A todo honor (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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A todo honor Felipe Trigo


Son ridículas... sencillamente ridículas, estas fondas de los pueblos.

En general, casas de cierta fanfarronería que empezaron A construir el comerciante X o el notario Z, al jubilarse, y que «vieron» la muerte de sus dueños antes que ellas estuviesen concluidas en todos los perfiles. Y así se quedan inconclusas para siempre. Escaleras sin baranda, a lo mejor, o con una provisional-definitiva; timbres que no suenan; techos sin pintar...

El comedor, ya se sabe: estrecho y largo, con aspiraciones de salón; el patio con columnas, con corredor encima, con mecedoras... Y luego, viajantes, viajantes...; la mesa llena de viajantes y cajas de viajantes por todos los rincones.

Además -¡no lograba entenderlo Luis!-, estaba en plena Mancha (el país de los carneros y las dehesas) y acababan de ponerle en la cena unas chuletas empanadas que antes parecían unas tortillas de cordel. Sobre esto de las famas regionales tenía ya el joven madrileño sus escamas: gente alegre, por ejemplo, la andaluza... y hasta se dijese que lloraban cantando en sus guitarras; buen vino en Jerez... y en otro viaje tornó una copa, al paso, en la estación, y parecía petróleo.

¡Oh, su Madrid!... Allí sí que eran tiernas las carnes de la Mancha, y bueno y barato el jerez, y alegre la alegría de Andalucía... Exportación. Las provincias se quedaban sin todo por enviárselo a la corte.

Encendió el puro, en el zaguán, y se lanzó por las calles.

Yacían en una semiobscuridad eléctrica digna del siglo. «¡Para lo que hay que ver!» -podía decirse aquí, como cuentan que decía el oculista que iba dejando ciega a su clientela.

Luis no tenla más amistades fuera de la fonda que dentro de la fonda. Llevaba en la localidad media semana. Los días se los pasaba en las sierras, al sol, entre jarales. Las noches podría pasárselas luciendo su uniforme nuevo de teniente de Ingenieros si se viesen (o pudiesen verlo) en alguna parte las muchachas. Pero no salían, no salían quizás nunca de casa las muchachas de este pueblo con honores de ciudad. En vista de lo cual descuidaba Luis un tanto su tocado: botas de campo, guerrera gris, y sin sable...

¿Por qué no había siquiera teatro en el Teatro? ¿En qué diablo se divertía la gente?... Las damas estarían rezando, salvo tal cual cara bonita que se adivinaba en la sombra de las rejas con el novio. Los hombres... eso sí, en el Casino, a todas horas.

Llegó a la Plaza. Llegó al Casino. Entró. En la sala de la izquierda tomaban ya sendos cafés con copas tres viajantes. En la sala de la derecha un señor leía un periódico, y otro, joven, tumbado en un ancho butacón, pelaba primorosamente una bellota. Saludó, pidió café, y estuvo viendo al joven indígena pelar bellotas. Era una exquisita y delicada operación: se comía una, y sacaba otra; primero la consideraba, la examinaba, como para persuadirse de su bondad; luego, con el cortaplumas, le quitaba el cascabullo y le hacía cortes circulares en la cáscara; sacada ésta, empezaba un minucioso y cariñoso raspado de la almendra... y, por fin, se la comía el operador, muy lento, en tres minutos, en seis minutos, mientras iba procediendo a otra mondadura.

Terminado el café, Luis se levantó, volvió a cambiar otro cortés saludo con el del periódico y el de las bellotas, y fue a la sala de juego. Grande animación. No era jugador, y no jugaba. Limitábase a mirar. La primera noche, al verle de uniforme, y joven, los banqueros sonriéronle con cierta curiosidad. Debieron de creerse que era un punto. Brindáronle un asiento, en el otro frente de la mesa, y tres o cuatro se apremiaron a cedérselo. Él lo rehusó. En las otras noches, al ver que no jugaba, perdió todo el prestigio. No ya un joven teniente de Ingenieros, jefe de la Comisión Geodésica que traía por fin, con doce soldados y un sargento, la triangulación de la comarca; se hubiese de tratar de un emperador que no jugase y fuera igual para los altivos jugadores. Un jugador no reconoce otras jerarquías, otros respetos, que los de sus colegas. Es más el que apunta más -y el que no apunta no es nadie. Cuando entraba, pues, el joven militar, gallardo y todo, no le hacían más caso que al perro del conserje.

En cambio, a la asamblea, y a él mismo, en verdad, causábales casi veneración un señor guapote y respetable, de finísimos modales, que apuntaba cada vez paquetes de a cien duros, billetes a puñados, de cien pesetas, de quinientas pesetas, de mil..., con una perpetua sonrisa afable de desdén entre los labios. Un viejo apoplético, a quien llamaban D. Basilio, todo calvo, jugaba fuerte también, pero retratando en su faz una codiciosa emoción que daba miedo: las venas, gordas y tortuosas, se le inflaban por la congestión casi violácea del cráneo, como si le fuesen a estallar.

Sin embargo, pronto Luis se fastidiaba, y se iba a pasear su soledad y su aburrimiento por el fresco de la noche. Partió, y se dio a vagar por la ciudad, igual que en las pasadas. Un Abril sereno, ligeramente fresco. A las diez no había un alma por las calles, y, sobre todo, en cuanto se alejaba un poco de la plaza. Andando, andando, bostezaba. Se acordaba de Madrid. Apolo, la puerta de la Peña, el Real... ¡cómo estarían a estas horas! Principalmente, el Real.

Luis era un apasionado de la música. La solución, aquí, sería acostarse, y más teniendo que madrugar para largarse al monte con sus soldados y pantómetras; sino que, acostumbrado a trasnochar, no dormiría...

Encendió ahora un pitillo y procuró distraerse con la arquitectura de las casas. El pueblo no tenía carácter. Ni antiguo ni moderno. Una monotonía cruel de fachadas blancas y balcones con macetas. De trecho en trecho tapias, molinos aceiteros y arroyos de alpechín.

Iba a las afueras. Una plazoleta lo detuvo. Era irregular y presentaba un aspecto teatral y pintoresco. Entre frondas de unas huertas recortábanse los muros y el cimborio de un convento en ruinas. A un lado, viviendas pobres, de un piso; y al otro, un enverjado jardín, en cuyo fondo de arboleda se alzaba un palacete. Un fino arete de luna en cuarto, que parecía tener prendido cerca de una punta un gran lucero, hundíase, tras la veleta del cimborio, en la agonía profunda de lo azul. En vez del clásico gato negro, destacándose en silueta, el breve argénteo resplandor mostraba la de dos cigüeñas en otro campanario sin campanas -y abajo, en mitad de la plazuela, en la claridad rojiza de una luz, había una gran cruz de escalinata y un pilarón con una argolla.

La argolla debió de servir allá en tiempos medioevales para suspender a los ahorcados.

Por la imaginación de Luis pasaron las leyendas de los siglos. Cosas de horror y de tragedia. Las cornejas del convento debían de ser entonces fatídicos espectros. Pero, ahora, eran cornejas... y todo esto una decoración que el maestro Muriel pudiese acomodarle a un paso de sainete..

Pensó que, en estos pueblos, la vida habíase vuelto insoportablemente idiota al ir perdiendo su barbarie. La barbarie fue, al menos, el arte de las gentes que no han podido concebirlo de otro modo. En los grandes centros, con un olvido total de historias y romances, preocupan otras cosas: la música de un Wagner, la suntuosidad de un Music-hall, el maillot que van tendiendo a suprimir las «helénicas» danseuses... Aquí se confundían con su mismo y eterno bostezo colosal, en el casino lleno de moscas y colillas, el siervo y el señor. Un día, y otro día y, otro, y otro... con sus tardes y sus noches, hasta que al cabo de los años se muriesen, aquel rico de la banca apuntaría sus montones de dinero junto a aquel otro que pelaba primorosamente las bellotas.

¡Qué horror! ¡Nunca volvería a ocurrir nada en la paz de muerte de estos pueblos!... Hubiesen traído aquí a Napoleón, y al año se hubiese vuelto cazador de codornices.

Subió dos peldaños, de la cruz, y se sentó en el tercero. Encendió inmediatamente otro pitillo. Una barbaridad. De día, no intrigado y divertido con sus trabajos del campo; pero de noche, en las horas perdurables de estos pueblos, donde no ocurría nada jamás, agotaba un paquete de Susinis.

Tendió el oído, de pronto, porque empezó una música a sonar. Piano... ¡y manejado diestramente! Un bien llovido del cielo le hubiese cansado igual delicia por el alma. Entre el ramaje del hotel divisó un balcón entreabierto. Venía de él, esta sonata... esta sonata, sí... de Sinedy... el gran bávaro de moda...

Se levantó y se fue acercando. Se quedó en la esquina de la verja, lo más cerca posible del balcón, por no perder ni la más leve pulsación de la sonata. La que tocaba, o el que tocaba, era inteligente. Debía de tratarse del profesor de la ciudad.

Era un regalo. Dios se le apiadaba. En tantas días, en el aburrimiento homicida de este pueblo, oía música, y una buena música, por primera vez. Su ser la recibía como la tierra seca una lluvia de verano.

Aunque, no -rectificó en seguida; -maestro y todo el que tocaba, no debía de ser el profesor. El profesor de música de un pueblo tan prosaico no viviría seguramente en un palacete moderno con jardín. La verja cercaba toda la manzana. ¡Alguna señorita!

Tuvo una angustia. Concluida la sonata, volvía el silencio, y parecía que le habían retirado del alma los tules del amparo.

Pero tuvo en seguida una compensación enorme de alegría, porque el piano volvió a sonar, preludiando algo... y la... señorita, cantó. ¡Ah, qué maravilla! Voz extensa, llena, armoniosísima. Ópera, además:


Col pensiero il mío desir
A té ognora volerá,
E pur l'ultimo sospir
Caro nome, tuo sará.


¡Bravo! El lamento de la bella Gilda enamorada.

Luego derramó la poderosa contralto canciones de la Bohemia y la Tosca por la calma de la noche. Era tierna, pues. Amaba lo sentimental. ¿Sería guapa?... Su voz, a menos de contrasentido, dejaba adivinar un pecho, un cuerpo de buena moza.

Descansó ella, tocando el nocturno sexto de Fhlowat y el cuarto de Chopín, y cantó, como final, un pasaje de Lucrecia:


Il segreto per esser felici
Se io per proba...
E l'insegno agli amici...


¡Oh, sobre un desdichado de tres días... qué consuelo esta mujer que sabía el secreto para ser felices!

Mas no estaba en situación de revelárselo... puesto que cesaron el canto y el piano y se cerró el balcón.

Luis, por la entreabertura luminosa, sólo pudo ver un brazo blanco, que le pareció lleno de encajes y pulseras.

Un señor, momentos antes, había entrado por la verja.


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Capítulo II
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A todo honor Felipe Trigo


A la siguiente noche volvió el joven ingeniero al Casino y vio nuevamente al que jugaba miles de pesetas, sonriendo, y al otro que pelaba las bellotas. Sólo que éste, siempre con religiosa atención, pelaba las bellotas viendo jugar, de pie, junto a la mesa de la banca. El calvo de las venas gordas las tenía más hinchadas que otras veces.

Luis fue a la Plazuela. Le daba prisa un afán: el de encontrar el recreo de la cantante. Y respiró, en cuanto dobló la esquina del convento. El balcón estaba entreabierto, como anoche, y sonando el piano.

La delicia hacíale olvidarse de fumar. Unos ratos paseaba, otros se paraba -siempre cerca de la verja. La dama, la niña, la rubia, la soltera... ¡lo que fuese! cantaba con bríos y sutilezas desgarradas de pasión que volaban temblando por la noche y por el alma lo mismo que espadas de cristal... lo mismo que puñales encendidos...

Si esta mujer tenía por hábito distraerse a estas horas de tal modo, él, el aburrido forastero, estaba salvado plenamente. Vendría a oírla, basta las once, hasta las doce.

En efecto, como anoche, a las doce en punto, un señor llegó -el padre o el marido, -y el balcón volvió a cerrarse. Era un hombre corpulento, envuelto en un gabán, hasta los ojos. Padre, más bien -por tal detalle. Hombre de edad, que se cuidaba... que se abrigaba en Abril como en Enero.

Siguió Luis acudiendo en las noches sucesivas. Su café, su rato de pie en la banca, a la espera de las diez, y su poética sesión de música en lo obscuro. La luna ya no andaba por el cielo, y las pobres bombillas de la plaza de Jesús, igual que las del pueblo todo, exceptuando la Plaza, se apagaban a las once. Economía municipal. Y mejor para el melómano, que recibía más hondo el halago de la música y de la voz divina a la luz de las estrellas.

¿Quién sería esta mujer? ¿Cómo sería?... Por de pronto, que estaba sola en el salón, sola quizás en la casa, decíalo claro el no advertirse ni el más mínimo rumor de charla en los silencios. Su madre dormiría. Su padre tornaba tarde, y le esperaba. Rica y sin hermanos, puesto que no veíase entrar por la cancela a nadie más.

Se inquietaba Luis pensando... (si ella fuese guapa, al mismo tiempo) en que quizás habría venido él a realizar el suceso más interesante de su vida en... este pueblo donde juzgó que nada pudiera pasarle a nadie nunca. La contralto, la posiblemente bella contralto, no sospecharía siquiera que en la sombra de la calle estuviésela escuchando... su destino, su futuro marido, tal vez!...

¡Oh!

El miedo a un desengaño le inquietaba. ¿Y si era fea?... ¡Resultábale tan dulce esta emoción de una ignota idealizada por la loca fantasía de unos arpegios!... ¡Bah! Romántico, romántico, Luis, allá bien dentro de este bruto sensual, que hace de todo hombre la vida, hallaba preferible a verla, ni a saber de ella nada, incluso renunciar a ella, con tal de conservarse en el misterio el vago ensueño de unas noches de ilusión. En su existencia quedaría de esta manera, al menos, la niebla del recuerdo de un delirio.

Sí, si; hallaba esto racional. Aquella mujer, por rubia, por linda que fuese, no podría llegar a lo que él se imaginaba. No trató, por consecuencia, de quedarse un día sin ir a los trabajos, a fin de rondar el palacete y mirarla en el balcón. No trató, tampoco, ni de preguntarle acerca de ella a los mozos de la fonda o del Casino. ¿A qué?... Se conformaba con los detalles que directamente iba recogiendo y que gratamente le aumentaban la ilusión: alma de artista, suprema alma que así sentía el arte más divino; mujer, además, educada fuera del ambiente de este pueblo, en colegios nobles, en grandes capitales donde habla oído tantas óperas... ¿Quién de aquellos burdos señoritos, que él veía jugar al monte, pudiese realizarla el ideal de un amor? ¿Qué previo divorcio espiritual se establecía ella propia en estas nocturnas soledades con todos ellos?...

Oíala, oíala Luis por las tinieblas, una y otra noche, como una sombra, como otra alma noble y pura. Sin embargo, allá a las doce, se alejaba un poco de la verja, hacia la cruz, porque ya cuatro o seis veces notó que el padre, el señor que entraba tan tieso en su gabán, le había visto y le había observado con recelo.

¡Ah, el brindis! Le gustaba a ella. Era lo que solía cantar más a menudo:


Il segreto per esser felici
Se io per proba...


¿Sería verdad que esta mujer supiese el secreto para ser felices?... Por intuición, si no per proba, pero...

Pero Luis tuvo que alejarse con toda rapidez. El padre acababa de torcer la otra esquina de la verja. Se acercaba. Se paró, el buen padre, mirando al fugitivo, y creyó Luis (que habíase detenido en la cruz) que el señor aquél esta noche vacilaba, antes de tocar la campanilla, sobre si ir o no a reconocerle.

Bueno; con la luz de las estrellas, había la muy bastante para que hubiese visto que no fuera un ladrón, porque no suelen los ladrones disfrazarse de teniente de Ingenieros.


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Capítulo III
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El de las bellotas, pelaba esta noche las bellotas detrás del calvo jugador.

Luis entró y se situó, de pie, detrás del joven señor que jugaba tantos miles de pesetas.

Hubo un albur que el joven señor llenó de plata y de billetes; ganó, al caballo, y al volverse para aceptar en torno con un desdén amable el murmullo de tan general admiración, vio a Luis... y se quedó mirándole, tenaz y sonriente.

Luis no supo qué pensar de esta sonrisa. La agradeció, no obstante, aun sin corresponder a ella. Significaba quizás la simpatía de un hombre fino, de un hombre culto, hacia el culto forastero. Este fornido señor, guapote, de cuarenta años, debía de ser algún hidalgo rico que se aburría entre las gentes de su pueblo natal, a temporadas. A pesar de su manifiesto desaliño, su ropa era de buen corte. Con la sonrisa, en comunicación espiritual, había querido expresarle: «¿Eh?... ¡ya me ves aquí, siendo el asombro de estos toscos y pobres paisanos míos! ¡ya supondrás, sin embargo, que también conozco el mundo, como tú, y que no es mi vida de este ambiente!»...

Le miraba, le miraba Luis, cediendo a aquella simpatía, y notó de pronto que el hidalgo, después de llenar otro albur con sus billetes, volvía a mirarle y sonreírle...

Mas ¡oh! ¿Qué extraño agrio de ironía ponía en su boca? ¿Qué reto insultador lucían sus ojos?... Luis, sin rehuir por esta vez la procaz mirada del que, sin embargo, serenamente sonreía, rectificó instantáneo su criterio: «El tal hidalgo... parecía más bien un valentón impertinente encargado de resumirle el desprecio de los demás de la partida al joven forastero que venía todas las noches a mirar...»

-¡Levántate, Perico! -le dijo el insolente, con un tono de injuria mansa, a uno que ocupaba la silla de su izquierda, y que le obedeció-. ¡Levántate, porque va a sentarse este joven! ¡Quiere jugar!

-¿Yo? -recogió Luis con dureza.

-¡Sí! ¡Siéntese y juegue! ¡Lo pasará mejor que haciendo el burro por las calles!

Luis se inclinó hacia él, interrogándole, exigiéndole:

-¿Qué dice usted?

El señor se levantó.

-Digo... ¡lo que he dicho!

-Pues... ¡es usted un mamarracho!

La respuesta fue una bofetada en la cara del teniente... que, loco de rabia, al querer lanzarse a su agresor, se vio detenido por los brazos... Uno, dos, tres, diez... habíansele afianzado, cuantos estaban a su espalda. Pugnaba por desasirse, en vano, y gritaba desgarrados ultrajes su garganta... No, no conseguía sino repartir puntapiés y puñetazos al grupo que le inmovilizaba en aquel lado de la mesa... mientras que el provocador de la escena estúpida, de la escena inverosímil, sereno siempre y jaquetón, seguido por otro grupo, salía de la estancia, diciendo:

-Dejadle. Es un señor teniente de Ingenieros. ¡Él sabrá su obligación! ¡Y si la sabe... sé la mía!

Esto le aplacó al joven la violencia. No comprendía lo sucedido, pero el absurdo señor no le rehuía, por lo visto, la reparación caballeresca. Quedaba en un rincón de la sala, rodeado aún por los que volverían a impedirle seguir a su adversario; y con la mejilla roja por el bofetón, y con los dientes y los puños apretados, escuchaba frases entre amables y cobardes:

-¡Ah, cálmese usted, cálmese usted¡ ¡No ha sido nada!

-¡Caramba, don Julián! ¡Un hombre tan correcto!

-¡Incomprensible! ¡Incomprensible!

-¡Es el amo del pueblo! ¿Sabe?

-¡Sí, es don Julián Monteleón!... ¿Se conocían ustedes?

Luis, tratando de separarse, sacó una tarjeta suya.

-Señores -suplicó-, no conozco a nadie en este pueblo. ¿Cuáles dos de ustedes quieren llevarle mi tarjeta?

-¿Para... batirse?

-¡Claro!

-Pero... ¡para batirse! ¡Qué barbaridad!

-¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Le va a matar a usted, encima!

-¡Si es un hombre que sabe de armas como nadie!

-¡Qué importa! -exclamó Luis, irritado nuevamente. -¿Quieren o no?

La tarjeta, brindada al corro, tuvo la mágica virtud de dispersarlo. Luis quedaba únicamente con un mozo que recogía las raquetas y barajas de la banca. De fuera llegábale el hervor de comentarios del Casino entero, que habríase recogido con el don Julián en otra sala. ¿A qué ir? ¿A qué intentar una nueva venganza personal imposible, pues que volverían a sujetarle, e incorrecta, tras haberle como indicado el don Julián que le hablaría en otro terreno?... Supuso que no faltarían en la ciudad militares retirados, y se informó por el mozo. Obtuvo las señas de dos, un coronel y un capitán.

Partió del Casino. Se fue inmediatamente a visitarlos. Primero al coronel. Le contó el suceso, y reclamó su intervención. El digno coronel, sorprendido por el ex-abrupto increíble del exquisitamente educado y siempre correcto don Julián Monteleón, tuvo que prestarle fe a los hechos, sin embargo. El compañerismo le obligó a todo con Luis. Mandó llamar al capitán, y pusiéronse de acuerdo.

Pocos minutos después salían para el Casino, los padrinos, y Luis para su fonda.

En ésta, a la hora y media, reuniéronse otra vez. Claro y grave el caso, no hubo discrepancias. Don Julián habíale confiado la representación a otros dos amigos. A espada el duelo, por elección de los militares -que aun sabiendo la destreza del rival en armas blancas, sabíanle mejor en la pistola su peligrosísima maestría... Y como el incidente, que nadie se explicaba, había tenido tanta resonancia, prevaleció el acuerdo, (con objeto de burlarle al pueblo un caso de curiosidad allí nada acostumbrado) de celebrar el lance al amanecer, partiendo en carruajes hacia un lejano campo a media noche.

El coronel se retiró a descansar algunas horas. El capitán quiso quedarse acompañando a Luis, y éste no lo consintió.

-Sí, sí, dormiremos, señor Acedo, es preferible.

-Sí, sí, entonces le dejo descansar. Debe usted ir perfectamente dueño de sí propio. Monteleón es también hombre bravo y... experto.

Se fue satisfecho de la serenidad del apadrinado, pero inquieto al haber sabido que no conocía las armas, tal que el adversario, como un profesional, sino del modo corriente en Academias.

Inútilmente habían tratado de inquirir los dos padrinos alguna oculta causa del lance. Luis mismo, en las horas intranquilas de esta noche, no comprendía lo ocurrido. Por una parte, el suceso, brutal, repentino, incongruente. Por otra, aquella decantada buena educación de don Julián y aquel su profesionalismo de las armas. Habíanle informado el coronel y el capitán: Monteleón, que en su juventud pasaba largas temporadas en Madrid y en París, se había batido varias veces; desde que se casó vivía, sin embargo, burguesamente en el pueblo...

Luis, en suma, y sin que le agradase mucho la deducción, acabó por creer que este lance no fuese sino una manía, una especie de vieja afición despertada a la vista de un joven madrileño en el deportista de las armas. Le irritaba esto. Le indignaba, porque no había modo humano de evitarlo, ni aun dada la trivialidad del propósito, mediando un bofetón. Iba a servirle de juguete, de monigote, a un duelista retirado, ante sus amigos, como le servía al Guerrita de diversión un becerrillo, en las giras, para recordar sus glorias del toreo. ¡Oh, cómo le irritaba!... Tanto que ni el mismo recuerdo de su buena madre, con Luis por únicos amparo y cariño en el mundo, borrábale el empeño de una ceguedad asesina ante el hombre que así podría aprender cómo no impunemente se abofetea a un teniente del Ejército para llevarle de muñeco de comparsa.

No logró dormirse. Puntuales, a las tres, llegaron con él coche los padrinos. Partieron. Trotaba tanto el coche por los campos, que Luis hubo de pedir la razón de tan larga caminata. Era que (aparte la curiosidad de la gente del Casino), por el alrededor de la ciudad, en un gran radio, no había sino tierras de cultivo que inundaban desde el ser de día los labradores.

Al alba llegaron a las márgenes de un río, entre arboledas. Ya esperaban Monteleón y sus padrinos, con un médico. Cumplido el ritual, empezó el lance.

Luis pudo advertir desde luego el aplomo y la habilidad de su adversario. Perfectamente cubierto con la guardia, parecía estudiar el juego de él..., y sonreía, pronto sin duda convencido de que no fuese el joven un terrible tirador. Pero Luis, rabioso por tales cosas, que venían a confirmarle sus recelos de la noche, en un ímpetu de ira perdió la observadora calma tenaz que a su vez habíase impuesto, y se lanzó a fondo como un rayo...

-¡Ah! -gritó Monteleón, rompiendo, parando, mas no con tal precisión, por la sorpresa, que no recibiese en el antebrazo la punta de la espada.

La sangre, brotó. Se suspendió el combate, y reconoció el médico un rasguño. ¡Nada!

Vuelta a la guardia. Monteleón, sin perder su aplomo, estaba serio. Convencido Luis de que todo se lo tendría que deber a su vehemencia, a su loca voluntad de no servirle de juguete inofensivo al hombre que le abofeteó, redoblaba sus ataques, acosándole, ganándole terreno..., imponiéndosele tal vez con el ceño duro que indicaba su designio de morir o de matar... Pero el acero salvaba siempre del acero al hombre aquel..., y en cambio sentía demás el insensato impetuoso cómo él, al final de cada ataque, se quedaba al descubierto... ¡qué importaba!... Una vez, tras otro acoso, Monteleón no quiso seguir retrocediendo... y pálido, pero más sereno, más sagaz, le gritó al joven, presentándole la punta:

-¡Cuidado!

La espada le rozó el hombro a Luis, con la suya completamente fuera de la línea. Contestó en seguida con un grito a la impertinente prevención, y se lanzó con más furia... Y esta vez... él solo habíase clavado en el pecho la espada del contrario... Fue un segundo, y no se dio cuenta él mismo, quizá, puesto que persistía en el ataque... Pero se acercaron los testigos, descubriéronle la herida, que sangraba en abundancia, y Luis, lívido de pronto, cayó a tierra...

-¡Muerto! ¡Se muere! -opinó con sobresalto el doctor, reconociéndole.

Luis, privado de conocimiento, tenía la palidez del síncope en el rostro. Su pulso se perdía. Sin duda descompuesto en su fondo, cuando se hubo lanzado al rival, la espada habíale alcanzado en el lado izquierdo del pecho, entre la segunda y tercera costillas. El médico taponábale la herida con huata. Atendíale al pulso. No podía estimar si la inclinación de la espada hubiese afectado al corazón. Gravísimo, de todas suertes... Y en un trágico silencio, el grupo rodeaba al infeliz.

-Señores -dijo Monteleón, apartándose con el coronel y el capitán-: Siento lo acaecido, y aunque me quede el consuelo de no haber sido mi voluntad de matarle lo que ha matado a este joven, sino más bien su rabiosa ceguedad frente a mi espada, deseo también que ustedes sepan la verdadera causa del lance. Ante el resultado fatal, lo considero imprescindible para que ustedes no puedan continuar creyéndome un desalmado camorrista. Este joven asediaba mi casa con descaro sin igual todas las noches. Ni mi mujer ha llegado siquiera a percatarse de ello, ni yo soy celoso, como es sabido; mas no por eso he de ocultarles que me irritaba su insolencia; tan grande, que ni se retiraba apenas de mi verja cuando regresaba yo, no obstante conocerme del Casino. Juzgándole un insoportable impertinente, he querido castigarle. Busqué la ocasión, por medio de un pretexto cualquiera, capaz de eliminar de la cuestión mis celos, que no existen, y el nombre, principalmente, de mi esposa, que insisto en que ni vio jamás al desdichado. Mi objeto, pues, no habría querido ser otro que el dejarle advertido de algún modo..., del único compatible con la dignidad de un hombre de honor, pues no era el trance de índole que me pudiese consentir entrar con él en súplicas ni explicaciones. Él, según he visto por ustedes, ha sabido al menos conservar una digna reserva del motivo. Y ahora, también ustedes, hombres de honor, espero que reconozcan hasta qué punto mi proceder ha sido el imprescindible proceder de un caballero.

Estrecháronle la mano el coronel y el capitán, y añadió el hidalgo todavía:

-Ruégoles que cuenten conmigo para cuanto pueda hacer falta después de este infortunio.

Se acercaron al yacente. Entre el médico y los otros dos padrinos habíanle vendado gasas en el pecho.

-Al coche! ¡en seguida! -determinó el coronel, viendo que Luis reaccionaba.

Tomado en brazos, volvió el herido a incorporarse. A fin de transportarle tendido, Monteleón cedió su coche, que era un amplio familiar. Se iba a morir en el trayecto. El médico gemía su contrariedad desesperada por los peligros que la movilidad del coche acentuase en el largo viaje. Monteleón, entonces, indicó que a menos de un kilómetro estaba Las Mimbreras, una finca de él, con buena casa.

Tal recuerdo y tal oferta parecieron de una oportunidad providencial. Aceptado con ansia por el médico, por todos, partió el familiar con dirección a Las Mimbreras -mientras en el otro coche salió hacia la ciudad Monteleón, al galope de las mulas, para llevar cuanto antes a otros médicos.

Luis volvió por el camino a reaccionarse. No le consentían seguir sino tendido. Leía su gravedad en el gesto severamente inquieto del doctor. Con éste y con el coronel y el capitán, iba también Inchausti, padrino de Monteleón y casi pariente. Luis, con voz desfallecida, pidió que de la mejor manera posible avisasen a su madre. Dijo sus señas en Madrid. Tosió y echaba sangre. Tornó a quedarse sin sentido.

Cuando lo recobró, se encontraba en una cama. Eran las suyas una torpidez y una frialdad espantosas. Sin otros recursos clínicos, trataban de reanimarle con éter y botellas calientes a los pies. Insistía en el recuerdo de su madre. Quejábase, quejábase amargamente de la insensatez de este duelo, y alguna lágrima en sus ojos revelaba su mal resignada pena al perder la vida de manera tan idiota. Conmovidos sus padrinos, y con la sorpresa de ver que el joven parecía ignorar la causa, aludieron a ella, levemente, con ánimo de justificar en lo posible al Sr. Monteleón. Luis, por su parte, tuvo otra más grande sorpresa al enterarse de que aquel señor era el dueño de la casa que él había rondado por las noches... Aunque ya tarde, por desdicha, sinceró de toda intención reprochable sus paseos junto al hotel. Aparecíale más comprensible la conducta del marido, en quien no acertó a reconocer a este Monteleón que jugaba en el Casino, y afirmó que sólo le llevaban a la plaza de Jesús su aburrimiento y sus aficiones por la música... Probábalo el hecho de no esquivarse, apenas, cuando entraba aquel arropado personaje en el hotel... ¡El equívoco a que dio lugar, no había podido ser de más funestas consecuencias!

Una hora después, ya Monteleón de vuelta con dos médicos y un cura, se acordó retener a éste en una contigua estancia para los últimos instantes. Los médicos procedieron al reconocimiento exacto de la herida. Mientras, en otra habitación, Monteleón recibía a su vez el asombro del único motivo que había llevado a Luis a las verjas del hotel. Su aflicción, su noble aflicción, se aumentaba. Aparte de haber sabido por su mujer misma que ella no tenía la menor noticia del teniente, lo cual venía a probarle que jamás el joven hizo lo más mínimo por revelarla su presencia, había ya estimado incongruente la viril y correctísima conducta de Luis, en todos los trámites del duelo, con la mentecatez que hubiera habido que suponerle a un hombre que ronda a una dama honrada para no tratar de decirla ni una letra y porque sí. En efecto, a nada que la hubiese visto por las calles, a nada que hubiérase informado para saber dónde vivía, tendrían que haberle dicho que no era Inés-María mujer para que perdiesen el tiempo los imbéciles. Saltaba evidente la inocencia del simpático ingeniero; y Monteleón, a no tener tanto dominico de sí mismo, volviérase loco de pesar ante el error irreparable con que habíale empujado a las puertas de la tumba. Su primer impulso fue entrar y pedirle perdón. Comprendió cuán ridículamente macabro sería esto, que en nada repararía la injusticia, y halló preferible ahorrarle en sus últimos momentos el dolor y la indignación de su presencia... ¡Pobre muchacho!

Los médicos salieron. Su reconocimiento, lejos de aportar tranquilidad, confirmaba los temores. Herida penetrante, de pleura, de pulmón. Y acaso también de pericardio. Tendencia al colapso, que verían de combatir con suero artificial. Al toser, siempre sangre. El estilete se hundía unos tres centímetros. Se le había dispuesto morfina y hielo; no hablar; calma absoluta. Como riesgos inmediatos había la parálisis del corazón, por el shok, o por la hemorragia pericárdica; y para después, si el infeliz salía de la mañana, el enfisema, la pulmonía... En suma, un horizonte de horrores que no clareaba luz por parte alguna.... para mayor angustia del que había causado la catástrofe.

Ya que no otra cosa, el caballeresco Monteleón se propuso poner al servicio de su víctima, y singularmente de la madre, todas sus devociones. La equivocación tremenda le obligaba a exagerar en tal concepto.

Por lo pronto, le dio a los criados de la dehesa la orden de tratar al huésped con cuidados exquisitos. En seguida se volvió en el coche a la ciudad para enviar una monja de enfermera, y telegrafiar del mejor y más expedito modo posible, dentro de la urgente situación, a la pobre madre del herido.


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Capítulo IV
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A todo honor Felipe Trigo


Almorzaba sola, Inés-María.

La desgracia del teniente había puesto en conmoción a la ciudad.

Dos horas antes se la había contado a ella su marido, en breves frases y mientras se disponía a escapar nuevamente hacia la dehesa con los médicos: «Una partida de caza, de ronda de jabalíes, improvisada por la noche en el Casino, y en la cual el joven tuvo la desdicha de caerse del caballo».

Después, habíanla dicho que el herido estaba en la agonía.

Ella, al pronto, concedióle crédito a Julián. Pero según fue advirtiendo en toda la mañana la expectación de las gentes que pasaban y aun se estacionaban delante del hotel; según fue observando la recelosa actitud de los criados; según, en fin, llegó a saber por uno de ellos, que la herida del joven forastero era de arma blanca..., encontraba más extraña aquella cacería.

Recordaba que dos noches atrás, al regresar su marido del Casino, la interrogó casi arisco acerca del teniente. Sí, casi arisco con respecto del teniente, no con relación a ella -y la forma del breve diálogo, fue así: «Oye, Inés-María, todas las noches, al volver, me encuentro por aquí a un joven forastero: ¿tú sabes quién es?» -«No». -«¿No le has visto, entonces, tú?» -«No». -«Pues es, el teniente ese que ha venido con soldados; ¿le conoces?» -«No»... -Las negativas habían sido simples y severas; y tanta la fe para ellas de Julián, que en seguida Inés le oyó cambiar de charla -con el propósito de no concederle al asunto una importancia que pudiese injuriarla con la duda.

Como siempre, ella, la dulce, la sumisa, le respetó al cortés esta voluntad de no plena comunicación que formaba su carácter; pero habiéndole notado, desde luego, su hostilidad hacia el joven forastero.

Hoy, concluyó por hallarle una extraña incongruencia al tal enojo con la galantería para un amigo a quien se invita a cazar.¿Cómo se hizo esa amistad en pocas horas y qué fatal casualidad pudo ser esta de desgracia tal en la improvisada cacería?

La imaginación de Inés rozaba la verdad.

¡Un duelo!

Su marido, de soltero, se había batido algunas veces; mas nunca de estos lances resultó una muerte, como ahora.

¡Oh! ¡Un duelo!... y... ¿por ella?

La trágica sospecha íbala envolviendo poco a poco.

-¡Señorita, dicen que mañana llega la madre de ese joven! ¡Dicen que está muriendo y que...

Era Martina, que entraba con un plato y con la especie de horror de no sabríase cuál noticia acabada de aprender de otros criados o de las gentes de la calle. Esto lo vio claro Inés en la muchacha.

-¿Qué? ¿Qué dicen? -la excitó. -¿Que no se trata de ninguna cacería, no es eso?

-¡Eso! ¡Que es que el señor se ha peleado con el otro!

-Y... ¿por qué, Martina? ¿Por quién, dicen?

-¡Por usted!

-¿Por mí?

-¡Sí, señorita!.-

-Pero... por...

Enmudeció de pronto, al advertirle a Martina, no obstante su respeto, una suerte de atención perversa y asombrada. El trance aparecíasele con una grave realidad impropia para ser debatida con criados.

Se levantó y se retiró del comedor dignamente.

Confirmado del hecho lo terrible, su gesto debía bastar para quedarse absuelta de toda sospecha de culpa personal ante la atónita muchacha -sin más explicaciones.

Se refugió en la sala del piano, y a través de los visillos y las ramas del jardín vio las gentes que hoy cruzaban la plazuela deteniéndose por las esquinas un momento.

No era una agresiva manifestación tumultuosa por el respeto que inspiraba el dueño de la casa; mas si un hipócrita hervor de la general curiosidad que acaso adivinaba allá en el campo un muerto y aquí una deshonrada!...

La injusticia la aterró. Pero era Inés altiva, y la aterró irritadamente, sin desfallecerla en lágrimas ni en quejas. Se retiró del balcón y ocupó una próxima butaca.

La emoción de drama, de solemne conflicto irresoluble, crecía en su corazón hasta la angustia.

¡Oh!... ¡Allá lejos, uno que moría... y aquí ella mortalmente herida en su honra también! Nada importaba su inocencia. Las gentes contemplaban a uno y otro a través del mismo escarnio de piedad. Sobre el asombro del desenlace triste, que los unía a los dos, la malicia los unía también con falsas evocaciones de traición y de locura en las pasadas noches..., cuando, como Julián, y con menos fe en las purezas de ella que Julián, otros hubiesen visto por las verjas del hotel al imprudente.

¡No, para la realidad del drama, no importaba que con toda fe la supiese y la creyese buena su marido! ¡El drama persistiría sin término, moral, tremendo, en el corazón de Inés..., mientras ya irredimible persistiese la pública duda acerca de su honra!...

¡Ah, esto sublevaba toda la innata honradez de Inés-María!

Vencida, lloró.

Y lloró mucho -mucho tiempo, con un silencioso llanto que la hacía permanecer inmóvil contra el respaldar de la butaca.

Era una infinita pena la de la honrada que lloraba por su honra.

Su mano temblaba fría sobre la faz sosteniendo el leve pañolito.

Ella sería quien fuese, en justicia; en el rigor bruto de los hechos, sin embargo, era una muerta moral, como iba a ser un muerto aquel desconocido con cuya suerte desdichada la unió el destino. Y temblaba, y esta persuasión penetrábala de una tan horrenda verdad de su vileza como si realmente fuese vil.

¿Cómo sería el teniente?

¿Cómo sería aquel hombre, a quien costábale la vida el insensato amor por ella?

No lograba odiarle, ni aun habiéndola traído a tan extraña situación. Por una parte, ya bien duramente estaba castigado con perder la vida; por otra, decíale a Inés, su propia imagen, que estaba viendo en el espejo, cuánto pudiese disculparle una locura a un hombre audaz, romántico tal vez..., capaz de no asustarse de otro hombre valeroso..., tan distintos ambos de los pobres señoritos de este pueblo.

¿Cómo sería este hombre que ahora luchaba con la muerte? ¿Cómo sería este joven teniente a quien costábale la vida el novelesco amor de quien no le vio jamás, siquiera?... Una fuerte curiosidad de romántica, una fuerte curiosidad de mujer contristada y apiadada, y en el fondo agradecida, hacía que Inés se formulase estas preguntas nuevamente.


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Capítulo V
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Al medio día, la madre de Luis había pedido telegráficamente ampliación de los detalles, y anunciaba su viaje, en el expreso. Se le dijo que se había caído su hijo del caballo, en una cacería, clavándose el cuchillo de monte. Monteleón se volvió a la finca, con la impaciencia de seguir, minuto tras minuto, los cambios del herido. Y fueron de zozobra inmensa las horas de esta noche, las horas del nuevo día, también, aguardando a la viajera.

Inchausti y el coronel se encargaron de recibirla en la estación y de acompañarla hasta la dehesa. Monteleón hablase vuelto con ellos al pueblo.

Prevenidos por él, igual que todo el mundo, insistieron en detallarla el suceso como un accidente de caza. El mismo Luis lo confirmó, puesto también piadosamente en el embrollo. Resultó conmovedora la escena de la madre con el hijo, en cuya faz se retrataba pálida la muerte..., con el hijo que al hablarla y al toser espumaba sangre por los labios.

Los médicos tuvieron que ejercer su autoridad para arrancarla de la estancia, en nombre de la calma misma del herido, a quien pudiesen agravar las emociones.

Querían tranquilizarla..., pero sin atenuarle mucho aquella fatídica impresión que pudiese irla preparando para un triste desenlace.

En efecto, desde la media noche, la reacción habíase presentado con gran fiebre, y el enfisema ampollaba los bordes de la herida.

Un enorme desconsuelo de abandono, de soledad, de inhospitalidad en el pueblo extraño y en medio de los campos, ahogaba a la madre infortunada, no obstante los esfuerzos de la monja. Habló de llevarse el hijo a Madrid, inmediatamente, y los doctores se opusieron...

Inchausti aminoró su angustia, notificándola que habíase reclamado de la Corte a un ilustre cirujano.

Y era la verdad. Era una de las tantas ansias generosas con que proponíase Monteleón subsanar, en lo posible, el tremendo disparate.


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Capítulo VI
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Desde la estación, una vez atendida la viajera, aunque sin haber osado presentársele, Julián se encaminó a su hotel. Efecto de sus meditaciones, llevaba un propósito que hacerle cumplir a Inés-María.

La buscó y empezó por decirla la verdad.

-Mira, Inés, por abreviar y por ahorrarte la impresión, te dije ayer que habíase herido ese joven en una partida de caza. Fue en un duelo.

-¡Contigo! ¡Ya lo sé!... ¡Y qué locura la tuya, Julián!

-¿Por qué?

-Porque sin el lance, se hubiese todo reducido a la tontería de un hombre que asediaba esta casa sandiamente. Con él, le has prestado a esa tontería solemnes y peligrosas proporciones. ¡Mi nombre suena en el suceso! ¡Yo he llorado mucho!

-Tienes razón, ¡mas yo también la tuve!... y seguiría teniéndola de no haber tan tarde descubierto que ese desdichado no venía por ti. ¡Ni le conoce siquiera! Forastero en la, ciudad y aburrido por las noches, paseando en una te oyó cantar. Es muy aficionado a la música, y desde entonces volvió todas a escucharte.

-¡Ah! -hizo de un modo indefinible Inés-María.

-¡Pobre muchacho! Tras esto, comprende mi aflicción. Mas no pensemos ya en lo irremediable, sino en lo que podamos hacer consolando esa desgracia. Creo, Inés, que debes irte a Las Mimbreras.

-¿¡Qué!? -inquirió ella con asombro.

-Sí, verás, escucha -dijo el marido lentamente, como quien definitivo razona lo que trae ya bien meditado. -Sabes que ha llegado la madre del teniente. ¡Pobres! ¡Ni él tiene a nadie en el mundo más que a ella, ni ella... tenía más que a él!

-¿Ha muerto?

-No. Pero está muy grave. Salvada la primera inminencia del peligro, los médicos opinan que durará muy pocos días. Esa infeliz señora, allí, sola, en una casa nuestra, parece lo natural que reciba en su triste hospitalidad nuestro homenaje. Lo contrario, fuese indelicado... y más habiéndome cabido la desdicha, por una equivocación deplorable, de causarle una desgracia tan tremenda, tan cruel.

-¡Sí... debemos ir! -admitió la dama, no sin cierta indecisión, pero fuertemente persuadida por lo que surgía de las frases del marido como un deber elemental.

Julián, no obstante, limitó:

-Debes ir, tú. Yo no debo acompañarte. Fíjate en que, si fuese, o habría de extrañarle a esa señora que yo no entrase en el cuarto del paciente, o si entraba y él revelaba de algún modo su indignación por mi presencia, ella tendría que adivinar y soportar en mí al asesino de su hijo. ¡Oh, sí, para ella, y para mí mismo en rigor, yo resulto eso: un asesino! ¡No sabes cuánto quisiera tener de expiativa devoción para esos desdichados!

-¡Ah, Julián! ¡Por Dios! -exclamó compadecida Inés, yendo a abrazarle.

En la faz noble del marido había visto una oleada de dolor que le arrancaba lágrimas. Lloró con él. Y él volvió el primero a reposarse, diciendo:

-Quedamos de acuerdo, ¿verdad?... Mientras esa señora permanezca en Las Mimbreras, no debes separarte de su lado. Se le ha fingido un accidente de caza, no lo olvides. De mí, si te pregunta, puedes decirle que tengo negocios... ¿Quieres marchar en seguida?

Inés volvía a mostrar vacilación. Julián la adivinaba.

-¡Qué! -la incitó.

-¡Nada!... ¡Que como de este duelo al fin se ha dicho...

-Sé a qué aludes. Es justamente lo que más me mueve en esta decisión. Si en todo caso y sólo por ser huésped de una finca nuestra esa señora, y en tan horribles circunstancias, no se impusiera tu presencia, dentro de la más estricta cortesía habrían de imponerla, Inés, mi agrado y mi voluntad de dejar probado ante las gentes que yo no fui al lance infiriéndote el soez ultraje de los celos. Viéndote allí por orden mía, los maliciosos tendrán que dejar de creerme tan ridículo. Ve. ¡Ah, sí, sí! ¡Anda... prepara lo que sea mientras enganchan el coche!

Salió, con el fin de darle la orden al cochero, y quedóse Inés-María un poco pálida en el centro del salón.

«Iba..., no tenía ya más remedio que ir a conocer a aquel hombre que por algo de ella luchaba con la muerte.»

Con la mano izquierda oprimíase el corazón... cual si quisiera castigarlo por el deseo que un sarcástico demonio hubiérala tan pronto transformado en deber inexcusable...


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Capítulo VII
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La primera impresión que sufrió Inés en Las Mimbreras, fue de piedad por la madre desolada. Era una enlutada dama con el pelo gris, de faz inteligente y bondadosa..., de una correctísima educación que la impulsaba a refrenar su inmensa pena por una cortesía hacia la joven y galante dueña de la finca. Agradeció la delicadeza de esta compañía que venía a brindarla Inés, y lamentábase, en el saloncito donde había salido a recibirla, del trastorno impuesto a todo el mundo por la desgracia de su hijo.

Habló de él, llorando ya, ganada para la franca explosión de su dolor por la afectuosa ternura de la joven, y ésta, comprendiendo que era una crueldad forzarla a prolongarle cumplimientos de visita, pidió:

-Señora, no teniendo mi estancia aquí otro objeto que serle útil, ruégole que me considere desde luego como una hija..., como una hermana. Disponga de mí, y siga disponiendo de su entera voluntad como le agrade.

-¡Oh, sí, gracias! ¿Quiere usted que pasemos con mi hijo...? Duerme; ahora le han puesto un calmante.

-Vaya con él. Yo voy a cambiarme un poco de ropa y a revisar a los criados, y pronto volveré a hacerles compañía.

Entró la dama con la avidez de su cariño en la contigua habitación, e Inés permaneció sola unos minutos con el capitán y con Inchausti. Ambos, se despedían, conceptuando ya innecesaria en la finca su presencia. Informáronla sobre el estado de Luis. Creíanle, por personal impresión, aún más grave que decían los médicos. Un abatimiento que ni le dejaba apenas darse cuenta de nada alrededor.

Con lágrimas en los ojos fue Inés al dormitorio donde le habían dejado las maletas. El trágico ambiente imponíale ahora una congoja de enorme caridad en el mismo corazón. Daría la vida por volverle su ventura a aquella madre. Se cambió el traje de camino por otro más modesto, y recorrió la vivienda con el fin de cerciorarse de que todo estaba apercibido para rendirle a su huésped los honores. Daba órdenes. Inspeccionaba el comedor y la cocina. Cerciorábase de que tenían siempre pronto el fuego a cuanto de caldos y aguas calientes y hervidas los médicos pudiesen reclamar. Era, en suma, la suya, una diligencia de alma buena y de cristiana, aquí sumida por la tristísima verdad de la catástrofe, en que no podían quedar más lejos sus fugaces y frívolas visiones romancescas...

Luis, el herido, unido a ella por el santo dolor de aquella madre..., parecíale un hermano, nada más. Le velaría y pediríale a Dios que le salvase.

Con este sentimiento, y rezando, volvió hacia el cuarto del herido. Pero en la puerta detúvola un segundo, de nuevo, la emoción... de la tragedia: del duelo..., del hombre que por algo de ella se moría.

Pudo dominarse, y entró.

En la extensa alcoba daba una semiluz de penumbras la tijera del balcón, aún densamente velada por la suelta colgadura. Era un reposo de espanto, de muerte, sobre el que sólo se escuchaba una respiración febril y fatigosa. Don Tomás, el viejo médico que asistió al duelo, dormía en una butaca. En otra dormitaba la monja con las blancas tocas sobre el pecho.

-¡Por aquí, señora! -sintió Inés el soplo de una voz.

Avanzó a tientas y ocupó un asiento junto al de doña Fernanda, la madre infeliz que se había levantado levemente.

La monja, al breve ruido, despertó y le saludó, desde su sitio.

-Bien venida, doña Inés:

Y tornó el silencio, y volvió en seguida el crujir del rosario de la monja.

Inés respetó este silencio religioso que imponía el sueño del herido. Notó al poco que doña Fernanda musitaba oraciones, llena de fervor, y púsose a rezar.

Agradecía las tinieblas que le habían guardado hasta ahora en confusión el aspecto del yacente. No había visto nunca a nadie en la agonía, y un vago horror hacíala sospechar que le diese miedo el cuadro de la muerte. Se examinaba a sí misma en tal sentido, mientras rezaba de un modo maquinal.

Sus emociones, en tumulto, afirmáronle su ánimo. Una curiosidad compasiva guiábale los ojos hacia el lecho, en vez de huirlo. Había llegado deslumbrada por el gran sol de Abril en las cocinas, y poco a poco se iba habituando a la que había antes parecido más grande obscuridad. Primero vio un brazo fuera de las sábanas. Luego sedosos rizos en desorden. Por último distinguía con toda exactitud la simpática belleza del rostro del herido. Muy blancos, sus dientes. Muy rojos, sus labios, donde se erizaba el bigote juvenil. La fiebre arrebataba su cara dándole una animación de rosa que no parecía la de la muerte. Y la fiebre y el calor le tenían un poco derribado el embozo de la cama sobre el pecho, donde veíase por entre la fina y desabrochada camisa la garganta blanca y fuerte y el principio de las gasas del vendaje.

Inés, ya olvidada de rezar, y tomada otra vez por el triste cuadro romancesco, pensaba que habrían acostado al pobre herido en esta cama, que era la de ella y su marido, por ser la más cómoda y hallarse en la habitación más amplia de la casa. Sin saber por qué, ella sentía que este detalle aumentábale su dolorosa fraternidad con el joven infeliz. En una percha había algunas prendas íntimas de ella, que nadie se había cuidado de quitar. En el tocador estaban sus perfumes.

De pronto apartó de Luis la mirada, al verle removerse, despertando. Pidió él agua, y se aprovechó la ocasión para darle otra cucharada de morfina. La madre y la monja se habían acercado al lecho. Inés se había puesto de pie.

-¡Luis, mira, hijo mío! -dijo, después de darle un beso, doña Fernanda: -Aquí tienes a la dueña de esta casa, a la señora doña Inés Monteleón, que ha tenido la bondad de venir a acompañarme.

Luis, que yacía en un amodorramiento del que tan sólo la sed lograba semidespertarle, abrió los ojos y miró a la presentada.

-¡Monteleón! -replicó con extrañeza.

La intensidad de su mirada, sin embargo, se extinguió en un agotamiento de letargo, por sí misma; volvió a cerrar los ojos, y quedó inmóvil.

¡Ah, qué extraño y qué hondo este mirar como desde el reino del no ser!... Inés, con tal mirada en el alma, se arrepintió de la imprudencia suya al haberse presentado antes con el nombre del marido. Le evocaba al infeliz su matador. Tal vez incluso ignoraba que hallábase en una casa de él y en su mismo lecho.

La acometió tal gana de llorar que se salió de la alcoba para darle rienda al llanto. Le parecía una salvajada el honor que obligaba a los hombres a matarse. Con razón o sin razón, como esta vez.

Y... ¡ah! ¡Qué mirada... aquella única mirada de mansa maldición que habríala dedicado este pobre joven antes de morirse!

Era una mirada horrible, siniestra, infinita de expresión en su infinita serenidad inexpresiva del reino de la muerte donde ya se odia sin odios y sin gestos.

¡No la olvidaría jamás, ella..., esta mirada!

Aterrada Inés, llorando, rezando, tendió cruzadas las manos en dirección a la alcoba y clamó -como si ya se entendiese con un alma capaz de oírla a través de distancias y paredes:

-¡Perdóname! ¡perdóname!


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Por la tarde llegaron dos coches a la finca. En uno venía el célebre doctor Cavestany, de Madrid, con otros dos médicos locales; y en otro el capitán y el coronel, con un comandante de Ingenieros afectuosamente enviado por el regimiento del herido.

Se procedió a la consulta. Mal impresionado Cavestany por todo aquel arsenal quirúrgico, tal que para una campaña, que tenían establecido sus colegas en una habitación, no lo fue mucho mejor por la torpidez del paciente. A pesar de lo cual, el termómetro marcaba poco más de 38.

Le pulsó. Le examinó. Salieron las señoras, por falta de valor, cuando empezó a quitarle los vendajes... Pero Cavestany sorprendióse de la irrelación entre el buen estado de la herida y el mal estado general.

-¿Qué tratamiento le tienen? -inquirió.

-Morfina, exclusivamente. Con el fin de que no tosa.

-¡Bien! -aprobó el cirujano, más sin duda con respecto a su sospecha que no al medicamento.

Diez minutos después conferenciaban en un gabinetito. La autoridad del cirujano, formuló un pronóstico bastante lisonjero. Cicatrizaba la herida desde el fondo. Él habíala dejado rellena de gasa aséptica, y no creía preciso otro tratamiento. Nada de morfina, además, puesto que la pleuro-pneumonía traumática habíase limitado a una defensa orgánica reactiva, en torno a la lesión, que ya restaba los peligros de hemorragias y enfisemas.

-¡Señora! -díjole a doña Fernanda al salir. -¡Su hijo de usted, estará pronto sano y fuerte!

Doña Fernanda tuvo un rapto de locura de alegría. Lloraba y le besaba las manos al doctor.

Inés-María lloraba también, aparte, en silencio.


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Capítulo VIII
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Suspendida la morfina, desde el nuevo día, recobró el herido su dominio mental, completamente. La fiebre manteníase alrededor de 38 grados, con leve alza; y en la tos apenas el pañuelo se manchaba de alguna estría sanguinolenta.

Esta sangre hacíale a Inés un agudo efecto, como si con ella echase el joven el alma por los labios. Pensaba en lo mal que le había pagado la suerte su bello agrado inofensivo de oírla cantar, y la compasión se le extendía en una cariñosa gratitud.

No era otro su papel, y desde bien de mañana se habla instalado en la alcoba por hacerle compañía a doña Fernanda. Seguía la prohibición de hablar, para el herido, y yacía el cuarto en el silencio. La monja daba cabezadas, por el velatorio de la noche. La madre resistíase, rezando, a la fatiga. Solo Luis e Inés-María, desde lecho a la butaca, constituían el uno para el otro esa especie de preocupación cortés y embarazosa que establece siempre entre dos extraños una forzada y larga y muda intimidad.

Inés se explicaba bien que este embarazo, mezclado de curiosidad, afectase aún más al pobre joven que había puesto en riesgo su existencia por una mujer desconocida que le presentaban al fin inesperadamente junto al lecho de martirio. Se lo explicaba por la misma inversa curiosidad que ella sentía hacia él -aun no habiendo mediano previo afecto alguno entre los dos.

Por esto, si ya no fuese más que demás la simple y mutua invitación a examinarse como tales dos desconocidos, ella advertía que contra toda voluntad sus ojos iban hacia él; y como él entonces retiraba los suyos, uno y otro, en conclusión, acabaron por escalonar con alternativos disimulos sus miradas... Cuando ella la tenía en el suelo, se daba cuenta de que Luis la estaba fijo contemplando, mucho tiempo, mucho tiempo... con el involuntario abandono de quien está condenado inmóvil en un lecho y sin más cosa que hacer; y cuando al fin la contemplada no podía resistir a su afán de saber si aún el joven la seguiría mirando; alzaba rápida la vista y le llenaba y se llenaban de turbación en la sorpresa; él parpadeaba, entonces, dirigiendo al techo las pupilas; y ella, que también había huido las suyas por lo pronto, volvía después a mirarle, a contemplarle... cierta de que en un rato podía complacer su curiosidad de modo impune.

Así había ido confirmando que Luis era un hombre de una blanca y rubia juvenil belleza penetrante, y de una faz llena de nobleza y de dulzura.

Así, Luis también, había ido comprobando que era Inés una morena-blanca mujer de pelo negro y de boca breve y labios encendidos; de cara y de pecho llenos de armonía, como su voz y como el canto aquel que le había escuchado por las noches...; de talle esbelto, y de una fina y elástica morbidez por todo lo demás de la poderosa estatua que el traje de moda ceñíala en la cadera igual que un pantalón.

Y puesto que la sensación de estar siendo contemplado inquietaba al joven a su vez, era él quien de pronto sorprendíala... -y era Inés quien quedábase entonces en martirio, sufriendo con la dudosa voluntad de no alzar más la vista de la alfombra, y recordando que en la noche entera habíale sido imposible conciliar el sueño, allá en su alcoba, si no fue en unas horas del amanecer, durante las que la atormentó una verdadera pesadilla de espadas, de muertos, de... este Luis mirándola con una terrible inexpresión serena desde la azul eternidad.

Sufría, sufría profundamente Inés. Como una salvación, alegrábanla los brevísimos minutos que, de tiempo en tiempo, cortaban el reposo para darle al herido pequeñas porciones de caldo o cucharadas de champaña. Una o dos de estas ocasiones las aprovechó para salir, pretextando su precisa vigilancia en la cocina. Pero alargaba su ausencia lo posible, y volvía a la habitación..., temerosa de hacerle a doña Fernanda sospechar fatiga por estarla acompañando.

¡Ah, sí! ¡El deber se lo mandaba! Tenía razón Julián cuando la dijo que habría que tratar al herido y a su madre a todo honor!

A las once, don Tomás, que habla salido a tomar el aire por la finca, pulsó a Luis y le puso el termómetro -38 grados y 3 décimas. -Consentíale al paciente apenas las respuestas, e insistió absoluto en su orden de silencio. Para menos quebrantarla, por su parte, volvió a salir.

A las cuatro, después que comieron él y doña Fernanda e Inés, dejando en guardiana a la monja, don Tomás deploró, para la cura de la herida, la falta del capitán y de Inchausti, que habíanle ayudado en los pasados días si no estaban los otros compañeros.

En efecto, según él allí fuera iba apercibiéndolo, vio Inés la complicación y la abundancia del material que había que remover: pinzas, tijeras, estufas, estiletes, gasas, jofainas quemadas con alcohol para el sublimado y para el agua... La monja encargábase de las toallas y de todo lo pertinente al lavatorio; pero D.ª Fernanda, incapaz de ver siquiera este cruento instrumental, y mucho menos la herida, refugiábase en la sala mientras curaban al hijo.

Tuvo Inés, por lo pronto, pues, que ayudar a la desinfección de aquellos aparatos, según las indicaciones del doctor; y advirtiendo éste lo diestra que era, y aun lo valerosa, con sólo atreverse a tocar estos níqueles y aceros que suelen desmayar a las damas, osó requerirla también para el cambio del vendaje. Cedió Inés, sacando fuerzas de flaqueza ante lo que parecía una necesaria caridad, y pasó tras el doctor.

La monja ya tenía dispuestos en la alcoba, sobre una mesa pulcramente ensabanada, los paquetes de algodón, las vendas y las esponjas y soluciones antisépticas. La misión de Inés consistía en tener a mano la bandeja de instrumentos. Una criada, en la puerta, utilizábase para ir y venir con garrafas de agua caliente a la cocina.

Temblaba un poco, Inés-María, a espaldas de la monja y del médico, y mientras éstos procedían a incorporar a Luis. Vio, con un poco de alarma, que empezaron por sacarle la camisa. Entre las vueltas de gasa, había quedado desmida la blancura de sus brazos y sus hombros. Ella se ruborizó ligeramente; mas pensó que el espectáculo tenía más de triste que de impúdico, si no le ponían sus ojos la impudicia, y le ofreció al doctor las tijeras, al notar que las pedía.

El doctor, con el fin, sin duda, de ahorrarle peligrosos movimientos al herido, cortó por ambos costados el vendaje. Primero retiró el fragmento que quedaba a las espaldas. Luego, con suma lentitud, por si se hubiese pegado el apósito, procedió a levantar la parte delantera. Le echaba chorros de sublimado caliente, con la esponja..., y la turbada Inés, pálida y muy atenta, esperaba en una emoción vivísima de espanto la visión del horrible destrozo causado por la espada. Era el momento formidable de su prueba...; y cuando las vendas, con una ligera mancha roja, dejaron el pecho descubierto, recibió un asombro de consuelo...

Pequeñísima la herida. Una especie de postilla la cerraba. ¿Cómo podía encontrarse grave un hombre por cosa tan pequeña?

Sino que la tal postilla no era más que el tapón de gasas metidas a estilete, y tornó Inés a asustarse viendo cómo el doctor sacaba con las pinzas al pie de medio metro.

Ahora no sabía si Luis estaba atravesado. Y la herida, roja y limpia, abierta en la rosada albura de la carne, tan cerca del corazón, hacíale a Inés el efecto de una siniestra hendidura por donde se escaparía la vida, a pesar de las esperanzas de los médicos.

Sin ojos más que para aquel estrecho y profundo agujero de la muerte, los llevó después al semblante del que estaría sufriendo la cura aterrado y resignado...; y tuvo otra sorpresa. El joven, completamente sereno, sonreía..., sonreía de haber estado viéndola el espanto. Desde entonces, la idea macabra huyó de Inés. Aquella faz correspondía mejor a una juventud llena de esperanza y alegría. La herida dejó de ser un algo horrible por sí mismo, convirtiéndose en un no se supiese qué poéticamente galantesco y doloroso en mitad del pecho fuerte y blanco.

¡Sí, sí... impresión de juventud, de humanidad!... e intensa de tal modo, que Inés volvió a sentir en su rostro los rubores... Trataba de no ser vista por Luis, esquivada tras la monja, y miraba a cualquier parte. La desnudez del joven, por culpa del lavado que recogíase en unas telas de cauchú, llegaba casi a la cintura.

Necesitó ella repetirse que la obligaba la piedad..., a este espectáculo. Pero ni la piedad la impedía seguir adivinando aquella herida novelescamente interesante sobre el mismo corazón, sobre el pecho juvenil, ni la piedad y la voluntad eran capaces de evitarle, ante este bello busto desnudo, el recuerdo del negro y peloso cuerpo de Julián. El temor de ser comprendida por Luis en tales impresiones, dábale vergüenza.

Se acabó la cura.

Inés salió. No volvió en el resto de la tarde al dormitorio.

Encerrada en el suyo, y mirando las lejanas sierras, había estado meditando seriamente si volverse a la ciudad. Pero... ¿por qué? ¿por cuál motivo?... ¿Con cual pretexto, al menos, si el motivo fuese para... todo el mundo inconfesable?... Inconfesable... para Julián y para ella misma, de puro complejo y sutil... En su grande turbación de conciencia, no había querido analizarlo. ¡Nada!.. ¡Algo que la impulsaba a correr, a escapar...; pero reducido, en suma, si lo depurase, a un escrúpulo de su honradez instintiva... o a una simple e histérica fantasía fugaz de la lectora de novelas!

¡Nada!

La presencia de la noble madre, al cenar, le bastó a fortificar sus honestidades hasta en esta secreta intimidad del pensamiento.

Fue al cuarto del herido, y creyó notarle una mirada de tierna gratitud por el susto de ella de la tarde. Además, el médico había encontrado tan avanzada la cicatrización visceral, que levantó para Luis un poco sus rigores del silencio.

-¡Mamá, esta señora es más valiente que tú! -dijo Luis en cuanto Inés se hubo sentado.

-¡Oh, doña Inés! ¡muy valiente! -certificó la religiosa.

-Sí, sí -insistió gentil el joven-, muy valiente doña Inés!

-¡Bah! -intervino la aludida-, no crea usted que he hecho nada, señora, más que tener una bandeja. Su hijo de usted..., usted sí que ha sufrido la locura sin quejarse, don Luis!

La madre, contenta por la novedad de mejoría, pidió:

-¡No llame usted don Luis a este niño, por Dios!

-¡No, no me llame usted don Luis, señora! ¡Me hace viejo!

Era un juego de cortesías y afabilidades, e Inés correspondió:

-Bien, pues no me llame usted tampoco doña Inés... ¡me hace vieja!

Le pesó inmediatamente tal jovialidad. Con ella... (y resultaba tal vez) no se había propuesto para el joven ingeniero la menor coquetería. Por suerte, él, no la tomó así, puesto que volviendo a las impresiones de la tarde, dijo:

-Sin embargo, usted, Inés, llegó a creerse que la herida era de honda todo lo largo de la cinta. ¡Nada en total! ¡Ya vio usted lo que entraba el estilete!

-Sí, ya observé después que es que le entran tupida la gasa.

La conversación siguió dispersa en naderías, por breve rato. Luego quiso Luis que le dejaran un periódico, puesto que le prohibían su madre y el doctor que hablase más, y resultó que la posición de sostenerlo le era incómoda. El doctor quiso entonces leer en alta voz, y no veía; a doña Fernanda le pasaba igual. Inés tomó a su cargo la lectura.

Cuando ella se acostó esta noche, tardó en dormirse. Luego soñó con la herida de Luis, abierta como las de Cristo en una cruz; y el ensueño se lo presentaba otras veces con una espada clavada hasta la empuñadura sobre el corazón, lo mismo que las Dolorosas..., a pesar de lo cual, él sonreíala. De madrugada la hizo despertar el estar soñando que ella, leyéndole, leyéndole el periódico, se había dormido contra sus mismas almohadas... y que él la daba un beso... delante del doctor, delante de la monja, que no lo extrañaban lo más mínimo, delante de doña Fernanda, también, que lejos de alarmarse, les decía que se tratasen como niños...

Saltó del lecho, y se refugió en el recuerdo honrado de Julián.

Púsose a escribirle y a mentirle honradamente; -en una angustia, en un clamor, en un temor de no sabía ella, ni quería saberlo, qué miedos fantásticos y absurdos:

«...anoche, doña Fernanda, me preguntó con insistencia por ti. Le extraña mucho que no vengas, aun teniendo ocupaciones, y creo que debes venir para que la cumplimentemos los dos juntos. Claro es que todos le ocultamos el suceso y que ella cree de buena fe lo de su hijo accidente casual; pero, por lo mismo, duda de tu cortesía, al no verte por aquí, y pudiera atribuirla a falta de gusto en hacer con ellos lo que hacemos. Vente, pues. Te espero hoy mismo...»

Por la tarde trajo el criado la respuesta:

«Querida Inés; tienes razón; pero te confieso que el miedo a ser descubierto haríame estar intranquilo al pie de esa señora, y que prefiero no verla hasta que previamente, allá en Madrid, pueda tener a solas con su hijo la primera entrevista de reconciliación y de amistad.

No obstante, digo que tienes razón; y a fin de justificar mi ausencia, tranquilo ya como me iré por la buena marcha del herido, y para que puedan continuar ahí sin la extrañeza de no verme, he pensado que lo mejor es ausentarme por una temporada de este pueblo. Cuando recibas ésta, estaré en el tren, camino de Madrid. Díselo a doña Fernanda, y añádele que allí me llevan mis asuntos. En lo cual no mentirás, porque sabes que nunca me faltan cosas de ventas de ganados y de arriendos por la Corte.

Por lo demás, no consientas en modo alguno que doña Fernanda y su hijo apresuren su partida por creer que nos molestan. Deben estarse ahí, no sólo hasta que el chico se cure, sino hasta que termine su convalecencia. Para esto, nada como el campo. Y ya sabes que en este caso la galantería constituye para mi un compromiso de honor».

Inés, leyendo la carta, sufrió un desfallecimiento de raras cobardías.

De puro tanta, reaccionó.

Ella no sabía, en rigor, por qué llamaba a su marido. No tenía por qué necesitar... por qué querer defensas. Con... este Luis, no la unía nada reprochable..., ni por parte de él, ni por parte de ella... en quitando aquellas locuras de los sueños, que no podía evitar su voluntad perdida de dormida, y que asaltábanla, indudablemente, por esta especie de extraña novela viva en que habíale puesto el desafío.

Hoy, por ejemplo, a pesar de haberle hablado a solas, no le escuchó ni una sola frase que pudiese rechazar su dignidad. Era que, reglamentando el sueño de la pobre madre, habíala obligado por vez primera a acostarse. Quedaron ella y la monja con el joven. Pero también la monja se durmió profundamente en su butaca, y conversaron los dos. Luis, como era natural, y con el noble objeto de mostrar hacia Julián su relativa gratitud, quiso darse ante la esposa, en esta primera ocasión que tenían de confidencia, por enterado de quién era ella y de quién era esta casa y a quiénes tenían su madre y el qué deber tantas atenciones. Luego, siendo también naturalísimo, insistió en justificarse con respecto a su pasión por la música, que constituyó el único motivo que hubo de llevarle en aquellas noches al hotel. Y finalmente, habían charlado de que era Inés, en efecto, la que tocaba y cantaba detrás de los balcones... y de músicas y óperas.

¡Y ni una palabra ni una intención siquiera reprochables!

¿Qué temía Inés, entonces, de un hombre tan correcto... ni de ella propia que en todo caso sobraría para contener cualquiera incorrección, aún no estando entre los dos doña Fernanda?

Reflexionó, y vio que lo único que le sostenía su alarma era la preocupación de lo que pudieran pensar las gentes... de lo que pudieran seguir pensando todos los demás acerca de la situación excepcional en que habíala puesto un desafío efectuado al fin y al cabo por... ella.

¡Sí, sí, éste por ella formaba toda su obsesión junto al bello y joven ingeniero que tenía cruzado el pecho por la hoja de una espada!


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Capítulo IX
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A todo honor Felipe Trigo


La monja oía desde su puesto de deber y de piedad; Luis desde el lecho; doña Fernanda desde otra butaca de la sala, que le permitía estar riendo y gozándose a la vez con la alegría de su hijo y con la gentileza de la amabilísima cantante:


...nome di lui si amato
Scolpisciti nel core inamorato!
Caro nome ché il mío cor
Festi prima palpitar
Le callierie dell' amor...


Era que todas las mañanas, todas las tardes también, en esas horas en que el sol de Mayo entraba tibio por los balcones de la alcoba o tintaba de rosas de crepúsculo los vidrios del salón, Inés, al piano, le ofrecía al herido los festines ideales de su voz y de su música. Se abría la puerta que comunicaba ambas estancias, y el armonioso concierto llenaba de dulcísima poesía la casa que fue antes de lúgubre dolor.

Esto, con la venia de don Tomás, naturalmente (ya tan confiado que ausentábase incluso por dos días con el fin de ir atendiendo en el pueblo a sus enfermos), había surgido, la primera vez, de una de aquellas confidencias a que a Inés y a Luis les inducía el sueño de la monja y las ausencias de descanso de la madre. -«Ya que oírla a usted me costó tan caro, déjeme oírla aquí sin ningún peligro y con más comodidad»- habíala suplicado él en cuanto supo que había un piano a pocos metros.

Y ella..., huyó, más que accedió, y empezó a tocar y a cantar como en una liberación de no sabía qué cosas deliciosas y espantosas. Porque, sí; a pesar de sus habilidades y esfuerzos, la monja se dormía...; y en aquella soledad llena de sol y de primavera del campo, un veneno que le extinguía la voluntad..., un veneno que a los dos les iba extinguiendo la conciencia, flotaba y respirábanlo ambos locamente.

Inés habíase dado cuenta de cómo las miradas de él, curiosas al principio, tenían una fija avidez conturbadora. Había advertido la para ella siempre ya predilecta y recóndita caricia de su acento, y no había podido dejar de notar, en fin, que una vez al acercarle ella un vaso de agua le aprisionó él tenaz contra el cristal los dedos con sus dedos.

Y ello sucedió en el minuto antes al en que Luis le pidió escucharla sus canciones, tal que con un afán de alejarla y de sentirla pura nada más y poetizada por la música; y por eso ella obedeció con toda ansia, también, y pensando luego, mientras recorrían sus manos las teclas de marfil y enfilaba su garganta arpegios, que el deber imponíala un discreto perdón de inadvertencia, a menos de ocasionar el verdadero escándalo y un nuevo duelo mortal para... su honor y para el joven teniente de Ingenieros hacía quien una reparación de piedad cortés le había sido encomendada. ¡Oh!, ¿qué no creerían las gentes si Luis muriese..., si Luis y Julián se batiesen por segunda vez, tras de haber estado ella con Luis en este campo?...

Se aterraba de pensarlo..., veía en proyección el luto de la madre, maldiciendo en todos el embrollo y la perfidia, y al tiempo que volvía a parecerle abominable el honor que hace a los hombres matarse como fieras, evocaba sus prudencias con el fin de que pudiesen irla conduciendo por el difícil camino que marcábanla su piedad y su deber.

Un camino en que la había lanzado su marido en nombre del honor. Ella no tenía otro remedio que aceptarlo, estrecho y lleno de revueltas como él era..., como él fuese. Había reflexionado a solas, en la tarde aquella del día primero de la música, y no hallaba solución. Fracasado su recurso magno de traer aquí a Julián, y aun comprendiendo que su conducta se ajustaba a un estricto proceder de honor y delicadeza, hallaba harto feroz para sus fuerzas de mujer el obligarla a este martirio en que el mismo honor empezaba por mermarle libertad contra riesgos bien posibles. Proyectó no entrar más en la alcoba del herido, y vio inmediatamente que sería igual que echarlos, a él y a su madre, reproduciendo con más horribles consecuencias el resultado de muerte y de deshonra. En efecto, si vino aquí por hacerle compañía a doña Fernanda, mal modo fuese de cumplir su obligación no estar en el cuarto de su hijo, donde la madre estaba siempre, y por el contrario, obligaríala a que la cumplimentase a ella, salvo que únicamente se viesen a las horas de comer, con una rigidez para la huésped incomprensible, intolerable... Menos aún podía admitirse tal resolución, después de la cordialidad de una semana; Doña Fernanda supondría que algo la hubiese acaecido con Luis..., y antes de curado él, partirían los dos, por dignidad.

¡Oh, sí, qué tremendo el cepo en que dejaban a la dignidad de Inés todas las otras dignidades!

Desde entonces, resuelta a una indulgencia sensata con aquellas leves transgresiones de Luis, y dispuesta con su misma pasividad de no advertida a no dejarlas pasar de cierto límite, día por día se dejaba oprimir los dedos contra el vaso, y adoptaba en su presencia una actitud de modestia y sufrimiento.

Así, hoy también, ella ahogaba en el estruendo de la música todas estas emociones.


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Y así él, escuchándola, sin verla, desde el lecho, oíala y la sentía por todo el ser de fuerte y recobrada vida en la feliz convalecencia.

Casi místico el ambiente. Las tocas de la monja tendían sus alas como una mariposa de ilusión. Hasta la vista de su madre, allí en el orden de la sala, y a quien miraba el soñador no pudiendo mirar a la hechicera, poníale un matiz de intensa idealidad a este humano amor surgido del misterio y de la muerte, y que crecía entre rezos y entre trinos y entre arpegios.

-¡Ella me quiere! ¡me quiere! -repetíale a Luis el corazón con ese imperio de verdad que sólo saben las entrañas.

El ansia de todos los enamorados por la plena posesión de su verdad le hacía en seguida razonar tal certidumbre.

Ante todo era honesta y honradísima..., no era una coqueta esta mujer divina en torno a la cual un marido como el suyo habría afirmado los respetos, y que se pasaba la existencia en su hotel lo mismo que en un claustro.

Sobre su innata honradez no tenía el joven duda alguna. Habíanla proclamado en los primeros días aquel rubor, aquella profunda inquietud que él la causaba con su terco mirar involuntario. Desde esto al hábito de soportarle las miradas, primero, y de sostenérselas por fin con un éxtasis de dulzura y de tristeza que entre el mudo abandono de los otros parecía pedir clemencia... (la clemencia a que quisieran deber su salvación, por parte del mismo vencido que las vence, las honradas que van sintiéndose rendidas), tendíase toda la gama de la lucha y la pasión. Últimamente, la derrota, incluso de la última rebelde voluntad, tuvo su heraldo en aquel nuevo rubor inútil con que al darle agua soportaba Inés la prisión de sus dedos contra el vaso. ¿Qué honesta mujer, que no esté dada de antemano por entero, no esquiva a la segunda vez tal ocasión? ¡Ella, y más cuanto más fuese a ella a quien pedíale el agua el «sediento» con los ojos, podía dejar que se le acercase la monja, sin descortesía!...

No; nada de coqueta. En una coqueta no tendría esto valor definitivo y absoluto..., el de total y fatal entrega que dábale una honrada. Y que una honrada pudiese rápida llegar a semejante situación, explicábalo su propia candidez indefensa contra lo fuertemente sensacional, contra lo imprevisto.

¿Cuál más amplia y peligrosa tentación que la en que a esta mujer había puesto su marido?... Noble, pues; humano, bien humano, clamor de ella. Tan noble y tan humano como el que en las noches del pueblo soñaba él por la bella ignota de detrás de los balcones... como el que ya no había podido menos de sentir al despertar de la muerte, teniendo junto al lecho la viva realidad más bella que la ignota!...

Y la viva realidad tan bella, seguía cantando mientras Luis pensaba esto.


Il segreto per esser felici
se io per prova...
...l'insegno agli amici...


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Capítulo X
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A todo honor Felipe Trigo


Era la siesta.

La dueña de la casa, para complacer al melómano insaciable oyéndola cantar, hacía que, una vez terminado el almuerzo, a él y a doña Fernanda y a ella les sirviesen el café en esta sala del piano.

La monja ya no estaba hacía ocho días.

Luis fortalecíase hacía ya quince matando por la dehesa codornices. Es decir, llenábase de pletora de vida -pues no se había encontrado tan fuerte jamás, con el régimen de campo y los mimos y cuidados de ex enfermo.

Cazaba por las mañanas, y paseaba al ponerse el sol, con su madre y con Inés. En cambio, después del almuerzo y la cena, para evitarle el sol fuerte de la siesta y el relente de las noches, la buena madre veía con gusto estos larguísimos conciertos que le ofrecía la buena amiga.

Sino que en las siestas, no solía D.ª Fernanda prestarles todo el tiempo compañía. Normalizada en confianza la vida de los tres, y ella sintiendo la pesadez de la mesa y de este Mayo cálido del campo, se retiraba a su alcoba, siguiendo su hábito de siempre, y dormía hasta media tarde.

-¡Mamá! ¡Hala!... ¡que no te puedes aguantar! -la excitó gentil su hijo, hoy, cuando ya las moscas revolaban por los restos del azúcar en las tazas.

-¡Sí, es verdad, hasta luego! -repuso doña Fernanda, poniéndose de pie.

E Inés, que preludiaba otra canción, cesó de tocar y volvióse, girando el taburete -con no sabía qué miedos infinitos a tal ausencia esta tarde.

La angustia se la ahogó doña Fernanda con un ruego:

-No, no deje de cantar. Ya sabe que me acuesto en la alcoba de allá lejos, por lo mismo.

Y partió.

A pesar de lo cual, Inés, siguió de espaldas al piano, mirando al suelo. Luis la vela divina... aturdida, ruborosa...,enamorada y entregada.

-Sí, cante usted! -la aconsejó con tal breve y sobreentendido acento de cautelas, que acabó de colmarla sus terrores.

Tembló Inés, y sin mirarle y con las manos tendidas y cruzadas hacia las rodillas en una verdadera crispación, dijo:

-¡No! ¡no debe ser! ¡no debe repetirse lo de ayer..., lo de todos estos días!

-¡Toque, Inés! ¡Toque! ¡Cante!... -apremió Luis- ¡Aunque sólo sea porque no le extrañe a mi madre el silencio tan de pronto!

La aterrada, obedeció. Hizo sonar los acordes de una lenta y grave melodía.

Luis, desde su butaca, pensó que tenían sobrado fundamento tales miedos de la honesta..., sobre todo desde ayer. En otros días habíase conformado, hábil o tímido también, con inducirla y llevarla poco a poco a una conversación que lo clareaba todo sin decirlo. Fueron... sus vagas ansias de ideal; fueron... sus desengaños de la torpe vida madrileña; fueron sus ensueños de la música, que le hicieron amar locamente a un fantasma, a quien no vería jamás, en aquellas noches del hotel; fueron... ¡sí! hasta fueron también sus asombros de bruja hechicería por ver surgir junto a su lecho de tormento a la inesperada amiga... más bella que el fantasma... Y todo esto, que podía decírselo respetuoso un hombre a su adorada, con la enorme pena de «no poder jamás siquiera ni hacérselo saber», podía escucharlo un poco triste y turbada, nada más, la enamorada. Pero ayer... en un rapto de pasión, aunque siempre desde lejos, este amor tomó forma entre los dos: «el fantasma se llamaba Inés-María». -Él se lo dijo; y desde entonces ya no fue posible emplear la tarde más que en calmar las alarmas de ella, en hacerla llorar, en hacerla confesar asimismo su locura (aunque sólo fuese por su falta de valor para negarla) y en tratar los dos inútilmente de buscarse en las purezas de sus almas el remedio. -Sin embargo, por la noche habíanse cruzado en un pasillo, él la había robado un beso..., y este beso a traición, que la hizo huir, era lo que a Inés ahora quitábale la calma... No estaba segura -y vigilábalo, -de que el traidor no salvase este espacio de respetos del piano a la butaca en que ayer al menos supo contenerse.

La nerviosa inquietud hízola al fin abandonar la melodía y girarse otra vez en la banqueta.

Compuso un gesto adusto y expresó:

-Luis, le ruego..., es necesario que no vuelva a intentar nunca lo que anoche.

¡Perdóneme! -pidió Luis sin moverse y sin mirarla.

-¡Prométalo... por su palabra, Luis!

Esta vez, él la miró. Iba a prometer, quizás, y la vio demasiado bella.

-¡No! -dijo. -Habíamos quedado ayer en que era un estado de locura el mío..., el nuestro.., y no debe un loco prometer lo que no puede saber si cumplirá!

Quedó, sin embargo, tan abatidamente inmóvil diciendo esto, que Inés volvió a bajar al suelo la mirada, y suspiró.

-Luis -dijo luego, como quien al menos se complace en retroceder con la memoria al momento ya pasado, que pudo evitar todo peligro- ¿por qué si usted iba a la plazuela a oírme no evitaba que le viese mi marido?... ¡Con esta sola precaución se hubiera ahorrado el lance... y la fatalidad de conocernos!

-No lo evitaba... por lo mismo que no podía ser mi intención más inocente. Y usted lo dice, Inés..., que nos conociésemos, es lo que querría la fatalidad. ¡Ella manda por encima de nosotros!

Simple y persuasiva la respuesta, Inés no supo qué oponer, no supo que inculpar más a aquel de quien de sobra sabía que no era en todo esto sino un juguete de la suerte, como ella. Y puesto que prolongaban el silencio, lleno de embarazo, se volvió al piano y continuó la melodía.

Él, la escuchaba.

Habíase dejado caer pesadamente contra el respaldar de la butaca y estaba sintiendo ante la «imposible» Inés la paradógica emoción de la fatal posibilidad de lo imposible.

La misma nobleza de su amor le abatía, le asustaba, podía decirse..., formándole un problema que habíale quitado el sueño muchas noches, y que aquí se le mostraba con una inminencia irresoluble.

Noble su amor..., pero tampoco cabía mayor nobleza, enfrente, que la de Monteleón después del duelo. Reconocido su error, le abrumaba de atenciones; vivía Luis, en la casa de él, y junto a la esposa enviada como compañera de su madre. Imposible nada tan caballeresco. ¿Iba a pagarle con la más negra deslealtad?

¡Problema, sí..., problema pavoroso!

No obstante, la espléndida y delicadísima beldad de Inés, perdíale en un deslumbramiento. El destino los juntaba con las cadenas de la Vida..., por encima de los pobres problemas del deber.

Una clarividencia, como irradiada de ella, prestábale a su pasión nuevas razones.

Aún le dolía la herida que le causó en el pecho aquella espada cobrándose un agravio. Si hubo equivocación, no fue por su culpa -y de la equivocación, en fin de cuentas, resultaba que habíanle cobrado anticipadamente algo... que él no hizo. Dentro de la lógica, con tan magnífica ocasión, y puesto que el anticipado cobro no tenía posible vuelta... ¿no debía quedar en paz, justificándolo?... En cosas de honor, y en todas las del mundo, así como «el que la hace la paga»..., la proposición inversa tiene que ser verdad: «el que la ha pagado... debe hacerla».

Un error, pues, había estado a punto de costarle la existencia y engendró por su fuerza misma esta situación, esta pasión de Inés y él, sin el menor propósito de ambos; ¿no parecía natural, aunque el error fuese el de un hombre honorable, que el hombre honorable sufriese las consecuencias de su error?

¡Hasta le abonaban, frente al proceder a todo honor de D. Julián, otras consideraciones honorables y exquisitas!

Hoy, que ya la deslealtad estaba consumada moralmente, no habría ni nobleza, sino sólo cobardía, en dejar de realizarla por completo..., y cuando aún hubiera sido tiempo de evitarla, partiendo él con su herida sin curar, no hubiese podido hacerlo sin contrariar a su madre y al médico, y sin inferirle, por lo tanto, un ultraje de ingratitud, como de desprecio y odio, a este Monteleón que tan caballerosamente procedía; es decir, que no habría podido partir, sin quedar ante un hombre de honor como un rencoroso villano y miserable..., ya que no habría podido, por lealtad, explicarle de este leal modo la partida: «me aparto de tu mujer, a quien adoro y me quiere, por no llegar a un disparate».

En cambio, el silencio, el haber aceptado los hechos como fueron, el secreto de que aquí por la mano misma de Monteleón se rodeaba su deshonra, eran las únicas prudentes soluciones de armonía..., las únicas que pudieran satisfacer a Don Julián y a las gentes en sus públicas y severas exigencias.

Muy raras a la vista de su caso, se le ofrecían a Luis estas cosas del honor frente al amor. Ni en su misma equivocación podía reprochársele nada incorrecto a Don Julián; y, sin embargo... ¡cuánto absurdo!... Se batió por su mujer y no tenía de ella duda alguna. Aspiró tan sólo a librarse del ridículo que vio en que los demás la creyesen cortejada, y las circunstancias, por el propio honor, le impusieron la ironía de traerla a que lo fuese. Era noble, ella, y su marido, por reclamaciones del honor, poníala en trance de volverla desleal...; y esto, constituyendo en realidad el desastre de todos los decoros, había quedado como única solución públicamente decorosa... a menos de haber creado un equívoco de ingratitud y villanía, tal vez más funesto que el primero, con la prematura reparación inexplicable.

Por último saltó tremendo, y como en mitad de la digna conciencia de Luis, este argumento: «la religión del honor, que es una religión galantesca de la tierra, y no de santos, antes impulsa que impide a toda clase de lances amorosos.» Llenas estaban de estos caballerescos lances las historias y el propio Monteleón lo demostró: si en vez de creer que Luis rondábale la casa con intentos de adulterio, hubiérale creído con intentos de ladrón, le habría entregado al juez, manchándole de oprobio, lejos de haber seguido concediéndole la caballeresca beligerancia de una espada; lo cual, significando que un caballero pueda pensar que otro, sin dejar de serlo, le quiera quitar a su mujer, tendría que significar también que Luis, aquí solamente contenido por los respetos del caballero al caballero (lo mismo que antes del idiota desafío), y no por ningún afecto nuevo de amistad, no tenía por qué no recoger, en nombre del amor y del honor, una mujer que en nombre del honor su propio esposo le brindaba...

¡Oh, sí, sí, le dolía la herida! ¡Le dolía el amor de la Inés-María tan bella!

En su ser no quedaba más que esto: «Deuda del honor. Se me ha cobrado antes, y la contraigo después. La justifico.»

Se levantó, y fue hacia Inés, que no pudo sentirle por el ruido del piano. La cogió, la abrazó, y confundióse el grito de ella con las últimas desordenadas notas de la música. Luego... los gritos que hubiese continuado lanzando la garganta sofocada, ahogábanlos los besos... los besos anchos, los besos hondos a plena boca, sin fin, que hiciéronla a ella desfallecerse en un delirio de abandono, toda roja...

No obstante, se prolongaba tanto esta agonía, que aun en la pobre enamorada surgió una vez, terrible, la esposa honesta... De un ímpetu, se desenlazó y escapó hacia el fondo de un rincón...

Luis, ebrio de triunfo, fue a buscarla lentamente.

-¡Por Dios! -pidió ahogada la aterrada- ¡que alguien puede entrar!

Entonces él torció su ruta y echó la llave de la puerta. Pero tuvo también que apresurarse, tuvo que correr... al ver cómo corría ella para escapar por la otra puerta de la alcoba. La alcanzó cuando ponía la mano en la falleba, y él corrió el cerrojo, además.

Y cuando volvió a alcanzarla... cruzaba ella junto al lecho, en demanda de ya no sabía qué salvación...

-¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Por Dios! -gemía tan sólo ahora, pálida y muerta, sufriendo la quemadura de otros más lentos besos en los labios...


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Capítulo XI
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Quince días después se esperaba a Monteleón en Las Mimbreras. Había regresado de Madrid la noche antes. La reconciliación amistosa con Luis se había hecho por cartas en que rivalizaron a cual más los mutuos ofrecimientos generosos. Sabiendo que sus huéspedes partían, el noble hidalgo quiso saludar a D.ª Fernanda en la misma finca, y hasta ofrecerles por dos días aún, los últimos, el homenaje de su casa en la ciudad.

Luis e Inés, temblando por la cruel separación en largas noches de la gloria, habían acordado lo siguiente: Primero: una gran prudencia, igual que la que habían sabido guardar con los criados, delante del marido; segundo: que Luis habría de volver cuanto antes al mando de la comisión geodésica del pueblo; y tercero: y en fin, que aprovechando la buena amistad de todos, y particularmente de doña Fernanda e Inés, unas veces irían Inés y su marido a la casa de ellos, en Madrid, por temporadas, y otras vendrían Luis y su madre a Las Mimbreras.

Esta última noche, el amor de los dos había vivido en desesperaciones de locura. Casi clareaba el alba cuando Luis salió de la habitación de Inés-María.

Durmieron hasta las nueve; e Inés, conocedora de las costumbres de su esposo, anunció, mientras el almuerzo, que Julián se habría levantado tarde, y que vendría ya probablemente de camino. Además, sentía ella un gran miedo a la primera emoción de su presencia. Encontró un ardid, y lo propuso: ir en el coche a encontrarle: esto le permitiría ponerse sobre el sombrero de campo un tupido velo que le pudiese ocultar su turbación...

A la una y media partieron los amantes en el coche, con la santa garantía de doña Fernanda. El encuentro tuvo lugar al poco rato. El velo le sirvió a la lividez de Inés a maravilla, al estrechar la mano del marido, y al verle luego, temblando ella, y en silencio, deshacerse en efusivas cortesías con doña Fernanda y con Luis.

Habían bajado de los coches, los cuatro, y juntos volvieron a subir al familiar.

Cuando ya en la casa se quitó el velo Inés-María, tenía la calma de que el amante, delante del marido cortés y confiadísimo, le había dado buen ejemplo.

Nada se cambió en los hábitos comunes que ya en tan largo tiempo tenían los tres establecido. Se paseó por la finca, al anochecer, y tocó el piano y cantó Inés luego de la cena.

La noche, que pudo haber sido un poco dolorosa para Luis, halló el consuelo en la exquisita corrección de este hombre tan galante. En efecto, fue doña Fernanda la que con plena ingenuidad indicó que Luis debía dejarle su cuarto al matrimonio, y fue Monteleón, por fineza o por una última delicada cortesía, quien hubo de no aceptarlo. Monteleón y su mujer durmieron cada uno en una alcoba, de las muchas que para las cacerías había siempre dispuestas en la finca.

Al día siguiente partieron para la ciudad. Luis sintió una impresión inolvidable al recorrer por dentro el hotelillo suntuoso, delante de cuyo misterio soñó tanto tiempo atrás. Tornó a ver por los balcones el pueblo, y... rectificó sus antiguas persuasiones de aburrido sobre que nunca pasase nada en pueblos como este. ¡La vida se encuentra en todas partes!

Lo que no quiso Luis, en modo alguno, fue prolongarse el martirio de estar viendo a su Inés como a una extraña delante de Julián. Éste deseaba retenerlos unos días, y él resolvió para la noche la partida, en el exprés.

Los visitó por la tarde medio pueblo.

Por la noche los despidió en la estación el pueblo entero.

Otro velo le sirvió a Inés para ocultar su emoción de la partida. Las gentes los saludaban a los dos, a Luis y a ella, como a unos héroes del deber, y a Monteleón como a un Dios de la dignidad y la nobleza.

Salió el tren. Fue un solemnísimo momento. Desde el andén a las ventanas, se reiteraron en doña Fernanda e Inés, entre Luis y don Julián, las promesas de próxima entrevista. Era a voces y el público temblaba de respeto, de admiración por esta sincerísima amistad, lema de nobleza, que ante la equivocación deshecha, ostentaban dos hombres que estuvieron a pique de matarse.

Cuando volvieron al familiar Inés, Monteleón, y otras señoras y señores, sus próximos parientes, estalló un aplauso. Monteleón saludaba; Inés, lloraba, de tantas emociones, mientras estrechábanla a su lado con honrada envidia las señoras. Pero el aplauso seguía, y el marido la indicó:

-¡Saluda, mujer!... ¡Es también a tu humildad, a tu virtud!

Flameó su pañuelo Inés-María, llorando siempre, y arrancó el coche al trote de las mulas.

Los parientes felicitaban a Julián.

Julián declinaba el triunfo en su mujer.

Le tomó una mano y dijo, con la espartana brevedad que él creía que debían premiarse estas acciones:

-Gracias, Inés, has sabido secundarme... En todo esto no me cabe más orgullo que el haber sabido conducirlo a todo honor!


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