A todo honor: 02

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Capítulo II
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A todo honor Felipe Trigo


A la siguiente noche volvió el joven ingeniero al Casino y vio nuevamente al que jugaba miles de pesetas, sonriendo, y al otro que pelaba las bellotas. Sólo que éste, siempre con religiosa atención, pelaba las bellotas viendo jugar, de pie, junto a la mesa de la banca. El calvo de las venas gordas las tenía más hinchadas que otras veces.

Luis fue a la Plazuela. Le daba prisa un afán: el de encontrar el recreo de la cantante. Y respiró, en cuanto dobló la esquina del convento. El balcón estaba entreabierto, como anoche, y sonando el piano.

La delicia hacíale olvidarse de fumar. Unos ratos paseaba, otros se paraba -siempre cerca de la verja. La dama, la niña, la rubia, la soltera... ¡lo que fuese! cantaba con bríos y sutilezas desgarradas de pasión que volaban temblando por la noche y por el alma lo mismo que espadas de cristal... lo mismo que puñales encendidos...

Si esta mujer tenía por hábito distraerse a estas horas de tal modo, él, el aburrido forastero, estaba salvado plenamente. Vendría a oírla, basta las once, hasta las doce.

En efecto, como anoche, a las doce en punto, un señor llegó -el padre o el marido, -y el balcón volvió a cerrarse. Era un hombre corpulento, envuelto en un gabán, hasta los ojos. Padre, más bien -por tal detalle. Hombre de edad, que se cuidaba... que se abrigaba en Abril como en Enero.

Siguió Luis acudiendo en las noches sucesivas. Su café, su rato de pie en la banca, a la espera de las diez, y su poética sesión de música en lo obscuro. La luna ya no andaba por el cielo, y las pobres bombillas de la plaza de Jesús, igual que las del pueblo todo, exceptuando la Plaza, se apagaban a las once. Economía municipal. Y mejor para el melómano, que recibía más hondo el halago de la música y de la voz divina a la luz de las estrellas.

¿Quién sería esta mujer? ¿Cómo sería?... Por de pronto, que estaba sola en el salón, sola quizás en la casa, decíalo claro el no advertirse ni el más mínimo rumor de charla en los silencios. Su madre dormiría. Su padre tornaba tarde, y le esperaba. Rica y sin hermanos, puesto que no veíase entrar por la cancela a nadie más.

Se inquietaba Luis pensando... (si ella fuese guapa, al mismo tiempo) en que quizás habría venido él a realizar el suceso más interesante de su vida en... este pueblo donde juzgó que nada pudiera pasarle a nadie nunca. La contralto, la posiblemente bella contralto, no sospecharía siquiera que en la sombra de la calle estuviésela escuchando... su destino, su futuro marido, tal vez!...

¡Oh!

El miedo a un desengaño le inquietaba. ¿Y si era fea?... ¡Resultábale tan dulce esta emoción de una ignota idealizada por la loca fantasía de unos arpegios!... ¡Bah! Romántico, romántico, Luis, allá bien dentro de este bruto sensual, que hace de todo hombre la vida, hallaba preferible a verla, ni a saber de ella nada, incluso renunciar a ella, con tal de conservarse en el misterio el vago ensueño de unas noches de ilusión. En su existencia quedaría de esta manera, al menos, la niebla del recuerdo de un delirio.

Sí, si; hallaba esto racional. Aquella mujer, por rubia, por linda que fuese, no podría llegar a lo que él se imaginaba. No trató, por consecuencia, de quedarse un día sin ir a los trabajos, a fin de rondar el palacete y mirarla en el balcón. No trató, tampoco, ni de preguntarle acerca de ella a los mozos de la fonda o del Casino. ¿A qué?... Se conformaba con los detalles que directamente iba recogiendo y que gratamente le aumentaban la ilusión: alma de artista, suprema alma que así sentía el arte más divino; mujer, además, educada fuera del ambiente de este pueblo, en colegios nobles, en grandes capitales donde habla oído tantas óperas... ¿Quién de aquellos burdos señoritos, que él veía jugar al monte, pudiese realizarla el ideal de un amor? ¿Qué previo divorcio espiritual se establecía ella propia en estas nocturnas soledades con todos ellos?...

Oíala, oíala Luis por las tinieblas, una y otra noche, como una sombra, como otra alma noble y pura. Sin embargo, allá a las doce, se alejaba un poco de la verja, hacia la cruz, porque ya cuatro o seis veces notó que el padre, el señor que entraba tan tieso en su gabán, le había visto y le había observado con recelo.

¡Ah, el brindis! Le gustaba a ella. Era lo que solía cantar más a menudo:


Il segreto per esser felici
Se io per proba...


¿Sería verdad que esta mujer supiese el secreto para ser felices?... Por intuición, si no per proba, pero...

Pero Luis tuvo que alejarse con toda rapidez. El padre acababa de torcer la otra esquina de la verja. Se acercaba. Se paró, el buen padre, mirando al fugitivo, y creyó Luis (que habíase detenido en la cruz) que el señor aquél esta noche vacilaba, antes de tocar la campanilla, sobre si ir o no a reconocerle.

Bueno; con la luz de las estrellas, había la muy bastante para que hubiese visto que no fuera un ladrón, porque no suelen los ladrones disfrazarse de teniente de Ingenieros.


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