Al primer vuelo:25

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Al primer vuelo
Capítulo XXV: En el que todos quedan satisfechos menos el lector

de José María de Pereda



Capítulo XXV: En el que todos quedan satisfechos menos el lector

Aconteció, primeramente, que don Alejandro Bermúdez, sin dar tiempo a que su amigo se sentara, ni acabara de saludar siquiera, le informó de lo tratado allí con Nieves; noticia que alegró mucho a don Claudio, porque había temido, al ver los extraños continentes del padre y de la hija, y al primero con el endiablado papel entre manos, que se hubieran tragado el veneno vertido en su cuarta plana con ese fin por Maravillas. Ventilado aquel punto a la ligera, el comandante dio por supuesto que los señores de Peleches estarían enterados de lo que acababa de suceder en la villa. No tenían la menor noticia de ello.

-Y ¿cuál ha sido la causa? -preguntó Bermúdez después de la ligerísima pintura del suceso, que les hizo don Claudio.

-La causa verdadera y fundamental de todo -respondió éste-, ha sido el artículo que le habrá chocado a usted, por lo desfachatadamente impío, que va a la cabeza del periódico que tiene usted en la mano.

-No he leído de todo él -respondió don Alejandro-, más que la noticia ésta, que nos ha dado qué hablar y qué pensar a Nieves y a mí para toda la mañana.

-¡Hombre! -exclamó Fuertes como si se alegrara mucho de ello-. Pues tanto mejor entonces... a ver, a ver, mi señor don Alejandro: como fiel cristiano que es usted, está obligado a entregarme ese periódico... Venga.

Don Alejandro se le entregó siguiendo lo que le parecía broma de su amigo.

-Y yo -añadió éste-, tengo el deber, como fiel cristiano que también soy, de hacer trizas el papelejo y arrojarlas por el balcón.

Y como lo decía lo iba haciendo.

-Porque han de saber ustedes -prosiguió después de volver a su asiento-, que este periódico ha sido excomulgado desde el altar por don Ventura en misa mayor, con encargo muy encarecido a sus feligreses, de que destruyan cuantos ejemplares lleguen a su poder o vean en el de sus deudos o amigos... Es el demonio el tal Maravillas. ¡Lo que él ha revuelto hoy!

Estando en esto, avisó Catana que estaba servida la sopa.

-Pues mientras ustedes comen -dijo don Claudio levantándose-, les daré cuenta minuciosa de todo lo ocurrido; porque ese solo fin es el que me ha traído aquí a estas horas.

-Lo mejor será -contestó don Alejandro, apoyado enseguida por Nieves-, que coma usted con nosotros.

-Aceptado el envite -dijo Fuertes-, contando con que también se me hará el favor de mandar un recadito a mi casa para que no me esperen.

Así se hizo.

Don Alejandro comió poco y Nieves menos. En cambio don Claudio Fuertes no cerró boca, más, en verdad sea declarado, hablando que comiendo. Refirió el motín y el suceso que le precedió en la iglesia, con todos sus pelos y señales. Hasta Leto y él, y Cornias y el mancebo, y casi, casi, don Adrián, habían tenido que andar en la gresca. No recordaba él haber dado más garrotazos en su vida... ni a los moros de África. Triste era haberse ensañado tanto en sus propios convecinos; pero se habían ido hacia aquel lado todos los ganapanes de Villavieja, y hubo que defenderse y ayudar a los amigos. La botica se había colmado después de desmayadas y contusos; y a don Adrián, y a Leto y al mancebo, y al mismo Cornias, les faltaba tiempo para disponer antiespasmódicos y aplicar compresas de árnica y vegeto, y hasta alguna que otra tira de aglutinante. No se había visto otra ni se volvería a ver tan pronto, en Villavieja. Las gentes formales estaban indignadas con el mequetrefe; y las familias de sus colaboradores engañados, pensaban llevar el asunto a los tribunales de justicia. También se hablaba de tomar alguna medida gubernativamente, por haberse repartido el periódico, sin la debida autorización oficial. Había bastante tolle, tolle, contra las Escribanas, por ser cosa corriente que la mayor de ellas había pagado a Maravillas los gastos de la edición. De Maravillas se afirmaba, y sería verdad, que había huido de Villavieja durante lo más recio de la refriega, a uña de caballo, hacia la ciudad. Su padre había cerrado la taberna, muerto de miedo; y desde una ventana de arriba había declarado al pelotón de curiosos que le apostrofaban desde abajo, que estaba dispuesto a comerse todos los ejemplares del periódico que se le presentaran, si con ello se calmaban las iras reinantes contra él. Del hijo, que no se le hablara: era un trastuelo, un hereje, que tenía que acabar mal si no cambiaba de ideas, como se lo tenía él bien advertido... Se creía que bajaría muy poca gente por la tarde a ver el vapor que había entrado; porque los espíritus estaban muy soliviantados, y se aguardaba en el Casino un lleno después de comer, y quizá algún disgusto entre los chicos colaboradores, que ardían, y cualquiera que tuviera la mala ocurrencia de «tomarles el pelo» o defender al fugitivo. En fin, que podía dar juego todavía el programa del sabio Maravillas. El pobre don Adrián no había salido aún de su espanto. Leto, después del desahogo que se había dado a todo su gusto sobre Maravillas y sus defensores, estaba ya tan sereno y en sus quicios ordinarios; a él, a don Claudio, con verle bastaba.

Se continuó hablando del suceso; acabose antes que el tema la comida; retirose Nieves de la mesa; alzáronse los manteles; sirviose el café a los dos comensales que quedaban en ella; tomáronlo, bien interlineado con sorbos de excelente licor y chupadas a muy exquisitos habanos; y a medio consumir éstos aún, rogó don Alejandro Bermúdez a don Claudio Fuertes que pasara con él a su gabinete, porque tenía que hablarle en secreto de cosas de sumo interés.

Encerrados ambos, muy picado de la curiosidad don Claudio Fuertes, y muy preocupado, pero muy sereno y armado de resolución don Alejandro Bermúdez, dijo éste:

-¿Usted había notado algo de esa que podemos llamar enfermedad de mi hija, que yo descubrí, y de la cual le hablé anteayer en este mismo sitio?

-¡Pshe! -respondió don Claudio después de meditar un instante y comprendiendo, por el tono de la pregunta y por el aire de Bermúdez al hacerla, adónde iba a parar éste con el asunto en aquella ocasión-; algo, algo, no era difícil de notar: ya ve usted, a perro viejo... Pero cuando me convencí de que lo había, y mucho, quizá sin haberlo notado ninguno de los dos, fue cuando él, espantado con la idea de que pudiera llegar a oídos de usted la noticia del suceso que Nieves le ha referido hoy, me buscó para referírmele a mí en el mayor secreto, ¡Qué cosas adiviné entonces, don Alejandro! y francamente, ¡qué grandes y qué hermosas y cuán de admirar en aquel noble y valiente muchacho!

-Sí, señor -dijo Bermúdez sacudiendo con el dedo meñique en un cenicero de porcelana que había sobre la mesa-escritorio, la ceniza de su medio cigarro: -para que nada falte en este malhadado asunto, hasta hay de por medio su rasgo de novela; ese toque romántico del salvamento de la protagonista.

-¡Buen romanticismo nos dé Dios, señor don Alejandro! ¡Romántico un lance de una realidad tan tremenda, que todavía me pone los pelos de punta cuando le recuerdo en toda su imponente sencillez!

-¿Los pelos de punta, eh? Mire usted los míos, don Claudio, que aún chisporrotean desde que oí el relato hecho por Nieves. ¡Y si viera usted cómo está la sangre de mis venas, y lo que pasa en el fondo de mi corazón, y las ideas que hierven en mi cerebro!...

-Por visto, don Alejandro, por visto. Pero le he oído a usted calificar de malhadado el asunto principal, y me voy a tomar la libertad de decirle que no hallo el calificativo arreglado a justicia.

-¡Canástoles!... ¿Cómo que no?

-Pues como que no.

-Yo tenía mis planes, señor don Claudio; yo tenía mis planes.

-Corriente: tenía usted sus planes.

-De lo que me dio a entender mi hija el viernes; de lo que ayer sábado me declaró sin ambages, y de lo que hoy ha dejado traslucir en su relato, se deduce que su enfermedad, como le he dicho a usted antes, no tiene más que un remedio; y ese remedio es incompatible con los planes que yo tenía.

-Y ¿qué iba usted buscando en esos planes, señor y amigo mío? ¿el bien de su hija o el bien del otro?... Entendámonos: dando por hecho que yo tengo noticias de esos planes, porque ciertas cosas no se pueden ocultar.

-Concedido, y me parece ociosa la pregunta de usted. ¿Qué otro bien he de perseguir en esos planes, sino el bien de mi hija?

-Conformes; pero verá usted cómo no fue mi pregunta tan ociosa como cree: ¿qué garantías le han dado a usted de que la felicidad de Nieves ha de hallarse por el camino de esos planes?

-Hombre... cuantas pueden darse en un caso así.

-Ninguna, señor don Alejandro, ninguna. Usted solamente conoce a su sobrino... porque del hijo de doña Lucrecia se trata, ¿no es verdad?... Corriente: usted no conoce a ese sobrino más que por el retrato, por sus cartas y por los elogios que de él le habrá hecho su madre; y todo esto es muy poco.

-¡Poco?

-Sí, señor, muy poco... nada; porque con todo ello junto, y a pesar de las ponderaciones honradísimas de su madre, sin que ella lo sepa puede ser el chico un perdulario, o llegar a serlo, o un descastado, o un hombre inútil y un detestable marido...

-¡Eche usted, canástoles! ¡eche usted más peste si le parece poco todavía la que ha echado sobre el pobre chico! Amigo de Dios, llevando las cosas a tales extremos...

-He hablado en hipótesis, señor don Alejandro, y nada inverosímil por cierto... Y ¡qué demonio, hombre! desde luego puede apostarse la cabeza a que ese caballerito, con todos sus caudales y sus vuelillos y hopalandas de letrado, no es capaz de arrojarse a la mar para sacar de ella a su prima, como lo ha hecho el otro.

-¡Bah!... Ya salió otra vez el rasgo novelesco.

-Porque ha venido al caso que salga; no por lo que tiene de novelesco, que no tiene nada, como usted mismo cree, aunque no me lo confiese, sino como revelación del alma más noble y generosa que ha encarnado en cuerpo humano.

-¡Qué entusiasmos, hombre!... No parece sino que todos...

-Es justicia, señor don Alejandro, créalo usted; y porque viene a pelo.

-De todas maneras, yo tengo mis compromisos con mi hermana desde muchos años hace, y su hijo viene a España confiado en la seriedad de ellos.

-¿Se habían formado esos compromisos con el consentimiento de Nieves?

-Siempre estuve en cuenta de que sí; pero al oírla a ella ahora, resulta que no.

-¿Y es posible que usted, el mejor de los padres y el más caballero de los hombres... (sin asomo de lisonja, señor don Alejandro) sea capaz de conceder más importancia a esos compromisos, mal contraídos, que a las repugnancias de Nieves a sancionarlos? ¿Quién, que le conozca a usted como yo, ha de creerlo?

-Nadie, ¡canástoles! nadie; porque yo tampoco lo creo; pero ¿por qué, con planes o sin ellos, se me ha atravesado este estorbo aquí? ¿Por qué no han ido las cosas por sus pasos contados?

-Y ¿qué más contados los quería usted, don Alejandro? Se han hallado sin buscarse; se han tratado sin pretenderlo; se han entendido sin explicarse... ¡Sí hasta parece providencial, hombre! créalo usted.

-No me refería yo a esos trámites ni a ese asunto, sino a que el otro, si no cuajaba, se hubiera deshecho aquí por la buena y de común acuerdo, sin la menor alteración en nuestra vida y costumbres. Eso quería yo, y no esta inesperada complicación que lo echa todo patas arriba. Porque no hay que soñar en arrancarla la idea: la tiene arraigada en lo más hondo; la coge en cuerpo y alma. ¡Y tratándose de un carácter como el suyo, tan entero, tan equilibrado y firme!... ¿Quién demonios había de pensar que la diera por ahí?

-Pero, hombre, cualquiera que le oyera a usted pensaría que Nieves había puesto sus ojos en algún foragido... ¡Caramba! dele usted a Leto el caudal del mejicano, y a ver si hay mejor acomodo que él para una chica soltera, en todo el orbe conocido... ¡Y como usted es pobre, gracias a Dios!...

-No es eso, señor don Claudio, precisamente... Mire usted: por de pronto, es una niña todavía...

-Así y todo, estaba usted dispuesto a que se la llevara su primo.

-O no se la llevaría, señor don Claudio, aun suponiendo que mis planes hubieran prosperado; porque entre acordarlo y realizarlo, puede haber otra vuelta a Méjico, que no está a la puerta de casa; y con unas dilaciones y con otras y tan separados los dos, un año se pasa pronto; mientras que este otro lío no da aguante...

-¿Tanta prisa tiene ella, don Alejandro?

-Ninguna: por su gusto, a lo que yo la entiendo, se pasaría toda la vida como ahora... y lo creo; pero ¿cómo deja usted las cosas así y en continuo trato los dos?...

-Ciertamente...

-Pues vuelvo a lo dicho: es una niña todavía... ¡y decir a Dios que al primer vuelo... del nido a la rama, como si dijéramos... ¡zas!

-¿Y qué, cayendo, como cae, en blando?

¿Está usted seguro de que al tercero o cuarto... o vigésimo vuelo, después de metida en las espesuras del mundo, y con más años y más apetitos encima, hubiera caído mejor?

-Además, hombre, ¡qué canástoles! cuando yo empezaba a recrearme en ella, recién educada con tantas precauciones y tantos cuidados...

-¿Y, por ventura, se la roban a usted de casa para llevársela por esos mundos afuera... a Méjico, verbigracia, donde no la vuelva a ver en muchos años... o nunca quizá? Si hasta por ese lado sale usted ganando en la nueva jugada; pues lejos de quedarse sin la única hija que tiene, adquiere otro hijo más, que le acompañe y le quiera y le venere... ¡Ah, caramba, si yo me viera en pellejo de usted! (cuántas veces me lo he dicho y se lo hubiera dicho a usted autorizado para ello, como ahora lo estoy, desde que sigo de cerca este pleito y he estudiado los autos con interés); ¡si me viera yo en su pellejo!....

-¿Qué haría usted en ese caso?

-Pues haría... ¡qué demonio! lo mismo que va usted a hacer, sólo que yo lo hubiera hecho desde que noté el primer síntoma de eso que usted llama enfermedad de su hija.

-Pero, hombre, si, por errarla en todo desde que llegué a Peleches tan atiborrado de ilusiones, hasta me ha fallado la máxima que yo consideraba infalible.

-¿Qué máxima?

-Aquélla de los aires puros... ¡Lo que yo la he ventoleado!

-Vamos, señor don Alejandro: hoy no da usted pie con bola, y todo lo mira del revés. ¡Decir que le ha fallado la máxima cuando acaba de cumplírsele al pie de la letra! ¿Qué pensamientos más nobles ni mejor colocados quiere usted en una mujer, que los que han infundido en Nieves los aires de Villavieja?

-Pero no son los que traía de Sevilla.

-Prendidos con alfileres, y no tan buenos; luego aquí han mejorado y echado raíces. Si no tiene escape, don Alejandro; y aunque le tuviera, ¡voto al draque! por el bienestar de una hija se tragan bombas con espoleta, cuanto más insignificancias como la de la máxima esa, que no es artículo de fe y menos entre cristianos... Y dígame ahora con toda franqueza y hablando en perfecta seriedad, ¿desde cuándo siente usted esas tentaciones tan fuertes de transigir?... Porque anoche estaba usted duro como una pena.

-Desde anoche mismo; desde que oí al pobre don Adrián. La compasión que por él sentí y ¿a qué negarlo? lo que de él aprendí oyéndole, me despejaron mucho los nublados de mi cabeza, y pude así ver y estimar las cosas con mayor serenidad. Después, la verdad sea dicha, el acto de su hijo, referido por Nieves esta mañana; las reflexiones a que esto me ha traído, ¡tan hondas, tan complejas!... En fin, hombre, ¿a qué canástoles hemos de andar en más pamemas?: le aseguro a usted que si no fuera por la contrariedad del arrastrado compromiso viejo y el temor de que mi pobre hermana Lucrecia, a quien ya no le cabe en la piel de puro gorda que está, estalle con el disgusto...

-Eso, señor don Alejandro, es llevar los escrúpulos a lo increíble; y, si usted un poco me apura, hasta meterse en los designios de Dios... Demos de lado esos óbices nimios o pecaminosos; y dígame, tomando las cosas donde las circunstancias y la voluntad de Dios, sin duda alguna, las han puesto, ¿conoce Nieves esas buenas disposiciones de usted?

-Conocerlas, así como suena, no; pero contar con ellas, de fijo. ¡Pues es tonta la niña, y no me tiene bien estudiado que digamos!... Y ¿qué tal cara pondrá el otro?...

-¿El de Méjico?

-No, el de acá.

-¡El de acá! ¡Leto?... Mi señor don Alejandro, ¿puede usted imaginarse la cara que pondrá un santo al entrar en la Gloria eterna?

Pues, en la proporción debida entre lo celestial y lo más noble de lo terreno, esa cara será la que ponga el hijo de don Adrián cuando sepa que los montes se le allanan...

-Y don Adrián, ya que usted le menciona, ¿cómo lo tomará?

-Ese debe darle a usted más miedo en este caso que doña Lucrecia. Si lo toma a la altura de lo que le quiere a usted y admira a Nieves, ¡pobres de nosotros! Pero tampoco en este reparo debemos detenernos: la muerte por hartazgo de felicidad es envidiable.

-¿Le parece a usted que solemnice las paces con ellos comiendo juntos aquí?

-Antes con antes.

-Mañana mismo.

-Yo empezaría con unos preliminares esta misma noche.

-No, señor: esta noche, y aun esta tarde, las necesito yo para negociar con Nieves y ponernos de cabal acuerdo los dos.

-Me parece bien; pero de todas maneras, yo reclamo para mí el altísimo honor y el regalado deleite de ser en la botica el mensajero de tan buena nueva. ¡Se las he dado tan amargas a los dos excelentes amigos en estos últimos días!...

-Concedido con toda el alma.

-Pues sélleme usted las credenciales con un apretón de manos.

-Ahí va la mía, y el corazón con ella.

-Un abrazo además.

-¡Y bien apretado, canástoles!... y otro para cada uno de ellos, a buena cuenta.

-Serán fiel y honradamente transmitidos... Esto engorda, señor don Alejandro...

-Sí, señor don Claudio; y Dios le pague a usted la parte que le alcanza en este bien que recibo. ¡Qué días estos pasados! ¡qué noches!...

-¡Quién piensa ya en esas bagatelas? Ahora, usted a volver la vida a la pobre Nieves, y yo a la botica con la buena nueva. Quisiera tener alas para llegar de un vuelo desde aquí.

-Aguarde usted un instante... Entérese de esa carta que tengo en el bolsillo desde ayer tarde: la que armó la tempestad.

-«Nacho...» ¡Hola! ¿Del sobrinito, eh?... ¡Demonio!... ¡demonio! Este «buen origen» es Rufita González... Sí... justo... la misma... Vamos, tal para cual... Pero, hombre, ¿tenía usted en su poder este comprobante y dudaba todavía?...

-¿Qué juicio forma usted de todo eso, señor don Claudio?

-¿No acaba usted de oírme?... ¿O pretende que se le dé por escrito? Pues aguarde usted un poco.

Sentose don Claudio Fuertes delante del pupitre; cogió pluma y papel, y escribió en un credo algunos renglones que leyó después a don Alejandro Bermúdez, y decían así:

«Mi querido sobrino: Por las sospechas que apuntas en tu carta del tantos, es posible que te convenga mejor que el hospedaje que en esta casa tenías y tienes a tu disposición, el que te reserva en la suya la persona que te fue con la noticia que ha dado origen a tus temores, si es que persistes en tu propósito de venir a Villavieja; pues pudieras haber variado de parecer después de considerar que no tienes derecho alguno ni autoridad suficiente para hacerme la pregunta y las reflexiones que me haces en tu mencionada carta. Tu tío, etc...»

-¡De perlas, amigo don Claudio, de perlas! -dijo don Alejandro recogiendo el papel de manos del comandante-. Me alivia usted de un trabajo engorrosísimo. Al pie de la letra lo copio, y va esta misma noche al correo.

-Si quiere usted que se recargue un poquito la suerte -respondió don Claudio muy serio-, pida con franqueza.

Me parece que sobra con esto. Al buen entendedor...

-Pues entonces me largo a escape... Conque ¿hasta la noche, don Alejandro?

-Hombre, me parece bien la idea: vuélvase, solo por supuesto, un ratito esta noche para darme cuenta del resultado de sus primeras negociaciones.

-Sí, señor, y para saludar a Nieves de paso... ¡Caramba! que también yo soy hijo de Dios.

Se fue el comandante y se quedó Bermúdez en su gabinete un buen rato, palpándose el tronco, atusándose el cabello a dos manos, tomando alientos y moviéndose a un lado y a otro; hasta que se detuvo y dijo, volviendo a llevarse las manos a la cabeza:

-Pues, señor... ¡a ello, y que Dios lo bendiga!

Y salió del gabinete.


Polanco, julio de 1890.


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