados; y también algo como un embrión de esas cualidades caseras que de toda mujer hacen, y de la misma paisana criolla, podrían hacer, cultivadas, el alma del hogar.


Sentada en un cajoncito vacío de kerosene, doña Baldomera, vestal un poco marchita, con una tira de percal, rasgada de un vestido viejo, envuelve un pedazo de sebo; dispone con arte en el suelo, un montoncito medio suelto de fragmentos de leña de oveja, bien seca, y pronto se llena la cocina de espeso humo, con olor a grasa derretida y a amoniaco caliente, incienso digno del altar.

Mientras empieza a calentarse el agua, doña Baldomera, sacerdotisa también de la batea, se va, bajo la escasa sombra del sauce raquítico, único árbol que exista alrededor de la vivienda, a enjabonar un lote de ropa que tenía preparado.

Ha empezado a salir, hormigueando, gente de la casa. Uno de los hijos, saltando en el caballo que ha dormido atado en el patio, fue a traer la manada de caballos.

El padre está en la cocina, tomando mate y vigilando la preparación del churrasco jugoso que chisporrotea en la ceniza y le hace agua a la boca. Y sale la chorrera de muchachos y niñas, grandes y chicos, poco vestidos los mayores, medio desnudos los más chicos, que van en busca de la madre, refregándose los ojos, cayéndose, llorando, peleando, hambrientos, sucios.

En los dos cuartos del rancho, de donde sale toda esa carne humana, hay poca luz, porque las ventanas son pequeñas, y poco espacio, no porque haya muchos muebles, sino, porque nada está en su lugar; los muebles, fuera de una cama grande de fierro y de media docena de catres, son todos cajones: cajones chicos para sentarse; cajones pegados en la pared para servir de armarios, un cajón grande para las huascas y la ropa de abrigo; cajones viejos de tienda o de conservas, comprados en la pulpería. También hay, en un pie de fierro medio descuajaringado, una palangana enlozada, bastante averiada, que cada miembro de la familia, cuando se le ocurre lavarse, lleva cerca del pozo, para hacer sus abluciones.

En la mesa grande de la cocina, podría comer toda la familia, pero generalmente come cada uno donde quiere, sentado, parado, en cuclillas. Y los dos únicos muebles de verdadero lujo que haya en toda la casa, son un sillón viejo de mimbre, donde generalmente se sienta la señora para coser, y una cómoda para guardar la ropa blanca de las mujeres y soportar la imagen de San Ramón Nonato, con una vela prendida.

¡Coser!... Poco cose doña Baldomera.

Cose tan mal y tan penosamente, que la aguja es para ella, más pesada que la tijera de esquilar.

Y por esto es que los pequeños andan medio desnudos y los grandes tan mal entrazados, ataviados con los productos mezquinos y caros de la industria que, para bochorno de sus protectores, se llama nacional.

De ropa casera, poca provisión tiene doña Baldomera: los muchachos duermen en sus recados; cada catre es un revoltijo de ponchos usados y de pedazos de frazadas viejas que no da lugar a tender sábanas; la mesa de comer no precisa mantel, ya que nunca se sienta la familia al rededor de ella, y con media docena de toallas, está montada la casa.

Pero, si poco sabe coser doña Baldomera y si, en vez de perder el tiempo en componer los trapos usados, prefiere rajarlos para hacer mechas, por lo menos, ¿sabrá cocinar? -¡Cómo no! y de hachar la carne en pedazos, lavarla y tirarla en el agua de la olla, con arroz y sal; de hacer, en una palabra, el puchero, o de confeccionar el sabroso asado al asador, entiende como ninguna.



-«Deben estar muy bien estos extranjeros que han arrendado el otro puesto,» dijo doña Baldomera a su esposo al volver de una visita. «Vieras como están de bien instalados Y lo bien que viven. En la cocina hay un fogón alto y una cantidad de fuentes y cacerolas todas brillantes, colgadas en la pared; esta, por supuesto, blanqueada. En los cuartos, muchos mueblecitos bien arreglados, con coco punzó; las camas, todas bien tendidas, con sus buenas frazadas; un ropero repleto de ropa blanca, nada más que para los usos caseros, y un gran baúl lleno de ropa, para los muchachos.

«Doña María tiene máquina de coser, y ella misma corta y cose todo, que es una maravilla.»

«¡Y cómo se come bien allá, Anacleto! Un puchero no más, una tortilla, y arroz con leche; pero una cantidad de verduras de todas clases, manteca, crema, que sé yo; un almuerzo, pero en regla, en una mesa bien puesta, con su mantel planchado, que daba apetito con sólo verlo.

«Deben estar muy bien estos extranjeros.»

Doña Baldomera exageraba; estos extranjeros ocupaban un puesto igual al de ella, pagaban el mismo arrendamiento; tenían, como don Anacleto, una majada, algunas vacas y bastantes hijos, y compraban también en la pulpería cajones vacíos para hacer muebles.

Lo que sí es cierto, habían aprendido, desde chicos, a nunca quedar ociosos, y trataban de que sus hijos hicieran lo mismo, enseñándoles a hacer uso constante de sus diez dedos.




Tipos y paisajes criollos - Serie III (Versión para imprimir)
de Godofredo Daireaux



La invasión del crepúsculo parecía ahuyentar de la superficie de la tierra todo lo que, momentos antes, resaltaba, tan netamente recortado. Los animales, aunque siguiesen paciendo donde los había dejado el último rayo del sol, aparentaban haberse alejado una legua: y para alcanzar a divisar, en el horizonte, un rancho, achicado de repente, como si se hubiera hundido, era preciso agacharse casi hasta el suelo, y abrir tamaños ojos.

Una tristeza infinita se extendía, con la noche, sobre la llanura; el mismo viento callaba, y todo, sepultándose en un silencio color de tinieblas, parecía borrarse paulatinamente de la vida.

Don Martín había rodeado su majada, desensillado su caballo, y lo había atado con maneador largo, para que pudiera comer algo, durante la noche. Su rancho, habitación provisoria de pastor errante y sin familia, era de adobe crudo, angosto y bajo, cubierto con algunas chapas de hierro de canaleta, y le servía de cocina, de comedor y de dormitorio. Entró en él, prendió un candil de sebo, y empezó a arreglar, en el medio de la pieza, el fuego para cocinar su pobre puchero de solitario y hacer hervir el agua del mate.

Como no encerraba nunca la majada, le faltaba hasta la provisión de leña de oveja, y tenía que hacer fuego con unas anchas bostas de vaca, bien secas, que juntaba en el campo, y de las cuales acababa de traer una gran bolsa llena. Prendido el fuego, colocó en él la olla, provista ya de los elementos del puchero, que debía constituir su frugal cena, se sentó en una cabeza de potro, cargó el pito, rascó el mate, lo llenó de yerba, y esperó que cantase la pava. Un gran perro se estiró a su lado, mirando también la llama.

Así, solo, perdido en la Pampa, pasaba semanas enteras, sin ver alma viviente, meses sin saber nada del resto del mundo, y sin que supiera nada de él, nadie.

De repente, el perro levantó la cabeza, paró la oreja, salió del rancho y empezó a ladrar con fuerza. Don Martín se levantó, y, agachándose en el umbral de la puerta, trató de penetrar la obscuridad, densa ya, de la noche.

Un jinete se venía acercando.

Al cabo de un rato, cerca ya del palenque, se paró y pronunció la frase sacramental: «Ave María», a la cual contestó don Martín, sin vacilar:

-Sin pecado concebida. Bájese, si gusta -haciendo, al mismo tiempo, callar el perro.

El jinete se apeó; ató el caballo al palenque, y entró con don Martín en la pieza.

El hombre, un gaucho pobremente vestido, con la cabeza envuelta en un pañuelo de algodón, que, con el sombrero gacho, disimulaba parte de sus facciones, dejando sólo brillar dos ojos pequeños y centelleantes, tenía, en conjunto, cara tan poco simpática, que don Martín, al momento, se acordó que, en los días pasados, había vendido quinientos capones, y que se los habían pagado en la puerta del corral, con un dinero que, justamente, tenía en el tirador.

Pero fue sólo cosa de un rato. Don Martín concedió al forastero licencia para desensillar, pensando que al fin, con cuidarse un poco, un hombre vale otro hombre. También puede ser que se resistiera su mente generosa de montañés piríneo a discutir, siquiera, la religión innata de la hospitalidad.

Le alcanzó el mate, y siguiendo él los preparativos de la cena, se fue a un rincón de la habitación, a sacar del cajón, la sal, sagrados emblemas de la hospitalidad antigua.

En ese momento, sonó el estridente grito de la lechuza, al cual don Martín no hizo caso, mientras pasaba un relámpago en los ojos del gaucho. Otro grito igual se hizo oír, un rato después, y éste se estremeció.

Don Martín, incauto ya, seguía su trabajo de huésped atento, y, en el momento en que se inclinaba para agregar, para el forastero, una presa a la olla, rápido, se levantó éste -el huésped infame-, y, de un bolazo en la cabeza, volteó al pobre vasco. Este pudo todavía, aunque aturdido por el golpe, desnudar la cuchilla y acometer a su vil agresor; pero se encontró frente a dos más, emponchados, de cara tiznada, quienes, después de corta lucha, dieron con él en el suelo, acribillado a tajos.

Revolvieron el cajón, el catre; desataron el tirador de la cintura del cadáver, y apoderándose de su contenido, se lo repartieron, entre risas. Entre risas, se comieron el puchero, y arrastrando el cuerpo de su víctima hasta el pozo, entre risas, lo tiraron en él, de cabeza. Y burlándose de los aullidos del perro, que acostumbrado a cazar los pequeños bichos del campo, nunca había visto fieras, y no se atrevía a acercarse, montaron a caballo; y, cortando a tientas, en la obscuridad, todo lo que, de la majada, podía caminar ligero, se internaron, arreando su botín, en los espesos y desiertos fachinales de la Pampa.


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A los cinco días, pasó por allí un vecino -vecino de a cuatro leguas-, y bajándose, entró a saludar a su amigo, don Martín. Pronto se dio cuenta de lo ocurrido; las pocas ovejas que quedaban, desparramadas; el caballo atado a soga, que no habían querido llevarse los malhechores, para no ser vendidos por la marca, quizás, y muerto de sed y de hambre; el perro, vagando, aullando tristemente y resistiéndose a acudir a su llamada; el tirador vacío, en el suelo; el revoltijo de cosas en el rancho, y, por fin, una alpargata que, desprendida, había quedado en la orilla del pozo y le sirvió de indicio para adivinar que ahí era la tumba del pobre.

No extrañes hora, viajero, si alguna vez, a las horas del crepúsculo, al acercarte a un palenque para pedir hospitalidad, oyes a la mujer temblorosa insinuar al marido:

-¡Por Dios! Dile que no se puede, que no tenemos comodidades.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Manchas en el horizonte[editar]

La Pampa es como el mar, siempre igual y siempre diversa.

La vela de un bote de pesca, un soplo que riza las olas, o el viento que las agita, la tenue faja de humo del vapor que se aleja, un rayo de sol, la nube que pasa, bastan para hacer del mismo paisaje marítimo, cuadros distintos.

Y en la Pampa, sucede lo mismo, sino en mayor grado todavía.

¿Se parece el alba de un hermoso día de otoño al alba invernal gris y triste? ¿Habrá los mismos tintes en el cielo y en la tierra, en una fresca tarde de primavera y en una mañana de verano? ¿Dominarán los mismos matices durante las horas abrumadoras de la siesta, y cuando las brisas de la tarde hayan refrescado, la atmósfera?

¡De cuántos colores deberá recargar su paleta, el pintor atrevido que quiera dar una idea de las mil formas y aspectos en que se combinan, se deshacen, se estiran y se vuelven a amontonar las nubes blancas, coloradas, negras y doradas que cruzan a todo correr, o encapotan lentamente el cielo de la Pampa!

Y no solamente la hora del día y la estación influirán en cada pincelada que tenga que dar el artista; que no deje la obra a medio hacer, si no tiene muy desarrollada la memoria de los colores; pues la majada que, por la mañana de un día sereno, extendida en el cañadón, le habrá parecido compuesta de animales pequeños y grises, a medio día, si el viento ha traído nubes, estará paciendo en un suelo negro, y serán todas ovejas corpulentas, de un blanco de nieve.

El rodeo de vacas mestizas, de todos colores, que, bajo los rayos del sol matutino, casi resplandecía, lustroso, al bajar en largas hileras, de la loma verde, hasta la laguna de azul profundo, se ha vuelto rodeo de puras barrosas, que toman agua color plomo, al pie de una loma negruzca.

Y así, de todo.

¿Esta será la laguna que hemos visto ayer, tendida entre sus barranquitas de arena, como un espejo azul en un marco de oro, con flamencos rosados, pintados en la orilla? ¡no puede ser! -Y así es.

El agua, hoy, en olitas agitadas por un viento frío, salpica sus barrancas con espuma de rabia. Se ha vuelto verde, de un verde de sapo enojado que no puede sufrir que se luzcan cerca de él, pájaros hermosos y de brillante plumaje. ¿Y aquel monte allá, tan grande y cercano, qué es? no estaba ayer. Sí, estaba; pero, perdido entre los vapores que, con el calor, subían de la tierra, parecía pequeño y lejano; era gris-celeste como un sueño de amor, hoy es verdinegro como una pesadilla.

¡Monótona, la Pampa! ¡qué haya gente que así lo diga! lo han oído decir, sin haberla visto nunca.

El viento sopla, y en el horizonte, de repente, se levanta rápida, más y más, una columna que corre, ancha en la cima, delgada en el pie, remolineando como loca, hasta que de golpe, se acabó, murió, cayó, se deshizo: fantasma de tierra, ciclón en miniatura, bailarín jocoso, que se divierte en tirar polvo a las ovejas, haciéndolas disparar, perseguidas por una bola liviana de paja voladora. ¡Qué susto!

El horizonte, apenas quebrado en lontananza, por algunas lomas, esta dormido, muerto. Parece que no hay, ni puede haber nada, detrás de esa barrera; y en pocos momentos, sale, se eleva, crece, una gran nube de humo, liviana como gasa, que apenas atenúa el zafiro obscuro del cielo, o espesa bastante para tapar los rayos del sol y hacer, del disco de oro, un disco de sangre.

Y en días de calor, a medida que va tomando fuerza el sol, aparece en el horizonte la hermosa visión de montes y lagunas inmensas que hacen soñar con paraísos terrestres; paraísos bien imaginarios por cierto, simple figura, agrandada por los vapores transparentes que simulan el cristal del agua, de dos álamos y de tres sauces, miserable adorno de algún rancho lejano, cocido en seco por un sol rabioso.

No faltan tampoco manchas siniestras, en el horizonte pampeano, y de vez en cuando, oprime de veras el corazón del hacendado, la silenciosa amenaza del sol, colorado como fuego, que parece aplastarse en el globo terrestre, para quemarlo, más bien que desaparecer detrás de él. Y también, para divertirse, suele salir la luna misteriosa, en el silencio incipiente de la noche, enorme, roja, disfrazada de incendio, para infundir, con esa travesura, a los gauchos rodeados en torno de la cena, un súbito terror; terror pasajero, que pronto disipa la luz benévola y blanquecina del astro sonriente.

Es que, en la soledad, siempre ayuda la imaginación para hacer de cualquier cosa motivo de curiosidad, o presagio de temibles acontecimientos.

Cuando en 80, en el sur, empezaban a juntar gente para la revolución, sucedió que un día, relucieron en el horizonte, relámpagos de acero; y no eran un sable, ni dos sables; una punta de gente debía ser, y seguramente, bien armada; alguna vanguardia de cuerpo de ejército, por lo menos, y lo que más imponía, era que se venía acercando despacio, con la serenidad de la fuerza que se sabe invencible.

De todos los ranchos, empezaron a disparar, en sus parejeros, los hombres válidos, dejando para más tarde de averiguar de qué partido era, y si llevaba gente de la guardia nacional para defender al gobierno o para sostener la revolución; hasta que, pasado el susto, se supo que eran quince napolitanos armados de palas, que al tranco, porque no sabían galopar, iban a una estancia a destruir las vizcachas.

El jinete que cruza, el arreo que levanta una nube de polvo, la tropa de carros o de carretas que, despacio, va deshilando el camino interminable, que tanto serpea por la Pampa que parece haber perdido el rumbo; los médanos que polvorean a lo lejos, amarillentos; la humareda que se eleva, la loma que verdea, la laguna que resplandece, el espejismo que relumbra, los rebaños que pacen, todo es espectáculo, para quien quiere ver.

-«Siéntese, amigo, tome un mate y mire; que contemplar también es vivir.

¿No ve allá esas manchas verdes, color de esperanza, tan extensas y tan alegres? Son tablones de alfalfa, manchas que no engañan, estas, pues no son espejismos fugaces; es la inagotable fuente de la abundancia futura.

¿Y aquellos edificios que, como torres y castillos, pueblan el horizonte, quebrando su línea recta con sus ingentes moles macizas? Hace poco todavía, la Pampa los ignoraba; son baluartes nuevos, inexpugnables, contra el hambre mundial; son parvas de trigo argentino.»



Tipos y paisajes criollos - Serie III
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El agrimensor[editar]

Se ha juntado la comitiva al pie de un mojón que viene a ser el esquinero de tres campos, lo que facilita la tarea. El estanciero, cuyo campo se va a mensurar, no tiene todavía mayor lujo en el establecimiento: un rancho primitivo y un galpón con techo de paja, son las únicas poblaciones que, hasta entonces, haya querido hacer; pero ha podido poner a disposición del agrimensor un carricoche a toda prueba, capaz de resistir los más terribles socotrocos, entre las cortaderas quemadas.

El mojón solitario, un riel fuera de uso, acostumbrado desde varios años a no recibir más visitas que las interesadas de las aves de rapiña, que sentadas en su punta, espían silenciosamente la presa que les pueda reservar la casualidad, y de las vacas que, regalonas, y sin nunca darle las gracias, se refriegan voluptuosamente las paletas y el pescuezo en sus filos romos, ve con cierta sorpresa, juntarse tanta gente alrededor suyo. Se acuerda que así fue, cuando lo plantaron.

Ahí están los vecinos, llamados oficialmente a presenciar la operación, para que hagan en forma las protestas que de ella puedan surgir. Más que todo, es, para ellos, ocasión de pasar el día juntos, en agradable charla, de conocer mejor por donde pasa la línea exacta de cada campo, de recorrer los mojones ya colocados y de ver plantar los nuevos.

El agrimensor, después de las presentaciones, dispone su teodolito, estudia el horizonte, toma algunos apuntes, hace cálculos, traza en su cartera pequeños signos cabalísticos, mira con atención en el anteojo, da vuelta a los tornillos, los baja, los sube, vuelve a escribir, todo en medio del más respetuoso silencio, interrumpido a ratos por los gritos de un chimango, que trata de hacer notar a esa gente que tarda mucho en devolverle su asiento.

El hombre, entregado a una tarea práctica de ciencia, por modesto que sea, siempre parece pontificar un poco, rodeado de gente ignorante que lo mira y forzosamente extraña que gestos que no entiende, puedan resultar útiles. El dueño del campo, arrobado en la contemplación de estos preliminares, algo solemnes para él, que los costea, queda ahí, de pie, inmóvil, las manos cruzadas, teniendo del cabestro el caballo, como esperando órdenes, la fisonomía seria, las cejas fruncidas, la boca hecha geta, y los ojos como adormecidos por la misma acuidad del interés con que los contempla, sin entender. Por fin, el agrimensor dispone que salgan peones a fijar la línea que va a recorrer él con la cadena, y tres o cuatro de ellos disparan a galope tendido, en la dirección que se les indica. Entre las quebraduras del terreno, desaparecen a ratos, y vuelven a aparecer; se destacan sus siluetas, en la punta de algún médano, dando al campo una animación inusitada; y basta para romper la monotonía del cielo azul intenso y realzar el tinte verdoso de la pradera, la alegre nota colorada de las banderitas punzó que corren. Colocados en su lugar los jalones, empieza el largo y fastidioso trabajo de la cadena y la colocación de los mojones.

La ubicación de estos no deja, en ciertos casos, de ser harto delicada. En las regiones desiertas, el agrimensor que primero mide, coloca sus mojones sin más control que sus propios cálculos, basados en indicaciones geográficas algo vagas y, a veces, en datos oficiales más vagos todavía, y su mensura, correcta o no, una vez oficialmente aprobada, será, durante muchos años, artículo de fe, y como tal, base tanto más inquebrantable de todas las que sigan, cuanto más errónea sea.

El mojón, oficialmente colocado, estaquita de madera blanca, con chapa de lata numerada, que se pudre y se pierde, o poste de ñandubay, con que los boleadores hacen fuego, o simple hoyo en la tierra, que las vacas y el viento vuelven a tapar, tendrá que ser respetado, si se encuentra, aunque esté equivocado su sitio, como si hubiera sido realmente puesto y consagrado por el mismo dios Término. Y si, por un descuido del agrimensor, ha sido ligeramente torcida la línea, quitándole al vecino algunas hectáreas, se quedará, no más, sin ellas, el vecino, fuera de que quiera meterse en inacabable pleito, lo que sólo sería admisible en caso de que la casualidad quisiera que cayese, ahí mismo, una estación importante de ferrocarril, embrión de alguna ciudad futura.

No se vaya el perjudicado a indignar demasiado por los errores; fácilmente se explican, y es de extrañar que no hayan sido más frecuentes, sabiendo en qué clase de títulos de propiedad se tenían que apoyar los pilotos marinos, únicos agrimensores de antaño, para hacer sus mensuras. La fórmula: «media legua de frente al arroyo tal, por legua y media de fondo,» hubiera sido de relativa claridad, de no haber sido, a veces, otorgada a favor de muchísimas más personas de lo que tenía el arroyo aludido, de medias leguas de frente; pero se solía complicar el asunto, cuando, con este tono de majestuosa brutalidad de conquistador, en que están empapadas las leyes de Indias, agregaba el título: «hasta que topare con quien topare.» ¡De qué fondo lo podía armar al favorecido con semejante título, un agrimensor de buena voluntad!

Particularmente en el norte de la Provincia de Buenos Aires, algunas mensuras han sido de extrema dificultad, y se comprende que después de haber medido quince leguas cuadradas, comprendidas entre cuarenta y dos costados, unos de varios kilómetros, otros de pocos metros, temblase el agrimensor, al sacar el último ángulo, que le debía dar la comprobación final de la exactitud del resultado.

Era, por lo demás, puro amor propio de profesional, pues el valor de aquellos campos era entonces tan nimio ¡mil pesos papel la legua! (ahora, medio siglo después, vale medio millón de pesos nacionales;) a pesar de que, el comprador se había hecho tratar de loco por sus amigos.

Hoy, abundan las mensuras pequeñas, de áreas cada vez más diminutas, por particiones de herencias, división de colonias, etc., pero tampoco faltan las de centenares de leguas, por cuenta del Gobierno Nacional, bajo los climas más diversos, donde tiene amplio campo el agrimensor moderno, para probar que no desmerece de sus antepasados, y que lo mismo sabe soportar los ardores del sol tropical y los mosquitos del Chaco, como las nevadas de la Cordillera, los fríos y los ventarrones de la pampa patagónica.

Sus instrumentos serán perfeccionados, algo más completos sus medios de acción y más confortable su indumentaria; no necesitará salir en coche, de la misma capital, para ir a treinta leguas, por caminos deshechos, para cualquier mensura; pero si el tren, descansadamente, lo lleva a mil quinientos kilómetros de la ciudad, no por esto deja de tener que hacer, por caminos que no existen, travesías peligrosas por la falta le todo recurso, principalmente de agua, durante decenas de leguas, a veces. Hay mucho paño todavía en que cortar, y colocación para muchos miles de los mojones de fierro en forma de tubo, que hoy se emplean, porque son livianos y resistentes, y que no pueden servir de combustible.

Lo mismo que antes, poco se enriquece el agrimensor con su oficio; pero lo mismo que antes, si quiere y puede colocar dinero en campos, está, más que nadie, en condiciones de no equivocarse sobre la calidad de lo que compre, pues nada enseña a conocer lo que es tierra, como el pisarla con el pie, durante leguas y leguas, resbalando, paso a paso, sobre las mil clases de pastos que cubren las diferentes comarcas de la República.

De cualquier modo, tiene que ser rica en recuerdos, la memoria del agrimensor, pues el que no ha tenido alguna ocasión de morirse de sed, de hambre o de frío, no puede decir que haya hecho mensura de cuenta.

En otros tiempos, también tenían que contar con los indios; pues, a pesar de la reserva prudente, en que los hubiera podido, por un momento, detener, la creencia de que el teodolito era un cañón, y lanzas, las cañas con banderitas, estos eran un verdadero y terrible peligro.

Seguir la cadena durante año y medio, plantando estacas y colocando mojones, para repartir en lotes de cuatro, cuatrocientas leguas en el Chaco, sin poder hacer más que un kilómetro por día, en término medio, por tener que abrir casi constantemente, picadas entre fachinales y montes, o cruzar terrenos pantanosos, cocido por el sol y devorado por la sabandija, representa, sin duda, una empresa más costosa y trabajosa que agradable.

Y tiene el agrimensor, a pesar de la suma respetable recibida para semejante trabajo, que medirla bien y no perder tiempo, una vez en el terreno, si quiere que algo le quede para su trabajo personal, pues es fácil figurarse lo que tendrá que invertir en medios de transporte, en elementos de trabajo, en peones y en mantención, durante tanto tiempo, y en semejantes regiones.

No le faltarán, es cierto, compensaciones de orden pintoresco, ni momentos sensacionales, capaces de dejarle inolvidables recuerdos, por ejemplo, el instante feliz en que después de sufrir de la sed, durante dos días enteros, divisarán los peones un charquito de agua límpida y transparente, en la cual, en medio de aclamaciones de loca alegría, echarán, antes que se haya podido contener el ímpetu de esa gente entusiasta, toda la tropilla, para que tome agua. Y cuando el agrimensor que viene por detrás, en una volantita, llega, él también, con terribles ganas de beber, no tiene más remedio que renegar con los estúpidos, y contentarse con el agua atrozmente removida, enturbiada y conculcada por toda la caballada, filtrada, Dios sabe como, en pañuelos.

Pero, tendrá a veces, después de andar todo el día, sin haber encontrado nada que comer, la suerte de que le regalen en algún puesto, donde justamente se acabó la carne, una sandía o dos, para él y su gente, ¿y de qué se quejaría, teniendo postre?

¡Que pene, que pene! mientras está joven y fuerte. Le llegará el día de poder, sin más trabajo que autorizar con su firma mensuras ajenas, ganar más plata en un mes, que antes, en un año, sufriendo mil penurias; lo mismo, al fin y al cabo, que en tantos oficios, en los cuales gana poco el que hace, y mucho el que dirige.

¿Y no valdrá nada acaso el goce del recuerdo? El recuerdo de la dicha, muchas veces, es un dolor; pero el de los sufrimientos materiales valientemente soportados, en la juventud, es el consuelo de la vejez impotente, el rayo de luz que matiza de alegría las tristezas del invierno de la vida.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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El agregado[editar]

El mayordomo de «Laguna Honda» continuamente lo retaba a don Pedro Linares, porque admitía agregados en su puesto, asegurándole que, el día menos pensado, iba a quedar comprometido por esa gente dañina, en sus intereses o en su familia. En vano: no podía don Pedro decidirse a cerrar la puerta de su pobre rancho al paisano que le pedía hospitalidad; y ni siquiera le preguntaba de donde venía, ni adonde iba, sabedor, como lo era, de que todos venían de todas partes y no iban a ninguna.

A todos les daba licencia, previniéndoles, -eso sí- que el día siguiente, se tenían que ir. Uno que otro acataba la indicación; pero muchos, con algún pretexto, sabían dejar pasar los días, sin que Linares, mientras no asomaba por allí el mayordomo, tuviera el valor de renunciar a lo que le parecía, más que un deber, noble prerrogativa de la pobreza: ayudar a más pobre que sí. Se sentía orgulloso, cuando algún desconocido le venía a decir, con toda ingenuidad: «Don Pedro, me encuentro fregado; y he pensado en Vd. -Gracias, amigo, contestaba él. Bájese y desensille.»

Y no era poca tarea, pues había cundido, entre la gente vaga, su fama de hombre bueno, y le sobraban clientes. No faltan vagos en la Pampa...

Hay estancias en formación, hay tropas que van y vienen, hay trabajos de rodeo; en las esquilas, escasean las tijeras; se requiere gente para levantar ranchos; hasta se buscan puesteros; para domar potros, como para segar pasto y cuidar ovejas, para todo, faltan los brazos y las buenas voluntades; pero ni los trabajos más apropiados a su modo de vivir, a sus gustos y a sus aptitudes, lo seducen al gaucho que ha guardado en sus venas la sangre nómada de sus antepasados.

Nace uno andariego en la Pampa, como nace marino el isleño.

Tener uno por delante la Pampa abierta, y a mano, el caballo, y no correr por ella, sería como tener por delante el mar, con la barca que se mece, bajo la vela medio recogida, que tan lindamente solicita el viento, sin echarse a navegar.

Si de las olvidadas generaciones de piratas que saqueaban las costas del mar, a los siglos, todavía nacen aventureros, ¿cómo no saldrían de los nómadas que cruzaban, hace poco, la llanura, pampeanos atorrantes, gauchos refractarios a toda disciplina, locos de independencia?

Tener por toda fortuna, en un mancarrón ajeno, un recado de mala muerte; a veces, un poncho, un tirador y un cuchillo, con las piezas de ropa indispensables para poder, cuando se ofrece, estar entre la gente; no poseer otra cosa, en el mundo, ni querer poseerla; no tener hogar, ni siquiera querencia, para vivir más libre; desconocer todo vínculo, hasta los de familia, de amistad y de interés; estar hoy aquí, mañana allá; vagar entre la costa del mar y la cordillera, entre los áridos desiertos del sur y los campos fértiles del norte; tener la pampa entera por casa, el cielo por techo, la tierra por cama; gozar con oír, tendido de espaldas en el recado, al reparo de las pajas espesas y altas que lo atajan, silbar el viento furioso, que pasa por encima y por los costados del abrigo improvisado, sin poder penetrar en él; evitar las reuniones numerosas, fuentes siempre de peligros y de compromisos; sin ser perseguido, huir de las autoridades, protectoras natas de la riqueza que las mantiene, contra todo pobre que no sea su esclavo ciego; someterse al trabajo, sólo en casos de imperiosa necesidad, por poco tiempo, y por un precio tanto mayor cuanto son menores las ganas que se tiene de hacerlo; conocer en todos sus recovecos, la llanura inmensa; poder ir, en línea recta, a cualquier punto de cualquier comarca; saber las costumbres de cuantas alimañas puede haber en la Pampa, para evitarlas o aprovecharlas, según el caso; entender el idioma de los animales y de las cosas, de la tierra y del pasto, de las estrellas y de las nubes, del sol y del viento; saber pasarlo vagando; sin llamar sobre sí la atención de la policía, tener la memoria del lugar de donde se ha sacado el último caballo, para evitar de volver allí con él; vivir de lo que cae, sin ser delicado, pues, generalmente, vendría mal al caso, el quejarse al dueño, de que sus animales están flacos; y de vez en cuando, agregarse, para invernar, en algún rancho hospitalario, para permitir que se componga el flete, o descansar de alguna temporada de mucha miseria, tal es todavía la vida de más de un gaucho errante en la Pampa lejana; y tal era la de don Matías... nunca se supo de qué.

Él no pidió hospitalidad a don Pedro Linares; le pidió sólo un jarro de agua. Se lo dieron. Pero dejó entender que no le hubiera desagradado un mate, y no se hizo rogar para apearse. Le bastó, después, una vaga indicación, para ir a desensillar y soltar el caballo mancado, frente al rancho. Y una vez instalado, se mostró muy hombre de mundo con la señora y las hijas de don Pedro Linares, conversador interesante y discreto, conocedor de todos los palenques, a veinte leguas y más al rededor, pudiendo dar entradas y salidas seguras sobre las obras y milagros de cualquiera de las familias vecinas, en el mismo radio, por lo menos; servicial y dispuesto a ayudar en cualquier trabajito casero, amable, risueño, decidor; ¡lo más simpático!

Y cuando, el día siguiente, al amanecer, ensilló, para ir, según aseguró, en busca de trabajo, hubo frases de sentimiento y ofrecimientos recíprocos.

A la tarde, volvió. No había encontrado trabajo.

La verdad era que, gracias a los mates y al churrasco, con que lo habían convidado por la mañana, pudo pasar todo el día, vagando por el campo o durmiendo entre las pajas; y como la casa de don Pedro Linares le había parecido un albergue superior y completo, para pasar la mala estación, había resuelto pegarse en ella sin hacerse sentir, como bichuca en hombre dormido.

Traía dos mulitas para comer, y una lagarta grande y gorda, cuya grasa sacó y regaló a la señora de Linares, precioso remedio para muchas dolencias; dándole a una de las hijas mozas los anillos de la cola, preservativo seguro, como lo sabe cualquiera, contra las picaduras de víbora.

Durante varios días, hizo lo mismo, desapareciendo por la mañana, volviendo a la tarde; espiándole las mañas al personal de la estancia, hasta saber mejor que el mismo capataz, cuando iba el mayordomo a caer por el puesto de Linares.

Pudo entonces vivir sin inquietud, volviéndose, de nómada, casero. Pasaba los días trenzando bozales y riendas; cortaba leña en el corral; ayudaba a don Pedro a carnear o a curar las ovejas; prendía el fuego para la señora, cebaba mate; y también dormía, comía, criaba panza.

Pero cuando, pasados los fríos, se acercó la esquila, y que tanto sobró el trabajo, por todas partes, que no cupo ya pretexto para no encontrar ocupación, sucedió que una madrugada, don Pedro Linares extrañó no encontrar, dormido en la cocina, a don Matías... nunca se supo de qué, ni el recado que le había prestado.

Al recoger la manada, vio que le faltaba su mejor caballo; del ropero, había desaparecido su poncho de paño, casi flamante. El día siguiente buscó, sin poderlo hallar, su cuchillo de vaina y cabo de plata; y algún tiempo después, supo por la señora, que una de sus hijas estaba embarazada.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Gordos y flacos[editar]

«Jamás llegues a parar
adonde veas perros flacos.»
(VUELTA DE MARTÍN FIERRO.)


-«¡Pero, mire que se ha puesto de gordo, don Luciano! ¡Qué barbaridad!

-¿Qué quiere? señora; la vejez.

-Diga la buena vida, patrón, allá en la ciudad; con todo a pedir de boca y quizás algo más. Si fuera sólo la vejez, también podría estar gorda yo.»

Y doña Filomena, llamando a su hijo Manuelito, le dio orden de matar inmediatamente dos pollos:

-«Y trata de que sean de los gordos,» le gritó.

Al rato, llegó del campo don Gumersindo, encargado del establecimiento, y esposo de doña Filomena.

-«¿Cómo le va? don Gumersindo, le dijo el patrón. Siempre flaco, no; según veo. A V. no le da por engordar.»

Y efectivamente, don Gumersindo, hombre de unos cincuenta años, era uno de esos criollos huesudos y apergaminados que hacen acordar a las huascas: cuanto más viejas y sobadas por el uso, menos grasa necesitan para conservarse flexibles.

La gordura del mayordomo, por lo demás, no indica, en general, que esté gorda la hacienda, y será siempre mejor seña, para el patrón, ver a su mayordomo luciéndose, delgado en caballo gordo, que gordo, en mancarrón flaco. No por esto, se debe exagerar, y el caballo muy gordo tampoco vale gran cosa: se pone pesado, haragán y flojo, lo mismo que los hombres demasiado favorecidos por la buena fortuna.

Hubo un tiempo en que la flacura salvaba a los caballos de un fin prematuro; era cuando, en cada cambio de presidencia, el candidato eliminado se creía con el deber de protestar, a mano armada, contra los que habían falsificado con más energía que él, los registros electorales. Y naturalmente, la protesta se resolvía en una alzada de ponchos en la campaña, inútil y ruinosa, cuyo único resultado, fuera del inevitable acuerdo final, era de dejar sembrado el campo de los esqueletos de los millares de caballos arreados. Entre ellos, iban caballadas de estancieros ricos, que lucían así su devoción a una personalidad, de cuyo triunfo esperaban muchos bienes, y tropillas de pobres gauchos cuya convicción, algo vaga, los hacía seguir a los amos, sin darse cuenta cabal de para quién, ni contra quién iban a combatir; y lo peor era que la misma suerte corrían caballos de servicio de modestos hacendados que, sin poder discernir, con la necesaria elevación de ideas, la necesidad de lo que los otros llamaban una revolución, sólo comprendían que, sin compensación posible, salían ellos amolados, a la fija.

La comisión no insistía, cuando veía los caballos flacos; y lo mismo hacen los cuatreros. La gordura es tentadora; y aunque no precise tropilla, el que da, por casualidad, con una, bien gorda, no sabe siempre resistir, y se la lleva; pero, ¿quién se va a meter a arrear flacos, para hacerse alcanzar por cualquier gringo?

Tener caballos gordos ha sido siempre la llave de todo, en la Pampa; y cuando, después de medio siglo de lucha estéril contra el Indio, hubo gobiernos que, cansados de recibir el mismo monótono parte de comandantes de frontera, demasiado gordos, anunciando que, para perseguir a los indios, los caballos estaban demasiado flacos, mandaron que fuera al revés, la Pampa, en un momento, fue conquistada.

-«Doña Filomena, dígale a Manuelito que me engrase las botas, porque voy a salir a cazar patos.

-Bien, patrón; pero, casi no vale la pena. Están flacos todavía los patos. No ve que ha habido mucha seca, este año, y todavía no han tenido tiempo de engordar.»

Y doña Filomena, sin dejar de llenar, con el sebo derretido que tenía por delante, en una olla grande, un velero cuidadosamente guarnecido de sus doce mechas de pavilo, mandó a Manuelito que sacara de una lata que fue de kerosene, un pedazo de unto sin sal, preciosamente conservado para las grandes ocasiones.

En el patio, don Gumersindo, mientras tanto, untaba con grasa de potro, el pecho de un caballo de varas que se había lastimado, y un peón, con un pedazo de la pella de un capón, engrasaba un lazo chileno, estirado entre dos árboles.

Más allá, la cocinera hacía derretir, en medio de una nube espesa de humo, la grasa más fina de los animales últimamente consumidos en la estancia, esparciendo por el aire un olor a chicharrones, tan provocativo que, en todos estos apetitos campesinos, evocaba, con titilaciones voluptuosas en el paladar, el recuerdo de festines de tortas doradas y de copiosos fritangos.

Cuando volvió don Luciano de cazar patos, se quejaba de dolores en la espalda; inmediatamente, doña Filomena le ofreció un remedio seguro, que tenía guardado como tesoro, en el ropero. Grasa de tigre, no tenía, lo confesó: hacía ya tiempo que, por estos pagos, había muerto el último de esos bichos; pero tenía una grasa casi tan buena, la de lagarto, y se la aplicó, antes que se pusiera en la cama, con el solo recelo de que quizás, a los puebleros, no les hacía tanto bien como a los paisanos.

Bendito el año en que abunda la gordura, en que se le hace agua la boca al hacendado, al hablar de lo gordos que están sus animales; en que los capones están de pella, tan gordos que repugnan, y que hay que elegir para carnear, y en que las vacas están envueltas en grasa; pues, no sólo dará para freír tortas y fabricar velas, sino que seguramente quedará también el estanciero con el riñón cubierto.

No dejará de venir desgraciadamente, algún otro año, de vez en cuando, que no traerá consigo ni grasa para remedio, ni sebo para una vela; durante el cual, los perros y los gatos flacos se disputarán carne flaca; en que, hasta las perdices y las viscachas, andarán flacas por los campos sin pasto; en que el peón casi no se ensuciará las manos, al manejar el lazo, ni se las tendrá que limpiar con el cuchillo, después de la comida.

La gordura es el exceso de riqueza de la llanura; es lo que en ella no cabe, y es preciso aprovecharla ligero, para que no se vuelva a sumir, otra vez, en el suelo que la produjo.

¡Al tacho con los carneros gordos! era el grito del estanciero de hace treinta años, en la Pampa desierta; y entre los ríos de sangre, el ruido de los balidos, el olor horrible a hueso quemado y a sebo derretido, y el siniestro relampagueo de los cuchillos incansables, degollados por millares, desollados y descuartizados, en un abrir y cerrar de ojos, iban los capones, a hervir y deshacerse, en la cubas enormes de las graserías, para derramar sobre la Europa, nunca saciada, la gordura elaborada por ellos.

Y los campos, entonces, no eran más que pobres praderas de pasto duro; hoy, cunden los alfalfares; se extiende cada vez más su mancha verde, y la gordura abunda. ¿Quién sabe si no volverá el día, en que no se sepa qué hacer con ella? si no veremos, como se ha visto en Chicago, en otros tiempos, echar a las hornallas de los vapores, jamones, por ser el combustible más barato?.

Dice la ciencia que la grasa no es alimento completo. Será; pero por los elementos de que se compone, encierra luz y fuerza, calor y vida; y es imposible que esté muy lejos el momento, en que algún hombre de genio condense, en forma que asombre al mundo, esta resultante de la producción de las pampas argentinas, esta obsesión de toda conversación pampeana.


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Afuera[editar]

Para el paisano que tiene, por todo haber, su tropilla y su recado, en las palabras: «irse afuera,» caben todas las esperanzas que pueden hacerle concebir el abandono voluntario y definitivo del pago natal, y el éxodo hacia las adormecidas soledades que esperan, para despertar de su letargo, el sonido de la voz humana. Expresa la resolución de dejar tras sí el hogar familiar, donde el sitio se va, cada día, estrechando más, y del cual tienen, a la fuerza, que enjambrar, a su hora, los hijos mayores.

La majada paterna es poca, el rancho es pequeño, la familia aumenta sin cesar, y a los pichones que ya han criado alas, se les abre de par en par, los extensos horizontes de la llanura.

-«La bendición ¡tata! la bendición, ¡mamá!» Un abrazo, con fuertes palmadas que disimulan la emoción: un sollozo penosamente ahogado, en la garganta estrechada, hasta doler, por la lucha del amor propio viril naciente del joven, en pugna con la ternura de su corazón de niño; una lágrima que asoma en los ojos de los viejos, y ¡abur!

Echando por delante la tropilla bien entablada, irán con ella, en busca de vida fácil y de trabajos de su oficio, en las estancias que se están formando; y siempre más lejos irán, hasta que el destino caprichoso señale a cada cual el lugar donde se deba detener y echar raíces, protegido, uno, por algún patrón, detenido, éste, por algún compañero, enredado, aquél, en algún lazo mujeril, que le haga sentir la necesidad de fundar, a su vez, un hogar.

También sueña con irse afuera el hacendado, agobiado por el precio del arrendamiento, en los campos de adentro, de donde el arado ahuyenta la oveja. Oprimidos están los rebaños, y si bien es cierto que los pastos refinados y tupidos por un siglo de pisoteo, dan para mucho, no alcanzan a remunerar el trabajo del arrendatario, y a satisfacer, a la vez, la codicia del dueño de la tierra.

El hacendado, él, ha oído decir que su vecino que se fue al tanteo, con su majada, y a la aventura, ha encontrado en paraje lejano, conocido por alguna designación vaga, como ser: el moro, las tres lagunas o los jagüeles, buen campo, extenso y barato, y que quedan todavía muchas leguas para arrendar; y con este dato, tan poco seguro, también se fue, con hacienda y familia, a conocer esos pagos nuevos, donde, según afirman todos, la prosperidad es la regla.

En pocos meses, cunde el ejemplo, se extiende la fama del paraje privilegiado, y se va formando en él, un núcleo de población, cada día mayor, donde todos ya, más o menos, se conocen entre sí, bastante para poder conversar de los recuerdos de tierras adentro, y de los afectos que todos han dejado allá. Sólo por haber venido del mismo partido o de partidos linderos, pronto resultan amigos y fraternizan, los que han emigrado del Azul o de Tapalqué, con los que han venido de Las Flores o de Rauch, en busca de mejor suerte.

Pero, con el hacendado que arrea su rebaño, en busca de mayor holgura y del éxito que la fortuna reserva a los audaces, con estos enjambres de pobladores útiles, que vienen a preparar la fertilidad de la Pampa, a despertarla, a alistarla para las mieses del porvenir, emigran los zánganos de la colmena.

Este aluvión fecundo arrolla también en sus oleadas, una resaca mezclada de espuma, que, en la orilla, se asienta, hasta que otra marejada la corra más adelante. Tiene que irse a fuera, y siempre más lejos, todo lo que, en la campaña, tiene con la justicia cuentas sin liquidar, todo lo que la disciplina social rechaza de su seno, todo lo malo, todo lo inservible. Los lejanos vapores del desierto nublan los ojos indiscretos, y allí puede el vago recorrer sin recelo la inmensidad, y sacar de sus pajonales mil recursos misteriosos, que no sólo le permitan vivir, sino también hacer, de cuando en cuando, figura de gente, en estos mundos de Dios, retribuir en la pulpería una convidada, o afianzar una parada a la taba o al truco.

Allí viven, ora diseminados en inhallables cuevas, ora reunidos en temible pandilla, boleando avestruces y venados, o cortando, de noche, puntas de hacienda, de que nunca se llega a tener más noticias que si se las hubiera tragado la tierra.

Rodeado de esas aves de rapiña, el poblador de tierras nuevas les paga forzosamente un tributo que tiene que entrar en sus cálculos, lo mismo que lo que le puede costar cualquier otra plaga, y tiene que tomar precauciones para, sino evitar del todo el mal, por lo menos aminorarlo.

Y mientras lucha sin descanso, para defender su bien, viviendo de privaciones, trabajando de día, alerta de noche, arriesgando su salud y su vida, muchas veces; en lidia siempre, con las iras imbéciles de la naturaleza, la perversidad feroz del hombre y la ferocidad inconsciente de las fieras, el dueño de este suelo, que sus haciendas mejoran y abonan, a menudo, con sus huesos, por no haber encontrado en él el sustento de su vida, se felicita, allá, en su confortable casa de la ciudad, de haber, al fin, hallado para ese campo, al cual nunca ha visto, ni piensa ver, que ha comprado por casualidad, y como quien tira la plata, un arrendatario que le paga, por año, cinco veces el precio de compra... «y todavía es barato,» agrega.


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Porrazos[editar]

-«¡Pataplum! si no le digo que son locos... y el otro, ahora ¡zas! ¡Qué bárbaros!

-¡Mira; el montón!»

Y era como para mirar. La vaca, cortada del rodeo, iba disparando al viento, y dos gauchos, persiguiéndola a todo correr para atajarla, la iban a alcanzar, cuando rodó el animal, y, cayéndose al suelo, tendió sin querer una trampa tan repentina a sus perseguidores, que ambos vinieron a caer sobre ella; no dándoles tiempo para levantarse, otro jinete, que venía en su ayuda, y, que llegó justito para entreverarse con caballo y todo, y completar el enredo.

-«Siete bestias, dijo uno.

-Al barrer, completó otro.»

Ya se habían levantado, parado y sacudido los jinetes caídos, los caballos y la vaca, la cual, abombada por tanto golpe, se volvía trotando, al rodeo.

-«Buenos chambones, les dijo el mayordomo, cuando llegaron; atropellar, en vez de abrirse. ¿Les habrán parecido pocos los tres rengos que ya andan en el rodeo?

-Qué golpe, patrón, contestó el más viejo, con aire lastimero. El pecho es lo que me duele. Voy hasta la estancia, a pedirle un poco de aguardiente a doña Sofía para refregármelo.

-Sí, por dentro: murmuró el mayordomo. Bueno, anda, anda; y volvé pronto.

-Traigase la botella, don Victoriano, que también hemos rodado, le gritó uno de los compañeros.»

No hay piedras en la Pampa, por suerte, y los golpes, casi siempre, son amortiguados por el pasto y el suelo blando: pero son tantas las ocasiones de sacudirse porrazos, que en la cantidad, no deja de haber algunos que resultan, de cuenta; y son frecuentes, sino las desgracias, por lo menos, los accidentes. Es cierto que la mayor parte de las rodadas sólo sirven para poner en ridículo al caballo y lucir al paisano.

Por bueno que sea un animal, es difícil que, de vez en cuando, no le toque rodar. En un galope largo, se le acaban por cansar las manos, y no es difícil que afloje, a ratos; tanto el jinete como el caballo van medio dormidos, y cualquier tronco de paja, o la traicionera cueva del peludo, suelen ser ocasiones de rodadas repentinas, irresistibles. En esos casos, es cuando se ve que jinetear sabemos todos, pero que salir parado es la llave.

Nadie hace caso de una espantada, y si, por casualidad, por un descuido o por no saber, deja uno, impresa en el suelo, la imagen redonda del piso bajo de su individuo, no es de mayor gravedad; se levanta y vuelve a montar; si está solo, se sonríe, geteando; si anda acompañado, los compañeros son los que se ríen.

La rodada es de mayores peripecias, y por ella, se puede juzgar, en un momento, el valor de un jinete. El que salga apretado, que no se meta a domador; el que sale por entre las orejas del caballo y se va a parar... de narices en el suelo, poco sirve. Si la rodada ha sido muy fuerte, como tendremos la finura de suponer, le aconsejaremos de alejarse corriendo, o siquiera, gateando, para evitar que el mancarrón se le venga encima, con todo su peso.

Otros hay, -estos son ya gauchos-, que salen disparando y dejan el caballo caer o levantarse, como le parezca; pero el verdadero jinete sabe agregar a la agilidad salvadora, la serenidad impecable, que sola, le permite conservar, en lo más recio del trance, la perfecta limpieza de actitud, la exquisita sobriedad de gestos, la elegante corrección del hombre verdaderamente fuerte y dueño de sí.

En el mismo momento de tropezar el caballo, el jinete boleó la pierna, soltó la rienda, y se quedó impasible, de pie, esperando -sin dejar la punta del largo cabestro- que el mancarrón que todavía tambalea, se venga, después de un corto momento de reflexión sobre la instabilidad de las cosas de este mundo, a tenderse largo a largo, a los pies del amo. Si el gaucho está sólo, se sonríe, desdeñoso; si anda acompañado, aplauden los compañeros. Las patadas son escasas; el caballo argentino es sumiso; así mismo no las busquen: no son confites.

Entre el surtido de porrazos que puede la equitación proporcionar al que tiene afán en comprar campo en la Pampa, hay uno, reservado sólo a los valientes que se quieren agauchar de veras. Un buen criollo no necesita estribos para montar, ni suplirlos por los pesados y complicados movimientos que algún panadero europeo, sin duda, habrá hecho conocer en la Argentina, ya que por «del panadero» se designa ese modo de montar, ayudándose con toda la fuerza de las muñecas.

Con un simple balanceo lleno de gracia, el gaucho deja caer la cabeza y el tronco, de tal modo que las piernas y la parte inferior del cuerpo se encuentran asentadas en el lomo del caballo, sin salto, casi sin esfuerzo aparente, con una suavidad de pájaro que se posa, y sucede que, para imitarlo, el novicio calcula mal el apalancamiento, exagera el esfuerzo y cae del otro lado. ¡Qué risa, señor!...

Y el niño, por supuesto, también quiere galopar, y taquea con enojo el petizo con los botincitos, y tanto le pega con el rebenque que, al fin se movió el animal, y empezó a trotear; al enojo sucede un relámpago de gozo, en la carita rosada, que pronto da lugar a cierto recelo: las sacudidas se van haciendo muy fuertes, el niño tira de la rienda, el petizo se sujeta de golpe y ¡pumba! sonó en el suelo un golpe sordo. Acude la madre asustada, levanta al niño, y a un peón que le dice: «No es nada, patrona; a golpes se aprende;»

-«Los burros», contesta ella.

El niño ya no llora, y quiere montar otra vez: «con estribos,» dice. -«Eso sí que no,» interviene el padre; y tiene razón, pues, con estribos, de cómicos que son, los porrazos, muchas veces, se vuelven trágicos.




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de Godofredo Daireaux



Desde que murió «el viejo», como, en su cariño más familiar que respetuoso, solían los hijos llamar al autor de sus días, la familia había pasado por momentos harto difíciles. El campo, comprado al Gobierno a plazos largos, no estaba pago todavía, sino en parte, y si cada año traía consigo su vencimiento inexorable, no siempre traía los medios de aguantar el golpe.

Mientras dura el jefe de la familia, la tarea es relativamente fácil: por tal que los muchachos obedezcan al padre y trabajen, todo va bien. La experiencia del viejo, los amigos que lo protegen, y, en un caso, lo ayudan; una firma en el Banco, una prórroga oportuna, un préstamo, aunque sea, suavizan el paso, y mal que mal, se llega a la orilla.

Una vez desaparecido él, cambia de tono la cosa; no hay quien mande y menos quien obedezca; cada uno tira por su lado; la madre gasta sin saber y deja gastar sin contar; los amigos tienen poca fe y no ayudan; los protectores, si no se retiran, hacen algo peor y buscan cómo apoderarse despacio del bien codiciado; las aves negras lo pastorean; los muchachos no las saben espantar, y, a veces, la misma madre las da de comer.

Pero, no todas son así, y doña Carmen Linares, sin ser más que una madre vigilante, supo resistir los ataques de todo género, con una habilidad tanto mayor, cuanto menos vistosa.

Era ella una perfecta china. El finado la conoció, cuando, joven, vino con una haciendita del padre, a ocupar, en la frontera, campos del Estado. Nació un hijo, nacieron varios; el campo, despoblado y sin dueño, fue comprado y se volvió estancia; las haciendas se multiplicaron y, con los años, alcanzó a correr parejo su aumento con el de la familia.

Y presentó ésta la imagen acabada de la vida feliz del pastor, no ya nómada, sino arraigado en inmensa tierra propia, con sus numerosos rebaños y rodeos, libre de los mil afanes propios de las regiones de población tupida; de pocos recursos, es cierto, pero de tan pocas necesidades, que casi todas las llenan ampliamente los productos de la hacienda; vida de que sólo, en nuestros días, puede todavía y podrá, por muy poco tiempo más, gozar el pastor argentino, en la fértil llanura pampeana.

Pues, cuando murió don Lorenzo, los hijos -fuera de dos o tres ya mozos-, eran todavía niños, y doña Carmen, aunque prematuramente envejecida por su exuberante producción de vástagos, a pesar de su tipo pampa acentuado, muy bien hubiera podido, ayudada por el aliciente del extenso campo de su propiedad, encender los deseos y sobre todo la codicia de más de un desocupado.

Pero, por suerte, no fue así, y si, por descuido, prendió algún fuego, se apresuró en apagarlo, antes que se volviera quemazón.

Mamita, como la llamaban entonces, se contentó con ser sencillamente el centro de la familia, lo mismo que lo había sido el finado; y, si no podía prestar a los suyos los mismos servicios que él, su experiencia de mujer de campo le permitía guiar con acierto a su hijo mayor, capataz y mayordomo de la estancia, al cual escuchaban y obedecían los otros, sin rezongar, porque así lo mandaba Mamita. Los trabajos se hacían bien, y en su tiempo, pagándose como se podía, los vencimientos al Gobierno. A veces cuando no alcanzaban para ello los recursos, hubo grandes inquietudes; no faltaron usureros para tratar de aprovechar la bolada, tendiendo la soga salvadora, cuyo nudo corredizo ahorca al auxiliado; pero todo se pudo evitar, y llegó el momento en que, vencidos todos los obstáculos, pagado el campo, poblada la estancia con numerosas y buenas haciendas, se encontró Mamita, rodeada de su gente, como general victorioso, por su Estado Mayor, después de larga batalla.

Pocos años después, una boquita sonrosada de criatura le cambió, balbuceando, el nombre de Mamita por el de Abuelita; y con el pasar de los años, sus hijos, desdeñosos, a pesar de su fortuna asentada ya en cimientos sólidos, y siempre creciente de ir a la ciudad, «al chiquero grande», como decían, comer carne cansada, cuando, en su casa, podían mascar a su gusto la carne firme y jugosa de la res de su marca, recién carneada, fueron formando, sin cesar, alrededor de ella, como una aureola de florecientes retoños.

Abuelita no dejaba de contemplar con cierto asombro, entre las muchas cabelleras lacias y renegridas que la rodeaban, algunas cabecitas blancas, coronadas de pelo rubio, que sonreían con sus ojos de cielo, a su cara cobriza y siempre seria de hija legítima de la Pampa ruda.


M42

Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Guardia nacional[editar]

-«¿Gusta un mate, patrón?»

-«Bueno, don Pedro, tomaré.» Y el patrón de la estancia, un extranjero de unos cuarenta y cinco años, de risueña cara colorada y de pelo rubio, se sentó, sin cumplimiento, como todo lo hacía, en la punta del banco, para saborear un cimarrón y conversar un rato con su capataz, Pedro Ponce, un puestero, Francisco Muñiz, que estaba de visita, y el viejo Soria, un gaucho casi octogenario, titulado peón, para poder darle, sin herir su amor propio, el techo y la comida y algunos pesos para la caña, en que se conservaba, como un encurtido, en vinagre.

Era lindo tipo, el viejo Soria, con su poderosa estatura, apenas encorvada por la edad, su larga y tupida cabellera blanca, y sus modales de fiera vieja, que desdeña de gruñir porque ya no puede morder, pero que nunca ha aprendido a lamer la mano.

Había sido soldado de Rosas; había llevado el gorro colorado de manga, que, como chorro de sangre, se desparramaba sobre el hombro; había presenciado, por lo menos en parte, los misterios de Santos Lugares; y la imaginación de los muchachos, hijos del estanciero, se encendía, al conversar con él, de aquellos tiempos, en que aseguraba Soria que no había cuatreros en los campos del sud. -«Desgraciado, decía, del que, entonces, hubiera carneado un animal!» Pero, como si el solo recuerdo de ellos hubiera sido terrible, bien se guardaba de agregar que a los mismos que tanto cuidaban de la propiedad ajena, poca plata les costaban los rodeos enteros, con que poblaban sus campos, y que si bien prohibían carnear vacas, degollaban gente por lujo.

Salido ileso de Caseros, Soria había vuelto a sus pagos de la costa del Gualichú; hecho perdiz, entre los juncales y las cortaderas, había dejado pasar las tormentas de Cepeda y de Pavón, sin ganas de meterse en nuevas trifulcas, y disparando de las comisiones arreadoras de gente para la frontera. Conversaba complaciente del tiempo viejo. ¡Qué de cosas les contaba a los muchachos, del tiempo del tirano! hablando de él sin nombrarlo, como hablan de su Dios misterioso, los sacerdotes de ciertas religiones cruentas.

Recuerdos del ejército de entonces, atrocidades, cruzadas por rasgos de burlona generosidad, historias de cuartel y de campo raso, gauchadas atrevidas, proezas y disparadas, avances y pánicos, brotaban de sus labios; y los niños escuchaban, bebían sus palabras, ávidos de mas detalles, siempre.

Pero, por mucho que se las hubiesen preguntado, había dos cosas sobre las cuales nunca pudieron conseguir del viejo, más que un refunfuño de disgusto, perdido entre los espesos bigotes quemados por el cigarro, y un relámpago de rabia en los ojos empañados, escondidos en los pliegues de la cara, abotagada por el alcohol; nunca pudieron saber a cuántos cristianos había degollado, cuando soldado de Rosas, ni cuántos azotes había recibido.

Puede ser que el viejo ni hubiera tocado el violín a nadie, ni hubiera recibido palos, pero les parecía imposible que no fuera así, ya que, según la leyenda de aquel tiempo, degollar y ser apaleado, eran dos de las principales atribuciones del ciudadano argentino, bajo las armas.

-«Pues en mi tiempo, señor, dijo Muñiz, así como por el setenta, y un poco antes, no nos trataban tampoco muy bien, a los de la guardia nacional, pero siquiera, no tuve que pelear con argentinos, y cuando tuvimos que matar indios en la frontera, fue siempre en combate leal, y con riesgo del cuero.

-A mí me tocó algo de la grande, dijo Ponce, con la guerra del Paraguay; ¡suerte! que fue recién al final, cuando ya había menos tiempo para morir; pero, con todo, era medio fuerte la cosa... ¡Lindo país! el Paraguay, pero por demás caluroso, en aquel año del 69.»

El otro vecino, él, se jactó de haberse siempre podido escurrir del servicio, gracias a una tía a quien quería mucho el comandante militar del partido. Y seguían conversando, acordándose todos, de los sufrimientos y penurias pasadas, y también de los caprichosos arreos del 74 y del 80, de hombres, sin más arma que la caña tradicional, con la media tijera de esquilar en la punta, y de mancarrones a millares, que iban a morir, por todas partes, inútiles.

Iba uno entonces, pensaban, sin saber siquiera por quién ni contra quién; ahí estaba la comisión y había que seguir, no más. Ya que le aseguraban, y que se lo podían probar a machete, que era Vd. guardia nacional, y que siendo guardia nacional, había que marchar, se marchaba; encontrándose cualquiera, muchas veces, revolucionario, sin saberlo.

Después, a los años de estar tranquilo el país, había surgido por el lado de las cordilleras, el fantasma chileno, y los jóvenes, los hijos ahora, habían tenido los ejercicios del domingo, -sin armas, porque no alcanzaban para todos-, chapaleando durante cuatro horas por semana, a pie, en el polvo o en el barro del camino real, maniobrando, como bandada de gansos, el gauchaje, por el modo de caminar, y mandados por un exvigilante destituido por borracho, que hacía de oficial.

Con todo, los viejos asentían en que la guardia nacional era bastante diferente de la de sus tiempos; primero, que estaba a pie, casi toda, en vez de andar montada y con caballo de tiro, como antes; a más que, al rato de ser reunidos, se les daba a los milicos uniforme, kepí, manta y todo, y unos fusiles, que hasta los mismos remingtons eran juguetes al lado de ellos. -«Sin contar los cañones,» dijo el patrón, y les explicó los efectos de la artillería moderna, lo que los dejó pasmados.

Pero, pocos momentos después, pudieron darse cuenta de que otra diferencia debía haber, mayor aún, entre los arreos indebidos y al tun-tun, de antaño, y el llamamiento a las armas, legal y respetado, de una verdadera guardia nacional organizada. Llegó el hijo mayor del patrón, de vuelta del pueblo vecino, saltó del caballo fatigado, y, tirando al aire el sombrero, desde el palenque, gritó: «¡Viva la patria! se retiró Portela!»

Todos se levantaron y lo rodearon, ávidos de noticias, y el muchacho, con juvenil excitación, les contó que iba a estallar la guerra con Chile, que se habían llamado las clases del 78 y del 79, que a él le tocaba, y que con ganas iba. Y pasó sobre todos ellos, sobre el mismo padre, aunque fuera padre y fuera extranjero, como un soplo heroico, que ni el viejo soldado de Rosas, ni él que había roto lanzas con los indios, ni el mismo guerrero del Paraguay, había, hasta entonces, conocido, y que hizo estremecer y ruborizarse al que siempre se había sabido escurrir del servicio militar: era la llamada ansiosa y vibrante de la patria amenazada.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Tierra querida[editar]

Los bueyes, con el paso lento, humildes y poderosos, en esfuerzo invencible de sus frentes agachadas, tiran del arado, mezclando los largos filamentos de su baba relumbrosa, con los vapores que suben, bebidos por el sol, del surco negro abierto, por primera vez, en la rica tierra pampeana.

Giuseppe, vigoroso piamontés, a pasos iguales y largos, sigue la marcha de los animales, haciendo pesar en la mansera la mano musculosa, para hundir más la reja del arado vencedor, en este suelo que todavía resiste.

Y sueña Giuseppe. Venido a la América del sur, en busca de fortuna, deja correr su mirada, del surco, al horizonte sin fin de la llanura inmensa; y calcula que de esta misma tierra rica y fértil, hay extensiones inacabables y desiertas; y, al acordarse las maravillas que, en su tierra, crea el trabajo industrioso del hombre, en una sola hectárea, poblándola de centenares de árboles de variada fruta, de hortalizas suficientes para mantener a familias numerosas, de forrajes productores de carne y de leche, y hasta de glorietas floridas que, de algún rincón hacen un paraíso, siente cundir en su alma de pobre peón, la vehemente ambición de poseer, él también, algún día, un retazo, un jirón, una hilacha de este manto regio.

El esclavo que, bajo el látigo del amo, arrancaba del seno de la tierra las mieses, sin que nunca tuviera la mínima esperanza de tener su parte de ellas, podía, con razón, echarle maldiciones a esa cruel madrastra; el proletario europeo que la cultiva, por el pedazo de pan cotidiano, todavía la puede malquerer; al nómada que la recorre, sin pedirle más que lo que da sin trabajo, puede ser indiferente; pero para él que la remueve, con la legítima ambición y la esperanza fundada de llegar a poseerla, la tierra es una querida deseada con pasión, y merecedora de todos los sacrificios, de todas las privaciones, digna de todos los esfuerzos que puedan acercar el anhelado momento de los esponsales.

Y bien sentía Giuseppe que cuando, en tierra argentina, pudiera realizar esta su aspiración suprema, ese día, de inmigrante que era, se volvería ciudadano de una nueva patria.

Para muchos, la tierra es la novia rica, objeto, no de afección, sino de codicia, con quien el ambicioso se casa, no para tener en ella hijos que le hagan honor, sino para gozar de los bienes que le pueda traer. Y las leyes los ayudan; leyes agrarias, dictadas, al parecer, lo mismo que en la Roma antigua, para dar a los pobladores audaces la posibilidad de formar un hogar y de echar prole de ciudadanos arraigados, que tanto necesita la República; aprovechadas, en realidad, casi únicamente, por los hombres astutos de las ciudades, para aumentar sus improductivas riquezas.

Estos, por supuesto, no pueden querer a la tierra. Han oído decir, saben que hay hombres que la cultivan, pagando bien caro el derecho de tomar ese trabajo ingrato; y la arriendan, sabiendo que el sudor ajeno le dará valor, y que, con el tiempo, la podrán vender a mejor precio, sin haberla visto jamás.

¿Podrá querer a la tierra, el arrendatario? bien pronto supo que no, Giuseppe, al observar a sus vecinos.

Uno, cansado de cuidar muchos animales, con mucho trabajo, en mucho campo arrendado, y de quedar siempre, al fin del año, tan pobre como antes, resolvió un día de vender hacienda, hasta poder comprar media legua. El otro prefirió seguir con sus diez mil ovejas y sus dos mil vacas, en tres leguas de campo arrendado y abierto.

Para el pulpero, la plata de este último relucía mucho más que la del primero, pero aumentaba menos; y cuando la lana bajaba y que los novillos no engordaban, lo que, muchas veces, sucede, en campo sin mejora posible, por ser ajeno, quedaba el pobre medio empeñado, a pesar de tener tanto capital.

El que compró media legua quedó con una sola majada y algunas lecheras; pero pagó y alambró su campo, y lo va llenando de alfalfa. Si la lana baja, ajusta un poco la faja, y compra alpargatas, en vez de botas; y cuando llega el fin del año, si no queda dinero, por lo menos queda la tierra, con sus mejoras, con su arboleda que crece, con sus alfalfares que verdean y sus animales que aumentan, gordos siempre, y sin peligro que enflaquezcan.

Cuando el arrendatario deje el campo que ocupa, con el bolsillo vacío y la hacienda mermada, le quedará el consuelo de llevarse, entre los postes del corral, ¡cortado en tres pedazos, un álamo grande que existía en el puesto. Don Fernando, él, hace plantar, cada año, en el campo de su propiedad, algunos árboles por sus hijos, y les infunde, a la vez, con esto, el amor al trabajo y el apego a este pequeño retazo de tierra, cuya posesión lo pone tan encima del que, cada tres o cuatro años, se tiene que mudar, con la hacienda, la familia y los ranchos, de campo desnudo a campo pelado, yendo cada vez más lejos, y pagando cada vez más caro el derecho de mejorar con los esqueletos de su hacienda, la pampa desierta.

Y se sonríe éste, -pero, ¡con qué envidia!- cuando le oye a don Fernando decir al pulpero, con un orgullo que no puede reprimir: «No me mande tierra por tabaco, don Juan Antonio, que tierra tenemos en casa.»

A los años, también acabó Giuseppe, a fuerza de rudo trabajo y de privaciones, por hacerse de una chacra de cien hectáreas. ¡Cien hectáreas! ¡una miseria en la Argentina! pero propiedad inmensa, para él que se acuerda cuántas maravillas hacen en su tierra, en una sola hectárea.

¡Y cómo la quiere a su chacra!

Más que el arrendatario, para pagar al dueño del campo; más que el peón, para ganarse la vida; más que el siervo, bajo el látigo del amo, trabaja y se afana.

Para adornarla, embellecerla, darle todo su valor, nunca descansa; Giuseppe era peón; don José es esclavo; pero es esclavo, don José, de su propia tierra, como lo es de una esposa querida, el esposo enamorado.





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de Godofredo Daireaux



En un rincón perdido de la Pampa lejana, sin agua mejor, sin más montes que en cualquier otra parte, y nada más que por un capricho del dueño del campo, se ha formado un pueblo. ¿Pueblo?, denominación algo pretenciosa para una aglomeración de media docena de casas o ranchos, colocados sin orden, alrededor de una cuadra pelada, titulada Plaza.

Pueblo es, no lo duden, o, por lo menos, algún día lo será. Por ahora viven bien felices sus habitantes. Para fomentar la formación de su pueblo, que su imaginación impaciente sueña ya ciudad, el dueño ha regalado a cada uno de los seis primeros pobladores un solar de veinticinco metros de frente por cincuenta de fondo, con la única condición de edificar en él una casa de dos piezas. Y ya están instalados en sus casas esos seis favorecidos, gozando de la inesperada suerte de vivir en casa propia, edificada en terreno propio.

¡Qué casa!, ¡qué terreno!, ¡un rancho de barro, en mil doscientos cincuenta metros cuadrados! Pero, para el pobre, es la dicha; y se encuentra tan rico, cuando contempla los treinta repollos que ha conseguido en su propiedad, y que crecen lozanos, como el mismo patrón de la estancia, cuando viene a pasar balance y cuenta sus treinta mil ovejas, repartidas en diez y seis leguas de campo.

En ese embrión de pueblo, no hay municipalidad, no hay juez de paz, no hay comisario de policía, no hay tampoco recaudador de rentas; no hay cura, porque no hay iglesia; y el maestro de escuela, un pobre viejo haraposo, muy dedicado a estudios comparativos de las varias clases de bebidas que despacha el boliche vecino, y que junta, cada día, durante dos horas a ocho muchachos, en una pieza prestada, para enseñarles las primeras letras, no tiene ni el más remoto aspecto de autoridad, a pesar del alto valor en que estima su ciencia.

No habiendo autoridades especiales, no existen tampoco escribientes, secretarios, empleados, y no habiendo juzgado, no nació todavía la plaga de las aves negras, que saben suscitar cuestiones y pleitos entre los vecinos, entre éstos y el fisco, entre las mismas autoridades, entre la luna y el sol.

¡Pueblo feliz!, pero, lo mismo que todas las felicidades sin sombra, esto no puede durar mucho. El dueño del pueblo ha vendido algunos solares más; el número de casas fue aumentando; no son ya sólo ranchos de barro, los que se van edificando: un horno de ladrillos se estableció y provee material. Las calles se han delineado, todas de ángulo recto, según la ley inmutable, dictada en el siglo décimo sexto, por el rey de España, y algunas casas tratan ya de distinguirse por su frente de relativo lujo.

Los terrenos van tomando cierto valor; la población acude. Las casas de negocio se multiplican; la competencia nace, trayendo consigo amagos de discordia: se acabó la edad de oro.

Casi al mismo tiempo que, ocurriéndosele que debería ser su pueblo, cabeza de partido, empezó el dueño a empeñarse con el Gobierno provincial para conseguir su objeto, a uno de los comerciantes le pareció que el título de juez de paz daría a su casa una superioridad indiscutible sobre las demás, y como el Gobierno, al atender esos pedidos, pensó en aprovechar la coyuntura para dar colocación a algunos amigos sin empleo y, por consiguiente, fastidiosos y cargosos, en pocos meses cayó sobre el pueblito toda una manga de funcionarios.

Un intendente municipal, que no tenía en la localidad terreno alguno, empezó por obligar a los vecinos, propietarios de solares en la plaza, a cercarlos y a ponerles vereda, lo que les hizo gastar cinco veces el valor primitivo del terreno. Subieron mucho los ladrillos, porque el plazo era corto y perentorio, y pronto se supo, sin que nadie se admirara, que el señor intendente era socio con los horneros.

Fue nombrado juez de paz, el negociante que lo había solicitado, y administró la justicia, basándose, para fallar, no en los códigos que adornaban su mesa de trabajo, sino en la costumbre que podían tener las partes de sacar sus gastos de su almacén o de algún otro.

Vino un recaudador que empezó por revisar las patentes, hasta entonces paternalmente avaluadas, según la importancia total del negocio, y, la ley en mano, dejó caer un granizo de multas sobre los bolicheros, por haber tenido en sus estantes, sin pagar patente separada de zapatería, cigarrería, ferretería, ropería, sombrerería y confitería, media docena de botines, veinte kilos de tabaco, cuatro paquetes de puntas, seis pantalones, ocho sombreros y diez cartuchos de caramelos.

Y siguiéndose las plagas, como las de Egipto, llegó un comisario de policía que se hizo pagar mensualidades por las casas de negocio, para mantener, decía, a su personal; apaleó a los pobres, sacándoles multas, por cualquier delito imaginario, dejándose poner en los ojos una venda de pesos, para no ver las casas de juego, y tomando parte en los negocios de una carnicería que compraba muy pocos animales, en proporción de los muchos que despachaba.

Bien pronto crecieron los quehaceres del intendente, del juez, del comisario y del recaudador, y necesitaron secretarios, escribientes, empleados de todas clases; y para pagar los sueldos de tanta gente, todos dieron cancha a su imaginación administrativa, para crear impuestos, no bastando ya las multas para tener las cosas en un pie serio, ordenado y seguro.

Y las autoridades de la ciudad, cabeza de distrito, ponderaron la prosperidad del pueblo nuevo.

Prosperidad será; ¡pero cuán más felices eran los habitantes!, antes de conocer las ventajas de ser administrados, gobernados, estrujados, despojados y violentados por esos forasteros hambrientos, atorrantes politiqueros, mandados por el Gobierno provincial para llenarse los bolsillos, en perjuicio de la gente productora, terribles bacilos, destructores del progreso.

Si, todavía, se tuviera el consuelo de pensar que, gracias a los grandes odios que nacen generalmente de las pequeñas pasiones políticas, se comerán entre sí; pero no, pues nunca falta un acuerdo que los salve de la muerte. Y, aun suponiendo que desaparecieran algunos, no han de faltar otros, para tomar su sitio en el festín.


M42

Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Hijos de Galicia[editar]

Entre las rocas azotadas, con estrépito, por las magnas olas del mar Cantábrico, lavadas por lluvias torrenciales y fertilizadas, al mismo tiempo, por una constante y tibia humedad, vive en paz una población humilde y ruda, sin más ambición que sacar del mar bravío, con riesgo de la vida, o de las quebradas de su escabrosa tierra, a fuerza de trabajo, su frugal sustento.

Las grandes invasiones, venidas del sud o del norte, si no las han respetado del todo, parecen haber tenido siempre cierto desdén o cierto recelo a esas comarcas ásperas, pobladas de montañeses huraños y de marinos atrevidos. Los pobres barcos de pescadores y los arados primitivos de los cántabros y asturianos, fueron los postreros trofeos ibéricos de la conquista romana, en vísperas de la era de Cristo, y cuando los visigodos, germanos a medio refinar, sometieron a sus leyes, cuatro siglos después, al suevo grosero, germano también, pero del tobo bárbaro, que había ocupado ese pedazo de suelo, de poca valía, lo dejaron, en vez de destruirlo, que mezclase, bajo su dominación, en ese rincón inhospitalario, su rubia melena con la melena morena del íbero, y su pronunciación ronca de germano silvestre con el hablar rudo del celta.

Pero el castellano altanero, hijo de los visigodos audaces y de los moros batalladores, siguió y sigue mandando; y obedece el gallego, nacido de razas sufridas, encerradas entre peñascos que restringen el horizonte y acortan las ideas, de lengua tosca y de genio paciente, ansiosas, por naturaleza, de tener un amo.

En la llanura, corre el viento sin obstáculos y se extiende sin esfuerzo; en la montaña, choca con moles que le atajan, se encierra en desfiladeros, se desliza, tropieza, muge, da vueltas, se estrella, sin poderlas mover, en las rocas que le cierran el paso, y aunque penetre en ciertas partes, siempre deja sin poderlos explorar, tranquilos valles que parecen ignorar que exista. Así de la civilización: no necesita treparse en alturas inaccesibles para iluminar la llanura; llama, y las poblaciones contestan a su voz; extiende el dedo, toca en la frente a la más remota, y nace el progreso. En la montaña, no. Y el gallego, montañés empedernido, ha quedado, por entre los siglos, como ha nacido, pasivo en su obediencia, fiel hasta volverse cargoso, tenaz hasta la torpeza, refractario a todo lo que la humanidad llama progreso.

Piensa como pensaban sus antepasados, siervos de la gleba goda; lo que dice el amo, lo que manda el cura, lo dice, lo manda Dios. Y cuando, a la voz de Pelayo y del obispo de Oviedo, con esa mandíbula algo bestial, que hace crujir las jotas, como de los granos de maíz hace el caballo, se agarró, a la par del asturiano, su vecino y pariente, de la costa natal, lo hizo de tal modo que fue este pedazo de España, el único, en toda la península, que no alcanzó a pisar la planta del Árabe. Así lo mandaba el amo, y sumiso, apretó tan bien los dientes, durante trescientos años, que el moro fue que tuvo que soltar la presa.

En recompensa, no hay gallego que no sea hijo de alguien, hidalgo, hijo de Gonzalo, de Lope, de Martín, de Fulano; González, López, Martínez, Fulanez.

Por cierto que sentaría mal el espadón de Quijote o la elegante capa del andaluz a su figura mal tallada de hombre petizo, enanchada por una capa tan tiesa que parece mojada, aplastada por un chambergo monumental, campechanamente puesto, y hecha más pesada aún por botas gruesas; pero hay, en su cara abierta y franca de gente buena, con sus patillas cortas y su gran boca mal afeitada, tan patente protesta de fidelidad y buena conducta, que se explica el afecto del gran caballero andante hacia Sancho Panza, lo mismo que se comprende de cuanta ayuda estética es, para el castellano majestuoso o el andaluz esbelto, el relieve que da al garbo de su persona, la macisa silueta sin gracia del sirviente gallego que lo acompaña.

Pero también ejerce en él su poderosa influencia el ambiente americano, más, quizás, que en cualquier otro inmigrante. En algunos, la metamorfosis es rápida; la ambición nace con el cambio de clima, y el comercio de la campaña le abre amplia carrera.

Las gallegos, aunque audaces marineros, acostumbrados a desafiar, en pequeñas barcas, las terribles y continuas iras con que el océano castiga sin cesar las costas que habitan, nunca hubieran pensado en alejarse de ellas, para ir a conquistar un mundo nuevo, si los del Puerto de Santa María, los «porteños» andaluces no hubieran ido, ellos; y bien tuvieron que seguir los gallegos, pues, en tierras lejanas, también necesitan los que saben mandar, sirvientes y porteros.

¡Oh! pero, en América, tierra de aventuras y de aventureros, no faltan otros rumbos; y el gallego se emancipa. Aprenderá a ser vivo, como cualquier hijo de vecino, y su honradez nativa se mellará, la pobre, cada vez más, en el borde de la balanza del almacén, a fuerza de pesar, según el caso, algo más o algo menos.

Con el dinero, venga de donde venga, entra el orgullo, y también la ilusión de que el hombre rico lo sabe todo. Con impertérrita confianza en su propia sabiduría, don Manuel Fulanez le asegurará que en su tierra hay minas de acero, y si pretende usted insinuar que quizás... un «permítame que le diga» perentorio, le quitará hasta las ganas de meterse en lo que usted no entiende.

Es que desde que llegó de su tierra, ha aprendido muchas cosas; en los primeros tiempos que estaba en el campo, su patrón, un criollo medio chusco, a quien enseñaba, una mañana de invierno, un redondel de hielo que tapaba un balde, exclamó, alegre: «¡Qué lindo! ¡ligero! Manuel, tráete una sartén con grasa y me lo haces freír!» y fue Manuel, a buscar la sartén.

Después, estuvo de changador en la ciudad, donde empezó a criar mucha fe en sí mismo; y una vez que llevaba a un mecánico, hábil artesano, una pieza de máquina para componer, torno sobre sí de decirle, con voz imperativa: «y dice el patrón que tenía Vd. buen cuidado de no romperla.»

Ahora, es negociante; tiene plata, tiene crédito, y no necesita cuidar ovejas, pues esquila a los ovejeros. Su viveza, hilvanada, con hilo blanco de acarreto, en la confianza que por tradición inspira, basta para engañar al paisano incauto y también al civilizado, desdeñoso de las pequeñas y viles trampas de trastienda.

A su pulpería acude el estanciero, en busca del dinero que necesita para pagar a sus peones, los cuales lo volverán a traer, de a poquito. El criollo se sigue burlando de él; pero él se ríe; y, para chancelar las chocarrerías, apunta con errores a su favor, los pesos que el otro le pide prestados.

Probablemente para averiguar si es cierto lo que dice el refrán español: que al andaluz con plata, al catalán con bota y al gallego con mando, no se le puede ni acercar, lo nombraron a don Manuel, alcalde de su cuartel. Salomón no se negaría a firmar algunas de las sentencias que da, si no vinieran envueltas en cierto limo de ignorancia petulante y pomposa, residuo de criba, producido por el roce secular de los de su raza con los amos de Madrid y de Sevilla, capaz de empañar hasta la luz centelleante de su sentido común nativo.

No puede decir sencillamente las cosas más sencillas; las repite cinco veces, como si temiera que no se le haya entendido bien; y cada vez más las enreda en adornos del peor gusto, pero que juzga suntuosos.

Y cuando, por casualidad, algo ignora, no por esto se detiene, convencido de su infalibilidad. En una revisión de cueros, dictó al escribiente, muy orondo: «horqueta de atrás», y un hacendado, amigo de él, que estaba a su lado, lo agarró despacio del brazo y le sopló: «la horqueta siempre se hace en el medio de la oreja. -¡No me manosee! le contestó, irguiéndose, ¡que soy autoridad!» y corrigió: «horqueta en el medio.»

Todo esto no impide que si una cosa es ser gallego, y otra que se lo digan, más aun es una cosa serlo, y otra muy distinta, haberlo sido, pues el hijo de Galicia se acriolla ligero y bien. A más, si el tronco gallego es de madera dura, y de cáscara rugosa, no es de madera quebradiza.

Cuesta trabajo para hacer entrar puntas en ella, pero la que admite, la detiene; no se raja. Pulirla es obra larga; no se consigue más que un lustre apagado, y difícilmente, se puede fabricar, con ella, violines armoniosos o cachivaches artísticos; pero de ella se sacarán muebles sólidos y columnas firmes, y no son estas de las peores, entre las que sostienen al abigarrado edificio de la nacionalidad argentina.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Corro blanco[editar]

Mucho gauchaje se había juntado, en la pulpería de don Manuel Fulanez, aquel día, y todos se entretenían, jugando a la taba o al choclón, corriendo carreras y mamándose como cabras. El pulpero, que no había pedido policía ni dado a las autoridades del pueblito aviso de la reunión, había tenido la precaución de exigir que cada uno le remitiese, al llegar, el cuchillo, para evitar que algún zafarrancho repentino le valiese una buena y bien merecida multa.

Y con esto, les había dado rienda suelta, a que se divertiesen a su gusto, pensando que sería más que casualidad que les viniese a sorprender alguna de las escasas comisiones encargadas de recorrer el extenso partido.

Es que había contado sin Gorro Blanco, recién incorporado a la policía de la localidad, y de quien todavía no había oído hablar; sino, no se atreve.

Gorro Blanco no era más que un oficial de la policía rural, como hay o podría haber muchos, nacido y criado en el campo, sabiendo más o menos leer y escribir, conocedor de todos los trabajos rurales, lícitos y clandestinos, y de todas las mañas del gaucho.

Incansable galopador, sufrido, paciente, sin miedo, de mucha sangre fría y de una fuerza muscular bastante para darle en sí mismo la mayor confianza, no hacía mis proezas, al fin y al cabo, que de cumplir con su deber.

Pero cumplía con él de cabo a rabo, ligero, fuerte y bien, sin miramientos personales, sin tergiversación, sin demora, sin más cálculo que obedecer a la ley y hacerla respetar.

No había para él partido político, ni pobres, ni ricos, y lo mismo hubiera prendido al estanciero poderoso, por haber cortado un alambrado para dar paso a su break lujoso, que a un vago, por haber carneado de noche, o al pulpero, por haberle comprado el cuero.

Un bruto, decían muchos; una gran cosa, decían los vecinos, en general.

No solía andar con los milicos de las comisiones que mandaba. Les daba cita a tal hora, tal día, en tal parte, y tampoco faltaban ellos a la cita, pues, desde el primer día, le habían tomado un olor a paliza, capaz de hacer adivinar la hora al más dormilón, y de dar patas de acero al mancarrón más bichoco.

La sola vista de su rebenque les infundía, a los pobres soldados, un apego insólito a todas las virtudes: ¡adiós! repetidas copas que turban la vista, convites que tapan el horizonte, mientras desaparece el fugitivo; ¡adiós! amores furtivos, que, en las noches obscuras, propicias a las carneadas subrepticias, desaciertan la vigilancia; ¡adiós! bailecitos improvisados, en los ranchos, y siestas prolongadas, en las frescas ramadas de las estancias.

Con el gesto de Temistocles, rechazando los presentes de Artaxerces, atenuado sólo por una ojeadita de sentimiento, tienen ahora que desairar al compañero de otros tiempos, que, generosamente, ofrece algún maneador ancho, largo y fuerte de los muchos que tiene, sin ser hacendado, o para la familia, un cuarto de carne de vaca, demasiado gorda para ser propia.

Y feliz que se atreva el policiano a no denunciarlo, pues Gorro Blanco no admite amistades entre su gente y el paisanaje, considerando con razón, que pronto se volverían complicidad.

Mientras las milicias se venían al sitio, de antemano fijado, al tranco o al galope, según la hora señalada, pues no debían llegar ni antes ni después, Gorro Blanco, vestido de particular, de sombrero gacho, cabizbajo, recorría el campo, sin llamar en nada la atención; vigilaba, miraba, escuchaba, poniéndose su gorra de vasco blanca, su distintivo predilecto, sólo en las grandes ocasiones, y para hacerse conocer de sus ayudantes.

A las dos en punto, ese día, se apearon en el palenque de la Colorada, de don Manuel Fulanez, un sargento y un soldado de policía, en el mismo momento en que se iba a correr la carrera principal.

Entre la concurrencia, había uno de esos vagos temibles, conocidos por gauchos malos, que, imbuidos de la idea que la gloria consiste en pelear a cualquiera, y especialmente a la policía, no desperdician ocasión de provocarla, a ver si la hacen reventar o disparar.

De facón en la cintura, -pues a él no se había animado Fulanez a pedirle las armas-, arrogante, lo primero que hizo fue convidar al sargento y al soldado a que tomasen la copa.

¡Cómo no! ¡que la iban a tomar! con gorro blanco mirándolos, recostado en el mostrador. Todavía andaba de chambergo, pero, no por eso, dejaba de ser, para ellos, el terrible gorro Blanco, y con una rigidez, al parecer, estoica, insistieron en su negativa.

Irritado el gaucho, después de insistir, él también, un momento, reculó, dándose cancha, y sacó el facón, amenazando a los milicos, insultándolos, tratándolos de cobardes y otras cosas, poniéndolos «como trapo de cocina,» decía doña Ciriaca, la mujer del pulpero, al contar el hecho, el día siguiente; hasta que, sin saber como, él ni nadie, se encontró frente a frente con un hombre de bigote, algo petizo, morrudo, de gorra de vasco blanca, el poncho de vicuña en el brazo, y bien enroscada en la mano, la lonja de un rebenque de cabo de fierro.

-«¡Dese preso! dijo el hombre.»

El gaucho lo miró con sorpresa.

-«¡Tire el facón!» ordenó Gorro Blanco. Y en su voz, en su mirada había tanta autoridad, que casi, casi obedece el matrero. Pero la imagen de su fama de gaucho malo empañada, pasó por sus ojos, y, rápido, alargó un puntazo al oficial. El cabo de fierro del rebenque detuvo la mano, y la muñeca, casi quebrada, dejó caer el puñal.

El soldado alzó el arma, el sargento le pasó las esposas al gaucho, y media hora después, la larga comitiva de los jugadores que iban a pagar la multa, con el pulpero a la cabeza, desfilaba al galopito, seguida por el preso, a quien iba acompañando Gorro Blanco.

Pronto se hicieron legendarias las apariciones de Gorro Blanco. Era el cuco de los malhechores. Los matreros preferían dejarle el campo libre, y se mandaban mudar más afuera; pues era su pesadilla el dichoso gorro ese, y no podía uno, decían, estar carneando una ajena, en noche obscura, o arreando hacienda... extraviada, sin verlo surgir del suelo, como alumbrando.

Estaba uno entregando cueros en la pulpería, donde no había más que un forastero, comiendo nueces. ¡Zas! de repente, el forastero asomaba la cara en el depósito, de gorra blanca, y revisaba las señales. Ya no era vida.

Y los vecinos cantaban glorias de Gorro Blanco; pues, durante meses, no hubo casi robos, ni hubo muertes. Pero, -bien decían que era un bruto-, ¿no se le metió entre ceja y ceja, en unas elecciones que hubo, que no haría más que conservar el orden, dejando que cada cual votase a su antojo? Naturalmente, lo despacharon. ¿Y qué más iban a hacer?


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Cuerambre[editar]

-«¡Antonio! mira que hay que carnear. Estatamos sin carne,» dijo doña Ceferina a su esposo que ya, sin acordarse de tal cosa, iba a soltar la majada. «Carnea gordo, agregó la señora, que también necesito grasa.»

Don Antonio franqueó los lienzos del corral, pasó vista un momento a las ovejas, removiéndolas despacio, y avistando, entre muchos, un capón que le pareció muy bueno, arrolló como lazo, el cinchón de dos vueltas que tenía en la mano, atropelló, en una esquina del corral, la punta de ovejas en la cual iba el capón, y lo enlazó del pescuezo. A la carrera, se volvieron las ovejas a juntarse con las compañeras; y quedó solo, tirando, saltando y brincando, el capón preso. Don Antonio lo volteó, le tocó la cola, lo manoseó en varias partes, le miró los dientes, y haciéndolo levantar, lo condujo despacio, a tres patas, hasta la orilla del corral. Allí, lo levantó, lo hizo pasar a fuera, pasó él, y en el pastito verde y tupido, le cortó la garganta y lo dejó desangrarse y patalear, en los últimos estertores de la muerte, mientras iba él a buscar la chaira, y que los perros, ávidos, sorbían en el suelo, la sangre espumante, a medida que iba saliendo en borbollones.

Don Antonio desolló el animal, con cuidado, tiró las tripas a la perrada, después de sacarles el sebo, colgó del gañote, los bofes, en un clavo de la costanera, para repartirlos despacio a los gatos, que esperaban, sentados, en paciente rueda, que los perros se hubieran saciado; arregló la carne en dos medias reses, en el cuartito que servía de fiambrera, llevó a la cocina las achuras y la cabeza, y volvió a tender a la sombra, con todo cuidado, para que no se resecara, el cuero del capón, en una travesaña clavada en dos postes altos, colocándolo a lo ancho, y no a lo largo, lo que le hubiera hecho perder su flexibilidad.

Con un pincel, embadurnó de alquitrán las orejas, para que los gatos, más por vicio que por hambre, no viniesen a roerlas y a destruir la señal.

Sacó con el cuchillo, algunas cazcarrias que quedaban pegadas en la lana, y, cortando algunos palitos, dejó, con ellos, entreabierto, el cuero de la cabeza, de la patas y de la cola, para evitar que quedase fresco y se llenase de gusanos, en vez de secarse bien.

Fuera del pobre capón en que recayeron los gastos de la función, todos, con la carneada, se han puesto alegres en la rústica morada. Los perros y los gatos se han hartado, casi sin pelear; las gallinas escarban y encuentran en los residuos, mil golosinas; los niños salen de la cocina riéndose, cada uno con un churrasco en la mano; doña Ceferina y don Antonio se reparten en el mismo plato, la tripa gorda, asada en las cenizas, mientras el coro de los chimangos trata, cacofónica banda, de amenizar la fiesta.

Don Antonio es hombre prolijo, que cuida sus intereses como es debido, y en todos sus detalles; sabe que los frutos en buenas condiciones seducen al comprador, consiguen mejor precio, se venden con facilidad, aun en los momentos de baja, y dan mayor peso, a más de su mayor valor. Y por esto, siempre lo pelea a su compadre Anacleto, que tiene cuatro ovejas y mucha familia, algunos hijos ya mozos y de servicio, y que no es capaz de cuidar un cuero, siquiera, como la gente.

¡Vaya! con el hombre dejado; ¿qué le costaría, dígame, cuando carnea, de no dejar el capón morirse en el mismo charco de sangre, ensuciándose todo el cuero? «Le da más peso,» dice Anacleto. ¡Pavada! le quita valor, nada más. Lo desuella sin cuidado, deja que se pudra la cola; los gatos se comen las orejas, sin que nadie los espante, y después, son peleas con el acopiador, que aprovecha la bolada y le rebaja la mitad del precio, por el riesgo que corre de ser multado.

Un cuero de consumo que, en casa de don Antonio, parece dorado y varnizado, por haber sido oreado a la sombra y entrado, o sólo dado vuelta, cuando llueve, apenas se conoce de un cuero de epidemia, en lo de Anacleto. Quemado por el sol, mojado por la lluvia, vuelto a quemar y vuelto a mojar, picado, muchas veces, por la polilla, sólo puede el pulpero comprar semejante cuerambre, con tal de rebajar algún poco, aun perdiendo algo, el monto, siempre exagerado, de la libreta.

Y en lo de don Antonio, hasta los cueros de epidemia, que, en algún invierno de flacura, de seca o de inundación, ha habido que sacar por centenares, muchas veces en el barro del corral, tienen un aspecto de limpieza que llama la atención y excita la competencia de los compradores. Se les puede, por supuesto, arrancar la lana, tirando, porque así es, siempre, en cueros de animales muertos de enfermedad, pero siquiera la sarna no los ha despojado en parte de su precioso vellón, y muchos de ellos, gracias a que se ha tenido la precaución de degollar el animal, antes de que echase el último suspiro, han podido conservar la apariencia, casi, de los cueros de consumo.

Con todo, triste se le pone el alma al pobre ovejero, cuando se van amontonando, en el galponcito, los cueros de epidemia. El cuero de consumo, amarillo claro, de cutis suave y blando, de lana larga, pesada y dorada, que resbala sin ruido de la pila, no deja sentimiento al criador. Ha aprovechado la carne que contenía, y la grasa, para mantener a su familia; con el sebo, ha hecho luz, y con el cuero, tendrá todavía una regular cantidad de pesos. Pero el pellejo descarnado, flaco y liviano, de lanita corta y rala, de la oveja vieja que, por ignorancia criolla, no se ha decidido el pastor a aprovechar, cuando todavía le hubiera podido suministrar buena carne, y que ha dejado morir de senectud, haciéndola faltar a su misión en la tierra; el cuerito del borrego consumido por la lombriz, con su lanita flaca, blanca y liviana como nieve, con su cutis descolorido, que suena cuando lo tocan, pergamino sin valor, quebradizo y reseco; el cutis pelado de las ovejas, que recién esquiladas, han muerto de frío, sorprendidas, -sin haber salido todavía de su flacura invernal, y recién despojadas de su vellón abrigado-, por alguna tormenta traicionera; todo esto apoca la majada, sin compensación, y desespera, a veces, las mejores voluntades, volviendo fatalistas a los más enérgicos.

Llegó el carro del acopiador. Se acomoda en una tijera del techo del galpón, la romana que, con su brazo fatídico, siempre indica pesos que, al hacendado le parecen pocos; al recibidor, equivocados, por lo grandes.

En una hamaca, hecha con un lienzo de corral, colgado de dos sogas cruzadas, pasan los cueros a montones, después de bien revisados y limpiados por el recibidor, con una prolijidad, no ya de liberalidad pastoril, sino de codicia comercial, de todas las garras, aspas y cazcarrias que puedan haber escapado a la vigilancia, hábilmente superficial, del vendedor.

Y cuando sale el carro, lleno hasta el tope, calcula don Antonio que ahí le llevan una verdadera majada, con la cual hubiera podido pagar el arrendamiento de un año y los gastos de seis meses.

No se desanime, don Antonio; ¡paciencia! Tiene que haber de todo en la vida, y las ovejas aumentarían demasiado, sino hubiera, de cuando en cuando, alguna mortandad que las hiciera mermar. No se turbe por tan poco, y haga como los gobiernos, fuerza, en presencia de las grandes calamidades. Ellos no se arriedran por nada: después de la inundación, aumentan los impuestos, y si baja la lana, aumentan el derecho. Haga como ellos, amigo, y a la oveja muerta, pídale dos corderos.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Amos y peones[editar]

-«¡Sandalio! tome esa carretilla, y se va a la alfalfa, a buscar pasto para la yunta de la volanta.

-Patrón, contestó Sandalio, esbozando una sonrisa respetuosamente irónica, yo me he conchabado para peón de campo; no para trabajos de a pie.

-¡Pues, señor! gran trabajo es ir a buscar una carretillada de pasto.

-No es mi obligación, patrón.» El patrón lo miró medio serio.

-«Si Vd. no está conforme con mi trabajo, patrón, me puede arreglar la cuenta.

-Pues, en seguida, amigo; no me gusta pagar brazos, para verlos cruzados.»

Y Sandalio, despachado, después de cenar, se fue de la estancia, lo más contento de haber cazado un pretexto para hacerse despedir y para recobrar su libertad, enajenada durante todo un mes de conchabo. El espejismo falaz de los treinta pesos del sueldo, encerrados en su tirador, le parecía horizonte sin límite, de vida holgada y ociosa; y se iba galopando, bajo el cielo estrellado de la Pampa, aspirando, con pulmones enanchados por el gozo de sentirse libre, la atmósfera perfumada por los mil yuyos floridos, que pisaba su caballo.

Es que la ambición de Sandalio se limitaba a bien poca cosa: alguna platita para los vicios; de vez en cuando, una muda de ropa, un par de botas o un sombrero nuevo, y era hombre feliz.

No le faltaba algún techo hospitalario, donde tender el recado, ni el pedazo gratuito de tumba, que siempre sobra en el campo.

Nunca tampoco falta en alguna estancia, por un mes o dos, en los casos de apremiante pobreza, uno de estos conchabos, de trabajo liviano, de peón de campo, que consiste en ayudar, por la mañana y por la tarde, a recorrer las orillas del campo, para repuntar las vacas o parar rodeo, y a sentarse a tomar mate, en los puestos, mientras la hacienda endereza despacio para el centro.

Su criterio para elegir a los patrones, a quienes hacía el honor de ofrecer sus efímeros servicios, era, más que todo, la reputación que podían tener de ser poco delicados para el trabajo.

Apreciaba particularmente a los hijos de estancieros ricos, que manejan los establecimientos paternos, en calidad de mayordomos. Con estos, en general, hay abundancia de peones y poco que hacer, bajo la indulgente vigilancia de los capataces, mientras que el amo, joven y amoroso, en vez de engordar el caballo con el ojo, pasa vista a los puestos, para elegir la vaquilloncita más sabrosa y tratar de echarle el lazo, o anda por la ciudad, en busca de ovejas algo refinadas. Y la vida corre, suavecita, para el paisano conchabado.

Un paseíto por la mañana, con la fresca; otro, a la tarde, después de la siesta larga; charlas, mates y cigarrillos, buena comida y descanso; por tal que, los días de elección, el patroncito se pueda lucir, en el pueblo, con numerosa compañía de votantes, pronto se pasa un mes, y venga la paga, no antes que el sudor se haya secado, sino, muchas veces, antes que haya tenido ocasión de brotar. ¡Vida linda!

Se comprende que Fortunato, nacido en la estancia, no haya soñado jamás en dejarla, y se haya vuelto igual a esos pumas nacidos en la jaula, acostumbrados a tener segura la ración cotidiana, y que serían incapaces, si se llegasen a escapar, o si los soltasen, de buscarse la vida, de noche, en las majadas mal cuidadas.

Al amo le hace, también, cuenta, conservarlo; trabaja poco, es cierto, pero es hombre de campo y no es exigente; no tiene sueldo fijo, y mal que mal, sirve para lo que le mandan.

Los padres de él han muerto en la estancia, en tiempos del padre del patrón actual, y sigue él, viviendo como han vivido sus viejos, sin más anhelo que vivir así, toda la vida. Cuida los intereses del establecimiento, ni más ni menos que si fueran suyos: es decir, bastante mal, porque es descuidado por naturaleza, pero, a su modo, los vigila con fervor, lo que siempre algo vale.

No conoce en el mundo, más familia que la del amo, ni más casa que la estancia, y si lo viniesen a echar, volvería, como perro fiel, aunque fuese para morir apaleado.

De él se ríe el gaucho Sandalio, que no tiene más patrón, en realidad, que su capricho de incorregible nómade: y también se ríe de él, el catalán Clemente Terradán, valiente trabajador y amontonador paciente de los pesos penosamente ganados, pero para quien el patrón no es más que el que paga; concediendo al que lo emplea la misma mezquina dosis de respeto, que sea aristocrático descendiente de los virreyes, o algún inmigrante enriquecido; reservando sólo la escasa y ruda simpatía de que es capaz, para el que mejor retribuya su trabajo y lo mantenga con carne más gorda.

A Terradán, no le gusta trabajar con patrones poco exigentes, poco delicados, que no sabrían apreciar y remunerar sus esfuerzos.

Él es hombre de pala, más que de caballo, pero a todo se presta, y lo mismo sabrá cuidar una majada, como arreglar el jardín o componer una puerta; trabaja sin descanso, siempre tiene algo que hacer, y su actividad, medida y sosegada, pero continua, no necesita pinchazos.

«Trabaja lo mismo que si fuera para sí; como peón es una alhaja, Clemente,» asegura su patrón.

Y lo es, no hay duda; pero si así trabaja, es que también él sueña con la independencia, y, que para conquistarla, necesita sueldos altos, en proporción con sus desvelos; y economiza con avidez, cuida y defiende sus ahorros con legítima avaricia, como que son la preciosa simiente de su fortuna futura.

-«Señor, le dijo un día, Clemente Terradán a su patrón, ¿sabe que lo voy a dejar?

-¡Oh! ¿y por qué? ¿estás mal aquí? si es cuestión de sueldo, nos podemos arreglar.

-No, señor; es que entro de acopiador habilitado con don Juan Antonio Martínez.»

Y cuando el estanciero le hubo entregado varios meses de sueldo que había dejado acumularse, Clemente, su peón de ayer, hoy comerciante, le ofreció comprar el cuerambre del establecimiento; el precio era razonable; se discutió, y trataron. Don Clemente, por un momento, pasó a ser casi el patrón, pues era él que pagaba.




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de Godofredo Daireaux



Fortunato Lucero, hijo de un capataz de campo y de la cocinera de los peones, se había criado en la estancia, gateando entre las patas de los caballos, con los demás cachorros, con quienes compartía los rebencazos paternos y los fondos de olla, huesos de puchero y sopa de arroz enfriada, entregados por la madre, para que les dieran, entre todos, una limpia preliminar. Y sin haber dejado nunca el establecimiento, a los treinta años, era el capataz de más confianza que tenía el patrón, para salir a los apartes o traer alguna hacienda; pero nunca había subido en un tren, ni se le ocurría que jamás le pudiese esto suceder.

Lo había visto pasar a menudo; y, desde tres años que existía la estación, en el campo lindero, una que otra vez, había llegado a curiosear y ver de cerca al monstruo, pero no le entraban mayores deseos de entregarle el bulto. Le tenía más fe a su tropilla de picazos.

Y hete aquí que una tarde, el mayordomo, en vez de darle las órdenes en la forma acostumbrada, le lee un telegrama del patrón, ordenando que, por el primer tren, fuera a la estación Angélica, donde encontraría caballos, para ir a recibir una hacienda, y traerla.

El mayordomo explicó a Fortunato que tenía que embarcarse a las siete de la mañana, y que a las tres estaría en su destino. Le dio plata para el viaje, y lo dejó sumido en la secreta e infantil emoción que hacía nacer en él la idea de ir, por primera vez, por ferrocarril, en vez de ir por tierra, como solía decir.

Nadie, por supuesto, lo supo nunca; pero Fortunato durmió mal, esa noche, entre sueños intrincados, en que su tropilla, ora era perseguida por el tren, ora lo arreaba, hasta que después de haber ensillado él la locomotora con su recado, se sintió arrebatado con velocidad infernal, en medio de vapores espesos y de ruidos de trueno, hacia campos desconocidos, donde se encontró con una chinita lo más atenta, que le decía llamarse Angélica.

Y a las siete, subió en el vagón, con su recado bien acomodado, entregándose, con recelosa resignación, a su suerte. Pronto vio que el diablo no era tan negro como a sí mismo se lo había pintado. La mañana era fresca; el tren iba ligero, haciendo desfilar con rapidez, bajo sus ojos, los campos de su pago, que conocía palmo a palmo, y algunos trozos de las haciendas vecinas de la estancia, tantas veces revisadas.

Miraba por las ventanillas, con esa atención, rápidamente escudriñadora, del hombre acostumbrado a extender la vista en dilatados horizontes, anotando sin pensar, en su memoria, por ese solo instinto que da el desierto, y comparando entre sí, los mínimos detalles de los campos que atravesaba: la posición y la forma de un rancho, de un monte, de una laguna.

Se estremeció, al cruzar el tren, con fragor, un cañadón, y se admiró que hubieran hecho semejante puente de fierro para pasar un poco de agua, que no alcanzaba a la rodilla de un caballo.

Con extrañeza, veía el alambre del telégrafo bajar y subir continuamente, entre los postes que lo sostenían. ¡Y estos postes!, ¿de dónde los habrían traído?, pues en esta parte de la pampa, por donde cruzaba el tren, no había montes. ¡Qué torcidos eran!, parecía que los hubieran elegido adrede para la risa. Unos, doblando la cabeza, fingían hacer estupendos esfuerzos para sostener sus dos aisladores y los cuatro hilos; otros, ondulados de los pies a la cabeza, se retorcían, como de dolor; ¿sería por las quemaduras de que eran cubiertos?, algunos parecían bailar, o quizá tratarían de sacar los pies del agua, en que los habían plantado; éstos daban vuelta para arriba al pescuezo, como para mirar al ave de rapiña asentada en su punta, carancho o gavilán, chimango o águila. Y ni la vaca que en ellos se refregaba, ni las críticas de Fortunato atajaban, en su marcha de relámpago, las noticias, buenas o malas, importantes o nimias, comerciales o políticas, que, por el hilo, sin cesar, silenciosamente vuelan.

El sol, mientras tanto, subía y empezaba a calentar de veras el techo del vagón, los herrajes y la vía, cuya reverberación, a su vez, calentaba el piso del coche; de modo que ya se viajaba como pan a medio cocer, en un horno ambulante.

Y Fortunato encontraba que no era nada el calor del sol, en el rodeo, comparado con el que se sentía en esa caja, llena de viajeros, de humo, de olores y de una tierra tan espesa que había que cerrar las ventanillas y ahogarse por falta de aire, para no ahogarse con ella.

Quiso echar un sueñito. Pero, vaya, con ese calor, no se puede dormir, y volvió a mirar el campo, aburrido, y con muchas ganas de tomar un mate.

En este momento, unos italianos que iban a hacer la cosecha en el norte, sacaron de las lingheras, salame, pan, cebollas y vino. Fortunato, gaucho imprevisor, que viajaba sin una galleta, siquiera, acostumbrado a encontrar, siempre y en todas partes, el trozo de carne que necesitaba para conservar el vigor nervioso y la elegante delgadez de su sobrio cuerpo de jinete, dejó, a pesar suyo, deslizarse sobre las apetitosas vituallas, una mirada de envidia.

Y los italianos, al verlo tan marchito y tan desprovisto de todo, contentos, por otra parte, de tener un pretexto para entablar relaciones amistosas con gente del país, como deseosos de hacerse perdonar por el gaucho, a quien bien comprenden que, por pacífica y humilde que sea su invasión, lo van despojando, poco a poco, del beneficio de la vida de abundancia y de pereza pastoril que hasta hoy ha llevado, fraternalmente, ofrecieron de comer al paisano.

Fortunato, que se hubiera dejado morir de hambre, antes de pedirles un bocado, aceptó sin cumplimiento, y dejó a los italianos convencidos de que si el gaucho es sufrido y sabe pasarlo sin comer, también, cuando se ofrece, le sabe pegar fuerte.

Y las horas pasaban, monótonas, rodando el tren por la solitaria llanura, cruzando campos bajos que verdean, cañadones que relumbran, pajonales que esperan el arado, trigales dorados que esperan la segadora, alfalfares de esmeralda, muestras de la Pampa del porvenir, y médanos áridos, recuerdos de la Pampa prehistórica.

Se seguían las estaciones, iguales, de construcción uniforme, con sus nombres de santos, de guerreros de la Independencia, de generales de fronteras, de estadistas y de politiqueros, de sabios, de literatos y de personales nacionales y extranjeros, de ingleses promotores de la línea, de antiguos propietarios y de efímeros especuladores, de vencedores y de vencidos de las luchas políticas, de astrónomos célebres que han pasado su vida contando estrellas, y de modestos estancieros que pasaron la suya contando ovejas, de hombres que no han sido más que ricos, y de hombres que no han sido más que útiles, con apellidos ásperos de caciques indios, o con graciosos nombres de niñas cristianas.

Entre las estaciones, algunas habían prosperado de modo inaudito, viéndose en pocos años rodeadas de una verdadera ciudad; otras habían quedado estaciones no más, y la suerte ciega, muchas veces, había permitido que creciera hasta volverse pueblo, justamente la estación que llevaba el apellido de un hombre chiquitito, dejando chiquitita, la estación coronada de algún nombre glorioso.

De repente silbó fuerte la locomotora, y el tren casi se paró, echando bufidos como mancarrón asustado.

-¿Habrá visto algún tigre? -y el amigo Fortunato, apretando el sombrero con la mano, se estira por la ventanilla, para ver lo que pasa.

Pasa que la vía no está todavía alambrada, que los vecinos cuidan mal, y que a una vaca flaca que se estaba calentando los huesos en la misma vía, la alzó el miriñaque de la locomotora y la volcó en la zanja, hecha una bolsa de huesos.

-¡Pobre vieja! -dijo Fortunato; y viendo que cuatro yeguas, ahora, iban trotando entre los rieles, como arreadas por la máquina, sin que se les ocurriese bajar del terraplén, se agitaba el hombre, se desesperaba, gritándoles que no fueran zonzas, hasta que también cayó una víctima del apuro humano.

Y medio kilómetro más allá, fue toda una majada de ovejas, que empezó a disparar, siguiéndose locamente, deshilándose por delante del tren, en forma de arco, hasta que la locomotora la cortó por lo más delgado, matando media docena.

Pero ya pronto iba a llegar Fortunato a Angélica, y le faltaban ganas y tiempo para protestar contra las crueldades de esta huella sin pantanos, tan recta y corta, que va buscando poblaciones viejas, y sembrando por el camino tantas otras nuevas. Sobre todo que estaba muy ocupado en mirar a un muchacho que, a todo correr y castigando el caballo, no podía igualar la marcha del tren, a pesar de haber sido ya aminorada, y calculó con asombro, que, en ocho horas, había hecho, sin reventar mancarrones, alrededor de treinta leguas. Tuvo que confesar, riéndose, a sus nuevos amigos, los italianos, que el ferrocarril es una linda invención, y que los gringos que viajan en él no son mala gente.


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Nota de WS[editar]

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de Godofredo Daireaux



Don Manuel Fulánez, dueño de «La Colorada», no sabía ya qué hacer para desviar hacia su casa de negocio la corriente poderosa de clientes de la acreditada pulpería la «Nueva Esperanza».

En vano, para tratar de amansarlos, había usado de todas las armas conocidas del oficio: les había comprado los frutos a precios disparatados, ofreciéndoles, en cambio, el azúcar a diez centavos menos de lo que le costaba en plaza.

Todo lo que había conseguido era de haber dado libreta a los que rechazaba el competidor, una punta de atorrantes, metedores de clavos; y, triste, comparaba su palenque desierto con el de don Juan Antonio Martínez, cuyos doce postes, en hilera, bastaban apenas para la mancarronada.

Salió un rato al patio, dando vueltas, juntando con el mingo, las ocho bochas desparramadas; alzó una botella vacía, tirada por algún mamado; de un puntapié hizo rodar a la zanja una caja vacía de sardinas, resto del almuerzo de algún pasajero, y recostado en el alambrado, aspirando con fuerza el aire vivificante de la Pampa, para limpiar sus pulmones del polvo de los estantes, hediondo a tejido engomado y a aguardiente adulterado, cavilaba en los medios de domar la Fortuna.

Cayó, al rato, su vista en la cancha de carreras, dos líneas paralelas, trazadas con la pala, entre el pasto, a tres o cuatro metros de distancia una de otra, y casi tapadas ya, por falta de uso; y una luz genial alumbró los repliegues de su cerebro mercantil, momentáneamente obscurecidos por la mala suerte.

Quince días después, un domingo, por la mañana, cuando don Manuel abrió las puertas del negocio, vio, con una sonrisa de victoria, los caballos ensillados, atados, en número crecido, a pesar de la hora temprana, no sólo en el palenque, sino también a lo largo del alambrado. Una tienda de campaña, formada de un pedazo de arpillera tendido en las varas empinadas de un carrito, indicaba que hasta pasteleras habían venido de lejos, prueba evidente de que sería todo un éxito la reunión.

Y por las puertas apenas abiertas del boliche, se precipitó la gente, pidiendo copas, y galleta, y tarros de café, y cigarros, y tabaco, y fósforos, y esto, y el otro, en medio de alegre algazara.

Don Manuel y sus dependientes se movían, activos, y despachaban, atentos a recibir los pesos al entregar lo pedido, pues en día de reunión no hay fiado.

Nunca, todavía, se había visto tanta gente junta en la casa; y se oía el choque seco de las bolas del billar, y el rodar de las bochas en la cancha, y después de cada partido, era, en el despacho, una invasión de jugadores que venían a hacer pagar a los vencidos los gastos de la guerra.

No había tiempo de cerrar el cajón; los centavos y los pesos iban cayendo, que era una bendición; y cuando vino la hora en que los estómagos empiezan a reclamar la protección de sus amos, bajaron de los estantes las cajas de sardinas, de calamares en su tinta, de pimientos morrones, y otros productos europeos, conservados en latas para la exportación, mientras que, en papeles de estraza, se pesaban pasas de higo y pasas de uva, almendras y nueces, tajadas de queso, de dulce y de salame, a montones. Los dependientes corrían de la pipa del carlón a la cuarterola del vino seco, y de la damajuana de la caña al barril del coñac, sin tener tiempo siquiera para lavar los vasos.

La alegría iba subiendo de tono; las conversaciones se hacían más bulliciosas; las ponderaciones al picazo o al zaino se exageraban, y ya, sólo a gritos, se podía imponer al prójimo la convicción de que ese o el otro iba a ganar.

A las dos en punto empezaron las partidas de la carrera principal, objeto y pretexto de la reunión; el mostrador quedó desierto, y toda la gente se fue a juntar en la cancha: las apuestas se cruzaron, y hubo un momento largo de gran bullicio, de gritos, de llamadas; hasta que de repente, corrió la voz: «¡Ya se vienen!» quedando todo en un silencio ansioso, por un instante, durante el cual no se oyó más que el estrépito de la carrera, seguido pronto de los gritos desaforados que siempre acompañan la llegada a la raya.

Los rayeros eran gente formal; no hubo discusiones; entregaron el dinero al dueño de la carrera, y la gente, cada vez más excitada, volvió a la pulpería, a vaciar copas, a charlar, a discutir, fumando, riéndose, comiendo pasas y gastando la plata con liberalidad criolla.

Discretamente, se inició el partido de taba; y, poco a poco, empezó la vorágine del juego a poner en movimiento pesos y más pesos.

Se principia entre dos risas, por apostar cincuenta centavos al que tira o al que no, y se sigue, un poco más fuerte, cada vez, por amor propio, por despecho de haber perdido, por ganas de recuperar, por ambición de ganar más, y el cocinero, hombre vivo, con apariencia muy seria, sabe atizar el fuego:

-¿Vamos a ver, don Servando, qué hace? ¡Qué había sido miedoso!

Y el gaucho que tiene en mano la taba, en postura de tirar, la mira, callado, la hace dar vueltas al aire, tentadora; extiende el brazo, lo retrae, listo ya, pero sin apuro, esperando que don Servando se decida, y, por fin, lo envuelve a éste, con una mirada suave como terciopelo, fascinadora, y don Servando, tomando su resolución, como la toma el pájaro, al dejarse caer en las fauces de la serpiente:

-¡Cinco al que tira! -dijo. Y ganó.

Y jugó diez, y jugó veinte, y jugó cien, y perdió, y ganó, y sin saber lo que hacía, jugó lo que tenía, sin contar; se empeñó, pidió prestado al pulpero, le dio sus vaquitas en garantía; volvió a jugar, a ganar, a perder, tomó muchas copas, él, hombre sobrio, hombre de familia, blanqueando en canas, ordenado, que había formado su haber a fuerza de trabajo; y, después de la taba, hasta altas horas de la noche, quedó, febriciente, ciego, parado cerca del billar, al lado del coimero, jugando locamente al choclón; hasta que abombado, cansado, ebrio, arruinado como por un temporal repentino, fue a desatar del palenque su caballo, y se retiró.

La vorágine sigue dando vuelta. Los pesos de don Servando ruedan en ella, trayendo otros, y otros, y de todos los bolsillos van saliendo, cada vez más apurados, cada vez en mayor número.

Pero el dinero sacado del tirador para el juego, no vuelve al tirador; cambia ligero de manos, y al pasar de una a otra, siempre algo se resbala de la punta del torbellón, para el cajón de don Manuel Fulánez y de su coimero; hasta que, vacíos todos los tiradores y lleno el cajón, se acabe la reunión.


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Las admiraciones de Tomasito[editar]

Don Tomás llamó a Tomasito y le dijo, con tono enfático, estas palabras: «Mira, hijo; el señor te va a enseñar a leer y a escribir. Anda con él al comedor, que allí darán la clase.» Y Tomasito, con su aire de zorrito, sin decir palabra, entró en el comedor, seguido del maestro.

Tomasito, en la ingenuidad de sus diez años, era bastante predispuesto a la admiración; pero si bien la concedía, sin reserva, a ciertas cosas, a otras, se la negaba rotundamente, y en vano se hubieran empeñado en hacerlo extasiar, donde él no veía más que motivos de crítica, de burla o de desprecio.

Bien había comprendido que su padre, penetrado de la necesidad de dar a sus hijos una instrucción, que a él nadie le había podido proporcionar, exigía tácitamente para este dispensador de la ciencia, un respeto incondicional.

Pero, aunque lo hubiera querido, ¿cómo hacer entrar en su mentecita gaucha, consideración alguna, para un hombre que había llegado a pie a la casa paterna? ¡a pie! señor, ¡en el campo! Pero ni los turcos que van de rancho en rancho, para vender espejitos a diez centavos, o boquillas de hueso y cuchillitos, de esos que se cierran, dejan de tener un caballo, siquiera, para cargar con las cajas; y si no se atreven a montarlo, por lo menos lo arrean.

Tomasito era inteligente, y aprendió con facilidad lo que el maestro le enseñó: primero las letras, y después a juntarlas, y en fin a leer correctamente y a escribir y a contar; y se empezó a considerar algo superior al maestro, ya que él podía aprender lo que éste sabía, mientras él ni siquiera era capaz de bolear una gallina, con boleadoras de carne.

Una vez, Tomasito se lo había querido enseñar; pero el maestro se había cansado sin poderlo conseguir.

¡Qué! ¡un fracaso! Hasta de a pie, había sido chambón, el hombre.

El primo Atanasio, ese sí, merecía la admiración del muchacho.

Era un gaucho alto y fortacho, de tez morena, que siempre andaba de chiripá y de bota de potro, con las boleadoras en la cintura y una cuchilla; pero una cuchilla que al que sólo le mirase el filo de frente, era capaz de cortarle la vista. Y daba gusto andar con él, recorriendo el campo, para recoger la hacienda. A los gritos que pegaba: «¡Vaacaa! ¡chua, chua, chua!» se venían los animales disparando para el rodeo, apurados por los perros que les ladraban, mordiéndoles el garrón, o prendiéndoseles de la cola, o atajándolos de frente, y esquivando los torpes cornazos que les tiraban las vacas enojadas. ¡Qué lindo andar galopando por detrás, en su petizo, con el primo Atanasio y gritar como él: «¡Chua, chua, chuaaa!»

Algunas veces, el tropel de la hacienda hacía levantar un avestruz asustado, que después de dos o tres rápidos dengues, echaba a correr, al trote largo, con las alitas emplumadas, infladas al aire, desafiando al mismo Pampero.

Descuídate, no más, Churri, que aquí está Atanasio. Y éste, espoleando el redomón, tratando, con una vuelta, de enderezar el avestruz al viento, desataba, galopando, las avestruceras, y llegado a tiro, las empezaba a revolear, hasta que, a cien varas, las soltaba, y, chiflando, iban las dos bolas de metal, a enredar irremisiblemente su trenza fina en las patas largas del pobre animal.

A veces, no dejaba de disparar también a un charabón que Tomasito, siguiéndolo con el petizo, en las mil vueltas locas que daba, acababa por agarrar, encerrándolo, después, en un cajón, donde, todo el día, hacía oír su silbido triste Y monótono, desgarrador.

Esas eran las cosas que Tomasito admiraba, y no los libros, aunque viniesen con láminas.

Un caballo guapo o bien amansado, capaz de galopar veinte leguas, sin resuello, o de voltear un novillo de una pechada, también le infundía respeto. Se entusiasmaba por un pial lindo, y él también, a acertar alguno, dedicaba una constancia, un ardor, que nunca hubiera desplegado para resolver los problemas sencillos que le dictaba el maestro.

A su padrino, don Martín, un buen vasco de la vecindad, tampoco le mezquinaba su aprecio; pues cuando venía a la estancia, llamado por el compadre, para algún trabajo de fuerza, como componer el alambrado, o hacer la parva, o cavar un jagüel, se quedaba Tomasito, las horas, mirándolo trabajar, con pretexto de alcanzarle las herramientas. Y cuando el macizo pico de acero, levantado por los brazos hercúleos del vasco, estirados en escultural esfuerzo, volvía a caer, casi extrañaba el muchacho, que alcanzase a rebotar, en vez de hundirse hasta el cabo, en la tosca despedazada.

¡Era lindo! pero, cuando hablaba con los demás chicuelos de su tío Juan, el domador, entonces le faltaban las palabras para ponderar sus hazañas, y sólo alcanzaba a decir: «¡Ese sí que es hombre!»

Le hubiera dado la palma, a no ser su admiración más irresistible aún para don Manuel Zelaya; ¡ah! cuando éste, de visita en la estancia, empezaba, después de templar la guitarra, a echar al cielo esas hermosas notas agudas, que salidas de las narices, desgarraban el tímpano, celebrando las virtudes de don Tomás y su hospitalidad generosa, el muchacho quedaba pasmado, embelesado. La boca abierta, los ojos como patacones, entraba en éxtasis, absorbiendo, conmovido, cada vibración del canto, dejándose arrebatar el alma en poéticos sueños.

El toro de cinco mil pesos, que el patrón acababa de mandar por el tren, era un lindo animal, y don Tomás, el padre, mayordomo del establecimiento, cuando lo fue a recibir a la estación, sentenciosamente se lo había hecho notar a Tomasito, su hijo, y éste lo admiraba, ya que se lo mandaban así: pero, lo que, en realidad, más le llamaba la atención, era lo elevado del precio que representaba esa bestia. ¡Cinco mil pesos! ¡que montón de plata! y su imaginación infantil trataba de hacerse una idea de lo que podía ser semejante cantidad.

Lo mismo, más o menos experimentaba, -aunque sea mala la comparación-, cuando venía el mismo patrón, de paseo a la estancia, y que se escondía él, detrás de un sauce, arriesgando, de vez en cuando, una ojeadita, para contemplar la cara de ese hombre, que le habían dicho que era tan rico, y que poseía cinco estancias, y su asombro, si bien no encerraba un gran caudal de simpatía, por lo menos, era lo más exento de todo sentimiento vil de envidia o de odio.

Lo más natural era para él, como lo era para su padre, y para el último peón criollo de la estancia, que un hombre fuera muy rico y que otros no tuvieran nada: pues es edad afortunada, la niñez, tanto la de los hombres como la de los pueblos, en que la envidia no enturbia aún la sinceridad de la admiración, y en que la pobreza es tan llevadera que puede soportar, indiferente, el resplandor de la opulencia.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Tropa de carretas[editar]

La lana está apilada, desde dos meses, en el galpón de la estancia, y los acopiadores han andado dando vueltas, tanteándolo a don Matías, ofreciéndole precios liberales; pero don Matías ha quedado inquebrantable en su resolución de mandar, como siempre, su lana a plaza, y de un día al otro, espera la tropa de carretas de don Bernardo Zurutuá.

El ferrocarril llega ya al Azul, y podría hacer don Matías, como muchos otros: mandar su lana enlienzada, en carros de caballos, hasta la estación, para cargarla allí en los vagones; pues así, en menos de ocho días -¡sí, señor-, a veces, está la lana en Constitución. Pero a don Matías le gustan poco todas esas cosas nuevas. Con el ferrocarril y los carros de caballos, dice que la lana corre muchos peligros: primero, que para ponerla en los lienzos, se desatan a mentido vellones y se ensucian; la lana pierde en su condición y en su peso; después, los carros al llegar al Azul, tienen que esperar vagones, semanas enteras; si se deposita la lana, hay que pagar almacenaje; si no se deposita, hay que pagar estadía. En los vagones, estropean los lienzos y la lana; el viaje dura lo mismo un mes que ocho días; en el mercado Constitución, los depósitos están atestados de pilas; cobran una barbaridad por el depósito, y los compradores hacen lo que quieren, porque la lana ha perdido toda su vista, y que ellos aprovechan. Si todavía, en el flete, hubiera ventaja, pero ¿cuándo? No; nada de tren y vengan las carretas, las carretas de bueyes, lentas, es cierto, pero seguras, que conservan a la lana toda su vista. Echarán dos meses, puede ser, pero ¿qué importa? no le corre prisa por los pesos a don Matías, y los precios quizás suban.

Y quince días después, o quizás un mes, surgieron en el horizonte altas siluetas, recortadas sobre el límpido cielo crepuscular del otoño, las ocho carretas de don Bernardo Zurutuá, en larga procesión, majestuosas, en la solemne lentitud de la marcha acompasada de sus bueyes graves. Los collares anchos vienen cargados de campanillas que, con su tintirintín melodioso, acompañan el canto de los boyeros, sentados en el pértigo; las paredes de las carretas, pintadas con colores llamativos como los de un juego de barajas, llevan el ingenuo lema: «soy de Bernardo Zurutuá» y de la lanza del techo, cuelgan los adornos de perlas multicoloras que, por su complicación, revelan cuán largas son las horas de ocio del tropero.

Don Bernardo Zurutuá, que viene sentado en la primera carreta, ha pegado el grito de ¡alto! a sus bueyes, y estos, sentándose, se han detenido. Don Matías se adelantó hasta el palenque, a recibir al tropero, conocido viejo, que desde muchos años, lo tiene de cliente fiel; y mientras pasan ambos a tomar mate y a charlar, una por una, vienen llegando y se paran las otras carretas, en dos líneas bien rectas.

Pronto, los bueyes, desuncidos, son llevados a la aguada por uno de los peones; han traído carne de las casas, el fuego ya crepita, el asador se para, la olla se llena, se ceba el mate, y no deja de hacer ya bordonear sordamente la guitarra, un aficionado empedernido, de quien la música apacigua el hambre.

Es oficio aquerenciador el de tropero: la carreta es para él, como el buque para el marinero, el hogar que, siempre y en todas partes, lo sigue, lo lleva. Largos son y muchos sus días de reposo, pero también tiene sus horas de recio trabajo, de enérgico empeño, de labor seguida y constante, de sufrimientos y de penurias.

Los cañadones son, a veces, anchos y pantanosos, los arroyos hondos y barrancosos, y si trabajan fuerte los bueyes en ellos, tampoco descansan mucho los boyeros, a picanazos y gritos, salpicados y mojados; siempre aguijoneados por la inquietud de ver encajarse o volcarse la carreta.

«¡Chicoo! ¡Lindoo! ¡Palomioo!» Y picanean con rabia, haciendo retumbar, en la llanura, juramentos tan enérgicamente sonoros y tan poderosamente expresivos que parecen con ellos, soliviar la rueda, enderezar la carreta que bambolea, e impedir la catástrofe.

Se cargaron las ocho carretas. Hacía mucho calor y fue obra de cuatro días de rudo y penoso trabajo, el pisar bien y acomodar la lana, vellón por vellón, en esas cajas angostas, cubiertas de un zinc que quema. Y con los cueros de potro mojados, se prepararon los buches de atrás y de adelante, que se tragan arrobas y más arrobas, hasta quedar retobados como un tercio de yerba.

Por una mañana preciosa, alegre, sonó el grito: «¡A uncir, muchachos!» y las largas coyundas de cuero fijaron con sus repetidas y simétricas vueltas, los yugos encorvados en la sumisa frente de los bueyes; y una vez todo listo, empezó el largo desfile de las moles, enormes ahora y pesadas, arrancada, una tras otra, por el esfuerzo poderoso de sus cuatro yuntas, estirándose, como para reventar, los largos tiros de cuero crudo, en un crujir inquietante de las ruedas en los ejes, suavizado por el melodioso tintirintín de las campanillas.

Don Matías queda, mucho rato, recostado en la tranquera, contemplando la tropa que se va perdiendo en los vapores de la lontananza, cual escuadrilla en el mar, y mentalmente calcula cuanto le producirá la lana. Los peones, sentados en el pértigo, picanean y gritan, apurando los bueyes; tratarán de llegar pronto al término del viaje, la plaza Constitución, al rededor de la cual, una vez llevados los bueyes a alguna chacra, y libres de toda preocupación, podrán encontrar los mil medios paradisiacos de gastar su plata, con que sueñan voluptuosamente, durante el largo viaje de la vuelta, los marineros, en el mar, el boyero, en el camino. ¿Alcanzarán para saciar sus deseos sobrexcitados por larga privación, los boliches, garitos y fondines, con sus despachos de bebidas, de azar y de amor?

Don Bernardo Zurutuá, él, fuma melancólicamente: no se acuerda siquiera de suputar cuanto importará el flete de su carga, ni de repasar en su memoria la lista de los almacenes por mayor que le han prometido flete para sus clientes de la campaña. En pensamientos más graves está absorto: la Municipalidad de Buenos Aires ha decretado la clausura del mercado de la plaza Constitución, y este sera probablemente el último viaje que, con su tropa, pueda hacer a la ciudad. El mundo, para don Bernardo, se está estremeciendo en sus bases: piensa con tristeza en lo que será de él, cuando, vendidos los bueyes, podrirán lentamente las ocho carretas, que son parte de su vida; dirige a los ferrocarriles destructores de su industria secular, maldiciones enérgicas, y asegura, convencido, que «se acabó la América».


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Las tres horas del día[editar]

Los gallos han cantado; del fondo del galpón, donde duermen los carneros, ha salido el cocorico ronco, rezongón, acatarrado del gallo más viejo de la estancia; y de todas partes, le han contestado los cocoricos vibrantes de todos los gallos diseminados por el monte; sonando como clarines, dianas alegres, unos, o retumbantes como trompetas de victoria; como de voz adormecida, otros, vacilante y cabeceando, en titubeos de sueño; algunos, tartamudeados por pichones que también quieren ser gallos; cruzándose, llamándose, incitándose unos a otros, como apostando a quién cante el último; y sería cosa de nunca acabar, si el gallo viejo no volviese a llamar a sosiego, con su voz grave. Se calma el bullicio, y parece más silenciosa la noche... Impaciente, volvió a tocar dianas, un gallo joven, por la segunda vez; y aunque afirme el viejo que todavía no es hora, estridentes y precipitados, se vuelven a cruzar los cantos, contestándose sin cesar, del galpón al monte, de los techos a los árboles.

Una puerta se abre; reluce un fósforo, y en la luz fugitiva aparece, por un momento, la figura, envuelta en pañuelos, de un hombre emponchado, que prende el cigarro; al rato chilla en la obscuridad, la cadena del pozo. Se oye en el corral el ruido que, al rumiar, hacen las ovejas; y un caballo atado en el patio, hace crujir entre los dientes, restos de alfalfa seca. El horizonte se va poniendo vagamente blancuzco. Las estrellas, una por una, se apagan; las nubes matutinas se estrían en largas rayas, pintadas de todos colores y alumbradas de abajo por la divina lámpara oculta; los objetos vuelven a tomar su color, y de nuevo estalla el discordante concierto de las cien voces alegres, celebrando la cotidiana resurrección de la naturaleza.

Resopla el caballo, al ver que se le viene acercando el amo, con el pesado recado. Los perros bostezan, se sacuden, se estiran; y antes que haya asomado el sol, en el horizonte, el gaucho recorre con ellos la llanura, adivinando en las últimas sombras de la noche vencida, en los primeros albores matutinos, los caballos que busca, y a los cuales ya relinchó el pingo en que galopa. El tiritón pasajero con que recompensa a sus admiradores, el sol naciente, les hace más intenso el placer de sentirse poco a poco empapados en luz y en calor. Ha subido majestuosamente el astro radiante, bebiendo a traguitos el rocío, con sus rayos; ahuyentó las tinieblas, y en ellas arrolló a las alimañas errantes que entre ellas viven, vergonzosas y dañinas; espantó las pesadillas, el frío, la muerte en acecho. Renace la vida: de los corrales han salido las majadas; la sonoridad matutina del campo repercute los gritos de los peones que arrean las haciendas al rodeo, y con su clamoreo montan, al cielo, los balidos, en alegre rumor de vida exuberante.

Y mientras que en el campo, virilmente atareado, el hombre se entrega a sus violentas faenas, la mujer, en las casas, se conforma con desempeñar el único y exquisito papel, grandioso en su sencillez, que parece haberle confiado a la naturaleza, de criar sus hijos y de hacerse amar, dedicando sus afanes a preparar lo que, después del rudo trabajo, pueda reparar las fuerzas exhaustas del esposo y proporcionarle momentos de voluptuosa quietud.

El sol, engreído quizás, por haber llegado tan alto, deja caer ahora sus rayos ardientes sobre la pampa desnuda. Atrae hacia sí los vapores del suelo, formando con ellos, en el horizonte, paisajes de ensueño, con grandes montes ilusorios que se reflejan en lagunas imaginarias. Las ovejas, cabizbajas, sacuden el hocico para espantar los gegenes, y la que recibe todo el sol en las costillas, se va, dando despacito vuelta al grupo compacto, para ponerse al reparo, dejando así desabrigada a otra que, pronto, también la sigue; y todas, incesantemente, se mueven y remolinean, fatigadas, caminando siempre en círculo, sin otro anhelo que de conseguir el alivio momentáneo de un poco de sombra.

Las casas están cerradas: las paredes arden, los techos de paja humean; todo trabajo es imposible y sólo se puede vivir inmóvil, y respirar donde no penetra el sol. Las gallinas, con el pico abierto y las alas levantadas, jadean. Poco a poco, el sol va bajando; sus rayos oblicuos agrandan las sombras; la majada se extiende y vuelve a pacer; se ensillan los caballos, después que, a largos tragos, han tomado agua y se reanudan los trabajos de la mañana, pero con menos empeño, y como si la siesta, en vez de reanimar las fuerzas, las hubiera disminuido.

Hasta que el sol, cansado, él también, de tan largo paseo, apura su retirada; suelta en grandes nubarrones blancos, orlados de oro y de seda violeta, ribeteados de anchas bandas anaranjadas y purpúreas, los vapores que a sí atrajo durante el día, y poco a poco, desaparece entre mil hermosos juegos de luz, dejando embelesado al hombre, maravillado de tanta hermosura.

La tierra se adormece; parece hundirse en la obscuridad creciente, con todo lo que lleva; las estrellas, silenciosamente, van saliendo. Los animales soñolientos entran despacio al corral y se echan; el gaucho desensilla.

Mañana será otro día.


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Precursores[editar]

Un escocés, de cara colorada como un tomate, de genio alegre, decidor, muy acriollado, a pesar de su acento británico; quien siempre hubiera soñado con ir más lejos, si hubiese tenido la seguridad de encontrar allá el whisky especial que para él, se traía de la capital; un bearnés, cuyos ojos vivarachos discernían al momento, entre las vueltas de un negocio, donde estaba el clavo y donde la pichincha; dos vascos fornidos y bonachones, y unos cuantos criollos, porteños y provincianos, momentáneamente fijados con sus haciendas, en aquellos parajes, por algún capricho del destino, dispuestos todos ellos a internarse más, el día que surgiese el desconocido dueño del campo en que tenían sus animales, o que se viniese a tupir demasiado la población, eran los más asiduos clientes de don José Cuenca.

Este, pampa neto, vuelto, a los años, vestido de gente y bastante instruido, -como bagual buscando la querencia, después de amansado-, a los pagos ocupados antes, o más bien dicho, recorridos por sus antepasados, y de los cuales lo había arrebatado la conquista, niño aún, había establecido una importante casa de negocio en aquellos despoblados confines de la civilización, donde el efímero dominio de cada choza era todo un condado, de varias leguas.

Hay hombres para quienes salir de la ciudad en la cual han nacido, aun para un paseo por las cercanías, es todo un asunto; que limitan sus aspiraciones geográficas a conocer la vereda de enfrente, y que se creerían perdidos si tuviesen que salir al campo.

Otros hay, al contrario, cuyos pulmones necesitan siempre más espacio, cuya vista requiere horizontes despejados y más extensos, siempre, que los que puede abarcar, y cuya actividad, en eterno movimiento, busca, con afán incansable, lo desconocido.

No es que siempre les guste la soledad y el silencio; no, pues el explorador, a más de pedir al desierto la satisfacción de la curiosidad peculiar de que está poseído, el gozo, realmente supremo, de ser el primero de los hombres civilizados en ver lugares ignotos; y la viril y noble emoción, poderosa hasta la opresión, de descubrir, entre los valles, algún lago escondido que sólo los pájaros del cielo hayan cruzado; de vadear un río todavía sin apuntar en los mapas; de turbar el silencio, hasta entonces inviolado, de alguna selva impenetrable, o de poder dar un nombre a tal o cual montaña o cerro, también le pide la gloria, la fama, la admiración.

No le basta haber humillado por su presencia atrevida al lago misterioso, al río sin vadear, a la selva inviolada, a la montaña sin nombre; quiere que todos sepan que él ha sido el primero en pisar tal sitio.

De su conquista, no le queda generalmente nada más que la memoria de haberla hecho; ha corrido mil riesgos, arrostrado mil peligros, el hambre, la sed, los accidentes de todo género, las fieras y los salvajes, los enojos de la naturaleza y de los seres vivientes, sin buscar para sus trabajos, más compensación que la del aplauso, desdeñoso de los resultados materiales; pero el aplauso, lo busca, lo exige.

Muy diferente es el «pioneer», precursor también del trabajo, de la población y del progreso, pero cuya lucha tenaz con la Pampa indómita tiene por objeto principal de obligarla a producir. Este no busca la fama; sus ambiciones no llegan a conquistar para la humanidad nuevos dominios; no lleva consigo instrumentos de observación, para tratar de enriquecer la ciencia con descubrimientos que podrían inmortalizar su nombre.

Tampoco le parece propio ir a internarse en regiones desprovistas de todo recurso, más allá de lo necesario para que los rebaños que lleva consigo y que le asegurarán la manutención, puedan pacer con holgura y aumentar sin reserva.

El que así se adelanta, también es hombre resuelto, valiente, dispuesto a arrostrar y a salvar los obstáculos de toda clase, con que se defiende el desierto contra los temerarios que le quieren arrancar sus secretos o sus tesoros. Pero si sus vistas son más modestas, si demuestra menos entusiasmo, menos arrojo que el explorador, su valor es quizás de mejor temple, menos quebradizo, más resistente, más duradero.

El explorador asusta al desierto; el pioneer lo subyuga; el primero planta el hito, el otro abre las vías; aquel voltea la fiera, este la dorna, la amansa, la domestica. Ambos gozan en su obra: febrilmente y violentamente, uno, como conquistador que vence y pasa, en las alas de la victoria; el otro, saboreando despacio el inmenso placer de crear, imponiendo su dominación con serenidad, exigiendo del vencido el merecido tributo.

Y tales eran, en su ingenua audacia de simples pastores punteros, todos estos hombres venidos de tan distintas partes del orbe, a juntarse en el galpón de fierro y de madera que constituía la casa de negocio del pampa José Cuenca.

Así mismo, si se les hubiera preguntado cual era el motivo que más poderosamente los había impulsado a dejar toda clase de comodidades, para venir a vivir en ese semidesierto: si la ambición de acrecentar rápidamente sus rebaños, o el amor a las aventuras, o el atractivo de lo desconocido, ¿quién sabe si no hubieran podido contestar sencillamente que sólo las ganas de vivir a sus anchas, y la impaciencia de sentirse codeados?


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El guacho


El guacho[editar]

«¿Por dónde andará todavía ese hijo de perra?» gruñó don Ramón, apenas salido de su cuarto, después de la siesta; y mientras el capataz le contestaba por un ¿Quién sabe? poco comprometedor, doña Baldomera, la cocinera, se apresuró a decirle:

-«Señor, salió a repuntar los carneros.»

Refunfuñó don Ramón, pero quedó medio apaciguado por la piadosa mentira de la vieja; y ésta volvió a su cocina, añadiendo entre dientes: -«Si la madre fue perra, lástima que no seas el padre; los dos hubieran hecho buena yunta.»

Y mientras tanto, el guacho, por una hora, encontraba la vida buena y digna de ser vivida; su caballo escondido en la hondonada de un médano, estaba él en acecho, con su fiel compañero, Baraja, un perro sin abolengo conocido, lo mismo que él, mirando ambos, sin moverse y sin respirar, la boca redonda de una cueva misteriosa, tratando de percibir cualquier ruido que de ella saliera. En la cueva había desaparecido un zorrino, perseguido por Baraja, y no era esa, presa de dejarla, así no más.

Pero pasaban las horas y el zorrino no se movía; el sol había bajado, y tampoco era cosa de arriesgar una paliza. Saltó a caballo, el muchacho, y dando vueltas entre las lomas, de modo que siempre le tapasen el bulto, apareció de repente a pie, tirando el mancarrón del cabestro, y arreando despacio los carneros, como después de haberlos pastoreado con la mayor vigilancia.

Lo retó, furioso, por supuesto, don Ramón, por no haber estado en las casas, cuando lo había necesitado; pero, como lo hubiera retado lo mismo por no haber estado en el campo, si lo hubiera encontrado en las casas, no había más que aguantar y sufrir la tormenta, como lo sabía hacer el muchacho, con toda paciencia, aunque viniera con granizo.

Un día que el guacho, muy niño todavía, había cazado en una laguna cuatro patitos recién nacidos y los ofrecía a un vecino: -«Si tuvieran madre, le dijo éste, bien te los compraría, muchacho; pero así, solos, se los comerán los gatos o las comadrejas.»

Y el niño pensó que si él también tuviera madre, quizás recibiría menos palos y oiría más a menudo palabras de cariño, como esas que de lástima, le solía decir a veces doña Baldomera, la vieja cocinera.

Pero, aunque tratado como esclavo por el que se decía su tutor, poco se solía quejar, sufrido, como era, contendándose con buscar alivio a sus males en las escapadas, que con su fiel Baraja, podía hacer, entre los médanos, el monte o los pajonales, aprovechando para ello algún descuido del tirano.

No siéndole permitido conversar con nadie, ni jugar con ningún muchacho, se había acercado a los animales; con Baraja, conversaba de veras, le contaba sus penas y le explicaba sus proyectos, y era de ver en los ojos del perro, y en los movimientos de su cola, como todo lo entendía perfectamente.

Juntando sus instintos y sus aptitudes, habían conseguido conocer las costumbres, mañas y modos de vivir de cuanto bicho existe en la Pampa, de tal modo que aquel al cuál habían echado los puntos, difícilmente les escapaba.

Ni al zorro, entonces, le lucían sus vivezas, ni al tero, sus gritos, ni al avestruz, sus dengues, ni al venado, su ligereza; ni con su desliz silencioso, ni con sus erguimientos enojados se salvaba la víbora, ni la perdiz, con su más completo arrasamiento. Bien podía la nutría echarse a nado, la vizcacha entrar en su cueva, disparar el peludo o volar el cisne, todo era presa segura para las piernas ágiles, las diestras manos, el ojo certero del guacho. Su observación penetrante, su destreza infalible, su intrepidez, su paciencia a toda prueba, su energía indomable, su gran fuerza física, su sangre fría superior a toda sorpresa, su resolución rápida, inmediatamente puesta en acción, hubieran hecho de él, dirigidas por mano paterna, o sólo cultivadas por el amor materno, todo un hombre. Bien lo decían sus grandes y hermosos ojos, donde también hubieran tenido su sitio la ternura y la bondad, si las crueldades de la vida no las hubieran ahuyentado para siempre.

Sucedió que una tarde, se dejó estar con Baraja, en el campo, algo más que de costumbre: captivado probablemente por las idas y venidas de toda una familia de cuises, que soñaba de tomar vivos; y cuando volvió a la estancia, de noche casi cerrada, se encontró en el palenque, con su verdugo esperándolo; y ni las suplicaciones del muchacho, ni las preces de doña Baldomera, ni las miradas de humilde reprobación del capataz, impidieron la tormenta de resolverse en los hombros del guacho, en brutal lluvia de rebencazos. Baraja, primero, suplicó también con los ojos; pero, pronto, gruñió, enseñó los dientes, y al fin, se abalanzó y mordió en el brazo a don Ramón. Lo mordió poco, casi respetuosamente, como quien se ve obligado por las circunstancias, a llamar al orden a un superior.

Don Ramón dejó de castigar al chico, sacó el revólver y apuntó al perro; pero pensó quizás que no podía ser esto, para él, un simple caso de defensa propia, sino que se debía a semejante desacato de su autoridad suprema, la reparación de una ejecución en forma, y con calma aparente, se fue a su cuarto, tomó una escopeta, la cargó, y descerrajó al pobre Baraja los dos tiros, yéndose el perro a morir por allí, entre los yuyos de la quinta.

El muchacho lo siguió, besó con lágrimas su cabeza de amigo fiel, y volvió a las casas, envueltas ya en las tinieblas de la noche y en un silencio tan denso que parecía protesta contra la mala acción cometida. Don Ramón le mandó se quedase de plantón, toda la noche, al pie de su cama.

Cuando amaneció, el guacho, protegido contra sus posibles perseguidores, por toda la astucia que le podía inspirar su ciencia profunda de las artimañas propias de los bichos de la llanura, había desaparecido, llevándose uno de los mejores caballos de la estancia; y el capataz encontró a don Ramón, muerto en su lecho, degollado.

A su llamada, vino doña Baldomera; y la vieja mujer, en presencia de ese cadáver, sacudida por tantas emociones, enjugándose los ojos con el delantal, sólo pudo murmurar, sollozando: «¡Pobre guacho!


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Gente rica[editar]

Don Enrique Pérez, llegado de su tierra, sin más capital que sus brazos y sus calidades nativas de amor al trabajo y de economía, había llegado, después de muchos años de empeño, a poseer una estancia importante, que él mismo administraba. Y la administraba con una rigidez y una parsimonia que, si bien le daban buen resultado, también pesaban fuertemente sobre los puesteros, peones y demás gente pobre sometida a su yugo de fierro.

Duro era para sí mismo, sin haber podido perder, con la fortuna, la costumbre de privarse de todo, contraída y profundamente arraigada en él, durante los años de pobreza y de lucha; pero más duro aún, por supuesto, para los que todavía trataban de salir, ellos también, de su estado precario, tarea que les hacía difícil la vigilancia de su avaricia quisquillosa. Les contaba los bocados, y ya que sólo la carne les daba, por ser el alimento más barato y más indispensable, la carne les mezquinaba, como para mantenerlos siempre en el estricto límite del hambre.

No comprendía, ignorante de toda ley moral, que el ser rico impone deberes más nobles y más sagrados que el de aumentar su riqueza; y al encontrar, días después de haberse ido un puestero cargado de familia, a quien había negado el suplemento que le pedía, de medio capón por semana, un pozo lleno de cueros podridos, ni un momento le cruzó por la mente la idea de que el verdadero culpable era él.

-«¡Pero, mire, don Antonio, si son canallas!» exclamó, dirigiéndose al capataz que lo acompañaba; y éste, un buen gaucho, ya maduro y lleno de esa filosofía serena, que da la ausencia de toda clase de ambición, y que injustamente, porque no la entienden, tachan de cachaza los patrones, le contestó por un «¡caramba!» tan sin convicción, que, más que su conformidad, significaba que lo lindo, en este mundo, sería que los ricos también dejasen vivir a los pobres.

Y a la noche, después de la cena, en la cocina de los peones, don Antonio, en voz baja, contó la cosa, y todos estuvieron contestes en que era bien merecido, y que realmente, son pocos los ricos que saben hacerse perdonar su fortuna.

El que no es avariento, tira la plata en pavadas, en cosas de puro lujo, y no piensa siquiera en mejorar en algo la triste vida del trabajador: al gaucho porque es gaucho, al gringo porque es gringo, lo desprecia, aunque bien se dé cuenta de las aptitudes peculiares de cada uno, y perfectamente sepa aprovecharlas. ¡Quién los ve! tan enceguecidos por la vanidad, tan campantes en sus fueros, mirando a la gente como si le fueran superiores, hablando de sí como de los únicos creadores de lo que hace su riqueza; y en vez de la admiración que se creen merecida, consiguiendo sólo hacerse objeto de odio y de risa.

Probablemente para evitar ese escollo, o por haberse sentido, quizás, hecho de masa bastante inferior, se le ocurrió a don Fermín Zubirrúa, a medida que aumentaba su fortuna, acentuar más y más, en su persona y en su modo de vivir, las manifestaciones exteriores de la pobreza; a las aristocráticas compadradas y al orgullo relumbroso del que por demás ostenta su riqueza, opuso él la compadrada grosera, pero siquiera original, de empañar toscamente su propio orgullo en harapos, fingiendo ser un pobre, aunque poseyera millones. Y su gloria era poner de incógnito, frente a frente, en visitas inopinadas, su chiripá mugriento con el traje elegante de algún estanciero refinado.

Al tranco, se acerca al palenque de la peonada, un gaucho humilde, vestido pobremente, de chiripá descolorido y de manta de algodón, calzando alpargatas, y con un sombrero relavado, cuyo aspecto canta la larga y agitada vida. Sólo el caballo y los aperos indican que no es, el visitante, cualquier gaucho ruin.

-«¡Ave María!» dice, y lo convidan a bajarse. Hace rueda con los peones; toma mate con ellos, conversa un rato y pregunta tímidamente si se puede hablar con el patrón.

Y uno, que por la laya del individuo y por lo que ha oído contar, medio sospecha quien es, va a avisar al patrón, sin descubrir el secreto, prometiéndose gozar de la función.

El estanciero, después de haberle mandado decir que no necesita peón, al oír que insiste y viene a ver si le quieren comprar los novillos, manda que pase adelante:

-«¿Qué se le ofrece, amigo? le dice con aire protector y con el sombrero puesto.

-Buenas tardes, señor; contesta don Fermín, dándole vuelta entre los dedos al chamberguito desteñido; venía a ver si me quería usted comprar unos novillitos que tengo.

-¿Para matadero o para invernada?

-Para matadero, señor; están gordos, y como sé que usted manda tropas...

-¿Cuántos son? pregunta el estanciero, pues no me conviene molestarme por unos pocos animales.

-Tengo dos mil en una estancia, y tres mil en otra, señor, contesta con fingida sencillez, el fingido gaucho.»

Y experimenta satisfacción sin igual, al verse inmediatamente agasajado por el desdeñoso de hace un rato, quien comprendiendo que se las tiene con don Fermín Zubirrúa, conocido por su manía, se confunde en saludos y en atenciones.

Don Fermín goza; preferiría quizás, en el fondo, que adivinaran en él al millonario, a primera vista, a pesar de su vestimenta, pero bien sabe que es imposible, y de ello se consuela, al pensar que, si así lo adivinasen, creería él que estaban sobre aviso. Goza; se siente invadido, penetrado, hinchado por el orgullo recio y necio, inmenso y tonto, de haber sabido poner de relieve, sobre la pantalla obscura de su simulada pobreza, toda la brillantez de la fortuna de que lo saben dueño.

-«¡Cuánto valdré, piensa él, para que a pesar de mis harapos, me agasaje tanto ese dandy vanidoso!

-Tu plata es la que vale, compadrón,» piensa el huésped.

Y los gauchos, que desde lejos, están mirando, no atinan a comprender que ninguno de estos astros dorados por la suerte, y que tanto se empeñan en lucirse de algún modo, sepa dar en la tecla, dejando caer en el pobrerío, para que lo refleje en la pantalla de su agradecimiento, un rayo de su luz, en cualquier forma que sea.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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El jagüel[editar]

-«¡Caramba! esta vez, no hay mas remedio que arreglar el jagüel, y pronto; y pasado mañana, empezar a tirar agua.»

Así rumeaba don Anastasio Soleyro, al ver que todas las lagunas, en su campo, estaban secas y que se amontonaba la hacienda en cualquier charco barroso, para disputarse la poca agua turbia que allí quedaba.

Y a don Anastasio no le causaba ninguna gracia tener que emplear tiempo y dinero en tirar agua. ¡Tirar agua! ahí tienen palabras que suenan feo al oído del hacendado; trabajo fastidioso y gasto sin compensación; y no hay más que hacerlo, y ligero, para que no se desparrame la hacienda en los campos linderos.

Don Anastasio galopó hasta el jagüel, abandonado desde dos años, por no haberse necesitado, y vio que estaba bastante desmoronado, que los tres álamos que sostenían la roldana estaban todavía de pie, pero completamente podridos, y se fue para la estancia a hacerlo preparar todo.

Mandó avisar al vasco don Martín, para que viniese el día siguiente, sin falta, con el pico, a cavar el jagüel; hizo voltear tres álamos gruesos, de las hileras que cercaban la quinta; buscó en el galpón la soga de cuero crudo torcido que especialmente se reservaba para tirar agua; mandó atar el carro para llevar la represa y las bebederas de madera, que todavía estaban en regular estado, y un tarro de bleque, para pintarlas; cuatro postes y alambre para hacer un cerco que las protegiese; palas y demás herramientas. Pero constatando con dolor, que la manga, hecha de un cuero de potro, era ya completamente inservible, no vaciló; hizo traer la manada al corral, enlazó una yegua gorda y vieja, la degolló, y sin desdeñar de poner a un lado los matambres para adobarlos y hacer un asado, reservó la grasa, siempre tan útil para mil cosas; después, cortó el cuero, redondeándolo, para coserlo al rededor de la gran argolla de fierro, con las mismas lonjas que de él había sacado, de modo que el pescuezo formase, como un caño de embudo; llenando con pasto la manga así improvisada, para que, al secarse, no se fuera a encoger.

El día siguiente, el vasco, con dos peones, y la ayuda de un muchacho que, montado en un petizo, tiraba afuera la manga, limpió el jagüel, enderezó sus paredes, destapó las vertientes, y lo ahondó hasta darle más de un metro de agua.

En los dos años, durante los cuales han estado siempre con agua las lagunas, bien han podido las vacas olvidarse del jagüel; y así mismo, apenas el muchacho, con su petizo echándose sobre la cincha y haciendo fuerza, empezó a hacer chillar el eje mohoso de la roldana, cuando ya algunos animales viejos paran la cabeza y miran por ese lado.

Y al cesar, por un momento, el rechino de la roldana y del molinillo de la represa, cuando sordamente suena, al caer a manojos, el agua, que se desploma en catarata sobre la represa vacía, se paran más cabezas, como soñando, en su actual penuria, de regueros abundantes y límpidos, vertidos, a hora fija, en aquel mismo lugar.

Vuelve a hacerse oír el chillido de la roldana, y vuelve a caer la catarata, y el agua empieza a correr de la represa a las bebederas, con su cantito suave. Ya se acordaron los animales sedientos; no necesitan más llamada; uno por uno, todos, con lentitud, se vienen acercando, siguiendo paso a paso, la sendita vieja y casi borrada que lleva al jagüel.

El muchacho sigue yendo, viniendo, silencioso, en el petizo que hace fuerza; y monótono sigue el crujido del eje, seguido, al rato, por el estrepitoso derrame del agua en la represa.

Tímidas, se paran las vacas, como pidiendo permiso, como si dudasen que sea para ellas el agua que ahora sube en las bebederas, clara y limpia. Tanto ruido las asusta; vacilan; pero pronto se atreve una, estira el hocico, toca el agua, se echa atrás, vuelve y ahora bebe a grandes sorbos, sosegada y voluptuosamente, el agua sana, que para ella el hombre ha sabido sacar del seno de la tierra.

Las bebederas y la represa están llenas; el muchacho se apea y deja resollar el petizo, mirando la hacienda que tranquilamente bebe y, satisfecha, se retira a comer. De cuando en cuando, vuelve a tirar algunas baldeadas y descansa.

Pero, según se conoce, no faltarían clientes si se les dejara hacer. No todos los vecinos han tenido la precaución de don Anastasio, y también conocen la melodía del jagüel, sus animales sedientos. Al trote largo, de otro campo, se viene una manada, con su padrillo al frente, las orejas paradas y relinchando, pidiendo o exigiendo, -no se sabe-, su parte del festín. «Pues, señor, no faltaría más,» piensa el muchacho, y saltando en el petizo, les pega a los intrusos una corrida jefe.

-«¿Qué tal anda el jagüel, Pedro?» le pregunta al peoncito, don Anastasio, cuando viene a almorzar.

-Bien, patrón. Mana lindo, contesta Pedro; y toda la hacienda ha tomado agua a gusto.

Don Anastasio Soleyro, con esta noticia, puede dormir tranquilo; las vacas se sostendrán; no hay peligro que se le vayan, y por fin, habrá gastado veinte pesos, entre todo.

A su vecino Demetrio, no le salió tan bien: tenía este seiscientas vacas, en campo arrendado, y como se le vencía la contrata a los dos meses, no quiso arreglar el jagüel. Trató más bien de vender las vacas; le ofrecieron diez y ocho pesos: le pareció sacrificio y quiso seguir esperando, pero siempre, sin tirar agua y tan bien esperó, que salvó los veinte pesos que esto le hubiera costado, pero tuvo que aceptar por las vacas enflaquecidas, diez y seis pesos, y ¡por suerte!

Así lo contó el mismo, ingenuamente, a don Anastasio, mientras este estaba viendo dar agua a su hacienda; y un hornero, que ya estaba edificando su nido en los palos del jagüel, al oír el cuento, no pudo contener la risa.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Fueron toldos[editar]

Indicados en el medio de una zona como de ochenta leguas cuadradas de pampa, cuya venta decidió el gobierno, aparecen los «Jagüeles de Pincen.» Están marcados en el plano con tres manchitas azules que significan aguadas, y en la leyenda, vienen tan pomposamente descriptos por el rematador, que casi le sugieren al lector ideas de paraíso terrenal, de tierra fecundada por varias generaciones, y de asombrosa fertilidad. Y ¡cómo no! ya que Pincen, en otros tiempos, cacique sin rival en toda aquella comarca, eligió ese sitio para campamento de su tribu, no puede haber duda que reúna condiciones especiales: pastos inmejorables y agua dulce, por lo menos, pues Pincen, debía, mejor que nadie, conocer los secretos de la Pampa y saber aprovecharlos.

Y el objeto ansiado del penoso viaje, fue de encontrar, cuanto antes, en la llanura, quemada por la persistente sequía, los famosos jagüeles de Pincen. Después de mucho andar, de cansar caballos, entre los sotrocos de esta tierra sin pisoteo, de perder el rumbo veinte veces, entre los escasos y mezquinos mojoncitos oficiales, de dudosas indicaciones, y escondidos entre las pajas, se acabó por encontrar, en la cuenca de un médano, tres pequeñas lagunas. No había, ni podía haber la menor duda: ahí era el antiguo sitio de las tolderías del cacique; y más que todo, lo confirmaba la presencia de innumerable cráneos y huesos de yeguas, quemados unos, muchos enteros, restos de festines pasados.

¡Pobre Pincen! Las rastros dejados en la pampa por su poderosa tribu, no dan gran idea de las delicias de su vida errante.

Y también establecieron los viajeros su carpa, donde habían sido toldos. El agua era poco abundante, pero dulce, y esto sólo era, para los caballos, un gran alivio, después de las penurias de los días anteriores.

Donde ha habido toldería, siempre hay agua; y donde hay agua, forzosamente, la vegetación es algo menos pobre que en otras partes; pero si el pasto no ha desaparecido para siempre de donde pisaron los indios, como decían que sucedía donde pisaba el caballo de Atila, tampoco ha crecido tupido ni más refinado.

En su estadía secular, y siempre momentánea, de aborígenes nómadas, no han fecundado nada; nunca, de sus manos sangrientas, ha caído semilla que prospere, ni ha germinado, en todas esas frentes estrechas y bajas, más idea que repugnantes instintos de rapiña, de crueldad, y de hartadas bestialmente compensadoras de hambres acumuladas.

Sobre los ceñudos arcos de sus ojos oblicuos, pesaba también el instintivo recelo de la fiera que siempre se siente amenazada, hasta en los recovecos de su guarida; y fácilmente se adivina que así era, pues de los toldos de Pincen, aunque fueran disimulados en un hueco, se podía divisar, por pequeñas abras, todo el horizonte, notar cualquier movimiento sospechoso en la Pampa, y huir, desaparecer rápidamente, entre las ondulaciones arenosas de la llanura, en guardia siempre contra la sorpresa fatal, viniera de otros indios, envidiosos y traidores, o de los cristianos exasperados ya por los malones repetidos, el saqueo de sus poblaciones, el arreo, burlón y ruinoso, de sus haciendas, el espantoso cautiverio de sus familias, el asesinato de sus hermanos, el continuo retroceso de su pacífica conquista del desierto.

Donde fueron toldos, fácilmente se oye zumbar el alma india, y surge de las aguas azules de las tres lagunitas, en el circo formado por el médano, la visión del pasado, tan reciente, por lo demás, que la civilización todavía, apenas piensa en borrarlo: alaridos y galopes, carreras locas de figuras endemoniadas, desnudas y moviéndose en los caballos, como sólo centauros lo podían hacer, blandiendo la temible lanza; orgías repelentes; horrorosos sufrimientos de las cautivas cristianas, entregadas a los feroces amores de semejantes amos, menos crueles cuando matan que cuando aman; y las evasiones emocionantes, y las epidemias de viruela, asoladoras, que casi destruyen tribus enteras, a pesar de los conjuros ingenuamente sanguinarios de las brujas, tanto más temibles para sus víctimas, cuanto más temerosas, ellas, de las amenazas del cacique.

Y se admira uno de que tan débil fantasma, haya tenido en jaque, durante tantos siglos, al invencible poder de toda una civilización armada. Es que quedaba escondido detrás de la transparente, pero misteriosa valla de la Pampa desconocida, y que la imaginación latina, siempre dispuesta a abultarlo todo, vacilaba en arremeterlo. Ahora que el ventarrón, desencadenado a la voz de jefes audaces y serenos, lo volteó, barriendo de la llanura sus toldos miserables, al solo flameo de la bandera argentina, queda abierto el desierto al esfuerzo civilizador, y se disolverá pronto hasta el recuerdo nebuloso de este pasado de pesadilla.

Vendrá, -vino, y ya pasó-, la cueva del pioneer solitario y nómada todavía, que arrea sus rebaños, sin más rumbo que el de «siempre más allá», y surgirá poco después, el rancho, bien humilde, por cierto, pero que, a pesar de su pequeñez, toma ya real posesión de la pampa desierta; modificando de tal manera su horizonte que el viajero que vuelve de más afuera, al ver, en un solo golpe de vista, tres de ellos, en tres leguas cuadradas, exclama, convencido: «¡Está muy poblado por acá!» Y más tarde, -no mucho más- la estancia, con su buena casa, sus galpones y sus alambrados, sus montes y sus cultivos, sus rebaños mansos y altamente productores, habrá borrado de la mente de los hombres que ahí mismo, fueron toldos.





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de Godofredo Daireaux



Impasible, detrás de su mostrador, protegido por una fuerte reja de fierro contra posibles intrusiones -pues la cultura relativa que permite hoy, en casi todas partes, la supresión de estas defensas, estaba entonces, por aquellos pagos, apenas en sus albores-, don Manuel Fulánez contemplaba el espectáculo, monótono para él, que cada día lo presenciaba, fastidioso para el transeúnte indiferente, triste, en realidad, de los estragos morales y físicos que puede producir en el hombre, y particularmente en el hombre algo primitivo, el despacho del alcohol, hecho sin más medida que la capacidad tragadora y pagadora del infeliz parroquiano.

Eran sólo las diez de la mañana, y día de trabajo.

-Pero -decía el viejo Cipriano-, ¿por qué será que los llaman días de trabajo? Para mí, los días de fiesta son todos los en que tengo pesos o algún amigo que me convide; y los de trabajo, los pocos en que, a la fuerza, tengo que buscar conchabo, por no tener ya en qué caerme muerto.

Y al hacer su babosa y filosófica declaración, el gaucho, medio se levantó del banco de madera en que estaba, más bien que sentado, aplastado, estiró el brazo hacia la media cuarta de caña, que había empezado a tomar -era la tercer-, y de un trago, la acabó de vaciar.

Era su ración, en las mañanas de los días que llamaba él, de fiesta. Se dejó caer otra vez en el banco, rezongando que «ya le habían echado agua a la caña», y después de un momento de valiente pelea contra el sueño, echó a roncar.

Al rato, entró su gran amigo, don Benjamín, que venía en busca de provisiones para su casa; por un verdadero fenómeno de intuición, lo sintió, y entreabriendo sus ojos velados por la embriaguez, balbuceó con voz impedida:

-Tome algo, don Benjamín -y se volvió a dormir.

Don Benjamín era hombre más juicioso; pero de cuando en cuando, también se dejaba enredar por la tentación: tomaba un inocente vermouth, como para no desairar al prójimo, y que no dijeran que se hacía el virtuoso; después, tomaba otro, para que no anduviera rengueando el primero; y otro, porque el anterior le había dejado un gustito en la boca; y otro más, porque ya se iba; y el siguiente, porque no se había ido, y después, porque quería acabar la botella; y seguía tomando vermouth, hasta no tener más apetito que para bebidas más fuertes, como el ajenjo, la caña o la ginebra, y ya andaba de resbalón seguro.

Cuando, al rato largo, despertó el viejo Cipriano, oyó que su amigo don Benjamín, discreto y de buenos modales, en ayunas, le hablaba al pulpero, en tono muy seco, reprochándole su mala fe, tratándolo como puede tratar al usurero que le ha prestado dinero y se lo viene a reclamar, cualquier caballero. Los ojos le chispeaban, las palabras salían de su boca, sonantes, cortantes y chocantes, irónicas, altaneras, injuriosas, por el tono más que por sí misma, y don Cipriano comprendió que su amigo Benjamín estaba «algo divertido».

-Déme una botella de caña, para llevar -dijo éste a Fulánez-, y no me la rebaje, ¿oye?, que la quiero doble, ¿oye?

Y Fulánez, con la paciencia del pulpero que aguanta tanto más cristianamente las injurias, cuanto más judaicamente las apunta en la libreta, en forma oculta, le trajo lo que pedía. Don Benjamín quiso probar la caña; le tomó -dijo él- olor a vermouth Torino, y después de un breve altercado con el pulpero, desdeñoso, volcó en el patio, desde el umbral de la puerta, el contenido de la botella; y se la devolvió al comerciante, diciéndole:

-Lave esta botella y vuélvala a llenar.

Dos italianos recién venidos, que estaban ahí, almorzando con queso del país, galleta y agua, lo miraban con tamaños ojos.

-Está medio divertido, don Benjamín -pensó Cipriano.

-Sírvase algo, Cipriano -le dijo éste.

Y empezaron ambos a convidarse mutuamente, alternando las copas de bitter con las de ajenjo, y las de caña con las de ginebra, y a medida que ingurgitaban mayor cantidad de veneno, la tensión de los nervios se acentuaba; de irónicas, volvíanse provocantes, las palabras, y dirigía don Benjamín a cada uno de los que entraban, alusiones tan hirientes, apodos tan injuriosos, que se conocía que hasta los más mansos quedaban resentidos, y que los cuchillos se estremecían en las vainas.

-Está divertido, don Benjamín -pensó Cipriano.

-¡Mozo!, déme cohetes -gritó aquél.

Y encendiendo un mazo de cohetes de la India, lo tiró sin dar tiempo para nada, en medio de la docena de caballos atados en el palenque, lo que produjo un desbande general, con cortaduras de cabestros y disparadas de ensillados; provocando protestas enérgicas, contra «los borrachos que no se podían divertir sin hacer daño».

-Está bastante divertido, don Benjamín, -siguió pensando Cipriano.

Y don Benjamín, que había oído la palabra borrachos, se empezó a enojar y preguntó con tono acerbo: a quién le parecía que él anduviera borracho.

Y como cayeran sus ojos, torcidos por la ebriedad, en los de un muchacho que lo miraba, más bien con curiosidad que de otro modo, se aproximó a él cuchillo en mano, desafiándolo.

-Está muy divertido - susurró Cipriano.

Pero el joven, aunque bien sintiera que era pura parada de hombre mamado, al verse amenazado, y al oírse tratar de mocoso, se le enderezó, sacó la cuchilla y le pegó al agresor un tajo en la cabeza, cortándole el sombrero, y algo también el cuero.

Al ver correr su sangre, se creyó muerto don Benjamín; soltó el cuchillo y se dejó caer en el suelo, llorando mares.

El viejo Cipriano le sostuvo la cabeza, le vendó mal que mal la pequeña herida, con un pañuelo, que empapó, suspirando, con la caña que le quedaba en el vaso y dijo:

-Está completamente divertido, don Benjamín.


M42


Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Para alcanzar el tren[editar]

Resolvió el patrón salir para la ciudad el día siguiente, y hubo consulta entre él, el mayordomo y el capataz, para decidir cuál de los dos caminos era preferible.

La estancia quedaba a sólo catorce leguas de una estación del ferrocarril del sud, y a veinte de una del oeste; pero, para llegar a la primera, había que cruzar mucho campo bajo; había llovido bastante, y los cañadones, arroyos y pantanos del camino estaban en un estado tal, que sólo el pensar en las dificultades del viaje hacía erizar el pelo. -«Ni con veinte caballos, llegamos, dijo el mayordomo; sin contar que van a quedar estropeados para todo el invierno.»

Y se acordó ir por el oeste, a pesar de no haber huella, en una gran parte del camino, y de ser, por lo menos, de veinte leguas, la tirada. Pero era por campos altos, bastante parejos, donde no había más que meterle trote seguido.

El tren pasaba a las seis de la tarde, hora linda, que permitía aprovechar todo el día entero para alcanzarlo; con condición de madrugar, pues era en invierno, con días muy cortos, y teniendo los caballos poca fuerza, no se podía pensar en apurarlos. A la tarde, hizo juntar el mayordomo las dos manadas de caballos y encerrarlas en el corral; y seguido del capataz y de dos peones, armados de bozales y de cabestros, penetró, caviloso, abrumado, al parecer, por el peso de sus meditaciones, en el entrevero inquieto de las grupas en movimiento, que se encogen, o disparan, o reculan, ondeando sobre la estacada movediza de la patas nerviosas, que pisotean el suelo con estrépito, y patalean, en perpetuo susto.

-«Cuatro mudas de cuatro caballos, y llegaríamos volando; pero ¿de dónde saco ocho caballos de pecho? Juan, agarra los dos tordillos; Pedro, saca el rosillo y el malacara.»

Esto ya se sabía de antemano; eran los cuatro de siempre; comían maíz, trabajaban sólo en las grandes ocasiones y se mantenían gordos; pero ¿después? y mientras la agarrada de los indicados daba lugar a un revoltijo general de la caballada, seguía pensando el mayordomo. Poco a poco, a fuerza de consultar con el capataz, de mover y remover los animales, de eliminar a los maulas, a los flacos, a los lastimados, a los mañeros, se pudo formar una tropilla regular de laderos que, a pesar de la mediocridad de algunos de los de pecho, salvarían la situación.

Y durante toda la noche, alrededor de los pesebres improvisados en el patio, hubo ruidos insólitos de mandíbulas quebrando maíz o mascando pasto, entreveradas con pateaduras y coces sonoras en las carretillas llenas de alfalfa, y también en los flancos vacíos de aquellos mancarrones que, siempre mantenidos a campo, ignorantes de las costumbres sociales, y demasiado tímidos para imponerse, trataban de acercarse al pesebre, sin haber sido presentados; festín precursor de grandes fatigas, pero festín, no más, y quedaban pocas migas, cuando apareció el farol vagabundo del mayordomo, empezando este, con voz imperiosa, a despertar a la gente.

Las estrellas pestañeaban, como cayéndose de sueño, después de tanto velar, esperando que el sol, todavía lejano, las viniera a relevar.

Hacía frío, y en la obscuridad, aun bien espesa, pronto se movieron sombras, que, tiritando, empezaron a desatar de los postes, los caballos medio dormidos. En la cocina, crepitó un fósforo, y, al rato, brilló, el fuego, reanimado de las brasas por la humilde vestal del fogón, saliendo en seguida por el techo las espiras del humo. El mayordomo golpeó a una puerta, llamando: -«Patrón, son las cinco;» por la segunda vez, cantaron los gallos, y, poco a poco, se fue animando el patio, con los bulliciosos aprestos de la salida.

Al breque, sacado del galpón, eran arrimados los caballos, aperados por los peones. No faltaban reniegos y puntapiés a los mancarrones, ni rabietas del mayordomo contra su gente, por dormidos, unos, por torpes, otros. Una hebilla que se corto, pareció todo un acontecimiento: «¡Estamos frescos, ahora!» gritó el mayordomo; pero el capataz, sin decir palabra, cortó ligero un tiento, sacó la lesna plantada en la pared del rancho, y, en cinco minutos, puso todo mejor que nuevo.

Se abrió ya la puerta del patrón; listo, él, bien emponchado, de guantes, con las botas finas y el sombrerito gacho, gallardamente colocado, la escopeta a la espalda, no se necesita mirarlo dos veces para adivinar quién es; y mientras la cocinera le sirve el café, los peones llevan al coche las diversas piezas de su confortable equipaje de hombre refinado.

Aclara; las estrellas van desapareciendo; los gallos cantan por última vez, antes de bajar al suelo: «Cuando guste, patrón,» avisan; y después de una despedida, cariñosamente protectora, a la cocinera y a los peones, el amo sube en el breque, dejando, por ahora, que el mayordomo maneje.

Empieza el viaje largo.

-«¡Brrr!... no hay mosquitos, esta mañana,» observa el patrón, envolviéndose en sus cobijas.

-«Los hemos de ver más tarde,» contesta el mayordomo. Y efectivamente, sí, a las seis, hace frío, a las diez, habrá sol bastante para que, en los bajos, no dejen de fastidiar en grande, mosquitos y gegenes. Y el sol picará, a pesar de estar en invierno, y calentará casi demasiado, por un costado, hasta las doce, para, después, calentar por el otro, hasta la llegada, oblicuo y fastidioso, más y más, a medida que va bajando.

Parándose, de vez en cuando, para mudar caballos, para almorzar con las provisiones traídas de la estancia, para que resuellen los animales o para componer algún desperfecto en los aperos o en el coche, se va, se camina, se adelanta, dejando tras sí las leguas andadas, en interminable cinta, y después de diez horas largas, se llega a la estación anhelada, cansado, aburrido, pero con el alivio de pensar que si se ha necesitado todo el día para hacer cien kilómetros, en toda la noche, durmiendo, sin sentirlo, se harán los cuatrocientos que quedan, para llegar a la ciudad. Y se bendice el progreso.




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de Godofredo Daireaux



Día más, día menos, ¿qué importa?, ¿qué es un día en la vida? Y don Pedro, suavemente amodorrado por esa idea, antes de decidirse a emprender cualquier trabajo, dejaba pasar los días, sin darse cuenta de que al caer, sin ruido, uno encima del otro, pronto forman la semana, y que fenece el mes, sin que se sepa cómo.

La sarna había cundido en su majada, de un modo feroz: y si la dejaba seguir así, sin atajarla con vigor, casi no iba a tener lana y perdería también muchas ovejas; y resolvió empezar una cura seria. Hoy, era tarde ya; había que aprontarlo todo: preparar el remedio, alistar botellas y recipientes, componer algunos lienzos del corral, muchas cosas; ¡mañana!, pues, empezaría; y soltó la majada.

No tenía puntas en la casa, y tuvo don Pedro que ir a la pulpería, a comprar un paquete. En la pulpería, no faltaron conocidos con quienes conversar, y cuando acordó, era ya casi de noche y tuvo que postergar para el día siguiente la compostura de los lienzos. ¡Bah!, un día más o menos, ¡hambre!, lo mismo es, y curaremos pasado mañana.

El día señalado para empezar el trabajo, llovió: fuerza mayor; el día siguiente, los chiqueros estaban hechos un fangal, y no se podía trabajar; se dejó, pues; y como el otro día era un sábado, francamente, no valía la pena de empezar la cura, para interrumpirla el domingo. No se sabe bien lo que ocurrió el lunes, pero algo ha de haber habido, ese día, que imposibilitó el trabajo para el martes, y probablemente para el resto de la semana, o del mes; lo cierto es que llegó la esquila, y que la majada se encontraba en un estado lamentable.

Dio muy poca lana, y fea, tanto que don Pedro tuvo que pensar en deshacerse de una punta de vacas, para pagar el arrendamiento. Un día que platicaba con su vecino y amigo don Próspero, que lo había venido a visitar, tomando mate sobre mate, hablando interminablemente de las dificultades de la vida, llegó un conocido, quien le dio aviso que en una estancia vecina, querían comprar vacas, y que le vendría a él de perilla, la ocasión.

-¡Caramba! -dijo don Pedro-, ya lo creo; mañana mismo, voy allá.

Y fue, efectivamente, el día siguiente. Lo que sí, se halló con que su vecino y amigo don Próspero, que también, sin haberlo dejado entender, tenía vacas para vender, no había sido lerdo, y había ido derechito, al salir de su casa, el día anterior, a ofrecer las de él, y que había cerrado trato; y renegó don Pedro con los amigos que traicionan y se aprovechan, sin dejarle a uno el tiempo de darse vuelta.

Al volver a su casa, encontró un aviso de que hubiera de pagar, en todo el mes, la contribución directa por una casita que tenía en el pueblo, y como, al retirarse, su señora le preguntaba cuándo pensaba ir, le dijo:

-Mañana, si Dios quiere.

-¡Y la Virgen! -agregó piadosamente la señora.

Y es de creer que ni Dios quiso, ni la Virgen, ni tampoco don Pedro, pues pasó el mes, y cuando éste acordó y fue, tuvo que pagar con multa.

Lo bueno es que, apurado para ir a pagar, ya que no era tiempo, había aplazado al día siguiente el campear unos animales recién aquerenciados que se le habían mandado mudar; y en vano los buscó, pues tan lejos estaban ya, que, a la vuelta del pueblo, ni noticias pudo conseguir de ellos.

¡Ah!, ¡don Pedro!, con su eterno ¡mañana!, palabra enervadora, que sólo para cuando llama la muerte debería servir. ¿No ve que hablar de mañana es casi renunciar a vivir?, ¿quién sabe lo que, antes que llegue mañana, nos ha de suceder? Sólo el día de hoy vale para el hombre; mañana no encierra más que enigmas; dejemos que los resuelvan los que, mañana, estén de pie.

-Tiene razón, señor; tiene razón; pero, ¿qué quiere?, hago como el Gobierno con esos campos donde estamos. Van como quince años que han plantado estaquitas, para marcar los canales que se deben hacer para evitar las inundaciones, y desde entonces, todos los días, dicen: «mañana», y nunca empiezan a hacerlos.

-¡Sí! y ¿sabe lo que representa este perpetuo mañana? La pérdida, desde muchos años, de lo que habrían producido los treinta millones de ovejas que, en esta parte anegadiza, podrían caber, a más de las pocas que en ella viven mal, si estuviera canalizada...

-Don Pedro, el jagüel está sin agua -vino a avisar un peón.

-Bueno -contestó-; mañana...

-¡Don Pedro!

-¡Caramba!, señor, es cierto... Hoy mismo lo vamos a cavar.


M42


Nota de WS[editar]

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Atención: La clave de ordenamiento predeterminada «Mañana» anula la clave de ordenamiento anterior «Dia de reunion».

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Cuatreros[editar]

«Ladrón que harta bestias,» dice, del cuatrero, el diccionario, y el oficio, realmente, parece mandado hacer para el que, en la Pampa, no quiera vivir de su trabajo; pues el que, allí, tenga que robar para comer, no puede casi robar otra cosa que bestias. Con robar bestias, llena, por lo demás, todas las necesidades de su precaria existencia: carne para su mantención, cueros para vender y proporcionarse los vicios, o para cortar las huascas indispensables para su industria.

No hay duda que le sería mucho más ventajoso al cuatrero, en general, hacerse pastor y cuidar tranquilamente una majada de ovejas o una punta de vacas, propias o ajenas, pues así tendría siempre carne a discreción, los vicios y las huascas a pedir de boca, caballos gordos para andar, y techo seguro. Pero así, se muere el que ha nacido para cuatrero. ¡Miren! ¡qué gracia! carnear a la luz del día; elegir la res en el rodeo, enlazarla con toda comodidad, degollarla y desollarla, rodeado de comedidos: vecinos, perros y chimangos, que todos aprovechan, y quizás después, lo traten de zonzo.

Buscar la víctima en la tinieblas de la noche, sin turbar el silencio solemne del campo, más que una sombra en la sombra, enlazarla al tanteo, sin hacerla mover; sentir revolotear, en derredor suyo, al desollar de prisa, la palpitante inquietud de tener quizás que pelear y jugar la vida para salvarse, en caso de ser pillado, esto sí, le da sabor al matambre de cualquier animal y hace el cuero más blando para sobar.

Trabajo ingrato, por fin, peligroso como ninguno y de poco o ningún provecho; pero obra de artista que trabaja para la gloria.

Hoy, todo progresa; el cuatrero moderno, mestizo y hasta importado, ya no se contenta con carnear, de vez en cuando, una oveja o una vaca; se ha hecho criador; ha formado sindicatos; tiene socios habilitados en los varios ramos de su industria, y obra en grande. Autoridades cómplices, facilitan las guías; gauchos, que, más de gusto que por amor al lucro, se prestan a ayudar, cortan puntas de hacienda y las arrean, abriendo y cerrando portillos discretos en los alambrados; carniceros improvisados, en los pueblos más cercanos, benefician los animales, venden la carne barata y regatean poco por el precio de los cueros, por tal que, ligero y sin fijarse en las mareas, el pulpero, que es alcalde, los haga desaparecer en los arcanos de su depósito.

No falta una estanzuela alambrada, con tranqueras hábilmente dispuestas a todos vientos, para encerrar los animales que no puedan ser muertos inmediatamente; con su administración prolija, su fábrica de marcas de fuego, y hasta su laboratorio, para estudiar a fondo el arte de contraseñalar ovejas.

Y como no se debe despreciar las pequeñas utilidades, y que la galera pasa cerca, el postillón tiene su puesto en la orilla del campo, y nunca le faltan, para vender al dueño de la galera, caballos, a precios tirados; las marcas, en general, están en llagas vivas y algo mal pintadas, en los certificados, pero todos los sellos están; y la necesidad, siempre reñida con los escrúpulos, hace que el comprador prefiera dejarlos a un lado que pelear con ellos.

Nunca puede saber el caballo más mimado y mejor invernado, de las cercanías, donde acabará sus días.

Pero, los estancieros también se van poniendo más ariscos y la policía más activa. Se cansan los primeros de verse robados a cada rato, y sin saber cómo, ni por quién, y echan el grito al cielo. El cielo les hace poco caso, mientras sólo se trata de cualquier hijo de vecino, pero basta que le toque la suerte a la hacienda de un personaje político, para que empiece la cosa a ponerse más seria.

-«Señor, decía, un día, un paisano al comisario de un pueblito naciente, vengo a decirle que me han robado anoche una punta de vacas.

-¿Las ha buscado bien? preguntó el comisario.

-Sí, señor, pero no encontré nada.

-Es que no las habrá campeado. Búsquelas, amigo, y si de aquí dos o tres días, no las encuentra, entonces veremos.

-Y mientras tanto, señor, ¿qué le digo a mi patrón?

-¿Quién es su patrón?

-Don Benito.

-¿Quién dice?

-Don Benito Vergara.

-¿El diputado?

-Sí señor.

-Pues dígale, no más, amigo, que hemos de dar con los ladrones, cueste lo que cueste.»

Y mandó formar, sin perder un minuto, tres comisiones, a las cuales dio instrucciones terminantes; tan terminantes que, el día siguiente, a la madrugada, antes que el rocío hubiera desaparecido, una de las comisiones pudo seguir, abriendo el alambrado, el rastro de otra punta de hacienda, arreada por allí, esa misma noche, y el rastro llevó a los policianos directamente a la carnicería, habilitada por el Juez de Paz.

Situación difícil para un comisario; pero el diputado era influyente; le tenía rabia justamente al Juez de Paz ese, por su flojedad en las elecciones, y tanto hizo que fue un bochinche espantoso, una arreada general en el pueblito. Se mandó de la capital un comisario especial, con gente; un juez de instrucción, con sus secretarios, la mar. Se pusieron presos al carnicero, a su hijo, al juez de paz, al pulpero. En casa de éste, se encontraron muchos cueros que, mojados y lonjeados, dejaron ver el archivo entero de las marcas del partido.

Quiso negar; quisieron todos negar, pero se cortaban, se mancaban en las declaraciones y quedaban peor. El carnicero, por ejemplo, le sopló al hijo, al pasar: «niégalo todo.» Y cuando al hijo le enseñaron una marca, preguntándole si la conocía, dijo que no; a otra, lo mismo, y a todas; hasta que fastidiado, el juez, le enseñó la misma marca del padre, y también afirmó que no la conocía. El padre se levantó entonces y le dijo:

-«Pero no seas tonto ¡hombre!

-¿Y no me dijo V., contestó el hijo, de negarlo todo?»

Y como el diputado era hombre de puño, y que no soltó la presa hasta que todos estuvieran en la cárcel, cosa hasta entonces casi inaudita, se moralizó, por un tiempo, el pago aquel. ¡Dios quiera que a todos los cuatreros de la campaña, se les ocurra, de vez en cuando, robar hacienda de algún diputado!


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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El resero[editar]

Para don Demetrio, como para todos los pequeños hacendados que no tienen campo propio, el gran problema anual era el pago del arrendamiento.

La lana, generalmente, alcanzaba y hasta sobraba, para saldar la libreta del pulpero, pero los mil pesos de dinero efectivo que necesitaba, a fecha fija, para el dueño del cuarto de legua que ocupaba con su hacienda, eran para él y para toda la familia, en Abril de cada año, fuente temida de punzantes inquietudes.

En Abril, suele haber en los rodeos, novillos gordos, y en las majadas, capones; de poderlos vender, está salvado el paso; pero, y aunque no se haga cuestión de precios, no siempre se encuentra quien los compre.

La mayor parte de los reseros, mandados por los saladeros y frigoríficos, tratan por lotes importantes, en las estancias grandes: menos trabajo y menos gastos requiere una tropa de varios miles de cabezas, así conseguida, que el aparte y la junta de pequeños lotes, en muchos rodeos chicos; sin contar que siempre, en el primer caso, sale la hacienda más pareja; pero los pequeños hacendados se quedan con las ganas.

Y por esto era que desde principios de marzo, don Demetrio, y como él, muchos otros, arrendatarios de fracciones del mismo campo, subían más a menudo que de costumbre, a la punta de la larga escalera del mojinete, con pretexto de observar el campo, para ver si la majada no se mixturaba con la del vecino, pero más que todo, en realidad, con la inconfesa esperanza de divisar, en el horizonte, la espesa silueta de don José Aramburú.

Es que don José Aramburú, era, para toda esta buena gente, el resero providencial. Era un vasco, de estatura soberbia, algo grueso, pero galopador incansable; trabajaba por su propia cuenta, con su pequeño capital y no podía aspirar a tratar con potentados, para formar tropas grandes, a precios altos; su clientela, la formaban grupos de modestos criadores, felices de encontrar en él al comprador siempre dispuesto a tomarles los escasos novillos de sus pequeños rodeos, a precios siquiera regulares, por tal que en los alrededores, pudiera alcanzar a juntar suficiente número de cabezas para formar tropa.

Lo mismo que la mayor parte de sus clientes, no sabía leer ni escribir; y esto mismo simplificaba las cosas, no habiendo nunca con él, cuentas enredadas. Nunca pedía plazo; compraba, apartaba y pagaba.

Era un mesías, el hombre; y los patacones que adornaban su tirador repleto, relucían como rayos de un sol bienhechor, en medio de la negra penuria de pesos, a la cual venía poner remedio.

De Barracas al Sur, donde tenía la familia, cerca de los corrales, irradiaba, siempre acompañado de su fiel capataz, Juan Sosa, en toda la campaña del Sud, de Chascomús a Tapalquen y de Cañuelas al Tandil. Hoy aquí, mañana allá; pero, siempre apurado, con la oferta en la boca y la plata en la mano.

Poco le gustaba la gente remolona, la que nunca sabe si debe vender o no, la que regatea, la que nunca acepta de plano el precio ofrecido, por bueno que sea, o discute sin razón el número de animales a apartar. Él sabía lo que hacía, conocía su oficio; al rato de estar en un rodeo, le decía al dueño, con su voz siempre pausada:

-«Mire, señor, de aquí le voy a sacar tantos novillos, a tal precio;» y de ahí no salía.

Nunca, por supuesto, faltan hacendados que quieren mayor precio, o quieren obligar al resero a apartar osamentas, o tratan de envolverlo en conversaciones de no acabar; y la mujer interviene, y lo dejan ir hasta el palenque, a veces montar a caballo, antes de decir que sí; con don José, era juego peligroso, pues más de una vez, había sucedido que, aunque hubieran aflojado, no se había vuelto a apear; y era esta una despedida para toda la vida, dejándolos ya que buscasen quien pagase más que él, por sus cuatro guachos.

-«Soy vasco inglés, en mis tratos,» decía él, dicho que le parecía condensar acabadamente lo infrangible de su palabra.

Con don Demetrio, se conocían desde muchos años, y este nunca hubiera vendido a otro sus novillos; pues sabía él no sólo que con don José siempre se podía tratar, sino que era hombre de buen consejo, conocedor como nadie de cuanto campo disponible había para arrendar, con precios, condiciones y todo; y esto, en ciertas ocasiones, podía ser de gran importancia.

Mientras formaba tropa, don José se hospedaba en lo de don Demetrio, y no faltaban, a la noche, visitas ni temas de conversación, pues el resero, desde veinte años que andaba derramando pesos en toda la campaña, la conocía palmo a palmo, teniendo en cada palmo un amigo, y podía dar a cualquier vecino, noticias de cuanto conocido o pariente tuviera en cualquier parte.

Y por todo esto, era una alegría la llegada de don José. Después de los primeros mates, principiaba el tiroteo serio, cruzándose las preguntas veladas sobre el estado de los novillos, por parte del resero, con las discretas indirectas sobre los precios que iba a pagar, por parte de los hacendados.

Y don José, para hacerla amostazar a la dueña de casa, empezaba a pedirle y aconsejarle a don Demetrio, como en secreto aparte, que le vendiera algunas vaquillonas gordas, unas pocas; que le podría pagar buen precio. ¡Efecto infalible!

-«Pues, señor; ¡qué barbaridad! nunca permitiría ella semejante herejía,» gritaba, al momento, la señora.

Don Demetrio, tentado, bien insinuaba tímidamente que, con plata, se compran otras; que una vaca no es más que una vaca, y que siempre se debe vender lo gordo; pero él mismo lo decía sin convicción. Es que si, para el rico que tiene grandes rodeos, la hacienda no pasa de un artículo de comercio, para el hacendado modesto, es cosa muy diferente. Para él, cada una de sus vacas tiene su nombre, su historia, su personalidad propia, y por mucho que se la paguen, nunca se le dará su valor.

Bien lo sabía esto don José, pero le gustaba hacerla enojar a la señora, para reírse después.

El enojo, de todos modos, duraba poco y pronto se llevaba el resero los novillos del rodeo, dejando ya forrados y libres de inquietud para todo el invierno, a don Demetrio y a muchos otros hacendados del pago.




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de Godofredo Daireaux



Arterias a la vez y pulpos, que fomentan el progreso en la campaña desierta, y exprimen de ella, hasta hacerla reventar, la misma savia que le dispensan, el ferrocarril del oeste y el del sur han tendido sus rieles, en soberano esfuerzo, el primero hasta los confines de la provincia, el otro hasta el punto predestinado: Bahía Blanca. Han desparramado la población, sacándola en enjambres, de las aglomeraciones ya formadas, sacudiendo y sembrando por la Pampa colonias humanas, para que ahí prosperen y se extiendan.

Han pasado quince, veinte años; las viejas aldeas han crecido; algunas han aprovechado el largo tiempo durante el cual han sido cabezas de línea, para volverse ciudades; otras, apenas han tenido tiempo de despertar de la nada, cuando ya se han quedado asombradas de su propio adelanto; y centenares de puntos geográficos han nacido a la vida, adquiriendo nombres y transformándose en centros de población, pequeños o grandes.

Pero en esto, como en todo, hay hijos y entenados; y la zona intermedia, inmensa, fértil como la que más, ávida de pobladores como de agua una esponja, queda sin vías de comunicación, igualmente alejada de cada una de las dos grandes líneas, que parecen despreciarla, en su marcha adelante, y son, para ella, más pulpos que arterias.

Pueblos antiguos de esta zona, primitivos y meritorios baluartes de la civilización contra la barbarie, quedan rezagados, como ciertos modestos veteranos, cubiertos de gloriosas heridas y siempre omitidos en la lista de ascensos, donde figuran tantos otros, que no han hecho nada.

¡Paciencia!, que también les ha de llegar el día.


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Rumores han corrido que iba a sacar, al fin, el ramal tan deseado. El pueblo viejo, entumido ya en sus esperanzas tantas veces defraudadas, se ha conmovido. En sus casas solariegas que, al oír la noticia, ya le han parecido anticuadas, feas y destruidas, las familias fundadoras del pueblo se sienten tironeadas entre el amor innato a las costumbres añejas, con su patriarcal quietud, y el instintivo anhelo del progreso.

Pero, sólo fue rumor: duraron, es cierto, las conversaciones, algunos meses: se inició un amago de especulación en tierras, pero sin mayor resultado que de hacer tratar de loco, por la gente sensata y antiguamente afincada en el pueblo, a un forastero, de nacionalidad dudosa, que, recién venido, se metió a comprar a troche y moche, casi sin reparar en precios, chacras y quintas cercanas al pueblo. El viejo don Lino Villareal, que vino a formar estancia ahí, cuando el pueblo no era más que fortín, aprovechó la bolada y le vendió todas las que tenía al sur del pueblo. Muy buena plata dicen que ha hecho, sacando hasta mil pesos por una quinta de cuatro hectáreas, que se puede decir que la tuvo de balde, hará unos cuarenta y cinco años...

¡Oh!, pero más barata la tuvo el forastero loco, por mil pesos, que don Lino por los cuatro reales que le costó.

Cuando ya habían cesado los rumores y las especulaciones, y que se había vuelto a dormir el pueblo viejo, en el almohadón de su perezosa vida colonial, forrado ahora con la esperanza ya crónica, por lo lejana, del soñado ferrocarril, se llegó a saber, un día, que venían cruzando los campos, desde una importante estación de la línea principal, dos ingenieros y varios peones; medían, tomando notas sobre la disposición del terreno, desatando, sin decir nada a nadie, y volviendo a atar, con toda perfección, los alambrados, y seguían su camino, en derechura al pueblo.

La emoción renació; a caballo y en sulky, muchos vecinos fueron a curiosear y a tratar de pispar algo sobre la ubicación probable de la estación: trabajo inútil, pues sacarles a los ingleses un dato que valiese un pito, ni pensarlo.

En seguida, los trabajos empezaron en el punto de arranque del ramal; los kilómetros de terraplén se vinieron estirando por la llanura, elevándose encima de los bajos, cortando las lomas, saltando, en puentes y alcantarillas, las cañadas y los arroyos.

Y los durmientes de algarrobo se iban colocando; y cada día adelantaba algunos centenares de metros la locomotora, arrastrando su largo tren de materiales, despertando de su sueño secular, con su agudo silbato y el trueno de su rodadura, la campaña atónita. A su paso, las majadas y los rodeos se limpiaban de sus animales viejos, vendidos a buen precio, para la manutención de los numerosos peones.

Las estaciones del trayecto se iban edificando, iguales todas, como hermanas mellizas, y la cinta de rieles ya casi alcanzaba al ejido del pueblo, sin que nadie supiera aún dónde vendría a quedar la estación.

Hasta que desembarcó un día el forastero de antes, como apoderado de la compañía, para tratar definitivamente con los dueños de terrenos y levantar las dudas. Pronto se supo que en la famosa quinta vendida por don Lino Villareal, estaría la estación, y éste tuvo el consuelo de saber que si no la hubiese vendido se hubiera hecho la estación en otra parte.

Empezaron los últimos combates entre la codicia encendida de los propietarios y la calculada liberalidad del delegado de la compañía. ¡Qué suerte, entonces, la de tener un rancho viejo o algún galpón inservible, justito donde, a la fuerza, debe pasar la vía! Tienen que aflojar los ingleses, y vengan los pesos, por indemnización, y una casa nuevita, señor, en reemplazo de la choza volteada.

Muchos, también, es cierto, sufren perjuicios sin compensación, y no son pocos los que reniegan de la locomotora y de su penacho blanco, bandera de progreso y de civilización. En el pueblo aislado en medio de la Pampa, florecían las empresas de galeras; cuatro o cinco importantes casas de negocio dictaban al cliente la ley y sustentaban numerosas tropas de carros. Ahora, son puros lamentos: los mayorales de galeras tienen que buscar puntos más lejanos, con sus mancarrones flacos, sus coches desvencijados y sus aperos compuestos y recompuestos con tiento, arpillera y cabo de manila; los carreros, pronto los tendrán que seguir, y los comerciantes, ellos, lloran, inconsolables.

Es que se acabaron los tiempos aquellos, en que, estando la estación más cercana a treinta leguas, las mercaderías llegaban por cargamentos de cinco a diez carretas, quedando pronto saqueada la casa por los clientes, ávidos de surtirse a cualquier precio, los estantes medio vacíos y la caja llena. ¡Y cuando algún telegrama del consignatario anunciaba la suba de tal o cual fruto!, cualquier muchacho, dependiente de mostrador, servía entonces para acopiador; y todo el personal de la casa se desparramaba, galopaba por el campo, a comprar lanas o cueros. ¡A ponerse las botas, amigo!

Con la venida del tren, ha llovido boliches que, con un surtido de cuatro pesos, hacen competencia a la casa más fuerte. ¡Natural!, si le falta un sombrero del número 4, ¡zas!, un telegrama a la capital y, el día siguiente, lo tiene, por encomienda. ¡Y los frutos!, cualquier hacendado de mala muerte recibe hoy, de media docena de consignatarios, pedigüeños y sin plata, circulares y ofrecimientos, y tan bien conocen los precios que ya es inoficioso tratar de cazarlos sin perros. ¡Vaya con el tren bendito!

Sólo, con los estancieros, cantaba, sin reserva, glorias al ferrocarril, la voz alegre de Juan Cornifieri. Desde doce años, recorría el campo, cambiando pan y tortas por algunos puñados de cerda o algunos cueros de cordero, y alzaba, por si acaso, en su carrito, todos los esqueletos de animales que encontraba, en sus largas cruzadas por la Pampa, emparvándolos en el patio de su casa.

La llegada del tren, del montón mal oliente, clasificado en caracúes, astas y huesos comunes, y listo para ser mandado a la ciudad, ha hecho todo un capitalito.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros:

Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Jirones de pampa[editar]

Allá por los 1880, don Pedro Arce, recomendado a un Sr. Labat, tendero, que quería poblar ocho leguas de su propiedad, en el Sur, se había costeado hasta Buenos Aires, y había recibido de su nuevo patrón instrucciones para comprar dos mil ovejas y quinientas vacas, con que debía instalarse en el campo, cuidándolas al tercio del producto.

Para don Pedro Arce, hombre de mucha familia y de ningún capital, era inesperada ocasión, y después de haber ido a conocer el campo que le era destinado, cosa de unos quince días de galopes, compró la hacienda, conchabó peones y la arreó, llevándose en el carro los trastes y la familia.

Y los años habían pasado: ¡siete! sin que nunca se decidiera su patrón a emprender el viaje, para venir a ver sus intereses, a pesar de las muchas ganas que, de vez en cuando, escribía tener de hacerlo.

Pero ya una galera pasaba por allí, y esta vez, el anuncio fue formal: se venía, no más. Don Pedro Arce arregló el rancho como para recibir dignamente al dueño del campo, y compró en la pulpería un catre, dos sillas, media docena de platos de loza, tres vasos y varios otros artículos que, aunque siempre lo hubiera pasado perfectamente sin ellos, le parecieron de repente ser indispensables. Así cunde la civilización, creando necesidades.

Y don Juan Labat llegó. Poco sabía andar a caballo, habiendo sido siempre tendero, de profesión, pero don Pedro tenía mancarrones mansos, y todo anduvo pronto muy bien. La novedad, el aire vivificante de la Pampa, tan embriagador siempre, en su propiedad, para los pulmones del dueño; el cansancio producido por los galopes y las recorridas, el apetito formidable que se apodera, al aire libre, del pueblero de buena salud, todo le hacía encontrar al Sr. Labat, blanda la cama, rica la comida, suntuosa la casa; y gozaba, al tratar de contar, -cosa todavía imposible para él-, las ocho mil ovejas y las dos mil vacas que ya poblaban el campo, sin haberle dado más trabajo que el de pagar, al principio, algunos miles de pesos, vueltos a cobrar, desde entonces, unas cuantas veces, en lana, novillos y capones.

El único cálculo que entibiaba algo su placer era que la parte que tenía que entregar a don Pedro Arce por su tercio, fuera ya de 500 vacas y 2000 ovejas, justamente el capital primitivo; y esto, aunque fuera el trato, le hacía cosquillas, porque está bien, ¿no es cierto? que uno gane algo con su trabajo, pero ganar tanto, ya era por demás. Sobre todo que Arce había tenido su tercera parte de los otros productos. Bien reconocía que vivir en el desierto presenta sus peligros y sus sinsabores; pero esta gente está acostumbrada. A más, el capital de uno está muy arriesgado: supóngase que con él se haya mandado mudar el Pedro Arce, este; en siete años, no hubiera sido muy extraño: esos gauchos, a veces. Pero Pedro Arce no se había mandado mudar; había cuidado bien y dado buena cuenta... Con todo, 500 vacas y 2000 ovejas, amigo, es todo un capital.

Otra idea que, aunque atropellara, difícilmente entraba de lleno y con claridad, en la mente del Sr. Labat, a pesar de haber él recorrido ya bastantes leguas en su campo, era la de la extensión real que representaban las veinte mil hectáreas de que se encontraba dueño. ¡Veinte mil hectáreas! no se da así no más cuenta cabal de lo que son, quien, en su tierra, hubiera considerado como sueño irrealizable, la posesión de un tablar de repollos.

Sentado, a la tarde, en un banquito de madera, bajo el alero de paja del rancho, saboreando el mate campestre, contemplaba la puesta del sol en sus dominios, con algo, en los ojos, de la mirada conquistadora de Carlos Quinto, y celebraba, en su interior, la magnitud de su inteligencia, atribuyendo a un pensamiento profético todo el origen de su fortuna.

No se quería acordar, o sencillamente se había olvidado, del trabajo que, en 1870, le había costado a un amigo suyo, simple corredor que sólo quería ganar su comisión, el convencerle que 3200 pesos fuertes, pagaderos en cuatro cuotas anuales, no eran nada, en el estado próspero de los negocios de su tienda, y que ocho leguas de campo, algún día, representarían un gran valor.

Tentado, a veces, otras, asustado por el compromiso, al fin cansado de luchar, había aflojado los ochocientos pesos de la primera cuota, remitiendo sólo seis mil francos y una mentira a su comisionista en París, en vez de los diez mil que le había prometido. Y después, había luchado, economizado, con la idea no sólo de acabar de pagar el campo, sino también de poblarlo; a los tres años, lo había podido hacer, y esto lo había salvado de la tentación, fatal para muchos, y que no le faltó, en el curso de los años, de volver a vender la tierra, engañados por las apariencias de una soberbia realización.

No se acordaba que después de haber hecho el primer pago, cuando, atrasado en sus vencimientos, recibió de París cartas amargas, había tratado veinte veces, sin resultado, de deshacerse, perdiendo, de lo que él y los demás llamaban su clavo.

Fue entonces que, avergonzado de haberse caído en una trampa, imitó al zorro rabón, aconsejándoles a todos sus amigos de comprar también algún lote.

Pero los amigos se reían, se burlaban de él; le demostraban que era un robo del gobierno, que las leguas eran sólo de dos mil quinientas hectáreas, en vez de dos mil setecientas que tenían las leguas españolas; que nunca se acabaría con los indios, y al fin, que debían ser tierras inservibles.

Uno solo, uno, un peluquero que nunca había ido más allá de Morón, se dejó tentar y compré cuatro leguas; colocando así sus ahorros como quien toma un billete de lotería, cerrando los ojos y haciéndose retar en grande por su mujer.

Otro, más rico, quiso también hacer algo, pero en mayor escala, y, hombre prudente, comisionó a un hacendado conocido suyo, criollo viejo de la Pampa, conocedor como ninguno, de lo que era campo. Fue este, con dos peones y una gran tropilla de caballos, recorrió la comarca indicada y volvió completamente desengañado, decía, asegurando que, para él, todo ese territorio no valía nada, que ni en cien años, se iba a mejorar tanta puna; que las lagunas eran saladas, que había muchos médanos, que hasta las perdices eran flacas, en fin, que sólo un infeliz se podía meter en ese desierto.

Singular aberración, común, en aquel tiempo, a casi todos los hacendados que, en vez de ser los primeros en aprovechar la única y espléndida oportunidad, dejaron caer esas tierras en manos profanas de especuladores, que sin haberlas visto jamás, sacaron de ellas, sin trabajo, fortunas enormes, inmerecidas. Por supuesto, se retiró el candidato prudente, ante semejantes informes, y compró cédulas, burlándose más que nunca de su amigo Juan Labat.

Apenas cinco años más tarde, vio llegar este hasta su campo, un ramal de ferrocarril que centuplicó su valor; y calculando que ya el jirón de pampa, ayer inculto y desierto, estaba en vísperas de hacerse un verdadero condado, se apresuró, con razón, en rescindir su contrato con Pedro Arce.


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Tíos[editar]

Don Anastasio Soleyro, buen criollo viejo y solterón rico, andaba recorriendo al trotecito su campo, revisando sus haciendas, y al pasar cerquita de una manada que ahí pacía, se paró para llenarse el ojo, contemplándola.

La manada desparramada a lo largo del cañadón, saboreaba el gusto de vivir en libertad, con temperatura suave, entre gramilla semillada y pastito verde, realización del ideal gastronómico para el yeguarizo pampeano.

Las yeguas comían y descansaban, y una que otra, tendida en el suelo, con las cuatro patas estiradas y tiesas, parecía más bien muerta que dormida, mientras que los potrillos corrían, retozando, y venían, bandada loca, a rodear a los potros y caballos de servicio, entreverados con las madres.

-«Estos son como yo, pensaba don Anastasio; puros tíos.»

Conversarán, no hay duda, con los caballos y con los potros, estos potrillos. ¿Qué les dirán? Lo que a sus tíos, dicen las criaturas: «Cuéntame, tío, lo que sabes de la vida.» Y si el tío les dijera todo lo que le ha pasado, las penas que ha sufrido y los pocos goces que ha tenido; quizás se asustarían, al pensar que lo mismo les puede suceder. Pero los tíos son buenos; no dicen sino lo que deben decir, y piensan también que si dijeran todo, los potrillos podrían burlarse de ellos. Son afectuosos con ellos, los lamen, cuando se les acercan, y les tienen un gran cariño.

El padrillo de la manada, él, poco simpatiza con esos parientes intrusos. Aunque -egoísta- aprecie, en cierto modo, la protección que los caballos dispensan a sus hijos, aliviándolo así de parte de su responsabilidad, y que tolere el amor verdaderamente paternal con que los envuelven, le causa celos la sola presunción de que su prole pueda tener para estos tíos un verdadero sentimiento de afección, y su mal humor, algunas veces, llega al extremo de correrlos y de echarlos a patadas, de la manada.

Resignados, se contentan ellos con mirar de lejos a los queridos animalitos, hasta que vengan los peones de la estancia a arrear la manada para el corral.

Allí, las madres y sus crías quedan libres de todo trabajo; el padrillo, orgulloso, las rodea, las vigila, las protege; mientras que el lazo, las riendas, el recado... y el rebenque hacen de los... tíos, los esclavos del hombre.

Seguía cavilando don Anastasio.

¡Pobres! ¡Cuánto sentirán no tener familia propia, hijos de su propia sangre! Para ellos, tirarían agua, traerían pasto, arrastrarían el arado, ni más ni menos que lo hacen al fin, para esos hijos ajenos a quienes quieren, porque el instinto paterno se tiene que desarrollar, tarde o temprano, y aun guacho, en toda criatura de Dios, y que, -bien se dan cuenta de ello-, aprovechan su trabajo, gozan de su cariño, y se ríen entre sí de sus penas.

Un poco más lejos, vio don Anastasio a sus peones que cortaban de una punta de vacas, unos bueyes viejos, de trabajo, dejando sin molestarlos los terneros, las vacas y un toro que ahí estaba, haciendo volar con fiereza la tierra por el aire.

-«Otros tíos, pensó... ¿Y yo? Más tío que todos ellos, con esa caterva de sobrinos que me miran trabajar sin ayudarme para nada, cuyo cariño son zalamerías, y que hacen cálculos sobre mi fortuna y sobre los días que me pueden quedar de vida.

-«Toma, viejo zonzo; no quisiste cargar con familia, y la tienes doble, sin gozar de ella.»

Y siguiendo su camino, iba don Anastasio, casi resuelto ya, él, viscachón viejo, a casarse con una viudita sabrosa, mucho más joven que él, que le gustaba, y que le parecía lo más bien dispuesta para con él.

Echó una ojeada, al pasar, sobre la majada extendida en el campo, y su vista cayó en un animal, muy aspudo, que había sido carnero, en otros tiempos, y se había vuelto... tío.

-«¡Hum! pensó: puede ser que algunos somos que hemos nacido sólo para tíos.»

Se acordó también, al rato, de que la viudita tenía hijos del primer marido, y si, cuando llegó a su estancia, se hubiera encontrado con algún sobrino en acecho para pecharle cien pesos, hubiera sido capaz de darle doscientos.


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Mestización[editar]

Cuando nos acercamos al palenque, nos salieron a recibir media docena de perros, ladrando con todas sus ganas, y nos pudimos dar cuenta, una vez más, que todo, en la Pampa, se va mestizando muy ligero, pero que la especie perruna, si se ha mestizado, ha sido hasta ahora, burlándose de la ley racional del perfeccionamiento continuo.

Los que nos atropellaban, parecían haber querido formar, entre todos, como un muestrario de las veinte razas que se podrían haber cruzado, en cien leguas en contorno; pues en ellos había de todo: hocico de zorro, miradas de lobo, dientes de mastín, cabezas de galgo, orejas de pointer, piernas torcidas de rastrero, boca enorme de danés, tamaños de faldero y de terranova, pelo de ovejero, colas peladas y otras peludas.

Y mientras cambiábamos sobre el punto, nuestras reflexiones, salió del rancho la mujer del puestero, con unas siete u ocho criaturas, entre negras y blancuzcas, que se pegaron contra la pared, mirándonos con toda la atención de sus tamaños ojos negros. La mujer era mulata, con la mota característica, y de cara bastante negra para que se pudiera afirmar, sin ser todo un antropólogo, que ese color acentuado no podía proceder únicamente de la acción del sol.

Al rato, llegó con la majada y la empezó a encerrar, para el aparte que debíamos hacer, el marido de la morocha aquella. Y, como llevaba boina y alpargatas, pensamos que era vasco, pero nos dijeron que era napolitano.

¡Cosa particular! ¡como les gusta a los tanos blanquear a los hijos de las negras! Esa sí es mestización.

Y no sólo a la sangre la mestizan, sino también al traje, al idioma, a todo. Cuando se nos presentó este italiano, vestido de vasco y casado con negra, y nos empezó a hablar, vimos que era muy gaucho, el hombre, de cuchillo en la cintura y bastante compadrón, pero con una jerga criollo-bachicha que era otra mestiza.

Todo, en este bendito país, se tiene que mestizar a la fuerza: las ovejas en las cabañas y las vacas en los rodeos, y la gente en todas partes, y si es cierto que el mejor toro es el que, de más lejos viene, seguro que, con el tiempo, no habrá morena por renegrida que sea, que no tenga nietos rubios.

Hasta los campos se mestizan, y cierto es que con el traqueo de haciendas traídas de campos refinados, las semillas que en su lana o en sus colas traen pegadas, brotan entre los pastos duros, y poco a poco, mejoran la planicie.

Las calidades y los defectos, en la gente, también se casan y, como buenos casados, pronto pelean entre sí, pero echan unas crías de calidades y defectos inesperados. Las costumbres se cruzan; y justamente, ese día, después de concluido nuestro trabajo, aceptamos unos mates cimarrones que nos cebó el puestero napolitano, en cuclillas cerca del fogón, a la gaucha, mientras su señora prefería tomar una taza de té, como una lady inglesa.

Y en este incesante intercambio de elementos tan variados; en este entrevero de costumbres, de trajes, de idiomas, de vicios y de calidades, todo y todos cambian algo de su personalidad, moral y física, por algo del medio ambiente, hasta formar a veces ciertas mezclas disparatadas y un conjunto algo desconcertado, cuya dominante todavía no se puede percibir con claridad.

Por ejemplo, esta bandada de muchachos que, cuando volvimos, estaba en el andén de la estación, esperando el tren; con mirarlos un momento, se conoce que los irlandeses han de haber poblado fuerte la comarca, pero no solos; y es una mezcla realmente sabrosa, la de estos ojos azules con estas cabelleras negras, de estas pecas, en caras que hubieran querido ser trigueñas, con estas narices arremangadas encima de bocas anchas, de las cuales salen, sin el mínimo acento inglés, a pesar de los dientes largos, el idioma criollo, en toda su flor.


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Animales extraviados[editar]

Eran ya las seis de la mañana, y el ternero de la única lechera que, todos los días, ordeñaba doña Tomasa, para las necesidades de la familia, balaba todavía lastimosamente en el palenque, con el hocico metido en la trompeta, el ojo triste y la panza chupada. Doña Tomasa, lista desde un gran rato para ordeñar, con su balde, su jarro y su banquito en las manos, miraba el campo y repetía, impaciente.

-«Pero ¿qué estará haciendo este muchacho, que no trae la vaca? Salió hace una hora y no vuelve. ¿o se habrá ido esa gran pícara, quién sabe a dónde?»

Momento después, apareció Luisito, muchacho de ocho a diez años, uno de los hijos de doña Tomasa, y a la pregunta de ésta, contestó que, en ninguna parte, había podido encontrar la Juanita, ni con las otras vacas, que recién bajaban de la loma, ni en el cañadón donde se solía cortar sola; y la madre se iba poniendo inquieta de veras, cuando su esposo, D. Anacleto, que estaba tomando mate y churrasqueando en la cocina, se acercó y le gritó al muchacho:

-«¡Ah! ¡qué no miraste en el maíz!» Y sin contestar nada, Luisito se fue al galope, costeando el alambrado mal estirado del pequeño retazo de tierra que don Anacleto, cada año, sembraba, con actitudes de sublime esfuerzo, y como para enseñar a sus vecinos con que empeño fomentaba en su casa el progreso de la agricultura.

Al cabo de un rato se oyeron los gritos de Luisito: «¡Fuera vaca!» y la Juanita, buscando el portillo de que era vaqueana, pasó como pudo entre los alambres flojos, y sin soltar una chala que todavía venía mascando con el mayor descaro, llegó al trote hasta el palenque, sacudiendo su panza repleta hasta más no poder.

-«Ya empieza esa mañera del demonio, rezongó don Anacleto, como todos los años, cuando el maíz está por florecer; no me va a dejar una espiga para el parejero.

-Dejála a la pobre, dijo doña Tomasa, a quien el mismo susto de haber creído perdida su vaca favorita y la satisfacción de volverla a ver incitaban a la indulgencia; déjala, es tan buena, la pobre. ¿Y también, por qué no estiras esos alambres?»

En campo abierto, se puede decir que vive el criador entre inquietudes siempre renacientes. Si la Pampa, en su conjunto, es llana, también tiene sus recovecos; hay en ella lomas, ondulaciones, médanos, cañadones, y en campo algo quebrado o poblado de pajonales y de juncos, es harto fácil perder de vista un grupo de animales, creerlo extraviado y campearlo desesperadamente, cuando con toda tranquilidad lo está esperando en casa. También hay chambones que campean sin tino, sin reflexión, y buscan sin ton ni son, donde de ningún modo pueden estar los animales que faltan. Otros son haraganes, para quienes la campeada no pasa de un pretexto para visitas y conversaciones en todos los puestos de la vecindad, y no faltan tampoco peones pícaros que de cuando en cuando, fingen haber perdido la tropilla, para andar con licencia a campear hacienda de otra laya, cuando no de marca ajena.

La inquietud crece en razón del estado y de las condiciones del animal extraviado. Un animal flaco, enfermo, puede haberse ido a morir detrás de alguna mata de paja; no puede haber tentado la codicia de nadie, y sólo para el cuero, hay que andarlo buscando; pero tratándose de algún novillo gordo o de alguna vaquillona madura para el asador, la desaparición súbita es de mal augurio, y con razón, le hace fruncir las cejas al amo. ¡A campear! y ligero, pero con pocas esperanzas y con muchas probabilidades de encontrar sólo la panza, la cabeza y las tripas en algún pajal. Para semejante campeada, los chimangos son impecables vaqueanos.

Si del rodeo o de la majada, echa de menos algún animal conocido, el ojo certero del capataz, difícil es que sólo falte aquel, y se puede dar por seguro que toda una punta del rebaño ha de haber quedado en el campo, extraviada, mixturada, o algo peor, y si no se encuentra en el campo, después de prolija recorrida, hay que ir pidiendo aparte a los vecinos y hacerles parar rodeo.

A veces, se encontrarán los animales extraviados; y no digamos que nunca se encontrarán todos, pues sería calumniar al hacendado que todavía ni ha tenido tiempo siquiera de darse cuenta de la presencia de animales ajenos entre los suyos. Casi siempre, se hallarán muchos de estos, o por lo menos algunos, y también varios de cuya ausencia ni se sospechaba.

Es que no son pocas las causas por las cuales los animales desaparecen, en campo abierto: caprichos primaverales, de que son presa aun los que menos se deberían acordar de paraísos perdidos; inoportunos recuerdos de alguna antigua querencia; arreadas mandadas hacer por el impertinente mosquito; ganas de caminar al viento, cuando hace calor, o de huir ante él, cuando sopla muy frío; también se desparraman o se van los animales, en tiempo de seca o de epidemia, a buscar agua o campo mejor, o huyendo de la muerte, como si no los pudiera ella seguir. Todo esto, sin contar los robos, de que nadie está libre.

¡Oh! no le faltan al hacendado ocasiones de pensar en bueyes perdidos.

Y justamente, era la complicada operación mental a la cual se estaba entregando don Bernardo Zurutúa, sentado en una cabeza de potro, cerca del fogón, con un mate vacío en una mano y un cigarrillo apagado en la otra, la boina en la nuca y mirando con ojos fijos las llamitas que, de vez en cuando, bailaban en las brasas y teñían, en la noche, de rojo subido, su cara colorada de vasco viejo, recocido, durante cincuenta años, por el sol de la Pampa. Pensaba, sí, y de veras, en bueyes perdidos, con la tropa parada hacía tres días, a espera de los campeadores.

Es que a los bueyes, con su aire bonachón y sumiso, con su facha de gente formal y seria, incapaz de hacer una mala jugada a nadie, de repente les da la loca para mandarse mudar y volverse solos a la querencia, dejando plantadas las carretas, que ya se cansaron de arrastrar. Se figurará uno que debe ser cosa fácil encontrarlos, lerdos como son; sí, si fuesen lerdos de veras, pero no es el caso, cuando así se van, y tienen su trotecito que no deja de tragarse las leguas.

También deben saber ellos, que no sería, con todo, muy penoso alcanzarlos, pues nunca se van derecho a su destino: agarran por cualquier lado, dan una vuelta grande, y recién un poco antes de llegar a la querencia, enderezan a ella.

Y así se burlan de los que se van pelando... la montura, campeándolos, sin más rumbo que el miedo de perderlos, sabiendo que son comestibles.

Y por esto mismo, don Bernardo Zurutúa, con la tropa parada hacía tres días, pensaba, melancólico, en bueyes perdidos.


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Noches obscuras[editar]

Santiago Ponce era un chino enorme, tan ancho de espaldas como alto de estatura, de frente estrecha, de cara tan peluda que casi sólo, en ella, se veían los labios rojos y los ojos pequeños, llenos, no de maldad, pues eran medio sonrientes, pero sí de estricta desconfianza y en constante movimiento, como acechando sin cesar de donde iba a venir el peligro. Había caído, no se sabe de qué provincia, San Luis, Córdoba o Santiago, concluyendo por fijar su vida errante en la orilla de un cañadón, de propiedad fiscal, edificando allí un ranchito, donde vivía con la familia: mujer, hijos e hijas: una punta. Tenía algunas yeguas, una majadita nacida toda de guachos recogidos en el campo y mantenidos con la leche de cuatro o cinco vacas, habidas no se sabe cómo. Para costear los vicios, la mujer y las hijas lavaban y planchaban la ropa de algún vecino y los hijos domaban algunos potros en las estancias. La esquila y la cosecha de alguna plantación de maíz, proporcionaban también recursos pasajeros, y don Santiago no desdeñaba de trensar algún par de riendas, ocupación tan apropiada a su cuerpo de gigante, como al de un buey, el arrastrar un carretilla.

De cuando en cuando, se mataba, una yegua, para tener carne; y como no faltaba algún cerdo medio silvestre que saliera del cañadón, para aprovecharse de los residuos de la carneada, también habían podido formar un pequeño rebaño medio domesticado, de estos animales. Y todo esto era la tapia, detrás de la cual brotaban otros recursos ignotos, aunque sospechados, que ayudaban a resolver el problema de la vida.

Cuando, en tiempo de luna menguante, se ponía nublado el cielo, no dejando ver ni los dedos de la mano, casi siempre brillaba, en la casa de Ponce, la lucecita de un farol, colgado del mojinete; y todos la conocían, la estrella pícara, faro sin vergüenza de las expediciones nocturnas a los corrales del vecindario.

«Han salido los Ponce,» decían los vecinos, al divisarla, pestañeando, fuliginosa, taladrando a duras penas las tinieblas espesas del bajo, y para cada uno de ellos, era como un aviso de cuidarse bien.

Pero son muchos los corrales a los cuales les puede tocar la suerte; y cada uno acaba por creer que para otro será, con tanta mayor facilidad cuanto mayor sueño tiene, y todos se van a dormir, confiados en que los perros, en caso de peligro, sabrán cumplir con su deber.

La obscuridad es tan opaca que parece que ni las viscachas se podrán atrever a alejarse de la cueva, y que, hasta que aclare, no habrá bicho viviente que se pueda mover. Así mismo, suena a lo lejos, el grito del tero-tero; chirría, enojada, la lechuza gritona, y hasta se oye el bullicioso y pesado remonte del chajá, en una sonora llamada. Algún fantasma que pasa, sin duda, entre un revoloteo de ánimas. Pronto cesan los ruidos en el cañadón; pero empiezan, en la loma, a ladrar los perros de los ranchos. Cosa de un momento; todo calla, todo vuelve a caer presa del sueño.

La lucecita, siempre pestañea en el mojinete lejano de la choza, esperando, inquieta, la vuelta silenciosa, rastrera, de los que han salido.

En el corral de la majada, se ha oído de repente un gran ruido sordo de disparada, como si las ovejas, levantándose todas de golpe, hubieran sido espantadas por la súbita aparición de algún perro fenomenal o barridas por un soplo misterioso.

¡Cosa rara! los perros han quedado callados; pero la dumba del capón madrino ha hecho oír su tañido de tacho cascado. El patrón se ha dado vuelta en la cama; ha prestado el oído, y al sentir disparar, otra vez, las ovejas, salta al suelo, se viste de prisa, llama al capataz, despacio le dice: «se ha movido la majada,» y salen ambos, revólver en mano.

Caminan agachados, a tientas, sondeando inútilmente, con los ojos desencajados, la obscuridad impenetrable; el silencio es completo, no se mueve una paja; escuchan, sin resuello, y esperan, cerca ya de una mata de sauco que sirve de reparo al corral.

-«¿Dónde estarán los perros?

-Durmiendo.»

De repente vuelve a correr la majada, y sin más ni más, al tanteo, suena un tiro, iluminando con su relámpago de medio segundo, las tinieblas; retumbando formidablemente en la llanura extensa; dura un rato largo, el siniestro silbido de la bala, que corre, ciega, en el aire, mientras que mil ruidos parecen haber nacido del trueno del tiro. La majada dispara en el corral por todos lados, la dumba tañe apurada; los perros han acudido y ladran desesperadamente hacia el corral, excitados por el: «chúmale» del amo; los tero-teros se deshacen en gritos, y un rato después que un perro ha echado un quejido lastimero, herido seguramente por la cuchilla muda, crujen las ramas del sauco; y el patrón, y el capataz, ahora, tiran derecho a matar, si pueden, mientras las ramas siguen crujiendo, y retumban los tiros, siniestros en la noche, con un rápido relampagueo; y el silbido largo, rabioso, de las balas, que corren, ciegas, en el aire, apuradas, una tras de otra, allá lejos, se va perdiendo.

La estrella fuliginosa del mojinete de Ponce pestañea, se agita, inquieta, en el bajo, esperando la vuelta de los que han salido.

Volvieron, no más; no ha habido muertos ni heridos; era tan obscura la noche; pero aunque brille la lucecita del cañadón, la majada aquella, durante mucho tiempo, dormirá tranquila.

-«¿Y esa plaga? ¿Por qué no la quitan de ahí?

-«¡Eh! ¡amigo, son muchos los Ponce, y muy dóciles para votar!»


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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Paz y justicia[editar]

Se iban acabando las últimas ovejas de la última chiquerada; el agarrador recogía las maneas, las tijeras corrían a todo vuelo, agarradas a dos puños, y cortaban, cortaban, apuradas y cansadas, la lana, y a veces el cutis, para concluir de una vez. Ladislao se enderezó, manteniendo con el pie la oveja desmancada, a la cual sólo le quedaba por pelar la barriga y las patas, y le dijo al mayordomo:

-«Patrón, no voy a poder venir el lunes.

-¿Por?

-Porque tengo que ir al pueblo, a las elecciones.

-¿A las elecciones? ¿Y qué elecciones son? preguntó el mayordomo, asombrado de que Ladislao pudiese tener tanto empeño en cumplir con sus deberes cívicos.

-No sé, patrón, pero he prometido ir.

-Pero, ¿serán municipales, provinciales, nacionales?

-¿Qué sé yo, señor? pero le prometí a don Narciso ir a votar, porque así me lo pidió, cuando lo compuso a Manuel, mi hermano, por esa pelea que tuvo, el mes pasado, y en la cual cortó medio feo a Juan Sota.

-¡Al diablo con las elecciones! en fin, si es así, vaya no más.»

Y Ladislao se fue, haciendo, en la noche del sábado, diez y ocho leguas, y diez y ocho, el lunes, para volver a su casa, todo para cumplir con ese singular compromiso de dar su voto a un desconocido, para una función desconocida, en cambio de la absolución de un culpable.

Pero don Narciso lo recibió muy bien, y cuando se presentó en la plaza, para que le indicasen el batido con el cual se debía juntar, fue presentado al juez de paz, con los demás votantes; y este magistrado les dirigió la palabra, dándoles las gracias en nombre del gobierno, y hablándoles de la Constitución, de la patria, de los deberes del ciudadano y de varias otras cosas por el estilo, que por retumbantes que fueran, no les llamaron mayormente la atención; agregando que después de la elección, habría carne con cuero; esto sí, lo entendieron bien, vivando ruidosamente al orador.

Y el juez de paz los dejó y volvió al juzgado, donde lo esperaba, según le avisaron, un hombre, para un asunto urgente.

El juzgado era la sala de una casa esquina: un asta-bandera en la azotea, un escudo encima de la puerta principal; un vigilante, de guardia, muy ocupado en repartir sonrisas y piropos a las chinas que pasaban en la vereda, eran los signos exteriores que diferenciaban de las demás casas del pueblo, ese templo de la justicia.

En el interior, un plano del pueblito, otro del partido, varios proyectos de iglesia y de escuela, estas aspiraciones natas de toda población naciente, irrealizables siempre, por falta de fondos, adornaban las paredes de la sala, con avisos para el pago de la contribución y de las patentes; en la mesa, un escribiente extendía una guía, ese documento de dos filos que, bajo pretexto de proteger los intereses legítimos del criador, se ha vuelto instrumento de su despojo, al buscar en él las municipalidades despilfarradoras, una elástica fuente de recursos, y cuya fácil falsificación permite a los empleados infieles aliarse con audaces cuatreros, para saquear, por otro lado, la propiedad del hacendado.

El juez pasó con el individuo que lo estaba esperando, a otro cuarto que le servía de oficina particular.

-«Señor, le dijo este, venía a ver si usted podía arreglar el asunto que tengo con don Justo.

-¿Qué asunto?

-Unas ovejas que, no sé cómo, señor, han encontrado, contraseñaladas, en mi majada. Dicen que soy yo, y me han metido pleito.

-¡Ah! sí; me acuerdo. Pero es de suma gravedad, esto, amigo, y no se va a poder arreglar. ¿Quién sabe si no le cuesta todo lo que tiene, y si se libra de una temporada en la cárcel? Mire que, hoy, se han puesto muy severos para el abigeato.

-Pero señor, si no he sido yo; ha de haber sido alguno que me quiso embromar.

-¿Qué quiere? amigo; todas las pruebas están en su contra; no puedo yo hacer nada.

-Pero, señor juez...

-También le diré una cosa: en las últimas elecciones, usted cometió la barbaridad de votar en contra de nuestro partido, y se me enojaría don Narciso, si me empeñase en su favor.

-Señor, lo he visto a don Narciso, y me dijo él que arreglase con usted.

-¿Le dijo? ¡Ah! entonces, cambia de especie; pero, con todo, me parece difícil, porque, al fin, la justicia es la justicia.

-Pagaría, señor. Aquí traía mil doscientos pesos, todo lo que pude juntar, pidiendo prestado y empeñándome, por tal que todo quede arreglado.

-Bueno; quizás... es muy difícil; don Justo es hombre bueno, pero muy testarudo, cuando se trata de robos de hacienda. En fin, deme la plata y haré lo posible; por tal que, por otra parte, se comprometa a acompañarnos cuando haya alguna otra elección.»

El paisano lo prometió todo, sacó del tirador el rollo, y al remitírselo al juez, pidió tímidamente un recibito.

-«Se lo daré cuando hayamos arreglado con don Justo»; y agregó: «No vaya a decir a nadie cuánto le cuesta, pues todos dirían que es demasiado poco y me armarían un bochinche.»

Poco tiempo después, el juez mandó llamar a don Justo, y le hizo comprender que no valía la pena seguir pleito a semejante infeliz; que tampoco, quizás, era él el culpable; que podía ser, lo de las ovejas contraseñaladas encontradas en su majada, alguna venganza de peón despedido o quien sabe qué.

«Y a más, ¿qué es lo que ya a sacar de él? le dijo. El hombre es pobre. ¿Quién sabe si a usted, por fin, no le viene a costar muchos dolores de cabeza y dinero, encima?»

Sin mayor trabajo, dejó convencido a don Justo que doscientos pesos era todo lo que razonablemente se podía sacar del individuo en cuestión, y que con esto, cobraría, bien pagas, las ovejas que le pudieran faltar.

Algo es algo, y don Justo se llevó la promesa de los doscientos pesos, considerando que no había del todo perdido el día.


El puesto de juez de paz es honorífico; y ¿cómo no se va a entender, entonces, que tengan que encontrarse algunas compensaciones a los sinsabores inherentes al ejercicio del poder? Esto de tener que distribuir a cada uno lo poco que en este mundo, le deba tocar de paz y de justicia, no deja de ser algo fastidioso, y si no hubiera, de cuando en cuando, algún arreglo provechoso, o alguna recogida de animales de marcas desconocidas, o concesiones de tierras municipales, cuyos mejores lotes es fácil reservar, o cualquiera otra cosita, ¿a dónde iríamos a parar los jueces de paz?


Tipos y paisajes criollos - Serie III
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El fundador[editar]

De esta loma, se hará la cuna de la estancia futura: edificaremos en ella nuestro rancho, no al pie, porque se debe dominar el campo donde pacerán las haciendas; ni tampoco en la cima, demasiado barrida por el viento, pero en la falda que suavemente se desliza hasta la cañada fértil.

Las carretas, cargadas hasta el tope, han llegado y ya se anima el desierto, nace a la vida; se llena de los mil rumores del trabajo.

Los peones han cavado el pozo; con ansiedad se prueba el agua todavía turbia, que mana con fuerza de las venas de la tierra, abiertas por el pico.

Huele a tosca, está llena de arena, su sabor es algo salobre, pero, ¡qué rica parece!, y ya se plantan los pequeños árboles que esperaban oprimidos en las barricas en que han venido.

Los pájaros del pago no han tardado en acudir a presentar sus cumplimientos y a dar su opinión sobre lo que ahí se hace; han probado también el agua del pozo, y seguramente la encontraron a su gusto, pues una cabecita negra se meció, cantando, en la punta arqueada por el peso de su cuerpo, de una casuarina de medio metro de alto.

La paja de embarrar está cortada, el pisadero, punteado con la pala, las maderas, preparadas y clasificadas: todo está listo; y pronto sucede que se han parado los principales: cinco tirantes bien clavados, en hoyos hondos y pisados con esmero; encima de los cuales se pudo colocar, antes que anocheciera, la cumbrera. Y ese monumental embrión de la modesta morada, parece tener la ambición de encuadrar, entre sus cuatro marcos anchos y toscos, la maravillosa cortina de luz anaranjada del sol poniente.

A la tarde del otro día, cambió de forma, y con las costaneras paestas en su sitio, y las tijeras descansando ya en ellas, surge en el campo llano, como enorme esqueleto de algún monstruo antidiluviano.

Un vecino ha venido a curiosear, y disgustado quizás, por no poder tener toda la Pampa para sí solo, chanceando, y de modo que todos lo oigan:

-«Más alto es el rancho, más pronto vuela el techo,» dice.

Y miren lo que son las cosas: ese mismo pobre que, él, era bajo y retacón, fue volteado por la muerte, pocos días después; mientras el rancho, a los años, está todavía en pie.

En pocos días, ese rinconcito de la llanura desierta ha cambiado de aspecto. Ese terreno está todo pisoteado; las pajas quebrajeadas y el trébol, marchito desaparecen bajo las pisadas de los obreros; en las tablas y en los tirantes, suenan los martillazos, cruje el serrucho; y se oyen los gritos y los rebencazos con que, parado en el borde del pisadero, un peón, los brazos y las piernas embadurnados de barro, la cara toda salpicada, excita a los pobres mancarrones que, en castigo de ser viejos, y, como tales, más amoldados a las peores circunstancias de la vida, andan obligados a dar vueltas en el barro pegajoso, arrancando con trabajo, a cada paso, las patas que salen haciendo ¡fluc! como chupadas por la liga viscosa.

Van subiendo las paredes; el armazón desaparece bajo los pesados chorizos de paja embarrada, y pronto se volvió casa. Pues casa es, y no un rancho cualquiera: cuatro piezas, cuatro puertas y cuatro ventanas, con un corredor todo en contorno, y en la punta, una cola de pato, donde se podrá dormir, en verano, siestas inefables; paredes espesas, bien revocadas y blanqueadas, adornadas por un albañil artista, de piedras imitadas con primor, y pintada, -arrogante-, en lo alto del mojinete, la marca del establecimiento en formación. ¿Le parece poco lujo? pues, algo más le diré: cada pieza tiene su piso de tabla, ¡las cuatro!... y, por fin, ¿qué importa? ¿No cabe lo mismo la felicidad en la choza como en el palacio?... ¿Y también el dolor?


Ahora, la estancia ha crecido; la marca del mojinete requiere otro marco más lujoso, alguna casa elegante y bien construida, pues ella se luce en la cadera de millares de vacunos. Pero, después de tanto tiempo, le crié tal cariño a mi rancho viejo, que no me puedo decidir a voltear sus grietadas paredes, de las cuales se va borrando la pintura y cayendo el revoque, ni a devolver su polvo al polvo de donde ha salido, ni a hacer leña su esqueleto descuajaringado, dejando desvanecerse, en el humo de cada astilla, uno de los mil recuerdos alegres o tristes, de tantos años de vida, pasados bajo su techo de paja. Hasta los mismos árboles que lo rodean; que al crecer, lo han ido protegiendo contra los excesos del viento brutal, y que hoy alegran y poetizan su melancólica vejez, piden perdón por él... Hagamos más bien la casa nueva en la otra orilla del monte.



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