Afectos de odio y amor (Versión para imprimir)

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Personas
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Afectos de odio y amor


Afectos de odio y amor

Pedro Calderón de la Barca

 


SIGISMUNDO.
CASIMIRO.
FEDERICO.


ROBERTO.
ARNESTO, viejo.
TURÍN.


 AURISTELA.
CRISTERNA.
LESBIA.


FLORA, criada.
NISE, criada.
Soldados.


>>>

Jornada I
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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


Salen AURISTELA y ARNESTO, viejo.
AURISTELA:

¿Qué hace mi hermano?

ARNESTO:

Ya es
ociosa pregunta esa.

AURISTELA:

¿Cómo?

ARNESTO:

Como ya se sabe
que está...

AURISTELA:

Di.

ARNESTO:

Desta manera.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Corre una cortina, y véese CASIMIRO sentado, con un pañuelo en los ojos.)
AURISTELA:

Retírate y no hagas más ruido,
que pues que, sin que me sienta,
hasta aquí llegué, he de ver
destos canceles cubierta,
si por dicha o por desdicha
es posible que algo entienda
de sus tristezas, fiando
a sus solas sus tristezas
algún cuidado a los ojos,
o algún descuido a la lengua.

ARNESTO:

Bien podrá ser, pero mucho
lo dudo, según en esta
galería, que del Tanais
sobre la orilla le asienta,
siempre encerrado, ni habla,
ni ve, ni escucha, ni alienta.
(Vase.)

AURISTELA:

Con todo eso he de deber
a mi amor esta experiencia,
y pues entre sí suspira,
quiero escuchar de más cerca.


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CASIMIRO:

Quien tiene de qué quejarse,
¿qué mal hace, si se queja?
Porque el delito del llanto
quita el mérito a la pena.
Así yo, porque de mí
celos mi dolor no tenga,
aun al labio he de impedirle
que respirar me consienta,
por más que el volcán del pecho,
(Levántase y paséase.)
por más que del alma el Etna,
al aire de mis suspiros
fuego apague y nieve encienda.
Muera pues... Mas ¿quién aquí
está?
(Llega donde está.)

AURISTELA:

Yo soy.

CASIMIRO:

¿Auristela?
¿Tú en acecho a mis locuras?


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AURISTELA:

¿Cuándo, Casimiro, atenta
a la pasión que te aflige,
al dolor que te atormenta,
pendiente no estoy de todas
tus acciones por si fuera
tal vez posible inferirlas,
para procurar ponerlas,
si no medios que las sanen,
alivios que las diviertan?
Y ya que hoy, más declarada
que otras veces, mi fineza
me ha descubierto el acaso
con que a esta parte te acercas,
no he de volverme sin que
mi fe y mi amor te merezcan
alguna breve noticia.
Y para que te convenzas
de mi ruego, o de mi llanto,
he de usar de una cautela,
que es ponerte en el paraje
de mi estado, porque tengas
andado el medio camino,
que no es poca diligencia
a quien perdido se halla
guiarle hasta dar con la senda.


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AURISTELA:

Del tercero Casimiro
de Rusia quedaste, en tierna
edad, sucesor, gozando
conmigo en la primavera
de nuestros infantes años,
la más noble, más suprema
provincia del norte, pues
siempre ceñidas las bellas
sienes de laurel y oliva,
es en sus dos academias
el certamen de las almas,
y el batallón de las ciencias;
bien que, de tanto esplendor,
fue pensión la antigua guerra
de aquel heredado odio
que hay entre Rusia y Suevia,
a cuya causa, queriendo
Adolfo, su anciano César,
gozar la ocasión de verte
sin manejo ni experiencia
de militar disciplina,
intentó invadir tus tierras
en tu primer posesión,
cuyos estragos acuerdan
desmanteladas ciudades,
en polvo y ceniza envueltas.


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AURISTELA:

En esa edad fue a los dos
ponernos en fuga fuerza,
porque el rencor no acabase
con la sucesión excelsa
de los coronados duques
de Rusia; y así la cuerda
política de los jueces,
que gobernaban en nuestra
pupilar edad, dispuso
que yo, fiada a la inclemencia
del Tanais, pasase a Gocia
a criarme en la tutela
de Gustavo, nuestro tío;
y tú, porque con su ausencia
la lealtad no peligrase,
sin que de vista te pierdas,
te retirases al duro
corazón de las soberbias
entrañas del Merque, cuyas
nunca penetradas breñas
fuesen tu sagrado puesto;
que muro que hizo defensa
contra las fuerzas del tiempo,
¿qué no hará contra otras fuerzas?


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AURISTELA:

Dejemos en este estado,
yo entre estremos, tú entre peñas,
tu crianza y mi crianza;
dejemos también con ella
los asedios, los asaltos,
las desdichas, las miserias,
que tras sí arrastra ese horrible
monstruo, esa sañuda fiera,
que de solo vidas de hombres
y caballos se alimenta.
Y vamos a que entre tanto
terror, siendo en tu primera
cuna, tus gorjeos las cajas,
tus arrullos las trompetas,
creciste tan invencible
hijo de Marte, que apenas
pudiste, ocupando el fuste,
tomar el tiento a la rienda,
ni la noticia al estribo,
cuando calzada la espuela,
trenzado el arnés, el asta
blandida, empezaste, en muestra
de que eras rayo oprimido,
a herir con mayor violencia;
bien como el que apasionado
de tupida nube densa,
cuanto más temido tarda,
tanto más veloz revienta.


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AURISTELA:

Cinco campales batallas
lo digan, díganlo, vueltas
a tu primero dominio,
diez ciudades; y si ellas
no bastan, dígalo yo,
que en fe de que tus fronteras
ya resguardadas estaban,
di a sus umbrales la vuelta,
no tanto atenta al cariño
de la patria, cuanto atenta
a no sé qué vanidad
de mi heredada nobleza;
pues muriendo nuestro tío,
no me pareció decencia
de mi decoro durar,
ni huéspeda, ni estranjera,
en poder de Sigismundo,
joven de tan altas prendas
como publica la fama,
llena de plumas y lenguas;
mayormente cuando el vulgo,
monstruo también, que de nuevas
se mantiene, dio en decir
que sería congruencia
de todos casar conmigo,
cuya voz me dio más priesa,
¡ha, tirano!, porque cuando
eso con mi gusto sea,
no se presuma de mí,
que fue mi casamentera
la ocasión, y así previne
qué medios y conveniencias
se traten desde tu casa,
porque si le admito, vean
que es porque me pide y no
porque en su poder me tenga.


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AURISTELA:

Pero esto ahora no es del caso,
y así, cobrada la hebra
al hilo de tus vitorias,
a atar el discurso vuelva.
Desde aquella, pues, adusta
edad vencedor, hasta esta
joven edad, continuadas
las generosas empresas
de tu siempre invicto aliento,
llegaste a la más suprema
que pudo ofrecerte el culto
de esa vana deidad ciega;
que sean dichas u desdichas
lo que empieza a dar, aumenta.
Esta última vitoria
(de quien con tantas tristezas
vuelves, debiendo volver
con más generosas muestras
de vencedor que vencido)
lo publique, y pues en ella,
empeñado a solo un trance
todo el resto de ambas fuerzas,
en aplazada batalla
de poder a poder, llegas
a coronarte triunfante
con tan singular proeza,
como que Adolfo a tus manos
muerto en la campaña queda,
todas sus güestes vencidas,
todas sus armas deshechas,
¿qué pasión hay que te postre?
¿Qué dolor hay que te venza?
Y más cuando a Suevia ya
tan poca esperanza resta
para volver sobre sí;
pues tarde o nunca Cristerna,
de Adolfo heredera hija,
podrá...


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CASIMIRO:

Suspende la lengua,
no la nombres, calla, calla;
no la acuerdes, cesa, cesa.
¿Pero qué digo? ¿Qué afecto
comunero de mi idea
me amotina el vasallaje
de sentidos y potencias,
obligándoles que rompan
con desmandada obediencia
la ley del silencio? ¡Oh, nunca
traidoramente halgüeña
hubieras, como dijiste,
puesto a un perdido en la senda!,
porque nunca hubiera yo,
complacida tu cautela,
declarádome al mirar
cuanto de mí me enajena,
cuanto tras sí me arrebata
solo el nombre de esa fiera.
¡Mas, ay!, que al de la justicia,
¿qué delincuente no tiembla?


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CASIMIRO:

Y ya, ¡ay infeliz!, y ya
que no es posible que pueda
retractar la voz, que tiene
no sé que cosas de piedra,
que disparada una vez
no hay como a cobrar se vuelva;
oye y válgate tu maña;
pero con tal advertencia
que lo que escuche el oído,
no lo ha de saber la lengua.
Después que en contadas marchas,
Adolfo y yo la ribera
ocupamos del Danubio,
frente haciendo de banderas,
él lo intrincado de un monte,
yo lo inculto de una selva;
atentos los dos a un mismo
principio de toda buena
disciplina militar,
estuvimos en suspensa
acción, procurando entrambos
saber por sus centinelas
los movimientos del otro,
en cuya quietud inquieta
solo eran guerra galana
las escaramuzas diestras.


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CASIMIRO:

En esta, pues, pausa astuta,
porque hay precepto que enseña
que flemática ha de ser
la cólera de la guerra,
estábamos, cuando supe
de no sé qué espía secreta,
que Cristerna... Pero antes
que llegue a hablarte en Cristerna,
es bien que te la difina,
porque lo que diga della
no haga escándalo, sabiendo
en qué condición te asienta.
Es Cristerna tan altiva
que la sobra la belleza.
¡Mira si la sobra poco
para ser vana y soberbia!
Desde su primer infancia
no hubo en la inculta maleza
de los montes, en la vaga
región de los aires, fiera
ni ave que su piel redima,
ni que su pluma defienda,
sin registrar unas y otras
en el dental de sus puertas,
ya desplumadas las alas,
ya destroncadas las testas.


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CASIMIRO:

No solo, pues, de Diana
en la venatoria escuela
dicípula creció; pero,
aunque en la altivez severa
con que de Venus y Amor
el blando yugo desprecia.
No tiene príncipe el norte
que no la idolatre bella,
ni príncipe tiene que
sus esquiveces no sienta,
diciendo que ha de quitar
sin que a sujetarse venga,
del mundo el infame abuso,
de que las mujeres sean
acostumbradas vasallas
del hombre, y que ha de ponerlas
en el absoluto imperio
de las armas y las letras.
Con esta noticia agora
caerá mejor lo que aquella
espía me dijo, y fue
que habiendo movido levas
a un tiempo en todo su Estado,
venía a reclutar con ellas
las tropas de Adolfo, siendo
su capitana ella mesma.


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CASIMIRO:

Yo, viendo cuánto preciso
tan último esfuerzo era
ser numeroso, antes que
todo a incorporarse venga,
se prefiere la batalla,
dejando, por la desierta
campaña al frondoso abrigo,
en orden mi gente puesta.
Bien quisiera él no acetarla,
según tibio en la aspereza
del monte esperó a que yo
le embistiese dentro della.
Hícelo así, y de primero
abordo fue tal la fuerza
del ataque, que ganadas
las surtidas que había hechas
en el recinto de algunas
cortaduras y trincheras,
cuya movediza broza
era su entrada encubierta,
en desorden la vanguardia
se puso, y una vez esta
rota, ella misma tras sí
llevó las demás defensas.


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CASIMIRO:

Con que mezclada mi gente
ya con la suya, en la esfera
del cuerpo de la batalla,
adonde estaban las tiendas,
corte de Adolfo, me hallé
casi apoderado dellas,
si el batallón de su guarda,
según las heroicas señas
de los grabados arneses,
plumas y bandas, no hiciera,
con desesperado empeño,
la última resistencia.
Disputábase el relance,
cuando vimos en la sierra,
de infantes y de caballos
coronarse la eminencia.
Reconoce su socorro
su gente, sin que la nuestra
por eso el tesón dejase
el alcance, de manera
que a un mismo tiempo unas tropas
con la oposición se alientan;
otras, con las auxiliares
armas que miran tan cerca,
se reparan, y otras, viendo
a cuán buena ocasión llegan,
aceleradas avanzan;
entre cuyas tres violencias
quiso, no sé si mi dicha
o mi desdicha, que hubiera
puesto los ojos en un
caballero, por las señas
que de particular daba,
coronada la cimera,
sobre un peñasco de acero,
de plumas blancas y negras.


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CASIMIRO:

Él, no sé si con el mesmo
deseo, mas con la mesma
acción, a mí se adelanta,
y echadas ambas viseras
cala el can, y calo el can,
y al torno de media vuelta,
con dos preguntas de fuego
habló el plomo en dos respuestas.
Fue más dichosa la mía,
pues repitió el eco della:
«¡ay de mí!», desamparando
borrén, fuste, estribo y rienda.
Parecerate que estás
oyendo alguna novela,
y más si dijese agora
que Adolfo, por las caderas
del caballo, vino a dar
casi a los pies de Cristerna,
que entonces llegaba; pues
no hermana te lo parezca,
porque tal vez hay verdades
que parece que se inventan.
Reconoce las divisas,
y sañudamente fiera,
por pasar a la venganza,
no se embaraza en la ofensa.


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CASIMIRO:

¡Oh, quién supiera pintarla!
Mas será impropriedad necia
detenerme ahora en decir
que (o porque no la afligiera
la sobrevista, o vencer
con la ventaja más cierta
de dejarse ver) traía
sobre las doradas trenzas
sola una media celada,
a la borgoñota puesta,
una hungarina, o casaca,
en dos mitades abierta,
de acero el pecho vestido
mostraban, de cuya tela
un tonelete, que no
pasaba de media pierna,
dejaba libre el vestido
de la bota y de la espuela.
Esta, pues, nueva Tomiris,
esta, pues, Floripes nueva,
desempeñara el acaso
de la pasada tragedia,
si al avance de su gente,
y opósito de la nuestra,
no se interpusiera obscura
la enmarañada tiniebla
de la noche, en cuyo espacio,
aprovechada la tregua,
pareció a sus generales,
que a Fusa, primera fuerza
defensible de su Estado,
se retirase, y con ella
el real cadáver de Adolfo,
en cuyas aras funestas
la jurasen reina, antes
que sin jurarla pudiera
el trance de una batalla
aventurar la obediencia;
mayormente en reino donde
tan poco ha que fue depuesta
la Salia ley, que dejaba
desheredadas las hembras.


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CASIMIRO:

Dejose vencer forzada,
de suerte que, cuando tierna
la aurora, en fe del estrago,
sobre la teñida yerba
salió llorando a otro día
granates, en vez de perlas,
hallé la campaña franca,
de mil despojos cubierta,
con que canté la vitoria;
mas con tan gran diferencia,
como cantarla llorando,
según vivamente impresa
en mi ofuscada memoria
quedó la imagen de aquella,
ni sé si Venus, ni Palas,
mas Palas y Venus era,
tomando de una la ira
y de otra la belleza.


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CASIMIRO:

Si me persuado a que puedo
olvidar, la acción es necia,
loca acción si me persuado
a que puedo merecerla;
de suerte que yo rendido
y ella ofendida, no queda
otro medio a mi esperanza
que morir de mi tristeza,
supuesto que en dos estremos,
de odio y amor, llanto y queja,
rencor y agrado, venganza
y piedad, dolor y ofensa,
siendo fuerza que yo adore
y fuerza que ella aborrezca,
no es tratable a mis desdichas,
ni olvidarla, ni quererla.

AURISTELA:

Aunque tan estraños son
los sucesos que me cuentas,
yo no he de rendirme a que
mis esperanzas no tengan,
por cuanto pudiera ser,
que esos afectos abrieran
el paso a una universal
paz hoy del norte.

CASIMIRO:

Aunque sea
forzado consuelo, basta
pensar que consuelo sea,
para que el alma le estime.


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(Sale ROBERTO.)
ROBERTO:

Un soldado, por las señas
deste anillo, dice que
le des de hablarte licencia.

CASIMIRO:

Dile que entre. Este soldado
es el espía, Auristela,
de quien sé cuanto allá pasa.

ROBERTO:

No alabes la diligencia,
que tampoco falta aquí
quien dé allá de todo cuenta.
Tomad y llegad, soldado.
(Sale TURÍN, y vase ROBERTO.)

TURÍN:

Dame tus pies.

CASIMIRO:

Con bien vengas.
Llega a mis brazos.

TURÍN:

No creo.


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CASIMIRO:

¿Qué?

TURÍN:

Que merecen las nuevas
que traigo ese porte.

CASIMIRO:

¿Pues
qué hay? ¿Qué dudas? ¿Qué recelas?
Habla, que mi hermana puede
oír cuanto decir quieras.

TURÍN:

Yo lo agradezco, porque
también le toca a su alteza
mucha parte en mis noticias.

AURISTELA:

¿A mí?

TURÍN:

Sí.

AURISTELA:

¿Cómo?


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TURÍN:

Oye atenta.
Después que a Fusa, señor,
retiró el campo Cristerna,
y que al cadáver de Adolfo
se hicieron reales exequias,
mezclando a un tiempo el Estado
dos acciones tan diversas,
como fúnebre y festivo,
allí la juró por reina.
Apenas miró en su frente
la corona, cuando puesta
en pie, la mano en la espada,
dijo en voz desta manera:
«Yo, Cristerna, a quien leal
admite y jura Suevia,
como a legítima hija
de Adolfo, acepto la herencia,
no tanto del reino, cuanto
del dolor de su tragedia;
y así hago pleito homenaje
sobre estas aras sangrientas,
de no darle sepultura
hasta que vengada vea
lavar su sangre con sangre
del agresor de su ofensa.
Y aunque nunca al matrimonio
di plática, porque vea
el mundo cuánto tras ti
esta esperanza me lleva,
mi mano le ofrezco al noble
que le mate o que le prenda,
y al no noble cuantos puestos,
mercedes y honras pretenda.


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TURÍN:

Y porque otras veces vieron
los teatros de la guerra
ser el delincuente mismo
el que se entregue a cautela
de ser él el perdonado,
para que esto no acontezca,
a Casimiro de Rusia,
duque, excepto porque sepa
que no le valdrá, cerrando
a lo ya visto la puerta.»
Hasta aquí, señor, contigo
mi noticia habló, y ahora entra
lo que a Auristela le toca,
y es que a este tiempo en la iglesia
de Sigismundo de Gocia,
entró en busca de Cristerna
un embajador, pidiendo
de paz paso por sus tierras,
que ya se ve que está en medio
de Gocia y Rusia, Suevia,
para venir en persona
a casar con Auristela,
y llevarla por su Estado,
a que respondió soberbia
que se fuese, que no había
de venir en conveniencia
ninguna de Rusia; y él
prosiguió, al verla resuelta,
que supiese que traía
orden, si el paso le niegan,
para intimar, que las armas
tomarían la licencia
que ella negase; con que
otra vez en arma puesta
queda Cristerna en campaña,
al ver que ya sus fronteras
va ocupando Sigismundo.


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AURISTELA:

Famosa ocasión es esta
para acabar de una vez
los dos con toda Süevia,
divirtiendo por estotra
parte tú.

CASIMIRO:

Bien me aconsejas
a la razón de mi estado,
no a la razón de mi pena,
porque, ¿cómo puedo yo,
si de mi afecto te acuerdas,
añadir contra mi afecto
ceño a ceño, queja a queja,
ira a ira, agravio a agravio,
daño a daño y fuerza a fuerza?

AURISTELA:

Viendo...

CASIMIRO:

¿Qué?


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AURISTELA:

... que una pasión
no ha de abandonar la eterna
fama de un heroico pecho,
y más cuando el que se arriesga
es por honrarse consigo.
¿Pero cómo hablo yo en esta
persuasión? Tú eres quien eres,
y harás, como el serlo acuerdes,
siempre lo mejor.
(Aparte.)
El cielo
te guarde, que a mí, en mis quejas
me basta que Sigismundo
tan fino a buscarme venga.
(Vase.)

CASIMIRO:

En fin, Turín, ¿que la blanca
mano de esa hermosa fiera
es la talla de mi vida?

TURÍN:

Ahí verás lo que te precia;
pues es su reina y su mano
el premio de tu cabeza.

CASIMIRO:

Y en fin, ¿porque yo no valga
lo que yo valgo, me excepta
a mí de mí?


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TURÍN:

Fue forzoso.

CASIMIRO:

¿Cómo?

TURÍN:

Como si no hiciera
esto, en un instante estaba
acabada la comedia,
y yo me holgara por ver
una deste autor pequeña.

CASIMIRO:

Pues por Dios, que he [de] ver yo,
ya que ese paso me cierran,
si sé abrir otro a mis ansias.
Ven, Turín, conmigo. Ciega
imaginación de un loco,
si sales con lo que piensas,
prevén al grande teatro
del mundo, que cuando vea
la más rara, más estraña,
más caprichosa, más nueva
locura de amor, que pudo
ganar nombre de fineza,
no la censura, porque
si novedades no hubiera,
la admiración se quedara
inútil al mundo, fuera
de que no es gran novedad
que un desdichado pretenda
ganar una alma por armas,
ya que por armas la pierda.


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(Cajas y trompetas, y salgan las mujeres que puedan, todas con plumas y espadas, y detrás CRISTERNA, con bengala.)
CRISTERNA:

En tanto que enamorado,
Sigismundo, a romper llega
paso, que en mi estado niega
la misma razón de Estado,
por haber considerado
que no me puede estar bien
que Rusia y Gocia se den
la mano, y más penetrando
mis plazas, viendo y notando
de qué calidad estén.
Quiero empezar a mostrar
si tiene o no la mujer
ingenio para aprender,
juicio para gobernar
y valor para lidiar;
y así, porque no presuma
Suevia que ciencia tan suma
quien la publica la ignora,
me ha de ver tomando ahora
la espada, y ahora la pluma.
Veme pues, Lesbia, leyendo,
mientras no se acerquen más
las tropas, que estoy detrás
de aquella montaña viendo
esas leyes que pretendo
poner en mi monarquía;
que si de noche escribía
César lo que de día obraba,
yo, mientras el día no acaba,
aún no he de perder el día.


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(Toma LESBIA un libro.)
LESBIA:

(Lee.)
«Nuevas leyes que Cristerna,
reina de Süevia, manda
promulgar en sus Estados.»

CRISTERNA:

Di, por si hallo en qué enmendarlas.

LESBIA:

«Primeramente, aunque hoy
en Süevia no se guarda
la Salia ley, que dispuso
con las mujeres, tirana,
que las mujeres no hereden
reinos, aunque únicas
con todo eso, porque nunca
recurso en su Estado haya
de que en ningún tiempo pudo
ni admitirla, ni guardarla,
manda, no solo se borre
de sus libros y sus tablas,
pero que a voz de pregón
y a son de trompas y cajas,
se dé por traidor a toda
la naturaleza humana,
al primer legislador
que aborreció las entrañas
tanto en que anduvo, que quiso
del mayor honor privarlas.»


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CRISTERNA:

Digno castigo a un ingrato
dar su doctrina por falsa;
que ser ingrato y ser justo,
son dos cosas muy contrarias.
Di, adelante.

LESBIA:

(Lee.)
«Y porque vean
los hombres que si se atrasan
las mujeres en valor
y ingenio, ellos son la causa,
pues ellos son quien las quita
de miedo libros y espadas,
dispone que la mujer
que se aplicare inclinada
al estudio de las letras,
o al manejo de las armas,
sea admitida a los puestos
públicos, siendo en su patria
capaces del honor que en guerra
y paz más al hombre ensalzan.»


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CRISTERNA:

Si el mérito debe dar
los premios, y este se halla
en la mujer, ¿por qué el serlo
el mérito ha de quitarla?
¿No vio Roma en sus estrados,
no vio Grecia en sus campañas
mujeres alegar leyes,
mujeres vencer batallas?,
pues lidien y estudien, que
ser valientes y ser sabias
es acción del alma, y no es
hombre, ni mujer el alma.

LESBIA:

«Y en tanto que esta experiencia
en su favor se declara,
manda también que se borren
duelos que notan de infamia
al marido que sin culpa
desdichado es por desgracia.»

CRISTERNA:

Esta es la más justa ley
que previno mi alabanza.
Hombre, si por ser inútil
la mujer, no la fías nada,
¿cómo todo se lo fías,
puesto que el amor la encargas?
¿Bueno es que quieras que no
tenga ingenio o valor para
darte honra por sí, y por sí
los tenga para quitarla,
o pueda darla, o no pueda
perderla? Di.


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LESBIA:

«Ítem declara,
porque no en todo parezca
que a la mujer adelanta,
que la que desigualmente
se casare enamorada,
en desdoro de su sangre,
lustre, honor, crédito y fama,
sea comprehendida en pena
capital, sin que la valga
de amor la necia disculpa.»

CRISTERNA:

En bronce esta ley estampa;
que han de saber que el amor
no es disculpa para nada;
porque, ¿este amor es más
que una ciega ilusión vana,
que vence, porque yo quiero
que venza? Di... Pero aguarda
(Ruido dentro.)
¿Qué caballero es aquel
que de una albanesa alfana
a nuestra vista se apea?


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LESBIA:

Como huéspeda en mi patria
ha tan pocos días que vivo
de tu piedad amparada,
a nadie conozco en ella;
mas él, pues que ya se aparta
de la bien lucida tropa,
que de convoy le acompaña,
dirá quién es.
(Sale FEDERICO.)

FEDERICO:

Sí merece,
no digo besar tus plantas,
mas de la tierra que pisan
la menos impresa estampa,
un nuevo soldado tuyo.
Permítele que en las varias
flores que tu pie guarnece[n],
a cuenta de las que aja,
poner los labios merezca.

CRISTERNA:

Del suelo, joven, levanta,
y sepa quién eres, no
pueda nunca la ignorancia
aventurarme el estilo.


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(Hácense reverencias y cúbrense.)
FEDERICO:

Federico soy, de Albania
príncipe heredero; habiendo
oído que alista la fama
gente en tu servicio, no
solo en favor de la saña,
que con Casimiro engendró
aquella infeliz desgracia,
sino contra la invasión
de Sigismundo, en demanda
de hacerle paso en tu Estado,
vengo auxiliar a tus armas,
a servirte aventurero,
con naves y con escuadras,
que verá Gocia en sus puertos,
verá Rusia en sus campañas
el día que tu licencia
tengan, dignamente vanas
de militar a tu orden,
sin que el conducirlas haga
consecuencia para que
puesto más que confianza
de que vengo a merecer
tanto triunfo, dicha tanta
como tu mano promete
al que logre tu venganza;
porque solo a servir vengo,
sin que el sagrado me valga
de que a vista del peligro,
no es grosera la esperanza.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Dos veces agradecida,
príncipe, a vuestra bizarra
acción, una en el socorro
y otra en la desconfianza
con que le ofrecéis, no sé
a cuál primero obligada
deba responder primero;
y ya que no puedo a entrambas,
a la menos sospechosa
que agora responda, basta.
Vós seáis muy bien venido,
y pues es justo que añada
yo al sueldo de aventurero
alguna noble ventaja
digna de vós, esta es,
Federico, la bengala
de general de mis tropas.

FEDERICO:

Otra vez beso tus plantas,
y otra y mil veces en ellas
acepto merced tan alta,
por lo que fío de mí
que sabré desempeñarla
con el alma y con la vida.


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(Dentro, un clarín.)
CRISTERNA:

Quien de vós... ¿Mas, qué bastarda
trompa es aquella?

FLORA:

Un trompeta,
que de las góticas armas
de Sigismundo guarnece
la banderola y casaca,
llamada de paz ha hecho.
(Otro clarín.)

CRISTERNA:

Responded a la llamada,
que escusar al enemigo
siempre ha sido de importancia.

NISE:

Ya con el seguro, un joven
que vino en su retaguardia
se apea, y hacia aquí viene.

LESBIA:

Antes que llegue...

CRISTERNA:

¿Qué tratas?


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LESBIA:

Óyeme aparte: Ya sabes
que mi padre, en la embajada
de Gocia murió, y que yo
sirviendo quedé de dama
a Auristela, que a este tiempo
en Gocia huéspeda estaba,
de cuya corte mis deudos
me trujeron a tu casa.

CRISTERNA:

Sí, ¿mas qué importa eso agora?

LESBIA:

Que sepas, si no me engaña
la vista, que el gentil hombre
que llega, en fe de la salva
del seguro que le has dado,
es...

CRISTERNA:

¿Quién?

LESBIA:

Segismundo.

CRISTERNA:

Calla,
y pues no puedo prenderle,
hecha ya la salvaguardia,
no te des por entendida.


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LESBIA:

No haré, y antes retirada
escusaré que me vea,
por no despertar la rabia
de sus pasados desprecios.
(Vase, y sale SIGISMUNDO.)

SIGISMUNDO:

Pues divinamente humana
permites que tus pies bese,
no liberalmente escasa,
a quien ya logró esta dicha,
la mano niegues.

CRISTERNA:

Levanta,
y la ocasión que te trae
di, y no más.


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SIGISMUNDO:

Oye, y sabrasla.
Sigismundo, señora,
que humilde el eco de tu nombre adora,
romper contigo siente
la paz que inmemorial guardó prudente
su vecindad en amigable trato;
y porque nunca baldonar de ingrato
puedas su estilo, el fin de lo que intenta,
segunda vez por mí te representa.
Dice, pues, que su prima
Auristela, deidad que amante estima,
fue, desde su primera
edad, el punto, el término, la esfera
de toda su esperanza,
tan desde su crïanza
niño Amor, que hasta hoy no se ha acordado
haber vivido, sin haber amado.
A este primer empeño
añade que juzgándose ya dueño
de igual correspondencia,
la posesión la malogró la ausencia:
la causa de otros visos han estado
(porque no quiero recatarte nada),
le dice (que pretende
satisfacer, que tu amistad no ofende)
no fue, como sin duda habrás oído,
querer su pundonor desvanecido
casar desde su casa,
sino querer, si a otro sentido pasa,
castigar no sé qué vanos recelos,
que a no ser suyos, los llamara celos,
con que turbó la paz en que vivía
una traidora fe que la servía,
fingiendo (bien se deja su cuidado
adivinar) que de ella enamorado,
(mas ¿qué no hará quejosa una hermosura?),
su favor pretendía, ¡qué locura!


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

Con este sentimiento,
sin bastar nada a disuadir su intento,
dejó a otra luz burlada su fineza;
mas ¿qué no hará querida una belleza?
¡Oh mujer, siempre hechizo de la vida,
o amada estés, o estés aborrecida!
Esto me da licencia de decirte,
como público ya, por persuadirte
a que atiendas que vive en un estado,
que ella celosa y él enamorado,
no hay otro medio de satisfacella,
que vea que en persona va por ella.
Y siendo así que no hay quilla que hoy corte
los helados carámbanos del norte,
ni tropa que se acerque
al erizado leño con que el Merque,
más que el Tanais helado,
le impiden el rodeo, pues cerrado
uno y otro horizonte,
peñasco el golfo es, piélago el monte,
te pide que a su amor compadecida
(pues no es su amor quien te dejó ofendida,
y entre iguales señores
suelen lidiar corteses los rencores,
que una cosa es la saña,
y otra la urbanidad de la campaña)
o que pasar le dejes,
con su familia sola, o no te quejes,
si amante...


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CRISTERNA:

No prosigas,
que más me ofendes cuanto más me obligas;
pues cuando mi rencor, mi ira no fuera
tal, que también a él le comprehendiera,
y más oyendo agora
cuánto la sangre que aborrezco adora,
solo por ser, como es, su intención rara
trance de amor, el paso le negara.
Demás que ya su gente
a mi vista, otorgar no me es decente
lo que negué primero;
que a la tez del acero
asentar su color la cortesía,
no es más que una afectada cobardía;
y así, dile que intente
pasar, porque en mi espíritu valiente
nunca ha de hallar más conveniencia que esta.

SIGISMUNDO:

Pésame de llevarle esta respuesta,
que sé la ha de sentir, por ser contigo
la guerra, que si fuera otro enemigo,
que una dama no fuera,
ni aun esta salva pienso yo que hiciera.


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FEDERICO:

Pues porque ese consuelo
no es bien que falte a tan amante duelo,
dirasle de mi parte
que, dejando lo Adonis por lo Marte,
podrá intentar tan generoso afecto,
absolviendo el escrúpulo al respecto,
pues ya Cristerna bella
no mantiene el rencor de su querella,
sino un soldado aventurero suyo.

SIGISMUNDO:

Huélgome de saberlo, y si es que arguyo
que eres tú quien a tanto te prefieres,
¿quién le diré que eres?

FEDERICO:

Porque sé que el empeño
crece a sombra del nombre de su dueño,
Federico de Albania soy.

SIGISMUNDO:

Estimo
(Hácele reverencia.)
el conocerte, y porque veas que animo
de parte de mi rey el generoso
valor, con que enemigo tan glorioso
más aplaudido hará su vencimiento,
desde luego a los dos...


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LOS DOS:

Di.

SIGISMUNDO:

Os represento,
por el puesto que aquí suplo [en] su ausencia,
a ti la lid, a ti esta reverencia,
como en albricias que a esas nuevas debo.
Y porque sepan qué respuesta llevo
antes que llegue, y que la guerra acepta
quien Cristerna no es, toca trompera,
en vez de salva, ya con voz más clara,
la botasela, el monta y la tarara.
(Vase con el clarín.)

FEDERICO:

En la lid nos veremos.

CRISTERNA:

Yo también, que corteses tus estremos
no han de atajar mi brío;
y pues mis armas a tu acuerdo fío,
ve a poner el ejército en batalla,
que batiendo la estrada, a aseguralla
yo con la guarda voy. Dadme un caballo.
 (Vase.)


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FEDERICO:

Amor, ¡en buenos dos empeños me hallo!;
uno el de aquel bosquejo, aquel dibujo,
que con Cristerna a merecer me trujo,
en fe de la esperanza,
de que pueda ser mía su venganza;
y otro del cargo en que este honor me ha puesto.
Pero ¿qué duda el que, a cumplir dispuesto
su obligación, dentro del pecho encierra
amor y honor?
(Las cajas y trompetas.)
(Dentro todos.)

[VOCES]:

¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!

FEDERICO:

Y pues apenas el campo
de Sigismundo oyó el eco
de toques de guerra, cuando
desciende, en buen orden puesto,
y ella, batiendo la estrada
marcha ya, en su seguimiento
iré. Amor, pues que te precias
de amante y soldado, siendo
hijo de Venus y Marte,
mira qué dice este acento...


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(Dentro.)
[VOCES]:

¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!

FEDERICO:

Pon a tu cuenta mi riesgo.
(Vase y fíngese dentro la batalla.)

UNOS:

¡Viva Sigismundo, viva!

OTROS:

¡Viva Cristerna!
(Sale CASIMIRO, vestido de soldado pobre, y TURÍN.)

CASIMIRO:

A buen tiempo
hemos llegado.

TURÍN:

¿Qué llamas
buen tiempo, señor, si vemos
llover en nubes de humo
granizo de plomo el cierzo?


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CASIMIRO:

Pues, ¿a qué mejor, si es esa
la pretensión con que vengo?

UNOS:

¡Viva Sigismundo!
(Caja.)

OTROS:

¡Viva
Cristerna!

TURÍN:

Advierte, te ruego,
si hallarte con Sigismundo
en esta acción es tu intento,
que no vas bien, porque está
de Cristerna el campo en medio.

CASIMIRO:

¡Ay, Turín, cuán al contrario
has discurrido! Que ciego
vengo a servir a Cristerna,
contra Sigismundo.

TURÍN:

Presto
empiezas a ser cuñado.
¿Qué dices?


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Que ver deseo
si es verdad que la fortuna
ayuda al atrevimiento.
¡Vive Dios, o sea locura,
o capricho, o devaneo,
que he de ver si valgo yo
con ella más que yo mesmo!
Y pues en fe de que sabes
lengua y país, te prefiero
a tantos nobles vasallos,
no hay que encargarte el secreto
de quién soy, puesto que en traje
pobre, humilde y estranjero,
nadie habrá que me conozca.

TURÍN:

Y allá, en echándote menos,
¿qué han de pensar que te hiciste?

CASIMIRO:

Eso ha de decir el tiempo.
(Caja.)
Y ahora, pues ves que ya empiezan
a disputarse los puestos,
pues que ya los batidores
han atacado el encuentro,
pasemos a la vanguardia,
que hoy, si amor me ayuda, pienso
señalarme tanto que
o quede triunfante, o muerto.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


TURÍN:

Aténgome a lo segundo.
(Dentro CRISTERNA.)

[CRISTERNA]:

¡Ay de mí, infeliz!
(La caja, y un ruido grande dentro.)

CASIMIRO:

¿Qué es esto?

TURÍN:

Que herido el caballo viene
de aquel ribazo cayendo
una mujer.

CASIMIRO:

Y tras ella
volante escuadrón pequeño
de infantería, o matarla
o prenderla intenta.

TURÍN:

¿Y eso
qué te importa a ti?

CASIMIRO:

¿No basta
ser mujer?

TURÍN:

Advierte...


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Sale CRISTERNA, cayendo algunos soldados tras ella y después SIGISMUNDO.)
CRISTERNA:

¡Cielos,
dadme favor!

SOLDADO:

A prisión
te da.

SIGISMUNDO:

Apartaos, deteneos,
que reales personas solo
las rinden los rendimientos.
Vuestra majestad...

CASIMIRO:

¿Qué escucho?

SIGISMUNDO:

Ya que Sigismundo puedo
hablar, y no embajador,
vuelto a la vaina el acero,
se dé a prisión; pues ya ve
que son iguales sucesos
trances de guerra y fortuna.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Preciso es obedecerlos;
y pues son fortuna y guerra
monstruos mantenidos desto,
muere a su horror.

CASIMIRO:

Eso no,
sin que yo muera primero.
Cobra un caballo, entre tanto
que yo tu vida defiendo,

SIGISMUNDO:

Loco, contra tantos, ¿cómo
posible es?

CASIMIRO:

Como mi intento
solo es de morir matando.

CRISTERNA:

Y el mío también.

FEDERICO:

(Dentro.)
Llegad presto,
que está en peligro su vida.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO:

Cargando con todo el grueso,
señor, su ejército avanza
sobre nosotros, a tiempo
que apartado de tu gente
te hallas.

SIGISMUNDO:

¿Qué soldado, cielos,
es este, que ha embarazado
el más glorioso trofeo?

TURÍN:

¡Quién le pudiera decir
que un cuñado antes de serlo!
(Sale FEDERICO y soldados. Hácele la batalla, retirándose.)

FEDERICO:

¡Muera Sigismundo y viva
Cristerna!

TURÍN:

Aquí entro yo. ¡A ellos!

SOLDADO:

Forzoso es que te retires
hasta llegar a los nuestros.

SIGISMUNDO:

Notable ocasión perdí.
(Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Pues aún yo no estoy contento;
mas adelante, Fortuna,
pase tu valor, si es cierto
que dar uno es deber a otro.
(Vase.)

FEDERICO:

Ya que llegué a tan buen tiempo,
mientras un caballo cobras,
dime, señora: ¿qué es esto?
(La caja siempre y trompetas.)

CRISTERNA:

Después lo sabréis, agora
socorred, socorred presto
aquel soldado, a quien vida,
honor y libertad debo,
aquel de la roja banda
que, desesperado, en medio
de todos lidia, hasta que
cara a cara y cuerpo a cuerpo,
con Sigismundo a los brazos
llega. Pero ¿qué os aliento
en su socorro, ¡ay de mí!,
si en su misma sangre envuelto
con él despeñarse deja
del monte?


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Dentro CASIMIRO y SIGISMUNDO.)
LOS DOS:

¡Valedme, cielos!

TODOS:

¡Viva Cristerna!

TURÍN:

Vitoria
por los más.
(Ahora salen cayendo, y CASIMIRO ensangrentado.)

CRISTERNA:

¿Qué es esto?

CASIMIRO:

Esto
es ser persona que hago,
y persona que padezco.
A tus plantas, ¡ay de mí!,
casi en el último aliento
de mi vida, la persona
de Segismundo te ofrezco,
con la vitoria de ver,
cuando con él me despeño,
que ha desmayado su gente,
y la tuya en seguimiento
suyo..., si... Mas cuando yo...
Proseguir ni alentar puedo.
Felice quien dio la vida
en tu servicio.
 (Cayendo.)


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Pues estos
trances de guerra y fortuna
son en la vaina el acero,
que a reales personas solo
las rinden los rendimientos,
os dad a prisión, pues veis
que a vista de igual suceso
se retira vuestro campo,
desbaratado y deshecho.

TURÍN:

[Aparte.]
¿No fuera bueno ponerme
yo ahora a su lado, diciendo:
«Huye, mientras yo te amparo»?
Mas ¿quién me mete a mí en eso?

SIGISMUNDO:

Muy descortés mi desdicha
fuera en mostrar sentimiento,
ya que prisionero soy
en serlo, señora, vuestro.

CRISTERNA:

Mío no, de Federico
sí, que es de mis armas dueño.
Llevadle vós donde tenga
digna prisión, mientras yendo
a la Corte, lo es la torre
del homenaje.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

En mi mesmo
alojamiento tendréis
quien os sirva.

SIGISMUNDO:

¿Quién vio, cielos,
de la dicha a la desdicha
pasar a nadie tan presto?
(Vanse los dos.)

CRISTERNA:

Si ha muerto, mirad vosotros,
ese soldado.

TURÍN:

Aún no ha muerto,
que con más vidas que un gato
está vivo como un perro.
[Aparte.]
Calle quién es, y quién soy.

CRISTERNA:

Pues retiradle, advirtiendo
(ya que en siguiendo el alcance
volver a la Corte intento)
que en mi tienda de campaña
(Levántanle los soldados.)
se cure, con los remedios
que si fueran para mí,
porque más su vida precio,
que prisionero y vitoria.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Pues con razones no puedo
tan grande favor, señora,
con el alma os agradezco.

CRISTERNA:

Id, cuidad de vuestra vida,
que en vós, si vivís, espero
vengarme de Casimiro.

CASIMIRO:

Yo de mi parte os lo ofrezco.

CRISTERNA:

Yo lo acepto de mi parte.

TURÍN:

Mucho hay que decir en eso.
¡Válgate Dios por novela!
¿En qué ha de parar tu enredo?

CASIMIRO:

¡Válgate Dios, por ventura,
que poco gozarte pienso!

CRISTERNA:

¡Válgate Dios por soldado,
en qué obligación me has puesto!


Jornada II
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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


Salen CASIMIRO y TURÍN.
TURÍN:

¿Dónde de tantas heridas,
apenas convalecido
venís, señor?

CASIMIRO:

Si a Cristerna
en tantos días no he visto,
puesto que en su ausencia muero,
¿para qué en su ausencia vivo?
A verla vengo, Turín,
ya que para hablarla he oído
que a cualquier hora al soldado
audiencia da.

TURÍN:

Si ese ha sido
tu intento, a buen tiempo llegas,
que ella al apacible sitio
deste jardín, donde dicen
que suele andar de contino,
leyendo una carta sale.

CASIMIRO:

Pues retírate conmigo
hasta que acabe de leerla,
que no es cortesano estilo
llegar estando leyendo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(CRISTERNA, leyendo una carta.)
CRISTERNA:

«Desde el día que supimos,
señora, aquel homenaje
que vuestra majestad hizo
con tan grande premio, a quien
se le diere, muerto o vivo,
ni vivo ni muerto dél
se sabe.»

CASIMIRO:

Turín, ¿has visto
más soberano, más bello,
más hermoso, más divino
sujeto?

TURÍN:

Infinitas veces.

CASIMIRO:

¡Mal hayas tú!


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CRISTERNA:

(Lee.)
«Varios juicios
se han hecho en su ausencia; pero
el que corre más valido
es que una melancolía,
que potencias y sentidos
le tenía perturbados,
pasándose a ser delirio,
debió de desesperarle
desde una galería al río,
donde se encerraba a solas.»
Con justa razón admiro
tan gran novedad; mas luego
discurriré, ahora prosigo.

CASIMIRO:

Con gusto que lee, parece,
la carta.

TURÍN:

No se le envidio,
si ha de responder a ella.

CASIMIRO:

¿Por qué?

TURÍN:

Porque el que recibo,
cuando alguna carta leo,
le pago cuando la escribo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

(Lea.)
«Auristela, que en su ausencia
tiene de Rusia el dominio,
sabiendo que Sigismundo
a ser prisionero vino
de tus armas, siendo ella
desa fineza motivo,
a ponerle en libertad
marcha, y hoy en tus distritos
harán alto sus banderas.»

CASIMIRO:

¡Qué aire!, ¡qué beldad!, ¡qué brío!
¡Feliz quien compró esta dicha
a costa de aquel peligro!

TURÍN:

Pues a ese precio, en la feria,
habrá lances infinitos.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

(Lee.)
«Pero apenas llegará,
cuando yo, que leal te sirvo,
como pongas en la raya
emboscados y escondidos
en sus malezas algunos
soldados, con un caudillo
de satisfación, haré
que de una seña advertidos,
que será una banda blanca
pueda carearse conmigo,
y dándole nombre y seña,
y contraseña, atrevidos
llegar a su tienda, donde
la noche haciendo su oficio,
o la prendan o la maten.»
Agora, discurso mío,
en tantos, en tan estraños
casos, como cifrar miro
lo breve deste papel,
discurramos.

CASIMIRO:

Ya ha leído.

TURÍN:

Llega, pues.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Un monte muevo
en cada planta que animo.

CRISTERNA:

Casimiro, desde el día
que supo que vengativo
mi rencor ha de buscarle,
no parece. ¿Si habrá sido
ardid y cautela?

CASIMIRO:

Sí.

CRISTERNA:

¿Qué oráculo ha respondido?

CASIMIRO:

Si a la deidad del milagro
llevar debe agradecido
la tabla de la tormenta
el naufragio peregrino,
bien yo a tus aras, señora,
en piadoso sacrificio,
pues vida y alma te debo,
la alma y la vida te rindo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Acaso ha sido: suspenda
de mis discursos el juicio.
Mucho me huelgo de veros,
que vuestra persona estimo
más (antes lo dije, y agora
vuelvo de nuevo a decirlo)
que vitoria y prisionero.

CASIMIRO:

Bien un cortesano dijo
que nunca a los reyes falta
caudal de premiar servicios.

CRISTERNA:

¿Cómo?

CASIMIRO:

Como premian solo
con dejarse ver benignos.

CRISTERNA:

Con todo eso, hay otros premios
que den del poder indicio.

CASIMIRO:

Serán más acomodados,
mas no serán más bien vistos.

CRISTERNA:

Bien es que se den la mano
honores y beneficios.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Sí, pero siempre, señora,
lo más digno es lo más digno.

CRISTERNA:

Pues porque lo logre todo
quien todo lo ha merecido,
¿en qué compañía, qué tercio
servís? ¿Qué puesto, qué oficio
en mi ejército tenéis?

CASIMIRO:

Yo soy tan recién venido,
que oficio, puesto, ni plaza
tengo; pues apenas piso
vuestro, para mí, estranjero
país, cuando el hado previno
mostrar que a serviros vengo,
con que empezase a serviros.

CRISTERNA:

¿De qué nación sois?

CASIMIRO:

La banda
pensé que lo hubiera dicho.
Vasallo de España soy.
Borgoña es mi patrio nido.


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CRISTERNA:

¿Sois noble en ella?

CASIMIRO:

No sé.

CRISTERNA:

¿Eso ignoráis?

CASIMIRO:

Es preciso.

CRISTERNA:

¿Cómo?

CASIMIRO:

Como nunca el pobre
es ni bien ni mal nacido,
bien, porque otro ha de dudarlo,
mal, porque él no ha de decirlo.
Un soldado de fortuna
soy, no más, que peregrino
vengo buscando la guerra,
sin más favor, más arrimo,
más lustre, ni más caudal
que esta espada, de quien fío,
que ella ha de decir quién soy,
si es que el enigma no olvido
del sabio que preguntó
quién después de haber nacido
había engendrado a sus padres,
y otro el soldado le dijo
que los padres del soldado
solo son sus hechos mismos,
con tan gran novedad como
nacer primero los hijos.


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CRISTERNA:

¿El nombre?

CASIMIRO:

Soldado soy,
sangre, y nombre, y apellido
a este se reduce todo.

CRISTERNA:

Segunda vez os estimo,
(ya que buscando la guerra
venís, como me habéis dicho)
que eligieseis mis armas
y no las de Casimiro
o Sigismundo.

CASIMIRO:

¿Quién tuvo
en su mano su albedrío,
que lo mejor no eligiese?

CRISTERNA:

¿Y es lo mejor el partido
de quien en medio de dos
poderosos enemigos
sitiada está?


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CASIMIRO:

Sí, señora,
y perdonadme el estilo,
si a privilegios de reina
los de mujer anticipo;
porque solo el ser mujer
trae una carta consigo,
tan de favor que no hay hombre
con quien no hable el sobre escrito.
Servir por inclinación
es tan mañoso artificio,
que de la penalidad
sabe labrarse el alivio.
Y cuando reina no fuerais,
(y reina de quien he oído
por vuestro ingenio milagros,
por vuestro valor prodigios)
solo por mujer, señora,
libre una vez en mi arbitrio,
os eligiera por dueño;
que tiene casi divino
su ser, no sé qué absoluto
imperio sobre el destino,
que sin saber a quién mandan,
mandan con tanto dominio,
que servirlas no es fineza,
y es no servirlas delito.


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CRISTERNA:

¿Y no sabéis que sois noble?
Pues yo sí; porque es preciso
que el hábito de estimarlas
caiga siempre en pechos limpios.
Yo doy por vistas las pruebas,
y, pues yo las califico,
el capitán de mi guardia,
al ver mi caballo herido,
por llegar a socorrerme
en el pasado conflicto,
murió; y pues que vós quedáis
heredero del peligro,
es bien lo quedéis del puesto.

CASIMIRO:

A vuestras plantas rendido...

CRISTERNA:

Alzad, levantad del suelo.

TURÍN:

Y yo, que ha más de mil siglos
que, oyendo hablar en discreto,
callando me estoy martirio
que no alcanzó Diocleciano,
puesto que, a haberle sabido,
condenara a pasar antes
a conceptos que a cuchillos,
¿no mereceré, señora,
también por rocín venido,
ser vivandero siquiera?


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CASIMIRO:

Quita, necio.

TURÍN:

Sabio, quito.

CRISTERNA:

Dejadle. ¿Quién sois?

CASIMIRO:

Un loco,
ignorante criado mío.

TURÍN:

Niego el supuesto, que yo
soy el amo, el silogismo
pruebo. Yo sirvo de suerte
que no sirve lo que sirvo;
él sirve, sirviendo cuando
como, y bebo, calzo y visto;
luego el servido soy yo,
puesto que él no es el servido,
y aunque él sea el servidor,
estoy yo a vuestro servicio.

CRISTERNA:

Buen humor tenéis.

TURÍN:

No gasto
ni récipes, ni aforismos.


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CASIMIRO:

Ya basta, loco. Y volviendo
a ponerme agradecido
a vuestros pies...

CRISTERNA:

No, no más,
que esto no es más que principio;
y si una interpresa, que hoy
os he de fïar consigo,
ya que al disponerla habéis
a tan buen tiempo venido,
habéis de ver... Pero esto
el efecto ha de decirlo.
(Yéndose.)
Esperadme aquí, entre tanto
que a consultar los designios,
como en fin mi general,
voy della con Federico.
(Al entrarse, sale FEDERICO.)

FEDERICO:

¡Una y mil veces dichoso
quien a tan buen tiempo vino,
que oyó su nombre en tus labios!

CRISTERNA:

Accidentes sucedidos
acaso, ni dichas son,
ni desdichas.


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FEDERICO:

Hayan sido
lo que fueren, por lo menos
cuando el nombre no sea indicio
de memoria, a mí me basta
el que no lo sea de olvido.

CRISTERNA:

Eso es exceder los fueros
de aquel hidalgo motivo
de servir sin esperanza.

FEDERICO:

¿Yo con qué esperanza sirvo?

CRISTERNA:

No responderos a eso
sea haberos respondido.
El acaso de nombraros,
fue decir que iba a advertiros
de dos grandes novedades
de que un confidente mío,
vasallo que en Rusia tengo,
me da en esta carta aviso.

CASIMIRO:

Esto me importa, Turín,
que oiga.

TURÍN:

Pues, ¿hay más de oírlo?


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CRISTERNA:

Pero para hablar en ellas,
asegurar solicito
que Sigismundo (que en fe
de la guardia le permito
de esa torre de palacio,
que es de su prisión retiro,
salir a aquestos jardines),
no nos oiga, y imagino
que desde que estoy yo en ellos,
entre sus redes le he visto.
Y así, como acaso, quiero,
dando breve vuelta al sitio,
asegurarme de que
no esté donde pueda oírnos.
Esperad los dos, que importa
que esté su efecto escondido
de Sigismundo.
(Al entrarse, por la otra puerta sale SIGISMUNDO.)

SIGISMUNDO:

¡Infeliz
quien a tan mal tiempo vino,
que oyó en tus labios su nombre!

CRISTERNA:

Eso otro al contrario dijo.


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SIGISMUNDO:

Bien pueden tener razón
dos, no diciendo lo mismo.

CRISTERNA:

¿Cómo?

SIGISMUNDO:

Como lo que es
en el dichoso cariño,
es ceño en el desdichado;
y así, bien puede haber sido
dicha en otro, en mí desdicha,
que con afectos distintos,
habléis dél como parcial
y de mí como enemigo.
Mas ya que lo soy, señora,
dar a entender solicito
que lo soy bien, como debo
serlo yo. Un criado mío,
que preciado de leal,
menospreciando el peligro,
en traje de jardinero
osó entrar aquí, me ha dicho
dos novedades que os tocan,
y habiéndolas yo sabido


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SIGISMUNDO:

 ([Aparte.]
Hagamos del ladrón fiel,
pues saberlo ella es preciso,
día más a menos), fuera
ignorarlas vós delito;
mayormente, cuando dellas
puede ser que el hado impío
desarrugue el ceño y saque
de un estrago dos alivios.
Una es que no se sabe,
señora, de Casimiro,
y se cree que, perturbado
de una melancolía el juicio,
furioso se arrojó al Tanais,
pues cerrado y escondido
en una galería, nadie
salir, señora, le ha visto.
Otra es que Auristela viene
en su ausencia, con motivos
de ponerme en libertad,
cuyo ejército, vecino
ya a vuestra raya, esperando
las diversiones del mío
está.


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CRISTERNA:

¿Sabéis más?

SIGISMUNDO:

¿Qué más?

CRISTERNA:

Más que hay que saber. Lo mismo
iba a decir yo a los dos,
que habéis vós a los tres dicho.

CASIMIRO:

¿En fin, por muerto y por loco
me tienen?

TURÍN:

Pues no han mentido
más que la mitad del precio,
que en la otra, verdad han dicho.


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SIGISMUNDO:

([Aparte.]
¿Aquí estaba este soldado?
Con tanto rencor le miro
como causa de mis penas,
que haré, si lo finjo, mucho.)
Que lo supieseis, señora,
quitar no puede a mi aviso
lo noble de la noticia,
y más si della consigo,
que pues Casimiro fue
quien tan gran pesar os hizo,
y él falta, no hay contra quién
vuelva la guerra al principio.
Auristela y yo, no solo
prisioneros, mas cautivos
seremos vuestros, si dando
el sentimiento al olvido,
ve el norte que una paz...

CRISTERNA:

Basta,
no prosigáis, que al oíros
darme aquí las nuevas vós,
proponiéndome el designio
de la paz, me da a entender
que todo esto es artificio.
Creído tuve que podía
ser verdad el precipicio
de Casimiro; pero agora
que en vós la noticia miro
y el pretexto, me persuado
a que todo sea fingido.


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SIGISMUNDO:

¿Fingido no parecer
hombre como Casimiro,
ni saber nadie de él?

CRISTERNA:

Sí,
que el temor le habrá escondido
al ver que contra él no hay
príncipe que, conmovido
al interés de mi mano,
o al blasón de su homicidio,
no me solicite asumpto
de su militar auxilio.
Federico, ya lo veis,
pues que mis armas le fío,
a tiempo que Hungría me escribe
que viene ya en favor mío;
el de Bulgaria y Polonia
también me avisan lo mismo,
de suerte, que al ver que tantos
poderosos enemigos
le han de buscar, el temor
sin duda esconder le hizo,
por ver si en este intermedio
doy a la platica oídos
de la paz.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

Y eso lo afirma
ver que nadie dé por fijo
su despeño, que es dejar
la puerta abierta al arbitrio,
para que pueda después
que se hayan desvanecido,
hecha la paz, los socorros,
vivo parecer, al viso
de otra disculpa.

CASIMIRO:

¡Que oiga
esto yo!

TURÍN:

¿Hay más de no oírlo?

CASIMIRO:

¿Cómo?

TURÍN:

Hazte sordo.


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SIGISMUNDO:

Que haga
Cristerna, príncipe, el juicio
que quisiere, es dama y puede;
mas que vós le hagáis, no es digno
de vuestro valor; que pechos
tan generosos y altivos
creen desdichas, no ruindades,
y en ellas el fuego activo
de lo rencoroso, apagan
llantos de lo compasivo;
fuera de que es argumento
contra el propio interés mío;
creer, que mi enemigo hiciera
lo que no hiciera yo mismo.

FEDERICO:

Ya sé que el tener yo honor
es tenerlo mi enemigo;
pero cuando el caso sea
tan no nunca acontecido,
puede arbitrar la sospecha.

SIGISMUNDO:

No puede, y así os suplico
que advirtáis que prisionero
soy, y que aunque sea mi primo
amigo y cuñado, no
tengo acción para pediros
de otra suerte, que miréis
como habláis de Casimiro.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

De cualquier suerte que yo
hable...

CRISTERNA:

Basta, Federico;
basta, Sigismundo. Ved
que estoy yo aquí.

CASIMIRO:

¿Quién, divinos
cielos, creerá que yo esté
de todo esto por testigo?

TURÍN:

Yo lo creeré, pues que creo
que anda un cuñado tan fino,

FEDERICO:

Señora, yo...

SIGISMUNDO:

Yo, señora...

CRISTERNA:

Bien está, príncipes; idos,
idos vós también, y ved,
segunda vez lo repito,
que estoy de por medio yo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

Obligaros solicito.

SIGISMUNDO:

Obedeceros deseo.

FEDERICO:

Denme los cielos camino
para que yo mantener
pueda lo que hubiere dicho.
(Vase.)

SIGISMUNDO:

Por no ver a este soldado,
más gustoso me retiro,
que sentido de no haber
vuelto más por Casimiro.
(Vase.)

CRISTERNA:

¡Soldado!

CASIMIRO:

¿Qué me mandáis?

CRISTERNA:

Retiraos vós.


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TURÍN:

¿Secretico?
¡Quiera Dios que hablar se vuelvan
de secretos y no entendidos;
ya que anda el diablo suelto,
que no ande el amor listo!
(Vase.)

CRISTERNA:

Ya sabéis que a una interpresa
os cité.

CASIMIRO:

Y sé que no vivo,
hasta saberla.

CRISTERNA:

También
sabéis que con Federico
iba a consultarla.

CASIMIRO:

Sí.

CRISTERNA:

Pues sabed que, interrompido
aquel intento con esta
desazón que aquí habéis visto,
ya consultarla no quiero
con nadie, sino conmigo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Y hacéis bien. ¿Qué más consejo,
señora, que el vuestro mismo?

CRISTERNA:

Pues oíd. Pero primero
que me resuelva a decirlo,
me habéis de hacer juramento
del secreto.

CASIMIRO:

A los divinos
cielos, la rodilla en tierra,
una mano sobre el limpio
acero, en las vuestras otra,
lo otorgo, juro y confirmo.

CRISTERNA:

¿Ceremonias de homenaje
sabéis?

CASIMIRO:

Tal vez he leído
que esta es su forma.
(Tómale la mano.)

CRISTERNA:

Pues yo
con toda ella le recibo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Por lo menos ya esta dicha
no has de quitarme, hado impío,
y como el tacto me dejes,
te doy los demás sentidos.

CRISTERNA:

¿Y confirmáis, otorgáis
y juráis?

CASIMIRO:

Sí.

CRISTERNA:

¿Sin oírlo?

CASIMIRO:

Pues, ¿qué hace en adelantarlo
quien sabe que ha de cumplirlo?

CASIMIRO:

¿Que en la demanda desta
facción, que de vós confío,
perderéis la vida antes
que el efecto?

CASIMIRO:

Así lo afirmo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Pues con los soldados, que
yo os entregaré escogidos,
iréis a la raya, en cuyos
marañados laberintos,
emboscado esperaréis
hasta que en ella os dé aviso
tremolada blanca seña;
y habiéndoos cercado, y visto
con quien la haga, tomaréis,
cautamente prevenido,
seña, contraseña y nombre,
con que en el trémulo abrigo
de la noche llegaréis,
bien informado del sitio,
a la tienda de Auristela,
donde osado y atrevido
la prendáis o matéis. Este
el orden es, advertid
que queda a mi cuenta el premio,
y va a la vuestra el peligro.
 (Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Oíd, esperad, ved. Fortuna,
¿quién en el mundo se ha visto
en tan nuevo, tan estraño,
tan raro, tan exquisito
empeño de amor y honor,
sangre y patria? Mas ¿qué admiro?
Mas ¿qué dudo? Mas ¿qué estraño?
¿Qué discurro? ¿Qué imagino?
Si sangre, patria y honor,
en este confuso abismo,
donde amor todo es portentos,
mi vida toda prodigios,
no pesan, no montan tanto
como haber Cristerna dicho
que está a su cuenta el premiarlo,
y va a mi cuenta el cumplirlo.


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(Cajas y trompetas, soldados, ARNESTO y AURISTELA.)
AURISTELA:

En esta inculta raya,
falda del Merque y del Danubio playa,
cuyo inmenso raudal y cuya cumbre,
del mar las olas y del sol la lumbre,
uno iguala, otro mide,
y a Suevia y Rusia en términos divide,
alto haga nuestra gente,
ya que el sol a los campos de occidente,
huyendo baja de la noche fría
en el postrer crepúsculo del día,
que apenas el aurora
veréis que las más altas cimas dora,
cuando mi orgullo ciego,
talando a sangre y fuego
entre, desde la encina hasta la caña,
el próvido verdor de la campaña,
sin perdonar el bélico tributo,
ni hoja, ni mies, ni vid, ni flor, ni fruto.

ARNESTO:

Ya la gente alojada
por su maleza está y tu tienda armada;
entra, señora, a descansar en ella.


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AURISTELA:

Mi quietud solo estriba en no tenella.
El día que, mentidos mis desvelos,
me di por satisfecha de los celos
de Sigismundo, al ver cuán manifiesta
satisfación la libertad le cuesta;
y el día también que trágico mi hermano,
ya de infelice, o ya de cortesano,
no parece; ¡infelice
si el despeño es verdad que el vulgo dice!
Cortesano, si es que retirado,
por vivir de Cristerna enamorado,
verse escusa con ella
en campal lid, dejándole a mi estrella
las armas, porque a fin de empresas tales,
de mujer a mujer lidien iguales.
Y pues, sea verdad o no lo sea
su despeño o su amor, es bien que vea
Cristerna, si blasona
de que ella Palas es, que soy Belona,
no ha de saber que se rindió mi pecho
al ocio blando del mullido lecho.
(Sacan luces, siéntase, y vanse todos.)
Poned ahí unas luces y un asiento,
que este le basta a mi cansado aliento,
cuando porfiado el sueño
se quiera hacer de mis sentidos dueño.
Salíos todos afuera.
¡Oh vaga obscuridad, corre ligera,
que la hora no ve la saña mía
de que me vuelvas a traer el día!


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Canta dentro un SOLDADO.)
SOLDADO:

Prisionero Sigismundo
en Suevia está; mas ¿quién
pudo blasonar de amante,
que prisionero no esté?

AURISTELA:

Hola.
(Sale.)

ARNESTO:

Señora...

AURISTELA:

Quién canta
mirad.

ARNESTO:

El soldado ha sido
de posta, que persuadido
a que sus males espanta,
si el adagio no mintió,
con ese alivio pequeño
espanta cansancio y sueño.
¿Direle que calle?

AURISTELA:

No,
que lo que estrañé es que cante
tan a propósito ahora.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ARNESTO:

¿A qué novedad, señora,
no hacen versos al instante
ociosos ingenios? Y es
harto que en la ardiente esfera
de aquesa encendida hoguera,
adonde reparar ves
iras del yelo y la escarcha,
no sean las voces más,
con que divertir verás
las fatigas de la marcha.
(Vase.)

AURISTELA:

Id, y no le digáis nada;
que no le quiero quitar
ese alivio a su pesar,
ni aun al mío, si llevada
del contento de su voz,
clarín su contento fuera
que mi espíritu encendiera,
acordándole veloz,
que en Suevia Sigismundo
prisionero está.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Músicos y ella.)
[VOCES]:

Mas ¿quién
pudo blasonar de amante,
que prisionero no esté?

SOLDADO:

Bien que atendiendo a la causa
a quien debe el padecer,
dulcemente se consuela,
diciendo una y otra vez:
(Toda la música.)

[VOCES]:

Prisionero me tiene
por un buen querer.

SOLDADO:

Y responden todos, envidiosos dél:
«Si el querer es delito...»
(Músicos todos.)

[VOCES]:

... préndanme también.

AURISTELA:

Y aun yo con todos, ¡ay triste!,
estoy para responder
a las fantasmas del sueño,
que ya en mi triunfar se ve.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Músicos y ella.)
[VOCES]:

Si el querer es delito,
préndanme también.
(Salen CASIMIRO, con una banda en el rostro, soldados y ROBERTO.)

ROBERTO:

Aunque de mí recatado,
descubrirte no has querido
el rostro, el haber venido
de quien vienes enviado,
basta para que pretenda
cumplir lo que prometí.
Llega conmigo, que aquí
es de Auristela la tienda.

CASIMIRO:

El no descubrirme ha sido
temer, si el rostro me viera
quizá alguno, que pudiera
ser por él muy conocido,
porque en campaña me vi
muchas veces cara a cara
con tu gente.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ROBERTO:

Pues repara,
ya que llegaste hasta aquí,
falseando a las centinelas,
de nombre y seña las guardas.
Ya el campo en quietud, ¿qué aguardas?
Durmiendo está, ¿qué recelas?

CASIMIRO:

Bien, guerra, ladrón atroz
del siglo, tu horror te muestra,
pues hiciste llave maestra
de todo un reino una voz,
sujeta a una vil cautela.
¿A quién, cielos, no da espanto
el mirar que duerman tanto,
solo en fee de que uno vela?

ROBERTO:

¿Qué esperas? Llega conmigo,
pues que durmiendo está allí.
(Vanse los soldados.)

CASIMIRO:

Retiraos, y solo a mí
me dejad; que si consigo
mi intento, yo os llamaré
a su tiempo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ROBERTO:

¿Pues qué intento
puedes dudar, cuando atento
a la ocasión que se ve,
tienes a Auristela bella
en tus manos? ¿Qué orden, pues,
dime, traes?

CASIMIRO:

El orden es
de matalla, o de prendella,
y pues me dan a escoger,
todo lo he de ejecutar,
que prender tengo y matar.

ROBERTO:

¿Eso cómo puede ser?
Matar y prender ¿no es
contrario?

CASIMIRO:

No.

ROBERTO:

¿Cómo así?

CASIMIRO:

Traidor, matándote a ti
y prendiendo a ella después.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Dale con una daga, cae dentro; quítase la banda y se la echa a AURISTELA al rostro.)
ROBERTO:

¡Muerto soy!

CASIMIRO:

Nadie se espante,
que en tan nunca visto empeño
mate a un traidor como dueño,
prenda un alma como amante.
Date, Auristela, a prisión.

AURISTELA:

¡Ay de mí!
(Salen los soldados, y llévanla vendada, y sale ARNESTO.)

CASIMIRO:

Llegad, y vamos
donde la escolta dejamos.

AURISTELA:

¡Traición!

TODOS:

¡Al monte!

AURISTELA:

¡Traición!


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ARNESTO:

¡Ha de la guarda! Entre el ruido
la voz de Auristela oí.
Acudid; mas ¡ay de mí!,
que en un cadáver herido
tropecé, a tiempo que ella
de aquí falta. ¡Qué recelos!
¡Auristela!

AURISTELA:

(Lejos.)
¡Piedad, cielos!

ARNESTO:

Su voz, ¡ay de mí!, es aquella
que ya en ecos desmayados,
dentro se oye de la sierra.
¡Traición, traición!
(La caja, y sale ARNESTO.)

TODOS:

¡Arma, guerra!

AURISTELA:

(Lejos.)
¡Ay de mí, infeliz!


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Vuelven a salir con ella desmayada, y pónenla en el suelo.)
CASIMIRO:

(Dentro.)
¡Soldados!,
pues ya vencida la raya,
no tenemos que temer
que la puedan socorrer,
y ella el aliento desmaya,
tanto, que casi sin vida
ha quedado; aquí podemos
repararla, pues tenemos
por nuestra esta entretejida
estancia del monte, en quien
defendernos, cuando fuera
posible que la siguiera
su ejército; y así es bien,
que las dos tropas montadas
estén, en tanto, ¡ay de mí!,
que vuelve o no vuelve en sí,
porque sus luces cobradas
con las del sol, a quien vemos
que ya comienza a lucir,
pueda en un caballo ir.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO:

En todo te obedecemos.
(Descúbrela el rostro.)

CASIMIRO:

Beldad que postrada estás,
recibe en descuento hoy
de la pena que te doy
la lástima que me das.
Y si el sueño que era dueño
tuyo, fue al desmayo ensayo,
no represente el desmayo
más de lo que escribe el sueño.
Despierta, pues, y...

AURISTELA:

¡Ay de mí!

CASIMIRO:

Alma, albricias.

AURISTELA:

¿Qué oigo y miro?
¿Sueño o velo a Casimiro?
Cielos, ¿no es este?

CASIMIRO:

No y sí.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

¿No y sí? ¿Cómo puede ser
que seas y que no seas,
si no es que en sombras me veas,
obligándome a creer
que es verdad que despeñado
moriste? Y pues dices que eres
y no eres, ¿qué me quieres,
y para qué me has sacado
de mi tienda a esta montaña,
haciendo al sueño testigo
de que era el campo enemigo
el que me prendía?

CASIMIRO:

La estraña
duda, ¡ay Auristela bella!,
de ser y no ser no estriba
en que muera o en que viva,
sino en que quiera mi estrella
que viva y muera, no siendo
y siendo yo.

AURISTELA:

El cómo ignoro.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Siendo yo, pues que te adoro,
no siendo yo, pues te ofendo,
con que en tu suerte y la mía
causa hay que uno y otro afirme.

AURISTELA:

Eso es querer persuadirme
a que sueño todavía.
Y pues ves la mortal lucha
de hallarme aquí en tu poder,
morir, vivir, ser, no ser,
sepa yo qué es esto.

CASIMIRO:

Escucha:
Un desordenado amor
me lleva, arrastra y destierra...
(Dentro.)

[SOLDADO] .1º:

¡Al monte!

[SOLDADO] .2º:

¡Al valle!

[SOLDADO] .3º:

¡A la sierra!


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale un SOLDADO.)
SOLDADO:

Acude presto, señor,
que la gente de Auristela
el campo corriendo viene;
y pues ya su acuerdo tiene,
ponla en un caballo y vuela,
no se pierda lo adquirido
con volver a aventurallo.
(Vase.)

CASIMIRO:

Dices bien, llega un caballo.
Ven conmigo.

AURISTELA:

Si has oído
que es nuestra gente, ¿de quién
huyes?

CASIMIRO:

De ella.

AURISTELA:

¿De ella?


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Sí.
Pues que no puedo de mí.
Conmigo, Auristela, ven
donde veas que gobierna
mi acción superior poder.

AURISTELA:

¿A qué he de ir yo huyendo?

CASIMIRO:

A ser
prisionera de Cristerna.

AURISTELA:

¿Qué dices?

CASIMIRO:

Que en este empeño
mi honor está.

AURISTELA:

Ahora creí
que fue cierto el frenesí,
ya que no lo fue el despeño:
¿De Cristerna prisionera
yo por ti?

CASIMIRO:

No digas más,
que presto vengar podrás
ese error.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

¿De qué manera?

CASIMIRO:

Solo con decir quién soy,
pues en el instante que
lo sepa ella, moriré
a sus iras, con que hoy,
tras la ofensa que te alcanza,
que va la venganza piensa;
pues te hago apenas la ofensa,
cuando te doy la venganza.
Ven, dirás quién soy, y así
matarme al punto verás,
y, vengada, quedarás
duquesa de Rusia.
(Sale SOLDADO.)

[SOLDADO]:

Aquí
está ya el caballo.

CASIMIRO:

Ea, ven.

AURISTELA:

Antes...


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

No hagas resistencia,
o volverá la violencia
a su primer acción.

AURISTELA:

Ten
la mano, que si dormida
me dejé atrever a mí,
en mi acuerdo no. De aquí
vamos, pues.

CASIMIRO:

¡Ay de mi vida!

AURISTELA:

¿Por qué?

CASIMIRO:

Porque veo que vas
más consolada, y es...

AURISTELA:

¿Qué?

CASIMIRO:

Que a vengarte vas.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

No sé
lo que haré, allá lo verás.
(Vase.)

CASIMIRO:

Y aquí, porque ¿qué esperanza
habrá en mujer ofendida,
que está en que calle mi vida
y en que hable su venganza?
(Salen CRISTERNA y LESBIA.)

LESBIA:

¿Tan de mañana, señora,
en el jardín?

CRISTERNA:

Un cuidado
pocas veces, Lesbia, supo
guardar el sueño al descanso.
A aquel soldado estranjero
envié a una facción, fiando
dél y della dos efectos,
bien considerables ambos:
Uno, porque en él estriba
la quietud de mis estados,
si le consigo; y otro,
porque si por él le alcanzo,
desempeño el homenaje
de dar a nadie la mano.


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LESBIA:

¿Cómo?

CRISTERNA:

Como siendo él
quien logre el triunfo más alto
hoy en mi servicio, quedo
libre; que siendo un soldado
de fortuna, a quien le deba
en el primero fracaso
libertad, vitoria y vida,
y después honor y aplauso,
claro está que con mercedes
a menos costa le pago,
que si fuera un igual mío
a quien le debiera tanto.

LESBIA:

¿Y no puede ser, señora,
según lo que me has contado,
que quien habla tan atento,
que quien lidia tan bizarro,
sea más de lo que dice?


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CRISTERNA:

Al alma me estás hablando,
que si a su valor atiendo,
que si en su ingenio reparo,
entro en la misma sospecha,
y pues es aquel criado
(que en fe de hombre de placer,
debe de haberse tomado
licencia de entrar aquí)
suyo, háblale como acaso,
quizá entre los dos podría
ser, que averigüemos algo.
(Sale TURÍN.)

TURÍN:

Aquí le perdí, y aquí
le tengo de hallar.

LESBIA:

Hidalgo,
¿cómo con tanta osadía
hasta aquí os entráis?


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TURÍN:

Andando,
dijera, si ya no fuera
vieja frieldad deste paso.
Un amo busco, que Dios
me dio, si da Dios los amos,
que desde que aquí ayer tarde
le dejé con vós hablando,
y salió de aquí a montar
en cólera, y a caballo,
(porque de unas compañías
iba al principio por cabo)
no ha vuelto; y así, señora,
le vengo a buscar. Si acaso
sabéis vós dél, no perdáis
las albricias del hallazgo,
u os le pedirán por hurto.

LESBIA:

Bastante desembarazo
tiene el hombre.

CRISTERNA:

No tan solo
sé dél yo para informaros,
mas vós me habéis de informar
dél a mí.


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TURÍN:

¿Yo? ¿Cómo o cuándo?

CRISTERNA:

Fiando de mi secreto,
su patria, nombre y estado.

TURÍN:

Si esta fuera comedia,
¡cuál estuviera ahora el patio
tamañito de pensar
que había de cantar de plano!
¡Pues vive Dios, que he de ser
excepción de los lacayos!

CRISTERNA:

¿No respondéis?


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TURÍN:

Yo, señora,
ha que sigo algunos años
vuestro ejército, de que
hallaréis testigos hartos.
Viendo, pues, que un mochiller
lo pasa con gran trabajo,
me apliqué a servir a este
don soldado, de soldado,
de quien no sé más que vós,
y aun pienso que no sé tanto.
Solo lo que añadir puedo,
si la malicia adelanto,
(no se pierda todo, ya
que se pierda el hablar claro)
es que debe de ser más
que dice; y esto lo saco,
no tanto de ricas joyas,
que tal vez le he visto, cuanto
porque es la que más estima
de una madama el retrato,
con quien a solas suspira
y llora; y esto del llanto,
con su «¡ay de mí!», no es, señora,
filigrana de hombre bajo.


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(Sale SIGISMUNDO.)
CRISTERNA:

¿Joyas y retrato? Pero
Sigismundo viene, al paso
le di que estoy yo aquí.

LESBIA:

(Turbada.)
Si él
te ve, él se irá.

CRISTERNA:

Haz lo que mando.

LESBIA:

Desde que está aquí he tenido
de que no me vea cuidado;
mas ya no es posible, ¡cielos!
¿Qué hará al verme? Entre estos cuadros
Cristerna está. Vuestra alteza
no pase de aquí.

SIGISMUNDO:

Admirado
al verte, fiera enemiga,
primer causa de mis daños,
ausencia, prisión y muerte,
no sé cómo.


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LESBIA:

Habla más bajo,
que en sabiendo que he venido,
a pesar de tus agravios
a darte la libertad,
 (Aparte.)
(desta manera le engaño,
por obligarle a que no
descubra mi error pasado)
me estarás agradecido,
porque sé dónde está el paso
de una mina desa torre,
como quien desde sus años
primeros se crio aquí; pero
esto es para más espacio.
Vuélvete agora.

SIGISMUNDO:

¿Qué fuera
que dispusieran los hados
mi antídoto en mi veneno?
Yo volveré a hablarte cuando
estés más sola.
(Vase.)

LESBIA:

Y yo, cielos,
ya que esto sucedió acaso,
pues con méritos no puedo,
le he de obligar con engaños.


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CRISTERNA:

Y en fin, ¿es tan bella?

TURÍN:

Un día
que él estaba embelesado,
llegué queditito y vi
el más pernicioso trasto
que vio amor en su armería,
entre las flechas y rayos
de su munición.

CRISTERNA:

Pues bien,
¿qué se me da a mí? ¡Qué enfado
tan necio y impertinente!

TURÍN:

Ni a mí.

CRISTERNA:

Id a ver si ha llegado
(El clarín.)
vuestro amo, que ese clarín
y estas tropas de a caballo
quizá son suyas.


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(Sale CASIMIRO.)
CASIMIRO:

No vayas;
yo responderé, besando
antes la tierra que pisas,
después, señora, tu mano,
si estas albricias merece
quien llegó, vio y venció, dando
feliz fin a la interpresa,
pues prisionera te traigo
a Auristela.

TURÍN:

Hasta aquí loco
estaba; ya está borracho.
¿A su hermana prisionera?

LESBIA:

Solo esto me había faltado.
¡Auristela aquí, Fortuna!

CRISTERNA:

Levantad, maese de campo,
y aunque debo agradeceros
dicha en que intereso tanto,
por lo menos de una queja
que tengo de vós, libraros
no podréis.


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TURÍN:

¡Que fuera, cielos,
que diera lumbre el retrato!

CASIMIRO:

¿Queja de mí?

CRISTERNA:

Sí, de vós.

CASIMIRO:

¿Qué es?

CRISTERNA:

Que no hiciésedes alto,
y enviásedes aviso
antes de entrar en palacio,
para que saliera yo
con mis festivos aplausos
a recibir, como debo,
tal huéspeda. Mas los brazos
suplan la falta.

CASIMIRO:

El deseo...

CRISTERNA:

No tratéis de disculparos.
Vós seáis muy bien venida.


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CASIMIRO:

Llega, Auristela, y el llanto
deja, pues ves que mi muerte
o mi vida está en tus labios.

CRISTERNA:

Donde, aunque seáis prisionera,
seáis tan dueño de mi estado,
como de mi vida dueño.
([Aparte.]
¿Cómo desta suerte hablo
a sangre de mi enemigo?)
Mas una cosa es mi agravio
y otra mi vanidad.

AURISTELA:

¡Cielos,
que sea esto fuerza! La mano,
como a prisionera, solo
me dad.
(Abrázala.)

CRISTERNA:

¿Qué hacéis? Levantaos
y pensad que en mí tenéis
 ([Aparte.]
el pecho me está temblando
de cólera), no prisión,
sino albergue.
[Aparte.]
En el contacto
que comunica a mi pecho
la vil sangre de su hermano.)


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AURISTELA:

De todos cuantos favores
recibir de vós aguardo,
solo uno lograr espero.

CRISTERNA:

¿Qué es?

AURISTELA:

Que la queja dejando,
pues yo doy por recibida
la pompa de reales faustos,
sepáis que es quien prisionera
me trae a mí...

CASIMIRO:

¡Estoy temblando!

AURISTELA:

Merecedor de más honores
que hacerle maese de campo,
porque es...

TURÍN:

Ahora caer se deja
a plomo.

CRISTERNA:

¿Quién?


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AURISTELA:

Quien me ha dado
más crédito con vencerme,
a costa de riesgo tanto,
que si fuera él el vencido;
porque, ¿quién tan temerario
osara entrar en mi tienda?
¿Quién sacarme della en brazos?
¿Quién, a vista de mi gente,
sin acelerar el paso,
retirarse tan en sí,
que a reparar mi desmayo
hiciese alto en la espesura?
Y así, en empeño me hallo,
porque vean que es su premio
el crédito de mi llanto,
de que le honréis por mí misma,
aun más que por vós...

CRISTERNA:

Bien claro
argumento es del valor
saber honrar al contrario.
General, en vuestro nombre,
de la caballería le hago.

CASIMIRO:

Tu mano beso, y la tuya
por tanto honor.


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AURISTELA:

¡Ha, tirano!
¿Creíste que había yo de ser
tan vil como tú?

CRISTERNA:

A mi cuarto
venid, donde reparéis,
señora, susto y cansancio.

AURISTELA:

Con la merced que habéis hecho
a tan valiente soldado,
he descansado de todas
mis fortunas.

CRISTERNA:

¡Qué afectados
estremos!

TURÍN:

Entren a ver
callar una dama, a cuarto.
Señor, ¿qué aventura es esta,
que la toco y no la alcanzo?


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CASIMIRO:

Ni yo, porque no sé cómo,
Turín, pueda haberse hallado,
ni una mujer tan prudente,
ni un hombre tan desdichado,
que ella se alce con el nombre
de constante, y él de vario.
(Vase.)

LESBIA:

¿Quién creyera que Auristela
viniera por tan estraños
lances, donde Sigismundo
y yo?
(Sale SIGISMUNDO.)

SIGISMUNDO:

Oculto y retirado,
sin saber qué novedad
tocó ese clarín, he estado
solo atento, Lesbia hermosa
([Aparte.]
¿Qué he de hacer? Alma, finjamos,
por ver si lo que por ella
pierdo, por ella lo gano,
y huyendo de aquí pudiese
en la falta de su hermano
ir a asistir a Auristela,
a quien ausente idolatro),
solo atento, otra vez digo,
a hablarte, y pues has quedado
sola, dime cómo puede
hallar mi libertad paso.


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LESBIA:

¿Qué he de hacer, ya hecho el empeño,
sino seguirle, callando
el que está Auristela aquí?
Que no es bien que el mal que paso
le dé ese gusto, si es gusto,
ni pena, si es pena.
(Sale AURISTELA.)

AURISTELA:

En tanto
que Cristerna, a quien vinieron
a llamar para un despacho,
vuelve , a mis solas, entre estos
mal entretejidos ramos
donde dijo que la espere,
veré si puedo algún rato
suspirar conmigo. Flores,
deste verde cielo astros,
decidme... ¿Mas Sigismundo
no es aquel que está allí hablando
con una dama? ¿Esto más,
Fortuna?


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LESBIA:

Digo que andando
un día por esa torre,
siendo della castellano
mi padre, allá en mis niñeces,
vi entre las ruinas del cuarto
último della una quiebra,
y supe...

AURISTELA:

Ireme acercando
por ver si entender pudiese,
oyendo a cautela, algo.
Si es plática de amor...

SIGISMUNDO:

¿Qué
te suspende?

LESBIA:

Hacia allí pasos
sentí, y las ramas se mueven.
Veré quién es. ¡Triste hado!
Auristela es.

AURISTELA:

¡Hado injusto!
¿No es Lesbia?


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LESBIA:

Muda he quedado,
y así, huyendo della, solo
habré de hablarla callando.
(Vase.)

SIGISMUNDO:

Oye, aguarda, Lesbia: ¡No
el gusto con que escuchando
te estoy dilates! ¿De quién
huyes?
(Al ir tras ella, sale AURISTELA.)

AURISTELA:

De mí.

SIGISMUNDO:

Cielos santos,
¿es ilusión del deseo?

AURISTELA:

¿Cuándo fue ilusión el daño?

SIGISMUNDO:

La duda una viva estatua
me deja de bronce y mármol.


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AURISTELA:

De fuego y nieve a mí, no
la duda, sino el agravio.

SIGISMUNDO:

¿Tú, Auristela, aquí? ¿Pues cómo
o cuándo veniste?

AURISTELA:

Ingrato,
como vengo a ver mi ofensa,
no hay que averiguarme el cuándo.
En fin, con Lesbia te encuentro
diciendo, donde escucharlo
pude, ¡ha cruel!, que prosiga
el gusto con que, ¡ha tirano!,
la estabas oyendo; bien
me pagas, sí, lo que paso
por ti, pues por ti he venido
a dar prisionera, en manos
de mi enemiga.

SIGISMUNDO:

Bien dicen
que fuera el dolor amago,
si supiera venir solo.
¿Tú prisionera?


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AURISTELA:

No caso
hagas de mi menor pena,
cuando con Lesbia te hallo.

SIGISMUNDO:

Así enmendara yo esotra,
como esa enmendar aguardo.
A Lesbia hallé aquí y... Mas, cielos,
Cristerna viene.

AURISTELA:

No hablando
te vea conmigo.

SIGISMUNDO:

Bien dices,
yo buscaré más espacio
ocasión en que conozcas
que te adoro y no te agravio.
(Vase.)

AURISTELA:

Mucho harás en persuadir
a un corazón desdichado,
que cuando su mal no viera,
creyera a su sobresalto.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Salen CASIMIRO y TURÍN.)
CASIMIRO:

Viéndote sola, no pierda
(pues tuerce Cristerna el paso,
viniendo hacia aquí, a otra parte)
la ocasión en que, postrado
a tus pies una y mil veces,
ponga en su estampa mis labios.

TURÍN:

Y yo haga de sus tres puntos
para mi rostro tres clavos,
con que andan frente y mejillas
como tres con un zapato.
(Vuelve SIGISMUNDO.)

AURISTELA:

No tienes que agradecerme
tú lo que yo por mí hago.

SIGISMUNDO:

Hacia otra parte volvió
Cristerna, quizá buscando
a Auristela, y yo, por ver
si logro otro breve espacio,
vuelvo otra vez. Mas con ella
hablando está aquel soldado
que, en fin, como aborrecido,
en cualquier parte le hallo.
Esperaré a que se vaya.


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(Escóndese a una parte, y sale por la otra CRISTERNA.)
CRISTERNA:

Hacia aquí dicen que ha rato
que me espera divertida
Auristela. Mas hablando
está el soldado con ella.

SIGISMUNDO:

¿Qué será secreto tanto?

CRISTERNA:

¿Qué su platica será?

SIGISMUNDO:

Oigamos, alma.

CRISTERNA:

Alma, oigamos.

CASIMIRO:

Aunque obres tú por ti misma,
siendo yo el interesado,
¿no seré el agradecido?

AURISTELA:

No, villano, traidor, no, falso,
porque aun agradecimiento
no quiero de tan villano
término, como conmigo
tiene tu alevoso trato;
pues por servir a Cristerna,
a mí me ofendes, faltando
a tantas obligaciones.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Qué es lo que oigo?

SIGISMUNDO:

¡Cielos santos!
¿Esto no es pedirle celos?

AURISTELA:

Y si en esta parte callo
quién eres, es por vengarme
con estilo más hidalgo
del que un ingrato merece;
que no hay castigo a un ingrato
como hacerle un beneficio,
cuando le espera un agravio.

SIGISMUNDO:

¿Que calla quien es? Aquí
secreto hay que yo no alcanzo.

CRISTERNA:

¿Que calla quien es? Sin duda
que es verdad lo que el criado
dijo y yo temí. ¿Qué fuera
ser de Auristela el retrato,
y qué fuera que a sentirlo
llegara el imaginarlo?


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Por más que te enoje ver
cuánto yo a esa deuda falto,
aun el día que te ofendo,
has de ver lo que te amo.

CRISTERNA:

¿Que más claro ha de decirlo?

SIGISMUNDO:

¿Cómo he de oírlo más claro?

AURISTELA:

¿En qué?

CASIMIRO:

En mi agradecimiento,
pues señora de mi estado,
alma y vida...

AURISTELA:

Calla, calla,
y si has de mostrarle en algo,
sea...

CASIMIRO:

¿En qué?

AURISTELA:

En que con mi queja
me dejes. Vete, tirano,
de mi vista, o yo me iré
de la tuya.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Si te agrado
en eso, adiós.

AURISTELA:

Adiós.

SIGISMUNDO:

Ten
la planta.
(Al entrarse cada uno por su puerta, topa AURISTELA con SIGISMUNDO, y CASIMIRO con CRISTERNA.)

CRISTERNA:

Suspende el paso.

AURISTELA:

¿Quién aquí me estaba oyendo?

CASIMIRO:

¿Quién me estaba aquí escuchando?

SIGISMUNDO:

Quien ya sabe tus traiciones,
pues sabe que ese soldado
es sujeto que merece,
hallándole disfrazado,
que celos le pidas.


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CRISTERNA:

Quien...
([Aparte.]
Disimule mi recato.)
... ha oído que un cargo os hace,
quien antes os dio otro cargo.

AURISTELA:

Para que yo no hable en Lesbia,
buena ocasión te has hallado.

CASIMIRO:

Allí noble, aquí quejosa.
Satisfacer quiso a entrambos.

SIGISMUNDO:

¿Qué ocasión, si...?
Mas, Cristerna...

CRISTERNA:

¿Sigismundo?

SIGISMUNDO:

Calle el labio.

CRISTERNA:

Sufra el alma.

CASIMIRO:

¡Qué temor!


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

¡Qué ansia!

CRISTERNA:

¡Qué pena!

SIGISMUNDO:

¡Qué agravio!

TURÍN:

¡Buenas cuatro caras para
una máscara de a cuatro!

CRISTERNA:

Por lo menos, Sigismundo,
no diréis que bien no os trato
en la prisión, pues a ella
tan buena visita os traigo.

SIGISMUNDO:

Sí, señora, mas no sé
si con afectos contrarios
perdonaré el proprio gusto
a costa del proprio daño.
[Aparte.]
Corazón, disimulemos.

CRISTERNA:

Ignorado mal suframos.


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CASIMIRO:

No desconfiemos, penas.

AURISTELA:

Esperemos, desengaños.

TURÍN:

[Aparte.]
Viendo hablar a cada uno
entre sí, yo también hablo
entre mí. ¿Pero qué es esto?
(Caja.)

CRISTERNA:

¿Quién sin orden toca a bando
a esas puertas?
(Sale FEDERICO, y con él un paje armado con una rodela, y en ella un cartel, y el otro en la mano.)

FEDERICO:

Quien habiendo
en presencia tuya hablado
en la lástima o cautela
de Casimiro, ha pensado
modo con que de una vez
de aquesta duda salgamos...

TURÍN:

[Aparte.]
Miren con lo que ahora estotro
se viene, para enmendarlo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

Y es que, en fe de la venganza,
en ese cartel le llamo
a público desafío.
Si es verdad que despeñado
murió, ¿qué hay perdido? Y si es
verdad que está retirado,
es fuerza, siendo quien es,
que salga en sabiendo el bando,
pues no ha de querer, si vive,
quedar inhabilitado
de parecer nunca, viendo
que yo, para averiguarlo,
le mato en el honor, mientras
en la vida no le mato.
Y porque en tu corte tú
seguro has de hacerle el campo,
sitio que yo para que
juzguéis el duelo, señalo,
vengo a tomar tu licencia
para fijarle. Veamos
de una vez si es de infelice
u de cobarde el recato
de no parecer, y si
yo sustento lo que hablo,
a cuyo efecto, porque
señalado sitio y plazo
(que las armas dél le tocan)
no pueda nunca ignorarlo,
te suplico que en tu corte
y en su corte publicarlo
mandes, para cuya instancia,
como árbitro soberano,
que has de ser del desafío,
pongo el cartel en tus manos,
dejando su original
a las puertas de palacio.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Tocan y vanse, dejándola un papel.)
CASIMIRO:

¡Cielos!, ¿qué oigo?

TURÍN:

Viendo estoy
en el color de mi amo,
que burlado se ha de hallar
este, si envida de falso.
(Vase.)

AURISTELA:

Yo me huelgo, pues si vive,
verá qué ha de hacer mi hermano,
(Aparte.)
y llegará a Sigismundo
sin darle yo el desengaño.
(Vase.)

SIGISMUNDO:

Yo lo estimo, pues pondrá,
si vive, su honor en salvo,
y yo, lo que debo hacer
de mis celos, veré en tanto.
(Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Ya veis que siendo el que reta
Federico, y el retado
Casimiro, yo no puedo
impedirlo, ni escusarlo;
pues no se niega en buen duelo
al noble que pide el campo.

CASIMIRO:

Sí señora.

CRISTERNA:

Pues de vós
fío este cartel, fijadlo.
(Aparte.)
(Aquesto es disimular
que hice, en lo que oí, reparo.)
Rusia le ha de ver también
a puertas de su palacio.

CASIMIRO:

(Aparte.)
Nada entiendo, pues que vuelve
a fiarme empeño tanto.

CRISTERNA:

A cuyo efecto, porque
os asista aquel vasallo
de la interpresa, os daré
cartas para él.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Es escusado;
que no me está bien llevarlas,
pues solo para esto basto.
Yo me prefiero a ponerle,
y veréis que presto traigo
respuesta, firme o no firme
Casimiro.

CRISTERNA:

Yo la aguardo
con esperanzas de que
este último desengaño
nos dirá si vive o muere
traidor que aborrezco tanto.

CASIMIRO:

Desdichado él, mas dichoso
quien en servir empleado,
mereció que pongáis siempre
los empeños a su cargo.

CRISTERNA:

Pagar un riesgo con otro
es el premio del soldado.

CASIMIRO:

Pues id previniendo riesgos,
que aún quedan que pagar hartos.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Cómo?

CASIMIRO:

No puedo decirlo,
mas baste.

CRISTERNA:

Ni yo escucharlo.
Id con Dios.

CASIMIRO:

Quedad con Dios.

CRISTERNA:

Vil recelo.

CASIMIRO:

Amor tirano.

CRISTERNA:

Considera que eres mío.

CASIMIRO:

Advierte que ya has llegado
a ver la cara al honor.

CRISTERNA:

Y que yo más que yo valgo.


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Afectos de odio y amor Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Y que él ha de ser primero.

CRISTERNA:

Y así, en tanto...

CASIMIRO:

Y así, en tanto...

CRISTERNA:

... que explica este dolor...

CASIMIRO:

... que declara este pasmo...

CRISTERNA:

... esta ansia...

CASIMIRO:

... esta duda...

CRISTERNA:

... este
miedo...

CASIMIRO:

... este asombro...

CRISTERNA:

... este encanto...

CASIMIRO:

Aprisa, aprisa, desdichas.

CRISTERNA:

A espacio, penas, a espacio.


Jornada III
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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


Salen CRISTERNA, LESBIA, NISE y FLORA.
CRISTERNA:

Dejadme todas; ninguna
quede conmigo.

LESBIA:

No así
de una tristeza te dejes
postrar, señora, y rendir.

CRISTERNA:

¿Qué he de hacer, ay de mí,
si no hay más remedio
al sentir que el sentir?

FLORA:

Cuando tienes en tu mano
hacer tu reino feliz,
prisioneros a tus dos
enemigos, ¿deslucir
quieres con penas las dichas?

NISE:

Y más llegando a advertir
que de Casimiro no hay
nueva que pueda impedir
el capitular con ellos
cuanto quieras.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Bien decís,
si pudiera yo escuchar
todo eso que puedo oír.
Dejadme, digo otra vez,
sola, que no hay para mí
compañía que no sea
soledad. Todas os id.

FLORA:

¡Estraña melancolía!

NISE:

Mejor dirás frenesí.

LESBIA:

¿Sabéis qué he pensado?

FLORA:

¿Qué?

LESBIA:

Que podemos borrar...

NISE:

Di.

LESBIA:

... la ley de que amor no sea
disculpa de nadie.
(Vanse las tres.)


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Aquí,
donde ya a mis solas puedo
desahogar y descubrir
el pecho con suspirar,
el corazón con sentir,
preguntarme a mí pretendo,
¿qué es lo que pasa por mí?,
que aunque yo misma, a mí misma,
no me lo sabré decir,
¿qué he de hacer, ¡ay de mí!,
si no hay más remedio al sentir, que el sentir?
¿Quién eres, ¡oh tú, ignorado
mal!, que con traidor ardid,
en los imperios de una alma
has sabido introducir
la más sediciosa plebe
de una batalla civil?
¿Quién eres, digo, no solo
otra vez, sino otras mil?
Que es mucho ignorar qué huésped
(mejor pudiera decir
qué áspid) es el que en el pecho,
o generosa admití,
o inadvertida abrigué,
que no acierto a distinguir
sus señas, porque tal vez,
noble, quiere persuadir
que es agradecido afecto
de mi vida, tal, que es vil
castigo de mi altivez,
equivocando entre sí,
con los embozos de noble
los desembozos de ruin;
en cuya duda no sé
ni desechar, ni elegir.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Qué importó que un estranjero,
en los trances de una lid,
me diese la vida? ¿Qué
que originase de allí,
envuelto en proprio y ajeno
raudal de húmedo carmín,
la prisión de Casimiro,
ni la vitoria? Y en fin,
¿qué importó que prisionera,
con el orden que le di,
a Auristela me trujese?
¿Ya no se lo agradecí
con puestos y con honores?
¿Pues qué tiene que añadir
la imaginación, si es
o no es lo que presumí,
para andarse vacilando
en haber llegado a oír
que Auristela quién es calla,
y que por servirme a mí
falta a sus obligaciones?
Y cuando todo sea así,
que él sea más y que ella sea
el alma de aquel matiz,
¿no es más para agradecido
que para culpado? Sí.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Pues bien, ¿qué me aflige? Pero
si aun no me dejo afligir,
¿qué he de hacer, ¡ay de mí!,
pues no hay más remedio al sentir que el sentir?
¿Mas, qué digo? ¿Dónde está
de mi espíritu gentil
la altivez? ¿Dónde el denuedo
de mi ánimo varonil,
ni dónde, cuando pretenda
de todo ese azul viril
(a instancia quizá de Venus,
deidad que no conocí),
familiar astro de amor,
agobiarme la cerviz,
hasta quien tomar merezca
mi influjo a su cargo?
(Sale CASIMIRO, con un papel.)

CASIMIRO:

Aquí.

CRISTERNA:

Siempre han de ser unas voces
oráculo para mí.

CASIMIRO:

¿En qué, señora, os ofende
quien os sirve, que aún no oís
que aquí la respuesta está
de aquel orden con que fui?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Quién os ha dicho que yo
me ofendo? Que antes, decir
que sois mi oráculo es
mostrar que siempre venís
a dar respuestas que son
sus oficios.

CASIMIRO:

Siendo así,
y que a oráculos les toca
responder y no argüir,
llegué a Rusia, entré en su corte,
y disfrazado advertí
el general desconsuelo
de ver perdidos...

CRISTERNA:

Decid.

CASIMIRO:

... a Auristela y Casimiro.
(Aparte.)
Y es verdad, que Arnesto así
lo dijo a quien me fíe,
y a quien mandé prevenir
cómo he de entrar en Suevia.

CRISTERNA:

Y en fin, ¿qué os suspende?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

En fin,
divino el sol, transcendiendo
los términos del cénit,
a los del nadir pasando,
en cuyo opuesto confín,
al ir sepultando luces,
panteones de zafir,
a palacio llegué, donde
pude grabar y esculpir
en sus láminas de acero,
haciendo el puñal buril,
el cartel. Amaneció
fijado, en cuyo sentir
varios juicios hizo el pueblo,
sin que ninguno de allí
le quitase. Pero apenas
pudo a otro día salir
la aurora, dorando hermosas
nubes de rosa y jazmín,
cuando en festivo concurso
de alborozado motín,
a las puertas del palacio
veo el vulgo concurrir,
diciendo unos y otros...


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Dentro voces.)
UNOS:

Suya
es la letra.

OTROS:

No es.

CRISTERNA:

Oíd,
que el mío también parece,
que en igual tumulto ahí
viene concurriendo a tropas,
a ver qué suerte. Id.
(Sale FEDERICO.)

FEDERICO:

Como más interesado
yo te lo vengo a decir,
en que haya qué merecer,
ya que no qué conseguir.
Sobre el fijado cartel
que a aquesos umbrales di,
ha amanecido otro, en que
Casimiro oigo admitir
el duelo, siendo las armas
que nombra para reñir,
desabrochados los pechos,
espadas y dagas sin
guarnición, porque no haya
reparar, que no sea herir.
En cuya novedad ves
unos y otros discurrir
en si es su letra o no.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Esto
es, señora, proseguir
lo que iba diciendo yo;
y lo que puedo añadir
es que el cartel que fijado
allá amaneció rompí
la otra noche para que,
pudiendo traerle aquí,
constase dél, cuán cabal
con todo el orden cumplí
que me disteis.

CRISTERNA:

¿Cuándo vós
menos airoso venís?
¡Pluguiera al cielo que algo
errárades!

CASIMIRO:

Advertid
que es daros por no servida
querer que entre a servir.

CRISTERNA:

Es que hace infeliz al dueño
el que sirve tan feliz,
que atrase los galardones.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

¿Eso es honrar o reñir?

CRISTERNA:

No sé, pero ¿quién podrá
con más certeza decir
si es esta su firma?
(Sale AURISTELA.)

AURISTELA:

Yo,
que en el instante que oí
que responde, a saber vengo
si es verdad.

CRISTERNA:

¿Y es ella?

AURISTELA:

Sí.
Tan suya es, señora, que
jurara que desde aquí
le estaba mirando yo
cuando él la llegó a escribir.
Y así, en albricias, a quien
con este pliego venir
pudo, esta pequeña joya
que acaso reservó en mí
el adorno, con licencia
tuya he de darle. Admitid
el don de una prisionera,
en premio de que venís
con nuevas, que Casimiro
vivo está, para acudir
a su honor.


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Afectos de odio y amor Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Preciso es obedecerlos;
y pues son fortuna y guerra
monstruos mantenidos desto,
muere a su horror.

CASIMIRO:

Eso no,
sin que yo muera primero.
Cobra un caballo, entre tanto
que yo tu vida defiendo,

SIGISMUNDO:

Loco, contra tantos, ¿cómo
posible es?

CASIMIRO:

Como mi intento
solo es de morir matando.

CRISTERNA:

Y el mío también.

FEDERICO:

(Dentro.)
Llegad presto,
que está en peligro su vida.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Por qué?

CASIMIRO:

Porque el haber vuelto aquí,
ha sido solo por dar
entera cuenta de mí,
haciendo falta en mi patria,
donde me es forzoso ir
a toda prisa.

CRISTERNA:

¿Qué os mueve?

CASIMIRO:

Un papel que recibí,
en que me llaman, señora,
empeños a que acudir,
quizá de mi honor también;
y no puedo, siendo así,
dar de padrino palabra;
mas si pudiere venir,
la doy de hallarme en el duelo.

CRISTERNA:

(Aparte.)
(Aquí es forzoso fingir.)
Y en fin, ¿os vais?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Sí señora.

CRISTERNA:

¿Y cuándo os pensáis partir?

CASIMIRO:

Al instante.

CRISTERNA:

El cielo os lleve
con bien, y lleve, ¡ay de mí!,
todas mis penas con vós.
(Vase.)

CASIMIRO:

Él os haga tan feliz,
que no os sirva con error
quien no os sirve con servir.

FEDERICO:

Ya que, Casimiro, es fuerza
que al duelo haya de asistir,
prevendré lo que me toca,
que es por dónde ha de venir,
tenerle hecho el hospedaje
y salirle a recibir
y festejarle, hasta que
el día publique el fin
de mi vida o de mi muerte.
(Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

¿Cómo te sabré decir,
cuánto agradecida, al ver
que trates de descubrir
el rostro al empeño, estoy?

CASIMIRO:

¿Pues pudiste presumir
nunca que a trances de honor
habían de preferir
los de amor? Tú verás cómo
vuelvo, Auristela, a cumplir
mi obligación, y verás
qué hace esta fiera de mí,
al ver que yo la obligué,
siendo yo quien la ofendí.
(Sale TURÍN.)

TURÍN:

Ya cuanto a Arnesto mandaste
en la entrada prevenir,
viene marchando, señor.

CASIMIRO:

Pues vamos presto, Turín.
Adiós, Auristela.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

¡Quién
con los brazos influir
pudiera su corazón
en tu pecho!, porque así,
lidiando con dos, tuvieras
ese más para la lid,
aventurando primero
el mío que el tuyo.
(Abrázanse, y sale SIGISMUNDO.)

SIGISMUNDO:

¿Qué vi,
cielos? ¡Los brazos le ha dado!
¿Cómo es posible sufrir
igual dolor, sin que todo
se pierda, pues la perdí?
Disfrazado aventurero,
a quien hizo tan feliz
o su amor o su fortuna,
cuanto desdichado a mí;
saca la espada, que aunque
pudiera matarte aquí
sin esta salva, no quiero
que esta fiera presumir
pueda, que el ser vil su ofensa
hizo mi venganza vil.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


TURÍN:

¿Quién en el mundo a un hermano
celos le llegó a pedir?
{{Pt|AURISTELA:|
Tente, Sigismundo no
contra él la espada, ¡ay de mí!,
saques. v

SIGISMUNDO:

Que tú le defiendas
me obliga más.

CASIMIRO:

Pues de mí
tenéis experiencias que
no lo era, por no reñir;
creed que hay causa que me mueva,
cuerdamente, a reprimir,
siendo quizá el ofendido
vuestra cólera; y así,
hasta ocasión en que os pueda
satisfacer, remitid
este empeño.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

¿Qué ocasión,
y más cuando llegó a oír
que el ofendido sois vós,
que es lo mismo que decir
que sois el favorecido?
Sacad la espada y reñid,
o no la saquéis, que yo
con avisaros cumplí.

CASIMIRO:

Para defenderme solo
la sacaré.

AURISTELA:

Ya es aquí
necio el silencio. Detente,
Sigismundo, porque a mí...
(Sale CRISTERNA.)

CRISTERNA:

¿Qué es esto?

AURISTELA:

Ya no es posible
«porque es mi hermano» decir.

TURÍN:

Como iba a cantar en solfa,
quedose la sol en mí.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

Dicha fue.

SIGISMUNDO:

¡Qué ansia!

AURISTELA:

¡Qué pena!

CRISTERNA:

¿Qué es esto?, digo.

SIGISMUNDO:

Esto es ir,
uno a morir y matar,
y aun no lograr el morir.
(Vase.)

CRISTERNA:

Decid vós qué ha sido.
{{Pt|CASIMIRO:|
Menos
lo sé yo, si no es... v

CRISTERNA:

¡Decid!

CASIMIRO:

... ser el tropiezo de todos
la vida de un infeliz.
Y pues que, para no serlo,
no hay más remedio que huir
el rostro a todo, quedad
con Dios.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Ved, mirad, oíd.

CASIMIRO:

Perdonad, que voy a acertar
cuanto intente desde aquí,
y ha de ser mi primer yerro
ni ver, ni mirar, ni oír.
(Vase.)

CRISTERNA:

Decid vós.

TURÍN:

No digo, ni hago;
que soy un mirón tan vil
de los garitos de amor,
que sin hacer, ni decir,
dependo de suerte de otros,
donde a merced de un cuatrín,
traigo mi vida en un tras,
y mi caudal en un tris.
(Vase.)

CRISTERNA:

En fin, Auristela, ¿nadie
me dice qué es esto?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Sí.
Sigismundo, que conmigo
hablaba, oyendo que fui
dese ignorado estranjero
presa, siéndole adalid
de aquella interpresa, tanto
le aborreció, que al oír
que se ausentaba, no pudo
consigo mismo sufrir,
sin que su ofensa y mi ofensa
vengase, verle partir;
y así, ciego...

CRISTERNA:

Bien está,
y aunque debiera sentir
verle exceder las licencias
de prisionero, hay en mí
valor para tolerar
mayores quejas.

AURISTELA:

¡Oh, si
la vuelta de Casimiro
pusiese a todo esto fin!
(Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

¿Qué será (¡valedme, cielos!)
lo que me quieren decir
este lance y esta ausencia?
Pero ¿a quién mejor que a mí
están, pues acabaré
de una vez de discurrir?
¿Qué he de hacer, ¡ay de mí!,
cuando no hay más medio?
(Dentro, el clarín.)
¿Pero qué clarín
es este?
(Sale LESBIA.)

LESBIA:

Si quieres ver,
señora, el mejor jardín
que en los campos del aurora
bosquejar supo el abril,
por más que vario mezclase
en uno y otro matiz,
los claveles ciento a ciento,
los jazmines mil a mil,
ponte en ese mirador,
verás la esfera pulir
de la plaza de palacio,
el más hermoso pensil
de plumas y de coletos,
que vio el sol, desde turquí
campo azul, adonde fénix
de la Arabia de zafir,
o muere para nacer,
o nace para morir.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LESBIA:

La recámara es, señora,
de Casimiro, en quien vi
cifrar sus púrpuras Tiro,
y sus madejas Ofir;
porque en numerosa tropa,
bruto no hay a quien cubrir.
No verás de mil bordados
paramentos, que en sutil
dibujo orlan los blasones
de sus armas, siendo así
que la plata que derraman,
ya el jirón, y ya el perfil,
las planchas y los barrotes
la tomaron para sí;
en cuya correspondencia,
nácar y plata vestir
verás la familia, siendo...

CRISTERNA:

No tienes que proseguir
los lucimientos con que
vendrá, pues son para mí
lutos de aquellas exequias.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale FLORA.)
FLORA:

Si te quieres divertir,
no dejes de ver, señora,
en bosquejado país,
la segunda primavera
a la primera seguir.
La caballería es
la que, ocupando el confín
del terrero, deja al sol
deslucido de lucir;
pues tanta es la pedrería
del menos rico terliz,
que le vuelve los reflejos
cobardes de competir,
por lo blanco los diamantes,
por lo rojo los rubís.
El de más bagaje...

CRISTERNA:

Calla,
que parece que venía
unidas a encarecer
lo que tengo de sentir.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale NISE.)
NISE:

Un anciano caballero,
que de una carroza agora
se apea, pide, señora,
licencia de hablarte.

CRISTERNA:

Hoy muero
de varios temores llena.
Dile que entre. ¿No bastaba
ver que una pena acababa
sin que empezase otra pena?
(Sale ARNESTO.)

ARNESTO:

Deme vuestra majestad,
señora, a besar su mano,
pues me dio el cielo, no en vano,
esta dicha.

CRISTERNA:

Levantad
y decid lo que queréis.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ARNESTO:

El gran duque Casimiro,
que tuvieron en retiro
causas que al verle sabréis,
de Federico retado,
con su obligación cumpliendo,
ya al duelo viene, y habiendo
a vuestra corte llegado,
no por la seguridad,
sino por la cortesía
(pues bien claro está que el día
que hizo vuestra majestad,
como árbitro soberano,
seguro el campo, no queda
recelo que temer pueda),
por mí, vuestra blanca mano
humilde besa; y en muestra
del gran respeto que os guarda,
para presentarse aguarda
segunda licencia vuestra.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ARNESTO:

Ley es en todo buen duelo
que el que a responder se ofrezca,
ante el árbitro parezca,
donde salvando el recelo
de que otro salga por él,
de ser él mismo presente
testimonio, y juntamente
jure al tenor del cartel,
que solo viene movido
del empeño de su honor,
sin traer en su favor
a nadie, ni conmovido
tener el pueblo, ni haber
de caracteres usado
pacto o nómina, ayudado
del ilícito poder
de vaga superstición,
y que en las armas que tray
ninguna ventaja hay,
pues de iguales temples son
peso y marca, a cuyo intento
licencia de parecer
pide ante vós, para hacer
el usado juramento.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CRISTERNA:

Si pensara lo que había
de sentir el que viniera
donde le hablara y le viera,
nunca la cólera mía
hubiera dado lugar
a que le viera y hablara;
mas ya que en esto repara
tan sin tiempo mi pesar,
que la licencia le ofrezco,
le decid. Mal me reprimo,
pues cuando huye lo que estimo,
se acerca lo que aborrezco.
(Vase.)
(Salen por una parte FEDERICO y por otra SIGISMUNDO.)

FEDERICO:

¿Sois vós el que venir miro
de Casimiro enviado?

SIGISMUNDO:

¿Sois vós el que habéis llegado
de parte de Casimiro?

ARNESTO:

Sí, yo soy. ¿Qué me mandáis?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

Hablad vós, señor, primero,
que yo retirado espero.

FEDERICO:

No hay para qué; y pues me dais
licencia de que hable yo,
que le digáis, os suplico,
que el príncipe Federico
a recibirle salió.
Y puesto que no ha tenido,
noblemente cortesano,
dicha de besar su mano,
que sea muy bien venido;
y que sepa que en mi casa
tiene hecho el aposento,
adonde servirle intento,
mientras del término pasa
el plazo que tomar quiera;
pues toca a su bizarría
dentro dél nombrar el día.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ARNESTO:

Si Casimiro supiera
que habíades de salir,
no hubiera determinado,
atento al justo cuidado
de hacer la salva y pedir
licencia a Cristerna, entrar
de secreto; y siendo así
que disculpado hasta aquí
quede, en cuanto al aceptar
vuestro hospedaje, yo haré
que le dé por recibido,
porque el orden que ha traído
más conforme a su deseo,
es, señor, aposentalle
al pie de aquesa montaña,
en sus tiendas de campaña.
Y así habréis de perdonalle,
que en ella os veréis los dos.

FEDERICO:

A mí me toca hospedar
a él, despedir o aceptar.
Quedad con Dios.
(Vase.)

ARNESTO:

Id con Dios.
¿Qué es lo que vós me mandáis?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

Que de mi parte también
le llevéis el parabién
de su venida, y digáis
que por estar prisionero,
no voy a ser su segundo.

ARNESTO:

¿Quién diré sois?

SIGISMUNDO:

Sigismundo.

ARNESTO:

Una y mil veces espero
besar vuestros pies.

SIGISMUNDO:

Alzad,
y como posible sea,
cuanto antes pueda me vea,
le decid que hay novedad
que importa tratar los dos,
sin que otro delante esté.

ARNESTO:

De esa suerte lo diré;
quedad con Dios.
 (Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

Id con Dios.
Ya que tan infeliz fui,
que Cristerna embarazó
mi venganza, y se ausentó
el que tan dichoso vi,
a Casimiro diré
le haga seguir y matar,
pues yo no puedo, hasta dar
venganza a mi honor, sin que
le diga de mis agravios
más que la prisión. ¿Quién, cielos,
les dio poder a los celos
para cerrarme los labios?
Bueno es que tenga una fiera
licencia para agraviar,
y que haya de honestar
yo su traición, de manera
que la ruindad que me obliga
a que otro la satisfaga,
no lo es porque ella la haga,
sino porque yo la diga.
¿Qué ley, que fuero, qué fe
tales privilegios da
a la mujer?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale LESBIA.)
LESBIA:

Aquí está
Sigismundo.

SIGISMUNDO:

¿Pues por qué,
Lesbia, el paso tuerces? ¡Cielos,
a qué buen tiempo viniera
hoy su aviso, si pudiera
con él seguirle!

LESBIA:

Recelos
de que Auristela me vea
contigo, me hacen volver.

SIGISMUNDO:

Oye, que importa saber
hoy, más que nunca, cuál sea
el paso que le ha ofrecido
a mi libertad tu amor.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale AURISTELA.)
AURISTELA:

[Aparte.]
Que estaba el embajador
aquí de mi hermano he oído,
y a hablarle y saber quién fue
vengo. Pero Lesbia está
con Sigismundo.

SIGISMUNDO:

Y no ya
pena, Auristela, te dé,
que no importa que conmigo
te vea, que ya su amor
no es amor, y en tu favor
mi vida está.

AURISTELA:

[Aparte.]
¿Yo testigo,
aunque sea parte y juez?

LESBIA:

[Aparte.]
Pues hubo otra vez de estar
tan a mano mi pesar,
huya su vista otra vez.
(Vase.)


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Oye.

SIGISMUNDO:

Seguirla es en vano.

AURISTELA:

¿Por qué, falso, aleve, infiel?

SIGISMUNDO:

Mudable, fiera, cruel,
porque no hay a qué.

AURISTELA:

¡Ha tirano!
¿Podrasme negar agora
que ya mi amor no es amor,
y tu vida en el favor
de esa injusta fee traidora
está?

SIGISMUNDO:

Que lo dije no
podré negar; mas pudiera
dar satisfación que fuera
bastante para que yo,
de haberlo dicho, quedara
más fino contigo. Pero
aun eso tampoco quiero;
que es hidalguía muy cara
la que a un hombre ha de costar,
quejoso de una mujer,
el quitar en su placer
los caudales del pesar.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Quien de satisfacer deja,
por vengar su queja, oirás
al cuerdo, que no hace más
que echar a perder su queja.

SIGISMUNDO:

Aun bien que tu tiranía,
porque más cruel se arguya,
no echará a perder la suya
por satisfacer la mía.

AURISTELA:

¿Por qué?

SIGISMUNDO:

Porque no podrá.

AURISTELA:

¡Pluguiera al cielo no fuera
tan clara, que aunque no quiera
la has de ver!

SIGISMUNDO:

Tarde será.

AURISTELA:

No mucho.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

¿Cómo?

AURISTELA:

No sé,
que no tengo de abreviar
tu pesar a mi pesar.

SIGISMUNDO:

Todo es enigma que
anda disfrazando errores.

AURISTELA:

Es otro ir tomando plazos.

SIGISMUNDO:

Yo te vi en ajenos brazos.

AURISTELA:

Yo te oí decir favores.

SIGISMUNDO:

Quizá tuvo otra intención.

AURISTELA:

Quizá tuvo otro sentido.

SIGISMUNDO:

Yo oí tu agravio y mi olvido.

AURISTELA:

Yo oí mi olvido y tu traición.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SIGISMUNDO:

No es malo imitarme el modo.

AURISTELA:

Ni tus agravios son malos.
(TURÍN sale.)

TURÍN:

A costa de cuatro palos,
por Dios, que lo he de ver todo.
(Las chirimías y cajas.)

LOS DOS:

¿Qué es eso?

TURÍN:

Que Casimiro
entrando viene en palacio,
y en el siempre ameno espacio
de su florido retiro,
Cristerna, bien que a pesar
de lo que lo ha de sentir,
le ha salido a recibir.
Y yo, deseándome hallar
en todo sin que me dé
miedo una y otra alabarda,
mequetrefe de la guarda,
por un lado me escapé;
como el que sin ser señor
entrada tiene, no tanto
por mejor título, cuanto
porque arrempuja mejor.
Ya llega.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Chirimías.)
AURISTELA:

Nunca llegara.

SIGISMUNDO:

¿Temes que oiga tu traición?

AURISTELA:

Temo la satisfación
que no mereces.

TURÍN:

¿Qué cara
pondrá Cristerna al mirar
que el soldado es Casimiro?

SIGISMUNDO:

Aquí a ver y a oír me retiro.

AURISTELA:

Yo a ver, oír y callar.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Las chirimías, cajas y clarines, y por una parte CRISTERNA, damas y FEDERICO. Por otra, CASIMIRO, ARNESTO y acompañamiento.)
CRISTERNA:

[Aparte.]
En fin, Fortuna, has rodeado...

CASIMIRO:

[Aparte.]
En fin, Fortuna, has sabido...

CRISTERNA:

[Aparte.]
... hacer que el que he aborrecido...

CASIMIRO:

[Aparte.]
... hacer que la que he adorado...

CRISTERNA:

[Aparte.]
... haya a mi vista llegado.

CASIMIRO:

[Aparte.]
... haya de saber quién soy.

CRISTERNA:

[Aparte.]
Muerta llego.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


CASIMIRO:

[Aparte.]
Ciego voy.

CRISTERNA:

[Aparte.]
¡Qué temores!

CASIMIRO:

[Aparte.]
¡Qué recelos!
Humilde a vuestros pies...

CRISTERNA:

[Aparte.]
¡Cielos!,
¿qué es lo que mirando estoy?

CASIMIRO:

Despojo, antes que trofeo,
yace el duque Casimiro.

CRISTERNA:

[Aparte.]
Otra y mil veces me admiro.

FEDERICO:

[Aparte.]
¿No es el soldado el que veo?

SIGISMUNDO:

[Aparte.]
Mis venturas dudo y creo.


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AURISTELA:

¿Quietote ya el que te dio
celos?

SIGISMUNDO:

Sí.

AURISTELA:

Pues a mí no.

LESBIA:

¿Este no es el estranjero
que servía aventurero?

TURÍN:

Y si no, dígalo yo.


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CASIMIRO:

A todos admira ver
que hoy el que era ayer no soy,
como si estas plantas hoy
no fueran señas de ayer.
Y para satisfacer
que en mí no hay mudanza alguna
de mi fortuna importuna,
dije ser soldado. Pues
¿en qué mentí? ¿Qué rey no es
un soldado de fortuna?
Ella fue la que de mí
triunfó el día que triunfé,
no digo porque os amé,
pero digo porque os vi.
Si dichoso os ofendí,
desdichado lo he llorado;
porque, ¿qué más desdichado
que el que, a un delirio rendido,
dio fuerza al haber creído
que se hubiese despeñado?
Deste error, si es que fue error
ocultarme donde fuera
el valor el que me diera,
no que impidiera el valor,
causa de vuestro rencor,
que viendo cuanto ofrecía
al que la persona mía,
viva o muerta os entregara,
no quise que otro lograra
la dicha que yo perdía.


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CASIMIRO:

Y así, al ver que la ley era
excepción, falté, no tanto
porque a muchos temí, cuanto
porque uno no os mereciera;
y para que no pudiera
dar nadie temor en mí,
vós sabéis cómo os serví,
sin que yo os acuerde que
aquí Segismundo esté,
ni que esté Auristela aquí.
Pues para que sea verdad
el que os pudo dar mi fe,
vida y libertad, quedé
sin vida y sin libertad,
en cuya felicidad
toda mi vida viviera,
si a mi honor tal voz no diera
de Federico el valor,
que me obliga a que mi honor
le responda, aunque no quiera.
Y pues fe a vós, a él y a Dios
de ser yo ha de dar mi vida,
séanlo una y otra herida,
que he recibido por vós.
Y si al duelo de los dos
he de jurar no traer
ventaja, déjese ver
en que no la traerá, creo,
quien viene con más deseo
de morir que de vencer.


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CRISTERNA:

De Casimiro ofendida
y de un soldado obligada,
tanto contra el uno airada,
cuanto al otro agradecida,
también estuvo mi vida
ayer; mas hoy, viendo, ¡ay Dios!,
que el uno y otro sois vós,
no hallo mérito en ninguno,
pues no obliga como uno
quien ofende como dos.
Y dejando el ceño duro,
con que, Casimiro, os miro,
pues ya como Casimiro,
en fee estáis de mí seguro,
como soldado procuro
culparos, sin que bajeza
parezca de mi grandeza;
pues declarada en mi daño
fineza que hizo engaño, y
no es engaño y no es fineza.
Demás, que si alguna hicisteis,
mi valor desempeñasteis
con los puestos que ocupasteis,
los honores que adquiristeis.
Luego, si ya conseguisteis
su premio, y con él se aleja
la obligación, libre deja
el campo a mi indignación;
pues pague la obligación
para que cobre la queja.


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CRISTERNA:

¿Qué cosa es que vós, conmigo
doble, oséis hacer que viva
tan ciega, que el bien reciba
de mano de mi enemigo,
y que a un frenesí, testigo
de vuestro despeño hagáis,
siendo, cuando publicáis
el fin con que me servís,
allá donde le fingís
y aquí donde os despeñáis?
Y pues es fuerza, al miraros
a vós, de vós distinguiros,
Casimiro, he de admitiros,
soldado, he de castigaros.
¡Hola!


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(Salen SOLDADOS, con armas.)
SOLDADO .1º:

¿Qué quieres?

CRISTERNA:

Mandaros
que al que mi seguro he dado,
guardéis, no al que me ha engañado;
y pues en uno a dos miro,
respetando a Casimiro,
prended aqueste soldado.
(Aparte.)
Desta manera he de ver
si el duelo estorbar pudiese,
que aunque aborrezco su vida,
no sé si sienta su muerte.

SOLDADO [.1º]:

Daos a prisión.

FEDERICO:

Deteneos,
y nadie a él llegar intente
sin que primero me mate.

CRISTERNA:

¿Tú contra mí le defiendes?


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FEDERICO:

Sí, señora, porque día
que vino de mis carteles
llamado, me toca a mí,
o péseme o no me pese
saber quién es y a quién ama,
que se le guarden las leyes
del seguro que firmé.

CRISTERNA:

Yo no prendo, si lo adviertes,
a Casimiro, sino
a un traidor, soldado aleve,
que me ofende y que me engaña.

FEDERICO:

Mi mismo argumento es ese,
que no defiendo tampoco
yo a soldado que te ofende,
sino a Casimiro, que es
quien de mi llamado viene.

SIGISMUNDO:

Y yo a tu lado, en tan noble
demanda, es justo que arriesgue
honor y vida.

TURÍN:

A mí y todo
toca a su lado ponerme.
¿Pero qué criado hace
lo que le toca?


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AURISTELA:

Pendiente
de igual trance estoy.

CRISTERNA:

¿Pues cómo
el fuero a romper te atreves
de la prisión?

SIGISMUNDO:

Como tú
la consecuencia me ofreces;
pues tampoco el fuero guardas
del seguro que prometes.

CRISTERNA:

No ha mucho que yo te vi
solicitando su muerte.

SIGISMUNDO:

Quizá la queja de entonces
en esta duda se vuelve.

CRISTERNA:

(Aparte.)
Ya sé por qué, y no hago mucho,
que lo mismo me acontece
en ciertas sospechas que
se ganan cuando se pierden.
¿Pero qué esperáis? Haced
lo que os mando.


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FEDERICO:

No he de perderle de vista,
hasta que en salvo le deje.
(Vase.)

SIGISMUNDO:

Ni yo a ti, ya que a tu lado
me vi una vez.
(Vase.)

TURÍN:

Sean ustedes
testigos, que hay amo que huya
y lacayo que se quede.
(Vase.)

CRISTERNA:

Seguidle, a pesar de entrambos,
hasta matarle o prenderle.

SOLDADO [.2º]:

Tu orden obedezcamos.

CRISTERNA:

No os quiero tan obedientes.
Esperad, no le sigáis,
¡ay de mí, infeliz!, que ese
es a quien mi honor la vida,
libertad y fama debe.
¿Pero qué digo? Seguidle,
que es también contra quien tiene
hecho mi honor homenaje.


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AURISTELA:

No del agravio te acuerdes,
pues puedes del beneficio.

CRISTERNA:

Nada me digas, pues eres
tú causa de todo.

AURISTELA:

¿Yo?

CRISTERNA:

Sí, pues abatidamente,
cobarde, tímida, humilde,
no osaste decir quién fuese
quien prisionera te trujo.

AURISTELA:

Si cuando tu indulto tiene
no está seguro, ¿qué fuera
cuando no le tenía?

CRISTERNA:

Ese,
entonces, fuera otro lance
menos público.

AURISTELA:

No eches
a perder el ejemplar
de que callen las mujeres,
que si yo tengo la culpa,
podrá ser que yo la enmiende.


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CRISTERNA:

¿Cómo?

AURISTELA:

El efecto lo diga,
pues su familia y su gente
es fuerza a estar a mi orden.
(Vase.)

CRISTERNA:

Tenedla, no infiel, no aleve,
tanto séquito amotine;
mas dejadla, que se pierde
tiempo de seguirle a él,
y no es justo que se ausente
a mi pesar. Mas si es justo,
dejad que se vaya y lleve
consigo mis confusiones.

TODOS:

¿Qué nos mandas finalmente?

CRISTERNA:

Que a mí me deis un caballo,
pues hallándome presente,
yo al empeño de seguirle
y al duelo de defenderle,
probaré entre dos afectos
tan poderosos, tan fuertes
como odio y amor, cuál es
el vencido, o el que vence.
(Vase ella y los soldados.)


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LESBIA:

Sigámosla todas, no
hoy la dejemos.
(Vase.)
(Salen SIGISMUNDO, FEDERICO y CASIMIRO.)

FEDERICO:

En este
retirado sitio, donde
no es fácil que nos encuentren,
esperemos algún rato
que los caballos alienten.

SIGISMUNDO:

Bien lo han menester, según
en su ligereza exceden
al mismo viento.

CASIMIRO:

Yo estimo
la tregua, porque aproveche
su plazo en daros las gracias
de igual fineza.

SIGISMUNDO:

No tienes
que agradecerme a mí, pues
el día que sé quién eres,
y que tus yerros doró
amor, es fuerza que cesen
todas mis quejas.


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FEDERICO:

Ni a mí;
que nadie a mí me agradece
lo que me debo a mí mismo.
Y porque veas que tiene
haber dicho que paremos
segunda intención, atiende.
Yo, Casimiro, he pensado
que no es justo que se cuente,
ni que yo desafié,
ni que tú saliste, y piense
algún cobarde (que nunca
piensa mal el que es valiente)
que agradecidos quizá
a tantos inconvenientes,
yo me quedo sin reñir,
y tú sin reñir te vuelves.
Y así, pues que Sigismundo
es quien es, y nadie debe
más que él mirar por tu honor,
y mi honor que esté presente
poco importa, pues podrá
mirarnos reñir.


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SIGISMUNDO:

Si hubiese
un segundo, con quien yo
sacar la espada pudiese,
nunca sin reñir mirara
reñir; mas puesto que haberle
no es posible, seré de ambos
padrino, que a partir llegue
el sol y las armas mida.

CASIMIRO:

Aunque mi valor suspende,
seros deudor de fineza
tan hidalga, me parece
que no falto al ser quien soy
riñendo con vós, pues pende
una acción de otra; y así,
mi espada y mi pecho es este.

FEDERICO:

Y este mi pecho y mi espada.

SIGISMUNDO:

Pues ya, porque no me lleve,
como al que mira jugar,
el afecto de la suerte,
la espalda os vuelvo. Reñid.


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CASIMIRO:

¡Qué animoso!

FEDERICO:

¡Qué valiente!
¡Válgame el cielo!

SIGISMUNDO:

¿Qué ha sido?

FEDERICO:

Tropecé y caí.

SIGISMUNDO:

Detente.
Déjale que se levante.

CASIMIRO:

¿Tú lo que he de hacer me adviertes?
Contigo riñera agora
mejor que con él mil veces.
Levantad y reparad
del acaso.

FEDERICO:

Nada debe
ya vuestro valor al mío.


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CASIMIRO:

No esto agradecido os muestre;
que lo que me debo a mí,
nadie a mí me lo agradece.
Y pues sé que no desluce
al valor el accidente,
volved a reñir.

FEDERICO:

Sí haré,
solo para defenderme.

AURISTELA:

(Dentro.)
Cerrad el bosque, que allí
están caballos y gente.

CASIMIRO:

Sitiados somos.

FEDERICO:

¿Qué haremos?

SIGISMUNDO:

Dejar el duelo pendiente,
puestos los tres de una banda.


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AURISTELA:

¿Contra quién es todo ese
último esfuerzo, si soy
quien en vuestro alcance viene
a dar un medio, con que
antes que Cristerna llegue
con tanta gente que no
es posible defenderse
cese el empeño?

CASIMIRO:

¿Qué trazas?

FEDERICO:

¿Qué dispones?

SIGISMUNDO:

¿Qué pretendes?

AURISTELA:

Que Casimiro conmigo
se venga; que yo sé en este
monte, como quien en él
tuvo alojada su gente,
seguro paso a la raya.
Y como él solo se ausente,
contra quien es la ojeriza,
de Cristerna, es evidente
que diciéndola los dos
que ya está en salvo, se temple.


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LOS DOS:

Dice bien.

AURISTELA:

Vente conmigo.

CASIMIRO:

A mi pesar te obedece
mi amor; que cumplido el duelo
(pues ser o no ser solemne,
no hace al valor), mejor fuera
morir, si el medio que tiene
el que no se vengue nunca
es perderla para siempre.
(Vanse los dos, y salen CRISTERNA, gente y damas, y TURÍN.)

CRISTERNA:

Allí están; llegad, soldados,
y nadie, si se defiende,
quede con vida.

TURÍN:

La fiesta
será hoy de los inocentes.


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

Tente, señora, que si es
Casimiro de quien quieres
vengarte, ya no es posible,
pues ya, penetrando el Merque,
habrá llegado a su raya.
Si soy yo, a tus pies me tienes,
cumplida la obligación,
primero de defenderle,
después de reñir con él,
porque escrúpulo no quede,
en su honor y el mío.

SIGISMUNDO:

Y si yo
soy en quien vengarte emprendes,
aquí estoy; que no se va
quien a la prisión se vuelve.

CRISTERNA:

Si hubiera, de mis razones,
la cólera que me enciende
satisfacer, no hay
hartas vidas en dos muertes;
y así, para no quedar
mal vengada, es mejor quede
bien quejosa.


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(Salen AURISTELA y CASIMIRO.)
CASIMIRO:

Que has perdido
la senda, Auristela, advierte,
pues en vez de que dél huyas,
hacia el peligro te vuelves.

AURISTELA:

No he perdido. ¿Qué pensaste,
ingrato, tirano, aleve,
que no habías de pagarme
la libertad que me debes?

CASIMIRO:

¿Pues dónde me traes?

AURISTELA:

A ser...

CASIMIRO:

Prosigue, ¿qué te suspende?

AURISTELA:

... prisionero de Cristerna.

CASIMIRO:

¿De qué suerte?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Desta suerte.
Bello prodigio del norte,
alto honor de las mujeres,
que hicieron, sabias y altivas,
tus vitorias y tus leyes.
Corrida de que baldones,
mi silencio, porque llegues
a ver si de tu venganza
mi valor la suya aprende,
a Casimiro, mi hermano,
prisionero es bien te entregue,
donde no es posible ya
de tus armas defenderle
nadie; y porque veas si sé
vengarme antes que te vengues,
mírale puesto a tus plantas.

CASIMIRO:

Y en ellas es bien que piense,
si tengo de qué quejarme,
o tengo qué agradecerte,
pues me das la vida cuando
piensas que me das la muerte.

SIGISMUNDO:

¡Quién creyera que Auristela
tan grande traición hiciese!


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


FEDERICO:

Vengativa una mujer,
no habrá crueldad que no intente.

TURÍN:

Si esto tenía guardado
la que calló más prudente,
¿qué hay que fiar de las que hablan?

CRISTERNA:

¡Ay de mí, infeliz!, que al verle
segunda vez, del amor
y el odio la duda vuelve.
El empeño que he traído,
a castigarle me mueve;
mi obligación, a ampararle.
¡Quién un medio hallar pudiese
a todo! Mas esto el tiempo
lo ha de hacer. Marche la gente
a la corte.

AURISTELA:

Antes que marche,
permíteme que te acuerde
que a quien le dé muerto o vivo,
tu mano ofrecida tienes.

CRISTERNA:

¿Cómo puedo yo negar
mi homenaje?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Luego viene
a ser mía, pues yo soy
quien te le entrega.

CRISTERNA:

¿Quién puede
dudarlo, y más cuando está
tan bien a mis altiveces,
que cumplida mi palabra,
en mi libertad me quede?

AURISTELA:

Pues si ya tu mano es mía,
¿qué hay para que darla esperes?

CRISTERNA:

Yo la doy.

AURISTELA:

Yo la acepto.

TURÍN:

Mas ¿qué fuera que se viese
acabar una novela,
casándose dos mujeres?


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Afectos de odio y amor Jornada III Pedro Calderón de la Barca


AURISTELA:

Y supuesto que ya es mía,
sin que nadie serlo niegue,
llega, Casimiro, toma
esta mano.

CRISTERNA:

¿A eso te atreves?

AURISTELA:

Sí, que en tanto es mía una joya,
en cuanto, si bien lo adviertes,
tengo el uso della, y puedo
dársela a quien yo quisiere.
Llega, ¿qué esperas?

CASIMIRO:

No sé
si me atreva.

AURISTELA:

¿Pues qué temes?

CASIMIRO:

Cobarde llego a tocarla.


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CRISTERNA:

No hay por qué cobarde llegues,
pues no es de quien te la da,
sino es de quien te la adquiere.
Y pues que mis vanidades
se dan a partido, puedes,
Lesbia, borrar de aquel libro
las esenciones. Estese
el mundo como se estaba,
y sepan que las mujeres,
vasallas del hombre nacen,
pues en sus afectos, siempre
que el odio y amor compitan,
es el amor el que vence.

TURÍN:

Ahora digo, y digo bien,
que son diablos las mujeres.

CASIMIRO:

Pues porque con más aplauso
aquesta acción se celebre,
Auristela y Sigismundo
se den las manos.


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SIGISMUNDO:

Bien puedes,
segura de que sus celos
fueron engaño aparente,
en orden que Lesbia había
de librarme.

AURISTELA:

No, no tienes
que disculparte, que una
cosa es que, dama, me queje,
y otra, esposa, desconfíe.

FEDERICO:

Pues soy quien todo lo pierde,
la dicha siquiera gane
de merecer ofrecerme
por padrino de ambas bodas.

TODOS:

Diciendo todos que siempre
que el odio y amor compitan,
es el amor el que vence.

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