Adolfo Berro, por José Mármol

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Poesías Adolfo Berro



ADOLFO BERRO

¡Ay! del que rie del ageno llanto
Y vé sin pena que el sepulcro encierra
Jóven lozano!


Yo tambien te perdí! La hojosa palma
Que crece inmensa sobre yerma arena,
Brinda el tesoro de su sombra amena
Como los cielos su apacible calma.

Bajo sus ramas se cobija el bueno
Cuando la tempestad se precipita:
Y cuando mas el huracan se agita,
Siente sin miedo palpitar su seno.

Asi al mirar que repentino rayo
Rápido estalla y á la palma hiende,
Yertas sus manos al Eterno tiende,
Sellado el labio con mortal desmayo.

Por el desierto sus miradas gira,
El sol cual llamas en el rostro siente;
El aire empaña su lozana frente,
Busca la palma, y de dolor suspira!

Así, mi Adolfo, contemplé creciendo,
A las nubes tu alada intelijencia;
Y burlando del tiempo la inclemencia,
Entre las tempestades floreciendo.

Ofrecer con sus alas la bonanza
A los que han visto con la luz del dia
La torpe mano de fortuna impía
Ajar hasta el crisol de la esperanza.
 
Profético enseñarles con tu mano
El iris bello de tu patrio cielo,
Y los verdes arbustos que en el suelo
Crecen burlando el huracan tirano.

Y en medio dellos al mirarte hermoso,
Cual diamante entre perlas colocado,
Te miro derrepente arrebatado
Dejando negro el centro luminoso!
 
Y en la callada
Fúnebre fosa
Poner helada
Bajo la loza

La frente que encerraba el fuego santo
De la sublime inspiración del canto!....

Que eras de los escojidos
Que cuando caen en el suelo
Han aprendido en el cielo
Del canto la majestad,


Y que traen en sus oidos,
Bullendo, las vibraciones
De las celestes canciones
Que oye la divinidad.
 
Y que traen en su cabeza,
Mezcladas con armonias,
Las valiosas pedrerias
De los vates del Señor.
Joyas de inmensa riqueza,
Que por los labios asoman
Y que los hombres las toman
Sin conocer su valor.

Pero al traer de los cielos
El gérmen de poesia,
De triste melancolia
Trajiste el gérmen tambien.
Que es el poeta en los suelos
Lo que una lámpara bella:
Lumbre su frente destella
Y hay una sombra á su pié.

Lo tumba Dios en el mundo
Sin denso velo en los ojos,
Y el mundo tan solo abrojos
Le hace en su senda mirar.
Sigue al destino iracundo
Siempre á su seña lidiando,
Y es un bajel batallando
Con los impetus del mar.

Asi; mi Adolfo, tus versos
Si eran gotas de licores,
Perfumados con las flores
De tu rica fantasia:
Tambien tus dias adversos
En ellas se reflejaban,
Cuando hasta el alma llegaban
Del que apurarlas queria.

Asi; al mirar de tu vida
La jóven llama espirando
Y lentamente llegando
Tranquila á la eternidad,
Sin duda viste florida
La copa de tu amargura,
Y en ella la esencia pura
De eterna felicidad!
 
Y viste entre nubes de oro
Rico alcázar esplendente
Y una corona en tu frente
Con las palmas del Señor.
Y viste el excelso coro
Que sobre estrellas camina,
Poner en tu arpa divina
Verde corona de amor.
 
Y tus labios desplegando
Con una leve sonrisa,
Como una fragante brisa
Tu alma del pecho salió!....

Fragante —que palpitando
Cuando reinaba en tu vida,
Era un ámbar escondida
Dentro el caliz de una flor.


Asi, poeta, al decretar tu muerte
La poderosa mano que derrumba
Como á la débil flor la fuerte encina,
Arrojó chispas de su luz divina
Ay! en el hueco de tu yerta tumba.

Y al colocarte en su callado seno
Para cubrir con mármoles tu fosa,
Miraste todo en derredor luciente
Y que una llama de tu virjen frente
Calentaba las letras de tu loza.

Descansa en ella—La mansion del bueno
Es la tumba no mas. El Dios bondoso
Ya recojió tu espíritu en sus manos,
Y el blando corazon de tus hermanos
Es el albergue de tu nombre hermoso.

El tembloroso suelo en que viviste
Si brota pechos como yerto acero,
Otros también sensibles fecundiza....
A orillas del Vesubio, entre ceniza,
Crece la vid y el verde naranjero.



Octubre 2 de 1841.


Núm.855 del «Nacional».


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