A una fuente: Oda III

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A una fuente - Oda III de Juan Meléndez Valdés


¡Oh, cómo en tus cristales,    
fuentecilla risueña,   
mi espíritu se goza,   
mis ojos se embelesan!   

Tú de corriente pura,    
tú de inexhausta vena,    
transparente te lanzas   
de entre esa ruda peña,    

do a tus linfas fugaces   
salida hallando estrecha,  
murmullante te afanas    
en romper sus cadenas,   

y bullendo y saltando,    
las menudas arenas    
afanosa divides  
que tus pasos enfrenan,   

hasta que los hervores   
reposada sosiegas   
en el verde remanso    
que te labras tú mesma.    

Allí aun más cristalina    
a un espejo semejas   
do se miran las flores   
que galanas te cercan.    

Con su plácida sombra  
tu frescura conserva   
el nogal que pomposo   
de tu humor se alimenta,   

y en sus móviles hojas    
el susurro remeda   
de tus ondas volubles   
que al bajar se atropellan.    

En ti las avecillas   
su sed árida templan,    
sus plumas humedecen,   
jugando se recrean.   

Cuando abrasado sirio   
aflige más la tierra   
y el mediodía ardiente   
su faz al mundo ostenta,   

en ti grata frescura   
y amable sueño encuentra    
el laso caminante,   
que tu raudal anhela.    

Su benigna corriente  
el seno refrigera,   
la salud fortifica,   
repara las dolencias.    

En las almas alegres   
el júbilo acrecienta,   
y al que llora angustiado   
le adormece las penas.   

¡Oh!, nunca, fuente clara,   
nunca menguados veas   
los copiosos cristales   
que tus márgenes llenan.    

Nunca turbios la planta   
del ganado los vuelva,   
ni el pintado lagarto,    
ni la ondosa culebra.   

Nunca próvida ceses   
en los giros y vueltas   
con que mansa discurres   
fecundando la vega,   

mas alegre acompañes  
murmullando parlera   
de mi lira los trinos,   
de mi labio las letras.