Alrededor de la Luna: Capítulo 23

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Alrededor de la Luna
Capítulo XXIII: Conclusión
de Julio Verne



No se habrá olvidado la inmensa simpatía que acompañó a los tres viajeros en el momento de su partida. Dada la emoción que, tanto en el antiguo mundo como en el nuevo, habían levantado al acometer su empresa, ¿cuál no sería el entusiasmo que había de acogerlos a la vuelta? Los millones de espectadores que habían invadido la península de la Florida, ¿no correrían al encuentro de aquellos aventureros? ¿Aquellas legiones de extranjeros que habían acudido de todos los puntos del Globo a las riberas americanas, abandonarían el territorio de la Unión sin volver a ver a Barbicane, Nicholl y Miguel Ardán? No, la ardiente pasión del público debía responder dignamente a la grandeza de la empresa. Unos seres humanos que habían dejado el esferoide terrestre y volvían a él después de aquel extraño viaje a los espacios celestes, no podían menos de ser recibidos como lo será el profeta Elías cuando vuelva a la Tierra. Verlos primero, oírlos después, he ahí el deseo general, deseo que se iba a realizar muy pronto, para todos los habitantes de la Unión americana.

Barbicane, Miguel Ardán, Nicholl y los delegados del “Gun-Club” llegaron sin demora a Baltimore, donde fueron recibidos con indescriptible entusiasmo. Estaban próximas a publicarse las notas del presidente Barbicane. El New York Herald compró el original a un precio que aún se ignora, pero que debió de ser elevadísimo. En efecto, durante la publicación del Viaje a la Luna, la tirada de aquel periódico llegó a cinco millones de ejemplares. A los tres días de la vuelta de los viajeros a la Tierra, se sabían ya los menores detalles de su expedición: no quedaba más que ver a los héroes de aquella empresa sobrehumana.

La exploración de Barbicane y sus amigos alrededor de la Luna había permitido el dominio del satélite de la Tierra. Aquellos sabios lo habían observado de visu, y en condiciones particulares, Se sabían ya los sistemas que debían desecharse y los que debían aceptarse, sobre la formación del astro, sobre su origen y sobre su habitabilidad. Se conocían los secretos de su pasado, su presente y su porvenir. ¿Qué objeciones podían oponerse a unos observadores concienzudos que habían medido a menos de 40 kilómetros aquellas curiosas montañas de Tycho, la más extraña del sistema orográfico lunar? ¿Qué podía responderse a los sabios cuyas miradas habían penetrado en los abismos del circo de Platón! ¿Cómo contradecir a aquellos hombres osados, a quienes los azares de su tentativa habían conducido hasta la parte invisible del disco lunar? Había ya derecho a poner límites a esa ciencia selenográfica que había formado el mundo lunar, como Cuvier el esqueleto de un fósil, y decir: ¡la Luna fue un mundo habitable y habitado antes qué la Tierra! ¡La Luna es hoy un mundo inhabitable e inhabitado!

Deseoso el “Gun-Club” de celebrar la vuelta del más ilustre de sus miembros y de sus dos compañeros, organizó un banquete, pero un banquete digno de los triunfadores y del pueblo americano, en tales condiciones, que pudieran tomar parte en él todos los habitantes de la Unión.

Todas las cabezas de línea de los ferrocarriles del Estado se pusieron en comunicación por medio de carriles volantes. En todas las estaciones, empavesadas con las mismas banderas y adornadas del mismo modo, se dispusieron mesas servidas uniformemente. A una hora determinada con exactitud por medio de relojes eléctricos que iban al segundo, se invitó a las poblaciones a sentarse a las mesas del banquete.

Durante cuatro días, desde el 5 al 9 de enero, estuvieron suspendidos los trenes, como lo están el domingo todos los ferrocarriles de la Unión, y todas las vías quedaron libres.

Sólo una locomotora de gran velocidad, y que arrastraba un coche de honor, tuvo permiso para circular aquellos cuatro días por los ferrocarriles de los Estados Unidos.

La locomotora, ocupada por un maquinista y un fogonero, conducía por favor especial, al respetable J. T. Maston, secretario del “Gun-Club”.

El coche conducía al presidente Barbicane, al capitán Nicholl y a Miguel Ardán.

Al silbido del maquinista y entre toda clase de aclamaciones, partió el tren de la estación de Baltimore marchando con una velocidad de 80 kilómetros por hora. Pero ¿qué era esa velocidad comparada con la que impulsaba a los tres compañeros al salir del columbia disparados a la Luna?

En esa forma, fueron pasando de ciudad en ciudad, encontrando a su paso a las poblaciones sentadas a la mesa, y que les saludaban con las mismas aclamaciones y los mismos aplausos. Así recorrieron el Este de la Unión atravesando Pensilvanla, Connecticut, Massachusetts, Vermont, Maine y Nueva Brunswick; cruzando el Norte y el Oeste por Nueva York, Ohio, Michigan y Wisconsin; bajaron de nuevo al Sur por Illinois, Missouri, Arkansas, Tejas y la Luisiana; corrieron al Sudeste por Alabama y la Florida; subieron de nuevo por la Georgia y las Carolinas; visitaron el centro de Tennesse, Kentucky, Virginia e Indiana y luego, desde la estación de Washington, volvieron a Baltimore; pudiendo asegurarse en aquellos cuatro días, que todo el pueblo de los Estados Unidos de América sentado en un inmenso banquete, los había saludado con indescriptible entusiasmo. a un mismo tiempo.

¡Digna apoteosis de aquellos tres héroes, a quienes la fábula hubiera elevado seguramente a la categoría de semidioses!

Y ahora preguntamos: ¿Produciría algún resultado práctico esta tentativa sin precedentes en los anales de los viajes? ¿Se establecerán alguna vez comunicaciones directas con la Luna? ¿Se fundará un servicio de navegación a través del espacio, para recorrer el mundo solar? ¿Se podrá ir de uno a otro planeta, de Júpiter a Mercurio, y más adelante de una a otra estrella, de la Polar a Sirio? ¿Habrá, en fin, un sistema de locomoción que permita visitar esos soles que pululan en el firmamento?

No es fácil responder a esas preguntas; pero, dado el audaz ingenio de la raza anglosajona, a nadie extrañará que los americanos hayan procurado sacar partido de la tentativa del presidente Barbicane.

As!, al poco tiempo de la vuelta de los viajeros, el público recibió con marcado favor el anuncio de una Sociedad en Comandita (Limitada) con un capital de cien millones de dólares, dividido en cien mil acciones de a mil dólares, con el nombre de “Sociedad Nacional de Comunicaciones Interestelares”. Su presidente era Barbicane; su vicepresidente, el capitán Nicholl; secretario de la administración, J. T. Maston; y director de los movimientos, Miguel Ardán.

Y como es propio del carácter americano preverlo todo en los negocios, hasta las quiebras, se nombró de antemano juez comisario al respetable Harry Treloppe, y síndico a Francisco Dayton.


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