A Pastor S. Obligado

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Buenos Aires.

Yíi ha llovido, y recio, mi querido don Pastor, desde la época en que amigablemente departíamos en Lima, y en que yo barruntaba en usted algo así como tendencia á dejarse soli- viantai' por el demonio de la Tradición, demonio que ya de mí se había adueñado, y que me hacía dar ripio á la mano, bo- rroneando cuartillas de papel.

Eso de comer pan de trastrigo, ó de meterse uno donde no lo llaman ni han menester, por sólo el gusto de averiguar vidas y cosas de difuntos, es vicio á que todos los humanos pagamos obligado tributo y del que, por más enaltecer su ape- llido, se ha hecho usted reo convicto y confeso, dando á la estampa los tres volúmenes de Tradiciones que, al alcance de mis ojos, tengo hoy sobre mi mesa de trabajo.

Aunque en materia de bella literatura me he llamado al goce de jubilación, y en esto de tradicionar (páseme el verbo soy ya como el herrero aquel á quien machacando se le olvidó el oficio, los libros de usted han conseguido que se me suba San Telmo á la gavia y, como no soy río, atrás me vuelvo en mi propósito de cesantía, y ahí va, como dice la leyenda del caballo de copas, ésta mi carta, quje, á guisa de prólogo, estimare á usted publique cuando le venga en gana echar á correr corles un cuarto tomo, que de buena tinta sé está usted condimentando y puliendo. Por lo menos, así ha teniílo la amable indiscreción de noticiármelo mi buen camarada el doctor Ángel Justiniano Carranza.

Cuenta el entretenido Padre Isla, de un loco más flaco y es- piritado que el espíritu de la golosina, que andaba por las calles de Sevilla, gritando :

—«La persona que quiera saber cómo se cala un melón, acuda por la respuesta al tío Antón.»


Rodeábanlo los curiosos, hacíanle la pregunta, y el loco con- testaba:

—«¿Conque se empeñan ustedes, señores míos, en saber cómo se cala un melón?... Pues un melón se cala... (y esto lo decía con énfasis de magister) sabiendo rezar el Credo».

Háme venido- á los puntos de la pluma el cuento del gracioso fraile, como pretexto para consignar en esta carta todo lo que sé y pienso, que es y debe ser el género literario, deí modernísima aclimatación en la literatura castellana, bautizado con el nombre de Tradición, género que es romance y que no es romance, que es historia y que no es historia. Y seguir apuntando lo que es y lo que no es la Tradición, sería el cuento de la buena pipa ó de nunca acabar.

Como usted, amigo Pastor, es de los que le sacan púa al trompo y saben rezar el Credo... según me lo comprueban sus tres notabilísimos volúmenes, resultando por ellos un buen calador de melones, va á permitirme hablarle de mis remi- niscencias que con la Tradición tienen concomitancia; y si de esas mis reminiscencias no sacare usted jugo, diga caritativa- mente de mí lo que reza un refrán sobre un tal Diego Moreno, que habló largo y menudo, y que nada dijo de malo ni de bueno.

Allá en los remotos días de mi juventud, há más de un tercio de siglo, ocurrióme pensar que era hasta obra de pa- triotismo popularizar los recuerdos del pasado, y que tal fruto no podía obtenerse empleando el estilo severo del historiador, estilo que hace bostezar á los indoctos. Yo era, por entonces, socio activo de la muy antigua y acreditada casa de Ocio, Bausa y Compañía; y esta circunstancia abonará ante usted el em- peño con que consagré la poca ó mucha actividad de mi cere- bro á discurrir sobre el tema. Verdad que ello no era merito- rio para aficionado á las letras, á quien, por esos días, venía el tiempo más holgado que los calzones del cura de Puquina, que medían tres varas de. pretina. El pueblo es como los niños, que tragan, y hasta con deleite, la pildora plateada.

Recordé que, en la infancia, los granujillas y mocosuelas de mi casa y de la vecindad, nos agrupábamos, en las noches de clarísima luna, en torno de alguna vieja, gran cuentista,


cuentera ó contadora de cuentos, (que de los tres modos sabíamos decirlo, sin cuidamos del Diccionario,) y se nos pasaban las horas muertas oyéndola narrar consejas que, si ahora las cali- ficamos de ñoñerías sin entripado, á la chiquillería parecie- ron verdades como el puño, y con más intención que un toro bravo. Sonaban en un reloj de cuco las diez de la noche, y los muchachos distábamos mucho de p)estañear embelesados con cuentos que, aunque la anciana nos los relatara por centé- sima vez, para nosotros revestían siempre el hechizo de lo nuevo. La infancia es de suyo desmemoriada, y la vieja sabía rezar el Credo.

— jA dormir, niños!— gritaban impacientes las madres que en nuestras repúblicas americanas han sido, son y serán siem- pre muy madrazas; y la muchachería se insurreccionaba y había lo de:

—í Ahora á la cama te vas. —Si me cuentan otro cuento. —Pero, hijo, si ya van ciento... — jUnito más!»

Y no había vuelta de hoja. Como la paloma en los árboles de fuego, venía el unito más.

¿Y qué es el pueblo? El pueblo no es más que una colecli- vidad de niños grandullones.

Resultado de mis lucubraciones sobre la mejor manera de popularizar los sucesos históricos, fué la convicción íntima de que, más que al hecho mismo, debía el escritor dar importancia á la forma, que ésta es el Credo del tío Antón. La forma ha de ser ligera y regocijada como unas castañuelas, y cuando un relato le sepa á poco al lector, se habrá conseguido avivar su curiosidad, obligándolo á buscar en concienzudos libros de Historia lo poco ó mucho que anhele conocer, como comple- mentario de la dedada de miel que, con una narración rápida y más ó menos humorística, le diéramos á saborear. El estilo severo en una tradición, cuadraría como magnificat en maitüíes; es decir, que no vendría á pelo.

Tal fué el origen de mis Tradiciones, y bien haya la hora

en que, impulsado por un sentimiento de americanismo, me eché á discurrir sobre la forma, entre artística y palabrera, que á aquéllas convenía. Bien haya, repito, la hora en que me vino en mientes el platear pildoras, y dárselas á tragar al pueblo, sin andarme en chupaderitos ni con escriipulos de monja boba. Algo, y aun algos, de mentira, y tal cual dosis de verdad, por infinitesimal ú homeopática que ella sea, muchí- simo de esmero y pulimento en el lenguaje, y cata la receta para escribir Tradiciones. Tengo conciencia de que lío he pro- pinado veneno, sino pócima saludable para ilustración y en- tretenimiento del pueblo, amén de que es emin-entemente su- gestiva la índole literaria de esa clase de escritos.

¿No opina usted como yo, doctor Obligado? Pues dos cuar- tos voy á mi gallo.

Y de que no estuve del todo desacertado en predicar, como predicando sigo, que eso y no más es la Tradición, y que su atractivo y poder de sugestión sobre el alma están más en la forma que en el fondo, dame prueba palmaria la circuns- tancia de que ese género literario, por mí puesto á la moda há más de treinta años, encontró devotos en todas las Repú- blicas americanas, y devotos que, como usted, cultivan la Tra- dición con espiritual humorismo y no escasa corrección en la frase. El suceso aislado, por interesante y singular que sea, se parece á una joven bonita vestida de trapillo. La belleza cobra realce y valimiento con traje de seda ó terciopelo. Has- ta la fea, (aunque, entre las cuatro paredes de su cuarto, lo sea más que una excomunión) da gatazo cuando se exhibe vestida con arte.

Sucedo que muchas veces el lector encuentra frivola y san- dia una Tradición. Para mí la frivolidad ó tontería, no está en el asunto mismo, sino en que al Iradicionista le faltaron in- genio y arte para dar interés á su relato; mejor dicho, se ol- vidó de rezar el consabido Credo. Es el caso de la fea mal aci- calada y que, por su desgreño, le da un susto mayúsculo al mismo miedo. Quien consagra sus ratos á borronear Tradicio- nes, debe tener lo que se llama la gracia del barbero, gracia que estriba en sacar patilla de donde no hay pelo.

Un escritor meritísimo, compatriota de usted, don Joaquín


V. González, muy señor mío y mi dueño, ha dicho que la Tradición es la Historia de los pueblos que no tienen Historia, La frase es bonita, y nueva. Aquí sea mi hora, si no es verdad que, cuando leí ese concepto, me sentí como sin faja de om- bligo, que dice el refrán, y por mucho que en el terreno d^^ mi consideración literaria tenga al señor González bajo toldo y sobre peana, como reza otro refrán, no quiero que se me moje la pólvora, sin decir al muy galano escritor argentino, que su aforismo no tiene para mí valor de tal. Siempre he reconocido que la Tradición puede ser una de las fuentes au- xiliares de la Historia, pero se me atraganta lo de que ella alcance á ser la Historia misma. Cuatro siglos cuenta ya la América de vida civilizada, y su Historia está muy lejos de basarse en Tradiciones. El historiador tiene en mucho los do- cumentos, y en poco ó nada los decires del pueblo. Hasta para la Historia de los tiempos precolombinos, á falta de es- critura cuneiforme, de geroglíficos como los de los códices maya y mexicano, y de los quipus peruanos, están los monu- mentos de piedra, convidando al investigador á severo estu- dio sobre la vida y civilización de pueblos, cuyo origen sigue envuelto en la noche del misterio. Para el que sepa ó alcance á leer en la piedra como en un documento, no es la Tradición la que le habrá servido de gran cosa para reconstruir la His- toria.

Usted dirá acaso que al hilvanar esta carta he llevado le- chuzas á Atenas, ó aguas al mar, hablándole de teorías que usted se tiene por sabidas, y tanto, que las ha llevado á la práctica, como lo prueban sus interesantes libros; y lo mismo dirá mi bondadoso y viejo amigo Isidoro De María, autor de las Tradiciones Uruguayas^ en las que la llaneza del estilo y lo conceptuoso de la frase, armonizan sin esfuerzo. Pero, amigo mío, nunca por mucho llover fué mal año, y no es dar puñalada en el cielo ó pretender realizar lo imposible, el insistir eli la repetición de lo mismo que, "hasta en lono serio, he predicado cuantas veces me he visto en el compromiso de subir al pul- pito, para expresar mis ideas sobre lo que, á mi modesto juicio, es ó debe ser la Tradición.


Repito que esta mi opinión hiunildísínia no es lección de catedrático, y es usted mu}^ dueño de no acatarla.

—Baila usted como la misma Terpsícore, dijo en un salón un galancete almibarado á una preciosa niña, la que le contestó:— No, señor, yo bailo como me da la gana y sin imitar á nadie, y menos á esa señora Terpsícore, á la que ni en misa he conocido.

Y basta de parlerías, y que Dios siga dando á usted, como hasta aquí, buena mano derecha. Adelante, mi querido doctor Obligado. No desmaye usted en la labor, y que venga pronto su cuarto volumen de Tradiciones á proporcionar horas de delicioso solaz á este su apreciador sincero y amigo afectísimo.