Una misa de aguinaldo

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(Al general Lucio V. Mansilla, en Buenos Aires)


«¡Mañanitas de abril y mayo! ¡Cuán deliciosas sois!», es la exclamación favorita de la juventud de hogaño.

En los tiempos de mi mocedad, la mañana predilecta era la del aguinaldo de diciembre. Y con razón; porque, aparte de que en ese mes la temperatura de Lima es casi idéntica a la de abril y mayo, ni exceso de calor ni exceso de frío, las matinales misas de aguinaldo traían al espíritu un algo, y hasta un mucho de poético.

A las siete de la mañana, cada parroquia era lugar de cita de cuanto Dios crió de bueno y sabroso, en punto a bello sexo limeño.

De mí sé decir que, en mi parroquia, era de los mozos más puntuales a la misa de aguinaldo, atraído por el imán de unos ojos negros, azules, verdes o pardos, que en materia de ojos, siempre fui generalizador y nunca atiné a diferenciar de colores. Todos los ojos me gustaban en cara de buena moza, y ¡qué demonche!, todavía me gustan, que músico viejo nunca pierde el compás.

La misa de aguinaldo, en buen romance, no es del todo cantada ni del todo rezada. Las monjas la llaman misa con discante, que es para ellas como decir misa adefesiera.

Una orquesta criolla, con cantores y cantoras de la hebra, hacía oír todos los aires populares en boga, como hoy lo están el trío de los Ratas o la canción de la Menegilda en la Gran Vía.

Lo religioso o sagrado no excluía a lo mundanal o profano.

En las misas de aguinaldo de mi tiempo, la jarana era completa. Había hasta baile. Un grupo de pallas bailaba el maicillo, cantando al Niño Dios versos como estos:


Arre, borriquito,
vamos a Belén,
que ha nacido un niño
para nuestro bien.
Arre, borriquito,
vamos a Belén,
que mañana es fiesta
y el lunes también.


Al final de la misa tocaba la orquesta el himno patrio o la marcha bélica de Uchumayo, o un vals, o rompía con una estrepitosa zamacueca u otro bailecito de la laya.

¡Esas misas de aguinaldo sí que eran cosa rica, y no sosas como las de ahora! Ya no hay pitos, canarios, flautines, zampoñas, matracas, bandurrias, zambombas, canticio ni bailoteo, ni los muchachos rebuznan, ni cantan como gallo, ni mugen como buey, ni ladran como perro, ni nada, ni nada. Las misas de aguinaldo de ahora son un desengaño, no son ni sombra de lo que fueron. Por eso, y para no entristecerme con recuerdos añejos, nunca voy a ellas.


De tiempos que ya están lejos
aún me cautiva el dibujo...
¡Ay, hijas! Cosas de lujo
hemos visto acá los viejos.


El ínter o auxiliar del cura de mi parroquia era (¡Dios le tenga en gloria!) todo lo que se entiende por un misacantano o clérigo de misa y olla, gran parrandista, y que no podía escuchar aires de zamacueca sin que el cuerpo le pidiese jarana y se lo evaporara el seso.

A la moda estaba por entonces, entre la gente alegre de mi tierra, una zamacueca llamada el se vende, nombre motivado por el estribillo de la letra cantable. La primera vez que junto con el ite misa est hizo la orquesta oír el se vende, necesitó el clérigo de Dios y ayuda para dominarse y vencerla tentación.

Ya en la sacristía, hizo llamar al director de orquesta y le dijo:

-Mira, compadre Sietecueros, te prohíbo formalmente que vuelvas a tocar el se vende. Es música muy pecaminosa. Conque... no me comprometas.

Prometió el musiquín respetar la consigna; pero el público dio en echar de menos el airecito popular, excitando a los de la orquesta a insurreccionarse.

Era la última misa de aguinaldo de aquel año, cuando al volverse el oficiante hacia el concurso para darle la bendición de despedida, comenzó la orquesta a tocarlo prohibido.

Los nervios se le sublevaron al ínter, quien murmuró entre dientes:


Ya le he dicho a ese canalla
que no me toque el se vende,
y por más que se lo he dicho
se hace el sordo y no me atiende...
¡Pues se vende! ¡Pues se vende!


Y con gran sorpresa de la parroquia, escobilló delante del altar un cachete redondo, repitiendo:

-¡Pues se vende! ¡Pues se vende! y... y...


¡Tilingo! ¡Tilingo!
mañana es domingo
de pipiripingo.