Abel Martín: 1

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Abel Martín Antonio Machado


Abel Martín, poeta y filósofo. Nació en Sevilla (1840). Murió en Madrid (1898)

LA OBRA


Abel Martín dejó una importante obra filosófica (Las cinco formas de la objetividad, De lo uno a lo otro, Lo universal cualitativo, De la esencial heterogeneidad del ser) y una colección de poesías, publicada en 1884 con el título de Los complementarios.

Digamos algo de su filosofía, tal como aparece, más o menos explícita, en su obra poética, dejando para otros el análisis sistemático de sus tratados puramente doctrinales.

Su punto de partida está, acaso, en la filosofía de Leibniz. Con Leibniz concibe lo real, la sustancia, como algo constantemente activo. Piensa Abel Martín la sustancia como energía, fuerza que puede engendrar el movimiento y es siempre su causa; pero que también subsiste sin él. El movimiento no es para Abel Martín nada esencial. La fuerza puede ser inmóvil -lo es en su estado de pureza-; mas no por ello deja de ser activa. La actividad de la fuerza pura o sustancia se llama conciencia. Ahora bien: esta actividad consciente, por la cual se revela la pura sustancia, no por ser inmóvil es inmutable y rígida, sino que se encuentra en perpetuo cambio. Abel Martín distingue el movimiento de la mutabilidad.

El movimiento supone el espacio, es un cambio de lugar en él, que deja intacto el objeto móvil; no es un cambio real sino aparente.

"Sólo se mueven -dice Abel Martín- las cosas que no cambian". Es decir, que sólo podemos percibir el movimiento de las cosas en cuanto en dos puntos distintos del espacio permanecen iguales a sí mismas. Su camino real, íntimo, no puede ser percibido -ni pensado- como movimiento. La mutabilidad, o cambio sustancial es, por el contrario, inespacial. Abel Matín confiesa que el cambio sustancial no puede ser pensado conceptualmente -porque todo pensamiento conceptual supone el espacio, esquema de la movilidad de lo inmutable-; pero sí intuido como el hecho más inmediato por el cual la conciencia o actividad pura de la sustancia se reconoce a sí misma. A la objeción del sentido común que afirma necesario el movimiento donde cree percibir el cambio, contesta Abel Martín que el movimiento no ha sido pensado lógicamante, sin contradicción, por nadie; y que si es intuido, caso innegable, lo es siempre a condición de la inmutabilidad del objeto móvil. No hay, pues, razón para establecer relación alguna entre cambio y movimiento. El sentido común o común sentir, puede, en este caso, como en otros muchos, invocar su derecho a juzgar real lo aparente y afirmar, pues, la realidad del movimiento, pero nunca a sostener la identidad de movimiento y cambio sustancial, es decir, de movimiento y cambio que no sea mero cambio de lugar.

No sigue Abel Martín a Leibniz en la concepción de las mónadas como pluralidad de sustancia. El concepto de pluralidad es inadecuado a la sustancia. "Cuando Leibniz -dice Abel Martín- supone multiplicidad de mónadas y pretende que cada una de ellas sea el espejo del universo entero, no piensa las mónadas como sustancias, fuerzas activas y conscientes, sino que se coloca fuera de ellas y se las representa como seres pasivos que forman por refracción, a la manera de los espejos, que nada tienen que ver con las conciencias, la imagen del universo." La mónada de Abel Martín, porque también Abel Martín habla de mónadas, no sería ni un espejo ni una representación del universo, sino el universo mismo como actividad consciente: el gran ojo que todo lo ve al verse a sí mismo. Esta mónada puede ser pensada, por abstracción, en cualquiera de los infinitos puntos de la total esfera que constituye nuestra representación espacial del universo (representación grosera y apaencial); pero en cada uno de ellos sería una autoconciencia integral del universo entero. El universo pensado como susstancia, fuerza activa consciente, supone una sola y única mónada, que sería como el alma universal de Giordano Bruno. (Anima tota in toto et qualibet totius parte.)

En la primera página de su libro de poesías Los Complementarios, dice Abel Martín:

Mis ojos en el espejo son ojos ciegos que miran los ojos con que los veo.

En una nota, hace constar Abel Martín que fueron estos tres versos los primeros que compuso, y que los publica, no obstante su aparente trivialidad o su marcada perogrullez, porque de ellos sacó, más tarde, por reflexión y análisis, toda su metafísica.

La segunda composición del libro dice así:

Gracias, Petenera mía; por tus ojos me he perdido; era lo que yo quería.

Y añade, algunas páginas más adelante:

Y en la cosa nunca vista de tus ojos me he buscado: en el ver con que me miras.

En las coplas de Abel Matín se adivina cómo, dada su concepción de la sustancia, unitaria y mudable, quieta y activa, preocupan al poeta los problemas de las cuatro apariencias: el movimiento, la materia extensa, la limitación cognoscitiva y la multiplicidad de sujetos. Este último es para Abel Martín, poeta, el apasionante problema del amor.

Que fue Abel Martín hombre en extremo erótico lo sabemos por el testimonio de cuantos le conocieron, y algo también por su propia lírica, donde abundan expresiones, más o menos hiperbólicas de un apasionado culto a la mujer.

Ejemplos:

La mujer
es el universo del ser.

                (Página 22)

Sin el amor, las ideas
son como mujeres feas,
o copias dificultosas
de los cuerpos de las diosas.

                (Página 59)

Sin mujer
no hay engendrar ni saber.

                (Página 125)

Y otras sentencias menos felices aunque no menos interesantes, como ésta:

...Aunque a veces sabe Onán
mucho que ignora Don Juan

                (Página 207)