Academias del jardín (Versión para imprimir)

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Autor: Jacinto Polo de Medina[editar]

El álamo[editar]

Academias del jardín - El álamo


 Aquesta ya de Alcides osadía,  
 que profana del sol sagrado asiento,  
 contra sus rayos verde atrevimiento,  
 pasando a descortés su demasía.  
    
 Ésta, que no al Olimpo desafía, 
 pues besa de su alteza el fundamento,  
 vanidad de esmeralda, que en el viento  
 bate tornasolada argentería.  
    
 Ésta del prado Babilonia hojosa,  
 terreno do festejan las estrellas 
 en confusión armónica las aves,  
    
 cadáver estará su pompa hermosa,  
 y amarillas leerán sus hojas bellas  
 muda lección, a nuestras vidas graves. 



La azucena[editar]

Academias del jardín - La azucena


 Honesta Venus, azucena hermosa,  
 vergüenza de la rosa  
 (pues por ti se le atreve,  
 a avergonzar la púrpura, la nieve)  
 con los riesgos de linda           
 junto al peligro de una fuente naces.  
 Aurora de los prados floreciente,  
 bellísima fragancia de la fuente,  
 abejuela de plata en su ribera,  
 bebes sus linfas, sus alientos paces.   
 Estrella de cristal en verde esfera  
 aroma les influyes a las flores,  
 y al dejarse escuchar en resplandores  
 (en ecos de la Aurora), la mañana,  
 nieve de mayo madrugaste cana, 
 con alma de oro castidad vestida,  
 sin que tache una espina tu pureza,  
 rondada del arroyo tu belleza,  
 y tu alma del hombre pretendida. 



Los naranjos[editar]

Academias del jardín - Los naranjos


 Pomos de olor son al prado  
 en el brasero de sol  
 estos naranjos hermosos,  
 que ámbar exhala su flor.  
 Perpetua esmeralda bella,             
 donde, en numerosa voz,  
 mil parlerías nos canta  
 el bachiller ruiseñor;  
 entre cuyas tiernas hojas  
 las flores que abril formó   
 de estrellas breves de nieve  
 racimos fragantes son.  
 Metamorfóseos del tiempo  
 que, en dulce transformación,  
 hará topacios mañana   
 los que son diamantes hoy,  
 a cuyas libreas verdes  
 dan vistosa guarnición  
 ramilletes de cristal,  
 fragantísimo candor.   
 Rico mineral del valle,  
 adonde franco nos dio  
 oro el enero encogido;  
 plata el mayo ostentador. 



El mirto[editar]

Academias del jardín - El mirto


 Con villana segur, huésped tirano,  
 ya de su obligación mal defendida,  
 segó joven tu vida,  
 que la perdona el fuego y no su mano;  
 y vertiéndola en nácar liquidada           
 el valle la posee transformada  
 en esmeralda, porque infausta historia  
 verde conserve el prado en la memoria;  
 y trueca en mirto Polidoro el nombre,  
 para que enseñe tu desdicha al hombre. 



La rosa[editar]

Academias del jardín - La rosa


 De un sacro pie de nieve,  
 experiencia de nácar, esta rosa,  
 respuesta de coral al golpe aleve  
 de espina rigorosa,  
 de lanceta sacrílega atrevida             
 que al derramar rubí la vena rota  
 se confesó por flor la menor gota;  
 cuya beldad florida  
 reina es del prado coronada de oro,  
 y por la majestad, por el decoro,  
 la lechuguilla abierta de rubíes,  
 y de sus armas puesto el verdugado  
 hermosa Venus enamora el prado,  
 y sin que cuenten su beldad las horas  
 vive siempre inmortal siglos de Auroras.   
 De noche, flor de luz al cielo bella;  
 de día, al prado nacarada estrella. 



La maravilla[editar]

Academias del jardín - La maravilla


 A escarmentar el prado  
 maravilla naciste, flor, y en ella  
 escrita la siniestra infausta estrella  
 que anochece tu vida con el alba;  
 clamores son la salva          
 que Filomena dulcemente llora:  
 aun no quieren fiarte hasta la Aurora,  
 pues no llega con vida a conocerte;  
 sólo saben las flores de tu muerte.  
 ¡Oh malograda vida,   
 en la muerte nacida!  
 ¡Oh vida malograda,  
 no conseguida, no, sólo intentada!  
 ¡Pero qué más dichosa  
 se podía esperar quien nacía hermosa!   
 Que entre tanta hermosura  
 fuera yerro esperar mayor ventura.  



Los claveles[editar]

Academias del jardín - Los claveles


 Del tocado de la Aurora  
 encarnados martinetes,  
 si no son rojo matiz  
 por donde la risa vierte;  
 los que al príncipe del día             
 toga de púrpura ofrecen,  
 y en pabellones de luz  
 son cortina de oriente;  
 los que en laberinto de hojas,  
 donde los ojos se pierden,   
 para que salga la vista  
 hilos de marfil previenen,  
 sangrienta pluvia de flores,  
 tantos al prado amanecen  
 que anegarse los sentidos   
 en tanta fragancia temen.  
 De las joyas de Amaltea  
 los más preciosos joyeles,  
 tiernos rubíes, que hermosa  
 prisión de esmeralda prende.   
 Del ingenio del abril  
 lucidos conceptos breves,  
 y de la risa del Alba  
 generosos descendientes.  
 Dulces encuentros del aire,   
 entretenidos juguetes,  
 rojo coral que meció  
 el Céfiro en cuna verde.  
 Carmesí tapicería  
 con que el prado se guarnece,   
 y en los estrados de Flora  
 de grana fina tapetes.  
 Lo más florido del valle,  
 el mayor blasón que tiene,  
 galanes de esotras flores,  
 los lindos de los vergeles.  
 De la vista y del olfato  
 adulaciones corteses  
 que, en lisonjas de carmín,  
 a los vientos desvanecen.   
 El crédito son de Flora  
 estos hermosos claveles,  
 que en los solares del prado  
 noble ejecutoria tienen. 



Las clavellinas de India[editar]

Academias del jardín - Las clavellinas de India


 Breve tesoro, rica flor indiana,  
 y sol rizado en hojas,  
 oro florido que tu patria niegas,  
 que a tu oriente despojas  
 y en extranjeros valles te avecinas,   
 y a ser desvelo llegas  
 de laureles y rústicas encinas.  
 Por ti en alado pino,  
 por selvas de coral pasó animoso  
 el avariento, el vano, el codicioso,             
 sin que el fatal destino  
 que le asalte, presuma  
 en valles de cristal, montes de espuma. 



El narciso[editar]

Academias del jardín - El narciso


 Narciso bello, que en papel bruñido,  
 o en lienzo transparente,  
 del cristal detenido de una fuente  
 copias tu original, que te enamora,  
 sordo al peñasco, que con voz te llora,             
 y al monte, que con ecos te suspira.  
 Si el que no te merece te retira  
 (pues ninguna nació para igualarte,  
 y nadie espera tan hermosa suerte)  
 no lleguen por tu mérito a alcanzarte,   
 lleguen por tu piedad a merecerte. 



La flor del sol[editar]

Academias del jardín - La flor del sol


 Celosa Clicie, bella enamorada,  
 águila de las flores,  
 que atenta le examinas rayo a rayo  
 al sol los más despiertos resplandores,  
 de tu durable amor continuo ensayo             
 (no a los desdenes de su luz rendida  
 tu vista clara ni tu amante vida).  
 Sol el valle te aclama,  
 que se convierte amor en lo que ama;  
 ya que tu castidad, Clicie, perdiste,   
 no se niegue el buen gusto que tuviste,  
 pues por blasón de tu mayor firmeza  
 sólo al sol se le rinde tu belleza. 



El ícaro[editar]

Academias del jardín - El ícaro


 Por mares de esplendor navegas luces  
 con blandos remos, Ícaro atrevido,  
 a perderte en el sol vas, mariposa;  
 mas una ola furiosa  
 te despeña, encendido,             
 penacho, destrozado por las nubes,  
 porque al dorado océano te subes;  
 y en veloz precipicio vuelves luego,  
 y con alas de fuego  
 pretendes en el húmedo elemento   
 los vientos de cristal volar sediento;  
 pero dan las espumas  
 blanco sepulcro a tus flamantes plumas. 



Venus, y Adonis herido[editar]

Academias del jardín - Venus, y Adonis herido


 Lustroso honor de Chipre,  
 Aurora, que a una flor tu llanto quiere  
 amanecer segunda vez la vida,  
 de un jabalí robada, que la hiere,  
 y tú se la suspiras en la boca             
 cerrándole la llaga con la toca,  
 porque no se le ausente con la herida;  
 en vano prevenida  
 contra el rigor celoso de la fiera  
 el alma le conmutas con tu aliento,   
 si en filigranas borda la ribera  
 desvanecida con humor sangriento  
 y manchó de coral todas las flores  
 rotulando en las hojas sus amores; 
 de donde en flor la copia, el prado umbroso   
 pira de Adonis, monumento hojoso. 



Nacimiento de Venus[editar]

Academias del jardín - Nacimiento de Venus


 De la nieve de espuma,  
 de la vida que el cielo inspiró en grana,  
 sobre el regazo de cristal hermosa,  
 contra el común nacer, Venus, naciste.  
 Del nacer el estilo preferiste             
 porque no se presuma  
 que tiene de vulgar alguna cosa  
 la que cuesta un milagro su hermosura,  
 la que debe a los cielos su ventura,  
 la belleza, a quien debe   
 afeites de coral, rosa de nieve. 



La Aurora[editar]

Academias del jardín - La Aurora


 A comenzar el día,  
 pronóstico del sol, naces, Aurora,  
 de su venida bella embajadora,  
 que a decirla te envía,  
 y en montes la pregonas con reflejos,             
 remendando a pedazos los más lejos;  
 procurando que el prado  
 prevenga al colorín, pensil alado,  
 chirimía de pluma de la selva,  
 las bugetas de olores   
 que duermen yerbas y recuerdan flores;  
 al músico arroyuelo sonoroso,  
 del puro hacer gargantas espumoso,  
 que cantando y volando se dilata,  
 músico de cristal, ave de plata;   
 y, al punto, el sol renuncia el horizonte 
 porque se iguale el llano con el monte,  
 y extiende, por teñir la negra sombra,  
 alcatifas de luz, bordada alfombra. 



A la Dama verde[editar]

Academias del jardín - A la Dama verde


 Doña Hortaliza con alma,  
 doña Andante Torongil,  
 cuyo gusto por extraño  
 a todos da que reír.  
 Tú, que vestida de verde            
 desde el moño al escarpín,  
 en eterna primavera  
 determinas de vivir;  
 Santa Hermandad de las calles,  
 que verdizas tan sutil,   
 que miras por verde antojo  
 porque sea todo así.  
 Tú, que porque el natural  
 ojos te dio de zafir, 
 preguntaste a un tintorero   
 si se podían teñir,  
 escucha dos pesadumbres  
 que te vuelvan de carmín,  
 y entre lo rojo y lo verde  
 templarás tu frenesí.   
 Atiende, porque mi musa,  
 no ya a moco de candil,  
 sino a moco verde, quiero  
 escogerte apodos mil.  
 La mujer más verdadera   
 eres, que en mi vida vi,  
 con estrella de alcacel  
 te debieron de parir.  
 Y este parecer aprueban,  
 pues, pasando junto a ti,   
 ensartando mis suspiros, 
 te dio un bocado un rocín.  
 Después que reverdeciste  
 ya te llaman por ahí,  
 como a Santiago el Verde,   
 Fílida la Verde, a ti.  
 Muy bien pueden pretender  
 tu cara de serafín,  
 donde hay esperanza franca  
 para cualquiera Amadís.   
 Pero ¿quién te comerá,  
 aun con tanto perejil,  
 si da lo verde dentera  
 al gusto más baladí?  
 No morirás malograda,   
 pues en esta vida, en fin,  
 te has dado más lindos verdes  
 que el potro de Belianís. 
 Verde estás de pensamientos,  
 si son como tu vestir,   
 quiera Dios que de la saya  
 no pasen al faldellín.  
 Por lo que viste y hablas  
 juzgo que te puedes ir  
 a ser verdolaga en prado,   
 y verderol a un jardín  
 Qué buena, Fílida, eres  
 para pintada en país,  
 con más yerbas y verduras  
 que una olla de Madrid.   
 El otro día reñiste,  
 y por afrenta en la lid  
 te trató de verdulera  
 un mozuelo picaril. 
 Plaza en tiempo de Cuaresma   
 te llamó cierto pasquín,  
 y un ingenio de buen aire,  
 lo verde que dio el abril.  
 Mas aunque mueras de vieja  
 nadie te podrá decir   
 ni llamar mujer madura,  
 pues tan verde has de morir.  



Romance[editar]

Academias del jardín - Romance


 Es lazada de cristal  
 en el pecho de una peña,  
 con armonía suave,  
 una fuente lisonjera.  
 Del sol primer besamanos,  
 bien llegada primavera,  
 tan amigas, que la risa  
 ella y el alba se prestan.  
 Gracejante de cristal,  
 pues sin murmurar risueña             
 burlándose con las flores  
 dice donaires de perlas;  
 cuyas aguas fabricaron  
 en poca florida tierra  
 a Flora, casa de campo, 
 cigarrales de Amaltea.  
 Escamada de las ondas  
 velozmente se pasea  
 por galerías de flores  
 por baraustes de yerbas   
 Ocasionadas del aire  
 unas con otras pelean  
 las flores, por contemplar  
 en su espejo su belleza.  
 De lo continuo del prado   
 cansadas buscan la aldea,  
 donde es zagal el narciso  
 y serrana la azucena.  
 Retiradas con la noche  
 se visten, por diferencia,   
 verde galán el clavel, 
 y sayuelo la mosqueta.  
 Mas al recibir del sol  
 la visita, alegres truecan  
 el embozo, y de sus hojas   
 las lechuguillas despliegan.  
 Con tal gala y tal aseo  
 en un monte ¡quién creyera  
 tan de palacio el jardín,  
 tan de la corte la selva! 



Silva[editar]

Academias del jardín - Silva


 Rimbombe en trueno, relampague en luces  
 tu nombre y fama en glodios histriados;  
 y en los más remontados,  
 del Meotis acuario a la Palura,  
 archiconflonfo en la región más pura.            
 A tu ingenio servicien Hecatombes,  
 y canten estrambombes  
 bajos Catulo sarcófago falsetes  
 y calce Polipodio tafiletes;  
 rinda su estimación a tu persona,   
 pues tu talle la abona,  
 la bella Caligurna,  
 y venga taciturna,  
 que envidia tu saber, la Tarasaña 
 protocolo galán blandir la caña;   
 sacripantes aromas te coturnen  
 y nácares, al sol tintos, te eburnen,  
 llantos del alba en verdes episedios,  
 y no ponga remedios;  
 rindan su valentía   
 a tu hinchada energía  
 diatribes de plata en los Patuecas,  
 pues ya en su nombre truecas,  
 no escatibando Cilibón canoro,  
 metas de plata en retintines de oro. 



Epitalamio a las felices bodas de Anfriso y Filis[editar]

Academias del jardín - Epitalamio a las felices bodas de Anfriso y Filis


Dedicatoria a Anfriso[editar]

 En sorda lira, con rozada cuerda,  
 ¡oh tú, primero Adonis!,  
 desde los castos brazos de tu esposa  
 (Géminis, o lazada de luceros)  
 lo que sabes, escucha, repetido;             
 será gloria segunda de tu oído,  
 un eco de tu afecto, aun mal formado;  
 si está mal atinado  
 mi devoción no pierda,  
 pues acción es del alma generosa   
 grave epopeya a genio soberano,  
 en cuya heroica mano  
 exceda dulce numerosa pluma  
 a la que da el cristal, pira de espuma,  
 pero aunque no la iguala mi instrumento,   
 pues eres cortesano, escucha atento.  


Epitalamio[editar]

 Hijo galán del sol, un joven bello  
 (garzón de quien el Frigio está envidioso)  
 que el cuerpo alienta de bizarras almas,  
 de libre acción el ademán brioso,   
 crespa guedeja laureó el semblante  
 que artista el natural plegó el cabello,  
 y luchando inconstante  
 travesura en el aire se tropieza,  
 adora una belleza   
 dulcemente de amor herido el pecho,  
 de suprema beldad ocasionado,  
 no de villana estrella porfiado,  
 que al mérito cedió noble derecho.  

 Adora Anfriso desde edad temprana   
 la florida mañana  
 de Filis, que en los años juveniles  
 los lustros de su edad fueron abriles,  
 ninfa en Segura bella,  
 más hermosa que aquella   
 que en lecho de cristal parió la espuma.  

 No abrasó a Troya más hermoso fuego;  
 milagro es con disfraz, cielo humanado,  
 con aires de mujer deidad mentida,  
 imposible en lo humano su belleza   
 por más divina menos admirada,  
 y sólo competida  
 de su talle, su garbo y de su aseo,  
 del supremo poder privilegiada  
 competencias la absuelve   
 y rica de beldad vive segura,  
 que se acabó con ella la hermosura.  

 Oro el cabello que en prisión de plata  
 trenzados resplandores la coronan,  
 y lo demás, que hermoso se desata   
 de crespos rayos la ignorada suma,  
 margen de rasgos, perfiló la frente,  
 de luces floreciente,  
 y tiene en tantas que a la vista envía  
 entre lazos de sol prendido el día. 
  
 Dulce peligro con sabroso daño,  
 aviso celestial, divino engaño,  
 mayorazgos de luz en propia esfera,  
 no con luces vulgares,  
 tiene dos singulares   
 a donde matan vidas satisfechas  
 a rayos ojos y a pestañas flechas.  

 En el purpúreo mar de sus mejillas  
 un aislado jazmín hizo ribera,  
 en provincias de Tiro,   
 diferenciado imperio,  
 hermosa paz en encendida guerra,  
 tempestad de coral, que al hemisferio  
 desprecia, la que en sol pinta de zafiro.  

 Roja iluminación, concha de perlas   
 cuantas su boca encierra,  
 escuela del oriente y de la aurora,  
 do vienen a aprenderlas  
 y estudiadas aquí, las ríe el alba.  
 Para que ensarte Flora   
 y dijes de cristal las ferie al prado,  
 y en hilo delicado  
 con surcos soberanos,  
 pautó el puzol la nieve de sus manos.  

 Nunca más bien mandada   
 al grito ha respondido y a las voces,  
 ¡oh ciudadano espíritu del valle!,  
 ¡oh alma desigual a cuerpo tanto!,  
 ninfa del monte que organiza el seno,  
 ni en sitio más ameno,   
 con pasos más veloces,  
 tierna siguió la flor enamorada  
 su requiebro brillante,  
 grande estrella del día  
 y majestad dorada,   
 que por espiras de oro  
 o por briosa senda de diamante,  
 los cimborrios azules rodeando,  
 peregrino del cielo,  
 santuarios de estrellas visitando   
 con piadoso cuanto ardiente celo,  
 obligación de luces les presenta,  
 pues no menos atento  
 parada elevación la bebe el alma  
 Filis a Anfriso bello, a quien adora,   
 ni menos enamora  
 el joven su belleza,  
 constante en su firmeza,  
 y así en su amor entrambos confiados,  
 sin que quieran mudarse,   
 los amores se cambian para amarse,  
 siempre de más amor desafiados;  
 y aunque más fuerza cada cual repite  
 no se vence su amor, mas se compite.  

 Tal vez los ojos, elocuencia muda,   
 y más cortés licencia que los labios,  
 con docta erudición se explican sabios,  
 ecos del corazón, dulce respuesta  
 a donde su pasión se manifiesta,  
 y a donde se averiguan los afectos   
 y se leen al alma los conceptos.  

 Mas porque el labio no le deba menos,  
 ni las dichas envidie de los ojos,  
 ladrones que usurparon los ajenos  
 caudales de la boca,   
 los que hurtaron despojos  
 sin consentir en ello restituyen,  
 y ejerciendo el oficio que la toca,  
 acechándose una a otra fineza,  
 sin acabar aquélla esotra empieza. 
  
 Recuperando defraudados gustos  
 del tiempo que pasó que no se amaron  
 ¡oh codicia de amar, franca codicia!  
 pródigo el uno al otro ofrece amante  
 glorias de un siglo eterno en cada instante. 
  
 Más allá del morir su amor alargan, 
 y en firmes lazos justos  
 a inmortal duración capitularon  
 que, breve, su fe advierte  
 aun el vivir prolijo de la muerte. 
  
 Llega a tanto su amor, que entrambos sienten  
 los excesos de amarse  
 por no perder los triunfos de quererse;  
 ninguno amando vive por sí mismo,  
 que para eternizarse   
 truecan las almas y el vivir desmienten.  

 Un corazón de amor profundo abismo  
 dos sujetos gobierna,  
 y un alma sola a entrambos vivifica,  
 con duración eterna;   
 y dando el uno al otro el señorío  
 quedó sin albedrío el albedrío.  
 De dulces frutos la esperanza rica  
 en más caricia y en mayor halago   
 (si es que puede llegar a ser más grande)  
 su amor enlazan, y en durable empleo  
 con el nudo se anudan de Himeneo,  
 sin que el rigor de amor un solo amago  
 en su fe pura haga,   
 ni el duro golpe con que el gusto estraga  
 sus pechos turbe ni sus almas mande.  

 Cuánto su aplauso fue, cuánto su gozo  
 y cuánto su alborozo,  
 se resistió a la lengua su tamaño;   
 a cuyo idioma extraño,  
 no interprete la voz, pudo espiarle  
 la dicción menos culta,  
 que escura locución se dificulta.  

 Al dios nupcial, al Himeneo santo,   
 siendo de Roma espanto,  
 lisonja general triunfos previene;  
 y publicando alegre el más solene,  
 jaquelada de estrellas en su coche,  
 sin que faltase el día, entró la noche,   
 y aunque la inmensa luz del cielo es tanta  
 el gusto en todos suspendió faroles,  
 y vanos por ser soles  
 presumía el más breve  
 que el día el ser le debe,   
 y en flamante se vio tapicería  
 con tantas luces contrahecho el día.  

 De instrumentos sonora y dulce turba  
 (con acorde ruido,  
 suspensión lisonjera del oído)   
 canora seña al punto se adelanta  
 al fuego corredor que, en veloz planta,  
 y con tiras derechas,  
 de vasta aljaba se dispara en flechas,  
 y en tropas se derrama por el viento,   
 y antes que muera en brazos de Neptuno,  
 pomo de luces es, pavón de Juno,  
 martinete de fuego,  
 del viento burla y juego,  
 penacho al chapitel más encumbrado,   
 dándole al sol cuidado  
 si engreído se atreve al firmamento,  
 y espirando en el aire su armonía,  
 bella en fragmentos, baja argentería,  
 lágrimas esparcidas de los astros. 
  
 Del salitre animadas  
 otras exhalaciones dan carreras  
 que son en las esferas  
 del cabello del sol hebras cortadas,  
 para ensartar estrellas hilos de oro,   
 errantes paralelos,  
 renglones de la plana de los cielos.  

 Otras en breves giros despidiendo  
 el polvo ardiente con lucidos rastros  
 guardan, serpientes, desigual decoro,   
 caracteres de púrpura escribiendo,  
 de rúbricas el suelo iluminando, 
 y de los golpes los peñascos huecos  
 los rimbombos duplican con los ecos.  

 Ya del lecho que ocupa mal vestida   
 la roja saltaembarca, o capotillo,  
 que al oriente sirvió de colgadura,  
 y del metal precioso y amarillo,  
 y de rayos, labró la flocadura,  
 de tanta fiesta nueva   
 las envidias que prueba  
 o los celos, despiertan a la Aurora,  
 párpados de jazmín desperezando,  
 risueña fabricando  
 cordiales epíctimas a Flora   
 (guardajoyas del prado)  
 de aljófar liquidado  
 en cuya risa le bebió la vida. 
 Despertar quiere el sol, y al madrugarlo  
 comienza a vocearlo   
 con tropeles süaves  
 de la grita sonora de las aves,  
 y obligarlo pretende su deseo  
 a que haga festejos a Himeneo.  

 Apriesa nace y alargando el paso   
 huésped no quiere ser de los planetas,  
 y ya cuando su edad caduca ardores  
 (antes que Fénix muera  
 y en la hoguera se queme del ocaso)  
 despojándose Murcia de sus flores   
 cuánta hermosura encierra su muralla,  
 alegres cortejando a las nunciales  
 conduce al río, dando a sus cristales  
 y a sus olas inquietas,  
 florida ley, que impar puede envidialla   
 de Manzanares la mejor ribera.  

 Ya el río, pues, galán de tantas damas,  
 y Narciso gigante enamorado,  
 muestra el hombro cargado  
 de dos escuadras por teñidos rumbos   
 que, surcando cristal, plata cultivan;  
 y mareadas vomitaron llamas,  
 de su plaza festivos embarazos,  
 fugitivos topacios  
 doce dorados, si volantes, pinos   
 en cielo de cristal lucientes signos,  
 carrozas que, tiradas de los vientos,  
 mansiones son en ambos elementos  
 a los dioses, que ufanos  
 las ocupaban doce soberanos. 
  
 Por curso diferente  
 oposición publican frente a frente,  
 y, al compás sonoroso de clarines,  
 marítimo torneo representan,  
 donde todos ostentan   
 de su deseo procurados fines,  
 y las lanzas de vidrio, al encontrarse,  
 astillas de cristal, hieren al cielo.  

 Que Anfriso quiere más, los seis pretenden,  
 y otros del mismo número defienden   
 que a Anfriso, Filis bella y soberana  
 vence en constante amor y el lauro gana:  
 mas en reñida, si amorosa lucha  
 nadie victoria escucha,  
 porque a su amor sin sombra de recelo   
 dictan todos los orbes celestiales  
 todas las horas al querer iguales.  

 A los dioses suceden  
 de doce ninfas escuadrón bizarro,  
 y, perla de una concha cada una,   
 con airoso ademán el pie siniestro  
 atrás afirman, y adelante el diestro;  
 y adornadas de hermosas tunicelas  
 (traje del sol, adorno de la luna)  
 visten el aire de encarnadas velas;   
 y a naturales nubes del oriente  
 que, corchete, un diamante prendió al hombro  
 y el viento ultraja con galán desgarro.
  
 A sus frentes serenas  
 (con flores de oro campo de azucenas)   
 parte florida, eclíptica luciente,  
 y en el lugar está más levantado  
 en copos el cabello, el sol nevado,  
 y lo que el aire juega por la espalda  
 ya es guarnición del manto, ya guirnalda. 
  
 En su cabeza imprimen  
 de plumas atrevidas multitudes,  
 que con el aire varias  
 disciplinan al sol las luminarias,  
 y armado el pecho de armas sonorosas   
 unas el arco del violón esgrimen,  
 y otras, en confusión, bullicios ledos,  
 las tiorbas pellizcan con los dedos,  
 y a las quejas que rinden amorosas,  
 con una y otra vuelta,   
 baila el bello escuadrón con planta suelta  
 (si de plata calzada)  
 con brioso compás la bien casada.  

 Los bailes cesan, y las ninfas todas  
 con las voces que avivan,   
 repiten ¡vivan!, ¡vivan!,  
 y en coro dulce respondió suave  
 a la primera que, inquiriendo grave  
 la conveniencia de encontradas cuerdas,  
 en fantasías lerdas,   
 con los cristales de su mano heridas  
 a una tiorba da sonoras vidas.  

 Delgada voz arrima al instrumento,  
 que a describir pasajes  
 del instrumento el canto llano deja,   
 y aunque le corresponde de él se aleja,  
 y trinando la voz suspende el viento.  
 Galanteando métricos follajes,  
 blandas caricias al sentido anuncia,  
 y en cada acento, que su voz pronuncia,   
 haciendo admiración que el arte estrena,  
 bella la ninfa comenzó sirena.  
   
 «Duren Filis, y Anfriso generoso,  
 duren estos amantes,  
 más que duran del cielo los diamantes,   
 y después la edad suya  
 la ancianidad de Febo sustituya,  
 y den sus largos años,  
 de inmortales, al tiempo desengaños;  
 nunca de sus sucesos admirables,   
 nunca de sus hazañas las proezas  
 con muda admiración las cuente el mármol,  
 ellos solos durables  
 vivientes epitafios se aperciban  
 y el curso eterno de los cielos vivan.   
    

 CORO. ¡Vivan, vivan!  

    
 »Vivan los dos iguales  
 de todos el deseo,  
 y edad les sobrará para inmortales,  
 ya, por milagro vivo,   
 para mayor trofeo,  
 en informal sagrario los coloquen;  
 y el grande vividor, el grande archivo  
 olvide por más gloria  
 de su día primero la memoria,   
 de la común cuchilla libre y franco,  
 y en el cuaderno blanco,  
 o cartapacio hermoso de los días,  
 al libro del vivir, crezcan las hojas,  
 y sean de sus años las porfías   
 tan grandes que los ceros no sincopen,  
 ni en torno su volumen las escriban,  
 y el curso eterno de los cielos vivan.  

    
 CORO. ¡Vivan, Vivan!  

     
 »Vivan, en paz gloriosa,   
 tantas creciendo sucesiones bellas  
 que presuman sus números de estrellas,  
 procesión generosa  
 de aquellos que en las cifras de su escudo,  
 claros enigmas de sus fuertes manos,   
 historiaron en breve sus hazañas,  
 a cuya imitación sea desnudo  
 su acero defensor de las Españas,  
 y opresos los adustos africanos  
 terror intenso de su acción reciban,   
 y el curso eterno de los cielos vivan.  
    

 CORO. ¡Vivan, Vivan!  

    
 »Vivan, y en copia rica  
 cuanto se comunica  
 de la risa del sol hasta su llanto,   
 lo posean, y cuanto  
 tesoro universal la común madre  
 fecunda concibió del común padre,  
 para que en su abundancia,  
 liberales sus manos, no se quejen   
 y atrás los hechos valerosos dejen  
 los que a fama inmortal triunfar arriban,  
 y el curso eterno de los cielos vivan.  
    

 CORO. ¡Vivan, vivan!»