Ángel Guerra: 074

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Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo IV – Plus ultra

de Benito Pérez Galdós



VII[editar]

Sin poder conciliar el sueño, pasó toda la noche oyendo cantos de gallo, rumores quejumbrosos del viento en las tejas y en las ateridas ramas secas de las higueras del corral, sones con los cuales se confundía el clamor austero de su conciencia comentando el terrible homicidio y sus resultas. La máscara griega con los pelos erizados le volvió a visitar, poniéndosele junto a las almohadas, y para que la noche fuera más lúgubre, Jusepa había dejado abierta una ventanilla del desván, y con el viento se abría y se cerraba, produciendo al roce de los mohosos goznes un lastimero quejido, semejante al lloro de una criatura, y después un portazo seco, como si alguien llamara con aldaba por el techo descolgándose de las nubes.

Por la mañana su intranquilidad aumentó. Cada vez que sonaban pasos creía ver entrar a alguno con la noticia del hallazgo del cadáver. Imposible que Arístides estuviese vivo, pues aun suponiendo que no muriera de los golpes, como quedó exánime en aquel páramo, perecería helado seguramente, pues la temperatura había descendido hasta dos o tres grados bajo cero. Para salir de tal incertidumbre ocurriósele enviar a D. Pito a enterarse de lo que ocurría; pero surgió una dificultad grave, que puso la contera a la desesperación y aburrimiento del dueño del cigarral. Estaba de Dios que el día fuera trágico. Nunca viene sola una desgracia, y parece que el Hado las envía en cuadrilla para que no se pierdan por el camino. Fácilmente se comprenderá el asombro y consternación de Guerra, cuando al salir en busca de su protegido para encomendarle el mensaje, se le encontró descalabrado, con un pañuelo por la cara, hecho un energúmeno, casándose con todo lo divino y lo humano.

Lo ocurrido fue como sigue: Grandes confianzas se tomaba D. Pito con el rústico Tatabuquenque, y de las confianzas por una parte y otra nacía el continuo porfiar sobre cualquier cuestión. A poco de correr juntos por el monte en bucólica libertad, el marino empezó a ver en su compañero un ser de raza inferior, y como a tal le trataba, induciéndole a ello las ignorancias y candideces bertoldinas del guardador de cabras. A su vez, Tirso veía en su compañero un orate, un estrafalario que no decía cosa alguna al derecho, y el respeto que al principio le tuvo íbase trocando en socarronas burlas. Era gracioso oírles disputar sobre astronomía. D. Pito, que se sabía de memoria la bóveda celeste, y la llamaba su misal, se mofaba de las estúpidas supersticiones del pastor, entre las cuales las había muy donosas, como, por ejemplo, que las gallinas ponen o dejan de poner según esté más o menos levantado sobre la raya (el horizonte) el rabo de la Osa Mayor; que cuando vienen siete noches seguidas sin que se vea claro el Can Grande, todos los recentales nacen con una oreja negra.

Escuchando estas ingenuas teorías, el capitán solía pegar a Tirso con la tralla suavemente azotitos de amistad, sin más consecuencias que la de reírse los dos y el rascarse el bárbaro con un poco más de fuerza de uñas. Pero un día, charlando en buena conformidad, se dejó decir D. Pito un desatino geórgico de los más garrafales, a saber: que las abejas tienen parentesco con el gusano de seda; que éstos ponen huevos, de que salen las fabricantas de miel, y qué sé yo. Naturalmente, él sabía mucho de cosas de mar y cielo; pero en las de tierra adentro no daba pie con bola. Lo mismo fue oír el otro tal barbaridad, que soltar una carcajada burlona y rebuznarte, que exasperó al viejo marino y le sacó de quicio. En aquel momento vio una distancia casi infinita entre su personalidad como raza y la de Tatabuquenque, y éste se le representó como el infeliz etíope cazado y vendido en los arenales africanos. Los instintos de inhumano esclavista renacieron en él con insano coraje, y empezó a ceñir con la tralla el cuerpo del rudo pastor, dándole con toda su fuerza, sin piedad, frenético, rechinando los dientes. Tratábale como a un animal bravío que se quiere domar. Pero Tatabuquenque, aunque salvaje, tenía sin duda su dignidad celtibérica bajo aquella corteza tosca, y no pareció dispuesto a dejarse tratar tan a lo africano. Aguantó los primeros golpes con humildad de siervo; pero al quinto ya no pudo más ¡jóo! y convertido de manso en fiero, y de inferior en igual, saltó furioso, y agarrando la primera piedra que encontró a mano, se la disparó al esclavista con toda su fuerza y certera puntería, dándole en la cabeza, que gracias a la gorra de piel no quedó partida en dos. Y ya se disponía a tirar la segunda, que de fijo habría dado al lance una terminación funesta, cuando D. Pito, vencido y maltrecho, se retiró del campo bramando: «Cuadrúpedo, me has roto la cabeza. ¡Me caso con tu madre! ¡Lástima de agua del bautismo que te echaron! ¡Me caso...! Si estoy soltando un río de sangre... La culpa tiene quien se pone a jugar con jumentos. Vaya una coz... ¡Yemas!»

Y no se cuidó de perseguir a su agresor, porque tuvo que acudir a la casa para restañarse la herida y aplicarse a ella un poco de bálsamo, vulgo caña, pues con esto, como buen lobo de mar, se curaba todo, lo de dentro y lo de fuera. Lavada la contusión y visto que no era grave, se la tapó con un pañuelo para evitar el frío, y no hacía más que rezongar jurando y perjurando que cuando cogiese a tiro al cafre de Tatabuquenque, le había de convertir todo el cuerpo en un puro cardenal. «¡Ah! -se decía-, si D. Ángel lo permitiera, ¡qué magnífica bestia, domándola bien, para dar vueltas a una noria!... Lo que yo digo: el mundo está perdido con esta libertad que hay ahora y esta igualdad de pateta. ¿Por qué hemos de ser todos iguales, todos amos, todos señores? ¿Por qué no se ha de establecer que los brutos y zopencos, como este pedazo de hotentote, sean declarados inferiores y se les pueda vender y comprar para que trabajen a las órdenes de un buen vejuco? Pero no hay caso, y los prohombres suspiran y lloriquean cuando se habla del latiguito y del grillete. Pues así va el mundo, y así anda la riqueza pública, y así está el trabajo de las haciendas. Todo perdido, y día llegará ¡Carando! en que nadie vea ni el vislumbre de una peseta».

Metido en estas murrias tétricas, vendada la cara y dándose a los demonios, le encontró Ángel, que sorprendido del accidente, se lamentó de que su destino le perseguía con espectáculos de sangre. Su mente excitada y propendiendo al simbolismo, vio en la colisión de D. Pito con el salvaje un ejemplo de las embestidas de la civilización a los pueblos vírgenes, para ilustrarlos haciéndolos desgraciados; vio el descubrimiento de América, el empuje de la civilización hacia Occidente, y otras muchas cosas que se le fueron del magín ante la idea concreta que tenía que expresar. Su deseo era que D. Pito, sobreponiéndose al dolor de la descalabradura, fuese a Toledo a enterarse de si Arístides era o no cadáver, de si la policía andaba en averiguaciones, etc.

No se mostraba pesaroso el capitán de que su sobrino hubiese pasado la línea. «Nada se pierde -dijo-, con que ese párvulo rinda viaje, porque ha sido el azote de toda la familia, hombre capaz de vender a su madre por un café con tostada. Es mi tema, don Ángel, y no hay quien me saque de él. La sociedad debía tomar una determinación con tantísimo tunante y tantísimo holgazán. Debiera hacerse una leva de ellos cada poco tiempo, y colocarlos a trabajar, mediante un tanto por cabeza. Llámelo usted esclavitud... ¿Y qué? Yo no me asusto de ninguna palabra, aunque suene a demonios. Pues sea esclavitud, Carando, o llámelo usted el trabajo obligado de los que no quieren trabajar. Crea usted que con este ten con ten habría más dinero, y nadie dejaría de tener su tanto más cuanto».

Pero en fin, estas disquisiciones no eran del momento. Avínose a desempeñar la comisión, como hombre de buena pasta, y después de arreglarse el cariz con parches de papel engomado de sellos, por no haber a mano tafetán inglés, partió con instrucciones precisas de su amigo, y orden de volver lo más pronto posible.

Pero estaba de Dios que a Guerra le saliese todo mal en aquel tantas veces aciago día, porque llegó la noche, y D. Pito sin parecer; dieron las nueve, las diez, y nada. Ángel se abrasaba en impaciencia, maldiciendo a los Babeles de una y otra rama. La noche fue también de prueba, como la anterior, de cavilaciones y pesadillas trágicas. Por fin, a la mañana siguiente, sobre las nueve, vio recalar al mensajero por la cuesta arriba con una calma chicha capaz de desesperar a la misma paciencia. Bajó a su encuentro, y la cara de consternación que el viejo traía le dio muy mala espina. «Vamos -se dijo-, le maté... y ¡qué remedio! ¿Para qué me insultó él?

-¿Pero no sabe usted lo que pasa? -dijo el capitán poniendo en su rostro toda la aflicción humana, la cual contrastaba con lo grotesco de los parches.

-¿Qué ocurre, hombre? ¿Qué nueva desgracia me anuncia?

-Pues pasa que ese mequetrefe... está tan vivo como usted y como yo.

-Vamos, me alegro.

-Pues yo no. Ayer bajé con la esperanza de encontrarle difunto. ¡Qué Carando! ese no muere a dos tirones. Hay que darle muchos batacazos, y luego ponerle encima a Tatabuquenque para que le patee de firme y haga salir el alma... porque si no, no sale la muy tal... Pues verá usted. Me le encontré en su casa, acostado, la cabeza vendada por aquí y por allá, con parchecicos de papel de sellos, como estos míos. Nuestras dos caras parecían cartas que se iban a echar al correo.

-¿Y qué dice, qué cuenta?

-Veinte mil papas. Armó la historia de que, yendo de paseo por detrás de San Miguel, con el obscuro se le fue una pata y resbaló por aquel cantil y por poco no la cuenta. Ni más ni menos. A mi sobrina no la vi. Estaba mala, y no permitían que nadie entrase en su camarín. Por cierto que mi cuñada me echó un chorretazo de injurias, y tuve que cuadrarme para conseguir que me dejaran pasar allí la noche, sobre una alfombrita en mitad del pasillo, después de dar una vuelta por la ciudad. Mi hermano, inflado de orgullo, parece el globo cautivo, porque la inspección esa le rinde, sí que le rinde un buen sobordo. Por cierto que estando yo allí, arribó el cura ese Casado, ¡me caso...! que parece que lleva careta de chimpancé para que no le conozcan, y estuvieron picoteando sobre la manera de curar a Dulce de esa locurilla que tiene. Despotriques y más despotriques echaba el clérigo por aquel púlpito de su boca, y eran como sermón o letanía. Catalina lloraba, y Simón se persignaba, y entre todos parecían llamar a la Virgen del Carmen para que acudiese en socorro de la familia. Me dormí, y no me enteré de nada más. Por la mañana con la fresca, cuando ninguno daba acuerdo de sí, solté las amarras callandito, y me zafé de la casa condenada, di avante toda, y pim, pam, demorando para el cigarral. ¡Ay, cuánto mejor se está aquí que en ese pueblo que parece el país de los azacanes, con aquellas cuestas que desloman, las calles oliendo a incienso, y luego tanta iglesia, tantísima iglesia...

Que a Guerra se le quitó un gran peso de encima con estas informaciones, no hay para qué decirlo; y ya no se cuidó más que de poner el suceso de autos en conocimiento de su excelsa amiga. Su impaciencia le hizo anticipar la visita, y llegó al Socorro antes de la hora de costumbre, viéndose obligado a esperar un buen rato. Aparecieron en el locutorio Leré y Sor Expectación, y Ángel abordó desde luego el asunto, refiriéndolo con escrupulosa sinceridad. Grande fue su sorpresa cuando la novicia; a la mitad del relato, le dijo sonriendo que no siguiera, porque estaba al tanto de todo.

-Pero, hija, ¿tú tienes el don de adivinar, o qué es eso? Nada te cuento que tú ignores. Tu ciencia me parecería magia, si no fuera santidad o luz del Cielo.

-Déjese usted de magias, de santidades y de luces -replicó la maestra riendo-. ¿A qué buscar explicaciones caprichosas a lo que es tan natural y sencillo? Vivimos en un pueblo pequeño, donde no hay secretos, y en esta casa aunque parezca mentira, retumban todas las murmuraciones del vecindario. No queremos averiguar nada, y nos lo traen calentito. La madre de una de nuestras compañeras es vecina de esa doña Catalina, y por ella supimos los escándalos de aquella casa, y que al hijo mayor le habían traído entre cuatro, todo lleno de contusiones. Oír yo esto, y sospechar lo que usted ha venido a contarme fue todo uno. ¿Es esto don de adivinar? No lo sé. Ello fue que, como si me susurraran al oído, entendí que había ocurrido algún choque entre usted y ese sujeto, cuyo nombre no sé. «Nada -pensaba yo-, él fue allá con las disposiciones más pacíficas, conforme a lo que hablamos; pero el diablo lo enredó. Puede que saliera el hermano ese con alguna quijotada, y, lo que sucede entre hombres de carácter fuerte, dejaron correr con demasiada libertad las palabras, y cuando quisieron recordar, ya la cólera había tomado vuelo, y las manos se dispararon solas».

-Así en efecto fue, así...

-¡Qué le hemos de hacer! -dijo Leré suspirando con tristeza-. De todo esto resulta una verdad desconsoladora, y es que el carácter, el temperamento no se pueden reformar. La razón manda mucha fuerza, la piedad y la fe más todavía; pero las tres juntas no pueden variar la naturaleza de las cosas. Con todo, si el carácter no se modifica, puede domarse con esfuerzos de la voluntad sobre sí misma, repitiéndolos sin descanso un día y otro. El que consiga este triunfo sobre su propia ferocidad, el que sepa acorralar y tener encadenada su cólera, sintiéndose consecuente consigo mismo en su interior, y al propio tiempo dueño y carcelero de sus instintos malos, ese estará preparado para la vida eterna y gloriosa y como hemos convenido (Con gracejo.) en que es preciso salvarle a usted a todo trance, tiene usted que prestarnos ayuda, empezando por nombrarse cabo de vara de sí mismo.

-Acepto el empleo, y dime cómo se empieza, para entrar pronto en funciones.

-Amigo D. Ángel, hay que usar con usted un poco de tiranía y de crueldad. Si no metemos en cintura ese carácter, nos hará una jugarreta el mejor día. Y para la doma, ya lo sabe usted, no hay mejor maestro que el látigo. Prepárese usted a descargar sobre su carácter una mano de zurriagazos de los que levantan tiras de pellejo y duelen horriblemente. Si lo trata usted con blandura, no adelantaremos nada con ese pícaro. Conque prepararse...

-En ello estoy. Venga ese látigo, y yo te juro que me pondré como un Ecce-homo -replicó Ángel, tan fascinado por la bendita hermana del Socorro, que ante ella rendía la voluntad y el alma toda, como el caballero andante ante la señora ideal de sus pensamientos.



Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós

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Ángel Guerra (Tercera parte)