A todo honor: 03

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Capítulo III
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A todo honor Felipe Trigo


El de las bellotas, pelaba esta noche las bellotas detrás del calvo jugador.

Luis entró y se situó, de pie, detrás del joven señor que jugaba tantos miles de pesetas.

Hubo un albur que el joven señor llenó de plata y de billetes; ganó, al caballo, y al volverse para aceptar en torno con un desdén amable el murmullo de tan general admiración, vio a Luis... y se quedó mirándole, tenaz y sonriente.

Luis no supo qué pensar de esta sonrisa. La agradeció, no obstante, aun sin corresponder a ella. Significaba quizás la simpatía de un hombre fino, de un hombre culto, hacia el culto forastero. Este fornido señor, guapote, de cuarenta años, debía de ser algún hidalgo rico que se aburría entre las gentes de su pueblo natal, a temporadas. A pesar de su manifiesto desaliño, su ropa era de buen corte. Con la sonrisa, en comunicación espiritual, había querido expresarle: «¿Eh?... ¡ya me ves aquí, siendo el asombro de estos toscos y pobres paisanos míos! ¡ya supondrás, sin embargo, que también conozco el mundo, como tú, y que no es mi vida de este ambiente!»...

Le miraba, le miraba Luis, cediendo a aquella simpatía, y notó de pronto que el hidalgo, después de llenar otro albur con sus billetes, volvía a mirarle y sonreírle...

Mas ¡oh! ¿Qué extraño agrio de ironía ponía en su boca? ¿Qué reto insultador lucían sus ojos?... Luis, sin rehuir por esta vez la procaz mirada del que, sin embargo, serenamente sonreía, rectificó instantáneo su criterio: «El tal hidalgo... parecía más bien un valentón impertinente encargado de resumirle el desprecio de los demás de la partida al joven forastero que venía todas las noches a mirar...»

-¡Levántate, Perico! -le dijo el insolente, con un tono de injuria mansa, a uno que ocupaba la silla de su izquierda, y que le obedeció-. ¡Levántate, porque va a sentarse este joven! ¡Quiere jugar!

-¿Yo? -recogió Luis con dureza.

-¡Sí! ¡Siéntese y juegue! ¡Lo pasará mejor que haciendo el burro por las calles!

Luis se inclinó hacia él, interrogándole, exigiéndole:

-¿Qué dice usted?

El señor se levantó.

-Digo... ¡lo que he dicho!

-Pues... ¡es usted un mamarracho!

La respuesta fue una bofetada en la cara del teniente... que, loco de rabia, al querer lanzarse a su agresor, se vio detenido por los brazos... Uno, dos, tres, diez... habíansele afianzado, cuantos estaban a su espalda. Pugnaba por desasirse, en vano, y gritaba desgarrados ultrajes su garganta... No, no conseguía sino repartir puntapiés y puñetazos al grupo que le inmovilizaba en aquel lado de la mesa... mientras que el provocador de la escena estúpida, de la escena inverosímil, sereno siempre y jaquetón, seguido por otro grupo, salía de la estancia, diciendo:

-Dejadle. Es un señor teniente de Ingenieros. ¡Él sabrá su obligación! ¡Y si la sabe... sé la mía!

Esto le aplacó al joven la violencia. No comprendía lo sucedido, pero el absurdo señor no le rehuía, por lo visto, la reparación caballeresca. Quedaba en un rincón de la sala, rodeado aún por los que volverían a impedirle seguir a su adversario; y con la mejilla roja por el bofetón, y con los dientes y los puños apretados, escuchaba frases entre amables y cobardes:

-¡Ah, cálmese usted, cálmese usted¡ ¡No ha sido nada!

-¡Caramba, don Julián! ¡Un hombre tan correcto!

-¡Incomprensible! ¡Incomprensible!

-¡Es el amo del pueblo! ¿Sabe?

-¡Sí, es don Julián Monteleón!... ¿Se conocían ustedes?

Luis, tratando de separarse, sacó una tarjeta suya.

-Señores -suplicó-, no conozco a nadie en este pueblo. ¿Cuáles dos de ustedes quieren llevarle mi tarjeta?

-¿Para... batirse?

-¡Claro!

-Pero... ¡para batirse! ¡Qué barbaridad!

-¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Le va a matar a usted, encima!

-¡Si es un hombre que sabe de armas como nadie!

-¡Qué importa! -exclamó Luis, irritado nuevamente. -¿Quieren o no?

La tarjeta, brindada al corro, tuvo la mágica virtud de dispersarlo. Luis quedaba únicamente con un mozo que recogía las raquetas y barajas de la banca. De fuera llegábale el hervor de comentarios del Casino entero, que habríase recogido con el don Julián en otra sala. ¿A qué ir? ¿A qué intentar una nueva venganza personal imposible, pues que volverían a sujetarle, e incorrecta, tras haberle como indicado el don Julián que le hablaría en otro terreno?... Supuso que no faltarían en la ciudad militares retirados, y se informó por el mozo. Obtuvo las señas de dos, un coronel y un capitán.

Partió del Casino. Se fue inmediatamente a visitarlos. Primero al coronel. Le contó el suceso, y reclamó su intervención. El digno coronel, sorprendido por el ex-abrupto increíble del exquisitamente educado y siempre correcto don Julián Monteleón, tuvo que prestarle fe a los hechos, sin embargo. El compañerismo le obligó a todo con Luis. Mandó llamar al capitán, y pusiéronse de acuerdo.

Pocos minutos después salían para el Casino, los padrinos, y Luis para su fonda.

En ésta, a la hora y media, reuniéronse otra vez. Claro y grave el caso, no hubo discrepancias. Don Julián habíale confiado la representación a otros dos amigos. A espada el duelo, por elección de los militares -que aun sabiendo la destreza del rival en armas blancas, sabíanle mejor en la pistola su peligrosísima maestría... Y como el incidente, que nadie se explicaba, había tenido tanta resonancia, prevaleció el acuerdo, (con objeto de burlarle al pueblo un caso de curiosidad allí nada acostumbrado) de celebrar el lance al amanecer, partiendo en carruajes hacia un lejano campo a media noche.

El coronel se retiró a descansar algunas horas. El capitán quiso quedarse acompañando a Luis, y éste no lo consintió.

-Sí, sí, dormiremos, señor Acedo, es preferible.

-Sí, sí, entonces le dejo descansar. Debe usted ir perfectamente dueño de sí propio. Monteleón es también hombre bravo y... experto.

Se fue satisfecho de la serenidad del apadrinado, pero inquieto al haber sabido que no conocía las armas, tal que el adversario, como un profesional, sino del modo corriente en Academias.

Inútilmente habían tratado de inquirir los dos padrinos alguna oculta causa del lance. Luis mismo, en las horas intranquilas de esta noche, no comprendía lo ocurrido. Por una parte, el suceso, brutal, repentino, incongruente. Por otra, aquella decantada buena educación de don Julián y aquel su profesionalismo de las armas. Habíanle informado el coronel y el capitán: Monteleón, que en su juventud pasaba largas temporadas en Madrid y en París, se había batido varias veces; desde que se casó vivía, sin embargo, burguesamente en el pueblo...

Luis, en suma, y sin que le agradase mucho la deducción, acabó por creer que este lance no fuese sino una manía, una especie de vieja afición despertada a la vista de un joven madrileño en el deportista de las armas. Le irritaba esto. Le indignaba, porque no había modo humano de evitarlo, ni aun dada la trivialidad del propósito, mediando un bofetón. Iba a servirle de juguete, de monigote, a un duelista retirado, ante sus amigos, como le servía al Guerrita de diversión un becerrillo, en las giras, para recordar sus glorias del toreo. ¡Oh, cómo le irritaba!... Tanto que ni el mismo recuerdo de su buena madre, con Luis por únicos amparo y cariño en el mundo, borrábale el empeño de una ceguedad asesina ante el hombre que así podría aprender cómo no impunemente se abofetea a un teniente del Ejército para llevarle de muñeco de comparsa.

No logró dormirse. Puntuales, a las tres, llegaron con él coche los padrinos. Partieron. Trotaba tanto el coche por los campos, que Luis hubo de pedir la razón de tan larga caminata. Era que (aparte la curiosidad de la gente del Casino), por el alrededor de la ciudad, en un gran radio, no había sino tierras de cultivo que inundaban desde el ser de día los labradores.

Al alba llegaron a las márgenes de un río, entre arboledas. Ya esperaban Monteleón y sus padrinos, con un médico. Cumplido el ritual, empezó el lance.

Luis pudo advertir desde luego el aplomo y la habilidad de su adversario. Perfectamente cubierto con la guardia, parecía estudiar el juego de él..., y sonreía, pronto sin duda convencido de que no fuese el joven un terrible tirador. Pero Luis, rabioso por tales cosas, que venían a confirmarle sus recelos de la noche, en un ímpetu de ira perdió la observadora calma tenaz que a su vez habíase impuesto, y se lanzó a fondo como un rayo...

-¡Ah! -gritó Monteleón, rompiendo, parando, mas no con tal precisión, por la sorpresa, que no recibiese en el antebrazo la punta de la espada.

La sangre, brotó. Se suspendió el combate, y reconoció el médico un rasguño. ¡Nada!

Vuelta a la guardia. Monteleón, sin perder su aplomo, estaba serio. Convencido Luis de que todo se lo tendría que deber a su vehemencia, a su loca voluntad de no servirle de juguete inofensivo al hombre que le abofeteó, redoblaba sus ataques, acosándole, ganándole terreno..., imponiéndosele tal vez con el ceño duro que indicaba su designio de morir o de matar... Pero el acero salvaba siempre del acero al hombre aquel..., y en cambio sentía demás el insensato impetuoso cómo él, al final de cada ataque, se quedaba al descubierto... ¡qué importaba!... Una vez, tras otro acoso, Monteleón no quiso seguir retrocediendo... y pálido, pero más sereno, más sagaz, le gritó al joven, presentándole la punta:

-¡Cuidado!

La espada le rozó el hombro a Luis, con la suya completamente fuera de la línea. Contestó en seguida con un grito a la impertinente prevención, y se lanzó con más furia... Y esta vez... él solo habíase clavado en el pecho la espada del contrario... Fue un segundo, y no se dio cuenta él mismo, quizá, puesto que persistía en el ataque... Pero se acercaron los testigos, descubriéronle la herida, que sangraba en abundancia, y Luis, lívido de pronto, cayó a tierra...

-¡Muerto! ¡Se muere! -opinó con sobresalto el doctor, reconociéndole.

Luis, privado de conocimiento, tenía la palidez del síncope en el rostro. Su pulso se perdía. Sin duda descompuesto en su fondo, cuando se hubo lanzado al rival, la espada habíale alcanzado en el lado izquierdo del pecho, entre la segunda y tercera costillas. El médico taponábale la herida con huata. Atendíale al pulso. No podía estimar si la inclinación de la espada hubiese afectado al corazón. Gravísimo, de todas suertes... Y en un trágico silencio, el grupo rodeaba al infeliz.

-Señores -dijo Monteleón, apartándose con el coronel y el capitán-: Siento lo acaecido, y aunque me quede el consuelo de no haber sido mi voluntad de matarle lo que ha matado a este joven, sino más bien su rabiosa ceguedad frente a mi espada, deseo también que ustedes sepan la verdadera causa del lance. Ante el resultado fatal, lo considero imprescindible para que ustedes no puedan continuar creyéndome un desalmado camorrista. Este joven asediaba mi casa con descaro sin igual todas las noches. Ni mi mujer ha llegado siquiera a percatarse de ello, ni yo soy celoso, como es sabido; mas no por eso he de ocultarles que me irritaba su insolencia; tan grande, que ni se retiraba apenas de mi verja cuando regresaba yo, no obstante conocerme del Casino. Juzgándole un insoportable impertinente, he querido castigarle. Busqué la ocasión, por medio de un pretexto cualquiera, capaz de eliminar de la cuestión mis celos, que no existen, y el nombre, principalmente, de mi esposa, que insisto en que ni vio jamás al desdichado. Mi objeto, pues, no habría querido ser otro que el dejarle advertido de algún modo..., del único compatible con la dignidad de un hombre de honor, pues no era el trance de índole que me pudiese consentir entrar con él en súplicas ni explicaciones. Él, según he visto por ustedes, ha sabido al menos conservar una digna reserva del motivo. Y ahora, también ustedes, hombres de honor, espero que reconozcan hasta qué punto mi proceder ha sido el imprescindible proceder de un caballero.

Estrecháronle la mano el coronel y el capitán, y añadió el hidalgo todavía:

-Ruégoles que cuenten conmigo para cuanto pueda hacer falta después de este infortunio.

Se acercaron al yacente. Entre el médico y los otros dos padrinos habíanle vendado gasas en el pecho.

-Al coche! ¡en seguida! -determinó el coronel, viendo que Luis reaccionaba.

Tomado en brazos, volvió el herido a incorporarse. A fin de transportarle tendido, Monteleón cedió su coche, que era un amplio familiar. Se iba a morir en el trayecto. El médico gemía su contrariedad desesperada por los peligros que la movilidad del coche acentuase en el largo viaje. Monteleón, entonces, indicó que a menos de un kilómetro estaba Las Mimbreras, una finca de él, con buena casa.

Tal recuerdo y tal oferta parecieron de una oportunidad providencial. Aceptado con ansia por el médico, por todos, partió el familiar con dirección a Las Mimbreras -mientras en el otro coche salió hacia la ciudad Monteleón, al galope de las mulas, para llevar cuanto antes a otros médicos.

Luis volvió por el camino a reaccionarse. No le consentían seguir sino tendido. Leía su gravedad en el gesto severamente inquieto del doctor. Con éste y con el coronel y el capitán, iba también Inchausti, padrino de Monteleón y casi pariente. Luis, con voz desfallecida, pidió que de la mejor manera posible avisasen a su madre. Dijo sus señas en Madrid. Tosió y echaba sangre. Tornó a quedarse sin sentido.

Cuando lo recobró, se encontraba en una cama. Eran las suyas una torpidez y una frialdad espantosas. Sin otros recursos clínicos, trataban de reanimarle con éter y botellas calientes a los pies. Insistía en el recuerdo de su madre. Quejábase, quejábase amargamente de la insensatez de este duelo, y alguna lágrima en sus ojos revelaba su mal resignada pena al perder la vida de manera tan idiota. Conmovidos sus padrinos, y con la sorpresa de ver que el joven parecía ignorar la causa, aludieron a ella, levemente, con ánimo de justificar en lo posible al Sr. Monteleón. Luis, por su parte, tuvo otra más grande sorpresa al enterarse de que aquel señor era el dueño de la casa que él había rondado por las noches... Aunque ya tarde, por desdicha, sinceró de toda intención reprochable sus paseos junto al hotel. Aparecíale más comprensible la conducta del marido, en quien no acertó a reconocer a este Monteleón que jugaba en el Casino, y afirmó que sólo le llevaban a la plaza de Jesús su aburrimiento y sus aficiones por la música... Probábalo el hecho de no esquivarse, apenas, cuando entraba aquel arropado personaje en el hotel... ¡El equívoco a que dio lugar, no había podido ser de más funestas consecuencias!

Una hora después, ya Monteleón de vuelta con dos médicos y un cura, se acordó retener a éste en una contigua estancia para los últimos instantes. Los médicos procedieron al reconocimiento exacto de la herida. Mientras, en otra habitación, Monteleón recibía a su vez el asombro del único motivo que había llevado a Luis a las verjas del hotel. Su aflicción, su noble aflicción, se aumentaba. Aparte de haber sabido por su mujer misma que ella no tenía la menor noticia del teniente, lo cual venía a probarle que jamás el joven hizo lo más mínimo por revelarla su presencia, había ya estimado incongruente la viril y correctísima conducta de Luis, en todos los trámites del duelo, con la mentecatez que hubiera habido que suponerle a un hombre que ronda a una dama honrada para no tratar de decirla ni una letra y porque sí. En efecto, a nada que la hubiese visto por las calles, a nada que hubiérase informado para saber dónde vivía, tendrían que haberle dicho que no era Inés-María mujer para que perdiesen el tiempo los imbéciles. Saltaba evidente la inocencia del simpático ingeniero; y Monteleón, a no tener tanto dominico de sí mismo, volviérase loco de pesar ante el error irreparable con que habíale empujado a las puertas de la tumba. Su primer impulso fue entrar y pedirle perdón. Comprendió cuán ridículamente macabro sería esto, que en nada repararía la injusticia, y halló preferible ahorrarle en sus últimos momentos el dolor y la indignación de su presencia... ¡Pobre muchacho!

Los médicos salieron. Su reconocimiento, lejos de aportar tranquilidad, confirmaba los temores. Herida penetrante, de pleura, de pulmón. Y acaso también de pericardio. Tendencia al colapso, que verían de combatir con suero artificial. Al toser, siempre sangre. El estilete se hundía unos tres centímetros. Se le había dispuesto morfina y hielo; no hablar; calma absoluta. Como riesgos inmediatos había la parálisis del corazón, por el shok, o por la hemorragia pericárdica; y para después, si el infeliz salía de la mañana, el enfisema, la pulmonía... En suma, un horizonte de horrores que no clareaba luz por parte alguna.... para mayor angustia del que había causado la catástrofe.

Ya que no otra cosa, el caballeresco Monteleón se propuso poner al servicio de su víctima, y singularmente de la madre, todas sus devociones. La equivocación tremenda le obligaba a exagerar en tal concepto.

Por lo pronto, le dio a los criados de la dehesa la orden de tratar al huésped con cuidados exquisitos. En seguida se volvió en el coche a la ciudad para enviar una monja de enfermera, y telegrafiar del mejor y más expedito modo posible, dentro de la urgente situación, a la pobre madre del herido.


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