A prueba:2

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A prueba: Capítulo 2
de Felipe Trigo



A quien vio aparecer, al cuarto de hora, fue al amigo Brea, elegantísimo.

-¡Demonio!

-¡Chacho!

Se abrazaron.

La última vez, dos años antes, Luis Augusto había visto a Brea en Londres, de ambulante vendedor de panderetas.

Brea, ex-teniente, de Pavía, tenía veinticuatro años, había heredado a los veinte una fortuna, y la tiró a los veintidós.

En sendas poltronas, sentáronse.

-De modo que...

-Rico, chico. Tres meses más, y me encontrarías con un Panhard en plena Europa... O por los aires. Pienso dedicarme al monoplano.

Empezó el aristócrata perdido a detallarle su odisea.

Interesantísima... sólo que, al capítulo segundo, alzóse un cortinón de seda. En kimono de tono té, entró un arcángel. Detrás, una gran dama. Y el arcángel llevaba bajo hacia los hombros el nudo negro de su pelo, y por los tobillos el vuelo de la ropa.

Se levantó rápidamente Luis Augusto, y presentó al amigo. Palabras, cumplidos breves. Diéronse el brazo, y fueron a ocupar en el comedor una mesita.

Durante el almuerzo, Luis tuvo que dedicarse a conversar con la mamá, porque Brea floreaba y atendía incesante y absorbentemente a Josefina.

Un buquet de rojas fuschias, en un florero, impedíale a Luis recomendarle a Brea prudencia, con los ojos.

La virgen blanca sonreía. Su inocencia no sabía qué contestarle al importuno -que, por suerte, manteníase en lo cortés.

El novio la miraba. Ella alzaba de tiempo en tiempo, hacia el novio, aquellos ojos verdes, de muñeca, que llegábanla rasgados a las sienes. Ojos enormes, inmensos. Ojos de equívoco y misterio, con profundísimos fulgores muy extraños e ignorados siempre y totalmente por la infinita pureza roja y nácar de la boca.

La mamá era alta; y la niña, pareciendo muy pequeña, era aún más alta. La mamá era gentilmente corpulenta; y la niña, pareciendo frágil y sumamente delicada, era de casi igual esbelta corpulencia que la madre.

Ésta, a los postres, correspondió a las insinuaciones de curiosidad de Pepe Brea con los rasgos generales de su vida, que ya le había contado a Augusto: «Venían de Londres, donde habían vivido siete años. Ella, argentina; la hija, chilena; y de Méjico, el marido, y negociante en algodón. Murió. Viajaban».

Buenas. Ingenuas. ¡Sí!

La ingenuidad y la bondad de una y otra, de Carlota y Josefina, valían por una ejecutoria de noblezas y por un caudal de esperanzas o ilusiones.

¡Dos infelices! ¡Dos seres de candor y de obediencia!... Aparte su loca tenacidad en estos viajes, sin rumbo, sin término ni objeto, especie de insensata fuga del gran dolor por el muerto dejado en Londres; aparte tal tenacidad, sentimental y recóndita, que las llevaba en un zis-zas de laberinto incomprensible por tierras y mares, podíanselas guiar con un cabello. Carecían de voluntad. Llegaban a una población y les daba igual ir a uno que a otro hotel, o pasear por uno u otro sitio. No inspirábalas curiosidad ninguna maravilla. Pero, sentían de pronto el ansia de partir, y con urgencia ineludible del minuto pedían un automóvil, un tren, un buque. El punto de destino, fijado por ellas siempre, siempre; el punto de definitiva parada no sabido por nadie, jamás!...

-Mira, chico -le dijo Brea a Augusto, tomando Marie Brissard en el patio de limones y azucenas, y en tanto ambas se fueron a vestir para salir. -Alá que cure al Majzen, y que se zurzan sus bellotas!... ¡Me quedo!

-¿Dónde?

-¡Con vosotros! ¡Con ellas!... ¡Con ella! ¡Esa nena es una bruja!... me ha matado!... La sigo hasta el infierno.

Tosió Luis Augusto, púsose muy serio, y bebió agua. Luego, dijo:

-¡Pepe!... Líbrate de... variar tu viaje. Estas mujeres están en mi suerte y mi camino.

-¿Las dos?

-¡Las dos¡

-¡Hombre! ¡pensé que sólo la mamá!... ¡También guapa!

-Nada de mamá. La hija. Voy a casarme con ella.

Pepe le miró con súbito respeto.

-Chico, perdón. Había creído que fueses el amante de la madre.

Serio, más serio Augusto, acercó al del loco el sillón de mimbres, y prosiguió su confidencia de esta suerte.

-Mira, Pepe. No sé si tú sabrás que la primavera de Egipto congrega allí a las gentes más ricas de Rusia e Inglaterra, y a las damas más bellas del mundo. Pues en el Cairo, en un hotel yo he visto a Josefina, jugando al tennis, llamar hasta el mismo éxtasis la atención de todos. ¿No es verdad que nadie como ella puede reunir la distinción y la inocencia y la frescura y la beldad y la elegancia?... Sábelo y envídiame; ¡mi novia es!

-¿Ya?

-Desde nuestro trece día de conocernos. Oye mi pasión, y no sabe contestarme, la chiquilla. ¡Qué importa! Se la dije en una noche azul, sobre el lago de Ysmailia. Inclinábase en la borda, y yo miraba el reflejo de la luna en una perla de su oreja. Nunca he visto nada más tremendamente sensual que aquella luz de aquella perla, entre aquel pelo negro-infierno y aquella carne rosa de la gloria!... ¡Oh, tú no sabes cómo es el seno de esa virgen, y su pierna!... ¡Oh, su pierna, Brea, tú!

-¡Diábolo!... ¡Virgen, entonces... o... aún? ¡Mucho sabes!

No la ofendas. Me conoces. Soy un griego. Por mí, no habría quedado el querer saberlo todo ya a estas horas, de la niña Eva, de la niña-hechizo. Me contiene su candor. Además, filósofo, como lo soy, he llegado por la purísima beldad de Josefina a conclusiones formidables. Filósofo paradoxal... ¿entiendes?... ¡No, tú eres un salvaje, Brea; un inconsciente, un impulsivo! Tú seguirías a esa muchacha, te arruinarías por ella hasta vender de nuevo panderetas, y serías feliz guardando en tu memoria la de una noche entre sus brazos. Yo, al revés, me conceptuaría desdichadísimo si, en caso igual, reflexionase que había gozado fugaces el placer y la belleza, supremos como son, como serán, en Josefina, sin retenerlos para siempre. ¿Comprendes?... ¡Oh, no, no me comprendes! ¡Filosofía paradoxal!... Se casan otros por buscarse un refugio de paz a sus harturas, y yo me casaré, griego, epicureano, por ver reunido en una flor de vida el deleite sin fin de la gracia y la belleza, la pasión de todas las cocotas, el gozar de todas las cocotas, el mar de amor y de delicia que pudiesen darme juntas todas las cocotas!... ¡Oh, no, no me entiendes; Brea, tú eres un estúpido!

Había un fuego de ambición terrena de ideal en los ojos de Augusto, y se escondió. Tuvo que contemplar piadosamente al amigo loco y aturdido, que se limitaba a sonreír.

Fumó, bebió Marie Brissard, bebió agua, y se levantó, invitando a Brea a levantarse:

-¡Bueno, tú, mira, que vienen!

Josefina traía polo y guardapolvo. Su madre velo azul liado al sombrero y a la cara. Esperaba el automóvil.

-Qué, ¿nos acompañas?... A Tablada. Si partes esta noche, tienes tiempo. Al regreso te dejo en el hotel. Pero, oye, Brea... los hombros, las piernas, se los he visto yo únicamente a Josefina al bañarse en el Nilo y al jugar al lawn-tennis. ¡Yo también me voy mañana, y vuelvo! Tan resuelto a la boda estoy, que quiero traerme en regla mis papeles, de Madrid. ¡Me caso, antes que vuelva a salir de España la viajera!

Ellas, sonriendo, esperaban a los dos. Y Josefina se abrochaba una manopla.