Al pasar del arroyo: 027

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Al pasar del arroyo Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LAURENCIO.

  Benito, de tus méritos seguro,
y del valor de tus honrados padres,
no dudes de que diera a tu esperanza,
con dulce posesión, tan dulce efeto.
Eres, para ser mozo, hombre discreto;
no te falta dinero ni limpieza,
(que no es pequeño bien limpia riqueza),
bien quisto, liberal y generoso,
digno de ser en esta villa esposo
de la mujer más bella que la habita;
mas si Jacinta, ingrata, solicita
que mi memoria y sucesión se acabe,
y, por ventura, algún secreto sabe,
y sólo de vivir sola se precia,
¿qué puedo hacer, pues todo amor desprecia?
Ya está mi imperio en ruego convertido.

BENITO.

Conozco su rigor; lloro su olvido;
mas como nunca el pensamiento humano
está firme, Laurencio, en un propósito,
y vemos que del cielo las mudanzas
mudan también las cosas de la tierra,
por si tu hija, vanamente esquiva,
mudare del propósito que tiene,
que en la mujer no suele ser muy firme,
quiero de tu palabra prevenirme.
No son los pensamientos ríos caudales
que sigue un camino eternamente
y van entre dos márgenes corriendo
con ley precisa al mar; que bien podría
volver atrás, Laurencio, su porfía.
Lo que hoy se aborreció, mañana se ama,
y quien huye, tal vez persigue y llama;
con la necesidad, lo injusto es justo:
que no tiene color ni ley el gusto.


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